Raúl les llamé y les dije que dejaba el trabajo y la carrera. Me
dijeron: "¡¿Qué?! ¡Ya hablaremos luego, que estamos en el
cine!". Luego se lo expliqué en casa con más tranquilidad y
lo aceptaron, ya que cuando les prometí que era sólo un año
les tentó la idea, ya que parecía muy atractiva. Tuve la
ventaja de que ellos se sentaban en casa a mi lado, a verme
jugar, porque les gustaba verlo, y comprobaban que yo
jugaba con cabeza y no tiraba mi dinero porque les explicaba
mis jugadas». Unos padres comprensivos.
José Luis Valero, «Poche» para Raúl y sus amigos, que
había sido soldado profesional entre los 21 y los 26 años,
acogió el poker como una oportunidad. «En verano de 2007
estaba en el paro después de licenciarme y Raúl me ofreció
enseñarme a jugar. Del poker no sabía casi nada, sólo las
reglas más generales, más o menos lo que vemos en las
películas. Para mí fue una alegría por mi situación laboral.
Además de poder trabajar en algo muy distinto a todo lo que
me resultaba familiar, conocía a casi todos los que estaban
jugando al poker en el piso de Raúl y sabía que les iba bien».
Sin embargo, como no podía ser de otra forma, la reacción
familiar no fue de entusiasmo cuando anunció su decisión
de dedicarse al poker: «Al principio mis padres se lo tomaron
mal, no les pareció un trabajo normal, pero con el tiempo se
han dado cuenta que éste es un trabajo mucho mejor que
cualquiera que pudiese haber encontrado después de salir
del ejército y dada la situación económica general».
«Y eso -añade Poche- que confieso que si sabía poco del
poker, del poker en Internet no sabía absolutamente nada. Ni
siquiera que existiera». La única ventaja de la que dispuso
fue una virtud que adquirió en el ejército: «La constancia y
la disciplina fueron los factores más fáciles para mí. Todo el
tema numérico del poker, sin embargo, fue complicado y aún
sigue siéndolo». Lo admite con toda naturalidad, pero
reconoce que se ha sentido recompensado: «Ya desde los
primeros meses, aunque estaba aprendiendo y no sabía bien
qué estaba haciendo, ganaba cantidades de dinero que
nunca había ni soñado, por lo que nunca me he arrepentido
y la verdad es que me siento bastante afortunado».
Los dos únicos entre los pioneros del Equipo A que no
tuvieron ningún problema familiar cuando tomaron la
decisión de dedicarse al poker fueron José Miguel, «Campa»
para los internautas y los amigos, un chico de 28 años que
había abandonado los estudios en COU y se dedicaba a
vender calefacciones de gas natural, y Simón Muñoz,
«Simonvlc» en la red, un joven de la misma edad que para
entonces ya había terminado sus estudios de Ingeniero
Informático y era fundador de empresas en Internet, en
particular www.poker-red.com, una de las pioneras en
España y, en su momento, la más importante dedicada al
mundo del poker en nuestro país. Una persona con iniciativa
propia y el perfil típico de joven creativo de la era
cibernética. Pero no nos engañemos, si ambos pudieron
tomar su decisión sin problemas fue porque ya gobernaban
su vida al menos en parte: habían dejado el nido familiar,
como Simón, o gozaban de cierta autonomía económica,
como José Miguel, aunque continuaran viviendo en casa.
Cuando José Miguel recibió la propuesta de Raúl no lo
dudó ni un segundo: «Hace dos años Raúl me ofreció jugar
al poker y unirme al Equipo Unibet en una llamada de
teléfono, mientras vendía una calefacción. Ahí mismo le dije
que aceptaba sin dudarlo». Con su familia no tuvo tampoco
ningún problema: «Como conocían a Raúl, reaccionaron muy
bien. Actualmente incluso enseño a jugar a mi padre», me
confirma.
Simón no necesitó ninguna invitación. ¿Adivinan quién
fue el amigo que intentó meter a Raúl en este mundo del
poker? Pues sí, bien mirado, si tuviera que señalar en última
instancia a algún culpable de este curioso fenómeno de
grupo de jóvenes tracks del poker, mi dedo conduciría
indefectiblemente a Simón. Bien es cierto que Simón no
consiguió al principio que Raúl le hiciera caso, y hasta que
su otro amigo, Juan Navarro, logró convencerle, no inició su
carrera en el poker. Sin embargo, fue una pieza clave en la
formación del Equipo A bajo el patrocinio de Unibet, aunque
hablaremos de ello un poco más adelante. Simón Muñoz
tampoco hubo de afrontar ningún reproche familiar, pues
había hecho sus deberes y se ganaba bien la vida: «No tuve
ningún a mi pregunta con naturalidad-, porque casi desde el
principio fui incorporando el poker a mis empresas online.
De hecho, los contenidos sobre poker me resultaban más
estimulantes intelectualmente que los eróticos o
publicitarios, así que una cosa fue llevando a la otra y acabé
jugando porque despertó mi interés».
En realidad, como veremos, podemos afirmar que ninguno
de ellos se lanzó sin paracaídas al mundo del poker. Cada
uno a su modo, todos asumieron un riesgo calculado, muy
lejos de tomar una decisión a la ligera. El propio Álex, que se
fue de su casa en circunstancias bastante duras, lo hizo con
cincuenta de los grandes en el bolsillo (perdonen que no
pueda resistirme a los códigos de la novela negra, uno tiene
sus lealtades). Así que la conclusión no puede ser más
evidente en lo que se refiere a los estereotipos sociales:
hicieron saltar el prejuicio en torno al jugador (viejo pecador
o moderno ludópata) del mismo modo en que un jugador en
racha hace saltar la banca. El poker en sus manos es
concebido como un juego de habilidad, en donde el estudio
y el conocimiento se están convirtiendo cada vez más en los
factores claves a costa de la vieja y caprichosa diosa
Fortuna.
Y lo saben: «Soy de la misma línea que Raúl -dice Simón
en una entrevista para Planet Póquer Magazine-, no creo en
el póquer antiguo con sus mitos y leyendas, no creo en esa
importancia de vieja escuela que se da a sus tells [cantes] y
sus intuiciones. El póquer es estudio, y es absurdo
planteárselo como algo en lo que va a triunfar quien haya
nacido con un don».
El número de la revista de Planet Póquer de diciembre de
2008, donde aparece la entrevista a diversos miembros de
nuestro Equipo A, oficialmente Equipo Unibet, dedica varios
artículos a romper una lanza en torno a esta idea: «El poker
no es un juego de azar». Concepto en el que, como hemos
podido comprobar, militan Raúl, Simón y la mayor parte de
los jóvenes de su equipo. Y no digo todos, porque algunos
se encogen de hombros ante la cuestión: les basta con saber
que seguir una estrategia racional permite compensar con
ventaja las malas rachas.
La cuestión es, sin embargo, de bastante trascendencia. A
saber: si el poker no es un juego de azar, sino de habilidad,
quienes lo practican de manera profesional, ateniéndose a
una disciplina y a una estrategia fundadas en las
matemáticas, no pueden ser conceptuados como el resto de
jugadores adictos a la ruleta, el bingo, las máquinas
tragaperras o las poliédricas loterías y apuestas deportivas.
Es más, si esto es así, tal vez habría que revisar los textos
legales que asimilan el poker al resto de juegos de azar y le
dan el mismo tratamiento fiscal. En los Países Bajos, por
ejemplo, el debate saltó a la actualidad como consecuencia
de los trabajos de dos matemáticos: Ben Van der Genugten y
Peter Borm, el primero especialista en Probabilidad y
Estadística y el segundo en Teoría de juegos. La idea básica,
que ya empieza a conocerse como «teorema de Genugten»,
es analizar y calcular la influencia de los factores azar y
aprendizaje en la habilidad necesaria para los diversos
juegos. Genugten considera que ambos factores producen
un efecto inversamente proporcional en la habilidad
requerida por el juego, de forma que en el ajedrez, que sería
un caso extremo, el factor suerte sería igual a 0 y el
aprendizaje igual a 1, por lo que la habilidad sería por
completo responsable del desenlace de cualquier partida;
mientras que en la ruleta, o en cualquier lotería, tendríamos el
caso contrario: el factor aprendizaje sería 0 y el factor azar
igual a 1, lo que significa que la habilidad que se necesita
para ganar es exactamente ninguna. Entre ambos extremos se
situarían los diversos juegos que conocemos. El poker, por
ejemplo, según la fórmula de Genugten (Habilidad = Factor
Aprendizaje/ Factor aprendizaje + Factor Suerte) necesitaría
de una habilidad de 0,4, muy alta si la comparamos con la
necesaria para el Black Jack que sería de 0,049.
No vayan a pensar que me impresionan demasiado estas
matematizaciones de ideas que, en realidad, se basan en el
sentido común y en la experiencia. Lo discutible del llamado
teorema de Genugten reside en el criterio para asignar
valores numéricos a los factores en relación y el que esta
relación sea inversa (cuanto más influye el factor aprendizaje
menos lo hará el factor azar) no es que sea el descubrimiento
de la teoría de la relatividad o de la estructura del átomo. Es
más bien de cajón. Estoy convencido de que Genugten tiene
razón en su tesis general; una cuestión secundaria es si su
cuantificación responde a la realidad o a sus deseos.
Además, este viejo debate en torno a la habilidad y al azar
no es nada nuevo. En el mismo artículo de Planet Póquer del
que extraigo el teorema de Genugten viene un pequeño
recorte muy interesante que no me resisto a contarles: «La
lección de Kentucky». Como saben que a mí la historia me
resulta siempre más convincente que las teorías
matemáticas, la expongo resumidamente: el escritor Mark
Twain, que ejerció de periodista durante muchos años, ya
que tenía la mala costumbre de comer a diario, informó de un
juicio celebrado en Kentucky contra unos adolescentes
sorprendidos mientras jugaban al seven-up (un juego similar
al tute y con algunos rasgos del bridge), un juego de azar
severamente prohibido por las leyes del estado. El abogado
que defendió a los jóvenes, sorprendidos in fraganti, Jim
Sturgis, célebre por su eficacia en los tribunales, no pudo
cuestionar las irrefutables pruebas del fiscal acerca de la
autoría del hecho delictivo por parte de sus representados,
así que basó su defensa en cuestionar que el tal seven-up
fuera un juego de azar y, por consiguiente, como tal
contraviniera la ley estatal. Para ello convenció al juez de
que libraran una partida seis expertos en el juego contra seis
partidarios de que el mismo dependía del puro azar, de tal
forma que si esta tesis era la correcta los resultados en el
juego se igualarían. Tras siete horas de partida, los
jugadores expertos dejaron sin un céntimo a los inexpertos.
Estos últimos hubieron de admitir que el seven-up no era un
«juego de suerte, sino de ciencia», y el juez absolvió a los
acusados no sin dictaminar que «la teoría de la suerte
relativa al seven-up es una doctrina perniciosa, calculada
para infligir un sufrimiento indecible y pérdidas pecuniarias a
toda la comunidad que la adopte». Curioso dictamen que
coincide con extraña perfección con las tesis defendidas por
nuestros chicos del Equipo A respecto al poker.
Yeso es lo que intentan en su escuela de poker: enseñarlo
como un juego de ciencia, no de suerte. Y quienes no estén
de acuerdo que sigan acudiendo a las mesas a perder su
dinero. Gonzalo García Pelayo, el más emblemático
representante en España de los jugadores profesionales de
poker, lo tiene muy claro cuando comenta: «Mis hijos viven
de que el poker no sea un juego de azar».
Sin embargo, estamos muy lejos de extraer las
conclusiones legales que deberían corresponder a esta idea.
En Estados Unidos, patria indiscutible del poker, la Ley
Antijuego (UIGEA: Unlawful Internet Gambling
Enforcemente Act) permite desde octubre de 2006
interrumpir el flujo de dólares a las salas virtuales, y en 2008
a varios estados incluso restringir el acceso de sus
ciudadanos a las salas de juego virtuales, como
consecuencia de la decisión tomada por un juez de ejecutar
la petición del gobernador de Kentucky de restringir el
acceso a 140 dominios online en donde se jugaba al poker.
Este nuevo «Caso Kentucky» muestra la persistencia de
actitudes legales y morales contrarias a la libertad de los
ciudadanos en asuntos relativos a su vida privada bajo la
coartada de protegerlos de vicios como el juego. La puesta
en vigor de la UIGEA traería consecuencias importantes para
la modalidad dominan te de poker jugado en la red y
afectaría a los jugadores europeos que, como Raúl, se
habían iniciado en el poker por entonces. Pero volveremos
sobre este asunto más adelante. Lo que quiero subrayar aquí
es que los prejuicios antijuego están lejos de desaparecer en
las sociedades teóricamente liberales y tolerantes de
Occidente. Y se proyectan desde el neoprohibicionismo
norteamericano manifestado en la UIGEA hasta la legislación
fiscal vigente en la tolerante Europa.
En efecto, en Europa, donde no existen restricciones
legales para acceder a los casinos virtuales, la disparidad del
tratamiento fiscal que los diferentes estados (dentro o fuera
de la Unión Europea) dispensan a los «juegos de azar»,
entre ellos el poker, tanto en los torneos como en la red,
produce fenómenos chocantes. Así nos lo cuenta Juan
Manuel Ortega («Planet Póquer Magazine-12») en su
artículo: «Hacienda gana el brazalete de las WSOP». ¿Que
Hacienda gana un torneo de poker? Pues según Juan
Manuel Ortega parece ser que sí: «El campeón, el danés
Peter Eastgate, hubo de pagar el 72 por ciento de su premio
de las WSOP a su fisco, mientras que el subcampeón, el ruso
Demidov, sólo tuvo que tributar lo mismo que cualquier
ganador en una competición deportiva, al estar reconocido
en Rusia el poker como deporte de competición, con un
estatuto similar al del ajedrez. Resultado: el subcampeón no
sólo ganó más dinero que el campeón, sino que compitió
como un deportista y no como "un perro vicioso"» [sic].
Como pueden ver, no crean que este tema de los
prejuicios antijuego es asunto baladí.
En donde se cuenta cómo Raúl pasa de la práctica a
la reflexión sobre la práctica, y de cómo la escritura
sobre el poker le permite distanciarse para
comprender el mundo del poker: foros, temas,
teorías, ideas...
aúl emprendió su carrera de jugador
profesional como quien emprende una tarea mezcla de duro
trabajo de oficina y proyecto de investigación. No se trataba
de demostrar a sus padres y a sí mismo que no se había
equivocado. A fin de cuentas, cuando cruzó su Rubicón
particular la derrota no lo habría conducido, como a César, a
la severa condena del Senado. Los padres nunca son tan
implacables, y siempre podría haber reemprendido su carrera,
abandonada a comienzos de quinto curso. Tampoco se
trataba de ganar el suficiente dinero, cuestión que ya había
conseguido en parte, como relataremos a continuación. No
era eso, sino algo más importante. Se trataba de demostrarse
a sí mismo y a los suyos que ninguna actividad humana que
suponga habilidad está limitada a la suerte ni tiene su
recompensa al margen del esfuerzo. Se trataba de demostrar
que si utilizaba sus conocimientos matemáticos en su
actividad como jugador, y si lo hacía reflexionando sobre sus
errores y sus aciertos, podría triunfar por encima de los
caprichos de la esquiva diosa del azar. Y eso implicaba, si
hemos de creer las conclusiones de Genugten sobre el
reparto de papeles entre habilidad y fortuna en el poker, que
la única forma de burlar a ese peligroso toro de la suerte en
el ruedo del poker era imponiendo la fuerza de la razón a
base de torear bien.
Dicho de otro modo y bajándonos de la metáfora: jugar
muchas manos, miles y miles de manos, miles de horas
sentado frente al teclado y la pantalla de su ordenador. Y
estar atento, muy atento, a lo que sucedía. Analizar las
jugadas, estudiar las estadísticas de las manos, poner a
prueba las estrategias más adecuadas, comprobar los
resultados, sobreponerse a las malas rachas, arriesgar el
dinero justo y reflexionar sobre todo ello. Un trabajo más
cercano a la humilde paciencia del amanuense que al tópico
descaro del caprichoso jugador clásico.
«Después de tomar la decisión -me confirma- dediqué
todo mi tiempo al poker. Me sentía obligado a demostrar a
mis padres que no estaba vagueando y que convertirme en
jugador profesional era lo mejor para mi futuro. Trabajaba
entre doce y dieciséis horas al día sentado frente a mi
ordenador. No sólo jugando manos online, sino visitando
páginas especializadas en Internet, leyendo artículos,
bajándome programas de estadística y analizando con
cuidado mi forma de jugar. Incluso empecé a escribir
artículos de poker en la mayor comunidad de habla hispana
dedicada a este juego: www.poker-red.com. El fundador de
esta comunidad, Simón Muñoz, era precisamente el amigo
que me habló del Texas Hold'em por primera vez».
Lo cierto es que si no hubiera conocido antes su faceta
como escritor especializado de poker e incluso leído algunos
artículos suyos tanto en www.poker-red.com como en Planet
Póquer Magazine, me habría sorprendido. Su generación no
se caracteriza precisamente por la afición a la literatura,
activa o pasiva. Sin embargo, no puede negarse que
cualquiera que sienta verdadero interés por estudiar algo, es
inevitable que acabe leyendo y escribiendo sobre ello.
«Escribía por dos razones -me explica, asintiendo ante mis
reflexiones-. La primera porque necesitaba combinar mi
tiempo dedi cado al poker realizando actividades más
relajadas que jugar en dieciséis mesas durante doce horas
cada día. Pero la segunda y más importante, porque escribir
me hacía mejor jugador. Me obligaba a ordenar mis ideas, a
argumentarlas de forma coherente y a repasar lo que no
tuviera claro cuando la gente que me rodeaba exponía sus
dudas. Yno me cabe duda -apostilla- de que escribir ha sido
uno de los factores que me han convertido en lo que soy
hoy en el mundo del poker y, a pesar de haber dedicado
muchísimas horas a esto, es algo que volvería a hacer si
tuviera que reemprender mi carrera».
Ya les había adelantado que Raúl se había planteado este
reto como una mezcla de duro trabajo de oficina y proyecto
de investigación. Y sólo unos cuatro meses después de
empezar en serio, todo este trabajo dio sus frutos: en el
verano de 2006 la sala virtual Party Poker invitó a Raúl a
participar en el campeonato para amateurs de Cardiff (Gales)
por ser un buen jugador del Texas Hold'em Limit. De los
treinta y dos jugadores que participaron en la fase amateur,
el campeón podría jugar el torneo para profesionales. Raúl
ganó la fase amateur y quedó clasificado el tercero entre los
ocho mejores jugadores de la mesa final del torneo. Yobtuvo
la bonita cantidad de 52.600 dólares. La modalidad del
Hold'em Limit tenía los días contados como consecuencia de
cambios legales en Estados Unidos a partir de octubre de
aquel mismo año, pero Raúl no podía haber empezado con
mejor pie.
«Me mudé de casa de mis padres (seguían bastante
tensos con el tema de haber aparcado la carrera) y tuve un
año muy rentable. Después de esto consideré enseñar a
jugar a algunos amigos, pero las cosas no eran demasiado
fáciles para ellos. Yo no tenía demasiado tiempo y la
modalidad reina en aquella época, el Texas con límite, era
complejísima para ser ganador en los niveles más altos». La
razón es bastante obvia: los niveles en el poker tienen
mucho que ver con la calidad de los jugadores y con el
riesgo que están dispuestos a asumir. Un jugador aficionado
tiene por motivación esencial pasar un buen rato y distraerse
un poco. Un jugador avezado o profesional desea ganar
dinero. Por tanto el primero entrará en una mesa en la que las
apuestas obligatorias mínimas (la ciega pequeña y la ciega
grande) sean relativamente pequeñas, mientras el segundo
buscará la mesa donde sean más altas. Sin embargo, el Texas
Hold'em Limit pone una barrera, por su propio sistema de
escalonar y limitar las apuestas, para conseguir botes
grandes. Ganar dinero en esa modalidad de poker significa
jugar muchas partidas, muchísimas, y hacerlo bien. En el No
Limit conseguirlo significa tomar tres decisiones; en el Limit,
el triple, pues las resubidas en cada turno de apuestas están
limitadas. Además, restarse (apostar todo lo que te queda)
sólo tiene sentido cuando practicas una táctica defensiva
porque te quedan pocas fichas, menos que los importes
máximos de las apuestas permitidas. En pocas palabras, el
poker se convierte en esta modalidad en un juego
engorroso, como si te empeñaras en avanzar por un suelo
fangoso en el que se te quedan pegados los pies. Aunque a
Raúl no se le quedaran pegados en Cardiff.
Por otra parte, si alguien cree que pese a las muchas horas
de estar sentado frente a un ordenador, en el fondo no se
trataba más que de «jugar» y pasar un rato entretenido, está
equivocado. La mayor parte de la gente que entra en los
casinos virtuales a jugar unas manos, lo hace como
diversión, para relajarse. El simple cambio de actividad de
tus tareas cotidianas para jugar una partida es un alivio
mental y nos proporciona un descanso reparador. Por lo
demás, cuando el esfuerzo necesario de concentración para
jugar se vuelve excesivo, sólo tenemos que levantarnos,
apagar el ordenador y marcharnos a ver la televisión, a hacer
la cena o a dormir. Pero imaginemos que nuestro trabajo
consiste en eso, en jugar, y que jugar muchas horas esté
relacionado con nuestros resultados económicos a fin de
mes. Lo que para cualquiera de nosotros no es más que un
juego, para un jugador profesional es un trabajo, una
actividad que puede volverse tensa y agotadora, al menos
tanto como se nos antoja nuestro propio trabajo cuando
estamos fatigados o cansados. La rutina es uno de los
peores enemigos incluso de nuestros propios gozos.
Y si no están de acuerdo no tienen más que pensar en la
historieta del «huésped caprichoso». Seguro que la conocen
en alguna de las varias versiones que circulan como chistes.
Es muy sencilla: el abad de un monasterio recibió a un ilustre
huésped en su cenobio a quien se veía obligado a agradar
por indicación expresa de la jerarquía eclesiástica. A los
pocos días de su estancia le preguntó si se sentía a gusto y
si había algo en que pudiera influir para que se encontrara lo
más confortable posible. El huésped le aseguró que todo
estaba a su gusto salvo una cosa. El abad le requirió para
que expresara sus deseos. «La comida», le dijo el hombre.
«¿La comida?», se sorprendió el abad, cuyo cocinero, un
monje con mucha experiencia, estaba reputado como
excelente. «Sí, es muy monótona -le explicó el caprichoso
huésped-, muchos pescados y verduras para mi gusto». El
abad meditó y decidió preguntarle cuál era su comida
favorita. El huésped le respondió sin pensarlo dos veces:
«Jamás me cansaría de comer un buen asado de cordero». El
abad le prometió que haría lo que estuviera en su mano para
agradarle y fue a hablar con el fraile que manejaba los
fogones: «Hasta nueva orden -le dijo- prepararás para
nuestro ilustre huésped su plato preferido». El cocinero, que
conocía a su abad, asintió sin rechistar a sus instrucciones.
Pasados unos días, el abad buscó al huésped y le preguntó
si se sentía satisfecho, a lo que el hombre respondió con
entusiasmo que no podía ser más feliz. Unos pocos días
después, sin embargo, vino a buscarlo el cocinero y le dijo
que el huésped caprichoso había vuelto a protestar por la
comida quejándose de que siempre fuera igual. Sin embargo,
el abad le ordenó que siguiera sirviéndole lo mismo. Pocos
días más tarde el huésped llamó a su puerta con rostro
compungido. «¿Qué hay? ¿Puedo ayudaros en algo?».
«Señor abad, sé que habéis ordenado al cocinero servirme
cordero asado a diario para agradarme», le explicó. «Vos
mismo me dijisteis que jamás os cansaría semejante plato», le
contestó el abad disfrutando del momento. «Sí, es cierto -
reconoció el hombre-, pero tanta repetición me ha hecho
aborrecerlo». «Queréis decir entonces que os agradaría
volver de vez en cuando a las verduras y los pescados».
«No podéis imaginar cuánto os lo agradecería». «Bueno -
concluyó el abad-, tal vez lo más sensato sea que dejemos
que el cocinero nos sorprenda. En la variación está el
gusto». A veces pienso que es una pena no haber conocido
esta historia cuando mi hija era pequeña y se mostraba
obsesionada por las patatas fritas.
Volviendo a Raúl, no me cabe ninguna duda de que su
dedicación al poker como jugador profesional no era un
camino de rosas. «Hay varios aspectos bastante duros en
dedicarse exclusivamente al poker como trabajo. En primer
lugar, cuando ya jugaba en mesas con apuestas elevadas,
además de las largas jornadas, los horarios eran muy
incómodos. La mayoría de los rivales eran estadounidenses,
y eso implica un horario de madrugada en España. Un horror,
vamos. Tenía que levantarme a las cuatro de la madrugada y
acostarme a las ocho. Yterminaba agotado después de jugar
miles de manos. Además de horarios duros, tenía todavía la
presión psicológica de estar haciendo algo socialmente
inaceptado, algo sobre lo que mucha gente te ha advertido
que vas a acabar mal y en donde no tienes un sueldo fijo. Y
una mala racha puede hacerte dudar de todo lo que sabes».
Aunque hayamos roto una lanza por la idea de que el
poker no es un puro juego de azar y dependa en cierto grado
de la habilidad, eso no quiere decir que la suerte, buena o
mala, no cumpla su papel. De hecho, lo hace y mucho. Para
Raúl y sus compañeros del Equipo Unibet, como para
cualquier jugador, el azar, la suerte, se presenta en forma de
buenas o malas rachas. Matemáticamente estas rachas
adoptan la forma de un desvío o varianza en el perfil de las
curvas que expresan las series estadísticas de resultados de
las manos jugadas. Me explico: supongamos que tomamos el
dinero ganado al jugar al poker como variable a representar
en una gráfica. Si este dinero se va incrementando según
jugamos muchas manos, nos encontraremos con una curva
cuyo perfil general será ascendente. Esa curva mostrará
dientes de sierra (pequeños retrocesos) cuando perdamos
algunas manos, pero si jugamos de forma científica y
aplicamos la estrategia correcta, la curva se mostrará
ascendente según se vayan jugando más y más manos,
porque iremos acumulando dinero. Para un jugador
profesional, si esto no fuera así, sería la ruina, y lo más
sensato que podría hacer es abandonar la idea de ganarse la
vida con el poker.
Sin embargo, cuando Raúl (y cualquier otro jugador que
se tome esa molestia) analiza las curvas que expresan su
historial suele encontrarse con desvíos muy bien definidos.
Son periodos en los que el dinero acumulado aumenta más
de la cuenta, disminuye o sufre altibajos y se queda
estancado, porque estos desvíos o varianzas pueden ser
positivos (buenas rachas), negativos (malas rachas) o mixtos
(mezcla de ambas), y manifiestan con claridad cómo el factor
suerte desempeña su papel en el poker (más o menos al
modo como lo explicaba Genugten). Y esto significa que el
factor azar puede hacerte perder manos que has jugado bien
y ganar otras en las que has corrido riesgos estúpidos.
Incluso puede suceder que durante periodos más o
menos largos (semanas e incluso meses) las cosas parezcan
no salirte bien pese a haber analizado escrupulosamente tu
estrategia y comprobado que no has cometido errores. Algo
desmoralizador. ¿Acaso el azar tiene reglas que se nos
escapan? ¿O es que llamamos azar a nuestra ignorancia
acerca de las leyes que rigen el caos? Alvaro Mate, en su
web, se plantea este mismo problema a partir de una
paradoja de Bertrand Russell: «¿Cómo osamos hablar de
leyes del azar? ¿No es el azar la antítesis de toda ley?». Nos
recuerda la retórica pregunta de Russell. Hoy sabemos que
la fenomenología de la realidad es indiferente a estas
paradojas. Lo que llamamos leyes físico-naturales no son
más que procesos regidos por la probabilidad a nivel de las
partículas elementales, y aunque la probabilidad de las leyes
microfísicas sea abrumadoramente alta, no se puede eliminar
un pequeño resto de azar. Las partículas elementales no
están sujetas a procesos mecánicos y se muestran muy
rebeldes a la hora de revelar sus secretos. Recuerden el
principio de incertidumbre de Heisenberg: «El observador
altera el objeto observado». Cuando en el laboratorio el
científico ilumina una partícula para observar su trayectoria,
altera la carga de esa partícula y su velocidad. Ysi renuncia a
iluminarla, no podrá observar su trayectoria aunque pueda
medir su carga. Lo cual no quiere decir que dicha partícula
no actúe con arreglo a principios sobre los que existe un
velo de incertidumbre y, por tanto, que Einstein tuviera razón
cuando afirmaba que «Dios no juega a los dados». Casi
seguro que tampoco al poker.
De hecho, si dispusiéramos de todos los datos físicos
acerca de una baraja de cartas, acerca de las manos humanas
o de la máquina que la barajan, y acerca de su disposición
inicial, y pudiéramos procesarlos debidamente, es posible
que pudiéramos predecir todas y cada una de las cartas que
serían repartidas sobre la mesa. Lo mismo podría ocurrir si
dispusiéramos de la suficiente información acerca del
programa informático cuyo algoritmo preside la aparición de
las cartas en una partida virtual. Podríamos predecir qué
cartas serían repartidas y en qué orden, tal vez incluso
podríamos descubrir el sesgo de dicho programa, como los
viejos jugadores de ruleta intentaban adivinar el sesgo de
las mesas anotando demencialmente miles de resultados. Por
esta razón los casinos cambiaban las ruletas de las mesas en
cuanto se apercibían de la aparición de los famosos
miembros del «clan Pelayo» en sus salas, y también por ello
todavía hoy las revisan y equilibran constantemente. Si
quisiéramos llegar al límite, tal vez habríamos de admitir que
el azar puro, desde el punto de vista físico, no existe. Y
tendríamos que cambiar ese concepto por el más moderno de
«caos». No tengo tan claro que a nivel microfísico sea
distinto. Pero a efectos prácticos, la cuestión es irrelevante:
jamás dispondremos de los billones de datos necesarios
para la predicción absoluta, sólo los pocos datos evidentes
para predecir lo probable. Y en eso consiste la única
estrategia racional posible: conformarnos con la
probabilidad.
Como bien nos explica Raúl: «Los sucesos en el poker
son totalmente independientes y, por tanto, después de un
día afortunado o desafortunado, en la siguiente sesión nos
encontramos en la misma situación que si no hubiésemos
jugado el día anterior. Podemos tener la misma suerte, peor o
mejor, y no hay forma alguna de predecirlo ni de "anticiparse
a las malas rachas" o "aprovechar las buenas rachas".
Cualquier idea en este sentido no es sólo errónea, sino que
además resulta muy costosa a largo plazo. Lo único
importante es no dejar que la buena o mala suerte que
hayamos tenido modifique nuestro juego, ni creernos
mejores o peores jugadores de lo que en realidad somos por
estar teniendo mejores o peores resultados a corto plazo».
Éste es el núcleo de la filosofía de Raúl para jugar bien al
poker: «Lo único importante es no dejar que la buena o mala
suerte que hayamos tenido modifique nuestro juego». Esta
filosofía le permitió sobreponerse a las dudas enfermizas que
la mala suerte sembró en su ánimo. Yal parecer, hizo bien en
seguirla: «Con el paso del tiempo superé todos los
inconvenientes. Me establecí como jugador en las mesas
altas de la época y jugué muchas, muchas manos». Y, por
supuesto, ganó mucho dinero, me permito añadir. El
suficiente dinero como para confirmarle en el camino que
había elegido como jugador profesional y para profundizar
en los recovecos del juego.
Sin embargo, el poker es un juego doblemente sujeto a los
reveses de la fortuna, ya que ésta no sólo interviene en sus
interioridades, sino en sus relaciones con la percepción
social y las leyes vigentes. Ya hemos hecho alusión a su
dilatada historia de persecución legal, a su leyenda negra y a
su mala fama. Estas circunstancias han contribuido a que
sus reglas cambien, evolucionen y se adapten a las nuevas
circunstancias. Raúl entró en el mundo del poker online
(detesto esta palabra, si tenemos el término «virtual»)
cuando la modalidad dominante en los portales de Internet
eras el Texas Hold'em Limit (poker de apuestas limitadas).
Corría el año 2006 y la prevención implícita en el sistema de
apuestas de esta modalidad había tenido mucho que ver con
su popularización en la red y con su legalización en muchos
países. No tanto en Estados Unidos, donde las leyes
federales y de algunos estados no restringieron el acceso a
esos casinos virtuales a sus usuarios bajo el condicionante
de limitar las apuestas. No obstante, la inmensa mayoría de
los casinos virtuales tenían sus sedes sociales en diversos
paraísos fiscales y ya se daban con un canto en los dientes
con que las autoridades no pusieran barreras legales para
que los jugadores pudieran acceder a sus portales por
Internet. Cosa que acabaría sucediendo en 2008, como
hemos contado más arriba, con el nuevo Caso Kentucky.
Sin embargo, ya en 2006, cuando Raúl llevaba todavía
poco tiempo dedicado al juego profesional, el contexto
cambió en unos pocos meses: «A raíz de cambios legales en
Estados Unidos muchos jugadores desaparecieron y la
modalidad reina pasó a ser el Texas NL (no limit) Hold'em, es
decir, el poker con apuestas sin límite. A pesar de lo alocado
que suena, en realidad es una modalidad mucho más sencilla
que el Hold'em con límite, y es la que triunfa en la actualidad
y la que se juega en todos los grandes torneos del mundo».
Para explicar lo sucedido tenemos que volver a la UIGEA,
la ley contra el juego patrocinada por el presidente Bush en
octubre de 2006. El gobierno estadounidense llevaba
muchos años observando el fenómeno del juego virtual en la
red como quien tolera un moscardón inoportuno. Los
grandes casinos presenciales estadounidenses, salvo en el
caso de que las salas virtuales fueran propias, lo observaban
con menos tolerancia: como un grupo de hienas obligado a
compartir su carroña con los molestos buitres online, si se
me permite la expresión. Los portales de Internet que
ofrecían juego virtual (y restaban clientes al juego en vivo)
estaban radicados sobre todo en otros países: Canadá,
algunos países europeos y, sobre todo, en los citados
paraísos fiscales. En el caso concreto del poker, el aficionado
americano, por entonces un 80 por ciento de los jugadores,
según palabras de Raúl, estaba acostumbrado a jugar la
modalidad de Limit simplemente porque era la forma en que
podías arruinarte menos.
En Europa, sin embargo, ocurría lo contrario: el aficionado
europeo había conocido el poker en la televisión y en torno
a los grandes torneos, en donde la modalidad reina era el
Texas No Limit. Además, aquí los casinos virtuales podían
ofrecer sus salas online de forma legal, aun que no por ello
desdeñen radicarse en lugares como Malta, Gibraltar o la isla
de Man, para obtener ventajas fiscales. En octubre de 2006
las cosas dieron un vuelco en Estados Unidos, y lo hicieron
por motivos fiscales (aunque bajo la cruda necesidad fiscal
subyazca el viejo prejuicio puritano antijuego). El gobierno
federal tenía tres posibles formas de atizar el golpe: por un
lado millones de jugadores que entraban en la red y
apostaban su dinero; por otro miles de empresas online que
ofrecían sus salas virtuales; por último, cientos de entidades
financieras estadounidenses (y de otros países) que
operaban las transferencias de dinero entre unos y otros.
¿Qué clavo martillearían ustedes de los tres? La UIGEA no
albergó duda alguna: prohibió el tráfago de las
transferencias financieras entre los jugadores y las salas.
¿Para qué perder el tiempo en perseguir a cualquiera de los
millones de «John Smith» que ingresaban sus 100 dólares en
un casino virtual a través de su tarjeta Visa, Master Card o
American Express? ¿O para qué intentar prohibir la actividad
en una red formada por multitud de empresas radicadas
dentro o fuera de sus fronteras, si tenían la sede central de
American Express bien a mano, en Nueva York? Bastaba con
prohibir estas transferencias y avisar con unos pocos
golpes de efecto a los gerentes de las empresas online,
deteniendo por ejemplo al director general de Sporting Bet y
teniéndolo en arresto domiciliario durante tres años por
continuar ofreciendo sus servicios a los jugadores
estadounidenses. Aviso para navegantes (y nunca mejor
dicho, aunque sean virtuales).
En muy poco tiempo, grandes casinos virtuales
americanos, como Party Poker, que llegó a cotizar en bolsa,
vieron cómo arrancaban la hierba debajo de sus pies. Otros,
como PokerStars, radicado en Canadá, o Full Tilt Poker,
vieron disminuir su negocio a corto plazo, pero con el tiempo
saldrían favorecidos ante la desaparición de la competencia
de los casinos virtuales estadounidenses. Pero lo más
espectacular, hasta que el tiempo fuera ofreciendo la
posibilidad de aplicar el viejo dicho de «hecha la ley, hecha
la trampa», y los casinos virtuales realizaran sus
transferencias bajo conceptos no ilegales, como la compra
de un libro inexistente o el pago de la cuota de pertenencia a
un club..., lo más espectacular, insisto, fue la repentina
desaparición de la red de los millones de jugadores
estadounidenses junto a su modalidad predilecta de Texas
Limit. El 80 por ciento de los jugadores online
acostumbrados al Limit quedaron bloqueados: ni podían
ingresar su dinero en ninguna sala, ni tampoco traérselo del
banco radicado en Las Bermudas, Gibraltar, Malta o la isla de
Man. Sencillamente habían desaparecido de la red y no
podían jugar porque no podían mover su dinero. La red
quedaba en manos del 20 por ciento restante, en su mayoría
jugadores europeos acostumbrados al No Limit. Y, por
supuesto, Raúl Mestre y sus amigos, que se iniciaban en el
poker, tuvieron que adaptarse a la nueva modalidad de
juego.
Por suerte, los fundamentos y la estrategia seguían
siendo básicamente los mismos, pero había que hacer ciertos
ajustes importantes muy relacionados con las innovaciones
que Raúl ha desarrollado en los últimos tiempos en su
escuela de poker y muy vinculados a los éxitos cosechados
por el Equipo Unibet. Aunque de todo esto trataremos en la
segunda parte de este libro, baste como adelanto comentar
lo esencial de la idea: en el juego de poker con apuestas
limitadas el jugador primerizo o inexperto puede elegir las
mesas con límites más bajos para protegerse; en una
modalidad con apuestas sin límites, aunque proceda de la
misma manera -el nivel de juego de una mesa siempre se
expresa como múltiplo de las apuestas ciegas a la intemperie
ante jugadores más experimentados o agresivos que, como
ya vimos, podrán hacerlo renunciar a manos que podría
haber ganado o hacerle pagar muy caras las que pierda,
simplemente aprovechando su superioridad en fichas a la
hora de apostar.
De cómo evitar esas situaciones en el Texas NL trata la
innovadora estrategia de «Pila de fichas corta» o «Resto
corto» (Short Stack) planteada por Raúl. La idea básica es
sencilla: en el poker, el jugador que se resta en un turno de
apuestas, es decir, el que apuesta todas las fichas que le
quedan (all in), obliga al resto de jugadores que acepten
entrar en el bote a igualar sin que puedan utilizar su superior
número de fichas para resubir. Una pila de fichas corta te
permite por tanto enrocarte para frenar el mayor potencial de
dinero del resto de jugadores con un bajo coste, cosa que
saldría muy cara en caso de tener muchas fichas registradas
en la mesa. Pero esto, como he dicho antes, es otra historia.
Ahora lo importante es volver a Raúl y comprobar cómo
convirtió su pequeño milagro personal en una empresa
colectiva con un potencial de juego y unos resultados
asombrosos. Teniendo en cuenta, además, que para ello
tuvo que suceder ese fenómeno que, no por estar tan
castizamente descrito por el dicho popular, deja de ser raro:
«Dios los cría y ellos se juntan».
En donde se habla de cómo Raúl consigue
reconocimiento como experto y de su contacto con
Unibet para, bajo su patrocinio, participar en
torneos y reunir un equipo de jugadores
p ro fes io n ales .
uando se inicia el año 2007 Raúl ya cuenta
con casi dos años de experiencia en el mundo del poker, se
ha independizado de su familia y consolidado como jugador
profesional. Gana suficiente no sólo para vivir con holgura,
sino como para olvidarse del dinero, escribe con frecuencia
en los medios especializados de la red, tiene su propio blog
y ha reunido un pequeño grupo de amigos y conocidos a
quienes ha empezado a instruir en el poker por iniciativa
personal y por el puro placer de enseñar. Desde que han
desaparecido de la red los jugadores estadounidenses, por
los cambios legales antedichos, ha dejado las mesas
virtuales durante unos pocos meses para investigar a fondo
el intríngulis de la nueva modalidad reina del poker. Este
estudio es el que le llevará a afinar los principios de su
estrategia de «Resto corto». Con su viejo amigo Simón
empieza también a pensar en su proyecto de escuela virtual
de poker. Y en ese momento es cuando conoce a la persona
que, sin saberlo, necesitaba: Juan Barrachina. Porque éste sí
que sabía perfectamente lo que iba buscando. Lo único que
necesita ba saber era que esa persona era precisamente Raúl
Mestre. Asunto que llevó su tiempo.
«Este cambio de modalidad al No Limit -confirma Raúl- me
apartó unos meses de las mesas. En este tiempo, además de
estudiar a fondo la nueva modalidad, conocí a Juan
Barrachina, responsable de Unibet en España. Unibet es un
portal de apuestas deportivas y poker muy fuerte en Europa
(sobre todo en el norte del continente), y quería entrar en el
mercado español del poker contando con la imagen de un
profesional. Gracias a haber escrito muchos artículos yo era
un jugador con renombre en la comunidad, así que hablaron
conmigo y llegamos a un acuerdo para jugar eventos con
inscripciones de miles de euros alrededor del mundo». Dicho
así parece fácil, ¿verdad? Pues no crean que fue tan sencillo.
El mundo del poker hizo honor a su mítica y turbia fama
antes de que se cumpliera ese consabido milagro de que
Dios críe a algunos por separado para que éstos acaben
juntándose. Para ello lo mejor es que hablemos un poco de
Juan Barrachina, a quien tuve el placer de conocer antes que
a Raúl y, en última instancia, el responsable de que me vea
en estos menesteres de cronista del poker.
Juan Barrachina es el típico ejecutivo valenciano, joven y
dinámico, con dos matices que lo diferencian de la mayoría
(dejando aparte su particular aspecto físico: pelo castaño
muy liso, estatura media y ojos marrones oscuros). En primer
lugar, sabe escuchar, e incluso lo prefiere, en vez de hablar; y
es de una llaneza y sinceridad que desarman a la gente. Una
gran ventaja, porque los que escuchan son escuchados. Es
de esas raras personas pertenecientes al mundo comercial
que no te inspiran impulsos de fuga y con los que te
encuentras hablando tanto del negocio que te traes entre
manos como de cualquier otra cosa de manera natural y
relajada. Deberían permitirle dar un máster de marketing y
quemar en la vía pública los libros de Og Mandino y el resto
de gurús del mercadeo profesional, porque representa el más
clásico retorno al maestro de los maestros de la venta:
¿recuerdan el Cómo ganar amigos de Dale Carnegie? Pues
Juan Barrachina, y éste es el segundo matiz, es de esas
personas que saben ganar amigos. Y conseguirlo en el
mundo de poker no es un asunto tan sencillo.
En principio, sus planes de fichar a alguna estrella del
poker para impulsar su sala de juego no eran demasiado
originales. Que un portal de poker online recurra a patrocinar
a un jugador de éxito no es muy diferente al hecho habitual
de que los deportistas de élite exhiban determinadas marcas
en sus camisetas, sus raquetas de tenis o sus escuderías de
Fórmula 1. Se supone que los jugadores famosos atraen a
los aficionados a los portales en los que juegan, y si además
ganan en los torneos de poker patrocinados por estos
últimos, y transmitidos por las cadenas televisivas, es la
mejor estrategia publicitaria para visibilizar al gran público
las salas de juego online. Los casinos virtuales cobran una
pequeña tasa porcentual a los jugadores por jugar en sus
mesas y, de esa comisión, pagan a su vez otro porcentaje
(rakeback) a sus estrellas. Cuanto más estrellas sean los
unos y menos potencia mediática tengan las salas, mayor es
el porcentaje que se paga y viceversa, ya que éste puede ir
de un 10 o 20 por ciento hasta un 70 por ciento, con la
finalidad de que sus estrellas sigan jugando. Si participan en
un torneo o campeonato bajo su patrocinio y consiguen
algún premio, obtienen una repercusión mediática y una
publicidad gratuita (en estricto sentido: propaganda) que
funciona como una fuerza tractora para llevar a sus salas a
nuevos aficionados.
Unibet intentaba posicionarse en el virgen mercado
español en un momento -hablamos de 2005- en que el poker
empezaba a desprenderse de sus cáscaras de prejuicios
negativos entre el público español. Así había sucedido en
otros países y así era de suponer que había de suceder en el
nuestro, pero antes de que se produjera la explosión (cuyo
síntoma fue la atención que las cadenas televisivas
españolas empezaron a prestar al fenómeno desde 2006)
había que posicionarse en el nuevo mercado virtual que se
estaba abriendo en España. Juan Barrachina lo tenía muy
claro y, como joven ejecutivo de Unibet, necesitaba
demostrar a sus directivos londinenses que España era un
mercado emergente en el mundo del poker y que existían
buenos jugadores, más allá de la excepción de los inspirados
«Pelayos» y otras pocas figuras.
De hecho, ya en octubre de 2005 tuvo la iniciativa de
convocar una reunión con los expertos en poker online de
nuestra ciudad, entre ellos Simón Muñoz, administrador de
www.poker-red.com (webmaster, en la jerga al uso), con el
mismo fin: prestigiar y potenciar el juego en la red en
España. La reunión del proyectado lobby valenciano se
celebró en el Club de Bridge de la calle de Bélgica (el Club
Griffins, exclusivo para iniciados en ese sofisticado juego).
Algo así como una reunión de parientes pobres -y no tan
pobres- en la trastienda. Iba a tardar dos años en conseguir
su sueño: un equipo de jugadores profesionales ganador. Y
lo que era aún más difícil: que ese equipo surgiera de la
cantera valenciana. A aquella reunión asistieron personas
como Gonzalo García Pelayo o Diego Pradera, y se produjo el
primer debate: para potenciar el mundo del poker en Internet
y prestigiar el juego, ¿era conveniente o no enseñar a jugar
bien a los internautas? García Pelayo opinaba que no. Según
lo veía, una cosa era predicar y otra dar trigo. Juan
Barrachina y Simón Muñoz pensaban que sí: un jugador no
se interesará en el juego en la red si va a costarle siempre
dinero o parece un juego sujeto al puro azar. No querían
perdedores, sino gente interesada en aprender y mejorar sus
habilidades, porque presumían que ello incrementaría y
afirmaría su afición.
Este punto de partida iba a hacer que los proyectos de
Juan, Simón y Raúl acabaran complementándose para
encajar a la perfección. Si las salas no quieren jugadores
perdedores ni ludópatas, impulsar la enseñanza del poker en
la red acabaría acreditándose como una estrategia
doblemente correcta: no sólo atraerían a nuevos interesados,
sino que la cultura del poker elevaría el nivel general de
competencia de los jugadores españoles en la red y ello
redundaría en que aparecieran nuevas promesas. Con el
tiempo, los jugadores que mostraran sus habilidades en
Internet adquirirían la calidad suficiente como para ser
también triunfadores en los torneos en vivo.
Pero no adelantemos acontecimientos, ya que algunos
episodios iban a poner a prueba su proyecto. No me resisto
a contarles el más estrafalario de sus fracasos porque, como
todos los fracasos, tiene su parte divertida. Tiene que ver
con uno de esos personajes con quienes la realidad libra su
batalla diaria contra la ficción, y la libra con ventaja. El
personaje en cuestión, Daniel Kohut, se presentaba bajo el
mote de «El Boa» (The Boa en realidad, dada la estúpida
anglofilia de estos ambientes). El Boa era el típico pirata del
poker que iba de ciudad en ciudad y que en el verano de
2005 acabó recalando en Valencia. Jorge Pla, jugador de
Alzira, le habló de este personaje a Juan Barrachina. En junio
de 2005 Daniel The Boa aparece en www.poker-red.com
presentado por un misterioso internauta llamado «Cúspide»,
y en relación con una fantasmagórica «Spanish Poker Clubs
Association» (SPCA). La noticia no tiene desperdicio, y la
reproduzco tal cual apareció, faltas de ortografía incluidas:
EN ESPAÑA EXISTE UNA ASOCIACION DE SABÍAN
USTEDES QUE ESPAÑA TIENE, DESDE HACE CASI 1
AÑO, UNA ASOCIACION ESPAÑOLA DE CLUBS DE
POKER?????? LOS POKERES INTERNACIONALES SON
JUEGOS DE DESTREZA, HABILIDAD Y ASTUCIA, NO
DE AZAR.
Queremos informarles que se ha creado la "Spanish
Poker Clubs Association" (SPCA), Asociación Española
de Clubs de Poker. La asociación esta situada en Valencia.
Es una entidad asociativa privada, sin ánimo de lucro, con
personalidad jurídica y patrimonio propio e independiente
del de sus asociados.
QUIENES SOMOS? Somos un grupo de jugadores de
pokeres internacionales*, (Texas, Omaha etc.), mujeres, y
hombres, de diferentes edades y nacionalidades. Estamos
representados por 24 países, (España, Suecia, Finlandia,
Inglaterra, Irlanda, Francia e Italia, para mencionar
algunos). Somos gente que vive, trabaja y/o estudia en
Es p añ a.
QUIEN GUTA LA SPCA? La asociación (SPCA) esta
guiada por Daniel "The Boa", quien trajo los pokeres
internacionales (Pot Límit Texas y Omaha) a España en el
1998. Del primer club de poker salió el
Ecuatoriano/Español Carlos Mortensen, el CAMPEON
DEL MUNDO del 2001 (WSOP). Daniel fue el maestro y
creador de Mortensen. Daniel, (de nacionalidad sueca con
madre española), tiene una enorme experiencia en
organizar poker en vivo. Ha sido director de poker (poker
manager) en Venezuela, Italia, Suecia, Finlandia y en
diferentes lugares de España. Además Daniel ha sido el
primero en organizar TORNEOS DE POKER en vivo en
España en el 1998 (Pot limit Omaha y Texas). También ha
sido el primero, en abrir clubes de pokeres
internacionales, en España. Daniel es el único, hasta
ahora, en crear una red de clubs de poker en España,
miembros de la SPCA.
Se han escrito varios artículos sobre Daniel "The Boa"
en diferentes ediciones de la revista "POKER EUROPA",
debido a su experiencia como jugador de poker del
circuito mundial. Daniel ha sido campeón sueco en el
1996. Daniel es políglota debido a que ha vivido en 9
países del mundo; Argentina, Uruguay, Italia, Suiza,
Finlandia, Suecia, la Republica Dominicana, Venezuela y
España. Habla con soltura el castellano, italiano, francés,
ingles y sueco [sic].
Cuando Juan lo conoció en persona, El Boa le confirmó
que había fundado la Spanish Poker Clubs Association
(SPCA), una especie de federación de más de mil clubes de
poker de toda España, nada menos. Era lógico que a Juan le
hicieran los ojos chiribitas y se le formaran en la pupila esas
familiares imágenes con el signo del dólar: $. Ese símbolo
sesgado por dos barras cuyo origen se encuentra en los
reales de plata españoles, en los que aparecía el escudo
entre las dos columnas sobre las que se enrollaban, como
serpientes, dos bandas con la leyenda: «Non plus ultra»,
simplificadas en una sola y travestida «S» por la universal
ignorancia. Perdóneseme la pequeña digresión, originada sin
duda por el reciente exceso en la ingestión de anglicismos.
Para Juan, decía, era la oportunidad de oro que estaba
esperando: si conseguía que los mil clubes de la SPCA
acudieran a las mesas de Unibet iba a subir muchos puntos
en Londres. En su primera reunión con este personaje asistió
también Agustín, cuya empresa de marketing trabaja para
promocionar Unibet, y ambos quedaron fascinados por las
historias que les contaba Daniel The Boa. Entre otras cosas,
había enseñado a jugar a los Pelayo cuando el grupo familiar
decidió cambiar su negocio de las ruletas -ya no les dejaban
jugar en casi ningún casino del planeta- por el de los naipes.
La comida durante la cual hablaron de la posibilidad de un
acuerdo transcurrió en Marrasquino. El Boa les aseguraba
que podía llevar a su sala virtual a tres mil jugadores, así,
para empezar. Y no hay mejor creyente que quien necesita
creer. Pero claro, como dice el refrán, por la boca muere el
pez. Esa misma noche, pasadas unas horas, El Boa les invitó
a relajarse y a jugar una partida en su «club privado». Juan y
Agustín eran aficionados al poker, como mucha gente, pero
no eran jugadores profesionales. Ni siquiera -ni entonces ni
ahora- jugadores habituales. Sin embargo, noblesse oblige,
aceptaron. ¿Qué cosa más natural que tomar una copa y
echar unas manos entre amigos para cerrar un acuerdo que
trataba justamente de eso, de poker? Juan insistió a Agustín
para que les acompañara al barrio de El Carmen, donde
estaba el club privado de El Boa. Agustín, creo que ya lo he
dicho, es uno de esos mozos que casi dan con la coronilla en
el tope de dos metros de la barra de medir. Esto hacía
sentirse más seguro a Juan en su pequeña excursión
nocturna.
Allá fueron los dos: el club se encontraba en la parte de
atrás de uno de los típicos pubs del Carmen, de cuyo
nombre preferimos, como el maestro de las letras, no
acordarnos. No era precisamente uno de los locales que
suelen atesorar más glamour. El «gorila» de la puerta les dejó
entrar, indicándoles que fueran al fondo, a un patio o terraza
que nuestros dos inocentes personajes imaginaron
agradablemente ilumina do y amueblado, con ese estilo de
mobiliario de mimbre trenzado tan frecuente en las terrazas
mediterráneas. El club privado de alguien tan importante en
el mundo del poker como Daniel Kohut no podía desmerecer
esa idea. Atravesaron las oscuridades musicales del pub,
algo más cutres de lo previsto, y salieron al ansiado patio.
Descorrieron una cortina y vieron el club en todo su
esplendor: un deslunado del Carmen, con cajas de botellas
vacías apiladas contra la pared, en donde nuestro personaje,
El Boa, les esperaba en calzoncillos, con la camiseta medio
desabrochada y comiendo un kebab que chorreaba grasa
junto a un perrillo que mordisqueaba las migajas y trozos de
carne que caían al suelo. La mesa de poker era una tabla de
conglomerado apoyada sobre unos caballetes, y las sillas,
de tijera, de láminas de madera de las que te rastrillan la
espalda con marcas paralelas.
Los parroquianos eran dos tipos peculiares. Uno de ellos
insistía en que se sentaran a la partida mientras envidaba
ansiosamente con 50 euros; el otro, un argentino que les
invitaba con amabilidad: «Che, pibes, sentaos, vamos a
jugar... Venga, entráis en la próxima con 25 euros». Mientras
tanto, El Boa les recibía también con mucha amabilidad:
«Bienvenidos a mi club, muchachos. ¿Queréis tomar algo?».
Como era inevitable, los signos del dólar (y las chiribitas)
desaparecieron de los ojos de Juan, que naufragaron en
profundas ojeras de espanto y decepción. Adiós a la SPCA,
adiós a los tres mil jugadores, adiós al patrocinio de aquella
estrella tan canalla como las treinta monedas de judas...
Juan admite que ha pasado por muchas parecidas: «Me
he metido en todos los charcos -me cuenta-. Muchas veces
no puedes contrastar la información y te crees lo que te
dicen. Internet también se presta a eso. Londres me
presionaba para impulsar nuestro portal en España y yo
reconozco que soy fácil: no tengo motivos para desconfiar
de la gente, y si me cuentan algo, me lo creo. Luego, cuando
me pego el morrón, me lo pego a conciencia, y si tengo que
rectificar, rectifico. Es mejor tener que salir de algo que no
atreverse a entrar. De Daniel El Boa me libré gracias a aquella
reveladora noche. Aún estuvo insistiéndome durante
semanas diciéndome que Bet and Win, otro portal de juego
online con ganas, por entonces, de desembarcar en España,
le había hecho una oferta para montar un torneo con sede en
Valencia (el Torneo de Reyes, para enero de 2006) por 20.000
euros. Le di mis bendiciones para que se fuera con viento
fresco. Luego supe que el asunto de aquel famoso torneo
que organizó para BWin terminó con la intervención de la
policía y con denuncias. No sabes el alivio que sentí al
haberme librado de haber montado nada con El Boa».
El fiasco del Torneo de Reyes de enero de 2006 tuvo sus
consecuencias, y nada buenas, para la imagen de BWin (que
actualmente patrocina nada menos que al Real Madrid). Para
Unibet habría podido significar un largo alejamiento del
mundo del poker español justo en el momento en que éste
arrancaba. El día 10 de enero, tres días después de que aquel
esperado torneo hubiera debido comenzar, Simón Muñoz se
preguntaba en su habitual artículo de www.poker-red.com,
titulado para la ocasión: «Lo que sabemos del Torneo de
Reyes», qué era lo que estaba pasando:
Un día más y seguimos sin noticias acerca del, a todas
luces, maldito Torneo de Reyes. Sin embargo, no dejan de
llegarme diversas informaciones que, sin confirmar,
pueden ayudar a entender lo que está ocurriendo. Os
paso a contar.
Por lo que parece, B&W sólo actúa de patrocinador del
evento, habiendo dejado en las manos de la SPCA, una
asociación de poker cuya cabeza visible es Daniel Kohut,
todos los aspectos organizativos del mismo.
El torneo o se disputa en Valencia definitivamente, o no
se disputa, ya que el material del mismo ya está de
camino. Este dato es bastante fiable, ya que han sido
bastantes las fuentes que me lo han confirmado.
¿Puede no disputarse el torneo? Por los datos que he
podido reunir el torneo debería al menos comenzar en
Valencia, ya que todo parece encarrilado. La única duda
que me surge es la postura de B&W, en definitiva quien
pone el dinero, y de quien no se tienen noticias. A día de
hoy el torneo sigue anunciado en Madrid en su web, y en
todas las creatividades publicitarias expuestas en
Internet.
El artículo concluía con cautela: «¿Cuándo se esperan
noticias? Por lo que he podido leer, la SPCA, o al menos
Kohut, se encuentra en Irlanda disputando un torneo y está
previsto que vuelva el miércoles, esperamos que para arrojar
luz sobre todo este asunto. Por otra parte, y como ya os he
dicho, nada se sabe de la postura de B&W».
Por supuesto, Daniel The Boa Kohut nunca acabó de
arrojar ninguna luz y el torneo jamás llegó a celebrarse. Para
muchos de los lectores e internautas de www.poker-red.com
el asunto estaba claro desde el principio: «Vaya cachondeo -
sentenciaba uno de ellos-. Entre la SPCA y BAW [BWin]
vamos listos. Eso de que Daniel no ha podido ponerse en
contacto con cualquiera de los foros de póquer que hay en
Internet por un problema técnico no se lo cree nadie. ¿Qué
pasa, que en Irlanda no hay Internet? Ja, ja, ja. Qué
vergüenza. Saludos». Y hay cientos de correos del mismo
tenor que éste y de tono más subido que prefiero ahorrarle al
lector.
Sin embargo, los tropiezos no se limitaron a personajes
tan extremadamente exóticos como El Boa. Juan también
tuvo tratos con Gonzalo García Pelayo para que jugara bajo
el patrocinio de Unibet, como no podía ser de otra forma. Era
preferible buscar personas de reconocido prestigio y bien
conocidas, antes que genios salidos de una lámpara mágica
y rodeados de una aura engañosa, con o sin fantasmal
asociación de miles de clubes detrás de ellos. Gonzalo, el
patriarca de la famosa familia, le propuso que jugara su hijo
Óscar, ya que él era demasiado mayor para aguantar las doce
horas de partida de un torneo, aunque figuraría como cabeza
visible de la marca Unibet. Juan aceptó y les financió la
participación en un torneo de Barcelona bajo el patrocinio de
Unibet, en un momento en que Everest Poker había formado
ya su propio equipo y las posibilidades se agotaban, ya que
la directiva de Unibet empezaba a abandonar la idea de
invertir en España.
Llegó el torneo de Barcelona en el verano de 2006 y las
cosas empezaron a funcionar. Juan estaba contento porque
los Pelayos representaban por entonces lo mejor de España
en el mundo del poker profesional. Un mes después se
organizó otro torneo en Londres en el que Unibet podía
presumir de reunir a jugadores prestigiosos de varios países:
Rusia, Suecia, Reino Unido, España... Unibet dio una cena
en Londres en honor de sus campeones y allí, en presencia
de las figuras del poker que jugaban bajo su patrocinio,
Oscar Pelayo anunció con toda la calma del mundo a sus
nuevos compañeros que su padre, Gonzalo, acaba de
inaugurar una sala de poker online en España: Los Pelayos-
Poker. Los directivos de Londres tuvieron que echar mano
de toda su flema para que no se les congelara la sonrisa y les
entrase el hipo. ¿Qué clase de contrato había firmado su
hombre en España? Cuando Juan se enteró de la noticia
habló con Óscar para pedirle explicaciones, y éste le dijo que
la sala la había montado su padre, no él, y que él pensaba
cumplir su contrato y jugar para Unibet. Pero Juan con quien
había llegado al acuerdo había sido con el padre, que
aportaba su apellido y todo su prestigio a Unibet, y éste no
podía utilizar el prestigio asociado a su nombre en dos salas
online diferentes.
«Era como si firmas con Adidas y te pones Nike. En fin -
concluye Juan-, desde 2005 y el asunto de El Boa hasta 2007,
en que por fin encontré a Raúl, transcurrieron dos años de
infarto, en los que fui de chasco en chasco. Durante ese
tiempo, sin embargo, comprendí con claridad dos cosas: la
primera, que necesitaba un equipo de jugadores online,
gente acostumbrada a jugar en las salas de juego virtuales,