El Alba de los Aspectos
El Nexo se había transformado en una gélida costa que recordó a Kalec una zona
donde Malygos había estado pescando tiempo atrás. Malygos no se hallaba solo. Alexstrasza
se encontraba a aproximadamente la misma distancia del anfitrión de Kalec de la que había
estado Jaina del dragón azul.
—Voy a hacerlo —le dijo la hembra naranja como el fuego a Malygos a la vez que
se elevaba hacia el cielo. Alexstrasza voló velozmente hacia el este, dejando a Malygos a
solas.
Kalec no sabía, aunque tampoco le importaba, qué habían estado discutiendo. Intentó
regresar al Nexo con todas sus fuerzas, pero fue inútil, a pesar de concentrarse en Jaina con
la esperanza de que el vínculo que le unía con ella y que le había ayudado a llamarla en dos
ocasiones funcionara ya de nuevo. Sin embargo, tal y como temía, fue en vano.
Malygos despegó y se dirigió al mar. Si bien era evidente que el protodragón
pretendía cazar una presa para comer, también le dio la impresión a Kalec de que estaba
vigilando o aguardando a algo que sus difusos pensamientos no le revelaban, lo cual frustró
aún más al dragón azul, quien dio por sentado que, si había sido empujado de nuevo a esas
visiones, tenía que ser por alguna razón.
El anfitrión de Kalec divisó a toda una bandada de seres acuáticos a casi un kilómetro
de la costa y devoró a una de esas criaturas en solo dos tragos. Aunque no era tan remilgado
con sus presas como Alexstrasza, Malygos intentó matar a esta captura rápidamente y de un
modo relativamente indoloro. Aun así, en esos momentos, Kalec no estaba de humor para
perder el tiempo cazando y esperaba que Malygos se llenara cuanto antes el estómago o se
acordara de algo mucho más importante.
El festín concluyó en breve, en efecto, pero no por ninguna de estas causas. Más
bien, Malygos alzó repentinamente sus fauces ensangrentadas de la segunda presa que estaba
devorando y contempló el cielo cubierto con los ojos entrecerrados. Al instante, Kalec pensó
que eran no-muertos, pero no, no lo eran. Malygos clavó su aguda vista en un par de
protodragones que sorteaban la parte inferior de esa capa de nubes.
El anfitrión de Kalec se elevó en el aire y corrió hacia la pareja. Al acercarse, resultó
evidente que eran más de dos. Si bien Kalec llegó a contar cuatro, Malygos contó cinco; la
quinta era Ysera, ni más ni menos.
Coros volaba junto a ella.
Malygos se aproximó siseando a esa pareja por la espalda. Kalec comprendía que
fuera tan cauteloso, ya que, aparte de Ysera, el resto del grupo estaba compuesto solo por
protodragones que Kalec sabía que eran enemigos de su anfitrión.
Coros fue el primero en reparar en él. El rival de Malygos lo miró con desprecio y
lanzó un siseo de advertencia.
Ysera miró para atrás. Al reconocer a Malygos, una visible frustración se apoderó de
la hermana de Alexstrasza.
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—¡Voy a hacerlo! —insistió—. ¡Tenemos razón!
Una serie de pensamientos cruzaron la mente de Malygos hasta filtrarse a la de
Kalec. Ysera seguía buscando entre los muertos (Y los no-muertos derrotados) a su hermano
de camada, a pesar de que sabía que era muy poco probable que diera con él. La hermana de
Alexstrasza cada vez se mostraba más vehemente en su rechazo a la violencia. La
protodragona había sermoneado a otros al respecto, pero muy pocos veían las cosas como
ella.
Al parecer, uno de esos pocos era Coros, quien había sido tremendamente leal a
Talonixa hasta el extremo del fanatismo y hasta hacía muy poco. Ahora. Coros también
predicaba la paz y aseveraba que había que hallar la manera de poder vivir bajo el mandato
de Galakrond. Si bien sus ideas no encajaban a la perfección con las de Ysera, sí eran lo
bastante próximas como para que ambos, de repente, aunaran esfuerzos para convencer a los
demás.
Malygos consideraba que los sueños de Ysera eran muy ingenuos y no se fiaba del
voluble Coros. En ese instante, Kalec comprendió lo que Alexstrasza y su anfitrión habían
estado discutiendo; la hermana de Ysera llevaba tres días buscándola, con la esperanza de
hacerle entender que estaba equivocada antes de que cometiera alguna estupidez. En opinión
de Malygos, Alexstrasza llegaba demasiado tarde para evitarlo. Creía que cualquier plan en
cuya concepción hubiera participado Coros, aunque solo fuera en parte, debía de estar
plagado de peligros y traiciones.
En su momento, Malygos habría dejado que las cosas siguieran por su cauce natural,
pero el anfitrión de Kalec era cada vez más capaz de ver las complejas repercusiones que
acarreaban incluso las decisiones más simples. Las consecuencias que eso podría tener para
los protodragones eran muy diversas, por no hablar del hecho de que Malygos era leal a esas
hermanas de un modo que, en cierto sentido, superaba su fidelidad a su propia familia. Había
luchado codo con codo con ellas y sabía que eran dignas de confianza y muy comprometidas.
También sabía que Coros carecía de tales cualidades.
—Tu hermana te busca —informó Malygos a Ysera, señalando la dirección en la que
Alexstrasza había salido volando hacía solo un breve rato—. Por ahí.
—La he visto —replicó Ysera con un bufido—. Deja que siga volando.
Esa respuesta desconcertó a Malygos, pues sabía que ambas mantenían una relación
muy estrecha, aunque discutieran constantemente.
—¡Deberías hacerle caso! Galakrond no…
—Galakrond lo aceptará.
Esa brusca, breve e increíble réplica pilló tanto a Malygos como a Kalec por sorpresa.
Malygos siseó confuso. Coros sonrió ampliamente, pero no les interrumpió.
—Reinará la paz —anunció Ysera con cierto orgullo—. Galakrond la aceptará.
—No sabes…
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El Alba de los Aspectos
Ella alzó aún más la cabeza, adoptando así una posición dominante sobre Malygos.
—Hemos hablado con Galakrond. Aceptará la paz.
Daba la impresión de que la locura que había afectado a Kalec en el presente se
estaba adueñando ahora de él en la visión. No podía creer lo que acababa de oír y, a juzgar
por el torbellino de emociones que surcaban a Malygos, el anfitrión de Kalec tampoco podía
hacerlo.
—¿Han… han hablado con Galakrond?
Coros se sumó al fin a la conversación, con un gesto y un tono de voz claramente
triunfales.
—Tendremos paz… si todos escuchan.
Antes de que Malygos pudiera replicar, Ysera dijo:
—Todos deben escuchar… pero nosotros debemos irnos.
—¿Adónde? —inquirió el anfitrión de Kalec mientras una vorágine de ideas
cruzaban tanto su mente como la de Kalec.
—A buscar a Talonixa —contestó, como si esa respuesta fuera obvia para todo el
mundo—. Para decírselo. Para contárselo a todos.
Una vez dicho esto, viró y se alejó. Coros y los otros tres protodragones que iban
más atrás la siguieron.
Malygos se quedó mirándolos fijamente, quería creer a la hermana de Alexstrasza,
pero también sabía perfectamente en qué clase de monstruo se había convertido Galakrond.
Aun así, si Ysera decía la verdad…
—No.
Malygos sacudió la cabeza, pues no concebía esa posibilidad. Kalec una vez más
tuvo que admirar la capacidad de análisis del futuro Aspecto, aunque todavía solo fuera un
protodragón. Sin embargo, su admiración se desvaneció en cuanto tanto él como Malygos
reflexionaron sobre qué pasaría si Ysera lograba convencer a los demás.
El protodragón se giró con rapidez. Tenía que localizar a Alexstrasza y ayudarla a
que, de alguna manera, hiciera entrar en razón a Ysera. Aunque el anfitrión de Kalec y el
propio Kalec también sabían que las posibilidades de que Ysera convenciera a Talonixa y
los demás de que su plan era el correcto eran escasas, ambos no podían evitar tener la
sensación de que, de algún modo, las cosas iban a acabar de nuevo de una manera desastrosa
y que muchos, muchos más, iban a morir en consecuencia.
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CAPÍTULO CINCO
DECISIONES FATÍDICAS
La desesperación fue adueñándose cada vez más de Malygos a medida que la
búsqueda de Alexstrasza se prolongaba una hora tras otra. En ese mismo momento, Ysera
(con la ayuda de Coros) podría estar ya convenciendo a Talonixa de que debía tener en
consideración su plan y de que Galakrond estaba dispuesto a aceptarlo. Si eso ocurría,
Malygos preveía una catástrofe.
Este modo de pensar era otro ejemplo más del salto evolutivo a nivel mental que
Kalec había visto dar a varios protodragones. A Malygos no le extrañaba ni le resultaba nada
nuevo que le preocupara el futuro; sin embargo, para algunos de los protodragones de esa
época, solo existía el aquí y ahora.
Por otro lado, esa larga búsqueda también estaba empezando a hacer mella en Kalec.
No obstante, como era capaz de notar la caricia del viento mientras Malygos volaba, Kalec
se había calmado en cierto modo. Corno cuando se hallaba dentro de las visiones no podía
hacer nada más que seguir el sendero que le era marcado, lo mejor que podía hacer era
intentar mantenerse lo más frío y objetivo posible.
Aun así, Kalec no pudo evitar reflexionar sobre las opciones que tenía su anfitrión.
Como no era consciente de cuál había sido el resultado final de este conflicto, Kalec no
estaba siquiera seguro de si Malygos había acertado al buscar la ayuda de Alexstrasza para
detener a Ysera. Aunque Kalec había pensado lo mismo que Malygos cuando había tenido
noticia de que el plan consistía en sellar la paz con ese colosal depredador, también sabía
que, en su propia época, el esqueleto de Galakrond yacía cerca del Cementerio de Dragones
y que a ese gigantesco protodragón se le consideraba el Padre de los Dragones. Aunque
Kalec no podía imaginarse cómo eso podía haber acabado siendo así. ¿Acaso Galakrond
había alcalizado la redención después de todo, algo que el futuro Neltharion e incluso el
propio Malygos, lamentablemente, no habían logrado?
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Se olvidó de todas esas cuestiones en cuanto Malygos divisó una mota roja posada
sobre la cima de una alta colina. Aunque a Kalec le parecía que podía ser un miembro
cualquiera de la familia de Alexstrasza, su anfitrión estaba totalmente seguro de que había
dado Con la hermana de Ysera y, tras dar unos pocos y fuertes aleteos, se demostró que
estaba en lo cierto.
La hembra se percató de la llegada de Malygos y lo miró esperanzada. Kalec notó
que su anfitrión se sentía culpable porque iba a darle unas noticias que no eran precisamente
buenas.
—He localizado a Ysera —acertó a decir—. Estaba con Coros.
Una incrédula Alexstrasza clavó su mirada en él.
—¿Con Coros?
Malygos procedió a explicarle con rapidez qué había ocurrido, así como lo que
pensaba Ysera.
La hembra naranja como el fuego siseó, presa de la frustración, mientras lo
escuchaba.
—¡Debemos dar con ella! —exclamó Alexstrasza en cuanto Malygos terminó de
hablar—. ¡Esto no puede ser!
El protodragón macho le bloqueó el paso.
—¡Espera! ¡Ysera no nos escuchará!
Aunque lo fulminó con la mirada, al final, tuvo que asentir.
—No. Ysera no nos escuchará. Y morirá.
—No morirá —insistió Malygos. Ysera no lo hará.
Alexstrasza hizo un gesto de negación con la cabeza. Pero en vez de apartar de un
empujón a su interlocutor, la protodragona titubeó. Quería creer a Malygos.
—Coros no es bueno —le aseguró a Alexstrasza—. Coros siempre miente —Era una
afirmación muy simple, pero por lo que Kalec pudo extraer de los recuerdos de Malygos
estaba muy cerca de la verdad—. Vigilaremos a Coros. Descubriremos la verdad. Y se la
mostraremos a Ysera.
Si bien el anfitrión de Kalec quería ayudar a las hermanas, el macho azul como el
hielo ansiaba también revelarle a su rival que sabía cómo era realmente. A Malygos no le
habría importado que Galakrond hubiera devorado a un protodragón como Coros, siempre
que este no se alzara después de entre los muertos.
Alexstrasza ladeó la cabeza y meditó acerca de lo que le acababa de decir Malygos.
Unos instantes después, asintió con vehemencia.
—Sí. ¡Demostraremos que Coros miente! ¡E Ysera verá la verdad!
Pese a que Kalec no tenía nada claro que lo que Malygos sugería fiera a funcionar,
también desconfiaba de Coros tanto como su anfitrión. Kalec sospechaba que Coros creía
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que podía aprovecharse de todo el mundo, incluso de Galakrond, para poder ascender en la
jerarquía de los protodragones, lo cual era una idea muy necia y peligrosa…
De repente, un rugido muy familiar retumbó por todo el cielo.
Al instante, Malygos y Alexstrasza abandonaron los lugares donde se habían posado
y se escondieron en esas zonas más sombrías que los aguardaban allá abajo. Ambos
protodragones dejaron su dignidad a un lado. Malygos encontró un saliente donde había
espacio suficiente para uno de ellos y se lo cedió a Alexstrasza, quien aceptó a regañadientes
su ofrecimiento. El macho siguió avanzando hasta que se topó con una depresión en una
ladera, que, si bien no era tan grande como para cobijarlo por entero, se pegó todo cuanto
pudo a ella y, a continuación, contuvo el aliento.
Justo cuando acababa de hacer eso, una sombra más oscura y vasta lo cubrió todo.
Una silueta descomunal ocultó el cielo: era Galakrond, quien proseguía su caza sin fin.
A pesar de que se hallaba muy cerca del insaciable leviatán, Malygos se olvidó del
peligro que corría mientras lo observaba pasar y se centraba en los detalles de la parte inferior
de este. El pequeño, en comparación, protodragón incluso salió a hurtadillas de esa depresión
para fijarse aún más en esos tumores que cada vez cubrían más partes de Galakrond.
Unos tumores que se asemejaban extrañamente a partes corporales incompletas.
Kalec contempló con el mismo horror que Malygos cada uno de esos miembros
rudimentarios que pendían de su cuerpo aquí y allá, al azar. Pudo ver unas patas anteriores
y posteriores, con garras Parciales. Y cómo unas alas vestigiales se batían inútilmente bajo
el viento que vuelo acelerado de Galakrond generaba. Asimismo, algo que recordaba a una
cabeza (¡una cabeza!), formada solo en parte, sobresalía de una zona situada cerca de la
cadera del coloso.
También divisaron otras siluetas que ni Kalec ni su anfitrión pudieron identificar,
aunque ambos dieron por sentado que debían de ser igual de inquietantes. Malygos
permaneció donde estaba, sin darse cuenta de que lo único que Galakrond tenía que hacer
para verlo era mirar hacia atrás.
Por suerte, el gigantesco protodragón siguió volando y no solo desapareció de la vista
a gran velocidad solo unos segundos después, sino que también avanzó en una dirección en
la que no se cruzaría con el camino que iban a seguir los otros dos protodragones más
pequeños. Malygos suspiró en cuanto Galakrond se esfumó; acto seguido, se reunió
rápidamente con Alexstrasza.
—¡Deberíamos irnos ya! —le espetó de manera apremiante la hembra naranja como
el fuego—. Antes de que Galakrond vuelva.
—Ahora mismo —replicó Malygos, quien siguió a Alexstrasza en cuanto esta
despegó. Sin embargo, el macho se calló lo que pensaba (aunque el siempre presente Kalec
lo intuyó): que, aunque ambos volaran más rápido que Galakrond, quizá fuera demasiado
tarde como para evitar la catástrofe.
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Los dos protodragones se dirigieron hacia la región donde Talonixa había celebrado
previamente la reunión, la cual todavía no había sido descubierta por Galakrond. No
obstante, Talonixa se había valido del peligro cada vez mayor de que eso sucediera para
convencer a los demás protodragones de que debían preparar un ataque. Su impaciencia,
alimentada por su deseo de venganza, prevalecía sobre todo lo demás, sin lugar a duda.
—¡Aquí hay más de los nuestros! —bramó Talonixa—. ¡Muchos más! ¡Galakrond
no podrá enfrentarse a todos! ¡No!
Había protodragones por todas partes, que sisearon y rugieron para mostrar que
estaban de acuerdo. Kalec supuso que Talonixa había estado arengándoles durante algún
tiempo, lo cual era una clara muestra de su relativa elocuencia y de su férreo control sobre
los demás.
—¡Ahí está! —exclamó Alexstrasza—. ¡Ahí!
El anfitrión de Kalec siguió la mirada de la hembra y contempló que su hermana
pequeña no estaba lejos de la zona rocosa sobre la que se había posado Talonixa. Coros se
encontraba junto a ella y sus tres camaradas un poco más atrás, era como si no quisieran
estar cerca de la pareja. Tanto a Malygos como a Kalec todo eso les pareció muy extraño,
sobre todo que esos tres evitaran a Coros: ¿por qué lo hacían?
Talonixa siseó de placer ante la respuesta de los ahí congregados. Coros escogió ese
momento para acercarse a ella. Se agachó y le susurró algo al oído. La protodragona entornó
sus ojos negros al clavados sobre Ysera. Coros se retiró de inmediato, con un gesto
indescifrable.
La hembra dominante profirió un rugido tan potente que el anfitrión de Kalec esbozó
un gesto de contrariedad mientras aterrizaba, ya que seguramente cualquier ser vivo a medio
día de vuelo de allí lo había oído. Aun así, y por respeto a Alexstrasza, Malygos no partió
inmediatamente a un lugar más seguro, sino que se posó con ella en un lugar desde el que
pudieron observar el desarrollo de los acontecimientos.
—Esta enclenque quiere hablar —afirmó Talonixa, a la vez que señalaba con un ala
a Ysera. Acto seguido, se dirigió directamente a la hermana de Alexstrasza y añadió
bruscamente—: ¡Habla!
Ysera miró a Coros, quien se limitó a asentir.
Alexstrasza lanzó un gruñido muy grave al ver la reacción del macho.
—¡Deja a Ysera sola en esto!
—Así es Coros.
Malygos daba por hecho que su adversario no iba a apoyar demasiado a Ysera. Coros
haría todo cuanto estuviera en su mano para apartar la atención de él a menos que eso sirviera
para aumentar su prestigio. Si Ysera lograba convencer a, la mayoría, Coros se hallaría a su
lado al instante.
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La hembra amarillenta se enderezó cuan larga era. Si bien no era una protodragona
muy impresionante si se la comparaba con Talonixa, había algo en el porte y actitud de Ysera
que causaba admiración en Malygos (y en Kalec). Aunque era muy enclenque, la hermana
de Alexstrasza poseía una determinación que la hacía parecer más grande, más dominante,
de lo que físicamente era.
—¡Somos muchos! —exclamó. Sus primeras palabras fueron recibidas por un coro
de siseos de aprobación—. Somos muchos, sí… ¡pero Galakrond es Galakrond!
Los siseos aprobatorios se desvanecieron al mismo tiempo que los protodragones ahí
reunidos intentaban asimilar lo que quería decir con esa última frase.
¡Galakrond es fuerte! ¡Galakrond es poderoso!
—¡Pero nosotros somos muchos! —bramó alguien que la escuchaba entre la
multitud. Unos cuantos más sisearon para mostrar que estaban de acuerdo.
—¡Sí, somos muchos! —repitió Ysera asintiendo—. Y muchos más morirán al
combatir a Galakrond.
Varios de los ahí reunidos se miraron con cierta incomodidad. Al ver esto, Talonixa
lanzó un siseo furioso.
Ysera la ignoró y planteó su propuesta.
—¡Pero muchos pueden salvarse! ¡Sí, la paz los salvará! —En ese momento, se
acercó al lugar donde había más protodragones congregados—. ¡Debemos hablar con
Galakrond! ¡Ya se ha hecho antes! ¡Acordaos de cuando Galakrond era uno de los nuestros!
¡Cuando cazaba con nosotros! Si hablarnos de paz con él, nos escuchará…
Unas sonoras carcajadas la interrumpieron. Talonixa recorrió al resto de
protodragones con la mirada a la vez que se burlaba de las serias palabras de Ysera.
—¿Creen que Galakrond nos escuchará? ¡Ja! Sí, Galakrond cazaba con nosotros,
pero ahora nos da caza, ¿verdad? ¡Nunca nos escuchará!
Ysera intentó decir algo, pero sus palabras se vieron ahogadas no solo por las
carcajadas de Talonixa, sino por las risotadas de los que compartían la actitud de la hembra
de gran tamaño.
Alexstrasza gruñó e hizo ademán de dar un paso al frente, pues claramente quería
apoyar a su hermana.
Malygos se interpuso en su camino.
—No. A Ysera no le hará gracia.
La hembra naranja corno el fuego estuvo a punto de contestarle sin miramientos,
pero titubeó. Miró a Ysera, a la que quería reconfortar y, entonces, asintió.
—Ya… no le haría gracia. Nunca le ha hecho.
Malygos y Alexstrasza (y Kalec, quien en un principio esperaba que Alexstrasza
hubiera ido volando hasta Ysera, pues él habría hecho eso en su lugar) únicamente pudieron
ser testigos de cómo el intento de sellar la paz de Ysera fracasaba. Ysera parecía alicaída y
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confusa. Echó un vistazo a su alrededor, como si buscara a alguien que, sin lugar a duda, no
estaba ahí.
—Coros —vociferó el anfitrión de Kalec—. ¿Dónde está Coros?
De hecho, el otro macho se había esfumado de ahí en algún momento, junto a sus
tres camaradas. Malygos escrutó la multitud y atisbó a uno de los tres, o eso creyó, que en
ese instante desaparecía tras una roca lejana.
Antes de que él pudiera decidir qué iba a hacer, Talonixa tomó de nuevo el control
de la reunión. Con un rugido tremendo, logró acallar a aquellos que se habían estado
burlando de Ysera.
—¡No habrá paz! —gritó. ¡Jamás! Si Galakrond nos da caza, nosotros daremos caza
a Galakrond, ¿verdad?
Unos bramidos de aprobación reverberaron por todo el lugar. Ysera, que tenía la
cabeza gacha, retrocedió a hurtadillas. Alexstrasza, que parecía más consternada que nunca,
lanzó una mirada suplicante a Malygos.
El anfitrión de Kalec asintió.
—Sí… ahora es el momento.
Mientras ella corría a consolar a Ysera, Malygos buscó rápidamente a Neltharion.
Como no dio con él ni con el macho marrón llamado Nozdormu, Malygos se bajó del lugar
donde se había posado para ir a buscarlos, justo cuando Talonixa hacía aún más leña del
árbol caído.
—¡Somos muchos! Por eso, ganaremos…
—¡Ataquemos ya! —exclamó apremiante un protodragón.
—¡No! ¡Yo decidiré cuándo! ¡Otros muchos vendrán! ¡Atacaremos dentro de tres
soles! ¡Y Galakrond caerá!
Malygos se detuvo al oír esas palabras, pues era la primera vez que Talonixa
anunciaba esa decisión. Siseó, ya que no le gustaba que las cosas fueran tan rápidas de
repente.
Mientras los demás protodragones se regodeaban en ese grandioso anuncio y
lanzaban vítores, Malygos divisó a Coros. La cabeza del otro macho sobresalía de un
afloramiento del terreno situado en la lejanía, al norte. Coros desapareció inmediatamente
de la vista, sin percatarse de que Malygos lo había divisado.
Malygos, que desconfiaba más que nunca de su rival en esos momentos tan
complicados, avanzó sigilosamente entre las rocas a gran velocidad, pues no quería ser visto.
Coros tramaba algo muy siniestro, y tanto Malygos como Kalec estaban de acuerdo en que
debían seguirlo.
Se arrastró por ese terreno como uno de esos lagartos diminutos que eran un buen
aperitivo ocasional y rodeó la zona, en busca de alguna pista de Coros y sus acompañantes.
De fondo, Talonixa seguía arengando al resto de protodragones. Si bien Malygos no podía
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entender ya sus palabras, por su tono de voz sabía que les estaba asegurando que vencerían
a Galakrond.
Apartó todo pensamiento sobre qué iba a suceder dentro de tres soles y aceleró el
paso todo cuanto pudo en la incómoda posición que había adoptado. Aunque le hubiera
gustado volar, no se atrevía a hacerlo hasta saber dónde se hallaban aquellos a los que
rastreaba. Kalec, que no poseía ahora un cuerpo propio, lo entendía perfectamente.
Entonces, como si algo o alguien hubiera intuido cuál era su deseo, una solitaria
silueta se alzó en la lejanía. Iba seguida por una segunda y, a continuación, pudo divisar una
tercera y una cuarta. Coros y sus seguidores volaban muy bajo y desaparecieron enseguida
en el horizonte, al norte.
Malygos voló igual de bajo que ellos mientras los perseguía. Todavía no poseía
prueba alguna de que Coros tramara algo, pero el mero hecho de que se tratara de Coros era
más que suficiente. Casi todo lo que sabía Kalec de ese otro protodragón procedía de los
recuerdos de Malygos, aunque lo poco que había visto hacer a Coros encajaba perfectamente
con lo que su anfitrión pensaba sobre su adversario.
Malygos deseó haber podido localizar a Neltharion cuando menos, pero no había
tiempo para eso. La velocidad a la que volaba Coros indicaba que tenía prisa. Malygos tenía
que saber adónde iba y Kalec también.
En más de una ocasión, Malygos perdió de vista a los cuatro, pero gracias a su
persistencia, logró encontrar de nuevo su rastro, hasta que descendieron sobre una serie de
cumbres.
Malygos siseó furiosamente mientras olfateaba el aire con la esperanza de hallar a
ese cuarteto. A pesar de que conocía perfectamente el hedor de Coros, era incapaz de
localizarlo.
Otro olor muy inquietante asaltó sus fosas nasales. Aunque era tenue, era tan peculiar
que el protodragón no pudo evitar centrarse en él. Había algo en ese aroma que transmitía
poder, un poder muy distinto al que poseía uno de su especie.
Pese a que deseaba seguir rastreando a Coros, Malygos viró hacia el lugar del que
procedía ese olor. Kalec también se sentía intrigado, pero por otras razones. Le intrigaba la
mera existencia de ese olor que también le resultaba familiar.
Durante un corto trecho, Malygos siguió ese rastro, que se desvaneció súbitamente.
Se posó sobre una alta roca y escrutó los alrededores, pero no vio nada…
De repente, tuvo la sensación de que estaba siendo observado.
Rápidamente, el protodragón miró hacia atrás, por encima de su ala izquierda. Si
bien tanto Kalec como su anfitrión no esperaban ver nada, esta vez se equivocaron.
Aunque esa figura era enana comparada con el protodragón, ni Malygos ni Kalec
creían realmente que careciera del poder necesario para enfrentarse a Malygos si así lo
deseara. Si bien el protodragón apenas recordaba haber visto fugazmente a esa criatura en
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alguna ocasión, fue Kalec quien se quedó más estupefacto. Era la misma figura que había
visto en otras visiones fugaces, incluso en su propia época.
¿Quién eres? ¿Qué eres?, preguntó en vano un apremiante Kalec.
—¿Quién eres? —exigió saber también Malygos, haciéndose eco de unos
pensamientos que no podía haber escuchado—. ¿Qué eres?
Mientras repetía las preguntas de Kalec, ambos se encontraron contemplando el
vacío. Sin embargo, en cuanto Malygos se dio cuenta de que ese ser había desaparecido, se
percató también de que seguía, de algún modo, en el borde su campo de visión. El
protodragón se giró hacia allá y se encaró con esa silueta borrosa. Mientras Malygos
intentaba comprender qué era eso tan difuso que estaba viendo (ya que el macho azul
ignoraba qué eran unas prendas de vestir) y cómo era posible que esa criatura fuera capaz
de desaparecer para reaparecer en otro lugar, Kalec percibió que esa misteriosa forma poseía
una magia muy poderosa.
Una magia tan poderosa que, en algún momento, podría haber llegado a crear esa
reliquia infernal.
Al ver que esa figura no respondía, el protodragón gruñó y se acercó a ella de un
salto.
Esa silueta encapuchada y ataviada con una capa se esfumó de nuevo y, esta vez,
reapareció más lejos, al sudeste.
Nos está guiando a algún sitio, pensó Kalec. Las respuestas que tanto ansiaba
parecían hallarse un poco más allá de unas rocas cercanas, unas respuestas que podrían poner
punto final a la maldición que sufría.
Entonces, oyó un siseo que procedía de la misma dirección por la que Malygos había
venido volando. El anfitrión de Kalec hizo caso omiso de las protestas de su imperceptible
compañero y reaccionó al instante. A pesar de tratarse de un mero siseo, Malygos sabía
perfectamente quién lo había proferido.
Si bien Coros no aparecía por ninguna parte, Malygos estaba seguro de que había
oído a su rival y que este estaba muy cerca. El anfitrión de Kalec se elevó en el aire de un
salto para iniciar la persecución y, entonces, vaciló al acordarse de esa misteriosa figura.
Para alivio de Kalec, Malygos miró para atrás.
Pero no había ni rastro de esa figura. No había reaparecido en ningún sitio.
Eso fue lo que ayudó a Malygos a decidirse, aunque no a Kalec. Coros era de nuevo
el objeto de su persecución. El adversario de Malygos tenía que hallarse muy cerca.
Allá en lo alto, un protodragón del mismo color que Coros se elevó brevemente sobre
la colina y, acto seguido, cayó en picado. Malygos descendió hasta sobrevolar el suelo a solo
unos metros. Percibió una peste a azufre en cuanto se aproximó a esa zona. Aunque Malygos
no conocía bien esa región, había conocido otras similares. El mundo era muy inestable en
ese tipo de sitios; a veces, era hasta tan violento como una bestia.
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Tras aterrizar en la ladera de una colina, Malygos ascendió hasta la cima. Entonces,
oyó unas voces, una de las cuales era la de su rival. Al oírla, al protodragón se le erizaron
las escamas.
—¡Vendrá aquí! ¡Siempre viene aquí! —exclamó Coros.
—¡No deberíamos estar aquí! —protestó uno de sus seguidores.
Un gruñido y un quejido siguieron a esa protesta. Malygos asomó la cabeza y pudo
ver que Coros se alzaba amenazante sobre el protodragón que había osado quejarse. Ese
protodragón tenía ahora un largo tajo ensangrentado en la frente. Cerca de ahí, uno de los
otros esbirros observaba a ambos con cierta inquietud. Del cuarto no había ni rastro.
—¡Nosotros sobreviviremos! —replicó Coros con desdén—. ¡Ellos morirán! ¡Todos
morirán! ¡Pero nosotros no!
Los otros dos asintieron. Mientras hacían esto, los tres miraron sucesivamente al
norte.
Malygos también miró hacia allá y divisó cómo una oscura silueta descomunal
cobraba forma en el horizonte.
—¡Ya viene! —exclamó Coros entre siseos de manera triunfal—. ¡Coros lo ha
llamado y ya viene! ¡Galakrond ya llega!
¡Galakrond! Malygos se tensó, y Kalec habría hecho lo mismo si hubiera sido
posible. ¿Coros había llamado a Galakrond?
Malygos y Kalec esperaban cualquier tipo de traición por parte del adversario del
protodragón, pero no se les había pasado por la cabeza que Coros pudiera llegar a tener la
audacia de contactar con Galakrond. Con esta treta, solo podía buscar arruinar las esperanzas
de paz de Ysera, así como el plan de Talonixa.
Con suma cautela, Malygos descendió por la ladera de la colina y se alejó de Coros
lo más rápido posible. Los pensamientos daban vueltas a gran velocidad por su cabeza
mientras intentaba decidir qué iba a hacer. Esto sobrepasaba cualquier estrategia artera que
hubiera esperado de su enemigo…
De improvisto, oyó un furioso siseo a su espalda. Malygos hizo ademán de girarse
y, al instante, otro protodragón (el cuarto que faltaba) arremetió contra él.
Malygos se tambaleó y atravesó lo que, en un principio, le había parecido que era
tierra sólida. El protodragón intentó liberarse, pero lo único que logró fue quedar atrapado
más y más en ese alquitrán suave, caliente y pegajoso que previamente había permanecido
escondido bajo una fina capa de tierra normal.
Malygos jadeó y consiguió alzarse hasta la superficie brevemente. Al hacer eso, tanto
él corno Kalec pudieron ver dos cosas. Una, que el cuarto protodragón se esfumaba por la
cima de la colina en dirección al lugar donde Coros y los otros dos aguardaban a Galakrond.
La segunda, que la silueta encapuchada, a la que solo vieron fugazmente,
contemplaba cómo Malygos se revolvía. En ese instante, la tierra se lo volvió a tragar. Kalec
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El Alba de los Aspectos
observó cómo el mundo se sumía en la oscuridad. Pero esta vez se trataba de la oscuridad
asfixiante del alquitrán que envolvía no solo a su anfitrión, sino también a Kalec, quien, a
pesar de que lo intentó con toda su alma, no pudo despertarse.
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PARTE III
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CAPÍTULO UNO
EL SENDERO DEL HORROR
Jaina Proudmoore abandonó la reunión con el Consejo de los Seis con los temas
tratados en el orden del día aun rondando por su mente brevemente. Sus pensamientos se
centraron rápidamente en una cuestión más personal, una que había asaltado sus
pensamientos en más de una ocasión a lo largo de la reunión.
Kalec. Antes incluso de que comenzara a comportarse de un modo tan extraño (no,
inquietante, más bien), solía pensar bastante en él. Jaina todavía recordaba con todo detalle
ese beso que se habían dado justo después de que Kalec le hubiera preguntado si aún podía
contar con la confianza de los demás magos y, sobre todo, de ella. Jaina había contestado
alzando la cabeza hacia Kalec, y él había respondido tal y como ella había esperado desde
hacía mucho tiempo. En ese momento, el mundo pareció convertirse en un lugar mucho
mejor. Pero desde la turbulenta marcha del dragón azul, las cosas se habían torcido… y ahora
encima había ocurrido esto. Si bien Jaina era consciente de que no podía perder el tiempo
que necesitaba para cumplir sus obligaciones tratando asuntos personales, Kalec seguía
siendo el ex-Aspecto de la Magia y, por tanto, tenía acceso a muchos de los secretos que
tanto él como su predecesor (sobre todo este último) habían ido acumulando a lo largo de
incontables milenios. Bajo su control, se hallaba una gran fuente de poder mágico que tal
vez podría llegar a desencadenar el caos en el mundo; un control que, a cada día que pasaba,
parecía írsele de las manos. Por esa misma razón (o al menos esa era la que había utilizado
la archimaga para convencerse a sí misma), debía descubrir qué le ocurría.
Pero no podré hacerlo si corta el contacto cada vez que intento saber más al
respecto. No bastaba con entrar en contacto con él. Si quería descubrir qué estaba sucediendo
de verdad, la archimaga tenía que actuar de otra manera y, para ella, solo había una manera.
De repente, sintió unas ganas irreprimibles de volver a su santuario y aceleró el paso.
Ya estaba urdiendo un plan, uno que tenía mucho sentido para ella.
Uno que a Kalec, probablemente, no le iba a hacer ninguna gracia.
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El Alba de los Aspectos
***
Se estaba asfixiando.
Kalec se estaba ahogando.
No importaba que, en realidad, fuera el Malygos del remoto pasado el que estaba
intentando respirar como fuera; Kalec experimentaba lo mismo que sentía el protodragón y
eso le hizo pensar, en ese momento tan siniestro, qué le ocurriría si Malygos perecía. Una
parte de Kalec sabía que su anfitrión no había sufrido ese destino, pero otra parte de él (la
parte que se tenía que enfrentar a la repentina falta de aire) seguía preguntándose si ambos
iban a morir. Malygos se estremeció al hundirse aún más en ese alquitrán viscoso al que lo
habían hecho caer. Kalec esperaba que el protodragón perdiera el conocimiento; sin
embargo, Malygos sorprendió a su imperceptible compañero al exhalar todo el aire que le
quedaba aún en los pulmones.
Lo que, en un principio, le pareció a Kalec un suicidio era, en realidad, un último
intento del protodragón por intentar salvarse. Malygos alzó la cabeza y empleó su último
aliento para expulsar una ráfaga de escarcha. La fuerza de esta gélida exhalación no solo
despejó la zona que se hallaba sobre su cabeza hasta la superficie, sino que también congeló
los laterales del agujero y los solidificó.
Respiró hondo el aire que ahora llenaba ese estrecho pasaje, agachó la cabeza y
volvió a exhalar: Esa tierra fundida y viscosa se enfrió bastante, justo lo que pretendía
Malygos, quien se liberó e, inmediatamente, se propulsó hacia arriba.
Por debajo de ellos, tanto Kalec como su anfitrión pudieron notar cómo la tierra
cambiaba de estado. Malygos aceleró. El pasillo era demasiado estrecho como para que
pudiera girar la cabeza otra vez para poder exhalar de nuevo. Si quería escapar, tendría que
apresurarse aún más.
Parecía que esa abertura lo estaba llamando como un coro de sirenas. Al mismo
tiempo, un estruendo se alzó desde allá abajo. Siseando. El protodragón clavó sus garras a
las paredes y, de este modo, se impulsó para poder recorrer los últimos metros. Al instante,
logró asomar la cabeza fuera de ese pasaje y, a continuación, sacó el resto del cuerpo de ahí.
El estruendo se tornó insoportable. Aunque seguía jadeando, Malygos se giró y lanzó
una exhalación sobre la abertura.
La escarcha cubrió el agujero justo cuando este se llenaba de tierra. El suelo se selló.
Malygos estiró las alas y se elevó hacia el cielo al tiempo que la fosa congelada temblaba.
Se alzó más y más, mientras, tanto él como Kalec esperaban que el hielo aguantara lo
suficiente…
La fosa explotó y una columna de lava salió disparada hacia el cielo.
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El Alba de los Aspectos
Malygos consiguió esquivar la columna por muy poco. Voló de frente a la máxima
velocidad posible, a pesar de que eso implicaba volar en la dirección opuesta a la que
realmente quería ir.
El protodragón solo se atrevió a echar la vista atrás cuando se halló lo bastante lejos.
Le dio la impresión de que esa columna viraba hacia él, pero al final esta fue incapaz de
mantener su consistencia. Se derrumbó y se derramó sobre los alrededores de la fosa e
incluso más allá.
Un exhausto Malygos se posó en una cima e intentó concentrarse. Respiró hondo y
lanzó un chorro de gélido aliento sobre su cuerpo, congelando el alquitrán que lo cubría casi
por entero. Una vez hecho esto, el protodragón se agitó con fuerza, lanzando así en todas
direcciones fragmentos de gran parte de ese alquitrán endurecido. No obstante, pagó caro el
esfuerzo y necesitó unos cuantos minutos más para recuperarse, unos minutos muy valiosos.
Kalec sintió el agotamiento de su anfitrión en toda su magnitud… así como la impaciencia
cada vez mayor del protodragón. Malygos quería seguir persiguiendo a Coros, pero todavía
necesitaba recuperar el aliento. Eso significaba que corría el peligro de perder el rastro de su
rival. Por muy buen rastreador que fuera Malygos, la peste de esa región tapaba en gran parte
el hedor del otro protodragón, lo cual, probablemente, era lo que Coros había pretendido.
Cuando su respiración volvió por fin a ser regular, Malygos se elevó de un salto hacia
el firmamento y voló en la dirección aproximada que debía de haber seguido su enemigo. A
pesar de que no había ni rastro del cuarteto que perseguía, Malygos continuó avanzando.
Olisqueó constantemente el aire, en busca de alguna leve señal que le indicara dónde se
encontraban los demás protodragones.
Pero fue otro olor el que finalmente captó su atención y le señaló un posible rastro;
además, le brindó la oportunidad de huir en busca de un refugio seguro o de arrojarse
corriendo a las fauces de la muerte.
Galakrond se encontraba delante de él, en la lontananza. Si bien una parte de
Malygos le pidió a gritos que se diera la vuelta (la parte que Kalec consideraba más sensata),
otra parte de él animó al protodragón a seguir avanzando. Malygos recordó lo que Coros
había comentado sobre Galakrond. Si Coros había llegado tan lejos, no iba a parar hasta
haber alcanzado su objetivo.
Y si eso sucedía, los demás protodragones se convertirían en una presa fácil para
Galakrond y sus nuevos seguidores.
Malygos voló muy bajo y rápido, mientras recorría el cielo con la mirada en busca
de cualquier otro objeto llamativo. Como era consciente de que Galakrond era capaz de volar
extremadamente rápido, sabía que tendría muy pocas posibilidades de escapar si el
descomunal protodragón lo divisaba. El plan de Malygos se basaba por entero en que fuera
él quien viera primero al coloso.
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El Alba de los Aspectos
Kalec rebuscó en la mente de su anfitrión para dar con los detalles de lo que había
planeado y enseguida descubrió que la estrategia de Malygos consistía, en gran parte, en dar
con Galakrond e improvisar a partir de ahí. Aunque Kalec sabía bien que el Tejehechizos
era más que capaz de improvisar con éxito, ir en busca de ese monstruo que aterrorizaba
esas tierras a propósito era una locura para el dragón azul. Sin siempre, embargo, como
siempre, la decisión no estaba en manos de Kalec. Solo podía rezar para que la Historia
discurriera por los cauces que él recordaba (aunque, a cada nueva visión, se iba cuestionando
más y más esos recuerdos) y para que Malygos sobreviviera.
Lo cierto era que no parecía supervivencia que su anfitrión tuviera el instinto de
supervivencia muy desarrollado, ya que el protodragón aceleraba cada vez más, como si
ansiara ya que el protodragón aceleraba cada ansiara enfrentarse a Galakrond cara a cara. El
paisaje cambió en más de una ocasión mientras Malygos seguía el extraño y perturbador olor
del gigante. Además, cuanto más reciente fuera el rastro, más percibía Malygos que había
algo tremendamente malo en ese hedor, pues transmitía la sensación de podredumbre, como
si el propio Galakrond estuviera medio muerto. Asimismo, había algo más totalmente
inherente a esa peste que para el protodragón resultaba aterrador y muy retorcido. Si bien la
maldad no era un concepto que entendiera la raza de Malygos del todo, Kalec se dio cuenta
de que esa era la palabra que buscaba su anfitrión. No importaba qué hubiera sido en su día
Galakrond (y los recuerdos de Malygos parecían señalar que en el pasado ese leviatán había
sido considerado un ser predominantemente benevolente), pues había escogido un sendero
muy tenebroso en algún momento.
Como Deathwing, pensó un cada vez más aterrado Kalec. Pero en cierto modo, aún
peor y más primario.
A pesar de hallarse en un gran apuro, lo que más le preocupaba a Kalec era saber por
qué esta información se había ocultado a la raza de los dragones azules. ¿Por qué los
Aspectos originales y el resto de los primeros dragones habían acordado mantener esta
terrible época en secreto a las generaciones venideras?
Malygos se detuvo repentinamente. Kalec se dio cuenta demasiado tarde de que,
junto al hedor cada vez más intenso de Galakrond, podía detectar restos de otro olor que
Malygos también reconoció. No se trataba de Coros, sino de uno de los esbirros que lo
acompañaban. El protodragón blanquiazul se ladeó y siguió ese rastro.
A pesar de que la esencia de Galakrond seguía prevaleciendo sobre el resto, el otro
olor se tornó más intenso. Otros olores se sumaron a él, el de Coros entre ellos.
Entonces, otra peste aún más nauseabunda captó la atención de Malygos, que
descendió de inmediato.
Un par de protodragones no-muertos descendieron desde las alturas y estuvieron
muy cerca de destrozarle las alas a Malygos con sus garras. Con unos siseos entrecortados,
lo persiguieron hasta al suelo. A través de los ojos de su anfitrión, Kalec buscó lugar desde
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El Alba de los Aspectos
algún el que poder defenderse mejor; entonces, recordó que no llevaba las riendas del cuerpo
que ocupaba. De haber sido así, un arco natural de piedra situado al oeste habría sido el
destino que él hubiera elegido. En ese instante, Malygos se dirigió hacia ese arco.
Kalec no podía estar del todo seguro sobre si Malygos había adoptado la misma
decisión que él o si, por un momento el protodragón y él habían unido sus conciencias de
algún modo. Kalec se tuvo que conformar con rezar para que la opción del arco demostrara
ser la correcta, ya que los dos no-muertos les pisaban los talones y estaban acortando la
distancia que los separaba.
Malygos atravesó el arco raudo y veloz y, al instante, se elevó. Tras girar en el aire,
el protodragón aterrizó violentamente, con las garras por delante, sobre el arco. Kalec notó
cómo a su anfitrión le temblaban todos los huesos por culpa del impacto y esperó que este
no se hubiera infligido a sí mismo ningún daño muy grave.
El arco se vino abajo. Toneladas de roca llovieron sobre ambos no-muertos justo
cuando pasaban por debajo de este en su incesante persecución.
Los escombros hicieron caer al suelo al primer perseguidor, donde el cadáver quedó
reducido a pulpa. Si bien el derrumbe no alcanzó por entero al segundo no-muerto, sí hizo
que este adversario perdiera el control de su vuelo. El cadáver reanimado se acabó
estrellando contra una de las paredes fragmentadas del arco.
Malygos inhaló con fuerza y descendió a por su perseguidor. Mientras el no-muerto
intentaba enderezarse, el anfitrión de Kalec lanzó una bocanada de escarcha.
Los movimientos del no-muerto se ralentizaron. Malygos incrementó su velocidad.
Se abalanzó sobre su adversario antes de que este pudiera recuperarse del impacto de la
descarga y le mordió la garganta y le desgarró el pecho.
La carne y las escamas resecas cedieron fácilmente ante ese asalto, pero eso no
significaba que el cadáver cesara de atacar a Malygos, puesto que los efectos de la
congelación se esfumaron. El no-muerto intentó morderle a Malygos en un ala y clavarle las
garras en la garganta, a pesar de tener la garganta prácticamente destrozada.
El protodragón agachó la cabeza y la introdujo en la cavidad torácica de su rival, a,
se aferró a él con fuerza y desgarró todo cuanto pudo. Al sacar la testa de ahí, la parte superior
del cadáver se vino abajo sobre ese torso destrozado. El no-muerto no paraba de sacudir la
cabeza, que acabó fracturándose.
Malygos terminó de decapitar a la criatura y la cabeza cayó a un lado. El cuerpo
destrozado siguió buscando a su rival de un modo torpe. El protodragón se apartó y el
cadáver se desplomó.
No obstante, en cuanto Malygos hizo esto, un agudo dolor le atravesó la garra
izquierda posterior. Rugió angustiado mientras intentaba liberarse de las tensas fauces de la
cabeza decapitada, allá donde varios dientes habían logrado atravesarle la piel.
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El Alba de los Aspectos
Malygos la agarró de las fauces y, al fin, logró abrírselas. Después, arrojó la cabeza
lo más lejos posible.
Le dolía la garra herida. Y la sangre seguía manando de ella. Malygos examinó las
heridas y, acto seguido, exhaló con sumo cuidado.
Una fina descarga de escarcha cubrió la zona afectada. El frescor calmó el dolor y
ayudó a ralentizar el flujo de sangre, que finalmente se detuvo por sí solo unos instantes
después.
Kalec sintió ese dolor tanto como Malygos. Y dio gracias porque ese frío era capaz
de calmarlo.
El viento atravesaba esa región. Malygos olisqueó el aire. Ambos percibieron el
diáfano olor de Coros y de algunos de sus seguidores. Ni Kalec ni su anfitrión sabían por
qué estos protodragones habían decidido dejar de seguir a Galakrond, pero estaban
dispuestos a descubrirlo.
Como no deseaba ser víctima de ninguna otra trampa, Malygos tomó una ruta muy
tortuosa para evitar que su propio olor pudiera alcanzar a sus enemigos. A medida que el
protodragón se acercaba, un nuevo e intenso olor se sumó al de Coros y los demás. El aroma
de la sangre.
De una sangre muy fresca. Ese aroma tan perturbador se vio acompañado por la voz
ronca de Coros. Si bien no estaba nada claro qué era lo que decía ese protodragón, no cabía
duda de que estaba enojado. Con mucha cautela, Malygos echó un vistazo a su alrededor, a
las rocas, y de repente se le desorbitaron los ojos. Coros y sus seguidores no estaban solos.
Entre ellos, yacía un macho muy joven de la familia de Alexstrasza. También había ahí dos
miembros más de la familia de Coros; uno de ellos era una hembra un poco más pequeña
que el líder del grupo. En su semblante se reflejaba un taimado orgullo, un gesto que tanto
Malygos como a Kalec les dio la impresión de que no tenía nada que ver con el motivo, de
la ira de Coros, que evidentemente estaba centrada en dos de los otros machos.
—¡Háganlo! —exclamó el líder—. ¡Ha de hacerse así! ¡Galakrond lo hizo así! —El
joven intentó levantarse, pero al instante se desplomó. En ese instante, pudieron apreciar las
tremendas heridas que había sufrido. Tenía el pecho abierto en canal y las alas desgarradas.
Malygos posó su mirada en esa nueva pareja y comprobó que ambos tenían las garras
manchadas de un color carmesí.
—¡Lo hemos traído aquí para ustedes! —intervino la hembra, apoyando así a Coros.
—¡Coman! —Malygos retrocedió, y si Kalec hubiera podido hacer lo mismo,
también lo habría hecho. Ninguno de los dos podía creerse lo que acababan de escuchar.
Lo demás protodragones siguieron titubeando. La hembra miró a Coros, que siseó.
Al hacerlo, Coros mostró que tenía los dientes tan rojos corno ella las garras. Sin previo
aviso, la protodragona se abalanzó sobre la garganta del joven herido.
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El Alba de los Aspectos
Mientras el resto de machos, salvo Coros, retrocedían tan consternados corno
Malygos lo había hecho unos instantes antes, la hembra le arrancó un monstruoso trozo de
carne de un costado. Regodeándose, arrojó el pedazo hacia arriba para que luego cayera en
su garganta. Se lo tragó entero y brindó una sonrisa despectiva al resto del grupo.
Malygos quiso acudir en ayuda del joven, pero no lo hizo porque era consciente de
que no solo era ya muy tarde, sino que su sacrificio sería en vano. Aunque Kalec lo
comprendía, de repente sintió la necesidad de hallarse realmente junto a su anfitrión, pues
estaba seguro de que los dos juntos habrían podido derrotar a Coros y su grupito.
No obstante, en realidad, no podía hacer más de lo que había hecho Malygos, quien
compartía con él la misma sensación de frustración y horror por haber tenido ido que
limitarse a contemplar esa carnicería. Entonces, uno de los titubeantes machos se abalanzó
sobre la víctima y le arrancó un trozo de carne del brazo al joven. Mientras lo engullía, el
resto se sumó al fin a ese festín.
Eso fue más de lo que el curtido Malygos era capaz de soportar. Se volvió y sufrió
unas arcadas que intentó silenciar. Kalec experimentó esas emociones con toda su crudeza,
mientras Malygos intentaba asimilar la tremenda atrocidad que Coros había obligado a
perpetrar a sus seguidores. Los protodragones no devoraban a otros protodragones. Si,
probaban la sangre de sus rivales en los duelos, pero incluso cuando estos acababan con
víctimas mortales, no se comían a los muertos.
Al menos no hasta la irrupción de Galakrond.
Malygos se tensó. Galakrond.
Ni Kalec ni su anfitrión podrían haberse imaginado una situación peor, pero en ese
instante, ambos se dieron cuenta de que lo que pretendía Coros era que él y sus seguidores
llegaran a ser como Galakrond.
Malygos se estremeció y se obligó a volver a contemplar ese espectáculo dantesco.
Por suerte, el joven naranja como el fuego había muerto y ya no sufría mientras lo
despedazaban a mordiscos. Enseguida, los seguidores de Coros no dejaron más que un
montón de huesos y piel destrozada.
Fue Coros quien puso el punto final a ese espanto. Con el hocico empapado de
sangre, alzó la cabeza machacada del muerto agarrándola por la mandíbula y la arrojó a un
lado.
—¡Ya está hecho! ¡Sí! ¡Nos haremos más fuertes! ¡Pronto lo notaremos!
—¡Pronto! —repitió la hembra.
—¡Pronto! — insistieron los demás.
Coros estiró las alas.
—Ahora… ¡Ahora ya verán como Galakrond no nos devorará! ¡Ahora somos como
Galakrond! ¡Nos uniremos a él! ¡Y no nos comerá!
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El Alba de los Aspectos
Esas palabras alentaron hasta al más reticente de sus acólitos. Los protodragones ahí
reunidos elevaron las cabezas y sisearon al unísono. Entonces, Coros despegó y la hembra
lo imitó de inmediato. El resto los siguieron, dejando los restos destrozados de su víctima al
amparo del viento. Si bien Malygos estuvo a punto de seguirlos, de repente, se sintió
obligado a acercarse al cadáver machacado. El intenso olor a muerte reciente inundó sus
fosas nasales. Por razones que ni Malygos ni Kalec tenían claras, el protodragón se agachó
para examinar esos horripilantes restos mortales. El anfitrión de Kalec olisqueó los restos
del joven y, acto seguido, por mero impulso, cogió uno de esos huesos con sus fauces.
Nada más hacer eso, Malygos escupió el hueso. Incluso en ese momento, sintió la
necesidad de volver a coger ese trozo u otro para rebañar los pedazos de carne que aún
quedaban ahí y tragárselos. Tanto a Kalec como a su anfitrión les asqueó la idea; no obstante,
Malygos tuvo que hacer un gran esfuerzo para poder alejarse del cadáver. El hambre lo
dominaba, un hambre que iba más allá de la mera necesidad de comer carne. Malygos
ansiaba poder degustar otra cosa, algo que Kalec enseguida descubrió.
Malygos ansiaba apoderarse de la esencia vital que todavía permanece en el cadáver
del joven. El dragón azul pudo notar cómo el protodragón hacía todo lo posible para poder
aguantarse las ganas de destrozar esos restos en busca de la escasa energía vital que todavía
no se había disipado.
Tras reprimir un rugido iracundo, Malygos se giró y abandonó volando el lugar. Al
principio, se limitó a volar lo más lejos posible del cadáver, a pesar de que eso lo llevara en
la dirección equivocada. Después de que el viento que le acariciaba la cara lo calmara,
Malygos trazó por fin un arco en el aire que lo llevó hacia el sendero que el grupo de Coros
había tomado.
Aunque sus olores eran muy intensos, tanto Malygos como Kalec se percataron de
que ahora había algo distinto en ellos. El tenue rastro de maldad que impregnaba todo lugar
por el que pasaba Galakrond teñía ahora su rastro, lo cual volvió a despertar ese deseo tan
perturbador en Malygos; sin embargo, el anfitrión de Kalec se contuvo, a pesar de que la
tensión era mucho mayor esta vez.
Malygos aceleró el ritmo. Kalec era consciente de que el protodragón seguía sin
saber qué iba a hacer, pero al menos sí sabía que debía descubrir qué iba a pasar cuando
Coros le hiciera su propuesta a Galakrond. Unas imágenes en las que Coros llevaba a los
demás protodragones a una trampa donde Galakrond los devoraba pasaron fugazmente por
la mente de Malygos (y la de Kalec) una y otra vez.
Un destello de color azul verdoso llamó la atención de Malygos. El protodragón
divisó con su aguda vista cierto movimiento cerca de un pequeño arroyo. Mientras Kalec
intentaba hallar un sentido a lo que veía su anfitrión, Malygos aterrizó a poca distancia de lo
que había visto.
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El Alba de los Aspectos
Por delante de él, oyó un ruido estridente. Malygos se arrastró sigilosamente hacia
allá.
Algo tragó una enorme cantidad de agua. Segundos después, Kalec vio, a través de
los ojos de Malygos, una figura familiar; la de un miembro de la familia de Coros. Si bien
Kalec no tenía ni idea de qué miembro de la banda era en concreto, su anfitrión sí reconoció
a ese macho; era uno de los que se habían mostrado más titubeantes a la hora de participar
en ese banquete atroz.
Ese otro protodragón no tenía muy buen aspecto. Sus ojos habían adquirido un tono
amarillento y pálido y respiraba con dificultad. Engulló otro trago de agua y, a continuación,
expulsó la mitad tosiendo, junto a un poco de carne sin digerir.
A Malygos se le revolvieron las tripas. Entonces, tal vez hiciera algún ruido o
movimiento del que ni él ni Kalec fueron conscientes, ya que de repente el otro macho se
giró en su dirección.
Con un violento siseo, el protodragón verdeazulado se abalanzó sobre Malygos, pero
el macho enfermo reaccionó con una velocidad impropia de su estado y arremetió contra
Malygos.
El anfitrión de Kalec logró retroceder lo justo como para evitar que le desgarrara la
garganta. Su atacante luchaba con una furia casi absurda que compensaba su carencia de
inteligencia. Esas fauces repletas de babas parecían hallarse por doquier. Ni Kalec ni
Malygos fueron capaces de comprender cómo lograron evitar ser masacrados; no obstante,
el macho azul como el hielo lo logró, aunque por los pelos. En cuestión de segundos,
Malygos había sufrido media decena de tajos; por suerte, todos ellos eran únicamente
superficiales.
Sin embargo, todas esas heridas y la tensión del combate provocaron que este
volviera a sentir dolor en la zona donde le había mordido el no-muerto antes. El protodragón
tuvo la sensación de que le iba a estallar la cabeza. Kalec notó cómo el inteligente y versátil
Malygos era sustituido por una bestia tan irracional como el macho enfermo.
Una bestia que golpeó con más rabia si cabe que el macho enfermo.
Ahora era Malygos el que mordía, rasgaba y destrozaba de manera inmisericorde.
Con sus grandes garras traseras, abrió unos cortes profundos de color escarlata en la piel de
su oponente. Con sus garras delanteras, que eran más pequeñas, se aferró con fuerza al otro
macho, de modo que el enemigo de Malygos permaneció justo donde él quería. Malygos no
dio cuartel al macho cuando este intentó apartarse de él.
Kalec solo pudo observar, con creciente espanto, cómo su anfitrión arremetía contra
su debilitado adversario. La saliva goteaba de las fauces de Malygos mientras se abalanzaba
amenazadoramente sobre el protodragón. Malygos ansiaba matar, ansiaba eso y algo más,
algo que Kalec sabía ahora qué era pero que no iba a poder evitar.
P á g i n a | 121
El Alba de los Aspectos
Con una última embestida, Malygos mordió a su oponente en la Garganta,
arrancándole casi la mitad en medio de un gran frenesí. Sin embargo, no se limitó a arrojar
ese trozo a un lado, tal y como esperaba Kalec, sino que, con cierta impaciencia, lo lanzó
por encima de su cabeza para engullirlo después.
No obstante, en cuanto ese pedazo acabó en su garganta, Malygos recuperó la
cordura. El anfitrión de Kalec tosió hasta vomitar el cacho de carne. El protodragón
retrocedió trastabillando, pues se hallaba tan consternado como Kalec por lo que había
estado a punto de hacer.
El mordisco que le había dado antes el no-muerto le dolía ahora más que nunca.
Malygos contempló la herida primero furioso y luego estupefacto. Asimismo, Kalec
se dio cuenta de qué era lo que le había sucedido a su anfitrión. El mordisco se le había
infectado a Malygos, lo cual le había empujado a seguir el mismo sendero nauseabundo que
Galakrond había seguido, el mismo sendero que Coros ahora deseaba seguir.
A pesar de que Malygos continuaba resistiéndose a ese deseo, el impulso seguía
siendo muy fuerte. El cadáver cercano, todavía fresco, irradiaba restos de energía vital, lo
cual era una tentación continua el protodragón.
Tras lanzar un siseo ansioso, Malygos reanudó la persecución de Coros una vez más.
El protodragón se concentró cuanto pudo en su rival y en el esperado encuentro con
Galakrond. Malygos no se atrevió a pensar en nada más.
Kalec, sin embargo, estaba meditando profundamente, llegando a unas conclusiones
a las que su anfitrión no había llegado. Un mero mordisco había estado a punto de hacer que
Malygos enloqueciera sin remedio.
¿Cuántos protodragones más habían sido mordidos ya? ¿Cuántos más iban a
acabar siendo mordidos?
¿Y cuántos de los ya mordidos no iban a poder resistirse a esa infección, como había
hecho Malygos hasta ahora, allanando así el camino para que acabara teniendo lugar una
masacre aún más dantesca de la que auguraba el traidor de Coros?
P á g i n a | 122
CAPÍTULO DOS
LOS TRAIDORES
El tiempo carecía ya de significado para Kalec; al menos, cuanto más permanecía
atrapado en el pasado. De hecho, mientras más se iban desarrollando los acontecimientos en
esta era, se sentía menos tentado a regresar a su propia época. A pesar de que solo era un
compañero incorpóreo e imperceptible para el joven Malygos, Kalec no podía evitar tener
la impresión de que, en cierta manera, su vida tenía más sentido en ese pasado.
Experimentaba todo lo que sentía Malygos (tanto lo bueno como lo malo) y ambos parecían
estar cada vez más de acuerdo cuando había que decidir qué camino iba a seguir el
protodragón.
Nos estamos convirtiendo en un solo ser, concluyó al fin Kalec, mientras el hedor
cada vez más intenso de Galakrond les indicaba que la gigantesca bestia se hallaba más y
más cerca.
Kalec, que no se sintió inquietado por el camino esotérico que estaban tomando sus
pensamientos, conminó a Malygos a acelerar su ritmo de vuelo y este hizo eso mismo,
precisamente. Kalec se sentía cada vez más satisfecho porque cada vez formaba más parte
integral de esas visiones, aunque también se encontraba cada vez más decidido a detener a
Galakrond y la putrefacción que este estaba extendiendo. Kalec ya no se sentía tan seguro
sobre cómo iba a ser el futuro, pues era posible que la Azeroth que él había conocido solo
fuera un producto de su Imaginación.
Hay que detener a Galakrond, se insistía a sí mismo una y otra vez, ya que esa misión
era más real para él que su propia existencia. A Galakrond… y Coros.
Súbitamente, Malygos descendió en picado hacia el suelo. Al mismo tiempo, a través
de los ojos de su anfitrión, Kalec vio fugazmente cómo Coros y los demás se elevaban hacia
el cielo justo por delante de él. Kalec supuso que el grupo se había detenido por alguna razón
y acababan de reanudar la marcha.
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El Alba de los Aspectos
A pesar de que Malygos había reaccionado rápidamente, la hembra que acompañaba
a Coros giró la cabeza hacia atrás, como si acabara de percibir algo. Tanto Kalec como su
anfitrión se percataron demasiado tarde que estaba buscando a un miembro del grupo que se
había perdido. Por desgracia, en vez de dar con el extraviado, había descubierto a su solitario
perseguidor.
La hembra lanzó un fuerte chillido para advertir a Coros y al resto de que alguien los
seguía. Malygos siguió descendiendo hasta que se encontró a pocos metros del suelo. Las
puntas de sus alas rozaron ese terreno tan duro en más de una ocasión mientras buscaba
algún parapeto. Atravesó raudo y veloz un estrecho pasaje, al mismo tiempo que evaluaba
constantemente cuál de los diversos caminos que tenía por delante podía ser el mejor. Viró
por uno tras otro e incluso se arriesgó a mirar hacia arriba y hacia atrás, durante un breve
instante, siempre que lo considerara seguro.
Por eso, al doblar la siguiente esquina, no se dio cuenta de que Coros se abalanzaba
sobre él.
El otro protodragón embistió a Malygos y los dos acabaron estrellándose contra una
de esas paredes rocosas. Malygos jadeó al notar cómo el aire abandonaba sus pulmones,
intentó recuperar el aliento, pero Coros le golpeó fuertemente con las patas traseras,
impidiendo así respirar al anfitrión de Kalec.
Un segundo atacante (la hembra) cayó sobre Malygos, empujándolo hacía el suelo.
Al instante, ella y Coros se abalanzaron sobre su garganta.
Entonces, la tierra tembló. Un conjunto de rocas y tierra cayó sobre los tres. Malygos,
que prácticamente se encontraba tumbado boca arriba, recibió el impacto de lleno. Coros y
la hembra lograron esquivar gran parte del derrumbe y se desvanecieron tras los escombros.
Un ala de Malygos quedó atrapada bajó una pesada roca. Aunque al principio se
revolvió, al final optó por inclinarse sobre el apéndice atrapado. Si bien el dolor que sintieron
al retorcerse resultó agónico tanto para Kalec como para su anfitrión, esto permitió al
protodragón librarse de esa roca a pesar de que continuaba el desplome.
Para cuando Malygos logró tomar aire, a pesar de que el omnipresente polvo lo
asfixiaba, parecía que había pasado una eternidad. De inmediato, Malygos exhaló y lanzó
un fuerte chorro de escarcha en dirección hacia arriba, con lo cual logró ralentizar el
derrumbe, ganando así unos segundos vitales para poder cubrirse mejor con las alas y tomar
aire de nuevo.
La avalancha terminó. Aunque Malygos se revolvió para quitarse los escombros de
encima, al principio apenas pudo respirar y mucho menos moverse. La escarcha que había
exhalado se estaba rompiendo y corría el riesgo de que le cayeran encima más rocas. Ambos
tenían claro que tenían que salir rápidamente de ahí.
Si bien las patas delanteras de Malygos eran muy pequeñas en comparación con las
traseras, eran lo bastante fuertes como para ayudarle a abrirse camino hacia delante hasta
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El Alba de los Aspectos
que pudiera impulsarse con sus extremidades más grandes. Con el hocico, el protodragón
empujó hacia arriba las rocas, y montones de piedras cayeron a su alrededor.
Tras lograr echar a un lado otra roca más, un soplo de aire le acarició las fosas
nasales. Haciendo un mayor esfuerzo si cabe, Malygos se impulsó hacia esa pequeña
abertura. Logró atravesarla con la cabeza y, por un momento, titubeó, pues estaba seguro de
que eso era justo lo que Coros esperaba que sucediera.
Pero al ver que su rival no estaba ahí para arrancarle la cabeza, Malygos logró salir
por entero de ahí. Ahora, el dolor de la pierna rivalizaba con el del ala, aunque tras batirla
brevemente pudo comprobar que aún podría volar con ella.
El estruendo del derrumbe lo había dejado sordo por el momento. No era capaz de
saber qué estaba pasando exactamente, ya que solo podía fiarse de lo que percibía con los
demás sentidos, lo cual le basto para percatarse de que estaba teniendo lugar un segundo
temblor, que lo obligó a retirarse de donde estaba.
En cuanto Malygos se detuvo, fue recuperando la audición poco a poco. Tanto él
como Kalec oyeron de repente lo que parecía ser un trueno o el inicio de otro temblor.
Entonces, se dieron cuenta de que, en realidad, estaban escuchando el murmullo receloso de
una criatura enorme. En ese momento, Kalec y su anfitrión comprendieron que lo que ellos
habían tomado por un corrimiento de tierras no había sido más que los estragos causados
por el aterrizaje de Galakrond.
Con suma cautela. Malygos se abrió camino hacia arriba. Entonces, pudo oír otra
voz, la voz de Coros.
—¡Habrá muchos ahí! ¡Todos esperando a ser devorados como rumiantes!
—Muchos… — Cada palabra que pronunciaba Galakrond retumbaba en los oídos
aún doloridos de Malygos. Tanto él como Kalec dudaban seriamente de que Galakrond fuera
capaz de hablar con un tono de voz inferior a un bramido.
—¡Nos daremos un festín! —le aseguró Coros—. ¡Nos haremos más fuertes!
Malygos asomó la cabeza con mucho cuidado por encima de su escondite.
Obviamente, Coros había dado por sentado que él se hallaba enterrado bajo toneladas de
escombros; no obstante, el protodragón azul como el hielo permaneció alerta por si había
centinelas apostados para evitar que alguna otra necia criatura se atreviera a espiar a
Galakrond. De hecho, a través de su anfitrión, Kalec se percató de que al menos un miembro
de la banda de Galakrond estaba actuando como vigía, aunque, por suerte, no estaba mirando
en dirección hacia Malygos en ese momento.
Coros y la hembra flotaban en el aire ante Galakrond, quien tanto a Malygos como a
Kalec les dio la sensación de que era más grande que nunca. Lo más perturbador de todo era
que las diversas protuberancias que salpicaban aquí y allá la piel del coloso estaban ahora
más marcadas de lo que lo habían estado antes. Unas extremidades totalmente desarrolladas
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El Alba de los Aspectos
pendían de su cuerpo por todas partes. Incluso contaba con unas alas que aleteaban
infructuosamente, como si pretendieran elevar a Galakrond en el aire.
No obstante, lo más inquietante eran sus ojos. Esos orbes tan peculiares se
encontraban desperdigados por doquier y estaban teñidos por la misma maldad que los dos
ojos originales, que ahora se hallaban clavados sobre Coros y la hembra. Esas decenas de
ojos extras pestañeaban al azar, como si cada uno formara parte de un individuo en concreto
y no de la misma bestia.
Uno de los más cercanos desplazó su mirada iracunda hacia Malygos.
El protodragón se agachó inmediatamente. El macho azul como el hielo contuvo la
respiración y aguardó, pero no oyó a Galakrond gritar. Lo único que pudo oír fueron las
voces de Coros y la hembra. Malygos volvió a alzar la cabeza, a pesar de que todavía lo
dominaban los nervios. Ese ojo se encontraba ahora posado sobre el pequeño grupo que se
hallaba frente a ese coloso cruel.
—¡El Gran Galakrond nos liderará! —prosiguió diciendo un Coros bastante
jubiloso—. ¡El Gran Galakrond será el dueño de todo!
¡Coros está loco!, pensó Kalec, quien era perfectamente consciente de que Malygos
opinaba lo mismo sobre su rival. Aun así, ambos comprobaron que Galakrond estaba
escuchando con sumo interés esas palabras.
—¿Dónde se reunirán? —preguntó Galakrond al fin a Coros.
—¡En el escarpado valle! ¡Muy pronto! Aunque Kalec ignoraba a qué lugar se
refería, era evidente que Malygos sí lo sabía. Profirió un tenue siseo que le indicó que las
palabras de Coros eran ciertas y que la traición del otro protodragón superaba todo lo
imaginable.
—Conozco ese lugar —señaló Galakrond, que, por su mirada, parecía perdido en sus
pensamientos—. Cazaba ahí cuando era pequeño… cuando no era nada…
—¡Pero ahora eres grandioso! —exclamó la hembra y, acto seguido, los demás
mostraron que estaban de acuerdo con ella con un coro de siseos.
Algunos de los miembros vestigiales de Galakrond se agitaron y sus zarpas arañaron
el aire como si buscaran una presa. Unos cuantos de sus otros ojos miraron en la dirección
que miraban sus ojos principales.
—Sí, lo soy —afirmó la gigantesca y desalmada bestia, que observó a Coros con
especial detenimiento—. Y tú también lo serás.
—¡Pero no tanto como Galakrond! —replicó inmediatamente el rival de Malygos, a
la vez que la hembra asentía rápidamente—. ¡No tanto como Galakrond!
—No… nunca tanto como yo… —Galakrond extendió las alas, que al instante
cubrieron de sombras esas tierras hasta cierta distancia. Con una garra delantera (que era
pequeña en comparación con el resto ser, pero bastante más grande que todo un protodragón
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El Alba de los Aspectos
normal) arañó esa tierra tan dura, atravesando la piedra como si fuera arena—. Solo puede
haber uno como yo…
Una expresión de inquietud se dibujó en el semblante del vigía que de repente se
elevó hacia el cielo. Malygos y Kalec creyeron que habían sido descubiertos; sin embargo,
el centinela siguió ascendiendo, más y más arriba, lo más rápido posible. Ahora no cabía
duda de que estaba abandonando a los demás. El protodragón a la fuga aceleró el ritmo y se
esfumó en la lontananza.
Al mismo tiempo, Galakrond rugió y se elevó en el aire justo por encima de Coros y
el resto de su banda. El rival de Malygos y la hembra dieron un salto hacia atrás en cuanto
los envolvió la oscuridad que proyectaba ahora la vasta silueta de Galakrond.
Si bien los dos miembros restantes de la banda de Coros intentaron escapar, lo único
que lograron fue atraer la atención de Galakrond hacia ellos. A pesar de la velocidad a la que
volaban, al coloso le resultó muy fácil darles alcance. A pesar de que los pequeños
protodragones se separaron, esa estrategia no los salvó. Mientras Galakrond se ladeaba hacia
uno de ellos, trazó un arco con una de sus alas. Ese descomunal apéndice se llevó por delante
al segundo de los seguidores de Coros.
Coros y la hembra despegaron y se dirigieron hacia el lugar donde se escondía
Malygos. Iban a tal velocidad que no repararon en este, quien permaneció pegado al suelo.
Unos chillidos rasgaron el aire. Entonces, Malygos se atrevió a sacar la cabeza para
mirar. El protodragón al que había alcanzado Galakrond con su ala se encontraba ahora ante
el coloso. Con un rugido ansioso, Galakrond engulló a su víctima.
La otra presa del monstruoso protodragón intentó aprovecharse del funesto destino
que había sufrido su camarada para pasar junto al leviatán inadvertido. A una enorme
velocidad, dejó atrás el perfil izquierdo de la cara de Galakrond mientras se dirigía hacia el
hombro de este.
De improviso, uno de los miembros extra del coloso agarró de un ala protodragón a
la fuga. El macho profirió un graznido de terror al verse atrapado por esa zarpa.
Galakrond se agitó mientras la garra lanzaba a la víctima hacia delante.
El macho se desvaneció chillando por la garganta de Galakrond.
Tras acabar de comérselo, el monstruo se giró hacia Malygos. Kalec notó cómo le
invadían unas terribles ganas de escapar a su anfitrión, pero de algún modo Malygos logró
mantenerse en su sitio. Un momento después, esa decisión demostró ser muy acertada, ya
que Galakrond lo sobrevoló y dejó atrás. La facilidad y rapidez con la que el gigantesco
protodragón había dado caza a su siguiente víctima tenía como consecuencia que ni Coros
ni la hembra hubieran podido ir muy lejos. Kalec y su anfitrión todavía podían distinguir a
esos protodragones diminutos, en comparación con el coloso, que intentaban
desesperadamente mantener la distancia que los separaba de Galakrond. Sin embargo, a este
le bastó con dar unos pocos aleteos para colocarse justo detrás de ambos.
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El Alba de los Aspectos
Sin previo aviso, Coros embistió a la hembra en un costado, la cual perdió el control
de su vuelo y perdió velocidad.
¡La va a sacrificar para salvar el pellejo!, pensó Kalec, y tanto él como Malygos se
quedaron estupefactos ante esa conducta tan traicionera. La hembra se enderezó justo a
tiempo para ver cómo Galakrond se le echaba prácticamente encima.
La hembra exhaló a la desesperada. Sin embargo, ese aliento, que habría funcionado
perfectamente contra un adversario del tamaño de Malygos, solo alcanzó a cubrir fútilmente
uno de los enormes colmillos amarillentos del coloso.
Galakrond se la tragó sin ni siquiera aminorar el ritmo de su persecución, cuyo
objetivo era ahora Coros. El rival de Malygos hizo un tremendo esfuerzo por mantenerse
alejado del monstruo. A Coros la treta de haber traicionado incluso a su propia familia no le
iba a salvar de la insaciable hambre de Galakrond, quien abrió sus poderosas fauces aún más.
Entonces hizo algo que a los testigos de esa persecución pudo parecerles una locura;
Coros giró abrupta y directamente hacia esas fauces abiertas. Pero antes de que el leviatán
pudiera cerrar la boca, Coros ascendió a gran velocidad y atacó a Galakrond en el paladar.
Con sus garras, desgarró esa carne desprotegida y blanda.
Galakrond retrocedió. Si bien ni Malygos ni Kalec creían que Coros hubiera logrado
herir de verdad a Galakrond, sí pensaban que ese ataque lo había pillado desprevenido, sin
ninguna duda. Coros se valió de ese ardid para reanudar su huida. Con una velocidad que ni
siquiera Malygos podría haber igualado, el protodragón verdeazulado cayó en picado hacia
el suelo, donde mantuvo esa tremenda velocidad a pesar de tener que recorrer un terreno que
cambiaba continuamente.
Galakrond se lanzó en su persecución y Malygos abandonó por fin su escondite,
desde donde pudo contemplar por última vez al cazador y la presa.
En ese momento, tanto él como Kalec se percataron de que, a pesar de la maniobra
artera de Coros, el rival de Malygos no iba a poder escapar. Al ir volando tan bajo, consiguió
evitar, por un breve espacio de tiempo, que Galakrond lo devorara con facilidad, pero una
elevación en el terreno provocó al final que el veloz Coros tuviera que variar de improviso
de rumbo. El impulso que llevaba hizo que se elevara por encima de la zona de seguridad
que le brindaba el suelo y el leviatán se lo tragó entero.
La manera tan abrupta en que pereció el rival de Malygos no perturbó lo más mínimo
al anfitrión de Kalec. Ambos habían sido testigos de cómo lo único que realmente le
importaba a Coros era salvar su propio pellejo, ni siquiera le importaba la vida de sus seres
más cercanos. Ahora, lo único que preocupaba a Malygos era que Galakrond se girara
súbitamente y lo divisara antes de que pudiera escapar.
Por fortuna, Galakrond decidió aterrizar en una vasta llanura situada más adelante.
El macabro coloso se posó ahí con un fuerte golpe sordo, como había hecho antes,
provocando un temblor que recorrió toda la región.
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El Alba de los Aspectos
Malygos volvió a descender rápidamente y esperó. Galakrond apoyó la cabeza en el
suelo. Unos breves instantes después, el enorme protodragón lanzó un grave y continuo
murmullo; roncaba.
Tras comprobar que ese ruido monótono no cesaba, Malygos se atrevió a despegar
de nuevo. Ni Kalec ni Malygos eran capaces de adivinar cuánto tiempo iba a estar Galakrond
descansando ahí; sin embargo, el protodragón azul como el hielo daba por sentado que no
sería mucho. Siguiendo la estrategia de Coros, Malygos voló bajo y a la mayor velocidad
posible. Incluso cuando ese murmullo se desvaneció en la lejanía, el anfitrión de Kalec no
aminoró el ritmo.
Entre tanto, una idea fue cobrando forma en los pensamientos del protodragón y, por
tanto, de Kalec. Si bien Coros había pagado muy cara su traición, al final había logrado
llevar a cabo una última fechoría. Ahora, Galakrond sabía dónde estaba reuniendo Talonixa
a los demás para realizar el ataque. A pesar de que tanto para Malygos como para Kalec el
plan de la hembra era un suicidio, al menos les permitía albergar alguna esperanza de
victoria. Sin embargo, si Galakrond los atacaba cuando todavía estaban reuniendo sus
fuerzas, el desastre sería mayúsculo.
El protodragón aceleró aún más. Si Malygos lograba avisar a Talonixa antes de que
Galakrond se despertara (y si conseguía que la hembra le hiciera caso), entonces aún habría
alguna esperanza.
Pese a que un nuevo estruendo hizo que Malygos descendiera aún más, este
reconoció casi de inmediato que ese ruido era un trueno y no cosa de Galakrond. El exhausto
protodragón dejó por fin de huir. El esfuerzo realizado hasta ahora le estaba pasando factura
a Malygos, a pesar de su gran fortaleza.
En ese instante, empezó a llover. Si bien la tormenta no era muy fuerte, temía que,
si la lluvia seguía avanzando en su dirección actual, pronto alcanzaría a Galakrond. Si lo
despertaba, tal vez decidiera volar en la dirección en la que se encontraba Malygos… El
mundo de Kalec se volvió del revés. Una terrible sensación de vértigo se apoderó de él,
como si la experimentara por primera vez. Para su sorpresa se resistió a abandonar a su
anfitrión, pues comprendía más esa batalla por la supervivencia que los interrogantes cada
vez mayores que planteaba su vez existencia en el presente.
Aun así, como siempre, Kalec no pudo hacer nada al respecto. Malygos y el pasado
se desvanecieron… y el dragón azul se despertó tumbado boca arriba y bajo su forma
semiélfica en algún lugar del Nexo.
No había nada que le indicase cuánto tiempo había transcurrido, si es que había
transcurrido alguno. Se hallaba en un lugar muy oscuro y eso inquietó a Kalec, ya que ahí
debería haber habido algo de iluminación. Se levantó del suelo e invocó una esfera de luz.
Presa de la frustración, apretó los dientes al descubrir que no se hallaba donde había
estado la última vez, sino en una cámara situada en las probidades del Nexo. Echó un vistazo
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El Alba de los Aspectos
a su alrededor y solo vio vacío. Ni siquiera había alguno de la reliquia, lo cual no le regocijó
precisamente. A esas alturas, ya sabía que no importaba dónde se encontrara el objeto en su
forma física, puesto que su poder podía alcanzarlo en cualquier parte…
Kalec se giró. Por un momento, por un instante muy fugaz había creído que había
alguien detrás de él. Alguien que vestía una capa voluminosa y una capucha.
Sin embargo, tras registrar brevemente el corredor en esa dirección, no vio nada ni a
nadie. Aun así, Kalec se vio impelido a seguir ese camino y continuó avanzando. Mientras
se desplazaba, el ex Aspecto deseó que, de algún modo, pudiera regresar con el joven
Malygos. Prefería la cordura que traía consigo la locura del pasado que la demencia que le
brindaba su propia época.
A pesar de que cada vez parecía estar más dispuesto a aceptar lo que, al parecer, la
reliquia le exigía, permaneció en todo momento consciente. Su decepción fue en aumento al
comprobar que se estaba acercando al sitio de donde había partido en un principio, sin haber
descubierto ninguna razón que justificara la sensación que había tenido de nuevo de que lo
estaban observando.
Justo antes de entrar en esa estancia, percibió la presencia de alguien más.
Quienquiera que fuese era capaz de camuflarse ante la mayoría de magos, pero no ante los
tremendos poderes de Kalec. Si bien ignoraba quién o qué había invadido el Nexo, el intruso
se hallaba muy cerca.
Kalec hizo desaparecer la esfera y, a continuación, avanzó. Una tenue luz iluminó de
inmediato todo cuanto lo rodeaba. Eso era una señal de que el Nexo respondía
diligentemente al mandato de su voluntad, lo cual le permitía disponer de una formidable
arma para atacar. Cualquier ladrón que pretendiera robar la colección del Nexo se iba
arrepentir de haber nacido.
Súbitamente, las sombras anegaron esa enorme cámara, lo cual parecía algo muy
normal teniendo en cuenta la tenue iluminación del lugar, pero había algo un tanto extraño
en una zona en particular que despertó sus recelos…
—¿Kalec? ¿Estás ahí?
En cuanto esa voz reverberó por la cámara, esa sensación de que había algo fuera de
lugar se esfumó. De hecho, el Nexo le alertó de algo muy obvio: que alguien al que conocía
muy bien lo llamaba desde la entrada habitual de su santuario.
Y ese alguien no era otra que Jaina Proudmoore.
Se volvió en cuanto ella entró. Jaina no lo vio al principio, pero cuando lo hizo, su
expresión pasó de la aprensión al alivio.
—¡Oh, ahí estás! ¡Alabado seas! Empezaba a pensar que te habías marchado o…
Como fue bajando la voz a medida que pronunciaba esas palabras, no llegó a explicar
qué clase de destino se había imaginado que podría haber sufrido, pero eso no le importó a
Kalec. Si bien no debería haber habido ninguna diferencia entre verla realmente ante él en
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El Alba de los Aspectos
persona y verla a través de la fisura en el aire que había invocado antes, ahora los aromas
que el dragón azul había llegado a identificar con Jaina, y solo con Jaina, acariciaron su
olfato. Incluso en su forma semiélfica, sus sentidos eran más agudos de los que poseían esos
seres a los que se asemejaba ahora y, en todo caso, eran más precisos que los de Jaina. Ella
ignoraba cómo él percibía su fragancia… o lo mucho que el exAspecto agradecía esos
aromas.
—Perdóname —añadió Jaina al fin, a la vez que se aproximaba hacia él—. Intenté
contactar contigo de nuevo y, como no te percibí, me vi obligada a viajar hasta aquí en
persona.
Kalec, frunció el ceño, pues era perfectamente consciente del esfuerzo que Jaina
había tenido que hacer para llegar hasta ahí tan rápido. Si bien una parte de él se sentía muy
agradecida en determinados aspectos por esta tremenda muestra de preocupación, se recordó
a sí mismo que ella correría un grave riesgo si entraba en contacto con la reliquia. Aunque
solo le provocara visiones, eso podría llegar a ser mucho más de lo que la archimaga podría
soportar. La reliquia le había exigido mucho a él y, a pesar de que ella era muy poderosa,
seguía siendo humana.
—No tendrías que haberte preocupado tanto, Jaina. Te oí llamarme, pero justo en ese
instante estaba intentando revitalizar algunos de los conjuros de protección de este lugar y
no podía arriesgarme a detenerlo todo en ese momento. Pretendía contactar contigo en
cuanto pudiera.
—Kalec, te vendría bien un poco de ayuda, aunque solo sea por mi parte.
Kalec sabía que, aunque aceptara su ayuda, nada bueno podría salir de ahí, sobre
todo para Jaina. Recordaba perfectamente la desconfianza con la que algunos de los demás
magos habían empezado a mirar a su líder porque esta mantenía una relación cada vez más
estrecha con el dragón azul.
—Agradezco muchísimo que te preocupes tanto por mí —acertó a decir el ex
Aspecto con mucho tacto, pues no solo esperaba evitar que ella se ofendiera, sino que
también rezaba para que la reliquia no escogiera ese preciso momento para llevarlo de vuelta
al pasado—. Pero tienes muchos otros asuntos de los que preocuparte. Los demás…
—Sé lo que piensan los demás —le interrumpió Jaina con cierta brusquedad—. ¡No
necesito su consejo para saber qué puedo hacer o no! Querían que fuera su líder, así que
ahora tendrán que aceptar mis decisiones.
Por un momento, Kalec se olvidó de sus propios problemas. Lo último que quería
era que el puesto de líder de Jaina corriera peligro. En su día, se había marchado de Dalaran
porque esperaba que así ya no perjudicaría más a la archimaga.
—Pero como líder, también tienes ciertas obligaciones con tu gente —le recordó el
dragón azul—. Y yo no formo parte de tu pueblo. Lamento haberte preocupado
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El Alba de los Aspectos
innecesariamente, Jaina. Por favor, confía en mí, tu lugar está con los tuyos, no tienes por
qué ayudarme con esto.
Esas palabras sonaron más frías de lo que había planeado. Aunque Jaina se mantuvo
impertérrita, hubo un leve cambio en su mirada. Al final, asintió y apartó la vista.
—Tal vez tengas razón. Perdóname por ser tan impetuosa. Solo he venido para
comprobar en persona qué estaba ocurriendo. —Entonces, su mirada se cruzó con la de
él—. Confío en que me dices la verdad al afirmar que estás bien, Kalec.
El dragón azul mantuvo su mirada clavada en ella, a pesar de que un fuerte
sentimiento de culpa se estaba apoderando de él.
—Todo va bien. —En ese instante, hizo ademán de agarrarla, pero bajó la mano
antes de que ella pudiera percatarse de su intención—. Gracias.
A pesar de que él había decidido contenerse, Jaina decidió expresar sus sentimientos.
Le acarició el brazo con una de sus esbeltas manos, que dejó ahí posada el tiempo suficiente
como para dejar claro algo que no hacía falta decir en voz alta. Entonces, la archimaga dio
un paso atrás y, tras esbozar una breve sonrisa, lanzó un hechizo de teletransportación.
En cuanto se halló solo de nuevo, Kalec lanzó un hondo suspiro. Esperaba que Jaina
se tomara muy en serio su negativa a que se acercara a él y no intentara volver a entrar en
contacto. Al menos, así no tendría que temer por ella.
En lo que respecta a otro de sus grandes temores, a Kalec solo se le ocurría una
solución para el problema de la reliquia. Si bien no podía evitar el influjo que ejercía sobre
él, sí podía cerciorarse de que no molestase a nadie más. Eso significaba que, ahora más que
nunca, debía reforzar los hechizos de protección. En ese momento, nadie (ni siquiera los
dragones azules) podía entrar en el Nexo. No hasta que hubiera resuelto la situación. Kalec
se sentía afortunado porque Jaina no se hubiera presentado ahí antes, ya que, si lo hubiera
hecho, quizá habría descubierto la verdad y hubiera corrido mucho peligro al intentar
ayudarlo.
Con ese nuevo objetivo en mente, que logró que se centrara de nuevo, se dirigió al
lugar donde había estado trabajando cuando las visiones lo habían asaltado por última vez.
Rezó para poder disponer del tiempo necesario para poder concluir esa tarea, si no era por
su bien, que lo fuera al menos por el bien de Jaina o de cualquier otro que quisiera llegar al
Nexo.
Cuando llegó a esa estancia, no detectó nada que le indicara que algo iba mal, por lo
que se sintió muy agradecido. Aunque se planteó la posibilidad de enfrentarse directamente
a la reliquia, optó por seguir aletargados por el momento, prefería que eso siguiera siendo
así.
Kalec se preparó para ponerse manos a la obra, tal y como había hecho con
anterioridad. Las líneas ley aparecieron ante su mirada velada. A continuación, se dispuso a
manipular esas energías y se sintió cada vez más satisfecho con cada paso que completaba.
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El Alba de los Aspectos
En cuestión de solo unos minutos, había conseguido reforzar el primer conjuro de
protección. Entonces, decidió seguir con el siguiente.
El segundo lo pudo fortalecer con aún más celeridad. Kalec se sintió extrañamente
orgulloso por un instante, pues había pasado mucho tiempo desde la última vez que había
logrado hacer algo con éxito. A continuación, fue a por el tercer encantamiento.
Había algo adherido a ese sortilegio, algo que ni él ni ningún otro dragón azul había
confeccionado.
Sí, había restos de la magia de la reliquia en ese conjuro.
Kalec se apartó inmediatamente por temor a desencadenar lo que fuera que la reliquia
pretendiera provocar. A pesar de que lo dominó con cierta inquietud, se centró en el siguiente
hechizo.
Ese también estaba afectado por la magia de la reliquia.
El ex Aspecto frunció el ceño y, acto seguido, centró su atención en el que acababa
de reforzar.
Al igual que los demás, también presentaba trazas de las energías de la reliquia… a
pesar de que no había sido así solo unos segundos antes.
Se olvidó rápidamente del resto y se centró en el primero. Descubrió que la reliquia
también había fusionado sus energías con este encantamiento, lo cual no le sorprendió del
todo.
Su inquietud fue en aumento. Kalec respiró hondo, retrocedió y, sin titubeo alguno,
contempló la madeja que conformaba la red de hechizos defensivos del Nexo.
En ese instante, se le escapó un siseo más propio de su forma dracónica que de la
semiélfica que ahora portaba. El ex Aspecto lanzó una mirada iracunda a ese conjuro de
conjuros.
La magia de la reliquia había pasado a formar parte de todos y cada uno de los
sortilegios de protección del Nexo.
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CAPÍTULO TRES
LOS AFECTADOS
Jaina Proudmoore reapareció en sus aposentos totalmente extenuada, aunque su
agotamiento era más debido a Kalec que a los esfuerzos hechos en el plano mágico. Sabía
que le ocultaba muchas cosas y, a pesar de que apreciaba que se preocupara por ella de un
modo tan obvio, eso también la ofendía. Kalec era un dragón azul y, sí, eso implicaba que
él comprendía ciertos aspectos de las artes mágicas de un modo que incluso ella era incapaz
de entender; no obstante, Jaina se consideraba más que capaz de afrontar tales situaciones y
de utilizar su capacidad de improvisación, como humana que era, para dar con soluciones
que tal vez a un dragón nunca se le ocurrirían.
La archimaga invocó una silla para sentarse. Se tomó un minuto para ordenar sus
pensamientos y repasó su visita al Nexo. Al pensar en ello, la invadió la culpa, pues ella
también le había ocultado a Kalec parte de la verdad. Jaina no había llegado ahí justo antes
de que él se percatara de su presencia; de hecho, era a ella a quien el dragón azul había estado
a punto de descubrir.
Gracias únicamente a un rápido conjuro mágico, había logrado distraer a Kalec el
tiempo suficiente como para cambiarse de sitio e ir a un lugar donde diera la impresión de
que acababa de entrar.
Tal vez incluso eso no habría sido necesario si a Jaina no le hubiera preocupado tanto
que Kalec se diera cuenta de que ella llevaba más tiempo del que creía ahí.
El suficiente como para descubrir la reliquia.
La archimaga no tenía un nombre más preciso para definir ese chisme. Era un objeto.
Una reliquia. Además, Jaina sospechaba que Kalec definía esa cosa en los mismos términos.
No se parecía nada que ella jamás hubiera visto, y eso que había conocido en persona ciertos
objetos mágicos muy diversos y variados tan poderosos como los de la colección guardada
en el Nexo.
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El Alba de los Aspectos
Aunque no se parecía a nada que hubiera visto anteriormente, tampoco era un
misterio total para ella, ya que había logrado identificar algo muy característico en ese
objeto, algo que tal vez ni siquiera Kalec sería capaz de reconocer.
La archimaga se había topado con una magia semejante en el pasado, aunque solo
en dos ocasiones y con una potencia mucho menor, pero no cabía duda de que había visto
algo similar con anterioridad. Se trataba de unos sortilegios más antiguos aún que los
dragones, unos encantamientos que reflejaban unos conocimientos únicos que los magos de
su era ignoraban.
Unos hechizos que Jaina, al menos, creía que estaban relacionados con los
legendarios guardianes o incluso los mismos titanes.
Sin lugar a duda, la archimaga no había viajado al Nexo con intención de realizar tal
descubrimiento. En verdad, había ido hasta allá arrastrada por la sospecha de que ahí, en el
Nexo, daría con algo que explicara el extraño comportamiento de Kalec. Su intención había
sido hablar con él y hallar una excusa mientras hacía esto mismo para poder utilizar su poder
subrepticiamente con el fin de investigar cualquier cosa fuera de lugar. Jaina había creído
que sería capaz de hacerlo sin que Kalec lo percibiera.
En caso de que no se hubiera presentado la oportunidad, había preparado planes
alternativos para intentar descifrar la verdad siempre que hubiera podido disfrutar de cierto
tiempo a solas en ese lugar. Sin embargo, todos sus planes se habían ido al traste, ya que al
llegar ahí no había visto a Kalec por ningún lado. Como los conjuros defensivos se
encontraban muy debilitados, le había resultado muy fácil entrar. Y en cuanto hubo
verificado que Kalec no se hallaba ahí, había investigado el lugar.
Para su sorpresa, dar con la reliquia le había resultado bastante fácil, ya que irradiaba
una energía mágica muy peculiar. Además, daba la sensación de que Kalec no se había
molestado en ocultarla en una de las muchas prisiones arcanas u otros escondites diseñados
para guardar objetos mágicos tan poderosos. Había dado con la reliquia en la primera gran
cámara en la que había entrado, donde se encontraba a plena vista.
Aunque esa cosa podría haber puesto muy nervioso a algunos, a Jaina la fascinó.
Estudió su aura, admiró su diseño y, con suma cautela, hurgó en su interior todo cuanto
pudo.
Pero al final, Jaina había logrado aprender muy poco sobre ella. Este descubrimiento
había sido tan importante para ella que incluso se había planteado la posibilidad de llevarse
la reliquia consigo, a pesar de que, recientemente, había estado a punto de causar un desastre
al haber intentado valerse de otra reliquia (el Iris) para vengar la destrucción de Theramore
a manos del orco Garrosh. Sin embargo, antes de que la archimaga pudiera llevarse la
reliquia del Nexo, había detectado la presencia de Kalec muy cerca. Como no sabía cómo
iba a reaccionar él ante su descarada intrusión, Jaina había enmascarado su presencia ahí
como mejor había podido y luego había hecho todo lo posible para cerciorarse de que Kalec
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El Alba de los Aspectos
no supiera que se encontraba ahí mientras ella iba a otra parte. No obstante, el dragón azul
había estado a punto de descubrirla.
Aunque Jaina no contara con la reliquia para poder estudiarla, sí tenía acceso a otros
conocimientos que tal vez podrían darle una pista sobre qué era y qué relación podía tener
con los cambios que Kalec había experimentado en su personalidad. Jaina estaba convencida
de que el dragón azul se hallaba desesperado y en peligro, y que tal vez no solo corría peligro
su integridad mental sino también su integridad física.
Jaina invocó un grueso tomo plateado situado en la estantería más alta. Mientras este
se acercaba hacia ella, el libro se abrió y sus páginas se movieron solas. En cuanto la
archimaga entornó los ojos, las páginas dejaron de moverse. El libro permaneció flotando a
la altura de sus ojos, de tal modo que podía leerlo a la perfección.
El archimago que había escrito esas páginas había indicado que esos dos objetos en
los que ella estaba especialmente interesada eran vestigios de un periodo de tiempo
inmediatamente posterior a que el orden se impusiera en Azeroth. Jaina había buscado esta
información porque había algo en el aspecto de la reliquia que le había hecho recordar cierto
pasaje que había leído la primera ver que había hojeado ese libro por otras razones.
Presa de la frustración, Jaina comprobó que las dos páginas que tenía ante sí no le
explicaban nada. Simplemente, le proporcionaban algunos detalles sobre el lugar donde se
habían encontrado esos objetos y quiénes habían participado en su descubrimiento. También
había algunas anotaciones acerca de ciertos estudios previos sobre los titanes y los
guardianes, ya que se creía que habían ejercido una gran influencia en su momento en las
regiones donde se habían hecho esos hallazgos. Sí bien esas notas eran muy interesantes para
una erudita corno Jaina, la archimaga buscaba mucha más información.
La página se volvió sola. En esos textos, abundaban las teorías sobre los titanes y los
guardianes; algunas ahondaban incluso en los vínculos entre unos y otros. Jaina se saltó unas
cuantas páginas y, entonces, se acordó de algo mencionado en esas teorías.
Un instante después, encontró el pasaje concreto: «… tal y corno resaltó el joven
mago Rulfo. La visión que afirmaba haber tenido al tocarlo indicaba que su diseño podría
haber sido inspirado por los guardianes. El archimago Theolinus tenía su propia teoría sobre
la influencia de los guardianes en otras regiones…».
A Jaina se le escapó un gruñido de exasperación y se saltó unas cuantas teorías
antiguas, a las que normalmente habría prestado más atención, con la esperanza de dar con
lo que creía recordar.
—¡Ah!
El nombre de Rulfo volvió a aparecer. Había pasado tanto tiempo desde la última
vez que Jaina había leído ese pasaje que era incapaz de recordar que más le había contado
Rulfo a sus maestros sobre la visión que había tenido, pero seguramente la respuesta debía
hallarse en esa sección.
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El Alba de los Aspectos
Cuando apenas había empezado a leerlo, la archimaga retrocedió tan estupefacta que
canceló, accidentalmente, el hechizo que mantenía el libro en su sitio. El antiguo torno cayó
con un fuerte golpe sordo Sobre el suelo y sus páginas se doblaron.
Jaina se arrodilló junto al libro maltrecho con el corazón desbocado, no porque le
preocupara que esa distracción hubiera el torno acabara en ese estado, sino porque ansiaba
releer ese pasaje.
Agitó una mano en el aire y las hojas pasaron hasta que dio con la que buscaba una
vez más.
—Rulfo… Rulfo… —masculló Jaina, mientras buscaba ese nombre. «… Rulfo
quizá tuviera la respuesta. Su muerte es una triste nota al pie de página en la, por otro lado,
intrigante historia de una expedición que pretendía estudiar el pasado…».
Había avanzado demasiado. La archimaga retrocedió unos cuantos párrafos.
Entonces, leyó con más detenimiento.
«… al tercer día del descubrimiento. Tras pasar toda la tarde buscando, no hallaron
nada, a pesar de haber empleado los conjuros más refinados. Solo después del anochecer,
cuando hicieron un último intento, alguien dio con su cuerpo».
—Cuerpo —murmuró Jaina, a la vez que rezaba para implorar que se hubiera
equivocado al leer.
«Según los informes, en un primer momento, todos estuvieron de acuerdo en que se
había perdido por el camino y se había despeñado.
Ciertamente, eso explicaba que, según las descripciones, el cadáver de Rulfo se
hallara tan destrozado cuando lo encontraron. Sin embargo, a lo largo de las conversaciones
posteriores que el representante del Kirin Tor mantuvo con aquellos que lo conocían bien,
se llegó a la conclusión de que una repentina y muy peculiar clase de locura había dominado
a Rulfo antes de su desaparición. Al final, concluyeron que la visión que el joven mago había
mencionado con anterioridad había sido el inicio de su descenso a la demencia…».
El relato acababa ahí, ya que el siguiente párrafo hablaba de cuestiones que a Jaina
le resultaban tediosas en ese momento. Como seguía estando segura de que había leído
mucho más al respecto anteriormente, buscó más información desesperadamente en las
siguientes páginas, pero fue en vano. Regresó a las que ya había leído y las examinó con
sumo detenimiento, pero enseguida pudo comprobar que no se había saltado nada.
Aun así… sabía que en alguna parte había leído más sobre el tema.
La archimaga recorrió con la mirada los muchos tomos, pergaminos, diarios y demás
escritos que tenía ante ella. Seguramente, en uno de ellos estaban los detalles que buscaba.
Solo tenía que recordar cuál era o seguir investigando hasta dar con lo que quería.
Mientras contemplaba fijamente esa imponente colección de textos, la archimaga se
preguntó si lograría dar con esa información cuando ya fuera demasiado tarde para Kalec.
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El Alba de los Aspectos
***
La reliquia se encontraba unida a los sortilegios de protección del Nexo como si
hubiera sido así desde que estos se crearon. Kalec dudaba mucho de que Malygos hubiera
sido capaz de insertar la magia de esa maldita cosa en la red con tal maestría. Una vez más,
esto era una clara demostración de la gran habilidad de aquel que había creado la reliquia,
quienquiera que fuese, aunque el dragón azul sospechaba que debía de ser esa figura
encapuchada con capa a la que tanto el cómo el joven Malygos había atisbado fugazmente.
Un ser al que Kalec había llegado a odiar con toda su alma.
Una vez más, a pesar de que le pareció que ya había hecho esto cien veces, el dragón
azul siguió un rastro mágico en esa red, con la esperanza de dar con algún punto débil que
pudiera explotar. No quería dejar el Nexo a merced de la reliquia, a pesar de que, por ahora,
no había hecho ningún daño visible al lugar. Aun así, teniendo en cuenta lo que le había
hecho a él, no quería correr ningún riesgo…
¡Se han corrompido! ¡Si, corrompido!
Kalec se apartó del hechizo que estaba diseñando, lanzando un rugido de dolor. Se
llevó las manos a la cabeza e intentó mantener las voces a raya, pero gritaban tanto de todo
lo demás quedó sepultado bajo ellas.
¡Debemos destruirlos!
¡No! ¡Son de los nuestros!
¡No! ¡Se comieron a uno de los nuestros!
El Nexo se transformó en un caos. Kalec perdió el equilibrio, se giró y cayó.
Pero antes de estamparse contra el suelo, se vio planeado súbitamente sobre un
terreno. Desde ahí, pudo observar lo que le parecía ser el inicio de una guerra civil entre los
protodragones que Talonixa que había reunido en ese lugar. Siente combates individuales,
al menos, llamaron su atención (o, más bien, la atención de Malygos); en uno de ellos,
participaban Neltharion y Nozdormu.
A pesar de que en esa pelea se enfrentaban dos contra uno, ambos se mostraban muy
cautelosos a la hora de atacar a la hembra verde plateada que tenían ante ellos, la cual, por
otro lado, mordisqueaba el vacío y rasgaba el aíre con sus zarpas desenfrenadamente,
mientras rehuía cualquier tipo de ataque. Justo cuando Malygos aterrizó cerca de ellos, la
protodragona se abalanzó sobre Neltharion.
Malygos conocía bien al macho gris como el carbón y sabía que solía dejarse llevar
por la sed de batalla, por eso le sorprendió que Neltharion intentara evitar a la desesperada
los diminutos pero afilados dientes de la hembra. Rápidamente, Neltharion retrocedió al ver
que las fauces de su rival se acercaban a su garganta…
…entonces, Nozdormu dio un salto en el momento justo y le destrozó la garganta a
la angustiada protodragona. La golpeó con tanta precisión que ya se había alejado de su
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El Alba de los Aspectos
alcance antes de que la hembra siquiera se diera cuenta de que se encontraba herida
mortalmente. Rápidamente, el pecho de esta quedó empapado de sangre. Si bien la
protodragona herida hizo ademán de volverse hacia Nozdormu, cayó de bruces al instante.
Mientras Kalec y su anfitrión hacían un gran esfuerzo por entender el curso de los
acontecimientos, el resto de esos protodragones aparentemente enloquecidos se vieron
rodeados. Algunos de los que se encaraban con estos prisioneros a duras penas eran capaces
de reprimir las ganas que tenían de destrozarlos. Uno de los que evitaban esa masacre era
Ysera, quien estaba lanzando una advertencia.
—¡Estén atentos! ¡Y cuidado con sus dientes! ¡No avancen!
A cierta distancia, Talonixa observaba esa escena dantesca con un gesto
imperturbable. Pese a que Kalec quería que Malygos la vigilara de cerca, su anfitrión estaba
más interesado en lo que Ysera pretendía hacer. Cuanto más empeoraban las circunstancias,
más evidente era que a la hermana de Alexstrasza le preocupaban tanto los afectados como
aquellos que los rodeaban. Si bien tanto Malygos como Kalec habían sido capaces de darse
cuenta de que lo que ella intentaba era evitar un mayor derramamiento de sangre entre los
protodragones, puesto que la verdadera amenaza era Galakrond, sin lugar a duda, el dragón
azul y su anfitrión coincidían en que eso no podía acabar bien. El grupo rodeado amenazaba
continuamente a sus captores lanzando dentelladas al aire y no parecían reconocer a sus
congéneres.
Malygos se fijó en una cosa peculiar que tenían cada uno de esos protodragones
capturados. Todos los que podía ver el Macho azul como el hielo mostraban unas heridas
por mordedura que tenían su origen en una pelea previa, aunque todavía reciente.
Heridas de mordisco… Malygos hizo ademán de bajar la vista hacia su garra herida,
pero entonces Alexstrasza intervino.
Le dio la impresión de que la hembra naranja como el fuego se sintió aliviada al
verlo.
—¡Estás vivo! ¡Creíamos que habías muerto!
—Poco faltó. Pero Coros… sí está muerto.
Antes de que pudiera contarle todo lo que había pasado, que era de suma importancia,
Alexstrasza miró hacia atrás, hacia el lugar donde su hermana todavía intentaba mantener a
ambos grupos separados.
—¡Ella no lo entiende! ¡Deben morir! ¡Incluso yo soy consciente de ello!
Esas palabras hicieron que Malygos dejara de sentir la necesidad de contarle lo que
había sucedido.
—¿Deben morir? ¿Por qué?
—Porque han sido mordidos… ¡por los no-muertos! Los mordiscos provocan
hambre… ¡hacen que quieran devorarse unos a otros! ¡Los transforma en algo parecido a
Galakrond!
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Esas palabras estremecieron tanto a Kalec como a su anfitrión. Malygos no pudo
evitar un escalofrío al recordar lo que había sufrido después de haber sido mordido. Clavó
su mirada en un lugar situado más allá de Alexstrasza, en los enloquecidos protodragones, y
se acordó de que en su momento había experimentado una cada vez mayor sed de sangre y
de que no había hecho por muy poco lo que, aparentemente, los afectados deseaban hacer.
Alexstrasza siseó al malinterpretar esa reacción, ya que creyó que a Malygos le
repugnaban esos cautivos por la transformación que habían sufrido.
—Ysera sigue pensando en nuestro hermano de camada. Cree que aún sigue por ahí.
Esta afirmación consternó a Malygos.
—¡Si fuera así, sería un no-vivo!
—Nuestro hermano de camada murió hace mucho —le recordó Alexstrasza—.
Llevaba muerto mucho tiempo cuando Malygos lo encontró…
Aunque esas palabras deberían haberlo calmado, habían sucedido tantas cosas desde
entonces que incluso un protodragón muy listo y Malygos se consideraba muy inteligente,
tenía que albergar ciertas dudas. Si bien era cierto que los demás cadáveres antiguos no se
habían alzado, al menos la última vez que los había visto, ahora el macho azul como el hielo
se preguntaba si esos cadáveres seguirían ahí si fuera en su busca de nuevo.
Entonces, sus pensamientos volvieron a centrarse en cómo esos otros protodragones
habían cambiado. Los habían mordido a todos y todos sin excepción habían sucumbido a
esa monstruosa hambre con la que Malygos había tenido que luchar en más de una ocasión.
Kalec percibió que su anfitrión se estaba planteando la posibilidad de huir de ahí
antes de que alguien reconociera que él también había sufrido una herida parecida y lo
obligaran a sumarse a esos dementes. No obstante, Malygos no se movió de donde estaba y
se limitó a observar cómo se desarrollaba esa escena dantesca. Entonces, Talonixa actuó al
fin y se abrió paso entre unos protodragones más pequeños que ella para encararse con Ysera
y los afectados. A pesar de que los protodragones retenidos estaban cada vez más poseídos
por la locura, la poderosa hembra seguía acobardándolos.
—Mátenlos…
—¡No! ¡Debernos ayudarlos! —insistió Ysera, quien la miró fijamente de un modo
desafiante.
—Mátenlos, porque si no, acabarán mordiéndonos. —Mientras hablaba, Talonixa
empujó a la hermana de Alexstrasza por la espalda, obligándola así a acercarse más a esos
dementes—. Y si te muerden…
Kalec dudaba mucho de que nadie de los ahí presentes supiera si un mordisco de los
afectados sería capaz de afectar a un protodragón del mismo modo que lo hacía un mordisco
de los no-muertos; no obstante, las palabras de Talonixa avivaron las llamas del miedo en
varios de los congregados. Incluso la hermana de Alexstrasza parecía no saber a qué
atenerse.
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El Alba de los Aspectos
Sin previo aviso, uno de los afectados siseó e hizo ademán de arremeter contra Ysera.
Antes de que Alexstrasza pudiera acudir en ayuda de su hermana, Ysera, a la que
abandonaron todas sus dudas de repente, clavó su mirada en su posible atacante.
La locura que lo dominaba remitió levemente. Después, el protodragón agachó la
cabeza y retrocedió arrastrando los pies. A Kalec le dio la sensación de que se avergonzaba
de haber intentado lastimar a la pequeña hembra.
Ysera se volvió a encarar con Talonixa.
—Debernos ayudarlos…
—¡No hay tiempo para eso! ¡Debernos combatir a Galakrond! — exclamó la enorme
hembra, quien recorrió con la mirada a todos los que estaban observando la discusión—.
¡Lucharemos! ¿No?
Tal y como habían hecho antes, la mayoría de los protodragones sisearon para
mostrar que estaban de acuerdo.
A pesar de la evidente falta de apoyo, Ysera insistió:
—¡Son de los nuestros! ¡De los nuestros!
Entonces, los ahí reunidos se callaron.
La hermana de Alexstrasza se dirigió a la muchedumbre con tono suplicante.
—Son de los nuestros. ¡Si los ayudamos, nos ayudaremos a nosotros mismos!
Algunos de los que la estaban escuchando se miraron pensativos. Talonixa entornó
los ojos aún más.
—Sí… —siseó con suma calma, pues súbitamente decidió mostrarse muy
conciliadora—. Sí… los ayudaremos… —Talonixa clavó sus ojos en los afectados—. Pero
debemos tenerlos a buen recaudo. Para protegernos. Ya los ayudaremos cuando podamos…
—Se giró y escrutó el oeste—. Sí, hay que ponerlos a buen recaudo. ¡Vamos! ¡Tráiganmelos!
Talonixa despegó sin dudar en ningún momento de que sus órdenes serían
obedecidas. Varios de los protodragones que rodeaban a los afectados miraron con recelo a
Ysera.
La hermana de Alexstrasza les respondió con una mirada desafiante y, acto seguido,
se centró en los capturados.
—Vamos… —murmuró con suavidad—. Vamos…
Lentamente, Ysera se elevó en el aire y señaló a Talonixa con la cabeza.
Los protodragones rodeados siguieron a Ysera a regañadientes. Iban flanqueados por
los fervientes acólitos de Talonixa. El resto de los protodragones ahí reunidos parecían más
que dispuestos a quedarse rezagados, pero para sorpresa de Kalec, su anfitrión dio un salto
súbitamente y siguió a Ysera. Ni siquiera Alexstrasza era tan rápida. Por el rabillo del ojo
de Malygos, Kalec vio como Neltharion y Nozdormu hacían lo mismo.
Aunque el escenario cambió repentinamente de un modo abrupto, Kalec pudo intuir
que solo había pasado un corto espacio de tiempo.
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El Alba de los Aspectos
Ahora, Talonixa encabezaba la marcha del grupo por un estrecho valle.
—¡Ahí! —bramó, a la vez que bajaba un poco un ala para señalar otro desfiladero.
A continuación, descendió.
Mientras los protodragones aterrizaban, la enorme hembra se encaminó hacia lo que,
en un principio, parecía una mera pared de rocas. Sin embargo, al seguir hasta ahí a Talonixa,
divisaron una grieta angosta.
Al principio, Kalec pensó que se trataba de la entrada a esa cueva que había visto en
una de sus perturbadoras visiones. Sin embargo, casi de inmediato, una gran multitud de
detalles le indicaron que eso no era así. No obstante, Kalec no podía evitar tener la sensación
de que sabía la razón por la que Talonixa los había traído a este lugar.
—¿Por qué estamos aquí? —preguntó Ysera con cierta suspicacia.
—Esos a los que defiendes deben entrar ahí y esperar.
La hembra de color amarillo pálido echó un vistazo a la estrecha entrada y sus
sospechas fueron en aumento.
—¿Ahí dentro?
—Sí, todos… o sino habrá que matarlos.
Su líder había hablado con tanta rotundidad que no se atrevió a replicarla. Ysera tuvo
que asentir a regañadientes.
—Se quedarán aquí —ordenó Talonixa, quien a continuación señaló a algunos de los
que vigilaban a los afectados—. Quiero cuatro guardias aquí. Como la entrada es estrecha,
bastará con solo cuatro.
Tanto para Kalec como para su anfitrión no cabía duda de que Talonixa habría
masacrado gozosamente a los afectados ahí mismo si quisiera, e Ysera, obviamente, también
se había percatado de ello. Al final, obedeció y dirigió a aquellos que había defendido hasta
la angosta entrada.
Uno a uno, los confiados protodragones entraron en la cueva. Algunos tuvieron que
hacer un gran esfuerzo para poder atravesar la entrada, ya que era muy estrecha. Además,
Ysera tenía que estar calmando constantemente a los que querían entrar, así como a los que
ya estaban dentro.
Entonces, por fin, entró el último. Ysera retrocedió para que los guardias pudieran
ocupar sus puestos.
Pero en cuanto el primero de ellos se movió, Talonixa dijo con voz estruendosa:
—Esperen.
Ysera siseó. Si bien Malygos y Neltharion hicieron ademán de encaminarse hacia
Talonixa, algunos de los seguidores más fanáticos de la hembra dorada les bloquearon el
paso.
Talonixa exhaló y un relámpago brotó de sus fauces.
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El Alba de los Aspectos
Tres rayos plateados muy brillantes impactaron contra la pared rocosa situada sobre
la entrada. Al mismo tiempo, Talonixa aleteó con suma serenidad para retroceder unos
cuantos metros.
Toda la pared de piedra se vino abajo y las rocas se desperdigaron por toda la cueva.
Ysera se abalanzó de un salto sobre la avalancha, pero antes de que pudiera
sacrificarse en vano para intentar salvar a los que se hallaban ahí dentro, Malygos se arrojó
sobre ella. Para su sorpresa, Nozdormu la alcanzó primero y la agarró de una de sus alas con
sus mandíbulas y, con sumo cuidado y gran firmeza, la arrastró hacia atrás, evitando así que
quedara reducida a pulpa.
A pesar de que no cabía ninguna duda sobre cuáles eran las intenciones de Nozdormu
o Malygos, una amenazadora Ysera mordisqueó el aire ante ambos. Acto seguido, se volvió
hecha una furia hacia Talonixa.
Otros cuatro protodragones le bloquearon el paso. Dos abrieron la boca, pero en
cuanto Talonixa siseó, detuvieron su ataque.
—Se acabó —proclamó, con sus descomunales alas desplegadas para dar la
impresión de ser aún más colosal y dejar bien claro el poder que ejercía sobre los demás—.
¡Entre los nuestros, no puede haber corruptos! ¡Todos ellos deben morir!
Ysera exhaló. Los dos guardias situados directamente enfrente de ella parpadearon
y estuvieron a punto de desplomarse. Como se hallaban conmocionados, no pudieron
impedir su avance. Se abrió paso entre ellos violentamente y buscó a Talonixa.
La enorme hembra esperaba esta reacción insensata. Se giró mientras Ysera se
aproximaba. Entonces, con su larga y fuerte cola, golpeó a su adversaria, que era mucho más
pequeña, en la cabeza y se oyó un fuerte crujido.
Alexstrasza se alejó corriendo de Malygos y los demás y llegó justo a tiempo para
agarrar a su hermana, que caía hacía atrás conmocionada. Las dos chocaron y terminaron en
el suelo.
—Se acabó —repitió Talonixa, quien actuaba como si ni siquiera se hubiera
percatado del insolente comportamiento de Ysera—. Vamos… debemos prepararnos para
Galakrond…
Tras decir esas palabras, Talonixa y todos los demás, salvo Malygos y sus amigos,
partieron de ahí en silencio. Los machos se acercaron a las hermanas para ayudarlas. Ysera
se puso de pie al instante y corrió hacia la cueva colapsada. Hizo un caso omiso de los
trocitos de piedra y tierra que seguían cayendo y utilizo sus zarpas traseras para intentar
excavar esas toneladas de roca.
Sin embargo, mientras Ysera se revolvía en medio de esa avalancha, se soltaron más
piedras en la parte superior. Al caer, reemplazaron a las rocas que ella había logrado apartar
y la golpearon con tanta fuerza que Alexstrasza, quien por fin se había puesto en pie, tuvo
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El Alba de los Aspectos
que arriesgar su vida para poder sacar de ahí a su hermana en apuros y arrastrarla hasta un
lugar seguro.
—¡Sálvenlos! —Insistió la hermana pequeña, cuya frenéticamente mirada se
desplazaba continuamente de Alexstrasza a los machos—. ¡Siguen vivos! ¡Escúchenlos!
Aunque Malygos prestó atención, no oyó nada. Aun así, tanto Kalec como su
anfitrión (así como los demás futuros Aspectos) sabían que Ysera decía la verdad.
Pero no podían hacer nada. Ni, aunque un centenar de protodragones hubieran
cavado sin parar, no habrían sido capaces de alcanzar a los atrapados ahí dentro a tiempo.
Malygos lo comprendía tan bien como Kalec, tan bien como el resto, incluso Ysera lo
entendía. No obstante, a pesar de que era consciente de que su esfuerzo sería en vano, Ysera
volvió a acercarse corriendo al derrumbe e intentó cavar. Pese a que quitó una piedra tras
otra a patadas, otras rocas nuevas venían a ocupar los huecos dejados por estas
momentáneamente.
Al final, los demás se colocaron delante de Ysera y la obligaron a alejarse. Ella siguió
con la mirada clavada en la entrada del derrumbe y, en un determinado momento, a través
de los oídos de Malygos, Kalec le oyó decir, entre jadeos:
—Dralad…
Tras unos cuantos momentos más de tensión, la hermana de Alexstrasza por fin se
calmó. Sin embargo, ahora había una mirada distante en sus ojos, como si su mente se hallara
en otra parte.
—Debemos irnos —sugirió por fin Malygos en voz baja.
Neltharion añadió:
—¡La caza de Galakrond dará inicio en breve! ¡Debemos estar ahí!
—¿La caza de Galakrond? —repitió Nozdormu con tono burlón, sobresaltando así a
Malygos y Kalec por el mero hecho de haber hablado. Por lo que Kalec había logrado saber
a través de su anfitrión, el joven Nozdormu únicamente hablaba cuando parecía tener algo
importante que decir; por esa razón, algunos a veces lo tomaban por uno de esos
protodragones menos evolucionados, más bestiales e incapaces de hablar—. Él les dará caza,
más bien.
A pesar de lo que acababa de decir, el macho marrón fue el primero en elevarse en
el aire de un salto. Ysera lo siguió al instante, lo cual sorprendió al resto. Alexstrasza imitó
a su hermana, dejando a Malygos y Neltharion a la cola del grupo.
Sin embargo, mientras ascendían, Kalec (pero no Malygos) se dio cuenta de que, de
vez en cuando, Ysera miraba disimuladamente hacia atrás, hacia la cueva en ruinas, donde
algunos de los protodragones afectados todavía luchaban por sobrevivir a pesar de que el
aire se les acababa. Entonces, la protodragona miró a Malygos, pero no directamente a la
cara, y Kalec se percató de que había clavado sus ojos en la pata trasera de su anfitrión.
En la misma pata donde un no-muerto le había mordido en la zarpa a Malygos.
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CAPÍTULO CUATRO
EL OBSERVADOR
De repente, la visión de Kalec volvió a cambiar. Por delante de ellos cinco,
Talonixa y la hueste que esta había reunido flotaban en el aire. Se dio cuenta de que estaban
preparándose para partir en busca de Galakrond. Entonces, varios de esos otros
protodragones se percataron de la llegada de aquel grupito, lo cual alertó a su vez a Talonixa.
La líder voló hacia los cinco, con sus escoltas flanqueándola. Mientras Talonixa se
encaraba con Ysera y sus acompañantes, sus escoltas se desplegaron de manera obvia en
formación de combate. Malygos y los demás hicieron lo mismo instintivamente, a pesar de
que sabían que no tendrían nada que hacer si entraban en combate.
—Estos no pueden sumarse a la cacería —aseveró Talonixa—. Tú, enclenque, no lo
harás.
—¡Los acompañaré! —insistió Ysera.
—¿Para qué? ¿Para hablar con Galakrond? ¡Además, serás un bocado muy pequeño
para él!
Al acordarse de Coros (cuyo funesto destino Malygos todavía no le había contado a
Talonixa), el macho azul como el hielo se estremeció. Kalec que compartía esa misma
intranquilidad deseó que Malygos se lo contara enseguida a todo el mundo, con la esperanza
de que eso quizá eso evitara que lanzaran ese demencial ataque. Sin embargo, su anfitrión
no habló, ya que, de momento, sólo le preocupaba la seguridad de sus amigos y no estaba
para pensar las posibles repercusiones que podía tener el hecho de no contar nada al respecto.
—Yo no iré —dijo Alexstrasza—. Me quedaré aquí con mi hermana.
—Yo también me quedo —apostilló Nozdormu lacónicamente.
Por un momento, dio la impresión de que Neltharion frustrado, pues por naturaleza
tenía cierta tendencia a participar en todas las batallas posibles. Aun así, asintió a
regañadientes para mostrar que estaba de acuerdo con los otros dos.
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El Alba de los Aspectos
Malygos expresó en voz alta su apoyo a sus amigos, aunque a esas alturas a Talonixa
no pareció importarle demasiado. Entonces cuando la enorme hembra hizo ademán de dar
la espalda a los cinco, el anfitrión de Kalec por fin recordó que tenía que haberles contado
algo a todos en cuanto había tenido la oportunidad.
—¡Espera! ¡Debo hablar sobre Coros!
Una suspicaz Talonixa miró para atrás.
—¿Coros?
Malygos les contó, rápidamente y de la mejor manera posible, tanto a ella como al
resto, el destino que había sufrido ese traicionero protodragón, aunque omitió una cosa: los
detalles sobre cómo había vencido las secuelas de la infección que había sufrido por culpa
de la mordedura del no-muerto. Kalec se sintió muy frustrado porque su anfitrión no podía
expresarse con tanta claridad como él, ya que poseía un lenguaje mucho más rudimentario,
pero sin lugar a duda, Talonixa y los demás comprendieron perfectamente la esencia de lo
que Malygos quería contar.
No obstante, en vez de sentirse intimidada al escuchar ese cruento relato, la
imponente hembra se limitó a mirarlo con desdén.
—Coros era un necio… ¡pero nos ha servido la victoria en bandeja! —En ese
instante, miró a sus leales, pero muy confusos, seguidores—. ¡Galakrond sabe dónde
estamos y adónde vamos! ¡Lo engañaremos! ¡Lo atacaremos antes! ¡En un sitio distinto!
—Mala idea —masculló Nozdormu, cuyas palabras no fueron oídas por una
Talonixa cada vez más confiada.
—¡Debemos atacar ya! —Entonces, volvió a darle la espalda a Malygos—. ¡Vamos!
¡Ataquemos!
Los protodragones ahí reunidos dejaron atrás a esos otros cinco. Neltharion aleteó y
revoloteó adelante y atrás, aunque resultaba obvio que deseaba participar en la inminente
batalla, al final acabó optando por sus camaradas y renunciando a sus deseos. No obstante,
no pudo evitar decir:
—¿Por qué no luchamos? ¡Podríamos luchar a nuestra manera! ¡De manera distinta
a Talonixa! Podríamos preparar un plan propio…
—Y morir de un modo tan estúpido como ellos —le interrumpió Nozdormu, quien
ese día se hallaba bastante locuaz.
—La paz debe reinar.
Incluso Alexstrasza contempló a su hermana con una mirada teñida de algo muy
similar a la exasperación
—Ysera…
Sin mediar previo aviso, la pequeña hembra despegó a gran velocidad No había
ninguna duda sobre cuáles eran sus intenciones. Todavía albergaba la esperanza de poder
cambiar el curso de los acontecimientos, a pesar de que eso les pareciera una locura tanto a
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Kalec como a su anfitrión. Y lo que era aún peor, Alexstrasza salió volando detrás de su
hermana de inmediato, lo que provocó que el cada vez más impaciente Neltharion hiciera lo
mismo.
Nozdormu miró a Malygos.
—Si esto…
De repente, todo cambió. A pesar de que esta vez Kalec estaba preparado, aún le
enojaba mucho verse arrastrado de un momento del espacio tiempo antes de saber cómo
discurrirían los acontecimientos. Tenía la incómoda sensación de que, a pesar de que todo
eso estaba teniendo lugar en el pasado, tenía cierta relevancia para su propia época y eso era
algo que no podía ignorar.
Ahora, Kalec (dentro de Malygos) recorría raudo y veloz esos picos helados de la
región del norte, en busca, con una desesperación cada vez mayor, de alguien a quien no
pudo identificar, ya que los pensamientos bullían por la mente del protodragón a demasiada
velocidad. Lo único que sabía Kalec era que algo había provocado un cambio de planes. Al
final vislumbro fugazmente a través de la mente de Malygos, que era, al mismo tiempo que
este descendía en picado para investigar una cueva poco profunda, situada en una zona
helada.
La gran hueste de Talonixa había sido incapaz de dar con el colosal Galakrond.
Cómo era posible que una criatura tan enorme como el deforme protodragón se
hubiera desvanecido súbitamente era una cuestión que atormentaba en gran manera al
anfitrión de Kalec y también inquietaba a este último. Sin embargo, esa no era la razón por
la que Malygos se encontraba en plena persecución de un modo demencial en ese tan ignoto
y tan cercano a los lugares preferidos por el leviatán.
Malygos estaba persiguiendo a Ysera.
Una sombra cubrió a Malygos. Neltharion descendió.
—¡Nada! —exclamó el macho gris como el carbón—. La he olido… ¡pero nada!
Su aroma impregnaba la zona, pero no era lo bastante fuerte como para poder
concluir que fuera muy reciente. Ysera podía haber pasado por ahí hacía ya un par de días.
Kalec comprendió, en ese momento, que había dado un salto en su visión de cuatro días. De
hecho, la Última vez que alguien había visto a Ysera había sido poco después de que esa
escena hubiera cambiado para Kalec. La débil hembra se había elevado hasta esas densas
nubes, donde su rastro se había esfumado de algún modo. A una frenética Alexstrasza le
había llevado otro día y medio dar con su rastro, y solo lo había logrado después de que los
cuatro se hubieran discutido con una furiosa Talonixa, que lideraba a un ejército
desconcertado en busca de un Galakrond que no aparecía por ninguna parte.
—¡Tiene miedo! —había bramado Talonixa a pleno pulmón para que todo el mundo
pudiera oírla, quizá incluso el mismo Galakrond—. ¡Sabe que vamos a cazarlo y huye de
nosotros!
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Ni Malygos ni sus amigos habían compartido esa opinión, pero sus consejos no
habían despertado el interés de Talonixa, quien había llevado a su ejército al este, dejando
así a los cuatro a solas, continuando su propia búsqueda.
No obstante, no estaba nada claro por qué Ysera había decidido abandonara los
demás justo cuando lo había hecho. Malygos albergaba ciertas sospechas y, por lo que podía
adivinar Kalec, su anfitrión creía (de un modo bastante razonable) que la hermana de
Alexstrasza había ido en busca de Galakrond para implorarle una vez más que detuviera la
masacre.
Si esto era así, entonces había una razón muy buena para que, por el momento, no la
hubieran localizado, una razón que ninguno de los tres machos se atrevía a expresar en voz
alta en presencia de Alexstrasza. Ysera podría haber pasado a engrosar la lista de víctimas
de Galakrond; a lo mejor incluso se había colocado, de un modo muy estúpido, delante de
las fauces del coloso, tal y como había hecho Coros en su momento.
—No he visto nada —informó Malygos a Neltharion, con el pulso todavía acelerado,
por la veloz búsqueda que acababa de realizar. En ese instante observaron a otro protodragón
que surcaba el cielo. Al comprobar que se trataba de Nozdormu, ambos se calmaron. Daba
la impresión de que el tercer macho no había tenido mejor suerte que ellos. Tampoco había
ni rastro de Alexstrasza, aunque Kalec era consciente de que Malygos sabía, más o menos,
dónde podrían encontrarla, puesto que en cuanto habían llegado a este lugar donde el olor
de Ysera era más intenso, se habían separado para poder cubrir más terreno y registrar ciertas
áreas donde una protodragona podía haberse ocultado con más facilidad.
Pero por ahora, no habían descubierto nada.
—No está aquí —sugirió Neltharion—. Estuvo… pero ya no.
Por su tono de voz, no cabía duda de que compartía la inquietud de Malygos sobre
el destino de Ysera. Ninguno de ellos quería ser el que se aproximara a Alexstrasza para
contarle lo que cada vez más parecía ser la verdad.
—Tal vez deberíamos seguir buscando —recomendó el macho gris como el carbón
con cierta vacilación—. Tal vez hemos volado demasiado rápido. Yo me ocupo.
Ambos sabían que habían peinado sus respectivas zonas a fondo, pero como no
tenían ninguna gana de tener que lidiar con una abatida Alexstrasza, volvieron a separarse.
Malygos se ladeó y, a continuación, descendió un poco más. Kalec sabía que su anfitrión no
esperaba encontrar nada, pero este prefería hacer eso a tener que informar de su fracaso a la
hembra naranja como el fuego.
Malygos escrutó con su aguda vista el suelo helado, así como las paredes de roca
congelada que tenía delante, y conoció al instante unos cuantos lugares donde Ysera se
podría haber ocultado. Sin embargo, sabía que era imposible que ella le hubiera dado
esquinazo; además comprobó que los tres primeros emplazamientos seguían tan vacíos como
los recordaba…
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