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Poker online - los secretos del - Raul Mestre;Luis Valera

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Published by dandres.898, 2019-07-23 12:01:53

Poker online - los secretos del - Raul Mestre;Luis Valera

Poker online - los secretos del - Raul Mestre;Luis Valera

Raúl Mestre Luis Valera

LA HISTORIA DELPROFESIONALQUE SE JUBILÓ ANTES
DE LOS 3 0 GRACIAS A SU ESTRATEGIA GANADORA





Prólogo, por Juan Barrachina ................................................. 9

Introducción .............................................................................. 15
Capítulo 1. Jugando en la red .................................................. 23
Capítulo 2. Matemáticas y poker .............................................
35
Capítulo 3. Ochenta euros ....................................................... 47
Capítulo 4. Adiós universidad, bienvenido mister Poker ......
59
Capítulo 5. Escribiendo poker ................................................. 75
Capítulo 6. Unibet ..................................................................... 89
Capítulo 7. El Equipo Unibet: los pioneros ..............................

105
Capítulo 8. Los frutos: el que aprende, triunfa ......................
121
Capítulo 9. Enseñando poker ...................................................
137
Capítulo 10. Una conversación en Budapest ..........................
147
Conclusión .................................................................................
157

Introducción ..............................................................................
161
Capítulo 1. Algunas ideas sobre el poker online
.................... 165
Capítulo 2. Poker y dinero .......................................................
169

Capítulo 3. Salas de poker online ............................................
175

Capítulo 4. Un ejemplo práctico para crear una cuenta en
una sala virtual ....................................................................
185

Capítulo 5. Las reglas del juego ..............................................
189

Capítulo 6. Las matemáticas del juego ..................................
203

Capítulo 7. Una estrategia completa: fundamentos .............
217

Capítulo 8. Disciplina y autocontrol .......................................
237

Capítulo 9. Cómo llegar a ser un jugador ganador ...............
241

Resumen ....................................................................................
245

Acerca de los autores ..............................................................
247

e de confesar que contra la tradición editorial
que procura añadir un valor al libro confiando su
presentación a personas de prestigio en el asunto de que
trata, y a riesgo de representar más una resta que una suma
en este caso, no he podido resistir la tentación de ocuparme
de esta tarea. La razón no puede ser más sencilla: de los tres
culpables del libro que el lector tiene en sus manos -a saber:
el protagonista indiscutible del mismo, Raúl Mestre; el
escritor de la primera parte y supervisor del conjunto, Luis
Valera, y el que escribe estas líneas-, es a mí, como inductor
de este libro, a quien cabe mayor grado de responsabilidad.
El mérito es pequeño, pero decisivo.

Había una historia que contar y un personaje que poner
de relieve en el joven mundo del poker español y necesitaba

a alguien que supiera cómo hacerlo y por dónde empezar. Y
aunque no resultaba fácil ni lo uno ni lo otro, la historia
estaba ahí y era contundente:

Raúl Mestre, un joven que se había hecho millonario
jugando al poker en Internet, se había convertido en uno de
los mayores expertos en poker online que hay en España y,
pese a su juventud, en uno de los más reconocidos en el
mundo del poker en general.

Cuando quise poner en marcha un equipo de jugadores
profesionales patrocinados por Unibet, y después de varias
experiencias negativas, pensé en este joven jugador como
entrenador. Y no me equivoqué: el Equipo Unibet, como tal,
ha ganado más torneos internacionales y ha entrado en
premios más que ningún otro colectivo de jugadores
españoles patrocinados por un casino online.

Se trata de un grupo de jugadores formado aquí en
Valencia por Raúl Mestre que no tardó en crear una escuela
virtual, EducaPoker, la cual ha generado en el mundillo del
poker español lo que empieza a conocerse como Escuela
valenciana de poker.

Ellos han sido además los únicos, de momento, que han

desarrollado estrategias de juego originales en España
basadas en las matemáticas del poker y caracterizadas por su
claridad, sencillez de aplicación y utilidad.

Por eso, el libro que les presento cuenta en su primera
parte, de la mano de Luis Valera, la sorprendente y verdadera
historia de un grupo de jóvenes cuya hazaña personal ha
sido aplicar sus conocimientos a un mundo rodeado de
prejuicios y tópicos negativos. Una historia, por tanto,
ejemplar en la acepción más clásica del término, que sirve
además de introducción y de reflexión, no exenta de ironía,
en torno al curioso mundo del poker.

Y en la segunda parte de este libro es el propio Raúl
Mestre quien nos adentra en los secretos para iniciarse con
éxito en la estrategia del poker. Se trata de una bien pensada
introducción dirigida a los lectores que quieran aprender a
jugar y a ganar desde el principio. Después, para
profundizar, tienen a su disposición una auténtica escuela
virtual de poker: www.EducaPoker.com, con contenidos
escalonados en diversos niveles de enseñanza, foros de
discusión y profesores para resolver cualquier pregunta.

Sin duda, este libro va a contribuir a romper el

trasnochado cliché del magisterio de las grandes figuras
mediáticas americanas y europeas (y de las trasnochadas
figuras españolas) en el mundillo del poker generado por los
torneos televisivos y a mostrar el auténtico relevo
generacional que se ha producido en el magisterio del juego.
Los auténticos campeones ya no se forman en torno a las
mesas de los grandes casinos sino en silenciosas batallas
frente a pantallas de ordenador.

Alguien tenía que contarlo.



ienvenidos a la historia de un jugador
profesional de poker. En la cabeza del lector, en este
momento, debe de haber una mezcla de humo, glamour,
riesgo y apuestas inimaginables, tal vez realizadas a causa
del parpadeo involuntario de un rival peligroso o de una
mirada que se desvía de la tuya demasiado deprisa. Las
fichas se encuentran apiladas sobre el tapete verde como
formaciones de ejércitos rivales dispuestos a una lucha sin
cuartel, y los naipes iluminan con sus vivos colores una
batalla aparentemente incruenta, pero tan implacable como
las libradas sobre el terreno castigado por la artillería.

Al menos algo parecido desfiló por mi cabeza cuando se
me propuso escribir esta historia. Y también por la de mi
particular agente literario, que conoce mejor que nadie mi
inconfensable afición a leer y escribir novelas criminales. Sin

embargo, una vez metido en materia, esta sensación duró
apenas un suspiro, porque la historia con la que me encontré
no dejaba de ser tan fascinante como mis tópicas
expectativas, sólo que por motivos muy distintos, incluso
podría decirse que contrarios. Y además, como tantas veces
sucede, la realidad era más original que la ficción. Es muy
probable también que si no me hubiera avalado mi
experiencia y mi formación como historiador, tal vez no me
habrían querido como narrador de esta curiosa historia. No
necesitaban para nada a un escritor de relatos policiales. Los
motivos se harán evidentes al lector.

La cuestión es que en Valencia hay un grupo de
insultantemente jóvenes- que se han convertido en
jugadores profesionales de poker, muy bien organizados y
dirigidos por un líder, que se dedican a jugar a ese poco
recomendable juego de forma casi científica. No sólo viven
de ello, sino que han ganado y ganan muchísimo dinero y, lo
que es peor, no sólo se han convertido en una especie de
acreditados ganadores de numerosos torneos nacionales e
internacionales, sino que han fundado su propia escuela de
poker.

Sí, aquí en Valencia, en Benimaclet por más señas, a dos

pasos de la Universidad Politécnica y a uno y medio del
Campus de Taronjers de la señera Universidad Literaria de
nuestra vieja ciudad. Cuesta creerlo -a mí me costó creerlo-,
pero no tuve más remedio que rendirme a la evidencia una
vez que conocí a Raúl Mestre y a sus amigos del Equipo
Unibet, por un tiempo autodenominado «Equipo A». Ynada
de tonterías televisivas: son tan jóvenes que ni siquiera
vieron aquella mítica serie; su nombre responde a que ya
han debido formar un «Equipo B» de jugadores en reserva.

Sin embargo, lo curioso es que estos chicos apuntan
maneras de gente seria. Cualquiera pensaría que un
veinteañero con éxito en su negocio, profesión o actividad
andaría gastándose el dinero ganado en motos de marca o
automóviles deportivos, o al menos en ropas exclusivas y en
las típicas juergas de las películas americanas de serie B...
Nada de eso. Viven discretamente, practican deportes,
estudian en la universidad o trabajan en otras cosas, bajan a
por el pan como todo hijo de vecino y, una vez adquirieron
sus viviendas propias, lo primero que se les ocurrió fue
montar una escuela de poker, con su local, sus instalaciones,
sus ordenadores y la inevitable secuela de una página web
(www.EducaPoker. con) perfectamente estructurada y
calculada para facilitar el aprendizaje de las estrategias a

todos los interesados en su, digamos, disciplina de trabajo.
¿O tal vez sería más adecuado decir disciplina de
conocimiento? No, eso sería ir demasiado lejos, vamos a
conformarnos con la expresión «disciplina de juego». Verán
que si hay una palabra que no puedo eludir para hablar de
su actividad es justamente ésa, «disciplina». Porque son
personas disciplinadas. Trabajan con ilusión ocho, diez y
hasta doce horas diarias en su actividad de poker por
Internet, en sus actividades en la escuela, en el análisis de
las manos y partidas que disputan, en la preparación de los
torneos en que van a participar, en escribir artículos en la
creciente multitud de páginas y blogs que proliferan en la
red en torno al mundo del poker, e incluso en revistas
especializadas impresas en el inevitable papel couché a todo
color... Todo un mundo que suele pasar desapercibido a la
persona media, e incluso a la persona media informada y
asidua lectora de prensa.

Desapercibidos... Es otra palabra interesante para
describir a Raúl y sus amigos. Nada más lejos de aquellos
personajes clásicos del poker americano de los años sesenta
del siglo xx, como Doyle Brunson o Thomas Austin Presten,
«Amarillo Slim», dos de los legendarios Texas Rounders que
recorrían cada rincón del estado de la estrella solitaria

jugando partida tras partida y sufriendo pequeños arrestos
por desafiar las leyes de Texas; o Benny Binion y tantos
otros, algunos aún en activo frente a las mesas físicas de
poker de los grandes campeonatos, que tuvieron que salir
corriendo de más de un estado por practicar un juego
prohibido o para escapar de algún grupo organizado
receloso por no sacar tajada de un juego que movía un
sustancioso dinero... Incluso nada más lejos de mitos más
recientes como Stu Ungar, Phil Ivey o Phil Hellmuth junior,
cuyo padre ya había ganado todo lo que tenía que ganar en
las primeras series mundiales de los años setenta del pasado
siglo. Para nuestros chicos, ninguno de ellos constituye un
mito o ejemplo a seguir. Todo lo contrario. Son «antimitos»,
una especie de paradigmas negativos. Stu Ungar, por
ejemplo, ganó en la década de 1990 grandes partidas de
poker y torneos millonarios y también se arruinó varias
veces, para terminar perdiendo la partida definitiva que
todos jugamos con la Parca, víctima de las drogas. En
cuanto a Phil Hellmuth junior, otra estrella del rock en el
mundo de los torneos en vivo, «quien en un reciente
reportaje para PokerPlayer.uk aseguró que, a pesar de no
haber tenido buenos resultados en los últimos dos años,
sigue siendo el mejor jugador de NL Hold'em del mundo»,'

para Raúl y los suyos practica un juego moroso y se agarra a
las mesas de los torneos como una lapa, ya que vive de su
imagen mediática y no es más que otro de esos falsos ídolos.
Según Raúl, muchas de las actuales grandes estrellas,
jugadores de la talla de Tom Dwan, Phil Ivey o Patrick
Antonius, juegan en realidad de manera bastante irregular,
ya que sólo funcionan en el poker espectáculo y con
altibajos también espectaculares. Dwan, por ejemplo,
declaraba hace pocos meses que aunque había perdido en
las últimas dos semanas, con motivo de una mala racha, la
espeluznante cifra de 3 millones de dólares, seguía siendo el
mejor jugador ganador del año con 4,3 millones de dólares. Y
todo ello en periodos cortos y en diversos torneos.

Las cosas, desde luego, han cambiado un poco desde los
tiempos en que nacieron las series mundiales y jugaban
unas treinta y dos personas entre un elenco posible de unos
pocos cientos de buenos jugadores. El número ha ido
aumentando progresivamente y en la actualidad juegan en
todos los torneos más de ocho mil personas. Pero en ambos
casos las posibilidades de los jugadores de torneos son
abrumadoras si las comparamos con las que tiene hoy en día
cualquier jugador que se inicie en el poker en la red, donde
tendrá que destacar y ganar entre millones de jugadores de

todo el mundo antes de alcanzar un nivel de juego que le dé
alguna oportunidad en un torneo. Evento que, por lo demás,
no tiene mayor interés que ofrecer un espectáculo atrayente,
porque el poker ha empezado a existir para la gente, fuera de
los tópicos, desde que primero los grandes casinos y luego
las cámaras de televisión descubrieran una modalidad de
juego que permitía el espectáculo. Ésa es la modalidad de
juego Texas Hold'em, de la que hablaremos largo y tendido
en adelante, sobre todo en la segunda parte de este libro, en
donde nuestro protagonista nos introducirá en sus reglas y
es trateg ias .

Para mí el interés de esta historia, más allá del atractivo de
su personaje principal, Raúl Mestre, una especie de
auténtico pionero en nuestro país, reside en una cuestión de
fondo: no sólo la idea de que el poker no es un
entretenimiento de gentes de mala vida, aficionados al
alcohol y al riesgo; ni un juego de azar cuya única reina es la
suerte; ni tampoco un duelo entre personajes adictos al
peligro con poderes intuitivos o adivinatorios; sino que el
poker es una actividad lúdica que requiere inteligencia y
habilidad, y por tanto trabajo, constancia, talento y
conocimiento. La red ha barrido el humo y los tapetes verdes
repletos de colillas, vasos de whisky y los famosos

bocadillos inventados por lord Sandwich. Los que trabajan
con ahínco lo han convertido en una profesión parecida a
los deportes de alta competición del estilo del ajedrez y,
cuando ganan, lo hacen sin necesidad de marcar los naipes,
ni de guardarlos en las mangas, ni de que la diosa Fortuna
les ilumine, porque los que lo enfocan con inteligencia y
esfuerzo lo están convirtiendo en un juego en el que la
habilidad y la experiencia marcan la diferencia.

Y es que los prejuicios, aun cuando pudieran estar
justificados en el pasado, tienen una poderosa inercia. Doyle
Brunson todavía cuenta la anécdota de que cuando empezó
a adquirir fama como jugador de poker en Estados Unidos
había viejos compañeros de universidad que cruzaban de
acera para no saludarle si se cruzaban con él. Amarillo Slim
se complacía en no desmentir las expectativas de sus
contrincantes cuando se sentaban a una mesa de poker
frente a él: «Aquellos tipos pensaban que habías salido
arrastrándote de debajo de una piedra y acababas de montar
un prostíbulo en la carretera y, por supuesto, que ibas a
dejarlos limpios en cuanto se descuidaran. Cosa en la que
procuraba no decepcionarles».2

«Éstos son los primeros tópicos que me pasan por la

cabeza -me confiesa también Raúl- cuando trato de
imaginarme cómo debe de pensar lo que es vivir de esto
alguien que nunca ha jugado al poker. Seguro que me dejo
algunos casos espectaculares: jugarse la casa en una mano
(o la mujer), saber trampear con las cartas, leerle la mente a
los rivales o, más espectacular todavía, poner en juego
cosas que no tienes y cuyo pago probablemente te cueste
algún miembro de tu cuerpo».

«Desde que soy jugador profesional de con sensatez
Raúl-, muchas veces he pensado que la gente no se imagina
lo que es esto. Yo, desde luego, no me habría imaginado
todo esto cuando era un estudiante. Y no creo que la idea
que puedas tener del poker se parezca a la realidad. Desde
luego, ninguno de los tópicos que he nombrado tiene la
menor relación con mi trabajo actual. Y supongo que te
resultará curioso que diga "mi trabajo". Sí, estoy hablando
de jugar al poker. Yno padezco ningún tipo de trastorno que
me obligue a jugar. Juego al poker porque para mí es una
alternativa mejor que las otras opciones laborales que tuve
en su momento, y me decidí por intentarlo. Claro está que no
hablo de lo que puedes ver en las películas. Hablo de
trabajar a través de Internet, de una actividad muy
matemática y, cuando pienso en ello -concluye-, la profesión

más comparable que encuentro es la de broker de bolsa».

¿Broker de bolsa? ¿Aquellos Masters del Universo de
quienes hablaba Leonard Wolf en La hoguera de las
vanidades que juegan a aprendices de brujo? Como en
poker, en la bolsa lo que ganan unos lo pierden otros, salvo
que lo perdamos todos cuando se producen esos
fenómenos de fe colectiva que llamamos burbujas
financieras. No, no me parece una comparación justa: nadie
dejaría a los internautas aficionados al poker influir en
asuntos de tal repercusión. A diferencia de los Masters del
Universo, los anónimos jugadores de poker no perjudican a
nadie más allá de a sí mismos. La tragedia no es que éstos se
parezcan a los brokers, sino justamente lo contrario, que los
especialistas del mercado bursátil nos recuerden a los
jugadores, y muy en particular cuando apuestan con dinero
ajeno y en tan grandes cantidades como para provocar
cataclismos financieros. No obstante, prefiero dejar
aparcado este tema de momento y volver a Raúl.

Raúl trata de justificar por qué ha aceptado que escriba
sobre su experiencia: «Probablemente estés pensando que
sólo soy un ludópata que trata de justificar lo que hace.
¡Aunque tendrás que reconocer que un libro es una forma

bastante poco corriente de justificarse! Intentaré
convencerte de lo contrario explicándote cómo llegó el poker
a mi vida y cómo ha sido el poker lo que me ha hecho
descubrir mi vocación de profesor o de preparador, mi
capacidad para encontrar a jugadores con posibilidades y
poner en marcha una página web, www.EducaPoker. con,
que actualmente es una realidad».

A mí no tiene que convencerme de nada. Estoy
agradablemente sorprendido por haber visto hechos añicos
mis prejuicios acerca del mundo del poker y, la verdad, me
sentí muy interesado por conocer su historia. Ése es el
objeto de este libro: conocer una historia ejemplar. Y para
conocer una historia, cualquier historia, no hay nada mejor
que leerla. Salvo, tal vez, escribirla.

En donde se cuentan los inicios de Raúl con el
Warcraft y el Magic y se hace una descripción del
personaje y de sus circunstancias.

aúl es un joven de 27 años que llama la
atención desde el primer instante por dos notas destacadas:
su estatura, pues mide 191 centímetros y es de esos pocos
personajes que me obligan a alzar la mirada desde mis 184; y
el equilibrio que desprende su mirada aguda y tranquila.

Es un joven que viste con discreción, como hacen los de
su edad. Pantalón vaquero y sudadera deportiva sin marca.
Su rostro es proporcionado, como su persona. Rasgos

nobles, ojos de un color engañoso, casi grises con luz
suave, pero de un castaño oscuro de mirada penetrante
cuando la luz es fuerte. De hablar rápido y preciso, pero no
lo suficiente como para seguir el vertiginoso ritmo de su
pensamiento. Se le ve una persona reflexiva, que piensa bien
lo que dice y se fija en los detalles. Tiene paciencia y
contesta con calma todas mis preguntas acerca de su
persona y su actividad, sin que se le escape mi actitud
todavía incrédula hacia todo lo que le rodea. Me lleva a
visitar su «escuela» de poker, o tal vez sería mejor llamarla
«cantera», ya que en realidad la auténtica escuela se
encuentra en la sede de www.EducaPoker.com. Se trata de un
local muy amplio en el que se han eliminado los tabiques
medianeros y se han instalado unos treinta terminales para
ordenadores sobre amplias mesas de madera de pino, con
acceso a líneas de alta velocidad para navegar cómodamente
por Internet. Hay un detalle que llama mi atención mientras
me da todo tipo de explicaciones técnicas. No tengo que
preguntarle nada, lo capta enseguida. No debo de ser el
primero que ha quedado sorprendido por ello. Sobre cada
teclado se despliegan dos y hasta cuatro amplias pantallas
de ordenador de entre veinte y treinta pulgadas. Están
colgadas como pizarrines digitales frente a los usuarios,

todos ellos jovenzuelos entre veinte y veintitantos años -no
creo que haya ninguno que haya cumplido los treinta-, que
están jugando de cuatro a diez partidas simultáneas en esas
pantallas iluminadas de verde, en diversos casinos virtuales:
PokerStars, Everest Poker, Unibet... Alguien me dice que la
tarde está floja, que lo usual es que jueguen entre seis y
veinte partidas simultáneas. El ambiente es de
concentración, pero los jugadores no vacilan en saludarme y
contestar mis preguntas con paciencia y amabilidad. Saben
que soy el tipo raro que va a escribir sobre ellos y sobre el
Equipo Unibet, unos diez o doce alumnos aventajados que
han salido de la misma cantera en la que están aprendiendo
todos. Algunos ya ejercen como profesores y se dedican al
juego profesional. Y, como Raúl, escriben artículos
especializados y tienen un palmarés de premios en torneos
internacionales. Comprendo la comparación que me hizo
acerca del parecido con la profesión de broker. Agustín
Soriano, que es quien dirige la agencia de publicidad de
Unibet, y me ha acompañado en este primer contacto con
Raúl Mestre y sus socios, tiene unos 30 años y es de talla
superior a la del propio Raúl (parece que se han puesto de
acuerdo para bajarme los humos de tipo alto). Al verme,
observa mi reacción y sonríe: «¿Has visto? -me dice-. Esto

parece Matrix y ellos ni se inmutan».

Intento asimilar lo que estoy viendo, pero hay algo que
me resulta duro: algunos de ellos juegan hasta diez manos
de poker a la vez en diez mesas diferentes repartidas en las
grandes pantallas. Raúl adivina mis pensamientos y me
explica: «Al principio todos jugamos en una sola mesa, o tal
vez en dos. Pero cada mano dura un minuto o un minuto y
medio, y cuando tienes la estrategia básica bien asimilada,
puedes morirte de aburrimiento. Por eso jugamos en varias
mesas, así debes permanecer despierto y pendiente y
aguantas mucho más. El secreto es jugar muchas manos para
evitar que las buenas o malas rachas sean significativas. Si
lo haces bien, cuantas más manos juegues, mejor, porque es
la única manera de que la estrategia se imponga a la suerte».

Me consuelo pensando que yo suelo leer unos dos o tres
libros al mismo tiempo. Luego desecho esas ideas. En
realidad no los leo al mismo tiempo, sino uno detrás de otro,
alternándolos en diversos momentos. Pero ellos juegan de
forma simultánea sin despeinarse, incluso cuando contestan
al móvil o están dándome explicaciones. Así que no vamos a
engañarnos: yo pertenezco a la vieja especie del Homo
sapiens, anclada en lo inteligible, lo intelectual, con la

escritura como conquista clave; ellos son los primeros
ejemplares de la nueva especie: el Homo videns, tal y como
vaticinaba Giovanni Sartori. Sólo que esta nueva especie
humana destinada a dominar el planeta no va a ser un mero
producto de la adaptación a la imagen multimedia, como él
creía, sino de su recombinación genética con las nuevas
tecnologías de la comunicación. Cosa que algunas aptitudes
de mis alumnos adolescentes y de mi propia hija con
respecto a la tecnología digital y a los nuevos lenguajes
¡cónicos (por ejemplo, los videoclips) ya me habían hecho
s o s p ech ar.

Me imagino cómo habría sido Raúl silo hubiera tenido
como alumno terminando el bachillerato unos pocos años
atrás. Contra el tópico, no todos los chicos que juegan por
Internet se vuelven ludópatas, no todos se aíslan, no todos
fracasan en los estudios... Muy al contrario, algunos son tan
buenos en sus vicios particulares como en sus obligaciones
académicas. He tenido chicos y chicas como él sentados en
sus pupitres, delante de mí, en versiones, eso sí, más
adolescentes. Suelen ser tranquilos, algo cerrados y
brillantes en casi todo lo que emprenden. Líderes natos a
quienes, invariablemente, les fastidia su papel de líderes. Lo
mejor que puede pasarles es que haya alguien que los

eclipse. Pero como todos sabemos, no hay ningún
sustitutivo de la inteligencia, por más factorial que sea ésta,
y acaban destacando no sólo por su eficacia, sino por lo
difícil que parece ser influirles. Suelen moverse animados por
una fuerza propia e interior a la que sólo ellos tienen acceso.

La historia de Raúl empieza con unos 14 años, cuando era
un jovencito más o menos parecido al patrón definido más
arriba. Su familia, una familia española trabajadora típica, sin
apuros económicos pero con una vida sencilla. Su padre,
José, actualmente jubilado, fue corrector de pruebas en el
diario Levante durante muchos años; su madre, Concepción,
ama de casa y ocupada en la explotación de las tierras que
heredó de sus padres; su hermano, José, un año y medio
mayor que Raúl, un chico inteligente que le marcó el camino
en los estudios, es informático y trabajaba en una empresa
de desarrollo de software hasta que acabó implicado en los
proyectos de su hermano. Nada de lo que quejarse, sin
duda. Por supuesto, Raúl era un chaval un tanto especial a
quien le encantaban los videojuegos y los juegos de cartas
competitivos en general un poco más de la cuenta. Pero
nada para preocuparse. Sé lo que es eso, los he tenido en
clase y la he tenido en mi casa: mi propia hija era imbatible al
Monopoly cuando tenía 13 años; y al poker -con fichas, no

vayan a pensar lo que no conseguía ganarle haciendo
trampas. Algunos mocosos de 14 y 15 años, entre mis
alumnos, lograban a veces darme buenas palizas al ajedrez
en los campeonatos que organizábamos en el instituto en
cuanto conseguían neutralizar mi experiencia. Por suerte,
siempre he tenido buen perder.

Raúl apuntaba maneras con sólo 14 años. Junto a sus
amigos llegó a alquilar un bajo para quedar, jugar a cualquier
cosa y pasar allí los días. Como cualquier grupo de amigos
que se precie, eran muy competitivos, había piques y
apuestas estúpidas: «Si te gano cuatro partidas seguidas -
me cuenta-, el viernes sales de fiesta con un vestido de tu
abuela». Por lo demás, hacían lo habitual de los
adolescentes: salir, beber, hacer ruido, golpearse unos a
otros -«de buen rollo», especifica con todo lo que les pillase
a mano e intentar ligar con cualquier chica a su alcance.
Vamos, una pesadilla para los vecinos, y nada que pueda
sorprendernos mucho de un grupo de veinte chicos entre 14
y 16 años con un local de treinta y cinco metros cuadrados,
apasionados por el Starcraft y dedicados a librar guerras
galácticas con sus flotas de naves espaciales.

«En aquel bajo -me explica- hubo una revolución cuando

descubrimos que si cada uno se traía el ordenador desde
casa y nos conectábamos podíamos jugar entre nosotros.
Ninguno teníamos Internet todavía, pero fue una revolución.
Vamos, que nos pasábamos el día jugando a juegos que
pensábamos que estaban limitados a ser contra el PC o
contra un único rival. Fue el principio de la era Internet para
mí, aunque la red se limitara a unos diez ordenadores, y me
hizo darme cuenta de que jugar contra las máquinas era
mucho más aburrido que jugar contra personas. Algo que
todos los jóvenes de otros países ya sabían, pero Internet
llegó a España con bastante retraso».

La llegada de Internet a su vida fue un paso de gigante:
mucha gente con la que competir y grandísimos torneos en
los que participaban los mejores del mundo. «Era joven,
lleno de energía, activo y con ganas de competir. ¿Se nota
que hablo de mí mismo con 16 años?», me pregunta. Ya ven:
era «joven» con 16 años. Si no midieras 1,91 -pienso
rencorosamente- te acababas de ganar un capón por hacer
semejante pregunta a tus 27 años a un adulto que ha
superado el medio siglo de existencia.

«Sin ningún incentivo -continúa- más allá de la realización
personal y la diversión, empecé a jugar al Warcraft3 como si

fuera mi trabajo». Lo hizo con 17 años, en una etapa en que
tuvo que enfrentarse a otro reto importante: acabar el
bachillerato, superar la odiosa selectividad y decidir qué
estudios emprender. Y lo hizo sin descuidar sus
obligaciones, e incluso ganó unas Olimpiadas de Química
cuando cursaba COU (el segundo curso de bachillerato
actual). Sin embargo, aunque Raúl sabía nadar y guardar la
ropa, su pasión estaba depositada en una actividad que
ponía a prueba sus mejores habilidades y que no parecía
someterse tan dócilmente como el otro juego, el de sus
obligaciones cotidianas, a sus capacidades. Y no hay que
extrañarse de ello. Para quien no lo sepa, el Warcraft3 es un
juego de estrategia militar que deja en mantillas a los
wargames de mesa de mis tiempos de veinteañero. Hay que
entender que en un wargame de aquéllos debían tomarse
decisiones militares sobre el teatro de operaciones en
condiciones que reproducían batallas o campañas históricas,
con unos recursos determinados y un factor de azar muy
reducido y ponderado que intentaba emular las condiciones
reales. Los manuales de instrucciones de los wargames,
recuerdo por ejemplo el de las campañas napoleónicas o el
de la Operación Barbarroja de Hitler (la invasión de la URSS
en el verano de 1941), podían rozar las cien páginas, y las

partidas, necesariamente interrumpidas por las obligaciones
personales, acumulaban polvo durante varias semanas sobre
la mesa del estudio. Sin embargo, en el Warcraft3 los
jugadores no se limitan a mover sus tropas como si fueran
mariscales de campo, pues sus decisiones implican
responsabilidades propias de estados mayores y de
gobiernos, e incluyen la producción de municiones y
armamentos, la intendencia militar, y el entrenamiento y
puesta en funcionamiento de nuevas divisiones. El jugador
de Warcraft3 tiene que lidiar en varios frentes sin
equivocarse, casi como Winston Churchill y su gabinete en
plena Batalla de Inglaterra, por poner un ejemplo que resulte
lo bastante estresante. Y todo en condiciones intensivas,
donde el factor tiempo es clave. No tiene nada que ver con
ponerse a los mandos de un avioncito y apretar el
disparador de la ametralladora mientras se efectúan giros y
cabriolas para eludir el lento fuego enemigo con los mandos
de la PlayStation.

«Jugué al Warcraft3 hasta que se me cayeron los ojos -
confiesa-. Conseguí ser uno de los mejores jugadores, si no
el mejor, a nivel nacional, y un jugador sólido a nivel
europeo. Dedicaba más de diez horas al día a mejorar mi
juego, a pensar sobre la técnica y táctica de cada partida, y a

ver replays [partidas repetidas] de los mejores jugadores del
mundo. Y hay que reconocer que era una actividad
agotadora. Libraba mis batallas con un grado de
concentración tal que me impedía estar al máximo nivel
durante más de cuatro horas seguidas, y hasta llegaba a
producirme jaquecas. Debo reconocer que ahora, cuando lo
pienso, siento una mezcla de admiración y vergüenza».

La época del Warcraft3 le duró unos dos años, mientras
seguía sus estudios universitarios de Química en la
Universidad Politécnica de Valencia sin mayores problemas.
Cosa meritoria, porque los dos primeros años de la
Politécnica suelen ser de infarto para la mayoría de jóvenes
de su edad, y más todavía desde la extinción del BUP y el
reinado de la LOGSE, puedo asegurarlo. Por suerte para
Raúl, él perteneció a las filas de los últimos mohicanos del
BUP. Sin embargo, la crisis le llegó a Raúl a los 19 años por
derroteros ajenos a las aulas: «Llegó un punto en el que no
era capaz de mejorar más en el Warcraft. O, mejor dicho, no
era capaz de mejorar lo bastante rápido para alcanzar a los
mejores del mundo. Seguían siendo mejores que yo. No era
capaz de llegar a su nivel. Y no era sólo que ellos pudieran
dedicar más tiempo que yo (lo cual era cierto en el caso de
algunos), sino que sus reflejos y aptitudes innatas eran

superiores. Yo era tan bueno como el mejor en la parte
táctica de la partida; entendía (y puedo asegurar que era
bastante más complejo que las peores asignaturas de mi
carrera) las implicaciones a nivel económico de las
decisiones en las partidas. Pero en un videojuego a tiempo
real es muy importante el ser capaz de controlar muchísimas
cosas en milésimas de segundo. No es que yo fuese por
completo inútil en eso, pero había gente mucho mejor y
simplemente no era capaz de estar a su altura».

Para su ego fue un golpe muy duro. Había fracasado en
una actividad a la que había dedicado toda su energía
mental, todo su tiempo y todo el esfuerzo que era capaz de
aportar para ser el mejor. Sin embargo, como suele suceder
con todos los fracasos, si es que esta experiencia puede
calificarse así, de ellos se aprende mucho más que de los
éxitos. «Aprendí muchísimo -me dice- gracias a estamparme
miserablemen te en mi intento de ser el mejor en algo que
escapaba a mi capacidad. No sé si esto te ha pasado alguna
vez. Hay que ser sincero con uno mismo, decirte que has
llegado hasta donde has podido y admitir que otros son más
capaces que tú. En cierto sentido es doloroso, pero es algo
que te ayuda a tomar mejores decisiones en el futuro. De
hecho, como ya sabes, me ha sido bastante útil en el poker».

Cuando Raúl comprendió que ser el mejor en el Warcraft3
excedía sus posibilidades se desanimó bastante. En ese
momento contaba 20 años, acababa el verano e iba a
comenzar un nuevo curso de su carrera: segundo de
Química. Dejó el mundo de los videojuegos de forma brusca
y lo compensó dedicando más tiempo a los juegos de cartas
coleccionables. Se interesó por el más conocido de ellos: el
Magic: The Gathering. Una vez más, no se equivoquen si no
conocen este juego. El Magic, para muchos de sus adeptos,
no es un simple juego de cartas inspirado en fantasías
medievales y en ese género que conocemos con los
términos de «espada y brujería». Es casi una religión, un
universo paralelo en el que te juegas algo más que el triunfo
en una complicada y abstracta guerra ficticia -piensen en el
universo del ajedrez-. En el Magic parece que te juegues el
alma, estés en el bando que estés, porque creas una historia,
casi una vida paralela, y lo haces no sólo con tus recursos
intelectuales, sino con tus opciones éticas. En ese mundo
imposible evocado por un tarot de fantasía, la mentira, la
traición, la lealtad y el valor juegan sus bazas junto a la
imaginación y la inteligencia. Es como si alguien nos
encantara y arrojara después al escenario de El señor de los
anillos con muy pocos recursos y sin ningún guión o

destino preestablecidos. No puede negarse que tiene su
cosa.

Por entonces a Raúl los estudios le iban bien, sin
demasiado esfuerzo, y como tanta gente en este país había
iniciado una carrera universitaria sin ningún tipo de
vocación profesional concreta. Nada muy preocupante, lo sé
por experiencia, salvo cuando te paras a pensar en ello y te
entra el agobio. Razón por la cual procuras no planteártelo.
En su grupo de amigos las cosas eran igual, lo cual le
proporcionaba una ima gen de seguridad y normalidad. Por
lo demás, jugaba en el equipo de baloncesto de su barrio y
tenía una vida de lo más corriente. Nada hasta ese momento
hacía sospechar que el joven como tantos otros que era Raúl
en esa época, pese a su brillantez como estudiante, fuese a
acabar dedicándose al poker para ganarse la vida.

Con el Magic, el proceso del Warcraft se repitió, pero con
algunas diferencias importantes. En primer lugar, en los
videojuegos de estrategia a nivel competitivo el mejor
jugador gana el 99 por ciento o más de las veces en las que
se enfrenta a un jugador peor. Es algo parecido a lo que
sucede en el ajedrez, donde por mucho que uno juegue
contra un gran maestro no le puede ganar, salvo si nos

decidimos a secuestrar a su esposa o le provocamos un
infarto. La fuerza de los jugadores en el ajedrez es un dato
casi siempre definitivo. En los juegos de cartas como el
Magic, sin embargo, las cosas no funcionan así. El mejor
jugador suele ganar un 70 u 80 por ciento de las veces,
incluso un 90 por ciento en algunas situaciones muy
favorables, pero siempre existe un margen para perder contra
un rival peor. Sin embargo, el mejor jugador sigue teniendo
una indudable ventaja. No sólo posee una destreza
demostrada, sino que acumula una inapreciable experiencia.
El matiz reside en que esa ventaja no se transforma en un
muro infranqueable para los nuevos aspirantes. Algo muy
importante para los que se inician en el juego. Por otra parte,
el Magic presentaba un aliciente extra para un joven de su
edad: era una actividad con la que viajar resultaba muy fácil,
ya que la clasificación en cualquier torneo «profesional»
incluía los gastos de estancia y desplazamiento. En otras
palabras, existía un doble aliciente: no sólo pagaban gastos,
sino que el hecho de trabajar con porcentajes de éxito más
accesibles daba oportunidades. Estas peculiares
circunstancias del Magic habrían de resultar a Raúl muy
útiles también para el poker algún tiempo después.

«Por otro lado -me explica Raúl-, el Magic no es un juego

a tiempo real. Es decir, tardar una décima de segundo o cinco
segundos en tomar la decisión correcta no es tan importante
como en un videojuego a tiempo real, siempre que sea la
decisión adecuada. En este sentido, gran parte de la
desventaja que tenía en los videojuegos desapareció, y
volví a sentirme capaz de ser muy competente en otra
actividad».

«Las cosas me fueron bien con el Magic -me sigue
contando-, y en mi primer torneo serio cobré unos 3.000
dólares por un premio que daban al mejor principiante (acabé
en séptimo puesto de la clasificación general, pero el primero
en el ranking de amateurs). Desde este momento, gracias al
Magic viajé muy a menudo. Estuve (de hecho,
probablemente todavía estoy) en las primeras posiciones de
los rankings a nivel nacional y europeo. Sin embargo, pese a
todo, la compensación económica era insuficiente, pues
debía afrontar gastos extra muchas veces excesivos para un
estudiante sin trabajo, como comprar un ordenador portátil y
pagarme una conexión a Internet».

Sí, los gastos podían resultar algo excesivos para un
estudiante. Cuando Raúl y alguno de sus amigos viajaban
para disputar uno de aquellos primeros torneos, solían

compartir hotel para ahorrar un poco. Buscaban además
algún régimen de media pensión o la posibilidad de comer de
menú, pero los torneos a veces se disputan en lugares caros
y con pocas alternativas. Eso fue lo que les ocurrió en el
Torneo Nacional de Magic de 2002, celebrado en el crudo
febrero de Alcalá de Henares. No es difícil imaginárselos
horrorizados ante precios de 100 euros por noche,
decidiendo dormir en algún cajero, con ayuda de cartones,
muertos de frío en la helada y vieja Complutum. Y verles
sorprendidos ante otros competidores del mismo torneo que
se habían adelantado a su idea y ocupado el mismo cubículo
en una ciudad con todas las plazas de pensiones y hoteles
más modestos ocupadas. Menos mal que salieron del aprieto
gracias a la generosidad de otro de aquellos frikis
apasionados del Magic, que los llevó a su hotel y compartió
la moqueta de su habitación con ellos. Porque el Magic,
como confiesa el propio Raúl sin inmutarse, es un juego de
frikis. Extraña palabra que los jóvenes manejan con soltura y
que parece corresponder a nuevas subespecies urbanas
surgidas de la reciente evolución conducente al Homo
v id en s .

El nuevo espécimen no tiene nada que ver con nuestros
viejos tontos, paletos, bobos o flipaos. Los frikis (del inglés

freak, «anormal», «inusitado», o freaky, «peculiar») suelen
ser muy inteligentes pese a la fama de alelados que les
rodea. Ya dije antes que esa cualidad humana insustituible
que llamamos inteligencia es, sin embargo, factorial, y si un
genio en las matemáticas puede ser casi un retrasado en
habilidades sociales o en destrezas manuales, los frikis
pueden ser también muy hábiles en sus propios universos
mentales y desenvolverse con maestría en ellos. Por eso
pueden sumergirse con tanto entusiasmo en sus mundos
fantásticos, poblados de caballeros y dragones, o samuráis
y señores de la guerra, y entrar en historias cuyo decurso
está abierto a su propia habilidad. El problema de los frikis
no es, en cualquier caso, entrar y manejarse en sus
universos alternativos. Su problema es volver a la realidad
convencional. Por eso, si me preguntara la Real Academia de
la Lengua qué voz en castellano se ajustaría más en recrear
ese término, sin duda, contra la voz por la que se ha optado
-«peculiar»- elegiría la palabra «atrapados». Pero pierdan
cuidado si no están de acuerdo, porque no me lo van a
preguntar.

Sin embargo, el Magic no atrapó a Raúl. Ni siquiera el
poker ha conseguido hacerlo en realidad. Raúl no parece ser
el tipo de persona que se deje atrapar por nada. Por nada

que no sea esa secreta e íntima pulsión a la que me referí
antes y que tiene que ver con los retos. Y el nuevo reto se
presentó en forma de un amigo, Simón Muñoz, un joven del
que luego trataremos, que le habló de un juego que estaba
triunfando en Estados Unidos y con el que mucha gente,
joven por más señas, estaba ganando mucho dinero. Seguro
que adivinan de qué estoy hablando.

En donde se cuenta que cualquiera puede jugar
pero no ganar. Yse habla del azar y la necesidad, de
poker y de ajedrez, y de cómo es necesaria una
disciplina alimentada por una curiosidad racional y
una práctica intelectual.

i creen que Raúl, que contaba 21 años aquel
junio de 2002, se dejó convencer por las tentadoras palabras
de su amigo, están muy equivocados. «No le hice caso en
absoluto -me aclara-, y ni siquiera me planteé la posibilidad
durante un sólo segundo. La idea de jugar al poker me
pareció oscura, propia de ambientes de bares llenos de humo

y gente peligrosa. Nada con lo que yo quisiera guardar
relación alguna. Vamos, como lo que imagino que habrás
pensado tú mismo al empezar a escribir este libro».

No puedo negar que tenía razón. Sin embargo la realidad
es tozuda y muy eficaz en desmantelar los prejuicios. Sólo
unos meses después, en pleno verano, otro amigo, Juan
Navarro, hoy policía nacional, fue a su casa a pasar unos
días e instaló un programa de poker en su ordenador. Allí lo
observó jugar durante unas horas y le resultó curioso oír
sus explicaciones respecto a lo que estaba pasando en la
pequeña pantalla. Incluso tenía un libro de poker y se lo
prestó: Winning Low Limit Hold'em. Algo parecido a «Cómo
ganar al Hold'em Limit» (una variante del Texas Hold'em en la
que las apuestas están limitadas). Su amigo insistió en que
se le daría bien y que no perdía nada por leerlo. Ya saben
que todos tenemos amigos con dotes adivinatorias para
cualquiera que no sean ellos mismos, aunque en este caso
nadie puede reprocharle que no acertara de pleno. Raúl tomó
la decisión de probar: «Total -pensé-, ¿que daño me iba a
hacer leer un puñetero libro?».

En ese primer libro conoció, no sin sorpresa, los
conceptos matemáticos básicos que hay detrás del Texas

Hold'em, la modalidad de poker que se ha extendido tanto en
la actualidad. Conceptos que le resultaron no sólo familiares,
sino casi triviales para un estudiante de ciencias. En la
segunda parte de este libro se pueden leer los mismos
conceptos básicos que Raúl aprendió en su momento, pero
con más comodidad, sin necesidad de leer un libro en inglés.

Sin embargo, antes de continuar con la historia de Raúl
tenemos que hacer un alto y contar algunas ideas básicas
sobre qué es eso del poker, dónde y cómo surgió, y en qué
reside su gracia, si es que hemos de reconocer que tiene
alguna, dada su sorprendente y creciente popularidad.
También analizaremos hasta qué punto es un mero juego de
azar o implica importantes habilidades humanas más allá de
observar los «cantes» de los jugadores contrarios.

En primer lugar, los datos sobre el origen de este juego no
están nada claros. Su origen remoto nos conduce al año 969
bajo la forma de un peculiar juego de cartas, algo parecido al
dominó, en la China imperial. Hay quien quiere reconocerlo
hacia el año 1200 en Egipto, como un juego ya un poco más
evolucionado, hasta que en el año 1500 los persas empiezan
a popularizarlo bajo el nombre de «Nas». Los mismos persas,
viajeros y comerciantes por excelencia, llevaron el juego a

distintos confines del mundo, entre ellos a los puertos
europeos. Pero no hay nada seguro en todo esto. Su origen
próximo sí que está, al parecer, relacionado con un juego de
origen francés importado por marineros y colonos franceses
a Nueva Orleáns, entre finales del siglo xvüi y prin cipios del
xix. El nombre del poker estaría así relacionado con el término
francés poque (golpear), que a su vez tiene que ver con la
palabra alemana poche (que significa también golpear).
Hacia 1800 el juego consistía en un mazo de 20 naipes con
los cuatro típicos palos de la baraja francesa: picas,
diamantes, tréboles y corazones. Cada palo consistía en las
tres figuras clásicas (sotas, damas y reyes, o J, Q, K)
acompañados por el as y el diez (A, T, de ace y ten). Según
nos cuenta Álvaro Mate en su web: «En el año 1843
Jonathan H. Green describe en uno de sus libros, llamado
Exposure of the Arts and Miseries of Gambling, la primera
modalidad de poker donde se jugaba con 20 cartas (A, K, Q,
J, T) entre cuatro jugadores. En el año 1844 el actor Joe
Cowell describe lo mismo en otro de sus libros. Ambos
coincidían en que las jugadas eran pareja, dobles, trío, full y
poker. No había escalera, ni color, ni escalera de color
obviamente. El poker de ases era lo máximo, y elfull se
llamaba así porque era la única jugada que usaba las cinco


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