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El Feminismo del Punto Medio es una investigación de carácter cualitativo y longitudinal que parte de las teorías existentes sobre la igualdad y de los movimientos feministas de lucha por los derechos de las mujeres. Cada una de las aportaciones de los movimientos feministas ha sido importante aunque en ocasiones pudieran parecer contradictorios, más bien se pueden considerar complementarios: la igualdad formal, la igualdad de oportunidades, la valorización de la feminidad, la insumisión, el derecho a una sexualidad libre, han enriquecido el feminismo creando un corpus teórico cada vez más completo sobre la condición de la mujer y su posición en el mundo. Asimismo, han contribuido a la visibilidad social de la mujer y la han sacado de su aislamiento, haciendo oír su voz. Cada corriente feminista ha destacado aspectos que han dignificado a la mujer y la han reconocido como sujeto de pleno derecho.

A pesar de ello, el camino hacia la igualdad no ha llegado a su fin, y probablemente tarde mucho en llegar, si es que llega en algún momento. Ello significa que hay que seguir dándole vueltas a la teoría feminista, profundizando en los conceptos existentes, transformado alguno de ellos e incorporando nuevas ideas que contribuyan al bienestar humano.

Esta investigación indaga en el origen de la desigualdad, hace un recorrido por los movimientos en pro de la igualdad y establece una serie de delimitaciones conceptuales que van del sexo al género. El feminismo del punto medio es un feminismo de reconocimientos positivos. Porque sin buscar justificaciones a los actos propios y ajenos intenta comprender el origen y las causas de los comportamientos humanos. Por eso incorpora la masculinidad al lado de la feminidad y analiza el origen de la separación entre los sexos, así como las causas que llevaron a la instauración del patriarcado como sistema social. Para el feminismo del punto medio es importante incorporar el análisis de la masculinidad desde el convencimiento de que el reconocimiento del otro ayuda al reconocimiento propio.

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Published by Fundación iS+D, 2018-10-23 11:25:49

Hacia un Feminismo del Punto Medio

El Feminismo del Punto Medio es una investigación de carácter cualitativo y longitudinal que parte de las teorías existentes sobre la igualdad y de los movimientos feministas de lucha por los derechos de las mujeres. Cada una de las aportaciones de los movimientos feministas ha sido importante aunque en ocasiones pudieran parecer contradictorios, más bien se pueden considerar complementarios: la igualdad formal, la igualdad de oportunidades, la valorización de la feminidad, la insumisión, el derecho a una sexualidad libre, han enriquecido el feminismo creando un corpus teórico cada vez más completo sobre la condición de la mujer y su posición en el mundo. Asimismo, han contribuido a la visibilidad social de la mujer y la han sacado de su aislamiento, haciendo oír su voz. Cada corriente feminista ha destacado aspectos que han dignificado a la mujer y la han reconocido como sujeto de pleno derecho.

A pesar de ello, el camino hacia la igualdad no ha llegado a su fin, y probablemente tarde mucho en llegar, si es que llega en algún momento. Ello significa que hay que seguir dándole vueltas a la teoría feminista, profundizando en los conceptos existentes, transformado alguno de ellos e incorporando nuevas ideas que contribuyan al bienestar humano.

Esta investigación indaga en el origen de la desigualdad, hace un recorrido por los movimientos en pro de la igualdad y establece una serie de delimitaciones conceptuales que van del sexo al género. El feminismo del punto medio es un feminismo de reconocimientos positivos. Porque sin buscar justificaciones a los actos propios y ajenos intenta comprender el origen y las causas de los comportamientos humanos. Por eso incorpora la masculinidad al lado de la feminidad y analiza el origen de la separación entre los sexos, así como las causas que llevaron a la instauración del patriarcado como sistema social. Para el feminismo del punto medio es importante incorporar el análisis de la masculinidad desde el convencimiento de que el reconocimiento del otro ayuda al reconocimiento propio.

Keywords: feminismo,igualdad,género,estudios de género,mujeres,hombres,nueva teoría

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

dependiente respecto de las mujeres con las que conviven. Esta situación
reviste especial importancia en el espacio domestico al anteponer los hom-
bres sus tiempos personales sobre los tiempos necesarios para el cuidado
de la familia y del hogar.

La dependencia de los hombres es de otros hombres, lo que significa que
sus prioridades van a estar marcadas por las exigencias de unos respecto
a otros, y eso inevitablemente, afecta a las mujeres ya que se conviven
conjuntamente.

Las dependencias y la falta de autonomía se tienen que plantear entre los
sexos e intra sexo también, pues las transformaciones de cara a la igualdad
de género van a ser diferentes para las mujeres y los hombres.

Ilustración 76. Los hombres y su autonomía

¡Dejádme sólo!

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Es en el uso del tiempo libre donde se produce la diferencia entre muje-
res y hombres y ese espacio está relacionado con las funciones asignadas
a cada sexo. Mientras que las de los hombres suelen estar acotadas en el
tiempo, es decir, tienen un principio y un fin, las de las mujeres es habitual
que tengan una discontinuidad-continua que limita su tiempo libre.

Para lograr el equilibrio entre autonomía y dependencia es necesario
transformar las dependencias de mujeres y hombres. Ellas tienen que au-
mentar su autonomía en lo que a su esfera personal se refiere, respecto a
su familia y respecto a los hombres. Por su parte, los hombres tienen que
reestructurar sus agendas respecto a los otros hombres, y eso pasa por la
reformulación de su vida profesional, pues es precisamente en la función
proveedora donde se generan la mayoría de las dependencias masculinas.

La igualdad entre los sexos reside en el aumento del tiempo
personal que las mujeres dedican a sí mismas y en la reestructuración
del tiempo que los hombres dedican a su convivencia con las mujeres.

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La igualdad entre los sexos reside en el aumento del tiempo personal
que las mujeres dedican a sí mismas y en la reestructuración del tiempo
que los hombres dedican a su convivencia con las mujeres.

Por último, dentro de la deconstrucción del género hay que hacer refe-
rencia a la percepción social y personal que se tiene de la progenitura en
función del sexo.

Resulta evidente que no se considera igual la maternidad que la pater-
nidad. La primera forma parte de la identidad femenina, mientras que la
segunda es considerada más como un complemento, necesario, pero su-
bordinado.

Esta subordinación de la paternidad viene de antaño. Primero, porque
los hombres ignoraban su participación en la reproducción y segundo,
porque, una vez conocida, dicha participación se vio mediatizada por los
cambios sociales acaecidos como consecuencia de la sedentarización. La
guerra y las actividades de riesgo pusieron una distancia entre los/as hijos/
as y los padres, distancia que no existió en el caso de las mujeres, precisa-
mente por estar encargadas de la crianza.

Este hecho tuvo sus consecuencias, ya que los vínculos afectivos no se
desarrollan igual en la distancia. Es necesario el contacto con los/as bebés
para que se cimente ese lazo de proximidad que caracteriza a la materni-
dad.

La dominación masculina en la familia tampoco favoreció unas rela-
ciones de proximidad sentimental entre el padre y sus descendientes. La
«autoridad» dominadora es siempre distante, además de servir de cons-
trucción de la identidad masculina a los hijos varones, cuyo modelo de
padre distante y autoritario era el espejo en el que se miraban para ejercer
su dominación futura. Con las hijas el modelo era represivo ya que estas
no tenían capacidad de decidir sobre ningún asunto que les concerniese.
La paternidad biológica fue controladora en sus comienzos, control que se
extendió a la paternidad social.

A lo largo de la historia la paternidad ha experimentado cambios im-
portantes, algo que no ha ocurrido con la maternidad en la misma medida.
Los padres en los lugares con un patriarcado evolucionado han perdido el
control familiar y se han ido convirtiendo en apéndices de las madres. Pero
también ha habido una evolución favorable y es su mayor implicación en
el cuidado de los/as hijos/as. Poco a poco van siendo conscientes de que
son titulares de derechos por el hecho de ser padres y los van reivindicando
lentamente. Es el caso de la custodia compartida o la baja por paternidad.

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Ilustración 77. Padre cuidador

Fuente: María Jesús Rosado Millán

A pesar de ello todavía no se concibe el cuidado y la atención de bebés
como un derecho de los padres, sino como una forma de permitir que las
mujeres puedan trabajar. Es decir, se despoja a la paternidad de su derecho
a disfrutar del cuidado de sus retoños, si bien porque los propios hombres
no lo han reivindicado hasta épocas muy recientes.

La maternidad también ha experimentado algunos cambios, aunque no
hayan sido tan significativos en cuanto a la concepción de la madre dentro
de la familia. Es un tema que forma parte de la feminidad. La exaltación
de la figura de la madre es una constante en todas las civilizaciones. Su
concepción de «biológica» ha vinculado a la mujer con la naturaleza desde
antiguo, proporcionando la excusa para limitar las acciones de las mujeres
y proclamar su intuición instintiva, y por lo tanto, su inferioridad respecto
al hombre.

Maternidad y madre tierra conecta a las mujeres con un primitivismo
«naturalizante» que influyó en que se concibiera como una atadura que
impedía el ejercicio de otras actividades diferentes a las del cuidado de la
descendencia. Esta asociación maternidad-limitación, que sigue vigente
en la actualidad, representa un serio obstáculo para el desarrollo personal
al margen de la crianza. De hecho, al referirse al cuidado que hijas e hijos
suponen, se suele hablar de «cargas familiares», como si su cuidado fuese
una carga. Ello se debe en parte, a la no revisión de su significado tradi-
cional. La maternidad entendida como entrega incondicional y sacrificio
personal, está claro que supone una gran limitación y una carga, dadas
las connotaciones negativas que el concepto «sacrificio» tiene. Pero este
significado es social, y al igual que se construyó, se puede modificar. La
maternidad «incondicional» no es mejor que la maternidad que separa la
vida personal de la familiar. Pero lo cierto es que a las mujeres les está

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costando trabajo cambiar este esquema, y les cuesta porque forma parte de
su identidad.

Ese abandonar la vida propia en pro de los demás proviene de la idea del
sacrificio por la descendencia que hace que la mujer se diluya en la madre.
Modificar la maternidad atávica significa poner en primer plano a la per-
sona con las diversas condiciones que puedan operar dentro de la misma,
entre las que se encuentra la de ser madre, y desvincularla de la idea de
sacrificio incondicional.

Modificar la paternidad significa implicarse en el cuidado directo de
hijas e hijos, así como reivindicar esta condición del hombre como un
derecho.

Cuidar a las hijas e hijos no es una carga, es una función social
básica que se ejerce con afecto, no por obligación.

→ Reestructuración de las funciones sociales de género
Los movimientos feministas acaecidos a partir de la Ilustración y de
las revoluciones burguesas dieron lugar a un cuestionamiento de la domi-
nación masculina. Las mujeres reivindicaron su papel en la sociedad de
manera visible y su participación en los espacios exteriores que hasta ese
momento habían estado reservados a los hombres.
Cuestionaron su ostracismo y subordinación y reclamaron un lugar en
la historia. A partir de entonces el mundo ya no fue igual y el avance del
feminismo supuso la conquista de múltiples derechos para las mujeres, que
comenzaron a penetrar en todos los espacios que les habían estado vetados.
Como consecuencia de ello, las funciones asignadas a cada sexo han
ido experimentando algunos cambios. Los hombres ya no se dedican en
exclusiva a la provisión de la unidad de convivencia y las mujeres ya no
desean la exclusividad del cuidado de la familia.
No obstante, y a pesar de los cambios acaecidos, a los hombres se les
siguen concibiendo como los proveedores principales de la familia y a las
mujeres las cuidadoras de la familia.

Las mujeres tienen la casa en sus cabezas y los hombres
el trabajo en las suyas.

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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Para lograr la igualdad entre los sexos es necesario que se produzcan
una serie de cambios en el ejercicio de las funciones sociales básicas: pro-
visión, reproducción, cuidados familiares y protección.

La función de provisión ha experimentado un gran cambio debido a la
asunción femenina de esta actividad, lo que ha tenido una serie de conse-
cuencias. Para las mujeres supuso y, en muchos casos sigue suponiendo,
una duplicación de actividades, pues asumieron el trabajo remunerado sin
abandonar su rol tradicional de cuidadoras del hogar. En el caso de los
hombres, porque la incorporación de la mujer al mundo del trabajo remu-
nerado representaba una injerencia en uno de los pilares de su masculini-
dad, razón por la que respondieron con virulencia. A pesar de ello, no se
pueden negar las ventajas acaecidas como consecuencia de estos cambios.
En primer lugar, la independencia de la mujer al proporcionarle los recur-
sos necesarios para organizar su vida sin depender de ningún hombre. En
segundo lugar, ha permitido a los hombres descansar de la obligatoriedad
de proveer en cualquier circunstancia y condición al compartir esta fun-
ción con la mujer.

Actualmente nadie cuestiona el derecho de la mujer a «ganarse el pan
con el sudor de su frente». No obstante, existen varios techos que hacen
difícil la progresión femenina en el mundo laboral: el «techo de cristal»30
que impide su desarrollo profesional por las dificultades que la concilia-
ción entre la vida personal, familiar y profesional entraña; el «suelo pega-
joso» que ata a la mujer a una serie de «deberes» para con la familia; el
«techo de cemento» que limita su participación social debido a la falta de
referentes; y el «techo de diamante» que hace a la mujer un «objeto de de-
seo», frente al hombre que sería un «objeto de aprecio» (Valcárcel, 1997).

Ilustración 78. Nuevos roles sociales: mecánica y amo de casa

Fuente: María Jesús Rosado Millán
30 El término «glass ceiling» aparece por primera vez en un artículo sobre mujeres ejecutivas publi-
cado en el Wall Street Journal en 1986.

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Por otro lado, los hombres tampoco acaban de quitarse la obligación de
ser los grandes proveedores y, si alguno no lo cumple, es mirado con cierto
rechazo. Sin embargo, a diferencia de las mujeres que reclaman una mayor
participación masculina en la conciliación, no existen reclamaciones gene-
ralizadas de hombres que supongan un cuestionamiento de esta dualidad
hombre-proveedor.

Ahora bien, la igualdad entre los sexos no estriba en que los hombres
dejen de ejercer la función de provisión, sino en no hacer de esta función
el eje troncal de sus vidas limitando así el desarrollo de otras funciones que
también son necesarias para la vida.

En el caso de las mujeres, la transformación pasa por considerar la pro-
visión de recursos no como una función opcional o complementaria, sino
indispensable como garante de la independencia y autonomía personal.

La provisión de recursos implica el equilibrio con las funciones
sociales de cuidados y reproducción.

Otra de las funciones sociales indispensables para la vida social es la
relativa a los cuidados personales y de los demás. Las mujeres han de-
sarrollado esta función muy bien a lo largo de la historia y constituyen
un buen ejemplo para los hombres. Lo saben hacer y lo hacen bien. No
obstante, el desarrollo excesivo de esta capacidad puede llevar a quedarse
sin un espacio personal al dejar siempre aparcadas las propias preferencias
para dedicarse en cuerpo y alma a los demás. En este caso, son las mujeres
las que han de revisar esta función para que su existencia sea compatible
con otras funciones sociales. Se trata de acotarla en su justo espacio de tal
forma que no impida el desarrollo personal, además de posibilitar que las
mujeres piensen en sí mismas y aprendan a reivindicar, no solo su espacio,
sino sus preferencias y gustos frente a terceros.

En el caso de los hombres, el alejamiento de esta función les ha hecho
incapaces, en buena medida, no ya del cuidado de los demás, sino de su
propia atención personal, lo que afecta gravemente a su salud. Su resisten-
cia para ir al médico es una falsa demostración de fortaleza que a lo único
que les ha conducido es a tener una esperanza de vida menor que la de las
mujeres y una sobre mortalidad masculina prácticamente a todas las eda-
des. Es cierto que esta situación empieza a cambiar, pero la salud de los
hombres sigue siendo un tema sin abordar.

Su incorporación al mundo de los cuidados familiares está resultando
lenta, en primer lugar, porque no fue algo que ellos hubiesen reivindicado;
en segundo lugar, porque también les supone una duplicidad de activida-
des que limita su tiempo personal, algo a lo que no desean renunciar; y

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por último, porque se trata de una función feminizada, y por tanto menos
valorada socialmente, hecho que entra en conflicto con la construcción
negativa de la masculinidad.

La cuestión está en cambiar la forma de posicionarse frente a las activi-
dades cuidadoras. En el lado femenino hay que desterrar la idea de que es-
tas actividades son una «carga». Una carga es salir a trabajar todos los días
y, sin embargo, no se considera negativamente, sino todo lo contrario. Por
otro lado, el desempeño de la función cuidadora se considera un obstáculo
para el desarrollo de una carrera profesional, hecho que ha establecido una
falsa dicotomía: tener hijos/as y no poder desarrollarse profesionalmente o
no tenerlos y poder hacerlo, cuando en realidad se pueden hacer perfecta-
mente las dos cosas a la vez, sin que ninguna se vea resentida por la otra.

La diferencia estriba en que el trabajo permite una independencia, mer-
ced a los recursos que proporciona, y los cuidados no. Por eso hay que
cambiar la valoración social que se hace de esta función. Si no hay cui-
dados, no hay vida, y si no hay vida, no hay trabajo. Es el trabajo el que
depende de los cuidados, y no al revés, algo que se debería tener en cuenta.
Conviene, por tanto, hacer un replanteamiento de lo que es necesario e
importante para la vida con independencia de que proporcione bienes eco-
nómicos, porque si solo se valora lo económico se desprecia todo aquello
que sirve para generar riqueza, aunque no la genere de forma directa.

El cuidado personal y de los demás es una función que tienen que va-
lorar las propias mujeres, lo que no significa que sean ellas las que tengan
que ejercerla prioritaria y principalmente. Pero si no se valora la función
cuidadora que se ha venido haciendo durante milenios, y que se conti-
núa desempeñando en la actualidad, difícilmente se puede exportar a los
hombres para que aprendan a valorarla y la incorporen a su vida diaria.
Un buen lugar para comenzar con este tipo de aprendizaje es la escuela,
teniendo en cuenta que individuos sanos mental y físicamente, solidarios
y empáticos, ayudan a construir un mundo mejor (y son más productivos).

La reformulación de la función cuidadora requiere el equilibrio
con la función proveedora y su ejercicio compartido por mujeres y
hombres, por ser una función esencial para la vida personal y social.

La función reproductora también es de vital importancia pues garantiza
la continuidad de la vida. Sin embargo, su asociación con la mujer ha su-
puesto su menor valoración social y la percepción de ser un obstáculo para
lo que de verdad importa, que es la provisión. Esto significa la revisión en
profundidad de la valoración social de la función reproductora. Al igual

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que en el caso de la función cuidadora, es la poca valoración de la repro-
ducción la que le quita su parte social.

Esta función supone todo lo relacionado con el deseo de tener descen-
dencia, la gestación, el parto y la atención al/la bebé durante el primer año
de vida. Los hombres no gestan ni paren, pero eso no impide que estén
al lado de la mujer mientras esto tiene lugar y sean partícipes de todo el
proceso. En el caso de la adopción, varía la gestación y el parto, pero no el
periodo de adaptación durante el primer año de convivencia, si bien este
periodo puede fluctuar en función de la edad de la persona adoptada.

La reproducción se considera algo perteneciente al mundo privado, y en
un mundo en el que lo único importante es la acumulación de riqueza ma-
terial, esto es algo que la sociedad no desea incluir entre sus obligaciones.
Se deja así a los individuos con toda la responsabilidad y deberes que la
reproducción conlleva. ¿Pero de qué vive una sociedad sino de sus indivi-
duos? Si tenemos en cuenta esta premisa, la reproducción es una cuestión
social, y debe ser la sociedad la que responda atendiendo a los individuos
que se reproducen. ¿Realmente una sociedad no puede permitirse el lujo
de financiar durante un año a una madre y un padre que acaban de tener
un/a bebé? Triste es la sociedad que no puede acometer esta responsabili-
dad al tiempo que invierte millones en fútbol, por ejemplo.

Ello implica una profunda revisión de la redistribución de la riqueza,
para que la colectividad pueda proporcionar los recursos necesarios a las
personas que acaban de tener un hijo o una hija y así poder atenderle du-
rante su primer año de vida.

Esto permitiría que las mujeres, que suelen ser las encargadas mayo-
ritariamente de atender a los/as bebés durante su primer año, dejasen de
depender del padre para su provisión, lo que limita su autonomía y afecta
a su carrera profesional. Para los hombres evitaría la separación que se
establece con los/as hijos/as y no poder disfrutarlos durante ese periodo.

En el caso de las adopciones, también hay que contemplar un plazo de
atención inicial del hijo o la hija adoptada.

Respecto a la mujer, si bien es cierto que se ha avanzado mucho en el
reconocimiento de su derecho a mantener su trabajo y a desarrollar su
profesión habiendo sido madre, todavía queda mucho camino por recorrer,
pues sigue existiendo discriminación por maternidad.

En relación con los hombres, todavía las licencias por paternidad se con-
siguen con cuentagotas y, en los lugares que existen, se ven cuestionadas
por una parte del mundo empresarial que no acaba de ver esta función
como algo social. Además, su propia concepción se asocia más con una

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necesidad para que la mujer pueda ejercer una profesión, que con un dere-
cho del hombre por ser padre. A pesar de ello, va aumentando el número de
hombres que comienzan a percibir que la crianza y el disfrute de sus hijos/
as como un derecho.

En realidad, todo tiene un mismo origen: la función reproductora, por
haber estado centrada en la mujer, no tiene la misma valoración social que
la de provisión. El hecho de haber estado asociada durante mucho tiempo
al universo femenino es el origen de su menor valoración social, y una
de las razones por las que los hombres se han resistido a participar en su
implicación más allá de la provisión. Al igual que ocurre con la función
cuidadora, la reivindicación de la reproducción como una importante fun-
ción social ha de estar encabezada por las mujeres, dando mayor entrada a
los hombres en su estructuración, porque no son los «oponentes», sino los
co-reproductores.

Por último, se encuentra la función de protección social. Entendida
como el conjunto de actividades encaminadas a la defensa y amparo de
las personas frente a un peligro, es ejercida en la actualidad por diver-
sas instituciones y normas legales encuadradas dentro del paraguas de lo
que se conoce como «protección social» y que ejercen los estados para
amparar a la ciudadanía frente a las agresiones físicas que atentan contra
su integridad; frente a todo tipo de riesgos: alimentarios, laborales, geo-
gráficos, urbanísticos, etc.; y para la salvaguarda de la salud. En los dos
últimos casos, ha sido, y lo sigue siendo, ejercida tanto por hombres como
por mujeres. Sin embargo, considerada la vertiente de amparo de alguien
frente a agresiones externas que entrañan un riesgo, ha sido una función
ejercida fundamentalmente por los varones desde las Revoluciones Neolí-
ticas. En realidad, tal y como se expone en el apartado 2.1.2. dedicado a la
sedentarización, más que la protección en sí, lo que los hombres asumieron
fueron las actividades de riesgo, dada su mayor «prescindibilidad» para la
reproducción.

En la mayoría de los países del mundo esta función sigue siendo pre-
dominantemente masculina, a pesar de la irrupción de las mujeres en los
cuerpos y fuerzas de seguridad de los estados, y en los de protección civil.
En general, a estas les cuesta trabajo entrar en este terreno. Es cierto que
existe discriminación, y que las mujeres que lo desean hacer lo tienen más
difícil frente a sus homólogos masculinos, pero en general la actividad
protectora en este ámbito no es reivindicada con la misma efusión que la
paridad en los puestos de responsabilidad en las organizaciones.

La igualdad entre los sexos requiere la asunción conjunta de
las funciones sociales básicas con independencia del sexo biológico.

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7.3. Las estrategias del cambio

Los cambios de unos sistemas sociales a otros son lentos y deben con-
templar medidas a largo plazo, lo que no es óbice para que se puedan esta-
blecer estrategias a corto y medio plazo.

Las personas no dejan de ser partículas en el universo y, por tanto, tien-
den al reposo o al movimiento a no ser que alguna fuerza las impulse al
cambio. Es por ello por lo que hay que establecer acciones que lo faciliten
y neutralicen las resistencias existentes. La fuerza aplicada ha de ser mo-
tivadora, pues los seres humanos son partículas especiales por disponer de
conciencia. No basta con empujar sin más, hay que buscar alicientes que
permitan visualizar las ventajas del movimiento, en definitiva, del cambio,
teniendo en cuenta los temores que ello suscita, pues la rutina proporciona
seguridad y las personas la necesitan para poder vivir relativamente tran-
quilas.

Tampoco es suficiente con la demostración teórica de las ventajas que
el cambio pueda suponer, sino que hace falta la comprobación empírica de
que produce beneficios. «Ver para creer», de Santo Tomás, tiene su origen
en esta necesidad primaria de comprobación empírica de los hechos.

Está claro que el aprendizaje se realiza a través de la educación, pero
la sociedad transmite aquello en lo que cree. Si para cambiar los roles de
género hay que modificar el sistema educativo, y para hacer ese cambio es
necesario previamente que la sociedad lo considere conveniente. ¿Cómo
romper entonces el círculo vicioso?

La igualdad entre las mujeres y los hombres produce temores a ambas
partes. Se habla de igualdad hasta un punto, pasado el cual, el miedo hace
su aparición en escena y la gente se introvierte buscando seguridad en lo
conocido.

Una forma de ir introduciendo cambios es modificando lentamente los
relatos relacionados con cada sexo. Son esos relatos cargados de significa-
dos simbólicos los que definen el género. Todos ellos han sido elaborados
culturalmente a partir del sentido que cada sociedad le fue otorgando a sus
anhelos, dudas y preguntas, y lo mismo que se construyeron se pueden
modificar o deconstruir. De hecho, los discursos sobre lo que suponía ser
un hombre o una mujer hace cincuenta años no son los mismos que los
actuales.

En relación con el cambio, hay que tener en cuenta su alcance y profun-
didad. Hay cambios periféricos que son más fáciles de modificar y los hay
más nucleares cuyas estructuras son más resistentes. Entre estas últimas se
encuentran las cuestiones relacionadas con la identidad personal.

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Desde la perspectiva de la igualdad de género, los cambios discursivos
deben estar orientados, en primer lugar, hacia la sustitución de los roles de
género por roles personales que potencien las fortalezas de niñas y niños,
y que hagan conscientes a estos últimos de su vulnerabilidad.

En segundo lugar, desde la búsqueda de la igualdad, las estrategias de
cambio deben contemplar de forma conjunta la igualdad entre los sexos y
entre las personas. Si solo se acomete la igualdad entre los sexos se puede
reproducir la dominación compartida con la consiguiente desigualdad en-
tre las personas. Si solo se tiene en cuenta la desigualdad entre las perso-
nas, se olvida la desigualdad de género.

La lucha por la igualdad de derechos y de oportunidades debe
contemplar al mismo tiempo la deconstrucción del género y el cambio

de paradigma de la jerarquización social.

7.3.1. Primera estrategia de igualdad: transformación del patriarcado

Si el patriarcado viene definido por el poder como dominación asociado
a la propiedad-posesión de unas personas sobre otras y se encuentra sus-
tentado por el ejercicio de la violencia, su transformación pasa por la sus-
titución del poder como dominación por el poder como capacidad para la
acción y el cambio de la violencia por la resolución pacífica de conflictos.

El poder como capacidad para la acción es empoderamiento y un medio
para la transformación de la realidad social. La capacidad para la acción se
encuentra compuesta, a su vez, por múltiples capacidades que tienen que
ser desarrolladas. Ese desarrollo tiene que estar basado en un equilibrio
entre lo que se desea y lo que se puede hacer. Tan nocivo es creer que se
adolece de determinadas virtudes, como considerar que las que se poseen
son extraordinarias. En el primer caso, se puede hablar de un sub-empo-
deramiento limitante de la acción, y en el segundo, de un sobre-empodera-
miento ignorante de la vulnerabilidad real. Creer en las propias capacida-
des como medio de transformación de la realidad social es positivo, pero
no creer que esas capacidades son extraordinarias.

→ Empoderamiento

Empoderarse significa creer en las capacidades propias para la transfor-
mación de la realidad social percibida, con independencia de los resultados
de la acción porque no se trata de conseguir el éxito sino de creer que se
puede transformar esa realidad. Requiere el conocimiento del contexto en
el que se inserta esa realidad y está directamente relacionada con la auto-

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estima personal al proporcionar instrumentos psicológicos que permiten
afrontar la acción sin temor.

Esta concepción de empoderamiento tiene su origen en el enfoque de
educación popular de Paulo Freire desarrollada en los años 60 del siglo xx
y en los enfoques participativos de los años 70. Los tres ejes sobre los que
gira son: la creencia en las capacidades propias; la conciencia del contexto
social, cultural y estructural en el que se inserta el sujeto; y la decisión de
transformación de la realidad social teniendo como meta siempre el bien
común (Larrea, 2008).

Empoderamiento significa confianza interior y conciencia colectiva, ya
que la transformación de la realidad social requiere siempre de una masa
crítica que la haga posible. Hay, por tanto, dos tipos de empoderamiento:
personal y ciudadano. Su desarrollo ha de ser paralelo porque parte de un
convencimiento personal pero necesitado de la acción colectiva para que
dicha transformación pueda llevarse a cabo.

El empoderamiento, a través del conocimiento del yo y del
contexto, proporciona estrategias para transformar la realidad en busca

de una mayor igualdad.

Desde la perspectiva de género, la división funcional, emocional y
competencial entre los sexos hizo que mujeres y hombres desarrollasen
competencias diferentes. Ellas vinculadas a los espacios interiores y ellos
relacionadas con el mundo exterior. Microcosmos y macrocosmos forman
parte de la misma moneda. Ninguno de esos mundos es más importante
que el otro. Sin embargo, la valoración social de todo lo femenino dentro
del patriarcado ha sido siempre mucho menor que la valoración de lo mas-
culino, siendo esta la causa por la que se tiende a pensar que los hombres
están más empoderados que las mujeres, al confundirse las acciones del
mundo exterior con su mayor valoración.

Al igual que sucede con cualquier aspecto de la vida humana,
el empoderamiento tiene género.

Al estar relacionado empoderamiento con la confianza en las propias
capacidades, la menor valoración social de lo femenino ha hecho que las
mujeres duden de algunas de sus capacidades y que no le concedan tanta
importancia a las que han desarrollado. Esta falta de conciencia sobre todas
las cosas que puede hacer una mujer supone una limitación muy seria para
el desarrollo funcional y hace más difícil el camino para aquellas mujeres

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que desean salirse de su rol tradicional. Por otro lado, la subordinación en
la que se han visto inmersas durante milenios condicionó fuertemente su
capacidad de decisión, afectando así su empoderamiento, pues no solo se
trata del desarrollo de una capacidad, sino de su orientación para la acción
como medio de transformación de la realidad.

A pesar de ello, desde el momento en el que se lo propusieron el mundo
comenzó a cambiar. La Ilustración supuso el inicio del empoderamiento
femenino. No obstante, todavía queda mucho camino por recorrer, sobre
todo en lo que al espacio exterior se refiere, pues sigue estando colonizado
mayoritariamente por los hombres. Estas capacidades están relacionadas
especialmente con la toma de decisiones y la vida profesional, algo impor-
tante ya que de ella depende la independencia femenina.

Las mujeres dominan bien todo lo relativo a los espacios interiores. Sin
embargo, la infravaloración de lo femenino hace que no se les conceda
importancia a estas capacidades «microcósmicas», y sobre todo, que las
decisiones que la gestión de los espacios interiores conlleva no sirve para
la transformación de la realidad social. En este caso, el empoderamiento
requiere la previa valoración de los espacios privados, pues su pertenencia
a la esfera privada e interna no anula su relevancia.

Para ello las mujeres tienen que conocer el significado del patriarcado,
su construcción y evolución, y su situación dentro del mismo en el mo-
mento actual, así como sobre el significado del género y los elementos
que componen la feminidad y la masculinidad. Es una condición necesaria
para que puedan decidir sobre sus vidas de manera autónoma y compren-
der el comportamiento humano y el suyo propio. En definitiva, se trata de
identificar las barreras que obstaculizan la acción para poder superarlas.

Tan importante es una galaxia como un protón.

En el caso de los hombres sucedió al contrario. Su creencia de supe-
rioridad dio lugar a un sobre-empoderamiento en lo relacionado con el
mundo exterior que les ha llevado a creerse superhombres, ignorando su
vulnerabilidad real. Asimismo, no perciben su falta de empoderamiento en
todas aquellas acciones no relacionadas con su rol de género, es decir, en
todo lo relativo a los espacios interiores cuya gestión no han desarrollado,
en parte, por la construcción negativa de su identidad que les hace recelar
de todo lo femenino e infravalorarlo.

Pero quizá lo más preocupante es la falta de conciencia masculina so-
bre su condición dentro del sistema patriarcal. Los dominadores que se

213

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encuentran en la cúspide del poder son muy pocos, y la mayoría de los
hombres vive y se desvive por ellos, sin ser conscientes del tema o sin
querer reconocerlo abiertamente. Esta falta de conciencia, que tuvieron tí-
midamente cuando surgió el socialismo como movimiento de lucha por la
igualdad de clase, nunca dejó de ser patriarcal desde el momento en el que
el poder dominante y la jerarquía social no se terminaron de cuestionar del
todo. Volvieron a manifestar esta conciencia con el auge del pacifismo y la
oposición al militarismo y la guerra, pero el movimiento tampoco supuso
un cuestionamiento del patriarcado como sistema.

El empoderamiento masculino requiere también educación sobre su
condición dentro del patriarcado, así como de las capacidades relacionadas
con los espacios interiores, al tenerlas menos desarrolladas.

Empoderarse en la gestión de los espacios privados es una
tarea que han de desarrollar los hombres.

Ahora bien, el empoderamiento no solo es una cuestión de género. Des-
de la óptica del estatus, la mayoría de la población tampoco confía de-
masiado en su capacidad transformadora de la realidad social, al revés
de quienes dominan, que también se creen por encima de lo humano. La
revolución digital, al permitir el intercambio de información a lo largo y
ancho del mundo y la coordinación entre personas a través del tiempo y el
espacio, ha servido de instrumento de empoderamiento de la ciudadanía,
dando lugar a un cuestionamiento y debilitamiento del poder dominante
tradicional.

La ciudadanía, para que pueda ser transformadora de la realidad social,
requiere tener conocimiento de la de las características y del contexto en
el que dicha realidad transcurre. La adquisición de dicho conocimiento
comienza en la escuela. La educación sobre derechos, tolerancia, diversi-
dad o multiculturalidad puede ser incorporada a la misma a través de los
contenidos educativos y la puesta en práctica de programas de convivencia
entre el alumnado. De esta forma, la persona puede adquirir conocimien-
to acerca del contexto en el que vive, del proceso de construcción de la
cultura, de las características de las relaciones sociales existentes y de su
posición en el mundo.

Ahora bien, no basta con el conocimiento adquirido en la escuela. La
información de la que debe disponer la ciudadanía debe ser continua y
suficiente para que pueda hacerse juicios fundamentados sobre las cuestio-
nes que le afectan y que están relacionados con la organización y funcio-
namiento de la vida social. En este sentido, la existencia de datos abiertos

214

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

y la transparencia de los poderes públicos son indispensables para que la
ciudadanía pueda adoptar decisiones transformadoras de la realidad social.

Tabla 3. Propuestas de igualdad para el empoderamiento ciudadano

Empoderamiento ciudadano

Enseñanza • Inclusión en los contenidos educativos de las caracte-
primaria y rísticas del sistema patriarcal y la jerarquización social
secundaria y el puesto que el discente ocupa en él

• Adquisición de la consciencia de las capacidades pro-
pias en un ámbito responsable de cooperación, solida-
ridad e igualdad

Transparencia y • Publicación de datos en abierto sobre la actividad de
datos en abierto los poderes públicos
de los poderes
• Divulgación en los medios de comunicación de datos
públicos provenientes de los poderes públicos

• Información en los medios de comunicación sobre las
acciones ciudadanas reivindicativas de derechos

Campañas del • Existencia de redes sociales de denuncia de vulnera-
Tercer Sector ción de derechos humanos

• Campañas divulgativas sobre derechos humanos de las
ONGs

• Asociaciones ciudadanas para el empoderamiento

Fuente: Elaboración propia

Tabla 4. Propuestas de igualdad para el empoderamiento de género

Empoderamiento de las mujeres y los hombres

Socialización • Fomento de actividades que sirvan de estímulo a las

en la escuela niñas y niños para el reconocimiento de sus propias ca-

para el pacidades

empoderamiento • Fomento de actividades en las que los niños y niñas
aprendan cuidados personales

215

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Ampliación • Evolución del ser humano en la Tierra anteriores a la
contenidos entrada en la civilización
curriculares
primaria y • El patriarcado, su constitución, evolución y situación
secundaria en el momento actual

• Los grandes movimientos sociales: liberalismo, socia-
lismo, anarquismo, feminismo, pacifismo, ecologismo
y LGTBI

Políticas • Sobre las capacidades de las mujeres y los hombres en
públicas y todos los ámbitos de la vida diferentes a las de su rol
campañas tradicional
divulgativas y
documentales • Elaboración de criterios para la publicidad sobre las ca-
pacidades femeninas y masculinas

• Visibilidad del deporte femenino en los medios de co-
municación

• Participación conjunta de mujeres y hombres en la
práctica de deporte colectivos

Tercer Sector • Actividades compartidas entre mujeres y hombres para
el empoderamiento mutuo: las mujewres a enfrentar
riesgos y los hombres a ser precavidos

• Asociaciones para el empoderamiento de mujeres

• Asociaciones para el empoderamiento de hombres

• Asociaciones compartidas para el empoderamiento
mutuo

Fuente: Elaboración propia

→ Ni posesión ni violencia

No puede haber dominación sin violencia porque es la columna verte-
bral sobre la que se asienta. Desde la instauración del patriarcado, domi-
nación y violencia han ido de la mano y se proyectaron sobre las personas
individual y colectivamente afectando de manera diferente a las mujeres
y los hombres.

Los valores patriarcales están directamente relacionados con la domina-
ción, cuya etimología remite al concepto de «amo», «dueño» o «propie-
tario». Será la propiedad la que posibilite el dominio, el señorío, sobre un

216

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

territorio, sobre un conjunto de bienes inmateriales o sobre una serie de
personas. Además de la propiedad, está la posesión en el sentido de uso y
disfrute de un bien. Es la posesión, bajo el paraguas de la dominación, la
base de la creencia de que el poseedor no tiene límites en cuando al uso y
disfrute de un bien.

Generalmente, esa propiedad-posesión se refiere a bienes, pero también
puede incluir a las personas. Fue precisamente la creencia de que las mu-
jeres formaban parte de las propiedades de los hombres la que ha dio lugar
a la violencia contra ellas.

La propiedad-posesión de unos hombres por otros también ha existido
en forma de esclavitud, y también fue motivo de violencia, si bien las
causas que la originaron fueron diferentes, y su extensión y perdurabilidad
también.

En la actualidad, la deconstrucción del patriarcado lleva aparejada, por
un lado, la reconsideración de la propiedad separándola de la posesión en
el sentido de un uso y disfrute sin limitación; y, por otro, el fin de la consi-
deración de la mujer como un «bien» del hombre.

Las personas nunca pueden ser propiedad de nadie, pero no solo en el
sentido legal del término, sino en el simbólico también. Los hombres se
siguen creyendo propietarios-poseedores de las mujeres y la primera re-
estructuración consiste en un profundo cambio de la socialización de los
varones. El hecho de que un hombre se crea propietario de una mujer con
derecho a hacer con ella lo que desee es una cuestión cultural que nada tie-
ne que ver ni con la biología ni con la genética. Esta reeducación en igual-
dad de género es indispensable para el fin de la violencia con las mujeres.

Se pueden diferenciar dos tipos de violencia que los hombres han ejerci-
do, y siguen ejerciendo sobre las mujeres: una contra todas en general, por
el mero hecho de serlo; y otra, en particular, contra las mujeres con las que
existen vínculos afectivos. La primera surgió como consecuencia de los
primeros conflictos entre grupos sociales diferentes y se fue extendiendo
hacia otros ámbitos más allá de la guerra; la segunda es consecuencia de
la dominación masculina en la familia en la que la posición de la mujer
era de total subordinación y dependencia. Ambos tipos de violencia siguen
existiendo en la actualidad. Las violaciones en masa o la utilización de
mujeres como esclavas sexuales siguen estando de plena actualidad, así
como el acoso sexual o el asesinato de mujeres con las que los asesinos no
tienen ningún vínculo afectivo alguno. La segunda, es decir, la violencia
de pareja, está constituida por la violencia que un hombre ejerce sobre una
mujer con la cual mantiene, o mantuvo, una relación «afectiva».

217

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Cómo se llegó a esta situación es algo que no se puede conocer con
exactitud, pero seguramente de las necesidades iniciales que generó la se-
dentarización se fue estableciendo una división sexual de las funciones so-
ciales y, con ella, la situación de dependencia de la mujer que, poco a poco
la fue desposeyendo de su capacidad de obrar. Desprovistas de autoestima,
relegadas a los espacios invisibles y limitadas en su capacidad de obrar,
las mujeres tuvieron difícil oponer resistencia. Una vez instalada la domi-
nación masculina, el propio sistema fue reproduciendo esta nueva forma
de organización social haciendo uso de la violencia para su perpetuación.

También entre los hombres existe la violencia, y también es de dos tipos:
violencia contra hombres pacíficos que no buscan el conflicto; y violencia
entre hombres compitiendo por el poder. En los primeros momentos del
patriarcado, algunos hombres se vieron en situación de dominados sobre
los que se ejerció la violencia. Tal fue el caso de los esclavos, si bien con
una diferencia importante: el esclavo era poseído y podía ser violentado
por su condición de tal, mientras que la mujer lo era por su condición de
mujer, no por ser esclava. Es una diferencia significativa, pues si el es-
clavo cambiaba de estatus dejaba de estar poseído, mientras que la mujer
no dejaba de estar poseída, aunque cambiase su estatus. En la actualidad,
este tipo de violencia ha desaparecido en su práctica totalidad al haberse
acabado con la esclavitud, pero hay violencia masculina que se ejerce con-
tra hombres por su orientación sexual, por pertenecer a minorías étnicas
determinadas o por ser anti-patriarcales, hecho que ha permitido que la
violencia entre los hombres comience a ocupar una parte en los estudios
de género.

En este caso, al igual que ocurre en la violencia contra las mujeres, las
figuras del agresor y la víctima se encuentran separadas pues se trata de
hombres que no se han enfrentado a los agresores y que no compiten con
ellos; sin embargo, se diferencia de la violencia contra las mujeres en que
no se ejerce contra los hombres por ser hombres, sino por la condición que
ostentan (al igual que en el caso de la esclavitud).

El otro tipo de violencia masculina es la que tiene lugar entre los hom-
bres en su lucha por el poder y el estatus. Es una violencia en la que la
figura del agresor y la víctima son intercambiables, y tiene lugar entre
aquellos que persiguen un mismo fin, algo que no existe en la violencia
contra las mujeres o los hombres antipatriarcales, ya que las víctimas no
compiten con los agresores en ningún momento. Este tipo de violencia ha
sido analizado casi siempre desde una perspectiva biológica y clínica, pero
no desde la perspectiva de género, algo que habría que hacer, pues si existe
violencia entre los hombres por el poder, es muy difícil que no se termine
proyectando sobre las mujeres o sobre otros hombres.

218

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

No se puede educar a los niños en la agresividad como forma de
resoluciónde sus conflictos, porque la violencia que de ello se deriva

acaba afectando a todo el mundo.

Acabar con la violencia es una ardua tarea. Se encuentra tan interiori-
zada en el imaginario social que resulta difícil imaginarse un mundo en
paz. Pero es posible conseguirlo ya que la violencia es cultural y responde
a situaciones emocionales a las que se llega por la educación recibida. El
violento no nace, se hace. Eso significa que lo mismo que surgió puede
desaparecer.

Entre las acciones que han ido ejerciendo presión en la lucha contra la
violencia se encuentran los movimientos feministas y pacifistas. La lucha
de las mujeres por acabar con la violencia de género ha ido impregnando
la sociedad y se ha exportado a la lucha contra otras formas de violencia.
El pacifismo avanza más lentamente, pero la oposición de los hombres a
la guerra o las grandes manifestaciones en contra de la misma también han
sido continuas.

Hay varias cuestiones que abordar en el tema de la erradicación de la
violencia para su sustitución por la resolución pacífica de los conflictos y
todas ellas pasan por la deconstrucción de la masculinidad basada en la
idea de dominación, agresividad, fuerza, osadía, temeridad y competitivi-
dad; la intolerancia hacia la violencia; y el respeto a la diversidad.

Hay una parte de la masculinidad que es letal y constituye un
grave problema para toda la sociedad.

A pesar de que la violencia está íntimamente relacionada con la mascu-
linidad, en los últimos tiempos se viene observando una mimetización por
parte de mujeres adolescentes que comienzan a imitar a sus colegas varo-
nes en el ejercicio de la violencia, una razón importante para no copiar el
modelo masculino como universal.

219

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Tabla 5. Propuestas para la socialización en igualdad y resolución pacífica de conflictos

Socialización en igualdad y no violencia

Educación Primaria y • Educación en el respeto a los demás y en
Secundaria relaciones de convivencia en igualdad

• Programas de educación intercultural

• Programas para la educación emocional

• Incorporación en el modelo curricular sobre
la resolución pacífica de conflictos

Formación del • Programas sobre el ejercicio de autoridad en
profesorado de el aula y no de poder
Primaria y Secundaria
• Talleres sobre género, igualdad de género y
multiculturalidad

• Los grandes movimientos sociales: libera-
lismo, socialismo, anarquismo, feminismo,
pacifismo, ecologismo y LGTBI

Práctica deportiva en la • Eliminación de la rivalidad los aconteci-

escuela mientos deportivos para niños y niñas

Formación para • Talleres para hombres relativos a la cons-
hombres trucción social del género, su origen y evo-
lución y su relación con la violencia

Políticas públicas • Establecer criterios para la erradicación de
para la prevención la violencia en los deportes de masas
y erradicación de la
• Tolerancia cero en la violencia en las activi-
violencia dades de la vida diaria, especialmente en el
deporte

• Tolerancia cero con la violencia en las insti-
tuciones penitenciarias

• Observatorio de no violencia referida al len-
guaje en los medios de comunicación

Fuente: Elaboración propia

220

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

→ La cooperación orientadora de la competitividad

La competitividad está presente en todos los aspectos de la vida social:
en el sistema educativo existen rankings de los mejores colegios, del alum-
nado, de profesores/as, etc.; se educa a las personas en la lucha por vencer
en todos los ámbitos de la vida; las empresas la tienen incorporada en su
ideario de actuación; los medios de comunicación contienden por las au-
diencias; el deporte es una exhibición continua de rivalidad, etc.

La competitividad es también una fuente de violencia, por eso se utili-
zan palabras como «lucha», «disputa», «pugna» y similares para referirse
a las actividades deportivas, empresariales o mediáticas.

Esta era una característica muy vinculada al mundo masculino, pero su
imitación por las mujeres ha hecho que también ellas se hayan lanzado a
la competición. A pesar de ello, se puede educar en el trabajo en equipo
basado en la cooperación y no en la jerarquía.

Esta enseñanza ha de darse en la escuela, pero también fuera del aula: en
el deporte; en los contenidos de los mensajes ensalzadores de la competen-
cia; y en los discursos empresariales.

Es por ello por lo que conviene orientar la competitividad al servicio de
la cooperación, para que sea la actitud colaboradora la que guíe la acción
social. Porque o se trata de ser mejor que las demás personas, sino mejor
que una misma.

Tabla 6. Propuestas igualdad para el fomento de la cooperación

Aprendizaje cooperativo

Socialización en la • Inclusión de contenidos curriculares en la escue-
escuela la relativos a la diversidad humana

• Fomento del trabajo en equipo en la escuela

Formación en la • Gestión de la diversidad en las organización
empresa • Fomento del trabajo en equipo

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Políticas Públicas • Fomento de los discursos que ensalzan la coo-
para la modificación peración en los medios de comunicación Cam-
de los discursos sobre pañas divulgativas sobre derechos humanos de
las ONG
competitividad
• Establecimiento de criterios para la modifi-
cación de los discursos de la publicidad sobre
competitividad

Fuente: elaboración propia

7.3.2. Segunda estrategia de igualdad: del rol de género y clase al rol
de la diversidad

Los discursos de género impregnan toda la vida social. Las niñas y los
niños reciben mensajes diferentes en cuanto a su comportamiento, capaci-
dades, funcionalidades, sentires y deseos, algo que repercute en su futuro.

Estos discursos se transmiten en la familia, la escuela, los medios de
comunicación y la publicidad. Actuar sobre las familias es más complica-
do que actuar sobre la educación o la publicidad, por lo que resulta más
conveniente poner en marcha políticas públicas que incidan sobre dichos
espacios para acabar incidiendo de manera indirecta en la familia.

Pero la desigualdad no solo se manifiesta entre los sexos. Los relatos de
clase social, en los que se evidencia la distinta valoración que reciben unas
personas respecto a otras, también forman parte de la desigualdad. Estos
relatos la justifican y tienden a reproducirla sin que haya un cuestionamien-
to social lo suficientemente significativo que dé lugar a su modificación.

Para analizar dichos relatos hay dos elementos fundamentales a conside-
rar: uno, el lenguaje en su doble vertiente comunicadora y simbólica; dos,
las funciones sociales por sexo basadas en los roles de género.

→ La comunicación social: el lenguaje

El lenguaje tiene una doble finalidad: ser un medio de comunicación y
una representación del mundo que se expresa a través de diferentes formas:
palabras, símbolos e imágenes. A través de su interconexión se expresan
los valores, las creencias y las costumbres de una sociedad y se transmiten
de generación en generación durante el proceso de socialización.

Desde el punto de vista de la lengua, la existencia de un lenguaje predo-
minantemente masculino, tanto a nivel de palabras como de imágenes, tor-
na invisibles a las mujeres. Si cada palabra o imagen tiene un significado

222

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

determinado, la ausencia femenina hace que no se piense en las niñas y en
las mujeres de la misma forma que se piensa en los niños y en los hombres.

En relación con el lenguaje androcéntrico, existe una larga tradición en-
tre quienes defienden el masculino como genérico porque consideran que
incluye al colectivo femenino. Las preguntas que suscita esta concepción
del lenguaje son varias: ¿por qué existe entonces el femenino? Si hombres
y mujeres se encuentran dentro del masculino: ¿para qué se necesita ese
femenino? Está claro que para invisibilizar a las hembras, pues su visibili-
dad requiere su mención expresa.

Ilustración 79. Invisibilidad femenina

¿PERSONA?

HOMBRE

¿VARÓN?

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Este es un hecho evidente. Sin embargo, la utilización de un lenguaje
neutro genera múltiples resistencias que provienen de distintos agentes,
tanto femeninos como masculinos. Hay personas que se sienten cómodas
con la lengua tal y como está porque son reticentes al cambio. También
las instituciones suelen reproducir el lenguaje sexista en sus escritos, unas
veces por costumbre y otras por simple pereza para no tener que buscar
genéricos. A nivel individual, es la «alienación» que experimentan algunas
personas inmersas en los valores de una cultura determinada la que justifi-
ca la connivencia con el lenguaje que invisibiliza a las mujeres.

… ver y sentir la discriminación en el lenguaje no es cues-
tión de sexo, sino de conciencia y consciencia de género.
Como ya he mencionado, el lenguaje se ha ido construyendo
socialmente desde un punto de vista androcéntrico porque ése
era el punto de vista de los grupos de poder, encargados de
convertir sus valores culturales e ideológicos en los dominan-
tes, presentando como necesaria y única posible la que no es

223

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más que una forma (de entre muchas) de organización social.
Justamente al ser dominantes, estos valores se presentan como
neutrales, objetivos, ‘normales’ y ‘naturales’ y se van adqui-
riendo de forma acrítica e inconsciente hasta el punto de que
los grupos no dominantes los acepten como correctos y que-
den alienados y convencidos de que las cosas son así porque
siempre han sido así, y que así deberán seguir siendo. La his-
toria nos brinda numerosos ejemplos de esta alienación: la de
la comunidad negra cuando durante siglos veía como normal
vivir explotada por la blanca; la de las esclavas y esclavos
cuando consideraban ley de vida servir a los amos; y también
la de las mujeres, durante siglos, cuando no reclamaban su
derecho humano a la educación o a un trabajo remunerado
porque simplemente no lo consideraban algo ‘propio’ para
ellas. Respecto al lenguaje, los grupos de poder presentaron
el lenguaje sexista y androcéntrico como el normal y natural,
y de este modo tanto hombres como mujeres lo han ido adqui-
riendo y perpetuando de forma acrítica e inconsciente, has-
ta dar lugar a lo que el sociólogo Pierre Bourdieu denomina
«dominación simbólica». (Castro Vázquez, 2010)

A nivel institucional, en 2005 el Parlamento Vasco proclamaba en un
documento su apoyo al lenguaje no sexista, pero sin abandonar el masculi-
no genérico en aras de la economía de las palabras, otro de los argumentos
que se suelen utilizar para mantener el lenguaje tal y como está.

La visualización de los colectivos masculino y femenino
puede ser necesaria como recurso pedagógico que contrarres-
te una cierta ocultación de la mujer producida por la adop-
ción del masculino como genérico. Pero debe tratarse de una
recomendación de estilo, y no de evitar un uso sexista del len-
guaje. En consecuencia, dado que se trata de formulaciones
optativas, en principio no es posible imponer ni prohibir: es
cuestión de estilo. (Parlamento Vasco, 2005)

Los miembros académicos de otra importante institución, la Real Aca-
demia Española, que asistieron al pleno celebrado en Madrid el jueves, 1
de marzo de 2012, suscribían el informe de Ignacio Bosque que incluye
diversas objeciones a nueve guías sobre lenguaje no sexista publicadas
por varias comunidades autónomas. Una era que la tradición lingüística en
castellano justifica la utilización del masculino como genérico, y otra, que
no habían participado lingüistas en su elaboración.

224

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Hay acuerdo general entre los lingüistas en que el uso no
marcado (o uso genérico) del masculino para designar los dos
sexos está firmemente asentado en el sistema gramatical del
español, como lo está en el de otras muchas lenguas romá-
nicas y no románicas, y también en que no hay razón para
censurarlo. (Bosque, 2014)

A pesar de que su autor considera que existe discriminación hacia la
mujer, traslada esta discriminación al terreno de las frases y la excluye de
las palabras propiamente dichas, sin tener en cuenta que cada palabra tiene
un significado en el imaginario colectivo. Puede ser que lingüísticamente
una palabra y una frase tengan un significado gramatical determinado, lo
que no implica que su significado simbólico sea el mismo, ya que va más
allá de la morfología lingüística.

Pero el lenguaje sexista no solo implica la utilización del masculino
como genérico. Hay palabras que solo tienen femenino, como «coñazo»,
«cacatúa», «arpía», «cotilla», «cotorra», «foca» o «pécora», que encierran
una carga negativa, palabras que también las hay en masculino como «cal-
zonazos», «nenaza» o «bragazas», referidos a los hombres débiles que se
dejan «mandar» por una mujer o que actúan como ella. En ambos casos,
estas palabras reflejan una concepción negativa, subordinada e inferior de
las mujeres. Hay otras que solo tienen masculino y que denotan cualida-
des como «cojonudo», «líder», «dirigente», etc. Asimismo, hay palabras
duales que no significan lo mismo según que sean referidas a las mujeres o
a los hombres, como «zorro-zorra», «aventurero-aventurera», «brujo-bru-
ja», «hombre público-mujer pública», «gobernante-gobernanta» o «fula-
no-fulana». Por último, hay definiciones de palabras que encierran un se-
xismo, a veces directo, a veces indirecto, como «hombre», que es definido
en el diccionario de la lengua como ser animado racional varón o mujer,
al mismo tiempo que como varón persona del sexo masculino, mientras
que «mujer» alude solo a la persona del sexo femenino.

Existen muchas posibilidades de utilizar palabras neutrales desde
el punto de vista del sexo, sin que ello signifique tener que desdoblar

hacerlo innecesariamente extenso.

El lenguaje también es clasista y refleja la jerarquización social a través
de los adjetivos calificativos.

La invisibilidad de los colectivos que ocupan los escalones más bajos de
la pirámide social es también un hecho.

225

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Se ha dado, sin embargo, muy poca atención a la discrimi-
nación que aparece en el lenguaje cotidiano en la utilización
de palabras o términos que son peyorativos y ofensivos hacia
los grupos de la población que tienen menos recursos, secto-
res que, por regla general, pertenecen a los grupos sociales
de menos ingresos dentro de la clase trabajadora. (Navarro,
2015)

Esto se observa claramente en los contenidos de las noticias de los me-
dios de comunicación. Cuando versan sobre hombres o mujeres que con-
sideran importantes, les denominan por su nombre y apellidos, pero cuan-
do se refieren a profesiones o actividades poco valoradas socialmente o a
colectivos desfavorecidos, ese nombre no aparece, cuestión que también
se aplica a las personas que ejercen determinadas profesiones a las que se
nombra por su profesión y no por su nombre «fregona», «asistenta», «ba-
surero», «chatarrero», etc.

La discriminación lingüística también existe en relación con las perso-
nas inmigrantes a través de palabras despectivas como «panchito», «su-
daca», «negrata», «payo pony», etc. para dejar claro que no se trata de
extranjeros/as de «cuello blanco» que trabajan en el país de acogida, sino
de personas sin recursos. Se pone el acento en su pobreza, no en que huyen
de la misma.

Los contenidos educativos también transmiten el clasismo imperante en
la sociedad:

[...] el curriculum escolar transmite unos modelos de mas-
culindiad y feminidad jerarquizados que varían en función de
la clase social y el momento histórico. Pero considero que hay
que añadir: ese modelo masculino que se presenta como su-
perior no corresponde a todos los hombres, sino solo a aque-
llos que se identifican con una forma particular de ser hombre
vinculada al ejercicio del poder: un hombre hecho, un modelo
que, además de sexista y clasista, es racista y adltos, que ha
sido construido en la historia colectiva, que se aprende y se
asume como resultado de vivir el ritual de paso a la vida adul-
ta, y que hemos definido como un arquetipo viril, que se inscri-
be en la memoria colectiva de larga duración y en las memo-
rias personales inconscientes». (Rodríguez Martínez, 2006)

La desigualdad de estatus también se manifiesta en la capacidad funcio-
nal para referirse a personas con capacidades diferentes. La palabra disca-

226

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pacidad está formada por el prefijo dis que indica negación o separación y
capere que significa agarrar o tomar, y el sufijo dad que significa cualidad.
La palabra discapacidad significa, por tanto, carecer de la función o cua-
lidad. Aplicado al individuo, se considera a las personas discapacitadas
como carentes de algo, cuando en realidad, se trata de personas con capa-
cidades diferentes. La cuestión es que no solo se produce esa separación,
sino que la valoración social que llevan aparejada las personas clasifica-
das como discapacitadas es menor que la de las demás personas. Palabras
como «minusválido», «subnormal», «oligofrénico», etc., expresan que es-
tas personas no son como las demás en la escala de más-menos patriarcal.

La diferencia entre la desigualdad de estatus y la de género que refleja el
lenguaje es que la discriminación de las mujeres es transversal ya que afec-
ta a cualquier mujer por el hecho de serlo, mientras que la discriminación
de clase o de capacidad afecta a colectivos determinados.

Así, la eliminación de las palabras que discriminan a las personas por
cualquiera de sus características personales, debe ser eliminadas de los
discursos sociales.

Tabla 7. Propuestas de lenguaje neutro no sexista ni clasista

Lenguale igualitario

Lenguaje no sexista en • Sustituir del masculino como genérico y utili-
la escuela zación de palabras neutras en los libros de texto

• Evitar el androcentrismo utilizando ejemplos en
los que aparezcan mujeres y hombres equilibra-
damente

• No utilizar el masculino para calificar y el fe-
menino para descalificar hechos, situaciones o
fenómenos

• Incluir figuras y dibujos con hombres en roles
tradicionalmente femeninos y viceversa

Lenguaje inclusivo en • En los contenidos escolares, utilizar ejemplos

la escuela que hagan visible la diversidad humana

227

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Discursos no sexistas • Sustituir el masculino como genérico y utilizar
en los medios de palabras neutras
comunicación
• Evitar el androcentrismo utilizando ejemplos en
Discursos no clasistas los que aparezcan mujeres y hombres
ni discriminatorio
en los medios de • No utilizar el masculino para calificar y el fe-
comunicación menino para descalificar hechos, situaciones o
fenómenos
Políticas públicas
• Incluir en los formatos de los medios de comu-
nicación de la diversidad humana funcional y
competencial sin distinción de clase

• Incluir en los formatos de los medios de comu-
nicación de la diversidad humana funcional y
competencial sin distinción de clase

• Utilizar de imágenes y formatos que hagan visi-
ble la diversidad humana en la publicidad

• Elaborar criterios para evitar el lenguaje discri-
minatorio en los medios de comunicación, en
las instituciones, en las empresas y en las redes
sociales

Fuente: elaboración propia

→ El aprendizaje: la educación

La educación es un sistema de transmisión y adquisición de conoci-
mientos, así como de los valores, creencias y costumbres de una sociedad.
Es el medio por el cual las personas desarrollan sus habilidades para vivir
en sociedad. Según se educa se consiguen unos sujetos adultos u otros.

Si dejáis que sean mal educados y corrompidos en sus cos-
tumbres desde niños, para castigarlos ya de hombres, por los
delitos que ya desde su infancia se preveía tendrían lugar,
¿qué otra cosa hacéis más que engendrar ladrones para des-
pués castigarlos? (Moro, 2001)

Existen múltiples factores relacionados con la educación, el género y el
estatus, pero hay dos que son especialmente significativos: los contenidos
educativos y quienes los imparten.

Los contenidos educativos están elaborados desde una perspectiva an-
drocéntrica y jerarquizada que utiliza mayoritariamente ejemplos mascu-

228

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

linos y potencia las actividades asociadas a los hombres, mientras que se
ignoran las desarrolladas por las mujeres (cuando lo hacen es para reforzar
su rol de género). Asimismo, se valoran más a unos hombres que a otros
en función de su posición social. Este hecho es especialmente significativo
en la narración histórica enfocada, sobre todo, a glosar las hazañas bélicas
y las luchas por el poder de la élite masculina dominante, pero en la que
obreros, campesinos o trabajadores de oficios no aparecen nunca refleja-
dos. También lo es cuando en matemáticas se pone como ejemplo: calcular
la superficie de «un aeropuerto» y no la de «una cocina».

Los estereotipos sexistas y clasistas forman parte de los contenidos edu-
cativos. Muchos países los han ido eliminando de los libros de texto, aun-
que hay una serie de creencias típicas sobre estereotipos de género: «las
niñas son mejores en ciencias sociales y los niños en ciencias naturales»,
«las niñas trabajan duro, pero los niños son más inteligentes»; «las chicas
son obedientes, pero los niños son los que realmente entienden el tema»; y
sobre estereotipos de estatus que, en la actualidad, están vinculados a los
movimientos migratorios y a la multiculturalidad: «en los colegios en los
que hay alumnado inmigrante se retrasa a los nacionales del país»; «los
gitanos son vagos y pendencieros»; etc.

Para Aguado Odina et al. la cultura escolar responde a un patrón socio-
cultural de referencia y, todos aquellos rasgos culturales que no están en
armonía con dicho patrón son erradicados y erosionados a través de deter-
minadas prácticas escolares orientadas a mantener, acentuar y legitimar
las desigualdades sociales del alumnado a base de no reconocer y valorar
sus diferencias culturales (Aguado Odina, Gil Pascula, Jiménez-Frías, &
Sacristán Lucas, 1999).

229

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Tabla 8. Propuestas de igualdad de género y status en los contenidos educativos

Contenidos educativos

Educación primaria y • Incluir en el diseño curricular de los contenidos
secundaria no sexista educativos del significado de los estereotipos
sexistas, su origen y evolución

• Diseño curricular de los contenidos educativos
relativos sin estereotipos sexistas relacionados
con las capacidades, funcionalidades y emocio-
nes humanas

• Equilibrar la aparición de niñas y mujeres, y ni-
ños y hombres, en los ejemplos utilizados en los
libros de texto y en clase

• Exponer en el aula de diferentes actividades hu-
manas desarrolladas por mujeres y hombres

• Enseñanza sobre inteligencia emocional

• Participar conjuntamente niños y niñas en la
práctica deportiva

• Realizar en el aula de juegos de intercambio de
roles

Educación inclusiva • Inclusir en el diseño curricular de los contenidos
educativos del significado de los estereotipos so-
ciales, su origen y evolución

• Exponer en el aula de las características de las
diferentes culturas existentes en la misma con
participación activa del alumnado

• Aplicar enfoques multidisciplinares en el diseño
curricular de los contenidos educativos

• Visibilizar la multiculturalidad en los ejemplos
utilizados en los libros de texto y en clase

• Visibilizar la diversidad humana funcional y
competencial sin tener en cuenta su estatus o el
tipo de actividad que desarrollen

Fuente: elaboración propia

230

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

→ Nueva valoración de las funciones sociales: la importancia de
los cuidados y la reproducción

El cuidado personal y de los demás es una función social poco valorada
a pesar de ser necesaria para la existencia de una vida longeva y sana. Los
cuidados tienen dos componentes: el personal y el de los demás. Desde
una perspectiva de género, existen déficits en lo que al cuidado personal se
refiere tanto en el caso de las mujeres como en el de los hombres, si bien
las primeras suelen cuidarse más de lo que lo hacen los segundos.

También el estatus interviene en los cuidados personales. La pobreza ni
tiene medios, ni ganas, ni fuerzas para dedicar al cuidado del propio cuer-
po el tiempo más allá del estrictamente necesario para la reposición del
mismo para la producción del sustento.

El cuidado de los demás es, sin embargo, una función ejercida mayori-
tariamente por las mujeres de cualquier estatus y cultura. Eso significa que
los hombres dedican menos tiempo al cuidado de los/as hijos/as y familia-
res. Este hecho influye en el desarrollo de su capacidad real para hacerlo,
que no tiene nada que ver con su capacidad potencial.

Para que esta actividad se equilibre por sexo es necesario una mayor in-
corporación de los hombres en el ejercicio de esta función social y pasan,
en gran medida, por los programas de conciliación de la vida personal y
laboral. Ello implica combinar estos programas con la función proveedora,
pues de lo contrario no se puede conciliar sin reducir la cantidad de tiempo
que se dedica a trabajar para obtener recursos.

Además, es necesaria una mayor valoración social de los cuidados, va-
loración que deben reivindicar las mujeres especialmente. Si es una de las
actividades a las que han dedicado buena parte de su tiempo a lo largo de
la historia, no puede ser que ellas mismas no la valoren como una parte
esencial de la vida. Por otro lado, son las mejor preparadas para exportar
su conocimiento a los hombres, cuyo aprendizaje para el ejercicio de esta
función social viene fundamentalmente de manos femeninas.

La conciliación de la vida personal y laboral requiere que las jornadas
laborales se reduzcan, al mismo tiempo que se flexibilizan las formas en
las que el trabajo puede desarrollarse. No tiene sentido la digitalización de
la vida y no aumentar el teletrabajo o la flexibilidad de la jornada laboral
tanto en días como en horarios.

Sin embargo, las resistencias al cambio en estos ámbitos son enormes
a pesar de que la productividad aumenta cuando el trabajo está motiva-
do y las personas suficientemente descansadas, mental y físicamente, para
abordarlo con plenitud. Si el trabajo proporciona recursos, la conciliación

231

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posibilita a los individuos compatibilizar las actividades necesarias para
vivir a diario sin el estrés que tenerlo que hacer todo sin tener un momento
de descanso, que muchas veces es más mental que físico.

Estos déficits masculinos repercuten en las mujeres vinculadas a las ta-
reas de cuidados más allá de lo que sería necesario si los hombres compar-
tieran esta tarea.

La Recomendación (2006)19 del Consejo de Europa insta
a los Estados Miembros a generar las condiciones que per-
mitan a los responsables de la crianza de los niños y niñas
ejercer una parentalidad positiva, garantizando el acceso a
recursos educativos, sociales, culturales y materiales ade-
cuados y adoptando las políticas necesarias para ello. Por su
parte, la Recomendación (96)5 del Consejo de Europa sobre
conciliación de la vida laboral y familiar afirma que sin la
armonización de ambas, el ejercicio de los derechos humanos
fundamentales en la esfera económica y social no es posible.
Recuerda que las personas deben asumir la crianza de sus
hijos como prioridad, independientemente de la edad de los
niños, y que las cuestiones económicas derivadas del ejercicio
de la parentalidad no deben constituir un obstáculo para la
crianza del niño. Por ello, hace especialmente hincapié en la
urgencia de que los gobiernos aseguren que todos los niños
y niñas disfrutan de los cuidados adecuados, independiente-
mente de la situación económica de sus padres. La concilia-
ción debe permitir a los ciudadanos mantener un equilibrio
entre la necesidad de trabajar y la de atender adecuadamente
a sus hijos. Sin embargo, el abordaje fragmentado de la conci-
liación en España y la tendencia a relegar a un segundo plano
las necesidades y los derechos de la infancia, han determinado
que los niños y las niñas no hayan sido tenidos suficientemente
en cuenta en la formulación de las políticas de conciliación,
cuando deberían ser los principales beneficiarios de las mis-
mas. (Save the children, 2013)

El problema radica en que hay una contradicción entre la idea expresada
por discursos como el Consejo de Europa, y la realidad cotidiana. La con-
ciliación dista mucho de haberse conseguido y la mayor parte del peso lo
llevan las mujeres.

La conciliación permite también cumplir con otra de las grandes fun-
ciones sociales: la reproducción. En este caso, son los hombres los que
presentan grandes déficits, entre otros, no poder disfrutar de sus bebés y
observar su evolución al principio de sus vidas.

232

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Una cosa es evidente: el cuidado de los/as hijos/as va más allá de los pri-
meros días, e incluso de los primeros meses. Pero la conciliación también
va más allá de este cuidado, ya que puede estar referido a personas dife-
rentes de los/as hijos/as o, tratándose de estos/as, que necesiten cuidados
especiales.

Estas situaciones o no están contempladas, o lo están precariamente,
haciendo recaer sobre los individuos, mayoritariamente mujeres, el peso
de la función cuidadora, dificultando la realización de otras funciones, y
restándole al hombre los beneficios psicosociales personales que esta fun-
ción conlleva.

Otra de las funciones sociales, la reproducción, se compone de dos par-
tes: la gestación y la atención a bebés. La primera es la única diferencia
que existe entre las mujeres y los hombres, además de su diferencia cor-
poral con la que está íntimamente relacionada. El derecho a disponer de
permiso remunerado durante la gestación y los meses posteriores al parto
varía enormemente de unos países a otros. En algunos, las bajas materna-
les son remuneradas y en otros, como es el caso de EE.UU., se reconoce
el derecho a la baja, pero sin remunerar31. Incluso en los que tienen reco-
nocido un mayor número de días para ambos progenitores, las bajas por
maternidad/paternidad no siempre suponen el 100% del salario, como en
el caso de Suecia, que es de un 80%.

Las bajas por paternidad son más fluctuantes a lo largo del mundo y de
menor duración. En algunos casos, como en Reino Unido, la diferencia
entre los permisos de maternidad y paternidad es muy grande: 182 días
para las madres (ampliable a otros 182) y 5 para los padres. En otros ca-
sos, como en Suecia, los 480 días de baja parental pueden ser compartidos
entre el padre y la madre, aunque los padres tienen que disfrutar de 60
días obligatoriamente para neutralizar la costumbre de que sean las madres
las que estén de baja durante más tiempo, ya que afecta al desarrollo de
su vida profesional. También hay países en los que no hay baja paternal,
como sucede en muchos países del este de Europa y de Asia.

31 En consonancia con el sistema sanitario estadounidense, que es muy precario.

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Figura 18. Permisos de maternidad –remunerada o sin remunerar– para hijos/as únicos/as

Fuente: ILO http://www.ilo.org/global/about-the-ilo/multimedia/maps-and-charts/
WCMS_241698/lang--en/index.htm

Figura 19. Permisos de paternidad –remunerada o sin remunerar– para hijos/as únicos/as

Fuente: ILO http://www.ilo.org/global/about-the-ilo/multimedia/maps-and-charts/
WCMS_241699/lang--en/index.htm

La escasez de bajas paternales repercute más sobre la mujer a nivel pro-
fesional, ya que suele ser ella la que renuncia a parte de su carrera laboral
para poder conciliar; y a nivel emocional sobre el hombre, al no percibirse
la baja paternal como un derecho.

La modificación o transformación del ejercicio de las funciones sociales
descritas consiste en abordar los cambios en estas áreas de manera paula-
tina.

234

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Tabla 9. Propuestas igualdad de cuidados

Igualdad en la función cuidadora

• Realizar campañas divulgativas sobre la importancia del cui-
dado a los demás

• Fomentar la paternidad cuidadora
Políticas de igualdad • Elaborar criterios que incorporan la importancia de los cuida-
para el desarrollo de dos personales en la publicidad
la función cuidadora • Elaborar criterios generales para la conciliación de la vida per-

sonal y profesional para las empresas

• Fomentar las figuras del padre y de la madre equilibradamen-
te en las relaciones con la escuela y el profesorado

Medidas • Establecer permisos de parentalidad durante un año para am-
conciliación bos progenitores por igual

de • Promover la formación a distancia durante el periodo de pa-
rentalidad

• Establecer criterios para la flexibilización del mercado laboral
• Incentivar a las empresas que favorezcan la conciliación

Fuente: elaboración propia

235

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8. REFLEXIONES FINALES

Las personas se mueven por ideales. Estos son los que nos hacen huma-
nos. Todos los movimientos sociales que se han descrito en este libro han
supuesto una contribución a la mejora del bienestar al incorporar valores
como la tolerancia, el respeto, la empatía, el empoderamiento y el pacifis-
mo.

Los ideales tienen que seguir existiendo. Parte de esos ideales son uto-
pías. ¡Qué triste sería la vida si no existiesen! Son ellos los que nos mue-
ven y nos impulsan, los que nos proporcionan la energía en busca de ese
mundo más justo, equitativo, igualitario, respetuoso y empático que la ma-
yoría desea.

Esta nueva teoría feminista, feminismo del punto medio, es utópica por-
que se presenta como un ideal que no existe, lo que no significa que puede
llegar a existir.

En la evolución de la sociedad humana, desde la instauración del pa-
triarcado, la desigualdad ha sido una constante. En aquellos momentos la
sociedad se enfrentó a sus nuevos descubrimientos y tomas de conciencia,
como la sedentarización y la paternidad biológica, con las soluciones que
le parecieron más convenientes. Esas soluciones pudieron tener su razón
de ser, pero lo que aquella sociedad neolítica ignoraba era el impacto ne-
gativo que iban a tener por la capacidad destructiva que el nuevo sistema
social, el patriarcado, iba a tener.

A día de hoy, a pesar de todo lo que queda por recorrer, es mucho el
camino recorrido. Cuando se analiza longitudinalmente la sociedad se ob-
serva esa evolución positiva. Conceptos como patriarcado, género, sexo,
dominación, igualdad, derechos humanos, etc., han supuesto avances en la
concepción de la humanidad.

Desde el trampolín que suponen estas conquistas ahora podemos fijar-
nos mayores metas en la búsqueda de la igualdad, y ello pasa por la cons-
trucción de una identidad nueva, conjunta, igualitaria y diversa.

La comprensión de los fenómenos del pasado y un conocimiento de la
realidad debe orientar e inspirar las soluciones en las que tienen que estar
implicados todos los actores: la sociedad civil a través de sus múltiples
movimientos sociales; los medios de comunicación haciéndose eco de los
avances igualitarios; y los individuos haciendo llegar su voz a los respon-
sables de las políticas públicas. El cambio solo se logra si hay una sociedad
que cree, se compromete y actúa.

La pregunta final es: ¿realmente queremos la igualdad entre las perso-
nas y entre los sexos? Que cada cual se responda y actúe en consecuencia.

236

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

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