The words you are searching are inside this book. To get more targeted content, please make full-text search by clicking here.
Discover the best professional documents and content resources in AnyFlip Document Base.
Search
Published by inversionescl, 2015-08-22 11:38:50

Las Vainas de un Margariteño

Las Vainas de un Margariteño

47

una exigente prueba, sólo trabajando duro, saldré vic-
torioso- pensé.

Esta labor, aunque usted no lo crea, se convirtió
en un verdadero trabajo de investigación. Desde ese
día comencé a buscar temas groseros para traducirlos
y transformarlos en poesías. Empecé a coleccionar
chistes, cachos, cuentos, historias y acontecimientos
jocosos, buscando de qué pegarme. Mi cabeza pare-
cía un torbellino en aquella incesante tarea. Transcu-
rrida la primera semana, había escrito algunas cosas,
pero en realidad no me gustaban porque no tenían la
fuerza deseada y carecían de picante. Hasta ese mo-
mento mi producción estaba en cero.

El lunes en la mañana, comenzando la segunda
semana, colé el cafecito e hice café con leche. Des-
pués de desayunarme con dos pocillos de la exquisita
bebida y un bollo de pan margariteño, solitario en una
silla de la cocina, me dediqué a evaluar el desastroso
primer resultado. Utilizando a fondo la pensadora -
despojado de cualquier sentimiento de culpa- paseán-
dome por una posible incapacidad humorística y poéti-
ca para realizar la retadora actividad, busqué bien y
encontré la causa que impedía mi producción. Des-
cubrí el obstáculo: vivía obsesionado, muy ilusionado
con la futura presentación y esto me producía una
gran presión e intranquilidad, de allí el nulo resultado
poético. Como dicen en mi pueblo: “estaba tapado”.
Entonces recurrí a la experiencia, algo me dejaron los
veintiséis años como educador, y pensé: “hay una so-
la recomendación, la calma”. Estaba consciente de
que el apuro era mi enemigo.

48

Logré tranquilizarme y olvidarme un poco de
aquello; la lectura, la radio y la música fueron mis
grandes aliados. Finalizando la semana, el sábado por
la noche mientras reposaba, recordé una poesía rela-
cionada con la cosa, dejada inconclusa años atrás
por falta de motivación. Me paré con cuidadito -
tratando de no despertar a Aleida- y fui a la cocina,
directo a la mesa donde como y escribo, para redac-
tar de un solo cholazo, “La Cosa”. Se trata de cuatro
décimas con los populares nombres de ese coroto. Al
terminarlas, sentí haberme quitado un gran peso de
encima y casi gritando dije: “arrancó la producción,
¡vamos mi viejo, carajo!‟‟.

LA COSA

A la fulana innombrada,
La conocen como cosa,
Fruta negra, polvorosa,
pitajaya y empanada.
También la llaman malvada,
el coroto, la pocita,
el coño, la barbudita,
la potoca, tentación,
perfumito de cazón,
la nevera y la pepita.

49

Cueva de naturaleza,
triangulito perfumado,
cuchara, cazón salado,
el pepire y la condesa.
El bollo , centro de mesa,
pelúa, negra llorona,
el papo, la querendona,
la curichagua, aguacate,
el fogón ,la cuarto bate,
la vulva y araña mona.

La llaman la malquerida,
morrocoya, la engañosa,
la bicha, la deliciosa,
la cuca y la presumida.
La bicharenga, la herida,
terecaya, enmascarada,
la raja, la perfumada,
chucha, moñúa y miadera,
muchos le dicen salmuera
y otros la cara cortada.

Es la conserva, el tesoro,
totona, semilla y tallo,
querica, cresta de gallo,
la totumita, el pecoro.
Ella es la lengua de loro,
las tres lochas, la penosa,
la cucaracha, la fosa,
la llamarán de mil modos,
y aunque le digan de todo
seguirá siendo la cosa.



50

El otro día me levanté optimista, pensando en un
sancocho, y me fui caminando hasta “Los Boqueticos”
a comprar pescado. Allí encontré a un amigo Carupa-
nero de apellido Vásquez. Hablando con él, recordé
un chiste suyo de una tragedia ocurrida por esos lados
de su pueblo. Al volver a mi residencia, puse la bolsa
con el pescado en el lavaplatos, y en cuestión de mi-
nutos hice la traducción del incidente. Escribí cinco
décimas –denominadas El Asesino-. En ellas, el osa-
do José Ramón, “Chamón”, nos cuenta -muy compun-
gido- el triste y desagradable percance que vivió, des-
pués de su boda con su amadísima novia Filomena:

EL ASESINO

Una vergüenza, una pena,
fueron las que yo pasé,
la noche que me casé
con mi novia Filomena.
Fue una angustia, una condena,
la primera culiadita,
porque aquella señorita
haciendo el amor sufría,
ya que la pobre tenía
muy estrecha la pepita.

51

Amoroso y con cuidado
de empujárselo trataba,
pero el bicho se doblaba
y se quedaba atascado.
El otro día, preocupado,
fui a una doctora privada,
y me mandó una pomada
para que yo embadurnara,
la puerta de la cuchara
y la punta de mi espada.

El panorama cambió,
vino la felicidad,
esa pomada en verdad
el problema resolvió.
Filomena, igual que yo,
disfrutaba y disfrutaba,
mientras más pomada untaba
la culiata era más buena,
que con gusto una quincena
en ese ungüento gastaba.

Pero hago la confesión
que una noche me rasqué,
la bendita luz se fue,
y causé un problemón.
En medio del apagón
cometí un desatino,
me volví un asesino
en la noche desgraciada,
en lugar de la pomada
lo que unté fue mentol chino.

52

Huí después del fracaso
y ella se quedó apenada,
con la cuca colorada
como boca de payaso.
De mi pipe en este caso
no me quisiera acordar,
cuando lo pude mirar,
tal inflamación tenía,
que la punta parecía
una bola de billar.


El asunto iba mejorando, los temas comenzaron
a salir poco a poco. Un viernes, yendo en el carro para
Barcelona, vinieron a mi memoria algunos cuentos oí-
dos en Altagracia. Con ese tremendo material -los ca-
chos de mi tierra- estuve bastante ocupado el fin de
semana. Cambiando muchas cosas, casi todas, al-
cancé una fantástica cosecha. Logré, en primer lugar,
una de mis producciones favoritas, “El Mocho Pedro
Vicente”.

EL MOCHO PEDRO VICENTE

Pedro Vicente, el hijo menor de la vieja Ángela -
hacedora de arepas de mi pueblo- era un muchacho
con excelentes cualidades, que le hacían gozar del
aprecio y admiración de los que lo conocíamos. Era
un joven muy solidario, caritativo, generoso e inteli-
gente. Tenía una particularidad que lo distinguía de
los otros mozuelos: además de asistir puntualmente a
la escuela sin perder un día, en las noches se dedica-
ba a la pesca. Era un reconocido pescador de anzuelo
y guaral.

53

Cada tarde, a eso de las cinco, lo veíamos pasar
con el dueño y patrón del bote, el señor René, cami-
nando rumbo a “La Galera” para echarse a la mar y
regresar en la madrugada. Esa trayectoria de unos
cuantos kilómetros, Pedro Vicente la recorría descal-
zo. Esta caminata, con el paso del tiempo, fue creán-
dole en la planta de sus pies una capa de cuero, ne-
gra y dura, casi rocosa, imposible de ser penetrada
por espinas, puyas, clavos o cosa que se parezca.
Sus dedos, especialmente los gordos, también sufrie-
ron transformaciones, le crecieron tanto que parecían
unos velones de los que encienden en la iglesia, por lo
que no encontraba zapatos que le sirvieran.

Pedro Vicente tenía sus amores juveniles con
Petra Inés, una catirita gordita y bien bonita, hija de la
apreciada costurera Fermina, encargada de hacernos
los pantalones y las camisas, vale decir, el uniforme
para asistir bien pachucos a la escuela. Aquella pareji-
ta de novios era muy bien vista por los vecinos del
sector “Punta Brava”, donde vivíamos.

Jamás se me olvida la tarde de aquel martes,
cuando lo vi pasar para entregarse a la mar. Me sa-
ludó como siempre, con cariño, diciéndome: “épale,
Tomás Manuel, ¿cómo está la vaina?”.

-Ahí –respondí con mi flojera característica.

En la mañana del miércoles nos enteramos de la
triste noticia del accidente que tuvieron en alta mar.
Después de una magnífica campaña en la que pesca-
ron unos ochenta kilos de catalanas y corocoros, la

54

hélice del motor se atascó, se enredó con algo desco-
nocido. El valiente Pedro Vicente no lo pensó dos ve-
ces y se lanzó para solventar el problema. Cuando es-
taba bregando debajo del agua, ocurrió la desgracia:
el señor René, no se sabe cómo, puso a funcionar el
motor, y las aspas le causaron al muchacho, graves
heridas en sus brazos.

No obstante los grandes esfuerzos que hicieron -
en el hospital de Porlamar- el experimentado trau-
matólogo alemán, Walter Helmunt, y su ayudante, el
estudioso y habilidoso cirujano millanero, Juan Carlos
Gamero, tuvieron que amputarle los dos brazos. A los
quince días regresó a su casa y fui a verlo. Me saludó
igual que antes: “épale, Tomás Manuel, ¿cómo está la
vaina?”. Yo emití mi típica respuesta: ahí. Me sor-
prendí porque no lo observé tan desanimado. Tenía
unas inmensas ganas de vivir y echar para adelante;
quería pararse de la cama y salir para la calle.

Transcurrió un mes y Pedro Vicente andaba bro-
meando por el pueblo, porque le decían “el mocho”.
Su novia Petra Inés no se separaba de él, lo quería
más que nunca, y el raro individuo mostraba dentro de
su infortunio, una curiosa y sospechosa felicidad. Su
comportamiento era muy extraño.

A los ocho meses de haber ocurrido el triste acci-
dente, Pedro Vicente y su novia se enfermaron. Sin
tener comunicación alguna, acerca de la enfermedad
que cada uno padecía, casualmente se encontraron
un viernes en la mañana en el dispensario del pueblo,
donde acudieron para que el veterano y ocurrente

55

médico español, Don Raimundo, los examinara.

La enfermera Priscila, “Chila”, repartió entre los
pacientes los correspondientes veinte números, para
establecer el orden de entrada al cubículo del facultati-
vo. A Petra Inés le correspondió el número uno y a
Pedro Vicente el dos. Comenzó la consulta, ella pasó
a verse con el doctor, y estuvo allí unos diez minutos.
Inmediatamente cuando salió, entró Pedro Vicente sin
cruzar palabras con su querida prenda . No transcurrió
mucho tiempo, uno o dos minutos, para que el médico
español saliera gritando -como loco, delante de todo el
mundo- insólitas expresiones, que me sirven hoy para
construir cuatro décimas, con las que presento la in-
creíble, pero cierta, historia del Mocho Pedro Vicente:

El joven Pedro Vicente
en alta mar se arriesgó,
y ambos brazos perdió
en un fatal accidente.
Aquel mocho inteligente,
a su novia Petra Inés
la complacía después
de una manera ingeniosa:
jorungándole la cosa
con los dedos de los pies.

56

El mocho se mantenía
jorungando y jorungando,
y la Petra Inés gozando
con aquella picardía.
Pero de repente un día,
el mocho jorungador
y su inseparable amor,
por extraña enfermedad,
fueron por casualidad
a ver al mismo doctor.

Petra Inés, de primerita,
pasó a ser examinada,
y ella le mostró apenada
al galeno la cuquita.
Éste al verla tan rojita
con signos de picazón,
le dijo con discreción:
te mandaré Niosilín,
para librarte por fin
de esa horrenda comezón.

El mocho pasó asustado
cuando Petra Inés salió,
y el dedo gordo mostró
supurando y todo hinchado.
Y el doctor gritó asombrado:
“¡Dios mío!, ¿qué verga es?,
ésta es la primera vez
que veo vainas tan raras,
sabañón en las cucharas
y gonorrea en los pies”.



57

Luego de la historia del ocioso mocho, apareció
el acontecimiento del respetado e inocente Don Nato.
Aquí hago un ligero resumen de lo sucedido al jefe de
una sobresaliente familia margariteña.

DON NATO

Fortunato y Felicia forman un romántico matrimo-
nio, que vive en una bonita quinta frente a la plaza de
un pequeño pueblo Margariteño. Tanto él como ella
pasan de los setenta y seis. Estos viejos disfrutan de
la cosecha de una maravillosa siembra que realizaron
en su juventud. Tuvieron ocho hijos -cinco varones y
tres hembras- y están orgullosos porque todos son
profesionales universitarios. De manera que a ellos no
les falta nada, navegan en un mar de satisfacciones,
son muy felices, dichosos.

Don Fortunato es un hombre que no aparenta su
edad, parece que tuviera unos diez años menos. Vive
preocupado por mantenerse sano, fuerte y vigoroso.
Su hijo José Concepción, “Cochón” -doctor en farma-
cia- es mi buen amigo desde que éramos muchachos.
Cada vez que nos encontramos, la conversa es larga
y amena. En una oportunidad reciente le pregunté por
sus padres, especialmente por “Don Nato”, y me contó
que están finos como una uva. También me comentó
que le trae al viejo el último grito farmacéutico, lo más
moderno en vitaminas y pastillas para el coroto aquel.
Me explicó que trata de ayudar a su papá porque su
escopeta casi no dispara, ya que el gatillo no le funcio-
na bien, se le encasquilla, y el viejo se dilata bastante

58

para echar un tiro.

Transcurridos cinco meses de haber conversado
con “Cochón”, estando en las fiestas patronales de
Santa Ana del Norte, me informé por otra fuente muy
confiable, que una noche “Don Nato” se tomó una po-
tente merengada, preparada con cinco raros ingre-
dientes afrodisíacos -traídos por el farmaceuta, desde
La India- y logró ver en la madrugadita, el milagro por
el que tanto había esperado: su pinga bien templada.
Ante aquel sorpresivo y entusiasmador acontecimien-
to, se levantó goloso con el propósito de guardar su
grueso y largo bate de aluminio, en la profunda fosa
de la soñolienta Doña Felicia. Era lógico, comprensi-
ble, humano y muy natural que, habiendo logrado se-
mejante proeza, quisiera introducirlo. Y entonces –
según la información recibida- ocurrió lo que relato
con los siguientes versos:

Exactamente a las cuatro
de una fría madrugada,
se levantó el viejo Nato
con la pinga bien templada.

Enseguida despertó
a su costilla adorada,
porque quería introducirle
aquella afilada espada.

Y entonces la vieja zorra,
abierta y sin pantaleta,
engañó al viejito “Nato”
usando una antigua treta.

59

Con astucia y gran cariño
le dijo -la muy coqueta-
„‟amor, tú tienes que miar
antes de que me lo metas‟‟.

Y en casi tres cuartos de hora,
el viejito descargó
los veinte litros de miao
que durante el día guardó.
Y mudo, al finalizar,
con gran tristeza miró,
que el pipe entre las dos bolas:
sólo el pelero dejó.

RECOMENDACIÓN

Si está usted como “Don Nato”,
que ya no come caliente,
nunca olvide este relato,
no caiga por inocente.

Si se le llega a parar,
alguna vez de repente,
olvídese de orinar,
métalo inmediatamente.



60

En esta jornada de importantes personajes, llegó
el terrible y cruel Don Galeandro:

DON GALEANDRO

Dicen que fue en la década de los cincuenta,
cuando el italiano Aldo Galeandro se estableció en
Juangriego, e instaló -en la calle La Marina- la popular
venta de comestibles “La Competidora”.

Don Galeandro, como le decían, tenía una astu-
cia y una viveza a flor de piel, representaba un verda-
dero lince. Su habilidad le permitía expresarse con el
mismo tono de voz que utiliza la gente de la isla, por lo
que lo consideraban como un margariteño más. Tam-
bién era un gran hembrero, tarea en la que obtenía
muy buenos resultados por su incomparable labia y su
envidiable atractivo físico. Pero, a pesar de ser tan
simpático, tan elocuente, el hombre tenía un sobresa-
liente detallito que desagradaba: era un soberano pi-
chirre, un desgraciado, un tacaño de primera, dicho en
cristiano, un auténtico coño e‟ madre.

En un viaje que hice a Margarita, visité a mi apre-
ciada comadre Linda - madre de mi ahijado Gilberto -
y me contó una cruel historia desconocida por mí. Me
dijo que cuando el niño tenía tres meses y ella estaba
jovencita, muy atractiva por todos los atributos que
Dios le dio -sobre todo sus hermosos y abultados
pectorales- le tocó atravesar por una mala situación
económica, es decir, una terrible peladera de bolas.
Ante tal circunstancia, fue al negocio del nombrado
Don Galeandro, buscando solucionar parte de su difí-

61

cil problema. Conversó con el bellaco italiano, y el re-
sultado de su diligencia se expresa con estos versos:

El hijo de Linda, hambriento lloraba
y la mujer estaba pelando,
entonces fue muy esperanzada
a pedirle fiado al señor Galeandro.

Y el don Galeandro, tan desgraciado,
hijo de puta y sin corazón,
no le aceptó el asunto del fiado,
pero si le hizo esta proposición:

“Yo te regalo una lata grande
de alimenticia leche completa,
si tú me dejas que yo te mame
por un ratico una de las tetas.”

Cuando escuchó tal proposición,
la pobre Linda empezó a llorar,
pero pensando en su hijo tragón,
dijo: “está bien, yo voy a aceptar”.

Toma tu lata -expresó el malvado,
poniendo cara de triunfador-
y te la doy por adelantado
porque soy hombre buen pagador.

Y a puerta cerrada, en un rinconcito,
Linda con rabia el pecho descubre,
y don Galeandro como un chivito
se pegó hambriento de aquella ubre.

62

Por ser experto en la mamadera,
el mamador la puso a volar,
que la mujer no pudo evitar
pedirle a gritos que la cogiera.

Y estando Linda de cosa abierta,
sólo esperando la puñalada,
precisamente allí se da cuenta
que había caído en una emboscada.

El coño e‟ madre con el trozo erecto,
le dijo a Linda: “no se me arreche,
con mucho gusto yo te lo meto,
si me devuelves mi pote de leche”.

(Por el gran respeto que siento por mi comadre
Linda, no publico la décima con la que termina esta
bochornosa historia. De todas maneras, si deseas sa-
ber el contenido de la misma, trata de comunicarte
conmigo y gustosamente te la declamaré, gracias).



Terminé el trabajo de la semana tan productiva,
escribiendo la interesante historia amorosa, de Juan el
de Petrica con su “grabada” Maira Rosa. La llamé “La
Fortuna de Juan”. Este cuento se lo escuché a un cos-
teño llamado Roberto, que se había arrecholado en el
piazo e' rancho de mis viejos en Margarita, cuando en
1968 se vino huyendo de la recluta en Irapa-Sucre.
Era tan teatral su narración, que el hombre manotea-
ba, gesticulaba y saltaba como un mismo mono rabio-
so, para terminar arrodillado, jurando por los restos de

63

su inolvidable madre, que todo cuanto narraba era co-
pia fiel y exacta de lo que vivió en aquellos calurosos
días, recién llegado a la Isla.

LA FORTUNA DE JUAN

Verla por primera vez, bastó y sobró para que
Juan -el hijo de Petrica- se enamorara locamente, per-
dido, de la Tacarigüera Maira Rosa. Cuando
“Juancho” se cruzó con aquella hermosura de negra
en el mercado de Juangriego, casi enloqueció. Se ol-
vidó de comprar lo que su madre le había encargado.
Sus voluminosas tetas lo hechizaron. Se imaginó que
ese monumento era una aparición. Pensó que allí es-
taba, parada frente a él, la mujer con la que había so-
ñado tantas noches. Esa era la causante del hundi-
miento de sus ojos y el engarruñamiento de su boca,
por los innumerables desvelos y trasnochos. En fin, la
hembra por la que deliraba y que consideraba una
creación extravagante de su alocada imaginación de
hombre con demasiados veranos encima.

-Esto no puede ser otra cosa que un milagro de
la Virgen del Valle –dijo en voz bajona, mientras se
refrescaba la vista, observando detenidamente las in-
fladas lechosas.

Empujado por una extraña fuerza y mostrando
un indomable valor, se acercó galantemente a ella.
Conversaron durante toda la mañana. Brindándole
empanadas de cazón, guarapos de papelón con
limón, majarete, turrones y los sabrosos dátiles pasa-
dos - provenientes de la población de San Juan - se

64

consumieron lentamente los escasos diez bolívares,
llevados por Juan con el propósito de comprar los co-
roticos para medio comer en su ambilada casa. Ese
dinero había sido muy bien ganado por Petrica, su-
dando la gota gorda, lavando y planchando ropa aje-
na.

En esta historia se produjo el llamado amor mu-
tuo a primera vista, porque si aquello pensaba Juan,
Maira Rosa por su lado, también estaba en la misma
onda, y tuvo la certeza de que el milagroso Padre Cla-
ret -su santo favorito- se había apiadado de ella, re-
parándole lo que tanto le pedía en sus largos rezos
nocturnos: un hombre bueno que la quisiera.

Las horas transcurrieron amorosamente, y Juan,
montado en su deteriorada bicicleta, regresó al pueblo
en la tarde con las manos vacías, pero con el corazón
lleno de amor y alegría. En el camino empató cuatro
veces la inservible cadena de su vehículo, sin dejar de
repetir en cada oportunidad sus inseparables expre-
siones: ¡coño e‟ la madre!, ¡no joda!, ¡que arrechera!.
Cuando llegó a su casa, estaba irreconocible, parecía
otra persona por la contentura que tenía. Petrica, al
verlo así tan raro, se asombró.

-Juan, ¿y los corotos que te mandé a comprar,
dónde carajo están, diablo? –rezongó la mujer con cu-
riosidad.

El muchacho largó una estrepitosa carcajada y,
dándole un fuerte abrazo, respondió: “qué coroto, ni
qué coroto, mamá; el coroto es que yo me caso, y es

65

pronto. Me conseguí una fortuna en Juangriego”.

-Me gastaste los diez bolívares comprando pen-
dejadas y ahora vienes con ese cuento. ¿Quién será
esa loca que se pegó de tí?, ¡esa mujer estará obsti-
nada! -Replicó Petrica, con evidente molestia en su
rostro.

A los quince días de haber ocurrido el impactante
y atrapador encuentro, Juan Evangelista Andarcia y
Maira Rosa Patiño contrajeron nupcias, y se instalaron
-para llevar su vida marital- en una de las primeras ca-
sitas de la entrada de Tacarigua – Margarita, en la lla-
mada bajada del Portachuelo.

Bueno, como con este pequeño introito te aflojé
casi todo el picante de la historia, ahora te presento
con mis poesías, parte de la vida que llevaron los feli-
ces enamorados, una vez que se casaron:

Para Juan fue una fortuna
casarse con Maira Rosa,

negra de hermosas lechosas
de ocho kilos cada una.
Sin complicación alguna

tiempos felices vivieron,
y hambre jamás padecieron

porque Maira amamantaba,
a Juan, que allí se pegaba,
y a diez chamos que tuvieron.

66

Los años fueron pasando
porque tenían que pasar,
y Juan sufría al mirar
a su fortuna bajando.
Esto lo estaba matando,
y se dedicó a tomar,
pues que no quería pensar
que aquellas lindas lechosas,
tan ricas y tan jugosas,
al suelo podían llegar.

Por una razón forzosa
completicas se estiraron,
y bien abajo llegaron
las que antes fueron hermosas.
Y hoy en día, Maira Rosa
las tiene que utilizar,
para poderse salvar
de Juan que llega borracho,
y hambriento como un muchacho
quiere fajarse a mamar.

Como él llega borrachito,
buscando arioto un pezón,
la negra, al Juancho chupón,
lo engaña igual que un niñito.
Mientras le dice: “Juanchito,
sinvergüenza, parrandero,
vives gozando un puyero
brincando de farra en farra” ,
con una teta lo amarra
y con la otra, le echa cuero.



67

En un viaje para Margarita con mi hermano
“Cheíto” -el compañero de siempre- en el Ferrys de-
clamé algo de mi repertorio, para un grupo de entu-
siastas viajeros, con la finalidad de obtener alguna ca-
lificación de mi artística producción. Entre otras, recité
“La Cosa”, y el resultado fue fabuloso: aplausos, risas
y jodederas. Una animada señora española, la gallega
Rosario -muy decente y bien hablada, por cierto- due-
ña (según ella) de la panadería “El bollo del pueblo”,
en Turmero – Aragua, me hizo esta petición: “señor,
así como usted escribió La Cosa, ¿por qué no hace
ahora unas poesías con los nombres del pipe?”. Inme-
diatamente, el gentío presente comenzó a lanzarme
diferentes apelativos del señalado aparato. Pero era
imposible complacer en ese instante la ocurrente peti-
ción, necesitaba mucha concentración para trabajar la
ingeniosa obra. El lunes cuando regresé de Margarita,
venía preparado, traía en mente un buen material para
rendirle un merecido homenaje a uno de los instru-
mentos más importantes de este planeta: La Pinga.

HOMENAJE A LA PINGA

Aunque la gente educada,
con respeto dice: el pene,
unos cuantos nombres tiene
el tal cabeza pelada.
Es la paloma, la espada,
el tetero, el guaripete,
el bicharengo, el tolete,
la pistola, la cabilla,
la verga, yuca, morcilla,
la mazorca y el machete.

68

Es el chiro, el animal,
el revólver, la escopeta,
el garrote, la chupeta,
el huevo, el pipe, el puñal.
El sable, el perno, el guaral,
rifle, manguera y punzón,
es el bejuco, el tocón,
chuzo, chaparro y potoco,
y como si fuera poco
es el pájaro picón.

Es la lanza, árbol lechoso,
el taladro, la culebra,
la puya, estaca, ave negra,
y el cuerpo cavernoso.
Es la mandarria, es el trozo,
la tripa, el miembro y linterna,
tornillo, tercera pierna,
el tronco y naturaleza,
es el plátano, la presa,
clavo, canario y mancuerna.

Entre los nombres no he dicho
la pala y el cigarrón,
la macoya y el tapón,
el palo y el piripicho.
El fusil, el rolo, el bicho,
tajalí, negro mandinga,
el chorizo, la jeringa,
el florete y chirulí,
para terminar así
este homenaje a la pinga.



69

Una mañana encontré a mi vecino Carlos en el
estacionamiento del edificio y le pregunté por su niño
José Jesús, “Chuíto”, un astuto, inquieto y jodedor mu-
chachito. El paisano -margariteño de Paraguachí- ma-
nifestó su preocupación porque el muchacho había
perdido el año escolar, debido a que una enfermedad
de los gases lo atacó. Atentamente escuché su histo-
ria, y deseándole mejoría para el niño, me despedí. Al
salir, la traductora de cuentos se activó, comencé a
modificar las palabras de mi apreciado coterráneo.
Mientras manejaba, iba construyendo unas interesan-
tes décimas, basadas en esa conversación. Era un
material muy bueno, fácil de explotar y no podía per-
derlo. Volví a mi apartamento y, después de suplicarle
a Dios pronta sanación para el niñito de Carlos, escribí
una guasa de cuatro décimas, titulada “Espanta Galli-
nas”.

ESPANTA GALLINAS

Llevé mi niño al galeno,
una diarrea lo atacó,
y el hombre se la paró
con un remedio muy bueno.
Era un frasco negro, lleno
de aceitosa vitamina,
pero aquella medicina
le dejó un problema feo,
pues se tira cada peo
que espanta hasta las gallinas.

70

Son peos incomparables
por su fuerza y fetidez,
aunque el gran problema es
que son gases inflamables.
Ha quemado innumerables
objetos en donde está:
tres camas de su mamá,
ocho box, cuatro colchones,
unos treinta pantalones,
diez sillas y un sofá.

Mi vida es un sacrificio
con ese problema ingrato,
pero a mi pobre muchacho
le saco algún beneficio.
Lo alquilo en el edificio
para hacer fumigaciones,
de un peo mata montones
de cochinas alimañas:
ratas, chiripas, arañas,
cucarachas y ratones.

Yo vivo mis sinsabores
escuchando cada peo,
y me calmo cuando veo
otros problemas peores.
Pido a Dios que se mejore
para que no siga aislado,
ya que vive condenado
a un castigo muy duro:
estar oculto y desnudo
con el culo chamuscado.



71

Disfrutando con la familia de un merecido baño
de playa -en una aldea de pescadores cerca de Arapi-
to- buscando donde refrescarme, llegué a la bodeguita
de un señor muy atento, llamado Eugenio (Geño).
Sentado debajo de una frondosa mata de mangos,
aprovechando la buena sombra, vi llegar a un viejo
pescador de nombre Sinforoso. El señor caminaba
quejándose porque tenía un pie bastante inflamado. El
bodeguero, zorro y fiera -así como queriendo y no
queriendo- le recomendó a Sinforoso un remedio muy
bueno para la hinchazón. Le habló de las bondades
del famoso aceitemeltrozo. El adolorido enfermo res-
pondió con algo suficientemente satírico, como para
que yo construyera en la orilla del mar, “El Corrido de
Sinforoso”.

EL CORRIDO DE SINFOROSO

Deseando refrescarme
un domingo caluroso,
me llegué a la bodega
de un señor muy amistoso,
y cuando estaba sentado
disfrutando el primer oso,
sin pensarlo presencié
un episodio jocoso.

72

Vi llegar a ese negocio,
cabizbajo y quejumbroso,
con un pie bien inflamado,
al viejito Sinforoso;
decía que no soportaba
aquello tan doloroso,
y él no podía comprar
los remedios tan costosos.

Y Don “Geño”, el bodeguero,
dándosela de chistoso,
para burlarse del viejo
le dijo en tono gracioso:
“cuando te veo en ese estado
tan triste y tan enfermoso,
se me arruga el corazón
y hasta me pongo nervioso.

Por eso te recomiendo
un remedio fabuloso,
que ha dado, según la gente,
resultados asombrosos;
no pierda tiempo mi viejo
visitando esos curiosos,
comience hoy mismo a probar
con el aceitemeltrozo”.

Y el viejito adolorido,
tranquilo, pero rabioso,
respondió con un lenguaje
muy picante y pimientoso;
le dijo: “yo sé que tú
siempre has sido generoso,
y me puedes ayudar
con algo más novedoso”.

73

Me han dicho que tu mujer
tiene un papo lagrimoso,
y en noches de luna llena
se le pone pegajoso;
entonces quiero que tú,
que eres tan meticuloso,
me avises cuando ese túnel
lo tenga bien melcochoso.

Que yo iré con mi paleta
a sacar en ese pozo,
la sustancia que requiero
para un remedio exitoso;
voy a preparar, mi amigo,
con un vecino estudioso,
un aceite de semilla
excelente y portentoso.

Y cuando desaparezca
este problema penoso,
Eugenio, tú vivirás
muy orondo y orgulloso,
diciendo que tu mujer
tiene un coño milagroso,
porque con su lagrimero
curó el pie de Sinforoso”.



Andaba atento, mosca, pila, no dejaba pasar ni
desechaba nada útil para mi orgullosa actividad. Una
bonita tarde me metí en el ascensor del edificio donde
vivo, en compañía de una salsosa y grosera vecina
del piso catorce -la solterona Julia Mercedes- cuyo tu-

74

fo a caña indicaba que llevaba unos cuantos palos en-
cima. Al llegar a planta baja, cuando nos bajamos, la
desvergonzada señora -sin pena alguna- se tiró dos
peos bien sonados, diciendo: “pa‟ que el cuerpo des-
canse”. En el momento no hice ningún comentario,
pero al perderla de vista me reí mucho. Realicé mis
diligencias rapidito (con la pensadora trabajando) y al
regresar el mandado estaba hecho. Armé una conta-
giosa parranda -con su coro y todo- muy buena, bien
chévere para montar una chacota en cualquier fiesta,
la recomiendo. Su nombre, por supuesto, es La Pa-
rranda del Peo.

LA PARRANDA DEL PEO

- Coro -

Aunque suene feo
y parezca chanza,
el cuerpo descansa
tirándose un peo.

- Parranda -

Lo digo bien duro
porque así lo creo,
no hay un solo culo
que no tire peo.

Un hombre letrado
llamado Nereo,
dijo: es un pecado
aguantar un peo.

75

Sin ningún empacho

comentaba un cura,
que el peo de un borracho
es la mierda pura.

Está comprobado,

por eso lo digo,
todo peo sonado
es inofensivo.

Silencioso es

el matacallado,
y es por su hediondez
un peo respetado.

Allá por España

le dicen risueño,
al peo que regaña
a su propio dueño.

Dijo un sabio hebreo
en un gran debate,
que después de un peo
lo que viene es guate.



Libremente, con mucha confianza y sin pedirme
permiso, atracó en mi cabeza una historia de los tiem-
pos de muchacho de “El Mayor”, contada muchas ve-
ces por él cuando yo era un niño. El asunto es que en
mi pueblo vivió una pareja de trinitarios de apellido
Shuber: Antonieta y Jhon. Ella, joven, atractiva y muy
coqueta; y él, viejón, flaco, demasiado pasivo, queda-
do y medio bolsiclón. La murmuradora gente de esos

76

lejanos días -hace más de noventa y cinco años- co-
mentaba que Antonieta vivía llorando porque necesita-
ba que le dieran candela, y Jhon ya no podía meterle
la leña en su quemante fogón. Muchos hombres, en
conocimiento de lo que supuestamente le acontecía a
la buenamoza negra, le echaban los perros, pero la
mujer, nanay nanay, nada que caía.

Papá contaba que los caballeros más osados,
cuando veían a la trinitaria, ponían el brazo izquierdo
con la mano cerrada en posición horizontal y le hacían
insinuantes e impúdicos gestos. Estas señas iban
acompañadas de originales y cómicas expresiones, en
las que combinaban palabras del idioma español con
deformados términos del francés y del inglés. Le de-
cían cosas como esta: “¿hey, madama Antonieta, you
no querer hacer el foqui foqui conmigo?”.

A la simpática Antonieta no le costaba mucho
entender lo que aquellos lujuriosos le proponían. En-
tonces, moviendo la cabeza horizontalmente -muy
sonreída y con cierta picardía- siempre les daba, con
su apuradito y bonito inglés, la misma respuesta.

-Sorry sir, when I wanna fuck, I‟ll go to Trinidad
(lo siento señor, cuando yo quiera tirar, voy a Trini-
dad)”.

Dedicado a ellos, en especial a la hermosa y pro-
vocativa Antonieta, redacté este ingenuo soneto, lla-
mado Los Trinitarios.

77

LOS TRINITARIOS

Vive llorando la negra Antonieta
porque a su Jhon se le enfría la manguera,

y no encuentra la forma ni manera
que el tranquilo negro en su hueco la meta.

A esa mujer, tan ardiente y coqueta,
aquello, al decir, la desespera,

pero no quiere buscar un cualquiera
para que riegue su hermosa maceta.

Ha preparado con mucha libertad
un viajecito para su trinidad,
llevando de billetes un buen fajo.

Hablando inglés, muy lejos del repudio,
buscará un culí de pelo rubio
que le eche machete por debajo.



Hubo otra semana donde volví a trancarme, si
mal no recuerdo fue en la quinta, pero esta vez no le
di mucha importancia. Eso viene, es cuestión de espe-
rar un poco, dije. En ese tiempo, mi hermano “Tivita” -
otro alumno de “El Mayor”- me sorprendió con su visi-
ta, iba para Caripe y pasó por mi casa. Mi alegría
afloró al verlo. El gran “Tiva” es un periodista de fina
pluma. Dudo que fabulando y escribiendo vainas inte-
resantes pueda ser igualado. Es un escritor de postín,
disfruta y se recrea con ese apasionado arte. Le conté
con pelos y señales lo de la presentación, mostrándo-
le el repertorio elaborado hasta ese día. No tardó en
darme su visto bueno e indicarme: “vas bien, pero es-

78

te material no es suficiente para tu compromiso, te fal-
ta mucho por escribir. Recuerda que declamar no es
como cantar; declamando, las cosas se dicen muy
rápido, una sola vez, no se repiten y se agotan pronto.
Necesitas un afinado y extenso material. Ese desafío
es muy grande, demasiado exigente. Tienes que
echarle muchas, pero muchas bolas, tú puedes.”

Le hablé de la dificultad de hallar asuntos joco-
sos y rendidores para explotarlos, y el “Tiva” sin vaci-
lar respondió:

- ¡No joda, Tomás!, no parecen cosas tuyas. No
pierdas tu tiempo en eso, la mayoría de las vainas que
se escriben son inventadas, si no que le pregunten a
los grandes escritores de novelas. Dale libertad a tu
imaginación y verás como haces poesías groseras por
coñazos.

Cuando se iba, en son de chanza, me dijo:
“Tomás, la realidad no existe, el mundo es puro em-
buste”. Después de abrazarnos, lo vi perderse en su
carro.



En la noche me dormí pensando en los consejos
del “Tiva”, deseaba ver el amanecer, quería utilizar mi
nueva herramienta de trabajo: la fabulación. Ansioso
por comenzar, me levanté tempranito a fajarme con mi
negocio. Me inicié poniendo en práctica una estrategia
que a la larga me dio muy buenos resultados. Empecé

79

a combinar la fantasía con historias verídicas, tratando
de que siempre predominara la verdad. Mi primer te-
ma con esta modalidad fue uno que estaba y sigue de
moda: las pastillas para parar el bicho. Así logré cons-
truir “La Media Pastilla”.

LA MEDIA PASTILLA

En juangriego el otro día
con un viejo amigo hablé,
de mi rifle le conté
que para nada servía.
Y él dijo: “que tontería,
la solución no es tan cara,
si tu rifle no dispara,
toma lo que tomo yo”,
y una pastilla me dio
pa‟ que con ella probara.

Con un solo pensamiento
yo me fui para el hotel,
y abrazando a mi mujer
le iba contando el cuento.
Pero en la vida hay momentos
en los que uno se embrutece,
pues sucede y acontece
que la pastilla piqué,
como un pichirre pensé
utilizarla dos veces.

80

Una mitad se cayó
que yo no pude agarrarla,
y mi mujer al pisarla
en polvo la convirtió.
La mitad que me quedó
la tragué con ligereza,
y al rato vi con tristeza
la desgracia que ocurrió,
mi pipe se endureció
solamente en la cabeza.

Mi mujer viendo al fulano,
me dijo: “Tomás, quisiera
hallar alguna manera
de meter este marciano.
La cabeza con las manos
podemos acomodarla,
pero después de asomarla,
si le falta fuerza atrás,
dime, viejo, cómo harás
pa‟ culiar y empujarla”.

Yo sé que mi mujercita
es tremenda compañera,
jodedora y rochelera,
nativa de Margarita.
Ella con su voz dulcita,
dijo, después de tocarlo,
“ya sé como utilizarlo
y no te vayas a oponer,
para poderlo meter
tenemos que entablillarlo”.



81

Entusiasmado por ese buen primer resultado,
deseoso de nuevos hallazgos, me dispuse para seguir
adelante con la interesante estratagema descubierta.
Para ello preparé los instrumentos necesarios: los lar-
gos remos de mi pensamiento y mi trajinado botecito
del humorismo. Animado y muy esperanzado, me
eché a navegar por el ancho e interminable mar de la
imaginación. Remando rápido y ayudado por la poten-
te brisa de la creatividad, llegué muy lejos. Me detuve
en un inspirador lugar, donde curiosamente me pare-
cía haber estado antes. Cuando lo recorría, escrután-
dolo con la mirada, ocurrió lo más agradable del cauti-
vador viaje: se me acercó, navegando veloz en su en-
vidiado peñero de la jodedera, el habilidoso, recorda-
do y querido amigo de la infancia, Manuel Leonardo,
el tremendo “Mañolo”. Nos saludamos con los inolvi-
dables e inconfundibles gritos:

¡Épale, Tomás!.
-¡Épale, Mañolo!.

-Coño … ¿cómo está la vaina?. ¿Qué carajo
haces tú poray, tan lejos? - me dijo con asombro.

Con su agilidad de siempre, dio un salto para
caer en mi botecito. Allí, teniéndolo sentado junto a
mí, escribí “Cuidando al Abuelo”.

CUIDANDO AL ABUELO

Manuel Leonardo, alias “Mañolo”, hijo de la difun-
ta Anastasia -extraordinaria partera del pueblo- nació

82

en la casa de sus abuelos: Alberto y Secundina. Era el
nieto chiquito de aquella numerosa familia. Creció dis-
frutando del cariño de sus abuelos y de todos los fami-
liares que allí vivían. Fue impregnándose, llenándose,
de las buenas costumbres que abundan en las viejas
familias margariteñas. Poseía hermosas cualidades.
Era muy bondadoso, hacendoso, voluntarioso y bas-
tante liviano para el trabajo, es decir, ayudaba -sin po-
ner peros- en los oficios diarios de la casa.

Cuando “Mañolo” tenía doce años, murió la
abuela Secundina, y quedaron en la amplia vivienda,
el viejo Alberto, cuatro tías del niño: Catalina,
Magalys, Nieves y Cletica; dos primos mayores:
Erasmo y Doroteo; y nuestro personaje. Pasado un
tiempo, pocos años, sus tías se enamoraron y comen-
zaron a casarse una por una, hasta que todas hicieron
su conuco aparte. Sus primos fueron enviados a Cara-
cas por el padre de los muchachos, Don Dimas Mata
Escalante -juez del pueblo- para continuar sus estu-
dios allá.

Estaba escrito en el destino del buen “Mañolo”,
que se quedaría solo con su querido abuelo para cui-
darlo. Manuel Leonardo iba al liceo de La Asunción,
capital del estado Nueva Esparta, y al terminar de oír
sus clases, sin detenerse por nada, volvía al pueblo
con prontitud para encargarse de atender a su viejo
Alberto. Una de las pocas distracciones -quizás la úni-
ca- que tenía el mozo en aquel tranquilo pueblo, era ir
todas las noches a la plaza. En ese lugar, desde las
seis hasta las siete y media, se reunía con otros ado-
lescentes-entre ellos yo-para joder, reírnos y hablar

83

todas las pendejadas que quisiéramos. Ningún mu-
chacho de ese grupo se perdía la incomparable e inte-
resante reunión. La gozadera era grande, nos reíamos
de cualquier vaina. Aquello era una verdadera rochela.
Todos contábamos cosas inventadas, embustes por
coñazos. Muchas veces por el bochinche que formá-
bamos, como la prefectura quedaba cerca, venía un
policía -al que llamaban “cuatro minutos”- a pedirnos
que dejáramos el desorden, que de lo contrario dor-
miríamos en el calabozo. Una noche, estando reuni-
dos en plena jodedera, cayó un tremendo vergajazo
de agua y corrimos para meternos en la iglesia, que
casualmente estaba abierta porque el padre se encon-
traba haciendo unos arreglos en el altar. Allí, el
“Mañolo”, que era el más contador de cachos y ocu-
rrencias, muy serio, en voz baja para que el cura no
escuchara la vaina, contó una larga historia. Nos dijo:

Por ser yo el nieto chiquito
y tener buen corazón,
me tocó la gran misión
de cuidar a mi abuelito.
Con agrado, tempranito,
del abuelo me hago cargo,
aunque debo sin embargo
por cierto trance pasar,
porque pa‟ ayudarlo a miar
es un proceso muy largo.

84

El machete del abuelo
es una manguera enorme,
es una vaina deforme
que casi le llega al suelo.
Es una manga de cuero
donde yo debo buscar,
con la mano hasta el final
para agarrar la cabeza,
y sacarla con destreza
pa‟ que comience a “gotiar”.

Y hay un ingrato momento
en que deja de “gotiar”,
y el viejo empieza a gritar,
víctima del sufrimiento.
Y a mí me da sentimiento
y no puedo soportar,
ver a mi abuelo llorar
sufriendo de esa manera,
y le chupo la manguera
pa‟ poderlo destapar.

Yo cuido a mi abuelo así,
con amor y con cariño,
por ser su adorado niño
desde el día en que nací.
Él es todo para mí,
es mi vida, mi alegría,
y ahora por cobardía
yo no puedo abandonarlo,
aunque deba destaparlo
unas diez veces al día.



85

Continuando con mi nueva metodología, mi me-
rengada de fábula y autenticidad, sin pensarlo mucho
apareció la historia de mi compadre Liso.

MI COMPADRE LISO

Cuando yo tenía dieciocho años, siendo un estu-
diante de la U.D.O – Cumaná; Eliseo Marcano, un res-
ponsable y excelente zapatero de mi pueblo -mejor
conocido como “Liso”- me nombró padrino de su hijo
José Natividad, “El Cheo”. Recuerdo que el bautizo lo
realizamos un sábado en la tarde en una fiesta de la
Virgen de Altagracia. De la iglesia nos fuimos para la
casa de mi compadre y se prendió un fiestón del cara-
jo. Había ocho cajas de cervezas tipo tercio: cuatro de
Zulia y cuatro de Polar; tres botellas de whisky etique-
ta roja y una de brandys capa negra, compradas de
contrabando; una descomunal torta, encargada espe-
cialmente en Juangriego en la panificadora “La Estre-
lla”, propiedad del tacaño comerciante Rafael Romero;
dos panas (ollas) con arroz y, por supuesto, un abun-
dante tarkarí de chivo, preparado por la comadre
María del Pilar, con orégano y otros montes traídos de
la huerta del conuquero Osvaldo Julián, padre de
“Liso”. Bailamos hasta muy tarde de la noche, oyendo
en un tocadiscos -estrenado para la ocasión- todos
esos discos de la sabrosa música colombiana que es-
taban de moda para entonces: Los Sabanales, Sin co-
razón en el pecho, Peleando Paula con Pablo, Pobre
corazón, Tingo tingo que tingo al tango, Decimoquinto
festival en Guararé, Tamarindo, Mireya y otros tantos
que ahora no recuerdo.

86

Comenzamos desde allí un gran compadrazgo,
manteniendo una excelente amistad, mucha cercanía
e infinita confianza. Hace poco tiempo estuve en
Margarita en la casa de mis viejos, y el compadre
“Liso”-al saber de mi estadía allí-enseguida fue a ver-
me en compañía de mi ahijado, que ya es un hombre
casado y tiene cuatro muchachos. Conversamos du-
rante un buen rato, y después el “Cheo” argumentó
que iba a realizar unas diligencias, le eché la bendi-
ción y se marchó. Apenas se fue el ahijado, estando
sólo con mi compadre en el patio de la casa, me
asusté mucho porque el hombre me abrazó y arrancó
a llorar a moco tendido. Sorprendido, lo acariñé, lo
senté en un viejo tronco de una mata de samán y le
pregunté: ¿Qué le pasa, compadre?, ¿Por qué llora?.
Entonces, mostrándome una gran tristeza, con un Ori-
noco de lágrimas corriéndole por su cara:

Mi compadre me contó
algo muy confidencial,
que estaba muy preocupado
porque comenzó a notar,
que al salir de cacería
cuando un tiro quiere echar,
se le tranca la escopeta
y no puede disparar.

87

El pobre “Liso”, llorando,
de sus lágrimas bebiendo,
me dijo que no entendía
lo que le está sucediendo,
que cuando riega el jardín
muy triste se pone viendo,
que el pico de la manguera
también se le está encogiendo.

Mi compay con la comadre

béisbol se pone a jugar,
pa‟ demostrarle que puede
los nueve ining pichar,

pero me contó llorando
que lo tienen que sacar,

porque se va en pura bola
y no tira ni un stray.

Mi compadrito, gagueando,
me dijo: “quiero que entiendas,
cómo le doy la noticia
a mi mujer, que es tan tierna.
Compay, van a condenarme
a una prisión eterna,
porque hace meses que cargo
un muerto aquí entre las piernas”.



Mi amigo Cristino, un campesino muy ocurrente,
me contó que siendo joven vivió en un caserío del es-
tado Monagas, donde imperaba una ingrata conducta
machista. La mayoría de los hombres en aquel lugar,

88

cuando se echaban unos palos, se ensañaban con
sus compañeras de vida marital y las maltrataban, les
pegaban. Pocas señoras en ese caserío no eran vícti-
mas de los castigos propinados por los inhumanos y
detestables individuos. Una de esas mujeres era Doña
Justa; su esposo, el señor Segundo, la adoraba, la
quería y la respetaba mucho. Este caballero era un
laborioso agricultor, reconocido como uno de los gran-
des macheteros de todo el estado. Lamentablemente,
ese buen cristiano murió de una picada de culebra, y
el día de su velatorio -según Cristino- ocurrió lo si-
guiente:

La pobre Justa lloraba
porque se murió Segundo,
el mejor hombre del mundo,
según la viuda explicaba.
Sobre la urna se echaba
y decía: “te vas al cielo,
pero me queda el consuelo
como mujer respetada,
que para tí fui sagrada,
jamás me tocaste un pelo”.

Yo para tí fui sagrada,
jamás me tocaste un pelo,
repitió Justa en el duelo
casi hasta la madrugada.
Hora en que hizo su entrada,
borracho, Juan Pernalete,
y más veloz que un cohete,
cuando escuchó a la mujer,
dijo: “a hombre para tener
puntería con el machete”.

89



Una tarde visité a mi buen amigo margariteño, el
viejo Rosauro Gómez Nadales, “Charo”, en su conuco
ubicado en las afueras de Puerto La Cruz, en una par-
te llamada La Subida del Mono, vía El Rincón.
Rosauro es un tremendo conversador y buen decimis-
ta, posee una excelente colección de décimas en una
vieja carpeta que cuida celosamente. Hablamos bas-
tante de poesías y de otros asuntos muy variados, co-
mo la familia, la economía, el gobierno y las mujeres.
Me contó un episodio que le ocurrió con una joven
mujer, estando un sábado solo en el conuco. Como el
argumento me pareció utilizable en mi negocio del re-
pertorio, lo guardé en la pensadora para construir con
calma unas decimonas en la casa. Debo destacar que
en nuestra conversación, noté que al referirnos a
cuestiones pasadas, el viejo “Charo” siempre termina-
ba sus comentarios diciéndome: “todo pasa, Tomás,
todo pasa”. Esta vainita de: “todo pasa, Tomás, todo
pasa”, la estuvo repitiendo hasta cuando me venía, y
entonces me vi obligado a escribirle una décima, y la
titulé “Todo Pasa”.

90

TODO PASA

Pasa el machete afilado
y el amellado también,
pasa el avión, pasa el tren
y pasa el tiempo nublado.
Pasa el carro esmachetado
y alegre pasa la aurora,
pasan volando las horas
porque ellas jamás se atrasan,
pero las que nunca pasan,
ni empujadas, son las bolas.

Dos días después de haber visitado al viejo
Rosauro, me dediqué con tranquilidad a trabajar el
asunto de la mujer, que él me había referido. Esta jor-
nada tuvo como resultado cuatro décimas, denomina-
das “Pluma por Pelo”.

PLUMA POR PELO

Rosauro Gómez Nadales,
un viejo margariteño,
salió de su pueblo isleño
a buscar poray los riales.
Y allá entre unos maizales
en la vía para El Rincón,
tiene un rústico galpón
donde pollos va engordando,
y además de vez en cuando
vende su litro de ron.

91

Aquel viejo estableció
que en su negocio no fiaba,
porque después le costaba
cobrar lo que acreditó.
Y un día, “Charo” se vio
en un gran atolladero,
una dama, tempranero,
le dijo, sin mucho rollo:
“señor, necesito un pollo
pero no tengo dinero”.

Y Rosauro sin dudar,
con el brinco de una fiera,
respondió: mujer, espera,
tú y yo tenemos que hablar.
Te propongo intercambiar
un pollo hermoso y gordito,
por unos cuantos pelitos
que te arranque de la cuca,
para hacerme una peluca
que tanto la necesito.

No vaciló en aceptar
la mujer muy sonreída,
y, alegre, “Charo” enseguida
el pollo le fue a buscar.
Y en un tranquilo lugar
dos personas de gran vuelo,
sin tener ningún recelo
con su palabra cumplieron,
y el más bello trueque hicieron
cambiando pluma por pelo.



92

Una mañana, bien tempranito, después de con-
cluir mis tareas de esa hora: hacer el café con leche,
barrer la sala y la cocina, limpiar los vidrios de la vitri-
na y terminar colocando la escoba, el deshilachado
trapito de la limpieza y los demás corotos en su sitio -
bien acomodados- me paré en el balcón de mi aparta-
mento. Dirigiendo la mirada por el lado izquierdo de
las nuevas y modernas construcciones, levantadas
frente al edificio donde vivo, observaba extasiado par-
te del precioso mar azul. Allí transcurrió un largo rato.
Pensaba en el repertorio, en el espectáculo, y me pre-
guntaba: ¿cómo será eso?, ¿Podré construir todo el
material que necesito para ese momento?. Eran las
seis y media, escuchaba el ruido ocasionado por la
llegada del agua a la poceta. Tuve ganas de ir a ba-
ñarme, pero de pronto sentí un empujón mental y dije:
¡carajo, yo si tengo bolas!, ¡Parezco pendejo!, ¿Cómo
es posible que vaya a dejar fuera del repertorio la his-
toria de Don Primitivo?, una vaina tan buena como
esa. Riéndome, me fui hasta la mesa de la cocina y
arranqué con esa historia.

DON PRIMITIVO

Don Primitivo es un señor de setenta y nueve
años, jubilado de la empresa petrolera, dueño de una
bonita finca en la vía de Clarines, estado Anzoátegui.
Nos conocimos casualmente porque a él le gustan
mucho las poesías y de vez en cuando construye al-
guna. El viejo vivía solo en su finca, debido a que su
esposa murió hace varios años y sus dos hijos residen
en Caracas. Pero, un buen día lo visité y lo encontré

93

acompañado de una hermosa dama de unos treinta
años, un bombón. Después de presentármela, discre-
tamente me explicó que esa era su nueva mujer y te-
nían cinco meses viviendo juntos. Sabiendo como son
de celosos los viejos enamorados, decidí no visitarlo
más. Pasaron seis meses y el hombre me llamó para
invitarme a su hacienda. Al llegar me sorprendí porque
el bombón no estaba, y Don Primitivo, muy acongoja-
do, exhibiendo una descuidada barba blanca-más vie-
jo que nunca-se levantó como pudo, dobladito, de una
vieja y mugrienta hamaca de cuero de vaca, para con-
tarme casi llorando su desgracia: su amorcito se le fue
con un joven peón de la finca. Al terminar de narrarme
su tragedia, se sacó de uno de los bolsillos de su des-
colorido pantalón un arrugado papel.

-Mi buen amigo Tomás, quiero que me revises
esta poesía que le enviaré mañana a la ingrata esa –
refirió casi haciendo pucheros, mientras me entregaba
la nota.

LA POESÍA DE DON PRIMITIVO

Acabaste conmigo, ciclón,
malagradecida, cruel, avispada,
tu trampa la tenías planificada,
esperando muriera el machetón.

Me dejaste tirado en un rincón,
como se deja una vieja almohada,
para marcharte, de billetes forrada,
a tirar con ese joven peón.

94

Pero ahora vivo bien acompañado
porque tengo a mi Dios siempre a mi lado,
puedo decir que no me desampara.

Y hablando cada día con mi Señor,
yo le pido me conceda el favor:
que te seque, piazo e puta, la cuchara.

Leí con detenimiento su forzado soneto, y le co-
menté acerca de la claridad con la que expresa en la
poesía su conmovedor contratiempo. A pesar de la
desgracia que Don Primitivo estaba viviendo, lo felicité
por su avance poético y logré arrancarle una sonrisa.
Conversando con el viejo, de nuevo apareció como un
fantasma la voz de “El Mayor”, diciéndome: “no me
digas que vas a pelar esta vaina… ¡ya tú eres grande
y sabes lo que haces!”. Aquí no necesité mucha insis-
tencia, una sola pedida bastó y sobró para que yo an-
tes de venirme, le declamara a Don Primitivo esta es-
pecie de malagueña:

UNA MALAGUEÑA PARA DON PRIMITIVO

La gran vaina que esa cuca te echó,
viejo pendejo, no la merecías,
y menos mal que fuerzas te dejó
para escribir tu clara poesía.

Y ahora, Don Primo, después de ser el blanco
de esa escopeta tiradora y ardiente,
tienes que ver, arrecho desde el banco,
como batea el peón emergente.

95

Hay un momento, mi viejo singón,
en que uno sabe que debe retirarse,
y es cuando el triste y arrugado tocón,
ni con una grúa, puede levantarse.

Y ya para irme, Don Primo, te digo,
aunque pienses que soy un gran carajo,
eso le pasa a los hombres, mi amigo,
que al llegar a viejos, se meten a vergajos.



Por un compromiso familiar realicé un viaje y es-
tuve fuera de mi casa una semana. Durante ese tiem-
po repasaba mentalmente lo escrito y largaba la risa.
Aunque esos días los tomé como un receso en mis
quehaceres repertoriles, utilicé de vez en cuando algu-
nos ratos para la escritura. Recordando una vieja his-
toria que le oí a un amigo de Porlamar, llamado
Edecio -más embustero que el carajo- logré mediante
cinco décimas, presentar parte de la interesante vida
de la bodeguera Apolonia de Marval.

APOLONIA DE MARVAL

Bodega “La Popular”,
recuerdo que se llamaba
un negocito que estaba
muy cerca de Porlamar.
Apolonia de Marval
era la lista doñita,
dueña de la bodeguita,
que a tanta gente atendía,
y más refrescos vendía
en todita Margarita.

96

Poco importaba a los clientes
que marca le habían dado,
o si el refresco comprado
estaba frío o caliente.
El interés de la gente
era una vaina jocosa:
ver a la vieja graciosa
cuando el vestido se alzaba,
y las botellas destapaba
con los bembes de la cosa.

No habiendo a quien despachar,
Apolonia remendaba,
y el hilo que utilizaba
era fino y especial.
Con una destreza tal
y una paciencia infinita,
la jodedora viejita
cosía todos sus trapos,
con los pelos del sobaco
y pelos de la pepita.

Los viernes al mediodía
Apolonia se botaba,
la gran parranda se armaba
que la gente no cabía.
La bodega parecía
un pequeño coliseo,
y ella, en medio de un jaleo,
complacía a su clientela,
apagando treinta velas
con la potencia de un peo.


Click to View FlipBook Version