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-¡Ahora sí, tú ves!... ¡está completa!. Ecolecual…
CUIDANDO AL ABUELO
( segunda parte )
Mis amigos, aquel cuento
todavía no ha terminado,
porque mi abuelo adorado
padece de estreñimiento.
Y cada vez que lo siento
en la poceta a evacuar,
mis dedos deben sacar
con astucia y precisión,
de su culo un gran tapón
pa‟ que se pueda vaciar.
Mi abuelo está bien cuidado,
toma leche, chicha y malta,
y su arepa no le falta
con carne, pollo o pescado.
Come como un condenado
sus tres comidas completas,
y evacuando se respeta
porque obstruye cañerías,
y yo paso cuatro días
destapando la poceta.
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Para los malos olores
tuvimos que consultar,
a un doctor de Pampatar,
graduado entre los mejores.
Y el doctor dijo: señores
las cosas mejorarán,
la hediondez no sentirán
si le quitamos la avena,
y le damos en la cena
dos vasos de lavansán.
Ahora ocurre una cosa
cuando a evacuar va el abuelo,
y es que larga un espumero
que el bañito se rebosa.
La familia entera goza
en aquel ambiente puro,
las manos golpean duro,
formando una guachafita,
reventando las bombitas
que el viejo hace con el culo.
☺
En mi pueblo, la bodega “El Guayacán”, del Se-
ñor Apolinar Orta, era un negocio muy popular -
concurrido generalmente por jóvenes- porque tenía
una amplia sala donde reposaba una bonita rokola,
que no paraba de sonar días y noches. También había
una mesa de pool, en la que para matar el vicio, era
menester apuntarse previamente en una larga lista,
guardada celosamente por el competente Apolinar, en
uno de los cuatro bolsillos de su eterna guayabera
azul. Igualito pasaba en la cancha de bolas criollas,
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instalada en un terreno ubicado frente al negocio del
triunfador bodeguero.
En esa bodega vendían los mejores “pocicles”
del mundo, fabricados por el propio Apolinar. A estas
alturas de mi vida no he probado otros helados igua-
les. Cuando mis viejos me daban un centavo, yo iba
“esmachetao” a comprar uno. Debajo de un frondoso
árbol de guayacán -origen del nombre de la bodega-
sentado sobre una enorme piedra, disfrutaba de una
de las grandes delicias en mi niñez. Me deleitaba,
chupándolo lentamente hasta consumir la última ñin-
guita de hielo. Después caminaba hacia mi casa, la-
miéndome los restos de la melosa felicidad que que-
daba agazapada entre mis flacuchentos dedos. En
ese trayecto siempre tenía el mismo pensamiento:
“cuando yo sea grande y trabaje, le voy a comprar al
señor Apolinar todos los “pocicles” que haga”.
El tiempo voló, ¡pasó demasiado rápido!. Sin dar-
me cuenta me hice profesional de la docencia y co-
mencé a trabajar. Mis primeros días de vacaciones
fueron en diciembre y me trasladé a mi pueblo, Alta-
gracia, para disfrutarlos. Una tarde, viniendo de visitar
a mi buen amigo, el abogado penalista Víctor Malavé,
“El Chino”, pasé frente a la bodega de Apolinar y una
lluvia de recuerdos me obligó a anclar en ese lugar.
Saludé a la concurrencia -que plácidamente charlaba
debajo del fuerte guayacán- emitiendo mis caracterís-
ticas palabras: ¡Épale, gente!, ¿Cómo está el coroto,
pues?”. Como respuesta oí un coro mixto de voces,
diciéndome: “ahí vamos, ahí vamos…pa‟ lante, pa‟
lante”. Ya en la puerta del negocio, con el diente
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“pelao”, solté otra efusiva salutación.
-Pariente Apolinar, ¿cómo está la vida?... ¿qué
me cuenta?. ¡Usted no se pone viejo, carajo!.
- ¿Y para qué, muchacho?, si por eso no pagan
nada… ¿Qué milagro es ese que estás por aquí?.
¿En qué te puedo servir? - me contestó, como el que
no quiere la cosa.
Observando el interior de la bodega, vi que en el
lugar de la antigua nevera, estaba un moderno
“freezer”. Entonces le pregunté: ¿hay pocicles?.
-¿Por qué no, pues?, como arroz, chico… ahora
es cuando hay pocicles. ¿Cuántos quieres?. Tenemos
de coco, piña, tamarindo, frescolita con leche, guaná-
bana, parchita; aquí hay de todos los sabores, lo que
usted busque –respondió con aires de orgullo.
Sentado en una silla -debajo del hermoso gua-
yacán- acompañando a la concurrencia, me comí
ocho de tamarindo en el primer pedido. Los trituré len-
tamente con una cuchara, en una vieja perolita de le-
che Klim. En el segundo golpe -combinando los sabo-
res- me empujé ocho más: cuatro de coco y cuatro de
parchita. Cuando me disponía para la tercera “zumbá”,
el bodeguero estaba bastante atareado con otros
clientes, y tuve que quedarme parado en la puerta de
la bodega, esperando que me atendiera. En esa espe-
ra, mientras sonaba en la rokola un ruidoso jalaíto co-
lombiano, que habla de alguien que nació sin corazón
en el pecho y no tiene la culpa de ser así, veía la me-
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sa de pool y la bicicleta del señor Apolinar, en el mis-
mo lugar de antes. Entonces me pareció que estaba
viviendo en el pasado. Sentía y percibía los mismos
sonidos y olores de los inolvidables días de mi niñez…
allí estaban los amigos de la infancia con sus bolsillos
llenos de pichas (metras), dispuestos para echar una
jugadita en el amplio terreno frente a la bodega; y jun-
to a mí, protegiéndome como siempre, se encontraban
mis hermanos “Cheíto” y “Tivita”. Cuando atravesaba
por ese agradable y maravilloso sueño, la fuerte voz
de la señora Gladys -saludando en su llegada a la bo-
dega- me devolvió a la realidad.
Doña Gladys quería comprar un jabón de olor,
marca Camay, pero el bodeguero Apolinar no tenía en
el armario ese producto, y entonces -tan listo y
“avispao” como un águila- para no dejarla ir con las
manos vacías, le ofreció otro tipo de jabón, explicán-
dole con su convencedora labia las bondades del pro-
ducto. La misia al oírlo, sorpresivamente descargó una
expresión, que ahora me sirve para condimentar estos
versos, a los que les encaramé el nombre de “La Con-
serva”.
LA CONSERVA
Un bodeguero, llamado Apolinar,
era una fiera y de todo vendía,
en la bodega tenía pool y billar
y una rockola sonando noche y día.
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Una vez, que yo estaba allí comprando,
vi cuando llegó - sin apurarse-
la señora Gladys solicitando
un jabón Camay para bañarse.
Él le dio otro, de una marca rara
y le explicó, bien claro y sin reservas:
“es muy bueno para el cuerpo y la cara,
y además -mi doña- la conserva”.
¡Que va, mijito! -le dijo la señora-
aquí en el pueblo, todo el mundo sabe
que mi conserva la lavo a cualquier hora,
pero utilizo jabón azul “Las Llaves”.
☺
No quiero contar, porque me desagrada hacerlo,
la bochornosa historia de mi sobrino Pascual con su
consentida e ingenua novia, pero dada mi imperiosa
necesidad de agrandar el repertorio, no me queda
más remedio que echarle bolas. El muchacho es el
hijo mayor de mi hermana Rosita y de su esposo
Vicente, “Manochente”, popular arreglador de radios y
relojes en mi pueblo. Confieso que teniendo tantos so-
brinos y sobrinas, por éste he sentido -y siento- una
gran predilección. Lo he cuidado, siempre he estado
pendiente de él.
Recuerdo cuando Pascual era un niño y le daban
aquellos blanquines -los conocidos ataques de lombri-
ces- que se ponía pálido, jipato y volteaba los ojos en
blanco; yo no me separaba de la débil criatura. El niño
153
era atendido en esos trances por el histórico y famoso
médico francés Bougrat, “el cayenero”, residenciado
en Juangriego. En una de esas consultas en la casa
de mi hermana Rosita, le oí decir al prestigioso gale-
no: “hay que actuar pronto, antes que las lombrices y
solitarias se coman vivo a este inocente”.
A pesar de tantos yeyos, Pascual se enderezó a
fuerza de vitaminas, reconstituyentes y combióticos
recetados por Bougrat. El muchacho dio un giro, se
puso fuerte, atlético y fornido. Se convirtió en un mo-
cetón con un llamativo porte de elegancia. Además,
resultó ser un aventajado estudiante en la secundaria
y en los primeros semestres cursados en la U.D.O de
Guatamare – Margarita, donde sorpresivamente aban-
donó sus estudios por una causa que más tarde se
descubrió.
En su inicio en la U.D.O, conoció a una joven
muy bonita, seria y amable, que en las tardes trabaja-
ba en la casa parroquial de nuestro terruño. Mi herma-
na Rosita y el cuñado “Manochente” estaban que bai-
laban en una sola pata. No cabían de la felicidad por
los amoríos de su niño Pascual con aquella distingui-
da dama. No se cansaban de darle los mejores elo-
gios y observar en ella todas las virtudes que cual-
quier mujer quiere tener.
Los jóvenes, en aquel apreciado y admirado no-
viazgo, se la llevaban de lo más bien. Se amaban, se
querían y se adoraban. Se deseaban el uno al otro.
Hasta que un aciago día se conoció la desgarradora
noticia: los amoríos terminaron sin que nadie supiera
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el motivo. Esa desgracia ocasionó que la casa de mi
hermana Rosita -donde reinaba la alegría y las sonri-
sas acompañaban cada movimiento- se convirtiera de
la noche a la mañana en la más patética funeraria.
Hasta las bonitas flores, que no faltaban en el hermo-
so jarrón de Murano -colocado sobre la mesa del co-
medor- se marchitaron y no hubo persona alguna que
tuviera voluntad para cambiarlas. La aflicción se apo-
deró de aquella familia, sus integrantes nadaban en
un mar de angustias.
Dada la tristeza y la preocupación del grupo fa-
miliar-incluyéndome- me dispuse a desenredar el per-
turbador rollo de misterio. Encontrándome con lo que
digo al final de estas décimas:
Mi buen sobrino Pascual
se enamoró de una pava,
que en las tardes trabajaba
en la casa parroquial.
Esa es la novia ideal
- decía mi hermana Rosita-
porque es cristiana, bonita,
y estudiante igual que él,
y como se puede ver
la joven es seriecita.
Sin saber nadie por qué,
el noviazgo terminó,
como esto me preocupó
a investigar empecé.
Con el sobrino tomé
en un lugar reservado,
y al mirarlo bien pelado,
le pregunté: ¿qué ocurrió?,
y llorando me contó
lo que le había pasado.
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Un día que la encontró
solita en la sacristía,
la abrazó con valentía
y muy fuerte la besó.
Cuando ella el bulto sintió,
dijo: Pascual, ¡vete… vete!.
y él -frotándose el florete-
respondió: me marcharé,
pero antes te enseñaré,
mi amor querido, el machete.
Pascual su bicho sacó,
y ella se rió a carcajadas,
y él -con voz entrecortada-
le preguntó: ¿qué pasó?.
Y la joven contestó:
“no te molestes mi amor,
pero guarda por favor
tu corta uñas ligero,
que machete es -compañero-
el que tiene monseñor”.
☺
Los pescadores, enterados de mi tarea de con-
vertir cachos e historias en poesías, iban a contarme
vainas inventadas por ellos y esperaban emocionados
las correspondientes cuatro décimas. La mayoría de
las veces -casi siempre- no conseguían su propósito
porque los cuentos eran demasiado largos, malos y
enmarañados… pero los carajos no se amilanaban y
seguían insistiendo (¡gracias a Dios y a la Virgencita
del Valle!). Después de escucharlos pacientemente,
yo les decía con toda mi conduerma y cachaza –
echándomela de muy sabihondo- que a esas vergaja-
156
das no se les podía sacar nada… que no perdieran su
tiempo contándome vainas tan malucas, y que pusie-
ran interés en buscar algo mejorcito, porque mi obra
no podía estar llena de pendejadas.
Un domingo, uno de ellos -con más palos de la
cuenta- me contó un asunto larguísimo y malísimo de
la Viagra. Nunca supo que con su interminable relato,
abrió el camino para llegar -tres días después- a un
intercambio de décimas entre dos poetas que eran
compadres –uno muchachón y el otro aruñando la
quinta edad-. El joven se enteró por boca de una ser-
vicial mujer, que el viejo ya no prendía por el arran-
que… ni empujado tampoco; y al parecer -según la
informante - este problemita lo tenía muy preocupado
y molesto.
El contrapunteo arranca con una décima del poe-
ta joven, quien inmediatamente recibe su merecido
con una respuesta que le cae como guaratara en te-
cho e‟ zinc. La motivación va creciendo –décimas van
y vienen- y así se produce un largo cruce de versacio-
nes.
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INTERCAMBIO DE DECIMAS ENTRE LOS COMPADRES
El joven le dice al viejo:
Supe que estás disgustado
con el machetico fiel,
porque recurriste a él
y lo encontraste postrado.
Debes ser considerado
y tratar de no apurarlo,
más bien hay que acariciarlo
jugando con su cabeza,
y si así no se endereza,
con la Viagra hay que auxiliarlo.
El viejo le responde:
Lo que me has aconsejado
me parece muy sensato,
pero es que cada aparato
trae su tiempo estipulado.
Cuando el final le ha llegado
no es bueno andar inventando,
más bien hay que ir buscando
la forma de resistir,
la condena de vivir
con ese muerto colgando.
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El joven insiste:
Hoy existen maravillas
descubiertas por expertos,
que al pipe, aunque ya esté muerto,
lo convierten en cabilla.
Compadre hay una pastilla
para ese problema y punto.
La solución de ese asunto
es la Viagra milagrosa,
para que usted coma cosa
ella revive al difunto.
El viejo se defiende:
Compadre para probar
como anda el aparato,
yo le explico de inmediato
el examen a efectuar.
Primero hay que colocar
bien abierta a la mujer,
y después hay que poner
el pipe a güeler cuchara,
y si ese animal no se para
ya no hay más nada que hacer.
El joven lo ataca de nuevo:
Usted ha tomado a broma
lo de la pastilla esa,
la que al machete endereza
pa‟ que venga por la goma.
Ahora, si usted la toma
y su pipe, nanay ,nanay,
no hay más remedio –caray-
que optar por algo más sano,
ayudarse con las manos
y con la lengua, compay.
159
El viejo pela por una salida jodedora:
Cuando el bicho está postrado,
jorungar también conviene,
pero la artritis me tiene
los dedos engarrotados.
Con el mamerto he probado
pero así no tengo vida,
una enfermedad suicida
la boca me arreviró,
y la lengua me quedó
completamente dormida.
El joven trata de bardarlo:
Compadre su situación
a nadie se la deseo,
y le advirtió que no veo
que haya alguna solución.
Me reservo una opinión
que lo puede molestar,
pero vale preguntar
en tono civilizado:
y a un hombre en ese estado
¿qué más le puede quedar ?
El viejo termina con tono mamadorcito:
Tu insinuación -en verdad-
no resulta un irrespeto,
pues si a marisco me meto,
nadie me hará la maldad.
Tenga la seguridad
que me quedaré varado,
porque yo estoy tan salado,
que cuando me vean desnudo,
no cogerán ese culo
viejo, sucio y arrugado.
160
☺
Al terminar estas ocho décimas, donde presento
el interesante toma y dame entre estos dos agudos
bardos, de nuevo repasé todo lo escrito. Sentí que es-
taba cerca de la orilla, veía los faros encendidos en el
puerto deseado, la hora de atracar se acercaba. Esto
me animó para seguir navegando y pescando con re-
novadas fuerzas, en las turbias aguas del ocioso mar
del mierdero poético. Coloqué en mi manoseado an-
zuelo una carnada de agallas de zapatero, y en el pri-
mer tirón agarré la graciosa historia del viejo birrion-
do. Gran parte de ella se la oí a mi recordado herma-
no “Polito”, cuando yo era un muchacho y vivíamos en
Caripito. Después que la escribí, he soñado con “El
Polo”, diciéndome: “¡Este Tomás, si tiene vainas!...
llegó a viejo y no se compuso”.
El VIEJO BIRRIONDO
Amado Rafael, “Fucho”, era muy joven -apenas
tenía veinte años- cuando se vino de su añorada Aca-
rigua – Portuguesa, a trabajar como electricista en la
moderna y nombrada (en esa época) refinería de Cari-
pito – Monagas. Durante sus treinta y cinco años tra-
bajando en La Creole -después Lagoven- habitó la ca-
sa de solteros número ochenta y siete, del campo “Las
Palmitas”, propiedad de la empresa petrolera.
Era un hombre campechano, amable, simpático
y muy mujeriego. Las mujeres siempre fueron su debi-
lidad, enamoraba hasta una escoba con falda, era un
161
avión para el levante. Pero curiosamente, todo el tiem-
po vivió solo. Nunca se decidió a establecer un hogar
con alguna fémina de su agrado (que en verdad le so-
braban). El tercio -en Caripito y sus alrededores- era
el típico Juan Charrasqueado. En sus acostumbrados
paseos por el campo petrolero, manejando su pulido e
impecable Buick azul, difícilmente se le observaba so-
lo. Generalmente -por no decir todas las veces- lo
acompañaba cada día una chica diferente.
Cuando “Fucho” tenía cincuenta y cinco años, se
retiró de la empresa petrolera sin jubilación, por obra y
gracia de un arreglo sindical. Cuentan –no lo digo yo-
que la bola de billetes que recibió fue grande. La gen-
te del campo petrolero se imaginaba el tamaño del
bulto de reales, pero por más que escarbaron, nunca
llegaron a saber cuánto había sido. Sólo el gerente del
Banco de “Caripito Abajo”, conoció la cantidad de di-
nero recibida por Amado Rafael. Con aquel platal en-
tre las manos, construyó en “La Palencia” - populosa
zona de Caripito- cerca del campo petrolero, una gran
casa donde montó el mejor abasto de la región.
“Fucho” atendía personalmente su próspero negocio,
lo que significaba para él un disfrute enorme porque
se manejaba como pez en el agua. Cuando las muje-
res llegaban a comprar, su río de amabilidad se des-
bordaba y frecuentemente terminaba pescando algo.
Tenía veinte años ejerciendo sus labores de co-
merciante, al cumplir setenta y cinco de edad. Aunque
hacía alardes de estar como el diablo con su fusil, al-
gunas lenguas femeninas -según ellas, con conoci-
miento de causa- opinaban lo contrario; decían que
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estaba arioto y birriondo porque ya no levantaba la ca-
beza.
Como el abasto no se abría el domingo, el tercio
-perfumado y muy bien envitolado- aprovechaba el
asueto para salir a visitar lugares cercanos. En uno de
sus paseos estuvo en un bar ubicado en las afueras
de Caripito, vía Carúpano – Sucre. Allí se tomó unos
tragos y, dada su habilidad para entablar amistad, co-
noció a la trigueña Luisa, quien lo impactó y lo indujo a
pensar que era la prenda de su vida. “Fucho” la invitó
melindrosamente para que lo acompañara en su me-
sa… y ella -guabinosamente- aceptó.
Luisa tenía veintisiete noviembres, pero -por las
necesidades y los trabajos que había pasado- aparen-
taba unos cuarenta mayos; no obstante, conservaba
sus buenas canillas, mostraba una cómoda maleta, y
su barriga estaba bastante hundida, desaparecida.
Además, exhibía un escoñetador rostro angelical. ¡Pa‟
que digo más!.
Se encontraron el uno para el otro, cada quien
andaba con su plan en mente: él buscaba una apete-
cible presa, para descargarle los últimos perdigones
de su oxidado fusil; y la pájara Luisa procuraba topar-
se con una potente grúa, capaz de remolcarla con su
paquete de sorpresas.
Luisa se las arreglaba -de cualquier forma- para
salir de pesca bien preparada. Siempre conseguía
prestadas sus buenas pintas. Ese día estaba olorosa,
llamativa y muy provocadora, parecía una miss. Una
163
joven profesora del liceo de Caripito –“la gocha
Claudia”- le había prestado unos bonitos zapatos de
patente amarillo claro, con tacones altos; y un lindo
vestidito negro con pinticas amarillas –de seda china –
que traía incorporado un sostén de los llamados le-
vanta muertos. Aquel trajecito estaba hecho a su me-
dida.
Conversaron mucho tiempo, y después de una
incesante insistencia del currutaco, la Sílfide accedió a
bailar con él. Luisa bailaba espectacularmente, suave-
cito, con un sensual movimiento culebrero. Su embru-
jadora cadencia provocó que Amado Rafael se entu-
siasmara y disfrutara de varios boleros con los ojos
cerrados, apechugado, ¡trancado, pues! -como de-
cían en ese tiempo- .No quería detener su ritmo y
Luisa sacó su arma secreta para aquietarlo, amorosa-
mente le dio el dulce beso de Judas. Ella sabía que
con ese disparo no fallaba. Con aquella acción,
“Fucho” se volvió un majarete y -medio abrazándola-
muy complacido la condujo hasta la mesa para sentar-
se y seguir charlando. Pero ahora mostraban un cua-
dro muy romántico, estaban bastante cercanos, rozán-
dose las rodillas y tomados de las manos. La acara-
melada parejita no se percataba que era el centro de
las miradas de los curiosos observadores. El viejo par-
ticularmente creía que estaban solos en el paraíso.
Al final de la tarde – encandilados por un rojizo
sol- cuando sonaba en la rokola el disco de moda,
“La copa rota” de José Feliciano, el septuagenario,
taladrándole los ojos con su mirada, le lanzó la esto-
cada del remate. Descargó todo su romanticismo pro-
164
poniéndole lo que Luisa quería oir. “vente conmigo…
¡perdámonos!”. Al escuchar tal declaración, su co-
razón se aceleró. Pensó que le podía dar un infarto,
pero recordando a qué había venido, se tranquilizó.
Se paró y, simulando que se iba -haciendo una mueca
con sus labios- respondió muy segura: “lo lamento…
no puedo… vamos a dejarlo hasta aquí”. “Fucho”,
pensando que había perdido su plata, su tiempo y la
oportunidad de chuparse los dientes y “lamberse” la
lengua, también se levantó. La agarró suavemente por
el brazo izquierdo y, acercando su boca a escasos
centímetros de la de ella, con voz de artista de novela
-de aquellas que tanto escuchó por la radio en su leja-
na Acarigua- la interrogó pronunciando un amoroso
“¿por qué?”. La pícara Luisa, continuando con su pla-
nificado teatro, bajó la cara, tratando de no mostrar su
fingida candidez; y ya en el umbral del posible derrum-
be de su comedia, dejó caer su pesada y mortífera
bomba, diciéndole en voz baja, pero muy clara: “es
que yo tengo cinco muchachos”. “Fucho”, ante seme-
jante rectazo de cien millas por hora, no tuvo otra sali-
da que tocar la bola por la línea de tercera para no
poncharse. Derrochando indulgencia, expresó con el
más cariñoso tono paternal: “no importa, yo adoro a
los niños… ellos se van con nosotros”. Pidió tres bol-
sas de pichas, cuatro paquetes de galletas “María
Puig”, cinco potecitos de leche condensada, pagó la
abultada cuenta y salieron abrazados, alegres y muy
contentos a buscar la muchachera de Luisa.
Tiempo después, en la bomba de gasolina que
está en la entrada de Caripito, el viejo Fucho le decla-
maba a los que allí se detenían -para que lo ayudaran
165
con algo- estas décimas:
Ahora solo y arruinado
pienso en el momento grato,
cuando hice con ella el trato
para tenerla a mi lado.
Birriondo y enamorado
como hermosa la veía,
le dije que la quería
que conmigo se marchara,
no importando se llevara
cinco hijos que ella tenía.
En mi carro nos montamos
ella, yo y la muchachera,
y con una besadera
hasta mi abasto llegamos.
En familia celebramos,
viendo como me querían,
ignorando que vendrían
días de fatalidad,
cuando supiera en verdad
lo que esos diablos comían.
Su tragazón la empezaban
tempranito en la mañana,
unas cinco palanganas
de espaguetis se tiraban.
Y de inmediato montaban
diez kilos de caraotas,
y jugando la pelota,
mientras aquello se hacía,
cada diablo se comía
tres docenas de compotas.
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No dejaban de tragar
atún, diablito y sardinas,
y refrescos por pimpinas
destapaban sin parar.
Comían para merendar
galleta y jamón ahumado,
arrasaban con helados
jugos, maltas, chucherías,
que en tan sólo siete días
quedó el abasto pelado.
Y después que se tragaron
hasta el papel de envolver,
no habiendo más que comer
en mi carro se marcharon.
En la ruina me dejaron
solito con las estrellas,
mirando una foto de ella
para tratar de entender
lo que uno es capaz de hacer
por la bicharenga aquella.
Cara de bolsa me vieron
la bandida y sus muchachos,
me creía un vivaracho
y por eso me jodieron.
Un buen coñazo me dieron
por pendejo y por zoquete,
fue un verdadero banquete,
una campaña completa,
se llevaron tres maletas
con toditos mis billetes.
167
Pero no les he contado
-quizás por vergüenza pues-
que mi desgracia no es
haber quedado arruinado.
Sino que ella me ha dejado
loco, a punto de estallar,
porque en forma teatral
me jugó la guayaqueta,
que ni siquiera una teta
pude llegarle a mamar.
☺
Hice un viaje a Carúpano para realizar diligen-
cias bancarias, y al regresar me detuve en la entrada
del caserío “La Curva de la Cuchara”. Allí, debajo de
una hermosa mata de Mamón, conocí al complacien-
te, alegre y popular “Ñangolo”. Este personaje, tocan-
do su cuatro, acompañado musicalmente por un niño
con una retumbante tamborita, se gana la vida com-
placiendo las peticiones de las personas que lo visi-
tan. El asunto es muy gracioso porque su especialidad
es improvisar cuartetos, indicando en ellos la forma
como curarse los daños y padecimientos. La gente le
pregunta: Ñangolo… ¿qué tienes para curar tal o cual
enfermedad?. Inmediatamente -sin aguantar dos
“pedías”- responde con su canto, armando una sabro-
sa parranda con su música, su alegría y sus versos.
Durante mi visita, un señor -tosiendo mucho- le
preguntó cómo se quitaba esa tos, y “Ñangolo” le res-
pondió cantando este cuarteto:
168
Si quiere –amigo- curarse
esa tos tan fastidiosa,
tómese antes de acostarse
dos vasos de agua de cosa.
-¿Qué tienes para el asma, la fatiga?. -consultó una
mujer, y la premiaron con esto:
Pa‟ ese ataque tan arrecho,
de asma o de fatiga,
frótese bien en el pecho
medio kilo de temiga.
-¿Y pa‟ la gripe, “Ñangolo”? -investigó un policía pre-
sente en el grupo, y recibió muy pronto lo que busca-
ba:
Para curarse la gripe
-mi cabo- goce bastante,
chupándole el don Felipe
a su primer comandante.
Alguien solicitó el remedio para la ronquera, y obtuvo
su receta:
No sufra más de ronquera,
tomándose un buen guarapo,
hecho con pelos del papo
de una joven quinceañera.
Yo – de entrometido- para no quedarme callado, le
dije con mucha confianza: “Ñangoloo”… y el estrés
¿cómo se quita?, y me dió lo mío:
169
Hay una buena manera
para quitarse el estrés,
cáguese en una ponchera
y después meta los pies.
Estuve un buen rato disfrutando del divertido es-
pectáculo. La gracia y la habilidad mostradas por
“Ñangolo” -al improvisar sus cuartetos- me traían gra-
tos recuerdos de los aguinalderos y parranderos de mi
pueblo. Me parecía estar viviendo de nuevo mis ale-
gres días infantiles. En el momento de venirme, llegó
con sus padres un adolescente presentando un nota-
ble hipo, y el curandero con su contagiante música -
haciendo gala de su buena voz- al oírlo, cantó:
Pare de sufrir panita,
quítese la jipiadera,
soplándole la pepita
a una puta callejera.
☺
Venía solitario, pensando en las ocurrencias del
ingenioso versador, y de pronto una emergencia me
obligó a detenerme en un concurrido negocio. Me bajé
de mi carro y comencé a caminar apuradito, porque
agobiantes puntadas en los contornos del hueco del
maruto, me advertían que buscara con prontitud un
lugar donde añingotarme, antes de que el movedizo
fango intestinal comenzara a bajar plácidamente, por
mis temblorosas piernas hasta mis fríos garretes. Pero
al llegar al baño y observar el deprimente estado de la
desbordada poceta, mi pobre culo se asustó, y cesó
170
mi pena… ¡santo remedio!...se espantaron por com-
pleto mis ganas de vaciar la petaca. Ante esa cagóni-
ca frustración, era imposible venirme sin dejar escrita
en la pared de aquel chiquero, una descriptiva décima.
Le encasqueté el atractivo nombre “La poceta lava-
guate”.
LA POCETA LAVAGUATE
Para vaciar su maleta,
aquí vino un versador,
y se fue por el horror
que le causó la poceta.
Cuando la observó repleta,
ese poeta viajero,
la llamó en su desespero
la poceta lavaguate,
porque ella bate que bate
pero no baja el mierdero.
Finalicé de escribir la poesía y “voltié mi gurupe-
ra” para alejarme del horroroso sitio, deseando llegar
a mi base “Punta de Salina”. Me desplazaba veloz-
mente, el sol estaba bastante fuerte y entonces:
171
Manejando y manejando
todo mi cuerpo sudaba,
y las bolas me rascaba
pues me venían picando.
Me estaba desesperando
con aquella rascadera,
y pensaba: ni siquiera
al “Ñangolo” vuelvo a ver,
pa‟ ver cómo quita él
la rasquiña en las boleras.
☺
Puntualmente, cada domingo en la mañana me
visitaba Régulo, un paisano margariteño que tiene mu-
chos años viviendo en Chacopata. Este viejo tan con-
versador, además de haber sido un buen albañil, tam-
bién fue cantador de galerones, es decir, un gran pa-
rrandero e improvisador. En una de sus visitas domin-
gueras le comenté que el salitre estaba dañando el
friso, y recorrí con él las habitaciones y la sala para
que observara los daños causados. Terminamos el
recorrido y volvimos a sentarnos frente a la casita. Allí,
buscando que el viejo Régulo me hiciera ese trabajo,
le dije con mucho cariño: “carajo, paisano, usted que
es un albañil cojonudo, con gran experiencia, y cono-
cedor de tantos trucos para el frisado, ¿por qué no me
ayuda a frisar bien esas paredes, para que no se es-
conchen más?”. El viejo Régulo -viéndome la cara y
peinándose el bigote con la mano izquierda- desem-
polvó su malicia y la sacó para decirme:
172
Tiene razón, es verdad,
yo viví de esos quehaceres,
mostrando en mis menesteres
gran responsabilidad.
Por nuestra buena amistad,
si pudiera, lo ayudara,
con el friso me fajara
y reparara ese daño,
pero tengo muchos años
que no cojo una cuchara.
☺
Un pescador llegó a la casita y se volvió un de-
monio, contando que había dejado en Puerto La Cruz
una mujer, porque era demasiado descuidada; lo ex-
plotaba y no lo atendía como él quería. Además ex-
plicó que ahora sí vivía bien, pues encontró su felici-
dad en Chacopata: una hembra de verdad. También
mencionó a un señor llamado Adonay, nuevo amante
de aquella tercia. En fin, desacreditó lo suficiente a su
anterior compañera y habló maravillas de la nueva.
Hecho el chacho, simulé estar ocupado en otras cosas
sin prestarle atención. Pero al marcharse, arranqué
con la tarea de desenredar aquel coroto y obtuve
apreciados ingredientes para mi artístico propósito.
Recordando las interesantes clases de castellano y
literatura, dictadas por el sobresaliente literato Adolfo -
en quinto año de bachillerato- en las que él disfrutaba
y se recreaba hablando de las famosas e históricas
sátiras y epístolas del gran poeta Horacio, me inspiré
y redacté una hermosa misiva del buen hombre para
la ingrata mujer. (Antes de presentar la romántica car-
173
ta, considero oportuno, prudente y necesario, hacer la
refrescante clarificación de que el culto y reputado ca-
tedrático Adolfo, cuando nos hablaba de Horacio,
siempre insistía en explicarnos que se estaba refirien-
do al poeta Quinto Horacio Flaco, y que no debíamos
confundirlo con Horacio Cocles, “El Tuerto”, romano
que –según la leyenda- perdió un ojo defendiendo so-
lo la entrada del puente Sublicio en Roma).
CARTA DEL BUEN HOMBRE
PARA LA INGRATA MUJER
Mujer, te estoy escribiendo,
pero no es para buscarte,
tan sólo quiero explicarte
la forma en que estoy viviendo.
Aquí me están consintiendo
como a todo un gran señor,
porque me encontré un amor
que me sabe valorar,
y es incapaz de explotar
a un hombre trabajador.
Contigo estaba flaquito
porque nunca cocinabas,
y en las comidas me dabas
perro caliente y pepito.
Ahora mi nuevo amorcito
me pone a comer de todo,
si vieras lo que devoro,
almuerzo siempre a la carta,
y en la noche no me falta
mi arepa con corocoro.
174
Bien tempranito me dan
mi delicia mañanera,
me ponen una ponchera
llena de avena con pan.
Y en las noches cuando están
conversando en la cocina,
hay una vaina divina
que no dejan de obsequiarme,
me empujo antes de acostarme
tres potes de gelatina.
Ya no soy el pobrecito
al que todo le negabas,
pues ni la fruta le dabas
a mi triste pajarito.
Con este dulce coñito
tiro con mucha alegría,
porque tiene noche y día
la cama bien arreglada,
en cambio tú –desgraciada-
ni el piazo e‟ cuarto barrías.
Mi mujer de ahora es bella,
preocupada por la higiene,
y nuestro baño lo tiene
brillando como una estrella.
Recuerdo la cueva aquella
donde antes me bañaba,
que en la ventana miraba
colgando tus pantaletas,
y el tanque de la poceta
de sostenes se llenaba.
175
Esta carta -te diré-
no puede ir incompleta,
y para alcanzar mi meta
un buen final te guardé.
A mí me han dicho que usted,
en estos tiempos de frío,
se ha conseguido un “querío”
al que llaman Adonay,
pues yo te aclaro comay:
que esos cachos no son míos.
☺
Un sábado -entusiasmado en el pueblo- me fui
con unos amigos para las fiestas de otra población
cercana. Disfruté bastante, estaba tocando en la plaza
un buen conjunto vallenatero. Rememorando las fies-
tas de Altagracia, Santa Ana del Norte, La Galera y,
por supuesto, las de la Virgen del Valle, bailé unas
cuantas piezas. Obligado por el consumo de cerveza,
visité el urinario de un botiquín para cambiarle el agua
a mi desplumado pajarraco, y allí me encontré con un
curioso altercado. Sucede que un catire muy alto -a
quien le decían “Checame”- después de haber echado
su tremenda meada, se sacudió el bicho con tanta po-
tencia, que le chispió los lentes a un pequeño señor
que estaba a su lado. Éste se enfureció, discutieron
fuertemente y al final se cayeron a vergajazo limpio,
llevando el pequeñín la peor parte.
Al terminar el pleito, esperé todo el tiempo nece-
sario hasta quedar solo en el miadero, y no tardé para
colocar en la pared central una hoja de papel con una
educativa décima. Lo hice con la intención de contri-
176
buir para que hechos como éste no se repitan. Nece-
sariamente tenía que ponerle un nombre, la llamé
“Sacúdalo por debajo”.
SACÚDALO POR DEBAJO
Amigo, tenga cuidado
al sacudir su animal,
porque puede salpicar
a la persona del lado.
Si es usted de esos pasados
que corcovea como un mulo,
sacudiéndolo bien duro,
haciendo de eso un relajo,
sacúdalo por debajo
pa‟ que se salpique el culo.
☺
En esos felices días vividos en “Punta de Salina”,
no dejamos de oír en muchas partes del pueblo, el
cuento de “La Diabla de Araya”. Se trata de una atrac-
tiva mujer que aparece en la vía de Caimancito hacia
Araya -con poses muy provocativas- pidiéndole la cola
a los conductores que transitan solos por esa carrete-
ra. Aquellos golosos que acceden a llevársela, des-
pués los encuentran desnudos, maltratados, mudos y
sin un centavo, dicho en margariteño puro: escoñeta-
dos y limpios. Esta espeluznante historia me sirvió de
guía para escribir “La chica de la cola”.
177
LA CHICA DE LA COLA
Una mañana iba yo
para Araya en mi carrito,
y encontré un bombocito
que la cola me pidió.
Y desde que se montó
-con cariño singular-
comenzó a preguntar:
¿y usted no se anima, don,
a sacar su escopetón
y empezar a disparar?.
Entendí lo que decía
-todo estaba muy clarito-
esa chica a mi burrito
darle de comer quería.
Y entonces con picardía
le dije en forma sencilla:
oye, mujer maravilla,
pide a Dios que nos proteja,
porque mi escopeta es vieja
y a veces se me encasquilla.
A un lado en la carretera,
sin mostrarle mi fusil,
le entregué trescientos mil
que cargaba en la cartera.
Y trastiando mi manguera
un buen rato me tardé,
y al fin cuando la saqué
que ella miró aquel cuerero,
corriendo dejó el pelero
y en un autobús se fue.
178
Estafado me quedé
pasando una vaina fea,
me atacó una diarrea
y allí mismo me agaché.
Y después que me cagué
-sin papel para limpiarme-
comencé a desesperarme,
pues los cueros de las bolas
me los pisé con las cholas
y no podía levantarme.
☺
El repertorio lo terminé un jueves en la noche,
cuando me visitaba “Don Picho”, un señor muy serio,
dueño de la lancha “La Tachona”. Le brindé café y co-
torreamos largo rato. Me comentó muchas cosas, en-
tre otras me dijo:
-Siempre que voy a Puerto La Cruz, llego al
“Guayamate”, un hotelito bien bueno y barato. Pero lo
único que me choca de ese acogedor hospedaje, es
que nunca ponen papel en el baño.
Seguimos hablando y hablando, y cuando eché
de ver que ya se iba, le pedí permiso, entré a la casita
y –muy voluntarioso- le escribí una décima de regalo.
-Don Picho –le dije mientras se la entregaba- la
próxima vez que usted vaya al “Guayamate”, deje este
corotico en el baño.
179
Ya para mí no es extraño
cuando llego a este lugar,
que a la hora de evacuar
no haya papel en el baño.
Sepa usted -dueño tacaño-
que la vida es una sola,
y el gran hombre la controla
de forma espectacular,
que hasta se limpia al cagar
con los cueros de las bolas.
En los días siguientes, mi trabajo consistió en
revisar y arreglar detalles en lo escrito. Así pude cons-
tatar que mi repertorio estaba completo y era suficien-
te para una tremenda presentación. En las tardes ca-
minaba solitario por la playa, declamando en voz alta
aquel mierdero. Allí -sin interrupciones- observado por
el mar, los botes, las aves marinas, las conchas de
pepitonas, los mecates (mudos espectadores) y te-
niendo como fondo musical el sonido que producen
las olas cuando llegan a morirse en la orilla de la pla-
ya, montaba un apasionado y entusiasmador solilo-
quio. El material lo dominaba en cualquier orden. Por
las noches -en el chinchorro- repasando mentalmente
desde la primera hasta la última poesía, disfrutaba
una y parte de la otra…¡miento, eran las dos comple-
tas!. Me sometí a un riguroso entrenamiento para pre-
sentarme totalmente seguro y bien preparado en el
soñado show de Puerto La Cruz.
Una tarde -cuando el día estaba boqueando- re-
calé de la orilla del mar, cansado de declamar y le di-
je a Aleida: he pasado por alto ponerme un nombre
180
artístico y elaborar una pequeña entrada pimientosa
para comenzar el show.
-¡Caramba, Tomás!, si es verdad… ¡vaya pelón!;
son errores imperdonables en un artista de tu calaña;
arregla eso, hombre… no te descuides; no vayas a
quedar mal con el Vasco, cuida tu reputación-jodiendo
y en forma chocante, me replicó Aleida, mientras freía
dos ruedas de carite y una posta de tajalí, en un viejo
sartén sin mango.
Mi primera selección como nombre artístico fue
“El Viejo Poeta de la Cosa”. Según mis planes, el acto
lo iniciaría el vasco Iturregui, presentándome formal-
mente. De inmediato, yo –muy serio- con los brazos
abiertos en alto, le diría al público:
Cansado de escribir letras hermosas
para canciones que nadie me ha cantado,
he decidido convertirme con agrado
en “El Viejo Poeta de la Cosa”.
Estoy seguro que con esto no peco,
y le rindo un homenaje muy profundo
al más querido y buscado de los huecos
por donde todos hemos venido al mundo.
Esta entrada la ensayé varias veces, al final no
me gustó y la deseché. Decidí crear otro asunto,
pensé en un nombre impactante, “El viejo Puto”, pero
enseguida lo aparté para evitarme complicaciones.
Entonces busqué algo muy acorde conmigo, no dudé
en llamarme “El viejo Versador Margariteño”, porque
181
en verdad, eso es lo que soy. Con este nombre artísti-
co, la metodología para abrir el espectáculo seguía
igual -era la misma de antes- sólo variaban los cuarte-
tos, y elaboré otros. Mi arrancada sería así:
Yo sé que todos ustedes:
Viéndome esta cara de vergajo
y este porte de bolsa y de pendejo,
se preguntarán: ¿de dónde carajo
sacó Iturregui a este pobre viejo?.
Y hasta querrán cagarse de la risa,
observando mi figura y mi estampa,
y dirán que mi pinta les avisa
que este show es un fiasco y una trampa.
¡Pero, que va!, respetado auditorio,
esta vaina será un gran vacilón,
les traigo un excelente repertorio
para que ustedes gocen un bolón.
Y ahora mismo no pelaré este boche,
para explicarles que fue una cagada,
la culpable de estar aquí esta noche
jodiendo y gozando en esta velada.
Dicho esto, arrancaba a declamar las poesías
elaboradas, dando en cada caso una breve explica-
ción de la historia, el cacho o el asunto que me sirvió
de base para escribirlas. Mi planificación contemplaba
presentarme en tres tandas, cada una con cuarenta
minutos de duración. De todas maneras, las modifica-
ciones en la presentación dependerían del público,
182
que en definitiva marcaría la pauta.
Varias veces en la orilla de la playa, hice mi pre-
sentación completica y controlaba el tiempo. Mi actua-
ción tenía una duración de dos horas exactas. No po-
día dejar nada por fuera, regresaría de Chacopata
bien preparado, organizado y listo para el show. Era
necesario y muy importante revisar el mínimo detalle,
y así lo hice.
Un lunes en la tarde -cuando tenía todo prepara-
do- estando en mi sitio de trabajo, embelesado, miran-
do el tranquilo mar… soñé despierto. Me vi en plena
actuación, había un gentío, reinaba el entusiasmo y la
alegría. El vasco -estrenando un brillante traje azul
marino- haciendo uso de unas coquetas antiparras,
leyó con su estentórea voz de locutor, lo que tenía es-
crito acerca de mí. Me presentó con una exagerada e
incomparable apología. La contagiante música flamen-
ca de fondo era espectacular, el rasgueo de las guita-
rras me gustaba mucho. ¡El vasco había dado en el
clavo!. Esa era exactamente la música que yo quería
para mi actuación. Declamé tranquilo, pausado, con
buena pronunciación, lo hice como nunca. Todo salió
perfecto, tal cual lo tenía planificado. Desperté y
pensé que había logrado el objetivo por el cual viajé a
“Punta de Salina”. Entonces me dije: estoy listo, dis-
puesto para cumplir con el compromiso contraído,
haré buena la palabra empeñada. Cuento con una
preparación del carajo y mi planificación es número
uno. ¡Llegó el momento de regresar!.
183
EL REGRESO A PUERTO LA CRUZ
Acomodamos nuestros corotos, preparamos una
buena pacotilla de pescado fresco y salado; nos des-
pedimos de “Chemilo”, y el martes -bien de mañanita-
arrancamos con mucho ánimo, rumbo a Puerto la
Cruz. A las once de la mañana estábamos pasando
por el hermoso “Paseo Colón”. Viendo el mar tan cer-
cano, recordé a “Punta de Salina” y sentí un poco de
nostalgia. Cuando entré en mi apartamento, tenía la
misma sensación de aquella mañana al regresar de la
fiesta de Lechería, venía de unas olimpíadas, y lo es-
crito en el gordo cuaderno universitario era mi medalla
de oro. Cuatro meses y unos días habían transcurrido
desde la noche del bonche, donde la famosa cagada
cambió mi estela de versador. Nunca imaginé que
aquella sorpresiva evacuación, fruto de un tierno y
apenado culo, desembocara en una presentación poé-
tica de esta naturaleza.
Lleno de optimismo, satisfecho, tuve la tentación
de visitar esa misma tarde a mi socio -el vasco Iturre-
gui- para avisarle que todo estaba listo y entre los dos
escoger la fecha del importante evento. Pero decidí
descansar un poco y verlo el miércoles por la tarde.
En la noche, a pesar de haberme acostado muy feliz e
ilusionado -deseando ver el amanecer- dormí muy in-
quieto, tuve una fuerte pesadilla. Soñé con un enorme
caballo negro, desenfrenado, cuya cabeza era la del
vasco Iturregui. Me pateaba fuertemente con furia, co-
mo loco, colérico. ¡Qué caballo tan desgraciado en el
mundo!. Yo estaba en el suelo muy herido, de-
sangrándome, casi muerto. Grité mucho, y al desper-
184
tarme, Aleida secaba mi sudorosa frente.
-¿Qué soñaste?... ¿qué soñaste?. –preguntaba,
al mismo tiempo que me jamaqueaba por los hom-
bros, con una fuerza desconocida en ella.
Amaneció y estuve tranquilo durante toda la ma-
ñana. Al mediodía comimos los sabrosos pescados de
Chacopata. En la mesa recordaba a “Chemilo”, sus
historias, y me reía.
Sentado en un mueble de la sala, recreándome
con mi obra -el flamante repertorio- las horas pasaron
volando. A las cuatro de la tarde me empujé para en-
contrarme con el Vasco. En el camino, innumerables
ideas pasaron por mi mente, todas relacionadas con la
presentación. Pensaba que el Vasco se alegraría mu-
cho, al saber que yo estaba preparado y dispuesto pa-
ra montar nuestro planificado espectáculo. Tenía la
seguridad de que aquel encuentro sería muy agrada-
ble y –quizás- un buen motivo para meternos unos
cuantos guamazos; deseaba verlo. Tardé veinte minu-
tos en llegar a la famosa esquina Portocruzana. No
pude estacionar el carro frente al restaurante y lo hice
en un sitio lejano de allí.
Muy animado -con pasos rápidos- caminé unas
cuatro cuadras para llegar al negocio del Vasco. Iba
acompañado del inseparable gordo cuaderno universi-
tario, repleto de poesías. Entré tranquilo, con la cabe-
za erguida, exhibiendo una inevitable sonrisa de triun-
fo, y –sorpresivamente- encontré que allí todo estaba
revuelto, desordenado, cambiado. El rincón para los
185
experimentados músicos españoles, almacenaba una
apreciable cantidad de materiales de construcción.
Cinco señores y una mujer trabajaban afanosamente
sin percatarse de mi presencia. Cuando me reía, pen-
sando en la locura del vasco de haber mandado a re-
modelar el local para presentar mi show, se acercó un
hombre mayor con el pelo canoso -cojeando de la
pierna derecha- y fumando igual que un demonio, me
dijo: “signore ¿che voi?”. Al oír esta expresión, lo miré
con extrañeza, y otro individuo –fungiendo de traduc-
tor ocasional- habló para decir: “señor, ¿qué desea?”.
Con mucha seguridad, mostrando familiaridad y com-
portándome como persona de confianza del dueño del
establecimiento, respondí firmemente con una interro-
gante: Chico…¿y el vasco Iturregui?. El italiano, acari-
ciándose con la mano izquierda su frondosa y despei-
nada cabellera gris con mechones blancos, enseñán-
dome en su manchada dentadura un horrible depósito
de nicotina, habló de nuevo para decir: “El signore
Iturregui che stava cua, mi a venduto il negocio e si ne
andato a su país”. Casi entendí lo que decía, mejor
dicho, lo entendí. Pero abrigando la esperanza de es-
tar equivocado, recurrí al emergente intérprete para
preguntarle: ¿qué dice?. Éste, al traducir, dejó caer
sobre mí, la más grande de las perturbadoras lluvias
de tristeza, con estas trece fatídicas palabras: “El se-
ñor Iturregui le vendió el negocio y se marchó para su
país”.
Al escuchar la infausta información,
sentí por dentro que algo se deshizo,
y vi las alas de mi corazón
cayendo destrozadas en el piso.
186
Sentí que el mundo se estaba derrumbando
y un gran dolor a mi cuerpo estremecía,
sólo atiné a preguntarle: ¿cuándo?
y el hombre dijo: hace unos quince días.
Aturdido -sin fuerzas- enmudecí. Con la mirada
perdida, sin saber qué hacer, completamente ido,
logré retirarme de aquel lugar. Yendo hacia mi carro,
escuchaba estruendosos aplausos, risas, gritos ensor-
decedores y el incesante coro de voces de los duen-
decillos de la ironía, pidiéndome como locos, cada vez
más fuerte: “otra, otra, otra, otra………….”.
Las calles eran muy largas…interminables, y es-
taban completamente desiertas. Me parecía tener
días, meses, manejando. No sé como llegué al edificio
donde vivo. Allí el silencio era total, no se veía un al-
ma. Entré a un ascensor -tan pequeño- donde casi no
cabíamos mi desgracia y yo. Éste, cerrándose solo,
con una meteórica velocidad subió hasta el piso seis y
se detuvo frente a mi apartamento. Me bajé y abrí una
gigantesca puerta negra de metal, jamás vista por mí.
Al entrar, tomándome de la mano, fui conducido por
alguien invisible hasta la cocina. Coloqué el gordo
cuaderno universitario sobre la mesa, y llevado por el
generoso e imperceptible ser a mi habitación, me
tendí largo a largo en la cama, mostrando una auténti-
ca pose cadavérica, viendo fijamente hacia el techo.
Aleida -al encontrar ese patético cuadro- com-
pungida, gritaba asustada: ¡Tomás, Tomás!… ¡viejo,
viejo!, ¿Qué tienes?, ¿qué te pasa?, ¿por qué estás
así?, ¿qué te hicieron?. ¡No me asustes hombre!. En-
187
tonces, yo balbucié: Estoy muerto.
-¿Estás muerto?... ¡Carajo, pero menos mal que
puedes hablar! -afirmó Aleida, dándole a su voz una
entonación burlesca.
-¡Déjame tranquilo! –le dije- no voy a dar ninguna
explicación, sólo quiero un favor: agarra el gordo cua-
derno universitario de la mesa de la cocina y guárdalo,
escóndelo donde yo jamás pueda verlo…
¡desaparécelo!. No quiero saber de esa vaina más
nunca en mi vida.
Tres años más tarde -en Juangriego- mi compay
Arsenio, “el negro”, después de haberse reído hasta
más no poder, escuchando lo que calificó como una
ocurrente historia, me dijo: “compay Tomás, usted no
puede ni debe dejar esas poesías guardadas en su
casa, esta vaina hay que publicarla, AL QUE NO LE
GUSTE, QUE NO SE LO COMA”. Y así fue.
PERDONA LA VAINA, GRACIAS POR HABERME
LEÍDO.
TOMAS MANUEL ESTABA ROJAS.
188
PROHIBITORIO
Se prohíbe utilizar
para cualquier cometido,
el material contenido
en este raro ejemplar.
Si alguien lo quisiera usar,
previamente ha de tener
un auténtico papel,
con su visa y notariado,
donde esté autorizado
por su autor Tomás Manuel.