El Alba de los Aspectos
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El Alba de los Aspectos
La incertidumbre se cierne sobre los antiguos guardianes de Azeroth en su lucha por
encontrar un o propósito. El dilema afecta especialmente a Kalecgos, el más joven de los
antiguos Dragones Aspectos. Después de haber perdido sus grandes poderes, la pregunta es
cómo podrá él, o cualquiera de los de su especie, sobrevivir en el Mundo de Warcraft.
La respuesta está en el lejano pasado, cuando las bestias salvajes conocidas como
protodragones gobernaban los cielos. Por medio de un misterioso artefacto descubierto cerca
del corazón de Rasganorte, Kalecgos es testigo de aquellos tiempos violentos y de la
impactante historia de los Aspectos originales: Alexstrasza, Ysera, Malygos, Neltharion y
Nozdormu.
En sus formas más primitivas, los futuros protectores de Azeroth deberán
permanecer unidos contra Galakrond, una criatura sedienta de sangre que amenaza la
existencia de su raza. Pero ¿se enfrentarán en solitario estos meros protodragones a un
adversario tan poderoso, o contarán con una fuerza exterior que les ayude? ¿Serán capaces
de ganar con los poderes que les han convertido en seres legendarios… o tendrán que recurrir
a la sangre? Los descubrimientos de Kalecgos cambiarán todo cuanto creía saber sobre los
hechos que dieron origen a El Alba de los Aspectos.
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Richard A. Knaak
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PARTE I
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CAPÍTULO UNO
EL REPOSO DEL DRAGÓN
Su tenue sombra sobrevoló la inmensa estructura que yacía allá abajo mientras
trazaba un círculo para aterrizar. Pese a que había estado aquí anteriormente, la dimensión y
antigüedad de ese templo de piedra y su entorno lo sobrecogieron. El templo contaba con
varios pisos, cada uno de ellos construido para una raza que se hallaba, obviamente, por
encima de los humanos y los orcos. Las hileras de columnas estriadas que ocupaban la parte
exterior de la base circular hasta llegare la redonda cima se alzaban como un ejército de
centinelas que escrutaran en todas las desoladas direcciones del gélido Baldío del Dragón.
Unos largos colmillos de hielo envolvían el vetusto edificio y unas tremendas grietas
recorrían muchas de esas columnas y arcos curvos, pero a pesar de los estragos del paso del
tiempo y de los diversos y violentos conflictos que lo habían asolado, el Reposo del Dragón
se erguía desafiante y eterno.
Para él, estar ahí era todo un alivio tras haber sido testigo de las horrendas
transformaciones aparentemente sin fin que había sufrido el mundo de Azeroth.
Los demás ya deberían haber llegado. Escrutó los santuarios distantes que
correspondían a cada uno de los grandes Vuelos (Bronce, Esmeralda, Azul. Rubí y
Obsidiana) que rodeaban el Reposo del Dragón. Ahora, esos santuarios carecían de un
propósito, ya que los Vuelos se hallaban dispersos o habían sido diezmados. Incluso el
Reposo del Dragón, a pesar de que podría seguir en pie diez mil años más, corría el riesgo
de acabar siendo nada más que una reliquia del pasado y un símbolo de esperanza olvidado
hacía mucho tiempo.
El gran dragón azul suspiró e inició su descenso. Mientras hacía esto, desvió
brevemente la mirada hacia el norte, más allá del templo los santuarios, donde unos
montículos inquietantes plagaban ese paisaje helado. Rápidamente, apartó la vista de ahí.
Cada uno de esos montículos era el cadáver recubierto de hielo de un dragón; algunos de
ellos tenían una antigüedad de miles y miles de años. El Baldío del Dragón era el cementerio
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donde reposaban cientos de seres como él, sin importar el color, lo cual era un siniestro
recordatorio de que ni siquiera las criaturas más poderosas eran invulnerables.
El leviatán alado volvió a centrar su atención en su destino. Ante sus ojos, el Reposo
del Dragón pareció agrandarse. Cuando se aproximó a una de las entradas de la base del
templo, el dragón parecía apenas una mota en comparación. Tomó tierra y, acto seguido, tras
echar un último vistazo a su alrededor, entró en él.
Lo que vio en su interior no aplacó esa sensación de enormidad que lo abrumaba,
pues la primera cámara tenía una altura tres veces superior a la del dragón. Unas antorchas,
que llevaban milenios encendidas, iluminaban tenuemente la estancia. Unas tallas muy
antiguas se alzaban por encima de él, muchas de ellas representaban unas figuras poco
definidas que recordaban a humanos o elfos, pero que sin lugar a dudas no lo eran. El dragón
ignoraba si con ellas habían pretendido representar a los titanes, los seres divinos que habían
traído el orden al caos y habían moldeado Azeroth hasta darle su forma actual, o si habían
sido talladas con cualquier otro fin. Ese lugar había sido construido mucho antes de la época
concreta que a él le había tocado vivir y mucho antes de la época de los dragones en general.
Aunque nadie sabía por qué razón habían construido ese templo, mucho tiempo atrás
había sido el lugar donde se reunían los más grandes de sus congéneres, los Aspectos; los
guardianes no solo de todos los dragones, sino de todo Azeroth. Aquí, a lo largo de los
milenios, los cinco adalides se habían reunido para coordinar las acciones de los diversos
Vuelos. Aquí, durante la guerra de El Nexo (en la que el Aspecto de la Magia, el líder del
vuelo azul había intentado exterminar a todo taumaturgo de Azeroth que no se doblegara
ante su control absoluto), los líderes de los otros tres Vuelos habían sellado el Acuerdo del
Reposo del Dragón, por el cual se reunían una vez al año para debatir sobre qué tipo de
medidas iban a tomar respecto al futuro del mundo, el cual a menudo se hallaba en una
situación precaria. Aquí, después de la Guerra de los Ancestros (en la que los demonios
invadieron Azeroth y la antigua Kalimdor acabó destrozada), cuatro de ellos, entre los que
se encontraba en esa época Malygos, se habían reunido para determinar cuál iba a ser el
siguiente paso que dar para poder contrarrestar la traición de uno de los suyos. La lucha
contra el traidor acabó convirtiéndose en una de sus tareas más fundamentales, pero incluso
la importancia de esa larga lucha palidecía en comparación con la que realmente había sido
su meta principal desde el principio: ni más ni menos que evitar la llegada de la Hora del
Crepúsculo, que podría provocar la extinción de toda la vida en Azeroth.
Al final, los Aspectos habían logrado alcanzar esa extraordinaria victoria…, pero
pagando un alto precio por ello. Aquí y ahora, por primera vez desde que ese vetusto edificio
había sido escogido corno su lugar de reunión, los cuatro Aspectos que todavía quedaban
vivos se presentaban no como adalides del mundo, sino simplemente como ellos mismos.
El dragón descendió hasta el interior de un cañón abierto en el hielo para llegar hasta
la semienterrada sección inferior del templo. Aguzó los oídos, pero no oyó ninguna voz que
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se alzara desde ahí dentro. Al fin y al cabo, era probable que hubiera llegado antes que los
demás. Se planteó la posibilidad de marcharse del templo y buscar un lugar cercano donde
esperar hasta que alguno de los otros apareciese (seguía pensando que de ninguna manera
podía ser el primero de ellos en presentarse porque era el más joven, a pesar de que los demás
le habían dicho que no se preocupara por ello); sin embargo, al final siguió avanzando.
No obstante, cuando el coloso cubierto de escamas entró en el nivel inferior, oyó al
fin a uno de los otros. A Nozdormu. El dragón bronce seguía siendo el más puntual de todos
ellos, incluso ahora… El dragón azul no pudo entender qué decía el otro macho. Sin
embargo, escuchó con claridad la respuesta de aquel con quien estaba hablando Nozdormu.
—Esperaremos hasta que todos estemos aquí —contestó una hembra de voz suave a
la que vez que autoritaria—. Kalecgos se merece el mismo respeto que cualquiera de
nosotros.
Al oír su nombre, el dragón azul avanzó rápidamente. No solo no, era el primero,
sino que había hecho esperar a los demás, sin lugar a dudas.
—¡Estoy aquí! —bramó Kalec, quien se adentró en una ancha cámara circular, en
cuyo centro se encontraba una plataforma de mármol elevada, a la que se podía acceder por
medio de unas escaleras situadas en los puntos cardinales norte y sur. Cada esquina de esa
plataforma se hallaba también coronada por una enorme columna.
Nozdormu lanzó una mirada incisiva al recién llegado. El gigantesco dragón bronce
estaba flanqueado por dos hembras igualmente imponentes en cuestión de tamaño y
majestuosidad: La larga y elegante dragona verde esmeralda situada a la derecha de este
observaba fijamente y sin pestañear al dragón azul con unos ojos del color del arcoíris;
Ysera, conocida en su día como la Soñadora, había mantenido los ojos siempre cerrados
durante milenios, pero ahora nunca los cerraba ni por un instante siquiera. Aunque hizo un
gesto de asentimiento a Kalecgos, no habló.
Al otro lado de Nozdormu, se hallaba una majestuosa hembra carmesí que dio unos
cuantos pasos en dirección hacia el dragón azul. Por tamaño y corpulencia, superaba a
cualquiera de los otros tres, pero desprendía un aura de ternura que contradecía su aterrador
aspecto. Una larga cresta le recorría toda la espalda hasta llegar a la cola. El dragón azul era
consciente de que, si ella decidiera desplegar las alas, sería capaz de tapar a sus dos
compañeros con su amplia envergadura.
Otros tres dragones más de un tamaño ligeramente menor agacharon la cabeza al
verlo llegan. Cada de uno de ellos se encontraba sobre una plataforma ancha situada tras el
ex Aspecto con cuyo color coincidían. Habían sido escogidos entre los dragones de mayor
confianza y más curtidos en batalla que servían a las órdenes de estos adalides. Kalecgos los
conocía bien a todos: a la rápida y siempre preparada Chronormu (o Chromie, corno la
llamaban sus más allegados), así corno a la valiente Merithra, la hija de Ysera. Aunque de
los tres, con quien más relación había tenido era con el carmesí Afrasastrasz, quien había
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comandado las defensas del Reposo del Dragón durante la batalla contra el Martillo
Crepuscular, ese culto terriblemente fanático que había intentado acelerar el fin de Azeroth.
Estos tres dragones permanecieron callados y en un segundo plano. Estaban ahí para
escuchar. Su presencia le recordó una vez más que él también debería haber venido
acompañado.
Pero no había sido posible, ya que no había quedado nadie en el Nexo para poder
hacerlo.
—No tienes nada que temer, Kalecgos —afirmó la líder de los dragones rojos con
una voz melodiosa y serena, haciendo gala de una gran calma tras el exabrupto del dragón
bronce—. Sabíamos que llegarías en breve. Nozdormu, simplemente, expresaba su
preocupación por ti…, ¿verdad, Nozdormu?
—Lo que tú digasss —replicó el dragón bronce de manera distraída. Su tono de voz
denotaba sabiduría y revelaba su verdadera edad, a pesar de que, al igual que los demás,
parecía hallarse en la flor de la vida.
—Son muy amables. —El dragón azul agachó su larga cabeza coronada por una
cresta ante esos dragones que lo superaban en edad y, a continuación, añadió dirigiéndose a
la hembra carmesí—. Llámame Kalec, si quieres, Alexstrasza.
Nozdormu resopló y Alexstrasza asintió.
—Kalec. Perdóname por olvidarme de que prefieres ser llamado por… ¿cómo lo
llaman las razas jóvenes…?, por tu apodo. Creía que solo te gustaba utilizarlo cuando
adoptabas forma humanoide.
—Últimamente, prefiero usarlo siempre —aseveró Kalec, sin dar más explicaciones.
—Tal vez todos deberíamos contar con un apodo —apostilló Ysera, sin el más leve
atisbo de sarcasmo en su voz—. Después de todo, ahora este mundo les pertenece. De hecho,
últimamente, paso más tiempo con una forma humanoide que con esta, con la que nací. Tal
vez esa sería la forma mejor y más rápida de poner punto y final a nuestra era…
Esas palabras tan francas provocaron que los otros tres se callaran. Tras un momento
realmente incómodo para todos ellos, Alexstrasza se dirigió al mismo centro de ese amplio
estrado. Los otros tres la siguieron, Nozdormu se encaminó al lado que daba al sur, Ysera al
este y Kalec al norte. El oeste (el lugar que debería haber ocupado Neltharion) permanecía
vacío desde que este los había traicionado mucho tiempo atrás.
La dragona roja escrutó a los demás; acto seguido, alzó la vista por un momento y
exclamó:
—¡Que esta reunión del Acuerdo dé comienzo!
En su día, estas palabras habrían ido acompañadas por algún espectáculo de magia,
pero tales exhibiciones eran cosa del pasado. Por muy, temibles que pudieran ser aún esos
cuatro colosos, ya no eran los guardianes de Azeroth. Habían sacrificado su condición de
Aspectos para poder derrotar de una vez por todas al monstruoso dragón negro Deathwing.
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Deathwing…, quien antaño había sido su camarada Neltharion, quien, en su malvada locura,
había estado a punto de provocar la llegada de la Hora del Crepúsculo con éxito.
Aunque había sido un sacrificio que había merecido la pena, Kalec era perfectamente
consciente de que, en consecuencia, los cuatro habían cambiado para siempre.
Kalec observó disimuladamente a los tres antiguos dragones. Él había asumido el
papel de Aspecto de la Magia en los últimos tiempos, ya que había tenido que aceptarlo a
regañadientes, así como el mando del Vuelo Azul, tras la caída de Malygos, su predecesor y
señor. Malygos, también llamado el Tejehechizos, se había hartado de que las razas
inferiores utilizaran de mala manera la magia arcana, según su criterio, y por tanto había
decretado que tal poder solo podía ser confiado a los dragones y sus aliados. La guerra de El
Nexo había arrasado Azeroth y únicamente había concluido cuando, con la ayuda de
Alexstrasza y un puñado de sus dracos, un grupo de héroes había logrado entrar en el corazón
de su dominio (el propio Nexo) y había puesto punto final, con sumo pesar, a la vida de
Malygos y a su monstruosa cruzada. Corno tenían que buscar un nuevo líder, los dragones
azules tuvieron que recurrir al miembro de su Vuelo que, a lo largo de los últimos
acontecimientos, había demostrado ser aquel en quien más podían confiar, así que optaron
por Kalec.
El dragón azul aguardó sin hablar. Incluso Alexstrasza pareció muy poco interesada
en proseguir hablando después de haber invocado el Acuerdo. Daba la impresión de que la
Protectora estaba esperando a que alguno de los demás tomara la iniciativa, algo que ni Ysera
ni Nozdormu parecían dispuestos a hacer ni por asomo.
Pero algún otro de los ahí presentes sí parecía más dispuesto a hablar. En ese instante,
dominada visiblemente aún más por la impaciencia que Kalec, Chromie quebró ese silencio.
—Si me permiten, he de señalar que hay un asunto muy preocupante que debemos
tratar. ¡Al parecer, se han detectado ciertas turbulencias en los portales del tiempo! Quizá
eso se deba a que el Alma de Dragón fue…
Nozdormu la interrumpió.
—¡Los portales del tiempo ya no son de nuestra incumbencia! Ya no ejerzo ningún
control sobre ellos. A partir de ahora, las razas jóvenes, única y exclusivamente, tendrán que
lidiar con ellos y con los senderos futuros a los que lleven.
Pese a que era obvio que Chronormu quería decir algo más, se limitó a asentir. Sin
embargo, mientras esta retrocedía, la hija de Ysera se atrevió a alzar la voz. —Tal vez yo
también esté hablando cuando no debo, pero corren ciertos rumores que parecen indicar que
la Pesadilla merodea por la Falla de Aln. Quizá esté buscando un nuevo títere, otro Señor de
la Pesadilla que pueda ayudarla a salir del Sueño Esmeralda para adentrarse en el mundo de
la vigilia…
—Ya hemos discutido sobre eso —le espetó bruscamente Ysera a la otra dragona
verde. La expresión de la exAspecto cambió momentáneamente—. Creo que lo hemos
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hecho… ¡Sí, así! Los druidas se encargarán de esa falla y del mal que todavía desgarra el
Sueño Esmeralda… ¡sí, los druidas se ocuparán! El elfo de la noche Naralex ya ha
encabezado un intento que ha logrado aislar a la Pesadilla. Los druidas nos defenderán de
ella mucho mejor de lo que nosotros mismos podríamos hacer ahora.
Ese discurso era mucho más centrado, mucho más coherente que el que Kalec había
escuchado pronunciar a Ysera poco después de que la dragona verde dejara de desempeñar
el papel de Aspecto y de poseer sus poderes. En aquel momento, había dado la impresión de
que Ysera estaba distraída y era incapaz de expresar bien lo que pensaba. Sin embargo, desde
entonces, había progresado mucho y había recuperado gran parte de sus facultades, de eso
no cabía duda. Esas palabras parecieron desalentar a Merithra.
—Como desees, madre.
Una vez más, un silencio incómodo reinó entre los ahí reunidos. Afrasastrasz, que
era mucho más sabio que los otros dos subalternos, parecía muy tentado a expresar su
opinión. De repente, Kalec se dio cuenta de que realmente le faltaba alguien a su lado, un
subalterno propio.
Fue como si el tiempo se hubiera parado. Nadie se movió siquiera. Al final, a pesar
de que era consciente de que era su juventud lo que hacía que la impaciencia se impusiera
sobre su autocontrol, Kalec exclamó:
—¡Quiero hablar!
Con un muy leve destello de curiosidad en sus ojos, los demás colosos miraron en
su dirección.
Kalec se sintió intimidado, pero rápidamente se dio cuenta de que esa sensación tenía
su origen en su propia inseguridad y no en que los demás le estuvieran mostrando cierto
desdén. Su vida, por muy trágica que hubiera sido, no era nada comparada con el sufrimiento
que habían soportado esos venerables seres. El hecho de que hubiera sido considerado su
igual, aunque solo fuera por un tiempo, todavía lo sorprendía.
—¿Y bien? —respondió al fin Ysera—. Si deseas hablar, entonces deberías hacerlo.
Es bastante sencillo.
Kalec se vio un tanto sorprendido por su franqueza. Aunque Ysera había sido la
Soñadora en el pasado, ahora consideraba que soñar o incluso dudar era una pérdida de
tiempo.
—Los objetos que alberga el Nexo…
—¿De eso es lo único de lo que quieres hablar? —La dragona parecía incluso menos
interesada que antes en la conversación—. Las preocupaciones de cualquier Vuelo son
únicamente de su incumbencia, nada más. Ya lo sabes. ¿Acaso ese tema nos concierne al
resto de nosotros de alguna manera?
—Directamente, no…
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—«Directamente, no». Entonces, no nos incumbe, lo cual quiere decir que esta
discusión ha acabado. De hecho, por ahora, no parece que tengamos ningún tema relevante
sobre el que debatir. —Ysera se volvió hacia Alexstrasza y gruño—. E-Eso es algo que ya
te había comentado, ¿verdad? ¡Lo cierto es que recuerdo haber querido decirlo! Sí…
—¡Lo hice! Te comenté que creía que era un error que nos tomáramos siquiera la
molestia de reunirnos aquí, hermana mía…
—Siempre nos hemos reunido cuando las lunas gemelas se hallaban con esta fase de
su ciclo. Si no lo hubiéramos hecho, habríamos sido muy irrespetuosos.
Nozdormu volvió a resoplar.
—¿Irressspetuosos con quién? ¿Con Elune? La Madre Luna tiene a los elfosss de la
noche para venerarla. ¿O acaso habríamos sido irressspetuosos con los titanes o sus siervos,
los guardianes? ¡Si ni siquiera sabemos si los titanesss siguen existiendo! Lo único cierto es
que no nos habríamos faltado el ressspeto a nosotros mismos. Estoy de acuerdo con Ysera.
Esto ha sssido un error. El Acuerdo ya no tiene ningún sentido. Si esta reunión tiene algún
propósito, debería ser el de poner fin al Acuerdo para que cada uno de nosotros pueda seguir
adelante y ocuparse de sus propios asuntosss.
Kalec se encontraba atónito ante la deriva inesperada que estaba sufriendo esa breve
conversación. Contuvo la respiración y aguardó a que Alexstrasza calmara a los otros dos,
pero la Protectora no dijo nada. De hecho, dio la sensación de que Alexstrasza estaba
meditando sobre lo que Nozdormu acababa de sugerir, como si esas palabras merecieran una
gran consideración.
El dragón azul abandonó el lugar donde se hallaba y se dirigió hacia el centro, para
colocarse delante de Alexstrasza a la vez que se encaraba con el dragón bronce.
—¡El Acuerdo no nos afecta solo a nosotros! ¡Con el paso de los milenios, se ha
convertido en la piedra angular sobre la que se asientan todas las relaciones dracónicas! ¡El
Acuerdo ha mantenido el orden entre nuestros Vuelos, ha evitado una catástrofe en más de
una ocasión! Pues sabíamos que, si nos manteníamos unidos, siempre habría esperanza…
—«Unidos» —le interrumpió Ysera—. Sí, hemos permanecido muy unidos a lo
largo de milenios, ¿verdad? Acuérdate de Neltharion…, Malygos…
Pese a que dio la impresión de que pretendía decir algo más, se calló tras lanzar una
mirada teñida de arrepentimiento a Nozdormu.
—No me dejes fuera de esa lista —añadió con pesar el dragón bronce, el cual
extendió las alas—. No te olvides de Murozond, el señor del Vuelo Infinito. Ese maldito
dragón era mi yo del futuro, así que se me puede considerar culpable de sus maldades, al
igual que se le puede considerar responsable a Neltharion de lo que hizo más tarde come
Deathwing…
Alexstrasza se situó de nuevo en el centro.
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—¡No, Nozdormu! ¡Nadie puede responsabilizarte de algo que no has hecho!
¡Combatiste junto a los demás contra Murozond y cambiaste ese futuro para siempre! ¡Si,
de alguna manera remota, hubieras sido culpable de todo eso, ese pecado fue borrado al ser
destruido Murozond!
Kalec e Ysera asintieron con la cabeza para mostrar así que estaban de acuerdo. El
dragón bronce agitó lentamente su cola adelante y atrás, en señal de gratitud por esas
palabras. Entonces, volvió a adoptar una actitud sombría.
—Sí… luché contra mi yo del futuro… cuando tenía poder para luchar. Ahora, yo…
nosotros… somos corno cualquier otro dragón. La época de los Aspectos ha quedado atrás
y, por eso, afirmo que también ha llegado la hora de dejar atrás del Acuerdo del Reposo del
Dragón.
Una vez más, Kalec se percató de que las hermanas estaban de acuerdo con él.
—¡Pero ustedes tres son los depositarios de la sabiduría de nuestra raza! Los
Aspectos siempre han…
Ysera le clavó el hocico en la cara.
—Ya… no somos… los Aspectos.
—Pero ustedes tres siguen siendo…
—Comprendemos tu preocupación, Kalec —dijo Alexstrasza con un tono tan
indudablemente compasivo que Kalec esbozó un gesto de contrariedad—. Pero nuestro
tiempo ha pasado y Azeroth debe buscarse otros que la defiendan.
En cuanto ella terminó de hablar, Nozdormu dejó a los demás atrás para dirigirse
hacia una de las salidas. Ysera hizo lo mismo.
Kalec no podía creer lo que estaban viendo sus ojos.
—¿Adónde van?
El leviatán bronce miró hacia atrás.
—A casa. Aquí ya no tenemos nada que hacer. Ni siquiera deberíamos habernos
molestado en celebrar esta reunión.
—En el fondo, tiene razón —admitió la Protectora a regañadientes. En ese instante,
Kalec se dio cuenta de que seguía pensando en ellos como unos líderes que poseían un cargo
y unas responsabilidades que ellos claramente ya no creían tener, pues consideraban que
ahora solo eran otros tres dragones más de los muchos que existían.
—¡Alexstrasza! Seguro que tú al menos…
Fue como si su propia madre hubiera agachado la cabeza para clavarle su mirada, en
la cual el sentimiento de compasión había sido reemplazado por la preocupación.
—Azeroth sobrevivirá sin nosotros. Tú… tú te has visto involucrado en esto hace
tan poco que… que podrás sobrevivir sin nosotros. —Alexstrasza dirigió entonces su mirada
al dragón bronce que se marchaba—. ¡Nozdormu! ¡Espera un momento! ¡Volveremos a
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reunirnos una vez más, dentro de un mes! ¡Si vamos a romper el Acuerdo, tendremos que
hacerlo de una manera respetuosa, como es debido!
Él se detuvo y miró hacia atrás.
—Tienes razón. Se merece un entierro adecuado. De acuerdo. Nos veremos dentro
de un mes; a contar desde este día.
Acto seguido, la gigantesca dragona roja centró su atención en su hermana.
—¿Ysera?
—De acuerdo. Tiene su lógica.
Alexstrasza se encaró con Kalec, quien estaba tan conmocionado que era incapaz de
hablar y se limitó a sacudir la cabeza vehementemente.
—Tres contra uno —murmuró la hembra roja—. Así que… la decisión está tomada.
Nozdormu ni siquiera se dignó a esperar a que ella pronunciara esas palabras, pues
tanto él como su subalterno ya se marchaban. Ysera y su hija los seguían de cerca.
Alexstrasza los observó por un momento y, a continuación, se giró y, con una gracia
impropia de un dragón, salió de la estancia por detrás de Nozdormu y su hermana. Antes de
seguirla, Afrasastrasz titubeó lo suficiente como para brindar al dragón azul un gesto de
compasión.
A Kalec no le quedó más remedio que seguirlos si no quería quedarse ahí solo. Aun
así, a pesar de su juventud y velocidad, para cuando alcanzó el exterior, los demás ya se
encontraban siguiendo cada uno so propio camino.
—¡Por favor, reconsidérenlo! —bramó, de modo que su niego reverberó por todo el
baldío. Un torbellino se había adueñado de los pensamientos de Kalec. Se había presentado
ahí para plantear una serie de problemas que le afectaban con la esperanza de debatir sobre
ellos con alguno de esos vetustos dragones y, en vez de eso, había acabado intentando salvar
desesperadamente el Acuerdo, que en su día había parecido eterno.
Nozdormu extendió las alas en toda su envergadura y se elevó hacia el cielo sin ni
siquiera echar un vistazo hacia atrás, hacia el joven dragón. Para cuando Ysera se dignó a
hablar por una última vez, el dragón bronce era ya una 'notita en el cielo.
—En verdad, ya lo teníamos pensado… Sí… sí, así es…, desde hacía mucho tiempo.
Solo necesitábamos que uno de nosotros se atreviera a decirlo en voz alta. —La gigante
esmeralda se elevó hacia el firmamento de un salto. Ha sido solo una casualidad que haya
ocurrido aquí, poco después de tu llegada. Te pido perdón por ello, joven Kalec.
Ahí ya solo quedaban Alexstrasza y él.
—Adiós, Kalec. Lamento que hayas tenido que venir desde tan lejos para irte de
vacío…, para vivir un giro inesperado de los acontecimientos que no te merecías sufrir.
Tras pronunciar esas palabras, la gran dragona roja despegó, dejando solo a un Kalec
sin palabras, que contemplaba cómo los tres se desvanecían entre las nubes oscuras que
envolvían no solo el baldío, sino casi todo el sombrío continente de Rasganorte.
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Pero ¿qué ha ocurrido aquí?, se preguntaba el dragón azul y oirá vez. ¿Qué acaba
de suceder?
Durante un breve tiempo, Kalec había pensado que todo podría ir a mejor si hubiera
aceptado quedarse en Dalaran y, tal y como el mago Khadgar había sugerido, haberse unido
al Kirin Tor. Pero enseguida, Kalec había visto la desconfianza reflejada en la mirada de los
demás magos. A ellos lo Único que les importaba era que él era un dragón azul. Al final, se
había excusado, ante Jaina, con la disculpa de que tenía supervisar los conjuros defensivos
del Nexo, ya que se estaban desmoronando, y ocuparse de una importante colección de
poderosas reliquias.
Kalec había ansiado acudir a esa reunión, pues había albergado la esperanza de hallar
cierto apoyo y ánimo en diversas cuestiones por parte de los otros exAspectos. Su propio
Vuelo se había venido abajo. Tras la debacle provocada por el robo del Iris de Enfoque, se
habla sentido como si hubiera fracasado en todos los sentidos como líder y que eso había
tenido como consecuencia el éxodo masivo del resto de dragones azules. El Nexo se había
convertido en un lugar vacío y, a veces, Kalec se había sentido tentado a evitar la marcha de
sus congéneres.
Sin embargo, ahora, aquellos a los que había pretendido recurrir desesperadamente
en busca de ayuda habían decidido dar la espalda al mundo.
Pero lo más irónico de todo era que, a pesar de lo mucho que había deseado ir al
templo, Kalec se había planteado la posibilidad de no hacer ese viaje, pues se sentía tan
avergonzado por su fracaso a la hora de dar con el Iris de Enfoque y por los espantosos
acontecimientos que ese descalabro había acarreado, sobre todo por el hecho de que
Theramore, el reino de Jaina, había acabado arrasado. En un principio, Kalec no había
querido admitir lo humillado que se sentía por todo eso ante aquellos que lo habían
considerado su igual, a pesar de la increíble diferencia de edad y experiencia que los
separaba. Aun así, al final, Kalec había decidido venir…, solo para encontrarse con otra
nueva debacle.
Un escalofrío le recorrió la espalda, un escalofrío que no estaba provocado por las
condiciones atmosféricas. El dragón azul miró hacia atrás, hacia el Templo del Reposo del
Dragón, que en su día había sido un lugar legendario para él. Ahora, sospechaba que estaba
contemplándolo, si no por última vez, sí por penúltima vez, probablemente. Sin el Acuerdo,
solo había una razón para visitar esa tierra inhóspita…, para morir.
Aunque se sentía muy triste; Kalec no estaba todavía preparado para morir. Tal vez
el hecho de ser tan joven justificara sus fracasos, pero también le impulsaba a seguir
adelante, aun cuando no tuviera ni idea de qué iba a hacer a continuación.
El viento arreció y, al atravesar el templo, generó un aullido espantoso que,
finalmente, espoleó al dragón azul a marcharse de ahí. Con un Solo batir de sus alas, se elevó
hacia lo alto. Una vez ya estaba volando, sintió una necesidad aún mayor de alejarse del
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Reposo del Dragón. Kalec se concentró en el camino que debía recorrer para volver a casa
e incrementó el ritmo de sus aleteos.
Pero justo cuando dejaba atrás el Reposo del Dragón, algo atrajo su atención
sutilmente. Pese a que ya no era un Aspecto, Kalec seguía siendo un dragón azul y, por tanto,
era capaz de percibir con facilidad la magia arcana en todas sus diversas formas. El rastro
era tan peculiar que, a pesar de su pésimo estado de ánimo, Kalec decidió buscar la fuente
de ese poder.
A primera vista, el dragón no pudo detectar nada allá abajo, en ese paisaje, que le
revelara su origen. Kalec tuvo que concentrarse para poder rastrear mejor esa zona. El dragón
azul acabó descendiendo para poder echar un vistazo más de cerca y se olvidó
momentáneamente de los catastróficos sucesos acaecidos en el templo.
A lo largo del camino, se topó con los restos de más de un dragón. Pese a que el
constante tiempo gélido que reinaba en ese lugar contribuía a conservar los cadáveres, el
viento y los demás elementos acababan haciendo irreconocibles esos restos mortales. Algún
día, nadie podría imaginarse que incluso aquellos que habían quedado ya reducidos a meros
huesos habían sido unas enormes y orgullosas bestias en su momento. Después de lo
ocurrido en el templo, volvió a ser tremendamente consciente de la irreversibilidad de ciertas
cosas en esta vida, como lo que contemplaba allá abajo; no obstante, siguió descendiendo
con cieno recelo.
Entonces, detectó por fin de dónde procedían exactamente esas emanaciones
mágicas. Kalec viró en esa dirección… y se detuvo en el aire bruscamente. Estaba tan
estupefacto ante lo que contemplaba que lo único en que pudo pensar fue en seguir batiendo
las alas.
Quizás su colosal tamaño había permitido que ese esqueleto permaneciera
prácticamente intacto tras tanto tiempo. Aun así, tan sobrecogedor como sus increíbles
dimensiones era el ángulo en que yacía. Casi todos los demás restos congelados yacían
esparcidos por esa vasta y aislada región, como si esos dragones simplemente se hubieran
echado a dormir. De hecho, eso era justo lo que la mayoría de ellos había hecho; tras
aterrizar, habían exhalado su último suspiro, con la ayuda consuelo de otros de su especie,
sin apenas sufrir.
Pero ese no había sido el caso de esa criatura descomunal. Ese leviatán había muerto
violentamente.
Y muchos, muchísimos otros habían perecido del mismo modo en esa cruenta lucha.
El hocico fracturado de su calavera mostraba parte de unas enormes fauces que
podrían haberse tragado a Kalec entero, aunque carecía de mandíbula inferior. Tenía la zona
del cuello retorcida de un modo muy extraño que revelaba que el impacto contra el suelo
debía de haber sido devastador. El torso también yacía retorcido de un modo violento y la
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El Alba de los Aspectos
columna vertebral se arqueaba en un ángulo imposible. Las costillas semienterradas
formaban un túnel sinuoso que rivalizaba en altura con las grandes cámaras del templo.
En el interior de ese macabro pasaje, Kalec dio con el punto de origen de esas
misteriosas emanaciones. El dragón se estremeció, pues intuía que ahí había algo espantoso.
Entonces, el leviatán azul se armó de valor y descendió en picado entre esos gigantescos
huesos congelados.
Descendió entre los huesos del Padre de los Dragones… de Galakrond.
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CAPÍTULO DOS
ENTRE LOS MUERTOS
Kalec aterrizó entre las costillas con cierta inquietud. Aunque sabía que era solo
producto de su imaginación, no dejaba de tener la sensación de que esos huesos podrían
agitarse en cualquier instante y de que Galakrond se alzaría para devorarlo de un momento
a otro. Incluso el aullido del viento al atravesar los huesos parecía dotado de un carácter
sobrenatural, como si los espíritus de todos los dragones fallecidos ahí intentaran advertirle
de que estaba cometiendo una estupidez.
No obstante, Kalec seguía viéndose arrastrado por la curiosidad. Además, en esos
momentos, solo le esperaban problemas en casa.
El dragón azul se tuvo que agachar al acercarse al lugar que buscaba, ya que el
cadáver de Galakrond se había hundido mucho en esa tierra tan dura, lo cual añadió el factor
de la claustrofobia a una situación ya de por sí muy incómoda; sin embargo, Kalec no
flaqueó. Jamás había percibido un rastro de magia como aquel y lo más curioso de todo era
que lo había detectado cerca de un lugar que había visitado en más de una ocasión.
Al principio, pensó que eso podía deberse a que alguien había colocado ese objeto
mágico ahí hacía poco; al fin y al cabo, los siervos putrefactos de la Plaga no-muerta habían
estado excavando ese esqueleto durante mucho tiempo, ya que su líder esperaba poder dotar
de vida a esos huesos para poder crear una monstruosa vermis de escacha. Sin embargo, los
habían expulsado de ahí antes de que pudieran excavar demasiado. Por lo que percibía Kalec,
lo que buscaba estaba enterrado muy, pero que muy abajo. Teniendo eso presente, el dragón
azul no pudo evitar pensar que fuera lo que fuese lo que lo había arrastrado hasta ahí debía
de haber yacido sin ser tocado en ese lugar durante mucho, muchísimo tiempo;
probablemente, desde que esos restos mortales habían caído ahí.
El dragón se concentró y, a continuación, exhaló. Una esfera púrpura cobró forma
en el aire y, acto seguido, se dirigió con delicadeza hacia el lugar en cuestión. Al tocar el
suelo, se levantó una tenue neblina. Bajo la guía de Kalec, el globo mágico derritió varias
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El Alba de los Aspectos
capas de hielo y escarcha que se habían ido acumulando ahí durante miles y miles de años;
después, excavó lentamente en la tierra que había debajo.
Cuando el hechizo de Kalec apenas había logrado atravesar la superficie, la esfera se
desvaneció. A pesar de los esfuerzos del dragón azul por mantener el conjuro intacto, el
globo se disipó al fin un poco lejos de su meta.
Presa de la frustración, Kalec escudriñó el agujero y extendió sus zarpas delanteras
a los lados. Al instante, unas bandas de energía arcana envolvieron el agujero y excavaron
la tierra. Como si unas manos invisibles las guiaran, las bandas prosiguieron cavando en ese
lugar mientras Kalec observaba. El dragón azul entornó los ojos satisfecho al comprobar que
el agujero era cada vez más y más profundo…
De improviso, una serie de imágenes pasaron a gran velocidad por su mente.
Un protodragón amarillento discutía con otro naranja.
Un protodragón gris como el carbón estalló en carcajadas.
Una figura encapuchada y ataviada con una túnica…, que parecía humana y a la
que solo podía vérsele un brazo.
Un protodragón blanco chillando al transformarse en un esqueleto.
Otro dragón, al que aún le quedaban algunas trazas de verde, que volaba hacia
Kalec. La criatura que se aproximaba poseía una piel seca que pendía muerta de sus huesos
podridos y sus ojos eran de un blanco lechoso carente de vida…, aun así. se abalanzaba
sobre él, dispuesto a atacar.
Dando un rugido, Kalec se trastabilló hacia atrás. Se chocó contra las costillas, que,
al hallarse sujetas por una capa tras otra de hielo, no solo fueron capaces de soportar el peso
del dragón azul, sino que este se quedó momentáneamente conmocionado tras el impacto.
¿Qué… qué acaba de pasar? Kalec sacudió la cabeza y, a continuación, posó la
mirada en el agujero. En algún momento, el segundo conjuro también se había desvanecido,
pero por el momento, a Kalec lo único que le importaban eran esas visiones. Habían sido tan
reales que se había sentido como si hubiera estado realmente ahí, formando parte de esas
breves escenas. No obstante, ninguna de esas imágenes tenía sentido, sobre todo la última,
por no hablar de que las dos últimas eran especialmente funestas.
El dragón azul volvió a agitar la cabeza e inspeccionó el agujero. Ahora más que
nunca, era capaz de percibir muy cerca las emanaciones de esa fuente. Aunque todavía tenía
que hacer un gran esfuerzo para seguir cavando, logró excavar un tramo más que respetable.
Y si bien las emanaciones se tomaron más intensas, no lo asaltaron más visiones.
Entonces, un aura tenue de color lavanda se alzó del agujero. Al instante, las dudas
se apoderaron de Kalec. Sin embargo, al comprobar que no sucedía nada más, siguió
cavando con cautela alrededor de los bordes de este.
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El Alba de los Aspectos
Al principio, la única recompensa que obtuvo Kalec fue más tierra, pero cuando
centró su atención en la parte central, sus garras entraron en contacto por fin con algo muy
distinto al suelo.
Con una delicadeza impropia de su forma de reptil, el dragón extrajo un pequeño
objeto octogonal forjado en algún metal que Kalec no pudo identificar. Le recordaba al oro,
pero si lo sostenía de un modo distinto, daba la sensación de que era mero hierro. Aunque si
lo giraba en otra dirección, adquiría el brillo blanquecino de ese metal tan escaso llamado
paladio.
Mientras tanto, el aura lavanda rodeaba al objeto…, aunque al mismo tiempo parecía
separada de él, como si se tratara de unas nubes que envolvieran un mundo diminuto y de
forma extraña.
Fascinado, Kalec intentó sondear la misteriosa reliquia. Sin embargo, en cuanto lo
intentó, el aura se esfumó. Si bien el dragón azul abandonó rápidamente el sondeo, el aura
no regresó. De hecho, las emanaciones también cesaron.
El dragón gruñó. Estuvo a punto de dejar en el suelo la pequeña reliquia, pero al final
optó por agarrarla con fuerza. Kalec retrocedió y localizó un lugar entre las costillas bastante
ancho como para poder salir por él; Mientras salía de ahí a campo abierto, se adueñó de él
la sensación de que estaba siendo observado. Kalec miró hacia su derecha.
Su mirada se clavó en las cuencas vacías del Padre de los Dragones. Kalec soltó una
carcajada siniestra para reírse de su momentánea paranoia. Posó la vista sobre la reliquia una
vez más para cerciorarse de que la tenía bien sujeta y, acto seguido, ascendió hacia el cielo.
Mientras iba dejando atrás ese paraje desolado, se fue dando cuenta de que cada vez
respiraba mejor. Kalec gruñó y centró su atención en el Nexo. Pensaba que ahí sería capaz
de descubrir más cosas sobre el objeto que ahora portaba. Los dragones azules habían
acumulado un gran conocimiento sobre lo arcano a lo largo de los milenios que Malygos
había sido el Aspecto de la Magia y, aunque el propio Kalec ya no ostentaba ese título, ese
conocimiento aún era accesible para él.
No obstante, seguía teniendo presente en sus pensamientos que tenía otros asuntos
mucho más urgentes que atender, como la disolución del Vuelo Azul. Sin embargo, la
reliquia le proporcionaba la excusa perfecta para no pensar en sus últimos fracasos, al igual
que haber asumido el peligroso papel de Aspecto le había permitido olvidar a Anveena de
vez en cuando.
El dragón azul esbozó un gesto de contrariedad y, a continuación, intentó librarse de
esos pensamientos. Kalec trazó un arco en el cielo. El Templo del Reposo del Dragón fue
visible allá abajo fugazmente. El dragón azul siseó. Al igual que esa cosa que sostenía en su
garra, ese edificio era una reliquia del pasado, pero al contrario que ese objeto, el templo ya
no tenía ningún interés para Kalec. Para él, era algo que había muerto, como los huesos que
acababa de dejar atrás.
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El Alba de los Aspectos
Estaba tan muerto como el futuro que, en su momento, había creído que lo aguardaba
como Aspecto.
El Nexo era mucho más que el reino del Tejehechizos y el Vuelo Azul. Era un lugar
dotado de un inmenso poder mágico, donde se congregaban las fuerzas arcanas de todo
Azeroth. Aunque por su aspecto físico parecía una fortaleza helada en la que el tiempo había
hecho estragos, el Nexo era en realidad una formación plagada de túneles y cuevas, que en
su día había sido protegida por una serie de vastos e intricados conjuros de protección que
únicamente permitían entrar sanos y salvos a los dragones azules. Sin embargo, ahora que
esos encantamientos se estaban desvaneciendo tenía mucho más mérito que regresara a ese
lugar, aunque fuera con una excusa, de lo que había pensado en un principio.
Dos dragones azules surcaban el aire a cierta distancia. Ambos se dirigieron al sur,
sin que Kalec supiera si pretendían regresar algún día. intentó no pensar en su marcha
mientras se aproximaba al templo. A pesar de que Kalec había llegado tarde a la reunión en
el Reposo del Dragón, su retraso no se había debido a haber tenido que volar una distancia
mayor que la que habían recorrido Alexstrasza y el resto. El Nexo estaba ubicado en la isla
helada de Gelidar, situada cerca de la frontera noroeste de la Tundra Boreal, que formaba
parte de Rasganorte, el mismo continente que albergaba el Baldío del Dragón. Lo cierto era
que el viaje había sido relativamente corto. Kalec había llegado el último a la reunión del
Acuerdo por razones que consideraba que habrían dejado estupefactos incluso a esos tres
seres de leyenda.
Pero todo pensamiento sobre ella o el Acuerdo se disipó de su mente en cuanto Kalec
se adentró en el perímetro protegido del Nexo. Notó un leve cosquilleo al atravesar esa red
invisible de hechizos, que por ahora aguantaban, pero que se hallaban más debilitados que
cuando se había marchado para acudir a la reunión.
Kalec entró por el pasaje que llevaba a su santuario. Una y otra vez, percibió la breve
y prácticamente desdeñable caricia de los conjuros activos. Era incapaz de saber cuánto
tiempo más durarían en pie. Aunque no sería mucho.
Entonces, oyó un ruido por delante de él. De repente, otro macho se cruzó en su
camino. Kalec, que no esperaba hallar a nadie en el Nexo, se detuvo con brusquedad.
—Saludos, Tejehechizos —dijo el dragón más viejo, a la vez que agachaba la cabeza.
El hecho de que fueran incapaces de colocarse uno frente al otro con comodidad decía mucho
sobre el tamaño de esos corredores; no obstante, ambos habrían podido pasar de lado si
hubiera sido necesario.
Kalec negó con la cabeza y replicó:
—Ya no poseo ese título, Jaracgos.
—Como desees. Me alegro de que hayas vuelto justo ahora, ya que, si no, me habría
sentido extremadamente culpable.
Kalec intentó adelantarse a lo que sabía que se le venía encima.
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El Alba de los Aspectos
—Jaracgos, no…
—Por favor, permíteme hablar —Aunque el otro dragón azul tenía más edad que
Kalec, era más pequeño que él—. He seguido lealmente al Tejehechizos durante toda mi
existencia, daba igual que quien ostenta ese título fuera Malygos o tú. He participado en
feroces batallas he llevado a cabo peligrosas misiones y nunca he eludido ningún deber.
—Lo sé. Eres uno de los pocos a los que siempre he admirado. Nunca has buscado
la gloria personal. Y eso es algo que he intentado emular.
El viejo dragón se aclaró la garganta y su tos reverberó por todo el pétreo corredor.
Acto seguido, miró al suelo.
—Así solo vas a conseguir que esto me resulte más difícil. Kalec, hace tiempo que
ansío cumplir ciertos deseos, satisfacer cierto interés en cuestiones arcanas que nunca he
tenido la oportunidad de estudiar. Pero para poder hacerlo, he de viajar lejo…
—No tienes que sentirte culpable por decirme esto, Jaracgos —lo interrumpió Kalec
con delicadeza—. Respeto tu decisión y te doy las gracias por presentarte ante mí, en vez
de, simplemente, partir sin mediar palabra. Para ser sincero, la otra vez que te marchaste,
pensé que ya nunca volverías.
El otro dragón agachó la cabeza en señal de respeto.
—Volveré de vez en cuando.
—Gracias. Buen viaje.
Tras volver a inclinar la cabeza, el otro coloso prosiguió su camino. Kalec lo observó
por un momento y, a continuación, siguió caminando en silencio hasta su santuario.
Albergaba muchas dudas sobre si Jaracgos volvería o no algún día. Después de todo, Kalec
había alentado a sus compañeros dragones azules a hacer lo que deseaban, aunque eso
supusiera seguir para siempre un sendero que los llevara cada vez más lejos del Nexo…
—¡No discutas, Neltharion!, —bramó una voz entre siseos en la mente de Kalec.
—¡Yo no discuto! ¡Yo lucho!
Una abrumadora sensación de vértigo se apoderó de Kalec mientras esas misteriosas
voces continuaban discutiendo. Unas imágenes se sumaron a ellas. Vio a una joven dragona
amarillenta que se parecía en cierto modo a una que ya conocía. Vio un pico muy alto que
le recordó a uno que había en el este, pero era más puntiagudo y estaba menos castigado por
el paso del tiempo.
A través de ese bombardeo incesante de voces entremezcladas e imágenes fugaces,
oyó que una dragona azul lo llamaba. Su voz sonaba distante y tenue, mientras que las demás
cobraban fuerza e intensidad.
Un dragón rugió… y, justo cuando perdía el sentido, Kalec se dio cuenta de que era
él mismo.
La caza había sido buena. El gélido mar rebosaba de grandes criaturas repletas de
carne sabrosa y grasa. Algunos de su raza preferían cazar animales de tierra (los cuales
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El Alba de los Aspectos
también eran un gran festín), pero por el momento, a Malygos le encantaba localizar esas
siluetas que entreveía en las profundidades y planear qué iba a hacer en el momento en que
se acercaran a la superficie. Le gustaban esos desafíos mentales, mucho más que a la mayoría
del resto de protodragones. Malygos se enorgullecía especialmente de eso; para él, eso
significaba que era mucho más listo que los demás.
El protodragón blanquiazul se fijó en una última presa y extendió las alas, que tenía
recubiertas de copos de nieve. Su raza en particular estaba muy bien adaptada al clima de
esa región, mucho mejor que otras. Aunque otras «familias» se aventuraban de vez en
cuando hasta ese lugar, la mayoría solía quedarse en climas más cálidos.
No obstante, hoy iban a recibir una de esas visitas tan poco frecuentes. Una sombra
planeó rápidamente sobre Malygos, surcando el cielo a una velocidad que a él le habría
costado mucho igualar. Kalec alzó la mirada hacia el cielo en busca de ese otro congénere.
Kalec. Me llamo Kalec, pensó súbitamente una parte de un Malygos presa de la
conmoción. ¿Qué… qué está pasando?
Quiso girarse para dirigirse corriendo hacia el Nexo, pero su cuerpo no lo obedeció,
sino que se elevó hacia el cielo, en busca de ese misterioso protodragón cuya sombra había
visto pasar. Pese a que era raro que los miembros de una raza atacaran a otro de una familia
distinta se habían dado algunos casos. Entre los protodragones, la cuestión del dominio era
siempre muy importante.
¿Eso como lo sé?, se preguntó un impotente Kalec. ¿Dónde estoy?
Kalec era incapaz de recordar nada de lo sucedido tras lanzar ese agónico rugido. Al
parecer, se había sumido en un estado de inconsciencia. No sabía ni cómo ni por qué había
aparecido después ahí, sobrevolando esas aguas y viendo las cosas a través de los ojos de
Malygos. Kalec ni siquiera entendía cómo era capaz de saber que ese cuerpo era el de su
predecesor o como era capaz de reconocer también que se trataba de un Malygos muy joven,
que vivía en una época anterior a que surgieran los verdaderos dragones, muy anterior a la
ofensiva de los Grandes Aspectos.
Kalec/Malygos se elevó hasta adentrarse en las nubes. El protodragón olisqueó el
aire, lo que permitió a Kalec detectar la presencia de esa otra criatura. Por lo visto, el dragón
azul podía experimentar todo cuando sucedía en ese lugar, pero carecía de la capacidad de
moverse o hablar. Era como si fuera un fantasma que compartía la forma de Malygos, aunque
la verdad era mucho más complicada. En realidad, Kalec sospechaba que ese joven Malygos
formaba parte de una visión…, así como todo el mundo que los rodeaba.
De improviso, una silueta de un color tan naranja como el fuego pasó junto a él a una
tremenda velocidad, distrayendo tanto a Malygos como a Kalec. Una protodragona titubeó
a poca distancia del macho blanquiazul.
—¡No quiero pelear! —bramó—. ¡No quiero hacerte daño!
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El Alba de los Aspectos
Hubo varias cosas que sorprendieron a Kalec. En primer lugar, lo poco que sabía
sobre los protodragones le había llevado a creer que estos eran incapaces de hablar. Había
dado por sentado que solo habían sido los primitivos y bestiales ancestros de su raza, nada
más.
Sin embargo, en algún momento de su evolución, algunos habían cruzado cierto
umbral…
La hembra aguardó ansiosa una respuesta. Kalec recordó que había visto de manera
fugaz a una protodragona tan naranja como el fuego en una de las visiones que había tenido
antes y sospechaba que se trataba de la misma. Además, tuvo la sensación de nuevo de que
esa hembra le resultaba muy familiar.
—Yo tampoco —contestó Malygos, para alivio de ella y también de Kalec, quien se
percató de que no le sorprendía que Malygos también supiera hablar, ya que el dragón azul
estaba dentro de ese macho y conocía sus pensamientos.
Aunque este no era el Malygos que él conocía, esta versión menos sofisticada de él
seguía poseyendo una inteligencia muy vivaz. Malygos escrutó el cielo en busca de otras
siluetas naranjas y, al no hallar ninguna, se colocó por encima de la hembra, adoptando así
una posición más dominante. Ella, a su vez, no se mostró incómoda ante su reacción, lo cual
podía ser una señal de cabalidad o ingenuidad, eso Kalec aún no lo sabía.
—Vengo sola —añadió la protodragona—. Buscó a otro. A un macho de mi raza. A
un hermano de camada.
Hermano de camada. Kalec conocía este término Los dragones que nacían de la
misma puesta de huevos eran considerados hermanos y mantenían una relación muy
estrecha. Kalec había tenido cuatro hermanos, pero solo él había sobrevivido. Supuso que
los protodragones ponían más huevos que los dragones y, por tanto, había más posibilidades
de que algún cachorro sobrevivera; además, era evidente que entre ellos también se
establecían lazos familiares, al menos entre los que eran como esa hembra.
Malygos no vaciló.
—Aquí no hay ninguno de los tuyos.
La hembra pareció decepcionada.
—Ya no tengo otro sitio donde buscar.
Kalec pudo percibir los pensamientos de Malygos. Como esa hembra no era de la
raza de su anfitrión, este no tenía ningún interés en ella, pero, aun así, disfrutaba aguzando
su ingenio con ella. Asimismo, como no estaba ni hambriento ni cansado en ese momento,
un poco de acción le venía bien.
—Hay otros sitios. ¿Él suele cazar?
La protodragona se quedó pensativa por un instante.
—Le gusta descubrir nuevos lugares.
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El Alba de los Aspectos
Eso despertó la curiosidad de Malygos, pues a él también le gustaba mucho hacer
eso.
—Si no está aquí, debe de estar en el sur. ¿Sigues su rastro?
—Sé dónde estaba. Pero no sé a dónde ha ido.
—Muéstrame ese sitio.
Pero en cuanto la hembra viró y Malygos hizo un ademán de seguirla, el mundo de
Kalec pareció dar un salto hacia delante de una manera tan brusca que perdió la consciencia.
Mientras se recuperaba mentalmente comprobó que la pareja sobrevolaba ahora un paisaje
rocoso y más cálido.
—¿Estaba aquí? —preguntó al fin Malygos—¿Tu hermano de camada estaba aquí?
—Sí.
Una vez más, a Kalec le sorprendió la gran capacidad de hablar y expresarse de la
protodragona, pero antes de que pudiera hace alguna pregunta más, un tercer protodragón
de color gris como el carbón apareció en su campo de visión volando al oeste. La criatura
gris divisó a la pareja y, de inmediato, se acercó velozmente hacia ellos.
Malygos profirió un leve gruñido. Kalec, que esperaba que eso fuera un mero
encuentro entre unos congéneres, se dio cuenta de que los dos protodragones estaban a punto
de enzarzarse en un combate.
—¡Nada de peleas! —exclamó la hembra—. ¡No somos enemigos!
—¡Es escoria! —le espetó Malygos a la vez que ascendía para batallar con el recién
llegado—. ¡Un estúpido nada inteligente!
De repente, el protodragón gris abrió sus amplias fauces y un sonido atronador brotó
de ellas. Al igual que Malygos, Kalec recibió el impacto de la onda expansiva, que los golpeó
como un martillo y lanzó el cuerpo que ocupaba hacia atrás dando vueltas en el aire.
Sin ninguna vacilación y presa de la impaciencia, el dragón gris fue tras él. Al
contrario que los dos primeros protodragones que había hallado en esa visión, este era tal y
como lo había descrito Malygos, tal y como Kalec había creído que eran: una bestia
irracional.
Malygos consiguió recuperarse justo a tiempo y exhaló un chorro de gélido hielo que
envolvió al protodragón gris que se aproximaba. Su atacante giró en el aire, con la cabeza y
las alas congeladas y, acto seguido, cayó a una altura situada por debajo de Malygos.
El protodragón blanquiazul se lanzó en picado sobre él, lo cual resultó ser un error.
La bestia gris logró librarse del hielo lanzado por enemigo y, sin parar de dar vueltas sobre
sí mismo, logró alcanzar con su cola a Malygos directamente en el pecho de manera fortuita.
Kalec intentó respirar desesperadamente dentro del cuerpo que ocupaba al notar que
el aire abandonaba los pulmones de Malygos. El protodragón de color azul como el hielo
tuvo que hacer un gran esfuerzo para mantenerse flotando en el aire y no perder la
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El Alba de los Aspectos
consciencia. Kalec intentó en vano alentarlo, a pesar de que también estaba perdiendo el
conocimiento.
Entonces, unas llamas alcanzaron a la bestia gris en la cara, la cual rugió de dolor,
ya que esa llamarada había impactado muy cerca de sus ojos. Cegada, sacudió la cabeza.
Tras recuperarse. Malygos le lanzó otra gélida descarga justo cuando otra llamarada
lo alcanzaba. Ante ese doble y encarnizado ataque, el protodragón gris se retiró. Mientras
huía de la pareja, siguió rugiendo presa de la agonía y la frustración.
Malygos alzó la vista hacia la hembra, de modo que Kalec hizo lo mismo. La
protodragona parecía aliviada y confusa.
—Estaba asustado. Yo no quería pelear. Pero no nos ha quedado más remedio.
— «¿Asustado?». —Malygos resopló, mientras Kalec se quedaba estupefacto ante
las explicaciones de ella, ya que compartía la mala opinión de su anfitrión sobre su
atacante—. ¡Humf! ¡Era una bestia muy estúpida! ¡No era tan listo como yo! ¡No era tan
listo como Malygos!
—Sí, eres muy listo Malygos —admitió la hembra—. Mucho más que yo.
Aunque Malygos aceptó esas palabras como una mera constatación de algo
incontestable, Kalec sospechaba que la protodragona naranja como el fuego era mucho más
inteligente de lo que hasta el momento había dejado entrever.
—Soy muy listo —repitió Malygos, enorgulleciéndose del cumplido—. Te prometo
que daré con tu hermano de camada, Alexstrasza.
¡Alexstrasza! Kalec observó a la joven hembra a través de los ojos de su anfitrión y,
al fin, reconoció los rasgos de esa cara, que era más suave y fina que la que conocía. Sí, era
Alexstrasza, pero él jamás se había imaginado a la Protectora tan joven. Al parecer, ambos
se debían se debían de haber presentado en algún momento de ese espacio de tiempo perdido
que se había dado entre las dos partes de esa demencial visión.
Curiosamente, Alexstrasza se limitó a asentir con cierta desgana. Seguía mirando en
la dirección por la cual su adversario había huido.
—Estaba tan asustado. Nos ha atacado porque tenía miedo. Pero ¿por qué lo tenía?
Malygos, que no se había planteado esa cuestión, simplemente se encogió de
hombros. Una vez más, Kalec compartió el desinterés que el asunto suscitaba en su
predecesor. Solo quería escapar de esa locura. Además, se preguntó qué le estaría pasando a
su verdadero cuerpo en esos momentos.
Entonces, sufrió otro ataque de vértigo que lo abrumó. Kalec se halló flotando en la
oscuridad por un momento y, una vez más, regresó a un lugar que no era el Nexo, sino a
alguna otra visión que veía a través de los ojos del joven Malygos.
Se encontraban en lo que, a juicio de Kalec, era alguna otra parte de ese paisaje
escabroso, pues el cielo estaba tan nublado como el de Rasganorte.
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El Alba de los Aspectos
De repente, oyó cómo alguien lanzaba un aullido pesaroso a su lado (o, más bien, al
lado de Malygos).
Malygos pareció saber qué significaba, pero por mucho que lo deseaba Kalec, su
anfitrión no se giró inmediatamente hacia el lugar del que provenía ese chillido. Sin
embargo, como el aullido no cesó, este al fin decidió mirar.
Entonces, Kalec pudo contemplar por fin a Alexstrasza, la cual señalaba con su
hocico hacia el cielo mientras lanzaba un grito plagado de una enorme tristeza. Kalec era
consciente de que, si hubiera tenido un cuerpo propio, habría sentido que un escalofrío le
recorría la espalda, ya que así de horrendo era ese chillido.
Las alas de Alexstrasza envolvían el suelo como una mortaja. Se mecía adelante y
atrás al mismo tiempo que arañaba ese suelo rocoso una y otra vez con su cola.
Tal y como Malygos había prometido, había localizado a su hermano de camada…,
o más bien lo que quedaba de él. A pesar de que Kalec deseó en ese instante que su anfitrión
apartara la mirada, Malygos observó el cadáver con un interés cada vez mayor mientras
intentaba comprender cómo había muerto.
El hermano de Alexstrasza había perecido de un modo violento (lo cual no era muy
sorprendente en ese mundo), pero no había sido asesinado al participar en algún duelo con
otro protodragón. Kalec no conocía a ninguna bestia capaz de lanzar algo por la boca que
pudiera haber dejado el cadáver en un estado tan horriblemente decrépito, Malygos tampoco.
El macho naranja como el fuego no era más que un amasijo de piel y huesos resecos.
Y lo que era aún peor, su horrendo semblante indicaba que el hermano de Alexstrasza
había sufrido mucho a lo largo de todo ese monstruoso calvario.
Alexstrasza seguía llorando su muerte. Malygos, sin embargo, se estremeció
súbitamente. Una sensación de intranquilidad se adueñó del anfitrión de Kalec, aunque para
Kalec no cabía duda de que Malygos no comprendía por qué esa sensación lo abrumaba
precisamente ahora.
Una vasta sombra cubrió toda esa zona y se desvaneció con la misma celeridad con
la que había aparecido. Malygos se elevó y giró en el aire para poder echar un vistazo
rápidamente en todas direcciones, pero lo único que divisó fue una gruesa capa de nubes.
No. Había algo allá en lo alto, algo que Kalec pudo discernir solo por un momento. Al
instante, intentó conminar a Malygos a mirar en esa dirección.
Al final, su anfitrión miró hacia allá. En ese mismo momento, algo que merodeaba
por allá arriba, fuera lo que fuese, surcó velozmente la parte inferior de ese manto de nubes.
Sin embargo, antes de que Kalec pudiera fijarse mejor, su entorno se transformó en
una vorágine caótica compuesta de voces y rugidos ininteligibles, así como de imágenes tan
fugaces que fue incapaz de encontrarle un sentido a todo aquello.
Entonces…, la oscuridad lo envolvió una vez más.
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CAPÍTULO TRES
EL PADRE DE LOS
DRAGONES
¿Kalec? ¿Kalec?
La voz de ella fue lo primero en rasgar la oscuridad y lo que le trajo de vuelta al
mundo de la vigilia. Masculló lo que debería haber sido su nombre, a pesar de que incluso
esos sonidos carecían de sentido en sus propios oídos. El exAspecto abrió los ojos, esperando
hallarse todavía tumbado en el túnel y encontrarse con ella inclinada sobre él, sin saber cuál
de ambas cosas le iba a hacer sentirse más avergonzado.
Sin embargo, en cuanto miró a su alrededor se percató de que se hallaba solo… y de
que no estaba ya en el corredor. De algún modo, había sido transportado hasta la gigantesca
caverna que era su santuario. Y lo más desconcertante de todo era que se encontraba tumbado
en su lugar favorito para dormir.
Pero la cuestión de cómo había logrado llegar hasta ahí no tenía mucha importancia
para el dragón azul. Lo más importante era saber qué había ocurrido después de que hubiera
perdido el conocimiento. Si bien Kalec ignoraba cuánto tiempo había estado inconsciente,
sí sospechaba con cierto fundamento cuál era la fuente de esas asombrosas visiones.
El dragón estiró unos dedos anquilosados y contempló esa reliquia aparentemente
insignificante. Se le escapó una maldición al verla y estuvo a punto de arrojarla contra una
de las paredes de la caverna. No obstante, se lo pensó mejor y se dirigió hacia una parte de
su santuario envuelta en sombras.
Kalec agarró un fragmento de esas sombras, de cuyo interior emergió una enorme
forma cónica que se expandió ante sus ojos, que creció hasta ser lo bastante inmensa como
para contener a un elfo de la noche en su interior. Si Kalec hubiera deseado que fuera más
grande, podría haberla expandido con un mero pensamiento. Las prisiones arcanas habían
sido creadas con diversos fines, entre ellos, el que indicaba la primera parte de su nombre.
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El Alba de los Aspectos
Esta era una de las muchas escondidas en el Nexo y, Kalec la había escogido porque estaba
más vacía que la mayoría.
Una energía azul crepitante rodeaba ese colosal cubo que flotaba levemente por
encima del suelo. A un curioso le habría recordado a una caja enorme hecha, al parecer, de
madera y piedra, cuyos bordes estaban forrados con unos ribetes metálicos de color bronce.
Una serie de sellos de un intenso color azul recorrían el centro de cada una de las cuatro
caras desde la parte superior a la inferior, donde sus dos mitades permanecían unidas
únicamente por esos sellos y ribetes.
Los sellos cayeron y el ribete metálico se desvaneció al obedecer una orden del
exAspecto que este no pronunció. Acto seguido, la parte superior se abrió y ladeó, como si
fuera una tapa. No todas las prisiones arcanas funcionaban de esa manera; esta, como había
sido diseñada específicamente para el almacenamiento, también se podía abrir de otras
maneras distintas, dependiendo de las necesidades de Kalec.
El dragón introdujo una zarpa en su interior y depositó la reliquia. Ahí dentro, no
solo estaría a salvo de ojos curiosos, sino que no sería capaz de perturbar sus pensamientos.
En cuanto volvió a sellarla, la prisión arcana se esfumó de nuevo. Kalec suspiró
aliviado y se acordó de la voz que lo había traído de vuelta de la oscuridad. No era la primera
vez que ella había contactado con él desde que este se había marchado de Dalaran. Sin lugar
a dudas, tras su último encuentro, la archimaga había dado por sentado que él intentaría
contactar con ella; sin embargo, el dragón siempre había hallado muchas razones para no
hacerlo, sobre todo porque tenía la certeza de que incluso ella lo culpaba en parte de no haber
hallado el iris.
Kalec decidió que no podían proseguir con esa charada, aunque no era la primera
vez que pensaba así, pues ante ellos no había ningún sendero que pudieran recorrer juntos…
Aun así, una vez más, su voz lo alcanzó. Kalec, Kalec, háblame… quería ignorarla,
pero su voluntad se hallaba muy debilitada por culpa de las visiones. Además, Kalec se dijo
a si mismo que, como archimaga que era (tal vez la más poderosa entre aquellos por cuyas
venas no coma la sangre de un dragón), quizá supiera algo sobre qué tipo de magia era capaz
de crear un objeto como el que él había descubierto. Después de todo, Jaina era quien lo
había ayudado a detectar el Iris de Enfoque cuando todos sus esfuerzos anteriores habían
sido en vano. Solo por eso, la consideraba, en muchos sentidos, mucho más astuta y más
flexible que él…, lo cual hacía que se sintiera aún más avergonzado de sus propios fracasos.
Cuando lo llamó de nuevo, Kalec respondió al fin. Estoy aquí, Jaina. Mientras
contestaba, sucedieron dos cosas. La menos llamativa fue que se abrió un agujero en el aire
justo delante de él, un agujero en cuya parte central se formó una enorme imagen circular en
la que aparecía una cámara amurallada que sabía que se hallaba a cientos de kilómetros de
distancia. En esa imagen, una figura femenina fue cobrando forma.
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El Alba de los Aspectos
Pero antes de que eso tuviera lugar, el mismo Kalec sufrió una transformación. Se
encogió hasta quedar reducido a una mera fracción de su tamaño original. Las patas traseras
de dragón, sobre las que soportaba su peso, se dieron la vuelta a la altura de las rodillas y se
transformaron en las piernas de un hombre, al mismo tiempo que sus patas delanteras se
convertían en brazos. Las alas y la cola de Kalec se encogieron y, por último, se
desvanecieron. El hocico se le hundió en la cara, que perdió las escamas y su color azulado,
de tal modo que sus facciones se retinaron hasta transformarse en el pálido y apuesto rostro
de un joven, digno de cualquier miembro de las razas élficas.
Los rasgos que aún conservaba de su verdadero ser y que lo revelaban de un modo
más obvio eran su larga melena azul y negra y el atuendo de cazador que ahora portaba,
donde también se combinaban el azul oscuro y el negro. Kalec se enderezó; en muchos
sentidos, se sentía más cómodo ahora que cuando era un dragón. Con esta forma, había
aprendido lo que era realmente vivir, había entendido de verdad la felicidad… y el dolor. De
hecho, a menudo deseaba haber nacido como la criatura humanoide que fingía ser ahora.
Mientras se completaba su transformación, la figura de la imagen también se definió
completamente. Sin embargo, al contrario que Kalec, la mujer que tenía ante él era
exactamente lo que parecía ser: una humana muy hermosa y muy poderosa.
A pesar de todo lo que se había visto obligada a experimentar en su vida seguía
siendo muy joven. Kalec pudo percibir cómo los recientes acontecimientos la habían curtido
aún más, aunque intentaba actuar como si no hubiera cambiado. Jaina Proudmoore no había
buscado convertirse en la líder del Consejo de los Seis (el consejo de magos que gobernaba
el reino de Dalaran), pero el resto de poderes fácticos habían recurrido a ella después de que
su predecesor, Rhonin, se sacrificara. Jaina, la hija del difunto, legendario (aunque algunos
añadirían infame) y grandioso almirante Daelin Proudmoore, también había tenido que
intentar hallar el equilibrio a la hora de atender sus obligaciones con el consejo y con el
gobierno del reino de la isla de Theramore.
Si bien todo eso habría sido demasiado para muchas criaturas (incluso aunque fueran
dragones), además, Jaina había tenido que asumir su parte de responsabilidad en la muerte
de su propio padre y en su fracaso a la hora de salvar a Theramore de su destrucción total a
manos de la brutal Horda.
Somos tal para cual, pensó Kalec mientras la contemplaba.
Se mantuvo impertérrito al comprobar que la archimaga se fijaba en él. Jaina, por el
contrario, sonrió agradecida, como si Kalec le hubiera concedido un favor especial al
dignarse a responder por fin, lo cual hizo que él se sintiera aún peor.
—Empezabas a preocuparme.
Si bien su voz era suntuosa y melodiosa (al menos para Kalec), estaba teñida por el
dolor y los remordimientos del pasado.
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Lo maravillaba que ella tuviera la capacidad de seguir adelante, a pesar de lo mucho
que sentía la muerte de todos los que habían perecido en Theramore y de que los
remordimientos la reconcomían por lo que había planeado hacer contra Orgrimmar con el
Iris de Enfoque robado. Claro que por eso mismo la admiraba y se sentía tan unido a ella.
—Aprecio tu preocupación, Jaina, pero estoy bien.
—Ah, ¿sí?
—Se inclinó aún más cerca, de modo que parecía que iba a tocarlo. Acto seguido,
clavó su mirada en Kalec, quien se sintió como si la maga fuera capaz de ver todo lo que
ocultaba en su alma de dragón—. No duermes mucho. Puedo verlo. Te exiges demasiado.
Esta tarea puede esperar un poco más.
—He de llevarla a cabo —le espetó con demasiada brusquedad.
Él se sorprendió tanto como ella por la nada disimulada amargura que había teñido
sus palabras. Jaina recuperó la compostura casi de inmediato y la sorpresa dio paso a la
compasión. Y esa compasión hizo que Kalec se sintiera aún más avergonzado.
—¿Cómo estás? —preguntó él para poder cambiar de tema—. ¿Cómo van las cosas
con el Kirin Tor?
A pesar de que la archimaga se dio cuenta perfectamente de qué intentaba hacer, le
siguió la corriente.
—Seguimos aunando esfuerzos para que las cosas no se desmoronen, pero lo
estamos consiguiendo. Sabes tan bien como yo que, desde tu última visita, todo está patas
arriba. Me he visto obligada a hacer algunos cambios que no quería, pero eran necesarios.
Como Jaina no se explayó más al respecto, Kalec prefirió no presionarla. Deseaba
ayudarla con toda su alma, pero ¿qué podía hacer él por ella cuando era incapaz de ayudarse
a sí mismo?
Tal vez haya llegado el momento de poner punto y final a esto, decidió el dragón.
Tal vez no podamos hacer nada el uno por el otro…
De repente, una imagen de la joven Alexstrasza irrumpió en su mente.
Kalec no pudo evitar estremecerse ni dar un grito ahogado. Por desgracia, Jaina se
percató de ambas cosas.
—¡Kalec! ¿Estás enfermo…?
El rugido de un dragón (o, más bien, el de un protodragón) ahogó el resto de sus
palabras. Aun así, el dragón azul logró esbozar un gesto de fortaleza ante la maga.
—Como bien dices, no he descansado suficiente. Discúlpame por haberte asustado.
Hizo un gran esfuerzo por transmitir una sensación de indiferencia, con la esperanza
de que ella creyera que estaba bien. Kalec no estaba seguro de si estaba pensando con
claridad o no, pero esperaba que así fuera, ya que otra serie de ruidos e imágenes estaban
asaltando su mente.
Jaina permaneció donde estaba con un semblante indescifrable.
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El Alba de los Aspectos
—¿Estás seguro de que estás bien? Súbitamente, la imagen de otro cadáver de
protodragón captó toda su atención. Aunque había algo aún más perturbador en este, la
imagen se desvaneció antes de que Kalec pudiera saber exactamente qué era lo tanto lo
inquieta a él. Los ruidos sobre todo las voces subieron hasta alcanzar un volumen
ensordecedor.
—¡Sí! —exclamó demasiado alto—. ¡Perdóname! ¡Tengo que convocar una
reunión!
Kalec, a quien no le importaba si sus excusas tenían sentido o no, dio por concluida
su conversación con la archimaga. La imagen de Jaina se disipó justo cuando parecía
dispuesta a decir algo. El exAspecto se dirigió trastabillando a la parte central de su santuario
tambaleándose por la culpa del violento asalto de ese caos de voces e imágenes. No obstante,
se alegró de que ni Jaina ni nadie de su vuelo pudiera verlo en ese estado.
Kalec cayó de rodillas. Logró apoyar una mano sobre el suave suelo de piedra, una
mano cubierta parcialmente de escamas que poseía unas uñas largas y afiladas. Como era
incapaz de concentrarse. Kalec se retorció mientras su cuerpo intentaba hallar un equilibrio
entre su verdadera forma y la forma humanoide que había adoptado en deferencia a Jaina.
La boca y la nariz se le extendieron hacia delante y le crujieron las piernas, como si estas
chillaran de dolor, cuando las rodillas se le giraron hacia delante y atrás. Una cosa era
cambiar de una forma a otra de una manera normal, pero estar continuamente mutando de
una a otra conllevaba una agonía que nunca antes había sufrido.
Al final, fue demasiado. Kalec se cayó de bruces…
Y una vez más se vio surcando el aire como una parte más del joven Malygos.
Había vuelto a saltar en el tiempo. Si bien Alexstrasza ya no acompañaba a Malygos,
había otros protodragones en el cielo, unos protodragones de al menos seis colores distintos.
A ser tan diferentes, no parecían dispuestos a combatir entre ellos. Aunque Kalec sospechaba
que eso podría cambiar en cualquier momento.
Malygos se encontraba muy nervioso, y esa inquietud se apoderó a la vez de Kalec.
Sin embargo, no estaba claro qué era lo que tanto preocupaba a Malygos. El protodragón
había enterrado sus pensamientos en lo más profundo de su mente, como si no quisiera tener
que enfrentarse a ellos.
La razón que había motivado que muchos protodragones distintos se encontraban en
la misma región resultó obvia, al menos en parte, al ver que una vasta manada de enormes
bestias (semejantes a los peludos caribúes marrones) corrían por las bajas colinas cubiertas
de hierba situadas allá abajo. Dos protodragones ya habían descendido en picado para coger
su comida, pero una hembra más pequeña y de color amarillento o no había calculado bien
su descenso y había estado a punto de estrellarse contra el suelo.
Mientras esta ascendía de nuevo, se le unió Alexstrasza, ni más ni menos, quien
acababa de dar caza a otro de esos rumiantes. Al contrario que el resto de cazadores, la
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El Alba de los Aspectos
hembra naranja como el fuego había mordido rápidamente al animal en el cuello, justo donde
se hallaba la vena principal, matándolo así instantáneamente. Kalec pudo notar que esa
táctica le hizo gracia a Malygos; la mayoría de los protodragones preferían que su presa
siguiera viva hasta el último momento.
Alexstrasza, sin embargo, parecía sentirse un tanto culpable por tener que cazar.
Aunque intentó ofrecerle esa comida a la hembra más pequeña (que, sin ningún
género de dudas, necesitaba alimentarse), la protodragón amarillenta reaccionó de una
manera furiosa y la amenazó mordisqueando el aire. Pero en vez de enfadarse con ella,
Alexstrasza siguió intentando ayudar de manera muy paciente a su compañera.
Incluso ahora, se preocupa por los más necesitados, pensó Kalec con admiración
mientras pensaba en Alexstrasza como el Aspecto de la Vida. Aquí, a pesar de ser tan joven,
mostraba una compasión por los demás que sobrepasaba a cualquiera.
Por un momento, Malygos perdió el interés en ambas hembras, obligando así a Kalec
a observar a los demás cazadores. La técnica que un tosco macho marrón empleaba para
cazar llamó levemente la atención del protodragón. Este otro macho planeaba sobre la
manada que huía y, entonces, como si fuera clarividente, descendía en picado hacia ella justo
cuando esta giraba bruscamente con el fin de esquivar a esos depredadores alados. Sin
embargo, no lograban engañar así al macho marrón. De hecho, este parecía saber en qué
dirección y a qué velocidad esos rumiantes iban a girar. Mientras más de uno del resto de
cazadores acababa capturando únicamente montones de tierra y hierba destrozada, él era
capaz de hacerse con dos sabrosos bocados rápidamente, uno tras otro.
Pese a que Malygos admiraba la inteligencia y precisión de ese otro macho perdió el
interés en él cuando dos de los cazadores que habían fallido en su intento de hacerse con una
presa se enzarzaron en una pelea y se escupieron mutuamente. No se dirigieron ni una sola
palabra. Al igual que el macho gris con el que Kalec y su anfitrión se habían topado antes,
estos protodragones no eran mucho mejores que los gatos salvajes o los lobos que
deambulaban por otras partes del mundo. Malygos contempló con desprecio cómo luchaban
furiosamente, al mismo tiempo que Kalec se preguntaba una vez más por qué algunos
protodragones habían evolucionado hasta tener conciencia y otros no.
Unos pocos protodragones más, que se hallaban devorando su comida, también los
observaron; algunos eran inteligentes, indudablemente; otros eran meras bestias a las que
solo les preocupaba que los que se peleaban pudieran intentar luego robarles la comida. Un
macho de color verde azulado contemplaba con desagrado a esa pareja y, a continuación,
lanzó una mirada iracunda a Malygos cuando se dio cuenta de que el anfitrión de Kalec lo
miraba.
Coros. Ese nombre le vino a la cabeza a Kalec como si él mismo conociera a ese otro
macho. Era obvio que Malygos sí le conocía y, sin duda alguna, eran enemigos. Coros lanzó
varios siseos a su rival y, acto seguido, enterró su hocico en su presa, a la que acababa de
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El Alba de los Aspectos
matar. El macho verde azulado le arrancó una considerable porción de carne cruda y después
la masticó sin dejar de mirar fijamente a Malygos, como si en realidad esa carne la hubiera
arrancado de la garganta de este último.
Kalec se percató de que Malygos se estaba planteando la posibilidad de pelear con
Coros, pero ese razonamiento tan peligroso se vio interrumpido por el aterrizaje de una
pequeña hembra de color amarillento cerca de él, la cual resopló presa de la frustración, a la
vez que Alexstrasza, que seguía sosteniendo el cadáver de su presa, se posaba cerca de ella
y delante del anfitrión de Kalec.
—Mi hermano… —acertó a decir la pequeña protodragona de un de modo
titubeante—. Mi hermana me ha dicho que diste con él.
Tanto a Malygos como a Kalec les sorprendió que esa fuera la hermana de
Alexstrasza, ya que tenía un color distinto, aunque ese amarillo tampoco se asemejaba al de
las otras dos familias que Kalec sabía que existían gracias a Malygos. El único parecido
entre ambas hembras era su piel suave, casi como el cristal, que era muy distinta a la áspera
y dura piel de la mayoría de los protodragones.
—Éramos tres en nuestra camada. Tres supervivientes. Ahora, solo somos dos.
Malygos agachó la cabeza para indicar que la entendía. Desde el punto de vista de
los protodragones, que solo sobrevivieran tres huevos de una misma puesta era una señal de
mal agüero para esa familia. De hecho, en muchas familias sanas de protodragones, un
descendiente tan enfermizo como esa hembra amarilla habría sido asesinado nada más
eclosionar del huevo.
Al parecer, ella estaba esperando a que Malygos se diera una respuesta más
elaborada, así que este se vio obligado a hablar al fin:
—La muerte de tu hermano de camada fue rara. Kalec no habría contestado así si
estuviera en el lugar de Malygos, pero esa respuesta pareció satisfacer a la hermana de
Alexstrasza.
—¡Oh, así que murió de forma rara! ¿Cómo?
—No lo sé.
La pequeña hembra se acercó aún más.
—¿Hubo otro…?
—¡No, Ysera! —la interrumpió Alexstrasza bruscamente—. Acordamos que…
Fuera lo que fuese lo que dijera a continuación Kalec no lo oyó, pues estaba mirando
asombrado, a través de los ojos de Malygos, a otra de los Grandes Aspectos. Como había
conocido a Ysera recientemente (cuando era ya Ysera la Despierta), era incapaz de
imaginarse cómo era posible que esa criatura tan frágil pudiera haberse convertido en uno
de los seres más poderosos de Azeroth.
Una serie de siseos y chasquidos volvieron a atraer la atención de Kalec hacia lo que
Malygos estaba percibiendo en esos momentos. Alexstrasza e Ysera, que habían echado el
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El Alba de los Aspectos
cuello hacia atrás, actuaban como si pretendieran pelearse. Cada una de ellas mostraba sus
puntiagudos dientes y afiladas garras de manera muy ostensible, de tal modo que incluso
Ysera demostró ser capaz de mostrarse increíblemente amenazante. Varias veces
arremetieron velozmente con sus cabezas contra su adversaria, aunque las retiraban de
inmediato.
Kalec había sido testigo de tales confrontaciones entre los de su raza y, generalmente,
era capaz de reconocer cuando la pelea iba enserio y cuándo solo era un mero alarde, pero
con esas hermanas resultaba difícil saberlo. Las fauces tanto de Ysera como de Alexstrasza
se cerraron peligrosamente cerca de la garganta de su rival y arañaron con sus garras la piel
de su adversaria en más de una ocasión. Entonces…, un ruido más potente que el trueno
calmó no solo a las hermanas, sino a todo protodragón de los alrededores.
Ese ruido volvió a estallar, sacudiendo las cimas de las rocosas montañas sobre las
que estaban posados Malygos y muchos de los demás cazadores. Varios de los
protodragones se encogieron de miedo, y Kalec llegó a notar que incluso Malygos tuvo que
hacer un gran esfuerzo para no echarse al suelo.
Solo entonces Kalec se dio cuenta de que ese increíble ruido era un rugido
gigantesco.
De improviso, una vasta región de ese cielo cubierto se rasgó y algo descendió con
una velocidad tan asombrosa que las nubes se disgregaron rápidamente, dejando a la vista
algo que no solo podía acobardar a un protodragón, sino incluso a los dragones más
poderosos de la propia raza de Kalec.
Se suponía que eso era un protodragón, pero era de un tamaño tan inmenso que habría
hecho palidecer a un dragón normal por comparación. Kalec creía que solo había otra
criatura capaz de compararse con ella… el mismo Galakrond.
A pesar de que Kalec nunca había visto al gigantesco Galakrond de carne y hueso,
la remota posibilidad de que lo hubiera reconocido a ese ser titánico había quedado
descartada en cuanto el nombre de Galakrond empezó a dar vueltas una y otra vez por la
mente de Malygos. Además, gracias a que su anfitrión dejó de mirar al Padre de los Dragones
y desplazó brevemente la vista hacia los demás protodragones, Kalec pudo comprobar que
ninguno de los cazadores surcaba ya el cielo. Galakrond reinaba en el firmamento y no había
ningún protodragón lo bastante necio como para desafiar su autoridad.
Galakrond descendió bruscamente, sobrevolando toda la región en cuestión de
segundos Tras él, llegó un viento tan terrible que incluso arrastró a varios protodragones del
lugar donde se habían posado y arrojo a más de una presa al suelo, allá a lo lejos. El rugido
de Galakrond siguió provocando que el suelo temblara a pesar de hallarse ahora a kilómetros
de distancia, lo que obligó tanto a Malygos como a las hermanas a aferrarse aún más al sitio
donde estaban posados.
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El Alba de los Aspectos
A pesar de ser una criatura tan colosal, Galakrond se giró de un modo
extraordinariamente ágil. Una vez más, sobrevoló a esa manada dominada por el pánico,
pero esta vez con una intención muy clara. Galakrond cogió dos de esos caribúes con cada
una de sus descomunales patas traseras y cazó otro con sus gigantescas fauces; a
continuación, se elevó. El rumiante que tenía en la boca desapareció de la vista al caer por
su garganta y, un momento después, los dos que sostenía en su garra trasera izquierda
siguieron el mismo camino. Para cuando Galakrond se estabilizó a cierta altura, sus cinco
capturas ya iban de camino a su estómago.
Pero cinco bocados no eran suficientes. Galakrond viró y se lanzó en picado sobre
esas presas que se dispersaban. Esta vez, sin embargo, se detuvo súbitamente. Kalec, que en
un principio se sintió confuso, observó cómo el mero hecho de que esas vastas alas se
doblaran al frenar había generado un vendaval que provocó que decenas de esas bestias
rodaran por el suelo de manera descontrolada.
Antes de que varios de esos caribúes pudieran ponerse en pie, Galakrond los atrapó.
El Padre de los Dragones se elevó de nuevo entre las nubes con al menos ocho capturas, por
lo que Kalec pudo ver.
Los primeros protodragones que se atrevieron a moverse lo hicieron varios segundos
después de la partida de Galakrond. No reanudaron la caza; y no solo porque los caribúes se
habían desperdigado tanto que ahora se hallaban muy lejos y hubieran tenido que realizar un
gran esfuerzo para poder perseguirlos, sino porque la mayoría de los protodragones seguían
demasiado conmocionados por la reciente aparición de Galakrond. Algunos se elevaron
hacia el cielo y volaron hacia climas más cálidos. Otros permanecieron quietos y
acobardados.
El Padre de los Dragones… Kalec no podía creerse lo que acababa de ver. Nunca
hubiera podido imaginarse que algún día iba a poder ver a Galakrond vivo, en carne y hueso.
El dragón azul sabía muy poco sobre Galakrond, salvo que había sido unos de los
más colosales que jamás había deambulado por Azeroth y que representaba el gran paso
evolutivo de protodragón a dragón propiamente dicho. En realidad, Galakrond no había
engendrado a todos los dragones de verdad (eso era un mito que se había extendido hacia
milenios) sino que después de él, habían aparecido los cinco Aspectos, y sus respectivos
Vuelos. Tras eso, los protodragones se habían esfumado.
También circulaban otras leyendas sobre Galakrond, aunque Kalec era consciente de
que únicamente sus tres contrapartidas conocían la verdad. Aunque nunca se había planteado
la posibilidad de interrogarlos acerca del Padre de los Dragones, ahora deseaba haberlo
hecho.
Aun así, el sobrecogimiento momentáneo que estaba experimentando dio paso muy
pronto a la ira y la frustración (y a una inquietud cada vez mayor) provocada por el hecho
de hallarse atrapado en esas visiones de tiempos remotos. Cada una de ellas parecía cada vez
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El Alba de los Aspectos
más real, como si su verdadera época fuera una fantasía y lo que vivía ahora fuera el presente
de verdad.
Entonces, intentó volver a su tiempo haciendo uso de su gran fuerza de voluntad; no
era la primera vez que lo intentaba, pero no sucedió nada. Seguía siendo un fantasma
insignificante e imperceptible atrapado en el interior de Malygos. Ni siquiera Alexstrasza o
Ysera (las cuales poseían en el futuro unas habilidades que les habrían permitido percibir su
presencia) lanzaban alguna mirada plagada de curiosidad al macho que se encontraba junto
a ellas.
¡Me liberaré!, bramó Kalec repentinamente, a pesar de que nadie oyó sus palabras,
salvo él mismo. Como carecía de garganta (o de cuerpo), se sentía como sí no fuera más que
un mero recuerdo del que nadie se acordaba.
En ese instante, unas carcajadas alcanzaron sus oídos (o, más bien, los de Malygos).
Al principio, Kalec pensó que alguien se estaba burlando de él. Sin embargo, esa risa iba
dirigida a otro de los protodragones y surgía de la garganta de un macho gris como el carbón
que era un poco más grande que el resto y se mofaba de los demás.
—¡Pobres cachorritos! —exclamó—. ¡Cuánto les asusta el cielo! ¡Y el suelo!
¡Galakrond se burla de su miedo, y yo, Neltharion también!
Alguno de los protodragones le lanzaron varios siseos amenazadores a ese macho
gris, pero ninguno se atrevió a desafiarlo. Por lo que se veía reflejado en sus ojos, sabían que
era muy fuerte y más que capaz de estar a la altura de sus bravatas burlonas, incluso los
protodragones que claramente poseían una inteligencia levemente superior a la de sus presas
sabían que más les valía no luchar con él…
¿Neltharion? Al fin, fue consciente de quién era. Kalec intentó en vano hacerse con
el control del cuerpo de Malygos, mientras el recién llegado, que seguía riéndose, se alejaba
volando. Si bien Galakrond era un ser de leyenda perturbador y sobrecogedor, ese macho
gris representaba un peligro para toda la vida futura de Azeroth. Kalec no conocía a ninguna
otra criatura más malévola que Neltharion.
Claro que, en la época del dragón azul, ese macho gris era más conocido por el título
que se había ganado con creces… como Deathwing.
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CAPÍTULO CUATRO
EXTRAÑOS ALIADOS
En verdad, Azeroth había sufrido muchas épocas terribles, por lo cual los
demonios de la Legión Ardiente y el Cataclismo solo habían sido dos de las amenazas más
devastadoras a las que se había tenido que enfrentar. Aun así, para los dragones, para los
muchos habitantes de este mundo, no había existido un peligro mayor que el que había
supuesto el Aspecto demente. Desde la Guerra de los Ancestros, hacía diez mil años, a
tiempos recientes, aquel que en su día había sido el Guardián de la Tierra siempre había
buscado la destrucción de todas las cosas.
Si bien Deathwing ya no existía, pues se había hecho un tremendo sacrificio para
lograr su destrucción, Kalec, que todavía era capaz de ver a Neltharion volando entre las
nubes a través de la mirada de Malygos, se preguntaba cómo le habría ido a Azeroth si
Deathwing nunca hubiera existido.
¡Síguelo!, le conminó a Malygos en vano. ¡Síguelo y acaba con el horror antes de
que empiece!
Pero su anfitrión no hizo nada. Malygos perdió todo interés no solo en Neltharion,
sino también en todo cuanto lo rodeaba. Sin decir una sola palabra a Alexstrasza o Ysera, se
elevó en el aire de un salto y se dirigió al norte. Aunque un puñado de protodragones
cercanos le lanzaron varios siseos a Malygos al verlo pasar, el macho azul como el hielo los
ignoró. Ahora que tenía la barriga llena, lo único que quería era acurrucarse en su remota
caverna para disfrutar de una larga y agradable siesta mientras digería la comida. El
protodragón no fue consciente de que, como era habitual, Kalec no deseaba lo mismo.
De repente, algo duro golpeó a Malygos por la espalda. Giró sobre sí mismo en el
aire de un modo descontrolado y, al instante, inició una caída en picado. Mientras hacía todo
lo posible por intentar recuperar el control, tanto él como Kalec atisbaron cuál era la causa
de que se hallara en tal apuro.
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El Alba de los Aspectos
Coros y otro macho del mismo color descendieron para atacarlo. Si bien Malygos
logró ralentizar su caída, no consiguió enderezarse. Coros y su camarada sisearon
intensamente mientras se acercaban.
Malygos abrió la boca y una lluvia de carámbanos salió disparada de ahí. Coros los
esquivó, pero el otro protodragón no pudo evitarlos del todo y algunos lo alcanzaron. Los
carámbanos le atravesaron un ala.
Sin embargo, una vez más, Malygos fue atacado por la espalda al incorporarse un
tercer adversario a la refriega. Kalec, que observaba impotente la escena, supuso que Coros
había preparado este ataque antes incluso de que Galakrond hiciera acto de presencia. De
los caóticos pensamientos de Malygos, Kalec extrajo ciertos fragmentos de información que
le revelaron que ambos rivalizaban desde hacía tiempo por ciertos territorios y ciertas presas,
así como sobre quién era más astuto. En ese momento, daba la impresión de que Coros le
llevaba ventaja en ese último aspecto.
Coros exhaló y lo que parecía ser una nube de humo envolvió a Malygos. El macho
de gélido color azul jadeó en busca de aire mientras el humo le taponaba las fosas nasales y
la boca.
A pesar de sus heridas, el secuaz con el que Coros se había presentado primero volvió
a sumarse a la lucha. Una expresión de impaciencia se dibujó en la cara de ese protodragón
a la vez que abría sus fauces de par en par en busca de la garganta de Malygos. Un trueno
resonó…, o más bien un estruendo que recordaba a un trueno. Al instante, el lastimado
atacante de Malygos descendió como si lo hubieran golpeado con un millar de martillos
enanos.
—¿Quieres pelea? ¡Pues pelea conmigo! —gritó Neltharion a la vez que forcejeaba
con el rival de Malygos.
Pese a que Coros no había contado con enfrentarse a ese enemigo, no se amilanó. El
protodragón azul verdoso abrió la boca todo lo posible… y, de repente, Neltharion le propinó
un fuerte golpe en la mandíbula, obligándolo a cerrar la boca en el momento más crítico.
Coros se apartó violentamente de su oponente. El macho verde azulado se arañó la
boca, arrancándose piel y escamas hasta lograr abrirla de nuevo. El ataque de Neltharion
había logrado que el aliento del otro protodragón se volviera en su contra, una estrategia que
tanto a Malygos como a Kalec les pareció admirable.
Sin embargo, el macho gris se estaba regodeando tanto en su exitosa estratagema que
había bajado la guardia ante el tercero de los atacantes. El otro protodragón azul verdoso en
liza aterrizó sobre Neltharion y lo agarró del cuello con sus patas traseras. Al mismo tiempo,
intentó morderle un ala al protodragón gris.
Pero al instante siguiente, Malygos, quien por fin había podido recuperarse, liberó a
Neltharion de las garras de su enemigo. Malygos arremetió contra las alas y el cuello del
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otro protodragón, alcanzándolo con dos fuertes y desgarradores golpes. La sangre le empapó
el hocico al dar en el blanco.
Su rival batió descontroladamente las alas y acertó con una de ellas a Malygos en
plena cara, lo cual lo sobresaltó tanto como para que aflojara. Su adversario aprovechó ese
instante de momentánea debilidad para soltarse; no obstante, en vez de volverse para luchar,
el leviatán herido se retiró lo más rápido posible.
Entonces, otro de los atacantes pasó volando junto a Malygos. Kalec y su anfitrión
se dieron cuenta demasiado tarde de que esa silueta a la fuga pertenecía a Coros. Del último
miembro de ese trío de traidores no había ni rastro.
—¡Ha sido una pela muy breve! ¡Cobardes! ¡Vuelvan! ¡Vuelvan a luchar! —bramó
Neltharion a esas dos siluetas que se perdían en la lejanía.
A pesar de su clara victoria, Malygos no tenía mucho interés en infligirle más daño
a su viejo rival. Observó en silencio cómo el protodragón gris continuaba vituperando a los
derrotados hasta que desaparecieron de su vista.
En cuanto se aburrió de insultarlos, Neltharion se giró para mirar a Malygos, quien
le dijo:
—Has luchado muy bien. Malygos te da las gracias.
Esas palabras de agradecimiento fueron recibidas con unas sonoras carcajadas.
—¡No me las des! ¡Ha sido una buena pelea!
Aunque Malygos no rehuía las batallas, tampoco disfrutaba de ellas, al contrario que
Neltharion. Por dentro, Kalec se debatía entre dos sentimientos encontrados: el alivio por el
hecho de que Neltharion hubiera acudido en su ayuda y la ansiedad por el hecho de saber
que el futuro Deathwing se encontraba flotando en el aire por encima de ambos.
—Sí, lo ha sido —admitió el protodragón azul como el hielo.
—Somos hermanos de sangre —prosiguió diciendo Neltharion mientras se acercaba
aún más—. ¡Ambos también somos más listos que los demás!
El otro protodragón no se mostró en desacuerdo. A pesar de sus baladronadas,
Neltharion era muy inteligente. En ese instante, Malygos centró su atención en otro asunto
sorprendente que el comentario casual del macho gris le había recordado.
—Galakrond nunca ha cazado por aquí. ¿Sabes tú por qué ahora sí?
—¡Ja! ¡Galakrond caza allá donde Galakrond desea! —Aun así, justo después de
pronunciar esas palabras, Neltharion se calló. Tras meditar durante un rato de un modo
ostensible, añadió—: Es porque aquí hay comida. Sí, por eso.
—Sí, hay más comida —admitió Malygos. Entonces, un pensamiento horrendo
cruzó la mente del protodragón—. ¡Nuestra comida!
Neltharion comprendió enseguida lo que quería decir.
—Nuestra comida, sí…, mal asunto.
—Sí, así es…
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En ese instante, algo captó la atención de Malygos, algo que se hallaba en una de las
colinas cercanas situadas a su derecha. El protodragón miró inmediatamente en esa
dirección, permitiendo así que Kalec también mirara hacia allá.
—¿Vuelven? —preguntó el macho gris con impaciencia, refiriéndose a Coros y los
otros dos.
—No.
Si bien Malygos seguía distraído por lo que fuera que había visto, Kalec era incapaz
de atravesar el velo de sus pensamientos. De repente, Malygos trazó un arco en el aire en
dirección hacia esas colinas, acompañado por un curioso Neltharion. Pocos segundos
después, alcanzaron su destino, desde donde Malygos escrutó los alrededores.
—Aquí no hay nada —concluyó Neltharion mucho antes de que su compañero se
sintiera satisfecho con su examen del terreno—. No hay ningún enemigo contra el que
luchar. Qué pena.
—Ningún enemigo, ya… —Malygos admitió a regañadientes—, Pero…
Una vez más, el futuro Aspecto percibió algo en la periferia de su campo de visión,
pero esta vez, reaccionó más rápido.
—¿Ves algo? —inquirió el macho gris con renovado interés.
Malygos entornó los ojos. Aunque Kalec no vio nada a través de su anfitrión, sí notó
que cierta tensión se apoderaba tanto de Malygos como de él.
Qué percepción tan aguda…
Esas palabras no eran de Kalec. Ni tampoco eran pensamientos de Malygos.
A pesar de que era perfectamente consciente de que ahora carecía de una voz de
verdad, Kalec no pudo reprimir un grito ahogado ante el descubrimiento que acababa de
hacer. Tuvo la sensación de que una parte de ese paisaje se movía; se trataba de un fragmento
difuso un poco más grande que un ser humano alto. Solo se desplazó un poco hacia un lado
y muy lentamente, casi como si previera lo que podría llegar a pasar. Sin embargo, a los ojos
de la mayoría, ese movimiento habría sido imperceptible, como demostraba el hecho de que
Neltharion no lo hubiera visto. El futuro Deathwing resopló y escrutó en otra dirección
mientras aguardaba pacientemente a que Malygos acabara de examinar el terreno.
¡Mira ahí! ¡Mira ahí!, exclamó Kalec infructuosamente. Entonces le quedó muy
claro que Malygos no veía lo mismo que él. Al final, Malygos desistió y se volvió hacia
Neltharion…
En ese preciso instante, Kalec (pero no su anfitrión) vio que era eso que los
observaba.
Y en cuanto fue consciente de ello, el mundo se puso a girar de manera enloquecida.
Kalec se sumió en una tenebrosa vorágine, donde no tenía nada a qué aferrarse, ya fuera
física o mentalmente. El dragón azul se hundió en un oscuro agujero sin fin… Y se despertó
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después en el suelo de su santuario empapado de sudor mientras seguía retorciéndose bajo
una forma semiélfica y Semi dracónica.
Gruñendo, Kalec se arrastró hasta una pared cercana. Mientras se aproximaba a ella,
una pequeña y brillante fuente de agua plateada apareció de la nada. Ella sola se dirigió hacia
el dragón que se estaba transformando lentamente, el cual abrió esa boca que se expandía a
lo ancho para tragar esa agua tan fresca y refrescante. Mientras ese líquido mágico lo recorría
por dentro, se fue recuperando mentalmente.
Lo primero en que pensó no fue en lo que había visto en ese último instante, sino en
ese objeto que le estaba amargando la vida. Tras lograr ponerse en pie, el dragón azul regresó
al escondite donde había dejado la reliquia.
No le sorprendió del todo que ahora refulgiera, tal y como lo había hecho en el baldío.
Aunque el fulgor se desvaneció de inmediato, eso no engañó a Kalec. La reliquia seguía
activa y, probablemente, lo había estado desde el mismo momento en que había detectado
su existencia.
A Kalec ya no le importaba con qué propósito había sido diseñado ese objeto. Solo
quería destruirlo o lanzarle un hechizo que lo enviara muy, pero que muy lejos.
Como era perfectamente consciente de las consecuencias desastrosas que podrían
producirse con cualquier objeto mágico si optaba por la primera opción, Kalec optó por la
segunda. Se imaginó un ignoto lugar donde casi nadie podría localizarla y se valió de un
conjuro para enviar ahí esa maldita reliquia.
Una inmensa sensación de alivio lo invadió. Kalec se dejó caer hacia atrás,
agradecido por la paz de la que gozaba en ese momento.
Sin pretenderlo, volvió a centrar su atención en lo más importante de esas visiones.
En Malygos, Alexstrasza, Ysera y Neltharion. Los cuatro cambiarían Azeroth para siempre
al convertirse en sus guías, en los Aspectos. Kalec dio por sentado que, en algún momento,
en esas visiones, también había visto a un joven Nozdormu. La parte más racional del
cerebro de Kalec se preguntó qué significaban esas visiones, la parte más emocional no
quería saber nada de ellas. Cada visión había afectado más y más a la mente del dragón azul.
Kalec temía que, si hubiera seguido sufriéndolas, habría acabado perdiendo la cabeza.
Regresó a la fuente mágica, una creación suya que acababa de demostrar ser
tremendamente útil. Una vez saciada su sed, Kalec intentó olvidarse de esas visiones, pues
tenía preocupaciones más importantes, más inmediatas…
De repente, una cosa espantosa se alzó ante él, un dragón cadavérico con unos ojos
blanquecinos y hundidos y la carne hecha jirones cuya lengua putrefacta sobresalía
sobremanera por la comisura de sus labios, y que se abalanzó sobre Kalec…
Entonces, se desvaneció.
Kalec se estremeció. El corazón le latía desbocado. El hedor a podredumbre
impregnaba sus fosas nasales, a pesar de que, poco a poco, se fue dando cuenta de que lo
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que acababa de ver no se había hallado ante él realmente en ningún momento, sino que todo
había sido producto de su imaginación. Se necesitaba algo realmente espeluznante para
perturbar así a uno de su raza, aunque solo fuera por un instante, pero esa visión tan horrenda
lo había logrado, sin lugar a dudas. Kalec no podía librarse de la sensación de que había
olido de verdad esa aparición, aunque eso era imposible…
En cuanto Kalec recuperó la calma, lo primero en que pensó fue en la reliquia, que
se encontraba a cientos y cientos de kilómetros de distancia. Kalec no podía creerse que
pudiera afectarlo desde tan lejos. Aun así, cuanto más recordaba fragmentos de ese macabro
espejismo, más detalles lo llevaban a concluir que la reliquia estaba relacionada con él.
Además, no se había tratado de un dragón, sino de un protodragón cuyo tamaño había sido
moldeado por la propia mente de Kalec. Por otro lado, el dragón azul jamás había pensado
siquiera en los protodragones hasta que había dado con esa maldita cosa bajo los huesos
helados de Galakrond…
Galakrond…
Aunque unas voces se alzaron alrededor de Kalec, este supo al instante que procedían
de su propia mente y no del exterior.
¡Esa cosa está muerta! ¡Esa cosa no debería poder pelear!
Kalec rugió y su grito retumbó por todo su santuario; sin embargo, el bramido no
consiguió acallar esas voces cada vez más potentes. El dragón se giró a la desesperada, de
modo que su cola impactó contra una pared con tal fuerza que agrietó la piedra.
—¡No voy a escucharlos! ¡No voy a sucumbir!
Tantos muertos…
No podemos luchar…
Hay que hacerlo, da igual el precio a pagar.
Esa última voz se impuso al resto y otra manifestación la acompañó en la mente de
Kalec, una imagen tan real que creyó de nuevo que esa cosa se hallaba delante de él.
Se trataba de una figura encapuchada y ataviada con una túnica. El fantasma se
desvaneció en la oscuridad. Kalec permaneció completamente inmóvil, temeroso de que, si
se movía, toda esa locura podría volver a comenzar. En cuanto comprobó que eso no iba a
ser así, respiró hondo y se devanó los sesos. Solo se le ocurría una solución.
Tendría que ir en busca de Alexstrasza una vez más.
Para la mayoría, el mero hecho de intentar dar con ella, con la que en su día había
sido la Protectora, habría sido una tarea casi imposible. Alexstrasza no permanecía en el
mismo sitio mucho tiempo, quizá porque si lo hiciera, acabaría mortificándose demasiado al
pensar en todo lo que había perdido. Kalec comprendía que ella tenía que afrontar el hecho
de que los dragones ya no eran una raza viable, de que los últimos huevos ya habían sido
puestos y de que, a partir de ahora, cada vez habría menos dragones a medida que el paso
del tiempo y las circunstancias fueran causando estragos en ellos.
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Aun así, tal vez debido a que se sentía especialmente unido a ella porque ambos
habían sido Aspectos o, simplemente, porque la comprendía mejor de lo que él creía, Kalec
la localizó tras haber seguido solo unos pocos rastros falsos. Sobrevoló a baja altura esa
tierra boscosa y, al final, adoptó su forma humanoide cuando todavía se hallaba a una buena
distancia de su meta. Hizo esto último no porque pretendiera sorprenderla, sino porque no
quería asustar a los habitantes de la aldea humana que había divisado en la lejanía.
Un hombre ordenó a gritos a unos niños que volvieran a la aldea. El peligro que
representaban los lobos y otras amenazas siempre estaba presente, aunque esa tierra parecía
bastante tranquila en comparación con muchas otras de ese mundo que tanto había cambiado.
Además, gracias a los dos visitantes que se hallaban ahora por ahí cerca, los niños y la aldea
se encontraban a salvo de casi cualquier cosa, al menos por un breve espacio de tiempo.
—Parecen muy felices —comentó Kalec.
Entonces, una parte del árbol que se hallaba a su izquierda se separó. La corteza falsa
se desvaneció, dejando a la vista a una hermosa mujer pelirroja ataviada con una armadura
dorada y carmesí muy ajustada. Cuando se acercó a Kalec, este tuvo la impresión de que ese
ser era alguien de presencia imponente que pertenecía a una rama gloriosa y misteriosa de
la raza élfica. En cuanto llegó a su altura, comprobó que portaba una capa carmesí que
ondeaba a su espalda.
—Son tan jóvenes —murmuró Alexstrasza, con unos brillantes y sombríos ojos
rojos—. Poseen tanta vitalidad. Ya entiendo por qué a Korialstrasz le encantaba tanto esta
raza en particular.
Kalec agachó la cabeza breve y respetuosamente al recordar al tal vez más legendario
consorte de Alexstrasza, a pesar de que la relación que él había mantenido con Korialstrasz
(quien había colaborado con las razas jóvenes bajo la identidad del mago Krasus) había sido
a veces tempestuosa, como mínimo. Si bien habían llegado a congeniar mucho antes de que
el macho rojo muriera, Kalec se sentía en cierto modo culpable por las rencillas del pasado
siempre que Alexstrasza mencionaba a su amada pareja.
—Los humanos son un gran rayo de esperanza, pero también pueden suponer una
gran amenaza —no pudo evitar replicar Kalec al final—. En su momento, el Rey Exánime
era un ser humano.
—Y muchos de los que lucharon contra él ferozmente también lo eran. —Entonces,
Alexstrasza volvió a posar su mirada sobre la aldea—. ¿Querías algo?
De repente, Kalec se sintió muy joven, muy pequeño, casi tanto como los niños que
había estado observando.
—Quería… Quise hacerte algunas preguntas cuando nos reunimos en el Reposo del
Dragón, pero como la reunión acabó de manera tan abrupta y rápida…
Alexstrasza miró hacia atrás.
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—Lo siento mucho. No te tratamos con el respeto debido. Nos dejamos llevar por la
emoción del momento. Pero eso no es excusa. Fuimos negligentes.
—Soy consciente de que ustedes tres comparten un vínculo que yo apenas alcanzo a
entender. Sigo sintiéndome honrado por haber sido elegido para ser uno de los suyos, aunque
fuera por un corto espacio de tiempo. —Kalec suspiró hondo—. Alexstrasza, después de que
los tres se marcharon del Reposo del Dragón, di con una inquietante reliquia. Necesito tu
guía…
—¿«Guía»? —por primera vez, ella no parecía sentirse a gusto con la presencia de
su congénere ahí—. Mi consejo no te servirá de mucho, Kalec. Pensaba que tú, que eres un
dragón azul, sabrías descifrar mejor que yo cuál es la naturaleza y propósito de una reliquia.
De hecho…
Los niños aparecieron corriendo de nuevo. Aunque permanecían dentro de los
confines de la aldea, se les podía ver jugando desde el lugar donde ambos se encontraban,
por lo que atrajeron la atención de Alexstrasza, quien dio una palmada alborozada al ver
cómo una niñita dejaba de jugar para darle un abrazo al que, probablemente, era su hermano,
quien era un poquito mayor que ella.
Kalec empezó a hablar y, acto seguido, se percató de que la sonrisa que esbozaba su
interlocutora era muy forzada. Pensó en todas las vidas que se habían perdido, sobre todo
las de aquellos que habían muerto siendo tan jóvenes como esos niños, y en cómo eso debía
de haber afectado a la ex Aspecto en su fuero interno. La propia Alexstrasza había sufrido
mucho más que la mayoría. Korialstrasz no solo había destruido todos los huevos de la
hembra (al mismo tiempo que se sacrificaba él mismo) para evitar que de ellos nacieran unos
monstruosos dragones crepusculares, sino que la dragona también había perdido para
siempre su capacidad de poner más; además, vivía con la pesada carga de saber que los
demás Vuelos también habían sufrido mucho. Tal vez hubiera sido capaz de llegar a aceptar
que había perdido su antiguo poder, pero era incapaz de aceptar que su raza no tuviera un
futuro. Después de todo, había sido la Protectora de todos los seres vivos.
Kalec retrocedió y dejó a Alexstrasza disfrutando de la escena. No era capaz de
presionarla en esos momentos. En silencio, se adentró aún más en el bosque y aguardó a
hallarse lo bastante lejos como para no asustar a los humanos para adoptar su verdadera
forma e irse volando.
En dos ocasiones, sus esperanzas de obtener comprensión y guía por parte de alguno
de los antiguos dragones se habían visto ilustradas. Alexstrasza incluso le había dado la
espalda a propósito en cuanto había mencionado ese misterioso hallazgo. Aunque era cierto
que al ser él un dragón azul estaba más preparado para enfrentarse a la magia en todas sus
diversas facetas, la valiosa experiencia de ella en ese campo le podría haber sido de gran
ayuda.
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