ISBN 978-980-12-4571-1
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lf09120108003054
Tomás Manuel Estaba Rojas
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FOTOGRAFÍA DEL AUTOR
(PORTADA Y CONTRAPORTADA)
LIC. EVARISTO MARÍN.
DISEÑO DE LA PORTADA:
JORKAR MORENO
IMPRESO POR:
LITOVENCA
CALLE 12-A, SECTOR LOS BLOQUES
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SEPTIEMBRE 2010.
REPERTORIO . .3
. .5
Vamos a estar claros. . . . . .7
Mi Juramento. . . . . . . . 11
Antiprólogo. . . . . . . . 18
Échenle la culpa a Arsenio. . . . . 25
Coño, nunca faltan vainas, no joda. . . . 26
Por andar creyendo en vainas. . . . . 43
...Ahora sí, vamos con el coroto, pues. . . 48
Después del bonche. . . . . . 50
La cosa. . . . . . . . . 52
El asesino. . . . . . . . 57
El mocho Pedro Vicente. . . . . . 60
Don Nato. . . . . . . . . 63
Don Galeandro. . . . . . . 67
La fortuna de Juan. . . . . . . 69
Homenaje a la pinga. . . . . . 71
Espanta gallinas. . . . . . . 74
El corrido de Sinforoso. . . . . . 77
La parranda del peo. . . . . . . 79
Los trinitarios. . . . . . . . 81
La media pastilla. . . . . . . 85
Cuidando al abuelo. . . . . . . 90
Mi compadre Liso. . . . . . . 90
Todo pasa. . . . . . . . 92
Pluma por pelo. . . . . . . 93
Don Primitivo. . . . . . . . 94
La poesía de Don Primitivo. . . . . 95
Una malagueña para Don Primitivo. . . . 98
Apolonia de Marval. . . . . . . 99
La carta de Amanda. . . . .
Mi respuesta. . . . . .
El galeno Don Raimundo. . . . . . 102
El matacallado. . . . . . . . 108
En una licorería. . . . . . . 110
Proa hacia “Punta de Salina”. . . 112
El cura Maracucho. . . . . . . 113
La historia de Polanco. . . . . . 118
La cosa vs el pipe. . . . . . . 120
La Guyanesa. . . . . . . . 124
La décima de Camucha. . . . . 126
El Mocho Eusebio Fermín.. . . . . 127
El chocolate de Nicolasa. . . . . . 131
Los versos de Claudio. . . . . 136
Esperando a Yiya. . . . . . . 136
Nardo. . . . . . . . . 140
El sesenta y nueve. . . . . . . 143
Cuidando al abuelo (segundo parte). . . . 147
La conserva. . . . . . . . 151
Mi sobrino Pascual. . . . . . . 154
Intercambio de décimas entre los compadres. . 157
El Viejo birriondo. . . . . . . 160
Ñangolo. . . . . . . . . 167
La poceta lavaguate. . . . . . . 170
Manejando y manejando. . . . . . 171
Régulo. . . . . . . . . 171
Carta del buen hombre para la ingrata mujer. . 173
Sacúdalo por debajo. . . . . . 176
La chica de la cola. . . . . . . 177
Don Picho. . . . . . . 178
El regreso a Puerto La Cruz. . . . . 183
3
VAMOS A ESTAR CLAROS
Este montoncito de hojas de papel, al que ni siquiera
nos atrevemos a llamar folleto, y muchísimo menos libro,
nace de esa picardía muy propia de los margariteños, de
andar como caimanes en boca de caño, con las orejas pa-
radas y los ojos bien pelados, cazando cuanto episodio
ocurra en sus alrededores, para buscarle –sin perder ñinga
de tiempo- la salida oportuna o lo que comúnmente se co-
noce en Margarita como la caída. El autor, poseedor de
esta ñera habilidad, ha sacado bastante provecho de ella;
en su diario trajinar se va embuchando de refranes, comen-
tarios y acontecimientos cotidianos, que le proporcionan la
exquisita materia prima de su entretenimiento favorito: con-
tar vainas. Estos elementos, que él denomina base, pie o
material, los trabaja mediante una imaginación calenturien-
ta y exagerada, apoyándose en el relato sencillo, rematan-
do su procesamiento con el infaltable auxilio del condimen-
to poético, popular y coloquial, que lo liga entrañablemente
a la idiosincrasia de los pueblos orientales.
En este coroto se apela a los entramados más elásti-
cos del acontecer, sus páginas están sembradas de expre-
siones caseras, con la aspiración de hacerlo agradable y
fácil de digerir para los que tengan la osadía de leerlo.
Aquí, igual que en el espontáneo y ocurrente lenguaje de
nuestras calles, las palabras picantes y de color, llamadas
groserías, parecen colocarse en su justo lugar, sin ánimo
de vulgaridad, sino con la sana intención de ponerle el ne-
cesario saborcito humorístico, para que desemboque sua-
vemente en una mojiganga.
El Remendón
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5
MI JURAMENTO
Una noche en la playa, muy contento,
después de evaluar el camino andado,
sintiéndome dichoso, afortunado,
aproveché el reflexivo momento.
Mirando el estrellado firmamento
-divinamente bien acompañado-
estando Aleida y “La Giña” a mi lado,
hice de corazón un juramento.
Arrodillado frente al inmenso mar,
tomé sus manos y empecé a gritar,
observado por aquellos quereres:
¨Juro por el Señor que mientras viva,
cualquier vaina que en este mundo escriba,
será dedicada a estas dos mujeres.¨
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7
ANTIPRÓLOGO
Las bolas de Tomás Manuel.
Mélido Estaba Rojas.
(TIVITA)
Vayan viendo los enredos en los que se ensarta
uno -sin aviso pero con bastante protesto- por estar
encaramado en la estaca familiar directa de elementos
como el que tuvo las santas bolas de echar a perder
tanto tiempo, papel y tinta, con esta desgracia que no
se sabe a qué género encasquetársela, o en qué veri-
cueto literario disimularla. Dios es mi testigo de que
bastante le saqué engañadas a las súplicas melindro-
sas de Tomás, para no hacer este papelillo tan cho-
cante: primero, porque mi torpeza para engarzar tres
frasecitas que sepan a algo, se fundamenta en los en-
ganches fastidiosos con los cinco adjetivos calificati-
vos que me aprendí a duras penas en los raticos que
asistí a Primaria, y después porque este imprudente
individuo con complejo de investigador escatológico
lights, es un tipo muy mal conforme con todo lo que
uno le presenta por delante; así que dilaté seis meses
y doce días para machucar esta asquerosidad que no
le perdió ni piés ni pisá a la tripa de este “pescao gua-
muro”, que su ejecutante llama “obra”. De tanto escu-
char al indiciado recitarla fastidiosamente a cuanta
criatura consigue en su camino (porque la desgracia
más grande del mundo, es que se la sabe de memo-
ria) ya yo escribo igualito a él. También debo decir,
que tengo la certeza de que si este parapeto sale
algún día a la luz –que estoy pegado de la Vírgen der
Valle, para que no se la reciban en ninguna imprenta-
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el primero que va a ir preso voy a ser yo, por estar
apañando estas vagabunderías basadas en necesida-
des fisiológicas que no tienen un carajo que ver con
las idem filosóficas. Acá entre nos les digo que el tipo
se está preparando, y hasta obligó a la pobre mujer
que le comprara una ropita porque perjura que lo van
a llamar de la Academia de la Lengua, y “hay que es-
tar preparado para los honores que vienen … aunque
yo no ando buscando glorias”. Yo, por fin no supe de
dónde diablos sacó la plata para la edición, pero me
consta que los cuatro reales que había guardado con
tantos sacrificios –sumados a la pichirrez típica de los
orientales- durante muchos años, los pagó para que
le tipearan sus ocurrencias salivosas. Lo que sí me
extrañó es que la última vez que hablamos me dijo
que se había mudado para un cuarto alquilado, puesto
que no se encuentra viviendo en el apartamento, por-
que resulta muy grande para la familia y se pierde el
calor de hogar. Me parece que lo estuviera escuchan-
do, enmarcado en sus ojos hundíos, justificando sus
impertinencias apabullantes, convencido de que
García Márquez y él pa' los que salgan. Pa' mí, que
ese loco, embriagado –y quién sabe si enratonado-
por sus ansias de escritor, remató el sucucho que
había adquirido cuando deambulaba con una mano
atrás y otra adelante, allá en La Cuarta. Según los
chismes de Aleida –su compañera de toda la vida- el
asqueroso se la pasaba nervioso y con una mortifica-
ción encima porque y que le podían robar los origina-
les para plagiárselos y hacer el gran negocio a costi-
llas de su creatividad. Así, señoras y señores, que el
sujeto se dejó de pendejadas y un buen día se espitó
para Caracas a contratar una caja fuerte en el Banco
9
Central, para guardarlos. ¿Cuánto le costaría eso?.
La cara se me cae de vergüenza, y me tibia aceptar
que me dejé convencer para formar parte de este bo-
chinche. ¿Qué dirán nuestros paisanos margarite-
ños?. Esa gente que vio como nos criaron en mi casa
con tanta dedicación, humildad y respeto por el próji-
mo, para que ahora caigamos en este laberinto, por la
terquedad de un señor empecinao en que él es poeta
y sabe rimar. ¡ Que vaina tan seria, mi Dios !… que
me venga a ocurrir este percance a mí, precisamente
a mí que me la pasaba jochando a mi hermano para
que se dejara de andar pendiente de cuanto cacho le
contaran en la calle para después venir a pasar las
noches arrumao, haciendo los benditos versos que no
pegan ni con “baba e' yaque”, y amanecer con esos
ojos a media cabeza por el trasnocho. Yo creo que
ese diablo, a fuerza de andar estragao, lo que tiene es
una debilidad que lo está matando, así que -por cari-
dad- si el panfleto éste sale a la calle, ignórenlo y no lo
vayan a estar comprando, porque ustedes van a ser
los culpables de que la desgracia sea más grande.
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11
ÉCHENLE LA CULPA A ARSENIO
En una tradicional vacacioncita de agosto, el
desánimo ocasionado por una peladera de bolas de
esas que no tienen nombre, me obligaba a permane-
cer ensimismado, poniéndome cada día más flaco por
no querer probar bocado alguno, entre las cuerdas de
un añoso y remendado chinchorro de moriche, no muy
oloroso que digamos, traído de la deltana Tucupita por
mi suegra, a finales del gobierno del difunto Raúl
Leoni. Un buen martes en la mañana, cuando tenía
una semana en ese trance, viví lo que denominé un
milagro, por la forma tan sorpresiva como sucedió:
algún santo de elevado rango (siempre he sospecha-
do que fue obra de San Lucas, por cuanto soy su fiel
devoto desde mi juventud) viéndome en aquel conmo-
vedor y preocupante estado, se apiadó e intercedió
por mí ante el Gran Poder de Dios, y éste – generosa-
mente – no demoró en inflarme de suficiente voluntad,
para que en un santiamén pegara un brinco y me le-
vantara de aquella curtiembre, me sacudiera la modo-
rra que, hecha la pendeja, estaba consumiéndome
lentamente, y me dispusiera con asombrador ánimo a
realizar un viajecito marítimo.
Más o menos a las cuatro y media de la tarde,
una vez que mi hacendosa compañera terminó de
plancharme los cuatro trapos de ponerme, los aco-
modé junto con una desteñida colchita de pavo real,
un par de cholas, mi desgastado cepillo dental y un
mediano tubo de pasta, bastante estripado, en un
“piazo” de maletín colombiano, adquirido en Cúcuta a
precio de gallo ciego, en mis tiempos de muchacho
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universitario. Acto seguido, cuidadosamente le saqué
las hormigas a tres largos pescuezos de pollos fritos
que estaban guardados en la lacena y, mostrando mi
hambre atrasada, los devoré con dos hermosas are-
pas recalentadas; rematé mi tragazón bebiéndome,
termo en boca, los tres últimos traguitos de café cerre-
ro que quedaban.
Ya teniendo mi bojote preparado y la barriga lle-
na, después de echar bendiciones, dar besos y abra-
zos, aproveché la colita en el destartalado Malibú de
un generoso compadre, y me fui a encaramar muy
orondo en un parsimonioso ferry, que tardó siete
horas en la travesía, y dos atracando en el muelle de
Punta de Piedra. En la mañana del otro día, a eso de
las diez, estroncado de estar dando tumbos, finalmen-
te llegué – con mi cara de guaripete trasnochado – a
encuevarme entre las significativas paredes de barro
que, gracias a la venta de arepas, puercos gordos y
zapatos baratos, construyeron mis recordados viejos
en Altagracia – Margarita.
Un novelesco sábado gracitano por la tarde, pe-
gando un solazo y un calorcito matagente, agobiado
por unas pegajosas chorreras de sudor, una bendita
tos seca y un sinnúmero de zancudos hambrientos,
resolví abandonar por un rato mi hospitalario albergue
y lanzarme a dar unas vueltas por la vecina y comer-
cial población de Juangriego. Sintiéndome en otro
mundo, iba caminando por esas calles de Dios en
compañía de una discreta rasquiña, mirando descon-
solado las vitrinas de las tiendas, sin comprar ni una
picha, y pensando en el plaguero asesino que espera-
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ba por mí en la noche, para darse gusto sacándome la
chispita de sangre que me quedaba, cuando de repen-
te, cogiendo la cerrada curva en la anteriormente co-
nocida como la esquina de Bachán, se me fueron los
frenos, y por más que los bombié no pude evitar trope-
zarme, afortunadamente, con mi buen amigo tacari-
güero Arsenio Ramón González, “el negro”, margarite-
ño puro.
Arsenio era mi llave, mi pana, en aquellos inolvi-
dables días vividos en las aulas y pasillos de la U.D.O,
en la hospitalaria y querida Cumaná, entre los años
1966 y 1971.
Después del sorpresivo encontronazo, nos
“jalamos” a un lado de la vía para guarecernos debajo
de una florecida mata de Clemón. Tuvimos una con-
versación de unas cuatro horas. Hablando y hablando,
recordando vainas; preguntándonos muchas cosas,
tratando de recuperar el tiempo que teníamos sin ver-
nos - unos quince años - me explayé y le conté sin de-
jar nada en el saco, lo sucedido en un bonche al que
yo asistí, y todos los episodios derivados de allí. A me-
dida que yo iba desembuchando la vaina, le declama-
ba poesías y más poesías, hechas por mí, que consti-
tuyen la esencia de la escatológica historia.
Arsenio, sin dejar de parar la oreja ni un solo mo-
mento, después de haberse desarmado de la risa,
cuando yo di por terminado mi relato, me dijo:
-Coño, compay Tomás, usted no puede ni debe
dejar esas poesías guardadas en su casa. Vamos a
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dar a conocer esa vaina, que está vergataria para pu-
blicarla.
-Tu idea es muy buena, tanto que ha jorungado
mi curiosidad –le contesté- ¡pero no!...no puede ser,
tengo una razón de peso, una poderosa traba que me
aguanta para no echarle clavo a tu perturbador pro-
yecto. Se trata de poesías groseras, y no quiero que
equivocadamente me enganchen el calificativo de per-
sona vulgar; tú sabes bien que no lo soy. Como te ex-
pliqué al comienzo de nuestra conversación, esas son
vainas motivadas por una circunstancia muy especial.
Las poesías no fueron elaboradas con la intención de
publicarlas. Te he contado ese particular capítulo de
mi vida, por las aceradas cabuyas de amistad que nos
unen, y no pretendo que esa cuestión se extienda de
allí. Dejemos tranquilas a esas páginas en su descan-
so eterno, para que sea el tiempo quien se encargue
de devorarlas.
-No sea pendejo, compay Tomás, usted no va a
cometer ningún delito. Este mundo, ya de por sí, es
una verdadera grosería y sin embargo existe. Vamos
a darle candela a ese coroto, y al que no le guste, que
no se lo coma, pues – repitió “El negro”, jamaquiando
la cabeza- . Si usted no quiere hacerlo, tendrá que re-
galármelas para yo publicarlas, diciendo que son mías
–y largó la risa-.
Dada la insistencia y el pujo de Arsenio, tratando
de lograr mi palabra aprobatoria para su tentador plan,
le prometí indagar en los días venideros el criterio de
otros cristianos, para tener varias opiniones al respec-
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to; le advertí que el buen destino de su descabellada
idea, estaba signado por los resultados de mi empírico
sondeo.
A los tres días de mi interesante plática con Ar-
senio, todavía con sus palabras zumbándome en el
juicio, recogí mis coroticos, me sacudí mi fondillo y re-
gresé a mi humilde morada en Puerto La Cruz.
Un domingo en la mañana, mientras descansaba
en el chinchorro, planifiqué la manera como le daría
cumplimiento al compromiso contraído con Arsenio en
Juangriego. A partir de ese día, por las noches – en-
comendándome a las tres divinas personas – me di a
la tarea de visitar vecinos, amigos y allegados, con la
intención de reclutar almas que estuvieran dispuestas
a participar en jornadas para debatir y decidir el asun-
to de la publicación de mis poesías. Después de un
montón de noches de estar echando más lengua que
perro sediento bebiendo agua en ponchera, ya con el
gaznate seco, conseguí entusiasmar a treinta y ocho
aprontadas prendas, fiebrosas de contribuir con su
granito de sinvergüenzura para mi consultivo propósi-
to. Integré un voluntarioso grupo, bien comeloncito por
cierto, al que por la ingeniosa labor literaria a realizar,
le encasqueté el rimbombante nombre de La Cofradía
De Mis Notables Consejeros.
Durante ocho sábados consecutivos, de siete a
nueve de la noche, estuve montando mi algazara con
aquel gentío, que no cabía en la salita de mi pobre
apartamento. En cada sesión, yo les leía unas quince
poesías (décimas) y mis conspicuos consejeros – co-
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pia en mano – las analizaban de cabo a rabo y riguro-
samente calificaban su contenido. Al final del encierro,
en el llamado punto de conclusiones, tenía que pedirle
a mis protectoras, la Virgen de Altagracia y la Virgen
Del Valle, me dieran la necesaria paciencia y compos-
tura para soportar las interminables peroratas, atesta-
das de favorables comentarios, no poco zalameros,
acerca de mis coloradas poesías.
Debo decir, no con mucha alegría sino con des-
gano y cierta pesadumbre, que además de alquilar
treinta sillas, hacía mis abultadas compritas de pasta
seca, galletas, jamón, queso amarillo, salchichón, re-
frescos, maltas y otras chucherías, para amenizar los
decisivos encuentros. En fin, me registraba bien a fon-
do mi esmirriado bolsillo, para esmerarme en atender
mi reclutado ensarte de golosas bocas.
En la reunión de cierre, un lluvioso sábado, cuan-
do ya se habían tragado cuanto centavito tenía en mi
raquítica cuentica de ahorros, un distinguido vecino –
gordo y lucio, Dios lo guarde – en representación de la
plenaria, se lanzó con un discurso de cuarenta y cinco
minutos, en el que me bañó con un aguacero de
asombrosas lisonjas y, exhibiendo un exagerado júbi-
lo, concluyó propinándome con un arengador cuarteto,
el perverso empujón para que yo decidiera darle mi
arruinador consentimiento al inventico de Arsenio, me
dijo:
“No se detenga, por favor, poeta,
ignore injurias y necios detalles,
déjese de sacar tantas morisquetas
y lance ya sus poesías a la calle.”
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Lo cierto es que esas glotonas almas, segura-
mente, agradecidas por tantos confites, pasapalos y
refrigerios que destrozaron en mi apartamento, a
cuenta de mis peladas costillas, me aconsejaron por
unanimidad que sacara a la luz pública las fulanas po-
esías. Entonces, “perdío por perdío” y sin tener para
donde coger, no me quedó más remedio que dejarme
de pendejadas y presentar este coroto, con la atrevida
historia poética que le conté a Arsenio en Juangriego.
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COÑO, NUNCA FALTAN VAINAS, NO JODA.
Después que bolas le eché
para mirar lo anhelado
-mi coroto terminado-
por Dios que me emocioné.
Pero de pronto pifié
porque me entró la loquera,
quise que aquí apareciera
una escueta biografía
- algo de la vida mía -
y busqué quien la escribiera.
Fui a visitar un letrado,
que alguien me recomendó,
y el tercio me recibió
muy serio y empaltolado.
Luego de haberle explicado
el asunto que quería,
le entregué la obra mía.
Y apenas la fue leyendo,
me la devolvió diciendo:
“llévese su porquería”.
¿A dónde cree que ha venido?
-preguntó con prepotencia-
quítese de mi presencia,
viejo puto, so bandido.
¿Con quién me ha confundido?
poetastro, displicente;
soy un escritor decente,
váyase ya de mi hogar,
jamás podré biografiar
a un panfletista insolente.
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A la importante eminencia,
le dije: tiene razón,
pero no se tibie, don,
que biografiar no es gran ciencia.
Quédese con su decencia,
su cultura y su lirismo,
viviendo con su egoísmo
sin caer nunca en lo bajo,
y no me escriba un carajo,
mi verga la hago yo mismo.
Narrado el afrentoso sofocón,
por el que pasé ese amargo día,
ahora escribo, con mi estilo simplón,
algunas cosas de la vida mía:
Nací y crecí en Altagracia, hermosa y acogedora
población de mi bella Margarita. Mi infancia y mis años
juveniles transcurrieron en un ambiente donde el in-
grediente poético era infaltable. Desde niño tuve con-
tacto con las poesías, viví muy cercano a ellas. Era
normal que en cualquier parte de mi pueblo se impro-
visaran cuartetos, décimas y las bonitas malagueñas.
Se hablaba mucho de poesías, particularmente de las
décimas. Un suceso –de la naturaleza que fuese- ins-
piraba para la construcción de ellas. Siendo un mu-
chacho oí hablar de Vicente Espinel, en conversacio-
nes que sostenían algunos pobladores cultivadores
del género poético. Me enteré en aquel tiempo, que
ese célebre poeta y escritor español, fue el creador de
la extraordinaria estructura poética de diez versos oc-
tosílabos, que originan su denominación: La Décima.
En honor a él, también se le conoce como Espinela.
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Recuerdo con emoción que cursando primer gra-
do, en un acto cultural celebrado en la escuela, recité
“El Guayacán”, poesía escrita por un reconocido ma-
estro de apellido Camejo. Después, en quinto y sexto
grado, declamé varias veces “El Gato y la Morcilla”-
ocurrente obra de Aquiles Nazoa- lo que originó mi
afición por la declamación. Me recreo pensando en mi
disfrute de cada Diciembre, cuando oía cantar aguinal-
dos magistralmente elaborados. Era impresionante la
destreza enseñada al improvisar aquellos versos, lle-
nos de gracia, pimienta y sabor. Escucharlos, constitu-
ía para mí una verdadera distracción. Las parrandas
callejeras me emocionaban y las perseguía embelesa-
do. En esta época del año –el mes de Las Pascuas-
también salían a recorrer la población las tradicionales
diversiones, y las calles se llenaban de alegría con tan
pintorescos bailes. Allí, con el acompañamiento de
una sabrosa música, solistas de clara voz cantaban
cuartetos, algunos previamente confeccionados y
otros improvisados durante el baile. Las llamadas gua-
richas, vistosamente vestidas y muy bien acicaladas,
hacían con sus acopladas voces el atrayente coro. Un
conjunto de ocurrentes personajes, entre ellos un doc-
tor, un ayudante, un enfermero y un asustador diablo
(persiguiendo a los muchachos) montaban un verda-
dero teatro ambulante, en cada parada donde manda-
ban a bailar la diversión.
No olvido que en la Semana Santa, además de
los actos religiosos, había una actividad muy especial
con sabor poético. El Domingo de Resurrección por la
tarde, se congregaba gran parte de la población para
presenciar la quema de Judas. Era un espectáculo
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sorprendente, la gente asistía con la intención de es-
cuchar atentamente la lectura del llamado testamento.
Este ocurrente documento estaba conformado por un
conjunto de jocosas décimas, elaboradas por seleccio-
nados poetas del pueblo. Era una gozadera oír aque-
llas poesías, a través de las cuales en forma pimiento-
sa se repartían los bienes del condenado o condena-
da. Las afortunadas personas -seleccionadas para tan
gracioso reparto- durante muchos días eran víctimas
de las mamaderas de gallos, echaderas de vainas y
jodederas.
Es imposible no mencionar un recuerdo muy
agradable y significativo: mi padre, Natividad Estaba,
un viejo y experimentado zapatero - a quien le
decíamos “El Mayor”- generalmente iniciaba y termi-
naba sus labores, cantando cuartetos y décimas en
forma de galerón. Casi siempre cuando yo estaba cer-
ca de su mesa o banca de trabajar, me decía: “echa
un verso ahí, pues”; “vamos, arranca, improvisa”. Yo
intentaba armar un cuarteto, y “El Mayor” corregía mis
errores, diciéndome algunas de estas cosas: “tú no
ves que eso no pega, tú no ves que eso está muy lar-
go, eso está muy corto, piensa, arréglalo, componlo
bien, búscale la vuelta”. Asistí con él a muchos de los
llamados velorios de Cruz de Mayo, y entre canto y
canto –galerón y galerón- se esmeraba explicándome
de una manera muy sencilla los secretos para cons-
truir una buena décima. Decía: “primero se arma el
cuarteto y después se busca el remate, lo demás es
relleno y habilidad. El final debe tener picante y pi-
mienta. Si la décima no se remata bien, suena fría y
entonces no es buena”. Era notable su insistencia en
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el verso del remate. Decía que allí estaba el todo de la
cuestión, la chispa que provoca los aplausos del públi-
co.
Con este rápido recorrido por tan gratos e inolvi-
dables momentos -vividos en mi pueblo- quiero signifi-
car que estos eventos donde resaltaban las poesías,
me embriagaban de una sin igual alegría. Sentía una
atracción muy particular por esa habilidad para impro-
visar y hacer versos. Me asombraba la facilidad para
rimar con tanta perfección. Con todas estas cosas, mi
vida -poco a poco- se impregnaba de la maravillosa
armonía poética. Pero fue en el inicio de mis estudios
universitarios en Cumaná, en plena mocedad, cuando
la inspiración me visitó formalmente por primera vez.
Allí, aquella preñez de vivencias y enseñanzas -
originada en mi terruño- culminó con un emocionante
parto poético: aparecieron mis primeras poesías. Un
buen día descubrí que la construcción de un cuarteto,
una décima, una malagueña -y hasta un soneto- no
representaba dificultad alguna para mí. Me invadió la
felicidad con este descubrimiento. Comencé a vivir ac-
tivamente en el interesante y divertido mundo de la
versación. Confieso haber disfrutado lo suficiente a
partir de entonces con mis poesías, las cuales decla-
maba -y declamo- porque soy muy malo cantando.
Bastante palos me eché, haciendo y declamando déci-
mas para complacer las peticiones de mis compañe-
ros de farra.
El ensamble de mis primeros versos marcó un
punto de continuidad en mi recreativa actividad poéti-
ca. Hasta hoy no he dejado de escribir poemas y mis
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inéditas canciones. Soy un empecinado hacedor y jun-
tador de versos, vale decir, un versador o versificador.
Manifiesto preferir el término versador porque me sue-
na mejor y me agrada más. Disfruto y gozo versando;
decir las cosas poéticamente me resulta emocionante,
es algo muy placentero. Mis versos carecen de la mal
llamada enjundia o pureza poética, son sencillos y di-
rectos, encajan o se acomodan en la categoría folklóri-
ca o popular. En ellos se reflejan las imborrables lec-
ciones de mi gran escuela: las calles de Altagracia.
Esa forma de rimar tan pronunciada, característica de
las poesías y cantos de mi pueblo, está siempre con-
migo, es difícil apartarme de ella. No puedo versar sin
rima.
-Sin rima no hay sabor, no hay gusto, no hay pi-
mienta - así decía “El Mayor”, cuando hablaba de ver-
sos y poesías, convencido de estar pronunciando una
gran verdad.
Yo creo firmemente en esas expresiones. Mu-
chas veces escuché a mi madre, Leonarda Rojas de
Estaba, “La Mayora”, hablando de los velorios de Cruz
de Mayo y de los galeronistas.
- Hay gente que canta muy “esabrío”, lo que can-
tan no tiene gusto, es un coroto muy maluco, sin gra-
cia, así como “forzao” –sentenciaba, con afán de rega-
ño.
Sus claras palabras, escritas tal cual las decía,
se referían a la ausencia de la buena rima y la corres-
pondiente pimienta en algunos cantos. Era evidente
24
su incomodidad al escuchar una décima sin la efectiva
fuerza en el remate.
Actualmente soy un ocioso educador jubilado. En
mis mozos tiempos, estando activo en la engrandece-
dora labor educativa, impartía nociones de la madre
de todas las ciencias: La Matemática. Esos conoci-
mientos por el desuso los he olvidado, no los poseo; a
duras penas resto, no sumo ni multiplico y ante cual-
quier división me tranco. Y ahora, metido en el
“corricorri” de la publicación de este coroto, he parido
estas modestas líneas, para medio tratar de salvar mi
pellejo y no cargar con ese peso de conciencia, por
incumplir con la palabra empeñada, tanto con Arsenio
como con mis vecinos y familiares cercanos. Te pido
disculpas por las torpezas literarias que seguramente
encontrarás aquí. Estas vainas, como todas las cosas
en el mundo, serán del agrado de algunas personas y
de otras no, eso es normal e inevitable. De todas ma-
neras:
La vida sigue,
nada la detiene,
cada quien decide
lo que le conviene.
Pero hay una gran verdad
imposible de ocultar,
y en este simple sexteto
te la quiero recordar:
“esta vida es una sola
y hay que saberla llevar”.
25
POR ANDAR CREYENDO EN VAINAS
Cuando acabé de escribir esta cosa,
mis buenos consejeros se enteraron,
y ansiosos por leer mi obra jocosa
a un pequeño bochinche me invitaron.
Con la tremenda pea que cogieron,
elogiaron lo que yo había hecho,
y algunos muy pasados me dijeron:
¡verga, Tomás, que libro tan arrecho!
Yo, como un mismo bolsa, les creí
y lo publiqué, loco de contento,
pero para ello el carrito vendí
e hipotequé mi pobre apartamento.
Y ahora de mi virgen estoy pegado,
pidiéndole –porque soy buen devoto-
que no me deje morir arruinado
y me ayude a vender este coroto.
26
…AHORA SÍ, VAMOS CON EL COROTO, PUES.
Inicio la bella historia,
donde nombro a mucha gente,
haciendo decentemente
la siguiente aclaratoria:
Si alguno de tantos nombres
que en estas vainas incluyo,
por mala leche, es el tuyo,
no te alarmes ni te asombres.
Entiende que este buen hombre
lo utilizó sin maldad,
y te dice de verdad
con cariño y mucho amor:
“no te arreches, por favor,
que es pura casualidad”.
Sucedió que el exitoso ingeniero civil Miguel Ri-
bas -el flaco Ribita- mi alumno en tiempos pasados,
me invitó con mucho agrado a un bonchecito con moti-
vo de su despedida de soltero. Allí estuve puntual un
sábado a las siete de la noche. La movida se llevó a
cabo en un apartamentico tipo estudio, ubicado en Le-
chería, estado Anzoátegui. Este cuchitril - así decimos
en Margarita - con un área aproximada de unos treinta
y dos metros cuadrados, está conformado por una sa-
lita y un bañito muy cuchi, situado un poquito más allá
de la entrada. Aquel bañito es extremadamente pe-
queño, el espacio entre la poceta y su decorativa
puertica es muy reducido. Sentarse allí a descargar la
maleta -con la puerta del bañito cerrada- es una ver-
27
dadera odisea, o mejor dicho, es casi imposible. Inten-
tar hacerlo, significa que se deben encoger bien las
piernas hacia el pecho, para que las rodillas no que-
den aprisionadas con la puertica. El bañito es tan pe-
queño, que un hombre -más o menos gordo- para ori-
nar allí, debe hacerlo con la puerta abierta, sin poder
evitar que le quede medio culo afuera. Ese minúsculo
retrete, pudiera llamarse la cuevita de la tortura y la
incomodidad.
Unas cuarenta y dos personas, como sardinas
en lata, compartíamos felices porque la fiesta era de
primera, de pinga: buena caña, pasapalos de sobra…
y un aire acondicionado enfriando a millón. Desde el
comienzo de la pachanga, hice buenas migas con un
empresario vasco de apellido Iturregui -más o menos
de mi edad- buen conversador, dueño de una tasca y
restaurante en Puerto La Cruz. Montamos en aquel
bululú una amena y entretenida cotorra. A eso de las
dos de la madrugada, con la celebración en su apo-
geo, en plena gozadera, sumergidos en una alegre
bullaranga, ocurrió la desgracia, la catástrofe: sorpre-
sivamente, un insoportable y demoledor olor a mierda
inundó -de una sola vez- todos los espacios del cuchi-
tril y gran parte del edificio. Inmediatamente, los pa-
ñuelos empapados de caros perfumes aparecieron por
montones, aunque resultaba imposible contrarrestar
semejante pestilencia. Sonaban incontables estornu-
dos y ruidosas sopladeras de nariz. Los vasos con
whisky eran movidos con gran rapidez, el tintineo del
hielo no cesaba y la destapadera de cerveza era im-
presionante. Por todos lados se escuchaba la popular
e inevitable expresión: ¡fó, carajo, no joda!. En medio
28
de aquella fetidez, el educado ingeniero Ribita no se
contuvo, perdió los estribos y gritaba desaforadamen-
te:
“Coño, hay que ser bien habilidoso para cagar
allí. ¿Quién será ese gracioso?, ese culo merece una
condecoración. Esa vaina no es para cagar, hubiesen
cagado en su casa, carajo. Que arrechera, no joda,
acabaron con la fiesta. Mañana tendré que fumigar
esta verga. Por favor, no fumen, que esta mierda va a
explotar”.
Ochenta y dos ojos - entre ellos los míos - per-
manecían fijos, miraban sin pestañar hacia la intere-
sante puertica. Esperaban con ansias la gloriosa sali-
da del dueño de tan osado y atrevido culo. Sentían
una gran curiosidad por saber quién era el calamitoso
personaje. Los segundos parecían siglos y una miste-
riosa tranquilidad se apoderó del lugar. La luz ame-
nazó con desvanecerse, las azules paredes palidecie-
ron y el cuchitril se redujo. De pronto, terminó el sufri-
miento de las atentas almas en vela, la incógnita
quedó despejada, salió ella: una criatura, una nena
con cara angelical, una belleza de señorita, tendría
unos diecinueve o veinte años, no más. Llorando,
asustada, cual pajarito indefenso, comenzó a soportar
la andanada de cosas desagradables -pero muy opor-
tunas para el caso- que casi todos comenzaron a de-
cirle; narrarlas, significaría tener que publicar un folleto
exclusivamente para eso. Imagínate cuantas vainas y
jodederas posibles, se pueden inventar y decir -con
unos palos encima- en una situación así .Confieso no
haber pronunciado palabra alguna, permanecí callado.
Me imaginaba a mi adorada hija en un aprieto como
29
éste, y sentía tristeza. Además, desde el propio inicio
de la espantosa hediondez, estuve muy pendiente de
una atormentadora voz, que en la mismísima pata de
la oreja izquierda, no cesaba diciéndome:
“Tomás, si pelas esa cagada no mereces llamarte
poeta”.
“Esa cagada está de primera para cuatro décimas
bien rematadas”.
“¿Dónde está lo que aprendiste?”.
“Arranca, improvisa, ¿qué esperas?”.
“No dejes pasar esta tremenda oportunidad, lúcete”.
“¿Qué versador del carajo eres tú?”.
Sabía perfectamente de quien se trataba, era la
inconfundible voz de mi difunto padre, “El Mayor”.
Quería una retribución poética por sus enseñanzas.
Varias veces le respondí en silencio con el pensa-
miento, que ese tipo de flores no las cultivaba en mi
jardín poético.
El acoso de su voz, repitiéndome sin parar las
mismas expresiones, se convirtió en hostigamiento.
En aquella circunstancia, evidentemente, tenía dos
posibles vías. La primera consistía en retirarme de la
fiesta, lo que significaría para él una cobardía poética
y terminaría diciendo: “ese Tomás es una porquería,
no aprendió nada…¡que lástima!”. La otra salida era
muy fácil: sencillamente complacerlo. Una poderosa
razón sentimental me impulsó a tomar el segundo ca-
mino, no hacerlo me hubiese llevado a sentir mucha
pena, pensando en la decepción de “El Mayor”. Des-
pués de haber tomado esta decisión, para asegurarme
30
de cumplir bien con mi misión, repasé las viejas y bue-
nas lecciones poéticas de mi progenitor. Lo escuché
de nuevo: “arma primero el cuarteto y acuérdate que
el remate debe tener picante y pimienta”. En aquel
momento me corrió como un calambre por el espina-
zo…me engrinché igual que un camaleón arrecho, me
eché mi tradicional sacudida de hombros, y solté la
ponzoña que escondía en mi bien disfrazada seriedad.
Entonces…
En medio de aquel barullo,
con mis cuantas frías tomadas,
decidí guardar mi orgullo
y enfrentarme a esa cagada.
Tres pasos fueron suficientes para ubicarme de-
lante de la avergonzada autora de tan horripilante
obra. Observé sus llorosos ojos, eran muy bellos; pu-
se cara de seriedad y esperé un poquito de silencio;
respiré profundo, llenándome con la inspiradora fra-
gancia del perfumado aire, y en voz alta arranqué a
declamar:
31
No llores niña bonita
que evacuar no es un pecado,
ese es un acto sagrado
y una vaina exquisita.
Pero entienda señorita
que al cagar de esa manera,
a una prisión, compañera,
te puede mandar un juez,
porque con esa hediondez
vas a matar a cualquiera.
El inesperado vergajazo poético explotó en el
ambiente con tanto énfasis como la mismísima
hediondez de la juvenil defecación. Los estruendosos
aplausos, los gritos y las risas no se hicieron esperar.
La cuerda de alegres jodedores y jodedoras repetían,
formando un coro: “otra, otra, otra”. Feliz por la entu-
siasmadora receptividad, inspirado, seguí con la se-
gunda décima:
Comience hoy mismo a educar
a su culo, bella nena,
que aprenda que en casa ajena
está prohibido evacuar.
Si no puedes alcanzar
tan educativo fin,
puedes darte tu postín
y en cualquier lugar cagarte,
pero antes debes tomarte
dos vasos de mistolín.
32
De nuevo las risas, los aplausos y las voces pi-
diendo otra, otra, otra. Sin perder tiempo continué con
la misma tónica, declamando la tercera y cuarta déci-
ma:
Además de esa bebida,
que te ayudará bastante,
tienes que actuar cada instante
como mujer precavida.
Cuando tú, nena querida,
cagues la próxima vez,
aunque no exista hediondez
no deberías confiarte,
y el rabo debes limpiarte
con lija número tres.
Quiero para terminar
desearte mucha suerte,
y que no causes la muerte
de una persona al cagar.
Y si llegas a notar
que mi buena medicina,
el mal olor no elimina
y el tufo sigue clavado,
póngase a diario un lavado
de Moncler con creolina.
Mis poesías se convirtieron en un ingrediente de
primera, se prendió un gran bochinche, un desorden.
En medio del alboroto escuchaba al “Mayor”, hincha-
do de alegría, diciéndome: “échate un par de palos
33
secos y sigue pa´ lante mi gallo, carajo”. Con una im-
presionante rapidez, hasta mis manos llegó la botella
de un fino escocés doce años y un vaso plástico, me
metí dos buenos guarapazos y arranqué con una de-
clamación más suave, lenta, medio bolerona. Aquí,
basado en el escoñetador respaldo del selecto audito-
rio, que no cesaba de vitorearme, me dejé de güevo-
nadas y, a lo Felipe Pirela, medio canté:
Cada vez que te llamo, me contestan
que tú acabas de entrar en el baño,
y pienso nena mía que esa respuesta
encierra algo que me parece extraño.
Tu delicada madre, tan decente,
se vuelve una doctora contestando,
muy educada, de forma inteligente,
me hace pensar que siempre estás cagando.
Y yo decía, mira que casualidad,
siempre caga, cuando yo estoy llamando,
pero resulta que ahora sé la verdad:
he descubierto que me están mojoneando.
A menos que padezcas, nena mía,
de una gran diarrea permanente,
o que tú tengas lo que yo no sabía:
que se te afloja el barro fácilmente.
Sin haberlo planificado, ni siquiera imaginado,
había montado un pequeño show. Viendo al público
disfrutar a plenitud con mi actuación, sentía una exci-
34
tante y extraordinaria sensación. Pasado un tiempo
me enteré por televisión, que a esto lo denominan el
Orgasmo Artístico.
Mi exalumno el ingeniero, abrazándome muy ale-
gre, me dijo:
-¡Carajo, profesor! , usted es un vergatario, me-
nos mal que vino, se lo agradezco, no hubiésemos so-
portado esa cagada sin usted.
De inmediato, jodiendo, en voz alta, hizo mi pre-
sentación:
-Atención señoras y señores, estamos en pre-
sencia del profesor Tomás Estaba Rojas, el especta-
cular poeta de la cagada. Tenemos una deuda con él
por habernos rescatado de las garras de la muerte,
con sus poesías. Ese culo asesino nos tiró a matar.
Adelante, profesor, siga alegrando esta vaina, que el
olorcito a mierda todavía persiste.
El cuchitril fue estremecido por gritos y aplausos.
Yo -con el moño suelto- no podía contenerme; vivía
una locura, respiraba alegría. El trabajo estaba hecho.
. . misión cumplida, “Mayor”. Por primera vez recibía
tantos aplausos en mi vida. Muy contento y motivado,
me lancé con esta décima:
35
Con respeto y comprensión
por su forma de evacuar,
ciertos nombres voy a dar
al culo en mi versación.
A ese culo zoquetón
que entre pujido y pujido,
no logra su cometido
porque siempre está trancado,
se llama culo apretado
o más bien culo estreñido.
Al terminar, entre risas y aplausos, se destapó
una verdadera jodedera - un perfecto recholo -. Aque-
llos incontrolables desvergonzados comenzaron a gri-
tarme nombres que le daban al culo, para que yo im-
provisara poesías con ellos, así fue como construí y
declamé tres décimas más, de esta misma categoría:
Hay el culo mañanero
que no se atrasa por nada,
después de la madrugada
echa feliz su guatero.
Y su dueño, tempranero,
con las tripas bien vacías,
seguro y con alegría
comienza su trajinar,
y se olvida de cagar
en todo el resto del día.
36
Existe el culo obediente
al que llaman ideal,
es un culo fiel, leal,
astuto e inteligente.
Con él no tiene la gente
ni apuros ni correderas,
es de una especial manera,
y con seriedad les digo:
que ese culo, mis amigos,
caga cuando el dueño quiera.
Con mi clasificación
hasta aquí pienso llegar,
y la voy a terminar
con el culo remolón.
Es un culo que en su acción,
después que el dueño ha pujado
y sus peos se ha tirado
leyendo una revistica,
echa dos cagarruticas
y se tranca el condenado.
En aquel relajo me pedían que siguiera con el
mismo tema. Y yo, muy a gusto, después de empujar-
me un largo trancazo de whisky, me dirigí de nuevo a
la Nena Cagona:
37
Señorita, soy sincero
al decir con seriedad,
que su culo es en verdad
una mina de dinero.
Produciría un realero
sin muchas complicaciones,
realizando operaciones
que son bien remuneradas,
disolviendo con cagadas
grandes manifestaciones.
Como hay manifestaciones
ahorita por todas partes,
no tardarán en buscarte
con buenas contrataciones.
Los billetes por montones
en tu cuenta irán entrando,
y te veré celebrando
porque pronto vas a ser,
la primerita mujer
que se haga rica cagando.
El ambiente no variaba, en la salita se oía lo de
siempre: risas, gritos y aplausos. Declamadas esas
dos décimas –escuchando el ritornelo: siga, siga, si-
ga…- como para congraciarme con la joven, armé lo
que pudiera llamarse un soneto, y lo declamé a todo
galillo con los brazos abiertos hacia lo alto, en el cen-
tro de la salita:
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No debemos, señores, condenar
al inocente culo que asustado,
en el bañito -muy bien encerrado-
su tremenda cagada pudo echar.
Agradecidos tenemos que estar,
porque él, sin haberlo planificado,
con esa pestilencia nos ha dado
ánimo y fuerzas para celebrar.
Estoy seguro que cuando evacuaba,
ese culito no se imaginaba
la importancia que su mierda tendría.
Jamás pensó que el espantoso hedor,
inspirara a este viejo versador,
para que hiciera tan lindas poesías.
En medio de aquel jolgorio, una dama -la catira
Yudith- aprovechando que su acompañante estaba
distraído, se acercó apuradita para decirme con una
confianza excesiva –como que me conociera desde
muy atrás- :
Señor Poeta…mi viejo lindo… dígale algo con
una poesía a mi novio Rafael, que él donde quiera que
va, siempre se está cagando; no le da pena, es muy
culo flojo. . . chao. . .bien buena, sabe. . . no se olvi-
de.
Mientras arreglaba la décima con la que compla-
cería la petición de la catira Yudith, me eché tres lar-
39
gos y esclarecedores vergajazos de whisky. Al cercio-
rarme que estaba listo para cumplir con el retador en-
cargo, con cara de poeta pelado y complaciente, le-
vanté el brazo izquierdo bien alto, pedí silencio, y
haciendo el gesto característico del borracho -
estirando y encogiendo los labios- para señalar a mi
víctima Rafael, arranqué a cantar este galerón:
Señores, mucha atención,
seguimos amenazados,
existe otro culo osado
en esta celebración.
Me han dado la información
que lo tiene un caballero,
un Rafael rochelero
que siempre se anda cagando,
y ahora debe estar pensando
cuando echará su mierdero.
Con más palos que una montaña, seguí zumban-
do cuartetos relacionados con el mismo tema. Fueron
muchos, he aquí una muestra de los más aplaudidos:
Para poder evitar
una cagada asesina,
tómese antes de cagar
dos pepas de Naftalina.
Si tu vientre has de vaciar,
en poceta o bacinilla,
nada te cuesta avisar
que usen la mascarilla.
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La nena tiene un disgusto
y mira de medio lado,
porque su culo del susto
se puede quedar tapado.
Culo que te habéis cagado
para alegrar la movida,
a tu dueña la has dejado
muda, triste y compungida.
Había transcurrido un buen tiempo desde el co-
mienzo de mi declamadera, y el asunto de las poesías
empezó a calmarse con la bulla. Entendí que era el
momento preciso para un receso y volví a ubicarme al
lado del Vasco Iturregui. Pero ahora nuestra conversa-
ción, desviada por mi actuación, tomó otro camino. El
Vasco, sin darle muchas vueltas al ruedo, me dijo:
¡Caramba, profesor, vaya sorpresa!, me ha deja-
do pasmado con su habilidad para hacer y declamar
poesías; ¡coño, tan serio como se veía!... ¿Quién iba a
creerlo?.
¿Esas vainas las inventó en este momento?. –
me preguntó como el que naufraga en un mar de
asombros-.
Restándole importancia a sus halagadoras pala-
bras, le dije: “si hombre, hago poesías desde mis tiem-
pos de estudiante, improvisar es cosa de estar motiva-
do”. Entonces vino lo inesperado, el Vasco Iturregui,
colocando su mano derecha en mi hombro izquierdo,
expresó:
41
- Profesor, yo gocé una bola mientras lo oía, me
divertí bastante, y por lo visto a los demás asistentes
también les ocurrió lo mismo. Estoy seguro que esa
vaina que usted hace, acompañándola con una musi-
quita de fondo, la podemos convertir en una presenta-
ción del carajo, deme su opinión. De todas formas le
propongo algo. Voy a organizar en mi negocio una no-
che de poesías jocosas y groseras, quiero presentarlo
allí. Usted puede perfectamente montar un show con
su declamación. ¿Cómo lo ve?, ¿está dispuesto?.
Había mucha bulla y no podía concentrarme, la
palazón también me lo impedía. Estuve en silencio un
tiempo suficiente como para construir una respuesta
pimientosa. Sabía que aquella proposición era propia
del jodedor momento, es decir, cosas de palos. Te-
niendo lista mi respuesta, levanté mi mano izquierda y
la puse en su hombro derecho, y utilizando un cuarte-
to reventón de versos octosílabos, con cierta chercha,
le dije:
El lunes, mi nuevo socio,
después que descanse un rato,
pasaré por tu negocio
para firmar el contrato.
El Vasco soltó la risa y añadió:
- Vamos a organizar ese bonche, profesor, le doy
mi palabra, no se me vaya a rajar.
El indetenible tiempo transcurrió. Entre las cuatro
42
y cinco de la mañana comenzó la estampida. Todavía
a esa hora, algunos borrachos solicitaban una compla-
cencia:
- Improvise aunque sea un cuartetico para no ol-
vidar a esa cagada -pedían, mientras me templaban
por las mangas de mi fiestera camisita amameyada
con listicas negras.
El Vasco se marchó primero que yo. Cuando se
iba, (bien sarataco) atinó a decirme:
- No se olvide profe de nuestra conversa, lo es-
pero en mi negocio, mire que el asunto de la presenta-
ción es en serio.
A mi apartamento llegué casi a las seis de la ma-
ñana, faltaban diez minutos. Me parecía venir de unas
olimpíadas con una medalla de oro. Indudablemente –
digo yo, pues- mi participación había sido un éxito, va-
lió la pena el trasnocho. Nunca imaginé que ese tipo
de poesías produjera tal satisfacción.
43
DESPUÉS DEL BONCHE
El martes por la tarde, hecho el pendejo y llevado
por la curiosidad, visité al Vasco en su negocio a ver
qué pasaba. Me recibió con gran amabilidad, fui aten-
dido de inmediato:
- Siéntese aquí, ¿quiere tomar algo profe? –
interrogó, escondiendo cierta picardía.
No quise beber, degusté unos buenos pedazos
de tortilla española, un queso muy rico y un salchichón
de primera. Conversamos largo y tendido, hablamos
de temas variados. Recordábamos lo de mi declama-
ción en la fiesta del sábado y nos reíamos. Mientras
charlaba con el Vasco, sin atreverme a preguntar na-
da por el temor de hacer el ridículo, pensaba en su
promesa de organizar una fabulosa presentación joco-
sa y grosera. Observando que no mencionaba el
asunto para nada, concluí que efectivamente aquello
había sido una lógica consecuencia del exceso de pa-
los, una falsa alarma.
Pasó un largo rato, nos pusimos de pie y camina-
mos por el local. Llegamos a un espacio muy bien de-
corado, y señalando hacia un rincón, me sorprendió.
- Aquí, atrás, van a estar dos amigos españoles
tocando sus guitarras para acompañarlo; delante, en
esta parte más alta, estará usted declamando fino
hasta el cansancio. Voy a invitar unos cuantos ami-
gos isleños, a quienes les encanta las poesías grose-
ras, les voy a dar una sorpresa con su show; esto se
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va a llenar. ¿Cómo le parece?, ¿cómo le parece?,
dígame, dígame –insistía, sin poder ocultar su enorme
entusiasmo.
Sin hablar, impresionado, sorprendido y con un
inevitable vacío en el estómago, comprendí que la co-
sa era en serio; el Vasco estaba muy animado. En ese
instante recordé los aplausos y las risas en el bonche
de Lechería, aquello había sido demasiado agradable
y satisfactorio, no podía olvidarlo.
Emocionado, con el corazón a ciento ochenta –
“esmachetado”-busqué internamente un poco de cal-
ma, inspiré profundo varias veces. Necesitaba dar una
respuesta clara, precisa. Había llegado el momento de
la chiquita: ¿Quiero hacerlo o no quiero hacerlo?, me
preguntaba. Sintiéndome atrapado por un escondido
deseo de actuar, e impulsado por una gustosa tenta-
ción, tratando de no hablar tan apurado, le respondí:
“amigo Iturregui, está bien, acepto el reto. Sin embar-
go, debo explicarte que para presentarme aquí con la
formalidad que tú quieres, necesito preparar un buen
repertorio. Declamaré por lo menos hora y media, y
requiero como mínimo unas treinta poesías comple-
tas, es decir, ciento veinte décimas. La cagada fue mi
base en la fiesta de Lechería; ahora, en esta actua-
ción, el coroto es diferente. Debo ingeniármelas bus-
cando los temas apropiados para escribir las poesías
jodedoras, y tardaré un tiempo en eso. Aunque el
asunto no es fácil, te doy mi palabra, ese espectáculo
va, pero yo pondré la fecha cuando tenga todo listo, al
estar bien preparado te aviso”.
45
- Profesor - respondió el Vasco - no hay proble-
ma, su palabra decide, usted manda, échele pichón,
yo lo que quiero es presentarlo aquí. De ahora en ade-
lante venga siempre por acá; manténgame informado,
seguimos en contacto. Recuerde que esta es su casa
y yo soy su socio.
Cuando el vasco terminó su pequeño y convin-
cente discurso, no se aguantó y largó la risa, yo hice
lo propio. Después nos dimos un fuerte apretón de
manos para despedirnos.
Salí muy contento y al mismo tiempo preocupa-
do. Al montarme en mi carro comencé a pensar en ta-
maño compromiso. Me mortificaba el asunto del reper-
torio, pero de todas maneras las ganas de presentar-
me allí, eran muchas.
Llegué al apartamento exhibiendo una victoriosa
sonrisa. La compañera Aleida, mi esposa, al verme
así, preguntó:
-Hombre, Tomás, ¿dónde estabas tú que tardas-
te tanto y vienes tan sonreído?.
En pocas palabras, poniéndole suficientes ingre-
dientes teatrales -como si se tratara de la firma de un
contrato de gran envergadura- le resumí el plan del
Vasco y la responsabilidad contraída por mí.
-¡Carajo!... ¿y el Vasco no encontró otro artista
de más renombre para presentarlo?. Ese tal Vasco
Iturregui, debe ser un viejo sin oficio y sinvergüenza
46
como tú; ¡hay que tener bastante bolas!… anda vien-
do cómo te sales de ese rollo. Busca algún trabajo
que hacer, hombre. Ponte a pintar el apartamento o a
lavar las ventanas y ese baño, que está “curtío‟‟; y
déjate de estar pensando en esas pendejadas, que tú
estás muy viejo pa‟ la gracia. Por cuánto te irá a salir
la vainita esa de la presentación…conmigo no cuentes
para esa vagabundería –me replicó Aleida, precisa-
mente cuando yo pensaba en el verguero en que me
había metido.
Muy entusiasmado con el proyecto del Vasco, no
le paré bolas a las palabras de Aleida y seguí adelan-
te. Dada la necesidad de organizarme para iniciar el
trabajo de elaborar un espectacular repertorio, compré
un cuaderno universitario bien gordo, una caja de lápi-
ces Mongol y un sacapuntas de metal. Aclaro que soy
una de las pocas personas en el globo terráqueo, que
todavía utiliza el manuscrito para este tipo de cosas.
No manejo la computadora, le tengo miedo, ese ins-
trumento me asusta.
- Armar las décimas, cuartetos o malagueñas, no
representa ningún problema, eso está muerto. La difi-
cultad radica en encontrar la base, el pie jocoso y jo-
dedor para escribir cada conjunto de poesías. Los te-
mas deben ser muy especiales, no todo material sirve
para este asunto. Es un gran compromiso y necesito
construir algo sustancioso, picante. No puedo dar la
cómica, poner la torta, ni convertirme en un fiasco, ¡no
señor, eso nunca, jamás!. Me he metido en este ven-
daval y tengo que navegar bastante, remar fuerte, lu-
char con ánimo para llegar a tierra. Estoy sometido a