Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Figura 6. Trabajo no remunerado por sexo y país
Fuente: OECD Gender Equality Social Protection and Wellbeing Database.
Global Gender Gap Report, 2016
Además, la cuestión de la violencia de género indica que el machismo
sigue vigente, lo que pone de manifiesto las desiguales relaciones de poder
en mujeres y hombres presentes en la sociedad actual.
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Ilustración 23. Violencia de género
Fuente: María Jesús Rosado Millán
El cuarto lugar, la evolución del principio de igualdad incluye la idea
de «oportunidad», que integra la noción jurídica de la igualdad formal, un
trato equivalente y una distribución de la renta. Supone trasladar el foco
del individuo al de la conveniencia para algo. Permite el reconocimiento
de la diversidad personal, al tiempo que pone en el acento en las posibi-
lidades que pueden tener los sujetos para su desarrollo vital. Incorpora
la idea de equidad (Barry, 2001), al tener en cuenta el hecho de que el
punto de partida de las personas y de los grupos sociales es diferente en
al acceso y disfrute a los recursos. También entronca con el principio de
justicia redistributiva de los beneficios (Clifford, 2008), pero como señala
esta autora, la «igualdad de oportunidad» va más allá de la concepción de
la igualdad económica, al incorporar los valores de dignidad y respeto, es
decir, al incluir el trato igualitario desde el punto de vista de los derechos
humanos, de los cuales resulta inseparable.
La igualdad de oportunidad en opinión de (Westen, 1985), tiene 3 ele-
mentos: el agente, ya la oportunidad siempre es de las personas; la finali-
dad o meta a perseguir; y la relación que conecta el agente con la finalidad.
Esta nueva concepción permite el reconocimiento de la diversidad perso-
nal, al tiempo que pone en el acento en las posibilidades que pueden tener
los sujetos para su desarrollo vital.
Lo que tienen en común todas estas teorías sobre la desigualdad es que
no incorporan la perspectiva de género, siendo el feminismo el encargado
del análisis de las desigualdades entre las mujeres y los hombres dentro
de cada momento social y en cada contexto económico. No obstante, ello
no es obstáculo para integrar dentro de la teoría feminista los principios
incluidos en los análisis jurídicos, políticos, económicos y sociales reali-
zados desde las perspectivas analizadas.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
En la actualidad la igualdad desde una perspectiva feminista incluye la
no discriminación en razón de las características personales, la integra-
ción, la inclusión, el acceso equilibrado a los recursos, la redistribución
equilibrada de la riqueza, y la equivalencia de oportunidades económicas
e inmateriales.
Desde esta triple perspectiva: equivalencia de oportunidades, inclusión
y participación, no se puede decir que se haya logrado la igualdad. La dis-
criminación continúa existiendo en gran parte del mundo y la participación
en la vida colectiva tampoco es proporcional a la composición de la pobla-
ción. Las desigualdades afectan especialmente a las mujeres, pues si bien
las padecen muchos hombres, no afecta a todo el conjunto de la misma
manera. El resultado es que las mujeres, en su vida diaria, se enfrentan a la
obligación de tener que aceptar normas impuestas por hombres, educados
como tales, y por tanto, diferentes en su forma de percibir el mundo. Ello
no significa que los hombres no se vean afectados también por la falta de
oportunidades, pues la jerarquización masculina sitúa a cada hombre en un
peldaño diferente condicionando su acceso a los diferentes recursos, pero
en el terreno de las decisiones se mueven en un entorno de masculinidad
que les resulta más familiar por formar parte de su identidad.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, la igualdad significa que to-
das las personas tengan los mismos derechos formales y que dispongan de
oportunidades equivalentes para que puedan desarrollar su personalidad
en función de su libre elección, sin los condicionantes que la escasez de
recursos conlleva y sin las barreras que impiden que lo puedan hacer por
razón de su edad, sexo o color de piel.
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4. SEXO, SEXUALIDAD,
ORIENTACIÓN SEXUAL Y GÉNERO
Las diferencias entre las mujeres y los hombres se han basado tradicio-
nalmente en las características anatómicas existentes entre unas y otros.
Era el concepto de sexo biológico el que fundamentaba las teorías sobre
las diferencias hombre-mujer. Estas teorías, si bien partían de la corporali-
dad, la trascendían al extenderse a los comportamientos humanos.
En 1530 Juan Huarte de San Juan, médico, formado en la Universidad
de Alcalá de Henares, escribía:
[…] cuando Dios formó a Adán y a Eva es cierto que, pri-
mero que los llenase de sabiduría, les organizó el celebro de
tal manera que la pudiesen recibir con suavidad y fuese cómo-
do instrumento para con ella poder discurrir y raciocinar. Y
así lo dice la divina Escritura: ...et cor dedit illis excogitandi,
et disciplina intellectus replevit illos.
Y que, según la diferencia de ingenio que cada uno tiene,
se infunda una ciencia y no otra, o más o menos de cada cual
de ellas, es cosa que se deja entender en el mesmo ejemplo de
nuestros primeros padres; porque, llenándolos Dios a ambos
de sabiduría, es conclusión averiguada que le cupo menos a
Eva, por la cual razón dicen los teólogos que se atrevió el
demonio a engañarla y no osó tentar al varón temiendo su
mucha sabiduría. La razón de esto es, como adelante proba-
remos, que la compostura natural que la mujer tiene en el ce-
lebro no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría.
(Huarte de San Juan, 2000)
Esta forma de pensar provenía de la concepción clásica de la mujer
como un ser inferior al hombre debido a su anatomía, destacando el papel
de su aparato reproductor y la menstruación como causas de dicha inferio-
ridad. Hipócrates o Galeno en sus descripciones de la anatomía femenina
concebían el útero como fuente de los males femeninos. Aristóteles en su
Historia de los animales destaca el menor tamaño del cerebro de la mujer
respecto al del hombre y en Política, uno de sus tratados más importantes,
la superioridad del varón griego sobre la hembra y sobre los esclavos, sien-
do esta superioridad la que le otorgaba el mando sobre ellos.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
En esa concepción «biologicista» no había espacio para la influencia
cultural, que se concebía como un conjunto de reglas de urbanidad más
que como un proceso de adiestramiento social para la incorporación de
los nuevos miembros a una sociedad. Desde esta perspectiva se afirmaba
que las formas de obrar de mujeres y hombres venían determinadas por la
diferente anatomía de cada uno de ellos.
Las influencias de este determinismo biológico fueron continuas a lo
largo de los siglos e influyeron en la ciencia, que lo utilizaría para justificar
la inferioridad femenina, especialmente a lo largo del siglo xix caracteri-
zado por su exacerbada misoginia (Pedraza, 2009; Ferrer & Bosch, 2003;
Bosch, Ferrer, & Gili, 1999; Jayme & Sau, 1996; Maccoby, 1966).
Dicha creencia no ha sido desterrada todavía, y muchas son las voces
que proclaman la desigualdad entre las mujeres y los hombres como algo
consustancial a ambos sexos, lo que las lleva a considerar que sus respecti-
vos comportamientos obedecen a causas «naturales» que no se pueden ob-
viar (Kimura, 1999; Christova, Lewis, Tagaris, Uğurbi, & Georgopoulos,
2008; Witelson, 1991).
Estas teorías provenientes del campo de la medicina, la psicología o la
neuropsicología, proclaman la diferencia entre los hombres y las muje-
res y, de manera subliminal, la superioridad de los primeros al asociarle
las competencias más valoradas socialmente como son la capacidad de
abstracción o la orientación espacial, dejando para las mujeres su mayor
habilidad verbal y locuacidad en su versión de «parloteo». Estas teorías no
tienen en cuenta el proceso de socialización humana en la formación de la
identidad personal, proceso que conlleva inherentes los mensajes construi-
dos socialmente sobre los roles de cada sexo.
Ilustración 24. Diferencias corporales hombre-mujer
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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A pesar de todo ello, siempre hubo voces que cuestionaban estas ex-
plicaciones meramente «biologicistas» al considerar que había elementos
sociales que influyen en el comportamiento humano. Sin embargo, no se-
ría hasta bien entrado el siglo xx cuando se comenzase a incluir elementos
culturales en las teorías explicativas de las diferencias entre los sexos. En
1949, Simone de Beauvoir proclamaba en su libro El segundo sexo que «se
llega a ser mujer», invocando con ello una visión cultural de la feminidad.
A partir de los años 60 irrumpe con fuerza la noción de género entendido
como un producto cultural que asigna a las personas unos roles determina-
dos en función de su sexo biológico. El concepto fue desarrollado por el
psiquiatra Robert Stoller quien descubrió que había factores sociocultura-
les que incidían en la formación de la personalidad que no eran debidos al
sexo biológico, lo que le llevó a considerar que la influencia de los valo-
res, las creencias y las costumbres sociales incidían en la formación de la
feminidad y la masculinidad más allá de la biología de cada cual (Stoller,
1968).
Se establece así una dicotomía entre anatomía y comportamiento: con
la primera se nace mientras que el segundo se adquiere. Desde entonces
la perspectiva de género, desarrollada a partir de la teoría feminista y las
ciencias sociales (Angós, 2000), ha impregnado los estudios científicos
que incorporan la mujer al devenir humano (Rodríguez Lored, 2008), ha-
ciéndola visible al mismo tiempo que refuta la creencia de que el hombre
es el centro del universo y el modelo ideal a seguir.
Sin embargo, resulta conveniente explicar el significado de sexo anató-
mico y género antes de acotar operativamente ambos conceptos, teniendo
en cuenta que como toda acotación conceptual tiene su razón de ser en la
operatividad metodológica, ya que la línea que separa ambos términos es
establecida a propósito sin que ello signifique que exista una discontinui-
dad o una oposición entre los mismos.
En ese continuum que va del sexo al género, hay que tener en cuenta
además otros elementos como son la sexualidad, la orientación o la iden-
tidad sexual que se encuentran relacionados entre sí pero que tienen signi-
ficados diferenciables.
4.1. Sexo
Etimológicamente la palabra sexo proviene del latín sexus que a su vez,
proviene de sectus, cuyo significado literal es separado, cortado, pues
sectus deriva del verbo sectare: separar, cortar, dividir. Si se aplica este
vocablo a la condición orgánica masculina o femenina de los animales y
las plantas que define la Real Academia Española (RAE), se está haciendo
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
referencia a las características físicas, biológicas, anatómicas y fisiológi-
cas de los machos y las hembras.
Desde el punto de vista de la biología, se denomina sexo al conjunto de
características de un organismo que permiten diferenciarlo como portador
de uno u otro tipo de células reproductoras o gametos (óvulos o espermato-
zoides), o de ambos a la vez (organismos hermafroditas) (De Juan Herrero
& Pérez Cañaveras, 2007).
Aunque pudiera parecer que solo hay dos sexos, en el caso de los orga-
nismos con gametos diferenciados no es así, pues existen diferencias que
tienen su origen en el desarrollo de los caracteres sexuales durante la etapa
fetal. Ann Fausto distingue 5 tipos de sexos: machos, hembras, hermafro-
ditas8, seudohermafroditas masculinos y seudohermafroditas femeninos
(Fausto Sterling, 2000). Stoller incluye dentro del concepto sexo elemen-
tos físicos como son: cromosomas, genitales externos, genitales internos,
gónadas, estados hormonales y caracteres sexuales secundarios, definición
de sexo compartida por Ann Oakley (Oakly, 2005). Cazés incluye dentro
de la definición de sexo el conjunto de características genotípicas y fe-
notípicas presentes en los sistemas, funciones y procesos de los cuerpos
humanos (Cazés, 1998).
El desarrollo del sexo biológico: cromosomas, gónadas, conductos se-
xuales y genitales externos, no siempre se produce de manera uniforme e
idéntica. En ocasiones hay diferenciaciones sexuales que no permiten co-
nocer si una persona es hombre o mujer en el momento de su nacimiento.
El hecho no tendría por qué revestir la menor importancia si no existiese el
género. La ambigüedad en el sexo de una persona produce inquietud social
porque no se sabe qué tipo de mensajes transmitir acerca del rol masculino
o femenino que se les debería transmitir. Es la diferencia genérica entre
mujeres y hombres la que suscita problemas.
La importancia de la asignación de un individuo a los dos sexos recono-
cidos como tales, hombre-mujer, reviste suma importancia, es decir, se nos
exige tener una identidad que sea única, fija, estable, coherente (Burgos
Díaz, 2007). La medicina, al igual que ocurría con la homosexualidad, ha
sido una de las disciplinas desde la que se ha abordado la intersexuali-
dad (Gregori Flor, 2006; Lavigne, 2009; Clemison & Medina Domenech,
2004), y la que ha aportado su solución ante esta inquietud social y ha con-
sistido en intervenir quirúrgicamente a la persona intersexual desde edad
muy temprana, lo que da lugar a muchos errores y, en más de una ocasión,
8 La autora señala que la palabra hermafrodita ha sido sustituida en la actualidad por la de inter-
sexual, si bien sigue utilizando la primera por razones históricas ya que la intersexualidad es un
término reciente.
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tiene consecuencias muy negativas para la salud sexual de estos individuos
(Maffia, 2003).
Todos esos tipos de sexo biológico se corresponden con el sexo gené-
tico o cromosómico, gonadal, hormonal y anatómico y a cada uno se le
atribuye un significado determinado. Son ese conjunto de significados los
que están en la base de la construcción social del género, es decir, de las
cualidades que se asocian a las personas en función de las características
biológicas con las que se nace o que se atribuyen al nacer, cuestión que no
siempre está clara.
Además, el sexo tiene otras connotaciones pues hace referencia también
al coito, significado de sexo que entronca con el de sexualidad, es decir,
con las actividades que los sexos llevan a cabo, ya sea para la reproducción
de la especie, o por puro placer.
Ilustración 25. Del sexo a la sexualidad: reproducción y placer
Fuente: María Jesús Rosado Millán
4.2. Sexualidad
Etimológicamente la palabra proviene de sexual, que significa que per-
tenece o concierne al sexo. Pero su significado teórico varía de unos/as
autores/as a otros/as. Algunos/as vinculan la sexualidad con la cultura so-
cial, ya que no lo consideran un fenómeno natural (Foucault, 2005; Weeks,
1998; Rubin, 1989).
Otros/as incorporan la perspectiva de género a esta dimensión (Sharim,
Silva, Carodó, & Rivera, 1996), teniendo en cuenta el factor subjetivo que
supone la construcción diferencial de la sexualidad en hombres y mujeres
(Lamas, 1998), así como los factores de poder y dominación vinculados a
la masculinidad que tienen su repercusión en la sexualidad humana (Villa-
señor-Farias & Castañeda Torres, 2003).
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Hay autores/as que, si bien reconocen la influencia de los valores socia-
les en la sexualidad, se decantan por la perspectiva biológica y explican
que esta se manifiesta antes del nacimiento cuando tiene lugar la división
sexual alrededor de la séptima semana de gestación (Masters, Johnson, &
Kolodny, 1997).
Eusebio Rubio incluye en la sexualidad elementos psicológicos, socia-
les, antropológicos y legales. La estructuración mental de la sexualidad es
el resultado de las experiencias que el individuo experimenta en relación
con diversas potencialidades vitales, como la de procrear, pertenecer a una
especie dimórfica, experimentar placer físico durante la práctica sexual o
desarrollar vínculos afectivos con otras personas. El significado que cada
persona le confiere a estas experiencias conforma su sexualidad y las so-
cializa cuando las comparten con otras personas (Rubio Aurioles, 1994).
Ilustración 26. El fenómeno complejo de la sexualidad humana
sexualidad excitación
fertilidad erección
fecundación
cópula
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Lo que está claro es que la sexualidad forma parte del sexo y que tiene
componentes psicológicos que se forman a partir de los significados que
los sujetos le confieren a sus experiencias. Estos significados tienen un
fuerte componente social desde el momento en que los seres humanos son
seres sociales, lo que implica elementos culturales compartidos.
Es por ello que la sexualidad ha de ser abordada desde la lógica de las
particularidades culturales al tratarse de una potencialidad humana que re-
quiere de un significado cultural para poder desarrollarse (Córdoba Plaza,
2003). Para esta autora el sexo puede ser lo que sea, salvo un hecho natu-
ral.
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Para Foucault, la sexualidad se articula en torno a tres ejes:
• La formación de los saberes que a ella se refieren.
• Los sistemas de poder que regulan su práctica.
• Las formas según las cuales los individuos pueden y deben recono-
cerse como sujetos de [un tipo de] sexualidad (Foucault, 1993, págs.
7-8).
La formación en sexualidad tiene lugar, al igual que el resto de los sabe-
res, a través del proceso de socialización. Dentro del patriarcado su idea-
ción y desarrollo estuvieron condicionados por los mismos hechos que
llevaron a su constitución como sistema social: el descubrimiento de la pa-
ternidad biológica, el nacimiento del sentimiento de propiedad, la concien-
cia del poder y la mayor prescindibilidad del varón para la reproducción.
A partir de entonces la sexualidad se organizó y estructuró en torno a la
dominación masculina basada en el poder y la jerarquización social. Ello
significa que fueron los hombres, a través de su dominación, los que «nor-
mativizaron» la práctica sexual, normatividad que pasó al acervo colectivo
y dio lugar a una forma concreta de concebir la sexualidad.
Estos hechos afectaron a las dos cuestiones relacionadas con la sexua-
lidad: la reproducción y el placer. Ambas pueden estar relacionadas o ser
independientes y, generar o no, relaciones sexuales. La reproducción siem-
pre conlleva la existencia de relaciones humanas, ya sean entre un hombre
y una mujer, ya sean entre los anteriores y una serie de especialistas en el
caso de la reproducción in vitro, si bien solo se puede hablar de ejercicio
de la sexualidad en el primer caso. En el caso del placer, el ejercicio de la
sexualidad no siempre es generadora de relaciones interpersonales ya que
se puede experimentar en solitario.
En las primeras civilizaciones la importancia de la reproducción dio lu-
gar a la consideración de la heterosexualidad como el modelo ideal de
ejercer la sexualidad, lo que tendría sus consecuencias en la orientación
que no siempre es «hetero» como lo demuestra la historia de la sexualidad
humana a lo largo de todos los tiempos.
Desde la óptica de la sexualidad compartida, lo que interesa analizar,
desde una perspectiva de género, es el tipo de relaciones que se producen y
si estas relaciones se dan en condiciones de igualdad o bajo el prisma de la
dominación. Desde el momento en el que su construcción tuvo lugar bajo
la dominación masculina, las relaciones sexuales se vieron afectadas por
este tipo de dominación al igual que sucedió con el resto de las relaciones
humanas.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
4.3. Identidad sexual
La identidad es la percepción que una persona tiene de sí misma. Está
constituida por un conjunto de atributos que la asemejan con el conjunto
de personas que presentan atributos similares y la distingue de las demás
(Rosado Millán, 2011). El reconocimiento de las cualidades que una per-
sona posee requiere que sea consciente de su existencia, conciencia que se
va desarrollando a través de los descubrimientos personales, las experien-
cias vividas y el proceso de socialización.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la identidad sexual
como la manera como la persona se identifica como hombre o mujer, o
como una combinación de ambos, y la orientación sexual de la persona.
(OMS/OPS, 2000).
Los elementos que componen cada identidad no son buenos ni malos
en sí. Que algo sea considerado bueno o malo socialmente no depende
del hecho, sino del significado que se le atribuya al mismo. El patriarcado
se constituyó sobre la base de la desigualdad personal basada en una es-
cala de valoración positiva-negativa en función de poder dominante que
se ostentase. A partir de entonces, las normas sociales que regulan la con-
vivencia se fueron interpretando en función de su bondad-maldad. Este
hecho, unido al proceso de sedentarización ya comentado, el cual generó
la necesidad de un crecimiento demográfico rápido, dio lugar a la cons-
trucción de un discurso social basado en la heterosexualidad enfocada a la
reproducción como encarnación de la normalidad. Así, todo aquello que se
apartase del discurso dominante fue denostado, estigmatizado, reprimido
y castigado.
La valoración de todo lo social siguió un esquema dicotómico constitui-
do por pares opuestos: bueno-malo, hombre-mujer, alto-bajo, blanco-ne-
gro, sin que hubiese lugar para las posiciones intermedias. A través de esta
forma de concebir la sociabilidad se generaron una serie de estrategias para
que nadie quedase fuera de la «norma», al mismo tiempo que se formaron
unos ideales determinados de lo que debe ser una persona, ideales cuya
amplificación dieron lugar a la aparición de los estereotipos sociales, y con
ellos, a la estigmatización y condena de lo diferente a la norma general.
La estereotipación es, en otras palabras, parte del mante-
nimiento del orden social y simbólico. Establece una fronte-
ra simbólica entre lo «normal» y lo «desviante», lo «normal»
y lo «patológico», lo «aceptable» y lo «inaceptable», lo que
«pertenece» y lo que no pertenece o lo que es «Otro», entre
«internos» y «externos», nosotros y ellos. Facilita la «unión»
o el enlace de todos nosotros que somos «normales» en una
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«comunidad imaginada» y envía hacia un exilio simbólico a
todos ellos —los «Otros»— que son de alguna forma diferen-
tes, «fuera de límites». (Hall, 2011)
Todos estos sucesos influyeron en la construcción de un discurso sobre
la identidad sexual que se basó en el binomio mujer-hombre, sin que cu-
piese la intersexualidad. La medicina fue una de las disciplinas que, junto
con la psicología y el psicoanálisis, se ocuparon del estudio de la sexuali-
dad humana en sus diferentes vertientes.
La perspectiva clínica siempre ha tenido mucha impronta en la socie-
dad, pues su ejercicio es una frontera entre la vida y la muerte, lo que la
ha dotado de una fuerte autoridad social. La visión médica del sexo y la
sexualidad humana consideró durante mucho tiempo que todo aquello se
apartase de la dicotomía hombre-mujer era una anomalía que había que
tratar para que todo volviera a la «normalidad».
El desarrollo de tres especialidades clínicas —urología,
endocrinología y genética—, así como la incorporación de
nuevas tecnologías biomédicas, abrieron la posibilidad para
detectar e intervenir en edades tempranas lo que se conside-
ró eran anormalidades genitales o errores en la asignación
sexual, producto de defectos congénitos. El campo de las dis-
ciplinas psi —psicología, psiquiatría y psicoanálisis— jugó
un importante papel en la nueva aproximación para tratar la
intersexualidad. Interesaba conocer cómo evaluar la identi-
dad sexual, en qué momento puede reasignarse el sexo de un
sujeto, qué factores tienen mayor peso para caracterizar a una
persona como hombre o mujer. Las respuestas tuvieron impli-
caciones directas sobre los tratamientos médicos (Alcántara,
2013).
La pregunta es ¿por qué se consideró tan necesario asignar a cada perso-
na una categoría hombre-mujer cuando no estaba claro en el nacimiento?
Tanto la biología como la sociedad marcan estados en el
desarrollo de la identidad de género, uno de los cuales es la
asignación del infante al momento del nacimiento. La ads-
cripción a un sexo es fundamental. Cuando se asigna un sexo,
también se está asignando un género, porque prevalece la idea
de que hay una relación uno a uno entre ambos. En ese mismo
momento, se da por sentado que la adscripción es instantánea
y permanente (op. cit.).
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La sociedad necesita tener claros los elementos con los que clasificar
a sus miembros. Mientras más claros estén, más tranquila se sentirá. Eso
le permite disponer de modelos personales sobre los que reflejarse. El
problema surge cuando aparecen sujetos que no encajan en esos modelos
preestablecidos, para cuya solución se pretende controlar las desviaciones
intentando llevar a esos sujetos a la normalidad modelar. Esto no significa
que no se puedan modificar los tipos que conforman la clasificación, pero
sí que los cambios son lentos desde el momento en el que no afectan a la
mayoría.
4.4. Orientación sexual
La orientación sexual es la atracción sexual que una persona siente por
otra, con independencia del sexo biológico que tenga. Los últimos estu-
dios que analizan los factores que definen la orientación sexual incluyen
aspectos biológicos, cognitivos y contextuales; hay teorías genéticas que
consideran la homosexualidad innata y, por tanto, la vinculan con la exis-
tencia de factores hereditarios (Kallmann, 1952; Camperio-Ciani, Corna,
& Capiluppi, 2004); teorías hormonales que se han enfocado en función
de los niveles de testosterona, andrógenos y estrógenos de cada persona
(Newmrk, Rose, Todd, & Birk, 1979; Kimura D. , 1999; Robinson & Man-
ning, 2000); teorías neuroanatómicas basadas en las diferencias estructu-
rales del cerebro (Kolodny, 1971; LeVay, 1991; DF. & Hofman, 1990);
teorías sociopsicológicas centradas en la influencia del entorno y el apren-
dizaje (Marcel.T. & Robins, 1978). Sin embargo, Soler considera que to-
das las perspectivas señaladas se basan en investigaciones que presentan
inconsistencias, y plantea que, por el momento, faltan muchas dudas por
despejar (Soler, 2005).
Teniendo en cuenta dichas consideraciones, cabe concluir que algunos
rasgos biológicos, experiencias personales y entornos socio-culturales or-
ganizados en una interinfluencia generan un esquema cognitivo en el que
cada individuo encuentra su modo de relación sexual entre las personas
del mismo sexo, de distinto sexo, o de ambos. Como señalan Marcuello y
Elósegui hay un margen muy amplio de libertad en el modo en que cada
sujeto conduce su sexualidad (Marcuello & Elósegui, 1999).
Según la American Psychological Association (APA, 2017), la orienta-
ción sexual no obedece a una elección consciente que se pueda cambiar
por voluntad propia. A este respecto hay que diferenciar entre la orienta-
ción sexual y la conducta sexual. La primera es una atracción emocional y
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sexual que no se elige, mientras que la conducta entronca con el ejercicio
y la práctica de la sexualidad.
Lo que no queda tan claro es cuándo se manifiesta la orientación sexual.
Aunque la mayoría de los estudios indican que su desarrollo tiene lugar
durante la adolescencia, solo aparece cuando se actualiza, cualquiera sea
la causa o la ocasión que dé lugar a esta actualización.
Según que la atracción tenga lugar entre personas del mismo sexo o
no, la orientación sexual puede ser: homosexual, heterosexual, bisexual o
pansexual.
La heterosexualidad es la atracción sexual entre personas de distinto
sexo. Encarna la normalidad estadística9. Este hecho tiene su razón de ser
en la perpetuación de la vida y se basa en el instinto de supervivencia de la
especie. Dicho de otra manera, la heterosexualidad está directamente rela-
cionada con la reproducción, lo que no anula la búsqueda del placer como
una finalidad del ejercicio de una sexualidad compartida entre mujeres y
hombres.
Estas dos finalidades del ejercicio de la sexualidad, la reproducción y el
placer, pueden estar relacionados o ser independientes. De todas las rela-
ciones sexuales que se pueden entablar, solo hay una en la que la reproduc-
ción y el placer se encuentran interconectados: las que tienen lugar entre
un hombre y una mujer. Puede ser que la finalidad de estas relaciones no
sea la reproducción en sí, pero eso no significa que esta no pueda tener
lugar. En todos los demás casos la reproducción no es posible.
La homosexualidad es la atracción sexual por personas del mismo sexo,
sin embargo, este término es reciente en la historia y surge como tipifica-
ción de una categoría determinada de hombres según su naturaleza, o
mejor dicho, según su orientación, es un invento de la ciencia médica del
siglo xix (Hopman, 2000). Anteriormente se denominaba «sodomía» a raíz
de algunas interpretaciones que se hicieron de la destrucción de Sodoma
descrita en el Génesis, que afirman que fue debida a la depravación sexual
que existía en dicha ciudad, depravación en la que se incluían las relacio-
nes entre hombres. Antes de este hecho, no existía una denominación es-
pecífica para esta orientación sexual siendo considerada como la que tiene
lugar cuando se dan «relaciones sexuales entre personas del mismo sexo».
La bisexualidad es la atracción sexual indistinta hacia personas del mis-
mo o de otro sexo. Sobre este tipo de orientación existe menos información
ya que los estudios existentes han estado influenciados por la dicotomía
9 Es importante resaltar que cuando se habla de normalidad es siempre a efectos estadísticos. Alude
al concepto de mayoría, no de bondad.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
hetero-homosexualidad (Angelides, 2001; Barker & Langdridge, 2008).
De hecho, cuando se hace una historia de la homosexualidad se observa
como comportamientos bisexuales son considerados homosexuales. Un
claro ejemplo lo constituyen las prácticas sexuales en la Grecia Clásica
en la que los hombres maduros practicaban sexo con jóvenes efebos, lo
que no era óbice para que esos mismos hombres se casasen con mujeres y
tuviesen relaciones heterosexuales (Green & Croom, 2000).
Esta orientación presenta una problemática particular que viene dada
por la ambigüedad que representa la bisexualidad al generar temor social.
Cuando en los pueblos de España se preguntaba a los/as niños/as que lle-
gaban de vacaciones «y tú ¿de quién eres?», se buscaba ubicar a la persona
en un espacio acotado que proporcionaba una identidad a quien se pregun-
taba y daba seguridad a quien hacía la pregunta. Cuando se pregunta «¿a
ti quiénes te gustan, las mujeres o los hombres?», se busca una respuesta
que elimine la duda, ese no saber dónde situar a esa persona sexualmente.
No poder etiquetar algo representa una amenaza por la incertidumbre que
genera (Storr, 1999).
Las etiquetas proporcionan una zona de confort que hace que las perso-
nas se sientan tranquilas. Son las etiquetas las que dan lugar al síndrome
electoral basado en «esto o lo otro» (Klein, 2014). La bisexualidad rompe
ese etiquetado, siendo esa ausencia de etiqueta la que genera temor.
También se ha considerado una orientación sexual a medio camino entre
la homosexualidad y la heterosexualidad para ser evocada como el nombre
propio de un deseo que no se limita a la erotización de un género (Klesse,
2011). Este autor señala que muchas personas consideran la bisexualidad
como un estado transitorio debido a una desorientación en materia de se-
xualidad. En las relaciones monógamas puede generar ansiedad en la pa-
reja temerosa de que, en algún momento, cambie su orientación sexual.
La bisexualidad no es aceptada si no entra en los esquemas cognitivas
de la gente, y el resultado es su negación, invisibilidad y el deseo de des-
cubrir la «verdadera» orientación sexual (Macalister, 2003). Hay quienes
consideran que la invisibilidad de la bisexualidad es una forma de bifobia
ya que la identidad sexual de las personas es definida binariamente por el
género por el que son atraídas sexualmente: hacia personas de distintos
sexo o hacia personas del mismo sexo, lo cual deja fuera a esta orientación
(Barker, y otros, 2012).
Existe una asociación entre orientación sexual y género. A los gays se
les asocian características femeninas y a las lesbianas masculinas. El pro-
blema de la bisexualidad es que no se sabe que características genéricas
asociarle al sujeto bisexual. Esto significa que no se puede disociar el sexo,
ni la orientación sexual, del género.
65
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Por último, está la pansexualidad, que es una atracción sexual que cues-
tiona la dicotomía mujer/hombre como base de la atracción sexual. En mu-
chas ocasiones se confunde con la bisexualidad, aunque quienes defienden
la diferencia entre ambas se basan en el género como delimitador. En la bi-
sexualidad se siente atracción por mujeres-femeninas y por hombres-mas-
culinos al mismo tiempo. La atracción se siente por igual hacia los hom-
bres y las mujeres y por personas tanto masculinas como femeninas, es
decir, que se siente atracción por cualquier persona con independencia de
su sexo o de su rol de género.
... se distingue por la atracción sentimental, estética, ro-
mántica o sexual independientemente del género, edad o sexo
de otras personas, así como toda práctica sexual (Sandoval
Calle, 2016).
De las cuatro orientaciones sexuales analizadas, la heterosexualidad
encarna la normalidad estadística. Eso ha hecho que haya autores/as que
denominan a las otras tres como «sexualidades periféricas». Estas orien-
taciones han hecho oír su voz al reivindicar su reconocimiento social y el
derecho a su existencia. La teoría queer surgida en los noventa a partir de
los escritos de Michel Foucault, del deconstructivismo de Jacques Derri-
da, y de las ideas sobre lesbianismo de Monique Witting y Adrienne Rich
(Rendón, 2016), supone la transgresión de la heterosexualidad institucio-
nalizada como opresora de quienes sienten de manera diferente con la fina-
lidad de desestabilizar el sistema, lo que la vincula con otros movimientos
sociales como los antirracistas, antibélicos o antiglobalización (Fonseca
Hernández & QuinteroSoto, 2009). Esta teoría parte de que la orientación
sexual y la identidad sexual o de género son construidas socialmente. Por
tanto, no hay papeles sexuales determinados biológicamente en la natu-
raleza humana, sino formas socialmente variables de representar uno o
varios papeles sexuales (Acfilosofía, 2014).
4.5. Las relaciones sexuales
De Barbieri señala que las relaciones sexuales no son solo un intercam-
bio químico para la reproducción de la especie, sino que se trata de un con-
junto de formas de relacionarse los seres sexuados entre sí que dan lugar
a una serie de intercambios con un significado determinado (de Barbieri,
1993).
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Ilustración 27. Relaciones sexuales entre diferentes tipos de sexos
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La elaboración de esos significados es necesariamente social al ser la
interpretación que una pluralidad de personas hace respecto a un hecho
concreto. Ahora bien, que el hecho sea interpretado por la sociedad no sig-
nifica que dicha interpretación sea elaborada consciente y razonadamente.
La mayoría de las veces estas interpretaciones forman parte de respuestas
intuitivas de carácter emocional que se ponen en marcha tratando de cal-
mar la inquietudes a las que el hecho en sí pudiera dar lugar.
El ejercicio de la sexualidad compartida debió tener un carácter pro-
miscuo antes de las revoluciones neolíticas. Esta afirmación se basa en el
desconocimiento de los mecanismos de la reproducción, entre los que se
incluye la paternidad biológica.
Como ya se ha comentado, las relaciones sexuales tienen dos finalida-
des: la reproducción y el placer. Si los antepasados prehistóricos desco-
nocían la forma en la que se lleva a cabo la reproducción, no podían vin-
cularla con el ejercicio de la sexualidad entre mujeres y hombres. En este
contexto, las relaciones sexuales placenteras de todos los individuos entre
sí eran el escenario lógico, pues no existía ninguna causa que indujera a su
regulación o limitación.
La conciencia masculina de la reproducción cambió dicho escenario.
En el capítulo I de este estudio se incluían como causas de la desigualdad
entre mujeres y hombres, el descubrimiento de la paternidad biológica y
el proceso de sedentarización. Estos hechos afectaron profundamente la
forma de entender la sexualidad y las relaciones sexuales.
Desde la óptica de la reproducción el descubrimiento de la paternidad
biológica tuvo importantes repercusiones sobre la organización de la se-
xualidad humana debido a la imperceptibilidad de la misma.
Las primeras consecuencias para el desarrollo de la sexualidad femenina
y masculina fueron:
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
• El nacimiento de dependencias mutuas entre las mujeres y los hombres.
• El control de la sexualidad femenina.
• La demisexualidad de las mujeres y la promiscuidad de los hombres.
• La primacía de la heterosexualidad en el discurso social.
• La división de las mujeres en función de su sexualidad.
• La violencia sexual de los hombres contra las mujeres.
4.5.1. Dependencias mutuas y control de la sexualidad femenina
La primera consecuencia fue la generación de dependencias mutuas: de
los hombres respecto de las mujeres para conocer su participación en la
reproducción, y de las mujeres respecto de los hombres para el ejercicio
de su sexualidad.
La paternidad, al no ser perceptible por ninguno de los sentidos, la torna
en una idea en la que hay que creer. Este hecho hizo a los hombres depen-
dientes de las mujeres pues necesitaban que la mujer, que sí sabe que está
embarazada, les informase acerca de ello. Esto requería que se fiasen de
la información recibida ya que no podían tener la certeza empírica de la
misma. La imperceptibilidad paternal debió suscitar dudas en los hombres
¿cómo saber si ese/a hijo/s es mío/a o no?
Ilustración 28. Duda hamletiana sobre la paternidad biológica
¿Ser o no ser
¿ ?padre?
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Afortunadamente para el colectivo varonil, las pruebas de ADN han ve-
nido a despejar esas dudas, pero son muy recientes en la historia de la
humanidad y desde luego, inexistentes en el periodo en el que se tomó
conciencia de la paternidad biológica.
68
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
La única forma de intentar controlar la veracidad de la paternidad era
limitando la promiscuidad de las mujeres, lo que supuso el control de la
sexualidad femenina (de Barbieri, 1993; Rosado Millán, 2011).
Ese control se llevó a cabo por diversos medios que van desde la pe-
nalización del adulterio hasta la ablación, pasando por la exaltación de
la castidad femenina. Hubo incluso un medio de control que implicaba la
mutilación genital de los varones: los eunucos; cuya emasculación podía
ser total o parcial, pues su función principal era la vigilancia de las mujeres
sin que pudieran reproducirse con ellas.
Figura 7. Diversos sistemas de control de la promiscuidad femenina
adulterio
sumisión ablación
vendado control vigilancia
pies eunucos
sexualidad
femenina
cinturón madres medios
castidad solteras comunicación
Fuente: (Rosado Millán, 2011)
Este control fue dando paso a lo que se podría denominar una «anti-
sexualidad» femenina debida a la represión, al tiempo que hizo dependien-
tes a las mujeres de un solo hombre para su disfrute sexual.
El control estaba ideado para las relaciones heterosexuales, ya que no
afectaba a las relaciones que las mujeres pudieran mantener entre sí, si
bien hay poca información al respecto, pues como casi todas las cuestio-
nes relacionadas con la feminidad, estas relaciones estaban ocultas bajo el
manto de la invisibilidad. Por el contrario, a los hombres se les incentivó
en el mantenimiento de relaciones sexuales múltiples porque no afectaba
al conocimiento de la progenitura (la madre siempre sabe que lo es).
Estos dos hechos dieron lugar a un desarrollo de la sexualidad diferen-
cial por sexo.
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4.5.2. Demisexualidad femenina y promiscuidad masculina
La represión de la sexualidad dio lugar a la demisexualidad femenina ya
que su atracción sexual estaría condicionada por la estabilidad y pureza de
la relación.
La demisexualidad (del sufijo en inglés demi-, «a medias», y
del latín sexus, «sexo») es un término acuñado por la Asexual
Visibility and Education Network para referirse a la atracción
sexual que se manifiesta exclusivamente hacia personas con
las que previamente se han desarrollado lazos emocionales
fuertes, estables o de cierta duración (Wikipedia, 2017).
Esta asociación entre afecto, estabilidad y amor sigue presente en la ac-
tualidad a pesar de los cambios que se han operado en los discursos sobre
la sexualidad femenina. Las mujeres se sienten más libres sexualmente
pero sus relaciones siguen estando marcadas por esa idea de amor román-
tico especial con un hombre determinado.
Con los hombres ocurrió todo lo contrario. Se les valoró por su capa-
cidad de inseminación, dando lugar a la gestación de un pensamiento de
promiscuidad ligado a la condición de hombre. Así aparece reflejado en
los primeros códigos babilónicos, como el de Hammurabi, a través de la
regulación legal de la poligamia.
La contribución de los hombres al crecimiento de la especie consistía
en la inseminación del mayor número de mujeres posible. Esta forma de
desarrollo de su sexualidad fue dando lugar a la «naturalización» de la
promiscuidad masculina. La inclusión en el imaginario colectivo de este
esquema sexual surgió hace 10.000 años, pero su penetración fue muy
eficaz ya que ha llegado hasta nuestros días.
La biología, la medicina y la psicología vinieron a reforzar esta creencia
apelando de nuevo a la genética y a la testosterona. La sociobiología sos-
tiene que el comportamiento está determinado por causas que permiten la
expansión de los genes, siendo esta la causa de la diferente sexualidad de
los machos y las hembras humanos. Sin embargo, no es la supuesta expan-
sión genética de los mejores lo que origina el comportamiento humano,
sino las soluciones que ante determinados hechos una sociedad pone en
práctica.
Los argumentos biológicamente deterministas conducen a
políticas conservadoras justificadoras del orden social exis-
tente y, en casos extremos, puede llevar a intervenciones bio-
70
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
lógico-médicas, cuyo control escapa, en la mayoría de las
ocasiones, a sus usuarios/as (Pérez Sedeño, 2008).
Esta forma diferente de concebir las relaciones sexuales de las mujeres
y los hombres no se basa en razones genéticas, sino que tuvo su origen en
la necesidad de un crecimiento demográfico rápido en momentos de ex-
pansión territorial, expansión que vino dada por la dependencia territorial
para la subsistencia. Los datos que avalan esta afirmación se sustentan en
la regulación legal de la poligamia que garantizaba poder tener muchos
hijos. Además del código de Hammurabi, en el Pentateuco, aunque no se
regula la poligamia como tal, se da por hecha su existencia. En el Génesis
16:1–17:27 se describe cómo Sara, la mujer del patriarca Abraham, al ser
estéril, le propone a este que tome a su sirvienta Agar para que le dé un
hijo, que será Ismael. En la Enciclopedia Judía se describe esta práctica
como un hecho justificado por la necesidad de tener hijos/as generalmente
cuando la primera mujer no los/as podía tener, costumbre que permanece
en la ley mosaica (Greenstone, 2011). Las limitaciones de la que era objeto
esta práctica no suponen que no existiese como tal.
El cristianismo no se pronuncia en una primera instancia sobre esta
cuestión, siendo la Iglesia de Roma la que prohíbe su práctica, si bien con
cierta tolerancia por parte de algunos padres de la Iglesia como San Agus-
tín (354-430), en cuyo libro El matrimonio y la concupiscencia, justifica
la poligamia de los patriarcas en el mismo sentido que lo hace la Enciclo-
pedia Judía, por el deseo de aumentar la prole, no el de cambiar de placer
(San Agustín, 2018). Esta visión es compartida por la Reforma Protestante
de Lutero (Gage, 1893). Entre los árabes se sabe que la poligamia existía
entre las tribus paganas, y en el Islam se reconoce como tal, si bien se
establecía un límite en cuanto al número de esposas que se podían tener
(Women In Islam, 2018).
El fenómeno contrario a la poligamia es la poliandria, es decir, una mujer
con muchos hombres. En este caso la población decrecería. Sin embargo,
hasta épocas muy recientes las sociedades, en general, no han sentido la
necesidad de disminuir el número de sus miembros, y cuando lo ha hecho
no ha utilizado este sistema. Además, la poliandria presenta otro problema:
no se sabría quién es el padre de los/as hijos/as.
4.5.3. Crecimiento demográfico: primacía de la heterosexualidad
El nuevo modelo de organización y funcionamiento social, el patriarca-
do, requería un crecimiento demográfico rápido por cuestiones producti-
vas y defensivas. En una época en la que la guerra se convirtió en una de
las actividades de la vida diaria, el crecimiento de la población garantizaba
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disponer de suficientes efectivos para llevarlas a cabo. Para que dicho cre-
cimiento tuviese lugar se necesitaban muchas mujeres, cosa que no ocurría
con los hombres, de los que se podía prescindir más.
Mujeres y varones son imprescindibles para la fecundación, pero solo el
cuerpo de las mujeres proporciona al huevo fecundado su supervivencia,
hecho que continúa siendo así por el momento10. Es por ello que cualquier
grupo que desee perpetuarse tiene que asegurar la existencia de un cierto
número de mujeres en edad fértil que puedan reproducir la vida (de Bar-
bieri, 1993). Esta fue una de las razones por las que se las protegió espe-
cialmente y por la que los hombres asumieron las actividades de riesgo
(Lerner, 1986).
Las inquietudes generadas por los nuevos descubrimientos transforma-
ron a las mujeres en «úteros andantes» y los hombres en «sementales».
Las primeras quedaron atadas a la «maternidad», reforzada por la función
de cuidadoras al quedarse intramuros de las ciudades para su protección.
Los segundos tenían que poner su semilla entre combate y combate y estar
siempre disponibles para la «siembra», lo que les hizo exaltar sus prácti-
cas sexuales basadas en la atracción visual al margen de las necesidades
afectivas.
Ilustración 29. Inseminador haciendo gala de sus atributos
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Estos hechos afectaron profundamente a la sexualidad de hombres y
mujeres que comenzaron a desarrollarse de manera diferencial. Mientras
que las primeras veían reprimidos sus deseos sexuales, es decir, eran entre-
nadas para «esconder» sus necesidades de placer, los segundos eran incen-
10 Las transformaciones que se están produciendo en materia reproductiva hacen posible que en el
futuro se pueda reproducir la vida fuera del útero materno.
72
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
tivados a desarrollarlos, teniendo en cuenta además, que el ejercicio sexual
por parte de los varones requiere su previa excitación y necesita una cierta
estimulación. Si se tiene en cuenta que todo ello tuvo lugar bajo la domina-
ción masculina, las mujeres fueron concebidas como objetos pasivos cuya
selección correspondía a los hombres.
Serían ellos los que dirigirían la reproducción y los que dominasen en la
familia. De hecho, la palabra patriarca proviene de «descendencia y fami-
lia» y de «mando». El resultado fue que las madres quedaron subordinadas
a los padres. La falta de perceptibilidad de la paternidad se vio compensa-
da con autoridad e imposición de la voluntad.
Este diferente enfoque de la sexualidad influyó también en la orienta-
ción sexual. Anteriormente no se puede saber cómo ejercieron su sexua-
lidad los antepasados remotos en función de su sexo, pero no hay nada
que induzca a pensar que las relaciones entre personas del mismo sexo no
tuviesen lugar. Sin embargo, la necesidad de crecimiento demográfico hizo
que la reproducción se convirtiese en la finalidad principal de las relacio-
nes sexuales, dando lugar a la exaltación de la heterosexualidad, que pasa-
ría a formar parte de los discursos dominantes, al tiempo que tenía lugar la
estigmatización de las prácticas sexuales que no tuviesen como finalidad
la reproducción. A partir de entonces, la sexualidad se utilizó como una
forma de control social.
No obstante, a pesar de la importancia que adquirió la reproducción en
las sociedades que necesitaban crecer, no significó la anulación del placer
como finalidad de la sexualidad compartida cuya ideación estuvo princi-
palmente dirigida por la dominación masculina. Fueron los hombres los
que impusieron las reglas del juego sexual, los vinculados a la acción, a la
libre elección de las parejas y a la definición de sus características perso-
nales en materia sexual.
4.5.4. La división de las mujeres: las madres y las putas
Fue precisamente la búsqueda de placer lo que diferenció a las mujeres
desde el punto de vista sexual. Una parte de ellas fueron educadas en la
represión de su sexualidad mientras que otras la vieron incentivada. Surgi-
rían así dos modelos: la «madre» que debía asegurar en todo momento la
progenitura varonil; y la «puta», cuya misión consistiría en dar placer a los
hombres sin que importase quién fuese el padre de sus hijos/as.
A finales del periodo prehistórico los clanes matriarcales
empiezan a ser desplazados por sociedades patriarcales don-
de se hace énfasis en la diferencia entre la esposa o madre
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
de familia y la prostituta. Una garantiza la línea sucesoria
de padres a hijos, la otra es una fuente de placer. (Talleyrand
Rodríguez, 2016)
En la Grecia Clásica, sucedía algo similar a lo narrado por Talleyrand.
Las mujeres griegas tenían una función meramente reproductiva a excep-
ción de las hetairas, que sí tenían una conducta sexual orientada al placer
(Wolf, 2013).
Esta división daría lugar al fenómeno de la prostitución y orientaría las
relaciones sexuales de mujeres y hombres desde el punto de vista de la
vinculación emocional de dichas relaciones.
Se suele considerar la prostitución como el oficio más antiguo del mun-
do. En realidad el más antiguo fue la recolección, actividad que ocupaba
buena parte del tiempo de nuestros antecesores remotos. El hecho de con-
siderar la prostitución como un oficio y dotarla de tal antigüedad viene a
justificar su existencia como algo inherente a la naturaleza humana, cuan-
do en realidad fue una construcción social (Lerner, 1986), derivada de las
nuevas necesidades que tuvieron lugar como consecuencia de los cambios
ocurridos por la sedentarización.
En su origen, diversos/as autores/as consideran que la prostitución estu-
vo muy vinculada a la religiosidad. Sin embargo, en un minucioso estudio
sobre el significado de las palabras sumerias que se asocian con las muje-
res y los hombres al servicio de los templos, se pone en duda de que fuesen
prostitutas/os y que la prostitución tuviera connotaciones religiosas:
La llamada prostitución sagrada del oriente antiguo pro-
bablemente nunca existió como tal, sino que fue creada como
un constructo propagandístico en el antiguo Israel y en las
narraciones legendarias griegas y patrísticas. (Rubio, 1999)
Lerner señala que se daban dos tipos de prácticas sexuales en los tem-
plos o cerca de ellos: las vinculadas al rito religioso y las comerciales; y
pudo ser el hecho de que las prostitutas se situasen cerca de los mismos
para que se estableciese una conexión entre la prostitución comercial y
los ritos religiosos (Lerner, 1986, págs. 244-45). Pudiera ser que la pros-
titución comercial derivara de la esclavitud femenina y de la formación y
consolidación de las clases sociales. Otra de las causas que señala Lerner
es el empobrecimiento del campesinado, que pudo utilizar la prostitución
como medio de pago de sus deudas.
La separación entre las mujeres «respetables» y «no respetables» se
deduce, según Lerner, de la regulación de las leyes medio-asirias en las
74
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
que aparece una distinción en el vestir entre ambos tipos de mujeres: las
mujeres casadas debían salir a la calle veladas, mientras que las mujeres
promiscuas no podían llevar velo.
Es interesante resaltar que en estas leyes se castigaba a los hombres
que no ejerciesen bien la vigilancia de sus mujeres sobre la obligatoriedad
de llevar o no llevar velo. No dejaban de ser sistemas de control de la se-
xualidad femenina, porque no se castigaba al hombre por el ejercicio de
su sexualidad, sino por no vigilar la sexualidad femenina en las debidas
condiciones.
Desde esos momentos hasta la actualidad, la prostitución femenina ha
sido concebida de manera negativa como una actividad estigmatizada, pero
que justifica su existencia por la mayor necesidad sexual de los varones.
Esta creencia está muy relacionada con la emotividad de las relaciones
sexuales, es decir, con la demisexualidad versus la promiscuidad.
Hasta ahora, las referencias acerca de la prostitución están relacionadas
con las mujeres, pero ¿había prostitución masculina? El problema es que
hay mucha menos información al respecto. No obstante, se sabe que exis-
tían prostitutos desde la antigüedad, pero al igual que con el resto de las
actividades y funciones sociales, la prostitución masculina estaba marcada
por la jerarquía social, pues este tipo de prostitución se daba entre hom-
bres, ya que aquel que comercia con su cuerpo a demandas de una mujer a
cambio de dinero o bienes, no se ha dado con carácter general en la historia
(Jaramillo Antillón, 1997). En algunos templos babilónicos existía prosti-
tución masculina sagrada, similar a la ejercida en la India hasta la época
moderna, aunque el resto de la prostitución masculina no estaba bien vista
(Rhay, 2011).
Sí parece que existió una prostitución masculina homosexual. No obs-
tante, no hay registros históricos suficientes que permitan inferir que se
trataba de una práctica comercial habitual como en el caso de la prostitu-
ción femenina, por lo que se deduce que eran una actividad minoritaria.
Desde el momento en el que las mujeres eran reprimidas sexualmente y
los varones incentivados a la promiscuidad por las razones expuestas an-
teriormente, ellos tenían necesidad de mujeres enfocadas al placer que no
perturbasen la misión reproductora de la madre, situación que no se daba
al contrario, por las mismas razones. No había demanda femenina de hom-
bres para el placer y, si la había, era de carácter episódico. Si las mujeres
buscaban ese placer no lo hacían comprando los servicios sexuales de los
hombres. Bastaba con que lo pidiesen sin más. Hay que recordar que a los
hombres se les educaba para estar siempre dispuestos sexualmente.
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
4.5.5. La violencia sexual: origen de la violencia contra las mujeres
Las relaciones entre los hombres y las mujeres fueron de dominación a
nivel general y particular. El poder requiere, además de la persuasión, el
uso de la coacción y la fuerza y los hombres las utilizaron en contra de las
mujeres de diversas formas, una de las cuales fue el ejercicio de la violen-
cia sexual. Este tipo de violencia parte de la base de la «cosificación» de
las mujeres al ser concebidas como una propiedad más de la que se puede
disponer libremente.
Como ya se explicó en el apartado 2.2., las primeras manifestaciones de
la violencia sexual contra las mujeres se encuentran en torno a la esclavi-
tud femenina, ya que las mujeres de los pueblos vencidos eran utilizadas
para la reproducción. Existen numerosas referencias a las esclavas como
madres de hijos/as de patriarcas en los códigos legales de las primeras ci-
vilizaciones y en el Antiguo Testamento.
Como esclavas que eran no tenían ningún derecho de oposición a cual-
quier deseo de los amos entre el que se encontraba precisamente el deseo
sexual. Pero los matrimonios elegidos o forzados por el patriarca de la
familia tampoco permitían la oposición femenina, hecho que también tuvo
su incidencia en el desarrollo de su sexualidad. El deseo sexual, que ne-
cesita de una afinidad química entre dos personas para que sea placentero,
debió estar ausente para muchas mujeres forzadas a mantener relaciones
sexuales. Es cierto que los hombres jóvenes de la familia podían verse
obligados al matrimonio también, pero la dominación masculina hacía que
esos hombres tuviesen capacidad de elección del momento en el que ejer-
cer el sexo, así como del ejercicio de su sexualidad fuera del matrimonio,
cuestión que no les estaba permitida a las mujeres.
En las más antiguas fuentes cuneiformes, la celebración del
matrimonio figura como la compra de la mujer. Por regla ge-
neral, está también indicada la cantidad (en acadio tirkhatum
o terkhatum) que debía pagar el novio a su futuro suegro. La
naturaleza del tirkhatum no se ha puesto aún en claro. Algu-
nos ven el él el precio de la novia; otros, un depósito que de-
bía asegurar el futuro contrato matrimonial; también ha sido
considerado como una cantidad que serviría para asegurar
la situación económica de la mujer en caso de divorcio o de
muerte del marido. Finalmente, se le ha interpretado como
una indemnización por la pérdida de la virginidad. El tirkha-
tum no solía ser muy elevado. Habitualmente, no era mayor
del precio que se pagaba por una esclava. (Klíma, 2007)
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Sea cual fuese la naturaleza del tirkhatum, lo que resulta evidente es que
la transacción matrimonial era entre el novio y el padre de la novia. Esta
era una convidada de piedra. No tenía capacidad de decidir nada. ¿Qué
ocurriría en caso de que una mujer no tuviese ninguna gana de tener rela-
ciones sexuales con un hombre no elegido por ella? Que tenía que cumplir
con sus «deberes» de esposa, es decir, tener sexo cada vez que él lo deman-
dase, situación reforzada por el derecho normativo.
El código de Hammurabi recoge la penalización a la mujer que se ne-
gase a cumplir con el deber conyugal, penalización que consistía en ser
arrojada al río, lo cual supone la legitimación legal del uso de la fuerza
para conseguir que la mujer cumpliese con su «deber conyugal».
La transformación de la mujer en un «objeto» que aparece reflejada en
estos primeros códigos legales reviste gran importancia, pues fueron la
avanzadilla que posteriormente sería continuada por otras civilizaciones y
está en la base de la violencia contra las mujeres.
Este hecho está directamente relacionado con la violación de mujeres y
la prostitución femenina desde el momento en el que el sexo se convierte
en algo obligatorio a instancias del hombre; y desde el punto de vista mas-
culino supone la socialización del varón en la libre elección del momento
en el que ejercer la actividad sexual, así como la concepción de la mujer
como un objeto.
La violación de mujeres proviene de los primeros conflictos bélicos,
algo incentivado en el caso de los pueblos vencidos. Estas mujeres forma-
ban parte de la cohorte de esclavas sexuales utilizadas para el crecimiento
demográfico.
Históricamente las leyes matrimoniales y las leyes de vio-
lación se entrelazaron a partir de la figura del varón, dueño,
señor y jefe de familia. Era permitido capturar y violar a las
mujeres de otras tribus mientras que no lo era con las mujeres
de la misma tribu a la que pertenecía el varón. El desvalor
no era la conducta sexual, sino que la usurpación de la po-
sesión y del derecho tribal al control del acceso sexual de las
mujeres, concebidas como parte de las posesiones del varón.
El matrimonio, establecía la ley, se consumaba a través de la
desfloración de la mujer y de pruebas ceremoniales de su vir-
ginidad. La violación criminal se refería a la destrucción de la
virginidad fuera del contrato matrimonial, pues en este no se
concibe su existencia. La definición de la violación se amplió
desde el punto de vista del objeto poseído con el desarrollo
histórico del matrimonio: no constituyó violación el acto de
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certificación de virginidad que el señor feudal verificada con
la futura cónyuge de un vasallo, asimismo de la relación con
el dueño, por la violación se amplió para aceptar la falta de
castidad de la cónyuge, extendiéndose hasta aquellas mujeres
no vírgenes. [...] La garantía de impunidad a los maridos que
fuerzan sexualmente a sus cónyuges es tan antigua como el
origen de la violación.
[...] Pese a los siglos transcurridos, a finales del siglo XX,
la violación permanece aún ligada a los antiguos conceptos
patriarcales de propiedad. (Fries & Matus, 2000)
En el Antiguo Testamento se pone de manifiesto también la violencia se-
xual contra las mujeres entre las que figuran: la violación de mujeres (Gé-
nesis 34 1-5); la captura de mujeres vírgenes como botín sexual (Números
31 1-18); Lot ofreciendo a sus hijas a los sodomitas para ser violadas en
sustitución de los ángeles reclamados por aquellos (Génesis 19; Jueces
19:22-30) (de León Azcárate, 2009).
En este sentido se pronuncia también Millet cuando afirma que el pa-
triarcado se basa en el uso de la fuerza y la violencia sexual sobre las
mujeres, entre la que se incluye la violación como uno de sus mecanismos
(Millet, 1995).
Resulta evidente que la violencia sexual contra las mujeres fue un hecho
desde la instauración de sistema patriarcal y ha continuado hasta el mo-
mento actual en los lugares con conflictos bélicos11. Además, su proyec-
ción fue más allá de su ejercicio sobre las mujeres de los pueblos vencidos
extendiéndose a cualquier mujer con la que no se tenía ningún tipo de
relación, como lo demuestran los casos de violaciones y muertes que se
producen a lo largo de todos los países del mundo12.
En algunos casos, se ha avanzado en la conciencia de determinadas
violencias sexuales contra la mujer, como en el caso de la violación dentro
del matrimonio o la condena de este tipo de actuaciones, pero los hechos
demuestran que estos actos se siguen produciendo a nivel mundial y el
problema no remite.
La OMS, sin carácter exhaustivo, incluye dentro de la violencia sexual
contra las mujeres:
• La violación: en el matrimonio, en citas amorosas o sistemática.
• Las insinuaciones sexuales no deseadas.
11 Uno de los ejemplos más difundidos fue el de la violación de las alemanas por las tropas rusas al
ir entrando estas en las ciudades conquistadas.
12 La violación de mujeres es una práctica endémica que se sigue practicando en todos los países
del mundo.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
• El acoso sexual: en la escuela, el lugar de trabajo, etc.
• La esclavitud sexual.
• El abuso sexual de personas física o mentalmente discapacitadas.
• El abuso sexual de niñas
• Las formas «tradicionales» de violencia sexual: el matrimonio o la
cohabitación forzada, la «herencia de viuda».
• Otras formas de violencia particularmente comunes en situaciones de
conflicto armado, como la fecundación forzada. (WHO, 2014)
4.5.6. La pornografía
Etimológicamente la palabra pornografía deriva del griego πόρνη (por-
ne), que significa cortesana-prostituta-promiscua y γράφειν (grafein), que
significa escritura-descripción. Esta palabra no fue empleada hasta el si-
glo xviii para indicar las representaciones implícitas de los órganos o los
actos sexuales (Marzano, 2006).
Las representaciones de la figura humana vinculadas a su sexualidad
son antiguas, pues ya en el Paleolítico abundan en Eurasia las estatuillas
de mujeres con los caracteres sexuales muy exagerados, si bien sin las con-
notaciones que tiene la pornografía en la actualidad. Como corresponde a
la época, esas representaciones estaban relacionadas con la reproducción
más que con el placer propiamente dicho.
La pornografía, tal como la conocemos hoy en día, surgió
con la aparición de la fotografía. Pocos años después de que
Daguerre inventara su daguerrotipo ya se hacían las primeras
fotos de desnudos y las primeras fotos de parejas en el momen-
to del coito. En Gran Bretaña existe una fotografía tomada
hacia el año 1890 que muestra una mujer realizando sexo oral
a un hombre, en lo que sería la primera foto pornográfica en
un país anglosajón. La invención del cinematógrafo amplió
aún más la producción de pornografía, sobre todo después de
la Segunda Guerra Mundial. En los Estados Unidos, la llama-
da revolución sexual de los años sesenta permitió que temas
de sexualidad se trataran más abiertamente. Una consecuen-
cia indirecta de estos cambios sociales fue el aumento en la
producción gráfica de material de contenido erótico. Hacia la
década de 1970 se produjeron una serie de películas que atra-
jeron gran número de espectadores al género pornográfico,
entre ellas Deep Throat (Garganta Profunda), Taboo e Inside
Jennifer Wells (Quiralte, 2013).
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
La mayor apertura a la sexualidad que tiene lugar durante los años se-
senta del siglo xx es objeto de críticas por parte del feminismo radical al
observar que es utilizada, a través de la pornografía, para mayor placer
de los hombres. Prada señala los debates que dentro del feminismo han
existido y existen respecto a la pornografía. Por una parte, la corriente anti
pornografía considera que mediante ella se construye lo que es una mujer:
una cosa al servicio sexual de los hombres [...] es necesario acabar con
la pornografía, no porque sea obscena y atente a la moral, sino porque
es una práctica política de dominio y viola los derechos civiles de las
mujeres. Continúa esta autora afirmando que la pornografía reproduce
invariablemente papeles fijos para hombres y mujeres: los primeros apa-
recen siempre como poseedores de las segundas. Activos y pasivas. Domi-
nadores y dominadas (Prada, 2016). Pero quizá lo más importante, desde
el punto de vista del desarrollo de la sexualidad y de las relaciones sociales
en igualdad, es que la pornografía ilustra acerca del placer masculino. Las
mujeres han de hacer aquello que los hombres han definido que forma par-
te de su placer, con independencia de las necesidades sexuales específicas
que estas puedan tener.
Pero también existen las defensoras de su existencia, ya que lo impor-
tante no es eliminarla sino incluir el punto de vista femenino en las repre-
sentaciones pornográficas destinadas a aumentar el placer de las mujeres
(Vance, 1989), algo en lo que coinciden Williams et al. (Williams, Wi-
lliams, & Post, 1993). A partir de Sprinkle y el post porno (Sprinkle, 1998).
La post-pornografía no provoca que la pornografía desapa-
rezca, sino que plantea una revisión crítica de sus preceptos
y mecánicas y una reelaboración de sus productos. En este
sentido es que a partir de la aparición del post-porno se puede
establecer una historia y comenzar a analizarla como un fenó-
meno cambiante, que adquiere nuevos matices, no solo a nivel
de estilo, sino a nivel de contenido ideológico (Egaña, 2012).
Lo problemático de la pornografía es la representación del individuo
que ofrece y que sigue estando orientada bajo el prisma de la dominación
masculina. A través de ellas se ve una representación estereotipada de los
sexos que no se corresponde con la práctica sexual diaria de los indivi-
duos. Teniendo en cuenta que el género sigue presidiendo la vida en todas
sus vertientes, en la pornografía no iba a ser menos. Ello significa que a
través de la misma se refuerzan los estereotipos de género en materia se-
xual, lo que sigue haciendo que la aproximación sexual entre las mujeres
y los hombres sea desigual.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
No obstante, se han producido cambios debidos a las demandas de
las mujeres relacionadas con sus necesidades de placer y al movimiento
LGTB al incluir la pornografía en relaciones entre personas del mismo
sexo (Williams, Williams, & Post, 1993).
4.6. La evolución de la sexualidad entre las mujeres y los hombres
El patriarcado, al estar basado en la dominación, necesita un sistema
de control que le permita perpetuarse. Este lugar fue ocupado por la re-
ligión que tuvo un lugar prominente en lo que a dicho control se refiere.
La religión monoteísta hebrea fue la primera en legitimar el discurso he-
teropatriarcal. Es a partir de entonces, cuando se condena la promiscuidad
femenina, la sodomía o el bestialismo.
Ilustración 30. Relaciones heterosexuales
Fuente: María Jesús Rosado Millán
A partir del Renacimiento, la Ilustración y la caída del Antiguo Régi-
men, la medicina y la biología vuelven otra vez a centrar la atención en
las diferencias hormonales entre las mujeres y los hombres para explicar
la sexualidad humana y las relaciones sexuales. A lo largo del siglo xix
la medicina ofrece a la burguesía una nueva legitimidad para el control
social de los disidentes. [...] El modelo de normalidad sexual definido por
la medicina a lo largo del siglo xix es un modelo heterosexual reproduc-
tivo y moral (Guasch, 1993). A partir de entonces, será la ciencia médica
y psicológica la que retome el control social de lo diferente que actuará
sobre el individuo, ignorándose el contexto social que el que este vive y se
desenvuelve.
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
4.6.1. La sexualidad dentro de la revolución científica
La concepción de la sexualidad vinculada a la reproducción siguió pre-
sidiendo los análisis, ahora científicos. Ello dio lugar a la estigmatización
de las relaciones sexuales que no encajasen en dicho modelo. Habría que
esperar hasta los años sesenta en los que la revolución «flower power»
separase la reproducción del placer y la medicina introdujese nuevos en-
foques en el desarrollo de la sexualidad, para que se produjesen cambios
importantes en la práctica sexual de las mujeres y los hombres:
La legitimidad médica para el control social del sexo en-
tra en crisis tras la Segunda Guerra Mundial. Los trabajos
del freudomarxista W. Reich son el primer paso, Alfred Kinsey
aporta el marco científico relativista, y las condiciones históri-
cas de la década de los sesenta hacen el resto. Es el momento
de la llamada revolución sexual. Las sociedades occidentales
avanzadas son ya plenamente democráticas, algunos de los
enfermos (homosexuales, sadomasoquistas, pedófilos) se or-
ganizan y afirman no serlo, la extensión de nuevas técnicas
contraceptivas liberan el sexo de la procreación, y se reivin-
dica su libre ejercicio como instrumento de liberación social
(Op. cit. Pág. 115).
4.6.2. La revolución sexual: el placer
A las ansias de libertad de femeninas y las demandas homosexuales se
unieron, por un lado, el control de las enfermedades venéreas (gracias al
descubrimiento de la penicilina), y por otro, los nuevos métodos anticon-
ceptivos que permitieron, de facto, la separación del placer de la repro-
ducción de una manera mucho más efectiva de lo que hasta ese momento
lo había sido. En esto mismos años la píldora anticonceptiva creada por el
químico mexicano Luis Ernesto Miramontes supuso para las mujeres la
posibilidad de disfrutar de relaciones sexuales con hombres sin temor a un
embarazo. Los métodos anticonceptivos no eran nuevos, pero la píldora
supuso la liberación sexual efectiva de las mujeres. Esa separación de la
reproducción del placer fue uno de los pilares de la crítica de la sexualidad
tradicional predicada por el feminismo radical en los años sesenta.
Las mujeres comenzaron a hablar de su sexualidad, de sus deseos y pu-
sieron sobre el tapete la insatisfacción que muchas sentían al no verla refle-
jada en las imágenes que el cine, la televisión o la pornografía transmitían
al respecto, además de reivindicar su derecho a ser homosexuales. Shere
Hite expresa esta insatisfacción en su Informe sobre la sexualidad femeni-
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
na, y supuso un gran paso de avance en la definición de dicha sexualidad
expresada a través de las propias mujeres (Hite, 2002).
A pesar de ello, la revolución sexual femenina pronto comenzó a sufrir
las injerencias patriarcales al convertir a la mujer en un objeto de deseo
y dirigir la mayor apertura de miras en el terreno sexual a los deseos de
los varones. Es la época de las revistas tipo Playboy o Penthouse en las
que aparece un determinado tipo de mujeres desnudas, junto con artículos
«serios» sobre diversas temáticas (de Miguel Álvarez, 2015). Esta autora
destaca también en los setenta el movimiento hippie con su eslogan «haz el
amor y no la guerra» que proclamaba el amor libre fuera del matrimonio.
Los hijos de los años dorados del capitalismo rechazaron un
bienestar que se producía a costa de la explotación de otros
países, otras razas, otras personas. Haz el amor y no la guerra
fue, en síntesis, el lema de una juventud que quería vivir de
una manera más auténtica las relaciones personales. Drogas,
sexo y rock and roll fue la tríada que reflejaba el rechazo a la
rutina de pasar la vida en el trabajo asalariado de 9 a 5 y la
sentida búsqueda de experimentación con nuevas emociones,
sentimientos y sensaciones. (op. cit. pág. 21)
Las revistas mencionadas ponen de manifiesto la cosificación de la mu-
jer y la atribución al varón de la racionalidad. El hombre la cabeza donde
reside la inteligencia, y la mujer el cuerpo, la materia.
4.7. La evolución de la sexualidad
La segunda mitad del siglo xx fue de grandes cambios en lo que a la
sexualidad humana se refiere. Surgen movimientos que cuestionan la he-
terosexualidad como referente de la normalidad social y comienzan las
reivindicaciones de derechos de las demás orientaciones sexuales.
4.7.1. El movimiento LGTBI
A finales de los sesenta el movimiento LGTBI también contribuyó al
desarrollo de nuevas sexualidades apartadas de la concepción religiosa y
científica hasta ese momento imperante.
Este movimiento dio lugar al estudio y análisis de lo que se conoce
como «sexualidades periféricas», utilizando la terminología de Foucault
relacionadas con la identidad y orientación sexual, y con la conducta se-
xual diferente a la heteronormativa.
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La aparición del psicoanálisis a comienzos del siglo xx con-
tribuyó a reforzar estas visiones medicalizadas de la sexua-
lidad, al proponer que la actividad sexual era expresión de
una pulsión poderosa de origen biológico. Estos conceptos,
al pretender universalidad, aceptaron el carácter fuertemente
normativo de las ideas de la biomedicina y establecieron como
norma general el intercambio genital heterosexual dentro de
las uniones conyugales, suponiendo a las manifestaciones no
conyugales de la sexualidad como periféricas, marginales,
preliminares o desviadas (Szasz, Cáceres, Frasca, Pecheny, &
Terto, 2004).
Como dicen estos/as autores/as, las ciencias sociales vinieron a desmon-
tar este discurso desde una perspectiva crítica, introduciendo la «cultura-
lidad» en la construcción y desarrollo de la sexualidad. Consideran impo-
sible estudiar la sexualidad sin tomar en cuenta las relaciones de género
y de clase, o sin considerar la cultura y las instancias de control social.
Esta perspectiva crítica tiene su origen en las reivindicaciones de quienes
sentían que no encajaban dentro del discurso sexual dominante heteronor-
mativo. Su desarrollo está vinculado al concepto de derecho humano. Es
precisamente esa concepción de la persona como titular de una serie de
derechos la que posibilita que la diferencia aflore y reclame su derecho a
vivir en paz.
Aun así, no se puede considerar que el reconocimiento de los derechos
de las sexualidades periféricas se haya conseguido. Las actitudes sociales
dentro del patriarcado están basadas en la desigualdad, ya sea en el terreno
sexual, económico, político o social. Este hecho impide la igualdad de
todo aquello que se aparta del discurso dominante avalado y apoyado por
el poder. Dichas actitudes se encuentran determinadas por esa estructura
de dominación que el patriarcado representa. Al igual que en el caso de las
mujeres, estas sexualidades están condicionadas por la normatividad im-
puesta por los hombres dominantes. Son estos hombres los que determinan
las prácticas sexuales y los que establecen la escala de bondad-maldad de
las mismas. Normatividad y prácticas que permean estas sexualidades no
heteros, constituidas como marco de referencia general.
Dentro de las sexualidades periféricas se incluyen la homosexualidad, la
bisexualidad y la intersexualidad.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
4.7.2. La homosexualidad
Las relaciones homosexuales son conocidas desde que hay restos es-
critos. En Mesopotamia en la tablilla 104 de Shumma Alu13, una serie de
textos adivinatorios escritos en cuneiforme, hay toda una referencia a la
actividad sexual en Sumer. Según Pangas, no se percibe un tratamiento ne-
gativo de la homosexualidad salvo cuando mediaba violencia en este tipo
de relaciones. Así, en el punto 13 traduce: si un hombre tiene relaciones
por el ano con uno que es su igual, ese hombre tendrá la primacía entre
sus hermanos y sus semejantes (Pangas, 1988). También hace referencia
a la homosexualidad masculina cuando media la fuerza o la violencia, en
este caso con un carácter negativo14.
Ilustración 31. Lesbianas y gays
Fuente: María Jesús Rosado Millán
En la leyes Medio Asirias15, en la nº 20 se castigaban las relaciones ho-
mosexuales masculinas: si un hombre se acuesta con un compañero, y se
lo prueban y constatan su culpabilidad, que se acuesten con él y lo con-
viertan en un eunuco; y en la ley 19: si un hombre, a escondidas, le pone
mala fama a un compañero suyo, diciendo Todos se acuestan con él, o,
durante una riña, le dice delante de la gente: Todos se acuestan contigo,
y añade: Yo puedo probarlo, pero es incapaz de aportar prueba alguna,
o no lo prueba, que le den a ese hombre 50 bastonazos; durante un mes
entero, realizará trabajos forzados al servicio del rey; lo raparán, y abo-
nará 1 talento de plomo (Vaquero, 2014). Este autor, citando a Molina
(Molina, 2000, pág. 23), señala que exceptuando estas dos leyes asirias,
13 Los mesopotámicos solían utilizar las primeras palabras de un documento como título. Las pri-
meras palabras de la estas series son «Shumma Alu» que significa «Si una ciudad».
14 El punto 15 se refiere a las relaciones homosexuales forzadas en la prisión, y los puntos 33 y 34 a
relaciones forzadas con empleados domesticos.
15 Se conservan en dos series de tablillas. La primera, del Reino Medio, en copia del s. xii (¿Tegla-
tfalasar I (1114-1076)?). Semejantes al Código de Hammurabi, muy conocido en Asiria, son más
incompletas. La primera consta de doce tablillas (llamadas A, B, C, etc., hasta O) de las que solo las
3 primeras presentan textos amplios (solo la A está casi completa). Fueron halladas en Asur (Qalat
Sherqat) entre 1903 y 1914. (Fatás)
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ningún otro precepto de las colecciones legales mesopotámicas sancionó
las relaciones homosexuales. Sin embargo, hay autores/as que consideran
que en estas dos leyes no se penalizaba la homosexualidad como tal, sino
la violencia del acto (Pangas, 1988).
Además, la homosexualidad masculina tenía un componente de religio-
sidad que trascendía el plano individual:
Aparte de la homosexualidad más típica, la profana, desde
el 3000 a.C. aprox., se constata en el ambiente político-re-
ligioso (templos y palacios) la presencia de cierta tipología
de sacerdotes músicos y cantores, los assinu («hombres-úte-
ro»), interpretados tradicionalmente como travestidos, homo-
sexuales o castrados, o sea hombres de sexualidad ambigua o
indefinida, que participaban de dos naturalezas (masculina y
femenina) al unísono. (Cantos Bautista, 2010)
En el poema sumerio de Gilgamesh parece deducirse una relación ho-
mosexual entre este héroe y su, primero, rival y luego amigo, Enkidu, que
le acompaña en sus viajes y cuya muerte hace embarcarse a Gilgamesh en
busca de la inmortalidad. Sin embargo, no existe, según afirma Bottéro,
ningún texto claro e indiscutible en este sentido, quien se refiere a esta
relación como una de carácter fraternal (op. cit.).
Figura 8. Epopeya de Gilgamesh. Tablilla sobre el diluvio en acadio. 2500-2000 a. C.
Fuente: Photograph by Mike Peel, 27 June 2010, Wikipedia. British Museum.
Figura 9. Figura de Gilgamesh del palacio de Sargon II (Museo del Louvre).
Fuente: Jastrow, 15 de junio de 2006, Wikipedia
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Las referencias a las relaciones sexuales entre mujeres son escasas en
los textos sumerios. Ya se ha comentado que la dominación masculina que
aparece reflejada en los textos cuneiformes escritos por esta civilización
propició la invisibilidad femenina en todos los ámbitos de la vida haciendo
que las relaciones entre mujeres se encontrasen más escondidas.
La Grecia Clásica ha pasado a la historia por las relaciones homosexua-
les entre hombres adultos y los efebos, ya que formaba parte de la educa-
ción de estos16. En este caso más que de homosexualidad como orienta-
ción, habría que hablar de prácticas sexuales. En Roma también era común
que los hombres libres penetrasen a un esclavo o a un joven. Como se pue-
de observar, las relaciones homosexuales eran también patriarcales pues
la dominación entre los hombres formaba parte de ella: hombres adultos,
independientes y libres sobre jóvenes o esclavos.
Figura 10. Detalle de una vasija de figuras negras ática, del siglo IV a. C.
Fuente: Jastrow (2007). Museo del Louvre. Wikipedia
Figura 11. Detalle en la copa Warren de un joven siendo penetrado por un hombre
Fuente: Marie-Lan Nguyen (2011). British Museum. Wikipedia
En esta época la homosexualidad femenina más visible será a través de
la figura de la poetisa Safo de Lesbos (650-580 a.C.), isla de la que deri-
16 Conocidos son los casos de Aquiles y Patroclo, el de Alejandro Magno y Hefestión, o el de Adria-
no y Antínoo.
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va «lesbiana» y «lesbianismo». Dirigía la Casa de las servidoras de las
musas en la que instruía a las jóvenes casaderas y en la que sus discípulas
aprendían poesía. Es precisamente a través de los poemas de Safo que se
deduce su atracción por alguna de esas jóvenes:
La ambigüedad del lenguaje lírico y erótico, junto a las po-
cas restricciones sexuales de la época, no permiten saber a
ciencia cierta si esas relaciones eran más platónicas o frater-
nales que sexuales pero, sin ninguna duda, Safo es considera-
da a causa de ellas la primera mujer escritora y abiertamente
lesbiana. (Romero)
Esta autora señala que el término «lesbiana» se comenzó a utilizar en
1975 en la Conferencia del Año Internacional de la Mujer al evocar a la
presunta primera colonia lésbica: la de Safo y sus alumnas.
En Oriente la consideración de la homosexualidad era similar. En China,
Pan Guangdan afirma que un gran número de emperadores de la dinastía
Han (206 a.n.e. - 220 n.e.) tuvieron relaciones homosexuales con otros
hombres (Guangdan, Shangai). Solís Fresco señala que la homosexualidad
continuó siendo una práctica habitual que se prolongó durante la dinastía
Ming. Incluso con la llegada de los manchúes, menos proclives a la difu-
sión de temas sexuales, se publicó la primera novela homosexual Pinhua
Baojian y se reconoce la homosexualidad femenina que aparece en las
novelas de Yao Kang Flor de ciruelo en jarrón de oro y Continuación de
Flor de ciruelo en jarrón de oro (Solís Fresco, 2015).
En la América Precolombina la homosexualidad, si bien era condenada
como tal, tenía cierta tolerancia respecto a su práctica.
En todos los casos analizados la homosexualidad podía estar más o me-
nos tolerada pero no existía un imaginario colectivo claramente condena-
torio de la misma. Este hecho vendrá de la mano de la religión hebrea. La
fuente de la ley religiosa judía es la Torah17 que tiene dos versiones, una
escrita y otra oral. La primera del siglo xiii a.C. le fue revelada a Moisés
y se compone de cinco libros: Génesis, Éxodo, Levítico, Número y Deu-
teronomio (para los cristianos, el Pentateuco), que junto con el Libro de
los Profetas y las Sagradas Escrituras componen el Antiguo Testamento.
Estos últimos también contienen importantes revelaciones, pero no tienen
la misma fuerza normativa de la Torah (Signal).
El Corán, revelado al profeta Mahoma (57-632 d.C.), comparte con la
Torah y la Biblia, entre otras, las figuras de Abraham, Moisés o Jesús de
Nazaret, que aparecen mencionados como profetas, así como determina-
17 Literalmente significa «enseñanza de la ley».
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
dos hechos como el diluvio o la expulsión del paraíso de Adán y Eva, y
considera la Torah y la Biblia como libros sagrados.
Uno de los hechos que comparten los textos sagrados de las tres religio-
nes es el relativo a la caída de Sodoma descrita en el Génesis y marca el
paso de la tolerancia de las relaciones sexuales entre personas del mismo
sexo, al de su condena.
Ilustración 32. Lot y Sara huyendo de Sodoma
Fuente: María Jesús Rosado Millán
En el mundo hebreo hay investigadores/as que sostienen que antes de
las leyes mosaicas, la homosexualidad y otras prácticas sexuales no re-
productivas eran aceptadas y tenían funciones religiosas, siendo después
del cautiverio de Babilonia cuando se comenzó a condenar estas prácticas
para diferenciarse de los vecinos cananeos, lo que hizo que en la tradición
hebrea se identificaron determinadas prácticas sexuales con las religiones
paganas de esos pueblos vecinos (Quirós Leiv, 2003). En relación con el
relato bíblico sobre el comportamiento de los habitantes de Sodoma, Hop-
man señala:
… en otros escritos del Antiguo Testamento se presenta mu-
chas veces a Sodoma como un modelo de la decadencia moral
y de un castigo divino, pero que en ninguna parte se explica su
pecado como un mal paso sexual. Una interpretación sexual,
y posteriormente una interpretación homosexual, de la deca-
dencia de Sodoma surge solo en el primer siglo antes de Cristo
dentro del judaísmo. Ésa es la forma en la cual se expresó la
religión israelita bajo las condiciones de régimen helenístico
y su cultura. (Hopman J. , 2000)
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Según este autor, sería la interpretación de la decadencia de Sodoma que
hizo el filósofo y teólogo judío Filón de Alejandría, la que condena la ho-
mosexualidad como una práctica abominable, ya que comparte la aversión
judía hacia este tipo de prácticas sexuales.
El cristianismo heredó estas tradiciones que pasarían a la Iglesia Ca-
tólica. En el año 342 Constantino el Grande promulga una ley en la que
se castiga con la muerte el delito de sodomía. Durante la Edad Media se
siguió persiguiendo la práctica sexual entre personas del mismo sexo, o
más bien entre hombres, ya que sobre las mujeres hay menos información,
siguiendo la tónica general de invisibilidad femenina.
Solo a través de las leyes o sentencias de tribunales eclesiás-
ticos sabemos de su existencia, gracias a los archivos eclesiás-
ticos (sermones, homilías, encíclicas, concilios, catecismos...),
y jurídicos (procesos judiciales, denuncias, sentencias...). Aun
así entre centenares de casos de hombres, el lesbianismo apa-
rece en contadas ocasiones (Anónimo, 2012).
Para el Islam la consideración de la homosexualidad se encuentra tam-
bién vinculada a la destrucción de Sodoma. De hecho, en el Corán los ho-
mosexuales son conocidos como qaum Lut (gente de Lot). Al igual que el
judaísmo, el Corán sacraliza el acto sexual y lo vincula con la procreación
(Kligerman, 2007).
En todos los casos analizados, comenzando por los de los israelitas, se
encuentran poblaciones con una necesidad imperiosa de crecimiento de-
mográfico por necesidades defensivas y expansivas. El «crecer y multi-
plicaos» atribuido a Jesús de Nazaret no es más que la evidencia de dicha
necesidad. La condena de la homosexualidad debió estar relacionada con
este hecho, pues las únicas relaciones sexuales en las que se puede dar la
reproducción son las heterosexuales.
Ilustración 33. Crecer y multiplicaros
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
A partir del relato que narra el deseo de los sodomitas de «conocer»18 a
los «ángeles»19 alojados en la casa de Lot, se hace una interpretación que
vincula la homosexualidad como una de las causas de la destrucción de la
ciudad por ser un acto abominable. A partir de entonces, la sodomía pasará
a ser condenada por estas tres religiones.
Sin embargo, la narración de este hecho no supone una condena explíci-
ta de la homosexualidad, sino de la violencia asociada a la misma, cuestión
ya contemplada en las leyes sumerias.
Todas esas condenas de la homosexualidad se suelen centrar en el plano
individual: se condena al hombre pasivo, no al activo. Estas relaciones, al
igual que las heterosexuales, son patriarcales ya que se basan en relaciones
de poder, es decir, de dominación-subordinación desde el momento en el
que se valora positiva-negativamente la actividad-pasividad de las mis-
mas. La propia dualidad encierra en sí una perversidad: se considera que
solo tiene valor la acción y que una de las dos personas tiene que ser activa
y la otra pasiva. Esa es una de las razones por las que, en el caso de los
gays, se estigmatiza al varón pasivo por parecerse a las mujeres, de las que
los hombres han sentido siempre la necesidad de diferenciarse. Asimismo,
suelen referirse a la homosexualidad masculina, siendo las referencias al
lesbianismo mucho más escasas.
En Occidente la represión de la sodomía continuará a lo largo de la
Ilustración y de las Revoluciones Burguesas. Es precisamente después de
dichas revoluciones cuando la homosexualidad surge como un concepto
nuevo en el último tercio del siglo xix para referirse a aquellas personas
con una identidad sexual diferente a la heterosexual. La cientificidad que
preside en Occidente el nuevo pensamiento ilustrado y liberal es llevada
al terreno de la sexualidad, que comienza a interesarse por el fenómeno.
Pero la ciencia, como cualquier actividad humana, está impregnada de la
cultura de una sociedad. La consideración de la sodomía como un pecado
abominable impregna el pensamiento científico que va a estudiarse desde
la negatividad del hecho. La medicina se analiza la homosexualidad como
una desviación de la conducta heterosexual considerada «la natural».
A través de la medicalización (sic) creciente de los cuerpos
y sus relaciones, emerge la homosexualidad como identidad
socio-sexual perversa en la Europa del siglo XIX. La homo-
sexualidad como identidad sexual perversa se emparenta y
refuerza con las teorías del racismo biológico de finales del
siglo XIX y XX (Colina, 2009).
18 Conocer era sinónimo de relaciones sexuales para el mundo hebreo.
19 Eran extranjeros y, por tanto, les debían ser de aplicación las leyes de la hospitalidad.
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
La gestación de una masculinidad centrada en la idea de poder, domi-
nación, fuerza, valentía, racionalidad, competitividad y heterosexualidad,
excluye a los hombres con una orientación homosexual.
Ilustración 34. Homofobia o el miedo del macho
¡¡¡MARICÓN!!!
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Maroto define la homofobia como la aversión hacia gays y lesbianas y
distingue entre la homofobia cultural basada en la creencia social de que
la heterosexualidad es mejor; la institucional referida a la discriminación
directa o indirecta que las instituciones ejercen sobre las personas homo-
sexuales; la internalizada, sentida por dichas personas y que afecta a su
autoestima; la interpersonal, que alude al miedo u odio hacia las personas
homosexuales; y la personal basada en la creencia de que dichas personas
son inferiores, están enfermas o son pecadoras (Maroto Sáez, 2006).
La discriminación forma parte del comportamiento homófobo y, según
Cornejo, se manifiesta doblemente en el caso de la lesbofobia, ya que las
lesbianas experimentan una doble discriminación: por ser mujer y por ser
homosexual.
4.7.3. Las relaciones bidireccionales: la bisexualidad y la pansexualidad
Es difícil establecer la evolución de la sexualidad no homo ni hetero-
sexual. Por esta razón es frecuente hablar de bisexualidad y pansexualidad
al mismo tiempo sin que la línea fronteriza entre ambas esté clara.
Desde el punto de vista histórico, la bisexualidad ha existido siempre
pero su identificación como una orientación sexual es muy reciente y está
ligado al estudio de diferentes sexualidades que tuvo lugar en Europa Oc-
cidental desde mediados del siglo xix (MacDowall, 2009). A lo largo de
la historia, esta invisibilidad ha hecho que su estudio se suela encontrar
incardinado en el de la homosexualidad (Ulrich, 2012).
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Inicialmente se utilizó para clasificar a los hermafroditas (Angelides,
2001). Fue a partir de la escala de Kinsey (0-6), que mide el grado de atrac-
ción entre los polos heterosexual-homosexual, cuando aparece la bisexua-
lidad conceptualmente (Thorpw, 2014). Este autor destaca que han existen
culturas a lo largo de la historia en las que la bisexualidad no aparecía
definida como tal a pesar de que lo fuesen, y cita ejemplos de la cultura clá-
sica como el del héroe griego Aquiles, el macedonio Alejandro Magno o el
emperador romano Adriano; y de los samuráis en Japón que entrenaban a
los jóvenes en el arte de la guerra y del amor. La bisexualidad y la cultura
clásica grecorromana es puesta de manifiesto también por Canterella en su
historia de la bisexualidad en el mundo antiguo (Cantarella, 1992).
Ilustración 35. La bisexualidad
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Desde 1999 se celebra el Día Internacional de la Bisexualidad, que aun-
que no es muy conocido, ha servido para dar visibilidad a esta orientación
sexual.
Desde hace relativamente poco tiempo, el 23 de septiembre
de cada año, se celebra el Día Internacional de la Bisexuali-
dad, rememorando que hace 17 años tres activistas estadouni-
denses promovieron esa fecha como la indicada para celebrar
la bisexualidad, ya que consideraron necesario un día espe-
cífico para hacerlo. En la actualidad, las personas bisexuales
continúan siendo despreciadas y teniendo muchos problemas
para vivir abiertamente su orientación sexual debido a la exis-
tencia de muchos prejuicios, no solo por parte de personas he-
terosexuales, sino también desde la comunidad LGT. Por todo
ello desde hace unos años se viene celebrando este día como
forma de visibilizar esta realidad luchando para erradicar los
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prejuicios existentes, como el hecho de pensar que las per-
sonas bisexuales aún no han decidido asumir su «verdadera
orientación sexual» como heterosexuales o como homosexua-
les, en vez de reconocer la bisexualidad como una orientación
sexual diferente de ambas. Debido a la discriminación exis-
tente, una de cuyas formas más claras es la invisibilización
de esta realidad, ha existido una marcada escasez de apoyo
institucional a las organizaciones sociales para la lucha con-
tra dicha discriminación, convirtiéndose en un círculo vicio-
so. Esta discriminación, denominada bifobia, frecuentemente
aboca a las personas bisexuales a sentirse en tierra de nadie,
sin ser reconocidos por el mainstreaming heterosexual ni por
el homosexual y dificulta su participación en la vida social,
política, cultural y económica de nuestra sociedad. (CC.OO.,
2016)
Respecto a la pansexualidad, su concepción es más moderna, si bien se
puede situar su aparición a partir de la revolución sexual de los sesenta. No
obstante, la palabra «pansexual» es anterior ya que Freud la utilizó para
referirse a la energía sexual y el deseo. Comparte con la bisexualidad la
ambigüedad por lo que viene a resultar chocante, revolucionaria y difícil
de entender. A las personas en esta sociedad se les hace difícil concebir
que sea posible sentir atracción por otra sin tener en cuenta los elementos
identitarios (Sandoval Calle, 2016).
Ser pansexual es no rechazar a nadie por su orientación sexual, lo que
implica la no discriminación. Queda clara la igualdad en cuanto a la elec-
ción de la atracción sexual, pero no si las relaciones pansexuales se dan en
condiciones de igualdad o la sombra de la dominación también se proyecta
sobre ellas.
Ilustración 36. La pansexualidad
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Supone, al igual que la bisexualidad, la ruptura del modelo dicotómi-
co: heterosexual-homosexual. La cultura patriarcal está organizada de un
modo binario (Autumn, 2013), constituido por los contrarios: bueno-malo,
alto-bajo, rico-pobre, blanco-negro, etc. Tiene cierta aversión por las posi-
ciones intermedias, tendiéndose siempre a la polarización en los extremos.
Se puede concluir que de estas orientaciones sexuales, al haberse he-
cho visibles recientemente, resulta más difícil analizar su evolución. En
realidad es la propia visibilidad de estas opciones en sí la que supone la
evolución que la concepción de la sexualidad ha experimentado a lo largo
de la historia.
4.7.4. La asexualidad
Otro de los conceptos nuevos que han hecho su aparición en los últimos
tiempos en materia de sexualidad es la asexualidad, es decir, la ausencia
de deseo sexual, que también existe. El estudio de la asexualidad comenzó
a realizarse a finales del siglo xx, aunque ya en los años cincuenta Kinsey
incluyó en su escala homosexual-heterosexual a los individuos que deci-
dían no participar en actividades sexuales (Kinsey, Pomeroy, Martin, &
Gebhard, 1953). A finales de los setenta, Johnson definió como asexuales
a los sujetos que no participan en actividades sexuales compartidas (John-
son M. , 1977). Sus investigaciones son citadas por Storms, que la incluye
como una orientación sexual definida en función de las fantasías eróticas
que son menores en los individuos asexuales (Storms, 1980). Estas investi-
gaciones consideraban la asexualidad como una disfunción sexual. Será en
la primera década del presente siglo que pase a conceptualizarse como una
orientación sexual (Zapata Boluda & Gutiérrez Izquierdo, 2016), aunque
se trate más bien de un estado que de una orientación.
Ilustración 37. La asexualidad
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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Esta orientación ha sido también objeto de discriminación debido a que
el discurso social dominante en materia de sexualidad se basa en el sexo
coital en una situación de pareja heterosexual. Parece ser que hay más
mujeres asexuales que hombres, aunque no existen estudios suficientes
para determinar las causas de las diferencias (Catri, 2016). No obstante, no
hay que desdeñar el diferente desarrollo de la sexualidad expuesto en los
apartados anteriores como posible causa de la mayor asexualidad femeni-
na observada.
El hecho de que las reglas del juego sexual fuesen impuestas por los
hombres, lleva a pensar que el sexo forzado al que muchas mujeres se
vieron (y se siguen viendo) sometidas, además de la represión sexual que
sufrieron, tuvieron que tener sus repercusiones en el desarrollo de su ape-
tito sexual.
4.8. El resultado: la diferente sexualidad
La sexualidad compartida se vio influenciada por los descubrimientos
acaecidos durante el periodo Neolítico. Dichos descubrimientos dieron
lugar a situaciones nuevas a las que los grupos humanos tuvieron enfren-
tarse. No se trata de criticar sociedades pasadas, sino de comprender los
motivos que las llevaron a adoptar determinadas actitudes y formas de
organizarse.
Desde el punto de vista de la sexualidad lo importante de las relaciones
sexuales no es si alguien siente atracción por alpha, beta, o gamma, sino la
significación social que se le atribuye a cada una de estas atracciones. Des-
de la instauración del patriarcado la sociedad se organizó en forma de ⊥ en
función del sexo y la jerarquía social establecida en una escala de valor de
mayor a menor. Es precisamente esta escala valorativa la que confiere a las
relaciones sexuales su bondad o maldad.
A partir de entonces, la división entre los sexos afectó significativamen-
te al desarrollo de la sexualidad de las mujeres y los hombres que tomó
caminos separados.
La dominación masculina repercutió sobre la sexualidad femenina al
«cosificar» a la mujer y limitar su capacidad de acción y de decisión, y al
mismo tiempo impuso a los hombres un modelo de sexualidad basada en la
acción, lo que dificultó que pudiera experimentarse sosegadamente.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
5. GÉNERO
El concepto «género» tiene diferentes acepciones según que se conside-
re desde el punto de vista gramatical, de la salud, de las ciencias sociales
o del feminismo.
Etimológicamente, la palabra género viene del latín genus, generis y
hace referencia a estirpe, linaje, clase. Proviene de la raíz indoeuropea
gen- que significa engendrar, dar a luz.
Desde el punto de vista gramatical las palabras sexo y género tienen sig-
nificados diferentes. Es obvio que los objetos no tienen sexo, como tam-
bién lo es que no todas las lenguas organizan el género de la misma forma.
En las lenguas romances derivadas del latín, entre las que se incluye el
castellano, los sustantivos solo tienen dos géneros: masculino y femenino.
Concretamente, en castellano, en la mayoría de los casos la asignación del
femenino o el masculino también deriva del latín, no existiendo sustanti-
vos neutros, aunque sí algunas palabras neutras como puedan ser determi-
nados adjetivos (alegre, feliz, juvenil, tratable, laxante, repelente, etc.), o
algunos pronombres (quién, cuál, qué, eso, etc.).
El diccionario de la lengua española contempla en su acepción 7ª el
género gramatical como Clase a la que pertenece un nombre sustantivo
o un pronombre por el hecho de concertar con él una forma y, general-
mente solo una, de la flexión del adjetivo y del pronombre. En las lenguas
indoeuropeas estas formas son tres en determinados adjetivos y pronom-
bres: masculina, femenina y neutra (Real Academia Española, 2001).
Pero lo importante del lenguaje, desde el punto de vista de la igualdad
no es si las palabras pertenecen a uno u otro género gramatical, sino el
significado que tienen para cada grupo social, y cuál es la razón de que
exista una diferenciación entre el masculino y el femenino. El primitivo
indoeuropeo20 solo se distinguían dos géneros: animado e inanimado, el
cual pasaría a ser el neutro en las lenguas derivadas de esta lengua inicial.
En el género animado ya se distinguía entre masculino y femenino. Poste-
riormente, esta distinción se iría aplicando a los objetos inanimados en las
lenguas romances. El femenino se fue asignando a los objetos relacionados
con el universo de las mujeres, mientras que el masculino fue aplicado a
las actividades del universo varonil, si bien con las naturales excepciones
que siempre subsisten a las reglas generales.
20 Conjunto de lenguas actualmente habladas desde la India hasta Europa
Occidental con rasgos comunes entre sí y opuestos a las de otras partes
del mundo.
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Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Si hacemos un recorrido por la evolución del lenguaje a
partir de las lenguas indoeuropeas antiguas, vemos que pre-
sentan oposición de tres géneros: masculino, femenino y neu-
tro, excepto la familia báltica que no tiene neutro y la familia
anatolia ue solo tiene oposición entre dos géneros: animado e
inanimado. A partir de estas consideraciones Antoine Meillet
(1866-1936), uno de los principales lingüistas francés del si-
glo XX, se planteó la antigüedad del género femenino, ya que
consideraba que no había evidencia claras de que inicialmen-
te existiese una diferenciación entre el femenino y el masculi-
no morfológicamente hablando, por lo que su oposición sería
reciente» (Rosado Millán, 2011, pág. 54).
Como señala Rosado, el femenino aparece a partir de un momento dado
de la evolución humana y el masculino comienza a utilizarse como gené-
rico de toda la especie. La consecuencia fue que los hombres se quedarían
indeterminados pues nunca se sabe cuándo se hace referencia al varón o a
la persona, y las mujeres se tornarían invisibles para la historia al quedar
subsumida su mención en el masculino.
Ilustración 38. La invisibilidad femenina y la indeterminación masculina
¿PERSONA?
HOMBRE
¿VARÓN?
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Pero no solo es la utilización del masculino como genérico la que tuvo
sus consecuencias, sino el significado de cada palabra también, pues el len-
guaje dejaría claro el papel diferenciado de hombres y mujeres al situarlos
en una posición de dominación y subordinación. El androcentrismo de la
lengua perdura en la actualidad, a pesar de la lucha de muchas mujeres por
introducir cambios en los diccionarios:
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Por ejemplo los adjetivos están siempre en su forma mascu-
lina en los diccionarios de la lengua española, agregándose-
les una «(a)» para las formas femeninas. Los nombres de los
animales son otro ejemplo interesante: CABALLO m. Animal
solípedo domestico. YEGUA f. Hembra del caballo. Con solo
estos dos ejemplos podemos comprobar que lo masculino es
la norma o el paradigma y lo femenino es «lo otro» o lo que
existe solo en función de lo masculino o para lo masculino.
(Facio, 2002)
El concepto de género trasciende del terreno gramatical a las ciencias
de la salud de la mano de la psiquiatría y la psicología clínica. En 1955
John Money en sus estudios sobre el hermafroditismo, hace uso de la pa-
labra género al rechazar el determinismo biológico y constatar que tanto la
feminidad como la masculinidad son fruto de la educación y no del sexo
con el que se nace (Money, 1955). En este mismo sentido, se encuentra la
obra del psiquiatra Robert Stoller, que desde una perspectiva psicoanalíti-
ca establece una diferencia entre los términos sexo y género, es decir, en-
tre mujer-hombre y feminidad-masculinidad. Sostiene que, si bien ambos
conceptos están íntimamente relacionados, su relación no siempre es lineal
(Stoller, 1968).
La perspectiva de género de las ciencias sociales vino, en los países
occidentales, de la mano del movimiento feminista de los años sesenta, al
poner de relieve la posición de subordinación de la mujer en la sociedad.
Relacionaron esta dominación con el poder ejercido por los hombres sobre
las mujeres en general, un poder que iba más allá del Estado y de los apa-
ratos burocráticos. También pusieron de relieve una de las consecuencias
de las relaciones de desigualdad entre los hombres y las mujeres: la visión
androcéntrica con la consiguiente invisibilidad femenina. Esta situación
llevó a varias académicas a rescatar la contribución de la mujer al desarro-
llo humano (de Barbieri, 1993).
Ilustración 39. Dominación masculina, subordinación femenina
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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La influencia del movimiento feminista dio una vuelta sustancial a las
ciencias sociales al incorporar el género como categoría de análisis, ya que
anteriormente los estudios sociales no planteaban ningún cuestionamien-
to acerca de la posición de las mujeres y los hombres en la organización
social, pues no dejaban de interpretar las relaciones sociales en clave pa-
triarcal y androcéntrica (Alberdi, 1999). Desde la nueva óptica feminista
el sustantivo «género» se enmarca dentro de un conjunto de relaciones
asimétricas basadas en la dominación masculina. Se suele considerar a la
antropóloga Gayle Rubin la primera en utilizar el concepto género en este
sentido (Rubin, 1975), si bien se considera como precedente a Simone de
Beauvoir cuando en El Segundo Sexo, publicado en 1949, afirma que la
mujer no nace, sino que se hace (de Beauvoir, 2000).
A partir de entonces, la perspectiva de género se va incorporando a las
diversas disciplinas científicas: historia, arqueología, literatura, etc., apor-
tando visibilidad al colectivo femenino que hasta entonces había perma-
necido sumido en la oscuridad, al tiempo que se traslada al campo de las
ciencias sociales la necesidad de estudiar los diversos tipos de organización
social que han existido y que existen, teniendo en cuenta a las mujeres.
Paulatinamente van apareciendo estudios relativos a la relación se-
xo-género centrados fundamentalmente en la condición de la mujer, hasta
el punto de que se suele confundir estudios de género con estudios sobre
mujeres. A eso se refiere Scott cuando señala que los estudios históricos de
género son más bien estudios de historia sobre las mujeres (Scott, 1996).
Zemon Davis señala la necesidad de hacer estudios de hombres también,
pues estudiar solo a las mujeres no permite analizar a la sociedad (Zemon
Davis, 1975).
La óptica sociológica incluye las relaciones entre mujeres y hombres
dentro de la organización y funcionamiento de una sociedad, lo que im-
plica no solo el estudio de las mujeres, sino las relaciones mujer-hombre,
mujer-mujer y hombre-hombre (de Barbieri, 1993). Son estos estudios los
que expanden el concepto género y su consideración de sexo socialmente
construido.
Ilustración 40. Relaciones entre los sexos
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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