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Published by carla.gaspar.sarda, 2022-10-23 00:29:06

El Alba de los Aspectos

El Alba de los Aspectos

El Alba de los Aspectos

Súbitamente algo se movió cerca de la entrada de la última cueva. Fue algo tan fugaz
que ni Kalec ni su anfitrión pudieron identificar qué era.

El protodragón descendió en picado para investigar. Aunque aminoró el ritmo al
aproximarse a la cueva, pues cabía la posibilidad de que lo que se escondiera ahí dentro no
fuera Ysera sino algo más amenazador.

Malygos entornó los ojos. La cueva estaba envuelta en una oscuridad total que
despertó cierta inquietud en el protodragón ya que con su aguda vista debería haber sido
capaz de ver en esa oscuridad a unos cuantos metros de distancia, al menos. Kalec se puso
tan nervioso como Malygos cuando el protodragón olisqueó el aire y, tras no detectar nada,
decidió entrar.

Mientras el macho azul como el hielo avanzaba siguió sin poder prácticamente nada.
Malygos vaciló al intuir que algo iba mal, pero sabía exactamente qué. Sin embargo, como
Kalec también era capaz de percibir ese mundo antiguo a través de su anfitrión, detectó leves
rastros de un gran poder que se hallaba cerca.

—Bienvenido, inteligente cazador —le saludó alguien de voz profunda y
preternatural, lo cual provocó que Kalec quisiera dar un grito ahogado y que Malygos,
instintivamente, diera un paso atrás en esa dirección.

Una tenue luz plateada rasgó la oscuridad.
En su interior, cobró forma una silueta encapuchada y con capa que le resultaba muy
familiar a Kalec.
Siseando, Malygos volvió a retroceder. Aunque si el protodragón pretendía dar con
la salida, no iba a hallarla, pues ni siquiera Kalec era capaz de percibir dónde estaba. Solo la
oscuridad prevalecía en aquel entorno, salvo allá donde esa figura diminuta se hallaba.
Curiosamente, a pesar del hecho que Malygos era mucho más grande y amenazador,
esa misteriosa figura le inquietaba sobremanera. Y eso no se debía a que esa forma bípeda
le resultara muy extraña al protodragón, sino más bien a que irradiaba un tremendo poder,
ese poder que Kalec antes había detectado.
Aunque el dragón azul ya había aceptado el hecho de que, a través de su anfitrión,
se estaba enfrentando al ser que había atisbado por el rabillo del ojo en el Nexo, fue entonces
cuando se dio cuenta de que había algo más que no encaba del todo en el ser que tenían ante
ellos. A pesar de que, según Kalec, esa figura borrosa era apenas más alta que un elfo de
noche cuanto más la observaba el exAspecto, más pensaba que estaba viendo no era lo que
realmente se hallaba ahí. Tenía la sensación de que se trataba, en realidad, de un ser mucho
más imponente que ese, un ser que en vez de estar alzando la mirada para contemplar al
protodragón debería estar agachando la cabeza para poder verlo.
—¿Quién eres? —inquirió Malygos de manera apremiante—. ¿Quien?

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—Sigue el viento que arreciará en cuanto partes —respondió la figura, cuya
contestación no tuvo ningún sentido en un principio ni para Kalec ni para su anfitrión—. Y
hallarás a tu amiga.

A Malygos se le escapó otro siseo.
—¿Qué eres?
—Un amigo… o eso espero.
Entonces, de esa capa surgió una mano robusta que Kalec supuso que debía de
pertenecer a un guerrero. Acto seguido, esa figura se echó la capucha hacia atrás.
Para el protodragón, fue toda una revelación comprobar lo extraña que era esa
criatura. Para Kalec, no obstante, lo que tenía delante era suficiente como para poder
identificar qué era en realidad ese ser, a pesar de que el dragón nunca había visto a tales
seres en carne y hueso.
Es un guardián… solo puede ser un guardián, pensó Kalec sobrecogido. Los
guardianes eran criaturas míticas y legendarias para la mayoría de las demás razas. Cuando
había sido el Aspecto de la Magia, Kalec no había logrado aprender mucho sobre ellos, solo
sabía que se ocupaban de supervisar la evolución de Azeroth después de que los titanes
trajeran el orden a ese mundo y que varios de los Guardianes habían erigido templos en las
Cumbres Tormentosas. También podían hallarse pruebas de sus logros en ciertos lugares
ignotos a lo largo y ancho del mundo, pero el verdadero sentido de su gran misión seguía
siendo un misterio.
Su piel era brillante y de un color plateado. Poseía un espeso y largo bigote, que le
llegaba hasta el pecho y que era del mismo color dorado que el pelo que enmarcaba esa cara
robusta y de amplia mandíbula. Bajo un prominente ceño, unos ojos del color del so1 y
similares a los de los elfos de noche, que aparentemente carecían de pupilas, escrutaron al
dragón no solo con interés sino con algo que parecía ser también orgullo.
¿Por qué muestra tanto interés por Malygos?, se preguntó Kalec.
—Puedes llamarme Tyr —fue la contestación que le dio al fin el guardián a la
pregunta original del protodragón—. Y tú eres Malygos claro está.
El anfitrión de Kalec se estremeció, lo cual era comprensible. Apretando los dientes,
el protodragón replicó gruñendo:
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Te he estado observando, aunque no has sido al único al que he vigilado. Sé que
tienes mucho potencial, al igual que tus amigos… y esto lo dice alguien que ha observado a
muchos de tu especie desde que los primeros de los suyos iniciaron su camino hacia la
conciencia.
Esa respuesta únicamente consiguió que un desconcertado Malygos sacudiera la
cabeza a la vez que su desconfianza iba en aumento. Tyr no era una criatura enorme.

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Malygos creía que podría partir en dos a Tyr de un solo mordisco, pero por razones que el
protodragón ignoraba, también creía que, si intentaba hacerlo, acabaría arrepintiéndose.

Le dio la espalda y buscó una vez más esa entrada que había desaparecido, la cual,
de repente, volvía a estar ahí. Sin embargo, Malygos no hizo ademán alguno de acercarse a
ella, pues era consciente, al igual que Kalec, de que había reaparecido en el momento más
conveniente. Malygos, claro está, no comprendía la magia tanto como Kalec, pero era lo
bastante inteligente como para relacionar todos esos fenómenos extraños con ese ser que
sabía su nombre sin necesidad de habérselo preguntado.

Malygos miró hacia atrás, hacia Tyr.
—Si deseas marcharte, no te detendré —afirmó Tyr.
Malygos esbozó una sonrisilla propia de un reptil y opto por tomarle la palabra.
Atravesó el agujero a gran velocidad, ya que esperaba que aquel ser intentara evitar su salida
en el último seguido.
Sin embargo, el macho azul como el hielo fue recibido por un espacio abierto. En
cuanto se halló del todo fuera, Malygos se giró hacia la cueva. Kalec sabía que su anfitrión
esperaba que Tyr lo hubiera seguido, pero no se topó con él, ahí no había ni rastro del
guardián.
—¿Lo ves? No te he mentido.
Malygos gruñó y alzó la vista hacia la cima de esa baja colina. Ahí se encontraba un
Tyr de aspecto muy inocente que esperaba pacientemente.
El Protodragón se elevó en el aire y planeó sobre esa figura con capa. Con suma
calma, Tyr extendió ambos brazos, indicando así que venía en son de paz. A pesar de ese
gesto, Malygos no bajó la guardia, e incluso Kalec se preguntó qué exactamente querría
hablar con un protodragón un ser tan formidable.
—¡No tiene ninguna gracia! —le espetó Malygos, quien echó hacia atrás la cabeza.
Se estaba preparando para exhalar, lo cual Kalec creía que solo podía llevar al desastre.
Pero en el último momento, el protodragón cambio de parecer. De hecho, Malygos
se alejó de la diminuta figura y siguió volando.
Sin embargo, no fue muy lejos, ya que pronto se topó con Tyr de nuevo, el cual se
hallaba sobre la cima de otra colina situada delante de él.
Si bien esto sorprendió muy poco a Kalec, el joven Malygos demostró ser bastante
testarudo. AI instante, viró en otra dirección y voló a la máxima velocidad posible para dejar
atrás ese lugar donde ahora se encontraba Tyr.
La figura ataviada con capa reapareció delante de él, a corta distancia.
Esta vez, Malygos no vaciló y exhaló. Kalec intuyó que su anfitrión no deseaba matar
a Tyr, solo evitar que continuara siguiéndolo.
Lanzó sobre Tyr un chorro de escarcha, que se dispersó de tal modo que acabó
rociando todo el entorno pedregoso que rodeaba a esa figura, a la que ni siquiera rozó.

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—Por favor —le dijo Tyr con suma serenidad—. Únicamente deseo hablar contigo…
sobre Galakrond.

Malygos se debatió entre varias opciones: atacar, huir, y escuchar a esa extraña
criatura. Para alivio de Kalec, su anfitrión optó por esta última.

—¿Qué quieres? ¿Dónde está Ysera?
—La encontrarás… así como otras cosas, eso es algo que yo no puedo cambiar.
—Tyr, no se explayó más, sino que volvió a centrar la conversación en el tema de partida—
. Pero, por el momento, debemos hablar sobre Galakrond y con celeridad.
Esas continuas referencias a ese siniestro coloso provocaron que el protodragón
mirara a su alrededor con suma ansiedad, aunque ahí no había ni rastro de ese descomunal
enemigo, por supuesto. Malygos lanzó una mirada expectante a Tyr.
—Nunca pretendimos que se recorriera este sendero —presidió hablando Tyr, cuya
mirada parecía ahora perdida. Una sombra planeó sobre sus facciones—. Galakrond nunca
debería haber optado por ir en esa dirección, pero nosotros tampoco lo evitamos. Por eso,
ahora, ahora este mundo se enfrenta a su destrucción.
Si bien Malygos no entendía todas esas metáforas tan complejas, fue capaz de
entender lo suficiente como para comprender que ese ser y Galakrond estaban relacionados
de algún modo. A pesar de que Kalec entendía mucho más que Malygos de lo que había
dicho, al final, sus conclusiones fueron las mismas. Ese ser (ese guardián) sabía por qué
Galakrond se había convertido en un monstruo y se sentía en cieno modo culpable de que
eso hubiera sucedido.
Antes de que Malygos pudiera formular esas preguntas que a Kalec y a él tanto le
intrigaban, Tyr siguió hablando.
—He observado a muchos de ustedes, en busca de una respuesta. He meditado
mucho al respecto durante un tiempo… Coros demostró ser tan obsesivo como Galakrond,
pero aún más insensato, o eso me temo.
—¿Observabas a Coros? ¿Por qué?
Por primera vez, la frustración pareció adueñarse de la robusta cara de Tyr de una
manera sutil. No obstante, Kalec se percató de que no era Malygos la causa de esa sensación
de decepción sino el mismo guardián.
—Esa es una buena pregunta que carece de una buena respuesta. Dejémoslo así. Lo
que realmente importa es que tú puedes ser la pieza clave para solventar esta situación…
siempre que podamos transformar este demencial ataque que solo lleva al desastre en una
victoria.
Aunque el protodragón siguió flotando en el aire, Kalec noto que a este se le estaba
agotando la paciencia. Los protodragones de la proverbial paciencia de los dragones; no
obstante, Kalec era perfectamente consciente de que la suya podía ser muy corta en ciertos
momentos. Malygos estaba a punto de salir huyendo de nuevo.

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Obviamente, Tyr también fue capaz de percatarse de ello. El Guardián sonrió
brevemente, como si así intentara calmar al protodragón.

—Al pretender guiar la evolución de Azeroth en su conjunto, nos hemos olvidado
durante mucho tiempo de cuidar a diario de los pequeños detalles de este mundo, nos hemos
olvidado de interactuar con la vida de este mundo. Al carecer de nuestra guía, una cierta
sucesión de acontecimientos ha causado que surgiera Galakrond. Sin embargo, con nuestra
guía, nosotros y tu raza tal vez seamos capaces de lograr que Kalimdor regrese al sendero
que tenía destinado.

—¿Quieres que luchemos contra Galakrond? —El tono con el que Malygos realizó
esa pregunta dejó bien claro que se cuestionaba la cordura de la sugerencia que acababa de
hacer Tyr—. ¡Talonixa quiere luchar contra Galakrond! Yo… nosotros… ¡no lucharemos!
—El protodragón negó con la cabeza—. ¡Qué criatura tan necia eres!

Esta vez, Malygos intentó escapar de otro modo. Voló alrededor de Tyr, trazando un
círculo tan amplio alrededor de esa figura con capa que Kalec no pudo evitar preguntarse si
el protodragón también intuía que, a pesar de lo diminuto que parecía, Tyr era en realidad
algo mucho más enorme, mucho más poderoso.

Tanto Kalec como su anfitrión esperaban que Tyr se materializara ante ellos en
cualquier momento, pero eso no sucedió. Aunque eso animó a Malygos, Kalec era incapaz
de comprender por qué Tyr iba a dejar ahora que el protodragón se marchara sin más.

De repente, delante del veloz Malygos, surgió algo que se asemejaba mucho a un
muro. El macho azul logró ladearse justo en el último instante y, mientras hacía esto, tanto
él como Kalec se dieron cuenta de que en ese muro había algo realmente perturbador.

No se trataba de un muro, sido del torso de un gigantesco ser bípedo.
Entonces, Malygos se giró, pero no se topó con ningún gigante… sólo con Tyr.
No obstante, incluso el joven protodragón comprendió que había logrado atisbar de
manera fugaz lo que Tyr era en verdad. Esa breve visión había sido tan impactante que en
ese instante contemplaba a esa diminuta criatura, que ahora se encontraba ante él una vez
más, con una sensación muy similar al sobrecogimiento.
Sin embargo, la expresión dibujada en el semblante de Tyr provocó que las
esperanzas de que podían derrotar a Galakrond, que acababan de renacer en el protodragón
tras haber visto lo que acababa de ver, se esfumaran al instante.
—No estamos tan atados a este mundo como lo está tu raza al resto… al resto de mi
raza ya no se puede recurrir para poder combatir este peligro. Estamos demasiado hartos de
batallar por culpa de conflictos pasados. Nosotros… yo… necesito a los tuyos Malygos. Te
necesito.
Sin dejar de flotar en el aire, el protodragón asintió por fin.
—¿Qué vamos a hacer?
Tyr pareció sentirse tremendamente aliviado.

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—Primero, debemos reunir a tus amigos. Creo que ellos podrían ser la solución a
este problema, siempre que permanezcan unidos. Jamás, en ningún sitio, había visto que
entre protodragones de familias distintas se estableciera un vínculo tan profundo y de un
modo tan inmediato. Tal vez eso pueda deberse a la irrupción de Galakrond, lo cual sería
irónico. No lo sé. Sea cual sea la razón, este vínculo podría ser la clave, la única oportunidad
de victoria que aún nos quede.

Una vez más, algunas de esas expresiones le resultaron bastante incomprensibles a
Malygos. Sin embargo, fue capaz de entender perfectamente que Tyr no las tenía todas
consigo y que ni siquiera Malygos y los de su raza podrían ser capaces de evitar que
Galakrond arrasara Azeroth.

—Reúne a los demás, Malygos. Ellos confían en ti. Guíalos hasta aquí. Los estaré
esperando.

De improviso, un rugido de advertencia surgió del este, un bramido tan estruendoso
que solo podía pertenecer a Galakrond.

Tyr se volvió en dirección hacia ese grito. Malygos dejó de contemplarlo y miró en
esa misma dirección. En ese momento, la capa se movió a un lado, dejando a la vista algo
en lo que únicamente reparo Kalec y que solo él podía reconocer.

La reliquia, ni más ni menos, se encontraba ahí, atada por una malla a un grueso
cinturón de plata.

Nada más verla, todos los elementos de la escena que estaba viendo se hicieron
añicos en su mente, dispersándose en todas direcciones. La oscuridad reinó durante un solo
segundo y, acto segando, esos fragmentos se volvieron a juntar para conformar una nueva
escena.

Los protodragones inundaban el cielo y, por decenas, rugían desafiantes al horizonte
que tenían delante. Mientras Kalec intentaba reubicarse para poder entender qué sucedía,
Malygos se sumó a los demás la hora de desafiar a ese firmamento, aparentemente, vacío.

Y el cielo contestó.
Galakrond, quien todavía se hallaba tan lejos que no podía ser visto, respondió.
Kalec soltó una maldición en silencio. De algún modo, él (o, más bien, Malygos)
había terminado formando parte del épico ataque de Talonixa, el cual probablemente, estaba
destinado al fracaso.

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CAPÍTULO CINCO

LOS MUERTOS Y LOS

NO-MUERTOS

Jaina se despertó sobresaltada y alzó violentamente la cabeza de las páginas del

libro mohoso que había estado leyendo cuando el agotamiento había podido con ella. La
archimaga contempló esa página que presentaba unas tenues manchas de humedad y, con
cierto enfado, hizo un gesto. Al instante, la página se secó y quedó bastante mejor.

¡Qué pérdida de tiempo, una vez más! Entonces, señaló con un dedo a esa pared
repleta de libros y pergaminos y el libro se fue aleteando hasta el lugar del que anteriormente
había sido invocado.

Súbitamente, unos pensamientos que no eran suyos irrumpieron en su mente; se
trataba de unos mensajes enviados por varios magos que buscaban su consejo o le recordaban
ciertas tareas que debería estar atendiendo en vez de estar centrada en ese trabajo cada vez
más fútil. A pesar de que Jaina sabía que su cargo le exigía que tratara todos esos asuntos,
optó por levantarse de la silla y, de nuevo, se aproximó a esa gran biblioteca que atesoraba
tanto conocimiento mágico.

Antes de que pudiera tomar una decisión, otra voz ahogó al resto.
Jaina… ven rápido…
—¿Kalec?
Si bien el contacto se rompió, tuvo tiempo de percibir el lugar de procedencia de esa
llamada. Aunque el emplazamiento la sorprendió, la archimaga no titubeó. Suspiró y lanzó
un conjuro.
Pero no apareció donde esperaba. Se materializó no solo a muchos metros de donde
pretendía, sino también a más de treinta centímetros por encima del suelo. La archimaga
aterrizó sobre sus talones de manera violenta, de tal modo que el impacto le recorrió todos
los huesos.

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El Alba de los Aspectos

Jaina se mordió la lengua para no lanzar un epíteto más propio de su padre, el
almirante, y recobró la compostura. Al recuperar el equilibrio escrutó esas oscuras tierras
que se extend.an ante ella, mientras se preguntaba por qué la habría llamado Kalec para que
acudiera al Cementerio de Dragones. ¿Acaso no había otro lugar al que ir?

Asimismo, la archimaga se preguntaba por qué no la había llamado desde el templo,
sino desde las sombras de ese esqueleto increíblemente vasto que yacía ahí delante.

Jaina sabía que esos enormes huesos habían pertenecido en su día a un coloso
llamado Galakrond, pero poco más; el resto de lo que sabía no eran más que mitos y leyendas
que los Aspectos habían ido transmitiendo a lo largo de los milenios. Cuando estos dragones
hablaban de Galakrond, se limitaban a realizar vagos comentarios en los que lo honraban
como el Padre de los Dragones. Supuestamente, esa era la razón por la que muchos de los
dragones que venían a morir al Cementerio se colocaban de cara a Galakrond o si no, cerca
de su esqueleto.

Jaina se concentró en Kalec y pronunció silenciosamente su nombre mientras
esperaba para poder establecer un vínculo mental con él. Al comprobar que eso no sucedía,
afinó aún más su llamada telepática y dirigió su llamada directamente a esas monstruosas
costillas.

Aunque no obtuvo respuesta alguna, Jaina no pudo evitar tener la sensación de que
tenía que acercarse al esqueleto. El miedo la invadió de pronto, pues temía que Kalec pudiera
yacer ahí herido e inconsciente (o en un estado aún peor) en medio de esos huesos
semienterrados.

Una neblina envolvía la región, haciendo imposible que la archimaga viera algo en
el interior de esas costillas. Sondeó la zona con sus poderes mágicos, pero no halló nada…

No. Aunque solo fuera por un breve instante. Jaina creyó haber percibido la presencia
de Kalec. Sin titubear lo más mínimo, se teletransportó más cerca. Esta vez, la archimaga
apareció donde deseaba. Las costinas se alzaban imponentes frente ella.

Pero no había ni rastro de Kalec.
Jaina decidió gritar su nombre, sin embargo, solo obtuvo como respuesta el aullido
del viento que soplaba entre los huesos. Como desde el principio había sido consciente de
que su destino era ese lugar desolado, se había protegido mágicamente del frío que la
esperaba, por lo cual, el escalofrío que le recorrió la columna no fue provocado por las
inclemencias meteorológicas. A pesar de la archimaga no dudó y entró.
En cuanto lo hizo, Jaina percibió algo más. Un tenue rastro mágico que le recordó el
aura de la reliquia.
La fuente de ese rastro resultó ser un agujero muy profundo cavado en el suelo
helado, un agujero que también irradiaba algunas leves trazas de la peculiar energía mágica
de Kalec.

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Aquí es donde la encontró, dedujo Jaina. Se tomó muchas molestias para
desenterrarla, pero ¿por qué?

Miró hacia atrás y, de repente, estuvo segura de que no se encontraba sola. Aunque
la archimaga no vio nada, no pudo quitarse esa sensación de encima. No obstante, volvió a
inspeccionar el agujero.

Jaina se olvidó por el momento del rastro que había dejado ahí Kalec y se centró en
esa antigua magia residual que seguía impregnando la zona y que, cuanto más indagaba en
el agujero, más intensa era. La archimaga se maravilló ante el gran esfuerzo que había tenido
que hacer Kalec para poder desenterrar la reliquia.

Una vez más, se planteó la misma pregunta: por qué…
Las sombras que la rodeaban se tornaron más tenebrosas. Jaina invocó una pequeña
esfera dorada y la envió allá dentro para poder ver mejor… cualquier cosa que hubiera ahí.
En ese instante, se le escapó un suspiro teñido de exasperación. Volvió a echar un
vistazo a su alrededor, en busca de Kalec o de algún otro ser. Jaina era consciente de que
alguien o algo la había guiado hasta ahí, pero la hechicera ignoraba si se trataba de una
trampa o de algo totalmente distinto. Por el momento, no había detectado ninguna amenaza,
pero tampoco era capaz de dar con alguna razón que justificara qué hacía ella ahí.
La esfera cambió de color sin previo aviso; pasó de una tonalidad dorada a un azul
muy oscuro. Entonces, bajo esa luz azul. Jaina Proudmoore vio algo que antes se le había
pasado desapercibido. No se trataba de ningún objeto físico, sino de una energía relacionada
de algún modo con la reliquia que había estado enterrada ahí.
Eso era algo que ya había visto en una ocasión anterior y de lo que sabía que había
quedado constancia en los mismos tomos en los que había estado rebuscando información
antes de que creyera que la llamaba Kalec.
La propia reliquia al fin empezaba a tener algún sentido para la archimaga. Pero esto
lo único que hacía era incrementar su preocupación. Si lo que había intuido acerca de la
magia con la que había sido creada era cierto (Si lo que esa energía radiante significaba para
su examen de la reliquia era cierto), entonces estaba sucediendo algo tan terrible que…
Nuevamente; Jaina tuvo la sensación de que alguien la vigilaba. Esta vez, lanzó
rápidamente un conjuro a sus espaldas y, gracias a ello, obtuvo como recompensa un leve
gruñido.
Se volvió y se topó con una taunka que se hallaba a solo unos metros de ella.
—¿Quién eres? —exigió saber la archimaga.
—Buniq… Me llamo Buniq —respondió la taunka con voz ronca.
El hechizo de Jaina mantenía a esa criatura clavada en su sitio. Aunque la taunka
estaba armada con una lanza, Jaina se percató de que sostenía el arma de un modo
despreocupado y no en una postura que indicara que estuviera dispuesta a lanzarla.
—¿Qué haces aquí?

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—Estaba cazando. Entonces, vi una luz y pensé que se trataba de otro cazador.
Como la archimaga no detectó nada fuera de lo normal, decidió liberar a la taunka
del sortilegio. Buniq suspiró y extendió los brazos, aunque tuvo mucho cuidado de mantener
agarrada la lanza de un modo poco amenazador en todo momento.
—Puedes irte —le indicó Jaina, con un tono de voz que dejó claro a Buniq que
prefería que hiciera lo que le estaba sugiriendo.
La taunka hizo ademán de girarse y, acto seguido, posó la mirada más allá de la
hechicera, sobre el agujero.
—Él también buscaba algo ahí. El de color azul.
¿El de color azul? ¿Kalec? Esas preguntas recorrieron por la mente de Jaina a gran
velocidad.
Antes de que la archimaga pudiera contestar, la cazadora añadió de un modo abrupto:
—Creo que dio con algo.
Si bien esa información tenía cierta relevancia para Jaina, no le resolvía nada. Asintió
para darle las gracias a la taunka, que ya no tenía mucho más interés para ella.
—Y también vi otra cosa… después de que se fuera.
Jaina la miró fijamente.
—¿Qué más viste? ¿Qué?
Buniq dudó.
—Vi a otro, que iba muy tapado.
—¿Muy tapado? ¿Con una capa? —preguntó la archimaga. Buniq agachó la cabeza
en un gesto que era evidentemente de asentimiento, con lo que volvió a despertar el interés
de Jaina, la cual inquirió—: ¿No viste nada más destacable en esa figura?
—Era alto. Más alto que tú. Y miró en el agujero, como tú has hecho.
Sin embargo, ahí no había ningún rastro mágico que algún otro hechicero hubiera
podido dejar, o al menos Jaina no lo había detectado. Dadas sus habilidades, era muy poco
probable que se le hubiera pasado por alto que otro mago había estado ahí… a menos que…
Tenía que saber más.
—¿Hizo algo esa figura misteriosa?
—Sí.
Buniq se quedó pensativa un momento y, a continuación, se pasó la lanza de una
gruesa mano a otra. Después, alzó la mano que ahora tenía libre y empezó a dibujar algo en
el aire. En cuanto acabó, la taunka volvió a quedarse quieta.
Jaina intentó hallar un sentido a lo que fuera que acabara de dibujar Buniq, pero no
lo logró del todo.
—Hazlo otra vez, pero más lento.

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Mientras Buniq repetía el proceso, la archimaga lanzó un hechizo sencillo pero muy
útil. Inmediatamente, el aire centelleó con un color plateado allá donde la taunka había
empezado a trazar su dibujo. La cazadora titubeó.

—Sigue, por favor, Buniq.
La taunka suspiró y obedeció. El fuego plateado siguió sus movimientos mientras
completaba el símbolo. Jaina lo observo todo con un interés cada vez mayor, al tiempo que
albergaba la esperanza de que Buniq tuviera una buena memoria.
La taunka retrocedió. Después, Jaina ordenó a ese patrón reluciente que se acercara
a ella, lo examinó por un segundo y, acto seguido, esbozando un gesto de contrariedad, le
dio la vuelta para poder verlo tal y como Buniq lo había hecho. Se encontró con una estrella
creciente situada sobre un elegante pájaro; ambas figuras estaban unidas por el centro por
tres runas muy sencillas, pero muy significativas, de forma triangular.
La archimaga dio un grito ahogado. Había visto ese símbolo anteriormente y ahora
acababa de recordar precisamente dónde. Jaina volvió a centrar su atención en Buniq e
inquirió:
—¿Hubo algo más que…?
Pero la taunka había desaparecido. Jaina entrecerró los ojos y divisó unos cuantos
rastros que iban más allá de las costillas. Aunque la archimaga esperaba que una cazadora
estuviera acostumbrada a moverse con sigilo, lo que no se esperaba era que Buniq fuera
capaz de sortear sus sentidos extremadamente desarrollados y que lo hubiera hecho con una
rapidez tan asombrosa. Además, Jaina no tenía ni idea de por qué Buniq se había marchado
sin avisar, aunque tal vez el mero hecho de que Jaina fuera una hechicera fuera una respuesta
más que suficiente.
Apartó a la taunka de sus pensamientos, pues tenía que volver a consultar los libros
de manera inmediata. Era posible que esta nueva pista no fuera más que un callejón sin
salida, pero por lo que la archimaga recordaba de esas páginas que pretendía consultar de
nuevo, dudaba mucho que ese fuera a ser el caso.
Con renovadas esperanzas, Jaina dio gracias en silencio a la ausente Buniq por haber
estado aun cazando por la región y, a continuación, lanzó un conjuro para regresar a su
santuario.
Pero si la archimaga hubiera optado por mirar otra vez hacia el lugar donde antes se
había hallado la taunka, quizá esta vez se hubiera fijado en que no había huellas de pezuñas
por ninguna parte.

***

Kalec no recordaba que se hubieran congregado tantísimos protodragones en las
reuniones anteriores. Se habían reunido en una cantidad asombrosa. A través de Malygos,

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Kalec distinguió entre los protodragones más familias distintas de las que hasta entonces
sabía que existían. Incluso Malygos parecía sobrecogido en cierto modo por esas legiones
que lo rodeaban, aunque rápidamente quedó claro que él no estaba allí porque quisiera sino
porque Tyr se lo había pedido.

Los demás también estaban ahí presentes, pero se habían desperdigado entre
tantísimos congéneres. Incluso Ysera se encontraba ahí, tras haber sido localizada por
Alexstrasza en un estrecho desfiladero plagado de pequeñas cuevas. Los pensamientos de
Malygos se centraban constantemente en Ysera, quien parecía ser un tremendo interrogante
en el enigmático plan que tenía reservado Tyr para los cinco. La preocupación de Malygos
por Ysera era muy superior a la capacidad de Kalec de entender lo que implicaba ese plan.

Por lo que Kalec podía percibir sobre Ysera, los demás creían que les escondía algún
secreto, algo de lo que ni siquiera había hablado con Alexstrasza. Ysera se había mostrado
de acuerdo en acompañarlos sin poner muchas pegas, como si ansiara abandonar la zona en
la que la habían encontrado. Todo esto había dejado a Malygos muy intrigado, ya que se
preguntaba si la pálida hembra amarilla sería capaz de abandonar de manera repentina el
ataque, justo en el momento más crítico, por culpa de cualquiera que fuera el secreto que se
guardaba.

Entonces, Kalec tuvo acceso a unos cuantos recuerdos fragmentados sobre Tyr que
lo sorprendieron en grado sumo: su anfitrión seguía siendo el único que conocía la existencia
de esa figura ataviada con capa. Tyr quería actuar a través de Malygos, pues el guardián
creía que sería mejor que los demás creyeran que el plan se le había ocurrido al macho azul
como el hielo. Kalec dedujo que la razón de tanto secretismo tenía bastante que ver con algo
que Tyr ni siquiera le había revelado a Malygos, tal vez alguna parte del plan que el anfitrión
de Kalec podría haberse negado a llevar a cabo si la hubiera conocido.

Malygos sospechaba algo similar, lo cual no le sorprendió mucho. Talonixa volvió a
rugir; su grito era señal para que arreciara un nuevo coro de desafíos centrados en el todavía
invencible Galakrond. En verdad, ese rugido colectivo le pareció tan impresionante a Kalec
como el del lejano coloso y eso le llevó a preguntarse si tal vez había escogido el camino
adecuado, al fin y al cabo.

Por el rabillo del ojo, Malygos observó que Ysera descendía de repente para
colocarse por debajo del resto. De inmediato, cayó en picado tras ella.

La protodragona alzo la mirada al ver que se acercaba y entornó los ojos. Las
sospechas de Malygos de que algo iba mal se incrementaron.

—¡Quédate con nosotros! —exclamó el macho—. ¡Debemos liderar a los demás!
—¡Solo descanso! Estoy cansada.
Si bien era cierto que Ysera no poseía la resistencia de los demás y que había contado
con muy poco tiempo para descansar desde que Malygos había reunido a sus compañeros y

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El Alba de los Aspectos

les había contado su plan. Por fortuna para él, Alexstrasza escogió ese momento para unirse
a ellos.

—¿Estás bien? —le preguntó con ansiedad a su hermana.
—Solo estoy… cansada…
Ysera no pareció alegrarse más de ver a Alexstrasza de lo que se había alegrado de
ver a Malygos.
—Me quedaré contigo hasta que necesitemos elevarnos más.
Tras decir estas palabras. Alexstrasza lanzó una mirada a Malygos con la que le dio
a entender que debía irse. El macho viró rápidamente y se alejó de ambas hermanas. La
hembra naranja como el fuego no le quitaría el ojo de encima a Ysera. El plan que Tyr le
había sugerido todavía podía…
Un rugido cien veces más atronador que los anteriores hizo temblar tanto la tierra
como el cielo. La gran formación organizada por Talonixa perdió brevemente su orden. Al
instante, la protodragona gruñó a sus seguidores con furia, para obligarlos a recuperar la
posición.
Pero Galakrond seguía sin aparecer. Talonixa se rio.
—¿Lo ven? ¡Nos teme!
Ese era el momento que Malygos había estado esperando y. por tanto, también fue
el momento en que sus pensamientos sobre el plan estuvieron más claros para Kalec. Altura.
El plan requería altura. Tyr sabía algo de Galakrond que los protodragones ignoraban.
Cuanto más se elevaran, menos oxigeno habría, eso ya lo sabía Malygos. Sin embargo, lo
que no sabía era que Galakrond no podía volar a tanta altura, ni durante tanto tiempo como
otros protodragones voladores más pequeños que él. La clave de la victoria se hallaba en
atraer al monstruo hacia las alturas, donde se volvería más torpe y se vería obligado a hacer
un mayor esfuerzo para obtener el aire necesario para llenar sus descomunales pulmones. En
ese momento (y tal sólo en ese momento), Galakrond sería vulnerable.
El macho azul como el hielo ascendió hasta colocarse junto a Talonixa.
—¡Debemos volar alto! ¡Galakrond no podrá volar a tanta altura mucho tiempo! ¡No
podrá respirar bien ahí arriba!
La imponente hembra resopló.
—¡Apártate!
—¡Vuela alto! —insistió Malygos—. ¡Galakrond no podrá respirar bien ahí arriba!
¡Se cansará! ¡Y será derrotado!
Esta vez dio la impresión de que Talonixa sí estaba considerando su sugerencia. Tyr
y Malygos habían contado con su astucia para que el plan pudiera funcionar. Malygos
suspiró aliviado.
Pero se equivocó. Las facciones de Talonixa se tornaron aún más duras. Tanto Kalec
como su anfitrión se dieron de cuenta de que se había tomado la reacción de satisfacción de

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El Alba de los Aspectos

Malygos como una señal de que este esperaba que ella se doblegara ante su sabiduría.
Mordió el aire de manera amenazadora ante Malygos y, al mismo tiempo, dos de sus
tenientes descendieron en picado para ayudarla.

Entonces, como si hubieran surgido de la nada, Neltharion y Nozdormu se unieron a
Malygos. Neltharion profirió un rugido de desafío, que fue respondido por los dos seguidores
de Talonixa. Detrás de ellos seis, los demás protodragones dudaron, pues no estaban seguros
de si el ataque se acababa de transformar en una guerra interna.

—¡Retírate! —le espetó Nozdormu a Malygos entre siseos—. ¡Retírate!
Neltharion también oyó la advertencia del otro macho.
—¡No! ¡Combátela! ¡Conviértete en el líder! ¡Sé el que manda!
Al contrario que Nozdormu, Neltharion no se había molestado en hablar en voz baja,
por lo que sus palabras provocaron la ira de Talonixa, quien lanzó un rayo no contra
Neltharion, sino contra el aparente líder de ellos tres, contra Malygos.
A pesar de que el anfitrión de Kalec se giró, no pudo evitar recibir una dolorosa
quemadura en un ala. Mientras esto sucedía, se unieron a Talonixa unos cuantos más de sus
leales seguidores.
—¡Retírate! —le conminó Nozdormu una vez más.
Malygos no descendió, como habría cabido esperar, sino que se elevó aún más. Sus
camaradas lo siguieron sin cuestionar nada y, al instante, varios de los acólitos de Talonixa
fueron en su persecución.
Sin embargo, sus perseguidores se detuvieron bruscamente en cuanto la hembra
lanzó un abrupto gruñido. Mientras Malygos continuaba elevándose más y más, miró hacia
abajo y pudo comprobar cómo esa formación volvía a recomponerse. Había esperado que
Talonixa y sus tenientes los persiguieran y que, así, al final, obligaran al resto de
protodragones a elevarse. Por pura inercia, Malygos acabó adentrándose en las nubes. A
medida que el aire escaseaba, le costaba más volar. Se detuvo para esperar a que los otros
dos le dieran alcance.
—¡Sabía que fracasaríamos! —bramó Neltharion—. ¡Te lo dije!
Malygos no respondió. Kalec percibió que el plan de Tyr era más complejo de lo que
parecía y que Malygos se culpaba de haber manejado muy mal la situación. Basándose en
lo que podía leer en los pensamientos de su anfitrión, Kalec no pudo hallar ningún fallo en
los actos que había llevado a cabo el protodragón; no obstante, el dragón azul sabía que
todavía había muchas cosas del plan que ignoraba.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nozdormu.
—¡Los seguiremos desde aquí arriba! —respondió Malygos—. ¡Alexstrasza e Ysera
se nos unirán pronto!
En realidad, Malygos albergaba algunas dudas sobre si, llegado el momento, Ysera
se mostraría realmente decidida, aunque sí estaba seguro de que Alexstrasza traería a su

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El Alba de los Aspectos

hermana consigo hasta ahí. Kalec también se dio cuenta de que su anfitrión tenía un plan B
en mente, basado en las ideas iniciales de Tyr. Como había sido consciente desde el principio
de que era bastante probable que Talonixa no atendiera a razones, Malygos había sugerido
que ellos cinco podrían intentar atraer a Galakrond hasta las alturas lanzando un ataque desde
allá arriba. Pese a que era un plan mucho más desesperado, seguía siendo un plan que
permitía albergar alguna esperanza.

Nozdormu miró hacia abajo y masculló:
—Están avanzando.
Para cuando dijo esto, los protodragones de abajo ya estaban bastante lejos. Malygos
no vio ni rastro de las hermanas, pero no podían demorarse más. Tendría que confiar en
Alexstrasza.
—¡Vamos!
Sin esperar más el macho azul como el hielo atravesé volando las nubes para seguir
a las legiones de Talonixa. Con el fin de mantener a sus seguidores juntos y que no se
agotaran demasiado antes de luchar contra Galakrond, la hembra había marcado un ritmo
que incluso algunos de los combatientes más lentos podían mantener. Pronto Malygos no
solo logró dar alcance a esos que volaban allá abajo, sino que consiguió adelantarlos.
Las nubes se tornaron más densas. Malygos no temía toparse con Galakrond entre
ellas, pues su gigantesco enemigo nunca podría haberse ocultado entre las nubes, por muy
densas que fueran, debido a su tamaño.
Por desgracia, mientras avanzaba, el anfitrión de Kalec empezó a flaquear por la
misma razón por la que había intentado convencer a Talonixa de que debía guiar a los demás
hacia las alturas. Su respiración se había ido volviendo cada vez más irregular por culpa de
la escasez de oxígeno. Pese a que no pretendía volar a tanta altura del suelo hasta hallarse
casi encima de Galakrond, se había visto obligado a ello para evitar ser visto por Talonixa o
sus seguidores.
Neltharion le dio alcance. A él también parecía que le costaba respirar.
—Debemos… volar… más… bajo…
De repente, algo se estrelló contra Neltharion.
El protodragón salió despedido hacia atrás. El impulso que llevaba esa cosa que se
había estampado contra él hizo que el macho gris como el carbón acabara girando en el aire
de manera incontrolable. Al instante, Malygos se volvió, con la esperanza de que no fuera
demasiado tarde para ayudar a su amigo.
Entonces, vio qué había golpeado a Neltharion: uno de los no-muertos. De hecho, su
peste se extendía por el aire, a pesar de la escasez de oxígeno, mientras el protodragón vivo
y él daban tumbos por el aire juntos.
Malygos se percató de que el no-muerto había colisionado con Neltharion de un
modo muy curioso, en un ángulo que hacía imposible que aquel ataque tuviera alguna

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consecuencia fatal, al menos en un principio. Tanto Kalec como su anfitrión se dieron cuenta
de que el cadáver reanimado no había atacado realmente a Neltharion, sino que, más bien,
se había chocado con él por accidente en medio de esas nubes tan densas.

De hecho, el no-muerto parecía más interesado en seguir volando que en pelear,
evidentemente, Neltharion también se había percatado de ello, ya que se apartó de un
empujón del monstruo y dejó que este siguiera su camino. El no-muerto trazó un círculo
lentamente por el camino que había venido… lo habría hecho si Neltharion no hubiera
aprovechado la ocasión para arrancarle el cuello desde atrás y, acto seguido destrozarle
ambas alas con sus potentes garras posteriores.

El protodragón gris como el carbón observó jubiloso cómo caían las partes
destrozadas de su víctima mientras Malygos y Nozdormu le daban alcance.

—¡Estúpida criatura! —exclamó Neltharion de modo jocoso—. ¡Tenía el cerebro
podrido! ¡Ahora ya ni ve ni pelea!

—Qué raro —murmuró Nozdormu.
Malygos y Kalec estaban muy de acuerdo con la sucinta afirmación que acababa de
realizar Nozdormu. Malygos siguió con la mirada la ruta aproximada que habría seguido el
no-muerto si Neltharion no lo hubiera destruido. Una sensación de inquietud dominó al
anfitrión de Kalec.
—¡Síganme! —exclamó entre siseos.
Rápidamente, pero con mucho cuidado, Malygos se elevó aún más, a pesar de que le
hubiera gustado descender a una zona con más oxígeno. El impaciente protodragón tenía
tanta prisa que Kalec, en un principio, no pudo adivinar qué era eso que tanto le preocupaba.
Entonces, en cuanto llegaron a una pequeña zona donde esa capa de nubes se
disolvía, lo que Malygos tanto temía se volvió muy evidente para su imperceptible
compañero.
El cielo estaba repleto de no-muertos, que trazaban círculos constantemente, como
si ese fuera el único deseo que anidara en sus cerebros putrefactos. Una y otra vez, volaban
en círculos, algunos muy grandes, otros muy pequeños. Uno de ellos voló incluso muy cerca
de Malygos, pero no reparó en él.
Neltharion y Nozdormu lo alcanzaron, incluso el macho gris como el carbón pareció
hallarse estupefacto ante aquello.
—¡Son muchos! ¡Casi tantos como nosotros!
Aunque anteriormente había habido unos cuantos avistamientos de no-muertos,
como se habían dejado embargar por la emoción de la inminente batalla contra Galakrond,
los protodragones vivos no les habían prestado mucha atención, ni siquiera Malygos. Y,
ahora, ese olvido lo iban a pagar caro.
—¿Por qué están aquí? ¿Y por qué solo vuelan en círculos? — pregunto Nozdormu.
Kalec sabía la respuesta, al igual que Malygos.

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El Alba de los Aspectos

—Nos están… esperando. A todos.
—¿Cómo es posible? —replicó Neltharion negando con la cabeza—. ¡No son muy
listos! ¡No piensan!
Malygos asintió. Los protodragones no-muertos no poseían una mente propiamente
dicha, pero algo a lo que se encontraban muy ligados sí la tenía.
—Así es, pero Galakrond es listo. Galakrond sí piensa… y muy bien.
Era una forma muy frustrante y sencilla de expresarlo, pero Kalec vio que, de algún
modo, los otros dos habían comprendido perfectamente la idea que Malygos intentaba
transmitir. El dragón azul compartía el asombro y el creciente temor de su anfitrión.
Los no-muertos trazaban círculos porque, en realidad, estaban esperando a que los
vivos pasaran por debajo de ellos. Aunque eso no lo habían planeado ellos mismos… sino
Galakrond.
A través de esa misma podredumbre que lo había mutado a él, ese monstruoso
protodragón parecía ser capaz de controlar a sus víctimas, a las que estaba utilizando para
tener una trampa en la que iba a caer todo el mundo.
—¡Debemos avisarles! —gritó Malygos en la medida que el escaso oxígeno le
permitió—. Debemos…
Al unísono, los no-muertos dejaron de volar en círculo… y cayeron en picado.
Lo único que Malygos y Kalec pudieron hacer fue observar aterrados. Habían
descubierto los planes de su enemigo muy tarde.
La trampa había saltado.

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PARTE IV

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CAPÍTULO UNO

LA NO-MUERTE EN EL

FIRMAMENTO

Mientras Malygos se dejaba caer en picado para realizar tanto lo que él como

Kalec sabían que sería un fútil intento de advertir a los que estaban debajo, el protodragón
intentó pensar en qué podía hacer para evitar el inminente desastre. Pero por mucho que lo
intentó, fracasó.

La catastrófica escena en la que se hallaba ahora inmerso Malygos era incluso peor
de lo que Kalec se había imaginado. Por encima de esa legión que se dispersaba de repente,
los no-muertos se desplegaban con una precisión que sus cuerpos sin mente claramente no
habrían sido capaces de llevar a cabo por voluntad propia. Galakrond los controlaba a todos,
incluso desde la lejanía. Malygos escrutó la vanguardia de esa formación cada vez más
caótica y, para su asombro, comprobó que Talonixa y sus acólitos más próximos no eran
conscientes de la catástrofe que se les avecinaba por detrás. La propia Talonixa volaba con
total confianza, y Malygos, que conocía perfectamente a la arrogante hembra, no albergaba
ninguna duda de que esta seguía pensando que su plan era tremendamente ingenioso. Por
muy grande que fuera Galakrond, los protodragones habían conseguido acabar con presas
mucho más grandes que ellos al haber unido sus fuerzas. Simplemente, Galakrond era una
presa muy grande. Lo único que tenían que hacer los seguidores de Talonixa era mantenerse
alejados de sus fauces y, al final, lograrían matarlo. Si bien, es cierto que algunos podrían
perecer al llevar a cabo esa hazaña, no cabía duda de que Talonixa no consideraba que ella
fuera a caer en esa batalla; además, la enorme hembra dorada estaba dispuesta a aceptar que
otros tuvieran que sacrificar sus vidas.

Sin embargo, antes de que Malygos pudiera acercarse lo suficiente como para poder
avisarles, los siseos y rugidos cada vez más intensos que se oían por detrás de Talonixa la
sacaron por fin de su ensimismamiento Con un gesto de enojo dibujado en su semblante,

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El Alba de los Aspectos

miró hacia atrás justo cuando el cadáver decrépito de un protodragón, cuya tonalidad en su
día había coincidido con la suya, la atacaba.

A pesar de que la pilló por sorpresa, Talonixa reaccionó a tiempo, ya que exhaló de
inmediato. Un relámpago atravesó la piel seca del no-muerto, de tal modo que el cadáver
acabó explotando en llamas.

Talonixa se tuvo que apartar para evitar los fragmentos y, entonces, se encontró de
cara con que las fuerzas que configuraban su gran asalto al enemigo se estaban viniendo
abajo. De un modo muy curioso, recorrió con la mirada todo ese caos hasta centrarse en
Malygos, quien se aproximaba hacia allá con suma rapidez. Le lanzó tal mirada iracunda
que tanto a Kalec como a su anfitrión les dio la impresión de que la hembra echaba la culpa
a Malygos de todo lo que estaba ocurriendo.

—¡Cuidado! —gritó Neltharion, a la vez que pasaba junto a su amigo raudo y veloz.
De repente, dos no-muertos cayeron sobre Malygos desde un flanco, colisionando con el
macho gris como el carbón. Tras rugir jubiloso, Neltharion destrozó a uno de los no-muertos,
cuyos pedazos salieron disparados por doquier y, acto seguido, exhaló sobre el segundo, al
que la onda expansiva hizo literalmente añicos.

A pesar de la facilidad con la que habían perecido tanto esos dos como el que había
atacado a Talonixa, a Malygos le dio la impresión de que había demasiados no-muertos en
el cielo, a los que, además, el factor sorpresa les estaba dando una grandísima ventaja. Ni
Kalec ni su anfitrión creían que Galakrond siguiera controlando totalmente a sus siervos
cadavéricos. Ahora, simplemente, se estaban limitando a seguir el dictado del único instinto
que todavía les quedaba, de esa hambre que los obligaba a devorar a los vivos.

Una hembra marrón se giró demasiado tarde y acabó en las garras de un cadáver
ennegrecido que exhaló sobre ella. Un humo denso y verde envolvió la cabeza y la garganta
de la hembra, la cual chilló al notar como la carne afectada se le secaba y caía en pedazos.
Su grito de angustia se transformó en un gorgoteo tenue en cuanto la cabeza se le hacia un
lado para, a continuación, separarse del cuerpo. Pero ni siquiera esto detuvo al no-muerto,
que al instante se dispuso a destrozar con los dientes esa zona ensangrentada situada en la
base del cuello para poder engullir esos enormes pedazos de carne todavía caliente.

En la lejanía, a la derecha de Malygos, dos no-muertos atraparon a un macho naranja
como el fuego entre ambos. El macho lanzó una breve llamarada, que prendió fuego a uno
de los no-muertos, pero por desgracia, no fue suficiente como para detener el asalto de este
cadáver que se lanzó envuelto en llamas sobre el macho, al mismo tiempo que el segundo
no-muerto lanzaba dentelladas al cuello de su objetivo desde la dirección contraria.

Pese a que Malygos se acercó velozmente al otro macho para ayudarlo, antes de que
pudiera alcanzar a ese trío enzarzado en combate, las llamas del cadáver ardiendo se
extendieron hasta el protodragón vivo y su otro adversario. El macho sucumbió rápidamente
al verse atrapado en ese fuego.

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El Alba de los Aspectos

Encolerizado por ese fracaso, Malygos ignoró todo peligro y se sumó a la refriega.
Exhaló sobre la víctima del no-muerto, con la vana esperanza de que el otro macho todavía
viviera, y cubrió a los tres con su gélido aliento.

Su impetuoso ataque únicamente sirvió para apagar las múltiples llamas que
devoraban a los no-muertos, lo que permitió que ahora pudieran volverse para arremeter
contra Malygos. Al darse cuenta de su error, el anfitrión de Kalec alzó sus zarpas traseras y
le desgarro las alas al más cercano, justo cuando este abría de par en par sus fauces
decrépitas. Al tener esas alas resecas y calcinadas destrozadas, e no-muerto cayó antes de
poder lanzar una descarga de ese siniestro gas capaz de descomponerlo todo.

El cuerpo del macho naranja como el fuego también cayó mientras el segundo no-
muerto se centraba por entero en Malygos. Aunque nada más hacer esto, otra silueta muy
conocida atacó por detrás a ese cadáver reanimado y le destrozó la espalda. Acto seguido,
Nozdormu asintió levemente en dirección a Malygos y continuó avanzando.

Aunque Kalec sabía que Malygos habría sido más que capaz de acabar con el
segundo no-muerto, el oportuno ataque de Nozdormu había permitido a su anfitrión
centrarse en lo que era realmente su objetivo prioritario, tal y como sabían ellos dos y el otro
macho. Malygos siguió descendiendo hasta dar alcance a Talonixa, quien, mientras flotaba
en el aire destrozaba un cadáver putrefacto tras otro con su aliento.

—¡Ten cuidado! —bramó—. ¡Esto cosa de Galakrond! ¡De Galakrond!
Talonixa le lanzó una mirada despectiva mientras volvía a exhalar. Al instante otro
cadáver explotó.
—¡Galakrond morirá! —aseveró—. ¡Morirá!
Kalec nunca antes había visto a un protodragón dominado por una locura tan intensa,
pero la actitud de la intimidante hembra únicamente podía describirse de esa forma, y la
opinión de Malygos al respecto no distaba mucho de la suya. Talonixa era incapaz de ver
nada más allá de su triunfo inminente. Para ella, el ataque de los no-muertos era una mera
demora.
Para más inri, Talonixa decidió ignorar por completo a Malygos y se elevó a gran
velocidad para agarrar a un enemigo que acababa de atravesar de un mordisco la garganta
de un macho de menor tamaño. Talonixa le arrancó primero las alas y, a continuación, para
asegurarse, atrapó sus fauces putrefactas con la boca y lo decapitó casi sin hacer esfuerzo.
Dio la sensación de que se estaba regodeando, lo cual, para Malygos, era una innecesaria
pérdida de tiempo.
Presa de la frustración, buscó a Neltharion con la mirada, pero a quien vio fue a
Ysera, la cual se estaba abriendo paso en medio de esa batalla. Un momento después,
Malygos se dio cuenta de algo en lo que Kalec había reparado inmediatamente: Ysera se
dirigía directamente hacia Galakrond.

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El Alba de los Aspectos

Tras lanzar un siseo exasperado, Malygos fue corriendo hacia ella. Aunque ahí no
había ni rastro de Alexstrasza, ni Kalec ni Malygos creían que Ysera hubiera dejado sola a
su hermana ante el peligro. De hecho, Alexstrasza se hubiera encontrado en una situación
aún más apurada si hubiera tenido que preocuparse también de la cercana Ysera, pues esta
era más débil ella. Desgraciadamente, eso significaba que Alexstrasza ignoraba qué
pretendía hacer su hermana.

Ysera pretendía sellar la paz con Galakrond.
Si Malygos se hubiera dejado llevar por la lógica, la habría abandonado a su suerte;
sin embargo, su sentido de la lealtad lo obligaba a seguir avanzando. Aleteó con fuerza y fue
recortando la distancia que lo separaba de la hermana más pequeña. No obstante, Malygos
era consciente de que no estaba volando a la velocidad necesaria, seguramente, Galakrond
se encontraba ya muy cerca y se aproximaba cada vez más. Este debía de saber que sus
criaturas habían cumplido su cometido y que ahora la locura reinaba. A pesar de varios
protodragones habían perecido, todavía quedaban muchos, muchísimos más para saciar el
tremendo apetito de Galakrond.
Sí, ese era el monstruo con el que pretendía razonar Ysera. Kalec conminó a su
anfitrión a seguir volando, a pesar de que Malygos no solo no podía escucharlo, sino que ya
iba lo más rápido posible. Por delante de ellos, Ysera se esfumó detrás de una leve elevación.
Para cuando Malygos llegó a esa zona, se percató de que su rastro se desvanecía de repente.
El macho se detuvo en medio de toda esa confusión y, entonces, vio a Ysera
sorteando otra pequeña colina. Aunque sintió alivio también tuvo miedo, ya que la hembra
se estaba acercando a su meta y, por tanto, pronto iba a compartir el mismo destino que
Coros. Malygos aceleró aún más, pero no logró reducir la distancia que le separaba de ella.
Para sorpresa tanto de Kalec como de Malygos, Galakrond seguía sin aparecer. Si
bien, por un lado, eso era una buena señal para Malygos, por razones obvias; por otro, era
un mal presagio. Sin lugar a duda, el gigantesco protodragón no iba a haber abandonado sus
planes a estas alturas.
Fuera cual fuese la razón por la que Galakrond aún no había hecho acto de presencia,
Malygos era consciente de que no podía esperar que esa situación se prolongase mucho
tiempo. Como era incapaz de dar alcance a Ysera, se atrevió por fin a llamarla a gritos.
En cuanto Malygos hizo eso, se produjo una erupción en el paisaje que tenía delante,
a pesar de que en ese lugar no había volcanes. En región, el terreno era rocoso, escarpo…
Una vez más, Kalec se dio cuenta de algo al joven Malygos le costó un momento
más comprender. Ese paisaje era rocoso y abrupto por una buena razón: porque Galakrond
había excavado ahí muy hondo (sin duda alguna, había empezado a cavar en alguna caverna
distante) para poder esconderse bajo la superficie, donde se hallaba a la espera.
Pero ya no iba a esperar más.

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El Alba de los Aspectos

Toneladas de roca y tierra volaron por los aires al emerger ese leviatán deforme.
Malygos contempló a Galakrond con una renovada consternación, pues no sólo era más
grande, sino aún más deforme. Tenía el cuerpo entero cubierto de tumores; algunos de ellos
eran meros bultos, otros eran miembros totalmente desarrollados. Muchos de estos últimos
se movieron y una multitud de ojos escrutaron el mundo en todas direcciones, aunque la
mayoría se clavaron en la pequeña figura que ahora se dirigía hacia Galakrond.

Pero en ese instante, otra protodragona, esbelta y naranja como el fuego cayó en
picado desde las alturas y agarró a Ysera justo cuando Galakrond mordía ya el aire muy
cerca de la hembra. Alexstrasza, jadeando por el esfuerzo, se llevó a su hermana lejos, muy
lejos de Galakrond.

El coloso se volvió hacia ambas hermanas, lo que provocó que se sacudiera de
encima más piedras y fragmentos de tierra, que cayeron de su gigantesco cuerpo. Tanto
Malygos como Kalec eran conscientes de que, al haber abandonado su escondite, Galakrond
sería ahora visible para Talonixa y el resto, siempre que se diera por sentado que estos iban
a tener alguna oportunidad de centrar su atención en otra cosa que no fueran los no-muertos
en esos momentos. Obviamente, el plan de Galakrond consistía en caer sobre los
protodragones mientras estos se hallaban distraídos batallando, pero por el momento, toda
la atención del coloso estaba centrada en el acto aparentemente suicida de Ysera.

Galakrond dejó un ancho valle allá donde hasta hace poco había existido una caverna
poco profunda. Al elevarse en el aire, una lluvia de escombros cayó sobre el suelo,
machacándolo.

Malygos titubeó. Aunque Ysera y Alexstrasza se encontraban en una situación
desesperada, tal vez no iba a tener otra oportunidad de poder salvar a los que se hallaban
bajo el ataque de los no-muertos. Se debatía entre su sentido de lealtad y otras
consideraciones, lo cual no sucedía por primera vez.

Esta vez esas otras consideraciones se impusieron. El destino de muchos otros estaba
en juego, mientras que en el otro lado de la balanza solo se hallaban la vida de las dos
hermanas. Malygos se giró.

En ese instante se percató que Neltharion y Nozdormu se le acercaban. Tras
aproximarse a él, ambos permanecieron flotando en el aire; Neltharion parecía perplejo y
Nozdormu, meditabundo.

—¡Debemos destruir a los no-muertos ahora! —exclamó Malygos—. ¡Rápido!
Neltharion siempre estaba más que dispuesto a luchar, Nozdormu, sin embargo,
caviló al respecto por un segundo y acto seguido, respondió.
—Sí. Tiene que ser ahora.
Malygos encabezó su marcha de regreso a la batalla. Kalec se sintió bastante
abrumado por esos pensamientos que discurrían a gran velocidad por la mente
supuestamente primitiva de su anfitrión. Ahora más que nunca, Kalec podía percibir al

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El Alba de los Aspectos

Malygos del futuro, a ese Aspecto estratega y calculador. Malygos concibió más de media
decena de planes, que enseguida descartó, antes de que los tres alcanzaran esa lucha caótica
y únicamente tomó una decisión definitiva cuando no se le ocurrió ninguna alternativa
mejor.

Tras echar un rápido vistazo a la batalla, el macho azul como el hielo pudo verificar
lo que había supuesto: ya no había nada que hiciera pensar que Galakrond controlase de
modo alguno a los no-muertos, quienes atacaban de una manera temeraria y ansiosa que le
resultaba muy familiar a Kalec. Su ataque ya no estaba coordinado, no como Guando
Malygos se había alejado de ahí.

—¡Vamos! —bramó a sus dos compañeros—. ¡Elévense! ¡Lleven a los demás hasta
las nubes!

En cuanto ambos lo obedecieron, Malygos viró hacia otro protodragón. Al instante,
el futuro Aspecto arremetió contra un no-muerto con el que estaba luchando el otro macho
y, acto seguido, pidió al protodragón al que acababa de rescatar que se le uniera. Los dos
salvaron a un tercer y a un cuarto protodragón sucesivamente (los dos resultaron ser
hembras) de sus oponentes.

Entonces, Malygos gritó:
—¡Díganles a todos que vuelen alto! ¡Que se adentren en las nubes, hasta llegar a lo
más alto, y que luego vuelen diez aleteos al norte! ¡Después, deberán caer en picado!
Los demás se alejaron volando, chillando para que todos los oyeran al mismo tiempo
que se dispersaban. En cuestión de segundos, los protodragones vivos se fueron elevando
hacia las nubes por doquier, mientras los cadáveres hambrientos les seguían los talones.
Unos cuantos protodragones no lograron escapar, pero lo único que podía hacer
Malygos al respecto era esperar que su sacrificio permitiera a los demás alcanzar las nubes.
No obstante, hubo algunos protodragones que no volaron hacia arriba. En la lejanía,
Talonixa titubeó, mientras sus principales acólitos aguardaban su decisión a pesar de la
precaria situación en la que se encontraban. La líder fulminó con la mirada a otro
protodragón que se le aproximó y que, por el gesto que hizo hacia arriba con un ala debía de
estar informando sobre el plan de Malygos. Acto seguido, tras escrutar ese caos una vez más,
Talonixa vociferó una orden y voló siguiendo el camino que habían recorrido el resto de sus
congéneres.
Tras comprobar que ya no podía hacer nada más ahí abajo, el propio Malygos se alzó
hacia las nubes. Calculó el ritmo al que habían ascendido en general sus compañeros y
consideró que sus estimaciones eran correctas. Kalec no halló ningún fallo en los cálculos
de Malygos, a pesar de que no podían ser perfectos, por supuesto.
Otro protodragón pasó volando junto a Malygos. Tres aleteos más tarde, su
congénere descendió en picado. Tras contar diez aleteos, Malygos hizo lo mismo.

P á g i n a | 172

El Alba de los Aspectos

Tras irrumpir de la parte inferior de esa capa de nubes, el anfitrión de Kalec
comprobó que muchos de los supervivientes les estaban imitando. Aunque un puñado de no-
muertos todavía planeaban entre ellos, los protodragones liderados por Neltharion estaban
dando buena cuenta de ellos. Si bien eso no formaba parte del plan original de Malygos, la
táctica de Neltharion incrementaba sus opciones de victoria.

En cuanto se encontró bastante por debajo de esas nubes, Malygos rugió con fuerza
y captó la atención de casi todos los ahí congregados. Sin mediar más palabras, miro hacía
las nubes situadas allá arriba y abrió las fauces de par en par. Volvió a lanzar una mirada
fugaz hacia los demás. Tanto Malygos como Kalec se sintieron satisfechos al comprobar que
el resto comprendían que querían hacer.

Otro protodragón más emergió de entre las nubes, pero este era un esqueleto de
mirada vacía, aunque teñida de hambre.

Malygos exhaló lo más fuerte que pudo y apuntó principalmente a las alas de su rival.
Tal y como había esperado, en cuanto se le congelaron las extremidades, su atacante cayó
dando vueltas hacia el suelo.

A continuación, observó cómo el resto de los congéneres que se hallaban a su
alrededor atacaban a los no-muertos nada más verlos, Malygos había logrado dar la vuelta
al plan original de Galakrond. Sin la guía de este, los no-muertos se dejaban llevar por su
ansia, lo cual significaba que eran incapaces de entender que les habían tendido una trampa.
Perseguían a sus presas hasta las nubes y luego las seguían en su descenso, pero bajaban con
más lentitud que ellas.

Esta vez, los protodragones estaban aguardando a sus atacantes ahí abajo, por lo cual
lograron diezmar a los no-muertos. Los vivos se esforzaban todo lo posible para lograr que
sus ataques fueran más letales. Los protodragones lanzaron columnas de arena, chorros de
agua y llamaradas, así como otros tipos de exhalaciones distintas, que hicieron trizas a esas
siluetas resecas y macilentas.

A pesar de sufrir un daño terrible, algunos no-muertos lograron evitar su completa
destrucción el tiempo suficiente como para poder contraatacar. Pero mientras hacían esto,
Neltharion lideró un nuevo asalto sobre el resto de cadáveres, acompañado de aquellos que
antes lo habían seguido. Malygos observó todo esto por el rabillo del ojo, al mismo tiempo
que acababa con otro no-muerto. El anfitrión de Kalec se centró primero en la cabeza y
luego, antes de que su horrendo adversario se recuperara, le mordió el cuello.

Mientras Malygos dejaba que los diversos pedazos cayeran siguiendo trayectorias
distintas, Kalec notó cómo un ansia insidiosa se apoderaba del joven protodragón. Su
anfitrión rápidamente la reprimió. Aun así, Kalec pudo notar que Malygos había tenido que
hacer un gran esfuerzo para poder contenerse y era consciente de que, si no le ponía remedio
pronto, el protodragón podría acabar sucumbiendo a esa hambre.

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El Alba de los Aspectos

Unos rugidos victoriosos fueron resonando a través de las hileras de supervivientes.
No obstante, Talonixa fue quién bramó de manera más potente, como si ella fuera la
responsable de ese triunfo. Malygos gruñó, a la vez que se preguntaba cómo era posible que
los demás fueran incapaces de ver las cosas tal como realmente eran. No habían vencido,
solo habían ganado tiempo. De hecho, si no hubiera sido por el acto temerario de Ysera…

El anfitrión de Kalec siseó. Con casi toda seguridad, ambas hermanas estaban
muertas, de lo cual Malygos se sentía bastante responsable. A pesar de que sabía que ellas
habrían esperado que él actuara tal como lo había hecho, aún sentía un profundo
arrepentimiento por ello.

Nozdormu se alzó ante él.
—¡Buen plan! ¡Bien hecho y muy rápido! —De repente la euforia se desvaneció del
rostro de ese otro macho—. ¡Pero Talonixa dice que la victoria ha sido cosa suya!
Para eran sorpresa de Malygos, Nozdormu no solo decía la verdad, sino que muchos
de los demás protodragones parecían creer a la hembra ya que cada vez se arremolinaban en
torno a ella en mayor número. Ante la incredulidad de Malygos, la grandiosa y temeraria
cruzada de la hembra dorada se estaba revalidando.
—¡No! —exclamó, descendiendo como un rayo hacia Talonixa—. ¡No! Esto no está
bien…
Talonixa lo miró con desdén y abrió la boca de par en par.
A pesar de que Malygos comprendió de inmediato qué era lo que esta pretendía e
hizo ademán de apartarse, la descarga lo alcanzó prácticamente de lleno. Se estremeció de
pies a cabeza, y tanto él como Kalec sufrieron un tormento inconcebible. Poco faltó para que
se sumieran en la oscuridad de la inconsciencia, aunque Kalec sabía que los aguardaba una
oscuridad muy distinta a la que lo reclamaba a él cuando iba a regresar al presente y a su
propio cuerpo. Junto a Malygos, trazó unas espirales en el aire mientras descendía hacia un
funesto destino y permaneció semiinconsciente durante toda la caída, sabedor de que no iba
a poder hacer nada para evitar ese final.
De improviso, unas garras se clavaron con fuerza en sus patas traseras. Pese a que
ese dolor era muy leve en comparación con la agonía que había sufrido al ser alcanzado por
el rayo, sirvió para que Kalec y su anfitrión tuvieran otra distracción en la que centrarse.
Notaron que su caída se ralentizaba y su conciencia iba recuperando el terreno perdido.
No era Nozdormu quien había salvado, como cabía esperar, si no Neltharion. El
macho gris como el carbón no tenía una expresión de júbilo dibujada en su rostro, lo cual no
era habitual. La furia dominaba el semblante de Neltharion y, por un momento, eso inquietó
a Malygos y, sobre todo, a Kalec, quien brevemente pudo atisbar algo en él que le recordó
al futuro Deathwing.
—¡Hembra infecta! —bramó Neltharion—. ¡He visto lo que ha hecho! ¡Nos las
pagará!

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El Alba de los Aspectos

—No… —gimoteó Malygos—. ¡Todos unidos! Si queremos… sobrevivir… todos
debemos luchar…

El rugido de Talonixa interrumpió a Malygos. Neltharion soltó por fin al anfitrión de
Kalec, en cuanto este batió las alas y se enderezó. Ambos contemplaron cómo esa legión
acababa de recuperar su formación, aunque a Kalec le dio la impresión de que esta había
perdido una cuarta parte de sus efectivos. Malygos también se fijó en ese detalle. Si querían
albergar alguna esperanza de poder triunfar, tenían que dar con la manera de sellar una
alianza factible con Talonixa, pues solo entonces los protodragones tendrían alguna
posibilidad de…

El bramido de Galakrond resonó por todo el firmamento.
Talonixa respondió, pero su demencial grito les sonó mucho más débil y raquítico a
Kalec y Malygos. Volvió a rugir y, esta vez, los demás protodragones situados detrás de ella
se sumaron a sus bramidos. Hay que reconocer que, si bien no hicieron temblar el cielo como
había hecho Galakrond, sus desafiantes gritos lanzados al unísono resultaron bastante
impresionantes.
Entonces, dio la sensación de que el horizonte, en la dirección de la que había surgido
ese impresionante rugido, se hinchaba. Después, esa sombra creció aún más y se separó del
suelo. Acto seguido, cobró forma la silueta de un descomunal protodragón.
Galakrond rugió desafiante una vez más, y sus rivales respondieron del mismo modo.
—No debemos…
Antes de que Malygos pudiera acabar esa frase, la visión cambió. Este cambio pilló
por sorpresa a Kalec, sobre todo porque hasta hacía poco solo unos instantes había sido muy
clara.
Pero tras ese lapso tremendamente fugaz, se encontró en medio de la cruenta batalla
contra Galakrond.
El titánico enemigo flotaba en el aire, rodeado por unos protodragones que volaban
velozmente a su alrededor y que parecían más bien mosquitos en comparación ante los ojos
de Kalec. Viraban de aquí para allá por encima y por debajo de Galakrond, atacando con
salvas de exhalaciones que sorprendieron a Kalec tanto por su intensidad como por su
variedad. El enorme torso del coloso estaba repleto de marcas de quemaduras de ácido y
abrasiones, y ahora varios de sus miembros extra pendían inertes o habían sido cercenados.
Kalec observó, a través, de los ojos de Malygos, como una hembra marrón y negra se
acercaba al coloso a la velocidad del rayo para agarrar con sus fauces una pata trasera que
se agitaba en el aire, a la que desgarró la carne y destrozó el hueso. Rápidamente, se alejó
de él, llevándose consigo esa extremidad y dejando atrás un muñón ensangrentado.
Talonixa y sus acólitos más leales asaltaron la cabeza del monstruo de tal modo que
este devastador ataque obligó a Galakrond a mantener la cabeza gacha. La hembra dorada

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El Alba de los Aspectos

lanzó un rayo muy potente que le dejó una marca negra al leviatán justo por encima de uno
de sus ojos originales.

Kalec lo contempló todo sobrecogido. Estaban logrando mantener a raya a
Galakrond. Ese colosal adversario iba a conocer su final.

¡Pero este no es el lugar!, pensó Kalec. ¡Aquí no es donde descansan sus huesos!
¿Qué pudo…?

Entonces, se percató de que, a pesar de hallarse muy cerca de la batalla, Malygos no
estaba participando en ella. Ni tampoco Nozdormu ni Neltharion. Al ver que su anfitrión
vacilaba, Kalec decidió examinar los pensamientos de este, lo cual no había hecho hasta
entonces pues había estado distraído por ese espectáculo dantesco.

En ese instante, Kalec se dio cuenta de que lo que creía que iba a ser una inminente
victoria no lo era, ni mucho menos. Gracias a la mente de Malygos. Kalec fue consciente de
que todas esas heridas, todo el daño que había sufrido en el tronco y en extremidades, no
habían detenido a Galakrond lo más mínimo. Por muchas lesiones que le hubieran infringido,
solo eran meras molestias para él. La impresión inicial que se había llevado Kalec, que le
había llevado a pensar que los rivales del monstruo eran meros mosquitos comparados con
él, seguía siendo muy acertada.

—¿Y bien? —bramó Neltharion, quien siempre era el más impaciente.
—Los ojos —murmuró Malygos, quien, acto seguido, repitió las mismas palabras
dirigiéndose a Nozdormu—: Los ojos…
—Los ojos —remachó el protodragón marrón.
Kalec creía que pretendían atacar los dos gigantescos ojos de Galakrond, pero en ese
instante, notó que una gran tensión se apoderaba de su anfitrión, lo cual le advirtió de que a
los tres les inquietaba algo mucho más espantoso. Kalec se centró con sumo cuidado en lo
que estaba observando Malygos, pues ahora había llegado a comprender que si bien él veía
las mismas cosas que su anfitrión no siempre comprendía las cosas del mismo modo que
este.
Su anfitrión y los demás no solo se fijaban en los ojos originales de Galakrond, sino
también en todos los adicionales que los tres podía contemplar desde el lugar donde se
encontraban. A primera vista a Kalec le pareció que esos ojos se movían de manera
disparatada. Miraban hacia arriba, hacia abajo, alrededor…
Si no hubiera sido porque Malygos ya había resuelto ese enigma, a Kalec le habría
llevado aún más tiempo concluir que esos otros orbes se movían con un claro propósito.
Cada uno de esos ojos estaba clavado en una sola cosa.
Cada ojo estaba fijado en un solo protodragón. No estaban manteniendo a raya a
Galakrond, sino que este se estaba limitando a esperar.

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CAPÍTULO DOS

UN FUNESTO DESTINO

Jaina intuyó que alguien la buscaba en cuanto regresó a su santuario. Por desgracia,

ese alguien era ni más ni menos que la archimaga Modera. Modera era una de las magas a
las que más respetaba y admiraba Jaina. Había llegado a convertirse en miembro del Consejo
de los Seis mucho antes que Jaina (durante la Segunda Guerra, de hecho) y, en muchas
ocasiones, la joven archimaga había acudido a Modera en busca de consejo sobre algún tema
u otro.

Ahora, sin embargo, Jaina se concentró para poder esconderse con un hechizo, que
esperaba que lograra ocultarla de las percepciones de Modera.

—¿Archimaga? —gritó la otra mujer desde fuera.
El hecho de que Modera hubiera venido en persona indicaba que debía de haber
intentado localizar a Jaina mediante medios mágicos y había fracasado. Jaina no había
informado oficialmente de que tenía que abandonar la ciudad y, como líder que era, debería
haber informado al menos al resto del Consejo de los Seis. Modera tenía derecho a intentar
dar con ella, pero ni siquiera eso iba a disuadir a Jaina, quien pretendía mantenerse oculta…
si era posible.
—¿Archimaga? —repitió Modera con más firmeza—. Perdóname, ¿estás dentro?
La anciana no iba a cejar en su empeño, a pesar de que no hubiera recibido una
respuesta, así que a Jaina no le extrañó que, solo un segundo después notara cómo esta
lanzaba un sortilegio muy sutil desde el otro lado de la puerta. Acto seguido, Jaina, que se
encontraba pegada a una pared situada un poco más allá de la entrada, observó cómo una
forma transparente se materializaba cerca de ella.
—¿Jaina? —Esa figura se fue transformando en una proyección de Modera. Aunque
era mucho mayor que la líder de Dalaran, todavía tenía el aspecto de una mujer hermosa que
llevaba su pelo blanco como la nieve recogida en una trenza. La imagen miró a su alrededor

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El Alba de los Aspectos

buscando obviamente a la dueña de ese santuario—. Perdona la intrusión, pero debo hablar
contigo, de veras.

Sin lugar a duda, debía de ser un asunto muy urgente el que preocupaba a Modera,
puesto que había entrado en los aposentos de Jaina sin ser invitada, aunque solo fuera
mediante una ilusión. Jaina no se ofendió por ello, aunque se juró a sí misma que, si las cosas
volvían a la normalidad, reforzaría los conjuros de protección de ese lugar. Obviamente,
Modera era mucho más poderosa de lo que había supuesto Jaina.

La otra archimaga frunció el ceño. Miró de frente hacia el lugar donde
aproximadamente se hallaba Jaina y, de repente clavó sus ojos directamente sobre ella.

En ese instante, Jaina estuvo segura de que Modera la había detectado, pero entonces,
la anciana hechicera giró la cabeza hacia la pared opuesta, que contempló del mismo modo
que había contemplado la pared donde la líder de Dalaran se escondía.

—¿Dónde está? —murmuró Modera, quien parecía ahora más pensativa—. ¿Adónde
ha podido irse en un momento como este?

Aunque esa última pregunta estuvo a punto de provocar que Jaina se mostrara, justo
entonces, la cara de un exhausto Kalec cobró forma en sus pensamientos. Al instante, Jaina
se reafirmó aún más en su decisión de seguir ocultándose, a pesar de que una parte de ella
era consciente de que estaba haciendo prevalecer sus emociones sobre la razón.

La imagen fantasmal de Modera miró hacia atrás, como si estuviera oyendo a algún
otro espectro que permanecía invisible.

—Muy bien —masculló al aire la vieja archimaga—. Te veré en breve. Tendremos
que considerar otras opciones.

Modera dio la espalda a esa cámara en apariencia vacía y alzó una mano, con la que
escribió algo en el aire. Unas runas centellaron ante ella.

«Por favor, ven a verme en cuanto regreses… Es muy urgente…»
Modera dejó esas palabras flotando en la cámara. Echó un último vistazo a su
alrededor (su mirada solo se posó fugazmente en Jaina) y, a continuación, se desvaneció sin
más.
Jaina aguardo un momento más, hasta que todo rastro de la presencia de Modera se
disipó de ahí. La joven archimaga suspiró al reaparecer. Observo con detenimiento el
mensaje que flotaba en el aire mientras se prometía así misma que descubriría qué quería
Modera en cuanto se hubiera cerciorado de que Kalec seguía vivo.
Jaina regresó a su colección de libros y buscó el tomo que necesitaba, lo cual
demostró ser mucho más difícil de lo que la hechicera había pensado, ya que el volumen que
contuviera las respuestas no era el correcto, aparentemente, a pesar de que estaba segura de
que era ese. La archimaga apartó a un lado el libro y, a continuación, hojeó otro que, según
recordaba, contenía alguna información relevante.

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El Alba de los Aspectos

Pero una vez más, sus recuerdos no concordaban con lo que leía en el libro. Posó el
segundo volumen sobre la mesa y, acto seguido, contempló los dos tomos que yacían uno al
lado del otro. Jaina colocó una mano sobre cada libro y se concentró. De inmediato, un fulgor
dorado le envolvió ambas manos y se extendió hasta los dos tomos.

El fulgor se topó con una neblina lavanda que rodeaba cada libro. Jaina lanzó un
grito ahogado; aunque era incapaz de explicar cómo lo sabía, era consciente de que lo que
envolvía esos tomos era un hechizo muy antiguo, muy sutil, cuya finalidad era ocultar algo;
probablemente, la información que tanto ansiaba la archimaga. Sin embargo, Jaina también
percibió una leve tara en el encantamiento, como si el propósito original del conjuro se
hubiera ido perdiendo con el paso del tiempo.

El propósito original se ha ido perdiendo. Jaina no pudo evitar pensar que esa era la
clave de lo que le estaba sucediendo a Kalec. La reliquia había sido creada con un propósito,
pero ahora se preguntaba si ese fin no se habría ido olvidando con el paso del tiempo.

También le llamaba la atención que esos libros, que sin duda habían sido escritos
mucho después de la creación de la reliquia, reaccionaran ante ella de un modo tan peculiar.
De algún modo, ese encantamiento antiguo había averiguado cuales eran sus intenciones, lo
cual significaba que ahí se había utilizado una magia del más alto nivel.

Pero ¿quién habría sido capaz de poseer la habilidad y la inteligencia necesaria
para hechizar estos tomos… hace tantísimo tiempo?

Jaina sabía que había algunas respuestas a esa pregunta que entraban dentro del
terreno de lo mundano, por supuesto (podría haber sido un elfo noble), pero por alguna razón,
este sortilegio no parecía obra de uno de ellos. De hecho, daba la sensación de ser algo
mucho más antiguo que esa venerable raza.

Frunció el ceño. Apartó las manos de los dos volúmenes y su fulgor se apagó al
instante. La archimaga escrutó la colección y, a continuación, lanzó de manera titubeante
una versión más amplia del hechizo sobre todas esas hileras de libros y pergaminos.

Todas las piezas de su colección irradiaron un fulgor lavanda, lo cual no la
sorprendió del todo.

De inmediato, Jaina estudió con más detalle ese conjuro. Tal y como sospechaba, ese
sortilegio contenía algo que creía que era un subconjuro infeccioso. Si un objeto similar se
hallaba cerca del encantado (en este caso, un libro de magia situado junto a otro libro de
magia), el encantamiento original se extendía a ese otro objeto. No obstante, llevar a cabo
un hechizo tan completo y con tanto éxito era una muestra más de que el hechicero había
sido muy hábil.

Jaina retiró su propio conjuro y hojeó con sumo cuidado uno de los dos libros.
Gracias a su gran memoria, la archimaga pudo comprobar que todo lo que esperaba encontrar
se hallaba donde debería. Por lo que pudo verificar, el hechizo no había cambiado nada más,
únicamente lo que Jaina buscaba parecía hallarse afectado por este.

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El Alba de los Aspectos

Sin embargo, el desánimo no venció a la archimaga. En otras ocasiones, se había
enfrentado a enigmas muy complicados y desconcertantes de índole mágica y había logrado
resolverlos. No iba a dejar que un mero hechizo la derrotara.

Además, la vida de Kalec estaba en juego. Y a Jaina eso era lo único que le
importaba.

***

Galakrond seguía siendo el objetivo de un asalto tremendo. Una hembra de la familia
de Malygos exhaló sobre una de sus extremidades posteriores adicionales y, a continuación,
le arrancó el apéndice congelado antes de que pudiera volver a calentarse. Otra hembra de
tonalidad plateada desató una lluvia sobre él de algo que a Kalec le pareció que era un metal
líquido hirviente. Esa columna azul penetro en gruesa piel de Galakrond, dejando una
ulcerosa veta abierta el doble de ancha que el protodragón que la había exhalado. Dos
machos de un color verde oscuro se valieron de sus zarpas traseras, más grandes de lo
normal, para arañarle la nuca al leviatán.

—Es inútil —gruñó Malygos—. Todo es inútil…
—Los ojos —sugirió Neltharion—. Debemos atacarle cuando estos miren para otro
lado. Debemos cegar a Galakrond…
Nozdormu resopló.
—Tiene tantos ojos que nos llevaría días y días —respondió, alzando una de sus
minúsculas zarpas delanteras—, y no tenemos tanto tiempo.
El macho marrón había hecho una observación muy acertada, aunque también muy
desmoralizadora. Al tener tantos ojos adicionales, aunque los tres lograran persuadir al resto
de protodragones que lo atacaban de que debían seguir ese plan, necesitarían mucho más
tiempo para llevarlo a cabo del que Galakrond pretendía darles.
—He de avisar a Talonixa.
Mientras Malygos pronunciaba estas palabras, Kalec se percató de que su anfitrión
estaba seguro de que su nuevo intento de convencer a la imponente hembra acabaría con un
rotundo fracaso. No obstante, Malygos creía que no tenía más remedio que intentarlo…
Junto a él, Nozdormu profirió un leve siseo de advertencia.
De repente, esos innumerables ojos se habían entornado.
A pesar de que sabía lo que eso podía presagiar, Malygos fue en busca de Talonixa,
pero no llegó muy lejos.
Galakrond lanzó un rugido que acalló a los demás protodragones e hizo temblar el
cielo. Varios atacantes, que se encontraban cerca de ese rival colosal, salieron despedidos
por el aire dando tumbos incontroladamente.

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El Alba de los Aspectos

Galakrond exhaló, y el aire se llenó en todas partes de una niebla nauseabunda que
recordó demasiado a Malygos a ese «aliento» que los no-muertos solían lanzar. El anfitrión
de Kalec retrocedió al ver que esa niebla se aproximaba velozmente hacia él. Aleteó con
fuerza para invertir la dirección de su vuelo antes de que fuera demasiado tarde.

Sin embargo, la niebla atrapó a Malygos. El protodragón y su compañero invisible
aguardaron la agonía que seguramente acompañaría a la descomposición de la carne de
Malygos.

Pero en vez de eso, el macho azul como el hielo sintió tremenda sensación de letargo
que se apoderó de él y lo afectó de tal manera que incluso los pensamientos de Kalec se
tornaron confusos. Para el exAspecto, fue como si la vida lo estuviera abandonando
lentamente; además, intuyó levemente que Malygos estaba experimentando lo mismo.

Aun así, alguna parte de la mente del joven protodragón seguía ordenando a sus alas
que no pararan de moverse. De ese modo Malygos logró dejar atrás la niebla. Al instante,
tanto su mente como la de Kalec se despejaron y recuperó tuerzas. La sensación de total
languidez menguó.

Una muerte lenta… Malygos reflexionaba mientras intentaba comprender con
términos más sencillos lo que Kalec era capaz de entender con otros más complejos. Exhala
una muerte lenta…

Cuando sus pensamientos se despejaron del todo, Malygos observó detenidamente
la horrorosa escena que estaba teniendo lugar ante él. Gran parte de las fuerzas de asalto de
Talonixa habían quedado atrapadas dentro de la descomunal nube que Galakrond había
exhalado. Los incontables ojos del coloso habían estado observando la situación hasta que
había llegado un momento concreto: el momento en que la mayoría de los enemigos de
Galakrond se habían hallado al alcance de esa horripilante y nueva arma.

Algunos de los protodragones afectados intentaron dar la vuelta para poder huir,
mientras que otros simplemente intentaron mantenerse a flote en el aire. A unos pocos los
abandonaron de tal modo las fuerzas que no pudieron seguir batiendo las alas y cayeron
hacia un funesto destino.

Pero incluso en medio de esa niebla asfixiante, algunos protodragones lograron
mantener la compostura. Entre ellos, destacaba Talonixa quien, desde el punto de vista de
Malygos, parecía estar sufriendo otro tipo de mal: se había adueñado de ella una locura
absoluta esa misma locura que Kalec y su anfitrión habían intuido antes en ella. Talonixa
rugió una y otra vez, tal vez porque pensaba que así evitaría ser una víctima más de esa
niebla, o eso creían tamo Malygos como Kalec. En vez de alejarse de Galakrond, se acercó
más, desafiándolo como si los dos tuvieran el mismo tamaño y las mismas fuerzas.

Galakrond estalló en carcajadas y el ruido fue ensordecedor. Con un solo aleteo,
recortó la distancia que los separaba.

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El Alba de los Aspectos

Talonixa abrió la boca de par en par, pero esta vez no lanzó un rugido sino un
relámpago que impactó directamente en el hocico de Galakrond… y lo demoró o lo hirió
tanto como podría haberlo hecho un guijarro.

Ahora fue el protodragón deforme el que abrió las fauces de par en par, unas fauces
tan enormes que la poderosa Talonixa no era más que una mosca en comparación. Rodeó
con sus mandíbulas a la hembra, a pesar de que esta giraba de aquí para allá en un fútil
intento por escapar.

Al final, atrapó a Talonixa entre sus descomunales y afilados dientes. Galakrond ni
siquiera intentó morderla mejor, sino que, más bien, sacudió la cabeza adelante y atrás,
agitando violentamente a su presa. Atrapada entre esos dientes, Talonixa lanzó mordiscos al
aire en vano y consiguió lanzar una descarga más, pero fue en vano. Pronto agachó la cabeza
y dejó de aletear, pues apenas conservaba un hálito de vida.

Ninguno de sus seguidores la ayudó. Lo cierto es que los demás protodragones
bastante tenían con intentar mantenerse en el aire o protegerse, por lo cual no podían
socorrerla. Aunque hubieran querido ayudarla, Kalec y su anfitrión sabían que era ya
demasiado tarde. Talonixa estaba cubierta de sangre y respiraba entrecortadamente.

Galakrond dejó de agitarla y, casi sin hacer esfuerzo, partió a Talonixa por la mitad
de un mordisco.

El torso superior, que todavía se retorcía, se perdió de vista dando tumbos por el aire,
dejando un reguero de sangre y otros fluidos vitales en el camino. Al esbozar un gesto
desdeñoso y burlón, Galakrond abrió las fauces lo suficiente como para el resto de Talonixa
cayera. Se rio y con un poderoso aleteo, avanzó entre los aletargados protodragones.

Galakrond abrió la boca mucho más y se dispuso a alimentarse.
Dio la sensación de que sus primeras víctimas apenas fueron conscientes de sus
muertes, ya que el horrendo leviatán se las tragó con suma rapidez. Cinco desaparecieron al
compás de una sola respiración. Solo un instante después, Galakrond se volvió para devorar
a tres más apenas se detuvo, sin apenas demorarse en su avance.
—¿Qué podemos hacer? —inquirió gruñendo un Neltharion presa de la frustración,
quien parecía dispuesto a intentar desafiar a la niebla, pese a que conocía las consecuencias
que conllevaría.
Malygos no podía echarle en cara que la exasperación lo dominara más y más. Ante
ellos, estaba teniendo lugar una carnicería monstruosa, y ninguno de los tres era capaz de
ofrecer una solución para poner punto final a ese espanto; no, al menos, sin suicidarse. Aun
así, Kalec, al percibir las emociones y pensamientos teñidos de furia de su anfitrión, fue
consciente de que Malygos habría estado más que dispuesto a sacrificarse si hubiera sabido
que así podría detener esa masacre.
Entonces, Malygos se fijó en algo muy particular de esa niebla y exclamó mientras
avanzaba:

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El Alba de los Aspectos

—¡Vamos!
Para Kalec fue muy significativo que ambos machos lo obedecieran. Malygos se
dirigió hacia la niebla y, de repente, se elevó abruptamente. Un tenue hedor asfixiante se
infiltró en sus fosas nasales, provocando de inmediato que sus pensamientos se ralentizaran
un poco.
El macho azul como el hielo viró prácticamente en vertical, elevándose varios metros
antes de siquiera atreverse a tomar aire brevemente. Cuando por fin respiró, Malygos no
detectó ni el más leve rastro de esa peste que impregnaba la malévola niebla de Galakrond.
Tras adoptar un rumbo más horizontal, el anfitrión de Kalec descubrió que seguía
sin percibir ese hedor. Ahora, se encontraba por encima de esa niebla y sus secuelas.
Los otros dos machos lo flanquearon mientras volaba hacia Galakrond. El gigantesco
protodragón estaba tan concentrado en comer que no se percató de la presencia de ese trío
diminuto por encima de él. Y aunque los hubiera visto, Galakrond seguramente los habría
considerado una mera distracción. Después de todo, esos tres no iban a poder triunfar donde
cientos habían fallado, ¿verdad?
Esa era una pregunta para la que Malygos aún no tenía respuesta. Mientras tanto, los
tres alcanzaron un punto situado prácticamente encima del monstruo. Bajó la vista y
contempló esa escena dantesca justo cuando cuatro protodragones más desaparecían por el
gaznate de Galakrond.
—La niebla se disipa aquí arriba —señaló Nozdormu—. Aunque abajo muy
lentamente.
—Sopla poco viento —añadió Neltharion, olisqueando el aire—. No basta.
Malygos continuó estudiando a Galakrond. El único viento que soplaba ahí de verdad
era el generado por sus enormes alas, que estaban dispersando la niebla, pero no lo bastante
rápido como para salvar a los demás.
Entonces, un pensamiento curioso cobro forma en la mente de Malygos, uno que
cogió a Kalec por sorpresa. Malygos se acordó de esos momentos en los que solía pescar en
el mar, en los que se hundía a gran velocidad en el agua para poder profundizar más y dar
caza a la presa mejor, que siempre se ocultaba en las profundidades. A continuación, clavó
la mirada en la cabeza de Galakrond y entornó los ojos.
—La cabeza —masculló a sus compañeros—. Respiren poco y ataquen ahí con
fuerza.
Los otros dos le comprendieron. Neltharion sonrió abiertamente, y Nozdormu
asintió.
Un Malygos satisfecho de que supiera qué tenían que hacer, a pesar de que fueran
conscientes de que podrían morir en el intento, trazó un arco hacia abajo. Al descender, batió
las alas lo más fuerte posible alcanzando su velocidad máxima y le dio la impresión de que

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El Alba de los Aspectos

la cabeza de Galakrond no solo aumentaba de tamaño, sino que acudía en su encuentro a
gran velocidad.

Aunque Kalec también había comprendido el plan de su anfitrión, albergaba ciertas
dudas sobre su éxito. Aun así, no podía hacer nada más que observar cómo Malygos daba
alcance a Galakrond.

En el último intento Malygos se giró, de modo que adoptó una posición erguida en
el aíre, se hizo un ovillo tanto como le fue posible e incluso plegó las alas. Por el rabillo del
ojo Malygos vio que Neltharion hacia lo mismo.

Los tres protodragones golpearon a Galakrond con fuerza en la cabeza, uno tras otro
rápidamente.

Malygos no esperaba causar mucho daño a su objetivo, si es que le causaba alguno,
ya que había muy pocas probabilidades de lograr ese objetivo. Lo que en realidad pretendía
conseguir Malygos fue justo lo que provocó.

Consiguió enfurecer muchísimo a Galakrond.
Al golpearlo tan fuerte, los tres protodragones le habían hecho sentir un poco de
dolor. Además, la velocidad del impacto había sido tal que había obligado a Galakrond a
bajar la cabeza, de tal manera que habían impedido que engullera a dos víctimas más. La
conmoción que sintieron al haber estado a punto de ser devorados hizo que la pareja se
espabilara e intentase escapar.
Fue Neltharion quien resultó ser el más decisivo a la hora de inquietar
momentáneamente a Galakrond, puesto que lo había golpeado con sus zarpas traseras con la
fuerza que solo alguien de su familia era capaz de aplicar. Unas ondas sísmicas atravesaron
esa dura mollera, provocando que el coloso se desorientara brevemente, lo cual les
proporcionó un respiro que Malygos ni siquiera podría haber soñado.
Sin embargo, Galakrond se recuperó enseguida. Dejó de fijarse en esa pareja que
huía lentamente de él y alzó la vista. Batió las alas nerviosamente mientras la furia se
apoderaba de él tras haber sido atacado.
Tal y como Malygos había esperado, las alas del gigantesco protodragón lograron
hacer lo que el tenue viento no había podido. La niebla que Galakrond había exhalado se
disipó rápidamente a su alrededor.
Al instante, los protodragones huyeron a gran velocidad.
Galakrond no se percató, en un principio, de que sus presas se estaban
desperdigando, ya que lo dominaba el enfado causado por esos diminutos rivales que ahora
flotaban por encima de él.
—Pequeños insectos… —atronó, y cada una de esas palabras ensordecieron a los
tres—. Son un mero bocadito… pero son comida, al fin y al cabo…
Para sorpresa no solo de Galakrond, sino de Malygos y Nozdormu, Neltharion se
lanzó de cabeza hacia esa criatura deforme. Si bien Galakrond lanzó una mirada plagada de

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El Alba de los Aspectos

desdén hacia su enclenque atacante, Neltharion cambió de dirección cuando este menos se
lo esperaba y, en vez de dirigirse al hocico del enorme protodragón, fue hacia el ojo
izquierdo.

En muy pocas otras zonas había conseguido el impetuoso Neltharion causarle daño
de verdad. Su ataque previo únicamente había irritado al coloso. Pero ahora al abrir su boca
de par en par, el macho gris como el carbón lanzó un grito acompañado de una descarga
brutal.

Galakrond rugió al notar, lo que, sin duda alguna era el primer dolor de verdad sentía
en mucho tiempo. Cerró el ojo que había sufrido el ataque de Neltharion y, entonces, tras
comprobar que con eso no bastaba para acabar con su agonía, cerró el otro.

—¡Vuelen! ¡Vuelen! —gritó Malygos a cualquiera que pudiera oírle incluido
Neltharion.

—Pero si ya es nuestro —insistió su amigo—. ¡Sí!
Galakrond abrió los ojos. El izquierdo lo tenía rojo e inyectado en sangre, pero
todavía podía ver con él tan bien como con el otro. Con ambos, lanzó una mirada teñida de
odio a Neltharion, con una rabia con la que ni siquiera Malygos ni Kalec le habían visto
mirar al macho azul como el hielo.
Unas fauces descomunales rasgaron el aire ante Neltharion, quien a duras penas
logró esquivarlas. Nozdormu y Malygos acudieron en ayuda de su compañero y apuntaron
hacia los vulnerables ojos de su rival. Galakrond bajó la mirada de un modo instintivo,
logrando así que esos ataques alcanzaran su grueso ceño cubierto de escamas y no su
verdadero objetivo.
Sin embargo, eso era justo lo que Malygos había esperado que hiciera, quien,
además, sabía que Nozdormu había pensado lo mismo. Una vez más, habían logrado distraer
a Galakrond y, esta vez, eso no solo había salvado a Neltharion, sino también a Malygos y
Nozdormu. Con el anfitrión de Kalec encabezando la marcha, los tres ascendieron lo más
alto posible y se desvanecieron en la capa de nubes.
No necesitaban escuchar el temible rugido de Galakrond para ser conscientes de que
este los perseguía, los tres se miraron y, acto seguido, se separaron.
Malygos siguió elevándose todo cuanto pudo. Cuando menos oxígeno había, más
difícil les resultaba volar, pero esperaba que Galakrond tuviera el mismo problema mientras
lo perseguía. El macho azul como el hielo creía que sus amigos harían lo mismo que él. Al
menos, con ese riesgo que estaban asumiendo, lograrían ayudar a huir a los supervivientes
del plan de Talonixa, que había estado destinado al fracaso desde el principio.
El silencio reinó. Mientras se esforzaba por mantenerse allá arriba Malygos miró
para atrás, a las nubes. Ahí no había ni rastro de ningún otro protodragón, vivo o muerto.

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El Alba de los Aspectos

Después de todo lo que había sufrido Malygos, el esfuerzo que tenía que hacer para
mantenerse en el aire se tornó insoportable. Aunque el anfitrión de Kalec escuchó con
atención, no oyó nada, y se preguntó si Galakrond se habría ido ya de ahí.

Pero eso no importaba. Malygos tenía que descender, aunque solo tenía previsto caer
hasta donde necesitara para poder respirar como era debido. A partir de ahí, juzgaría si era
seguro seguir bajando o no.

Tenía el corazón desbocado, por culpa tanto de la falta de aire como de la tensión de
mantenerse ojo avizor (y olfato avizor) por si aparecía de nuevo Galakrond. Kalec, que
experimentaba esas mismas sensaciones, intentó virar hacia al este, ya que a veces olvidaba
que era un mero pasajero, pero en cuanto Malygos decidió girar hacia el sur, se vio obligado
a recordar que no se hallaba en su cuerpo. A continuación, decidió bajar un poco más.

El protodragón abandonó el abrigo de la capa de nubes y comprobó que esa zona
estaba vacía. El resto de los seguidores de Talonixa habían huido de ahí lo más rápido
posible, lo cual había sido una decisión muy sabia.

Pero entonces, tanto Malygos como Kalec se preguntaron dónde se habían metido
Neltharion y Nozdormu. ¿Dónde se encontraba Galakrond…?

De repente, algo golpeó a Malygos en la espalda. El impacto hizo que tanto él como
el objeto cayeran descontroladamente hacia el suelo. El protodragón intentó detener la caída.

—¡No te resistas! ¡Galakrond está cerca! ¡No te resistas!
Malygos dejó de luchar. Dejó que ese alguien lo llevara volando ras del suelo hasta
una serie de bajas colinas.
Allá arriba, reverberó el rugido de Galakrond.
Unas pequeñas cuevas aparecieron en la lejanía, el compañero de Malygos los llevó
hasta una de ellas.
Aterrizaron en la semioscuridad y, a continuación, el anfitrión de Kalec se volvió
para encararse con su rescatador.
—Alexstrasza…
La hembra naranja como el ruego siseó levemente.
—Galakrond tiene buen oído. Será mejor que hables en voz baja.
Antes de que pudiera responder, oyó que algo se movía en las profundidades de la
cueva. Malygos miró hacia allá, pues esperaba que se les sumara la hermana de Alexstrasza.
En vez de eso, vio el semblante decrépito y putrefacto de un no-muerto que ocupó
todo su campo de visión.

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CAPÍTULO TRES

BAJO LA SOMBRA DE

GALAKROND

Kalec compartió la consternación de Malygos, así como la decisión de su

anfitrión de atacar sin titubeos. El macho azul hizo ademán de exhalar y…
—¡No! —Ysera lo empujó de costado con fuerza. La descarga helada de Malygos se

perdió en las profundidades de la cueva.
El no-muerto quiso agarrarlo… o, más bien, lo intentó. También procuró exhalar a

su vez, pero Malygos pudo comprobar que tenía la boca atada con una fuerte enredadera que
crecía en las paredes rocosas de los alrededores. También tenía atadas las zarpas, lo cual era
extraño, pues la especie de los protodragones no solía utilizar herramientas, ya que habían
adquirido conciencia hacía muy poco tiempo como para desarrollar tales instrumentos y, en
general, no los necesitaban. Sin embargo, Ysera había tenido el ingenio suficiente como para
dotar de utilidad a algo que Malygos habría considerado simplemente como comida para un
rumiante.

A medida que su vista se acomodaba a la escasa luz del lugar, Malygos llegó a
distinguir que ese cadáver reanimado había poseído en su momento una piel del mismo color
brillante que Alexstrasza.

Es su hermano de camada.
Antes de poder decir en voz alta lo que parecía obvio, Alexstrasza se inclinó aún más
hacia él.
—No es él. Lo conocemos, pero no es nuestro hermano de camada.
Ysera había perdido el interés en Malygos y toda su atención estaba centrada en el
no-muerto, al que guio hasta la parte de atrás sin dejar de hablarle entre susurros.

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El Alba de los Aspectos

—En otra ocasión, también me la encontré con otro monstruo como este —admitió
Alexstrasza—. Con otro de nuestra familia. Como no es capaz de dar con nuestro hermano
de camada, ayuda a otros de la familia.

Aunque Malygos no se había detenido a pensar demasiado en esa obsesión de Ysera,
ahora sospechaba que, si la hembra no había sido capaz de hallar los restos de su hermano,
debía de ser porque se los habían llevado algunos carroñeros o los habían arrastrado las
inclemencias meteorológicas. No obstante, todavía cabía la posibilidad de que hubiera
pasado a engrosar las filas de los no-muertos, aunque el anfitrión de Kalec lo dudaba
bastante.

Sin embargo, todo eso, por supuesto, no explicaba qué hacia ese monstruo ahí o
cómo era posible o por qué seguían estando tan cerca del lugar donde Talonixa había sufrido
una desastrosa derrota. Una vez más, el rugido de Galakrond atronó. Aunque, esta vez, sonó
mucho más distante.

—El olor —explicó Alexstrasza—. El olor de los no-muertos tapa el nuestro.
Galakrond solo huele la muerte cercana.

Esas palabras, al menos, respondían una de esas cuestiones vitales que se planteaban
Malygos y Kalec.

—Pero esa no es la razón por la que este no-vivo está aquí.
—No… yo he tenido algo que ver con eso —dijo el otro ser.
A Alexstrasza no pareció sobresaltarle que hubiera una quinta figura en la cueva, y
lo más interesante de todo era que quien había hablado no era otro sino Tyr.
Lo que no sorprendió a Malygos al contemplar a esa figura encapuchada envuelta en
una capa era que Tyr fuera ahora varios centímetros más alto que antes y mucho más ancho.
Incluso entonces, tanto Malygos como Kalec no habían podido evitar tener la sensación de
que Tyr solo se les había mostrado con ese tamaño porque le resultaba conveniente por el
momento. No obstante, seguía irradiando una presencia mucho más imponente de lo que
indicaba su actual altura.
Esto es sólo un pequeño reflejo de lo que realmente es. Recordó Kalec vagamente.
Aunque intentó recordar más con todas sus fuerzas, su propia época se había convertido en
una serie de escenas fragmentadas a las que cada vez le resultaba más difícil considerar la
realidad.
El rostro de Jaina era el vínculo más fuerte que aún le anclaba a ese tiempo y, a veces,
incluso ella se sumía brevemente en el olvido.
El siseo ahogado del no-muerto interrumpió su intento de consolidar los pocos
recuerdos que le quedaban. Si bien el cadáver reanimado intentó avanzar de nuevo. Ysera le
bloqueó el paso y siguió hablándole en voz baja a esa criatura, como si se tratara realmente
de su hermano de camada perdido.
—Debería olvidarse de su obsesión —masculló Malygos al fin.

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El Alba de los Aspectos

—Esa obsesión ha hecho que ahora se encuentre aquí y que, por tanto, su hermana
también se halle en este lugar —señaló Tyr—. En ese aspecto, su deseo de salvar a su
hermano perdido ha sido muy útil. Cuando atraje a esta criatura a esta cueva, mis intenciones
eran muy distintas, pero al parecer, el destino tenía otro propósito en mente.

—Vi a este monstruo cuando huíamos de Galakrond —añadió Alexstrasza—. Ysera
quería regresar con Galakrond. Quería intentar sellar la paz con él una vez más. —Miró a su
hermana y al no-muerto—. Le dije que había visto a nuestro hermano de camada y me creyó.
Y lo seguimos hasta aquí.

Tyr gruñó.
—Tuve que variar un poco mi plan. —No se molestó en contarles en qué había
consistido esa variación, aunque los confusos protodragones ladearon la cabeza en señal de
estupefacción—. Nos ha salvado la vida. Ahora solo tenemos que dar con la manera de salvar
el mundo.
—Neltharion y Nozdormu… —murmuró Malygos—. Ellos no se han salvado.
A Alexstrasza se le desorbitaron los ojos. Había estado tan centrada en su hermana
que se había olvidado de los otros dos machos.
—¡Galakrond! ¿Están…?
—No lo sé. Subimos a las nubes y nos separamos. Yo no vi nada, ni oí nada.
Malygos sintió la necesidad de salir fuera y partir en busca de la pareja desaparecida,
así que dio un paso hacia la entrada.
—Espera.
Tyr dejó atrás a los dos protodragones y, a pesar de que se acercó a la entrada, no
salió de ahí. Por un momento, la criatura bípeda calvó su mirada en la abertura.
Alexstrasza aprovechó ese momento para comentarle a Malygos:
—Apareció de la nada. Nos dijo que te conocía y nos ofreció ayuda. —Negó con la
cabeza—. Me lo creí todo. No cuestioné a Tyr para nada.
Aunque a Malygos le alegró saber que ya no tendría que explicarles quién era Tyr ni
defenderlo, eso era algo que no le preocupaba demasiado en esos momentos. En realidad,
no podía evitar que tanto Ysera como el horrendo ser al que protegía le siguieran
inquietando. Mientras tanto, la hermana de Alexstrasza continuaba hablándole en voz baja
al cadáver.
—Tyr dice que le dejemos estar —masculló la hembra naranja como el fuego—.
Aunque no ha dicho por cuánto tiempo.
—No me parece bien. No puede quedarse aquí.
La conversación se vio interrumpida por la vuelta de Tyr.
—Galakrond sigue en esta región, pero ha tomado el camino hacia el sudoeste. Si
continúa en esa dirección, pronto se hallará muy lejos y podrán partir en busca de sus
camaradas.

P á g i n a | 189

El Alba de los Aspectos

Malygos resopló.
—Los encontraremos. Pero ¿qué hay de ella?
Tyr siguió su mirada hasta llegar a Ysera.
—Hay un aspecto de ella que debe ser potenciado, que debe ser explorado. Creo que
será importante, si no ahora, sí en el futuro.
—¡Humf! —El futuro era un concepto que Malygos y los demás protodragones
habían alcanzado a comprender y valorar de verdad solo recientemente, pues en su momento
habían sido criaturas que vivían únicamente en el presente, aunque en esos instantes ese
mismo concepto parecía pender de un hilo—. Quizá Galakrond sea el futuro.
Este comentario no pareció inquietar al guardián de un modo tan dramático como
esperaba el protodragón. En vez de asentir de manera solemne, Tyr se limitó a sonreír
ligeramente.
—Creo que, por fin, he elegido bien.
Esas palabras confundieron y enfurecieron al anfitrión de Kalec.
—¡Ya estamos con acertijos! ¡Tyr el sin alas, habla con acertijos mientras los
protodragones mueren!
—Nadie es más consciente de eso que yo —replicó el ser de dos piernas, con un tono
de voz demasiado sereno en opinión de Malygos. —Nadie se siente más responsable de esto
que yo. Debería haber estado más atento. Sé que a los demás no les importaba. Debería haber
vigilado más de cerca… pero incluso yo me distraje.
El cadáver reanimado escogió ese momento para emitir una serie de ruidos furiosos.
Enseguida quedó claro por qué se había puesto nervioso de repente. Ysera se había atrevido
a quitarle la mordaza, aunque ni Malygos ni Kalec sabían qué había pretendido lograr con
eso. No obstante, lo único que estuvo a punto de conseguir con esa decisión fue que le
mordiera en la garganta. Ysera se salvó únicamente de recibir una dentellada mortal gracias
a sus rápidos reflejos.
Una tremenda ira se apoderó de Malygos. Apartó de un empujón a Ysera y atacó al
no-muerto, quien tenía las zarpas todavía atadas, por lo cual solo podía defenderse con sus
fauces repletas de babas y su espantosa niebla. Malygos se colocó a la derecha del monstruo.
Al no poder girarse bien, el no-muerto era incapaz de volver la cabeza lo suficiente como
para poder alcanzar a su adversario.
Malygos le desgarró su reseco cuello y atravesó con suma facilidad esa carne
putrefacta y esos huesos astillados. Con eso bastó para que el cuello cediera y se llevara
consigo la cabeza.
De esa terrible herida, manó lentamente una sangre negra, mientras el torso seguía
retorciéndose. Dominado aún por la furia, Malygos le abrió el pecho en canal. Eso pareció
bastar para que el cuerpo se quedara quieto y. por último, se desplomara.

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El Alba de los Aspectos

La ira también se había adueñado de la mente de Kalec, aunque en menor grado.
Tuvo que reprimir su deseo de saborear esa sangre y esa carne, mientras una voz intentaba
atravesar la neblina en lo que se habían convertido los pensamientos de Malygos.

El macho azul como el hielo se volvió hacia Ysera, quien le devolvió la mirada y se
puso a hablarle en un tono muy parecido al que habla utilizado con el cadáver. Al principio.
Malygos la miró con desdén, pues solo estaba interesado en la fuerza vital de la
protodragona. Al oler la frescura de esa energía, su hambre aumentó. Kalec comprendió que
su anfitrión estaba sufriendo las secuelas del mordisco que le había dado antes un no-muerto
y dudaba que Malygos fuera capaz de superar esa ansia esta vez. Y lo que era aún peor, el
protodragón se estaba alzando de un modo amenazador sobre Ysera, quien no hizo ademán
alguno de huir.

Entonces, una voz serena penetró en los pensamientos de Malygos. Como algo
surgido de un sueño acarició con delicadeza algún resto de cordura que todavía le quedaba
al anfitrión de Kalec y despertó su buen juicio. Kalec noto que el hambre de Malygos
menguaba. La razón volvió a dominar su mente.

Somos tus amigos, Malygos…
En un principio, Kalec creyó que esa voz pertenecía a Tyr, ya que no solo poseía un
tinte sobrenatural, sino porque nadie más podía ser capaz de imponer la cordura sobre la
locura. Sin embargo, cuando esa voz repitió ese mensaje, se percató de que se trataba de una
voz femenina.
Era Ysera. En cuanto lo abandonó esa ira asesina, la mente de Malygos se despejó y
su vista se aclaró. Ahora, tanto Kalec como su anfitrión podían distinguir que era Ysera la
que hablaba. Si bien eso tenía sentido, incluso Kalec había sido incapaz de identificarla en
tales circunstancias.
—No quieres hacer esto. Tú luchas por nosotros, no contra nosotros.
Kalec, al escuchar esas palabras a través de los oídos de Malygos, percató de que
Ysera hablaba de un modo mucho más sucinto. Ella era más inteligente (aunque quizá
también más impulsiva) que los demás protodragones. Kalec se preguntó si su pequeño
tamaño y su incapacidad para luchar tan bien como muchos otros protodragones normales
habían contribuido a que desarrollara su inteligencia mucho más que la mayoría de los de su
raza.
Malygos asintió al fin.
—Estoy bien.
Pero por primera vez, Tyr se hallaba inquieto. El ser bípedo se abrió paso ante Ysera
a empujones y lanzó una mirada iracunda a Malygos.
—Te han mordido, el hambre te domina.
Alexstrasza se unió a su hermana. La hembra mayor parecía tan constada como Tyr.
Por otro lado, Ysera parecía muy interesada y, al mismo tiempo, decepcionada.

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El Alba de los Aspectos

—Podría haberlos salvado —mascullo Ysera—. No tendrían que haber muerto en
esa cueva…

Tanto Malygos como Kalec se acordaron de los protodragones infectados que
Talonixa había enterrado vivos. Kalec dudaba que esas pobres criaturas, a las que esa ansia
había dominado aún más que a Malygos, hubieran podido recobrar la cordura, tal y como
había sucedido con su anfitrión. Aun así, sintió que la culpa se adueñaba de Malygos, pues
este creía que tal vez podría haber ayudado a Ysera a aceptar esa verdad.

Tyr ignoró a Ysera, pues tenía centrada toda su atención en Malygos a quien estudió
detenidamente por si detectaba alguna señal de que el hambre volvía a dominarlo.

—He visto a otros pasar por lo mismo. Pero ninguno logró superarlo. ¿Cuánto tiempo
ha pasado desde que te mordieron?

—Varios soles.
Tyr entornó los ojos (que eran muy distintos a los de los protodragones) aún más.
—Y no has sucumbido a pesar de que ha pasado tanto tiempo. Eso quiere decir que
posees una voluntad férrea, aunque, evidentemente, con eso solo no basta. No obstante, es
lo único que ha impedido que el hambre te invada por entero.
Malygos se enderezó.
—No volverá a pasar.
Para sorpresa de Kalec, su anfitrión hablaba con total seguridad. El dragón pudo
percibir que Malygos había experimentado un cambio, un cambio que, en gran parte, era
consecuencia de los esfuerzos realizados por Ysera para llevarlo de vuelta a la cordura.
Pero Tyr no parecía muy convencido. Entonces, alzó una mano, que brilló con un
fulgor blanco, hacia Malygos.
Este se echó hacia atrás de manera instintiva. Alexstrasza siseó. Solo Ysera parecía
imperturbable. Una cosa era que Malygos hubiera visto a Tyr desaparecer y reaparecer y que
conociera sus asombrosos poderes, y otra muy distinta que esos poderes se centraran ahora
en él. El macho azul como el hielo tuvo que hacer gala de una gran fuerza de voluntad para
alejar la tentación de defenderse.
—No percibo que esa hambre te haya corrompido, o bien la has enterrado muy dentro
de ti, de modo que nunca resurgirá, o bien, de algún modo, has logrado purgarla por entero
de tu cuerpo y mente —Tyr dirigió su mirada de nuevo a Ysera—. Por lo visto, nunca debe
dejarse llevar por las apariencias.
No dio la sensación de que la hermana de Alexstrasza hubiera escuchado el cumplido
de Tyr. La frágil hembra se limitó a acercarse de nuevo al cadáver destrozado. Murmuró
algo y, acto seguido, lamentó su muerte, tal y como Malygos recordaba que Alexstrasza
había llorado la de su verdadero hermano de camada cuando se encontró ante sus restos
mortales.
Tyr toleró estos lamentos por muy corto espacio de tiempo.

P á g i n a | 192

El Alba de los Aspectos

—Hay otros aún vivos que todavía pueden ser salvados. Creo que será mejor que
hagamos cuanto podamos por ellos, incluso por sus amigos perdidos.

—Pero Galakrond es aún un problema —señalo Alexstrasza—. Aunque se haya ido,
siempre nos perseguirá para darnos caza.

—Por eso, debemos darle caza.
Malygos no fue el único que contempló a Tyr con suspicacia.
—¿Darle caza? ¡Talonixa quiso cazar a Galakrond! ¡Ve a preguntarle a ella qué le
pasó, Tyr!
—Entiendo lo que quieres decir, protodragón. Aun así, esta vez será diferente.
El anfitrión de Kalec ladeó la cabeza.
Tyr metió una mano en su capa y sacó de ahí algo que únicamente Kalec reconoció;
no obstante, Malygos y sus hermanas comprendieron que se trataba de alguna especie de
arma. Tyr tal vez careciera de zarpas y dientes afilados, pero blandía esa cosa de punta roma
con una facilidad y habilidad que incluso los protodragones eran capaces de apreciar.
Kalec, por su parte, había visto muchos martillos de guerra en su época, sobre todo
en manos de enanos, que palidecían en comparación con la descomunal arma que Tyr
sostenía ahora, un arma que tanto Kalec como su anfitrión intuyeron que era mucho más
poderosa de lo que parecía al igual que sucedía con esa figura encapuchada.
—¡Esta vez, no me mantendré al margen! Cuando se enfrenten a Galakrond, estaré
a su lado.
Devolvió el arma a los confines de la capa, y el arma pareció desvanecerse en el
vacío en vez de pender simplemente del costado de Tyr. Por muy asombroso que esto le
resultara a Malygos, a Kalec ese gesto le reveló otra cosa mucho más impactante.
Junto al lugar en el que se había desvanecido el martillo pendía la reliquia, ni más ni
menos.
Kalec esperaba que la capa tapara de nuevo ese objeto que tanto le estaba amargando
la existencia, pero para su sorpresa Tyr sacó de ahí la reliquia. Los protodragones
contemplaron objeto; Malygos completamente estupefacto, al igual que las hermanas.
Aunque diversas explicaciones sobre qué podía ser esa cosa surcaron a gran velocidad por
la mente de su anfitrión (podía ser un huevo, una roca, un trozo de estrella), ninguna se
aproximaba a lo que Kalec sabía sobre esa insidiosa reliquia.
Tyr sostuvo la reliquia (a Kalec le dio la impresión de que era más pequeña de lo que
recordaba) en dirección hacia Malygos.
Ahora la reliquia refulgía con un tenue color blanquecino, en vez de con esa
tonalidad lavanda de su propia época que le resultaba tan familiar al dragón azul… y solo
en dirección hacia el anfitrión de Kalec. Malygos gruñó, pero antes de que pudiera
reaccionar, el brillo se apagó.

P á g i n a | 193

El Alba de los Aspectos

Tyr se giró hacia Ysera y Alexstrasza. Una vez más, la reliquia brilló de modo tenue.
Como habían comprobado que a Malygos no le había ocurrido nada, ninguna de las dos
hermanas parpadeó siquiera.

A pesar de que Kalec deseaba realizar varias preguntas a voz en grito, Malygos solo
realizó una de las muchas a las que el dragón azul buscaba respuesta:

—¿Qué acabas de hacer?
—Acabo de asegurarme de que habrá un futuro.
A Kalec no le sorprendió que les diera una respuesta tan vaga. Si bien él habría
realizado otra pregunta peliaguda a continuación, Malygos no era de la misma opinión, ya
que su principal foco de preocupación era la apurada situación que estaban viviendo.
—Vámonos ya a buscar a los demás.
Tyr ocultó de nuevo la reliquia, dejando a Kalec rumiando su desazón.
—Sí, los encontraremos…
El rugido de Galakrond hizo temblar la caverna, pues de repente se hallaba muy
cerca. Unos trozos muy pesados se desprendieron del techo. Si, de inmediato, Alexstrasza
no se hubiera tapado la cabeza con las alas, habría resultado malherida. Los escombros
también alcanzaron a Ysera y Malygos, pero no tanto.
Sin embargo, las rocas parecían caer alrededor de Tyr sin llegar a tocarlo. Aun así,
este no se tomó ese incidente a la ligera. Frunció el ceño y guio a los tres hasta la entrada.
Esa decisión resultó ser prudencial, puesto que toda una gran sección del techo se vino abajo
un segundo más tarde. Aunque el derrumbe no los enterró vivos, ahora iban a tener que salir
a rastras de uno en uno si querían escapar de ahí.
Y fuera de ahí, los esperaba un encolerizado Galakrond.
—¡Algo lo ha traído de vuelta hasta aquí! —exclamó Tyr con voz ronca—. ¡Tal vez
sus amigos!
Fuera cual fuese la razón de su regreso, daba la sensación de que Galakrond estaba
decidido a quedarse en esa región. La tierra se estremeció una y otra vez, provocando que
llovieran más piedras, aunque por ahora no hubo más derrumbes. Los cuatro (cinco si
contamos a Kalec) sabían que su suerte se agotaría en breve.
Si bien Tyr reanudó la marcha hacia la entrada, Malygos lo adelantó raudo y veloz.
El protodragón sacó el hocico lo justo para poder ver qué estaba ocurriendo.
Galakrond escogió ese preciso instante para aterrizar. Un nuevo temblor sacudió el
paisaje y el monstruoso protodragón agitó la cabeza adelante y atrás en busca de algo. Tanto
Kalec como su anfitrión se percataron que Galakrond parecía risueño. Kalec había visto esa
expresión antes en otros depredadores; el coloso estaba jugando con su presa, fuera cual
fuese.
Un momento más tarde, la presa hizo acto de presencia. Se trataba de Neltharion, lo
cual no sorprendió demasiado ni a Malygos ni a Kalec.

P á g i n a | 194

El Alba de los Aspectos

El macho gris como el carbón descendió en picado por detrás de Galakrond. A
continuación, Neltharion profirió otro rugido, dirigido a la nuca de Galakrond. El leviatán
deforme se estremeció ante la fuerza de esa onda sonora y cayó de bruces al suelo.

Neltharion se echó a reír y trazó un círculo en el aire para volver a atacar.
—Lo está atrayendo a su muerte —afirmó Tyr, quien se hallaba al Lado de
Malygos—. Sabía que era temerario, pero no un suicida.
En todo momento, Galakrond había estado observando a Neltharion, con varios de
los ojos que tenía repartidos por el torso. Entonces el pequeño macho alcanzó el lugar al que
Galakrond, evidentemente, estaba esperando que llegara. El coloso giró la cabeza y abrió la
boca para exhalar.
De improviso, una gruesa columna de arena se adentró en su garganta Galakrond
sufrió un ataque de tos y tuvo que hacer grandes esfuerzos para poder respirar. El
descomunal protodragón intentaba así expulsar la arena que le taponaba la garganta.
En ese instante, otra figura diminuta descendió justo por detrás de Neltharion.
Aunque Nozdormu le lanzó varios siseos a Galakrond para provocarle, la bestia no reparó
en ello porque no paraba de carraspear.
—¡Una coordinación excelente! —exclamó Tyr—. ¡Qué razón tenía al confiar en
ustedes!
Malygos no conseguía entender qué era lo que tanto alegraba a ese ser bípedo, y
Kalec estaba de acuerdo con él. Sí, esos dos habían logrado jugársela a Galakrond, pero ni
por asomo lo habían derrotado.
De improviso, algo impulsó a Malygos a abandonar el abrigo de la cueva. Antes de
que nadie pudiera impedírselo, ya había atravesado la mitad de esa entrada semiderruida.
Aunque Alexstrasza lo llamó a gritos, el macho azul como el hielo no vaciló. Kalec percibió
que el fuerte sentido de la lealtad de Malygos lo obligaba a sumarse a la refriega.
Galakrond agachó el hocico y, por fin, logró desembarazarse, de algunos trozos de
arena solidificada. Su respiración adquirió una cadencia más normal e hizo ademán de alzar
la vista de nuevo…
Pero entonces, Malygos exhaló. Tal y como Nozdormu había antes, Malygos apuntó
a la garganta.
No obstante, Galakrond intuyó su presencia en el último instante. Sin embargo, al
volverse para encararse con Malygos si lo único que logró fue proporcionarle un blanco
mejor. La ráfaga a de escarcha impactó en el mismo ojo que Neltharion había atacado con
anterioridad.
Si bien ese hielo por sí solo no habría podido ralentizar a Galakrond, sí consiguió
que el estado de su ojo herido empeorara. Siseando el enorme protodragón cerró ambos ojos.
No obstante, eso no lo dejó ciego, claro está; además, varios de sus ojos adicionales se
clavaron con furia en Malygos.

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El Alba de los Aspectos

En cuanto esos orbes se fijaron en el anfitrión de Kalec, unas llamaradas cayeron
sobre los que tenía cerrados. Alexstrasza surcó el aire por encima de Malygos lanzando una
ráfaga ígnea de manera ininterrumpida. Su ataque evitó que el monstruo pudiera reabrir los
ojos y distrajo la atención del resto de globos oculares; que ya no miraron a Malygos.

Entonces, Neltharion optó por atacar a algunos de esos ojos de más. Primero les
rugió; después, en cuanto pudo acercarse suficiente, arrancó dos de ellos con sucesivos
ataques de sus zarpas traseras.

Sin embargo, el audaz macho no presto suficiente atención a algunos de esos
miembros extra. Quizá porque los consideraba poco más que unos tumores inútiles,
Neltharion dejó que su cola quedara al alcance de una pata inerte.

Esa zarpa le agarró de la cola con suma firmeza. Neltharion intentó retroceder, con
lo cual lo único que consiguió fue aproximarse a otra garra, que lo cogió de una de sus patas
posteriores.

Galakrond abrió los ojos y se volvió con la boca abierta para engullir ese bocado que
acababa de atrapar.

Pese a que Malygos y Alexstrasza procuraron atraer su atención de nuevo, Galakrond
estaba concentrado únicamente en devorar a Neltharion. Con sus ataques, centrados ahora
sobre todo en su piel escamosa, apenas lograban que su rival se estremeciera ligeramente
mientras se acercaba con sus fauces al macho gris como el carbón.

En este instante, una sombra planeó sobre Malygos, era tan inmensa como para
hacerle pensar que tal vez otro Galakrond se le aproximaba por la espalda. Hizo ademán de
mirar hacia atrás, pero esa silueta se desplazaba tan rápido que tanto él como Kalec no
tuvieron tiempo de comprobar qué era eso antes de que alcanzara a Galakrond.

Una gruesa forma, que Kalec identificó en un principio como un puño tan grande
como un protodragón adulto, golpeó a Galakrond oblicuamente en la mandíbula que
Neltharion tenía de frente. El impacto fue tan potente que el coloso retrocedió trastabillando
por culpa del golpe.

Solo cuando esa silueta se alejó un poco, Kalec y su anfitrión pudieron atisbar
ligeramente que lo que había propinado ese golpe no era un puño sino la cabeza de un
martillo… un martillo idéntico al que Tyr había blandido, pero muchas veces más grande
que el que habían visto entonces.

Si bien Malygos no había reparado en ello, Kalec sí se había dado cuenta de que
había una mano que sostenía ese martillo, una mano mucho más descomunal de la que
habían visto.

Pero en cuanto el martillo se retiró, Malygos centró su atención en Ysera, quien
volaba a gran velocidad y muy peligrosamente cerca de las fauces de un Galakrond
momentáneamente aturdido. Sin embargo, en vez de dirigirse a la garganta de su adversario.
Ysera se elevó hasta las fosas nasales de este y exhaló.

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El Alba de los Aspectos

Galakrond gruñó y titubeó.
Las garras que aferraban a Neltharion parecieron perder el control de la situación, de
modo que este logró soltarse y huyó del coloso Al mismo tiempo, Alexstrasza e Ysera
también se alejaron del monstruo
—¡Huyan hacia el sur! —gritó Tyr desde algún sitio situado más allá del campo de
visión del macho azul como el cielo. La atronadora voz de Tyr encajaba perfectamente con
sus proporciones titánicas, lo cual hizo que su repentina orden sobresaltara aún más a
Malygos, ya que todo parecía indicar que, por fin, estaban ganando.
Pero justo cuando estaba pensando eso, Galakrond se estremeció de nuevo.
El anfitrión de Kalec viró para alejarse todavía más. Divisó a sus compañeros, entre
los que se encontraba Nozdormu, que lo estaban esperando al sur, aunque de Tyr no había
ni rastro. Malygos aceleró todavía más.
Tras él, Galakrond bramó. Malygos voló aún más rápido si cabe. Acto seguido, se
sumó a los demás, que también avanzaban raudos y veloces.
—¿Y Tyr? —preguntó Malygos a pleno pulmón.
A modo de respuesta, recibió un estruendo que reverberó como un trueno y los
empujó lejos de Galakrond. Un segundo después, el leviatán volvió a rugir, pero esta vez a
una distancia mucho mayor.
Si bien Malygos estuvo a punto de detenerse, Alexstrasza hizo un gesto de negación
con la cabeza.
—¡Tyr ha dicho que volemos al sur! ¡Así que sigue volando!
El protodragón obedeció a regañadientes. Aunque no conseguía entender del todo a
ese ser llamado Tyr, tenía que reconocer que esa criatura de dos piernas sabía mucho más
que él o los demás. Además, sus esperanzas de poder derrotar a Galakrond estaban
depositadas fundamentalmente en él.
En Tyr… quien en ese mismo momento estaba arriesgando su vida para ayudarlos a
ellos cinco a escapar.
Para Kalec, que se veía obligado a ir adondequiera que su anfitrión fuera, a pesar de
que él habría volado en la dirección opuesta, ese era el mismo Tyr que llevaba consigo la
reliquia y en quien el dragón azul tenía depositadas unas esperanzas cada vez más exiguas a
que lo ayudaría a librarse de esas visiones sin perder la cordura en intento.

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CAPÍTULO CUATRO

EN EL NEXO

Jaina contemplo enfurecida los controvertidos libros. Había acotado todo un

repertorio de conjuros diseñados para realizar búsquedas tan delicadas, pero había sido en
vano. Ahora la archimaga se estaba planteando la posibilidad de tomar medidas más
radicales, aunque dudaba, ya que Modera o alguien más percibirían su presencia si lo hacía,
sin lugar a duda. Aun así, cada segundo perdido podía significar que Kalec corriera aún más
peligro.

Tenía que arriesgarse y descubrir lo que hiciera falta. Una vez tomada la decisión.
Jaina inició el sortilegio… pero entonces, se detuvo. Encima de una estantería yacía la
calavera de un reptil primitivo y salvaje que había heredado de su predecesor. Rhonin, junto
a una serie de objetos extraños y arcanos. Si bien ese en concreto no significaba nada para
Jaina, provocó que su mente regresara abruptamente al enorme esqueleto y a su encuentro
con Buniq. Recordó de nuevo cómo la taunka había dibujado aquel patrón en el aire. Solo
en ese momento. Jaina meditó acerca de qué sentido tenía que la taunka hubiera recorro con
suma precisión un símbolo que no se parecía en nada a cualquier cosa que hubiera visto
antes. En su momento, la archimaga lo había achacado a que la raza de Buniq poseía una
gran memoria, pero ahora se preguntaba si no habría algo más en todo aquello.

¿De verdad eras una taunka?, preguntó Jaina a la distante Buniq. No debería haber
creído que todo era pura coincidencia.

Jaina dibujó el símbolo en el aire. Luego, lo giro para poder contemplarlo tal y como
lo había dibujado la cazadora.

—¡Qué necia he sido! —exclamó la archimaga. Se mordió un labio y acto seguido,
se limitó a implorar que nadie la hubiera escuchado. Observó el símbolo invertido, como si
fuera algo nuevo.

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