El Alba de los Aspectos
Si le hubiera prestado más atención la primera vez que lo había visto junto al
esqueleto, Jaina se habría percatado de que al girarlo tenía un significado muy distinto y
obvio. Vuelto de este modo, el símbolo era también una llave.
O, más bien, la clave del enigma. Jaina proyecto el símbolo invertido sobre el tomo
original. Después, la archimaga observó cómo se hundía en el libro.
El fulgor lavanda se esfumó no solo del libro en cuestión, sino también de toda la
colección.
Jaina cogió el grueso tomo y hojeó las páginas. Ahí, donde había esperado dar con
la información que necesitaba, la encontró al fin. La archimaga leyó con sumo cuidado el
pasaje.
«Cuando se juntan, las dos partes son más que la suma de sus individualidades. Su
poder se magnifica. El archimago Wendol sugirió que ambas se podían combinar de otras
maneras, pero como ha transcurrido tanto tiempo desde su creación, algunas de esas
combinaciones no funcionan como es debido…».
Jaina cerró el libro.
—Sí… eso debe de ser.
Entonces, oyó unas voces procedentes del exterior de sus aposentos. Jaina lanzó un
juramento en voz baja maldiciendo su anterior arrebato. Debería haber supuesto que Modera
habría encargado a alguien que vigilara, por si regresaba.
Pero ya no importaba que la hubieran descubierto. Jaina creía que tenía lo que
necesitaba. La archimaga posó el libro… y se desvaneció.
Unos segundos más tarde, se materializó más allá de las fronteras mágicas del Nexo.
El zumbido que acompañaba a su hechizo de teletransportación se fue apagando mientras
ella se reubicaba. Jaina frunció el ceño al ver dónde había aparecido; la archimaga se
encontraba lejos de su pretendida meta. Lanzó otro encantamiento y volvió a desvanecerse.
Jaina se materializó exactamente en el mismo lugar.
La archimaga contempló fijamente el Nexo e intentó una estrategia distinta. Esta vez
se limitó a sondear mentalmente qué era lo que estaba sucediendo.
Pero su sonda mental no logró atravesar los sortilegios de protección del Nexo.
Como Jaina recientemente había podido entrar ese santuario, dedujo que Kalec debía
de haber reajustado los conjuros defensivos para evitar que alguien o algo entrase ahí. Acto
seguido, le asaltó la idea de que tal vez los había modificado para evitar que ella en concreto
entrara. El dragón ya había intentado evitar con anterioridad que ella se inmiscuyera en sus
problemas, por lo que podía concluir de un modo razonable que ese cambio en los hechizos
había sido hecho con esa intención en mente.
El problema estribaba en que Jaina creía que ella era la única esperanza que le
quedaba a Kalec de poder salvarse de lo que le estuviera haciendo esa reliquia, fuera lo que
fuese. Pero si había sellado el Nexo, era posible que se hubiera condenado a sí mismo.
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El Alba de los Aspectos
¡No! ¡No voy a perderle! Jaina lanzó otro conjuro, que envolvió toda la red de
hechizos. Buscó alguna fisura, por muy leve que fuera, de la que pudiera aprovecharse. Por
desgracia, no halló ninguna.
Aparte de los dragones azules, muy pocos seres vivos entendían las complejidades
de la red de hechizos del Nexo tan bien como Jaina Proudmoore. Como era capaz de percibir
en general su entramado, intentó buscar sus puntos clave. Lo hizo no para buscar debilidades,
sino para hallar alteraciones. Si la archimaga lograba comprender qué había cambiado, tal
vez sería capaz de ver qué debía hacer para reajustarlo como ella quería.
Pero lo que Jaina descubrió al localizar los puntos clave no era lo que esperaba. No
había sido Kalec quien había realizado esas modificaciones; la misma firma de energía que
había percibido en la reliquia impregnaba ahora la red defensiva del Nexo.
Al principio, la archimaga permaneció inmóvil presa del desaliento, pero entonces
se le ocurrió una idea. Volvió a dibujar el símbolo y yo invirtió, tal y como había hecho antes
con los libros, para utilizarlo en el siguiente sondeo de los encantamientos de protección más
importantes.
A pesar de que encontró cierta resistencia, el símbolo se impuso al final sobre los
conjuros alterados. En cuanto eso sucedió, la influencia que ejercía la reliquia sobre la zona
se esfumó.
Animada por ese triunfo, Jaina sondeó aún más profundamente…
De repente las alteraciones se rehicieron y rechazaron todos los conjuros que había
lanzado sobre el entramado defensivo. Todo el proceso se revirtió con tal fuerza que Jaina
recibió un fuerte golpe a nivel mental.
Jadeando, la archimaga hincó una rodilla en el suelo. Le dolía la cabeza. Sin
embargo, la frustración inicial que la invadió ante este contratiempo pronto dio paso a la
curiosidad. Lo que había percibido, había indicado que la reliquia no tenía nada contra ella
en concreto: simplemente, se había limitado a reparar una zona que había sido modificada.
El ataque contra la archimaga no había sido intencional ni había estado plagado de malicia.
En cuanto la zona había recuperado su estado anterior, la reliquia había dejado de actuar.
Jaina se puso en pie y sonrió sombríamente. Ahora, se hacía idea mucho mejor de a
qué se enfrentaba. Ahora, tenía que conocer sus límites… y si esos límites superaban a los
suyos como archimaga.
Pensando en todo momento en Kalec. Jaina trazó una vez más el símbolo. Luego,
dibujó un segundo, un tercero y así sucesivamente, hasta que, en el espacio de solo unos
segundos, varias decenas de imágenes de ese símbolo invertido flotaron en el aire delante de
ella.
—A ver qué ocurre ahora —murmuró Jaina—. Veamos qué sucede cuando tengas
que reajustarlo todo.
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El Alba de los Aspectos
Elevó ese ejército de símbolos en el aire, los cuales flotaron juntos por un momento
para, a continuación, dispersarse y rodear toda la extensión del Nexo, así como sus hechizos
de protección invisibles. En cuanto se encontraron donde Jaina quería que estuvieran, la
archimaga los hizo detenerse un poco más allá de la red defensiva. Expandió sus
percepciones echó un último vistazo a la disposición de los encantamientos defensivos y,
acto seguido, envió un símbolo a cada uno de ellos de un modo violento.
En cuanto esos símbolos invertidos tocaron los conjuros de protección, el Nexo
estalló en una explosión de energía blanca y lavanda.
***
Los cinco protodragones se posaron en una serie de cumbres escarbadas a lo largo
de la ladera de un pico ancho y sombrío. Todos se encontraban extremadamente exhaustos
y si Galakrond hubiera escogido ese momento para atacarlos, Malygos albergaba dudas
sobre que tanto él como sus amigos habrían sido unas presas muy fáciles para ese coloso.
Kalec, que era capaz de sentir el cansancio y mal humor de Malygos, no pudo evitar pensar
del mismo modo.
Durante varios minutos, los cinco permanecieron agazapados ahí donde se habían
posado, sumidos en sus propias reflexiones, aunque claramente todos pensaban lo mismo.
Empezaban a ser conscientes de la devastación que Galakrond había provocado, así como
del hecho de que parecían ser los únicos que quedaban aún en pie para enfrentarse a él. La
inmensidad de esa tarea era cada vez más evidente.
El viento ululó por la montaña, pero de repente Malygos oyó otro sonido mezclado
con el anterior. Aunque el macho azul como el hielo se estremeció y escuchó con atención,
esta vez, únicamente oyó el viento.
El anfitrión de Kalec se percató de que Ysera también escuchaba detenidamente. No
obstante, ella no miraba en dirección hacia Malygos, sino, más bien, hacia dos montañas
situadas al este, que parecían que iban a caerse una sobre otra.
Una vez más, sonó ese peculiar ruido brevemente. Esta vez, Malygos lo reconoció:
era el siseo lúgubre de un protodragón.
Ysera salió volando en dirección hacia ese sonido. Pese a que los demás se dieron
cuenta de que había despegado, resultaba evidente que no habían oído ese lloro. Malygos la
siguió de inmediato, y el resto despegó tras él.
Ysera se dejó caer en picado entre ambas montañas. Malygos aceleró para igualar su
ritmo, asombrado de que esa hembra tan débil poseyera ahora más fuerzas que él.
La protodragona amarillenta se adentró en una zona envuelta en sombras que recordó
mucho a Kalec y su anfitrión a la región que acababan de abandonar. En las mentes de
ambos, irrumpieron unas imágenes en las que aparecían cadáveres reanimados.
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El Alba de los Aspectos
La hermana de Alexstrasza se desvaneció entre las sombras. Malygos aminoró la
marcha un poco y, a continuación, entró.
De inmediato, un protodragón se alzó ante él. A pesar de hallarse sumido en sombras,
Malygos tenía claro que se trataba de un ser vivo, no de un no-muerto.
Ambos chocaron, pero no porque el otro protodragón (un joven macho) buscara
batallar. El presunto oponente de Malygos graznó de miedo mientras intentaba alejarse de
él.
Por detrás de Malygos apareció un tercer protodragón (la propia Alexstrasza) la
hermana de Ysera ayudó a Malygos a sujetar al joven protodragón contra una pared.
Mientras hacían esto, se les unió Ysera.
—No… lo hemos sobresaltado. Suéltenlo.
Presa del frenesí, el macho capturado miro a Malygos y luego a Ysera y vuelta a
empezar. Profirió un leve gemido. Fue entonces cuando Malygos se dio cuenta de que se
trataba de uno de esos protodragones menos evolucionados, uno de los que todavía no había
dado el salto a la inteligencia.
A espaldas de Ysera, surgieron más lloriqueos. Malygos entrevió varias siluetas que
se movían al fondo.
Neltharion y Nozdormu aterrizaron cerca de ellos. Al mismo tiempo, Alexstrasza
soltó al protodragón capturado. Malygos la imitó.
Al instante, el joven macho pasó corriendo por detrás de Ysera. Después, se
desvaneció entre las demás siluetas envueltas en sombras, las cuales se agitaron aún más.
—¿Qué ocurre aquí? —masculló Neltharion.
Ysera se giró hacia las sombras. Malygos y los demás la siguieron.
Esas siluetas inquietas resultaron ser un conjunto muy variopinto de protodragones,
entre los que Kalec y su anfitrión divisaron a muchos muy poco evolucionados, aunque
también a un puñado de los inteligentes, sin lugar a duda. Fueran lo que fuesen, todos estaban
dominados por una tremenda ansiedad.
Malygos divisó entre ellos a dos a los que reconoció del funesto ataque. Parecían
hallarse en peor estado que los protodragones menos evolucionados y, en cierto modo, más
ansiosos. Tras escrutar a los más inteligentes, Malygos llegó a la conclusión de que
probablemente, todos ellos habían participado en el ataque.
—¡Que viene Galakrond! ¡Que viene Galakrond! —gritó una hembra de color azul
sin previo aviso. De inmediato los supervivientes ahí reunidos se inquietaron aún más.
—¡No es así! —bramó un impaciente Neltharion—. ¡No! ¡Cállense!
Y se callaron, pero únicamente porque en esos momentos temían más al macho gris
como el carbón que al coloso. El arrebato de Neltharion también había estremecido en grado
sumo a Ysera quien se colocó entre esos pobres desgraciados y Neltharion.
—¡Cállate tú! ¡Sí, calla!
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El Alba de los Aspectos
Estupefacto, Neltharion cerró la boca y retrocedió. Ysera a la que se le desorbitaban
los ojos más y más a cada segundo, se volvió hacia los temblorosos protodragones.
—Todo irá bien —prosiguió diciendo con un tono más calmado— Galakrond no
viene… todo irá bien.
Si bien sus oyentes se serenaron un poco, no se calmaron del todo. Kalec, que lo
estaba observando todo, no se lo podía echar en cara. Esos protodragones que habían
formado parte de la campaña de Talonixa iban a tener que vivir con la pesada carga del
horror de esa debacle durante el resto de sus días… lo cual no sería mucho tiempo a menos
que las cosas cambiaran.
—Han muerto tantos —murmuró Ysera—. Tantos…
Alexstrasza se colocó a su lado.
—Hermana…
—¡Galakrond! Debemos…
El mundo de Kalec se volvió del revés. La visión dio paso a la oscuridad de una
manera tan repentina que el dragón azul se estremeció como nunca antes le había ocurrido
en los desplazamientos temporales previos que había sufrido. Se sintió como si su mente
fuera a romperse en mil pedazos.
Lo que en un principio pareció ser el rápido latido de su propio corazón que resonaba
en su cabeza se convirtió rápidamente en un ruido continuo que tenía su origen más allá de
sus propios oídos. En cuanto fue consciente de esto, Kalec también entendió que, de alguna
forma, había regresado a su cuerpo. No obstante, el dragón azul era incapaz de explicar por
qué no había abandonado por completo la visión para viajar al presente. Pese a que Kalec
intento moverse, seguía paralizado, como si aún formara parte del joven Malygos. Era
incapaz de sentir las piernas y los brazos y no notaba ninguna otra parte de su cuerpo, aunque
si era capaz de oír ese ruido pulsante, tenía que tener orejas.
En ese instante, una peculiar forma captó su atención. Kalec agradeció que eso
revelara que todavía tenía ojos. Intento identificarla, pero pudo discernir que se hallaba sobre
él.
Ese ruido pulsante fue en aumento, provocando de nuevo una tremenda tensión en
él. Quería cerrar los ojos y llevarse las manos a los oídos.
Entonces como si hubiera hecho esto último, ese pulso se amortiguó y sonó más
lejano. A medida que la intensidad del ruido menguó, Kalec notó que el mundo intentaba
recuperar su solidez lentamente a su alrededor.
Junto a este, la silueta que se hallaba sobre Kalec fue cobrando algo similar a una
forma.
Esa silueta iba ataviada con una capucha y una capa como la que había llevado Tyr.
Aunque Kalec intentó hablar, no brotó ninguna palabra de sus labios. Presa de la
frustración, tuvo que hacer acopio de toda su voluntad para intentar emitir algún sonido.
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El Alba de los Aspectos
En sus oídos, retumbó el grito ensordecedor de un dragón; se trataba de su propio
grito, a pesar de que se había despertado portando forma humanoide. Kalec apretó con fuerza
los dientes, que rechinaron, y, a continuación, se sintió satisfecho no solo por haber sido
capaz de haber logrado eso, sino por haber logrado por fin hacerse oír.
Alrededor de esa vaga forma que podría ser Tyr, fueron perfilándose ciertos detalles,
unos detalles que Kalec reconoció, pues pertenecían al interior del Nexo y, entre ellos,
naturalmente, destacaba la reliquia. El hecho de que se encontrara tan cerca no le sorprendió.
Se sintió aliviado al descubrir que este objeto no lo había enviado volando a recorrer medio
Azeroth; no obstante, seguía preguntándose por qué seguía oyendo ese ruido pulsante. No
había ninguna razón que justificara que tal ruido atravesara el Nexo. Si bien algunos de sus
conjuros defensivos hacían saltar alarmas de naturaleza mágica, esta no era una de ellas.
Mientras hacía esta reflexión, Kalec se dio cuenta de repente de que esa vaga forma
ya no se hallaba sobre él. Furioso, clavó su mirada en el aire y, acto seguido, se obligó a
ponerse en pie. Al hacerlo, percibió que la reliquia había extendido su influencia por todo el
entamado de hechizos defensivos, como si pretendiera alterarlo todo de nuevo.
No… Mientras hacía un gran esfuerzo para intentar concentrarse mejor, Kalec se
percató de que el poder de la reliquia fluía ahora de un modo distinto. No solo pretendía
alterar las cosas, sino que intentaba corregir algunos cambios que la red defensiva había
sufrido desde fuera.
Pero ¿quién podía ser tan audaz como para…?
—¿Jaina? —susurró, esperando que fuera ella, al mismo tiempo que rezaba para que
no lo fuera. Kalec creía que la archimaga no podía tener ni idea de lo que estaba ocurriendo
ahí dentro y, si incluso había llegado a descubrir algo de alguna manera, Jaina estaba
arriesgando la vida de un modo innecesario, pues no podía hacer nada por él.
Como temía más por la vida de ella que por su propia cordura en pleno proceso de
desmoronamiento, Kalec avanzó a trompicones. De repente, oyó un estruendo ominoso que
reverberó por todo el Nexo, que golpeó su mismo corazón.
Galakrond.
Era imposible que el protodragón estuviera ahí. Kalec lo sabía con total certeza. Aun
así, oyó el peculiar bramido de Galakrond, aunque esta vez más cerca que nunca.
Una sombra planeó sobre Kalec, una sombra tan vasta que sirvió para verificar que
lo que había oído era real. Sin embargo, cuando intentó divisar el origen de esa sombra, no
vio ni rastro de nada.
El Nexo se estremeció, pero el temblor no tenía nada que ver con las sombras del
pasado. Fuera lo que fuese lo que estaba afectando desde fuera al entramado de conjuros
protectores había provocado más caos en su santuario de lo que Kalec habría esperado. Cada
vez estaba más convencido de que Jaina había venido a buscarlo y cada vez temía más que
la reliquia decidiera atacarla.
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El Alba de los Aspectos
Kalec se aproximó tambaleándose a ese maldito objeto. Otra sombra planeó por
encima de ella, otra más pequeña.
Esa vaga silueta se colocó detrás de la reliquia, con su mirada tapada por una capucha
clavada en Kalec.
—¿Qué quieres de mí? —gritó el dragón—¿Qué?
Kalec se giró rápidamente al oír un siseo ronco a su derecha. Por el rabillo del ojo,
creyó ver a uno de los protodragones no-muertos, pero cuando Kalec intentó volverse para
ver a ese monstruo, comprobó que este, al igual que Galakrond, no estaba por ninguna parte.
En cuanto Kalec se giró de nuevo, vio que la figura encapuchada tampoco se hallaba
ahí.
El exAspecto, cada vez más furioso, intentó alcanzar el objeto. Mientras tanto, a su
alrededor, ese ruido pulsante se volvió más fuerte, más ensordecedor, lo cual provocó que
volviera a pensar en Jaina lo que a su vez lo animó a seguir avanzando hacia la reliquia.
Aunque solo fuera por ella, tenía que, tenía que dar con la manera de detener esa cosa.
Debemos detenerlo aquí y ahora. Si tardamos más, temo por este mundo.
Era la voz de Tyr. A esas alturas, Kalec habría sido capaz de reconocerla en cualquier
parte. Pese a que quiso maldecir al guardián, esta vez no brotó palabra alguna de la boca del
dragón azul. El rugido de Galakrond atronó en sus oídos de nuevo. Al igual que antes, una
vasta sombra planeó tanto sobre él como sobre la cámara.
—Ya lo he observado durante mucho tiempo. Creo que he descubierto dos puntos
débiles en él que podemos explotar.
—Yo no… —Kalec no pudo completar la frase. Ni tampoco pudo alcanzar la maldita
reliquia. Cayó de rodillas y, a continuación, cayó de bruces, intentando aún agarrar ese objeto
octogonal.
Pero en vez de caer, Kalec se despertó en un lugar que reconoció; era la misma región
donde Malygos, Ysera y los demás se habían topado con los supervivientes del ataque. Sus
preocupaciones sobre Jaina y el Nexo se esfumaron, por mucho que el dragón azul intentó
que no fuera así. Su mente y la del joven Malygos se fusionaron de nuevo.
A través de su anfitrión, Kalec comprendió al instante que no se habían encontrado
con ese grupo en una situación tan precaria por casualidad. Tyr los había enviado en esa
precisa dirección porque sabía que acabarían descubriendo a uno de esos grupos que se
escondía de la espantosa glotonería de Galakrond. Si no hubieran dado con ese en concreto,
se habrían topado con otro.
Ahora, Tyr se hallaba con los otros cinco y hablaba con cierta fatiga, pero dentro de
ese agotamiento había trazas de confianza y seguridad. Al parecer, el guardián no les había
contado a los protodragones cómo había sido capaz de escapar de Galakrond, sino que, en
vez de eso, daba la sensación de que estaba organizando a Malygos y el resto para realizar
otro demencial intento de derrotar a Galakrond.
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El Alba de los Aspectos
Aunque para Kalec lo peor de todo era que los protodragones le estaban haciendo
caso, sobre todo Ysera.
—¿Dónde está ahora? ¿Dónde? —exigió saber la hembra.
—En los picos helados de la cordillera norte.
Para Kalec, esa descripción era desesperadamente vaga, pero tanto su anfitrión como
los demás asintieron como si conocieran perfectamente esa zona. Una imagen de los picos
en cuestión cobró forma fugazmente en los pensamientos de Malygos. Pese a que Kalec
intentó identificarlos con cierta zona de Rasganorte, la imagen se disipó antes de que pudiera
hacerlo.
Ysera se inclinó aún más hacia Tyr.
—¿Nos vamos ya?
—¿Y ahora qué hace Galakrond? —les interrumpió Nozdormu—. ¿Qué?
—Duerme —contestó Tyr de manera solemne—. Duerme profundamente. Ahora ha
llegado el momento de atacarlo. Nunca tendremos una oportunidad mejor, la verdad.
Ninguno de los protodragones, ni siquiera Malygos, fue capaz de notar que al final
de esa afirmación Tyr había dudado levemente. Kalec se preguntó si eso era significativo o
si, simplemente, era una mera consecuencia de su agotamiento.
—Hay un río cerca —prosiguió hablando el guardián—, repleto de peces. Vayan ahí
y coman. Después, nos dirigiremos al norte a enfrentamos a Galakrond.
Alexstrasza señaló a los supervivientes apiñados ahí.
—¿Y qué pasa con ellos?
—No nos serían de mucha ayuda.
Neltharion gruñó para mostrar su acuerdo y miró a Malygos, quien asintió. El
anfitrión de Kalec carecía de un plan alternativo y confiaba en la inteligencia de Tyr. El
guardián los llevaría a la victoria.
Neltharion extendió las alas, pero antes de que pudiera despegar. Tyr metió una mano
en su capa y, ante un tremendamente frustrado Kalec, sacó de ahí la reliquia. Brilló, al igual
que anteriormente, sobresaltando a Neltharion. Tyr la sostuvo cerca de Nozdormu, quien
simplemente aguardó a que dejara de brillar. Neltharion lanzo un resoplido dirigido al macho
marrón.
—¿Nos vamos ya? —preguntó una cada vez más impaciente Ysera.
—Sí. Primero, vayan al rio. Me encontraré con ustedes ahí más tarde.
En cuanto Tyr pronunció esas palabras, dejo de hallarse entre ellos. Esta vez,
Malygos fue el único que no reaccionó ante su súbita desaparición.
Pero sí lo hizo Kalec, aunque nadie lo vio, por supuesto. Y, evidentemente, nadie vio
ante qué había reaccionado. Tal vez Kalec no tuviera nada claro si el guardián había
titubeado antes o no, pero tenía clarísimo que Tyr les había lanzado una mirada recelosa
antes de desaparecer.
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El Alba de los Aspectos
Kalec estaba seguro de que no se estaba imaginando cosas que fuera cual fuese la
razón que había motivado esa mirada, era una advertencia de que una gran amenaza se cernía
no solo sobre Malygos y sus amigos sino, sobre todo.
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CAPÍTULO CINCO
CAZANDO AL CAZADOR
Mientras Malygos comía, Kalec se sumió en sus pensamientos, que al final lo
llevaron de vuelta a la época del dragón azul… y Jaina. Sabía que su cuerpo yacía en el Nexo
y, ahora más que nunca, creía que ella, y solo ella, era responsable de las perturbaciones que
estaban sufriendo los hechizos de protección modificados por la reliquia.
¡Jaina!, gritó en silencio, con la esperanza de que tal vez percibiera su llamada.
¡Jaina!
Pero no hubo respuesta y, en verdad, Kalec no la esperaba. No había nada que
pudiera hacer por ella ahí, salvo rezar para que, de algún modo, acabara siendo capaz de dar
con una manera de abandonar esas visiones antes de que estas le consumieran la mente.
Kalec tampoco podía comprender por qué la visión no daba un salto de ese momento
tan mundano a otro más importante. Cuando Malygos y los otros cuatro terminaron de comer
y miraron de improviso al cielo como si acabaran de oír algo, se sintió agradecido y
preocupado al mismo tiempo. Al instante siguiente, el anfitrión de Kalec se elevó en el aire
y voló hacia el norte, seguido por sus compañeros. El exAspecto seguía sin comprender qué
era lo que había alertado a Malygos y el resto; además, era incapaz de averiguar nada a través
de los pensamientos del macho azul como el hielo, salvo que tenían que dirigirse donde
estaba Galakrond ya.
Su entorno se tornó más gélido a medida que se acercaban hacia el lugar donde Tyr
les había indicado que dormía el leviatán. Al contemplar el paisaje desde tal altura, Kalec
reconoció al fin unos cuantos sitios que encajaban con algunos que había conocido en la era
de la de la que provenía. Se habían adentrado mucho en las regiones norteñas más desoladas
de ese joven mundo. No se hallaban nada cerca del emplazamiento donde Kalec sabía que
yacía el esqueleto de Galakrond, y eso era un mal presagio para el dragón azul.
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El Alba de los Aspectos
Con Malygos encabezando la marcha, los cinco descendieron. Kalec no entendió la
razón que los impulsaba a hacer eso, a menos que temieran que Galakrond pudiera divisarlos.
Entonces, una forma familiar se materializó en una cima.
Los protodragones aterrizaron cerca de Tyr, quien parecía tan pequeño como la
primera vez que Malygos se había encontrado con él. No obstante, ahora más que nunca,
tanto Kalec como su anfitrión pudieron percibir que lo que estaban viendo era solo una mera
tracción del verdadero ser de Tyr. Kalec se acordó de ese descomunal martillo que había
vislumbrado fugazmente y se preguntó cuáles serían los límites del poder de Tyr.
Ciertamente, todo ese poder iba a ser necesario si los seis esperaban poder derrotar a
Galakrond.
—Sigue durmiendo —anunció Tyr, cuya voz alcanzó a los cinco a pesar del viento
y la distancia—. Debemos atacar con rapidez.
Una vez más, había algo en su tono de voz que hizo sospechar a Kalec que no les
estaba contando toda la verdad a los protodragones. Malygos también reparó en ello, pero
se mantuvo impertérrito. Aun así, Kalec se sintió aliviado al ser consciente de que su
anfitrión también se mostraba receloso.
—Ahora… —prosiguió hablando Tyr, cuyo semblante se ensombreció—. Esto es lo
que…
En ese instante, la visión cambió. Ahora, justo cuando llegaba al momento más
importante para Kalec, la reliquia lo volvía a traicionar de una manera inédita. De repente,
se encontró surcando el cielo de otra región inhóspita y vio un tenue y pálido fulgor blanco
surgía de un valle situado nordeste, era como si otro sol o una de las lunas se hubiera
acurrucado ahí.
El hecho de que, solo un instante después, Malygos se ladeara en dirección hacia allá
no sorprendió del todo a Kalec, sino que eso confirmó las sospechas que el dragón azul
albergaba sobre Tyr, sobre que este no les había contado todo.
Por el rabillo del ojo de Malygos, Kalec vio cómo los otros cuatro se separaban.
Fuera cual fuese el plan que el guardián les habían explicado a los protodragones, este seguía
siendo un misterio para el dragón azul. Solo sabía que debían lanzar una serie de ataques
sucesivos cuando recibieran la señal convenida y que, entonces, Tyr entraría en acción. La
vaguedad de los detalles del plan encolerizó a Kalec.
La visión volvió a cambiar… o, más bien, no. Una oscuridad lo dominó todo
fugazmente; después, fue como si no hubiera ocurrido nada y el tiempo no hubiera
transcurrido. Kalec, que todavía intentaba asimilar lo sucedido, también se percató de que
todo parecía un tanto borroso. Un segundo después, las cosas recuperaron su definición
habitual, aunque el recuerdo de lo que acababa de tener lugar siguió muy presente en la
mente del dragón azul.
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Algo va mal… Kalec solo podía suponer que algo terriblemente malo le había
sucedido a la reliquia. Daba por sentado que eso debía de ser una consecuencia de los
intentos de Jaina por entrar en el Nexo; si no se trataba de eso, entonces, otras causas habían
afectado a ese objeto de un modo muy negativo.
Fuera cual fuese el caso, si eso persistía, se podía llevar la mente de Kalec por
delante.
La visión volvió a perder cierta definición, pero eso enseguida se corrigió. El pálido
brillo se intensificó a medida que Malygos se aproximaba.
Entonces, Kalec y su anfitrión divisaron a Galakrond.
Es más grande… más grande que nunca. El dragón azul no se Podía creer que ese
malévolo protodragón hubiera alcanzado tal tamaño. Galakrond debía de haber aumentado
en un cincuenta por ciento su masa. Ocupaba casi todo el espacio de allá abajo.
Los pensamientos de Malygos se tiñeron momentáneamente de desconfianza hacia
Tyr. Seguramente, esto era lo que su presunto camarada les había estado ocultando. Tenía
cierto sentido, al guardián tal vez le preocupara que los paladines que había escogido
pudieran mostrarse más reticentes a batallar si sabían que su adversario se había vuelto más
peligroso que nunca.
Si bien Malygos solo reparó en que Galakrond había crecido espectacularmente, el
dragón azul se centró en estudiar el fulgor. Ese brillo no solo había incrementado el tamaño
del coloso, no, había hecho mucho más. Galakrond estaba experimentando otra
transformación más, una que Kalec temía que haría imposible derrotar a esa insidiosa
criatura si se completaba.
Si hubiera estado en su mano, Kalec habría obligado a Malygos a retirarse hasta que
pudieran averiguar qué clase de cambio estaba sufriendo ese monstruo. Sin embargo, en ese
instante, su anfitrión quien sin ningún género de dudas debía de estar siguiendo el plan de
Tyr a pesar de sus recelos, cayó en picado hacia Galakrond, dispuesto a atacar la gigantesca
cabeza del protodragón.
Galakrond respiraba de manera cadenciosa y lenta. Se hallaba profundamente
dormido, muy profundamente, tal vez por culpa de la transformación. Malygos pudo
comprobar que todos los ojos adicionales que podía divisar se encontraban totalmente
cerrados y que los diversos miembros que pendían de ese cuerpo permanecían inertes. Kalec
podía entender por qué Tyr había recomendado que atacaran a Galakrond cuando este
parecía tan indefenso, pero dudaba que las cosas fueran a ser tan sencillas.
Aunque eso enseguida dejó de importar, pues Malygos escogió ese preciso instante
para atacar.
Su aliento de escarcha impactó contra el párpado del globo ocular lastimado de su
rival. Malygos exhaló con una furia de la que hasta entonces Kalec no había sido testigo. El
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El Alba de los Aspectos
párpado se estremeció y el dragón azul pensó que era imposible que esa descarga no hubiera
lastimado a Galakrond.
El deforme leviatán rugió al despertarse. Extendió las alas e hizo añicos diversas
formaciones rocosas situadas a ambos lados. También agitó su cola adelante y atrás dejando
una devastación similar su paso.
—¡Ppppeeequeñooo mmmmmmaaanjjaaarrr! —exclamó Galakrond como si el
tiempo ralentizado para él. No obstante, se movió con una increíble rapidez y alzó la cabeza
rápidamente hacia el cielo para intentar tragarse a Malygos de un mordisco… lo cual estuvo
a punto de conseguir—. ¡Quéeee maaaalo eeeerrrreeesss, bocadito!
Galakrond se elevó el aire y persiguió al anfitrión de Kalec. Sus descomunales fauces
buscaron de nuevo al macho azul como el hielo…
De repente, Neltharion aterrizó sobre el hocico del leviatán, al que golpeó con sus
patas traseras con tanta fuerza que Galakrond por muy poderoso que fuera no pudo evitar
cerrar la boca con brusquedad.
Alexstrasza y Nozdormu se lanzaron sobre los dos ojos originales del coloso,
obligándolo así a cerrarlos de nuevo.
Ysera… ¿dónde está Ysera?, pensó entonces Malygos En ese instante, Kalec
comprendió que la hembra amarillenta debería haber sido la siguiente en atacar.
Una sombra se alzó de un modo amenazador ante Galakrond, una sombra que no
podía pertenecer a la pequeña Ysera.
Una sombra que, al desplazarse, reveló que no podía pertenecer a ninguna criatura
de cuatro patas, ni mucho menos a un protodragón.
Algo golpeó con una fuerza tremenda a Galakrond en la mandíbula, provocando que
al monstruo se le fuera la cabeza violentamente hacia un lado. Ese algo era un enorme
martillo, lo cual no sorprendió a Kalec.
Tyr (el verdadero Tyr) se acababa de presentar ante los protodragones. Entonces,
Kalec y su anfitrión, presas de la ansiedad, se lanzaron en picado para sumarse directamente
a la batalla.
Si bien el dragón azul no era capaz de medir la altura exacta de Tyr, ese guerrero que
ahora se abalanzaba sobre Galakrond debía de llegarle a ese monstruo a la altura del hombro.
Aunque tal vez esa fuera la revelación menos importante, puesto que, al entrar en batalla,
Tyr se había quitado la capa con la que había ocultado su verdadero ser y había revelado lo
que realmente era. La túnica carmesí que se extendía desde la parte derecha de su cintura
hasta el hombro opuesto dejaba bien a las claras que poseía un torso musculoso que no
parecía propio de alguien que poseyera un poder mágico como el de Tyr. Aunque mera un
hechicero, el guardián no era alguien que rehuyese las amenazas de índole física.
Tyr no portaba armadura alguna, salvo unas espinilleras y no parecía preocuparle el
hecho de que estuviera arremetiendo contra un adversario cubierto de escamas sin protección
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El Alba de los Aspectos
alguna. Llevaba un brazalete ornamentado con motivos diamantinos en el brazo derecho,
por encima del codo, y a su espalda, ondeaba una capa de menor tamaño del mismo color
que su túnica, que estaba unida al cuello alto en punta de esta. Mientras Tyr se recolocaba
para volver a atacar, la capa parecía moverse con vida propia, parecía más bien un apéndice
adicional.
Pero mientras Tyr blandía el martillo, Kalec se olvidó brevemente del cómbate al ver
que del grueso cinturón del guardián seguía pendiendo un objeto muy concreto. La mera
presencia de la reliquia parecía ser una burla dirigida al invisible dragón azul. Refulgía a
pesar de que el sol no brillaba, y Kalec habría podido jurar que ese objeto era perfectamente
consciente de que se encontraban en un momento crucial.
Entonces, Tyr golpeó a Galakrond. Esta vez, machacó el otro lado de descomunales
fauces del protodragón. Galakrond retrocedió dando tumbos y acabó estampándose contra
la ladera de la montaña situada a su derecha, provocando un temblor que se extendió por las
inmediaciones.
—¡Ahora! —gritó Tyr.
Neltharion aterrizó sobre la ladera contra la que se había estrellado Galakrond. El
macho gris como el carbón pisoteó con fuerza el pico, generando así una onda expansiva
varias veces más intensa que la que había generado la colisión del leviatán. Al instante, una
tremenda avalancha de piedras llovió sobre el monstruoso protodragón.
Mientras las rocas caían sobre Galakrond. Tyr alzó el martillo. Sm embargo, en vez
de golpear a su adversario, el gigantesco guerrero atizó el suelo que se hallaba ante
Galakrond.
El coloso deforme se desplomó torpemente al recibir el impacto de otro temblor.
Pese a que Galakrond intentó valerse de sus enormes alas para enderezarse, el nuevo temblor
lo empujó hacia atrás.
Neltharion acababa de alejarse de su objetivo cuando Alexstrasza entró de nuevo en
escena. Unas llamas impactaron peligrosamente cerca de los auténticos ojos de Galakrond,
lo cual provocó que los cerrara instintivamente.
Kalec esperaba que resto de globos oculares compensaran esa ceguera momentánea,
pero entonces comprobó que ese alud incesante le había obligado a cerrar la mayoría. Tyr
había logrado que Malygos y sus amigos lanzaran un ataque perfectamente coordinado
contra Galakrond, lo cual no permitía que su rival tuviera ni un segundo de respiro.
Sin embargo, a pesar de la balanza de la victoria parecía inclinada hacia los
paladines, había algo que seguía inquietando en demasía al dragón azul. El fulgor no había
menguado lo más mínimo, ni no que, en realidad, se había intensificado desde que Galakrond
estaba siendo atacado.
Malygos se sumó de nuevo a la batalla. Kalec apenas tuvo tiempo de comprender
que estaba ocurriendo, ya que, de inmediato su anfitrión exhaló apuntando a las fauces
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El Alba de los Aspectos
expuestas de Galakrond. Si bien la escarcha provocó que el monstruo tuviera que respirar
entre jadeos, cuando Malygos se distanciaba, Kalec percibió algo que su anfitrión no había
intuido. El poder que irradiaba el gigantesco protodragón se estaba incrementando.
Galakrond se estaba expandiendo.
El abrupto incremento de tamaño del coloso hizo que Malygos tuviera que acelerar
aún más. Neltharion, que se encontraba descendiendo en picado de nuevo, se vio obligado a
virar con suma rapidez.
Profiriendo un tremendo bramido, Galakrond se enderezó.
Aunque Tyr volvió a propinarle un martillazo en la mandíbula, el arma rebotó contra
el monstruo sin hacerle temblar lo más mínimo. Ahora, todos los ojos del protodragón
desfigurado brillaban furiosos.
Batió sus vastas alas una sola vez, y la ráfaga de aire generada por ellas fue
canalizada por ese paisaje curvo, de modo que los pequeños protodragones y Tyr salieron
despedidos en todas direcciones.
Con solo otra batida más, esas alas lograron alzar a esa bestia increíblemente enorme
por encima del suelo. Mientras esto tenía lugar, quedó claro que Galakrond había
incrementado sus dimensiones y se había vuelto mucho más deforme. Su cabeza era ahora
más larga y fina Y su hocico se había extendido hasta alcanzar la largura de medio
protodragón normal. Sus dientes afilados se habían curvado de una manera muy retorcida,
tanto que sobresalían de un modo exagerado, aunque cerrara totalmente sus fauces.
Además, no solo estaban surgiendo más tumores a lo largo y ancho del descomunal
cuerpo de Galakrond, sino que su piel tenía, ahora un aspecto mucho más reseco y
quebradizo, era como si se hubiera convertido en un no-muerto, como muchas de sus
víctimas. No obstante, no solo tenía que observar la temible hambre que teñía la mirada de
todos sus ojos para comprobar que Galakrond seguía vivo… y solo para una cosa.
Tras ignorar totalmente a Tyr, buscó al diminuto protodragón más próximo, que
resultó ser Malygos. Mientras se abalanzaba sobre su presa. Galakrond exhaló.
Por mucho que lo intentó, Malygos no pudo escapar de esa nube tóxica, la cual lo
envolvió y le arrebató al instante todas sus energías y su fuerza de voluntad, Kalec notó que
la confusión se adueñaba de la mente de su anfitrión a pesar de que este intentaba evitarlo.
El dragón azul también intento hacer algo, aunque era consciente de que sus esfuerzos serían
en vano.
Galakrond se alzó amenazador sobre Malygos. Si bien el pequeño protodragón aleteó
con fuerza, ganando así unos segundos muy valiosos… ni aun así logró escapar.
De improviso, un borrón gris colisionó contra la monstruosa garganta de Galakrond;
se trataba de Neltharion que acudía en ayuda de su amigo. El osado protodragón aterrizó con
las zarpas traseras por delante sobre esa dura piel.
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El Alba de los Aspectos
Aunque Neltharion golpeó sin duda alguna con las mismas fuerzas que antes, cuando
menos, las secuelas del impacto fueron notablemente inferiores a las del ataque previo. Sin
embargo, fue suficiente como para que Galakrond girara la cabeza justo cuando intentaba
devorar al macho azul como el hielo.
Nada más golpear, Neltharion se alejó raudo y veloz. A Kalec le sorprendió que este
no hubiera intentado sacar a Malygos de ahí, pero entonces, dos pares de zarpas traseras
agarraron al anfitrión del dragón azul y lo sacaron de esa niebla nauseabunda.
En cuanto el aire fresco llenó los pulmones de Malygos, el protodragón alzo la
mirada. Alexstrasza y Nozdormu, que respiraron hondo con el mismo alivio que anfitrión de
Kalec, sostuvieron en el aire a este hasta que se recuperó lo suficiente. Entonces, Kalec
comprendió que tanto como Neltharion habían contenido la respiración todo lo posible
mientras intentaban salvar a su cantarada. Al atacar a Galakrond, Neltharion había agotado
el poco aire que todavía le quedaba, por lo cual no había podido ayudar a Malygos.
—¡Ysera! —gritó súbitamente Alexstrasza, a la vez que se apartaba de los dos
machos. Nozdormu soltó un siseo iracundo mientras él y Malygos seguían con la mirada el
camino que, de repente, recorría una veloz Alexstrasza, un camino que llevaba de vuelta a
Galakrond ni más ni menos.
Mientras tanto, una decidida Ysera planeaba delante directamente del leviatán, quien
la observaba con el mismo gesto que Kalec como si estuviera realmente loca. Aunque en el
caso de Galakrond una sensación cada vez mayor de júbilo se fue adueñando de su rostro Al
acercarse la protodragona, el coloso sonrió ampliamente.
—Eres un bocadito muy pequeño —afirmó estruendosamente—. Tal vez debería
dejar que crecieras un poco más, que te hicieras poco más fuerte…
—¡Yo sí que soy fuerte! —bramó Ysera—¡No tú!
Su increíble réplica provocó que Galakrond se carcajeara.
En ese instante, Ysera se lanzó en picado contra la boca abierta de su rival, pero
Alexstrasza la agarró de la cola con sus fauces y tiró de ella con todas sus fuerzas. Ysera se
salvó por los pelos, puesto que estuvo a punto de ser engullida por Galakrond cuando este
cerró la boca de manera instintiva.
El coloso volvió a reírse de nuevo de Ysera y sus rutiles intentos de soltarse de su
hermana, quien la aferraba con fuerza.
El martillo de Tyr acalló esas carcajadas con un golpe tan violento que incluso
Galakrond en su estado actual fue incapaz de resistirlo. El enorme protodragón se alejó
dando vueltas en el aire por culpa del tremendo impacto y varios trozos de escamas salieron
volando de la zona herida. El guardián, que había saltado hasta una altura increíble para
alcanzar su objetivo, agarró a Galakrond del hombro, y aprovechando el impulso, hizo caer
de nuevo al suelo a su espantoso adversario.
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El Alba de los Aspectos
Pero Tyr no se detuvo. Soltó a Galakrond y le propinó un puñetazo justo por debajo
de la mandíbula.
La cabeza del descomunal protodragón se alzó violentamente por la tremenda fuerza
del golpe. Tyr se abalanzó sobre el pecho expuesto de su rival y alcanzó con el martillo la
garganta desprotegida de Galakrond.
El leviatán paró el golpe con una de sus zarpas. Ese movimiento pilló desprevenido
a Tyr, y por una buena razón; si hubiera estado luchando contra un protodragón normal, su
pata delantera habría sido demasiado corta como para haber podido defenderse de ese modo.
Ahora, sin embargo, su cuerpo deforme era una ventaja. De hecho, Kalec creía que
ahora se parecía mucho al de los dragones de verdad.
Aun así, al igual que Tyr y Malygos Kalec no recordaba que Galakrond hubiera
poseído unas extremidades tan largas solo unos instantes antes. A través de su anfitrión,
Kalec observo al monstruo y comprobó que la forma de Galakrond se estaba alterando
ligeramente. La cola se le estaba alargando y el perfil de sus alas se estaba volviendo más
marcado.
Incluso en medio del fragor de la batalla, las fuerzas que anidaban en Galakrond lo
seguían transformando.
Entonces, este agarró con la cola la pierna izquierda de Tyr. Y aunque el guardián
bajó el martillo con celeridad, el monstruo retiró la cola a tiempo.
Galakrond lanzó su aliento sobre el guardián.
Sin embargo, Tyr parecía estar preparado para recibir tal ataque y le propinó un
puñetazo al coloso en la garganta.
El protodragón se trastabilló hacia atrás, tosiendo. Al mismo tiempo, Malygos y sus
compañeros acudieron volando en ayuda de Tyr.
Galakrond volvió a elevarse en el aire. Tyr lo agarró de un ala y se aferró a ella,
mientras su adversario se alzaba con más rapidez que los otros protodragones más pequeños
en comparación. Una vez más, el guardián blandió el martillo y le propinó un fuerte golpe
al monstruo en la sien.
El martillo rebotó con tal violencia que Tyr lo tuvo que soltar. Galakrond, que ni se
inmutó y brillaba más que nunca, se retorció en el aire. El aleteo de sus anchas alas hizo que
Nozdormu y Neltharion tuvieran que retroceder revoloteando para evitar su impacto. El
guardián intentó recuperar su arma antes de que quedara fuera de su alcance y eso provocó
que estuviera a punto de soltar a Galakrond.
Como era consciente de que Tyr no iba a alcanzar el martillo a tiempo, Malygos voló
raudo y veloz tras él. Mientras hacía esto, otro objeto volador captó la atención de Kalec.
La reliquia, que de algún modo se había soltado del cinturón de Tyr, trazo una serie
de espirales en el aire.
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El Alba de los Aspectos
Tyr, que seguía aferrado al ala, también se percató de ello. Ahora que resultaba obvio
que no iba a poder recuperar el martillo, el guardián intentaba no perder también ese objeto.
Cogió la reliquia justo cuando tanto esta como su mano quedaron al alcance de los dientes
de Galakrond.
El grito de Tyr retumbó por todas esas tierras. Acto seguido se soltó del ala de
Galakrond y cayó.
Malygos se olvidó por entero del martillo y se abalanzó sobre Tyr. Cogió al guardián
ensangrentado de un hombro y gruñó al descubrir lo mucho que pesaba. Si bien consiguió
ralentizar la caída del guardián, no la detuvo del todo.
Fue Ysera quien tuvo que ayudarlo para evitar que lo soltara. Siseando por culpa del
esfuerzo, la pequeña hembra demostró ser lo bastante fuerte como para permitir a Malygos
que pudiera guiar a los tres hasta una cumbre. Alexstrasza los siguió de cerca.
Tanto Kalec como su anfitrión esperaban que Galakrond les pisara los talones, pero
en vez de eso, el monstruo deforme se mantuvo flotando en el cielo, brillando de manera
más ominosa que nunca. También daba la sensación de que estaba creciendo.
No había ni rastro de Nozdormu ni Neltharion. Malygos contempló a Tyr, que había
sido quien había liderado a los protodragones en ese intento de destruir a Galakrond, el cual
le había arrancado la mano entera, de tal modo que la sangre no solo le empapaba el muñón,
sino gran parte del resto del cuerpo.
Galakrond rugió de nuevo, con un tono atronador plagado de desdén por esas
diminutas criaturas que pretendían poner fin a su gloriosa transformación. Malygos dejó de
mirar al malherido Tyr para observar a la colosal bestia y el espanto dominó su mente al
pensar en el inminente destino funesto que los aguardaba tanto a él como a su mundo. El
dragón azul percibió esos pensamientos.
A pesar de que Kalec sabía que Azeroth iba a sobrevivir, al contemplar cómo
Galakrond parecía ocupar todo el cielo con su horrenda Presencia, incluso llegó a dudar que
ese futuro del que ya no se sentía parte fuera a suceder. Aún más, ahora que la vida parecía
abandonar a Tyr y la reliquia parecía perdida, pues había sido engullida por ese coloso de
apetito insaciable, Kalec creía que ya no tenía ningún futuro. Tanto él como Malygos iban a
perecer junto al resto de protodragones.
Entonces, como si quisiera corroborar que ese funesto destino iba a tener lugar,
Galakrond siguió creciendo y mutando…
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PARTE V
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CAPÍTULO UNO
DENTRO DEL NEXO
El sudor perlaba el rostro de Jaina mientras seguía concentrada en su hechizo. El
Nexo vibró y los conjuros de defensa se hicieron visibles incluso para alguien que no fuera
un hechicero, aunque tampoco es que hubiera nadie así cerca. Si bien la archimaga notó que
la resistencia a sus sortilegios aumentaba, intentó contrarrestarla lo mejor posible.
Entonces… cesó toda oposición a los esfuerzos de Jaina. Los hechizos de protección
regresaron a su estado original. El Nexo dejó de brillar.
Sin titubear, Jaina se teletransportó a su interior.
Para su sorpresa, tuvo la impresión de que la cámara en la que se acababa de
materializar no se había visto afectada por todos los conjuros que ella había lanzado desde
el exterior. La archimaga apartó eso de su mente y utilizó sus poderes para detectar cualquier
amenaza invisible que siguiera oculta en el santuario. Como no halló ninguna, se
teletransportó hacia el último lugar donde recordaba que había estado Kalec.
Sin embargo, el dragón azul no apareció ante sus ojos. El pánico la dominó, pero en
cuanto miró hacia atrás, Jaina se encontró a Kalec tumbado boca abajo en el otro lado de la
cámara. Por lo que pudo deducir, daba la sensación de que se había arrastrado hasta ahí.
Mientras cavilaba al respecto, Kalec movió el brazo izquierdo. Rascó el suelo con
los dedos y, para mayor consternación de Jaina, esta comprobó que esos dedos terminaban
en unas garras más propias de un dragón que de un humano. De hecho, al acercarse más a
él, la hechicera comprobó que también tenía otros rasgos deformados.
Al colocarse junto a Kalec, Jaina estuvo a punto de resbalarse, ya que a su alrededor
el suelo estaba empapado del sudor del dragón azul, el cual además de hallarse en un estado
mutado, también parecía estar más demacrado.
La archimaga, presa de una furia cada vez mayor, centró su atención en la reliquia,
que vibraba lentamente, sin apenas irradiar alguna emanación mágica detectable; además,
parecía totalmente inofensiva, incluso bajo su mirada experta.
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El Alba de los Aspectos
Jaina reforzó los conjuros personales con los que se protegía y observó
detenidamente el objeto. Por un lado, la archimaga era capaz de admirar los elementos con
los que había sido creado y diseñado; por otro, lo despreciaba por lo que le estaba haciendo
a Kalec. Con ese sentimiento de desprecio enraizado firmemente en su corazón e intelecto,
Jaina dibujó el símbolo invertido en el aire y lo envió volando hacia la reliquia.
Pero en cuanto el icono la tocó, el objeto relució. Su energía alcanzó a Jaina a través
del vínculo que esta mantenía con el símbolo y la golpeó de lleno antes de que pudiera
concluir el conjuro.
El mundo de Jaina se volvió del revés. A continuación, se vio sumida en una
oscuridad total y, luego, oyó un conjunto de voces ininteligibles con un peculiar acento de
reptil. Acto seguido, se desplegó ante sus ojos una disparatada sucesión de imágenes, en las
que aparecían unas criaturas a las que reconoció como protodragones. En medio de todo
esto, Jaina se dio cuenta de que ella era otra protodragona más… y una a la que conocía muy
bien, aunque fuera con una forma distinta.
¿Alexstrasza? ¿Acaso formo parte de Alexstrasza?
Se trataba de una Alexstrasza muy joven, una Alexstrasza que Jaina nunca había
sabido que hubiera llegado a existir. A través de los ojos de esta, vio a otros protodragones
a los que reconoció vagamente, pero a los que no habría reconocido como era debido si no
hubiera sido por su anfitriona. Vio a Ysera (a una Ysera increíblemente pequeña),
Nozdormu, Neltharion… ¡Neltharion!… y Malygos.
Cada una de las escenas que desfilaban ante ella apenas duraban un segundo y a Jaina
le dio la sensación de que muchas no seguían un orden cronológico. La mayoría no tenían
ningún sentido y más de unas cuantas la llenaron de espanto. La archimaga vio a unos
horrendos protodragones putrefactos, que seguramente eran no-muertos, y también vio los
cadáveres destrozados de otros. Aunque, para Jaina, lo más sobrecogedor de todo fue esa
monstruosidad hecha carne llamada Galakrond; además, sintió la escalofriante
consternación de Alexstrasza como si esa sensación fuera suya.
Era demasiado. La tensión estuvo a punto de provocar que Jaina se desmayara. Sin
embargo, en el último instante, se imaginó el símbolo invertido e intentó sobreponerlo sobre
cualquier imagen que se le apareciera.
Tras proferir un grito ahogado, la archimaga se vio a sí misma retrocediendo ante la
reliquia de un modo tambaleante. De no haber sido por sus hechizos personales de
protección, Jaina se habría caído al suelo y, probablemente, se habría fracturado el cráneo.
Al final, tuvo que apoyarse rápidamente en la pared más cercana, donde permaneció durante
más de un minuto mientras intentaba superar cierta sensación de vértigo.
Con esas voces todavía resonando en su cabeza, Jaina desplazó su mirada de la
reliquia a Kalec. Aunque ahora tenía una idea más o menos clara de lo que este estaba
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El Alba de los Aspectos
viviendo, sospechaba que lo que ella había experimentado solo había sido una mera fracción
de lo que el dragón azul estaba sufriendo.
En cuanto Jaina se sintió capaz de hacerlo, se acercó de nuevo a Kalec. Con suma
delicadeza, le volvió la cara hacia ella. Al estar tan cerca, pudo comprobar que su estado era
todavía peor de lo que había imaginado. Le recordaba a las descripciones que había oído
sobre las víctimas más graves de la Pesadilla Esmeralda, durante esa época en la que millares
cayeron ante el poder del Señor de las Pesadillas y su amo. Esa gente había acabado yaciendo
indefensa, incapaz de despertar de unos sueños angustiosos mientras su mente se iba
deteriorando.
Jaina se estremeció. Ella había sido una de esas víctimas (una de las primeras, de
hecho), pero hasta ahora no había sido consciente de lo espantoso que era encontrarse en ese
estado, lo cual, a su vez, hizo que temiera aún más por Kalec.
Jaina se inclinó más sobre él al oír que mascullaba algo.
De repente, Kalec abrió los ojos de par en par; unos ojos que eran Propios de un
dragón, no los que tenía cuando portaba esta forma. Sorprendida, la archimaga se apartó de
él.
Una exhalación gélida la envolvió.
Si no se hubiera protegido, probablemente habría muerto. No obstante, a pesar de
esos encantamientos, la archimaga pudo notar ese frío intenso. Sin embargo, ese no era el
aliento que Kalec solía utilizar como arma, sino que, gracias a las visiones fragmentadas que
acababa de tener, pudo deducir que Kalec había reaccionado, más bien, como lo habría hecho
el joven Malygos.
Kalec se quedó inmóvil de nuevo. Jaina le acarició la mejilla con suma cautela y
luego la garganta. Pese a que no sabía qué podía estar experimentando en esos momentos en
su visión, sí sabía que tenía el pulso acelerado.
La archimaga lanzó un hechizo y trató de dar con el vínculo que unía a la reliquia
con Kalec, pero no halló ni rastro de este, a pesar de que había estado muy segura de que
sería capaz de localizar esa conexión para, más adelante, tomar ciertas medidas que le
permitieran cortarla.
Eso la obligó a centrarse de nuevo en la reliquia. Con más cautela que nunca, Jaina
la inspeccionó de todos los ángulos posibles. Sin embargo, no vio ni detectó nada nuevo. No
obstante, cuando centró su atención en el aura que la rodeaba, la archimaga se percató de
que había algo muy peculiar en sus vibraciones.
Jaina se acercó rápidamente a Kalec y le tomó el pulso. Aunque, esta vez, la
hechicera posó su mirada sobre la reliquia al mismo tiempo.
Esas vibraciones iban al compás del pulso que detectaba en la garganta de Kalec. La
reliquia se había amoldado a la fuerza vital del dragón azul… o tal vez había amoldado la
esencia de este a su magia.
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El Alba de los Aspectos
En cualquier caso, Jaina Proudmoore tenía un plan y creía que, gracias a él, podría
liberar por fin a Kalec de la abrumadora influencia que ejercía sobre él la reliquia.
Sin embargo, su plan tenía un punto débil, un fallo que hizo titubear a Jaina sobre si
debía llevarlo a cabo o no, mientras Kalec balbuceaba de nuevo. Aunque había muchas
posibilidades de que consiguiera liberarlo, también había las mismas de que acabara
sufriendo una muerte agónica.
Kalec volvió a rascar el suelo y sus garras cavaron unos surcos muy profundos en
esa superficie tan dura.
La archimaga apretó los dientes al ser consciente de que no le quedaba otra opción.
De inmediato, empezó a preparar un conjuro.
Lanzó un hechizo y rezó…
Malygos apartó la mirada del cada vez más enorme Galakrond y se centró en Tyr.
Mientras el aliado de los protodragones yacía en el suelo, se había ido encogiendo, en algún
momento, hasta alcanzar prácticamente el tamaño que había tenido cuando el macho azul
como el hielo lo había visto por primera vez. Una idea desesperada cruzó rápidamente la
mente de Malygos, una idea que le pareció desesperada incluso a Kalec. Aun así, el dragón
estaba de acuerdo en que no les quedaba otra salida.
Tal y como había hecho en su momento con su pierna herida, Malygos exhaló su
aliento sobre la extremidad destrozada del guardián. El muñón se congeló. La sangre dejó
de manar. Y si bien Tyr lanzó un gemido, también pareció calmarse.
—Tenemos que llevárnoslo de aquí —afirmó Ysera mientras se unía a él.
—¿Adonde?
La región sombría en la que se habían escondido los supervivientes del anterior
intento de derrotar al monstruo parecía ser la conclusión más lógica, pero si Galakrond
seguía el olor de la sangre de Tyr, Malygos podría acabar revelando al coloso el paradero de
esos desdichados refugiados. Y eso era algo que no podía hacer y, por lo que sabía sobre el
guardián, dudaba mucho que ese ser de dos piernas hubiese querido que se realizara tal
sacrificio en su nombre.
—Tenemos que llevárnoslo de aquí —repitió la hembra amarillenta, que,
encogiéndose de hombros, añadió—: ¡Ya encontraremos algún lugar! Bastará con que sea
lejos de Galakrond.
El anfitrión de Kalec alzó la vista para contemplar a su monstruoso enemigo. En ese
momento, Galakrond parecía sumido en una nueva transformación, pero era imposible saber
si ese estupor le duraría solo unos segundos o se prolongaría aún más. El hecho de que el
leviatán continuara flotando en el aire mientras todo esto sucedía hizo creer a Malygos que
no les sobraba nada de tiempo.
Sin esperar a que Ysera lo ayudara, el anfitrión de Kalec cogió a Tyr de los hombros
y se elevó hacia el cielo. Su instinto lo empujó a dirigirse hacia la región más desolada que
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El Alba de los Aspectos
le vino a la cabeza, una más inhóspita incluso que el lugar donde ahora se hallaban. Esperaba
que entre eso y que Galakrond se encontraba mutando consiguieran ganar el tiempo que
necesitaban.
Malygos miró hacia atrás y divisó a un protodragón que se le acercaba. Pero no era
Ysera, sino Alexstrasza, la cual agarró a Tyr de las piernas con sus zarpas traseras. Ahora
que el peso del guardián estaba mejor repartido, el macho azul como el hielo y Alexstrasza
pudieron acelerar su ritmo de vuelo. Batieron sus alas al unísono mientras avanzaban y, al
volar de un modo tan coordinado, su velocidad aumentó.
Malygos se atrevió a volver a echar un vistazo para atrás y eso provocó que se sintiera
aliviado e inquieto al mismo tiempo. Aliviado porque no solo lo seguía Ysera, sino que
también lo seguían Neltharion y Nozdormu, aunque a más distancia. No obstante, se seguía
sintiendo inquieto porque Galakrond había vuelto a crecer y había cambiado un tanto de
forma. Ahora, poseía un cuerpo más robusto y unas púas melladas se extendían por toda la
parte superior de su torso. Aunque seguía flotando en el aire, dio la sensación de que por fin
se estremecía.
Alexstrasza también había estado observando al leviatán.
—Vuela más rápido —le sugirió de improviso a Malygos—. Y más bajo. Así
Galakrond no podrá vernos tan pronto.
El macho azul como el hielo asintió…
Y la visión cambió.
El paisaje frío e inhóspito que tenía ante sí sobresaltó a Kalec, ya que al principio
creyó que había vuelto a su propia época. Esos altos picos, esa desolación, esas llanuras que
se extendían más allá… sí, conocía ese lugar.
Se encontraban en lo que, algún día, sería el Cementerio de Dragones.
Malygos y Alexstrasza seguían sujetando a Tyr mientras descendían. Habían tomado
la decisión de aterrizar ahí, pero la razón por la que habían optado por ese sitio en concreto
no estaba nada clara en los pensamientos de Malygos. Kalec dio por sentado que,
simplemente, habían optado por algún lugar donde esperaban que Galakrond no pudiera
descubrirles enseguida.
Con sumo cuidado, ambos posaron a Tyr sobre el suelo helado y, a continuación,
aterrizaron junto a él. Aunque Malygos echó un vistazo a su alrededor como si esperara
encontrar algo, incluso el anfitrión de Kalec no parecía saber qué era lo que buscaba
exactamente. Alexstrasza miró a Malygos, al igual que hicieron los demás en cuanto
aterrizaron.
—¿Aquí? —preguntó al fin un gruñón Neltharion—. Aquí no hay buena caza. Los
rumiantes están lejos. En las montañas sí hay buenos escondites, pero aquí estamos muy al
descubierto.
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—Sí, aquí —replicó el macho azul como el hielo con una seguridad que no encajaba
para nada con la información que Kalec era capaz de extraer de la mente de su anfitrión.
Malygos solo sabía que tenía que venir a este lugar, nada más.
Aunque esa vaga respuesta pareció satisfacer a Nozdormu, más tarde, este inquirió:
—¿Y ahora qué?
Malygos dirigió su vista hacia el sur, hacia esas llanuras sombrías que conformaban
gran parte del Cementerio de Dragones.
—Ahora iremos para allá.
Acto seguido, echó a andar, pero Ysera le bloqueó el paso. Con una expresión de
desconcierto dibujada en su semblante, la hembra hizo un gesto con el hocico para señalar a
alguien situado tras Malygos.
—¿Y qué pasa con Tyr?
El anfitrión de Kalec miró atrás. Tanto él como el dragón azul se habían olvidado
del guardián. Si bien Malygos se lo tomó con suma tranquilidad, Kalec se preguntó a qué
podía deberse esa laguna mental que acababa de sufrir el protodragón, ya que era un olvido
muy extraño.
Malygos batió las alas, se elevó del suelo y agarró de nuevo a Tyr con suma
delicadeza. Por lo que podía ver Kalec, el guardián no parecía hallarse peor que antes, pero
el dragón no podía saber si eso era algo bueno o malo. Lo único que sabía es que los
protodragones pronto tendrían que hacer algo más por Tyr si querían que este sobreviviera.
Pero ¿qué pueden hacer?, se preguntó Kalec. Si él hubiera tenido que tomar esa
decisión, habría optado por lanzar un conjuro mágico que preservara en ese estado al
guardián hasta que dieran con un medio para curarlo; sin embargo, los protodragones
carecían de los conocimientos necesarios para hacer algo así.
La magia…
Ahora, Kalec se sentía como si a él se le hubiera olvidado algo vital, algo que tenía
mucho que ver con su propia existencia.
Algo que tenía que ver con… ¿el Nexo?
Malygos escogió ese momento para descender de nuevo. Kalec se concentró en el
paisaje que se hallaba a sus pies y, al principio, no divisó nada más que suelo helado.
Entonces, un punto levemente más oscuro le llamó la atención. Mientras su anfitrión se
acercaba más y más a él, Kalec se dio cuenta de que esa mancha oscura era un lago helado.
A pesar de que el dragón azul no recordaba que existiera ese lugar en su época, era consciente
de que sus recuerdos eran más frágiles de lo que había pensado en un principio.
Después de aterrizar al borde del lago, Malygos volvió a dejar a Tyr en el suelo,
aunque esta vez dejó al guardián boca arriba, lo cual permitió a Kalec estudiar ese cuerpo
yacente. El guardián respiraba con cierta dificultad, pero de manera regular; además, el
muñón seguía protegido por la escarcha con la que Malygos lo había rociado previamente.
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El Alba de los Aspectos
El protodragón exhaló de nuevo con cuidado sobre la grave herida, para que su anterior cura
no fuera en vano. Aun así, las dudas sobre si Tyr sobreviviría o no asaltaron otra vez la mente
del anfitrión de Kalec, unas dudas que el dragón azul compartía.
A pesar de todo esto, Malygos abandonó de un modo repentino a Tyr y se dirigió al
lago helado. Neltharion y los demás lo acompañaron; los cuatro aterrizaron casi sin aliento,
lo cual era muy extraño.
—¡Qué velocidad! —acertó a decir Neltharion por fin tras lograr dar dos grandes
bocanadas de aire—. ¡Con qué velocidad ha volado Malygos!
—Deberías habernos esperado —le reprochó Alexstrasza—. He visto a un no-muerto
allá a lo lejos. —Señaló al oeste—. Quizá haya otros más cerca… Si nos ven, Galakrond nos
verá…
Malygos no divisó nada en esa dirección, y a Kalec le dio la sensación de que su
anfitrión no pensaba hacer mucho caso a las sensatas palabras de Alexstrasza. Una vez más,
este no era el Malygos que Kalec había llegado a conocer en su época.
El macho azul como el hielo siguió avanzando hasta el lago helado. En cuanto posó
la mirada en su superficie, tanto él como Kalec detectaron cierto movimiento en el agua. Si
bien el ex Aspecto podía entender que Malygos estuviera hambriento, el ansia que dominaba
a Malygos rayaba en lo obsesivo.
De hecho, el anfitrión de Kalec se mostró muy insistente a la hora de conminar a los
demás a que se unieran a él.
—¡Vamos! ¡Deben comer! ¡Deben recuperar fuerzas!
Neltharion obedeció sin rechistar, ya que siempre era el que más apetito tenía de los
cinco. Nozdormu pareció titubear y, acto seguido, asintió. Ysera siguió a los tres en silencio.
La única que no se movió fue Alexstrasza.
—¿Y qué pasa con Tyr?
—Está dormido —respondió el macho azul como el hielo—. Déjalo que se recupere.
Esa contestación no estuvo teñida de frialdad sino de puro pragmatismo. Alexstrasza
caviló un momento y, al final, asintió y se sumó a los cuatro. Aunque Kalec habría preferido
que alguien se hubiera quedado vigilando a Tyr, tenía que reconocer que ahora a los cinco
protodragones los dominaba el hambre.
El hielo no solo fue capaz de soportar el peso de Malygos, sino también el del resto
del grupo. Pese a que Nozdormu rascó el hielo con sus afiladas garras, apenas dejó marca
en él. Neltharion pareció dispuesto a dar un fuerte pisotón a esa superficie helada (lo que
habría provocado que todo ese hielo se hiciera añicos, incluido aquel sobre el que se hallaban
los cinco), pero Alexstrasza le lanzó un siseo al instante y le hizo un gesto de negación con
la cabeza.
Mientras los demás observaban, la hembra naranja como el fuego escogió una zona
del lago situada un poco más lejos y, a continuación, exhaló. Las llamas concentradas
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El Alba de los Aspectos
derritieron el hielo generando un agujero del que brotó agua hirviendo. Después, expandió
el agujero hasta que tuvo una anchura satisfactoria.
Aunque Alexstrasza había hecho el agujero, dejó que Neltharion fuera el primero
que comiera. El protodragón se agachó ansioso sobre él y, súbitamente, metió la cabeza.
Acto seguido, el macho gris como el carbón sacó la testa de ahí, con un grueso pez
en la boca. Gruñendo de satisfacción, retrocedió. Alexstrasza fue la siguiente, aunque a ella
le llevó más tiempo divisar una presa.
Después, le tocó a Malygos. En cuanto se agachó sobre el agujero, un pez gordo
apareció a su alcance. Pescarlo le resultó muy fácil al anfitrión de Kalec, al igual que lo había
sido para los demás.
Mientras el macho azul como el hielo se apartaba, Ysera se aproximó al agujero.
Malygos se volvió hacia la orilla, con su captura todavía retorciéndose entre sus fauces. En
cuanto dejó atrás esa superficie helada, el protodragón escrutó ese gélido paisaje. Ahí no
había ni rastro ni de Galakrond ni de ningún no-muerto. Entonces, Malygos centró su
atención en el pescado, que devoró con tanto placer y de manera tan salvaje que Kalec deseó
que su anfitrión hubiese cerrado los ojos para no haber tenido que verlo.
Kalec intentó concentrarse en cualquier otra cosa y centró sus pensamientos en Tyr.
Si bien era cierto que el hecho de que los protodragones hubieran dejado solo al guardián
para poder comer no lo había sorprendió del todo, también era cierto que tendrían que buscar
ayuda para el guardián lo antes posible. Kalec se preguntó dónde podrían estar los demás
guardianes. ¿Acaso no sabían que Tyr se hallaba en una situación desesperada? El dragón
azul creía que debería haber algún tipo de vínculo entre ellos, algo que…
De repente, Malygos oyó un siseo irregular a su derecha. Tanto Kalec como su
anfitrión reconocieron ese nauseabundo sonido.
Ni Malygos ni Kalec sabían cómo esos dos protodragones tan esqueléticos habían
logrado acercarse tan sigilosamente al grupo. Pero no había tiempo para detenerse en esas
cuestiones, ya que, al instante, uno de los no-muertos se abalanzó sobre Malygos. Ese
monstruo poseía unos dientes amarillentos de los que goteaba un fétido fluido verde que
seguramente sería muy pernicioso para el protodragón vivo, aunque solo lo rozara.
Malygos se apartó hacia un lado, se giró y trazó un círculo con la cola, que alcanzó
al no-muerto en la pata trasera como si fuera un látigo y se enrolló ahí. El macho azul como
el hielo tiró con fuerza antes de que ese monstruo fuera consciente del ataque con lo que
fuera que tuviera por cerebro.
El protodragón cadavérico cayó de lado. Sin embargo, la cola de Malygos se enredó
brevemente con el cuerpo de su enemigo, quedando así el anfitrión de Kalec desprotegido
ante el segundo no-muerto.
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El Alba de los Aspectos
De repente, una dura columna de arena golpeó a la criatura, que salió despedida
volando. Nada más aterrizar, unas llamaradas la alcanzaron, prendiendo fuego a su piel
reseca.
A pesar de todo esto, el no-muerto se alzó envuelto en llamas. El otro hizo lo mismo.
En ese instante, Malygos pudo liberar su cola de ese enredo y la lanzó en la dirección
contraria. Esta vez, lanzó al primer cadáver hacia el lago.
Aunque el anfitrión de Kalec había hecho esto con la única intención de derribar a
su enemigo, el no-muerto fue a aterrizar justo delante de Ysera. La pequeña hembra
reaccionó rápidamente y se valió de su cola para dar un empujón al monstruo, que continuó
deslizándose… en una dirección muy concreta.
A pesar de que el cadáver se resistió como pudo, acabó cayendo en el agujero abierto
en el hielo, a cuyos bordes se aferró con sus garras, en busca de algún asidero.
Con un leve toque de su zarpa trasera, Neltharion provocó que el hielo temblara, lo
cual fue suficiente como para que el no-muerto, que a duras penas lograba sujetarse, se
soltara.
El decrépito protodragón se desvaneció allá abajo. A través de Malygos, Kalec atisbo
cómo esa cosa se alejaba del agujero para hundirse posteriormente en las profundidades
heladas.
El otro no-muerto, que permanecía completamente ajeno al fuego que engullía su
cuerpo, avanzó pesadamente hacia Alexstrasza. Pero antes de que ella pudiera exhalar,
Nozdormu lanzó otra columna de arena.
La columna lo alcanzó de lleno. Ese ataque, combinado con el daño que ya le habían
infligido las llamas, hicieron añicos a la criatura, cuyos fragmentos chisporroteantes se
esparcieron por toda esa zona. Algunos restos continuaron moviéndose durante varios
instantes después de aterrizar, aunque luego se fueron parando poco a poco.
Malygos regresó a la superficie helada y contempló con detenimiento el lago
congelado. Unos segundos después, divisó al primer no-muerto. La criatura se dirigía de
nuevo a la superficie, pues seguía buscando un camino para salir de ahí.
El anfitrión de Kalec se encaminó al agujero y exhaló sobre la abertura. No le costó
mucho helar ese líquido que ya se estaba enfriando.
Después, el protodragón dio un paso atrás. Aunque el no-muerto alcanzara el
agujero, ya no encontraría ninguna salida.
Malygos regresó con los demás. Neltharion estaba entretenido toqueteando diversos
trozos del cadáver quemado para cerciorarse de que ningún resto seguía moviéndose.
Nozdormu había vuelto a centrarse en comerse el pescado, y una meditabunda Alexstrasza
no apartaba la mirada de esas montañas distantes. Solo Ysera prestó atención a Malygos
cuando este volvió.
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El Alba de los Aspectos
El anfitrión de Kalec escrutó los restos de la criatura. Había algo que le preocupaba,
pero el protodragón no sabía exactamente qué. Eso despertó una preocupación muy similar
en Kalec, quien también tenía la sensación de que se le estaba pasando algo por alto.
El macho azul como el hielo alzó la cabeza bruscamente y se giró hacia el lugar
donde había dejado a Tyr.
Había desaparecido. Ahora, solo un puñado de diminutas y tenues manchas de sangre
indicaban que su cuerpo había estado ahí. Malygos dejó a los demás atrás a grandes saltos y
buscó en todas direcciones. Sin embargo, daba igual adonde mirara, no estaba en ninguna
parte, ni siquiera había el más leve rastro.
—Se ha ido —murmuró Ysera—. Se ha ido.
—¿Adonde? ¿Y cómo?
La hembra se encogió de hombros.
Entonces, los demás se dieron cuenta al fin de lo que había ocurrido. Se sumaron a
la búsqueda rápidamente, y Neltharion incluso sobrevoló raudo y veloz el lago helado, pero
fue en vano.
—Hemos perdido a Tyr. Lo hemos perdido —gruñó Malygos, más enfadado consigo
mismo que con nadie, ya que consideraba que él era responsable de la protección del
guardián.
Mientras los protodragones proseguían la búsqueda del desaparecido Tyr, que
obviamente consideraban que iba a ser infructuosa, Kalec, quien no podía hacer otra cosa
aparte de pensar, por fin se percató de qué era eso que tanto le preocupaba. Cuando Malygos
se había girado hacia la orilla, con el pescado en la boca, había recorrido con la mirada el
lugar donde habían dejado a Tyr.
Ahora, Kalec era consciente de qué era lo que tanto le había inquietado: que Tyr ya
se había desvanecido en esos momentos.
Algo se había llevado al guardián… y Kalec no pudo evitar pensar que ese algo había
hecho eso con otro propósito muy distinto al de comer en mente…
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CAPÍTULO DOS
BAJO EL OJO DE
GALAKROND
—¿Y ahora qué? —preguntó Neltharion—. ¿Y ahora qué?
Malygos caviló al respecto profundamente; de inmediato, una serie de posibilidades
cruzaron su mente a gran velocidad y con una claridad que impresionó a Kalec.
Sin embargo, fue Alexstrasza quien respondió primero y aseveró con firmeza que
había llegado a la misma conclusión que había alcanzado Malygos.
—Debemos luchar.
No hubo ninguna protesta, ninguna objeción. Tanto Malygos como Kalec se
sintieron satisfechos al comprobar que los demás se habían mostrado de acuerdo al instante
con la sugerencia de la protodragona; entonces, Kalec recordó que Alexstrasza había
asumido el papel de líder de los cinco Grandes Aspectos. Su anfitrión también parecía
hallarse aliviado de que otro hubiera asumido la responsabilidad de escoger una de las
diversas opciones. Ni siquiera Ysera objetó nada, aunque a juzgar por su expresión, daba la
sensación de que albergaba alguna duda que otra. Kalec supuso que dudaba sobre sus propias
fuerzas. Si bien era muy decidida, daba la impresión de que no se había recuperado tanto
como sus compañeros, a pesar de haber comido.
Su anfitrión también se había percatado de ello, pero optó por no comentar nada.
Mientras tanto, los demás esperaban a que Malygos diera su opinión al respecto. Para ellos,
su criterio aún seguía siendo importante, ya que, después de todo, había sido el primero con
quien había contactado Tyr. Cuando ese extraño ser había aparecido, Malygos había
confiado en él alegremente. A pesar de ser tan pequeño, Tyr le había parecido tan inteligente,
tan seguro de sí mismo; además, irradiaba un aura de poder que superaba al de cualquier
protodragón.
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El Alba de los Aspectos
Pero el guardián había desaparecido y no tenían ninguna pista sobre quién lo había
podido raptar ni sobre en qué dirección se lo habían llevado. Para unas criaturas como los
protodragones, la conclusión más lógica era que una bestia se había llevado el cadáver para
darse un festín con él.
Por lo cual ahora solo ellos cinco se enfrentarían a Galakrond; además, resultaba
obvio que el resto consideraban que Malygos era uno de los mejores estrategas del grupo.
Si bien Kalec comprendió perfectamente todo lo que pasaba en esos momentos por
la mente del macho azul como el hielo, había reflexionado aún más al respecto. Ahora más
que nunca, estaba seguro de que lo que había secuestrado a Tyr lo había hecho con un
propósito mucho más inteligente. Aunque ser conscientes de eso no es que fuera a servirles
de mucho a Malygos ni a los demás protodragones…
Neltharion profirió un siseo de advertencia y los cinco se agacharon de inmediato.
Cerca de las montañas, tres figuras volaban lentamente hacia el nordeste. Había algo
en su forma de moverse que no era propio de unos protodragones, puesto que estos solían
desplazarse por el cielo con bastante fluidez. Aunque eran muy rápidos, volaban a
trompicones, de un modo extraño.
—Son no-muertos —masculló Nozdormu.
Las tres siluetas se desvanecieron entre los picos. Malygos siseó, ya que había
reparado en algo que ni siquiera Kalec había visto de primeras.
—Vuelan demasiado bien. No son como los otros. Buscan con un propósito. Los no-
muertos no piensan, devoran. Solo devoran.
Neltharion pareció desconcertado, pero los otros tres sí entendieron lo que Malygos
quería decir. Y también Kalec. Esos cadáveres reanimados actuaban con cierta inteligencia,
algo de lo que supuestamente carecían por entero.
—Galakrond es su amo —les espetó Alexstrasza—. Ellos cazan lo que él caza.
Malygos completó el razonamiento.
—Y él nos quiere dar caza. Tú misma lo dijiste antes. Los no-muertos…. si ellos nos
ven… Galakrond nos ve.
Tal vez las cosas no fueran tan sencillas, pero Kalec tampoco albergaba ninguna
duda acerca de que, si los no-muertos los localizaban, Galakrond lo sabría de inmediato. Era
evidente que el coloso controlaba a sus decrépitas víctimas. De hecho, lo más sorprendente
de todo era que, a pesar de que dos de esos monstruos se acababan de pelear con ellos,
Galakrond todavía no había hecho acto de presencia.
Malygos volvió a escrutar esas tierras y se centró en las montañas.
—Iremos ahí.
Todos dirigieron la mirada hacia el lugar al que señalaba con el hocico. Los no-
muertos acababan de dirigirse para allá solo un minuto antes.
—Están buscándonos en esa zona —le recordó Alexstrasza a Malygos.
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El Alba de los Aspectos
El protodragón negó con la cabeza.
—No.… nos han estado buscando ahí hace un rato.
El razonamiento de Malygos tenía cierta lógica, pero no tanta como para que Kalec
estuviera dispuesto a mostrarse de acuerdo de buenas a primera con esa estrategia. Sin
embargo, los camaradas de Malygos se mostraron más receptivos y se limitaron a asentir y
a seguir al macho azul como el hielo en cuanto este despegó. Kalec se alegró al comprobar
que Malygos, al menos, volaba a ras del suelo, lo que haría más difícil que sus enemigos
pudieran divisar fácilmente a los protodragones.
Alcanzaron las montañas con suma rapidez, aunque no la suficiente para Malygos o
Kalec. El anfitrión de Kalec se adentró entre unos picos escabrosos, en busca de parapeto
allá donde fuera posible, manteniéndose siempre alerta por si algún no-muerto pudiera haber
hecho lo mismo siguiendo las instrucciones de Galakrond.
Gira aquí.
Malygos obedeció instintivamente antes de que tanto él como Kalec pudieran
preguntarse quién o qué les había dado esa orden. Esa voz no la había oído a través de sus
orejas, sino a través de su mente.
Presa de la confusión, el protodragón se detuvo al instante. Neltharion estuvo a punto
de chocarse con él. Los cinco se quedaron flotando en el aire mientras Malygos se giraba en
busca del que le había hablado.
Pero en vez de dar con ese misterioso ser, dio con Galakrond.
Su sombra cubría el estrecho paso por el que volaban. Los pequeños protodragones
se separaron al instante y se dirigieron a cualquier saliente u otro parapeto que pudieron
hallar. No actuaron así porque quisieran abandonar a los demás a su suerte, sino porque
sabían que solo tendrían alguna oportunidad de sobrevivir si se dispersaban; además, no
había ningún escondite en ninguna dirección capaz de albergar a los cinco a la vez.
La sombra se fue extendiendo por doquier. Pero eso no fue nada comparado con lo
que sintieron al atisbar el inmenso cuerpo de Galakrond flotando sobre la zona. Cuando el
gigantesco protodragón surcó el cielo por encima de ellos, tuvieron la impresión de que había
crecido tanto que parecía no tener fin.
Aunque la intención de Malygos era esperar a que Galakrond hubiera pasado por
completo, su plan se fue al traste en cuanto el leviatán deforme se detuvo. Una de sus zarpas
traseras, lo bastante grande como para poder atrapar con ella a tres de ellos a la vez, se fue a
estampar contra un pico. Eso provocó una avalancha y que toneladas de rocas arreciaran
sobre el lugar donde Malygos sabía que tanto Alexstrasza como Nozdormu habían buscado
escondites distintos.
Esa lluvia letal se prolongó varios instantes. No era algo que Galakrond hubiera
hecho a propósito, simplemente era una mera consecuencia de su tremendo peso. En la
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El Alba de los Aspectos
lejanía, se oyó otro estruendo, otra avalancha que estaba teniendo lugar allá donde había
posado su otra zarpa trasera.
Con una serie de movimientos un tanto pesados, Galakrond cambió de posición, lo
cual provocó aún más derrumbes, pero ninguno tan amenazador como los anteriores.
Entonces, Malygos pudo ver una de sus pequeñas garras delanteras (pequeñas si se
comparaban con las traseras). Sin embargo, Galakrond no dio un salto hacia atrás ni agachó
la cabeza para devorarlo, sino que el terrible coloso se giró, de modo que su garra delantera
quedó aún más a la vista, y acto seguido siguió avanzando.
Los nuevos corrimientos de tierra que eso causó eran un peligro asumible
comparadas con las primeras avalanchas, así como con lo que hubiera sucedido si Galakrond
hubiera divisado a alguno de ellos. Al ver que la cola del gigantesco protodragón desaparecía
por fin tras un pico, Malygos suspiró aliviado; Kalec experimentó la misma sensación de
alivio.
De repente, las montañas que los rodeaban temblaron.
Apenas un segundo después, Galakrond asomó la cabeza sobre esa zona. Aunque no
miró en dirección hacia Malygos, clavó sus ojos en las inmediaciones del lugar hacia donde,
tal y como recordaba el anfitrión de Kalec, Ysera se había dirigido. Pese a que el macho azul
como el hielo no podía verla, estaba seguro de que esas sombras que Galakrond contemplaba
con tanta atención eran las que servían de refugio a la hermana de Alexstrasza.
El coloso deforme siseó. Acto seguido, de sus descomunales fauces brotó una
diminuta nube de esa niebla nauseabunda que había exhalado en otras ocasiones. Por fortuna,
resultó ser una mera consecuencia de su respiración normal y no un ataque concentrado.
Aun así, Galakrond siguió intentando discernir qué había entre esas sombras de allá
abajo. Ya no brillaba, lo cual era algo que beneficiaba a los protodragones, puesto que ese
fulgor habría bastado para iluminar casi toda esa zona sombría, si no toda.
De improviso, el coloso tosió. En solo unos segundos, esa tos se volvió tan intensa
que Malygos se preguntó si tal vez su salvación iba a hallarse en que Galakrond sucumbiera
ante ese mal que padecía, fuera cual fuese. Aunque pronto quedó claro que eso no sería así,
ya que, tras unos estruendosos momentos, dejó de toser.
No obstante, durante ese ataque de tos, Kalec pudo observar que se habían producido
algunos cambios muy leves en Galakrond. Algunos de sus apéndices y ojos extra se habían
encogido, y unos pocos se habían marchitado tanto que se convirtieron en poco más que
meros trocitos de carne moteada. Además, cuando la tos remitió, no recuperaron su estado
anterior.
Si bien Kalec temía que su anfitrión no reparara en lo que él había percibido, pronto
descubrió que había subestimado a Malygos. El macho azul como el hielo tuvo que reprimir
un siseo al percatarse de ello y esperó a que Galakrond se marchara mientras atesoraba esa
información como oro en paño.
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El Alba de los Aspectos
Tras escrutar de nuevo brevemente la zona, Galakrond continuó por fin avanzando.
Sin embargo, Malygos no se movió durante varios minutos, por lo cual tampoco pudo ver si
los demás abandonaban sus escondites. Aunque lo más lógico era que, después del último
regreso repentino del monstruo, ninguno de los cinco quisiera correr ningún riesgo.
Al final, Malygos se atrevió a arriesgarse y salió raudo y veloz de su refugio en
dirección hacia el lugar donde había visto desaparecer a Alexstrasza. Al principio, lo invadió
una honda preocupación al divisar los restos de la avalancha acaecida en esa zona. Sin
embargo, al acercarse, vio cómo la protodragona asomaba el hocico entre esas sombras tan
profundas y olisqueaba el aire para, a continuación, mostrarse a plena vista.
—¿Y los demás? —preguntó preocupada; sin lugar a dudas, su hermana era el
motivo principal de tanta inquietud.
Malygos se limitó a encogerse de hombros, pues no podía hacer otra cosa. Después,
se dirigieron hacia donde habían visto por última vez a Nozdormu, hacia un lugar donde
todavía había más rocas sepultando la zona. Aunque al contrario que había sucedido con
Alexstrasza, se encontraron a Nozdormu sentado sobre los escombros, aguardando
expectante a sus camaradas.
—¿Están heridos? —inquirió a ambos. En cuanto vio que los dos negaban con la
cabeza, extendió las alas. La izquierda la movió de un modo notoriamente más lento que la
derecha—. Me duele… pero solo es dolor.
A pesar de que Nozdormu mantuvo un tono de voz imperturbable, Kalec pudo notar
que tanto Malygos como Alexstrasza estaban preocupados por él. Cualquier herida, por
pequeña que fuera, podía ralentizar a Nozdormu cuando llegara el momento crucial.
Por mucho que Nozdormu le preocupara, Alexstrasza decidió llevar la conversación
hacia un terreno que le interesaba mucho más.
—¿E Ysera?
—Estoy aquí. —La hembra amarillenta se posó justo detrás de su hermana—. Sana
y salva.
A Kalec le dio la sensación de que parecía un tanto enojada, como si no quisiera que
su hermana temiera tanto por ella, a pesar de que acababan de superar una situación muy
peligrosa y apurada.
Permanecieron callados un momento hasta que Malygos preguntó con cierta cautela
algo que probablemente todos tenían en mente.
—¿Y Neltharion?
Ninguno de los demás sabía nada al respecto. Malygos siseó. A continuación,
despegó y voló hacia el último lugar donde sabían que se había refugiado el macho gris
como el carbón… pero acabó retrocediendo abruptamente ante lo que descubrió.
El sitio que Neltharion había escogido había acabado aplastado por más escombros
que cualquier otro emplazamiento. Malygos pensó que era imposible que nadie hubiera
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El Alba de los Aspectos
salido vivo de ahí. Kalec compartía sus dudas, a pesar de que logró recordar que Neltharion
debería haber sobrevivido, ya que acabaría convirtiéndose en Deathwing.
Entonces, un tenue y lejano sonido captó la atención de Malygos. Al mismo tiempo,
Alexstrasza y los demás aterrizaron junto al anfitrión de Kalec. Ellos también oyeron ese
ruido.
Malygos revolvió entre las rocas y descubrió que el saliente donde el macho gris
como el carbón había corrido a refugiarse se extendía mucho más de lo que había dado por
supuesto en un principio. Si bien eso le hacía albergar alguna esperanza, el hecho de que esa
parte de ese saliente también se hubiera derrumbado bajo el peso de las avalanchas hacía
que esas esperanzas fueran aún más escasas. Sí, Neltharion podía seguir vivo, pero ¿en qué
estado?
Volvieron a oír ese ruido, aunque esta vez bajo las zarpas de Malygos, quien dio un
salto hacia atrás, pues temía que pudiera estar aplastando a su compañero con su peso.
El anfitrión de Kalec apoyó la cabeza sobre los escombros. Entonces, oyó que
alguien que se movía ahí abajo tomaba aire.
—¡Está aquí!
Con las garras traseras, el macho azul excavó esa pila de escombros. Los demás se
aproximaron, y Alexstrasza fue apartando las rocas que Malygos iba quitando. Nozdormu
hizo ademán de querer ayudar a Malygos con su labor, pero Ysera se le puso delante y se
dispuso a cavar con ganas. Al final, Nozdormu aunó esfuerzos con Alexstrasza para
deshacerse de las rocas que los otros habían extraído para que Malygos e Ysera pudieran
seguir sacando más del lugar donde Neltharion se encontraba enterrado.
A sus pies, reinaba ahora el silencio, lo cual provocó que el protodragón azul como
el hielo cavara con más fuerza si cabe. Pero para su sorpresa, Ysera cavó aún con más brío.
Cavaba a un ritmo frenético y, aunque al anfitrión de Kalec no se le había ocurrido, este se
dio cuenta de que reaccionaba así porque ella debía de estar pensando en los protodragones
que Talonixa había enterrado vivos. Ysera no quería que Neltharion sufriera tal destino; no
obstante, Kalec deseaba en parte que los protodragones abandonaran a Neltharion a su suerte
y lo dejaran morir, puesto que un futuro sin Deathwing era algo que las generaciones
posteriores de las criaturas que poblaban Azeroth habrían agradecido sobremanera.
Sin embargo, tanto Malygos como los demás hicieron un esfuerzo hercúleo para
poder rescatar a su amigo. Ysera profirió un siseo y se valió de sus débiles zarpas delanteras
para apartar piedras. Entonces, vieron una parte de un ala. De inmediato, resultó evidente
que Neltharion estaba tan atrapado que no podía mover siquiera las alas, que tenía muy
pegadas al cuerpo, lo cual explicaba que no hubiera podido hacer nada para ayudar a que lo
rescataran. Aunque lo que le había salvado había sido que la parte del saliente donde se
hallaba su cabeza había permanecido intacta. Si se hubiera derrumbado, le habría aplastado
el cráneo como un huevo.
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El Alba de los Aspectos
El futuro Deathwing tosió al intentar dar una bocanada de aire fresco; la forma en
que había estado a punto de morir le resultó un tanto irónica a Kalec, pues sabía que
Neltharion acabaría convirtiéndose, de algún modo, en el Aspecto de la Tierra. Como seguía
atrapado, tuvo que esperar a que Malygos e Ysera desenterraran toda esa ala por entero para
poder ser capaz de moverse. En cuanto esa ala quedó libre, Neltharion la estiró, y de ese
modo también pudo utilizar una de sus garras delanteras. A pesar de que eran muy débiles
comparadas con sus zarpas traseras, podía usarlas para apartar parte de esas rocas que lo
mantenían atrapado.
Mientras liberaban a Neltharion, pudieron examinar mejor las heridas que había
sufrido. Aunque había sobrevivido sin lesiones graves, al igual que Nozdormu, estaba
plagado de marcados moratones y estaba cubierto de sangre en diversas partes; además, tenía
algún desgarro que otro en las alas; no obstante, tras echarle un vistazo, Malygos concluyó
que, aparentemente, ninguna de esas heridas podría impedir que el macho gris como el
carbón volara.
Neltharion se puso en pie tambaleándose y alzó la vista.
—¿Y Galakrond?
—Se ha ido —respondió Malygos—. Por ahora…
—Es tan poderoso —murmuró Ysera a la vez que se acercaba más—. ¡Tanto! ¿Qué
podemos hacer?
Su hermana no vaciló.
—Luchar… o morir.
Neltharion, que había recuperado el aliento, resopló.
—¡Humf! Entonces, probablemente, moriremos. —Pero al instante, añadió—:
Aunque mejor morir luchando.
—Sí, mejor morir luchando —admitió Malygos, quien centró su mirada sobre todo
en Alexstrasza—. Aunque sería aún mejor que siguiéramos vivos después de luchar.
—Sí, mejor —repitió la hembra.
Pero cómo iban a hacerlo era una terrible cuestión para la que no tenían respuesta.
Antes que nada, tenían que dar con otro lugar donde esconderse mientras cavilaban sobre
cómo iban a combatir algo que parecía invencible.
Sigue las montañas.
Si bien ese pensamiento había sido implantado en la mente de Malygos con tal
sutileza que el protodragón no se dio cuenta de que no era suya, Kalec sí se percató de que
no lo era. Pero no podía identificar su origen; no parecía ser Tyr, puesto que él, seguramente,
se habría identificado. Y si se trataba de otro guardián, ¿por qué no había mencionado nada
al respecto? De un modo curioso, esa situación le recordaba a Kalec a algo, pero no sabía
exactamente a qué.
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El Alba de los Aspectos
Aunque la verdad es que eso no importaba y tenía que admitirlo. Kalec solo era un
observador cautivo de esa visión sin fin, en la que no podía influir para nada. Si bien eso le
enfurecía, era la única existencia que conocía… o que, al menos, recordaba por el momento.
¡Pero si tengo otra vida!, se insistió a sí mismo de repente Kalec. El… el Nexo y…
y…
Había un nombre que el dragón azul quería (no, necesitaba) recordar. No, no era el
suyo. Además, hacía poco que lo había recordado. Era un nombre de mujer. Uno que Kalec
debería conocer muy bien, uno que había plagado a menudo sus pensamientos antes de que
esas visiones se hubieran adueñado de él.
Esa revelación hizo que, por fin, se despertaran en él algunos fragmentos de
recuerdos olvidados.
Ja… ¿Jalya? Jay… ¿Jaina? ¡Jaina!
Súbitamente, sus recuerdos más recientes regresaron con fuerza. Era más que
probable que Jaina estuviera intentando entrar en el Nexo y, si era así, se hallaba en grave
peligro.
¡Tengo que salvarla! Tengo que…
La visión se desvaneció de forma abrupta. Kalec recibió a la oscuridad, contra la que
había vociferado muy a menudo, con los brazos abiertos, a la vez que rogaba que le
devolviera al Nexo.
Había algo duro apoyado sobre él, o, más bien, él se encontraba apoyado sobre una
superficie dura. A pesar de que era incapaz de verlo, Kalec tuvo que dar por sentado que se
trataba del suelo de la cámara, y eso lo animó aún más. Entonces, hizo un tremendo esfuerzo
para poder mover alguna parte de su cuerpo.
Ka…
Conocía esa voz, pero una vez más se preguntó a quién pertenecía. A Jaina. Sí, era
Jaina. Ya lo había olvidado. ¿Cómo es posible? ¿Cómo puedo seguir olvidando cosas?
La reliquia. ¡Kalec descubrió en ese instante que también se había olvidado de la
maldita reliquia!
¿Kalec?
Esta vez, oyó la voz de Jaina con más claridad, a pesar de que sonaba más lejana.
Ella repitió el nombre del dragón, pero esta vez, él apenas pudo escucharla.
Presa de la desesperación, Kalec intentó reaccionar en el plano físico. Para su
sorpresa, notó cómo arañaba el suelo con las uñas (¿o eran garras?). Aunque eso hizo que
un escalofrío le recorriera por entero, dio la bienvenida a esa sensación de incomodidad, ya
que le permitía aferrarse ligeramente a la realidad. Se concentró en eso y en Jaina, para
intentar crear un vínculo que lo anclara más fuerte con el mundo real gracias a ambos
factores.
¡Kalec! ¡Escúchame!
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El Alba de los Aspectos
Volvió a escuchar su voz con fuerza. Al mismo tiempo, el dragón azul logró rascar
el suelo por segunda vez. Las sensaciones físicas regresaron. Notó cómo fluía la sangre por
sus extremidades y su torso.
Algo que se asemejaba a una respiración (aunque era incapaz de saber si era la de él
o la de ella) reverberó en sus oídos.
¡Jaina! ¡Jaina! Kalec maldijo a su propia boca, porque esta se negaba a responder a
sus deseos. Tenía que hacerle saber que podía oírla…
Un rugido distante ahogó la voz de Jaina justo cuando ella repetía el nombre del
dragón.
Ese bramido estremeció a Kalec, no solo porque fuera muy repentino, sino también
porque sabía que no lo había lanzado un dragón sino un protodragón.
¡Jaina! Jai… Kalec titubeó. ¿Era ese el nombre correcto? Además, ¿de quién era ese
nombre? De una mujer, ciertamente, pero las únicas mujeres con las que tenía cierta relación
eran Alexstrasza y su hermana Ysera. ¿Acaso había intentado llamar a una de ellas?
La oscuridad se esfumó… y se encontró volando con Malygos, como siempre.
Pero esta vez, Kalec sabía que las cosas habían cambiado. Aunque no sabía cómo.
Seguía existiendo como algo escondido en una parte de Malygos, algo que siempre estaba
observando. Kalec no sabía cómo habían llegado a ser las cosas así; solo sabía que estaba
unido, y siempre lo estaría, a ese protodragón, a su anfitrión.
De ese modo, quedaba completamente olvidado, al menos por ahora y quizá para
siempre, un futuro donde la voz de una mujer asustada continuaba llamándolo por su nombre
en vano.
Jaina se desplomó. Su plan había fracasado. De un modo muy ambicioso, había
intentado pasar a formar parte del vínculo que unía a Kalec y la reliquia para que, una vez
acompasada con sus pulsaciones, poder entrar en contacto con el dragón inconsciente de una
manera mejor. De este modo, la archimaga había intentado atraerlo hacia ella y, por tanto,
hacia la realidad de nuevo.
No obstante, la reliquia había acabado imponiéndose. Durante unos breves instantes,
Jaina había estado muy cerca de tener éxito. Sin embargo, el vínculo que había logrado crear
había sido cercenado sin previo aviso. La reliquia había tomado medidas para paliar su
intrusión, al igual que había hecho, durante un tiempo, en un principio, para frustrar sus
intentos de penetrar en el Nexo.
Aun así…
Jaina se levantó del suelo al mismo tiempo que observaba detenidamente a Kalec.
Su respiración se hallaba perfectamente acompasada con las pulsaciones de la reliquia. Su
cuerpo se había deformado aún más, ya no tenía un aspecto tan humanoide, pero tampoco
tan dracónico. Había ciertas peculiaridades en él, sobre todo en el torso, que no le recordaban
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El Alba de los Aspectos
a ningún rasgo especial de los diversos Vuelos de Dragón, aunque le seguían resultando
vagamente familiares. Las había visto antes.
En alguna otra criatura… pero ¿en cuál? Durante su adiestramiento, Jaina
Proudmoore había estudiado prácticamente a todas las bestias importantes, puesto que los
miembros del Kirin Tor tenían que conocer la flora y fauna de Azeroth por diversas razones;
entre las cuales destacaba la de poder sobrevivir. A esta, en concreto, la había visto, sin
duda…
No sería un protodragón, ¿verdad?
No parecía posible. Si bien sabía que Kalec podía asumir más de una forma, Jaina
no tenía ni idea de por qué iba a transformarse en algo tan similar a un dragón, pero no tan
poderoso. Aun así, al examinarlo más de cerca, pudo comprobar que esos rasgos de
protodragón eran más que evidentes. Y lo que era aún peor, uno de los brazos de Kalec era
claramente más corto de lo que debería, otro cambio que lo hacía aún más parecido a esas
bestias.
De repente, Kalec lanzó un fuerte rugido, que no era el propio de un dragón. Al
hacerlo, mutó todavía más. Sus pies se tomaron más pesados, como sucedía con las
extremidades traseras de los protodragones, las cuales eran más voluminosas que sus
extremidades anteriores.
Al mismo tiempo, las pulsaciones de la reliquia se aceleraron. El aura del objeto se
expandió y envolvió también a Kalec.
Jaina intentó alcanzarlo, pero lo único que logró es estar a punto de chamuscarse las
yemas de los dedos. Hasta entonces, esa aura no había desprendido el más mínimo calor,
pero ahora quemaba como el fuego. Kalec siguió transformándose de manera descontrolada.
Su cuerpo se oscureció.
Aunque la archimaga se escudó mágicamente e intentó agarrar al ex Aspecto por
segunda vez, tuvo que apartarse por culpa de un calor cada vez más intenso. Una jadeante
Jaina también pudo comprobar cómo la respiración de Kalec se aceleraba aún más, al
compás del incremento de pulsaciones de la reliquia.
¡Esto no puede seguir así mucho tiempo! ¡No puede! Jaina sabía perfectamente que
llegaría un momento en que el cuerpo de Kalec ya no soportaría más esa demencial
metamorfosis. Aunque fuera una criatura mágica, seguía teniendo limitaciones mortales.
A pesar de que Kalec era un dragón, acabaría quemándose literalmente y, por ahora,
Jaina no tenía ni idea de cómo iba a poder salvarlo.
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CAPÍTULO TRES
CINCO CONTRA LO
IMPOSIBLE
Malygos y Kalec siguieron las montañas, tal y como había sugerido la voz que
había resonado en la mente del protodragón, pero si esperaban hallar algo espectacular o
sorprendente al final, ambos se llevaron una decepción. Las montañas se abrieron y fueron
a parar a un valle con forma de cuenco que, por alguna razón, inquietó a Kalec. Malygos lo
consideró un mero destino más, uno donde tal vez Galakrond nunca los buscaría o donde ya
no los buscaría tras haber pasado por él.
Un arroyo discurría por ese lugar. Los cinco protodragones aterrizaron para beber en
él. Y pensar. Jamás, en todas sus vidas, habían tenido tanto en qué pensar. Malygos miró a
los demás y se preguntó si se sentirían tan agotados como él.
Parpadeó. Lejos de los cinco, una roca redonda flotaba a la deriva en el agua, allá
donde el curso se ensanchaba. Como hasta los protodragones sabían que las rocas no flotaban
a la deriva en el agua, Malygos aleteó para elevarse en el aire y voló hacia ese objeto.
El anfitrión de Kalec viró para retroceder en cuanto reconoció qué era eso que yacía
sumergido a medias. Tal y como Malygos había sospechado, se trataba de otro cuerpo de
protodragón. Sin embargo, al final, se atrevió a posarse junto a él en el arroyo y, entonces,
se percató de algo muy peculiar.
Acto seguido, oyó un chapoteo a sus espaldas que anunció la impetuosa llegada de
Neltharion. El macho gris como el carbón se acercó dando grandes zancadas hacia Malygos
y escrutó lo que acababan de descubrir.
—Lo ha matado Galakrond. Deberíamos destruirlo antes de que se alce.
Malygos negó con la cabeza.
—No hace falta. Era un no-vivo que vuelve a estar muerto.
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El otro protodragón soltó un resoplido plagado de incredulidad. Palpó el cuerpo, que,
como se había estado pudriendo antes de su segunda «muerte», ahora se estaba
desmoronando con suma facilidad en el agua.
—¿Cómo es posible que un no-vivo deje de vivir si no lo hemos destruido nosotros?
Kalec, quien se mantenía muy atento, también se preguntaba lo mismo. Lo primero
que pensó fue que o bien otro protodragón había logrado hacer lo que Neltharion sugería, o
el no-muerto, por alguna razón, se había desmoronado sin más. No obstante, no había nada
que indicara que la segunda hipótesis fuera la correcta; además, a su anfitrión tampoco le
convencía esa respuesta.
Lo cual dejaba solo una cuestión en el aire: ¿quién había destruido realmente a ese
enemigo? ¿Otro guardián?
Malygos se inclinó aún más. Con su desarrollado sentido del olfato detectó otro olor,
uno que al principio supuso que se encontraba ahí por una razón totalmente lógica. Entonces,
mientras contemplaba esos restos descompuestos, se dio cuenta de otra cosa sobre su estado
que le llamó la atención. Antes, habían tenido un aspecto reseco. Ahora, apenas se mantenían
en su sitio. En cuanto Malygos lo palpó un poco, las partes que el agua del caudal todavía
no había tocado quedaron reducidas a cenizas, sin más.
Nada más ocurrir eso, el olor (o, más bien, hedor) que el anfitrión de Kalec había
percibido se incrementó por diez.
La respuesta a cuál era el origen de esa peste brotó de la boca de Neltharion antes de
que el otro protodragón pudiera imaginarse por qué pronunciaba ese nombre.
—¡Ha sido Galakrond!
—¡No, ya no es Galakrond! —le espetó Malygos, quien, con un tono más calmado,
añadió—: Ya no.
—¿Qué quieres decir?
Ni siquiera Kalec estaba seguro de qué estaba pensando Malygos en esos momentos,
puesto que lo poco que podía leer en su mente no tenía ningún sentido. No obstante,
rápidamente, Malygos expresó en voz alta ese razonamiento tan cuestionable.
—Sí, Galakrond estuvo aquí. Y sí, Galakrond… devoró a este no-vivo.
Neltharion lo miró como si estuviera loco. Los otros tres, que acababan de sumarse
a ellos para ver qué era eso que tanto fascinaba a ambos, también habían escuchado las
palabras de Malygos.
—Galakrond se comió a este… ¿a este no-vivo? —preguntó un Nozdormu
completamente desconcertado—. ¡Pero si solo se come a los vivos! ¿Por qué se comió a este
muerto?
—Ya, ¿qué quedaba en este que pudiera comer? —inquirió Alexstrasza, a la vez que
olisqueaba el cadáver y fruncía la nariz—. Sí, Galakrond estuvo aquí. Y no hace mucho.
—La hembra entornó los ojos, pensativa—. Malygos tiene razón.
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—¡Pero estaba muerto! —insistió Neltharion—. ¡Y hace mucho! ¡No tenía carne!
¡No tenía vida!
De hecho, lo único que quedaba ahí era la peste cada vez más intensa de la
putrefacción. Sin embargo, Malygos detectaba algo en ese hedor a descomposición que no
encajaba, como si hubiera algún detalle relacionado con ello que se le escapara.
—Este estaba vivo y murió —acertó a decir, mientras buscaba organizar las palabras
de tal manera que pudiera cerciorarse de que todos (él incluido) lo entendieran
completamente—. Y se convirtió en un no-vivo. Se movía, aunque estaba muerto. Estaba
muerto, pero se movía.
Como es lógico, Kalec fue el primero en entender qué era lo que intentaba explicarles
Malygos. A pesar de ser el ex Aspecto de la Magia, Kalec dudaba mucho que hubiera sido
capaz de dar con la única solución posible a ese enigma antes que su joven anfitrión. De los
otros cuatro protodragones, fue Ysera la primera en comprenderlo con más rapidez.
—Los no-muertos se mueven. Porque algo los hace moverse. Y no es la sangre. Ni
la vida. Es otra cosa.
—¿La «no-vida»? —masculló Neltharion—. ¿Existe la «no-vida»?
Los protodragones no habían vivido mucho tiempo en un mundo plagado de no-
muertos, tal y como había hecho Kalec, quien lo recordó abruptamente, pero sí habían
llegado a entender algo muy importante.
Aun así, los cadáveres reanimados de las víctimas de Galakrond no eran exactamente
como la mayoría de esos seres a los que el dragón azul se había enfrentado, tal y como ahora
iba recordando poco a poco. Lo que parecía impulsar a estos era, simplemente, lo que
Malygos había dejado entrever: una energía que tal vez fuera un producto residual de la
absorción por parte de Galakrond de la esencia vital de criaturas vivas. Era casi una parodia
de esa misma esencia, lo cual hacía que llamarla «no-vida» fuera muy apropiado.
Aunque esa teoría fuera acertada, no explicaba por qué Galakrond estaba
absorbiendo ahora esta esencia, lo cual era realmente perturbador. ¿Por qué?, se preguntó
Kalec, consciente de que en este aspecto se planteaba los mismos interrogantes que Malygos.
¿Por qué?
Una vez más, fue el anfitrión quién descubrió la posible razón. Malygos alzó la
cabeza y su mirada se perdió en la lontananza. Solo Kalec sabía que estaba aguzando el oído
para oír algo en particular.
—No hay gritos —afirmó Malygos con voz ronca—. Ni llamadas.
—Todos temen a Galakrond —señaló Alexstrasza—. Todos han huido, o se han
escondido… o han muerto.
—Galakrond sigue creciendo, sigue cambiando. Los protodragones crecen cuando
comen suficiente. —El macho azul como el hielo se valió de las alas para señalar a las
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El Alba de los Aspectos
montañas—. Aquí no queda nada para Galakrond. Nada lo bastante grande. Nada… salvo
los no-muertos.
Aunque los cinco ya lo entendían todo, Kalec vio a través de Malygos que no querían
aceptar los hechos. Para ellos, el factor de que Galakrond devorara esa energía, o lo que
fuera, que animaba a los no-muertos era como si ese coloso hubiera ido mucho más allá del
canibalismo.
Sin embargo, lo que más le inquietaba a Kalec era lo que esta nueva y horrenda forma
de alimentarse podía significar para el imparable proceso de metamorfosis de Galakrond. Si
al absorber la esencia de sus víctimas se había transformado en un monstruo tan deforme, lo
lógico sería que con sus nuevos hábitos alimenticios se deformara aún más.
A los cinco protodragones no les alegraba demasiado que fuera posible que los no-
muertos pudieran acabar siendo erradicados por culpa del hambre de Galakrond, pues sabían
que la principal meta de la existencia del coloso seguía siendo dar caza a presas vivas, y
sobre todo a ellos.
Desde el punto de vista de Malygos, solo había una salida. Aun así, una vez más,
intentó que los demás no participaran en lo que parecía ser una misión destinada al fracaso.
El macho azul como el hielo miró a los otros cuatro.
—Debo enfrentarme a Galakrond. Ahora. Y solo.
—No. —Alexstrasza se abrió camino a empujones hasta situarse en medio del
grupo—. Somos una familia. Siempre luchamos juntos.
Con familia no quería decir que simplemente fueran amigos y se debieran lealtad,
sino, más bien, que era como si los cinco fueran del mismo color y tuvieran un aspecto
parecido, como si hubieran nacido de unos huevos del mismo tipo, a pesar de que eso no
fuera así realmente.
—Sí —admitió Neltharion, dejándose llevar por cierta indignación ante la sugerencia
inicial hecha por Malygos—. ¡Lucharemos como una familia! ¡Lucharemos juntos!
—Pero no somos familia —replicó Ysera—. Luchamos de maneras distintas. No
somos iguales.
No dijo esas palabras para rebatir a su hermana, sino con un tono que indicaba que
esas diferencias aún eran importantes.
Malygos asintió, pues ya había meditado al respecto y consideraba que en eso mismo
residía precisamente su fortaleza. Y tal vez también los cimientos de su única esperanza.
—Sí, luchamos de maneras distintas —afirmó—. Y lucharemos juntos. Es más,
aprovecharemos esas diferencias. Tyr me enseñó el camino, pero él no era un protodragón,
no pensaba como nosotros. Debemos pensar nuestros planes como protodragones.
Pese a que ese discurso tenía mucho sentido para Malygos, Kalec no lo tenía tan
claro. Tyr, a pesar de todo su poder, de toda su obvia sabiduría, había liderado a los cinco
como si estos lucharan como él. Se había valido de sus habilidades individuales, sí, pero con
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El Alba de los Aspectos
el fin de complementar las suyas propias. Había combatido contra un protodragón (un
protodragón enorme) como si se enfrentara a algo similar a él.
No obstante, Tyr había acertado al enseñarles que sus habilidades individuales
combinadas podían funcionar mejor que si todos ellos hubieran pertenecido a una sola
familia de protodragones realmente. Cinco Malygos no habrían tenido más posibilidades de
triunfar que ellos. Cinco Neltharion no habrían tenido ninguna.
Además, Malygos también tenía que admitir que no todos los grupos de cinco
protodragones distintos habrían podido colaborar tan bien como el que había liderado Tyr.
No quería ni imaginarse lo que un grupo en el que se hubiera encontrado incluido alguien
como Coros podría haber hecho frente a Galakrond.
Aún no hemos ganado nada, se recordó el anfitrión de Kalec a sí mismo bruscamente.
Lo más probable es que lo perdamos todo.
No obstante, Malygos estaba más preocupado por sus cuatro compañeros que por su
futuro. Tenía que asegurarse de que los lideraba de la mejor forma posible, y eso significaba
sacar el mayor provecho posible a sus diferentes habilidades.
¡Pero si solo soy un protodragón! Ese pensamiento atravesó a Malygos con tal
virulencia que Kalec también notó ese ataque fugaz de miedo. Aun así, lo único que tuvo
que hacer su anfitrión fue mirar a Neltharion y al resto (quienes, a su vez, aguardaban a que
diera la orden) para saber que ya no podría renunciar a su papel de líder.
Pero había alguien que parecía dispuesta a ayudarlo a sobrellevar gran parte de esa
carga. Entonces, posó su mirada en Alexstrasza.
Ella parecía entender su preocupación. Tras lanzar una mirada breve y solemne a
Malygos, Alexstrasza centró de inmediato su atención en Neltharion.
—¿Cómo luchan los de tu raza? Explícanoslo… muéstranoslo.
Al instante, Neltharion les mostró los dientes al esbozar una amplia sonrisa de reptil.
Extendió las alas y, acto seguido, exhibió las habilidades de combate propias de su familia…
De improviso, la visión cambió y, aunque a Kalec le habría gustado saber más sobre
las habilidades de los otros cuatro, no le sorprendió que tuviera lugar ese salto. De hecho,
por primera vez, el dragón azul se sintió a gusto con el salto. No se le ocurrió pensar que eso
podría ser un mal augurio para él.
La escena que se desplegó ante sus ojos no pudo haber tenido lugar mucho tiempo
después de esa visión anterior que acababa de abandonar. Si bien los cinco seguían en las
montañas, ahora se hallaban posados en la cima de un tortuoso pico, vigilando y esperando.
No obstante, en el cielo no se veía a esa criatura tan vasta que prácticamente era
imposible que se escondiera, lo cual resultaba muy sospechoso. Tampoco había ni rastro de
los no-muertos, lo cual inquietaba sobremanera al líder del grupo.
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El Alba de los Aspectos
—¿Dónde está Galakrond? —inquirió Malygos gruñendo—. ¿Dónde? —En ese
instante, estiró las alas de manera nerviosa y, a continuación, comprendió por fin qué tenían
que hacer—. ¡Debemos atraerlo hacia nosotros! ¡Debemos hacerle saber que estamos aquí!
Profirió un rugido. Tal y como esperaba, el bramido resonó por todas esas montañas,
aunque no le pareció lo bastante potente.
Antes de que Malygos pudiera sugerir nada, Alexstrasza alzó la cabeza y rugió como
él. Los otros tres la imitaron y, en solo unos segundos, los cinco se hallaron gritando al
unísono.
Los ecos de sus bramidos combinados resonaron con fuerza e incluso aumentaron de
intensidad mientras se alejaban veloces de sus fuentes originales. A pesar de su gran
potencia, a la mayoría de los protodragones normales le habría resultado imposible oírlos,
salvo que se hallaran a menos de dos o tres horas de distancia volando.
No obstante, Galakrond no era precisamente un ser normal.
Unos truenos rugieron al este, unos truenos que resonaban de manera extrañamente
regular.
No, no son truenos, dedujo al fin Malygos. Son los aleteos de unas alas muy, pero
que muy enormes.
Mientras los otros cuatro se giraban en esa dirección, el cielo se oscureció en esa
zona.
Galakrond, que era de nuevo un cincuenta por ciento más grande que la última vez
que lo habían visto, avanzaba pesadamente hacia los cinco. Tosía y carraspeaba de vez en
cuando y, cada vez que lo hacía, su aura se desvanecía levemente.
Malygos tomó buena nota de ese detalle mientras se elevaba del lugar donde había
estado posado. En ningún momento se le ocurrió pensar que Galakrond fuera a ser presa
fácil para ellos, ni siquiera que derrotarlo fuera factible. Sin embargo, los protodragones
debían explotar cualquier posible flaqueza, si querían tener alguna esperanza.
Malygos, que confiaba en que los demás cumplirían su parte, voló sin titubear hacia
Galakrond.
El coloso dejó de toser y el aura reapareció. Galakrond contempló detenidamente
cómo esas patéticas figuritas se le aproximaban… y se echó a reír. Las montañas temblaron
ante esas carcajadas, que podrían haber tapado con suma facilidad los débiles gritos que
Malygos y sus compañeros habían dado antes.
—¡Bocaditos! —exclamó, con un tono casi amable—. ¡Ahí están!
Los cinco paladines no le respondieron al acercarse, sino que se desplegaron.
—Últimamente, mi comida está tan… tan reseca —prosiguió diciendo Galakrond
alegremente—. Sabe tan mal, pero tengo tanta hambre… —En ese instante, clavó su brutal
mirada en Malygos—. Ssssssiempre tengo hambre.
Entonces, exhaló.
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El Alba de los Aspectos
Los cinco esperaban que reaccionara precisamente así. De inmediato, se elevaron
más alto en el cielo y se separaron todavía más. La nociva niebla que Galakrond había
lanzado se esparció a lo largo y ancho del aire, pero al intentar mantener a los cinco dentro
de su campo de acción, el coloso deforme no pudo acabar con ninguno. Ysera fue la que más
cerca estuvo de acabar atrapada en los confines de esa niebla, pero la hembra amarillenta
logró esquivarla en el último segundo dando un fuerte acelerón.
Malygos disimuló el tremendo alivio que sintió al verla escapar por tan poco y
descendió en picado sobre Galakrond. El protodragón azul como el hielo abrió la boca de
par en par y atacó. Una columna de escarcha cayó sobre el gigantesco Galakrond, quien
recibió ese asalto insignificante con una risa burlona.
En ese momento, Alexstrasza intervino sin más dilación y arrasó una larga sección
del torso de Galakrond con su fuego, aunque esas llamas apenas hicieron mella en esa dura
piel.
Pero sí afectaron, y mucho, a los ojos adicionales del monstruo. Se derritieron como
mantequilla, se disolvieron como el agua y se ennegrecieron como la madera. Haciendo gala
de una gran puntería, Alexstrasza destruyó todos los ojos de una amplia sección del costado
izquierdo de Galakrond y, al instante, se alejó volando hasta perderse de vista.
El monstruoso protodragón rugió, pero esta vez, con un tono que hizo sentir un
siniestro gozo tanto a Malygos como a Kalec. Galakrond estaba experimentando un dolor
que no había sufrido ni siquiera al combatir a Tyr.
—¡Te devoraré a ti primero! —le gritó a Alexstrasza, mientras esta se esfumaba—.
¡Paladearé tu vida! ¡Te convertiré en uno de los míos y, luego, te devoraré de nuevo!
Malygos no pudo evitar estremecerse al mismo tiempo que continuaba
desempeñando su papel en el ataque. Los cinco se enfrentaban a un mismo funesto destino
en potencia: acabar convertidos en uno de los no-muertos para luego acabar esa existencia
como un aperitivo un tanto amargo, pero todavía apetecible.
En cuanto Galakrond se giró para mirar hacia Alexstrasza, una columna de arena fue
a impactar sobre su torso, en el otro costado. La arena se extendió del mismo modo que lo
habían hecho antes las llamas de Alexstrasza, y Nozdormu centró su asalto también en los
ojos extra que habían surgido en esa zona. Los granos de arena, al ser lanzados a tal
velocidad, cortaban como si fueran unas garras diminutas y, cuando menos, cegaron esos
orbes al irritarlos, aunque en general los lastimaron y enrojecieron tanto que el coloso ya no
pudo volver a ver con ellos.
Tal y como había hecho anteriormente la hembra naranja como el fuego, Nozdormu
huyó raudo y veloz en otra dirección.
Si bien Tyr se había valido de algunas de las estrategias que solían utilizar los
protodragones para luchar, no las había aprovechado al máximo, pues no pensaba como un
protodragón. A pesar de que todos los miembros de las diversas familias de la especie de
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Malygos preferían cazar individualmente, cuando surgía la necesidad de capturar una presa
muy grande, los protodragones eran capaces de cazar en manada de una manera muy eficaz.
La manada luchaba unida y mantenían a la presa desconcertada. Tyr había fracasado al final
porque había optado por convertirse en la amenaza principal a la que Galakrond debía anular.
La falta de una verdadera coordinación entre el guardián y los cinco había sido la causa de
su fracaso.
Juntos, Malygos y Alexstrasza habían pretendido corregir ese error. Solo esperaban
no haber hallado otro sendero distinto que los llevara también al fracaso, pues a la tercera
no iría la vencida. O luchaban y vencían aquí y ahora, o combatían y perecían aquí y ahora…
y en este último caso, si eran destruidos, y Tyr había tenido razón en una cosa al menos, ya
no habría ninguna esperanza para su mundo.
Malygos jamás habría llegado a creer posible que llegase el día en que tuviera más
preocupaciones aparte de cuál iba a ser su próxima comida. Además, era consciente de que
los demás habían llegado a ser como él, pues ya no temían solo por sí mismos, sino por todo.
Incluso estaban dispuestos a sacrificar sus vidas si eso significaba que iban a poder salvar
su mundo.
Por ahora, Malygos era el único de los tres que seguía hallándose muy
peligrosamente cerca de Galakrond. Una vez más, volvió a convertirse rápidamente en el
centro de atención del monstruo enfurecido.
Sin embargo, Galakrond no exhaló, como Malygos había previsto que hiciera. En
vez de eso, el leviatán bajó las dos zarpas traseras y destrozó algunas partes de las montañas
más cercanas. Lo hizo a tal velocidad que el anfitrión de Kalec apenas había logrado ladearse
para iniciar la maniobra de alejamiento cuando unos fragmentos de tierra sólida se le
vinieron encima.
Uno de esos misiles pasó rozando a Malygos solo un segundo después. El macho
azul como el hielo apretó los dientes mientras esperaba que un segundo hiciera lo mismo.
Por desgracia, este le alcanzó en el ala izquierda.
El impacto hizo que Malygos saliera despedido dando vueltas en el aire. Si bien esa
nueva agonía despertó el dolor casi olvidado de otras heridas previas, eso no era nada
comparado con los breves y rápidos atisbos que el pequeño protodragón tuvo sobre
Galakrond mientras daba tumbos por el cielo. El monstruo ocupaba cada vez más espacio
en el campo de visión del anfitrión de Kalec, que era incapaz de enderezarse con una mayor
rapidez.
Y lo que era aún peor, vio que Galakrond no solo tenía sus cuatro zarpas principales
repletas de más tierra y rocas, sino que los apéndices extra que Malygos alcanzaba a discernir
estaban haciendo lo mismo. El aterrador coloso lanzó una inmensa salva de piedras y tierra
con un único propósito obvio: asegurarse de que el anfitrión de Kalec no pudiera esquivar
su final.
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A pesar de que Malygos se hallaba en grave peligro, este no pudo evitar preguntarse
dónde estaba Ysera. Supuestamente, debía de haber sido la siguiente en atacar mientras el
anfitrión de Kalec distraía al enemigo; además, a pesar del destino que pudiera acabar
sufriendo, el protodragón esperaba que los demás siguieran adelante con el plan.
Pero en vez de Ysera, fue Neltharion quien se sumó a la refriega, saltándose así la
parte del plan que se suponía que debía llevar a cabo. Chilló con fuerza mientras se acercaba
al oído de Galakrond; de hecho, rugió con más fuerza de la que Malygos jamás recordaba
haberle visto bramar al macho gris como el carbón.
El ataque sónico hizo estremecerse al coloso, literalmente, pues Neltharion había
osado acercarse muchísimo. Una tormenta de rocas y tierra arreció sobre las montañas
cuando la bestia deforme se soltó involuntariamente de todos los sitios a los que estaba
agarrada.
Neltharion pecó de exceso de confianza y se quedó a observar las consecuencias de
su asalto un momento más del que dictaba el buen juicio. Por eso, acabó recibiendo un fuerte
golpe cuando Galakrond movió hacia delante un ala.
Malygos se dio cuenta de que su plan se estaba viniendo abajo más rápido que el de
Tyr. Había creído que Alexstrasza y él entendían mejor a su especie que ese ser de dos
piernas. Claro que, Galakrond, a pesar de todo lo que se había transformado, seguía siendo
un protodragón. En cierto modo, el anfitrión de Kalec se preguntó si, al haberse olvidado de
eso, él y sus compañeros habían volado directamente hacia un funesto e ineludible destino.
En ese instante, hizo ademán de avanzar para ayudar a su rescatador, pero entonces,
Alexstrasza voló hasta colocarse delante de él. Al parecer, al igual que Ysera, había
abandonado su plan de atacar y retirarse, pero al contrario que su hermana desaparecida, la
hembra naranja como el fuego no había abandonado a sus camaradas, como tampoco lo
había hecho Neltharion.
Alexstrasza, que se estaba aproximando por el lado por el que había cegado a
Galakrond al destrozarle los ojos adicionales, voló a gran velocidad hacia la descomunal
garganta del monstruo. Al acercarse, hizo algo que tanto Malygos como Kalec consideraron
una maniobra suicida. La hembra rugió brevemente, lo cual fue suficiente para llamar la
atención de un ansioso Galakrond, quien abrió las fauces aún más al anticipar que iba a
devorar un bocadito muy apetecible.
Alexstrasza exhaló, empleando para ello hasta la última gota de aliento, sin lugar a
dudas. Una enorme llamarada arrasó la parte interior de la boca del gigantesco protodragón,
una zona tan vulnerable como sus ojos.
La carne blanda situada cerca de la garganta se ennegreció. Galakrond se echó hacia
atrás, abandonando toda intención de intentar devorar a la protodragona. Un atónito Malygos
observó la escena con los ojos desorbitados, pues le sorprendía que su temible adversario
todavía poseyera una zona tan vulnerable en su cuerpo. Aunque había pensado que tal vez
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el interior de la boca del monstruo podría ser un punto débil, había considerado que fijar esa
zona como objetivo a cualquiera de sus camaradas habría sido pedir demasiado, ya que ¿qué
protodragón se habría atrevido a volar voluntariamente hasta la boca de Galakrond?
Por lo visto, Alexstrasza sí se atrevía.
Galakrond carraspeó y tosió. Sacudió violentamente la cabeza. Su rugido agónico
resonó con tanta potencia entre las montañas que amenazó con dejar sordos a los demás.
Batió las alas y se elevó más hacia el cielo. El coloso continuó carraspeando y tosiendo
mientras inclinaba la cabeza adelante y atrás en un intento de calmar el dolor de la
quemadura.
Alexstrasza siguió volando hacia Neltharion, quien seguía flotando en el aire a pesar
de sufrir una notable desorientación. La hembra extendió las garras traseras para agarrarlo
de los hombros y llevarlo a un lugar seguro.
De repente, por encima de esas montañas, el grito de Galakrond cesó de manera
abrupta. El carraspeo y la tos se esfumaron un instante después. El enorme protodragón
recorrió las inmediaciones con su malévola mirada.
A pesar de que sabía que así iba a conseguir que empeoraran sus nuevas heridas,
Galakrond exhaló durante mucho tiempo para cubrir una gran extensión con su aliento. Al
mismo tiempo, clavó su mirada en algo situado más allá de Malygos.
Este intuyó que algo iba mal y, rápidamente, miró hacia atrás.
Más de una decena de no-muertos se congregó a sus espaldas, cortándole esa vía de
escape. Malygos comprendió entonces que Galakrond también había hecho planes por
anticipado… y con más éxito que ellos. El ángulo que seguían los no-muertos al volar
revelaba que venían de más allá de esa capa de nubes. Como únicamente habían hallado un
cadáver destrozado, Malygos había dado por sentado que el resto había seguido a ese en su
camino al olvido; sin embargo, la realidad era muy distinta: Galakrond tenía ahora atrapados,
al menos, a Malygos, Neltharion y Alexstrasza entre los no-muertos y esa niebla que anulaba
la voluntad.
Nozdormu apareció por el otro lado por el que también Galakrond había sido cegado
y atacó con una ráfaga de arena tras otra a ese monstruo que seguía exhalando; obviamente,
se estaba extenuando, pero al igual que el anfitrión de Kalec, sabía que se hallaban en una
situación desesperada.
Sin girar la cabeza hacia el protodragón marrón, Galakrond alzó la cola y, con una
puntería perfecta, alcanzó a este con gran fuerza.
Conmocionado, Nozdormu se estampó contra un pico. Al instante, grandes
fragmentos de roca volaron por los aires y fueron a caer entre las montañas, acompañados
del cuerpo inerte del macho marrón.
Mientras el monstruo retiraba la cola, un cada vez más frenético Malygos pudo
comprobar que, al igual que sucedía con el resto del macabro cuerpo del coloso, esta
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extremidad tenía ojos. Unos ojos que compensaban los que había perdido bajo los asaltos de
esos pequeños atacantes.
Galakrond siguió lanzando esa exhalación imposiblemente larga. El anfitrión de
Kalec retrocedió al ver que esa niebla asfixiante se cernía sobre él. Alexstrasza, que todavía
estaba ayudando al desorientado Neltharion, se vio atrapada en esa niebla con suma
facilidad. Intentó empujar a Neltharion hacia delante, pero por mucho que este intentó
acelerar, no fue suficiente.
Malygos oyó un siseo quebrado a sus espaldas, y esa fue la única advertencia que
tuvo para darse cuenta de que se había acercado demasiado a los no-muertos que se
aproximaban. El anfitrión de Kalec se giró para encararse con esa nueva amenaza, a pesar
de que era consciente de que al hacer eso permitiría que la niebla acortara la distancia que la
separaba de él.
Una manada hambrienta de no-muertos o una niebla que lo convertiría en presa fácil
para su amo aún más hambriento lo aguardaban. Un ansioso Malygos miró hacia delante y
atrás, intentando hallar alguna vía de escape. La niebla lo cubría todo por encima y debajo
de él; además, los cadáveres reanimados bloqueaban todas las rutas que tenía delante. El
macho azul como el hielo no tenía adonde volar.
Mientas la muerte lo rodeaba en todas direcciones, Malygos y Kalec se preguntaron
qué habría sido del único miembro de esa aventura fallida que había desaparecido.
¿Dónde estaba Ysera?
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