cartas. El nombre que tenía el juego en aquellos tiempos era
The Cheating Gatee (el juego de engaños), pero no hay duda
de que ya era lo que hoy conocemos por poker».3
Por supuesto, el juego fue irradiando de sur a norte por
los barcos fluviales del Mississippi y el Ohio hasta que, a
mediados del siglo xix, se hizo muy popular en todos los
estados y territorios del oeste, como hemos aprendido todos
en el prototípico género cinematográfico del Western.
Aunque hasta la Guerra de Secesión (1860-1864) no se
generalizó la modalidad del descarte (draw) y se ganaba o
perdía tras un primer reparto entre cuatro jugadores y el
turno correspondiente de apuestas. La innovación del
descarte exigió más cartas y permitiría más jugadores, por lo
que se popularizó el llamado mazo inglés de 52 cartas,
añadiendo otras 32 (ocho por palo: del dos al nueve) a las 20
iniciales. Por la misma época aparecieron los comodines
jókers) hoy extinguidos. Éste ha sido el poker clásico
cubierto en que nos hemos iniciado todos imitando las
partidas que veíamos librar a los tahúres y los vaqueros en
los míticos salones del Far-West.
Aunque el poker es un juego que no ha dejado de
evolucionar. Muy pronto, junto a la modalidad de descarte
(draw) con cinco cartas tapadas o cubiertas, surgió el poker
descubierto (stud). Las jugadas ganadoras a ligar seguían
siendo las mismas, y la única diferencia residía en la
novedad de realizar apuestas sobre los proyectos de jugada
sugeridos por las cartas descubiertas. Hasta 1875 no fue
aceptada la escalera de forma generalizada. El color se
aceptó un poco antes, pero si se admitía la escalera eso
significaba arrebatar la corona como jugada máxima al poker
de ases si aquélla era de color, y una cosa así generó
bastantes resistencias.
La siguiente evolución que acabaría conduciendo al Texas
Hold'em data de 1919 y comenzó como una variante del
poker descubierto en que se repartían cinco cartas y se
introducía una sexta carta común con la que cada jugador
debía contar para ligar su jugada. A esta variante se la
conoció como «Viuda Negra» (Wild Widow), y fue
generando cambios en los que las cartas comunes y
descubiertas fueron incrementando su importancia frente a
las cartas cubiertas hasta llegar a la popular modalidad
actual, en la que éstas quedan reducidas a las dos primeras
cartas de cada jugador (las que hoy se conocen como cartas
privadas o preflop), siendo el resto descubiertas y comunes:
las tres primeras o flop, la cuarta (turn) y la quinta y última
(river). Por supuesto, uno de los atractivos del Texas
consiste en que cada reparto de cartas conlleva sus
respectivas apuestas, con toda la complejidad de cálculo de
posibilidades y opciones que eso supone. Sin que ello
suponga conclusión alguna en este terreno resbaladizo de la
historia del poker, el Texas Hold'em aparece claramente en su
configuración actual hacia la década de 1960, de la mano de
jugadores míticos de origen tejano como Doyle Brunson o
Amarillo Slim, a los que me referí al principio. Y se consagró
como un juego espectáculo admitido en los casinos de Las
Vegas por las mismas fechas, gracias al mítico Benny Binion4
-a cuya cabeza habían puesto precio en Texas, donde los
Rangers habían recibido órdenes de disparar contra él-,
cuando este tejano lo introdujo por primera vez en su casino,
La Herradura de Binion. El espectáculo, por entonces, se
reducía a la posibilidad de ver a grandes jugadores
disputándose elevadísimas cifras de dinero. Y en aquellos
años los casinos no lo ofrecían, ya que se trataba de un
juego en el que los participantes competían entre sí y no
contra la banca, por lo que su poca rentabilidad (una
comisión de las cantidades ganadas) se unía a su condición
de juego vulgar y con nada de glamour. Sin embargo, como
Benny supo adivinar, la gente no se iba a limitar a mirar a los
grandes jugadores, por ejemplo a sus amigos los Texas
Rounders, y era de esperar que acabara probando suerte en
las mesas del casino. Benny tuvo visión y supo reunir a los
mejores campeones del momento. Sin ir más lejos, Johnny
Moss contra Nick el Griego, en una partida mítica de cinco
meses en la que Moss dejó limpio a su rival. Varios millones
de dólares cambiaron de manos ante un público fascinado, y
la modalidad de juego que se impuso fue el Texas Hold'em.
No contento con este éxito de su casino, que presumía de
cubrir apuestas sin límite, en 1970 tuvo la ocurrencia de
celebrar el primer torneo televisado que daría lugar a las
Series Mundiales de Poker (World Series of Poker, WSOP).
Benny propuso a Amarillo Slim que le ayudara a organizar
un torneo en su casino con una inscripción de 10.000
dólares por jugador y en el que las partidas se jugaran sin
límite, hasta que un jugador, después de cuatro o cinco días
interminables, se quedara con todo el dinero. Los medios de
comunicación respondieron al evento y atrajeron al público.
También se multiplicaron los espectadores (y los ingresos
publicitarios) en las cadenas de televisión que
retransmitieron el torneo. La gente empezó a contemplar a
los viejos jugadores de poker como «héroes americanos»
después de haberlos considerado casi unos delincuentes. El
poker se había convertido en un espectáculo mediático y
publicitario. Como reflexionaba Doyle: «Aquello fue el
principio de la respetabilidad del poker». Y como reconocía
Amarillo Slim: «El público empezó a convencerse de que los
jugadores de poker no éramos unos forajidos». Todo se lo
debían precisamente a un hombre, Benny Binion, que sí
había sido un auténtico forajido. En la actualidad los torneos
de poker se disputan en todos los grandes casinos que se
precien en un formato casi idéntico al concebido por Benny
y Amarillo Slim, y su función esencial sigue siendo
publicitaria. No olvidemos, además, que el poker ha sido un
juego prohibido en la mayor parte de los estados de la Unión
durante la mayor parte de su historia hasta tiempos muy
recientes, y esa tradición ha pesado mucho en su tardía
admisión como juego legal.
Por otra parte, el hecho que el Texas Hold'em se haya
convertido en una modalidad casi universal de poker gracias
a la reciente irrupción de Internet y los casinos virtuales no
debe hacernos pensar en que haya llegado a una forma
definitiva: el Texas ya ha generado una modalidad nueva
conocida como Omaha, en la que las cartas privadas que se
reparten al principio son cuatro en lugar de dos, aunque sólo
se pueden utilizar dos de ellas en su combinación con las
comunes. Una modalidad particularmente mortífera, dadas
las grandes posibilidades de arrancar la partida, por parte de
la mayoría de los jugadores, con cartas privadas fuertes o
bien ligadas, y la frustración de perder las manos pese a
disponer de cartas privadas que habrían podido dar la
victoria pero no pueden ser utilizadas. Para que se hagan
una idea, en el Omaha recibir cuatro cartas iguales es
despedirte de la posibilidad de ligar un trío en toda la mano y
maldecir a quien inventó esta forma de poker.
A nadie se le escapa después de este breve excurso
histórico que el poker tiene, desde su mismo origen, mucha
relación con el azar y el cálculo de probabilidades. Yque este
cálculo no es particularmente complejo. Una baraja de poker
tiene 52 cartas organizadas en cuatro palos de 13 (del as al
diez, y las tres figuras). Su distribución en el juego es
aleatoria (y si alguien discutiera este hecho, nos bastaría con
señalar que el reparto de cualquier carta es impredecible y,
por tanto, a efectos prácticos, sólo dependiente de lo que
entendemos por azar). En el Texas Hold'em la mano inicial
consiste en dos cartas para cada jugador. Por tanto tenemos
52 cartas posibles para la primera carta de nuestra mano y 51
para la segunda. Las combinaciones posibles de cartas que
dispondremos en la mano serían 52 x 51= 2.652. Pero como
en el poker el orden es indistinto (vale igual tener un as y un
rey, que un rey y un as), el número de combinaciones útiles
sería la mitad: 2.652/2 = 1.326.
De estas posibles combinaciones de parejas podemos
obtener mucha información útil todavía. A título de ejemplo,
calculemos qué probabilidad tenemos de obtener una pareja
en el reparto de las dos primeras cartas. En el poker existen
sólo trece posibles parejas: desde A-A, 2-2, 3-3... hasta los
dos reyes, K-K, sean del palo que sean. Cuando te dan la
primera carta, supongamos que sea un as, tienes la
posibilidad de que sea uno de los cuatro ases que hay en la
baraja, por tanto dispones de cuatro casos favorables.
Cuando te dan la segunda, sólo te quedan tres posibilidades
favorables. Las combinaciones que te favorecen para
obtener una pareja de ases serían por tanto 4 x 3 = 12. Pero
como aquí tampoco importa el orden tendríamos 12/2 = 6 de
un total de 1.326 combinaciones posibles. O si se prefiere, 12
de 2.652. Es decir: 12/2.652 o 6/1.326 = 0,045. Expresado en
porcentaje, un 0,45 por ciento. Es un dato a tener en cuenta
si has salido con una pareja, porque las probabilidades de
tus rivales de tener una pareja no llegan al 0,5 por ciento. No
es éste el lugar de extenderse sobre el cálculo de
probabilidades de otras combinaciones diferentes tanto en
las cartas privadas como en las sucesivas fases del Texas
Hold'em. Eso ya lo veremos con calma en la segunda parte
de este libro. Lo relevante aquí es que dicho cálculo
estadístico es relativamente sencillo para un estudiante de
ciencias de bachillerato, y más todavía para cualquiera que
curse una carrera en la Universidad Politécnica. La cuestión
es que estos conceptos le parecieron muy simples a Raúl. Es
más, se lo parecieron hasta tal punto que no creyó que se
pudiese ganar dinero con ellos. Al fin y al cabo el nivel de
complejidad del Magic o del Warcraft era infinitamente
mayor y aun así ganar dinero era casi imposible en esas
actividades. La conclusión que cualquiera extraería de un
libro que nos contara estas verdades matemáticas del poker
sería la siguiente: «Todas las manos no tienen el mismo
porcentaje de posibilidades de ganar. Por tanto, si evitamos
jugar las manos con peores porcentajes y jugamos las
manos con porcentajes más elevados, ganaremos dinero de
la gente que juegue las manos buenas y las malas
indistintamente». Sin embargo, la conclusión personal de
Raúl fue un poco distinta: «Me pareció una obviedad tan
grande que supuse que estos consejos no servirían para
nada porque todo el mundo los seguiría». Ya lo dice el
refrán: «Piensa el ladrón que todos son de su condición».
Pero la sensatez no está tan bien repartida como Raúl se
imaginaba ingenuamente. Ya lo dijo Bertrand Russell: «El
sentido común es el menos común de todos los sentidos».
«Estaba equivocado», admite Raúl. Luego matiza: «No
estaba equivocado en el hecho de que esos conocimientos
fuesen muy básicos y que cualquiera podría dominarlos,
sino en el hecho de que para jugar al poker no necesitas
hacerlo con los mejores del mundo para ganar dinero. Ni
siquiera necesitas jugar con gente competitiva. La gente que
está en las mesas puede ser cualquiera: un fontanero, un
abogado, un profesional... Para ganar dinero en mis otras
aficiones necesitaba jugar contra los mejores del mundo y
ser capaz de ganarles. En el poker sólo necesitas encontrar
una mesa con jugadores peores que tú. Si eres el décimo
peor jugador del mundo y juegas con los nueve que van
detrás de ti, puedes acabar ganando mucho. En ninguna otra
actividad que yo hubiera conocido hasta entonces esto era
posible. La razón por la que este juego era mucho más
lucrativo con el mismo esfuerzo se debía a lo extendido que
estaba y al hecho de que no hubiera ninguna necesidad de
jugar contra los mejores para demostrar nada».
En efecto, las cosas nunca son como parecen a primera
vista. Hay que decir que el Texas Hold'em es la modalidad
más extendida por buenas razones. «En primer Raúl-, el peor
jugador del mundo tiene un porcentaje aceptable de ganar
una mano contra un jugador mejor. De hecho, tiene un
porcentaje alarmantemente alto, en torno a un 40 por ciento
(este valor puede cambiar en función de lo malo que sea el
jugador y de la modalidad, pero es una buena aproximación).
Esto significa que el 40 por ciento de las veces un jugador
que no tiene ni idea de lo que está haciendo, ni de los
valores estadísticos que hay detrás de sus decisiones,
puede acaba llevándose el dinero en cualquier caso». Si
recordamos lo que ocurría en el Magic, este porcentaje se
reducía a un 10 por ciento o, como mucho, a un 20 por
ciento.
«Sin embargo, hay otra razón -prosigue Raúl-. Al fin y al
cabo, si fuera una variante de la ruleta no tendría por qué ser
más popular que el Black Jack o cualquier otro juego de
casino. Y esta razón es que en el Texas Hold'em se juega
contra otros jugadores, no contra la banca. La banca se lleva
una comisión de cada bote ganado (sí, los casinos no son
hermanas de la caridad) pero por lo demás el dinero de la
mesa fluye entre los propios jugadores. Si bien un jugador
que tome decisiones incorrectas puede ganar el 40 por
ciento de los botes, y éste es un porcentaje muy elevado, el
que tome las decisiones correctas ganará el 60 por ciento, lo
cual le convierte en un ganador».
El argumento es convincente, desde luego. Sobre todo si
lo comparamos con las posibilidades que tiene cualquier
jugador de ganar contra la banca en un casino. Cualquier
juego de casino, sea Black Jack, ruleta, tragaperras o poker
caribeño, es un juego en el que nos enfrentamos a la casa. Si
nosotros ganamos, el casino pierde. Esto, por supuesto,
puede suceder en alguna ocasión, sobre todo en las novelas
y películas. En la realidad aceptamos perder en un casino
como aceptamos pagar para tener un rato de ocio, ir a bailar
o disfrutar de una buena cena. Cualquier truco o sistema que
creamos que puede funcionar para ganar dinero en las mesas
de un casino no es más que un engaño para incitarnos a
jugar. O una leyenda urbana. Los casinos tienen un negocio
muy sólido y hacen muy bien su trabajo: saben que la suerte
de un jugador particular (la diosa Fortuna) puede aparecer
en algún momento, pero la diosa estadística juega a su favor
para el resto.
Y respecto a las variantes de poker que hoy podemos
jugar contra la casa, como el poker caribeño o el Let It Ride -
en los que se juega con combinaciones ganadoras
preestablecidas a partir de la pareja de jotas-, en realidad no
deben ser consideradas como auténtico poker. A los efectos
no son juegos de habilidad, sino de puro azar: te salen las
cartas premiadas o no te salen, igual que cuando nos
dedicamos a tachar los números de un cartón de bingo. En
todos estos juegos el casino ha calculado un margen de
beneficios medios, descontando los premios que pueda
repartir, que salen del dinero que apuestan los jugadores. Sin
embargo, un buen jugador de Texas Hold'em, aunque paga
parte de sus beneficios al casino, gana el dinero de los
jugadores malos. Y ahí radica la diferencia: que existe una
infinidad de jugadores malos.
Y la razón esencial por la que existen en la actualidad esa
infinitud de jugadores mediocres es sobre todo sociológica.
Hace sólo veinte años, cuando Internet era algo de lo que
oíamos hablar o podíamos leer en un artículo científico,
como una de esa profecías tecnológicas inminentes pero
siempre remotas, si querías jugar una buena partida de poker
tenías dos opciones: reunirte con tus amigos de siempre en
casa (o con amigos nuevos, siempre un asunto peligroso) y
ganar o perder una pequeña cantidad de dinero; o acercarte
a alguna timba ilegal en donde lo mejor que podía sucederte
es que no se cumpliera la frase célebre que dice: «Cuando
alguien con dinero se encuentra en la mesa con alguien con
experiencia, el jugador con experiencia se marcha con el
dinero y el jugador con dinero se marcha con la experiencia».
Ylo peor, que se cumpliera ese otro hermoso dicho típico del
poker: «Cuando en una mesa no sabes qué jugador es el
primo, es que el primo eres tú».
Sin embargo, ya hace unos cuantos años que las cosas
son muy diferentes. Hoy puedes jugar al poker en tiempo
real y con jugadores reales, de los que no conoces más que
su pseudónimo (eso que llaman horriblemente nickname), sin
salir de tu casa, estando en zapatillas y tomando tu cerveza.
Sólo tienes que encender tu ordenador y registrarte en uno
de los numerosos casinos virtuales que te ofrecen la
posibilidad de sentarte a cientos de mesas de distintos
niveles. Yademás por muy poco dinero o incluso con dinero
ficticio, por el simple placer de jugar. Puedes pasar el rato en
una actividad lúdica que pone a prueba tu habilidad o tu
olfato para el juego, jugar el tiempo que quieras después de
una jornada laboral estresante y relajarte. Incluso puedes
levantarte de la mesa donde has jugado con la sensación
agradable de haber ganado un poco de dinero y que eres -
nunca mejor dicho- un as. Una alternativa más interesante
que la exigente lectura de un libro o la visión de una película
o una serie de televisión, cuyo desenlace adivinas desde las
primeras escenas. Por no hablar de la depresión que te
producen los informativos o el tedio de las disputas de los
famosos de turno de la farándula nacional. Porque no
siempre tenemos un buen partido de Champions como
alternativa.
A Raúl no le gustó mucho en principio esta mina de oro
sociológica. «El hecho de recompensar muy a menudo al mal
jugador me pareció algo injusto -argumenta-. Algo que
convertía esta actividad en una casi lotería con cierta ventaja
para el jugador ganador. No obstante, con el paso del tiempo
me di cuenta de que mi percepción era absurda. La única
razón por la que las mesas estaban plagadas de jugadores
inexpertos era precisamente porque podían ganar de vez en
cuando, incluso tener buenas rachas de varios días y, por
tanto, seguir en las mesas jugando mal. Por otro lado,
incluso cuando haces las cosas bien vas a perder muchos
botes, así que el sistema de aprendizaje habitual (prueba y
error) no sirve para mucho, al menos en series de manos
pequeñas. Haber ligado varias veces con dos cartas muy
malas no hace más probable o más rentable jugar ese tipo de
mano tan débil en el futuro. Por desgracia, éste es el mensaje
que nuestro cerebro va a recibir, con el consecuente error de
pensar que algo es correcto cuando no lo es. Muchas
personas siguen jugando mal porque su experiencia les
indica que está bien, sin molestarse en buscar confirmación
mediante otras bases. Lo cierto es que las buenas rachas
existen, tanto para el profesional como para el jugador
ocasional que no tiene los conocimientos básicos. Lo que
ocurre es que si en el poker quieres que cuente la habilidad,
hay que aprender a superar el mero factor suerte».
Conociendo como ya voy conociendo a Raúl, adivino lo
que acabó pensando aquel día en que su amigo Juan le
habló del poker, le instaló el programa y le dejó el dichoso
libro. Lo pensó del derecho y del revés, sopesó los pros y
los contras, sintió incredulidad ante la miríada de jugadores
que jugaban a la buena de Dios, se lamentó de la falta de
belleza matemática de alguno de los aspectos de aquel juego
y se lanzó al río.
En efecto, concluye: «Volviendo a aquella tarde, lo cierto
es que leí el libro y me pareció muy simple y lógico lo que
exponía. No me malinterpretes, no es arrogancia, es que soy
una persona de ciencias y si no veo con claridad los
argumentos numéricos que hay detrás de algo, cojo papel y
lápiz y me molesto en calcularlo. Soy muy alérgico al riesgo
en casi todos los sentidos de la vida (de hecho, creo que
demasiado, y es algo que a nivel personal intento cambiar).
Vamos, que mi perfil tiene poco que ver con alguien que se
cree cualquier chorrada y se justifica para hacer el tonto
apostando dinero por diversión. Como las ideas expuestas
eran coherentes, no me pareció peligroso ver hasta qué
punto otros jugadores las desconocían».
No iba a ser peligroso, desde luego. Al menos para él no
iba a serlo.
En donde se cuenta cómo comienza la experiencia:
libros y partidas, mesas múltiples, estadística y
beneficios... y se ejemplifican algunas decisiones
convertidas en pautas de juego.
i han empezado a conocer a Raúl como me
ocurre a mí, no podrán extrañarse de que se tirara al río con
chaleco salvavidas y una soga atada a la cintura, por si las
moscas. Para que luego vayamos diciendo por ahí lo
inconscientes que son los jóvenes. La cantidad de dinero
con la que nuestro protagonista inició su inmersión en el
poker es tan insignificante y significativa a la vez que por sí
sola merece ostentar el título de este capítulo, ya que es
todo un síntoma de su personalidad reflexiva, calculadora y
sensata.
«Decidí empezar con 80 euros -me empieza a contar,
mientras me escruta con su mirada para observar mi
reacción. Por si se me antoja un loco malgastador, supongo-.
Para mí era mucho dinero por aquel entonces. ¡Significaba al
menos dos fines de semana sin salir! Me incomodaba la
situación, pero tras saber que mi amigo, el que ya jugaba,
había procesado por Internet algunos cobros sin problemas,
decidí arriesgarme. Además, si mi teoría era cierta, sería una
buena forma de ganar dinero para pagarme mis gastos,
principalmente los viajes a torneos de Magic». Porque Raúl
todavía pensaba que el único juego serio era ése, mientras
que el poker tenía que ser una aventura dudosa.
Otro amigo suyo, Víctor Escudero, «Canichewua» en la
red, le siguió un poco tiempo después en la experiencia. Para
Víctor la cantidad invertida tenía su sentido: «Empecé un
mes después de Raúl a jugar al poker en Internet -me
cuenta-. Ambos éramos nuevos en esto, aunque Raúl
siempre tomó la delantera, y empezamos como quien se
compra un juego nuevo, pues nuestra única inversión en
nuestra vida de jugadores de poker fue de 80 euros (unos
100 dólares), que es lo que entonces valía aproximadamente
un juego nuevo de consola. Con esa mentalidad empezamos,
pero siempre jugué sin pensar en ello como el futuro, e
incluso durante una temporada lo dejé».
Raúl tampoco había pensado en el poker como futuro.
Pero, claro, las cosas empezaron a cambiar deprisa, y en
cuanto se puso a jugar se dio cuenta de que el 99 por ciento
de sus rivales ignoraban olímpicamente incluso los consejos
estratégicos más elementales. No podía creerlo: «¡La gente
estaba apostando con dinero sin haberse molestado en
estudiar, ni siquiera de una forma superficial, el juego en el
que participaban!», exclamaba incrédulo mientras me lo
contaba. La gente que él había conocido en los mundos del
Warcraft y el Magic dedicaba mucho más esfuerzo a mejorar
sus habilidades y no apostaba su dinero en esos juegos. Sin
embargo, en el poker... Para él no tenía sentido.
Esta vez soy yo quien se queda asombrado del asombro
de Raúl. Hago memoria y me confieso a mí mismo que ni
siquiera me había tomado nunca la molestia de leer ni un
solo libro de ajedrez en mi época de afición a esta arte
marcial de la inteligencia. Recuerdo un libro que me regaló
un buen amigo con quien compartía mi afición por los
wargames y el ajedrez, Joaquín Santapau -«Chimo» para los
amigos-, joven y flamante catedrático de Dibujo en un
instituto. Una persona sistemática que leía libros de ajedrez
y jugaba con seriedad. Y solía ganarme, claro, aunque
cuando conseguía vencerle en algunas partidas ésas en las
que te mosqueas y agudizas el ingenio- no me resistía a
burlarme de sus especulaciones ajedrecísticas. Mi amigo,
como el de Raúl, intentó motivarme regalándome un
auténtico tesoro para los jugadores de ajedrez, el libro Mi
sistema, de Aron Nimzowitsch, un clásico que ha seguido
reeditándose hasta la década de 1990. A diferencia de Raúl,
no pasé de la página cien, y más que nada, debo confesar,
solía darme dolor de cabeza cada vez que me sumergía en
sus análisis de partidas y sus estrategias. Así que soy como
esa gente de la que se asombra Raúl, y no me salva el hecho
de que en ajedrez no suela apostarse dinero. En ajedrez lo
que te juegas es el ego y el prestigio ante tus contrincantes,
porque el ajedrez es un juego en el que no existe piedad ni
coartada alguna relacionada con la suerte. Pero será mejor
que volvamos a Raúl y sus primeros trajines con el poker.
Como sospechaba, lo primero que hizo fue volver a la
orilla y salvar la ropa: «Mis primeros días fueron una buena
racha permanente -continúa contándome-. En cuanto gané
80 euros, los saqué para tener sensación de seguridad y
ninguna posibilidad de arrepentirme en un futuro. Por lo que
pudiera pasar... No hubo ningún problema, apenas dos
semanas después de mi primer depósito recuperé mi
inversión inicial y me centré en aprender lo que tenía que
hacer para ganar dinero en el poker». Su amigo Víctor hizo (y
pensó) algo parecido: «Cuando conseguí 200 dólares -me
dice-, pensé: "¡Dios! ya me he doblado, puedo ganar dinero
aquí". Pero no era consciente de lo lejos que estaba todavía
de ser un buen jugador y de que debía dedicarle más tiempo
para ganar dinero de verdad, pues esos 100 dólares, que
para mí eran mucho, tardé un mes en ganarlos».
Raúl empezó a considerar también la cuestión: «Acepté el
enfoque de que lo máximo que podría perder era mi tiempo.
En cualquier caso, tiempo no era lo que me faltaba con 22
años y sin problemas para los estudios, viviendo todavía en
casa de mis padres». España es lo que tiene. En los países
del norte de Europa los jóvenes suelen volar del nido en
cuanto acaban el bachillerato y acceden a la universidad o a
estudios profesionales. Y les espera toda una panoplia de
trabajos a media jornada adaptados a su perfil -o sea, desde
vendedores de informática o de móviles, hasta camareros- y
de becas y ayudas sociales para iniciar sus primeros pasos
como adultos apenas cumplen los 18 o 19 años. Aquí, becas
aparte, si no hay motivos geográficos insoslayables, los
cachorros se mantienen en el hogar paterno hasta que casi
hay que tirarlos a patadas. Ya se sabe, en casa como en
ninguna parte.
«Al principio jugaba en una explica, y comprenderán el
alivio que siento después de la sensación que tuve viendo a
aquellos jovencitos jugando ocho y diez partidas
simultáneas, como esos mutantes del ajedrez de exhibición-.
En aquellos tiempos la modalidad de poker más extendida era
la del Texas Hold'em Limit. Es decir, de apuestas limitadas. A
pesar de ser lento, ello me ayudó a concentrarme en mi
juego, a fijarme en todas las cosas. Me permitió, junto a la
buena racha, ganar dinero para permitirme subir de nivel. Y
cuando subí de nivel, esperaba encontrarme gente que
jugara mejor, por aquello de que se podía ganar o perder más
dinero. Para mi sorpresa, eso no pasó hasta niveles bastante
altos, donde era normal que los botes fueran de 80 y 100
dólares. Y a pesar de que las cifras apostadas empezaban a
no ser pequeñas, continuaba existiendo mucha gente que
tampoco tenía claros los conceptos básicos».
Si piensan que es para matarlo, esperen y sigan
atendiendo sus reflexiones: «Siete u ocho meses después de
empezar, ya casi con 23 años, leyendo libros y entrando en
foros en inglés, descubrí la existencia de programas
estadísticos y, por primera vez, me planteé seriamente que el
poker podía cambiar mi vida. Estaba estudiando una carrera
de ciencias en la que los cálculos y programas que tenía que
manejar eran bastante más complejos que los que existían en
el poker, pero la rentabilidad era bastante superior aquí.
También descubrí la opción de jugar múltiples mesas al
mismo ya me lo temía yo-. Fue una revolución. De repente,
de jugar 60 manos por hora podía jugar 600, lo cual
multiplicaba mis ganancias exponencialmente. Los
programas estadísticos me permitieron estudiar y mejorar mi
juego a un nivel que no me habría podido imaginar. Esto me
ayudará a explicar por qué te he dicho antes que el trabajo
de un jugador de poker se parece al de un analista de bolsa.
No era sólo porque sonara muy elegante».
Personalmente no estoy de acuerdo con que Raúl se mire
en el espejo de esos Masters del Universo a quienes detesto
muy en particular, pero no puede negarse que algo de razón
tiene. Lo dejo hablar antes de exponer mis reservas: «Éste es
quizá el aspecto más desconocido y, al mismo tiempo, más
importante del Texas Hold'em. Hay que conocer los
porcentajes de ligar las jugadas (en realidad son bastante
simples de manejar), trabajar conociendo los porcentajes de
éxito (odds), partiendo de las cartas que te servirán para
completar tu proyecto (outs) y estudiar el riesgo y el
beneficio potencial de cada apuesta. Es en este sentido en el
que digo que estas dos profesiones tienen mucho en común.
Un experto en bolsa analiza la probabilidad de que una
acción suba, o de que su valor bursátil -su cotización- esté
por debajo del valor real de la empresa, de forma que
comprar sea rentable de entrada. Por supuesto, sólo se tiene
una estimación de la probabilidad de que suceda lo que él ha
previsto basándose en su análisis del mercado. Lo que hace
un jugador de poker, en principio, es idéntico. Valora el
beneficio que espera sacar de media de una apuesta, que
tiene un coste determinado. Si a largo plazo cree que su
apuesta (o inversión) es rentable, la hará. También en ambas
profesiones hay varianza, es decir, puedes pasarte una
temporada haciendo las cosas bien y perdiendo dinero, lo
cual hace necesario que sepas gestionar tu banca para no
quedarte sin reservas. Pero ambas profesiones son rentables
si se hacen las cosas de forma adecuada y en ambas
actividades un montón de gente que no tiene ni idea de lo
que hace puede acabar perdiendo mucho dinero».
En ese sentido la comparación resiste, pero es una
similitud meramente formal. El jugador de poker calcula qué
porcentaje tiene de ligar una jugada de la forma que
comentamos en el capítulo anterior: casos favorables en
relación con los casos posibles. Y compara ese porcentaje,
imaginemos que se tratara de un 10 por ciento, con el
porcentaje que representa su inversión respecto del bote (o
premio) a conseguir. Si en el ejemplo que hemos puesto, para
ganar un bote de 100 dólares debo invertir 20, mi porcentaje
de inversión (y de riesgo) sería un 20 por ciento de ese bote.
Entonces basta comparar el porcentaje de ligar la jugada que
me permitiría ganar ese bote, un 10 por ciento de odds (es
decir, hay una carta que me sirve, un out, de cada diez
posibles), con el porcentaje de riesgo o inversión que debo
afrontar para conseguirlo: un 20 por ciento de riesgo, que es
lo que cuesta entrar en ese bote. Resultado: tiro mis cartas y
no voy. Ésa es la filosofía básica de la ecuación estratégica
que nos propone Raúl en el poker: mi porcentaje de éxito en
ligar jugadas debe ser igual o mayor que mi porcentaje de
riesgo (odds z porcentaje de riesgo); si es menor, lo racional
es no arriesgarse.
Esto no quiere decir que no pueda ganar si al final decido
arriesgarme. Recordemos que cuando aparezca la carta
esperada tenemos un 10 por ciento de posibilidades de que
sea la que necesitamos. Tampoco quiere decir que si respeto
la regla de oro y entro en un bote de 100 dólares con una
apuesta de 10 teniendo un 10 por ciento de posibilidades de
éxito de ligar la jugada, vaya a ganar. Puedo perder esa mano
de todas maneras. Quiere decir simplemente que, desde el
punto de vista de la estadística y de la probabilidad, cuantas
más veces juegue uno siguiendo esa regla de igualar, como
mínimo, probabilidad de éxito y riesgo (o coste), menos
veces perderé y más veces ganaré. Mi comportamiento se
ajustará a la regla de minimizar situaciones desfavorables en
las que me cueste muy caro entrar en manos con pocas
probabilidades de ligar una jugada ganadora, y maximizar
aquéllas en que me cueste poco dinero entrar en manos con
más probabilidades de hacerlo. ¿Poco discutible, cierto?
Lo que sí es discutible es lo que hacen nuestros brokers
de bolsa. Ellos no están en las empresas que cotizan en los
mercados financieros. No las conocen por dentro e ignoran
sus planes de producción, de expansión o de inversión. Al
menos, lo saben o lo ignoran en igual medida que la mayor
parte del público que compra o vende títulos. Si no fuera así
estarían cometiendo un delito: manejar información
privilegiada. Yestarían también rompiendo una regla sagrada
del mercado: violar la transparencia de la información
económica. En un mercado libre todos los oferentes y
demandantes deben tener el mismo acceso a la información,
así que la única ventaja que puede tener un profesional es
molestarse en buscar o leer esa información, abierta para
todo el público, y saber interpretarla. Las empresas hacen
públicos sus resultados económicos y sus planes de futuro.
Los periódicos y medios informativos económicos publican
esos datos, los especialistas emiten sus opiniones y
elaboran sus informes... Pero si este trabajo de
documentación les parece muy fatigoso incluso para un
broker, existen recursos más sencillos como calcular el valor
teórico de una acción o título a partir de su rentabilidad. Sin
embargo, aún no he conocido a ninguno que publique en
ningún medio su análisis valiéndose de algo tan fácil como
esto.
Aunque se trata de una técnica que se enseña en todos
los manuales de economía y como, pese a ser profesor de
Historia, llevo veinte años explicando economía a los
alumnos de segundo curso de bachillerato, hasta ahí llego.
La idea es muy simple: imagine una acción cuyo valor
nominal (su valor inicial, cuando se emite) sea de 100 euros,
y que reparte 9 euros de dividendos al año. Imagine que el
interés medio bancario de un depósito a un año sea de un 5
por ciento. Es decir, que si usted tuviera 100 euros en un
banco durante un año, obtendría 5; pero como tiene una
acción que le ha costado 100 euros, obtiene 9 de beneficio.
No hay que ser muy listo para saber que esa acción es una
buena inversión, ya que equivale a un depósito en un banco
durante un año de: 9/0,05 = 180 euros. Tal es el valor teórico
de su acción, y mientras ésta tenga una cotización (un valor
de mercado) inferior a 180 euros, usted no debería venderla,
porque equivaldría a tener esta cantidad en una cuenta a
plazo en cualquier banco que le diera ese interés medio. La
agencia de bolsa y el broker que lleva su cuenta en particular
deberían darle ese consejo basándose en la racionalidad
económica. Pero claro, las cosas nunca son tan simples,
porque los dividendos que van a repartirse por cada acción
sólo se conocen una vez al año, cuando se anuncian los
resultados del ejercicio económico a la junta general de
accionistas. ¿Y qué apostamos que le va a aconsejar su
broker cuando la cotización de esa acción que usted ha
suscrito por 100 euros esté en el mercado sólo a 150? ¡Lo
que le ha costado a usted 100 puede venderlo a 150 y
embolsarse 50 de beneficio puro y duro por título! Esa
acción sigue siendo una buena inversión a 150 mientras el
interés de mercado y los beneficios de la empresa en
cuestión se mantengan en los niveles conocidos. Es la razón
de fondo por la que esa acción ha ido subiendo su
cotización durante varios meses y se ha despegado de su
valor de emisión: ha habido más compradores que
vendedores y la ley de la oferta y la demanda la ha hecho
subir. Y los ha habido porque los agentes económicos
interesados saben que la empresa en cuestión es solvente,
ha crecido y se esperan beneficios tan buenos como los
anteriores. Pero usted puede embolsarse 50 euros por las
buenas. ¿Por qué va a esperar? ¿Por qué van a hacerlo otros
titulares? Pues a vender se ha dicho y tonto el último...
Así funciona el mercado financiero. El espíritu de la
especulación es más fuerte que el sentido productivo, el
beneficio inmediato más importante que el beneficio a medio
o largo plazo. Y no hay que engañarse: el beneficio que se
busca no es el que se relaciona con el dividendo (una parte
alícuota del beneficio total de la empresa), sino el
relacionado con la diferencia precio de compra-precio de
venta. Una diferencia que sale de un bolsillo para entrar en
otro. Esto pasa en el poker igualmente, lo único que ocurre
es que nadie se engaña acerca de la naturaleza del juego,
nadie pretende lo que no es. Sin embargo, haga usted ese
reproche a nuestros Masters del Universo y se desgarrarán
las vestiduras. Ellos, que orientan las inversiones a los
mercados emergentes, a los productos tecnológicos, a las
empresas innovadoras (no digo emprendedoras porque sería
una redundancia). Raúl y sus amigos aplican la racionalidad
a un juego en el que se puede ganar dinero utilizando sus
conocimientos contra los jugadores que renuncian a hacerlo
o prefieren no plantearse la cuestión y ponerse en manos del
azar o de cualquier otro oscuro dios particular. Jugadores
que podrían aprender a jugar si quisieran, si no prefirieran
comportarse según esa pauta absurda que tan bien ha
sabido extractar Steve Badger cuando dice: «Después de
hacer el amor y cantar en la ducha, no hay ninguna actividad
en la que haya más diferencia entre la habilidad que
pensamos que tenemos y la que realmente tenemos como el
poker». A fin de cuentas, nadie puede extrañarse de que
actúes de forma estúpida si estás convencido de que eres
muy listo. Nos pasa todos los días cuando cogemos nuestro
coche y conducimos. Nadie sabe por qué misterio, todos
estamos convencidos de que lo hacemos muy bien y de que
el resto de los conductores son una pandilla de indeseables
dividida en dos grandes bandos: el de los inútiles
pisahuevos y el de los locos temerarios.
Puede que Raúl y sus chicos del Equipo A se parezcan un
poco a los brokers de la bolsa cuando calculan sus
posibilidades y limpian sus bolsillos a los jugadores
estúpidos. Los brokers hacen lo propio con los que
reaccionan con más lentitud (recuerden: tonto el último). Sin
embargo, los brokers no se parecen a los jugadores de
poker: sus estrategias no están regidas por esa parte de la
racionalidad matemática que pasa por racionalidad
económica, sino por algo parecido a la ley de la selva, es
decir, la rapiña. El dinero y los que lo manejan actúan como
las ratas: acuden en tropel allí donde hay botín y huyen del
barco los primeros en cuanto huelen una vía de agua, no
importa que las bodegas estén todavía llenas de productos
valiosos o las bombas puedan achicarla. No importa que el
barco y su carga pueda salvarse: ellos escapan y hacen que
cunda el pánico entre la tripulación. Pero no quiero tomarla
con los pobres brokers, considérenlos una metáfora de esa
nueva rama de la brujería que recibe el nombre de ingeniería
financiera y que ha creado esos artículos de fe que se llaman
«derivados». Maravillosos brujos de las finanzas (no sólo
actúan en la bolsa, ni mucho menos) que han conseguido
convertir el ladrillo en el becerro de oro y luego largarse con
el oro y dejarnos con el ladrillo.
Hay una gran diferencia entre jugar a un juego mezcla de
azar y habilidad, un juego al que nadie te arrastra y en el que
no perjudicas o beneficias a nadie salvo a ti mismo, y hacerlo
de manera sensata e inteligente, y jugar con los activos de
grandes empresas dedicadas a producir bienes y servicios y
a activar factores productivos, entre ellos uno tan esencial
como el trabajo. Porque en el poker, como en otro juego
cualquiera, no arrastras contigo a nadie, pero en la bolsa los
daños no se limitan al dinero que puedas ganar o perder, ya
que la especulación puede atraer capitales e inversores,
puede inflar como un globo el valor de tus activos
financieros y hacerte creer que eres falsamente rico o
solvente (cuando ya se sabe que el inversor inteligente
debería hacer lo contrario que las ratas y los inversores
desconfiados: vender cuando suben las cotizaciones y
comprar cuando bajan), pero también puede evaporarlo
todo, incluidas las revalorizaciones ficticias, los capitales y
hasta los propios inversores. Y entonces los que perdemos
somos todos. Una sociedad sensata no debería dejar que
sus mercados financieros se parecieran a una partida de
poker. La comparación sólo es aceptable en un sentido, en el
otro es patética.
Pero de eso no tiene culpa Raúl. A fin de cuentas, a él lo
único que puede reprochársele es su sensatez y su particular
batalla contra el azar. Porque el azar, como el dios Jano, tiene
dos caras: la suerte no siempre es buena; puede ser malvada,
y el único valladar que podemos oponerle es nuestra
habilidad en esquivar sus caprichos. Eso es, en pocas
palabras, lo que Raúl había descubierto desde el principio:
«Volviendo a mis comienzos con el Texas Hold'em -me
explica-, cuando empecé a jugar más manos tuve que superar
algunas malas rachas. Pero contando con el apoyo
estadístico, me resultaba muy fácil seguir adelante incluso
en una mala racha, porque sabía de dónde estaba saliendo
mi dinero. Tener los conocimientos teóricos fue algo que me
daba mucha confianza en lo que estaba haciendo, tanto
cuando los resultados eran buenos como cuando no lo eran,
porque si de algo estaba seguro es de que a la larga, si
actuaba de forma correcta, los resultados tenían que ser
p o s itiv o s » .
Y fueron positivos. Al menos lo suficiente como para
hacerse una pregunta importante que iba a cambiar su vida:
¿tenía sentido plantearse la posibilidad de dedicarse
profesionalmente al poker? Una pregunta nada despreciable
para un joven que acababa de cumplir 23 años, cursaba
tercer curso de Químicas en la universidad, tenía una vida
normal y se había distinguido por aplicar la misma diligencia
a sus obligaciones sociales y académicas que a sus
pasiones privadas. Bueno, casi la misma.
En donde se cuenta cómo Raúl decide quemar sus
naves y dedicarse al poker a prueba durante un año,
dando el paso a jugador profesional con el
consiguiente disgusto familiar y prejuicios sociales,
d u d as ...
o voy a mentir, es evidente que yo ya conocía
el desenlace antes de empezar este libro e incluso de
conocer a Raúl, pero a nadie puede extrañar que afirme que
si no lo hubiera sabido a ciencia cierta, lo habría
sospechado. Estaba cantado.
«En este punto de mi vida, tuve que tomar una decisión
importante -me cuenta con tono grave y ciertos matices de
culpabilidad-. No me sentía motivado para seguir
estudiando. Cuando iba a la universidad, lo hacía
exclusivamente por motivos sociales y familiares, pero era
incapaz de aceptar la idea de perder horas y horas
estudiando para unos exámenes que me iban a permitir
obtener una titulación que, en el mejor de los casos, me daría
acceso a un trabajo que iba a ser más difícil de encontrar,
más precario y peor remunerado que el de jugador de
poker».
Mucha gente de mi generación, y no digamos de las
anteriores, siente que tuvimos las cosas mucho más difíciles
en nuestros tiempos jóvenes. Y fáciles no eran, salvo en un
sentido: si no tenías estudios universitarios encontrar
trabajo no era tan duro, al menos hasta finales de la década
de 1980 y principios de la de 1990, con aquella maldita
reconversión industrial obligada por el reajuste de la
economía española en la entonces Comunidad Económica
Europea. Si tenías estudios universitarios lo difícil era
encontrar un empleo con el nivel de tu titulación. Porque
empleo encontrabas. Y si no, estaban las oposiciones, en
donde al menos no te estafaban con eso de «aprobar sin
plaza». En mi caso, a mis 24 años recién cumplidos ya había
conseguido un trabajo seguro de funcionario docente para
toda la vida. Un trabajo perfectamente encajado con mi
titulación. Muchos de mis compañeros hubieron de
enfrentarse a diferentes modalidades de subempleo, pero
encontrar trabajo, lo encontraban.
Sin embargo, desde la famosa reforma laboral de 1994, los
diversos tipos de contratos de aprendizaje, en prácticas y
temporales han sumido en la desesperación a toda una
generación de jóvenes. A ellos y a sus familias, que han sido
su casi único colchón social. La sociedad española producía
una gran cantidad de profesionales medios y superiores que
no encontraban trabajo y que dejaban vacíos millones de
puestos precarios y de baja remuneración que los
inmigrantes fueron llenando de forma espectacular hasta que
llegó la reciente crisis de 2008. Ahora, desde hace ya casi
dos años y medio, las perspectivas son peores para todos. Y
esa percepción social que comparten tantos jóvenes de la
generación de Raúl no puede reprochársele a nadie, porque
es acertada. Si un joven decide buscarse la vida utilizando
para ello su imaginación y su talento, y lo hace
adelantándose a un destino más que probable, lo único que
podemos hacer es felicitarle y desearle suerte. Tratándose de
Raúl, no hay duda de que la decisión fue meditada.
«Fue una etapa difícil en mi vida -confiesa-. Hablé con
muchos amigos. Todos pensaban que estaba loco. Incluso
arriesgando sólo un año de mi vida y estando dispuesto a
retomar los estudios en caso de no verme capaz de ganarme
la vida con el Texas Hold'em, la gente simplemente pensaba
que yo estaba mal de la cabeza. Bueno, hay que reconocer
que es probable que me salga de lo que la mayoría de la
gente con sidera como normal. Recuerdo conversaciones
con gente que me dijo frases de este estilo: "La vida no es
una película" o "Esas cosas no pasan en la vida de las
personas normales". Una delicia de comprensión. En
retrospectiva, no sé cómo me costó más de cinco minutos
tomar la decisión. Supongo que la presión social está dentro
de todos, y que la educación recibida me machacaba con
dos ideas fijas: "Sé un hombre de provecho y sácate una
carrera". Dos ideas que tenía muy inculcadas. Pero al final lo
que me hizo decidirme fue el hecho de que no iba a perder
más que un año si las cosas no salían bien. Hasta el
momento había sido un estudiante ejemplar, así que si las
cosas se torcían podría seguir teniendo mi licenciatura a una
edad razonable».
No cabe ninguna duda de que los padres de Raúl habían
hecho un buen trabajo con él. Tomar decisiones siempre es
difícil, aun cuando todo parezca indicar que la decisión es la
correcta, que es la que todo el mundo espera de nosotros.
Tomar decisiones contra corriente puede ser una tragedia.
Varios de los actuales miembros del Equipo Unibet han
pasado por experiencias similares a la que tuvo que vivir
Raúl, quien tal vez por ser más maduro (ya que ni siquiera
tenía más edad que la mayor parte del resto del equipo)
experimentó el conflicto más consigo mismo que con su
entorno. Pero, desde luego, la reacción de sus padres no fue
de indiferencia. Para la familia media española, el alfa y el
omega de la vida gira en torno a la obsesión por terminar una
carrera o unos estudios profesionales y conseguir un trabajo
estable y seguro. Ysi es de funcionario, mejor.
«Una vez tomada la decisión, la anuncié a mi familia -me
confirma Raúl-. No quería hacer algo así a sus espaldas. Para
ellos el disgusto fue mayúsculo. Peor de lo que esperaba, y
ya esperaba que nos les gustase la idea. Por más que les
insistí en que lo peor que podría pasar es que perdiera un
año, ellos seguían aterrorizados. No creo que se hubieran
preocupado más si les hubiera dicho que había decidido
dedicarme a vender drogas o que pensaba prostituirme. En
cualquier caso, les dije que yo no tenía acceso a más dinero
del que había ganado jugando al poker, y les prometí que, si
no me iba bien, no iba a buscar otros recursos con los que
apostar (lo cual no era un problema para mí, pero supongo
que a ellos les tranquilizó un poco)». Hasta esa fecha Raúl
no había experimentado ninguna injerencia familiar en sus
reconocidas aficiones porque, a fin de cuentas, había sido
un buen estudiante.
Luis Sevilla («Deilor», en las mesas virtuales), un buen
amigo y uno de los primeros fichajes de Raúl para su Equipo
A, tuvo bastantes más problemas cuando tomó su decisión.
Conoció a Raúl en un torneo de Magic e hizo amistad con él
en la cancha de baloncesto cercana a la tienda donde jugaba
al Magic. «Nos caímos bien -me cuenta- y de vez en cuando
quedábamos para jugar a cualquiera de las dos cosas. Un día
me habló del poker, me comentó un poco de qué iba y me
prestó un libro que explicaba las reglas y la estrategia básica.
Después de haberme leído el libro ingresé 100 dólares en un
casino y empecé a jugar». De momento, el poker no pasó de
ser un pasatiempo, una afición, pero las cosas no le iban
bien en general y acabó proyectándose en el juego: «No me
gustaba lo que estudiaba y tampoco había un trabajo que me
entusiasmase. Raúl me comentó que si era disciplinado,
estudiaba libros de poker y trabajaba mucho, podría ganar
bastante dinero. Así que los seis meses anteriores a entrar
en el equipo los había dedicado ya casi por entero a jugar al
poker. Cuando me llegó la propuesta de formar parte del
equipo lo consideré una oportunidad surgida de ese tiempo
de esfuerzo en el poker, ya que sólo seis meses antes de eso
estudiaba y, de vez en cuando, tenía algún trabajo basura
para ganar algo de dinero, así que no tuve dudas».
Él no tuvo dudas, pero otra cosa fue en su entorno:
«Todo el mundo me dijo que estaba loco. A mi grupo de
amigos les pareció muy raro. Aun así, casi todos me
apoyaron. Para mi familia fue un shock enorme, fue como
una especie de tragedia. No sólo me iban mal los estudios,
sino que me iba a convertir en un ludópata o algo así,
p en s aro n » .
Luis Sevilla se marchó a vivir a casa de Raúl por decisión
propia. Sus padres, divorciados y con una hija cada uno de
sus otros matrimonios, no llevaron su disgusto al ultimátum,
de momento se habían limitado a la resistencia pasiva: nada
de Internet en casa, ni un euro para ordenadores, presión
hacia los estudios... Pero aunque la fuerza aplicada no fuera
tan drástica como para que se marchara del nido, acabó
haciéndolo. No obstante, sus primeros meses en casa de su
amigo Raúl, me revela con algo de chirigota éste, los pasó a
base de una dieta estricta de macarrones con tomate hasta
que empezó a ganar dinero suficiente para arriesgarse a
«invertir» en otros alimentos. No quería ser una carga para
nadie. Raúl, inquieto ante una posible avitaminosis que le
afectara al cerebro, se las veía negras para, de vez en
cuando, convencerlo e invitarlo a cenar: había que cuidar el
talento de sus futuros colaboradores.
Alejandro Sánchez («Álex» para los amigos, «Alex4Ever»
en sus incursiones de poker y en los torneos) no tuvo tanta
suerte. Un chico de Albacete que hoy, sin haber cumplido
aún los 22 años, se dedica al poker como Raúl y Luis y es un
miembro reciente y prometedor del Equipo A. El poker le
costó marcharse de casa:
«Hace cuatro años, y encima en Albacete -me relata-,
estaba muy mal visto todo lo relacionado con el poker. Y de
todas formas al principio sólo era un hobby con el que
intentaba ganar algo de dinero. Por lo que hasta que no gané
50.000 dólares -sí, han leído bien- y empecé a tener la idea de
dedicarme profesionalmente al poker no comenté nada.
Lógicamente, mis padres y mi familia no se lo tomaron muy
bien, ya que empezaron a tratarme como a un ludópata,
intentando que dejara de jugar al poker mediante psicólogos,
etc. Así hasta que mis padres no aguantaron más y me
dieron a elegir entre vivir en su casa y seguir con los
estudios (estaba ya en los exámenes finales de bachillerato
para acabar el instituto) o buscarme la vida en otro sitio y
jugar al poker. Yo elegí la segunda opción y me vine a vivir a
Valencia, dejando el instituto cuando me faltaban sólo tres
exámenes para terminarlo. ¡Mira que era cabezón, por Dios!»,
se recrimina a sí mismo.
De este modo Álex, con 18 años, inició su andadura él
solito y se buscó la vida en otra ciudad. Un año antes del
ultimátum paterno ya había tenido problemas: un día su
padre le tiró el ordenador por la ventana a mitad de una
partida y le prohibió terminantemente volver a jugar cuando
estuviera en casa. «Vivíamos en un chalé y el ordenador
cayó sobre hierba, no pienses que me lo tiró de un quinto
piso, aunque me lo reventó igual», precisa para no exagerar
las cosas. Aunque «las cosas» ya apuntaran a tragedia
antes de tomar la decisión de irse. Y es que en España la
palabra «jugar», cuando va unida a la palabra «apuestas» -
con permiso de las deportivo-benéficas, las loterías del
Estado y el cupón pro-ciegos, no lo olvidemos, que no hay
regla sin excepciones- es sinónimo de pecado o enfermedad.
Me explico: antiguamente, o sea, desde la noche de los
tiempos, para la mentalidad católica y tradicional española el
jugador era un pecador, un perdido, un calavera, un
sinvergüenza, un pícaro (en su sentido menos literario), un
tahúr y, casi siempre además, un tramposo. Y no he tenido
que escarbar mucho en la memoria para que me vinieran esos
hermosos y castizos epítetos al magín. Algo que puede
resumirse todavía en un despectivo «desgraciado». Hoy en
día, como la modernidad acabó pillándonos un poco tarde y
por sorpresa, todo hay que decirlo, y gracias sobre todo a la
contemplación de las suecas en bikini, que trajo consigo las
hondas repercusiones morales y políticas de todos
conocidas, las cosas se suavizaron un poco: hoy los
jugadores continúan siendo unos desgraciados para la
mentalidad normal española, pero porque son considerados
unos pobres enfermos, unos adictos, unos débiles morales y
mentales -esto no deja de ser divertido cuando uno se
encuentra a personas de la catadura de Raúl y contrapone el
individuo al prejuicio establecido-, en suma, unos ludópatas.
Palabreja clínica que parece dar un certificado de
tranquilidad a la supuesta tragedia de quien ostenta tan
triste condición.
Es una cruel paradoja de la modernidad (aunque en el
caso de nuestro país yo preferiría hablar de
«trasmodernidad», dicho sea con toda la intención): la
supuesta maldad humana, transmutada en todos los rostros
del egoísmo y del vicio, queda reducida así a un catálogo
clínico de patologías. Conclusión tranquilizadora: la maldad
y su fiel compañe ro, el vicio, no existen, y se convierten así
en una especie de enfermedad mental con distintos grados
de consideración y pronóstico. Conclusión psicohistórica: el
mismo perro -el mismo prejuicio- con otro collar. Un prejuicio
ancien régime con redecoración trasmoderna. Si sienten
curiosidad por averiguar qué pretendo decir, descubriré mis
cartas: la trasmodernidad es la estúpida adopción de todos
los clichés de la modernidad hasta extremos esperpénticos,
hasta llevar las cosas a niveles de simpleza insospechados.
Por poner un ejemplo, superar la vieja (y retrógrada)
autoridad paterna a base de la actual incapacidad de buena
parte de los progenitores para controlar la conducta
impertinente y caprichosa de sus hijos adolescentes. ¿Por
qué creen que están las aulas de secundaria como están hoy
en día o tienen tanto éxito realities como Supernanny? Pero
éste es otro tema y aquí estamos hablando de la
transformación en la percepción social del vicio en
enfermedad en unos casos, además, en que no había ni lo
uno ni lo otro.
Yno estoy exagerando. Hay una anécdota de Álex que es
reveladora del terrible prejuicio social: «Cuando empecé a
jugar al poker -me cuenta con cierta amargura-, en realidad lo
hacía sin dinero, con puntos. Pero mi padre me sorprendió
un día jugando, antes de que me tirara el ordenador por la
ventana, y creyó que estaba apostando dinero y me pegó
una soberana bronca. Fue entonces cuando pensé: ¿y por
qué no pruebo? La bronca ya me la había llevado». Un caso
perfecto de tiro por la culata por poner la venda antes del
co s co rró n .
No hay más que volver a Raúl contándonos su trifulca
familiar para confirmar los prejuicios más infundados que
imaginarse pueda: «Supongo que a ellos les preocupaba el
tema de la ludopatía -me sigue explicando los temores de su
familia por si no me hubiera enterado- y de toda esa gente
que ha perdido grandes sumas en casinos y partidas de
poker clandestinas. No se lo reprocho. Tengo que reconocer
que nunca me había atraído el poker como pasatiempo, y que
para mí sólo era una profesión. He evitado siempre
vincularme emocionalmente con las apuestas, y para mí
siguen siendo algo matemático y racional. Es el en foque que
he inculcado a toda la gente a la que he enseñado a jugar,
empezando por mí mismo, y es el enfoque que debe tener
cualquiera si pretende dedicarse al poker de manera
p ro fes io n al» .
También podemos echar un vistazo al caso de Álvaro
Aspas, conocido en las mesas virtuales como «Darkored», y
que anda hoy por los 24 años con una carrera de Informática
de Gestión aparcada en su último curso por el poker. Cuando
le pregunto cómo reaccionaron en su caso su familia, su
novia, sus amigos, me cuenta sin vacilar: «En mis amigos
había un poco de todo. Gente que no veía mal que lo
intentase porque ellos mismos habían dado ya el paso, como
Luis Sevilla por ejemplo, y otros a quienes les daba miedo
que tirara mi vida a la basura metiéndome en un mundo de
ludopatía, etc. Mi novia digamos que se dejaba llevar. Sé que
no se fiaba mucho de todo este asunto, aunque nunca me lo
dijo directamente. Sin embargo, tenía mucha confianza en mí
y en esa etapa de mi vida, donde casi todo el mundo me dio
la espalda, ella se mantuvo a mi lado pese a todas las dudas
que la asaltaban. Se lo agradeceré siempre. En mi familia, sin
embargo, no se me concedió el beneficio de la duda.
Simplemente no sentó nada bien la noticia. Mi madre tuvo
que ir a un psicólogo y mi padre me dejó entrever que si me
iba de casa para eso, no hacía falta que volviese. La verdad
es que para mí fue lo más duro con diferencia, ya que mi
familia siempre ha sido muy cariñosa y ha estado muy unida.
Pensaban que iba a desperdiciar mi vida y les dolía. Es
normal. Me habría gustado algo más de confianza, pero no
se lo tengo en cuenta. Hoy en día la cosa está mucho mejor
y hasta mi madre se siente orgullosa de mí».
Y no es para menos, Álvaro tampoco se tiró al río sin
flotador, como Raúl. Cuando decidió dedicarse al poker, hace
poco más de dos años, llevaba varios meses con unos
ingresos de unos 1.600 euros mensuales de media y sólo se
dedicaba a jugar en el tiempo libre que le dejaban sus
estudios. Y no empezó hasta que un buen amigo suyo, Luis
Sevilla «Deilor», uno de los primeros apóstoles elegidos por
Raúl, venció sus resistencias a meterse en el poker. «Desde
que Luis se puso a jugar con Raúl -me explica Álvaro-,
siempre había estado animándome a que yo también lo
intentara. Yo siempre le decía medio en broma (porque era
muy escéptico con ese tema) que cuando él ganara un millón
de pesetas me pondría a jugar en serio. Un día quedamos a
cenar y me dijo: "Ya tengo 6.000 euros, ¿cuándo empiezas?",
y me quedé boquiabierto. Seguía sin entender muy bien
cómo podía ser tan fácil ganar dinero y que la gente lo
"regalara" de esa manera». No creo que haga falta explicar
que Alvaro, cuando habla de que la gente «regala» su
dinero, no se refiere a su amigo Luis, sino a la miríada de
jugadores que arriesgan su dinero a la brava en las mesas.
A Diego Pérez, «Piruloo» en la red, con 29 años y a punto
de terminar los estudios de Ingeniería Técnica en Informática
de Sistemas, cuando hace dos años se lanzó al poker
profesional las cosas no se le pusieron tan feas al dar el
paso: «A mis padres la idea les pareció un poco rara.
Conocían la experiencia de Raúl con el poker, puesto que
somos amigos desde pequeños y sabían que era un chico
inteligente, pero no sabían cuánto había de habilidad y
cuánto de suerte. No les pareció mal que empezara a jugar,
pero lo de dejar la universidad ya era otro cantar. De todos
modos, comprendieron que si quería llegar a algo como
jugador de poker tenía que dedicarme a tiempo completo, así
que al final no fue tan traumático para ellos como esperaba.
A mi novia le pareció bien, lo vio desde el principio como un
trabajo que además te ponía al alcance un techo mucho más
alto que un trabajo común. Siempre me ha apoyado».
Víctor Escudero, de quien ya hemos hablado, también vio
claro el paso de dejar los estudios y dedicarse al poker,
aunque al principio mostró cierta renuencia: «Un día Raúl me
propuso un contrato que parecía muy rentable -me confiesa-.
De hecho lo fue, aunque yo me negué varias veces. Pero
Raúl, que es un hombre bastante convincente y tiene las
ideas muy claras, me consiguió convencer de que era una
muy buena opción al menos a corto plazo, así que acepté y
ese mismo día dejé todo por el poker. Pensé que por dejar
todo aparcado durante un año -estudiaba quinto curso de
Administración de Empresas- tampoco iba a cambiar mucho
mi vida y podía ganar mucho dinero. Pero no imaginé que el
poker tuviera tanto potencial. Mientras exista el poker no
tiene mucho sentido sacarme una carrera para currar por mil
eu ro s » .
La reacción de su entorno familiar y social fue muy similar
a la de los otros amigos y conocidos de Raúl: «Los amigos
me dijeron: ";Cuidado! Mucha gente se ha arruinado
jugando al poker". Todos pensaron que éramos unos locos
y, hoy en día, no hay ningún conocido mío que no juegue al
poker o lo haya intentado, después de ver que no perdimos
la casa que no dice riéndose, hasta que le pregunto por la
reacción de sus padres-. A mis padres les di la noticia
mientras estaban en el cine. Nada más terminar de hablar con