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Published by inversionescl, 2015-08-22 11:38:50

Las Vainas de un Margariteño

Las Vainas de un Margariteño

97

Cuando Apolonia murió,
un doctor de Porlamar
su caso quiso estudiar
y la autopsia practicó.
Y después que terminó
de realizar su trabajo,
declaró con desparpajo:
“era un caso muy sencillo,
cuchara con tres colmillos:
dos arriba y uno abajo”.



Volví a mi casa un domingo y el lunes le hice una
visita al Vasco, un toque técnico para reportarme. De
nuevo su atención fue estupenda. Le expliqué como
iba el asunto de mi preparación y le recité un par de
poesías. Seleccioné -según mi gusto- las mejores,
buscando causarle una buena impresión. El Vasco,
cagado de la risa, en la mitad de la segunda poesía,
me interrumpió diciendo:

-Mi apreciado profe, no siga declamando, esa
vaina debe ser una sorpresa el día de su actuación;
continúe escribiendo, todo va fino. Esa muestra está
número uno, como para irse en bosta…en mi tierra le
dirían “de puta madre”.

Al terminar mi entrevista con el Vasco, regresé a
mi apartamento. Entrando en el edificio encontré al
conserje con una correspondencia para mí. La sor-
prendente carta venía de Maracay y la enviaba la apu-
reña Amanda Paz. Esta llanera había sido mi novia en

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aquellos divinos tiempos de la universidad en Cumaná
y, como buena improvisadora de versos, escribió su
graciosa y conmovedora carta en poesías:

LA CARTA DE AMANDA

Tu dirección, viejo amigo,
al fin la pude encontrar,
y estas letras que te escribo,
hoy te las hago llegar.
No pienses que es por dinero
mi decisión de viajar,
si te busco es porque quiero
de otro asunto disfrutar.

Igual que en tiempos pasados,
quiero en la orilla del mar,
jugar con tu guaripete
hasta hacerlo calentar,
para que engrinchado empuje
la puerta de mi corral,
y se meta bien adentro
como el diablo a cabecear.

Y me despido, Tomás,
segura y con la certeza
que donde quiera que vas
me llevas en la cabeza.

Amanda.
Alias La Llanera.

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La simpática y bien rimada carta de Amanda, la
leí cuatro veces. Terminé concluyendo que segura-
mente a esa mujer le informaron del cobro de mis
prestaciones sociales en esos días y, a lo mejor, atra-
vesando por una de esas tristes y amargas peladeras
de bolas, tiraba su atarraya, construida con emocio-
nantes y viejos recuerdos de nuestros felices ratos en
la playa de San Luis en Cumaná, buscando una bue-
na pesca. En la cuarta lectura solté varias carcajadas
y dije en voz alta: ¡coño, Amanda, que lavativa, y aho-
ra yo limpio y desarmado!. Sin hacer ningún comenta-
rio acerca de la misiva, puse todo mi empeño en con-
testarle. Amanda siempre me consideró un buen ver-
sador y con esto de su carta no podía defraudarla. Era
una obligación hacerlo con versos, y así fue. Le res-
pondí con esta cruda y sincera cartica:

MI RESPUESTA

Después de leer tu carta,
mujer, me puse a pensar,
y ahora cómo hago yo
para poderte explicar:
que el motivo que te obliga
a mis brazos regresar,
-tu guaripete querido-
ya no lo vas a encontrar.

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Mejor dicho, sí está aquí,
pero ni mirarlo quiero,
porque vive todo el tiempo
escondido entre el pelero.
Si vieras lo que quedó
de aquel hermoso tetero,
una cabeza arrugada
cubierta por un cuerero.

Recuerdo te divertías
mamando y echando broma,
y yo siempre te decía
no me le muerdas la goma.
Ahora no sé que dirás
cuando veas que mi paloma,
como enfermo moribundo
la pobre ha caído en coma.

Y termino mi respuesta
diciéndote que -por cierto-
la lengua que Dios me dio,
esa sí que no se ha muerto.
Y si tú vienes, verás
que soy con ella un experto,
de noche, mañana y tarde
no te faltará un mamerto.

Tomás.
Alias Guaripete Muerto.

101

Mi respuesta la leí varias veces, aquella vaina
me provocaba –y me provoca- risa, gozaba una bola
leyéndola. El cuarteto del tetero y el final están finos…
¡cagantes!. Me parece –modestia aparte- que toda la
carta es muy buena.

No aguanté la euforia y bajé a la placita frente al
edificio, amontoné unas ocho personas que estaban
por allí escarreadas, y les expliqué lo de la carta de
Amanda; se las leí, y a continuación declamé mi res-
puesta. Las risas no se hicieron esperar. No sé cuan-
tas veces tuve que repetirla, me pedían que le sacara
copias y las repartiera. Desde ese día, cuando alguno
de aquellos atentos oyentes me ve, enseguida pre-
gunta: “y Amanda, ¿no ha contestado la carta?”.



Llevaba dos meses en mi entretenida actividad y
decidí celebrarlo chequeándome, es decir, tomarme
unos palos de whisky Chequers. Con unos cuantos
tragos a cuestas, medio prendío, volé lejos; iba y ve-
nía por los libres y amplios caminos de la imaginación.
Veía a la gente de mi pueblo, Altagracia, conversando
entretenidamente en la plaza y por las calles. Les oía
decir: “¿Cuándo carajo ocurrió eso en Margarita?.
¡Ese Tomás Manuel es más embustero que el coño”!.
Me consolaba pensando que los margariteños somos
así, vivimos inventando vainas. En aquel aguardento-
so viaje, un recuerdo medicinal se atravesó en mi ato-
londrada cabeza. Fue muy divertido reconstruir la his-
toria del viejo galeno español, Don Raimundo:

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EL GALENO DON RAIMUNDO

Los doctores que llegaban a trabajar en el dis-
pensario del pueblo, generalmente eran extranjeros.
El más destacado y notable de ellos, fue el médico es-
pañol Don Raimundo, oriundo de Cataluña. Aquel
hombre, además de galeno era poeta, y en la agrade-
cida población lo consideraban como un científico.

Don Raimundo, si no estaba pasando consulta,
se dedicaba a estudiar, a leer libros y revistas que le
llegaban de diferentes países. Dominaba perfecta-
mente el inglés y el francés, y también se defendía le-
yendo artículos médicos escritos en alemán e italiano.
Tenía sobre la mesa de su consultorio un antiguo y
misterioso microscopio, protegido con una bolsa de
plástico negro, en el que observaba con mucho sigilo
y extremo cuidado, no se sabe qué cosa. Jamás se
determinó que contenían las delicadas láminas que
colocaba el susodicho científico, en el portaobjetos de
tan curioso aparato.

Los domingos en la noche, cuando muchos po-
bladores se reunían en la plaza para conversar y com-
partir agradables ratos, el tal Don Raimundo se pasea-
ba con cierto misterio, observando detenidamente a
cada persona que encontraba en su camino. Si por
casualidad notaba en alguien alguna enfermedad, pa-
decimiento o desperfecto, de inmediato le decía:

-Pase mañana a primera hora por el dispensario
para proceder clínicamente con usted; por favor –
insistía casi quejumbroso- asista… ¡no falle!, recuerde

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que es una cuestión de salud pública.

Hoy, reconocidos médicos de la población -
muchachos para aquella época- aseguran que aquel
aplicado Catalán, tenía como meta librar a la humani-
dad de cuanta enfermedad existiera. De allí su dedica-
ción a los estudios, y su permanente preocupación por
curar todos los males y padecimientos observados en
la acogedora población de Altagracia - Margarita.

Un domingo en la mañana, después de haber
leído e investigado durante toda la noche, –con los
ojos a media cabeza, por no haber tenido ni ñinga de
sueño- salió perifoneando en su carro, invitando a la
población para una urgente reunión en la plaza. El lu-
gar se llenó al instante de intrigados pobladores, de-
seosos de saber qué se traía entre manos el acucioso
galeno. Don Raimundo, empapado en sudor, llegó lu-
ciendo una arrugada bata que en sus mejores tiempos
fue azul celeste, pero que se veía totalmente descolo-
rida, y en la entrada de cada bolsillo se le distinguía
un brillante parcho negro. También portaba una mal-
trecha carpeta. Al contemplar aquella plaza full de
gente, se encaramó en un banco, se puso los anteojos
de leer y moviendo sus manos le pidió calma al públi-
co. Sacó de la mugrienta carpeta unos papeles de los
que utilizaba el bodeguero Sebastián –“Bachán”- para
envolver los corotos. En ellos había escrito de su puño
y letra unas décimas; y entre aplausos, gritos y jode-
deras, se fajó a leer sus inolvidables poesías.

(Haciendo un gran esfuerzo mental –porque yo
era un niño en ese tiempo- intento presentar en déci-

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mas lo sucedido)

Estaba pequeño yo,
pero clarito me acuerdo
que el médico de mi pueblo
un domingo enloqueció.
Y a la gente convocó
para una gran reunión,
e hizo que la población
con atención lo escuchara,
y de la risa se cagara
oyendo su versación.

Aquel doctor respetado
comenzó por explicar,
que al pueblo quería curar
con remedios avanzados.
Dijo estar actualizado
y acababa de leer,
que para poder tener
los nervios bien controlados,
se metieran con cuidado
dentro del rabo un chirel.

Y siguió diciendo:

Un buen remedio les doy
para garganta irritada,
mastiquen bien masticada
la pinga de un morrocoy.
Y quiero que sepan hoy
que para mí es placentero,
informarle al mundo entero
que las hemorroides curo,
con diez gotas en el culo
de pega de zapatero.

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Su azúcar o sacarosa
la mujer controla bien,
contando del uno al cien
con un dedo entre la cosa.
Y toda dama exitosa
que quiera estar rozagante,
exhibiendo un buen semblante
sin arrugas en la cara,
que se afeite la cuchara
en luna cuarto menguante.

Entre gritos y aplausos, la gente le pedía que si-
guiera; y el hombre, muy animado, se empujó para
decir:

El dulce de los mojones
de una mujer primeriza,
en pocos días pulveriza
las piedras en los riñones.
Y dicen informaciones
llegadas del exterior,
que cuando hay bastante sol
está super comprobado,
que echar un polvo parado
controla el colesterol.

Pongan en la mañanita
en un caldero de barro,
treinta pelos del chaparro
y ochenta de la pepita.
Y con la llama bajita
cocinen esa cuestión,
y obtendrán un remedión
que aunque la gente no crea,
para en seco la diarrea
y controla la tensión.

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Aquí se detuvo unos segundos, guardó los arru-
gados papeles de traza en la carpeta, y girando su ca-
beza de un lado a otro, sin quitarle la vista al atentísi-
mo y entusiasmado público, dijo:

Este galeno desea
curar jóvenes y viejos,
y un buen remedio les dejó
para cerrar mi tarea:
Amigo, cuando usted vea
a su bicho sin acción,
con un cuero de cazón
frótele bien la cabeza,
y verá con gran sorpresa
como encuentra la erección.

Al final se desnudó
el galeno don Raimundo,
y el dedo en lo más profundo
del culo se lo metió.
Al rato se lo sacó
y lo olió por un momento,
luego exclamó muy contento:
“ya sé que loco no estoy,
pero he descubierto hoy
que estoy podrío por dentro”.

Soy honesto, por eso aclaro que cinco de estas
décimas no fueron elaboradas por mí. Son las mismas
que leyó el Galeno Don Raimundo, aquel lejano do-
mingo en la plaza de Altagracia. En mis diligencias e
investigaciones secretas, con la complicidad de una

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vieja amiga, logré escudriñar en el ordenado y bien
conservado archivo del dispensario de mi pueblo, y mi
sorpresa fue grande al encontrar los manuscritos deja-
dos por el estudioso y diligente médico. Allí estaban
mis anheladas joyas: las famosas décimas del versa-
do y misterioso catalán. Confieso haberme emociona-
do bastante con este hallazgo, por lo que significaba
tener la posibilidad de manosear y leer tan importan-
tes e históricos documentos. A pesar de la enredada
letra del viejo facultativo, sentí un inmenso disfrute co-
piando textualmente las curativas poesías. Acepto,
con toda la responsabilidad que el caso amerita, so-
meterme a la justicia de los hombres -si fuese necesa-
rio- y acatar los veredictos por tal atrevimiento. Estoy
consciente de haber incurrido en un delito, pero espe-
ro se entienda que lo hice con un propósito literario;
sin embargo, no por ello pido clemencia.



Dos días después de mi chequeo, todavía gol-
peado por los palos y sumergido en emocionantes re-
cuerdos, encontré retazos de diferentes sucesos mar-
gariteños. Tomé uno con suficiente consistencia, e
hilando fino construí El Matacallado.

Esta verídica historia está reventona –como de-
cía “El Mayor”- para ser contada directamente con
décimas. Él me explicaba que si se aclara mucho an-
tes de la versación, se corre el riesgo de que pierda
importancia la ocurrencia o el coroto que vas a decir
en ella.

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Esto se produce –aclaraba mi viejo- porque el
oyente, o lector, al conocer cuál es la pimienta, el
desenlace del cacho, seguramente le causará poca
gracia oír o leer las décimas. Por eso usted tiene que
ser vivo y guardar la chispa para soltarla en las po-
esías, sobre todo en el remate.

Entonces, tomando en cuenta sus sabios conse-
jos, sin preámbulo alguno, te presento de una vez el
Matacallado:

EL MATACALLADO

Con la intención de alargar
mi repertorio, panita,
de un pueblito en Margarita
algo te quiero contar.
Existe en ese lugar
una bella tradición,
después de la procesión
en sus fiestas patronales,
toman muchos escolares
la primera comunión.

En este año que pasó
hubo una fiesta rumbosa,
pero en la iglesia una cosa
desagradable ocurrió.
Un mal olor se encerró
en aquel lugar sagrado,
porque alguien muy osado
en silencio se tiró,
lo que el pueblo bautizó
como el peo matacallado.

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El sacerdote arrugó
su cara de buen cristiano,
muy serio, pañuelo en mano,
seis veces estornudó.
Con una seña indicó
un repique de campanas,
y después con unas ganas
de hablar de aquella cuestión,
arrancó con su sermón
esa histórica mañana.

Y dijo:

Hoy dedico mi sermón
a ese culo atrevido,
que a cagarnos ha venido
sin ninguna compasión.
Y aclaro en mi exposición,
porque el caso lo amerita,
que ese rabo necesita
para absolver su pecado,
que se le ponga un lavado
de Ace con agua bendita.

Y remató diciendo:

No puedo saber quién es,
aunque eso es lo que deseo,
pero al autor de ese peo
yo le digo de una vez:
“Lograste con tu hediondez
a mi lengua darle cuerda,
y que la paciencia pierda
para decirte –enojado-
que mejor me hubieses dado
mi pelotica de mierda”.

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Generalmente en mis vueltas por Chuparín, co-
nocida urbanización de Puerto La Cruz, visito una fa-
mosa licorería de un amigo muy bromista, llamado
Juan, pero le dicen El Caripiteño. Allí, compartiendo
con la numerosa clientela, ingiero mis buenos buches
de cerveza bien fría y paso mi rato bastante divertido.
En una oportunidad, en plena búsqueda de material
para ensamblar el desenfrenado repertorio, estando
en esa venta de caña, declamé -por vainas mías- “La
Cosa”. No obstante haber recibido los acostumbrados
y halagadores aplausos, me vi metido sin pensarlo en
un comprometedor aprieto poético. Los presentes, ani-
mados aplaudidores de mi todavía fresca declama-
ción, ante el asunto ocurrido, jodiendo, me decían:
“ajá, ajá; ¿y ahora?, responde pues, no corras gallina
que te llegó tu gallo, ¡Vamos a ver si eres bueno!”.
Formaron un alboroto con el fin de provocarme para
que respondiera o me diera por vencido. Pero es me-
jor terminar con la expectativa y echar de una vez el
bulto pa‟ fuera, utilizando cuatro espinelas:

En una licorería,
tomándome una espumosa,
declamé –fino- “La Cosa”
y el público se reía.
Y entonces como veía
a la gente disfrutando,
quise seguir declamando,
pero alguien me interrumpió,
un viejito se acercó
y me dijo improvisando:

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“A esa bicha tan nombrada,
regarla –amigo- quisiera,
pero mi pobre manguera
ya tiene tiempo postrada.
Está fría, muy arrugada
y demasiado encogida,
lo que hace que yo te pida,
con angustia, buen poeta,
una efectiva receta
que le devuelva la vida”.

Cuando el viejo terminó,
comenzó la gritadera,
y de aquella jodedera
pienso que Dios me salvó.
Mi mente se iluminó
y del aprieto salí,
enseguida construí

una respuesta certera,
con elegante manera
al viejo le respondí:

“Todo tiene que acabarse
por natural condición,
y la única solución
es -mi viejo- resignarse.
Deje de mortificarse
que usted no está pa‟ relajos,
mande a la gente al carajo,
olvídese de ese asunto,
y cargue con su difunto
para arriba y para abajo”.

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PROA HACIA “PUNTA DE SALINA”
(Chacopata – Sucre)

Tengo en Chacopata, estado Sucre, una linda
casita frente a la playa, en un sector llamado “Punta
de Salina”. Allí paso unos días muy felices en com-
pañía de Aleida; mi consentida hija Maríavirginia (“La
Giña”) y los invitados de turno. Es el propio lugar para
estar tranquilo, descansar, comer bastante pescado
fresco y pepitonas. Disfrutamos mucho los ratos de
nuestra estadía en aquel paradisíaco rincón oriental.
En la tranquilidad de “Punta de Salina” me desquito
cantando mis canciones –que nadie conoce- . Es la
única parte donde no molesto con mi destemplada y
desaliñada voz; allí, como loco furioso, canto a pulmón
abierto.

Un miércoles en la noche, revisando y organizan-
do lo elaborado, hice una evaluación. Calculé más o
menos el número de poesías que me faltaban para
alcanzar lo mínimo deseado y encontré que todavía
necesitaba escribir unas cuantas líneas más. Toman-
do en consideración el resultado de ese balance y las
ventajas ofrecidas por “Punta de Salina” para trabajar
y complementar el repertorio, sin pensarlo mucho y
con la aprobación de Aleida y Maríavirginia, decidí
trasladarme con ellas para Chacopata. Sin duda, era
el sitio ideal para terminar mi apasionada tarea. Allí
finiquitaría lo relacionado con la presentación y regre-
saría al tener todo listo.

El lunes cuando arrancamos para Punta de Sali-

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na, tenía unos veinte días sin ver al Vasco. Ya en el
estado Sucre, preparé mis instrumentos de brega: el
inseparable cuaderno Universitario, los lápices y el sa-
capuntas. Coloqué una mesita debajo de una hermosa
mata frente a la casita y convertí aquel lugar en mi si-
tio de trabajo. Desde allí veía muy cercanos los botes,
los pescadores, las aves marinas y las olas con su ca-
racterístico movimiento. En este inspirador paisaje,
estaba seguro que mi repertorio tendría un final exito-
so.

El martes por la tarde, en presencia de una
hechizadora calma, viendo con Aleida como se oculta-
ba el sol, sentí el primer flechazo. Esperé el final de la
amorosa escena y arranqué con una historia poco
romántica, muy opuesta a lo observado, pero bastante
interesante porque tiene un final de novela, la llamé
“El Cura Maracucho”.

EL CURA MARACUCHO

En un hermoso pueblo -de nuestro querido orien-
te venezolano- hay una iglesia en una parte llamada
“La calle baja”, y una capilla en un lugar denominado
“La calle alta”. Los curas asignados para esa pobla-
ción, siempre han vivido en la vecindad cercana a la
Iglesia, allí está la Casa Parroquial, lo que significa
que ese sector es considerado la capital religiosa del
pueblo. Las misas, matrimonios, comuniones, bautizos
y otros eventos ligados al acontecer religioso se cele-
bran en la iglesia.

A esa población llegó Pedro, un joven cura mara-

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cucho muy dinámico y resuelto trabajador en la
búsqueda de almas buenas para ponerlas al servicio
del Señor. En una oportunidad, este padre -sin escati-
mar esfuerzos- diligenció para que la iglesia fuera
completamente refaccionada, y lo logró. Ésta quedó
pintadita, bien bonita y muy atractiva; en el lenguaje
margariteño decimos: “la iglesia daba gusto”. Pero re-
sulta que una fresca mañana de la segunda semana
de mayo, las paredes laterales del elegante templo,
amanecieron completamente rayadas, escribieron en
ellas cosas horribles. El cura, muy molesto, comenzó
a investigar a fondo para saber quién era el autor de la
profana obra. Indagó e indagó, y finalmente un jueves
descubrió que se trataba de “Cheché”, un callado mu-
chacho, que por esas casualidades de la vida, era
miembro muy activo de la juventud católica, institución
que precisamente se movía bajo el cobijo y tutela del
joven Ministro de Dios. A las siete de la mañana del
siguiente domingo, cuando los numerosos cristianos
acudieron para oír la acostumbrada Santa Misa, fue-
ron invadidos por la sorpresa: una escritura -bastante
visible- en el lado derecho de la entrada del templo,
sentenciaba:

Cheché:
Tenéis la letra bonita,
muchacho, Dios te la guarde,
pero escribe en la pepita
del coñísimo e’ tu madre.

Ante la alarmante cuestión, casi todo el pueblo
aglomerado en la plaza, observaba el asunto. Era un
acontecimiento nunca visto por los asombrados pobla-

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dores. Los curiosos invadieron el lugar, sobraban los
jocosos comentarios. Las jodederas y humoradas se
desataron. Sin embargo, extrañamente, se observaba
al cura maracucho -como le decían- muy atareado en
los preparativos para oficiar la misa, indiferente con lo
sucedido. Entre murmuraciones, cuchicheos y señas
maliciosas, la misa se celebró sin contratiempos. El
cura terminó el acto religioso y no manifestó signos de
preocupación alguna.

Unas treinta personas -hombres y mujeres-
reunidas la noche de ese mismo día, en la casa de un
señor de gran prestigio y renombre en la población,
llegaron a la inequívoca conclusión que aquello era
obra del padre Pedro, el cura maracucho. Su evidente
desinterés por lo ocurrido, y la palabra tenéis –tan ma-
racucha- excelentemente bien empleada en el acerta-
do cuarteto, lo habían vendido, delatado. Sin pérdida
de tiempo nombraron una comisión, integrada por
Leonarda, secretaria vitalicia de la prefectura;
Guarencha y Domitila, maestras no graduadas, pero
con amplios conocimientos gramaticales; Cosme y
Ladislao, el primero barbero y poeta reconocido, y el
otro, bodeguero, ambos poseedores de gran facilidad
de expresión y excepcional desenvolvimiento con la
pluma.

El rebuscado quinteto se presentó el lunes -bien
tempranero-en el despacho de Monseñor para entre-
garle la drástica correspondencia que habían redacta-
do, en la que lo jochaban para que metiera en cintura
al sotana maracucho. El martes por la tarde, Monse-
ñor -mediante oficio- le participó al cura Pedro su

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traslado para otra población del estado, muy lejana de
allí.

Los feligreses de “La calle alta”, al enterarse de
la remoción del cura, deseosos de tener un sacerdote
en su parroquia, se movilizaron rápidamente. Designa-
ron una numerosa representación, que visitó el miér-
coles por la mañana a Monseñor, y con argumentos
de peso lo convenció para que nombrara al padre
Pedro, párroco de la capilla . Los alegres parroquianos
ayudaron al cura maracucho a mudarse el jueves pa-
ra “La calle alta”. La capilla fue arreglada y pintada de
inmediato; quedando pulcra, delicada y bonita. Había
misa todos los días, la llegada del presbítero trajo con-
sigo alegría y felicidad para aquella parte del pueblo.

Todo iba muy bien y llegó diciembre, mes de pa-
rrandas y de palos. Un buen sábado, la juventud de
“La calle alta” celebró un tremendo bonche con dos
conjuntos musicales; y en la madrugadita, entre sere-
natas y guitarreos, dos jodedores -buscando que el
Padre se arrechara- cometieron una diablura. Uno de
ellos pintó casi toda la capilla, menos el frente, con
escandalosos graffitis. Al amanecer estalló el alboroto,
los habitantes del sector -amontonados en el lugar-
repudiaban fuertemente el pecaminoso hecho.

En esta oportunidad no se desató la profunda
investigación, no fue necesario. Uno de los mucha-
chos incursos en el delito, observando aquello -víctima
del culillo- arrepentido, temeroso y asustado, volunta-
riamente le confesó al cura maracucho, dentro de la
capilla, quien fue el autor material de la perturbadora

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hazaña.

-Padre, la capilla fue pintada por el “tuerto” Fidel,
el chamo de los lentes negros. Él no vive aquí, vino de
Tucupita con el señor Moyita a pasar unos días de va-
caciones y, anoche mismo, después de hacer esto se
marchó. Quizás no regrese más a este pueblo.

El Padre Pedro… pálido, trémulo, con una con-
movedora cara de santo, acariciando con sus delica-
das manos blancas, un humilde y vetusto rosario -para
disimular así su tremenda arrechera- se retiró a su
residencia con dramáticos pasos.

-Está bien, ¡no importa!, ¡Alabado sea el Señor!.
Dios es muy grande, generoso y murió por nosotros. –
Reflexionó, haciéndose la señal de la Santa Cruz.

El otro día, sin dejar rastro alguno, el cura mara-
cucho desapareció. Se esfumó como por arte de ma-
gia, más nunca se supo de su rumbo ni de su parade-
ro, pero en el frente de la capilla, con letras bien gran-
des, quedó por muchos años este imborrable texto:

Si vos volvéis a viajar,
mi buen amigo Moyita,
quiero me sepáis llevar
un mensaje a Tucupita:

Decíle al tuerto Fidel,
el que pintó la capilla,
que le pinte la semilla
al coño e‟ la madre de él.

118



Finalizando la historia del cura Maracucho, me
agarró la noche. Caminé unos quince minutos con
Aleida y Maríavirginia por la carretera frente a la casi-
ta. Divisaba con bastante claridad las luces de
Porlamar y de otros pueblos de la Isla. Terminada la
caminata, fui atacado por una invasión de recuerdos
margariteños. En una ola llegaron los días de mi infan-
cia, los aguinaldos, los velorios de cruz de mayo, las
diversiones y las parrandas. También vinieron dos
asuntos poéticos que estuvieron persiguiéndome du-
rante largo rato, y en el momento de acostarme, ame-
nazándolos, les dije: mañana los mato.

Amaneció, bebí café y comencé a bregar con lo
que había dejado pendiente la noche anterior. El gor-
do cuaderno Universitario y el puntiagudo lápiz, fueron
testigos del poco tiempo utilizado para escribir “La His-
toria de Polanco”.

LA HISTORIA DE POLANCO

A un pueblo de Margarita llegó a vivir una inso-
portable familia, proveniente de la Charneca, Caracas.
Estaba integrada por un joven de apellido Polanco, su
esposa y el padre de ella. Desde su llegada se hicie-
ron notar por las bellacadas cometidas por el mozal-
bete y su querido suegro. Llevaban a cabo cualquier
fechoría que se les antojaba. El prefecto del pueblo -el
señor Silvio- un respetado, querido y reconocido poe-

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ta, estaba al tanto de la desviada conducta de los ina-
guantables individuos. No había actuado por pruden-
cia, aguardaba esperanzado que corrigieran su dañi-
na forma de ser. En una ocasión estos señores se die-
ron a la tarea de pintar, en cada uno de los bonitos y
recién construidos bancos de la plaza, todas las gro-
serías y vulgares figuras que pudieron imaginarse. El
honorable funcionario, una vez informado, revisó meti-
culosamente uno por uno los bancos, para constatar
la disoluta acción, y al terminar se encerró en su ofici-
na de la prefectura. Pasaron cinco minutos y el señor
Silvio abrió la puerta. Haciendo señas con su mano
derecha, llamó al policía de guardia, y le encomendó -
derrochando decencia- llevarle al listo Polanco una
llamativa tarjetica donde le decía:

Yo te aconsejo Polanco
que le pintes a tu suegro,
su sucio culo de negro
porque lo tiene muy blanco.
Y no pintes en los bancos
tus figuras tan hermosas,
ráspale bien a tu esposa
los pelos de la pepita,
y le haces tus figuritas
en los cueros de la cosa.

Abrazos
El Prefecto.


Concluida la Historia de Polanco, muy contento
por haber conseguido reconstruir la explicativa décima
de tan insigne poeta, me empujé con el otro controver-

120

sial asunto: “La cosa Vs El Pipe”.

LA COSA Vs EL PIPE.

En ese mismo pueblo margariteño donde vivía
Polanco, y el muy decente poeta Silvio era la primera
autoridad civil, hubo una vez una gran trifulca. Se aga-
rraron (a puño limpio) un hombre y una mujer en la
bodega “El Murachí”, de Don Cleto López. La pelea –
presenciada por un gentío- se produjo por la tirantez
de un chisme relacionado con el pipe y la cosa.

Los protagonistas de aquel atractivo pugilato fue-
ron: Florencia (“Lencha”) y Genarito. Ella era una mu-
jer alta, blanca, fuerte, de largas manos callosas y en-
durecidas por el agotador trabajo diario que realizaba
en su conuco; y él, un pescador flaco –como un ma-
chuelo “salao”- parrandero, formador de vainas y muy
chocante.

Aconteció que Genarito –con una tremenda pea-
delante de mucha gente en el botiquín del señor
Carlos Marín, comentó que a Florencia la llamaban “la
cosa sola”, porque no tenía marido, y que él estaba
cansado de despreciarla, ya que no acostumbraba a
recoger cueros viejos. Casta -prima y comadre de
Florencia- fue testigo presencial de aquel agravio, y no
tardó en llevarle la información a su sangre (como
decía ella). Dos días después de haber recibido el
ofensivo parte, Florencia se consiguió a Genarito en la
citada bodega. Al estar frente a él, lo recorrió de arriba
a abajo con una mirada de desprecio. Se amarró bien

121

fuerte el trapo de cretona azul, que le cubría su cabe-
za, cerró la mano derecha y casi rozándole la cara:

-Mira Genarito… ¿Quién coño eres tú para andar
hablando pendejadas y marisqueras de mí?... ¿Qué
carajo es lo que te crees tú, chico?. No seas güevón,
bolsa, vergajo; a mí lo más que me sobran son pi-
pes… y te digo una vaina: en cualquier parte del mun-
do, donde sea, en la China o en Japón, la cosa es
más importante que el pipe.-profirió mientras se gol-
peaba el sexo con la mano izquierda-.

Genarito, ante la agresiva e insultante verborrea
de la enfurecida “Lencha”, sintiéndose ofendido, se
defendió manoteándole en la cara, mientras resoplaba
con recia voz:

-¿Qué coño vas a reclamar y a decir tú?. A tí lo
que te hace falta es un hombre, un macho, por eso es
que andas así, caliente. Cuca sola no vale… sin pipe
no hay vida.

Florencia, con la sangre que le hervía, y sus pu-
ños dispuestos para lanzar el primer coñazo, lo en-
caró.

-Yo con mi cosa hago lo que me dé la gana…
¡pendejo!. Falta de macho estarán tú y tu madre…
¡muérgano!.

Fue inevitable que se entraran a vergajazos. La
mujer, con sus enormes manos y su incontrolable
fuerza, sacudió y zarandió varias veces a Genarito, es

122

decir, lo coñació bien coñaciao. El agarre duró largo
rato, hasta que alguien se apareció con el prefecto. El
mesurado representante de la Ley llevó en su carro a
los estropeados rivales hasta la prefectura, conversó
con ellos en privado y los dejó en libertad, dicho en
criollo: declaró la pelea tablas. Pero el otro día, el poe-
ta -en funciones de prefecto- le hizo llegar con el po-
licía de siempre a cada uno de los contrincantes su
correspondiente tarjetica. Les decía cosas muy boni-
tas y de gran significación, con las que aspiraba con-
ducirlos a un proceso de profunda reflexión.

He aquí las réplicas de las decorosas tarjeticas.

Estimada Florencia:

No se debe comparar
el machete con la cosa,
porque es una vaina odiosa,
pero se debe aclarar:
Que a todo pipe al mear
lo sacuden con agrado,
mientras por el otro lado
cuando orina la mujer,
si no consigue papel
le queda el coño mojado.

Abrazos
El Prefecto.

123

Apreciado Genarito:

Amigo, cierra tu boca
y no hables más güevonadas,
que el pipe no vale nada
sin la fulana potoca.
No discutas vainas locas,
que eso te desacredita,
pregúntese usted, ahorita,
razonando en lo profundo,
¿qué hace un pipe en este mundo
sin un piazo de pepita?

Abrazos
El Prefecto.



En mis tiempos de estudiante universitario, los
viajes desde Cumaná a Margarita eran muy divertidos.
El Ferry -una vieja chalana- tardaba hasta ocho horas
en la travesía. Los mozuelos no perdíamos tiempo,
nos dedicábamos a buscar novias entre las viajeras
muchachas de Margarita y de otras partes del mundo.
En uno de esos viajes, inspirado, viendo el mar, ata-
qué con la fuerza de un marino y concreté un levante
iniciado en la universidad. Amarré mi bote, cargado
con el más puro amor margariteño, en el corazón de la
preciosa Kelly, una elegante flaca Guyanesa. Pero re-
sulta que después de haberme dado con un apasiona-
do beso, el emocionante y soñado sí, yendo el Ferrys
por la mitad del camino, ocurrió lo imprevisto. Estando
con mi flaca en pleno romanticismo, muy entretenidos,
acurrucados cual dos chulingas pichonas, y empapán-
donos con un aguacero de poéticos piropos; ella, re-
galándome la más dulce y tierna de las miradas, con

124

suave, arrulladora y enloquecedora voz, me dijo:
“Excuse me, I‟ll be back” (permiso, ya vuelvo) y zigza-
gueando caminó unos cuatro metros para encerrarse
en un baño cercano a nosotros.

Hoy -cuarenta años después- engordando mi re-
pertorio, utilizo dos décimas, llamadas La Guyanesa,
para referirme al viejo episodio. En aquella ocasión
esta idea no pasó por mi mente; además, estando lo-
camente enamorado, era poco elegante lastimar con
indecentes poesías a la beldad conquistada.

LA GUYANESA

Lleno de delicadeza,
con decisión la ataqué
y en el ferry levanté
una flaca guyanesa.
Con sus besos, la belleza,
su corazón me entregó,
pero de pronto expresó:
“excuse me, I‟ll be back”,
y caminando en zigzag
en un baño se metió.

Muchas cervezas heladas,
angustiado me tomé,
de vaina me emborraché,
y mi negrita encerrada.
Tan grande era la cagada
que esa diabla estaba echando,
que esperando y esperando
solitario me reía,
porque sin querer sentía
a la poceta llorando.

125



Un sábado en la mañana recibimos la agradable
visita de una bella pareja: “Lencho” y “Camucha”. Es-
tos viejos amigos son profesores jubilados residencia-
dos en Maturín y vinieron a pasar con nosotros ese fin
de semana. En la noche del sábado disfrutamos bas-
tante, comimos pescados asados hasta más no poder.
Yo -con mis acostumbrados palos- aproveché para
montar mi pequeño show, declamando parte de mi re-
pertorio. Esto me servía para dos propósitos: buscar
que calificaran mi trabajo, y entrenarme para el evento
de Puerto La Cruz. Tanto a “Lencho” como a
“Camucha” le gustaron mucho las poesías, sobre todo
las elaboradas por el prefecto Silvio, particularmente
la que se refiere al “coño mojado”.

El domingo en la tarde -cuando se iban-
“Camucha”, quien es una aventajada profesora de
Castellano y Literatura, me entregó un papelito con
una poesía, y yo la bauticé como “la décima de
Camucha”.

126

LA DECIMA DE CAMUCHA

La mujer lista no peca
porque anda bien preparada,
y al echar una meada
sale con su cuca seca.
Poeta, quiero que sepa
que ese tipo de mujer,
jamás deja de tener
un pañuelo de reserva,
pa‟ secarse la conserva
cuando no encuentre papel.



En Chacopata, mi imaginación andaba libre co-
mo el viento, a sus anchas. Frente al mar, nadando
entre incontables recuerdos y respirando aire de com-
pleta libertad, mi memoria se refrescaba y alimentaba.
Declamaba en voz alta -por lo menos una vez al día-
todas las poesías escritas hasta ese momento, con la
intención de aprendérmelas y dominarlas bien sin
equivocarme. Una mañana mientras estaba en este
oficio de declamar y declamar, igual que loco amarra-
do, como por arte de magia me brincaron desespera-
das en el pensamiento, dos historias machetéricas, “El
mocho Eusebio Fermín” y “El chocolate de Nicolasa”,
excesivamente agradables, porque ambas tienen un
final de novela. De inmediato le puse un parao a mi
entretenimiento de la declamadera y me largué a darle
su merecido a cada una de ellas.

127

EL MOCHO EUSEBIO FERMÍN

Estoy seguro que en esta parte de la lectura te
preguntarás… coño, y…. ¿Cuántos mochos piensa
meter este vergajo en su repertorio?. Bueno, mi amigo
o amiga, ¿cómo hago?, la culpa no es mía. Son cosas
que sucedieron, y yo –a Dios gracias- he tenido la for-
tuna de presenciar algunas de ellas; y otras, por cues-
tiones del destino y de mi buena suerte, me las han
contado. De manera que en ese sentido me considero
una persona dichosa. Perdóname si te ofendo con es-
tas palabras, pero pienso que tú también deberías es-
tar muy alegre, inflado(a), y ¿por qué no?, orgulloso
(a), por tener la ventura de haber encontrado en tu ca-
mino, este coroto con tan placenteras y hermosas his-
torias. De todos modos, éste, del que te hablaré aho-
ra, es un mocho muy interesante, igual de vagabundo
que el protagonista de páginas anteriores.

Se trata de Eusebio Fermín, “Chevo”, un trabaja-
dor de la desaparecida empresa petrolera Phillips, en
El Tejero – Monagas. Para más señales te diré que
era encuellador. Éste es –quizás- el hombre más im-
portante en el taladro petrolero. Es el que brega con
precisión para encuellar los tubos y enviarlos por me-
dio de una máquina a la profundidad de la tierra para
extraer el petróleo. En el argot petrolero esta actividad
se conoce como la perforación del pozo. Se requiere
de bastante habilidad y ligereza con las manos, y al-
gunas veces con los pies, para ejecutar el duro traba-
jo. No todo obrero puede desempeñar este arriesga-
do oficio. Ellos son hombres muy arrechos, como di-
cen los mismos trabajadores petroleros: “hay que te-

128

ner cojones, brío y temple para ser encuellador”. El
nativo de los Robles (Margarita) era uno de esos can-
didatos poseedores de tales características.

Lamentablemente en la tarde de un martes, vein-
te de agosto, cuando trabajaba horas de sobretiempo,
con la intención de reunir suficientes churupos para
viajar a su querida Isla y disfrutar a plenitud de las
rumbosas fiestas de la Virgen Del Valle, en una de
esas complicadas maniobras ocurrió el accidente,
donde el gran Eusebio perdió sus dos brazos. (No ten-
go dudas que dirás:¡Qué casualidad, carajo!. ¡Coño,
pero te juro por las cenizas de mi madre, que ésta es
la pura verdad!).

“El mocho” Eusebio Fermín, como lo llamaban
después, nunca aceptó lo que la empresa le ofreció
muchas veces: mandarlo a los Estados Unidos para
colocarle unas prótesis, lo más avanzado para enton-
ces, un par de brazos mecánicos. Le daba gracias a
Dios por estar vivo y decía que su inteligencia le bas-
taba y sobraba para vivir, que eso de los brazos de
hierro no funcionaba con él. Era un hombre arrecho,
parrandero, alegre, vale decir, un mocho vergatario.

La pérdida de sus brazos jamás lo amilanó. Iba a
todas partes jodiendo y gozando una bola. Siempre se
le vio acompañado de su curruña Quintín, “el manza-
nillero”, uno de esos margariteños leales que se la jue-
gan y son capaces de dar la vida por un amigo verda-
dero.

Bueno, quiero seguir hablando de mi admirado

129

paisano -el cojonudo Eusebio Fermín- pero te confieso
que la tristeza no me lo permite, puedo largar el llanto,
y…yo soy muy feo llorando. Además, considero que
ya es hora de zumbarte -con mi lenguaje decimero- la
versión poética de la historia del arrojado encuellador:

Un paisano en El Tejero,
que en “La Phillips” trabajó,
sus dos brazos los perdió
en un pozo petrolero.
Ese mocho aventurero
llamado Eusebio Fermín,
era un tipo parlanchín
que a todas partes viajaba,
y siempre lo acompañaba
su gran amigo Quintín.

Y en una bomba “Texaco”
-cerquita de Maturín-
yendo solo (sin Quintín)
“el mocho” pasó un mal rato.
Para sacar su aparato
porque quería orinar,
alguien lo debía auxiliar
en aquel atolladero,
y le dijo a otro viajero:
señor, ¿me puede ayudar?

130

El hombre -ante el impedido-
ni un segundo vaciló,
y sin pena le sacó
la paloma de su nido.
“El mocho” muy complacido
su tanque pudo vaciar,
y el señor al terminar
el machete le guardó,
pero “el mocho” zapatió
y –bravo- arrancó a llorar.

El señor se sorprendió,
y, con voz de desespero,
le preguntó: compañero,
por favor…¿ qué le pasó?.
Y Eusebio le contestó:
“gracias por ser tan humano,
pero olvidaste mi hermano
sacudirme el pajarito,
dándole tres golpecitos
con la palma de tu mano”.

Y el encuentro que empezó
con un gesto humanitario,
por el mocho temerario
con violencia terminó.
El señor se enfureció
y lo agarró por el pecho,
y le dijo -bien arrecho-:
¡coño e‟ madre!, ¡mocho infame!,
¿no quieres que te lo mame,
pa‟ que quedes satisfecho?



131

EL CHOCOLATE DE NICOLASA

En el campo petrolero de Anaco, estado Anzoá-
tegui, pasó una vaina que yo he denominado “El Cho-
colate de Nicolasa”. Se trata de la historia vivida por
un hombre cuarentón -llamado Evelio- que tenía unos
cuantos meses echándole los perros a una tal Rosa.
Soñaba conquistarla con la intención de amarrar su
burro hambriento y “agalludo”, en la sombra de la tupi-
da mata de pelo de aquella dama, o –para decirlo con
buen lenguaje- cogérsela, pues. Después de luchar y
guapear insistentemente en pos del anhelado trofeo,
el galán logró que Rosa decidiera darle el buñuelo por
el que andaba volando bajo. Ella lo invitó una tarde
para su casa con el propósito de consumar el hecho,
es decir, sembrar la yuca como dictan las sagradas
escrituras. Evelio salió preparado, deseoso de darle el
ansiado “bocao” de cosa a su arioto guaripete, pero
antes de llegar al lugar de la siembra, se detuvo don-
de su confidente y querida comadre Nicolasa. Emocio-
nado, le habló de su contentura por lo que la suerte y
su constancia le habían reparado. Ella no pudo evitar
sentirse triunfadora ante el logro de su compadre, por-
que de alguna manera había contribuido –como lleva
y trae- para que se concretara el putañero negocito,
por lo que se desvivió en atenciones, recordándole
que no olvidara contarle con lujo de detalles los inci-
dentes del vagabundo encuentro.

-Pon interés en hacer tu coroto bien, hombre…
¡complácela como debe ser!. Anda tranquilo… ¡no te
azares!... déjale tu huella en las entrañas de su alma.

132

Recuerda que el primer polvo queda marcado para
siempre –recomendó, con una liga de cariño y emo-
ción, como lo hacen las experimentadas Celestinas.

Pasaron diez días, y Nicolasa por fin tuvo noti-
cias de su compadre Evelio, por una llamada que éste
le hizo, “parapeteado” en un kiosco de esos donde la
gente se da gusto alquilando teléfonos. Desde allí, con
una pea loca -producto de haber bebido de todo du-
rante nueve días- el hombre, trastocado en poeta, va-
ció su verborrea:

¡Aloooó!... comadre querida,
borracho y desconsolado
te habla el más desgraciado
de los hombres en la vida.
La oportunidad perdida
me ha dejado destrozado,
sin rumbo y avergonzado
que he decidido llamarte,
pues necesito explicarte
porque estoy en este estado.

-¡Madre, compadre!… y ¿Qué carajo es lo que
tienes tú?. ¿Dónde estabas tú “metío” que cogiste esa
mona? – indagaba la mujer con mucho empeño.

Luchando con sus gritos contra los frecuentes
ruidos en este tipo de comunicación, y descifrando a
duras penas lo que su comadre -asombrada- le pre-
guntaba, el hombre prosiguió:

133

¿Te recuerdas -Nicolasa-
esa tarde tan hermosa,
cuando iba a verme con Rosa
y me detuve en tu casa?.
Y tú -como siempre pasa-
atenta y exagerada,
me brindaste ensalada,
pan con dulce de parchita,
y una rica y exquisita
bebida achocolatada.

Ella, ansiosa por enterarse de los motivos de la
sorpresiva interrogante, buscó de inmediato la expli-
cación, aplastando su oreja izquierda con la bocina
del aparato.

- Sí, sí, sí…sí compadre. ¡Claro que me acuer-
do!. Pero ¿qué fue lo que te pasó?...¡Dime!. Tantos
días esperando noticias tuyas para saber cómo te
había ido en la diligencia aquella, y ahora vienes a lla-
marme con esa borrachera. ¡Coño!, termina de contar-
me cómo te fue… ¿Qué pasó con el asunto con
Rosa?.

Evelio, como devolviendo la cinta de una película
que había repetido mil veces en su imaginación, con-
testó jipiando:

134

Después de esa tragazón,
yo te dije: compañera,
algo importante me espera,
hoy la boto de jonrón.
Te hice la confesión
que me marchaba apurado,
pa‟ no llegar retardado
al convenido lugar,
a disfrutar del manjar
con que tanto había soñado.

-Eso lo sé yo, compadre; lo que quiero es que
me digas en qué paró la vaina…no le des tantas vuel-
tas al rollo. ¿Le diste o no le diste candela a Rosa? o
¿Qué coño fue lo que pasó?. Sácame de esta angus-
tia. ¡No joda!.

Atosigado, tanto por su dolor como por la insis-
tencia de su curiosa comadre, el lloroso Evelio lanzó
el desenlace del dramático episodio:

Fui hasta la casa de Rosa,
dando un concierto de peos,
con un enorme deseo
de comerme aquella cosa.
Y en una cama preciosa
se iba a iniciar el combate,
cuando el rico chocolate
que tú me diste -mi amiga-
me revolvió la barriga
y bañé la cama en guate.



135

El monte en el patio de la casita estaba crecien-
do demasiado, por eso contraté -para que lo cortara- a
un señor muy popular en la zona, llamado Claudio, a
quien le dicen “Callito”. El día que comenzó su traba-
jo, me senté a presenciar la agilidad con la que se
desempeñaba. El hombre parecía un diablo moviendo
y manejando su machete. La curiosidad me llevó a
preguntarle: ¿De qué parte eres tú, chico?. Sin levan-
tar la cabeza, siguiendo con su labor, pausadamente
me fue contando.

-Yo soy de un pueblo del estado Amazonas, ubi-
cado en la frontera con Brasil, y antes que usted me lo
pregunte, le diré que hago por aquí. Estoy huyendo –
dijo con sentimiento- sin haber matado a nadie. Me
enamoré bobo de una muchacha brasileña que vive
en mi pueblo, jamás pude decirle palabra alguna, en-
mudecía al verla. El tiempo se me iba en pensar y so-
ñar con esa joven. Vivía tan enamorado y me gustaba
tanto, que cuando estaba junto a ella me provocaba
volverme un animal, comérmela viva, destrozarla a
besos. Ante aquella obsesión, atrapado en mi timidez,
sin fuerzas ni voluntad para enamorarla, decidí venir-
me de ese lugar antes de cometer una locura.

Allí -en el mismo sitio- sin moverme, observán-
dolo detenidamente con mirada compasiva, pensando
en el nostálgico destino del laborioso hombre, me pa-
reció oírlo dictándome estos marruñecos versos:

136

Un bravo tigre me quiero volver
y con mis garras tu cuerpo destrozar,
y de tu carne comer y comer
hasta que logre mi hambre saciar.

Lleno de amor -como lo hace un zorro-
estiraré con cuidado tu cuero,
para secarlo y hacerme un chinchorro,
y no seguir durmiendo en el suelo.

Nada de tí, yo pienso desechar,
de tu cuca cortaré su cabellera,
porque al chinchorro que voy a fabricar,
con tus pendejos le haré las cabulleras.

Y tus senos serán mis almohadas,
cerca de mí estarán como testigos
que no hay un solo día -mujer deseada-
que no sueñe, emocionado, contigo.



Fui al Terminal de pasajeros de Cariaco a buscar
a mi cuñada: la bravucona, rumbosa y extraordinaria
cantadora de canciones románticas, Ovidia, conocida
como la sentimental “Yiya”. Ella, siempre con su in-
mensa responsabilidad por delante, venía a cumplir
con su compromiso, un contrato de dos noches -
viernes y sábado- en “El Hueco de la Perdición”, con-
currida discoteca de la zona. Me bajé y traté de locali-
zarla, pero no había llegado. Entonces regresé al es-
tacionamiento y me metí de nuevo en mi carro a espe-
rarla. Estando allí, distraído, oí -sin querer queriendo-
a un señor de unos setenta años, hablando muy fuerte
por un celular. Por lo escuchado me supuse se trataba

137

de un contratista, residenciado temporalmente en esa
población, y hablaba con su esposa Omaira, estableci-
da en otro lugar muy lejos de Cariaco. También me
pareció oler en la picante conversación, que la señora
le reclamaba algo relacionado con las mujeres y le re-
comendaba cuidarse mucho. Pude deducir, por la mo-
lestia y los manoteos del hombre, que su esposa des-
confiaba bastante de él. Este divertido coroto duró ca-
si una hora, y yo -hecho el pendango- gustosamente
me lo calé completico. Ante aquel insuperable material
-obsequiado por el listo y vagabundo viejo- me esmeré
y grabé en mi pensadora una buena parte, con la fina-
lidad de utilizarla en mi repertorio. Entre otras cosas,
recuerdo que el errante individuo le decía a su espo-
sa:

Me duele mucho que digas
que yo no estoy trabajando,
y que el tiempo se me va
en este pueblo culiando.
Quédate quieta –mujer-
no me sigas calumniando,
yo no sé de donde sacas
que me la paso tirando.

Que dudes tanto de mí,
en verdad, yo no lo creo,
tan fiel como he sido yo,
y la respuesta que veo.
Me has obligado a decirte,
bien clarito y sin rodeos,
que es cierto, vivo tirando,
pero tirándome peos.

138

Tanto tiempo estando juntos
y aún sigues confundida,
ya tú deberías saber
como he sido yo en la vida.
Jamás me desnudaría
delante de una bandida,
de esas que se desocupan
de su trabajo enseguida.

Además, aquel lugar
donde registrabas tanto,
buscando que mi turpial
te arrullara con su canto,
al mirarlo como está,
de la tristeza me tranco,
porque allí lo que quedó
fue un rollo de pelo blanco.



El señor encargado de cuidarme la casita en
Chacopata es un pescador de setenta años, muy en-
tusiasta, buen conversador e inigualable cocinero. Su
nombre es Maximiliano, pero todo el mundo le dice
“Chemilo”. Cuando estoy allí conversamos de cosas
muy interesantes relacionadas con el mar. Toda su
vida se ha dedicado a las faenas marinas, presencian-
do espectaculares e increíbles acontecimientos, los
cuales narra poniéndole una inmensa carga de emo-
ción y suspenso. Escucharlo es convivir con lo insólito
y sentirse envuelto en inusitadas aventuras.

Un día -buscando su opinión- le declamé tres po-
esías. Sus carcajadas respondieron por él, gozando
un imperio decía: ¡tan buena la vaina!, ¡Coño, pero no

139

se pare… siga, diga otra!. Al finalizar le pregunté que
si no sabía algún cuento, un cacho bueno, alguna his-
toria vergataria vivida por él, para arreglarla y contarla
en poesías como las que le acababa de decir. El
fantástico personaje no tardó en responder:

-¡Cará, Tomás!… ¡De sobra, chico!. Historia es lo
más que yo tengo; y cachos y cuentos, ni se diga…

Sin perder tiempo se fajó a contarme cosas lar-
guísimas, entre ellas una medio buena. La trabajé
fuerte y logré enderezarla, estaba bastante torcida. Es
una interminable historia de un comedido, discreto y
extraño jovencito, llamado Nardo. La madre de este
joven murió cuando él tenía siete años. Entonces, un
sagaz y persuasivo cura -de la orden de San
Francisco- se encargó del niño para formarlo y darle
una buena educación. El cura era un capuchino Madri-
leño -el barbudo Padre Mario- de brillantes, vivos y
escudriñadores ojos azules, que hipnotizaban a las
mujeres.

Nardo creció y se desarrolló bajo la tutela y vigi-
lancia del listo capuchino. Pero, como era muy educa-
do y tenía un hablar exageradamente refinado, en el
pueblo se escuchaban maliciosos comentarios acerca
del muchacho. Estas cosas tenían muy preocupado al
Padre Mario, quien investigaba incesantemente para
descubrir la verdad de aquel asunto.

Discúlpame…interrumpo la historia –con tu per-
miso- porque estoy seguro que mediante cuatro déci-
mas, te puedo contar mejor esta cuestión del tal

140

Nardo.

NARDO

Cuando su madre murió,
siete años tenía Nardo,
y un cura se hizo cargo
del muchacho, y lo educó.
Como aquel niño creció
con modales refinados,
cariñoso, bien hablado
y a toda hora rezaba,
la población comentaba
que era del otro lado.

El cura estaba informado
de lo que el pueblo decía,
y cuidaba noche y día
al jovencito educado.
El Capuchino avispado
al muchacho interrogaba,
el muy astuto buscaba
saber si el dulce Nardito,
era todo un hombrecito
o si en verdad se filtraba.

Como el cura era un puyón,
con catalinas de sobra,
le entristecía que su obra
resultara maricón.
Pero el dilema en cuestión
un día se vio aclarado:
el padre Mario –asombrado-
encontró en la sacristía,
que el joven Nardo tenía
al organista prensado.

141

Gracias te doy Padre amado,
-dijo el Cura en el momento-
con este descubrimiento
un gran peso me he quitado.
Pero también me ha enseñado
el hijo de la difunta,
al clavar de punta a punta
al pianista vagabundo,
que lo más feo en el mundo
es ver cuatro bolas juntas.



Un afortunado día, “Chemilo” recaló con un chis-
te del carajo, me sorprendió con aquella vaina. No sé
si fue un invento suyo o se lo contaron, nunca lo re-
veló. Se refiere a Nicolás –“Colacho”- un ingenuo pes-
cador margariteño, con la boca excesivamente gran-
de y la mandíbula muy fuerte. Este personaje se co-
mía -en una sola sentada- dos cajas de corocoros,
tres jureles grandes y un carite de tres kilos. Su des-
comunal boca era una máquina trituradora y chupado-
ra de cabezas de pescados, que semejaba una aspi-
radora succionando. La gente del pueblo, donde
vivía aquel caimán, se amontonaba y esperaba pa-
cientemente la hora de la comida de “Colacho”, para
presenciar gratis el tremendo espectáculo de verlo tra-
gar. Hasta hacían apuestas relacionadas con las ca-
bezas de pescados que se chuparía y el tiempo para
hacerlo.

El chiste es demasiado largo, pero tiene una
cuestión muy atractiva, picante -de primera-. Cuando
“Chemilo” me lo estaba contando y llegó a la parte del

142

coroto bueno, no hice comentario alguno. Lo escuché
normalmente y ni siquiera le dije que me había gusta-
do. Ocultando mi entusiasmo por lo que acababa de
oír, pensé: “Coño… esta vaina está de pinga y tengo
que esmerarme para trabajarla bien. No puedo pelar-
la, no joda”. La pimienta de este cacho se concentra
en un viaje que hizo Nicolás a Puerto La Cruz con su
compadre Ismael, quien lo llevó a conocer un prostí-
bulo.

Empecé la traducción con calma, dedicado ex-
clusivamente a sacarle el guarapo a mi suculento
hallazgo. Entendí que por ahora no tenía tiempo para
ocuparme de otras cosas, pues el delicado asunto, así
me lo exigía. Corregí las décimas muchas veces por-
que no decían con claridad lo buscado. Sentía que la
obra que consagraría mi repertorio, estaba fallona. En
mis ataques de desespero, grité muchas veces –
exagerando el tono de mi voz- ¿Qué pasa, viejo?
¿qué pasa? ¿no puedes?. A todas estas, la pobre
Aleida -metiéndome el ojo sin chispa de disimulo- me
increpaba con una evidente calentación encima.

- ¡Adiós, carajo, ahora si es verdad que nos jodi-
mos con éste, pues!, vino pa‟ Punta de Salina a perder
el juicio. Tendremos que amarrarte en el pie de esa
mata de yaque, mijito; y ya después se verá quién car-
gará contigo, porque ya yo no tengo fuerzas pa´ lidiar
con locos.

Sabía que las ganas de escribir un asunto verga-
tario con ese interesante material, me presionaban, y
mis intentos resultaban fallidos. Entonces recurrí a

143

una muy buena estrategia, que en el comienzo de es-
ta locura, me había dado resultados maravillosos: me
aquieté, me calmé. La radio, la lectura y la música vol-
vieron a ser mis aliados. Al tercer día de estar bajo los
efectos de esta tranquilizadora terapéutica, intenté
proseguir con la retadora misión. Con el pensamiento
bastante despejado, terminé una hermosa criatura,
cuyo nombre es “El Sesenta y Nueve”.

EL SESENTA Y NUEVE

El pescador Nicolás
no hacía vainas ociosas,
como eso de mamar cosa
o fornicar por detrás.
Y por complacer, quizás,
a su compadre Ismael,
un jueves tomó con él
hasta que se emborrachó,
y el compadre lo llevó
a conocer un burdel.

Una puta bien bonita
a Nicolás se llevó,
y después que se desnudó
le dijo con voz dulcita:
“Pescador de margarita,
en esta noche del Jueves,
ven a mí para que pruebes
como se goza al tirar,
porque te voy a enseñar
a hacer el sesenta y nueve”.

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Ella le dio explicaciones
de lo que tenían que hacer,
y él no tardó en entender
y tomaron posiciones.
En los primeros chupones
que aquel pescador le dio,
la puta se estremeció
como nunca lo había hecho,
y el gusto fue tan arrecho
que un peo se le salió.

Y el pescador aguantó
la hediondez sin respirar,
y cuando volvió a mamar,
otro peo le tiró.
Y Nicolás se paró
y le dijo en sus cachetes:
“dirás que soy un soquete
y me llamarás cobarde,
pero tírale a tu madre
los otros sesenta y siete”.

Cuando terminé estas décimas, con unas ganas
inmensas de dar a conocer el resultado de mi poético
esfuerzo, se las declamé bien declamadas a
“Chemilo” y a dos pescadores más (“el chivo” y
“varoco”). Después de escucharme y haber gozado un
mundo, me pidieron la repetición y los complací dos
veces. “Chemilo”, inflado de emoción y sudando
alegría -entre carcajadas- muy orgulloso le decía a
los pescadores: “miren, ese fue un cacho que yo le
conté a ese diablo, y vean como lo puso”.

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Maximiliano se sentía feliz por sus chistes y la
ayuda prestada. Cada vez que llegaban los pescado-
res a la casita, me pedía que repitiera el famoso se-
senta y nueve. Se esmeraba dando explicaciones,
presentaba fervorosamente el preámbulo de la poesía,
agregándole en cada oportunidad algo a la historia;
convirtió la cuestión en una verdadera chirigota.



Una lluviosa tarde, para entretenerme, arranqué
a declamar unas cuantas poesías, entre ellas, aque-
llas que hablan del abuelo del ingenioso “Mañolo”.
Maximiliano, como siempre, demostrando su gran in-
terés por esta apasionada actividad mía, escuchaba
mi algarabía con exagerada atención. En un alto que
hice en mi locadia actuación, el tercio, parsimoniosa-
mente, enseñando sus nóveles conocimientos poéti-
cos –adquiridos gracias a mis constantes lecciones-
me sorprendió con una razonable observación.

-Esas poesías que nombran al viejo machetudo,
son muy buenas y bastante ocurrentes. Pero se le
puede sacar más punta a la historia -expresó con
apreciable convencimiento-. Yo le echaría más leña a
la candela, porque el material se presta para eso y los
chances hay que aprovecharlos; pero…el poeta eres
tú… y el que sabe es el que goza.

Me acosté en el chinchorro a observar como ce-
saba la lluvia, con el pensamiento centrado en las pa-
labras dichas por el agudo analista. Después de darle
a su reparo varias vueltas en mi cabeza, me sonreí y

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dije para mis adentros: “¡Coño, es verdad!... el hombre
tiene razón, en el fondo del caldero quedaron algunos
chicharrones y debo sacarlos. No puedo botar la bola
así”.

Estuve cavilando durante un largo rato, cantando
de vez en cuando -con aires de galerón- algunos cuar-
tetos. Precisamente, cuando di por concluido mi traba-
jo mental, escuché a Chemilo:

- Venga, pues, pa‟ que se de gusto comiéndose
esta arepota con un par de catacos asados.

Dejé de mecerme, me puse de pie y –adrede- le
dije con notable picardía: “espera un momentico Che-
milooo, que voy a escribir un asuntico, antes de que
se me olvide”.

-¡Bien sabía yo, carajo!…podía apostar que esa
mecedera en el chinchorro no era de balde. Lo que
pensaste debe ser muy bueno , porque tú, que pade-
ces de hambre, ni siquiera vas a desocuparte primero
con el “bocao” de “comía”, para después anotarlo en
el cuadernote ese, que ya le tienes las hojas flojas de
tanto rayarlo - expresó, cabeciando y exhibiendo lo
ofrecido en un esconchado plato de peltre.

Unos minutos después, en el momento de sen-
tarme para iniciar mi movimiento de mandíbulas, lo
deleité declamándole la segunda parte de las ocurren-
cias de “Mañolo”, titulada “Cuidando al Abuelo”. La es-
cuchó -encimándoseme tanto- que de vainita se metía
dentro de mí, y terminó agregando:


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