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El Feminismo del Punto Medio es una investigación de carácter cualitativo y longitudinal que parte de las teorías existentes sobre la igualdad y de los movimientos feministas de lucha por los derechos de las mujeres. Cada una de las aportaciones de los movimientos feministas ha sido importante aunque en ocasiones pudieran parecer contradictorios, más bien se pueden considerar complementarios: la igualdad formal, la igualdad de oportunidades, la valorización de la feminidad, la insumisión, el derecho a una sexualidad libre, han enriquecido el feminismo creando un corpus teórico cada vez más completo sobre la condición de la mujer y su posición en el mundo. Asimismo, han contribuido a la visibilidad social de la mujer y la han sacado de su aislamiento, haciendo oír su voz. Cada corriente feminista ha destacado aspectos que han dignificado a la mujer y la han reconocido como sujeto de pleno derecho.

A pesar de ello, el camino hacia la igualdad no ha llegado a su fin, y probablemente tarde mucho en llegar, si es que llega en algún momento. Ello significa que hay que seguir dándole vueltas a la teoría feminista, profundizando en los conceptos existentes, transformado alguno de ellos e incorporando nuevas ideas que contribuyan al bienestar humano.

Esta investigación indaga en el origen de la desigualdad, hace un recorrido por los movimientos en pro de la igualdad y establece una serie de delimitaciones conceptuales que van del sexo al género. El feminismo del punto medio es un feminismo de reconocimientos positivos. Porque sin buscar justificaciones a los actos propios y ajenos intenta comprender el origen y las causas de los comportamientos humanos. Por eso incorpora la masculinidad al lado de la feminidad y analiza el origen de la separación entre los sexos, así como las causas que llevaron a la instauración del patriarcado como sistema social. Para el feminismo del punto medio es importante incorporar el análisis de la masculinidad desde el convencimiento de que el reconocimiento del otro ayuda al reconocimiento propio.

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Published by Fundación iS+D, 2018-10-23 11:25:49

Hacia un Feminismo del Punto Medio

El Feminismo del Punto Medio es una investigación de carácter cualitativo y longitudinal que parte de las teorías existentes sobre la igualdad y de los movimientos feministas de lucha por los derechos de las mujeres. Cada una de las aportaciones de los movimientos feministas ha sido importante aunque en ocasiones pudieran parecer contradictorios, más bien se pueden considerar complementarios: la igualdad formal, la igualdad de oportunidades, la valorización de la feminidad, la insumisión, el derecho a una sexualidad libre, han enriquecido el feminismo creando un corpus teórico cada vez más completo sobre la condición de la mujer y su posición en el mundo. Asimismo, han contribuido a la visibilidad social de la mujer y la han sacado de su aislamiento, haciendo oír su voz. Cada corriente feminista ha destacado aspectos que han dignificado a la mujer y la han reconocido como sujeto de pleno derecho.

A pesar de ello, el camino hacia la igualdad no ha llegado a su fin, y probablemente tarde mucho en llegar, si es que llega en algún momento. Ello significa que hay que seguir dándole vueltas a la teoría feminista, profundizando en los conceptos existentes, transformado alguno de ellos e incorporando nuevas ideas que contribuyan al bienestar humano.

Esta investigación indaga en el origen de la desigualdad, hace un recorrido por los movimientos en pro de la igualdad y establece una serie de delimitaciones conceptuales que van del sexo al género. El feminismo del punto medio es un feminismo de reconocimientos positivos. Porque sin buscar justificaciones a los actos propios y ajenos intenta comprender el origen y las causas de los comportamientos humanos. Por eso incorpora la masculinidad al lado de la feminidad y analiza el origen de la separación entre los sexos, así como las causas que llevaron a la instauración del patriarcado como sistema social. Para el feminismo del punto medio es importante incorporar el análisis de la masculinidad desde el convencimiento de que el reconocimiento del otro ayuda al reconocimiento propio.

Keywords: feminismo,igualdad,género,estudios de género,mujeres,hombres,nueva teoría

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

El significado que se otorga al concepto género está relacionado con
la elaboración social del rol que se espera que una persona interprete en
función de su sexo biológico (Rubin, 1975; Lagarde M. , 1996; Cazés,
1998; Alberdi, 1999; Lamas, 1998). Muy interesante resulta el análisis de
Bourdieu para quien las diferencias sexuales se basan en los roles sociales
organizados sobre la idea de los opuestos. Estos roles están tan arraigados
en la población que se «naturaliza» lo que es una construcción social. Esa
«naturalidad» del orden social masculino hace que no requiera justifica-
ción y que se considere como algo naturalmente evidente (Bourdieu P. ,
2000).

Desde la perspectiva del psicoanálisis Nancy Chodorow sugiere que el
género es una creación emocional y una interpretación intra-psíquica con-
tinua de significados culturales y de experiencias corporales, emocionales,
personales y de otras personas, todo mediado por la fantasía consciente e
inconsciente (Chodorow, 1995). Butler señala que las personas no solo se
construyen socialmente, sino individualmente también, lo que permite la
innovación respecto a patrones culturales existentes (Butler, 1996).

Algunos teóricos provenientes de la psicología social hacen una apor-
tación interesante al diferenciar entre el concepto de género propiamente
dicho, de las actitudes de género o sexismo que clasifican en hostiles y be-
névolas, ya que no solo existen actitudes negativas relativas a la condición
femenina, sino que algunas son positivas como las de ayuda o protección.
Estas actitudes sexistas benévolas se basan en la dependencia de los hom-
bres de las mujeres para la procreación y porque se sienten vinculados a las
mismas afectivamente, lo que lleva a su especial protección (Moya, Páez,
Glick, Fernández, & Poeschi, 2002). Esta teoría entronca con la de Gerda
Lerner al afirmar que las poblaciones que mejor protegieron a las mujeres
durante los comienzos del sistema patriarcal fueron las que más crecieron.

Ilustración 41. Protección de las mujeres

Fuente: María Jesús Rosado Millán

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La antropología pone el acento en los aspectos culturales diferenciales
entre las mujeres y los hombres. Destacan como pioneros los trabajos de
Margaret Mead y Ruth Benedict. La primera publica en 1935 un estudio
sobre tres culturas diferentes de Nueva Guinea: Araspesh, Mundugumor y
Tchambuli; y afirma que roles de sexo de cualquier sociedad no son obra
de la naturaleza, sino construcciones sociales que en la mayoría de los
casos no tenían relación con el sexo biológico (Mead, 2007). La segunda
explica, a través del estudio del modo de vida de tres sociedades: Zuñi de
Nuevo México, Dobu del Norte de Nueva Guinea y Kwakiutl de Canadá
(Benedict, 1934), la influencia de la cultura como determinante de la con-
ducta de las personas.

No obstante, al igual que el resto de las ciencias sociales, el análisis
antropológico de las culturas ha tenido un marcado carácter androcéntrico.
Las mujeres interesaban en tanto que madres dentro de las relaciones de
parentesco (Carranza Aguilar, 2002). Será a partir de los años 70 del siglo
xx cuando la antropología de género rescate el valor de las mujeres dentro
de sus culturas como miembros activos de las mismas. Existe un conjunto
de teorías que intentan explicar las causas de la subordinación femenina
dentro del patriarcado, o dicho de otro modo, de la dominación masculi-
na sobre las mujeres. Ortner explica la universalidad de la subordinación
femenina basándose en la ostentosidad de la maternidad que acerca a las
mujeres a la naturaleza, hecho que en los varones no se da. Es por ello que
se asocia feminidad con naturaleza y masculinidad con cultura. Esta aso-
ciación parte de una base biológica pero es la valoración social la que sitúa
a los hombres y las mujeres en una relación de dominación-subordinación
(Ortner, 1979), cuestión compartida por Rosado al destacar como rasgo
inherente de la paternidad su imperceptibilidad.

Ilustración 42. Cuidados y mundo exterior

Fuente: María Jesús Rosado Millán

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Hay autoras que parten de la maternidad para explicar la posición de
las mujeres en la sociedad que las relega al espacio privado de lo familiar
mientras la vida exterior queda encomendada a los hombres. Una aporta-
ción interesante de esta autora es que destaca la dificultad de hacerse hom-
bre al tener que romper con la parte familiar en la que ha nacido pasados
sus primeros años de vida (Rosaldo, 1979).

Rosado Millán, partiendo de la base de que el género es una construc-
ción social, ofrece más recientemente una visión algo diferente acerca de
esta posición de subordinación de la mujer desde una perspectiva de géne-
ro. Fue el descubrimiento de la paternidad biológica y la sedentarización
las que dieron lugar a la dominación masculina, como ya se ha expuesto
anteriormente (Rosado Millán, 2011).

Fernández Poncela afirma que, a nivel antropológico, se ha pasado de
los estudios de la mujer a la investigación sobre las relaciones de género,
conceptualizando ambos sexos social y simbólicamente, y analizando las
relaciones con el mundo y entre ellos (Fernández Poncela, 1998).

Es interesante la aportación de Facio, que desvincula el género de colec-
tivos vulnerables:

El concepto de género no se refiere a un «sector» o «grupo
vulnerable» de la sociedad. Generalmente cuando se utiliza
esta palabra para denominar a este tipo de grupo es porque se
está usando como sinónimo de mujeres que a su vez se identifi-
can como constitutivas de un grupo vulnerable. Es importante
entender que las mujeres no somos un grupo o minoría social
porque conformamos la mitad de la humanidad así como los
hombres son la otra mitad. Tampoco constituimos un grupo
vulnerable. A lo sumo podríamos ser un grupo vulnerabilizado
por el patriarcado y las estructuras de género. Por su parte, el
género, jamás puede utilizarse para referirse a ningún grupo
de personas, vulnerables o no, porque como se ha repetido, el
género hace alusión a la construcción social de lo femenino
y lo masculino de manera dicotómica y jerarquizada. (Facio,
2002)

En todos los casos expuestos, se alude a la construcción social del gé-
nero separándolo de la biología del sexo. Sin embargo, esta dicotomía se-
xo-género no es compartida por toda la comunidad científica, ni por todo
el colectivo feminista. La crítica se centra en la consideración de la dicoto-
mía sexo/género como si fuesen conceptos opuestos y defienden la diversi-
dad existente en materia de feminidad y masculinidad. Hay quienes, como
Silvia Tubert y Geneviéve Fraisse (Tubert, 2003), se oponen a la dicotomía

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sexo-género por considerar que es artificial, ya que no se pueden separar
los aspectos biológicos de los culturales al constituir ambos una unidad.
Se trata de dos conceptos relacionales que se encuentran asociados, a su
vez, con otros conceptos como el cuerpo, la sexualidad, la persona o la
subjetividad (Orobittg, 2003). Por otro lado, Butler se pregunta si el sexo
es también un concepto construido socialmente al igual que el género, y se
plantea la duda sobre si el sexo fue siempre género, para llegar a la conclu-
sión de que no existe la distinción entre ambos conceptos (Butler J., 1990).

También hay voces discrepantes en la separación sexo-género porque en
muchos casos se utilizan como sinónimos sin que se tenga clara la distin-
ción entre ambos. La confusión sexo/género aumenta en la medida en que
se ha hecho frecuente el uso del término género solamente en relación con
las mujeres: se habla erróneamente de perspectiva de género para hacer
referencia al sexo femenino.

A esto se refería Joan Scott cuando señala que la unión de género e
historia lleva siempre a estudios históricos sobre mujeres (Scott J. , 1996).
Esto puede extrapolarse a otras ciencias sociales y humanísticas cuyo aná-
lisis se ha dado en llamar despectivamente «mujerismo» académico (de
Barbieri, 1993). No obstante, esto no es posible ya que hablar de «muje-
res» conlleva inevitablemente hablar de «hombres».

En la actualidad, el feminismo anglosajón y, el hispano
hablante más tardíamente, utilizan el término género para
referirse a la construcción social de la feminidad y la mas-
culinidad. A nivel internacional la perspectiva de género ha
sido adoptada por las instituciones internacionales y por una
buena parte de los países del mundo. La IV Conferencia Mun-
dial sobre la Mujer celebrada en Beijing en 1995, adoptó esta
perspectiva al declarar que «el género se refiere a los papeles
sociales construidos para la mujer y el hombre asentados en
base a su sexo y dependen de un particular contexto socioeco-
nómico, político y cultural, y están afectados por otros facto-
res como son la edad, la clase, la raza y la etnia». (Naciones
Unidas, 1995)

El hecho de que la perspectiva de género surgiese de la mano del fe-
minismo hizo que en los primeros momentos fuese la mujer y sus condi-
cionantes la que ocupase la centralidad de los estudios correspondientes.
Pero la consideración del género como constructo social significa algo
más. Incluye también lo que la masculinidad significa, pues siguiendo la
reflexión de Simone de Beauvoir, la hombría no nace, sino que se hace. En
este sentido, los estudios sobre masculinidad o masculinidades surgen con

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posterioridad dentro de los estudios de género, siendo a partir de los años
80 cuando empiezan a aparecer como tales, si bien siguen siendo minori-
tarios. El problema de esta asociación género-mujer no es tanto el número
de estudios que se hacen sobre la condición femenina, sino que se perciba
el género como algo inherente a la mujer, limitándose así la inclusión de
la masculinidad como parte integrante del término. Natalie Davis sugería
en 1975:

Me parece que deberíamos interesarnos tanto en la historia de las mu-
jeres como de los hombres, que no deberíamos trabajar solamente sobre
el sexo oprimido, del mismo modo que un historiador de las clases socia-
les no puede centrarse por entero en los campesinos. Nuestro propósito
es comprender el significado de los sexos, de los grupos de género, en el
pasado histórico. Nuestro propósito es descubrir el alcance de los roles
sexuales y del simbolismo sexual en las diferentes sociedades y periodos,
para encontrar qué significado tuvieron y cómo funcionaron para mante-
ner el orden social o para promover su cambio. (Zemon Davis, 1975)

Ilustración 43. Concepto de género

Femenino Masculino

Fuente: María Jesús Rosado Millán

En resumen, aunque no toda la comunidad científica está de acuerdo en
la separación entre sexo y género, resulta conveniente considerarlos por
separado para que quede clara la diferencia entre la corporalidad con la
que se nace y las significaciones sociales que se le atribuyen al compor-
tamiento de las mujeres y los hombres en función de dicha corporalidad.
No obstante, dicha separación no es tajante ya que se puede hablar de un

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continuo entre lo biológico y lo social. Si lo primero es el punto de partida,
lo segundo interviene en la significación con la que se interpreta el mundo
circundante.

Todo aquello de lo que hay consciencia lleva aparejado un significado.
Es así como se definen los conceptos, los cuales no son sino parcelas de
la realidad percibida. Pero la cuestión no es si el significado del concepto
sexo se ha establecido culturalmente, sino las funcionalidades que se le
asignan al mismo, pues son esas funcionalidades las que van a establecer
las grandes diferencias conceptuales. Cuando se define un concepto no
solo se acota la extensión y el significado de una palabra, sino que se va
más allá al asociarle unas características determinadas y establecer una
gradación valorativa de las mismas. Es en esta distinción donde se en-
marca la diferencia entre sexo y género, pues las funcionalidades que se
asocian al segundo, no se encuentran presentes en el primero.

Por ejemplo, cuando se dice que alguien tiene los ojos azules, significa
que se ha definido previamente lo que es el color. Puede ser que, además,
se establezca una graduación del color azul en función de su intensidad,
luminosidad, etc. Además, se pueden establecer las características que se
asocian a los ojos azules. Todavía se puede ir más allá y asignar funciona-
lidades determinadas a las personas con ojos azules. Por último, se puede
valorar a esas personas en relación con las personas que tienen los ojos
de otros colores. En este caso, el hecho de nacer con los ojos azules sería
el punto de partida de una significación y valoración social construida en
función de una determinada escala, a partir de la cual se establece el rol
que esa persona se espera que desempeñe en su vida diaria. Ahora ya no se
estaría hablando del color de ojos, sino del papel que la persona con esos
ojos ha de desempeñar.

Haciendo un paralelismo con los conceptos sexo-género, al establecer
el significado del concepto «sexo» se está haciendo una primera acotación
del mismo, lo que equivaldría al del «color de los ojos»; acotación que
es cultural, ya que es una creación humana. Pero al establecer el rol que
la «persona de ojos azules» se espera que desempeñe, se ha ido más allá
al asociarle unas funcionalidades concretas. En este caso, el significado
«persona de ojos azules» equivaldría al de «género», pues partiendo de
una corporalidad previamente definida se establecen las funciones que esa
corporalidad debe desempeñar a lo largo de la vida, al mismo tiempo que
se la invalida para la realización de otras funcionalidades. Esta diferencia-
ción conceptual se basa en los diferentes niveles en los que se definen los
conceptos. Por eso comparar sexo y género puede inducir a confusión si no
se tiene en cuenta el nivel en el que se ha establecido la definición.

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A nivel operativo, el género se va a considerar como una construcción
social que se refiere a los roles asignados a las mujeres y a los hombres en
general, con independencia de que desde el punto de vista biológico, sean
machos, hembras o alguna de las modalidades de intersexualidad existen-
tes.

Son estos roles los que van a influir en la construcción de la personali-
dad y los que van a condicionar el comportamiento personal.

5.1. La construcción social del género y el proceso de socialización
No existe ningún hecho, fenómeno o asunto que no pase por el cerebro

humano sin que se le dote de un significado. Esta significación es resultado
de la conciencia que las personas tienen de sí mismas y del mundo que las
rodea. Se convierte en social cuando los significados son compartidos por
una pluralidad de sujetos. A partir de ahí, que forme parte de los valores
sociales y que se convierta en una creencia es solo cuestión de tiempo.

Ilustración 44. El significado de las cosas

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Una vez establecido en el acervo colectivo el significado de cualquier
aspecto de la vida, la sociedad lo interioriza de tal forma que llega a creer
que es obra de la naturaleza. Es lo que Pierre Bourdieu denomina un largo
trabajo colectivo de socialización de lo biológico y de biologización de lo
social que se conjugan para trastornar la relación entre las causas y los
efectos (Bourdieu P. , 2000).

Eso es precisamente lo que ha ocurrido con la construcción social del
género que ha llegado a «biologizarse» de tal forma, que su significado
se cree obra de la naturaleza y no de la creatividad humana. El género
da lugar al rol de la feminidad y la masculinidad, construcciones sociales
alrededor de los cuales se van generando los estereotipos de género, que,
como su propio nombre indica, son una ampliación del tipo.

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Las expectativas que la sociedad pone en sus hombres y mujeres cons-
tituyen un imbricado mundo de valores, creencias y costumbres tan arrai-
gadas en el imaginario social que se suelen achacar a la naturaleza. Estas
creencias sirven de justificación de las diferencias entre los sexos existen-
tes en la actualidad y hunden sus raíces en la noche de los tiempos.

La construcción social del género, tal y como hoy lo conocemos, pro-
cede de las Revoluciones Neolíticas que dieron lugar a la elaboración de
una serie de significados asociados a los descubrimientos que ocurrieron
durante ese periodo (paternidad biológica y sedentarización).

Como consecuencia de ello tuvo lugar la primera división conocida en-
tre los sexos. Se establecieron distintos roles para las mujeres y los hom-
bres, caracterizados cada uno de ellos por un conjunto de atributos dife-
renciados. Pero lo más importante de esta nueva construcción social fue
que el colectivo masculino iba a dominar sobre el femenino, además de
dominarse a sí mismo.

A partir de ese momento las vidas y los mundos de las mujeres y los
hombres transitaron por separado, cada uno haciéndose cargo de una serie
de obligaciones, y cada uno ocupando su lugar en una sociedad cuya orga-
nización se basó en la desigualdad instrumentada a partir del principio de
dominación.

Ilustración 45. Primera división funcional por sexo

Fuente: María Jesús Rosado Millán

La nueva cultura se fue incorporando al proceso de socialización me-
diante el cual se transmiten las normas de convivencia y los modelos de
conducta a los nuevos miembros que ingresan en la sociedad. Este proceso
es crucial en la construcción de la identidad personal, pues se nace con

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potencialidades que necesitan ser desarrolladas (Schaffler, 1953). El hecho
de que se desarrollen unas u otras depende de los «inputs» que se vayan
recibiendo durante los primeros años de vida. Es un proceso mediante el
cual el individuo adquiere la cultura de una comunidad y se convierte en
un miembro de la misma (Lucas Marín, 1986).

Sería imposible vivir en sociedad si no se compartiesen significados,
hábitos y formas de ser. Es por ello que se instruye a los nuevos miembros
en esas cuestiones para que vayan interiorizando todos los principios y for-
mas de entender el mundo de una sociedad determinada (Persell, 1990). El
proceso incluye no solo las normas sociales que se deben observar, sino las
prohibiciones también. Es el paso del ser biológico al sujeto cultural que
asume unos roles basados en los principios de organización que operan en
la sociedad (Bernstein, 2003).

En el proceso de socialización de la infancia los agentes principales son
quienes la cuidan y educan a través de la atención, instrucción y afecto
que le proporcionan. El hogar y la escuela son los dos espacios en los que
la niñez pasa más tiempo y aquellos en el que el mundo adulto goza del
reconocimiento de su autoridad (Klein S. , 1985; Jaramillo Escobar, 2012;
Maestre Castro, 2009; BigleR, Hayes, & Hamilton, 2013). La importancia
de la familia es reconocida por diversos/as autores/as (Coltrane, Adams,
& Arendell, 1997; Rodríguez Pérez, 2007; Sánchez Espejo, 2008), si bien
el concepto de familia ha experimentado una profunda transformación a
partir de la segunda mitad del siglo xx hasta la actualidad. Es por ello que,
atendiendo a los nuevos tipos de familiar, se incluye como agente socia-
lizador a las personas que cuidan a los/as menores, que no tienen por qué
ser sus progenitores.

Una de las dimensiones más significativas dentro del proceso de socia-
lización es el género, proceso que se concreta en una serie de normas que
van a ir construyendo su identidad como hombres o mujeres.

Las normas sociales recibidas al transformarse en hábitos,
entran a formar parte de la vida cotidiana de tal manera que
se reproducen sin necesidad de tener que pensarlas… se trata
también de un sistema de referencia de los significados de las
cosas, los hechos y los fenómenos universales que los seres
humanos elaboran consciente o inconscientemente y que com-
parten. Dichos significados pasan a formar parte del acervo
cultura de cada sociedad y generan unas expectativas concre-
tas. Cuando esas expectativas se focalizan en las personas se

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traducen en los roles sociales que estas han de interpretar a lo
largo de sus vidas. (Rosado Millán, 2011, pág. 127)
Esta dimensión constituye uno de los ejes troncales sobre los que se
asienta el desarrollo de la identidad personal (Beal, 1994; Gelitman, Frid-
lund, & Reisberg, 2000; Santrok, 2010; Eckes & Trautner, 2012; Crespi,
2004), y en la escuela (Klein S. , 1985; Eckart & Tracy, 1992; Stromquist,
2007; Eckes & Trautner, 2012).

5.2. Feminidad y masculinidad
Las características que conforman el género femenino y masculino están

directamente relacionadas con los estereotipos que rodean la imagen que
la sociedad tiene de los hombres y las mujeres. Los estereotipos de género
están presentes no solo en los hogares o las escuelas, sino que forman parte
de los contenidos que los medios de comunicación transmiten a través de
la publicidad, noticieros, películas, series de ficción, documentales, etc.

Con el patriarcado la feminidad se conformó en torno a la dependencia
y la sumisión (lo que generó un sentimiento de debilidad); y la masculini-
dad, en torno a la bravura, la fuerza y el poder (lo que generó un sentimien-
to de invulnerabilidad). Desde entonces se han venido transmitiendo a las
nuevas generaciones los estereotipos sobre el hombre fuerte y la mujer
débil, el hombre racional y la mujer emocional y el hombre independiente
y la mujer dependiente.

Ilustración 46. Estereotipos de género

¡¡¡NO TE PUEDO
DEJAR SÓLA!!!

Fuente: María Jesús Rosado Millán

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Pero los sistemas sociales son seres vivos y se han producido transfor-
maciones debidas sobre todo a los movimientos feministas y la incorpora-
ción al acervo colectivo del concepto de «derecho humano» con origen en
la Ilustración. Tanto las reivindicaciones femeninas, como la concepción
del ser humano como sujeto de derechos han abierto caminos en la lucha
por la igualdad. No obstante, a pesar de esas transformaciones, la desigual-
dad entre los sexos sigue estando presente incluso en las sociedades con
un patriarcado más evolucionado. Son milenios interiorizando los roles
de género lo que dificulta el cambio social y hacen que se perpetúe la des-
igualdad.

Está claro que la masculinidad y la feminidad son construcciones so-
ciales que, bajo la dominación masculina, vino dada de la mano de los
hombres que asumieron la representación universal de la humanidad desde
una posición de superioridad sobre las mujeres (Martínez-Herrera, 2007).

En la práctica, la desigualdad entre hombres y mujeres se manifiesta en
los diferentes atributos que se consideran propios de cada uno por oposi-
ción. Si a los primeros se les reconoce mayor capacidad de abstracción,
a las mujeres se las asocia con la facilidad verbal; si la masculinidad está
orientada al mundo exterior, la feminidad se inserta en los espacios in-
teriores; si los hombres son proveedores del hogar, las mujeres son sus
cuidadoras.

El género lleva aparejado la asignación de diferentes funciones para las
mujeres y los hombres, pues la separación entre ambos no solo consiste
en la atribución de características diferentes a cada uno, sino en la idea de
que esas características los hacen más aptos para diferentes cosas. Pero la
asignación funcional no solo se compone de lo que cada sexo puede y debe
hacer, sino de lo que le está vetado también.

Las ideologías patriarcales no solo afectan a las mujeres
al ubicarlas en un plano de inferioridad en la mayoría de los
ámbitos de la vida, sino que restringen y limitan también a
los hombres, a pesar de su estatus de privilegio. En efecto, al
asignar a las mujeres un conjunto de características, compor-
tamientos y roles «propios de su sexo», los hombres quedan
obligados a prescindir de estos roles, comportamientos y ca-
racterísticas y a tensar al máximo sus diferencias con ellas.
(Facio, 2003)

Lo masculino y lo femenino son también filtro cultural, constitución
subjetiva e interpretación genérica del mundo.

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5.3. Funciones de género

Las grandes funciones sociales de cualquier grupo humano se pueden
dividir en cuatro apartados: provisión de bienes, protección del grupo, re-
producción y cuidados a los miembros del grupo.

Estas actividades fueron repartidas entre las mujeres y los hombres en
dos momentos históricos: durante el Neolítico y después de las revolucio-
nes burguesas en los siglos xviii y xix, división que continúa vigente en la
actualidad.

Figura 12. Funciones sociales básicas

Provisión

Cuidados FUNCIONES Protección
SOCIALES
BÁSICAS

Reproducción

Fuente: María Jesús Rosado Millán

El patriarcado supuso la primera división conocida entre las funcionali-
dades asignadas a los sexos. La provisión de bienes y recursos económicos
que proporcionen alimentación y cobijo fue ejercida por mujeres y hom-
bres conjuntamente, pues esta función social no estaba dividida por sexos,
sino por clase social. Las clases elevadas: reyes, sacerdotes de los templos
y guerreros darían lugar a una aristocracia que viviría de los excedentes
obtenidos por quienes producían los alimentos procedentes de la agricul-
tura y la ganadería, el comercio o la artesanía, que eran quienes proveían.
En estas actividades participaban tanto las mujeres como los hombres y su
desempeño permitía tener a los/as hijos/as pequeños cerca.

La función de reproducción, entendida como la cópula, gestación, parto
y atención al/la bebé durante su primer año de vida, si bien implicaba a
hombres y mujeres, fue una actividad encomendada a las primeras porque
la gestación, el parto y la recuperación posterior atañen directamente a la
mujer y la implicación del varón, primero no era conocida, y cuando lo
fue, se consideró tangencial. Su conexión con el cuidado del/la bebé se ex-

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tendió al cuidado de la infancia, actividad de la que también se encargaron
las mujeres, máxime cuando tuvo lugar la sedentarización, y con ella, la
necesidad de preservarlas de cara al crecimiento del grupo.

La función cuidadora estaba integrada por todas las actividades que su-
ponen la atención a la salud, alimentación, higiene y atención emocional.
Esta función presenta dos partes diferenciadas: el cuidado de los/as demás
y el cuidado personal.

Por último, la protección del grupo, entendida como la acción de evitar
que una persona sufra un daño o preservarla de un mal, al surgir la guerra
quedó en manos de los hombres dedicados a esta actividad por las razones
ya expuestas de ser más prescindibles para la reproducción. Fue precisa-
mente esta función la que les otorgó un valor especial y de la que hicieron
buena propaganda, formando quienes la ejercieron la casta guerrera que
ocupó los puestos elevados de la pirámide jerárquica.

Figura 13. Funciones sociales desarrolladas por sexo en el Neolítico

Protección

Provisión

Cuidados Reproducción

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Después de la Revolución Industrial y Francesa tuvo lugar una nueva
división sexual de las funciones sociales. El modelo económico cambió
produciéndose una separación entre la actividad productiva y el hogar. Por
otro lado, las nuevas actividades industriales impedían que se puedan lle-
var a los/as hijos/as al trabajo, lo que hizo surgir la necesidad de su cuidado
al margen del mismo.

En este nuevo escenario, los hombres se quedarían con la producción
de bienes, al menos idealmente, pues la realidad es que esta asignación

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distaba mucho de ser general ya que las personas pobres no podían aplicar
este modelo y la mano de obra femenina nutrió numerosas fábricas. Pero
el prototipo burgués convirtió al hombre en proveedor de la familia e hizo
a la mujer más dependiente del mismo.

Las mujeres siguieron con la reproducción y los cuidados pero su mun-
do se empequeñeció al alejarse de la función productiva. Ahora dependían
del hombre no solo para su protección, sino para su provisión también, lo
que supuso una merma todavía mayor de su autonomía.

Figura 14. Funciones sociales desarrolladas por sexo en las Revoluciones Burguesas

Provisión Protección

Cuidados Reproducción

Fuente: María Jesús Rosado Millán

5.4. Atributos de la masculinidad y la feminidad

La masculinidad y la feminidad se manifiestan a través de una serie de
atributos asociados a cada sexo y están relacionados con las funciones so-
ciales básicas asignadas a cada uno.

Figura 15. Atributos de la feminidad y la masculinidad

Debilidad Temor Fuerza Valor

Dependencia Emotividad Competitividad Racionalidad

Fuennte: María Jesús Rosado Millán

114

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

5.4.1. Fortaleza versus debilidad
La palabra fortaleza proviene del latín fortia, plural neutro del adjetivo

fortis. La RAE define este concepto de múltiples maneras, entre otras:

1. f. Vigor, robustez y capacidad para mover algo o a al-
guien que tenga peso o haga resistencia; como para levantar
una piedra, tirar una barra, etc.

2. f. Aplicación del poder físico o moral. Apriétalo con fuer-
za. Se necesita mucha fuerza para soportar tantas desgracias.

3. f. Capacidad para soportar un peso o resistir un empuje.
La fuerza de unas vigas, de un dique.

7. f. Estado más vigoroso de algo. La fuerza de la juventud,
de la edad.

La fortaleza tiene una doble acepción: fuerza física y resistencia. Esta
cualidad está generalmente asociada a los varones a los que popularmente
se les denomina «sexo fuerte» en su doble acepción, aunque se suele re-
lacionar más con la musculatura, pues la resistencia se reconoce a ambos
sexos aunque se relacione con tipos de resistencia diferentes.

La fuerza no se considera a nivel social en función de la diversidad hu-
mana, sino del sexo. Los hombres son por término medio más musculosos
que las mujeres y, por lo tanto, más fuertes, fortaleza que se aplica a todo
el colectivo. Volviendo a reflexionar sobre el significado de los valores
medios, máximos y mínimos, al hacer esta comparación en una distribu-
ción con una dispersión considerable, se dejan fuera de la regla general
multitud de casos, obviándose que hay hombres que son débiles y muje-
res que son fuertes, algo se suele callar a nivel social para no desbaratar
el mito del hombre-musculoso. Con independencia de quienes sean más
fuertes, la vinculación de los hombres con la fuerza hace que se favorezca
el desarrollo de esta cualidad desde su más tierna infancia, mientras que a
las mujeres no se las incentiva de la misma manera al no considerarse tan
importante para ellas que tengan fuerza o no. En definitiva, el género, con
sus atribuciones incluyentes y excluyentes, dificulta el desarrollo compe-
tencial o lo sobrefavorece.

115

Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada

Ilustración 47. Entre ¡Ayyyy que no puedo! y ¡Me he pasaooo!

Fuente: María Jesús Rosado Millán

La otra acepción de fortaleza, la resistencia, incluye entre sus acepcio-
nes la tolerancia, el aguante, el sufrimiento, la pervivencia y la durabilidad,
acepciones asociadas a mujeres y hombres, si bien no por igual, sino en
función de sus respectivos roles. A las mujeres se las considera más resis-
tentes al dolor y con una mayor longevidad, y a los hombres, más resisten-
tes en todo aquello en lo que media la fuerza física.

El antónimo de la fortaleza es la debilidad, asociada con el universo
femenino. Esta es entendida como la falta de vigor o fuerza física, y como
la carencia de energía en las cualidades o resoluciones del ánimo, tal y
como aparece el término en el diccionario de la Real Academia Española,
de forma que la debilidad denota carencias. Aplicado a las mujeres signifi-
ca que carecen de suficiente fuerza física para enfrentarse a determinados
retos y, por lo tanto, dependen de los hombres para que lo hagan por ellas.
La justificación se basa también en la musculatura. Al tener de media me-
nos músculos, las mujeres son más débiles, aplicándose este razonamiento
a todo el colectivo con independencia de la fortaleza que pueda tener cada
mujer por separado.

Sin embargo, fue su dependencia de los hombres para su protección la
que dio origen a una imagen social de debilidad y vulnerabilidad que las
ha acompañado desde entonces. La expresión «las mujeres y los/as niños/
as primero», según reza el argot popular, supone la infantilización de la
mujer al situarla al mismo nivel que la infancia, lo que la torna incapaz de
tomar decisiones por sí misma (de la Concha & Osborne, 2004), así como
desarrollar su propia fortaleza física.

116

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Ilustración 48. Fuerza y debilidad

Fuente: María Jesús Rosado Millán

En definitiva, no se piensa que fue la conveniencia de la protección de
las mujeres para el crecimiento demográfico la que cimentó la idea de
fortaleza-hombre, debilidad-mujer, sino que, como es frecuente, se recurre
a la biología para intentar explicar las diferencias de comportamiento de
hombres y de mujeres.

5.4.2. Valor versus temor
La valentía en su acepción de hecho o hazaña heroica ejecutada con

valor, de la RAE, es un atributo vinculado a la masculinidad. El binomio
hombre-valor también tiene su origen en el nacimiento de la guerra. En-
frentarse en las contiendas significaba enfrentarse al dolor físico y a la
muerte y los hombres tuvieron que desarrollar estrategias mentales que les
permitieran acometer esos retos. Entre estas estrategias se encuentra la de-
nostación del miedo como algo contrario a la virilidad. Es en el estamento
militar donde se ensalza el valor como una cualidad y se penaliza dura-
mente el miedo, calificado expresamente para los hombres con el nombre
de cobardía.

Precisamente en el terreno militar es donde se regula normativamente
la cobardía tipificada como delito en la mayoría de los códigos penales
militares. En España la Ley Orgánica 14/2015, de 14 de octubre, del Có-
digo Penal Militar, dedica el capítulo I del Título IV a la cobardía, en cuyo
artículo 54 dispone: […] el militar que, por temor a un riesgo, violare un
deber militar establecido en la Ley…cuya naturaleza exija afrontar el pe-
ligro y superar el miedo, será castigado[…].

Las mujeres, al contrario, basaron su defensa en el no enfrentamiento
directo como forma de preservar la vida para asegurar el crecimiento de-
mográfico. Al establecerse la dependencia de los hombres para su protec-
ción (que pronto se combinó con la dominación), y verse confinadas a los
espacios interiores de las ciudades, sus estrategias de supervivencia fueron

117

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diferentes, rehuyendo todo lo que podía entrañar un peligro para sus vi-
das. Estas estrategias consistieron en una mezcla de temor-precaución, que
desde entonces ha acompañado a las mujeres. Ser temerosas y precavidas
no solo no estaba penalizado socialmente, sino que fue incentivado para
mantener a las mujeres bajo el manto de la dominación.

Pero el miedo no solo un asunto de mujeres. Los que ocupaban los ni-
veles inferiores de la pirámide social, es decir, los que no se dedicaban a
la guerra, también eran objeto de denostación en el discurso patriarcal de
exaltación de la valentía. Por eso los campesinos eran presentados como
hombres débiles, necesitados de la protección de los guerreros21.

La consideración del valor como un atributo de los dominadores justi-
ficaba su situación de privilegio y la posición subordinada de los demás.

Desde entonces, los discursos exaltadores de la valentía y condenatorios
del miedo han estado presentes en las sociedades en relación con los hom-
bres, pero no con las mujeres cuyos temores reforzaban la construcción
negativa de la masculinidad y justificaban su idea de superioridad sobre
las mujeres.

A pesar de su carácter natural, el miedo ha sido durante
mucho tiempo oculto, o culpabilizado por el discurso de nues-
tra civilización. Una confusión ampliamente aceptada esta-
blecía ecuaciones entre miedo y cobardía, valentía y temeri-
dad. (Delumeau, 2002)

Ilustración 49. Atrevido y temerosa

Fuente: María Jesús Rosado Millán

21 Un ejemplo lo constituye la película de Akiro Kurosawa «Los siete samuráis», en la que un grupo
de campesinos contrata a varios samuráis para que les defienda de los ladrones que les atacan.
118

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Al igual que en el caso de la fuerza versus la debilidad, fueron las re-
voluciones neolíticas las que dieron lugar a la asignación del binomio va-
lor-temor de manera diferente por sexo.

5.4.3. Competitividad versus cooperación
La lucha por el poder, que caracterizó la instauración del patriarcado,

fue generando una fuerte competitividad entre los varones, rivalidad que
dio lugar a una hostilidad hacia el desconocido justificada por las necesi-
dades de defensa (Carabí y Segarra, 2000).

En la época antigua los hombres competían por el poder, el
honor y la gloria. Pero la noción de competencia se extendió
a otros ámbitos de la vida. Los griegos competían deportiva-
mente en los juegos que han llegado hasta nuestros días: las
Olimpiadas [...] Además de rivalizar en el deporte lo hacían
en la filosofía, la música o el arte. (Rosado Millán, 2011, pág.
273)

Ilustración 50. Caballeros compitiendo por la dama

Fuente: María Jesús Rosado Millán

El problema de la competitividad es su carácter destructivo porque se
basa en la supresión del contrario en aras de conseguir el objetivo perse-
guido, lo que se convierte en algo personal.

Desde entonces la competitividad ha formado parte del acervo mascu-
lino adquiriendo su máximo apogeo después de la Revolución Industrial
con el advenimiento del capitalismo como sistema económico, uno de cu-
yos pilares es, precisamente, la competencia para conseguir «más» que
los demás. De hecho, una de las estrategias empresariales más utilizadas

119

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consiste en analizar la posición de «los competidores» para conseguir más
cuota de mercado que ellos.

La cooperación implica todo lo contrario. No se lucha ni se rivaliza por
algo, sino que los esfuerzos se aúnan para conseguirlo. Puede ser que el
fin sea colectivo o individual, pero lo importante de la cooperación es la
acción en pos de un objetivo común. Tiene un carácter constructivo en
sintonía con la sociabilidad del ser humano. Esta cualidad ha estado más
vinculada al universo femenino, pues las mujeres no tenían que rivalizar
en la misma medida que los hombres, ya que ellas no fueron las guerreras.
Eso les hizo desarrollar estrategias de colaboración que les permitieron
sobrevivir bajo la dominación masculina.

Ahora bien, la línea que separa ambos conceptos es irregular. Lo fre-
cuente es que se encuentren entrelazados, pues se puede competir coope-
rando (es el caso de los equipos deportivos, o de los ejércitos en guerra,
etc.). Desde una perspectiva de género, los hombres suelen ser más com-
petitivos y las mujeres más colaboradoras. Pero esta asignación es debida
a la educación recibida como transmisora de las diferencias, lo que lleva,
una vez más, a la conclusión de que se trata de construcciones sociales que
nada tienen que ver con la biología.

5.4.4. Racionalidad versus emotividad

Etimológicamente la palabra emoción proviene del latín emotio, emo-
tionis, que deriva del verbo emovere, y se forma del verbo movere (mover)
con el prefijo e (de, desde), de donde deriva el significado de emoción algo
que saca a alguien de su estado habitual.

Para los filósofos griegos la emoción entronca con la pasión en contraste
con la razón, concebida como una actividad dirigida por la mente. Esta
tradición ha impregnado la filosofía occidental que considera la emoción
como una experiencia impredecible e incompatible con la razón. Se con-
sidera que en la emoción la acción precede a la reflexión mientras que en
la racionalidad, la segunda precede y modula a la primera (O’Brien, 2015;
Le Doux, 1990). Este autor destaca además que cuando la gente piensa en
otras personas percibe dos dimensiones: emocionalidad versus racionali-
dad. La primera capta el lado sentimental de los demás, su capacidad para
sentir dolor y alegría, su impulsividad y pasividad. Por contra, la raciona-
lidad remite a la capacidad de pensar y refleja confianza en la razón y en
el control de los actos.

Lazarus et al. estiman que alrededor de las emociones existen varios
mitos. Uno es que las emociones son irracionales y no dependen del pensa-
miento o de la razón. Según este mito esto es lo que hace que el ser huma-

120

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

no inteligente conviva con el animal emocional que lleva dentro. Otro es
que las emociones interfieren en la capacidad de adaptación y constituyen
una valiosa herramienta para la supervivencia ya que informan del peligro,
lo que no obsta para que, al mismo tiempo, se las suele considerar irra-
cionales. La psicología reconoce que detrás de cada emoción hay mucha
dosis de pensamiento, es decir, de racionalidad. Las emociones tienen su
propia lógica que deriva de los significados asociados a las situaciones que
las activan. Incluye como emociones: ira, ansiedad, vergüenza, envidia,
culpabilidad, celos, alivio, gratitud y compasión, entre otras (Lazarus &
Lazarus, 1996).

La emocionalidad implica un posicionamiento frente a algo sobre el que
se emite una valoración porque tiene un significado determinado, signi-
ficado que proviene de una experiencia y de una creencia (López, 2016;
Elster, 2001).

En la actualidad, desde la psicología cognitiva las emociones han ad-
quirido mayor relevancia dentro de la dicotomía emoción-razón, aunque
dependan de esta, pues las emociones son producto de la experiencia y del
significado que se le otorga a los diferentes aspectos de la vida (Casado &
Colomo, 2006; Lazarus R. , 1999; Smith & Lazarus, 1993).

Ilustración 51. Las emociones

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Respecto a la razón, la palabra racionalidad proviene del latín ratio-
nalĭtas, -ātis, y expresa la cualidad de racional, que a su vez viene del
latín ratio, rationis, de reor, reris (creer, pensar). Estos vocablos latinos
sirvieron para traducir diferentes términos griegos, principalmente λόγος

121

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(lógos) y νους (nous). Heráclito utiliza la palabra «lógos» para referirse a
la estructura del ser que tienen todas las cosas que componen el mundo y
que habría que conocer apelando así al conocimiento de la realidad y su
explicación que requiere ser expresada (Sicerone, 2016). Es la palabra me-
ditada, reflexionada o razonada.

Λόγος es el sustantivo de λέγω (légo), que signifca: reunir, escoger, con-
tar, referir, decir, etc. Νους es el sustantivo de νόος (nóos) derivado del
verbo νοέω (noéo), que significa ver, percibir, reflexionar, comprender,
saber, idear, calcular (Chantraine, 1968).

En la evolución de estos términos hacia sus usos filosóficos se aprecia
una progresiva equiparación. Inicialmente, el logos se relaciona con la pa-
labra y el discurso, mientras que el noûs alude a la percepción y a la inte-
lección. Sin embargo, ya en la filosofía presocrática estos dos vocablos son
utilizados en un sentido muy parecido. En las dos nociones encontramos la
suposición de que la realidad tiene un fondo inteligible, y que dicho fondo
es susceptible de ser comprendido. En cada una de ellas se aprecia el in-
tento de vincular la razón como facultad humana a la razón como substrato
de la realidad, al ser ambas producto de un mismo principio, creaciones de
una Razón Superior. (Martín Jorge, 2007)

Al traducir Cicerón logos pierde la dimensión expresiva, pues la comu-
nicación incluida en el concepto griego se pierde, quedándose el concepto
con dos significados: uno, lógico-racional en el sentido matemático, que
será el que posteriormente tendrá, y otro, como la facultad de argumentar
para explicar algo (Ernout & Meillet, 2001).

Descartes, considerado el padre del racionalismo, quería alcanzar la
verdad utilizando exclusivamente la razón. Para ello propone un método
de reglas sencillas que permitan descubrir esa verdad y eleva la razón al
instrumento más valioso que tiene el ser humano para conocer. Con el ra-
cionalismo cartesiano se ponen las bases del conocimiento que darían paso
a la revolución científica de los siglos xii y xviii (Martín Jorge, 2007). Este
autor distingue entre la razón gnoseológica como la facultad de conocer la
realidad siguiendo un proceso, de la razón metafísica que permite explicar
dicha realidad lógicamente el encontrarse regida por una serie de mecanis-
mos. Hay una vinculación entre racionalidad e inteligencia.

Es precisamente el análisis de la relación existente entre capacidad de
razonar e inteligencia el primero en el que se centraron los estudios psi-
cológicos, y no sería hasta los años noventa del siglo xx, cuando se incor-
poraran las emociones a dichos análisis (Goleman, 1995). La inteligencia
emocional viene a ser una simbiosis entre la capacidad comprensiva y ex-
plicativa de la realidad, y las emociones relacionadas con la parte senti-

122

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

mental del sujeto. Este tipo de inteligencia consistirá en la capacidad de
manejar las emociones y los sentimientos. Las investigaciones posterio-
res han llevado a la consideración de que existen inteligencias múltiples
(Gardner, 1999). Es decir, que se incorpora el concepto de «diversidad» a
una de las capacidades humanas, como es la de la inteligencia.

La cuestión estriba en determinar si la emoción requiere de la razón o al
revés, y si una es considerada «más humana» que la otra por la cualifica-
ción que requiere.

Sin entrar en la definición exhaustiva de ambos conceptos, desde la
perspectiva de género lo importante a tener en cuenta es que se suelen con-
siderar como antagónicos desde el punto de vista de la acción. Mientras
que en las emociones la acción se antepone a la meditación, la racionalidad
conlleva un pensamiento meditado antes de la acción. Las razones que lle-
van a actuar antes que pensar son varias. Una de ellass son las creencias.
La manera en la que se tiene estructurado el significado de las cosas influ-
ye en la toma de decisiones.

Si se aplica el género a la mayor valoración que se le concede a la razón
frente a la emoción a partir de la filosofía griega, la asociación del hombre
con esta cualidad le convierte en un ser dotado de más importancia, en
definitiva en un ser «superior» frente a la emotiva mujer, que ocuparía un
escalón inferior.

Ilustración 52. La razón

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Uno de los motivos en los que se basa esta argumentación es la creencia
en la mayor capacidad de varón de controlar sus emociones. No se niega
que los hombres sientan y se emocionen, lo que se afirma es que son ca-
paces de controlar sus sentimientos utilizando para ello la razón, mientras

123

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que las mujeres no lo hacen en la misma medida porque son más primarias
y están más vinculadas a la naturaleza. Para avalar estas afirmaciones se
ha recurrido frecuentemente a la ciencia, que intenta explicar la diferencia
entre los sexos basándose en la comparación cerebral de hombres y mu-
jeres. Es precisamente en el terreno científico en el que se ahondó en la
pretendida diferencia entre los sexos a nivel emocional-racional y se elevó
a categoría de verdad universal.

La revolución científica había puesto el énfasis en la observación del
mundo exterior por considerar que era objetivable, ya que se trataba de
fenómenos cuya estructuración y funcionamiento respondían a una lógica
determinada, a diferencia de los procesos de pensamiento guiados por la
subjetividad del sujeto cuya estructuración venía dada con el nacimiento.
En aquellos momentos, no se sabía que la subjetividad dependía más de la
educación que de las características de cada individuo.

Es precisamente esa subjetividad masculina la que, aplicada al conoci-
miento, difundió la idea de que los hombres eran los que encajaban den-
tro de ese modelo científico, cuando en realidad era más bien al revés: la
ciencia se encuadraba en el modelo que los hombres habían diseñado para
sí mismos.

La asignación de las capacidades pensantes a los varones y la conside-
ración de la naturaleza primaria de las mujeres hizo que la ciencia, como
actividad pensante por excelencia, se considerase un atributo propio del
hombre y no de la mujer.

Fueron imaginarios basados en las creencias existentes en torno a los
sexos los que hicieron que se asociase al varón con la racionalidad y a la
mujer con la emotividad. Esta dicotomía impregnó todos los ámbitos de la
vida incluyendo el conocimiento científico.

5.4.5. Autonomía versus dependencia

Los descubrimientos neolíticos generaron dependencias mutuas: de los
hombres respecto de las mujeres para conocer su descendencia; de las mu-
jeres respecto de los hombres para el ejercicio de su sexualidad y para su
protección.

¿Por qué si hubo dependencias bidireccionales los hombres fueron más
autónomos que las mujeres? La dominación masculina fue la base de esas
diferencias. Es cierto que los hombres necesitaban la información feme-
nina para saber de su paternidad, pero también lo es que su conciencia del

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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

poder debido a su participación en la guerra hizo posible su dominio sobre
las mujeres, y por tanto, el control de las mismas, ya fuese directamente
sobre sus personas o a través del control de la reproducción y de la familia.

Ilustración 53. El «pater familias»

Fuente: María Jesús Rosado Millán

Al perder su autonomía, las mujeres perdieron gran parte de su capaci-
dad de acción, situación que se fue transmitiendo de una generación a otra
dando lugar a un sentimiento de indefensión e impotencia. A sensu con-
trario, los hombres desarrollaron un sentimiento de invulnerabilidad que
les hizo creerse superiores a sí mismos, con graves consecuencias sobre su
salud y su propia vida, pues lejos de la inmortalidad soñada, la realidad es
que tuvieron, y tienen, una menor esperanza de vida.

5.5. Mitos sobre los roles de género
A raíz de la instauración del patriarcado y de las revoluciones burguesas,

se fueron generando una serie de mitos relacionados con la feminidad y
la masculinidad que se asentaron en el imaginario colectivo hasta parecer
obra de la naturaleza. Estos mitos dieron lugar a la generación de una serie
de estereotipos sociales sobre las mujeres y los hombres, muchos de los
cuales siguen estando presentes en las sociedades actuales.

5.5.1. Primer mito: emotividad femenina versus racionalidad
masculina

Existe una creencia generalizada de que las mujeres son más emotivas
que los hombres y saben expresar mejor sus sentimientos. A sensu contra-
rio, se cree que los hombres son más racionales y más capaces de controlar
sus emociones.

125

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Sin embargo, si se hace un análisis pormenorizado del significado de
cada concepto, la realidad es otra. Lo cierto es que tanto las emociones
como la razón tienen sexo y cada uno siente y racionaliza lo que está en
consonancia con su rol de género. Cuando se afirma que los hombres son
más racionales se hace en relación con su función primordial de proveer;
y cuando se asevera que las mujeres son más emotivas se hace teniendo en
cuenta una de sus funciones principales: el cuidado de los demás.

Desde la perspectiva de género, los hechos demuestran que tanto ra-
cionalidad como emotividad son compartidas por mujeres y hombres de
forma similar, si bien se expresan ante hechos, situaciones y fenómenos
diferentes.

Las mujeres manifiestan su dolor, pena o alegría llorando, y demuestran
su miedo gritando. Puede ser por la pérdida de un ser querido, por un susto
o por una escena romántica. Exteriorizan lo que sienten ante esos hechos.
Los hombres lo hacen en menor medida.

A primera vista pudiera parecer que las mujeres son más emotivas. Sin
embargo, cuando los hombres gritan y se desparraman en los eventos de-
portivos, es algo emocional; cuando se «pican» en la carretera, es algo
emocional; cuando se hipotecan por el último modelo de coche para ser
más que el vecino, es algo emocional; cuando no pueden dejar de controlar
su ira, es algo emocional; cuando sienten celos, es algo emocional; cuando
se pelean, es algo emocional; etc., etc., etc. Pero todas estas manifestacio-
nes sentimentales lo son dentro de los principios de la masculinidad: el
poder, la dominación, el control y la competitividad.

Se puede decir que los sentimientos tienen género, o mejor dicho, están
educados en el género. Los hombres son emocionales en torno a la ira,
la violencia o la fortaleza, mientras que las mujeres lo son en cuanto a la
tristeza, el miedo o la preocupación por sus seres queridos. No se penaliza
a los hombres por sentir miedo o a las mujeres por ser atrevidas, sino por
demostrarlo, lo que significa que cada sexo manifieste sus emociones de
acuerdo con su rol de género.

En este sentido se pronuncian Paladino y Gorostiaga al resaltar que la
expresión de las emociones tiene un trasfondo de género: con la feminidad
aparece la tristeza, la felicidad o el miedo, y junto a la masculinidad el
enojo y la ira. Emociones y estereotipos de género van de la mano.

En general, la expectativa es que los hombres y las mujeres
actúen emocionalmente de una determinada manera en dis-
tintas situaciones referidas a la vida pública y a la privada.
A la mujer se le pide que exprese emociones positivas frente
a situaciones sociales y a los hombres que lo hagan con más

126

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

frecuencia en contextos personales. En consecuencia, pode-
mos decir que los estereotipos específicos de género sobre la
emocionalidad tienen una relevancia decisiva en el tipo de
emociones sentidas y expresadas en las interacciones orienta-
das tanto personal como socialmente. (Gorostiaga & Paladino,
2005)

Por contra, cuando las mujeres planifican en el hogar el menú de la se-
mana, ello requiere: pensar en los productos necesarios para confeccionar
los menús; decidir dónde se van a adquirir; comprarlos teniendo en cuenta
sus características y precios; decidir qué menús se van a confeccionar para
que sean variados; prepararlos y cocinarlos, etc., etc., etc., por lo que de
una forma totalmente clara se está racionalizando una actividad sin que
las emociones medien en toda la planificación que conlleva su realización.

También esta racionalidad está educada según el género. No se valora
esta actividad como racional, sino que se considera un trámite sin impor-
tancia, siendo en muchas ocasiones las propias mujeres las que le restan el
mérito que tiene.

¿Por qué se considera entonces que los hombres son menos emotivos y
las mujeres menos racionales? Fueron las nuevas formas de pensar surgi-
das a raíz de la instauración del sistema patriarcal las que dieron lugar al
arraigo de las creencias separadoras de los comportamientos masculinos y
femeninos y a la aparición de los estereotipos sociales.

Los discursos de género tienen como finalidad reforzar los estereotipos
y refuerzan la idea de que las mujeres son más emotivas y los hombres más
pensantes.

5.5.2. Segundo mito: feminidad, maternidad, debilidad y dependencia

Desde tiempos inmemoriales uno de los hechos que han incidido po-
derosamente en la construcción de la identidad femenina ha sido la ma-
ternidad. Es la ostensible maternidad la que ha conformado una idea de
la misma vinculada a la naturaleza, al contrario que la imperceptible pa-
ternidad, sobre la que hay que pensar intencionadamente para que adquie-
ra significado. Acerca de la maternidad hay dos posturas enfrentadas: la
que defiende que es un instinto consustancial a toda mujer; y la que cree
que el significado concreto que se le otorga a los modelos de maternidad
existentes son una construcción social. Entre estas últimas, Lorena Saletti
(Saletti Cuesta, 2008) hace un recorrido por la literatura existente al res-
pecto y destaca las aportaciones de Elizabeth Badinter, Silvia Tubert, M.
Lozano Estíbaliz, P.DiQuinzio. Esta autora destaca que desde la segunda

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mitad del siglo xviii se produce un ensalzamiento de la maternidad, lo que
coincide con las transformaciones ocurridas como consecuencia de las Re-
voluciones Industrial y Francesa que agrandan la división entre los sexos
al apartar a las mujeres de la función de provisión y circunscribirlas al
cuidado de la familia. Si a esto se le une el hecho de que cambia el hábitat
tradicional del campo a la ciudad con viviendas que primaban la privaci-
dad del espacio familiar, las consecuencias serían un mayor aislamiento de
las mujeres educadas en el ideal del amor maternal basado en anteponer
los deseos personales a los de la familia, especialmente los de los/as hijos/
as (Burín & Meler, 2010). Se relaciona ser «una buena madre» (Swigart,
1991) con ser «una buena mujer», simbolismo ante el cual las mujeres que
desearon cambiar su estatus y pasar a ser proveedoras tuvieron que llevar
el sambenito de «malas madres», por no estar disponibles para los/as hijos/
as todo el tiempo.

La construcción simbólica de la feminidad vinculada a la maternidad se
ha basado en la «disposición de la mujer hacia los demás» haciendo que la
identidad de femenina se base en la realización de aquellos, como ilustra
Lipovetsky, con la consecuente inexistencia de una realización propia e
independiente (Lagarde M. , 1997; Lipovetsky, 2007).

Sin embargo, la propuesta de Saletti que basa la deconstrucción de la
maternidad patriarcal en el establecimiento de una nueva relación de las
madres con las hijas vuelve a plantear una dicotomía entre los sexos al ex-
cluir de la necesidad de revisión la relación madre-hijos/as y, sobre todo, la
redefinición de la figura del padre y del concepto de paternidad patriarcal.

La maternidad, con todo lo que ella conlleva: menstruación, embarazo,
parto, puerperio, y crianza, contiene un mandato para las mujeres. Si a los
hombres al nacer se les transmite el imperativo «sé un hombre», a las mu-
jeres se les dice «sé una madre».

Es la ostentosidad de la maternidad la que «ata» socialmente a las mu-
jeres en torno a la misma bajo la pretensión de «naturalidad» del hecho, el
cual, efectivamente, es natural, lo que no significa que no sea interpretado
de una determinada manera. A raíz de este hecho se atribuye a las mujeres
una emotividad hormonal discontinua y descontrolada que dificulta el de-
sarrollo de su intelectualidad. Pero este discurso patriarcal está construido
sobre la idea de una superioridad de los hombres que dirige y orienta los
criterios reproductivos al tiempo que infravalora esta función social (Tu-
bert, 1991).

Relacionada con la maternidad y la crianza se encuentra la idea de La-
garde que define la feminidad como una condición al servicio de los de-
más, pues es allí donde adquiere sentido vital y reconocimiento de sí, lo

128

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

que sitúa a la mujer en una situación permanente de servidumbre y so-
metimiento (Lagarde M. , 1997), percepción que genera una dependencia
continua del bienestar de los demás para sentirse bien como persona.

A fin de cuentas, desde que se produjo la división entre los sexos durante
el periodo Neolítico, la reproducción fue considerada una de las funciones
principales de la mujer haciendo que su figura aparezca vinculada a la na-
turaleza, condición que se agudizó a partir de la Ilustración y el triunfo de
la burguesía.

Pero este significado de una maternidad atávico-occidental, incondicio-
nal y sin vida propia, también es un mito. No todas las mujeres del mundo
viven la maternidad de la misma manera. En algunos lugares de India, las
mujeres, abuelas y matronas matan a sus hijas recién nacidas debido a la
creencia que prima a los varones por encima de las hembras; en India y
China se practican abortos selectivos de niñas, fruto de la misma creencia
y de la política del hijo único llevada a cabo en este último país; prácticas
mutiladoras como la ablación la realizan las madres y las abuelas. ¿Qué
evidencian estos hechos? La conformación de significados diferentes so-
bre la maternidad.

Además de estos casos extremos que suponen la mutilación o el asesi-
nato de niñas recién nacidas, existen muchas mujeres que viven su mater-
nidad de otra forma, reservándose un espacio para sí mismas y haciendo
compatible su vida con la de la prole. Hay mujeres que se incorporan al
trabajo al poco de dar a luz porque lo desean, sin que ello signifique que
no quieran a sus bebés; y hay mujeres que no abandonan su profesión por
el hecho de ser madres. En definitiva:

[…] no hay un único modelo ni un solo discurso sobre la
maternidad, existiendo, tanto intra como interculturalmente,
múltiples modos de ser madres. (Heras González & Téllez In-
fantes, 2008)

Por otro lado, la feminidad, además de estar idealizada en torno a la
reproducción y la maternidad, presenta como característica general la «de-
bilidad», la «fragilidad», la «inconsistencia».

La creencia en la debilidad femenina es antigua y seguramente provenga
de la especial protección que tuvieron las mujeres cuando apareció la gue-
rra al quedar protegidas intramuros de las ciudades de los ataques enemi-
gos. La idea de «debilidad» genera una situación de dependencia del varón
y otorga una posición subordinada a lo masculino, que se convierte en el
patrón de referencia (Bonal & Tomé, 1996).

129

Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada

Estas características de la feminidad dieron lugar a la invisibilidad de
las mujeres, lo que dificultó, y sigue dificultando, su toma de conciencia
respecto a sus cualidades personales en torno a la fortaleza y autonomía.

Pero la debilidad femenina también es un mito. Las mujeres han de-
mostrado a lo largo de la historia que cuando tienen que hacer uso de la
fuerza física, lo hacen. El ideal burgués de «mujercitas» no deja de ser una
fantasía que no se corresponde con la realidad de muchas mujeres cuyos
trabajos requieren un gran esfuerzo físico. Es el caso de muchas mujeres
de los países pobres que tienen que recorrer largas distancias para recoger
agua y volver con ella cargada sobre sus cabezas, al tiempo que se ocupan
de las faenas agrícolas y del cuidado de los/as hijos/as; o el caso de las
camareras de piso del sector de la hostelería; o como también lo era el de
las mujeres que fregaban escaleras de rodillas y a mano de espacios como
hospitales, bancos, escaleras o ministerios; o el de las lavanderas, cuando
iban a lavar la ropa al río en los duros meses de invierno.

5.5.3. Tercer mito: masculinidad, fortaleza, bravura, autocontrol y
poderío

La oposición sobre la que están edificadas la feminidad y la masculi-
nidad se debe, entre otras causas, al temor de los hombres a ser conside-
rados mujeres, y eso imprime carácter. La masculinidad se construye en
negativo: un hombre no es una mujer, lo que le lleva a una comparación
constante de su «hombría», hecho que implica tener que estar siempre
en guardia (O`Neal, 1981; Badinter, 1993; Jociles Rubio, 2001; Bonino,
2002; Menjíbar Ochoa, 2004; Rosado Millán, 2011), y le torna vulnerable
a los cambios protagonizados por las mujeres.

Pierre Bourdieu se refiere a la «trampa» que la masculinidad supone por
la necesidad que hay de tener que demostrar continuamente una virilidad
imposible de cumplir en muchas de sus manifestaciones, lo que transforma
la fortaleza y la bravuconería en una elevada vulnerabilidad (Bourdieu P. ,
2000), de la que los hombres no son conscientes.

La masculinidad está compuesta por los siguientes atributos: fuerza,
competitividad, valentía y racionalidad, y edificada sobre la idea de su-
perioridad sobre las mujeres (Seidler, 2001; Guevara Ruiseñor, 2008). A
estos componentes algunos/as autores/as añaden la agresividad y la inde-
pendencia (Ponce, 2004; Thompson C. , 1992; De Keijzer, 2003); una ac-
titud sexual experimentada (Morgan, 1999); y la misoginia y la homofobia
(Guasch Andreu, 2008). Estas cualidades giran alrededor de los ejes en los
que se mueven los hombres: la provisión y la protección del grupo.

130

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Una característica masculina es que los hombres se consideran indepen-
dientes y directores de sus propias acciones. Esta creencia se basa en su
comparación con las mujeres. Sin embargo, ignoran que su dependencia
no es de estas (de las que también dependen), sino de otros hombres, pues
la jerarquía existente hace que cada escalón de la pirámide social varonil
dependa del anterior. Al mismo tiempo, la idea de superioridad hace que al
compararse con las mujeres se crean «más fuertes, competitivos, audaces
e inteligentes» de las que consideran débiles, dependientes, temerosas y
emocionales.

Bonino se refiere a la masculinidad hegemónica para referirse a ese pa-
raguas social que define lo que un hombre debe y no debe ser en gene-
ral, y que se encuentra marcada por los dos pilares del sistema patriarcal:
el poder y la desigualdad social. Esta masculinidad hegemónica no solo
establece las bases que conforman la identidad de los hombres, sino el
modo de pensar femenino sobre ellos también. Además, se sustenta sobre
la dominancia, el poderío visible, la actividad, la racionalidad, la indivi-
dualidad, la eficacia, la voluntad de poder, la certeza y la heterosexualidad
(Bonino Méndez, 2002).

Todos estos atributos se encuentran relacionados con lo que constituye
el pilar fundamental del sistema patriarcal: el poder como dominación.
La relación entre masculinidad y poder ha sido destacada por numero-
sos/as autores/as (Menjívar Ochoa, 2001; Espada Calpe, 2008; Schongut
Grollmus, 2012; Ramírez, 2013; Bourdieu, Hernández Rodríguez, & Mo-
nesinos, 1998). La dominación requiere, además, el control de los demás
y el propio autocontrol, lo que conlleva la «domesticación» de algunas
emociones (Hardy & Jiménez, 2001; Kaufman, 1999). Ambos tipos de
control suponen un enorme desgaste personal al tener que estar siempre en
guardia, máxime cuando el control es imposible de materializar al cien por
cien, pues como señala José Manuel Marroquín en su poema «La perrilla»:
es flaca sobremanera toda humana previsión, pues en más de una ocasión
sale lo que no se espera (Marroquín).

Para algunos/as autores/as, la masculinidad tradicional o hegemónica
ha cumplido el papel de pervivencia del sistema patriarcal (Téllez Infantes
& Verdú Delgado, 2011; Rojas Marcos & Alberdi, 2005). Está claro que,
sin un discurso coactivo y rotundo, y un entrenamiento durante la etapa de
formación de la personalidad, el sistema no hubiese podido pervivir.

Este discurso hace a los hombres percibirse como seres privilegiados e
invulnerables, cuando los hechos demuestran lo contrario: la esperanza de
vida es menor y la tasa de mortalidad por causas exógenas es la más eleva-

131

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da en todas las edades. Asimismo, el suicidio de los hombres es dos y tres
veces mayor que el de las mujeres (Rosado, García, Alfeo & Rodríguez,
2014).

Es cierto que detrás de estas cifras existen causas biológicas que deter-
minan esta mayor mortalidad masculina, pero también lo es que buena
parte de esas muertes se deben a causas exógenas, como se puede observar
en la tabla adjunta a título de ejemplo.

Tabla 1. Esperanza de vida al nacer por sexo, a nivel mundial

Región de la OMS Hombres 1990 Mujeres 2009
1990 2000 2009 53 2000 56
África 75 52 79
Las Américas 49 48 52 59 77 67
Asia Sudoriental 68 71 73 75 64 79
Europa 58 61 64 63 76 67
Mediterráneo Oriental 68 68 71 71 65 77
Pacífico Occidental 59 62 64 74
68 70 72

Fuente: Rosado, García, Alfeo & Rodríguez, 2014

Estos datos demuestran que los hombres no son lo que la masculinidad
hegemónica proclama, y que hay más dolor y muerte de lo que parece a
primera vista, hecho del que la mayoría no es consciente, como tampoco
lo es de su dependencia de otros hombres en todos los ámbitos de la vida,
especialmente en lo que al poder se refiere y a la actividad profesional,
actividades que ocupan gran parte de su día a día.

Gráfico 1. Causas externas 2007-2011. Mortalidad proporcional por sexo y edad

Fuente: mortalidad por causas externas en España
(Fernández Cuenca, Llácer, López Cuadrado, & Gómez Barroso, 2014)

132

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

6. LA IGUALDAD DE GÉNERO

La igualdad entre las mujeres y los hombres está íntimamente relaciona-
da con el movimiento feminista, pues, aunque sea cierto que han existido a
lo largo de la historia voces masculinas que proclamaban la igualdad entre
los sexos, no sería hasta la llegada del feminismo cuando se empezó a
considerar la igualdad entre mujeres y hombres como un asunto de interés
social.

6.1. El movimiento feminista
El feminismo es un movimiento por los derechos de las mujeres con

el objetivo de terminar con la subordinación femenina fruto del sistema
patriarcal de dominación masculina. Este movimiento no es homogéneo,
ya que está constituido por diversas corrientes que defienden puntos de
partida y estrategias diversas, si bien todas ellas coinciden en expresar la
lucha de las mujeres contra cualquier forma de discriminación contra ellas
(Gamba, 2007).

6.1.1. Los orígenes del feminismo
Las reivindicaciones femeninas comienzan su andadura con la Ilustra-

ción, periodo en el cual la Naturaleza sería la gran rehabilitada que se con-
vierte en el principio normativo de todas las cosas y en el modelo a imitar.
Surgen las teorías iusnaturalistas que parten de la desigualdad entre los
seres humanos y que dan forma a las teorías del contrato social.

La idea de progreso también procede de esta época. Los ilustrados rom-
pen con la visión pesimista de la especie presente en el pensamiento he-
breo y cristiano. Para la mayor parte de los filósofos ilustrados esta fe ciega
en el progreso tiene un sentido ético, considerándolo el camino para hacer
a la humanidad mejor y más dichosa. Algunos ilustrados, como Condorcet,
entienden el progreso como adelanto técnico, pensamiento que impregna-
ría el positivismo característico del siglo xix.

Pero la inquietud por el conocimiento no era solo cosa de hombres, ya
estas ideas eran compartidas por las mujeres, que comenzaron a participar
activamente en el desarrollo intelectual del momento.

133

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Ilustración 54. Lectura en casa de Madame Geoffrin (1812

Fuente: Lemonnier

En el siglo xviii proliferan las tertulias en los salones literarios en los
que se habla de política, ciencia y literatura, siendo regentados y frecuen-
tados por mujeres. Entre estas mujeres destacan:

• Marie de Gournay (1565-1645), ensayista francesa que denunció a
los científicos que veían a las mujeres como si fuesen de una especie
diferente, un error de la naturaleza, adecuadas solo para complacer al
hombre.
• Catherine de Vivonne, marquesa de Rambouillet (1588-1665), crea-
dora, en el siglo xvii, del primer salón literario parisino en su palacio
hotel de Rambouille.
• Anne Thérèse de Lambert (1647-1733), aristócrata ilustrada en cuyo
salón parisino se reunían algunos de los intelectuales y políticos más
reconocidos en la época, entre los que se encontraban Marivaux y
Montesquieu.
• Marie-Thérèse Rodet Geoffrin (1699-1777), cuyo salón era frecuen-
tado por filósofos, enciclopedistas, políticos, militares, nobles, filóso-
fos y aristócratas.
• Suzanne Necker (1739-1794), por cuyo salón pasaron literatos y
científicos como Buffon, Marmontel, Grimm, Diderot, d’Alembert y
Morellet.
No obstante, las mujeres, aunque sus nombres no hayan sido citados
como los de sus colegas masculinos, no solo se dedicarían a las tertulias
literarias, sino que dejarían su impronta en el mundo de la ciencia:

134

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

• Margaret Cavendish (1623-1674), científica y escritora fue la prime-
ra mujer que entró en la Royal Society de Londres. Participó en las
discusiones sobre la materia y el movimiento, la existencia del vacío,
la percepción y el conocimiento.

• Maria Margarethe Winkelmann-Kirch (1670-1720), perteneciente al
grupo de astrónomas que proliferó en Alemania. Participó en la crea-
ción de la Academia de Ciencias de Berlín que posteriormente le ne-
garía una plaza.

• Émilie du Châtelet (1706-1749), matemática y física francesa, tra-
ductora de la obra de Newton.

• María Gaetana Agnesi (1718-1799), matemática italiana autora del
primer libro de texto que trata conjuntamente el cálculo diferencial e
integral.

• Marie Anne Pierrette Paulze (1758-1836), química francesa que
trabajó conjuntamente con su esposo Lavoisier; ambos rehicieron el
campo de la química.

• Lady Mary Wortley Montagu (1689-1762), trajo del Imperio Otoma-
no la práctica de la inoculación como profilaxis contra la viruela.

• Caroline Lucretia Herschel (1750-1848), astrónoma alemana descu-
bridora de 8 cometas, entre los que se encuentra el cometa periódico
35P/Herschel-Rigollet. Fue una de las primeras mujeres científicas
que cobró por su trabajo.

• Mary Fairfax Greig Somerville (1780-1872), matemática y astróno-
ma escocesa. Escribió numerosos ensayos sobre astronomía contribu-
yen a la difusión de la astronomía.

• Laura Bassi (1711-1778), primera profesora de filosofía de la uni-
versidad y miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia. Tuvo 12
hijos/as, lo que no le impidió el desarrollo de su carrera profesional,
a pesar de que hasta 1776 el Senado de Bolonia no le concediera la
cátedra de física experimental en el Instituto de Ciencias.

Pero la Ilustración no solo fue una revolución del conocimiento, sino
que significó la lucha por determinados valores sociales hasta ese momen-
to inexistentes, como era la igualdad entre los individuos. Sin embargo,
esta demanda general no incluía a las mujeres, a las que los hombres in-
tentaron dejar fuera de las ideas de progreso, libertad e igualdad. Cavana
hace un interesante recorrido de la participación de las mujeres en la Re-
volución Francesa. Cuando Luis xvi convoca a los Estados Generales –
nobleza, clero y pueblo –, las mujeres comienzan a formular sus primeras

135

Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada

reclamaciones al rey, pero poco después de quedar constituida la Asamblea
Constituyente que acaba con el Antiguo Régimen, estas quedan excluidas
de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, a pesar de
haber luchado codo con codo con los revolucionarios franceses22.

Paralelamente, de la mano de las burguesas liberales irían surgiendo clu-
bes de mujeres en los que se discutía de política y de asuntos relacionados
con la condición de la mujer, siendo uno de los más destacados la Sociedad
Parisina de Republicanas Revolucionarias entre las que destacan Pauline
Léon y Claire Lacombe. Inicialmente colaborarían con los jacobinos hasta
advertir que estos no luchaban contra la desigualdad social, situación que
generó la hostilidad jacobina que procedió al cierre de los clubes de mu-
jeres en 1793, prohibiendo al año siguiente la participación femenina en
cualquier tipo de actividad política (Cavana, 1995).

Las mujeres no podían ser miembros de la Asamblea Nacional (solo po-
dían asistir como público oyente), y estaban excluidas de las declaraciones
de derechos. Ante esta situación Olimpia de Gouges escribió La Decla-
ración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana (Mayos, 2007). Su
encarcelamiento y ejecución el 3 de noviembre de 1793 supuso el fracaso
de sus reivindicaciones durante la etapa jacobina. Pero ese intento de «po-
nerle puertas al campo» no dejaría de ser un intento. El principio Ilustrado
de «igualdad universal», aunque no incluyese inicialmente a las mujeres,
no dejaba de ser un principio general que sería la base de las posteriores
reivindicaciones femeninas, pues como señala Amorós: el feminismo como
cuerpo coherente de vindicaciones solo pudo articularse teóricamente
[…] a partir de las premisas ilustradas (Amorós, 1990).

Los hombres, en su intento desesperado por diferenciarse de las mujeres
por vía de la superioridad, irían perdiendo batallas para mantener la des-
igualdad. No pudieron impedir que las mujeres proclamaran a los cuatro
vientos las ansias de libertad, igualdad y fraternidad que reclamaban para
ellos. Entre estas mujeres destacan:

• Marie de Gournay (1565-1645), reivindica la abolición de las des-
igualdades en Égalité des Hommes et des Femmes.

• Inés Joyes y Blake (1731-1808), escribió acerca del papel de la mujer
en la sociedad y reclamó para ellas el ejercicio de la razón. Tradujo la
novela El príncipe de Abisinia, de Samuel Johnson, firme defensor de
los derechos de las mujeres.

22 Ellas fueron las que marcharon hacia Versalles en octubre de 1789 para protestar por la falta de
alimentos y las que escoltaron al Rey en su vuelta forzada a París.

136

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

• Olimpia de Gouges (1748-1793), escribió un manifiesto titulado La
Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana y realizó
diversos intentos de organizar a las mujeres para hablar sobre su con-
dición.
• Mary Wollstonecraft (1759-1797), en la Vindicación de los derechos
de la mujer (1792), aboga por la igualdad educativa y de oportunida-
des para ambos sexos.
• Josefa Amar y Borbón (1749-1833), escribió sobre la admisión de las
mujeres en las sociedades científicas en su Discurso sobre la Educa-
ción Física y Moral de las Mujeres.
• Théroigne de Méricourt (1762-1817), fundó el Club de los Amigos
de la Ley en el que podían participar hombres y mujeres, aunque ella
fue la única que lo hizo.

A esta igualdad se sumaron una serie de hombres que proclamaban la
igualdad entre los sexos, entre los que destacan:

• François Poullain de La Barre (1647-1725), filósofo francés proce-
dente de una familia burguesa. En su obra De l’Égalité des deux sexes
declara que mujeres y hombres son iguales, al menos en el plano espi-
ritual, ya que el espíritu carece de sexo. Aplica el método lógico-racio-
nal cartesiano a sus estudios, y concluye que la dominación masculina
era consecuencia de la mayor fuerza física de los varones, y la que los
llevó a someter a las mujeres en todos los ámbitos de la vida, aleján-
dolas de aquello que pudiera posibilitar su desarrollo personal (de la
Barre, 1993).
• Georg Christian Lehms (1684 – 1717), poeta alemán que defendía
que no existía ninguna carencia en el sexo femenino que les impidiera
dedicarse al estudio y pedía que se les abrieran las puertas de las cuatro
facultades para que pudieran elegir estudios según su inclinación.
• Samuel Johnson, (1709-1784), escritor, poeta y ensayista inglés, de-
fendió el talento de las mujeres y criticó a los hombres que las consi-
deran inferiores.
• Theodor Gottlieb von Hippel (1741–1796), nacido en Prusia, aboga-
do y escritor, escribió sobre el mejoramiento civil de las mujeres. Su
afirmación radical de la igualdad entre los sexos fue más allá que la de
Mary Wollstonecraft (Cavana M. L., 1991).
• Marie-Jean-Antoine Nicolas de Caritat, marqués de Condorcet
(1743-1794). Consideraba que la educación debía ser laica y fue parti-

137

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dario del voto de las mujeres como consta en el Journal de la Société
de 1789, y en el artículo publicado en 1790 sobre la admisión de las
mujeres en el derecho de ciudadanía.
• John Stuart Mill (1806-1873), político liberal preocupado por condi-
ciones de las trabajadoras, defensor de la igualdad de las mujeres y del
sufragio femenino.

A pesar de ello, la misoginia se encontraba ampliamente representada
entre los filósofos ilustrados:

• Voltaire, François-Marie Arouet (1694-1778). Se refiere a la mujer
como menos fuerte, menos alta, menos capaz de realizar trabajos lar-
gos.
• Rousseau (1712-1778). Es un ardiente defensor de la igualdad entre
los hombres, pero no incluye a la mujer a la que concibe como una
especie de suplemento del hombre al que debe agradar y servir en todo
momento.
• Immanuel Kant (1724-1804), filósofo prusiano gran influyente en la
filosofía occidental. Vincula a la mujer con la naturaleza. Su misión es
«civilizar» a los hombres, pero la razón es cosa de hombres.

El temor de los hombres a que las mujeres pudieran ser iguales a ellos
tiene una larga tradición desde la instauración de la dominación masculi-
na. Para evitarlo generaron todo tipo de estrategias discursivas tendentes a
demostrar la inferioridad femenina. Estos discursos estarían presentes en
los pensadores herederos de la Ilustración: Hegel, Schopenhauer, Kierke-
gaard, Nietzsche (Valcárcel, 1996).

• Schopenhauer (1788-1860) creía que las mujeres eran limitadas de
inteligencia, una especie a medio camino entre el niño y el hombre.
Las mujeres existen porque la Naturaleza necesita reproducir la vida,
pero nada más.
• Severo Catalina (1832-1871), escritor y periodista español decía: de-
jad que el hombre, organizado física e intelectualmente para el traba-
jo, cumpla en la tierra su misión; vuestras manos son muy delicadas;
la vivacidad de vuestro rostro y la tersura de nuestra frente peligran
en el frío clima de la abstracción metafísica.
• Friedrich Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán consideraba a las
mujeres superficiales, ridículas e indiscretas. Son una continuidad de
la Naturaleza y son los hombres los que idean lo femenino.

138

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

• Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) vincula también la mu-
jer a la Naturaleza. Lo masculino es lo consciente mientras que lo
femenino es genérico.
• Søren Aabye Kierkegaard (1813–1855), filósofo danés. Lo femenino
no tiene vida propia, su espíritu es vegetativo, no puede traspasar los
límites de la Naturaleza.

A pesar de estas resistencias, todos estos movimientos sociales basados
en las ideas de libertad, igualdad y fraternidad darían lugar a la concien-
cia de los derechos humanos y supusieron el final del Antiguo Régimen.
Asimismo, fueron el origen de los movimientos feministas que cambiarían
radicalmente el mundo. Comienza el camino de la independencia femeni-
na y el principio de la transformación del patriarcado.

6.1.2. El sufragismo: la primera oleada del movimiento feminista

Las mujeres participaron en el Renacimiento y en la Revolución Fran-
cesa, y también lo hicieron en el movimiento socialista surgido a raíz de
la Revolución Industrial. Pero esta contribución era en calidad de «outsi-
ders» porque ni formaban parte de las declaraciones de derechos, ni tenían
capacidad sobre sus propias acciones, ni disponían de las mismas condi-
ciones laborales que sus homólogos masculinos, ni podían participar en los
asuntos colectivos.

Después de la Revolución Industrial se produjo una nueva división en-
tre los sexos basada en el ideal burgués de clase media. El nuevo sistema
económico, el capitalismo, dio lugar a la aparición de una nueva clase so-
cial, el proletariado, desprovisto de toda capacidad económica, clase cuyas
condiciones de vida eran de extrema dureza, afectando más a las mujeres
que a los hombres, los cuales, a pesar de sus malas condiciones de vida,
tenían ciertos privilegios. Ya fuesen burguesas o proletarias, las mujeres
seguían estando sometidas. Su condición seguía siendo de subordinación.
Pero lo que impulsaría sus reclamaciones es la conciencia de su condición
dentro del patriarcado. Es esta conciencia las que las hizo situarse dentro
del sistema y posicionarse respecto al mismo.

Se dieron dos tipos de movimientos protagonizados por mujeres: el for-
mado por las proletarias que entrarían a formar parte del movimiento obre-
ro y darían lugar al feminismo socialista cuyas reclamaciones de derechos
se harían dentro dicho movimiento; y el protagonizado mayoritariamente
por las mujeres burguesas de clase media y alta que protagonizaron el su-
fragismo y que se incluirían dentro del movimiento liberal.

139

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El feminismo socialista centraba su lucha en la transformación de la
esfera privada, es decir, el matrimonio, la propiedad familiar y la división
sexual del trabajo. Engels (1820-1895), en su obra El origen de la familia,
la propiedad privada y el Estado, participa de esa visión del feminismo
socialista al considerar que las mujeres están oprimidas por su falta de
autonomía y su dependencia económica que se instrumenta especialmente
a través de la institución del matrimonio. A pesar de ello, tanto él como
Marx (1818-1883) consideraban que la lucha de clases era prioritaria ya
que solo se conseguiría la igualdad entre los sexos al alcanzarse la igual-
dad de clase.

Destacan dentro de este movimiento Clara Zetkin (1857-1933), a la que
se debe el día internacional de la mujer, y Rosa Luxemburgo (1871-1919),
que batalló por el voto femenino, si bien dentro de la crítica del feminismo
sufragista por considerarlo burgués.

El sufragismo reviste gran importancia porque es cuando las mujeres
reivindican su autonomía (Gamba, 2007), y lo hacen de forma separada de
otros movimientos reivindicativos de derechos. El movimiento tiene lugar
principalmente en Inglaterra y Estados Unidos, y su importancia radica
en ser la primera vez que las mujeres van a formular sus reivindicaciones
de igualdad de manera coordinada e independiente de otros movimientos
sociales. La reclamación del derecho al voto se extendería por todo el siglo
xix, especialmente a partir de su segunda mitad.

Los primeros momentos del sufragismo fueron difíciles para unas muje-
res cuyas convenciones sociales las ataban, como se diría en España «con
la pata quebrada a la cama». Convenciones sociales que no solo afecta-
ban a las mujeres, pues los hombres también se encontraban atados a sus
convencionalismos de proveedores de la familia y dominadores de los es-
pacios públicos, convencionalismos que hicieron que los padres y los ma-
ridos de estas primeras mujeres que reivindicaban su derecho al voto y la
participación en los asuntos colectivos, la libre disposición de sus salarios
y la custodia compartida de sus hijos/as, lo percibiesen como un cuestio-
namiento de su masculinidad.

La Convención de Seneca Falls celebrada en 1848 es considerada como
el origen del feminismo como movimiento colectivo. Esta convención fue
promovida por Elizabeth Cady Stanton y Lucrecia Mott que se habían co-
nocido en la Convención Mundial contra la Esclavitud celebrada en Lon-
dres en 1940 y en la que se había impedido a las mujeres participar. Ocho
años más tarde Stanton, Mott, Martha Wright, Mary Ann McClintock y
Jane Hunt, coincidirían en Seneca Falls.

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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Ilustración 55. Stanton, Mott, Martha Wright, Mary Ann McClintock y Jane Hunt

Fuente: Wikipedia

En este encuentro decidieron que era hora de discutir públicamente acer-
ca de los derechos y la condición social, civil y religiosa de las mujeres. El
primer documento colectivo del feminismo estadounidense lo constituye
la Declaración de Seneca Falls aprobada el 19 de julio de 1848, en una
capilla metodista de esa localidad del Estado de Nueva York. Pensaban
que iba a ser una reunión pequeña, a la que, no obstante, asistieron 300
personas, 40 de las cuales eran hombres.

La resolución final fue la Declaración de Sentimientos sobre la Decla-
ración de Independencia, y contiene una lista de 18 agravios y 11 resolu-
ciones que reivindican el reconocimiento de las mujeres como miembros
de la sociedad al igual que los hombres. No obstante, fue el derecho a votar
el que más resquemores suscitó entre las propias mujeres que considera-
ban esta petición demasiado radical, incluyendo alguna de las promotoras
de la Convención como Mott (DuBois, 1999).

Posteriormente, la ruptura del movimiento sufragista con el abolicio-
nista representó una ventaja, pues si bien supuso un cierto aislamiento
inicialmente, fue la ocasión para que el sufragismo se convirtiese en un
movimiento autónomo.

En Europa, el movimiento sufragista inglés fue el más importante. En
el parlamento se presentaron varias iniciativas relacionadas con el voto
femenino que surgieron a raíz de la publicación del parlamentario John
Stuart Mill sobre La sujeción de la mujer, que fue objeto de todo tipo de
burlas, lo que llevó a las sufragistas a radicalizar sus protestas (de Miguel,
2007).

En Inglaterra, Lydia Becker fue una dirigente del movimiento sufragista
británico, apasionada de la biología y la astronomía. En 1867 creó la So-
ciedad Nacional para el Sufragio Femenino que propugnaba el derecho fe-
menino al voto, y fue la fundadora y editora del periódico Suffrage Journal
publicado entre 1870 y 1890. Esta sociedad contaba con una delegación en

141

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Edimburgo que fue puesta en marcha por las sufragistas y abolicionistas
Eliza y Jane Wigham. Posteriormente, la Sociedad Nacional para el Sufra-
gio Femenino se transformó en 1897 en la Unión Nacional de las Sociedad
para el Sufragio Femenino y en 1903 de la Unión Política y Social de la
Mujer.

En 1889 Emmeline Pankhurst crea la Liga de Mujeres con la idea de
aglutinar a todo el movimiento feminista que se encontraba en plena ex-
pansión, y posteriormente en 1903, la Unión Social y Política de Mujeres.

Estas organizaciones forman parte de un feminismo más radical parti-
cipante en manifestaciones y enfrentado al poder constituido, ante lo cual
buena parte de sus militantes terminarían en la cárcel desde donde segui-
rían con sus protestas haciéndose famosas sus huelgas de hambre. La pro-
pia Pankhurst fue condenada a tres años de trabajos forzados acusada de
«actividades contrarias a la seguridad y estabilidad del pueblo inglés».

La I Guerra Mundial cambiaría el panorama. Las mujeres eran necesa-
rias para cubrir los puestos en la industria que los hombres habían dejado
para luchar en el frente. Ante esta nueva situación las sufragistas serían ex-
carceladas a cambio de terminar con las actividades sufragistas. En 1917,
Pankhurst crea el Partido de las Mujeres que siguió reivindicando el de-
recho al voto, si bien colaboró con el Gobierno en la defensa de Inglate-
rra (Ferrer S., 2014). Al terminar la guerra, la situación había cambiado:
EE.UU. aprueba el sufragio femenino en 1920, e Inglaterra en 1928.

Pero la consecución del derecho al voto de las mujeres no fue lineal a lo
largo del mundo. En la mayoría de los países el voto femenino no se con-
siguió, con carácter general, hasta bien entrado el siglo xx, sin que pueda
decirse que se haya conseguido aún, ya que todavía hay países que no lo
tienen reconocido o en los que el voto femenino está muy limitado.

6.1.3. Autoconocimiento y autocontrol femenino: la segunda oleada
del movimiento feminista

Esta segunda oleada comienza en la década de los años 60 y se prolonga
hasta la de los 90. Se puede subdividir en varias corrientes: el feminismo
de los países occidentales ricos del que se desgaja el feminismo lesbiano;
el feminismo de los países no occidentales; y el feminismo de los países
pobres.

→ El feminismo occidental de los países ricos

Los 60 estuvieron marcados por la guerra de Vietnam y la segregación
racial en EE.UU., hechos que dieron lugar al surgimiento de movimientos

142

Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

por los derechos civiles como el encabezado por Martin Luther King o el
de los Black Panthers en pro de los derechos de los/as estadounidenses
negros/as. Asimismo, el movimiento de rechazo a la guerra de Vietnam
dio lugar al reforzamiento de la objeción de conciencia (por la repercusión
mediática que tuvo la negativa de Muhammad Alí23 a participar en dicha
guerra).

Las mujeres también continuaron con la lucha por sus derechos. Sus
reivindicaciones en pie de igualdad con los hombres serían la base del fe-
minismo de la igualdad. Parte del supuesto de que las relaciones entre las
mujeres y los hombres son de desigualdad siendo su origen la instauración
del patriarcado.

Esta perspectiva, cuyo aporte innegable es la lucha por la igualdad, hizo
que reivindicaciones posteriores se encontrasen atrapadas dentro de un
modelo androcéntrico que consideraba al varón como la medida a la que
había que homologarse. Autoras como Code (2012), Santa Cruz (1992) y
Coole (1993) destacan los problemas que esta perspectiva entraña para la
sociedad al no cuestionar el modelo varonil. Asanza, citando a Lorraine
(1986), destaca el androcentrismo imperante:

El igualitarismo -se dice- parece aceptar, y aún aplaudir, el
modelo masculino y buscar para las mujeres una asimilación,
una integración que no es sino homologación, cooptación,
conformación a un paradigma androcéntrico disfrazado de
neutro universal. Desde tal perspectiva, la igualdad no con-
sistiría pues, sino en una absorción en la masculinidad como
parámetro de igualdad y el simple igualitarismo sería solo
una manera de convalidar el sexismo. El problema del igua-
litarismo, entonces, es que conduce a crear una sociedad se-
xualmente neutra y una moralidad universal que de hecho im-
plica una inmersión de la diferencia en lo masculino. (Asanza
Miranda, 2017)

Querer ser «igual a» es caer en el modelo androcéntrico, que no solo
considera al varón el ideal a imitar, sino que cree que han sido precisa-
mente los varones los que han establecido el modelo de feminidad, como
denuncian las autoras mencionadas.

Con las miras puestas en la superación del androcentrismo, aparece el
feminismo de la diferencia, cuya proclama es «Ser mujer es hermoso».

23 Anteriormente Cassius Marcellus Clay, Jr. fue un boxeador de la categoría de los pesos pesados.
Obtuvo la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma 1960 y, en 1964, fue campeón de su
categoría. En 1964 se negó a ir a la guerra del Vietnam alegando objeción de conciencia.

143

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Parte de la base de que las mujeres y los hombres son diferentes y pone el
acento en la valoración de los aspectos subyacentes a la feminidad. Esta
corriente feminista se desarrolla especialmente en Francia e Italia, y está
influencia por las teorías psicoanalíticas de Freud en la búsqueda de una
identidad propia a través del inconsciente.

A pesar de estas discrepancias, en esta segunda ola se fueron desarro-
llando reivindicaciones nuevas como la libertad sexual y los derechos re-
productivos.

Los sesenta fueron años de intensa agitación política. Las
contradicciones de un sistema que tiene su legitimación en la
universalidad de sus principios, pero que en realidad es sexis-
ta, racista, clasista e imperialista, motivaron a la formación
de la llamada Nueva Izquierda y diversos movimientos socia-
les radicales como el movimiento antirracista, el estudiantil,
el pacifista y, claro está, el feminista. (de Dios Vallejo, 2004)

Ante estos nuevos desafíos, el patriarcado extendió sus largos brazos
intentando neutralizar las acciones femeninas ahora de manera más subli-
minal y, por lo tanto, más peligrosa, para la igualdad. Después de la Se-
gunda Guerra Mundial cuando las mujeres occidentales experimentan una
independencia que no están dispuestas a dejar, se refuerza como estrategia
patriarcal la difusión de un nuevo modelo de mujer que es aquella que,
según Valcárcel, puede hacer de todo pero elije ser ama de casa, y pone
como ejemplo a protagonistas cinematográficas como Doris Day o series
televisivas como Embrujada (Valcárcel, 2001).

Pero los tentáculos patriarcales no solo provenían del sistema estableci-
do. Los «compañeros» y «camaradas» de la nueva izquierda que también
luchaban por la igualdad seguían siendo patriarcales, tenían el poder como
bandera y la dominación masculina por estrategia (Sánchez Muñoz, Bel-
trán Pedreira, & Álvarez, 2001).

Aparecen diversos grupos feministas en EE.UU., Reino Unido y otros
países occidentales que culminan en 1970 con el Movimiento por la Libe-
ración de la Mujer que se prolongará a lo largo de todo el decenio. De este
movimiento surge el feminismo radical que comparte con el de la igualdad
la idea de que la subordinación de la mujer es fruto de la dominación mas-
culina, si bien busca la raíz de la situación (de ahí su nombre radical), e
introduce nuevos conceptos como los de patriarcado, sexo y género. Una
de sus aportaciones principales fue la ruptura de la dicotomía «público-pri-
vado», con el eslogan «lo personal es político» que pone el foco no solo
en la ocupación del espacio público, sino en la transformación de la esfera

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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

privada. Las feministas radicales hicieron un análisis del impacto de la
dominación masculina en la familia y en el significado de la sexualidad.
Asimismo, aportaron la idea de que todos los varones se benefician como
colectivo, de los privilegios de su dominación, lo que los lleva a una cierta
complicidad con algunas acciones de sus congéneres aún en los casos en
los que fuesen contrarios a determinadas actitudes o acciones machistas.
El feminismo radical puso en marcha centros de ayuda y autoayuda para
mujeres que sirvieron para fomentar la conciencia sobre la condición fe-
menina. Por último, incorporaron presupuestos de la revolución sexual de
los 60 que supusieron una ruptura con la idea de heterosexualidad y mono-
gamia características del periodo anterior, y el cuestionamiento de las re-
laciones de poder existentes en la familia y orientadoras de la sexualidad.

Una de las aportaciones más significativas del feminismo radical fue la
relacionada con la sexualidad femenina. Si algo caracteriza al patriarcado
es la definición y delimitación varonil de la sexualidad femenina y su de-
tención de los derechos reproductivos. La rebelión femenina en contra de
este estado de cosas hizo que las mujeres centraran parte de sus protestas
en la reivindicación de su derecho a una sexualidad libre separada de la
maternidad, al mismo tiempo que reclamaban sus derechos reproductivos.

Kline señala la importancia que tuvo para las mujeres el conocimiento
de su propio cuerpo y de sus genitales para su sexualidad, lo que se convir-
tió en un objetivo político (Kline, 2010) que les permitió redefinir su pro-
pia belleza y supuso una ruptura con la moral patriarcal tradicional. Igno-
rancia de una misma que no era casual, sino que era construida, mantenida
y difundida por una dominación masculina (Tuana, 2004) que necesitaba
controlar la promiscuidad femenina alejándola del placer sexual (Rosado
Millán, 2011). La reivindicación del placer sexual supuso la superación de
la visión freudiana «capadora» del cuerpo de la mujer al considerar que le
faltaba algo.

Además de la liberación en materia sexual, las mujeres reivindicaban
otros derechos, entre el que destaca la autodefensa personal frente a la
violencia de género y la existencia de espacios seguros para mujeres (Fahs,
2015). Esta autora resume los puntos más importantes de esta segunda ola
feminista:

• Tener un mejor conocimiento del propio cuerpo.
• Concienciar acerca del impacto negativo del patriarcado sobre la mu-
jer.

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• Proporcionar a las mujeres los instrumentos necesarios para hacer
frente a las imposiciones y limitaciones de la dominación masculina
sobre su propio cuerpo.

Dentro del feminismo noroccidental de la segunda ola se encuadra tam-
bién el feminismo socialista que ya había comenzado su andadura durante
el siglo xix. Se produce una crítica de la teoría marxista clásica por su
visión de la reproducción como algo perteneciente a la esfera privada con-
trapuesta al espacio público en el que tenía lugar la función productiva. Se
analizan las relaciones de poder y de dependencia económica que tienen
lugar en el seno de la familia y el control de la sexualidad femenina por
parte de los varones (Sánchez Muñoz, Beltrán Pedreira, & Álvarez, 2001),
cuestiones que las feministas socialistas comparten con las feministas ra-
dicales, y lo encuadran dentro del concepto de patriarcado como sistema
social. Al igual que el feminismo socialista traspasa la primera ola, lo hace
el sufragismo que continúa con el feminismo liberal, en el que destaca la
obra de Betty Friedman, fundadora en 1966 de la Organización Nacional
para las Mujeres (NOW), que supone la revitalización del movimiento
feminista.

El feminismo liberal pone el acento en la igualdad formal, en la ocupa-
ción de las mujeres en los espacios públicos y en la participación pública,
ya que parte de la base de que las relaciones entre mujeres y hombres son
de desigualdad, más que de opresión. Sin embargo, y a pesar de ser un
movimiento importante, no tuvo la repercusión que el feminismo radical
experimentó durante los años 60 y 70.

→ El feminismo contestatario: lésbico, cultural y étnico

Los sesenta y, sobre todo, los setenta, marcan una época en la que nu-
merosos colectivos marginados e invisibilizados adquirieron conciencia
de sí mismos: pacifistas, minorías étnicas, homosexuales, personas mayo-
res, desempleadas, etc., entre los que se encuentran los grupos de mujeres
feministas que luchaban por una mayor igualdad de oportunidades. Estos
colectivos se fueron dando cuenta de que lo que se considera «normal»
estaba formado por una minoría social: hombres, blancos, cristianos y en
plena capacidad productiva. Todo lo demás eran «los otros».

La revolución sexual había sido protagonizada por mujeres que desea-
ban una separación entre el placer y la reproducción, pero también por
todos aquellos grupos que reivindicaban el reconocimiento de diferentes
sexualidades. El feminismo lesbiano se desgaja del feminismo radical al
poner el foco en el derecho a gozar de una orientación sexual diferente a
la heteronormativa.

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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

Este feminismo forma parte de lo que se ha denominado feminismos
poscoloniales, que se desarrollan en la década de los setenta, y que incluye
el feminismo negro, étnico, islámico, etc. que se despegaron del feminismo
hegemónico noroccidental al que criticaban por su racismo.

Denuncian la existencia de un feminismo hegemónico de corte noroc-
cidental que deja fuera la realidad a muchas mujeres que se encuentra en
contextos y situaciones muy diferentes a las de los países ricos.

Los estudios feministas poscoloniales y los estudios deco-
loniales coinciden en proponernos otra ideología construida
ahora desde las periferias, los bordes, los restos, las fronteras
(Ibid.); desde quienes por colonizados/as, abyectos/as, bárba-
ros/as, incultos/as e irracionales; nunca, diría Eduardo Ga-
leano, «salieron en la foto»24. (Madina Martín, 2013)

Estos feminismos aportaron, además del género, conceptos nuevos
como: raza, etnia, sexo y sexualidad, que enriquecieron los estudios femi-
nistas. No se trata solo de hombres y mujeres y de sus mutuas relaciones,
sino de hombres dentro de hombres y mujeres dentro de mujeres, es decir,
de las relaciones sociales existentes entre los hombres y entre las mujeres
respecto a sí mismos. En definitiva, se trata de analizar las diferencias que
puedan existir en las relaciones intra-sexo, desde el punto de vista de la
igualdad.

Las reflexiones realizadas por los feminismos poscoloniales han sido de
gran importancia para el desarrollo de la teoría feminista, pues la domina-
ción está tan imbricada en el imaginario colectivo que se incardina en las
mentes incluso de las personas que luchan por la igualdad, y se proyecta
sobre la mayoría de las acciones humanas. Ello torna invisible todo aque-
llo que cuestiona dicha dominación, afectando incluso a la ciencia cuyos
análisis se realizan bajo el prisma de los conceptos de superioridad e infe-
rioridad.

Es evidente que las demandas de las mujeres varían en función del con-
texto en el que viven y de sus condiciones de vida, pues no es lo mismo
centrarse en ocupar puestos de responsabilidad en grandes corporaciones
que tener que buscar la comida para sobrevivir.

24 Nota de la autora: Expresión de Eduardo Galeano tomada por el periódico El País (2008) en
la presentación de su libro de relatos Espejos, disponible en: http://elpais.com/diario/2008/03/23/
domingo/1206247958_850215.html

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6.1.4. EL feminismo posmoderno: la tercera oleada del movimiento
feminista

La tercera ola se inicia a mediados de los 90 y supuso un nuevo impulso,
ya que la década de los 80 estuvo marcada por un fuerte conservadurismo
especialmente en el mundo anglosajón, y por la caída de los países socia-
listas. También fue el inicio de la decadencia de la socialdemocracia eu-
ropea como modelo defensor del estado de bienestar, y con ella, del surgi-
miento de un nuevo orden mundial neoliberal y conservador. Fueron años
de una cierta ralentización del activismo feminista, de replanteamientos
teóricos, de reformulación ontológica del movimiento. Razones internas,
como la existencia de diversas corrientes feministas y, externas, como la
globalización y los cambios sociales en la familia, el trabajo y la educación
(Scanlon, 2007), tuvieron su incidencia en el activismo que había caracte-
rizado a los movimientos feministas de los años 60 y 70.

Rescatado del basurero de la historia, el «neoliberalismo»
posibilitó un asalto sostenido contra la mismísima idea de la
redistribución igualitaria. La consecuencia, ampliada por la
acelerada globalización, fue la de sembrar dudas sobre la le-
gitimidad y la viabilidad del uso del poder público para con-
trolar las fuerzas del mercado. Con la socialdemocracia a la
defensiva, los esfuerzos por ampliar y profundizar su promesa
se quedaron naturalmente en la cuneta. Los movimientos femi-
nistas que antes habían tomado el Estado del bienestar como
punto de partida, intentando ampliar sus valores igualitarios
de la clase al género, descubrían que se habían quedado sin
base en la que apoyarse. Al no poder ya asumir un punto de
partida socialdemócrata para la radicalización, gravitaron
hacia programas de reivindicaciones políticas más nuevos,
más en consonancia con el espíritu «postsocialista» de la épo-
ca. (Fraser, 2015)

Fueron momentos de reflexión, de replanteamiento de la finalidad per-
seguida y de cuestionamiento de alguno de los postulados que se habían
venido defendido hasta ese momento. En definitiva, fueron años de bús-
queda de una identidad propia en los que se produce un arrinconamiento
del pensamiento socialista y aparecen nuevos movimientos sociales que
ponen el acento en la «culturalidad» de los fenómenos sociales, superando
así la materialidad que había caracterizado al pensamiento de izquierdas
anterior.

Paralelamente, el neoliberalismo imperante, ante la imposibilidad de
frenar las reivindicaciones femeninas, ofreció a las mujeres «un trozo de

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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género

la tarta patriarcal», para preservar uno de los pilares del sistema: la estruc-
turación de la sociedad en niveles jerárquicos a través de la dominación.
Esta oferta fue rechazada por muchas mujeres, como se puso de manifiesto
en la manifestación organizada en Madrid, el 8 de marzo de 2015 (Torres,
2015), pero tuvo su influencia en algunas corrientes feministas que incor-
poraron a su lucha la idea de compartir el poder.

Por otro lado, los cambios acaecidos a nivel mundial como la globaliza-
ción, los problemas medioambientales, el calentamiento global o la con-
cienciación de los derechos de los animales y del respeto a la naturaleza,
influyeron en el pensamiento feminista que a partir de los 90, comenzó a
enriquecerse con nuevas aportaciones provenientes de los movimientos
ecologistas, pro derechos humanos y de los derechos LGTB, así como
de la mayor sensibilización social ante la violencia de género. Surgen así
nuevas corrientes como el ecofeminismo, la teoría queer o el ciberfemi-
nismo que cuestionan los presupuestos de universalidad femenina, género,
sexualidad y heteronormatividad (Rampton, 2015).

La tercera ola es la nueva generación que pretende conse-
guir un enfoque más perspicaz en los asuntos concernientes a
las zozobras femeninas por medio del estudio de las particula-
ridades de cada grupo y la exaltación de la diversidad cultu-
ral, social, religiosa, racial y sexual. (Biswas, 2004)

El ecofeminismo considera que la subordinación de las mujeres a los
hombres y la explotación de la naturaleza son dos caras de una misma mo-
neda dentro de la lógica de la dominación patriarcal y la supeditación de
la vida a la obtención de beneficios (Pascual Rodríguez & Herrero López,
2010). Este feminismo se debate entre la asociación mujer-naturaleza y
la que busca los procesos sociales que hay detrás de las relaciones con la
naturaleza desde una perspectiva de género.

La teoría queer supone un nuevo posicionamiento de los constructos
género, identidad sexual y sexualidades y un cuestionamiento del sistema
y de la academia (Queering the Academy).

La intención de la Teoría Queer no es crear una teoría con-
templativa, sino una herramienta de participación política,
por lo que está vinculada a los movimientos antirracistas,
antibélicos y antiglobalización. La mayor aportación de esta
teoría radica en ofrecer nuevas explicaciones bajo un marco
conceptual en el que confluyen el género y la sexualidad; así
como los significados y sus resistencias para dar origen a nue-

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vas significaciones. El término queer ejemplifica este proceso.
(Fonseca Hernández & Quintero Soto, 2009)

El ciberfeminismo surge a principios de los noventa de la mano del co-
lectivo feminista de artistas y activistas australianos/as VNS Matrix, entre
quienes se encuentran Josephine Starrs, Julianne Pierce, Francesca da Ri-
mini y Virginia Barrat. Plantea que la conjunción de las máquinas ciber-
néticas y de las mujeres en el ciberespacio será el territorio en el que el
feminismo establezca su lucha (Aguilar García, 2007).

Incluso espacios que no habían formado parte del movimiento femi-
nista anterior, como el de la música, vinieron a señalar que había ámbitos
musicales, como el rock, en el que las mujeres no aparecían. Destaca el
movimiento Riot Grrrl que comparte la idea de que no existe un único mo-
delo de mujer ya que cada una nace en un entorno determinado, y reclama
que el espacio del punk, el rock, el hardcore y el heavy metal no son solo
cosa de hombres.

Hay quienes piensan que las transformaciones experimentadas durante
el siglo xxi forman parte de esta tercera ola, si bien se han producido varia-
ciones importantes que constituyen una nueva etapa dentro del feminismo.

6.1.5. Nuevos feminismos: la cuarta oleada del movimiento feminista

Martha Rampton (op.cit.) considera que estamos inmersos en una nueva
ola feminista en los que la tecnología juega un papel preponderante. La
revolución de Internet también ha impactado en el feminismo al permitir
la comunicación a lo largo y ancho del mundo facilitando así el trasvase
de ideas y la puesta en común de nuevas reivindicaciones: aumento de las
denuncias por violencia de género, protestas ante el acoso sufrido por mu-
jeres en el trabajo y en los espacios públicos, denuncias de las violaciones
que han motivado marchas de protesta en diferentes países, etc.

Todo ello ha servido para concienciar y sensibilizar a la sociedad sobre
la intimidación y la coacción ejercida sobre las mujeres que se manifiesta
en las noticias de los medios de comunicación y en la visualización de las
protestas sociales en contra de estos hechos.

Movimientos como los Ni putes ni soumises francés, Pussy Riot ruso,
Femen ucraniano, etc., son grupos que utilizan la provocación como medio
de llamar la atención sobre sus demandas relacionadas con la considera-
ción de la mujer como objeto sexual, la política, la violencia contra las
mujeres, etc.

También es el momento de la visualización de los feminismos proceden-
tes de países no occidentales cuyos planteamientos son diferentes y luchan

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