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Published by carla.gaspar.sarda, 2022-10-23 00:29:06

El Alba de los Aspectos

El Alba de los Aspectos

El Alba de los Aspectos

Ella… ellos… han dado la espalda al mundo, pensó, mientras asimilaba esa verdad.
Han aceptado que han perdido sus poderes, al igual que yo, pero ahora ya no se consideran
parte del futuro de Azeroth… Kalec, que apenas era capaz de imaginarse cómo Alexstrasza
y los demás habían sido capaces de soportar la pesada carga que durante miles de años habían
llevado sobre sus hombros, se sentía…

¡Muerto! ¡Está muerto! ¡No debería ser capaz de luchar!
¡Ahí viene otro! ¡Cuidado! Otro…
Súbitamente, una tremenda sensación de vértigo se adueñó una vez más de Kalec. El
dragón azul se tambaleó hacia delante y cayó de bruces con fuerza. Pese a que se estrelló
contra las copas de varios árboles, fue capaz de remontar el vuelo.
Las voces fueron perdiendo fuerza. Kalec, exhausto por el esfuerzo, realizó un
aterrizaje forzoso violentamente y perdió el conocimiento.
Se despertó después de lo que, para él, fueron solo unos segundos. Las voces habían
desaparecido del todo y ya no le asaltaba ninguna visión. Kalec se puso en pie aliviado y
echó un vistazo a su alrededor mientras intentaba orientarse.
El dragón abrió sus relucientes ojos de par en par. Ya no se encontraba en la región
donde había dejado a Alexstrasza. Los árboles que lo rodeaban se hallaban mucho más
dispersos y un cañón sinuoso se extendía varias millas al norte. Este lugar desconocido se
encontraba muy lejos de cualquier zona civilizada bajo el dominio de la Alianza o la Horda.
Muy pocos debían de conocer esa región siquiera un poco, pero de esos pocos, Kalec
sospechaba que era él quien mejor la conocía.
Alguna fuerza lo había transportado muy lejos de Azeroth… El dragón no tuvo que
mirar muy lejos para dar con el responsable: la maldita reliquia, que, de repente, yacía ante
él a solo unos metros, refulgiendo ominosamente una vez más.

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CAPÍTULO CINCO

GALAKROND

El dragón azul exhaló furioso una amarga ráfaga de escarcha sobre la reliquia y

dejó caer una de sus pesadas zarpas sobre el objeto que ahora brillaba. Allá donde un buen
acero se habría vuelto quebradizo por culpa de ese frío mágico y se habría resquebrajado, la
extraña némesis de Kalec mantuvo intacta toda su esencia, dejando al dragón con una
extremidad muy dolorida.

—¡No vas a ser mi amo! —bramó el macho azul, sin que le importara que alguien
pudiera oír el eco de su voz—. ¡Maldice a otro, juguete inmundo!

La reliquia octogonal brilló con más intensidad si cabe. Como esperaba lo peor,
Kalec retrocedió de inmediato.

Pero no ocurrió nada. Si bien Kalec acarició el objeto con una de sus garras, la
reliquia siguió sin reaccionar. Incluso entonces, el dragón azul no pudo evitar tener la
sensación de que a cada segundo ese misterioso objeto se iba adentrando más y más no solo
en las profundidades de su mente, sino en las del alma de cualquiera de los de su raza.

Kalec agarró la reliquia y se dispuso a lanzarla hacia lo más profundo del valle. Sin
embargo, nada más alzar el brazo, sintió un terrible dolor en esa extremidad. De hecho, justo
en ese momento, notó que la tensión y el agotamiento se adueñaban de su cuerpo. Kalec se
sintió como si hubiera recorrido medio mundo volando… Volando…

Kalec batió las alas y se percató de que al moverlas también sentía dolor. Las llamas
de la ira del leviatán se reavivaron de nuevo. Había llegado hasta esa tierra lejana utilizando
su propia magia y sus propios músculos. No podía imaginarse cómo había hecho ese viaje.
¿Acaso había volado inconsciente en todo momento?

¡Eso no importa!, se recordó a sí mismo de manera imperiosa. Lo único que importa
es que he de liberarme de este nauseabundo objeto…

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Sin embargo, no sabía responder a la pregunta de cómo iba a hacerlo. En vez de
mandar muy lejos la reliquia con un hechizo, Kalec optó por apretarlo con fuerza contra su
pecho para, a continuación, elevarse de un salto en el aire.

Acto seguido, Kalec viró hacia el norte de forma abrupta. De un modo casi
milagroso, tuvo la sensación súbitamente de que sabía cómo iba a poder desembarazarse de
esa monstruosa reliquia. Batiendo sus alas con fuerza, el dragón azul se dirigió al mismo
lugar donde había desenterrado el objeto.

A los huesos helados de Galakrond.
Aunque se encontraba agotado, Kalec continuó volando a un fuerte ritmo y logró
alcanzar el Cementerio de Dragones cuando ya estaba oscureciendo. El baldío y el
camposanto de los dragones fueron visibles poco después. Kalec divisó la silueta del templo
y, acto seguido, ajustó su rumbo.
A pesar de la penumbra reinante, el esqueleto del antiguo coloso resultaba visible
allá donde ahora los restos de centenares de otros dragones fallecidos a lo largo de muchos
milenios no eran más que unos montículos oscuros. Kalec aterrizó silenciosamente, pues
tuvo la impresión de repente de que podía perturbar su descanso eterno. No obstante, el
dragón azul no tenía ninguna intención de echarse atrás después de haber viajado tan lejos.
Tras recordar dónde había desenterrado la reliquia, Kalec se transformó y, acto
seguido, generó un tenue globo dorado con el que poder iluminar el camino. Ahora, el falso
semiélfico sostenía el objeto con la cara interna del codo del brazo izquierdo mientras se
acercaba al imponente esqueleto. El viento soplaba con fuerza por el cementerio y el suelo
helado crujía bajo el peso de sus botas.
Un largo y retumbante gemido hizo que un escalofrío le recorriera la espalda, un
escalofrío no provocado por la baja temperatura precisamente. Se detuvo, y el orbe flotante
se movió empujado por su voluntad en la dirección de la que provenía ese terrible grito. Al
no ver nada, Kalec dio un paso hacia allá. Un momento después, se dio cuenta al fin de que
ese gemido era cosa del viento que atravesaba la cuenca del ojo del cráneo de la gigantesca
criatura.
Un nuevo escalofrío atravesó a Kalec al recordar esa visión en la que se le había
aparecido Galakrond vivo. El mero hecho de que tal ser, un protodragón ante el cual los
dragones eran meros enanos en comparación, hubiera existido lo sobrecogía sobremanera.
Galakrond era una leyenda, pero verlo con sus propios ojos en carne y hueso…
Entonces, sus pensamientos adoptaron un curso perturbador. Kalec se preguntó
cómo encajaba Galakrond en toda esa locura, ya que esa visión parecía estar centrada en él.
Kalec juró que en cuanto hubiera acabado con esa cosa infecta que llevaba en el brazo,
intentaría averiguar más cosas sobre él con la ayuda de los demás ex Aspectos. Además, el
dragón azul tenía muy pocas cosas que hacer ahora que no era un Aspecto.

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Al contemplar esa zona desde una perspectiva mucho más baja, Kalec se fijó en
ciertas cosas en las que no había reparado antes. Bajo el fulgor del globo, divisó unas huellas.
Nunca se le había ocurrido pensar que ese lugar sagrado podría haber sido visitado también
por otras criaturas. Algunas de esas huellas eran enormes, aunque no tanto como las de los
dragones. Su forma basta y redondeada indicaba que ahí habían estado unos magnatauros;
unos cazadores enormes y salvajes cuya parte inferior recordaba al cuerpo de un mamut
lanudo, mientras que la parte superior era, más bien, la versión bestial de un elfo de la noche
o un humano con colmillos gigantes.

Pero no obtuvo una respuesta satisfactoria para la pregunta de por qué y qué habían
estado cazando los magnatauros en el baldío, a pesar de que Kalec divisó otros rastros
repletos de unas huellas de pezuñas más pequeñas. Al menos dos taunka, esas criaturas
similares a los bisontes, habían atravesado también esa zona, que se encontraba bastante
lejos de su territorio habitual. Los taunka, además, eran más civilizados que los magnatauros
y respetaban más a los muertos, lo cual hacía que el hecho de que hubieran estado ahí fuera
aún más extraño.

Algo largo y fino yacía en el borde de la zona iluminada por el globo. Kalec acercó
el orbe aún más hacia ese objeto y comprobó que se trataba de una lanza de magnatauro. La
punta, que resultaba parcialmente visible, estaba manchada de sangre, y el dragón azul se
percató de que parte del hielo cercano a la punta tenía un color oscuro. Aunque el
magnatauro había dado caza a su presa, no había ni rastro del cuerpo de esta. Kalec supuso
que las bestias se habían llevado el cadáver del desafortunado taunka para comérselo.

Asqueado, Kalec se giró hacia las costillas. Se aproximó hasta el más cercano de
esos altos huesos con forma de arco y, tras titubear un poco, se adentró en el Padre de los
Dragones.

Nada más hacerlo, Kalec tuvo la sensación de que no estaba solo. Rápidamente,
envió el globo hacia delante.

Una taunka de espeso pelaje se hallaba de pie bajo el arco de otra costilla. Estaba
apoyada sobre una lanza primitiva, hecha con un largo hueso, en cuya punta había una piedra
afilada.

—Saludos, dragón —dijo con una fuerte voz la cazadora blanca con cabeza de
bisonte a la vez que hacía una reverencia. Iba ataviada con unos ropajes de cuero muy
sencillos que, sin duda alguna, había confeccionado con las presas que había cazado—. Soy
Buniq. No pretendía cometer ningún sacrilegio.

A Kalec no le sorprendió que ella lo hubiera visto transformarse a pesar de la
oscuridad. En una tierra donde el día era a menudo tan oscuro como la noche, una buena
cazadora taunka debía tener una buena visión nocturna.

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—No tengo nada que reprocharte, Buniq —replicó el dragón azul, que mantuvo la
reliquia lo mejor escondida posible bajo el brazo e incluso inclinó sutilmente el reluciente
orbe para que cegara levemente a la taunka.

La taunka alzó la otra mano para protegerse los ojos.
—Ni yo busco hacerte ningún mal. Mi raza no suele venir aquí a menudo, pero estaba
buscando una reliquia que debo llevar a mi hogar para demostrarme a mí misma que soy
digna de aquel que me ama.
Si bien Kalec logró disimular la sorpresa que se había llevado al conocer la razón
por la que ella estaba ahí, dio por sentado que no podía estar buscando el mismo objeto que
él portaba. Como se estaba impacientando, ya que quería enterrar cuanto antes ese objeto
nauseabundo, contestó bruscamente:
—Entonces, no voy a impedir que prosigas tu búsqueda.
—Esta tierra es tan sagrada para nosotros como para ustedes —continuó diciendo la
taunka, como si no lo hubiera escuchado—. A los magnatauros no les importa nada. Solo
buscan llenarse el estómago. —Tras bajar la mano, Buniq dio un paso hacia él—. Pero desde
que existimos, los taunka siempre hemos respetado el lugar de reposo eterno de los
grandiosos dragones.
—Me alegra oír eso, pero…
Volvió a posar la parte posterior de la lanza en el suelo…, junto al mismo agujero al
que Kalec se encaminaba.
—Un mundo sin dragones sería un lugar muy extraño. No sería nada bueno. No
habría… armonía. Y aun con ellos resulta muy difícil sobrevivir en este mundo tan duro. El
mundo necesita a los dragones.
Kalec prefirió no hacer ningún comentario sobre la mala influencia que Deathwing
y Malygos habían ejercido sobre Azeroth. En vez de eso, buscó otra manera de darle a
entender a esa taunka tan parlanchina que debía marcharse.
De repente, se percató de que Buniq ya no se hallaba delante de él.
Kalec se giró… y se la encontró cerca de la costilla por la que él acababa de entrar.
El dragón azul no recordaba haberla visto pasar junto a él, pero Buniq, que ahora estaba de
espaldas a él, debía de haberlo hecho, no cabía duda. La esfera iluminó varias de las huellas
que la taunka había dejado en el gélido suelo.
Entonces, ella miró hacia atrás, como si hubiera intuido que la estaba observando.
Los grandes ojos marrones de la taunka no se posaron en Kalec, sino, más bien, en la cara
interior del codo de este.
—Algunas cosas no deberían permanecer enterradas —comentó en voz baja
Buniq—. Adiós, gran dragón.
Kalec notó que la reliquia se le estaba resbalando. Bajó la mirada y pudo cogerla
antes de que cayera al suelo.

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Tras volver a enderezarse, preguntó con tono apremiante:
—¿Qué quieres decir con…?
Pero Buniq había desaparecido de su vista. Pese a que Kalec dirigió la esfera hacia
el lugar donde la había visto por última vez, ni siquiera pudo hallar el más mínimo rastro de
las huellas que había atisbado un momento antes.
El dragón azul retrocedió. Se negaba a aceptar que la taunka había sido un producto
de su imaginación. En realidad, sospechaba que esa inmunda reliquia se la había jugado una
vez más. Entonces, Kalec se concentró en volver a enterrar la reliquia para poder dejar atrás
toda esa locura. Se dispuso a dejarla de nuevo en el agujero y.… entonces, bajo la luz de la
esfera, se fijó en que había algo allá donde, momentáneamente, Buniq había dejado posada
su lanza.
Era una mano.
El dragón azul soltó una maldición. A pesar del lugar donde yacía, la mano estaba
casi intacta por entero. Y aunque tenía un aspecto similar a la de un humano o un enano, esa
extremidad perdida era claramente más grande. Tenía un peculiar color gris que también
inquietó a Kalec. Sin embargo, tras examinarla más detenidamente, lo que había creído que
era algo de piel resultó ser nada más que los restos de un guante.
Kalec descubrió enseguida cómo era posible que no hubiera reparado en la mano
antes. Un trozo de suelo helado lo había cubierto hasta que la lanza de Buniq había quebrado
esa capa. El dragón azul miró hacia atrás, casi seguro de que se la iba a encontrar ahí de pie,
pero la taunka siguió sin aparecer.
Kalec estuvo a punto de hacer caso omiso de ese hallazgo macabro, pero entonces se
percató de que había algo en la palma de esa mano. Algo pequeño y redondo, que en un
principio parecía ser de cristal. Sin embargo, cuando Kalec se atrevió a tocarlo, notó que
estaba extrañamente caliente.
El objeto octogonal brilló con un fulgor azul. No, azul no, lavanda. Kalec retrocedió
trastabillándose y soltando un epíteto bastante fuerte. No sabía qué significaba eso. La
reliquia se le cayó del brazo y fue a aterrizar encima de la mano enguantada…
El mundo centelleó con un resplandor cegador.
—Esto no puede ser cierto —dijo alguien al que Kalec reconoció como la joven
Ysera—. Se equivocan…
—Él no es muy inteligente —replicó Malygos—. Pero sí lo bastante como para…
De repente, Kalec pudo volver a ver… y lo que vio fue el cadáver decrépito de otro
protodragón. Este había sido en su momento de color marfil, pero ahora tenía una tonalidad
blanquecina. Al igual que el anterior, mostraba una mueca de dolor, como si hubiera sufrido
una muerte agónica.
Malygos dejó de mirar a Ysera y vio fugazmente a otra figura de color naranja como
el fuego que Kalec supuso que era su hermana, quien se encontraba en otro sitio un poco

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más alejado. Ahí, yacía tirado un segundo cadáver. A este todavía le quedaba algo de esa
tonalidad azul como el hielo que indicaba que pertenecía a la raza de Malygos.

Y, al parecer, el protodragón Malygos era perfectamente consciente de ello. Diversas
emociones lo embargaron, algunas de ellas vinculadas a ciertos recuerdos de juventud. Un
nombre (Tarys) irrumpió en la mente de Kalec. Cuando eran jóvenes, Malygos y Tarys
habían cazado juntos mientras aprendían las estrategias más adecuadas para ello.

Kalec se dio cuenta de que ahora sentía las emociones de su anfitrión con más
claridad que nunca. Además, la naturaleza de la visión había cambiado, ahora era más vivida,
como si Kalec fuera ahora más parte de ella que nunca.

En las actuales circunstancias, ese no era un pensamiento que lo reconfortara
precisamente.

Los pensamientos de Malygos se le presentaban tanto en palabras como en imágenes.
Así supo que circulaban ciertas historias sobre esas muertes realmente increíbles. Malygos
no sabía si darles credibilidad o no. Ysera las consideraba falsas, mientras que Alexstrasza
creía que al menos deberían tenerlas en cuenta.

Galakrond, supuestamente, había asesinado a estas criaturas y a otra decena más,
cuando menos.

El protodragón que había hecho ese descubrimiento se encontraba hecho un ovillo
junto a Alexstrasza, de modo que parecía más pequeño que Ysera, a pesar de que no lo era.
Era de color púrpura y tenía aspecto de estar medio muerto.

—¡Se los ha tragado enteros! ¡Enteros! —repetía una y otra vez.
—Pues a estos no los ha engullido —señaló Ysera, quien seguía mostrándose muy
incrédula—. ¿Acaso no le gustaron a Galakrond?
—¡Se los ha tragado enteros!
Ysera frunció el ceño. El macho púrpura se encogió de miedo aún más. Con un tono
de voz sereno, Alexstrasza murmuró algo reconfortante a su oído. Ysera desplazó su mirada
enojada hacia su hermana, pero Alexstrasza la ignoró intencionadamente.
Gracias a su anfitrión, Kalec comprendió que las hermanas se habían topado por
casualidad con los restos de un protodragón y, tras escuchar al macho púrpura (que para
Malygos solo había soltado meros balbuceos incoherentes, aunque había preferido no hacer
ningún comentario al respecto en voz alta), habían ido en busca del macho azul como el
hielo. Malygos no sabía exactamente por qué habían decidido recurrir a él, quizá porque era
muy inteligente.
Contempló los cadáveres e intentó seguir demostrando lo listo que era.
—¿Hay más por aquí?
—Más… sssí… ¡hay más! —contestó el macho púrpura, que miró nerviosamente
hacia el oeste, hacia donde la tierra se elevaba primero en una cumbre para descender luego
de nuevo en la lejanía. El grupo había llegado hasta ahí procedente del este, por lo que aún

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no habían explorado en esa dirección. Malygos había estado en esa zona antes (ya que ahí,
en primavera, la caza del rumiante era excelente) y recordó entonces que allá abajo había un
río, un detalle que sin duda era irrelevante en esos momentos.

Aunque no estaba muy seguro de qué esperaba encontrar, Malygos se encaminó en
esa dirección. Kalec también se dejó llevar por la curiosidad y se alegró de que su mente y
la del protodragón parecieran hallarse en tal armonía. Kalec observó detenidamente todo
cuanto se hallaba en el campo de visión de su anfitrión y, de improviso, reparó en ciertas
huellas que había en el suelo; daba la impresión de que una criatura del tamaño de Malygos
se había arrastrado hasta esa cumbre.

Sin embargo, su anfitrión no se había fijado en lo que él acababa de ver, al menos no
en un principio. Solo cuando alcanzó la cima, Malygos se giró bruscamente y se fijó en ese
rastro con sumo interés. Se agachó sobre esas marcas y las olisqueó. Un hedor muy peculiar
(pero que no le resultaba totalmente desconocido) inundó sus fosas nasales.

Al otro lado de esa cumbre, unas piedras se desplazaron estruendosamente. Malygos
se giró bruscamente.

La espantosa visión que Kalec había sufrido en el Nexo se acababa de alzar en esa
cima dispuesta a atacar a su anfitrión. Esa carne putrefacta, esos blancos ojos hundidos… A
pesar de haber visto a ese repulsivo adversario antes, Kalec no pudo evitar desear retroceder.

No obstante, Malygos se abalanzó sobre esa monstruosidad, al mismo tiempo que
exhalaba su aliento helado, que envolvió al protodragón no-muerto y lo congeló.

Pero solo por un segundo. El ataque apenas ralentizó su avance, ya que el cadáver
decrépito se sacudió el hielo de encima y prosiguió su ataque. El hedor a carne descompuesta
provocó náuseas tanto a Kalec como a su anfitrión al chocar con esa espantosa criatura.

Unos colmillos amarillentos buscaron la garganta de Malygos y unas garras le
desgarraron el pecho. De cerca, el semblante del protodragón no-muerto era todavía más
horrendo, pues gran parte de su piel se había abrasado en algún momento. Las zonas
quemadas, al ser más proclives a la putrefacción, se habían hundido en muchas zonas, lo
cual permitía a Malygos y Kalec ver el interior destrozado y ensangrentado de la cabeza de
su adversario.

Mientras Malygos tomaba aire para lanzar una segunda descarga, el no-muerto lo
sorprendió haciendo justo lo contrario. Una nube verde hedionda le cubrió la cabeza de
Malygos; acto seguido, se le metió en la boca y el hocico y le quemó los ojos. Las náuseas
lo dominaron y, en consecuencia, también a Kalec. Ambos se sintieron como si sus entrañas
se estuvieran descomponiendo. A Malygos lo abandonaron las fuerzas y cayó de rodillas
hacia delante.

Un tremendo zumbido, seguido de un intenso calor, logró que Kalec y su anfitrión
recuperaran la conciencia del todo. Unas garras apartaron a Malygos de esa fuente de calor

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y se recuperó la vista lo suficiente como para que ambos pudieran ver lo que había ocurrido
a través de unos ojos llorosos.

Alexstrasza se hallaba ante el necrófago, lanzando más y más fuego contra el
protodragón no-muerto. Pese a que la criatura ardía sin parar, seguía sin caer y se acercaba
a la hembra naranja como el fuego.

—¡Suéltame! —le ordenó Malygos a Ysera, que era quien lo había apartado de su
enemigo para salvarlo. Ella lo obedeció inmediatamente. Aunque todavía seguía sufriendo
las secuelas del espantoso ataque anterior del no-muerto, Malygos sabía que tenía que ayudar
a Alexstrasza.

Malygos exhaló con fuerza. El esfuerzo provocó que cabeceara hacia delante y que
incluso Kalec llegara a pensar que iban a perder el conocimiento, pero de algún modo
Malygos logró mantenerse consciente al mismo tiempo que su aliento gélido se sumaba al
ataque de la hembra.

Debido a las llamas, el protodragón no-muerto se había debilitado tanto que se
resquebrajó y desmoronó ante el asalto adicional de esa fuerza totalmente opuesta. Primero
se le cayó un ala ya fragmentada y, a continuación, una extremidad anterior. No obstante,
siguió avanzando, pero entonces perdió la cola y una pata trasera.

El cadáver se vino abajo y se hizo añicos al estamparse contra el duro suelo.
Si bien Alexstrasza miró aliviada a Malygos, el anfitrión de Kalec ya se había girado
en dirección hacia Ysera. Lo primero que pensó Kalec fue que Malygos se había vuelto loco,
pero entonces se percató de qué era lo que le preocupaba.
Malygos aleteó y se elevó para flotar en el aire por encima de Ysera. No había ni
rastro del protodragón que había permanecido encogido de miedo; sabiamente, Malygos y
Kalec dieron por sentado que había huido. Aun así, ese no era el objetivo de Malygos…,
sino el primer cadáver con el que se habían topado.
Un cadáver que, como Kalec pudo apreciar, ahora se estaba moviendo.
El protodragón azul como el hielo cayó sobre ese cuerpo que se agitaba. Para horror
de Kalec, su anfitrión hundió sus dientes en la garganta del cadáver de manera muy profunda.
Malygos le arrancó la carne y le destrozó los huesos de manera salvaje mientras ese cuerpo
desprovisto de vida intentaba librarse de sus fauces.
Con un último y violento tirón, Malygos le arrancó la parte superior del cuello. La
cabeza se agitó y sus mandíbulas buscaron la garganta del protodragón vivo. Malygos giró
la cabeza y, acto seguido, soltó a su enemigo.
La cabeza decapitada dio vueltas en el aire y acabó aterrizando a varios metros de
distancia. Su boca se abrió y cerró ruidosamente varias veces antes de quedarse por fin
inmóvil.

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El resto del cuerpo dejó de moverse un instante después. Malygos sacudió la cabeza
para librarse de los nauseabundos restos de carne que le quedaban aún en la boca y se volvió
hacia el otro cadáver que todavía quedaba.

Pero Alexstrasza e Ysera ya habían hecho picadillo ese cuerpo.
—Este no se ha movido —dijo Ysera tras sacudirse también los restos de carne
podrida que le quedaban en la boca—. No queríamos que lo hiciera.
Malygos asintió, pero entonces se percató de que una honda preocupación se había
adueñado del rostro de Alexstrasza, la cual, tras escrutar el paisaje, miró a los demás.
—Él nos dijo que había más muertos —les recordó la hembra naranja como el
fuego—. ¿Dónde están?
Entonces, oyeron un grito lastimero muy lejano, que hizo que el invisible Kalec
pensara en el asustado protodragón. Malygos se volvió al instante…
Kalec se halló no solo de vuelta en su propia época, sino siendo de nuevo un dragón.
Además, estaba surcando el cielo nocturno y aferraba con fuerza la reliquia y ese fragmento
redondo y cristalino. Esa segunda pieza se encontraba colocada sobre la parte superior de la
reliquia octogonal, lo cual dejaba claro que ambos objetos habían sido uno solo desde el
principio y que, simplemente, el tiempo y las circunstancias los habían separado… hasta
ahora.
Aun así, eso no inquietó al dragón azul tanto como descubrir que o bien su cuerpo
había desarrollado una voluntad propia o bien se hallaba bajo el control de otra mente. Kalec
se detuvo y se quedó flotando por encima de un paisaje oscuro (un instante después, se dio
cuenta de que se trataba de las escarpadas montañas de Rasganorte, situadas en la frontera
del Cementerio de Dragones) mientras intentaba pensar en qué podía hacer.
Entonces, rápidamente, se le ocurrió una idea a la desesperada que le hizo albergar
algunas esperanzas. ¡Si no puedo enterrarla, quizá pueda hacerla… o hacerlos… añicos!
Sin dudarlo un segundo, Kalec soltó el objeto. Las reliquias unidas cayeron a plomo
hacia esas hambrientas montañas.
Súbitamente, el dragón azul tuvo un mal presagio y descendió en picado a por ambos
objetos, que allá abajo brillaron con más intensidad.
Kalec rugió a modo de protesta al sentir que su vínculo con el mundo de la vigilia se
rompía, al cual acababa de regresar. Alcanzó a atisbar cómo ese suelo escarpado y rocoso se
elevaba velozmente hacia él antes de volver a sumirse en la oscuridad de su fuero interno.
Durante un solo latido reinó un silencio total. Entonces, unas voces surgieron de la
oscuridad. Rápidamente, pasaron de ser unos susurros a una enloquecedora cacofonía que
amenazó con ensordecer al dragón azul. Las voces se transformaron en unos gritos
frenéticos.
El mundo volvió a cobrar forma.

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Unos protodragones chillaban mientras surcaban a gran velocidad un cielo nublado.
Un rugido estruendoso sacudió esa cálida región, que seguía siendo bastante montañosa,
donde Kalec (o, más bien, Malygos) se hallaba ahora.

Súbitamente, algo bloqueó la poca luz que ahí había.
Malygos alzó la vista y tanto él como Kalec pudieron contemplar la parte inferior de
un titánico protodragón que no podía ser otro que Galakrond.
Kalec notó cómo el miedo se adueñaba de Malygos, pero se trataba de un miedo
mezclado con una férrea determinación de sobrevivir. No había que avergonzarse de tener
miedo, no cuando uno se enfrentaba a una amenaza tan horrenda. Malygos mantuvo la calma
y se lanzó en picado hacia una grieta justo cuando ese monstruo se abalanzó sobre un dragón
azul plateado demasiado asustado como para escoger lo suficientemente rápido por qué
dirección debía huir para evitar a ese coloso más veloz que él.
Para horror de Kalec, Galakrond se tragó entero al pequeño protodragón.
Solo entonces reparó Kalec en algo del Padre de los Dragones que le resultó incluso
más desconcertante. El cuerpo de Galakrond parecía haberse dilatado de un modo extraño
aquí y allá, sobre todo en la zona de la garganta.
¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué está haciendo esto?, se preguntó Kalec.
Pero no tuvo la oportunidad de dar con una respuesta a través de Malygos, ya que,
en ese preciso instante, algo se fue a chocar contra el anfitrión de Kalec. Sorprendido,
Malygos se limitó a aletear agitadamente mientras intentaba recuperar el control de la
situación. A través de sus ojos, Kalec pudo ver fugazmente que Coros planeaba cerca de esa
zona, lo vio antes de que las continuas vueltas que estaba dando Malygos en el aire hicieran
desaparecer de su vista al despectivo protodragón. A Kalec se le contagió la furia de su
anfitrión y, mientras este se enderezaba, aguardó con impaciencia a que se ocupara de su
rival.
Pero antes de que Malygos pudiera reaccionar, una sombra espantosa lo envolvió. El
protodragón alzó la mirada… y vio directamente la enorme garganta de Galakrond.
Cuyas mandíbulas se cerraron en tomo a Malygos.
A Malygos… y Kalec.

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PARTE II

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CAPÍTULO UNO

EL NEXO MANCILLADO

En cuanto esas fauces se cerraron, un aliento caliente y fétido atormentó a Kalec

y su anfitrión. Kalec se preguntó si tal vez no sería mejor que Malygos dejara que ese hedor
les hiciera perder el sentido, para así no sentir como esos dientes monstruosos aplastaban los
huesos y la carne que compartían.

De repente, una violenta y abrasadora ráfaga de viento lanzó hacia fuera a Malygos.
Esa descarga se vio acompañada de un extraño trueno ahogado. Al mismo tiempo,
Galakrond abrió sus fauces de par en par, permitiendo que Malygos pudiera salir de ahí
tambaleándose.

Cuando se halló ya fuera de su alcance, el protodragón blanquiazul se enderezó de
un modo frenético. Mientras hacía esto, tanto el como Kalec vieron a su salvador.

Con unas carcajadas desafiantes, Neltharion paso raudo y veloz per debajo de la
garganta de Galakrond, el cual tosió, generando otra potente explosión de viento que hizo
retroceder no solo a Malygos, sino también a los demás protodragones que halló en su
camino.

Neltharion le había golpeado en su punto más débil en el momento preciso,
realizando así un ataque que Kalec habría considerado una temeridad en el mejor de los
casos. Mientras recuperaba el aliento, un furioso Galakrond fue lo bastante hábil y artero
como para reaccionar a tiempo con el fin de intentar agarrar a su diminuto atacante justo
cuando el protodragón gris como el carbón descendía en picado. Unas garras tan enormes
como el propio Neltharion se cerraron a su alrededor, pero en el último segundo, una temible
salva de alga que a Kalec le pareció arena ceg6 a medias a Galakrond.

Un macho marrón como el polvo viró y se alejó. Galakrond sacudió la cabeza para
quitarse la arena de los ojos, y su presa aprovechó ese momento para escaparse.

Neltharion voló directamente hacia Malygos.
—¡Vuela o muere!

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El Alba de los Aspectos

Esas palabras eran un gran consejo para Kalec y Malygos. Sin embargo, en cuanto
Malygos se volvió, Galakrond rugió a sus espaldas. El bramido vino acompañado de un
zumbido y enfatizado por un fuerte golpe sordo, así como por un gruñido de dolor de
Neltharion.

Malygos miró hacia atrás y comprobó que, allá donde las garras del titánico monstruo
habían fallado, su larga y gruesa cola había acertado. Como era varias veces más larga que
la pata trasera de Galakrond, pudo alcanzar con facilidad a Neltharion en un costado con
suma fuerza.

Conmocionado, el macho gris descendió trazando espirales en el aire hacia el duro
suelo que lo aguardaba allá abajo. Tal vez Galakrond pretendiera seguirlo en su caída, pero
una hembra amarilla en estado de pánico eligió ese momento precisamente para pasar cerca
del campo de visión del gigantesco protodragón, atrayendo así su atención. Tras lanzar un
rugido ansioso, el coloso hambriento fue a por ella.

Malygos, que ignoraba la suerte que acababan de tener, se encontraba ya bajando en
picado para coger a Neltharion. El otro macho había puesto en peligro su vida para salvar a
Malygos, y Kalec comprobó que su anfitrión no podía hacer menos por él, lo cual no le
sorprendió. Pese a que el protodragón blanquiazul se estiró todo lo que pudo para agarrar a
esa silueta que caía a plomo y descendía muy rápido, estaba muy claro tanto para Malygos
como Kalec que no iban a poder coger al dragón gris antes de que este se estrellara contra el
suelo.

Entonces, una silueta de color naranja como el fuego se elevó des, de allá abajo y
colisionó contra el macho conmocionado. Alexstrasza lanzó un fuerte gruñido cuando ella y
Neltharion, que era más corpulento que la protodragona, chocaron, pero la hembra logró
mantener el control de la situación de algún modo. Durante unos segundos vitales, consiguió
detener el descenso mortal de Neltharion el tiempo suficiente como para que Malygos les
diera alcance a ambos.

Sin mediar palabra, agarró a Neltharion de los hombros, alzando así al enorme macho
y liberando a Alexstrasza de esa pesada carga. Ella, a su vez, se elevó y lo ayudó a llevar a
Neltharion lejos de aquel lugar.

A través de Malygos, Kalec observó la zona y descubrió que, sorprendentemente,
ahí no había ni rastros de sangre ni de carne desgarrada. Se dio cuenta entonces de que
Galakrond se había tragado enteras a casi todas sus víctimas. En cierto sentido, eso le
resultaba aún más espantoso al dragón azul, pues era capaz de imaginarse lo que esos
protodragones debían de haber sentido al desaparecer dentro de la garganta de ese coloso.

—Tantos… —dijo Alexstrasza entrecortadamente mientras volaban—. Tantos…
Si bien Malygos no habló, sus pensamientos eran un reflejo de las palabras de la
protodragona. El anfitrión de Kalec estaba tan conmocionado por el curso de los
acontecimientos como ella.

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El Alba de los Aspectos

Un nuevo ruido retumbó por toda la zona, un mido tan extraño, tan perturbador que
los dos protodragones estuvieron a punto de soltar a Neltharion.

El ruido se volvió más fuerte, más gutural… y, por tanto, más aterrador. Aunque
Kalec no tenía ni idea de qué podía ser, Malygos lo identificó con algo conocido. Unas
imágenes cruzaron fugazmente la mente de Kalec, en las que su anfitrión regurgitaba trozos
de hueso y otras partes indigeribles de varias presas.

Dominado por una sensación de repugnancia cada vez mayor, Kalec comprendió
que, en algún lugar, Galakrond estaba haciendo algo similar, aunque lo que estaba
vomitando no eran los restos de algún búfalo o un pez…

De repente, el mundo de Kalec volvió a venirse abajo. Su consciencia perdió todo
vínculo con Malygos. Unas imágenes en las que Galakrond se daba un festín recorrieron los
pensamientos de Kalec a gran velocidad y, acto seguido, esa maldita oscuridad se adueñó de
nuevo del dragón azul.

No obstante, una vez más, una voz familiar lo llamó desde esas tinieblas. Kalec…
¿Kalec?

El dragón ignoraba por qué lo llamaba Jaina en esta ocasión, pero con las pocas
fuerzas que le quedaban, Kalec bloqueó sus pensamientos para que ella no pudiera leérselos.
Mientras hacía esto, notó que el mundo cobraba de nuevo forma a su alrededor. Un viento
muy violento lo golpeó en la cara. De manera instintiva, Kalec cambió de posición y se dio
cuenta de que se estaba resbalando.

El dragón azul fue al menos capaz de abrir los ojos para ver cómo dejaba atrás una
colina rocosa por la que se deslizaba. Kalec fue consciente de que se estaba cayendo. Clavó
una de sus garras en la tierra y descenso, pero no detenerlo. Kalec la piedra, logrando así
ralentizar su intentó hacer lo mismo con la otra zarpa, pero no pudo abrirla a pesar de que lo
necesitaba desesperadamente.

Cayó hacia atrás y se dio cuenta entonces de que no se había resbalado por una colina
sino por una montaña. Kalec intentó enderezarse, pero solo logró golpear con un ala la
ladera, lo que provocó que cayera dando tumbos aún más rápido. Allá abajo, aguardaban al
dragón azul unas rocas melladas que le recordaron mucho a los dientes de Galakrond.

Kalec consiguió concentrarse para lanzar un conjuro, con el que logró que su
descenso descontrolado prácticamente se detuviera. Aunque solo era una solución a corto
plazo, esperaba no necesitar más que linos instantes para actuar.

El dragón azul contuvo la respiración y se giró para tumbarse boca abajo. Como notó
que el hechizo se disipaba rápidamente, Kalec batió las alas con fuerza. Nada más elevarse,
el encantamiento se disipó. El dragón azul se posó sobre otra montaña. Ya no percibía las
continuas llamadas de Jaina y esperaba que hubiera desistido. De todos modos, Kalec ahora
solo estaba interesado en un objetivo, en esa cosa horrenda que todavía sostenía en su garra.
Esa reliquia ahora completa parecía mofarse de él con su persistente fulgor.

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El Alba de los Aspectos

Aunque, claro, intentar deshacerse de ella era absurdo, pues, de algún modo, lograría
volver para acosarlo. También dudaba de que intentar destruirla fuera una decisión sabia.
Kalec se dejó acariciar por el viento para aclararse las ideas mientras n las intentaba decidir
qué iba a hacer a continuación. Si no hubiera sido si do por la voz de Jaina, el dragón ni
siquiera habría estado seguro de época y en su propio cuerpo. Cada si se encontraba en su
propia vez le resultaba más difícil distinguir entre la realidad y las visiones.

Tras pasar varios minutos cavilando infructuosamente, Kalec se dirigió hacia el
Nexo. Cada instante de ese vuelo resultó muy estresante, ya que el dragón azul esperaba
verse arrastrado de nuevo a esas visiones en el peor momento posible. En cuanto tuvo que
sobrevolar el mar, Kalec prestó especial atención a los hechizos con los que se protegía.

Pero para su alivio y consternación, la reliquia le permitió llegar al Nexo sin ningún
problema. Kalec decidió entonces centrarse en algo distinto al objeto de sus pesadillas. Tenía
que organizar la colección del Nexo, aunque lo cierto era que, en un principio, se había
planteado esa posibilidad como una mera excusa con la que distraerse, no porque realmente
deseara realizar esa tarea.

No obstante, antes de poder empezar con ello, se dio cuenta de que tenía que reforzar
los hechizos de protección del lugar. Si no se ocupaba de eso ahora, sería imposible que
pudieran seguir protegiendo el Nexo y todo cuanto este contenía por mucho más tiempo.

Adoptó su forma humanoide y, al instante, se encontró extrañamente más cómodo
que con su verdadero cuerpo. Kalec invocó un simple estrado de mármol acompañado de
una columna estriada y, con cautela, colocó la reliquia encima de esa plataforma que le
llegaba hasta la cintura; acto seguido, centró su atención en los conjuros de protección. Cerró
los ojos y se concentró. Incluso con los ojos cerrados, el dragón azul podía ver el mundo que
lo rodeaba, pero se trataba de un mundo entrecruzado por diversas líneas ley multicolores.
Si bien toda Azeroth estaba envuelta en esta compleja red de líneas de energía mágica, estas
que veía ahora cumplían un propósito muy concreto: procuraban energía a los diversos
hechizos de protección del Nexo. Entonces, se dispuso a examinar cada sortilegio siguiendo
las líneas ley.

Kalec comprobó enseguida cuál era el más débil de todos. Extendió una mano hacia
delante, que en este mundo refulgía con una energía lavanda, y señaló a la línea ley que
necesitaba. Con la otra mano cogió otra de las líneas ley de Azeroth y unió las dos allá donde
la parte central de la primera línea resultaba visible…

Pero antes de que pudiera hacer nada más, el mismo Nexo brilló.
Kalec dejó de tejer el hechizo y abrió los ojos. De inmediato posó la mirada sobre la
reliquia. No le sorprendió del todo descubrir que ahora relucía con un fulgor diferente, que
imitaba la gama de colores mágicos asociados a las inmensas fuerzas esotéricas que se
hallaban en el interior del Nexo y a su alrededor. Cuanto más brillaba el objeto, menos
intenso era el resplandor de todo cuanto rodeaba a Kalec.

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El Alba de los Aspectos

El hecho de que la reliquia pudiera afectar de esa forma al Nexo dejó estupefacto a
Kalec. La última vez que la había traído hasta ahí apenas había hecho nada, pero entonces,
la reliquia no estaba completa. La pieza que le había faltado anteriormente no solo había
aumentado los poderes manifiestos del objeto, sino que probablemente había despertado
otros anteriormente latentes.

Kalec agarró la reliquia y se transformó. La acercó a su pecho y el exAspecto
atravesó el Nexo volando lo más rápido posible. Las energías del Nexo siguieron fluctuando
mientras cruzaba raudo y veloz un túnel tras otro, hasta que por fin dio con la salida.

Una vez fuera, Kalec se elevó muy alto en el firmamento. A sus pies, pudo distinguir
el Nexo en su totalidad. El dragón percibió que sus diversas energías estaban interactuando
de un modo que le resultaba completamente desconocido. Kalec (quien debería haber
entendido mejor que nadie el cómo y el porqué de esas interacciones mágicas) era incapaz
de adivinar cuál era el propósito de todo aquello.

Esos intensos colores que normalmente solo estaban reservados para las fuerzas del
Nexo eran irradiados ahora con fuerza por la reliquia. Mientras tanto, el Nexo volvió a
centellear abrupta e intensamente, tanto que el dragón azul se vio obligado a apartar la vista
para no quedarse ciego.

Entonces, ese tremendo torbellino de energía mágica fue perdiendo fuerza.
Como Kalec era incapaz de imaginarse qué se iba a encontrar la próxima vez que
contemplara el Nexo, lo que vio lo dejó tan perplejo como sorprendido.
El Nexo tenía el mismo aspecto y transmitía las mismas sensaciones exactamente
que antes. Tras sisear cautelosamente, el dragón sobrevoló en círculo su santuario, en busca
de algún cambio, por muy sutil que fuera. Por mucho que lo intentó, Kalec siguió sin hallar
ninguna diferencia.
—Todo esto no ha podido ser para nada —masculló al enervante objeto que sostenía
en su garra—. ¿Qué has hecho?
La reliquia, que ahora volvía a tener su brillo normal, no le dio ninguna pista.
El dragón resopló y descendió hacia el hueco por el que antes había salido. Nada más
entrar, posó la vista sobre la reliquia. Sin embargo, su fulgor no cambió.
Kalec regresó a sus aposentos, esperando que ese objeto infecto volviera a
desencadenar el caos en cualquier momento. El hecho de que no hubiera ninguna señal que
indicara que eso fuera a ser así no calmó sus miedos ni lo más mínimo. Aunque Kalec era
consciente de que podría estar dejándose llevar por la paranoia, aún cabía la posibilidad de
que la reliquia pudiera estar tramando algo, a pesar de que se encontraba, aparentemente,
inactiva.
Más decidido que nunca a dar con alguna otra reliquia que pudiera ayudarlo a
combatir la que sostenía ahora, Kalec invocó un objeto antiguo en el que tenía depositadas
muchas esperanzas. Se trataba de un cristal ovalado de una intensa tonalidad aguamarina y

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El Alba de los Aspectos

del tamaño de su zarpa que se materializó de la nada delante de él. Pese a que Kalec no
estaba seguro de conocer todas sus propiedades, por los conocimientos que le habían
transmitido al respecto, tenía la impresión de que podría anular la magia de la reliquia
octogonal.

Pero en el mismo instante en que tocó el cristal, su intenso color se apagó. Kalec
sondeó mentalmente la reliquia, que se hallaba desprovista totalmente de cualquier rastro de
energía mágica. Al dragón azul se le escapó una maldición en la que se mezclaba lo mejor
(o lo peor) de los insultos dracónicos, humanos y enanos. Encolerizado por esta última y
rápida derrota, Kalec arrojó esa antigualla octogonal sin importarle qué pudiera ocurrir. Esta
voló con una velocidad tremenda hacia la pared y, entonces, se detuvo a solo un par de
centímetros de su más que probable final. Después, descendió hasta el suelo sin hacer ni un
solo ruido.

El dragón rugió. Incapaz de controlarse, Kalec lanzó una salva de conjuros sobre la
reliquia. Un fuego intentó consumir ese objeto. Unos rayos de energía arcana también lo
asaltaron. Una lanza de hielo intentó horadar su superficie. Un relámpago impactó sobre él.

Ninguno de esos ataques dejó el más mínimo arañazo sobre la reliquia.
Kalec se desplomó jadeando por culpa del tremendo esfuerzo que acababa de hacer.
La reliquia continuó brillando tenuemente y, una vez más, pareció burlarse de él.
El dragón azul rumió su derrota durante un rato y, de repente, se quedó petrificado.
Tal vez… tal vez he afrontado este problema de una manera equivocada.
Kalec nunca había intentado comprender de verdad a esa reliquia. Desde el principio,
la había considerado algo malévolo. No obstante, ahora se preguntaba para qué iba a querer
volverle loco.
El dragón se aproximó al objeto y, sin tocarlo, examinó todos los recovecos de su
parte exterior que fue capaz de ver, pero no notó ningún cambio en él. Pese a que luego
realizó otro sondeo con sus poderes mágicos, no obtuvo ningún resultado distinto. Aun así,
Kalec no estaba satisfecho. Incluso en ese mismo momento, la reliquia podía estar
preparando un conjuro que sus agudos sentidos no eran capaces de detectar, puesto que ya
había demostrado que era más que capaz de actuar sin que él se diera cuenta.
Se centró entonces en esa pequeña pieza extra que había encontrado durante su
segunda incursión en el esqueleto. Por muy sencilla que pareciera, no cabía duda de que era
una parte integral de la reliquia. Hasta ahora, le había dado la sensación de que amplificaba
los poderes originales de la misma, pero creía que era capaz de mucho más.
Un leve brillo en el centro de la pequeña pieza llamó su atención. El dragón entornó
la mirada.
Una joven humana de pelo rubio se hallaba ante él, una mujer a la que conocía
perfectamente. Un halo de inocencia la envolvía, una inocencia que lo atraía tanto como su
belleza.

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El Alba de los Aspectos

—Anveena… —dijo el dragón azul entrecortadamente. Acto seguido, alzó una garra
hacia ella, la cual atravesó la mano que ella le había tendido.

De repente, Kalec se encontró en un bosque y ya no era un dragón, sino, más bien,
un semielfo. Portaba la misma forma que había llevado cuando había conocido a Anveena.

Kalec… Anveena lo llamaba cada vez más lejos, y su silueta se difuminó y se
distanció. Ella seguía tendiéndole la mano, como si le estuviera indicando que la siguiera.

Kalec…
De repente, se llevó un gran sobresalto. Anveena no era quien lo había llamado la
segunda vez, sino Jaina, lo cual bastó para devolverle la consciencia.
Kalec se apartó con brusquedad de la reliquia. Estaba empapado de sudor. También
se percató de que, al igual que en el sueño, tenía manos y no garras. En algún momento,
había cambiado de forma sin ser consciente de ello.
En ese momento, Kalec percibió la presencia de otro dragón azul. De algún modo,
saber que ya no se hallaba solo en el Nexo lo ayudó a recobrar la compostura. Tras darle la
espalda a la reliquia, Kalec abandonó la cámara para ver quién había regresado y por qué.
Hasta que no se encontró cerca de una de las entradas, no detectó movimiento. Kalec
se dirigió hacia el recién llegado sin mediar palabra.
La pequeña dragona azul estaba de espaldas a él. Kalec vaciló.
—¿Tyri?
La hembra se giró, pero no resultó ser quién él creía. El exAspecto se regañó a sí
mismo en silencio por haber esperado ver a esa hembra azul a la que se había prometido en
su día.
La dragona azul situada delante de él miró fijamente a Kalec, como si hubiera visto
a un orco. Entonces, se acordó de que se había transformado; a pesar de que eran criaturas
mágicas, los dragones azules solían mantener normalmente sus formas dracónicas cuando
estaban en el Nexo.
—Tejehechizos —dijo ella al reconocerlo al fin—. Creía que ya habías partido.
Kalec hizo caso omiso al hecho de que se dirigiera a él con ese título que ya no poseía
y volvió a adoptar su forma de dragón. Ahora, tuvo que agachar la cabeza para poder
escrutada y, a continuación, no pudo evitar espetarle:
—¿Acaso pretendías hacer algo aquí e irte antes de que yo regresara?
La dragona adoptó la máxima expresión de espanto que un miembro de su raza podía
adoptar.
—No… ¡No, Tejehechizos! En verdad, me alegro de que estés aquí. Quería hablarte
de una anomalía que he detectado recientemente cerca del Cementerio de Dragones, muy
cerca del Templo del Reposo del Dragón…
Kalec se dio cuenta de inmediato de que se refería a las perturbaciones que había
causado la reliquia.

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El Alba de los Aspectos

—Sé a qué te refieres. No es un asunto de tu incumbencia.
La hembra pareció avergonzarse un poco.
—Debería haberme imaginado que ya lo sabrías.
Ahí debería haber concluido la conversación, pero la dragona azul se limitó a
quedarse donde estaba, sintiéndose visible y terriblemente incómoda.
Kalec se imaginaba qué clase de pensamientos debían de estar cruzando su mente en
esos momentos.
—Agradezco tu preocupación. Ibas de camino a otra parte, ¿verdad?
—Sí. Había pensado ir a explorar…
Pero no la dejó continuar.
—Entonces, deberías seguir tu camino, por supuesto. Una vez más, te doy las gracias
por haber regresado para avisarme.
La dragona le lanzó otra mirada incómoda y, a continuación, partió tras agachar
respetuosamente la cabeza.
Kalec se detuvo a pensar por un momento y se alejó de la entrada. En ese preciso
instante, atisbó una figura envuelta en sombras del tamaño de un elfo de la noche o de un
humano alto en el oscuro corredor por el que había llegado hacía poco hasta ahí.
El dragón corrió hacia ella, moviéndose con la rapidez necesaria para alcanzar a
cualquier intruso. Sin embargo, aunque logró llegar hasta una zona de ese largo pasillo donde
nadie habría podido esconderse o escaparse por un túnel lateral, no vio a nadie. Kalec sondeó
el lugar con sus poderes mágicos, pero no había ni rastro de ese otro ser, de eso no cabía
duda.
Mientras aceptaba ese hecho incontestable, el dragón azul fue reconstruyendo
mentalmente una imagen más definida de ese intruso que iba más allá de su mera altura. La
imagen que cobró forma hizo que Kalec tuviera la certeza de que su cordura se estaba
viniendo abajo y, además, muy rápido.
Era la misma figura encapuchada y envuelta en una capa de sus visiones.

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CAPÍTULO DOS

LA REUNIÓN

Kalec no intentó negar lo que había visto. O bien todo había sido producto de su

extremadamente estresada imaginación o de alguna nueva faceta de la magia de la reliquia.
Ninguna de las dos era una alternativa agradable. Si se daba el primer caso, era una señal de
lo mentalmente inestable que podría encontrarse ya; si se daba la segunda opción, significaba
que ese maldito objeto probablemente quería jugar a un juego nuevo con él.

Optó por escoger la última e, inmediatamente, volvió corriendo al lugar donde había
dejado la reliquia.

Por desgracia, la oscuridad lo atrapó primero, empujando al tambaleante dragón azul
contra las paredes del pasadizo. Mientras unos enormes fragmentos de piedra llovían sobre
Kalec, el dragón (que apenas permanecía consciente) se impulsó hacia delante cuando aún
se hallaba a medio camino de su santuario.

No obstante, incluso antes de que su cuerpo se estampara contra el suelo, su mente
se halló surcando el cielo. Kalec era una vez más parte de Malygos, pero esta vez se trataba
de un Malygos mucho más encerrado en sí mismo, mucho más decidido.

En la distancia, resonó un rugido atronador, que solo podía haber brotado de las
fauces de Galakrond y que estremeció a Kalec y su anfitrión. Por suerte, el rugido fue
perdiendo intensidad, lo que dejó bien claro que el gigantesco protodragón se dirigía en otra
dirección.

Malygos, cuyos pensamientos se encontraban enterrados por ese asunto tan urgente
que Kalec no lograba descifrar, siguió avanzando. Entonces, Kalec entrevió, Alexstrasza e
Ysera y a un puñado de protodragones de la misma familia que Malygos en la neblina de su
memoria y también experimentó unas visiones fugaces en las que Neltharion luchaba contra
algo que era muy pequeño para ser Galakrond. Tras mucho escarbar en la mente de su
anfitrión, Kalec descubrió que al menos en uno de esos recuerdos aparecía Malygos
manteniendo a raya a un protodragón de un tono rojizo desvaído.

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El Alba de los Aspectos

Kalec se acordó de la pelea anterior y se dio cuenta de que ahí no había habido ningún
otro protodragón rojo aparte de Alexstrasza, por un momento, temió que ella hubiera
perecido en algún momento y se hubiera alzado como una no-muerta, tal y como habían
hecho otros cadáveres, pero entonces se percató de que ese no podía ser el caso, por razones
obvias.

Aun así… si ese protodragón no-muerto no era Alexstrasza, eso seguía queriendo
decir que los muertos se habían alzado una vez más. Kalec ignoraba por qué, pero estaba
seguro de que, de algún modo, la respuesta la tenía Galakrond.

Un momento después, percibió que Malygos compartía esa opinión. De hecho, Kalec
al fin supo que Malygos acababa de huir (sí, huir) de ese no-muerto. Y sí, se trataba de más
de uno. Eran siete. Y lo que era aún peor, Malygos no era el único que se había enfrentado
a ellos. Dos protodragones de su familia lo habían acompañado en ese momento.

Y ninguno había logrado escapar.
La culpa se apoderó de Malygos, y Kalec comprendió que consideraba que debería
haberse quedado con ellos. No obstante, tenía claro, por lo que había atisbado en los
recuerdos de su anfitrión, que Malygos había huido únicamente cuando los otros dos ya no
podían esquivar su funesto destino.
Lo más curioso de todo (y lo más preocupante para Kalec) era que su anfitrión había
bloqueado todo recuerdo sobre cómo habían perecido los otros dos.
A lo largo del rumbo que seguía Malygos, no detectaron a ningún otro protodragón.
Si bien eso no llamó la atención de Kalec en un principio, poco a poco fue notando lo mucho
que eso preocupaba a Malygos.
Unos minutos después, otra figura alada apareció a la vista, para alivio de ambos. Se
trataba de Neltharion, quien todavía hacía cierta gala de su fanfarronería, aunque incluso él
observaba el cielo a su alrededor con suma cautela.
—¡Amigo Malygos! ¡Ja! ¡Has venido! ¡Hemos sobrevivido! ¡Somos supervivientes!
A pesar de su arrogancia, el tono de voz de Neltharion denotaba que saber que
Malygos seguía vivo había supuesto un gran alivio para él. Kalec se preguntó cuántos otros
no habrían logrado sobrevivir.
¿Qué está sucediendo aquí?, preguntó Kalec, aunque, claro, nadie podía oírlo. Las
leyendas de los dragones no contaban nada acerca de ese periodo de tiempo tan
evidentemente crítico para los protodragones. La era de los dragones todavía estaba por
llegar; además, como Malygos y los demás futuros Aspectos estaban vivos en esos instantes,
el paso del reino de los protodragones al de los dragones debía de ser inminente. Sin
embargo, por lo que Kalec había visto parecía más bien que todos iban a extinguirse. Incluso
un verdadero dragón habría sido incapaz de enfrentarse a un horror como Galakrond.
—¿Y los demás? —inquirió Malygos.

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El Alba de los Aspectos

—La de color de fuego está bien, aunque su hermana pequeña se queja mucho.
—Neltharion se calló y, a continuación, añadió de un modo menos presuntuoso—: Zorix…
ha caído.

En la mente de Malygos surgió la imagen de un protodragón macho de ojos inquietos
y reluciente piel dorada. A pesar de que Kalec nunca antes había visto a ese macho, tanto
Malygos como Neltharion parecían haberlo conocido en ese periodo de tiempo indefinido
que había transcurrido desde la última visión. Su muerte conmovió tremendamente al
anfitrión del dragón azul.

—Talonixa habla igual que él. Habla tan bien como hablaba él.
Sobre la tal Talonixa, Kalec únicamente pudo leer en la mente de su anfitrión que
había sido la pareja de Zorix y era una protodragona con una voluntad férrea. Era evidente
que entre los protodragones que habían dado el salto súbitamente a la inteligencia, ella era
considerada una de las más listas.
A pesar de su supuesta astucia, el anfitrión de Kalec no confiaba demasiado en
Talonixa, lo cual no tenía nada que ver con el hecho de que fuera hembra (el valor y el
ingenio de Alexstrasza habían hecho que Malygos la tuviera en muy alta estima), sino con
que consideraba muy peligrosos otros aspectos de su personalidad. Sin embargo, Kalec no
pudo extraer más información al respecto. Neltharion entornó los ojos. Estaba mirando algo
situado más allá de Malygos. El otro protodragón dirigió rápidamente la vista hacia el lugar
al que miraba su compañero, pero solo divisó un cielo vacío.
El macho gris suspiró.
—Nada. No es él. No son ellos.
Aunque el anfitrión de Kalec se estremeció, bloqueó todo pensamiento acerca de la
causa de esa reacción.
—¿Los demás se han reunido?
—Sí. Sígueme.
Ambos protodragones volaron a gran velocidad, como si tuvieran al mismo
Galakrond detrás intentando morderles las colas. A Kalec se le contagió esa sensación de
urgencia que impulsaba a los dos, a pesar de que solo sabía la mitad de lo que estaba pasando,
como mucho. Malygos miraba a su alrededor continuamente, centrándose a menudo en la
tierra que se extendía allá abajo, a lo lejos. Poco a poco, Kalec comprendió qué era lo que
preocupaba tanto a Malygos: en ese paisaje no había ninguna fauna visible, salvo unos pocos
pájaros. Ninguna bestia de tamaño considerable deambulaba por ninguno de los lugares que
sobrevolaban los protodragones.
Malygos clavó su mirada en Neltharion y preguntó:
—¿Estamos cerca?
—Aún debemos volar más. Ha habido que descartar el otro lugar.

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El Alba de los Aspectos

A Kalec le llevó un rato descifrar esa última frase. Cualquiera que fuera el sitio donde
los protodragones habían decidido reunirse anteriormente estaba claro que se había vuelto
muy peligroso, por lo que se habían visto obligados a alejarse aún más.

Entonces, a cierta distancia, resonó un estruendo que inquietó a ambas bestias
voladoras. El protodragón gris miró hacia atrás. Malygos hizo lo mismo de manera
instintiva. A pesar de que ahí no había ni rastro de Galakrond, incluso Kalec era consciente
de que su gigantesco adversario era capaz de recorrer unas distancias tremendas en un abrir
y cerrar de ojos.

Malygos siseó presa de la frustración y volvió a centrar su vista en el camino que
tenían por delante. Cuatro siluetas aladas que venían del norte llamaron su atención. Malygos
entornó la mirada y observó detenidamente a los protodragones que se aproximaban.

—Otros más —le advirtió a Neltharion.
Su compañero clavó los ojos en los recién llegados.
—Nadie viene del norte. El norte es peligroso.
—Sí… —siseó Malygos de nuevo.
Los cuatro protodragones se acercaron lo suficiente como para que pudieran tener
una visión más detallada de ellos. Para alivio de Kalec, no eran lo que había esperado. Se
trataba de unos protodragones que seguían vivitos y coleando.
Pero Malygos no se sentía satisfecho del todo, y Kalec enseguida comprendió por
qué. Esa formación estaba encabezada por un protodragón verdeazulado que les resultaba
muy familiar: Coros.
Kalec también reconoció entre ellos a uno de los otros participantes en el ataque que
había sufrido anteriormente Malygos.
A la vez que sonreía, Neltharion afirmó con voz potente:
—Esta pelea me va a encantar.
Entonces, para sorpresa del protodragón gris y de Kalec, Malygos negó con la
cabeza.
—Peleamos con los no-muertos. Pelearnos con Galakrond. No entre nosotros.
—¡Humf! ¿Y eso lo sabe Coros?
Los otros protodragones ralentizaron su avance al aproximarse a esa pareja. Coros
escrutó a Malygos y Neltharion.
—Viven. ¡Qué bien!
—Sí —replicó el anfitrión de Kalec con serenidad—. Vivimos, y eso es bueno. Veo
que Coros también sigue vivo…, y eso también es bueno. No debemos pelear entre nosotros.
Solo debemos pelear con Galakrond, ¿verdad?
El rival de Malygos agachó la cabeza como si se tomara esas palabras muy a pecho.
No obstante, siguió esbozando una sonrisilla taimada. Ambos sabían que las circunstancias
extremas en las que se hallaban era lo único que impedía que se destrozaran mutuamente.

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—¡El norte no es un buen sitio! —los interrumpió un impaciente Neltharion, quien
parecía decepcionado porque no iban a combatir entre ellos—. Coros no debería venir del
norte.

—Hemos estado explorando. Talonixa nos lo pidió.
—¿Talonixa? —repitió Malygos con cierta inquietud—, ¿por qué?
—¡Porque tiene un plan!
El macho azul como el hielo contuvo un resoplido a duras penas. Kalec notó que a
Malygos le inquietaba el abrumador dominio que esa hembra ejercía sobre los demás
protodragones y que su preocupación iba en aumento. La raza de Talonixa era testaruda,
impulsiva y dominante, lo cual era un cóctel explosivo que inquietaba a Malygos y Kalec,
sobre todo dadas las circunstancias.
—¿El norte no es peligroso? —inquirió Malygos por fin.
A Kalec, que no podía hacer otra cosa más que observar, le dio la sensación de que
la sonrisilla de esa bestia se tornaba más artera.
—No. Coros es muy listo para esos estúpidos no-muertos.
No era la primera vez que Kalec escuchaba ese término tan perturbador y eso le
inquietó, pues añadía aún más incertidumbre a la situación apurada en que se encontraba.
¿Cuántos de esos cadáveres reanimados hay? ¿Cuántos?
Y lo que era aún más importante, Kalec se preguntó cómo habían logrado alzarse.
En su época, había vivido en un mundo donde, salvo los Renegados (que habían jurado
lealtad a la Horda), los no-muertos eran una amenaza habitual, a la que había que destruir
de inmediato siempre que fuera posible. Sin embargo, no esperaba oír hablar de tales
horrores en una época tan temprana de la historia de Azeroth.
—¡Ya basta de hablar! —gruñó Neltharion—. ¡Vámonos!
Coros no discutió, sino que, al instante, viró y pasó junto a ambos. Sus camaradas,
todos ellos de la misma familia, lo siguieron sin dignarse siquiera a mirar al protodragón gris
o a Malygos.
—¿Quieres que volemos más rápido que ellos? —preguntó Neltharion en voz baja
al anfitrión de Kalec.
Malygos asintió.
—Sí, claro.
Sin mediar más palabra, dejaron atrás a un desconcertado Coros a sus acompañantes.
Mientras Malygos aceleraba, tanto él como Kalec pudieron oír el siseo furioso de Coros.
A Kalec no le sorprendió comprobar que los protodragones compartían más de una
característica con los dragones, ya que las carreras siempre habían sido muy populares entre
estos últimos.
Malygos echó un vistazo hacia atrás y comprobó que Coros y los demás estaban
haciendo todo lo posible por darles alcance, Sin embargo, Malygos y Neltharion estaban

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marcando un ritmo asombrosamente rápido. Kalec apenas podía creer que su anfitrión
todavía poseyera esa energía y, entonces, se percató de que Malygos había aceptado la
sugerencia de correr no solo porque desprecian a Coros, sino también porque así, por un
breve espacio de tiempo, el macho blanquiazul no tendría que pensar en los honores que
asolaban su mundo.

A pesar del tremendo esfuerzo, Malygos siguió volando junto a Neltharion a varios
cuerpos de distancia de su rival. Por mucho que lo intentara, Coros era incapaz de
alcanzarlos, aunque pronto dejó al resto de sus compañeros muy atrás.

Kalec se dio cuenta, aunque demasiado tarde, de que al hallarse tan separados, los
seis protodragones constituían un objetivo mucho más visible para cualquier adversario,
pero por suerte, no sucedió nada. Aun así, notó que Malygos también se sintió aliviado al
llegar por fin a ese valle con forma de cuenco, donde pronto quedó claro que decenas y
decenas de protodragones se escondían cautelosamente entre sus sombras.

El valle reverberó con múltiples siseos mientras los recién llegados descendían, pero
no todos iban dirigidos a ellos. Ahí había miembros de casi todas las familias de
protodragones que Malygos conocía; además de unas cuantas que el anfitrión de Kalec no
reconoció. Muchas de ellas no se llevaban bien unas con otras, por pura enemistad natural o
por rencillas. Únicamente el desastre que estaba arrasando su mundo los había obligado a
fingir ser ahora aliados, cuando menos.

La tensión se veía incrementada por la presencia de muchos protodragones menores
(así los consideraba Malygos); aquellos que eran poco más que meros animales, a los que
sus hermanos más inteligentes cuidaban; se sintió siniestramente aliviado por el hecho de
que al menos les tenían que vigilar y controlar constantemente. En ese instante, la generación
de Malygos hubiera evolucionado.

En medio de ese estruendo, se alzó un siseo gutural y ronco que hizo callar a los
demás. Malygos buscó la fuente de ese siseo.

Talonixa se imponía al resto no solo con su voz, sino gracias también a su tamaño y
presencia. Era un tercio más grande que la mayoría de los machos, de los que solo unos
pocos, como Neltharion, la superaban en peso. Su suave piel relucía con un color dorado
incluso bajo ese cielo cubierto. Talonixa poseía unos ojos negros y brillantes que reflejaban
inteligencia y que, al clavarse en cualquier protodragón, hacían que incluso el más rebelde
se doblegara ante ella.

Malygos y Neltharion se acercaron al lugar donde estaban posadas Alexstrasza e
Ysera. Al contrario que los demás protodragones, las hermanas habían permanecido alejadas
del resto y no se habían unido a su familia. Algunos miembros de la familia de Malygos se
quedaron estupefactos al ver qué compañeros elegía este, pero la familia de Neltharion no
pareció llevarse ninguna sorpresa al ver que optaba por unos amigos tan extraños. De hecho,

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Kalec pensó que parecían un tanto aliviados por no tener que cargar con el impetuoso
protodragón gris.

Coros aterrizó a la izquierda de Talonixa, a poca distancia de ella. Obviamente, se
hallaba sin aliento, pero hizo todo lo posible por transmitir la sensación de que se encontraba
tan sereno como Malygos.

—¡Han venido más! —exclamó Talonixa—. ¡Somos tantos! ¡Sí, repítanlo! ¡Somos
tantos!

Un coro de voces de protodragones repitió esa letanía una y otra vez. Kalec
compartió la frustración que dominó a Malygos cuando este se dio cuenta de que los
protodragones se estaban arriesgando a que su escondite quedara expuesto al seguir las
órdenes de su líder, de Talonixa. Si bien era importante ser muchos y fuertes, también lo era
tener sentido común, el cual no parecía ser el más común de los sentidos entre todos ellos,
eso era obvio.

—Quiere pelear —masculló Ysera—. Eso no es bueno. La paz es mejor.
Aunque parecía tan decepcionada como su hermana, Alexstrasza se mostró en
desacuerdo.
—Debemos luchar… pero no como quiere Talonixa.
—Si luchamos… ¡moriremos!
Mientras ambas hembras discutían, Coros se acercó disimuladamente a Talonixa
para susurrarle algo. Esto llamó la atención de Malygos, quien intentó aguzar el oído pero
no oyó nada. Kalec también se sentía muy frustrado, pues no confiaba en Coros mucho más
que su anfitrión.
Talonixa lo escuchó atentamente y, a continuación, indicó a Coros que se retirara
con un leve siseo. Este volvió a ocupar el lugar donde había estado antes, satisfecho al
parecer con la información que le había proporcionado a la enorme protodragona, fuera cual
fuese.
—¡El norte está vacío! —proclamó—. ¡Ahí no hay no-muertos! ¡Además, hemos
dado con el rastro de Galakrond!
La mayoría del resto de protodragones recibieron con alborozo estas noticias,
asintiendo y profiriendo tenues siseos. No obstante, hubo otros que no se las tomaron con
tanto agrado. Malygos sintió cierta satisfacción al comprobar que otros también dudaban.
Aunque se centró en uno en particular, fue Kalec quien reconoció primero al macho
de basta piel marrón; era uno de los que habían ayudado a Malygos y Neltharion en su
confrontación con Galakrond. El macho marrón parecía especialmente perturbado por lo que
Talonixa acababa de decir y por la sumisión hacia ella que mostraban los demás
protodragones voluntariamente. Este apartó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de
Malygos.
Talonixa volvió a hablar:

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—¡Pronto lucharemos! ¡Pronto seremos más! ¡Busquen a otros! ¡Pues sé que hay
más! ¡Marchen! ¡Vuelvan con todos ellos cuando las lunas sean totalmente redondas!

Aunque a Kalec le dio la impresión de que la reunión estaba acabando de una manera
abrupta, supo rápidamente a través de Malygos que, en un principio, tales reuniones de
protodragones eran muy poco habituales, lo cual era un síntoma de la enorme magnitud de
la amenaza y de la gran influencia que Talonixa ejercía sobre ellos, ya que muchos se habían
presentado ahí enseguida. De hecho, a pesar del peligro que corrían todos ellos al marcharse
de ahí, varios protodragones parecieron sentirse aliviados al partir. Otros se dedicaron a guiar
a sus bestiales hermanos fuera de ahí, una escena que despertó una vez más la curiosidad de
Kalec sobre la extraña evolución que estaban experimentando los protodragones.

Una evolución que tendría muy poco futuro a menos que pudieran derrotar a ese
voraz coloso que se había alzado entre ellos.

Malygos observó con la mirada perdida lo que Coros estaba haciendo. Al contrario
que los demás, permaneció cerca de Talonixa. Y mientras esta se preparaba para echarse a
volar, el macho verdeazulado se aproximó sigilosamente a ella para hablar.

Como no se fiaba para nada de su rival, Malygos hizo ademán de dirigirse hacia
ambos, pero entonces Neltharion se interpuso entre el anfitrión de Kalec y esa pareja.

—¡Amigo Malygos! ¿Has visto a ese macho marrón?
En ese instante, Coros miró en su dirección y esbozó un gesto de desdén. Talonixa
aprovechó ese momento para despegar. En cuanto Coros se percató de que la hembra que
había sido el foco de su atención había partido, decidió hacer lo mismo un instante después.
Malygos disimuló su enojo y centró su atención en el protodragón marrón…
El mundo se vino abajo. Kalec se sumió brevemente en la oscuridad, pero si esperaba
que eso fuera algo que presagiara su regreso a su propia época, a su propio cuerpo, se llevó
una honda decepción.
Malygos volaba solo de nuevo y el protodragón se mostraba más cauteloso que
nunca. Gracias a una serie de imágenes que cruzaron fugazmente la mente de Malygos,
Kalec entendió rápidamente por qué. El protodragón sobrevolaba las tierras del este, donde
se habían avistado en varias ocasiones a los no-muertos. Sin embargo, al igual que en muchas
otras de sus visiones anteriores, la razón exacta por la que Malygos estaba explorando esa
zona a solas no estaba tan clara.
Tal y como había sucedido con la última zona que el protodragón había sobrevolado,
el paisaje que se extendía allá abajo parecía hallarse desprovisto de toda fauna. Sin embargo,
en ese lugar desolado, tampoco Kalec ni su anfitrión esperaban hallar muchas bestias. Aun
así, Kalec supo que Malygos no había visto absolutamente a ningún animal por ahora.
Tras posarse en un pico bajo, Malygos echó un vistazo a su alrededor. Entonces,
unos pensamientos se adentraron en la mente de Kalec, proporcionándole las piezas que le
faltaban al rompecabezas. Malygos estaba buscando la causa por la que Galakrond se había

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transformado de un modo tan espantoso en un enemigo hambriento que los aterrorizaba a
todos, y la estaba buscando muy cerca del lugar donde ese coloso tenía su guarida.

Kalec se cuestionó la cordura de lo que Malygos deseaba hacer, pero no le quedó
más remedio que rogar que Galakrond se encontrara muy, pero que muy lejos. Aunque
Malygos creía que ese era el caso ambos eran conscientes de que cabía la posibilidad de que
se equivocara.

Al protodragón se le desbocó el corazón por culpa de la tensión mientras se acercaba
al lugar donde se suponía que se hallaba la guarida del coloso. Ahí, los picos eran tan altos
que daba la sensación de que pretendían acariciar ese sol tapado por las nubes. Unas
montañas tan gigantescas debían de estar repletas de cavernas lo bastante grandes como para
albergar a un monstruo del tamaño de Galakrond.

Entonces, allá abajo, algo llamó la atención de Malygos, quien descendió en picado
hacia ello. Al principio, Kalec solo divisó piedras, pero entonces se percató de que una parte
de esas piedras tenía un color perturbador que le resultaba muy familiar.

Esos huesos llevaban ahí cierto tiempo, cuatro o cinco estaciones, probablemente.
Los que resultaban visibles indicaban que ahí yacía una bestia tan grande como un
protodragón normal… Después de excavar la tierra en cierta zona, Malygos descubrió que
realmente se trataba de un protodragón.

Este había perecido violentamente. Muchos de sus huesos estaban destrozados y solo
le quedaba intacta una parte del cráneo, lo cual verificaba que lo que ahí yacía había sido
destrozado con una fuerza tremenda.

Galakrond, pensó Kalec. Esa de ahí debía de ser una de sus primeras víctimas. Si
bien a él este descubrimiento solo le servía para saber cuánto tiempo llevaba Galakrond
realizando esos crueles asesinatos, Malygos, evidentemente, vio algo más en esos huesos.

Aunque nadie había sido testigo de cómo Galakrond reducía a algunas de sus
víctimas a meros cadáveres macilentos que se alzaban luego como parásitos no-muertos,
nadie podía discutir su existencia después de las batallas libradas por Malygos contra ellas.
Aun así, Kalec se preguntaba por qué este protodragón en concreto no se había transformado
también como los demás si había sido víctima del leviatán.

El silencio reinaba en ese lugar, pero en ese instante, algo hizo mirar a Malygos hacia
la derecha. Para Kalec, ahí no había nada que ver. De todos modos, a un protodragón tan
valiente como Malygos no se le podía echar en cara que en tales condiciones se hallara muy
tenso.

Al regresar con los huesos, Malygos apartó con el pie unos cuantos. Casi todos
revelaron que Galakrond había desgarrado y masticado a esa desgraciada criatura.

Brevemente a Malygos le asaltaron unos recuerdos en los que aparecía un Galakrond
mucho más pequeño, aunque también imponente que proporcionaron un a alarmante atisbo
a Kalec de lo mucho que al este había cambiado. En sus inicios, Galakrond había tenido el

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El Alba de los Aspectos

mismo aspecto que cualquier protodragón normal y no había sido lo bastante grande como
para tragarse entero a otro congénere ni por asomo. Además, en esa época, poseía un cuerpo
más esbelto y suave, un color más apagado y en sus ojos no había siempre esa mirada
hambrienta.

Malygos prosiguió hurgando entre los huesos, en busca de pistas. Esa era otra
muestra más (aunque tampoco Kalec necesitaba más pruebas) de lo intricados que eran los
pensamientos mentales de su anfitrión en comparación con los de la mayoría del resto de
protodragones.

De algún modo, esta presa sobrevivió, pensó el dragón azul desencarnado. De algún
modo, algunas sobrevivieron… pero ¿cómo?

El protodragón se tensó de nuevo. Esta vez, Malygos miró hacia el cielo.
Al este, una silueta que ya era demasiado grande a esa distancia como para ser un
protodragón normal se dirigía rauda y veloz hacia las montañas… hacia el lugar donde se
hallaba Malygos.
Las montañas se encontraban demasiado lejos como para que Malygos pudiera
alcanzarlas sin ser visto. Al anfitrión de Kalec no le quedó más remedio que echarse al suelo
allá donde estaba. Pese a que su color no era para nada similar al del suelo, albergaba la
esperanza de que Galakrond no pasara volando tan cerca de ahí como para darse cuenta.
Un aleteo pesado y constante anunció la llegada de Galakrond; se trataba del ruido
que provocaban sus vastas alas al moverse. Malygos sabía que, con cada uno de esos aleteos,
el gigantesco protodragón era capaz de recorrer kilómetros. El aleteo se tomó más intenso
más intenso, más cercano. Malygos y Kalec sabían que Galakrond estaba prácticamente
sobre ellos.
Pero entonces, el aleteo disminuyó. A través de unos ojos entornados, Malygos
observó cómo Galakrond se alejaba de él y se dirigía a las montañas. Sin embargo, justo
cuando el protodragón azul como el hielo se atrevió a respirar de nuevo, Galakrond se
detuvo. El Coloso se quedó flotando en el aire y, de repente, empezó a respirar don dificultad,
como si se estuviera atragantando con algo.
En un principio, ni Malygos ni Kalec no mostraron demasiado interés por qué
Galakrond respiraba tan mal, ya que el aspecto físico de esa gigantesca criatura era lo que
más había llamado su atención. Aunque no podía haber transcurrido mucho tiempo desde
esa visión en la que se habían encontrado anteriormente con Galakrond, Kalec se hallaba
especialmente estupefacto con el hecho de que su enemigo fuera ahora mucho más deforme.
Galakrond no solo tenía más deformidades extrañas, sino que una serie de tumores plagaban
su cuerpo aquí y allá. También tenía unas cuantas manchas grises que hacían que diera la
impresión de que Galakrond se estaba pudriendo.
Pero justo cuando Malygos y Kalec estaban asimilando esa nueva revelación, el
monstruoso y deforme Galakrond vomitó lo que le estaba haciendo pasar tan mal rato.

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Eran cadáveres. Se trataba de más de una veintena de cadáveres decrépitos e inertes
de protodragones, que cayeron hasta conformar una montonera espeluznante en tierra,
algunos incluso rebotaron aquí y allá. Esa escena provocó una honda inquietud en Malygos,
no solo por ser testigo de una espantosa carnicería, sino porque entre esos cuerpos inertes
vio cadáveres rojos, marrones, grises e incluso verdes amarillentos.

En ese momento, Kalec deseó poder vomitar. En toda su vida (en la que había visto
tantos horrores), jamás había sido testigo de algo que lo conmocionara de una manera tan
horrible. Se podía imaginar cómo habían sido los estertores de cada una de esas víctimas y
era consciente de que muchas otras más habían perecido del mismo modo.

De repente, sintió que un temor aún mayor asaltaba a Malygos al contemplar ese
espectáculo macabro. Alexstrasza, Ysera y Neltharion también se encontraban en esa región
y, desde la lejanía, Malygos era incapaz de distinguir si los otros tres se hallaban entre esos
cadáveres. A pesar de que Kalec sabía que los tres habían sobrevivido a esa época, no pudo
evitar compartir la preocupación cada vez mayor de su anfitrión.

Con una última arcada, Galakrond acabó de regurgitar. El gigantesco protodragón se
giró de inmediato y se elevó de nuevo en el aire. Aunque Malygos poseía una vista muy
aguda, o pudo detalle los extraños tumores que plagaban el cuerpo de Ninguno de los dos
pudo determinar si eran la causa o no de la locura de ese coloso: no obstante, Malygos quería
echarles un vistazo mejor.

Pero el anfitrión de Kalec no era un temerario. Aguardó a que Galakrond se alejara
y observó a su enemigo hasta que se desvaneció en la distancia. Entonces, Malygos se atrevió
a elevarse y, acto seguido, instintivamente, bajó de altura una vez más al ver que otros tres
protodragones se acercaban volando desde la misma dirección por la que había llegado antes
Galakrond.

La razón exacta por la que Malygos había decidido esconderse en vez de elevarse y
avisar de lo que sucedía a ese trío era algo que Kalec intuyó, pero que ni siquiera su anfitrión
entendía del todo. Sin embargo, mientras los tres se acercaban, divisó su color y entonces
concluyó que tal vez Malygos había adoptado una sabía decisión.

Los tres protodragones verdeazulados sobrevolaron el paisaje muy decididos, corno
si no les importara hallar ahí su perdición. Malygos observó cómo se acercaban al lugar
donde Galakrond se había detenido en última instancia. En ese momento, reconoció a su
líder: era Coros, lo cual no le sorprendió del todo.

Entonces, uno de los otros protodragones divisó los restos macabros de la última
comida de Galakrond e, inmediatamente, llamó con un siseo a Coros.

Coros encabezó el descenso hacia los cadáveres. Se posó cerca de uno de ellos,
contempló con detenimiento por un momento unos cuantos de esos cuerpos y, acto seguido,
miró en la dirección por la que el leviatán asesino se había marchado.

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Tras proferir un siseo, Coros se elevó en el aire y escogió ese mismo rumbo. Sus dos
compañeros lo siguieron.

Malygos y Kalec observaron incrédulos cómo ese trío perseguía a gran velocidad a
Galakrond. Kalec no consideraba a Coros un suicida y, al leer los pensamientos de Malygos,
pudo concluir que este opinaba lo mismo. No obstante, ninguno de ellos era capaz de dar
con una razón cuerda que explicara por qué Coros estaba dispuesto a arriesgarse tanto. Si
simplemente estaba espiando a Galakrond, lo estaba haciendo de un modo mucho más
temerario que Malygos.

El anfitrión de Kalec se elevó y contempló fijamente esas siluetas que se esfumaban
en lontananza. Malygos no sabía si debía advertir a los tres o abandonarlos a su suerte, a una
funesta suerte. Las animosidades del pasado eran una cuestión baladí en esos momentos,
pues incluso Malygos no deseaba que Coros compartiera el destino que habían sufrido esos
desdichados protodragones…

De repente, un siseo entrecortado brotó de la montonera de cadáveres. Malygos se
olvidó por entero de Galakrond y Coros y se volvió hacia esa carnicería cercana. El primer
pensamiento que cruzó velozmente la mente del protodragón fue que alguna de las víctimas
había sobrevivido. Malygos hizo ademán de dirigirse hacia los cuerpos, para intentar
localizar al superviviente.

Al acercarse, oyó otro siseo desigual, pero este desde una dirección diferente.
Malygos se detuvo y miró hacia allá.

Un tercer siseo surgió desde otro lugar distinto a los otros dos.
Varias de las víctimas se incorporaron y giraron las cabezas al unísono para clavar
sus ojos en el anfitrión de Kalec.
Para mirarlo fijamente… con los ojos vacíos de los no-muertos.

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CAPÍTULO TRES

CAZADO POR LOS

NO-MUERTOS

El protodragón azul como el hielo retrocedió a la vez que batía las alas para huir.

Por desgracia, Malygos no vio que una de las criaturas no-muertas se alzaba a su
derecha. La única advertencia que tuvo fue su siseo.

Una niebla nauseabunda brotó del no-muerto y lo alcanzó en un ala. Malygos rugió
al notar cómo esa gelidez, que ni siquiera él era capaz de soportar, se adentraba en su cuerpo.

A pesar de la agonía que sufría, Malygos respondió al ataque. La escarcha cubrió a
su atacante; una escarcha que habría sido capaz de inmovilizar a muchos adversarios, pero
que solo logró ralentizar a ese no-muerto. Aun así, eso permitió al anfitrión de Kalec tener
el tiempo necesario para poder elevarse en el aire de un salto. Haciendo caso omiso del dolor,
ascendió más y más.

Allá abajo, un coro de perturbadores siseos lo advirtió de que varios de los no-
muertos se habían lanzado a perseguirlo rápidamente.

Aunque Kalec deseaba desesperadamente que el protodragón mirara hacia abajo para
comprobar lo cerca que estaban, Malygos se mantuvo concentrado en su ascenso. Siguió
volando, en busca de las nubes de allá arriba. Kalec entendió al fin que su anfitrión esperaba
esquivar a esos horrores alados gracias a esas turbias nubes, entre las que podría esconderse.

Malygos no se relajó al alcanzar el cobijo que buscaba, sino que viró bruscamente a
la izquierda y, después, tras recorrer una corta distancia, se mantuvo a una misma altura.
Tras él, los siseos de los no-muertos se fueron esparciendo a lo largo y ancho de las nubes.
Algunos parecían oírse muy, pero que muy lejos; otros, sin embargo, indicaban que algunos
de sus perseguidores todavía seguían su rastro de cerca.

Malygos mantuvo las fauces cerradas con (berza mientras respiraba por las fosas
nasales lo mejor posible. Cualquier ruido, cualquier exhalación, podría ser más que

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suficiente para llamar la atención de los no-muertos. Kalec, que estaba obligado a aceptar
cualquier decisión que tomase su anfitrión, volvió a quedarse impresionado ante la
inteligencia del protodragón. A pesar de todo, este Malygos se parecía mucho al Malygos
que había gobernado esas tierras de forma muy sabia durante mucho tiempo. Este era el
Malygos al que un joven Kalec (y todos los demás dragones azules) habían admirado.

Aun así, sigue siendo un protodragón, se recordó Kalec a sí mismo. ¿Cómo puede
ser? ¿Cómo puede…?

De improviso, Malygos oyó otro siseo justo delante de él.
Un cadáver de un color rojo pálido chocó contra el anfitrión de Kalec. El protodragón
no-muerto le lanzó un siseo en la cara y el hedor a putrefacción abrumó a Malygos. Al
encontrarse tan cerca, pudo verle algunos fragmentos del cráneo a través de esas zonas donde
unos jirones de carne seca se le habían caído. Tenía un ojo hundido. Además, le goteaban
unos gruesos mocos por los dientes mientras intentaba morder en la garganta a Malygos.
Alcanzó al anfitrión de Kalec con sus garras y le desgarró las escamas.
Malygos arremetió contra él y agarró con los dientes al no-muerto por la mandíbula
inferior. Con un potente mordisco, el protodragón vivo le arrancó la mandíbula.
Un espeso líquido negro, que en su día había sido sangre, manó de la tremenda
herida, pero la criatura no flaqueó; no obstante, al haber perdido la mandíbula ya no suponía
tanto peligro para Malygos. El anfitrión de Kalec escupió el trozo de carne podrida que tenía
en la boca y, rápidamente, lanzó una descarga helada contra la garganta expuesta de su rival.
Esa gélida niebla penetró en el no-muerto y le congeló las entrañas. El enemigo de
Kalec se retorció y dejó de agarrarlo.
Malygos lanzó su cola hacia delante y le acertó en su torso congelado. El no-muerto
se hizo añicos, y la mitad superior e inferior de su La cuerpo cayeron en direcciones distintas.
La parte de las alas permaneció suspendida en el aire por un instante; entonces, incluso esa
burda imitación de la vida abandonó al cadáver y los restos cayeron hasta perderse de vista
en las profundidades.
No obstante, oyó más siseos mucho más cerca, lo cual indicaba que varios de los
otros no-muertos se habían visto atraídos hasta allí por la conmoción. Con el sabor de la
pútrida carne todavía en la lengua, Malygos siguió avanzando velozmente.
Súbitamente, otro cadáver reanimado surgió de entre esas oscuras nubes,
bloqueándole el camino. Malygos intentó trazar un arco para sortearlo, pero entonces, un
segundo enemigo fue a por él en esa dirección.
El anfitrión de Kalec dejó de aletear inmediatamente y cayó a plomo, colocándose
por debajo de ambos no-muertos.
Pero mientras atravesaba la parte inferior del manto de nubes, Malygos se dio cuenta
de que había escapado de esos dos solo para caer en medio de otros cuatro. Unos rostros

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inexpresivos y hambrientos lo rodearon, logrando así que, por primera vez, Malygos perdiera
toda esperanza.

¡No! ¡Haz algo!, exclamó Kalec en silencio de un modo inútil. ¡Haz algo!
Dos de los monstruosos no-muertos se abalanzaron sobre Malygos, quien solo fue
capaz de esquivar a uno. El segundo lo agarró del ala y el antebrazo izquierdos,
inmovilizándolo así por entero. Los otros tres cayeron sobre él al instante.
Malygos lanzó su aliento contra el que lo sujetaba. Una vez más, el hielo únicamente
ralentizó al no-muerto, pero no lo detuvo. Y aunque ninguno de los cuatro se movía con la
elegante rapidez de los protodragones vivos, lo cierto era que lo habían atrapado.
Kalec notó cómo la certeza de una muerte inminente (o de algo peor) se apoderaba
de los pensamientos de Malygos, a pesar de que el protodragón continuaba luchando.
Entonces, una potente descarga de algo que se asemejaba a la arena impacto contra
la espalda del enemigo que lideraba el ataque. La arena lo golpeó con tanta intensidad que
ese cuerpo decrépito y seco se partió en dos. El protodragón se retorció violentamente
mientras intentaba seguir sujetando a Malygos.
A continuación, se oyó un feroz rugido procedente de otra dirección; uno tan
atronador que, al principio, Kalec y su anfitrión creyeron que Galakrond había irrumpido en
la batalla. Sin embargo, a ese rugido lo siguió la risa habitual de Neltharion, quien alcanzó
en un costado con sus garras a otro de los cadáveres que se aferraban al macho azul como el
hielo.
El siguiente cadáver más cercano se volvió para atacar a Neltharion, pero de nuevo,
una salva de arena impactó contra el no muerto con tal fuerza que la criatura salió despedida
dando tumbos. La descarga vino acompañada por la irrupción de una silueta marrón que
cogió a ese cadáver, que giraba en el aire, por el cuello de un mordisco, atravesando hueso
y escamas con tal fuerza que le separó con esmero la cabeza del torso. El cuerpo revoloteó
de aquí para allá sin rumbo fijo y no se alejó en una dirección concreta hasta que el recién
llegado escupió los demás restos con el mismo asco que Malygos había mostrado
anteriormente.
Como ahora solo tenía que enfrentarse al rival que tenía la espalda rota y a otro
adversario más, el anfitrión de Kalec pudo defenderse mucho mejor. Agarró la pata trasera
de la parte inferior seccionada de la destrozada criatura y la arrojó contra el otro protodragón
no-muerto. De un modo instintivo, la zarpa se agarró a un ala del otro atacante de Malygos,
el cual bajó la guardia, brindando así al macho azul como el hielo la oportunidad de atacarlo
mientras intentaba librarse de la garra.
Esta vez, Malygos dirigió su chorro helado a las alas de su atacante herido y exhaló
hasta que se quedó sin aliento. Una terrible sensación de vértigo estuvo a punto de adueñarse
del anfitrión de Kalec, pero el protodragón hizo todo lo posible por permanecer consciente.

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El Alba de los Aspectos

Las alas se le congelaron e inmovilizaron y, al hallarse cubiertas de hielo, empujaron
hacia abajo al no-muerto. La segunda criatura (a la que todavía agarraba la primera) también
cayó; por desgracia, arrastraron a Malygos consigo.

Mientras los tres caían, Malygos mordió en el brazo a su segundo adversario y se
abrió paso hasta el hueso lo más rápido posible. Detrás del semblante sibilante del primer
no-muerto, Kalec y su anfitrión vieron cómo el suelo se elevaba hacia ellos a gran velocidad.

El hueso por fin se fracturó al igual que uno de los dientes de Malygos. El dolor fue
solo un incordio momentáneo comparado con el que sufriría si no lograba cercenar esa
extremidad a mordiscos. El anfitrión de Kalec le propinó el último golpe de gracia y el hueso
por fin cedió.

Malygos batió las alas con fuerza y le dio una patada al rival más cercano mientras
se alzaba hacia el cielo. Los últimos músculos y tendones se desgarraron haciendo un ruido
horrendo, lo que le permitió desembarazarse de los dos no-muertos.

Los cadáveres reanimados se estrellaron contra ese paisaje rocoso y sus pedazos se
esparcieron en varias direcciones. Para entonces, Malygos, que ya se había quitado de
encima la última zarpa de su enemigo y la había arrojado muy lejos, surcaba el cielo a gran
altura.

Ahí arriba, Malygos vio no solo a Neltharion y al macho marrón en quien tanto Kalec
como él se habían fijado en la reunión de Talonixa, sino también a Alexstrasza e Ysera. Las
hermanas volaban por los extremos opuestos de la zona donde los machos estaban acabando
con sus macabros adversarios, pues vigilaban muy alerta por si se acercaban más amenazas.
Neltharion estaba haciendo picadillo a la criatura a la que combatía. Del adversario marrón
no había ni rastro, lo cual solo podía significar que el recién llegado ya había despachado a
ese no-muerto.

Al acercarse Malygos, Neltharion soltó los últimos restos de su oponente y los dejó
caer.

De todo el grupo, únicamente el macho gris como el carbón parecía animado.
—¡Ja! ¡Hemos ganado!
—Aún podemos perder le recordó el protodragón marrón con una cierta
impaciencia—. Hay muchos más no-muertos cerca…
Alexstrasza e Ysera se unieron en ese instante a ellos tres.
—No vemos nada —masculló la hembra amarillenta—. Solo muerte.
Su hermana le lanzó un siseo, pero Ysera permaneció impertérrita. A través de
Malygos, Kalec supo que Ysera creía que todavía había alguna posibilidad de sellar la paz
con Galakrond. Y tampoco era la única que pensaba así.
Malygos clavó la mirada en el macho marrón.
—Te conozco.
El otro protodragón agachó la cabeza.

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El Alba de los Aspectos

—Soy Nozdormu.
—Has luchado bien.
Neltharion se rio entre dientes.
—¡Casi pelea tan bien como yo!
Nozdormu esbozó una sonrisa fugaz.
—¿Por qué hay tantos no-muertos aquí y ahora?
Tanto a Kalec como a su anfitrión les quedó claro que ninguno más había sido testigo
de nada similar a los que Malygos había vivido antes. Era evidente que nadie había visto a
Coros seguir volando a Galakrond. Por el momento, Malygos optó por no mencionar ese
incidente, ya que el espectáculo dantesco que había visto antes de eso era, obviamente,
mucho más importante.
Por muy listo que fuera, Malygos seguía siendo un protodragón, por lo cual le
resultaba muy difícil hallar las palabras que necesitaba para explicar adecuadamente lo que
había visto hacer a Galakrond con sus víctimas, sobre todo porque cl peligro todavía rondaba
muy cerca. Kalec estaba ya tan unido a Malygos que no solo sintió la frustración del
protodragón, sino que también deseó poder hablar en su nombre.
De manera titubeante, Malygos hizo todo lo posible para explicarse. Aunque dio
descripciones cortas, los huecos que plagaban su relato fueron rellenados con muestras de
pura emoción, lo cual lo hizo más interesante. Dejó a los demás protodragones patidifusos,
incluso a Neltharion. Todos le creyeron, todos comprendieron que debían confiar en
Malygos.
—¿Cómo? —inquirió una apremiante Alexstrasza con gran consternación—.
¿Cómo? ¿Qué ha pasado con Galakrond?
Como Malygos pensaba que entendía a la perfección lo que había pasado, intentó
explicárselo.
—Galakrond debe comer mucho. Pero como Galakrond no podía encontrar mucha
comida y tenía hambre… mucha hambre… decidió devorar a uno de los nuestros.
Aunque a Kalec algo así, en su momento, podría no haberle resultado tan impactante
(ya que, en el pasado, para él los protodragones habían sido unas meras bestias), se dio
cuenta de que tenían unos límites morales similares a los de los dragones. Los protodragones
podían pelear a muerte unos con otros, pero no se comían a sus enemigos. Por muy salvajes
que fueran, esa idea les repugnaba. A pesar de que habían sido testigos de cómo Galakrond
cometía esa atrocidad a gran escala, seguían sin aceptar ese horror.
—Tenía hambre —gruñó Neltharion, distinta cuya actitud normalmente alegre dio
paso a otra muy i por culpa de lo que estaban discutiendo—. Y se comió a uno los nuestros.
Pero ¿por qué ha devorado luego a más? ¡Los rumiantes han venido del norte! ¡Y viste a
Galakrond comer a algunos! ¡Ahora hay bastante comida! ¿Por qué sigue devorando a los
suyos?

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El Alba de los Aspectos

Malygos hizo un gesto de negación con la cabeza. Tampoco ninguno de los otros
tenía una respuesta.

Se oyeron más siseos. Los protodragones dirigieron su mirada al lugar del que
procedían. Aunque sonaban aún muy lejanos, parecían estar acercándose.

—Nos vamos —decidió Alexstrasza. Ya.
Nadie protestó, ni siquiera Neltharion. No tenían ni idea de cuántos no-muertos
podrían atacarlos a continuación. El descubrimiento que había hecho Malygos sobre cómo
se creaban los no-muertos lo había cambiado todo.
Instintivamente, Malygos se puso al frente…
El mundo de Kalec se volvió del revés y, a pesar de que esta vez intentó prepararse
para el salto, el dragón perdió el conocimiento.
Como siempre, la oscuridad lo rodeó fugazmente, aunque en este caso, solo hubo un
breve salto en el tiempo y no regresó a su época.
Los protodragones se lanzaban al ataque, con Talonixa liderando el asalto. Decenas
y decenas de protodragones, que representaban a casi todas las familias que conocía el
anfitrión de Kalec, se sumaron a la lucha. Sin embargo, su enemigo no era Galakrond, sino
varios no-muertos.
Si bien en el pasado Malygos y sus compañeros se habían visto superados en número
por esos monstruos, ahora sucedía justo lo contrario. Kalec comprendió de inmediato que
los protodragones se enfrentaban a una decena de cadáveres reanimados, aproximadamente,
a los que habían arrastrado a propósito hasta el profundo cañón donde se libraba esa batalla.
A través de Malygos, Kalec alcanzó a ver brevemente a Ysera, aunque también era
consciente de que Alexstrasza y Neltharion participaban en el ataque. Nozdormu se había
negado a formar parte de él, aunque no por cobardía. Malygos no sabía dónde estaba ahora
y, en ese momento, no tenía tiempo para preocuparse por ello. Por mucho que sobrepasaran
en número a esas aberraciones, seguían siendo heraldos de la muerte.
El primero en aprender esa terrible lección fue una impetuosa hembra naranja como
el fuego que parecía solo unas estaciones mayor que Alexstrasza. Fue una de las primeras
en atacar y arremetió contra uno de los no-muertos de menor tamaño, que había sido en su
momento un protodragón que acababa de dejar atrás la juventud. Sin embargo, aunque esa
parecía ser una presa fácil y a pesar de que conocía perfectamente los peligros que entrañaba
su enemigo, gracias a los consejos de Malygos y muchos otros, bajó la guardia y quedó
desprotegida ante el «aliento» del no-muerto.
Una nube negra y tóxica envolvió la cabeza y las alas de la hembra. Se la quitó de
encima como pudo y, acto seguido, abrió la boca para lanzar su propia descarga.
De repente, el color brillante de sus escamas se desvaneció allá donde la nube las
había tocado. Su carne se marchitó y la piel se le cayó. En vez de lanzarle una potente salva

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El Alba de los Aspectos

a su adversario, la hembra acabó profiriendo un chillido estridente mientras sus ojos se
tornaban vidriosos.

Malygos y Kalec observaron, brevemente obnubilados, cómo perdía las escamas y
la carne en un abrir y cerrar de ojos. Su cráneo expuesto (con las fauces aún abiertas) se
agrietó y cayó hasta perderse de vista.

El torso y las alas destrozadas, que aún aleteaban débilmente, cayeron a
continuación.

Tras ser testigo de cómo esa protodragona había cometido un error fatal, Talonixa
rugió furiosa desde allá arriba. Acompañada de otro miembro de su familia, se abalanzó
sobre el pequeño no-muerto, al que destrozó por la espalda. Para cerciorarse de que había
acabado con él, la imponente hembra le arrancó la cabeza de un mordisco y luego la escupió
hacia otro de esos cadáveres voladores.

—¡Mátenlos así! ¡No hagan más tonterías!
Su consejo, que estaba basado en gran parte en la información que Malygos y
Neltharion le habían proporcionado antes del asalto, les vino muy bien al resto. Los
protodragones atacaron en grupos de cinco, corno máximo, y cayeron sobre los demás no-
muertos. Un cadáver quedó hecho picadillo rápidamente; otro fue calcinado por entero.
A pesar de lo mucho que insistió Talonixa, todavía sufrieron algunas bajas, que
Malygos esperaba y creía que podrían haberse evitado. Aunque se hallaran muy decrépitos,
los no-muertos poseían una fuerza física sorprendente y una tenacidad sobrenatural.
Además, no tenían que inhalar antes de lanzar esas horribles nubes putrefactas. Esa
espantosa verdad fue descubierta por dos protodragones que dieron por sentado que se
hallaban a salvo después de haber esquivado las primeras descargas. Ambos cayeron todavía
retorciéndose, mientras sus cuerpos se descomponían, trazando espirales hacia el lejano
suelo situado allá abajo.
Otro atacante podría haber sufrido ese mismo horrendo destino, si no fuera porque
Neltharion se dejó caer sobre el no-muerto justo cuando este se encontraba a punto de lanzar
su descarga. El futuro Deathwing agarró al cadáver por la cabeza con sus dos garras traseras
y se la arrancó limpiamente. Pese a que un chorrito de ese gas letal brotó de la herida abierta
en el cuello, el gas no alcanzó a nadie. El protodragón gris como el carbón estalló en
carcajadas a la vez que lanzaba muy lejos la cabeza y se disponía a destrozarle el torso, que
continuaba volando en círculos de un modo caótico.
Malygos negó con la cabeza al ver el entusiasmo con que su amigo mataba. Para el
anfitrión de Kalec, cuanto antes terminara aquello, mejor. No disfrutaba de lo que estaban
haciendo. Al igual que Alexstrasza e Ysera, Malygos aún veía en esas abominaciones el
rostro que tenían cuando todavía estaban vivos. Ellos también eran víctimas. Sí, tenían que
ser destruidos, pero no había ninguna razón que justificara que se regodearan en ello.

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El Alba de los Aspectos

Talonixa realizó el último ataque al exhalar con fuerza sobre un no-muerto solitario.
El relámpago que lanzó provocó que la carne reseca de su presa se prendiera. Pese a que el
cadáver reanimado logró mantenerse en el aire, un segundo rayo hizo trizas ese cuerpo que
ya se desmoronaba, de tal modo que sus cenizas salieron desperdigadas en todas direcciones.

Tras destruir a su enemigo, la enorme hembra dorada rugió triunfalmente. Su grito
fue imitado por muchos otros, provocando que Malygos esbozara un gesto de contrariedad
mientras pensaba en el tremendo ruido que generaban, puesto que, en un principio, habían
logrado atraer a esos no-muertos hasta ahí a base de gritos, o al menos en parte. Malygos se
maravillaba ante el hecho de que Talonixa y sus seguidores no hubieran planeado al detalle
el ataque, pero sabía que no le convenía decir la verdad. Talonixa no toleraba a aquellos que
le llevaban la contraria y ya había dejado marcada la cara a un macho cobrizo por haberla
cuestionado. Además, contaba con varios seguidores muy fanáticos que estaban más que
dispuestos a hacerle algo mucho peor a cualquier detractor.

Por ahora, las hermanas, Neltharion y el anfitrión de Kalec aceptaban las decisiones
de Talonixa mientras discutían entre ellos sobre si tenían otra opción mejor o no. No
obstante, ninguno de ellos había sido capaz de sugerir una vía alternativa de actuación y lo
único que tenían claro era que el tiempo se les estaba acabando rápidamente.

Kalec también podía prever el desastre que se avecinaba y, al igual que Malygos, no
creía que ese breve triunfo presagiara una victoria sobre Galakrond. Kalec se quejó en
silencio de que no pudiera hacer nada al respecto y, en ese momento, se dio cuenta de que
se sentía más afectado por esos eventos del pasado que por sus propios problemas del
presente.

Esto no está bien, pensó Kalec. Esto es un mero reflejo del pasado. ¡Y lo pasado,
pasado está! ¡El futuro es la única batalla que queda por librar!

Aun así, Kalec se sentía tan parte de ese reducido grupo de protodragones corno
Malygos. Cuando Alexstrasza e Ysera hablaban con su anfitrión, era corno si le hablaran a
Kalec. Y lo más sorprendente de todo, cuando Neltharion apoyaba a Malygos, cuando
luchaba con él como un verdadero amigo y camarada, Kalec sentía la misma simpatía que
despertaba en Malygos ese macho gris como el carbón.

Se sentía muy unido a Deathwing… a través de anfitrión que algún día se convertiría
en una gran amenaza para Azeroth. Esa idea estremeció a Kalec, quien se enfureció de nuevo
por lo que le había pasado, aunque todavía esperaba poder regresar a su propia época y a su
propio cuerpo de algún modo.

El Joven Malygos, que ignoraba el apuro en que se hallaba Kalec, estaba más
preocupado por su amiga. Se fijó en que Ysera descendía demasiado rápidamente hacia el
cañón y que su rumbo era un tanto errático. Como no vio a Alexstrasza por ninguna parte,
Malygos optó por seguir a la hembra amarillenta.

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El Alba de los Aspectos

Tras realizar un tremendo esfuerzo, Ysera logró posarse a solo unos cuantos metros
del fondo. Los destrozados restos calcinados de los no-muertos yacían desperdigados a sus
pies. Malygos se le acercó volando por detrás y se percató de que Ysera respiraba con
dificultad. Dentro de Malygos, Kalec (que se olvidó momentáneamente de sus propias
preocupaciones) compartió la inquietud que la protodragona suscitaba en su anfitrión.

Ysera no reparó en la presencia de Malygos hasta que este se halló prácticamente
encima de ella. Incluso entonces, se limitó a contemplarlo con una mirada taciturna y, acto
seguido, siguió esforzándose por recuperar el aliento.

El gélido macho aterrizó junto a ella, pero no dijo nada. Malygos se limitó a observar
a Ysera y se dio cuenta de que desplazaba su mirada continuamente de un trozo destrozado
de carne reseca a otro. Ni Malygos ni Kalec lograron comprender qué era lo que estaba
observando; no obstante, al examinar esos restos más detenidamente, comprobaron que esos
fragmentos pertenecían a miembros de diversas familias, entre las que se encontraban
también las de Malygos y Neltharion, pero no la de Ysera.

—No está aquí… —murmuró la futura Aspecto al fin mientras su respiración se
calmaba—. No está aquí…

Un momento después, Malygos preguntó:
—¿Quién?
—Dralad.
Ese nombre no significaba nada ni para Kalec ni su anfitrión. Malygos aguardó
pacientemente y, unos cuantos jadeos después, vio recompensada su paciencia cuando Ysera
se explayó:
—Era mi hermano de camada…
Malygos lanzó un leve siseo y masculló:
—Está muerto.
—Estos también lo estaban.
Tanto a Malygos como a Kalec no se les había pasado por la cabeza lo que Ysera
estaba sugiriendo.
—Vi su cuerpo —replicó Malygos.
Ella alzó la vista hacia el macho y le lanzó una mirada inquisitiva.
—Mi hermana no lo quemó. ¿Acaso lo destruiste tú?
Malygos negó con la cabeza. Cuando eso había ocurrido, todavía no sabían que
tenían que destruir los cadáveres. A pesar de que esa generación había sido testigo de cómo
los protodragones daban un gran salto a nivel de inteligencia que superaba con mucho sus
pasos evolutivos anteriores, la idea de practicar enterramientos no era algo que se les hubiera
ocurrido aún a esas criaturas. No obstante, Kalec era consciente de que incluso los dragones
modernos preferían descansar eternamente cerca del templo, sin más, al enterramiento.
Y lo más extraño de todo, cerca de Galakrond.

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El Alba de los Aspectos

—Me he fijado en todos los no-muertos —prosiguió diciendo Ysera, a la vez que
extendía las alas. Parecía recuperada de su ataque de ansiedad, aunque no cabía duda de que
todavía se mostraba un tanto recelosa—. Y no lo he visto. No lo he visto.

—Su cuerpo…
—¡No está! —le espetó la hembra. Entonces, con aspecto cansado una vez más, dio
por terminada la conversación tras encogerse de hombros y se elevó en el aire.
El anfitrión de Kalec observó su ascenso. Por lo que recordaba de cuando habían
dado con el cadáver, creía que el hermano de camada de Ysera no se había alzado tal y como
habían hecho muchos otros. Otras de las primeras víctimas también habían permanecido
muertas. Sin lugar a duda, Alexstrasza le había comentado algo similar a su hermana, pero
la actitud de Ysera preocupaba a Malygos… y a Kalec. ¿Acaso cabía la posibilidad de que
las víctimas más antiguas también se estuvieran levantando? Si era así, el peligro que corrían
los protodragones vivos era mucho mayor de lo que habían imaginado.
Malygos sacudió la cabeza con intención de despejarse, pues demasiados
pensamientos cruzaban por ella en esos instantes. Seguía siendo un protodragón, daba igual
lo inteligente que siempre se hubiera considerado. El hecho de que creyera que Alexstrasza
sentía la misma presión que el por su culpa de las mismas preocupaciones no hacía que
Malygos se sintiera mejor. Kalec, que tenía también muchos problemas en el presente,
aunque ahora se encontrara atrapado en esa visión del pasado, podía comprender
perfectamente…
De repente, un siseo apenas audible procedente del extremo sur del cañón llamó la
atención de Malygos. Fue tan corto que ni el protodragón ni Kalec estuvieron seguros de si
realmente Malygos lo había oído o no; no obstante, Kalec, al menos, sabía que ambos habían
creído oírlo.
Malygos reptó sigilosa y cautelosamente hacia el sur. Sus ojos escrutaron
rápidamente todas esas sombras y observaron detenidamente cualquier silueta de gran
tamaño, ya fueran los restos de un cadáver reanimado o algo que resultara ser una mera
piedra. Aguzó el oído para poder captar cualquier nuevo siseo, pero solo oyó el susurro del
viento al atravesar el cañón, un ruido que ambos sabían que no era el mismo que habían
escuchado antes.
Una serie de posibles respuestas recorrieron la mente del protodragón a gran
velocidad mientras avanzaba. ¿Era posible que un no-vivo hubiera conseguido esconderse
de los cazadores? Sin embargo, los cadáveres no solían esconderse. Se dejaban llevar
únicamente por su hambre implacable y siempre andaban en busca de presas, no huían de
ellas. Por otro lado, era posible que ese siseo lo hubiera proferido algún atacante herido. Eso
tenía mucho más sentido, pero entonces ¿por qué nadie había reparado en la desaparición de
ese combatiente herido?

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El Alba de los Aspectos

Aunque Kalec observó a través de los ojos de Malygos, no vio nada. Se cuestionó si
el protodragón había tomado una decisión sabia al ir en busca de la fuente de ese ruido, pero
nada iba a detener a su decidido anfitrión.

Las sombras cubrían la zona que tenía delante. Malygos se detuvo y, a continuación,
se adentró en la oscuridad. Su vista ase fue adaptando a la falta de luz y…

Algo tocó Malygos por la espalda.
El protodragón giró la cabeza. Tanto él como Kalec vislumbraron una pequeña y
fluctuante silueta.
Malygos siseó al sentir, repentinamente, un intenso dolor de cabeza. No obstante,
para Kalec fue corno si todos los truenos que habían caído alguna vez sobre Azeroth cayeran
a la vez en tina sola e inconcebible tormenta. Si hubiera tenido unas zarpas propias, Kalec
se las hubiera llevado a los oídos. Sin embargo, lo único que pudo hacer fue rugir a medida
que ese dolor se tornaba insoportable…
Por una vez, Kalec se sintió agradecido de que la oscuridad por fin lo reclamara como
suyo.

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CAPÍTULO CUATRO

REALIDADES CAMBIANTES

Una vez más, Kalec se despertó empapado en sudor y jadeando. También se

despertó de nuevo con su forma semiélfica. Todo esto no le sorprendió tanto como lo que
vio con sus propios ojos cuando por fin se adaptaron a su entorno y pudo contemplar lo que
lo rodeaba.

Por lo que podía verificar, se encontraba en el mismo cañón en el que acababa de
dejar al joven Malygos.

Kalec se frotó los ojos y volvió a observar ese paisaje rocoso. Aunque se encontraba
bastante cambiado, de algún modo, Kalec estaba seguro de que era, en efecto, el mismo
lugar.

El hecho de que lo tuviera tan claro le preocupó. Kalec había visitado cientos y
cientos de lugares a lo largo de su vida y, si bien algunos de ellos, como la Meseta de la
Fuente del Sol (donde había visto por última vez a Anveena) y el Nexo, le resultaban
obviamente dignos de recordar, no había ninguna razón que justificara que tuviera tan claro
que este era el mismo lugar. Si bien era cierto que Kalec acababa de visitarlo a través de
Malygos hacía solo unos instantes (siempre que se diera por sentado que eso había ocurrido
hacía solo unos instantes), también era cierto que habían pasado incontables milenios desde
que el protodragón había estado ahí realmente y, en ese tiempo, la naturaleza y,
probablemente, otros factores también habían provocado cambios continuos en el cañón.

Aun así, Kalec habría jurado por su propia vida que era el mismo sitio.
Se giró, esperando hallar esa maldita reliquia en el suelo, junto a él. Aunque le
sorprendió no verla ahí, tampoco albergaba muchas dudas de que fuera la responsable de ese
pequeño incidente.
¿Qué clase de maldad estás tornando ahora?, preguntó un apremiante Kalec a esa
reliquia invisible. Aunque no esperaba ninguna respuesta, por supuesto. Solo esperaba más
preguntas, más misterios. Más locura.

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El Alba de los Aspectos

La actitud serena, casi distante, de la que había hecho gala durante su viaje al pasado
se había esfumado completamente al regresar al presente. Ahora todo ese estrés acumulado
había invadido a Kalec con tanta fuerza que este le había acabado propinando, súbitamente,
un puñetazo a un muro de piedra cercano. Si no se hubiera protegido instintiva de la pared,
lo y mágicamente el puño, habrían sido sus huesos, en vez que se habría roto. De hecho, las
piedras que saltaron lo golpearon en la cara, lo cual hizo que el sorprendido exAspecto diera
un paso atrás.

Fue entonces cuando vio unas huellas en ese suelo tan duro.
Sin duda alguna, cientos de miles de bestias y un buen número de seres racionales
habían atravesado ese cañón durante el enorme espacio de tiempo que habría transcurrido
desde el viaje previo de Kalec a ese lugar. Esas huellas podían haber pertenecido a cualquiera
de esos seres, pero una vez más, Kalec sabía que esas no eran unas huellas cualquiera. Las
primeras pertenecían a una criatura bastante gigantesca de aspecto de reptil: a un
protodragón. Seguían la misma dirección por la que Malygos había avanzado momentos
antes de que Kalec se hubiera visto obligado a volver a su propia época y a su propio cuerpo.
Incluso reconoció los sitios donde el protodragón se había detenido antes de entrever esa
silueta fluctuante que se les había echado encima.
Al pensar en esa otra figura, el exAspecto centró su atención en otro conjunto de
huellas situado detrás de esas que, sin duda alguna pertenecían a Malygos. Eran más
pequeñas. Pertenecían a un bípedo calzado con botas o sandalias, como un humano o un
elfo.
Eso le recordó a Kalec la figura del encapuchado envuelta en una capa que había
divisado fugazmente en más de una ocasión, un ser que, de algún modo, estaba relacionado
con la reliquia.
Mientras el dragón azul estudiaba esas, huellas se fijó en que avanzaban mucho más
que las de Malygos. A pesar, le lo antiguas que eran, a Kalec le resultó muy fácil seguirlas
hasta allá donde alcanzaba la vista. Seguían hacia el sur, y cada paso parecía grabado en la
roca solo para que él pudiera seguirlo.
Con cierta inquietud, pero con aún más determinación, pues quería dar con alguna
respuesta, Kalec siguió el rastro de esas huellas, que rápidamente se alejó del lugar donde
Malygos se había encontrado. Kalec se preguntó qué habría pasado en ese sitio y en ese
momento. ¿Acaso el protodragón se había dado la vuelta? ¿Acaso había descubierto qué era
esa cosa hacia la que ahora Kalec se dirigía?
El hecho de que siguiera tan preocupado por algo que había sucedido hacía tanto
tiempo hizo que Kalec se sintiera muy frustrado. Aunque lo único que debería haberle
importado era dar con la manera de evitar las constantes intromisiones en su mente de la
reliquia antes de que esta acabara con su ya vacilante cordura.

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El Alba de los Aspectos

Kalec no sabía muy bien por qué había adoptado la forma que portaba ahora, pero
en ese momento le resultaba bastante cómoda, a pesar de que se vio obligado a trepar por
varias zonas de ese sendero pedregoso, ya que había pasado mucho tiempo llevando ese
disfraz humano en su pasado reciente, sobre todo cuando había estado con Anveena o,
últimamente, al tratar con Jaina. En su día, cuando conoció a Korialstrasz, el legendario
consorte de Alexstrasza, Kalec se había preguntado por qué ese macho carmesí había pasado
tanto tiempo con una forma humanoide, fingiendo ser el mago Krasus. Ahora Kalec lo
entendía perfectamente.

El sendero iba a dar a una zona sombría que le recordó que, en su día, el sol no
llegaba a iluminar gran parte del trayecto que había recorrido siguiendo ese rastro.
Obviamente, se necesitaba mucha fuerza para derribar tantas rocas, así que o bien las huellas
habían permanecido al aire, o alguien se había tomado la molestia de apartar los escombros.

Antes de que pudiera seguir ahondando en esas reflexiones, el rastro giró hacia la
cara rocosa de su izquierda. Kalec frunció el ceño y, acto seguido, vio una estrecha grieta en
la roca, una abertura lo bastante ancha como para que él pudiera pasar por ella en su forma
actual.

Por alguna razón, no pensó que pudiera tratarse de una coincidencia.
La fisura resultó ser más estrecha de lo que había calculado en un principio, así que
se vio obligado a retorcerse para poder pasar. La oscuridad que reinaba allá dentro hizo que
recordara esos momentos tan incómodos, que vivía casi siempre que abandonaba la realidad
para sumergirse en las visiones y viceversa en los que una oscuridad total se cernía sobre él.
Pese a que Kalec se estremeció, siguió avanzando unos cuantos pasos más y, a continuación,
invocó una esfera reluciente.
Bajo su luz púrpura, un protodragón de semblante decrépito lo fulminó con la
mirada.
Kalec se apartó a un lado violentamente, al mismo tiempo que arrojaba la esfera
contra el monstruo amenazador. El exTejehechizos hizo que el simple conjuro de
iluminación pasara a transformarse en un encantamiento de ataque total. La esfera explotó
en cuanto impactó contra el pecho del protodragón, desgarrando su carne reseca.
Un olor a almizcle abrumó a Kalec mientras esa energía mágica ardía en el interior
del protodragón. El exAspecto invocó una nueva esfera más grande, que iluminó la cueva
por entero.
Más de una decena de protodragones, todos igual de amigados, clavaron su mirada
en Kalec, quien se preparó para lanzar un sortilegio muy potente. Entonces, se detuvo al
comprobar que ni aquel al que había atacado ni los demás se habían movido hasta entonces.
Al fin se dio cuenta de que no se trataba de los no-muertos contra los que Malygos
y el resto habían combatido. Simplemente, eran unos protodragones muertos.

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El Alba de los Aspectos

¿Simplemente? Al observarlos más de cerca, Kalec vio algunas diferencias. Cada
uno de esos protodragones sufría alguna deformidad. Aunque no daba la impresión de que
esos defectos fueran el resultado de algo que hubiera sucedido dentro del huevo donde se
gestaron. Kalec contempló a un protodragón que parecía tener una quinta extremidad que le
brotaba de un costado. Otro tenía un tercer ojo justo encima del hombro derecho.

¿Qué clase de exhibición macabra es esta? Kalec observó con detenimiento a aquel
grupo y reparó en que cada uno de ellos había sufrido también alguna herida. Mientras
estudiaba un cadáver tras otro, comprobó que, sin lugar a duda, esas heridas habían dañado
gravemente a esos protodragones, si no los habían matado directamente. Además, el
exAspecto comprobó que esos muertos yacían tinos sobre otros de un modo caótico, como
si los hubieran reunido ahí muy deprisa.

Kalec volvió a detenerse. No albergaba ninguna duda de que la reliquia o el poder al
que esta servía lo había guiado hasta ese lugar, pero ¿qué se suponía que debía aprender de
ese grotesco espectáculo?

Oyó un crujido que le puso los nervios de punta. Al instante, realizó otro conjuro. Se
volvió y se encontró con que el primer protodragón se tambaleaba hacia delante, ya que el
daño que le había infligido la esfera mágica alterada había afectado sobremanera a su
estabilidad. El altísimo cadáver se estampó contra el suelo rocoso y se hizo añicos.

La cabeza rodó hasta detenerse cerca de Kalec, quien la iluminó con la luz que aún
le quedaba a la segunda esfera y por fin reconoció ese rostro de reptil.

Malygos.
Kalec retrocedió estupefacto, negando con la cabeza sin parar. ¡Esto no puede ser
verdad! ¡No puede! ¡No es Malygos! Es imposible…
La cabeza le dio vueltas. Kalec cayó sobre uno de los otros cadáveres, lo que provocó
que este empujara a otro. De repente, todos esos protodragones se le vinieron encima.
Jadeando, el exAspecto hincó una rodilla en el suelo. Con la cabeza baja, aguardó a
que esos cadáveres lo enterraran. Pero cuando eso no ocurrió, alzó la vista con cautela… …
y se encontró arrodillado en su santuario.
Al principio, no se atrevió a moverse. Kalec se estremeció mientras intentaba
verificar si todo cuanto lo rodeaba ahora era real, más real de lo que lo había sido la cueva.
Tenía la absoluta certeza de que realmente había estado en el cañón; sin embargo, eso
significaba que la reliquia lo había transportado de una parte del mundo a otra haciendo un
esfuerzo aún menor que el que tenía que hacer Kalec simplemente para respirar.
Un golpeteo sordo y rápido retumbó en su mente. Al dragón azul le llevó un
momento reconocer sus propios latidos. Al instante, intentó aminorar el ritmo de su
respiración, lo que acabó provocando que su corazón latiera de un modo más normal.

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El Alba de los Aspectos

Pero su entorno no cambió. Kalec, que seguía de rodillas, tocó el suelo. Parecía
sólido, pero lo mismo le había parecido el cadáver sobre el que había caído y la grieta rocosa
que había atravesado.

—Esto es real. Es real —masculló Kalec, quien, de inmediato, se sintió muy
incómodo por el hecho de tener que hablar en voz alta para intentar convencerse a sí mismo.
¡Pero esa cueva también era real! ¡Sí, lo era!

No sabía qué era peor, la idea de que lo estaban obligando a viajar de un lado a otro
del mundo como un pelele o que le hicieran creer que eso había ocurrido realmente. De un
modo u otro, la reliquia seguía invadiendo sus pensamientos de un modo exagerado. El
presente se había convertido en una serie de momentos en cuya estabilidad ya no podía
confiar, mientras que las visiones se estaban transformando cada vez más en lo que parecía
ser la auténtica realidad. No obstante, Kalec sabía que, si se dejaba arrastrar demasiado por
esas visiones, tal vez en algún momento sería incapaz de volver jamás al aquí y ahora.

Kalec se puso en pie y se giró. Ese objeto que tanto le estaba amarando la vida seguía
en el mismo sitio donde recordaba haberlo visto por última vez, irradiando tenuemente ese
fulgor mágico tan peculiar.

—¡Estoy harto de estos jueguecitos! —le gritó—. ¡Dime qué quieres!
A pesar de que la reliquia era capaz de hacer muchas cosas, a pesar de que era capaz
de manipularlo de muchas maneras, había una cosa que aparentemente no podía hacer:
hablar con él.
¿Kalec?
El macho azul dio un respingo. Con los ojos desorbitados, contempló furioso la
reliquia, a la espera de que esta volviera a hablar.
¿Kalec?
Al final, comprendió que esa voz no brotaba de la reliquia, sino que procedía del
interior de su mente. Alguien lo estaba llamando. Kalec era consciente de que debería haber
reconocido esa voz.
—Jaina…
A pesar de que anteriormente se había mostrado reticente a que ella descubriera qué
le estaba pasando, Kalec aprovechó la oportunidad y respondió a su llamada. La archimaga
representaba en parte esa estabilidad que tanto le costaba mantener.
—¡Jaina! —gritó Kalec al aire vacío, solo para darse cuenta muy intentó de nuevo—
. Jaina, te oigo. Espera.
Recobró la compostura y volvió a generar ese agujero en el aire que le permitía
comunicarse cara a cara con ella. A través de él, pudo ver los aposentos de Jaina. Aunque
era ella quien lo había llamado, cuando la imagen de la hechicera cobró forma, pudo ver que
se encontraba agachada sobre una amplia mesa de madera, examinando algún pergamino.

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El Alba de los Aspectos

—Kalec… —La sonrisa de Jaina se esfumó en cuanto esta pesó su mirada sobre el
exAspecto—. ¿Seguro que estas bien?

Aunque él creía que había ajustado su aspecto de un modo adecuado, estaba claro
que, en cierto modo, había sido incapaz de disimular por entero el increíble estrés que estaba
sufriendo incluso en esos mismos momentos.

—Estoy… he estado sometido a mucha más presión de la que me gustaría admitir
—acertó a decir Kalec, mientras pensaba en que debía expresarse con cierta vaguedad, pero
no demasiada—. El Nexo… ya me entiendes.

—No tienes que contarme nada, a menos que quieras. Estoy dispuesta a escucharte,
si eso te ayuda.

Consideró seriamente esa invitación a explayarse, aunque solo por un momento.
Kalec llegó rápidamente a la conclusión de que este era un asunto en el que no podía
involucrar a Jaina, pues corría el peligro de que acabara siendo otra víctima de la reliquia,
corno él.

—Te lo agradezco —respondió por fin Kalec, quien intentaba parecer más relajado.
Recordó entonces que antes la había oído llamarlo. Su preocupación sobre si fuese capaz de
mantener la cordura o no pasó a un segundo plano mientras se concentraba en el problema
urgente que la archimaga quería exponerle—. Pero ya basta de hablar de mí. Necesitas mi
ayuda en cierto asunto. ¿De qué se trata?

Jaina parecía confusa.
—¿Qué quieres decir?
—Sé que intentaste contactar conmigo antes, pero no pude contestarte. No como
ahora.
Una honda preocupación se apoderó del rostro de la archimaga.
—No te entiendo. Pero si lo único que he hecho ha sido responder a tu llamada.
—¿Mi llamada?
Jaina se inclinó tanto que, si hubiera estado de verdad en su santuario y no hubiera
sido una mera proyección, Kalec habría sido capaz de tocarla.
—Desde la última vez que conversamos, me has llamado dos veces. Te he
respondido en ambas ocasiones, pero solo me has hecho caso ahora…
—Te llamaba para…
Kalec se fue de la lengua más de lo que hubiera querido, mientras los pensamientos
revoloteaban velozmente por su mente. No recordaba haber intentado contactar con Jaina en
ninguna de esas ocasiones, sino que recordaba haber oído su voz. Aunque la archimaga
podría estar equivocada, Kalec lo dudaba. Lo más probable era que alguna parte de su
subconsciente hubiera buscado la ayuda de la única persona que creía que sería capaz de
entender su situación, pues ni siquiera quería explicarles la situación a los demás
exAspectos, porque era consciente de que tenían alguna buena razón para no haberle

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El Alba de los Aspectos

mencionado nada de lo que él había aprendido hasta ahora a través de las visiones. Entonces,
se percató demasiado tarde de que llevaba un rato en silencio ante Jaina, contemplando con
la mirada perdida el aire vacío a su derecha. Ella lo miraba fijamente con una expresión de
mayor preocupación que antes, lo cual no le sorprendió del todo.

—Kalec, dime qué va mal.
Intentó dar con una respuesta y le dijo lo único que se le ocurrió:
—La colección es más inmensa de lo que me había imaginado y, al mismo tiempo,
las protecciones mágicas del Nexo están fallando. Me enfrento a una labor hercúlea.
Ella entornó los ojos como si entendiera perfectamente por lo que estaba pasando.
Como hechicera que era (y, sobre todo, líder del Kirin Tor), Jaina Proudmoore era más que
capaz de apreciar los tremendos conocimientos y poderes mágicos que albergaba el Nexo.
También era capaz de comprender los peligros que conllevaba dejar todo eso sin protección.
—Sé que te he ofrecido mi ayuda antes, pero por favor, hazme caso esta vez. Puedo
reunir a unos cuantos magos de confianza y guiarlos…
—No. Aún no. Gracias.
Tras su desafortunada mudanza a Dalaran, Kalec ya no se fiaba de los demás magos,
desconfiaba tanto de ellos como estos habían desconfiado de él. Le resultaba imposible
imaginarse que las cosas fueran a ir bien si ellos andaban merodeando por el interior del
Nexo, y eso sin introducir la reliquia en la ecuación.
Aunque Jaina pareció mostrarse dubitativa ante la respuesta de Kalec, al final asintió.
—Muy bien. Pero mi oferta sigue en pie. Yo me ocuparía de que cualquiera que
entrara en el Nexo hiciera lo que se le ordenara. Ya lo sabeeeessss…
La archimaga y su entorilo se deformaron y distorsionaron. El cuerpo de Jaina se
retorció, y su rostro se estiró hacia delante.
—¿Jaina?
Kalec temía que alguna fuerza la hubiera atacado mientras estaban hablando.
—… maaaaallll, Kkkkkaleeeccc —respondió la archimaga, mientras a su cuerpo le
salían escamas y su santuario se venía abajo, convirtiéndose en un saliente rocoso. Su túnica
se transformó en unas alas y, ante los ojos de Kalec, Jaina Proudmoore se transformó en un
dragón.
No, pensó Kalec. No es un dragón…, sino un protodragón.
—¿Kaaaallllleeeccc? —bramó la protodragona.
No tuvo la oportunidad de responderle, ni siquiera de cortar la comunicación. Acto
seguido, Kalec se percató de que había dejado de estar en contacto con esa Jaina mutada
mientras notaba cómo su cuerpo cambiaba para adoptar una forma más propia de un reptil.
De repente, unos pensamientos distintos a los suyos anegaron y dominaron su mente.
Aunque Kalec intentó rugir, su boca ya no le obedecía. Notó cómo pasaba a un
segundo plano… mientras la mente de Malygos tomaba las riendas.

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