Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
por los derechos de las mujeres por otras vías. Estos feminismos no son
nuevos, pero sí su visibilidad internacional.
Por otro lado, se van vislumbrando nuevas consideraciones dentro de la
lucha feminista como son la inclusión de los hombres dentro de los estu-
dios de género, la extensión del feminismo como movimiento de lucha por
los derechos de colectivos que se encuentran discriminados y excluidos en
la actualidad.
Es precisamente el feminismo de la cuarta ola el que ha venido a aglu-
tinar a la vanguardia de hombres que perciben que algo pasa con ellos, en
su condición de tales dentro del patriarcado.
6.2. La ausencia de «masculinismo»
Una de las características del sistema patriarcal es la jerarquización so-
cial que afecta especialmente a los hombres, ya que como se expone en el
apartado 2.2, en el caso de las mujeres su estatus venía determinado por el
hombre del que dependiesen: padre, marido, hijo o hermano.
Es por ello por lo que considerar al colectivo masculino como un con-
junto homogéneo integrado por elementos «iguales» esconde la realidad
de la estructuración vertical de los hombres que da lugar al concepto de
«clase social».
Se puede afirmar que existen grandes diferencias entre unos hombres y
otros, no por su diversidad funcional, competencial o emocional, sino por
su consideración social. Este hecho no es novedoso, ya que la homoge-
neidad de las mujeres tampoco es real, si bien sus diferencias intrínsecas
vienen establecidas por otras variables, como son la maternidad, la depen-
dencia, la sexualidad o el aspecto físico.
Scott plantea que la dualidad mujer/hombre tiende a homogeneizar a los
integrantes de cada colectivo haciendo que se consideren iguales entre sí,
cuando la realidad es otra:
El dualismo que esta oposición crea pinta una raya de in-
diferencia, la inviste con explicaciones biológicas, y entonces
trata a cada lado de la oposición como un fenómeno unitario.
Se asume que en cada categoría (mujer/hombre) es lo mismo
(es igual); por lo tanto, se suprimen las diferencias dentro de
cada categoría. (Scott & Lamas, 1992)
Esto lleva a plantearse dos tipos de igualdad: entre-sexos e intra-sexos.
Si se vincula la igualdad con la equivalencia de oportunidades entre los
sexos y entre las personas, habrá dos tipos de reivindicaciones que hacer:
151
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el establecimiento de la igualdad de oportunidades entre mujeres y hom-
bres, por un lado; y entre las mujeres y los hombres en relación consigo
mismos, por otro.
Las relaciones entre los sexos ya han sido ampliamente analizadas, así
como las existentes en el colectivo de mujeres al analizar los procesos
ocurridos como consecuencia de los movimientos feministas. ¿Qué ocurre
con las relaciones entre los propios hombres?
En el apartado anterior, se ponía de manifiesto la ausencia de conciencia
de una mayoría de hombres acerca de su propia condición. El hecho de
encontrarse encuadrado dentro del colectivo «privilegiado» ha hecho que
muchos de ellos no sean conscientes de las cargas que les impone la mas-
culinidad y que condiciona sus vidas de manera negativa.
Es cierto que existe un movimiento a nivel internacional de hombres que
han comenzado a cuestionar su papel en la sociedad y que reconocen los
problemas de una masculinidad entendida como fuerza bruta, competiti-
vidad y temeridad, porque son conscientes de que, primero, no es posible
cumplirla, y segundo, los efectos negativos que algunas de sus acciones
tienen a nivel social y planetario. Pero ello no significa que la mayoría de
los hombres sea consciente de sus propias ataduras.
No sería hasta el advenimiento de los movimientos feminis-
tas cuando, a raíz del concepto de género, el hombre comen-
zase a preguntarse sobre sí mismo y a considerar su mascu-
linidad como un fenómeno elaborado socialmente. Desde la
década de los años ochenta del siglo xx, comenzaron a apa-
recer estudios sobre la condición masculina, especialmente en
el continente americano, estudios en los que se debatía si exis-
tía una masculinidad hegemónica o masculinidades diversas.
Pero esa no es la cuestión. El asunto es que a los hombres les
preocupaba el cambio de paradigma social porque no lo ha-
bían protagonizado ellos, sino que se habían visto inmersos en
el. Por primera vez en la historia habían variado sus puntos de
referencia lo que les generó inseguridades y los hizo sentirse
vulnerables como colectivo. Algunos se constituyeron en aso-
ciaciones de diverso tipo para tratar los temas que les afec-
taban específicamente por su condición de hombres. Sabían
que algo no iba bien. A medio camino entre la culpabilidad y
el orgullo personal, se sentían objeto de las miradas sociales.
Pero lo peor es que se sintieron débiles, es decir, iguales a las
mujeres de las que se habían pasado milenios intentando dife-
renciarse. (Rosado Millán, 2011, pág. 118)
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
También es cierto que han existido movimientos de hombres a lo lar-
go de la historia en contra de algunos aspectos del patriarcado, pero han
sido movimientos de carácter tangencial. La ausencia de un movimiento
«masculinista» denota la falta de conciencia de los hombres respecto a su
propia condición de tales. Están acostumbrados a luchar por determinados
derechos como la participación, la igualdad formal, la no tortura, etc., pero
sin salirse de los esquemas del sistema patriarcal. Es decir, no se cuestiona
el poder, sino que se reivindica el derecho a competir por él en condicio-
nes de igualdad. No se cuestiona la dominación, sino que se reivindica su
limitación para que no llegue a ser lesiva. En definitiva, no se cuestiona la
valentía ni la fuerza física como símbolo de identidad.
Los hombres no son conscientes de su vulnerabilidad por el mero he-
cho de ser humanos y frágiles. Confunden fuerza física y valentía con la
inmortalidad. Pero los datos ilustran lo contrario: mueren por causas exó-
genas más que las mujeres, se suicidan el triple de veces y tienen lesiones
que les incapacitan en más casos de los que se creen a edades relativamen-
te tempranas. El eslogan «el sexo fuerte» esconde las debilidades mas-
culinas. Ocultan sus miserias y cuando estas adquieren una determinada
proporción, no saben qué hacer. Y su negativa a parecerse a las mujeres les
pasa factura a lo largo de toda su vida, pues tener que compararse conti-
nuamente por vía de la superioridad es muy cansado.
Todo ello ha hecho que no exista un movimiento «masculinista» preo-
cupado por la condición masculina que incorpore una perspectiva de géne-
ro introspectiva a los estudios del hombre. Esta ausencia es significativa,
pues pone de manifiesto la falta de conciencia de los hombres acerca de
sus propias ataduras. Bajo el paraguas de la «colectividad privilegiada»,
los que ocupan los escalones inferiores de la estructura social, es decir, los
que no tienen poder, no son conscientes de que sus esfuerzos están orien-
tados a la satisfacción de los que sí lo detentan. Con una visión androcén-
trica que hacía del hombre el «modelo» de ser humano, y pensando que
los derechos de los poderosos eran los de todos, no se han cuestionado sus
cadenas dentro del sistema patriarcal.
El uso que se hace del masculino lleva a colectivizar al hombre como
elemento genérico, pero no contempla al sujeto de manera integral, es de-
cir, con sus encantos y sus miserias. Al creer que los derechos de unos
cuantos eran los de todos, no se daban cuenta de que trabajaban fundamen-
talmente para esa minoría con la falsa promesa de llegar algún día a ocupar
puestos de poder y con la sensación de ser dominantes por creerse por en-
cima de las mujeres. Esta visión patriarcal conseguía su propósito: lograr
la complicidad de la gran mayoría de los hombres teniéndoles entretenidos
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en la diferenciación continua de las mujeres, complicidad indispensable
para mantener a los dominadores en sus posiciones de poder.
Esta forma de actuar del patriarcado ha hecho que las acciones reivin-
dicativas de los varones estuviesen orientadas, en primer lugar, hacia la
igualdad de oportunidades en lo que a la consecución del poder se refiere.
Por eso la «competitividad» forma parte de su lenguaje habitual. En segun-
do lugar, la creencia de superioridad sobre las mujeres orientó sus acciones
hacia el aseguramiento de esa superioridad a nivel legal y social.
Sin embargo, los movimientos feministas vinieron a trastocar su «apa-
cible» mundo de lucha, ambición y poder. Por eso reaccionaron virulenta-
mente haciendo de los siglos xviii y xix los más misóginos de la historia
de Occidente.
La falta de conciencia de los hombres acerca de su condición dentro
del patriarcado y su ceguera sobre el significado de la dominación son las
razones por las que no existe un movimiento «masculinista» general. No
obstante, se han ido desarrollando una serie de movimientos tangenciales,
que si bien carecen de nombre propio en su conjunto, sí han supuesto, en
alguna medida, un cuestionamiento del patriarcado. Estos movimientos se
pueden clasificar en función de la participación masculina en ellos: por un
lado, están aquellos movimientos antipatriarcales en contra de hechos lesi-
vos para toda la sociedad; y por otro, los que afectan a los especialmente a
los hombres. Entre los primeros se encuentra el pacifismo y el movimiento
LGTB, y entre los segundos la objeción de conciencia, la insumisión y la
no tortura.
Ahora bien, como sostiene Kaufman, entender las claves de la mascu-
linidad es una cosa, y justificar la dominación, la coacción y la violen-
cia masculina, otra muy distinta. La existencia de ataduras no puede ser
una excusa que justifique la dominación masculina. Lo que sí permite es
acercarse al universo masculino desde la comprensión, paso indispensable
para que el cambio sea posible (Kaufman, 1999; Rosado Millán, 2011).
6.2.1. Los hombres y el movimiento pacifista
El pacifismo es un concepto poliédrico relacionado con la resolución
tranquila de los conflictos sociales sin que medie la belicosidad o el uso
de la fuerza. Por eso su nombre deriva de «paz», que es lo contrario de
violencia y, por supuesto, de guerra.
Se pueden encontrar personajes pacifistas a lo largo de toda la historia.
Sin embargo, el concepto actual de pacifismo como movimiento social
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
proviene de los cambios ocurridos con la Revolución Francesa y la apa-
rición del concepto de «derecho humano». No es un movimiento único,
ya que se encuentra integrado por diversas corrientes, entre las que López
Martínez distingue los siguientes tipos:
• El liberal burgués, creador de sociedades por la paz de finales del
siglo xviii y principios del xix.
• El socialismo internacionalista de base obrerista, antimilitarista y an-
tiimperalista, que identificaba internacionalismo con pacifismo.
• Los actores sociales de entreguerras que focalizaron su acción en la
legislación sobre objeción de conciencia.
• El activismo de la no-violencia contra la dominación colonial, los
regímenes dictatoriales y totalitarios.
• El pacifismo antinuclear.
• El pacifismo humanitario centrado en el trabajo de las organizaciones
no gubernamentales en defensa de los derechos humanos a nivel pla-
netario (López Martínez, 2000).
El pacifismo tiene dos significados, que son las dos caras de la misma
moneda: es un no al belicismo y un canto a la resolución pacífica de los
conflictos humanos.
El no a la guerra está compuesto, a su vez, por una serie de movimien-
tos, entre los que destaca el de objeción de conciencia y la insumisión.
López Martínez distingue:
• El no a la conscripción militar.
• La huelga de vientres planteada por las mujeres obreras berlinesas en
el verano de 1913 que se negaron a parir o a tener relaciones sexuales
con sus compañeros para evitar tener futuros soldados destinados a la
defensa de intereses ajenos a los populares.
• La objeción de algunos profesionales médicos a alargar la vida ar-
tificialmente a combatientes que por sus heridas habían quedado en
estado «vegetal».
• La objeción de conciencia religiosa de algunos sacerdotes que se ne-
garon a ejercer como capellanes militares en los ejércitos.
Las dos guerras mundiales hicieron que muchos hombres se cuestio-
nasen su negativa a luchar, y la amenaza nuclear surgida tras la Segunda
como consecuencia de la «Guerra Fría» hizo surgir organizaciones pro
paz entre las que destacan Naciones Unidas, creada en 1945 con el obje-
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tivo de mantener la paz y la seguridad internacionales y organizadora de
multitud de congresos por la paz (ONU, 2016); el Consejo Mundial de
la Paz creado en 194925, organización que sigue vigente en la actualidad
con sede en Grecia; y el Instituto Internacional de Estocolmo de Inves-
tigaciones por la Paz (SIPRI), creado en 1966 y dedicado a la investiga-
ción de conflictos, armamentos, control de armas y desarme.
El sentimiento antinuclear impulsó fuertemente el movimiento paci-
fista, que adquirió su máximo apogeo durante los años sesenta del siglo
xx.
Fue parte de un proceso donde la música, la moda en el
vestir, las nuevas estéticas artísticas, etc., tendieron a con-
formar una cultura alternativa. Especialmente las campañas
pacifistas antinucleares fueron el catalizador de otras poste-
riores sobre varias cuestiones políticas y sociales. Según fue
aumentando el nivel educativo de la población, el número de
jóvenes que han tomado parte en distintas formas de pacifis-
mo no ha dejado de aumentar desde la década de los sesenta
(Ruiz Jiménez, 2006).
No obstante, a pesar de que el pacifismo está integrado por hombres,
no es un movimiento exclusivo de ellos, ya que las mujeres también
forman parte del mismo.
6.2.2. Los hombres y la objeción de conciencia
Relacionado con el pacifismo existen algunas corrientes que han con-
cernido fundamentalmente al colectivo masculino, como la objeción de
conciencia o el antimilitarismo. Desde que los hombres asumieron la
protección del grupo26, y con ello su participación en la guerra, han sido
ellos los que han formado los ejércitos. El no a la guerra y el no al mi-
litarismo era lógico que fuese protagonizado por varones. Las mujeres
siempre han estado presentes en estos movimientos, pero la reivindica-
ción del derecho a no ir a la guerra era un asunto que les afectaba a ellos
primordialmente.
25 Surgió de un congreso de paz dirigido por el movimiento comunista internacional celebrado en
Breslavia, Polonia, en 1948. Un congreso subsecuente en París y de Praga en 1949 creó un Comité
Mundial de Partidarios de la Paz, y un congreso en Sheffield y Warsaw en 1950 reconstituye los
partisanos como el Consejo Mundial de la Paz (Wikipedia, 2016).
26 Recuérdese que fue debido a su mayor prescindibilidad para el crecimiento poblacional.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Ilustración 56. ¡No a la Guerra!
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La negativa a realizar el servicio militar supuso una revolución ya que
cuando comenzó y, hasta que se consiguió eliminar su obligatoriedad,
fueron los hombres sus principales protagonistas, ya fuese mediante la
objeción de conciencia o mediante la insumisión. En el primer caso, la
no realización del servicio militar era sustituida por una prestación so-
cial, pero en el segundo, suponía el encarcelamiento.
En la I Guerra Mundial, muchos británicos dijeron «no» a la guerra por
razón de conciencia y hubo un movimiento contrario a la conscripción
militar, ya fuese por motivos religiosos (especialmente los cuáqueros), po-
líticos o sociales. El detonante de este movimiento fue el servicio militar
obligatorio introducido en Gran Bretaña en enero de 1916. Los objeto-
res fueron sometidos a consejos de guerra y encarcelados (Graham, 1922;
Rae, 1970; Robbins, 1976; Carsten, 1982; Pankhurst, 1987; Adams & Poi-
rier, 1989; Pearce, 2001). Destacan dentro de este movimiento Bertrand
Russell y John Maynard Keynes, entre otros.
En Gran Bretaña la presión social sobre los objetores fue enorme. La
objeción de conciencia era considerada cobardía y traición a la patria. Para
ello se ideó el «castigo» de las plumas blancas (símbolo de cobardía), con-
sistente en que las damas les daban plumas blancas a los jóvenes que no
llevaban uniforme militar. A pesar de ello, el gobierno británico instituyó
un servicio alternativo para la realización de actividades agrícolas y mé-
dicas, pero duró poco ya que en 1917 se impuso el alistamiento forzoso y
quienes se negaron a incorporarse a filas o retornar al frente tuvieron que
enfrentarse a pelotones de ejecución. Pero las penalidades de los llevados
al frente eran peores. La deserción suponía la pena de muerte y las auto-
lesiones también. Si tenían problemas psicológicos debidos a la propia
guerra, también eran tachados de cobardes, aunque recibiesen tratamiento
psiquiátrico (Hernández, 2010).
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Ilustración 57. Los ‘franceses’ de Harwich, un grupo de objetores de conciencia, fotografiados en
un campo de trabajo en Aberdeen en 1916
Fuente: http://www.elmundo.es/especiales/primera-guerra-mundial/vivencias/no-a-la-guerra.html
6.2.3. Los hombres y el movimiento LGTB
Este movimiento tampoco es exclusivo de hombres, pero sí la contri-
bución gay al mismo. Aunque hay quienes citan como precedentes de la
lucha gay el movimiento alemán de reivindicación de los derechos de los
homosexuales durante la República de Weimar, se suele situar el origen
del movimiento LGTB en 1969 con la marcha que tuvo lugar a raíz de los
sucesos acaecidos en Nueva York en el pub Stonewall Inn, cuando varios
homosexuales se enfrentaron a la policía cuyas redadas eran frecuentes en
dicho lugar (Ghaziani, Taylor, & Stone, 2016).
El Gay Liberation Front se creó en junio de ese mismo año, y a pesar
de su nombre, las lesbianas formaron parte del mismo, así como de las
protestas en contra de las redadas policiales. Según Noir, su nombre se
explica por la cercanía ideológica con las luchas antiimperialistas que te-
nían lugar en Vietnam y Argelia (Andrés Noir, 2010). A partir de entonces,
el 28 de junio se celebra mundialmente el Día del Orgullo, inicialmente
conocido como día del orgullo gay y, posteriormente, como día del orgullo
LGTB.
Este movimiento se encuadra dentro del conjunto de cambios acaecidos
en Occidente en los años 60 como consecuencia, por un lado, del movi-
miento feminista de la segunda ola que dio lugar a reivindicaciones en
materia de libertad sexual, y por otro, de los movimientos raciales en pro
de los derechos de las personas de diferentes razas y etnias.
En la actualidad, la discriminación contra las personas LGTB continúa
en muchos países del mundo, pero el avance en igualdad y el reconoci-
miento de sus derechos han sido notables.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Este movimiento es de gran importancia porque ha supuesto el cuestio-
namiento de uno de los pilares del sistema patriarcal: la heteronormativi-
dad como regla.
6.2.4. Nuevos movimientos de hombres por la igualdad
A pesar de que no exista el «masculinismo» como un movimiento social
que abogue por los derechos de los hombres dentro del patriarcado, es
cierto que se están produciendo movimientos en pro de la igualdad entre
los sexos. Por otro lado, cada vez son más visibles diferentes formas de ser
hombre que rompen con el antiguo mandato de dureza y poder, constitu-
yendo lo que puede entenderse como un movimiento masculino de libera-
ción, como en su día lo fue la liberación de las mujeres con respecto a un
papel social prescrito por la cultura (Téllez & Verdú, 2011).
La mayor parte de estos nuevos movimientos están orientados a la bús-
queda de la igualdad entre los sexos en sus diferentes vertientes. En este
sentido, se han producido avances significativos y existe una vanguardia
de hombres que está en contra de los privilegios que ostentan dentro del
patriarcado. Pero estos movimientos siguen encuadrados dentro de las
relaciones con las mujeres; el escenario sigue siendo: mujeres-hombres
y viceversa y no contemplan su situación al margen de las mismas. La
pregunta es: ¿qué pasa con los privilegios que unos hombres ostentan res-
pecto a otros? Este es el tema que queda pendiente. A pesar de ello, estos
movimientos constituyen un importante paso de avance en búsqueda de la
igualdad entre los sexos.
También hay movimientos de hombres conservadores que se han sentido
«atacados» por el feminismo. Utilizan un argumento falaz al comparar su
situación con la de las mujeres e intentar demostrar que a ellos también les
suceden «cosas». Hablan de sus faltas de derechos en relación con asuntos
en los que las mujeres se suponen que los tienen, tales como la custodia de
los/as hijos/as. El argumento es engañoso porque, si bien gran parte de los
problemas de las mujeres han sido consecuencia de la dominación mascu-
lina, y por lo tanto, de los hombres, los problemas de los hombres no han
sido consecuencia de las mujeres, sino de otros hombres.
Michael Flood distingue cuatro tipos de movimientos de hombres:
• El movimiento antisexista y profeminista integrado por hombres que
sintonizan con el pensamiento feminista, que se reconocen como se-
res privilegiados por ser hombres y que conocen la contrapartida que
ello conlleva: elevada mortalidad, mala salud, etc. Este movimiento
no es homogéneo. Hay una corriente que pone el foco en los privile-
gios recibidos y otra que se centra más en el corsé que el patriarcado
supone tanto para las mujeres como para los hombres.
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• El movimiento de liberación de los hombres se centra también en el
rol que la masculinidad les impone. Afirma que la alienación mascu-
lina existe. Coinciden con los profeministas en el análisis de rol de
género y de las implicaciones que tiene para los hombres. Destaca
en este movimiento la creación de grupos de autoayuda, terapia y
soporte emocional.
• El movimiento espiritual o mitopoético que cree que la masculinidad
está basada en arquetipos y patrones inconscientes profundos que
son revelados a través de mitos, cuentos y rituales. Hay dos corrien-
tes: una que deriva del psicoanálisis, sobre todo, de la obra de Carl
Jung y Robert Bly para quien el feminismo ha sido un arma de doble
filo: bueno para las mujeres, pero que ha tornado blandos a los hom-
bres, lo que acerca su postura al movimiento de los derechos de los
hombres; y otra corriente que opina lo contrario: al eliminar la parte
femenina se les ha privado de una parte de su ser.
• El movimiento por los derechos de los hombres y de paternidad que
coincide con el movimiento por la liberación de los hombres en la
letalidad del rol de la masculinidad, pero se diferencian en que cul-
pabilizan a las mujeres y al feminismo de su situación (Flood, 1998).
El análisis realizado es certero. Los hombres tienen problemas. Sin em-
bargo, el foco no está en la existencia o no de la opresión masculina, sino
en las causas de dicha opresión. Las cargas de la masculinidad y los pro-
blemas de los hombres existen, y son un hecho. Pero su origen está pro-
ducido por otros hombres, algo que hay que tener claro. La dominación
masculina que se instauró con el patriarcado fue triple: sobre las mujeres,
en la familia y entre los hombres. Esta última es la causa de los males y
malestares masculinos.
Por eso existe gran diferencia entre la condición de la mujer y la del
hombre dentro del patriarcado. La dominación sobre las mujeres las situó
en una condición de inferioridad y subordinación permanente a todas, con
independencia de su edad, lugar de nacimiento o estatus. La dominación
entre los hombres era entre ellos, sin que las mujeres tuvieran nada que
ver. Se convirtieron en sus propios depredadores y comenzaron una labor
de destrucción continua de sí mismos. Por eso no se puede responsabilizar
a las mujeres de sus desgracias personales. Porque son ellos mismos los
autores de su propia desgracia. Y esta es la condición de la masculinidad
de la que la mayoría de los hombres corrientes, a los que se supone que no
les pasa nada porque no forman parte de ningún colectivo discriminado, no
son conscientes y la que les tiene atados a sus propias cargas.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
7. EL FEMINISMO DEL PUNTO MEDIO
Ninguna mujer tiene que parecerse a ningún hombre más de lo que ese hombre
tiene que parecerse a ella.
Cada una de las aportaciones de los movimientos feministas ha sido
importante en la lucha por los derechos de las mujeres, y aunque en oca-
siones se han tratado estos feminismos como si fuesen contradictorios,
más bien se pueden considerar complementarios: la igualdad formal, de
oportunidades, la valoración de la feminidad, la insumisión, el derecho a
una sexualidad libre, etc., han enriquecido los movimientos de lucha por la
igualdad al crear un corpus teórico cada vez más completo sobre la condi-
ción de la mujer y su posición en el mundo. Asimismo, han contribuido a
su visibilidad social y la han sacado de su aislamiento al hacer oír su voz.
Cada corriente feminista ha destacado aspectos que han dignificado a la
mujer y la han reconocido como sujeto social de pleno derecho.
A pesar de ello, el camino hacia la igualdad no ha llegado a su fin, y
probablemente tarde mucho en llegar, si es que llega en algún momento.
Ello significa que hay que seguir dándole vueltas a la teoría feminista,
profundizando en los conceptos existentes, transformado alguno de ellos e
incorporando nuevas ideas que contribuyan al bienestar humano.
Lo que sí se puede afirmar es que después de tres siglos de lucha se ha
generado una conciencia de igualdad entre las mujeres y los hombres. Se
duda sobre si la igualdad debe referirse al sexo o al género. El feminismo
del punto medio diferencia entre esos conceptos, no porque ignore que
exista un continuum entre ambos, sino porque las delimitaciones concep-
tuales sirven para explicar mejor el mundo. Es cierto que son parcelas de
la realidad percibida, pero también lo es que un espacio parcelado no anula
la vecindad. Distinguir entre sexo y género supone diferenciar entre las
características genotípicas, con las que se nace, del papel que se espera que
los sujetos desempeñen en sociedad en función de dichas características.
En definitiva, se establece una separación conceptual entre aquello con lo
que se nace de aquello con lo que se crece. Teniendo en cuenta esta espe-
cificación, el género se considera una construcción social que atribuye un
significado concreto al hecho de ser hombre o mujer, o cualquiera de las
combinaciones de ambos que existen, y que da lugar a lo que se conoce
como feminidad y masculinidad, con todas las posiciones intermedias que
se puedan dar.
Esto significa que si se aplica la idea de igualdad al concepto de género,
hay que hacer referencia a ambos. Sin embargo, el desequilibrio de poder
existente en las relaciones entre las mujeres y los hombres han hecho que
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gran parte de las demandas feministas suelan asociar el género con la con-
dición de la mujer y que la igualdad de género se haya concebido como
igualdad de las mujeres respecto a los hombres.
Esta situación tenía su razón de ser. El feminismo partía de la condición
de subordinación de la mujer y tenía muchas reivindicaciones que hacer.
Eso contribuyó a que la igualdad de género se centrase en los derechos de
las mujeres respecto a los hombres, lo que, por un lado, hizo que perdurase
la perspectiva androcéntrica, y por otro, que el estudio de la masculinidad
no tuviera tanto interés desde la perspectiva de la igualdad entre los sexos.
Partía de la base de que los titulares de los derechos eran los hombres y, por
lo tanto, no había que prestarles la misma atención. Al ser la dominación
masculina, el varón era considerado en su condición de dominador, pero
no en su condición de persona inserta en un sistema basado en una profun-
da desigualdad entre los hombres también. Es por ello que en el análisis
del origen y asentamiento del patriarcado explicado en el apartado 2.2.
se afirmaba que la dominación masculina ha existido, y sigue existiendo,
sobre las mujeres, pero también entre los hombres al estar ordenados en
niveles jerárquicos y depender su posición social de sus recursos y poder.
Bajo la falacia de que todos podían pasar de un nivel a otro compitiendo
con tenacidad y tesón, se colectivizó a todo el conjunto haciendo que se
percibiese a cada hombre como un ser privilegiado porque se encontraba
por encima de las mujeres. Se evitaba así que la lucha por la igualdad
cuestionara el orden social patriarcal, que era el de un reducido número de
hombres que ocupaban el poder y ejercían la dominación. Es cierto que la
mera existencia de la posibilidad de pasar de un nivel a otro hacía que la
situación del hombre fuese diferente a la de la mujer, que carecía de dicha
posibilidad. Pero la realidad es que la mayoría no podía pasar nunca del
nivel con el que nacía, o de que, como mucho, solo pudiese ascender un
«peldañito» después de grandes esfuerzos.
Es curioso que, dada ausencia de ese movimiento masculino, haya sido
el feminismo el que haya dado un paso al frente incorporando a los hom-
bres en la búsqueda de la igualdad. Porque el hecho de que las causas es-
tructurales de la desigualdad sean diferentes, no significa que no se pueda
buscar la igualdad conjuntamente en toda su extensión.
El feminismo no se circunscribe a luchar por los derechos
de las mujeres sino a cuestionar profundamente y desde una
perspectiva nueva, todas las estructuras de poder, incluyendo,
pero no reducidas a, las de género. De ahí que, cuando se ha-
bla de feminismo, se aluda a profundas transformaciones en
la sociedad que afectan necesariamente a hombres y mujeres.
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Las feministas pensamos que los hombres que pertenecen
a colectivos subordinados, oprimidos y discriminados por su
raza, etnia, clase, edad, orientación sexual, discapacidad, etc.
podrían enriquecer su accionar político a partir de un análisis
feminista de sus privilegios de género para entender cómo y
cuánto estos contribuyen a la mantención del poder de unos
cuantos hombres sobre la mayoría de los seres humanos. (Fa-
cio, 2003)
De esta forma se evita caer en el androcentrismo al no buscar la igualdad
con, sino la igualdad entre. Asimilar género con la condición de la mujer
sigue siendo androcentrismo, ya que parte de la base de que la normalidad
la encarnan los hombres, lo que hace que la igualdad sea concebida como
un camino que deben recorrer ellas.
Esta concepción plantea varios problemas. Por un lado, supone la ideali-
zación de lo masculino con la consiguiente infravaloración de lo femenino.
Por otro, conlleva un gran consumo de energía para las mujeres al tener
siempre que «andar corriendo» para alcanzar a los hombres. Por último,
impide ver a estos los problemas derivados de su condición de personas,
haciendo que «los árboles no les dejen ver el bosque».
Ilustración 58. ¡Por qué yo lo valgo!
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La cuestión no estriba en que las mujeres tengan que ser iguales que los
hombres. No se trata de que el modelo a imitar sea el masculino. Se trata
de que la masculinidad incorpore aquellas cualidades de la feminidad que
son positivas para la vida en sociedad, de la misma manera que las muje-
res han incorporado aspectos de la masculinidad que han enriquecido sus
vidas. También se trata de que la masculinidad elimine los aspectos de le-
163
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talidad que la caracterizan. Se trata de incorporar lo bueno y dejar de lado
lo pernicioso. Se trata del respeto mutuo, porque no hay dueños ni amos
y ningún sexo debe intentar imponerse al otro. Se trata de que no exista
dominación sino capacidad para la acción. En definitiva, se trata de la de-
construcción del género, del reconocimiento de las capacidades humanas
diversas y de su potenciación con independencia del sexo, la edad o del
lugar en el que se nazca.
El feminismo del punto medio es un feminismo de reconocimientos po-
sitivos. Porque sin buscar justificaciones a los actos propios y ajenos in-
tenta comprender el origen y las causas de los comportamientos humanos.
Por eso incorpora la masculinidad al lado de la feminidad y analiza el
origen de la separación entre los sexos, así como las causas que llevaron a
la instauración del patriarcado como sistema social. Para el feminismo del
punto medio es importante incorporar el análisis de la masculinidad desde
el convencimiento de que el reconocimiento del otro ayuda al reconoci-
miento propio.
Al incorporar esta perspectiva de análisis surge una primera pregunta:
¿por qué a los hombres les está costando tanto trabajo reconocer a las mu-
jeres en pie de igualdad?
Tal vez porque temen reconocerse a sí mismos, y con ello, descubrir
su vulnerabilidad, o tal vez porque la creencia de dominadores les hace
pensar que descienden de categoría si se reconocen iguales. Es todo lo con-
trario de lo que les ha sucedido a las mujeres, las cuales se han reconocido
a sí mismas en relación con los hombres en su búsqueda de la igualdad,
hecho que, en ocasiones, ha inducido a la imitación dando como resultado
una asimilación de lo masculino en contradicción con los propios valores
femeninos.
Es cierto que la igualdad con los hombres permitió a las mujeres avan-
zar en su independencia, pero supuso la asimilación de muchos aspectos
de la masculinidad sin que se hubiese analizado si eran beneficiosos para
el desarrollo personal y social o nocivos para la vida en común, y, lo que
es peor, el ocultamiento de algunas cualidades femeninas infravaloradas,
a pesar de su importancia. El feminismo de la igualdad y el de la dife-
rencia representaron la búsqueda de la igualdad con y el reconocimiento
de la feminidad en positivo, pero cada uno por separado como si fuesen
contradictorios en vez de complementarios. La cuestión estriba en buscar
esa igualdad en el punto medio, mediante un acercamiento mutuo entre las
mujeres y los hombres.
Por otro lado, los feminismos vinculados a las ideologías políticas, idea-
das y organizadas por hombres, ofrecen perspectivas de género diferentes:
164
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
unos ofreciéndoles a las mujeres «un trozo de la tarta patriarcal» y otras es-
tructurando acciones cuya finalidad era la obligada y necesaria protección
de la mujer, si bien postergando el empoderamiento femenino como meta a
medio y largo plazo. Eso no significa que ambas posiciones no tuvieran su
lado positivo. En el primer caso, porque la búsqueda de la igualdad, aun-
que fuese androcéntricamente, no dejaba de ser un estímulo positivo para
las mujeres desde el momento en el que tenían unas metas que alcanzar.
En el otro, porque la protección era indispensable al encontrarse la mujer
en una situación de total desprotección frente a situaciones que atentaban
contra su integridad física y psíquica sin que existiera un marco legal y
social al que poder acogerse.
Por último, la extensión del feminismo a lo largo del planeta y su com-
binación con otros movimientos sociales que también luchan por una vida
mejor han ido enriqueciendo la igualdad de género al incorporar conceptos
nuevos, como la orientación sexual, el respeto al medio ambiente, la mul-
ticulturalidad, o el propio cuestionamiento del género como categoría de
análisis.
En definitiva, se puede afirmar que todas las corrientes feministas han
sido importantes para la consideración de la mujer como sujeto autónomo
e independiente no subordinada al dominio patriarcal, al mismo tiempo
que han supuesto un análisis en profundidad del patriarcado como sistema
social.
No ha seguido el mismo camino la condición masculina. Bajo el manto
de la dominación y los privilegios el brillo hacía parecer oro todo lo que
relucía, sin que muchos hombres se parasen a pensar cuál era el impacto
que sobre sus vidas tenía el patriarcado.
Ilustración 59. El hombre perdido
Fuente: María Jesús Rosado Millán
165
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Es por ello que hay que seguir avanzando por el camino de la igualdad
entre los sexos a través del análisis de la feminidad y masculinidad al uní-
sono. Porque no se trata de que las mujeres sean iguales a los hombres,
sino de que hombres y mujeres sean iguales en su reconocimiento y va-
loración social, en el desarrollo de sus capacidades, en sus competencias
funcionales y en la manifestación de sus emociones, sin que el sexo sea
el punto de partida de su distinción y clasificación social. Pero también se
trata de que no exista la jerarquización social. Una cosa es la diversidad y,
otra muy diferente la valoración en una escala más/menos en función del
lugar que se ocupa en la jerarquía.
El camino hacia la igualdad significa que mujeres y hombres son iguales
en su consideración personal y social, lo que quiere decir que no se puede
separar el género de la clase social en la búsqueda de la igualdad.
7.1. Los principios del feminismo del punto medio
El feminismo del punto medio se basa en la superación de los pilares
sobre los que se ha asentado el sistema patriarcal desde su creación y su
sustitución por otros nuevos.
Figura 16. Pilares del Sistema Patriarcal y principios del Feminismo del Punto Medio
Dominación Capacidad
acción
Androcentrismo Competitividad Universalismo Cooperación
PATRIARCADO FEMINISMO
PUNTO
Crecimiento Desigualdad Sostenibilidad MEDIO Igualdad
ilimitado Jerarquización oportunidades
social Diversidad
Fuente: Elaboración propia
El poder como dominación pasaría a ser sustituido por el poder como
capacidad para la acción; la competitividad por la cooperación; la des-
igualdad por la diversidad; la jerarquización social por la igualdad de opor-
tunidades; el crecimiento ilimitado de riqueza por la sostenibilidad; y el
androcentrismo por el universalismo, al desviar el foco antroprocéntrico
hacia el universo.
166
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Figura 17. Transformación de los principios patriarcales
DOMINACIÓN CAPACIDAD DE ACCIÓN
COMPETITIVIDAD COOPERACIÓN
IGUALDAD OPORTUNIDADES
DESIGUALDAD DIVERSIDAD
JERARQUÍA SOCIAL SOSTENIBILIDAD
CRECIMIENTO ILIMITADO UNIVERSALISMO
ANDROCENTRISMO
Fuente: Elaboración propia
7.1.1. Capacidad para la acción versus dominación
El poder como dominación significa, siguiendo la clásica definición de
Max Weber: [...] la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro
de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea
el fundamento de esa probabilidad [...] Por dominación debe entenderse
la probabilidad de encontrar obediencia a un mandato de determinado
contenido entre personas dadas (Weber, 1993, pág. 43). Es la imposición
de la voluntad de una persona sobre otras con la aquiescencia de estas,
ya sea por temor, alienación o necesidad. Galbraith hace una interesante
aportación al destacar que la fuerza de este poder radica en que se manten-
ga oculto, que no sea evidente para quienes prestan sumisión (Galbraith,
2013). Este es un aspecto importante, porque reafirma la idea de que los
hombres no tenían claro que el sistema de dominación patriarcal también
les incluía a ellos. Eran conscientes de las jerarquías existentes, pero no de
su propia alienación de hombres sometidos por otros hombres.
Ahora bien, el poder tiene otra acepción: la capacidad para la acción.
Según este significado existe una voluntad de querer hacer algo mediante
una puesta en marcha personal o colectiva, porque se cree que se puede ser
«ser capaz de». A nivel personal implica creer en las propias capacidades
para hacer aquello que se desee hacer, lo que entronca con el concepto
de empoderamiento, que no significa «poder sobre», sino «poder para».
Colectivamente supone el deseo de aunar sinergias para tener mayor capa-
cidad de acción sin que exista dominación ni coacción.
167
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Ilustración 60. «Yes we can»
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La concepción del poder como capacidad para la acción ha existido
siempre dentro del patriarcado, si bien con diferencias por sexo. La domi-
nación masculina hizo que las actividades varoniles fuesen más valoradas
socialmente, lo que dio paso a la idea del hombre «sobre-empoderado» ca-
paz de llevar a cabo acciones extraordinarias. Por el contrario, la subordi-
nación de las mujeres fue limitando su capacidad de obrar y desvalorizan-
do todas sus acciones, minando de este modo su autoestima y dando lugar
a un sentimiento de incapacidad o «des-empoderamiento» en relación con
los hombres, que se convirtieron en el patrón de referencia.
Ahora bien, aunque a primera vista pudiera parecer que ellos no nece-
sitan empoderarse porque ya están suficientemente empoderados, profun-
dizando en el tema la realidad es otra, porque la escala empoderamien-
to-desempoderamiento también tiene género. El sobre-empoderamiento
masculino es cierto en relación con las actividades sociales asociadas a
su rol de género, pero ¿qué pasa con las actividades consideradas tradi-
cionalmente femeninas? En este terreno, los hombres también necesitan
empoderarse, es decir, desarrollar las capacidades relacionadas con dichas
actividades, como son las relativas al cuidado personal y de los demás, a
la reproducción y a todo lo que tiene que ver con el mundo interior y los
microespacios.
A sensu contrario, las mujeres necesitan empoderarse en todas las acti-
vidades que no han estado asociadas a su rol de género, especialmente las
relacionadas con la gestión del mundo exterior y los macroespacios.
Se trata, por tanto, de un empoderamiento mutuo. Porque si las mujeres
han desarrollado menos algunas de sus capacidades por no formar parte de
su rol tradicional, lo mismo les ha pasado a los hombres.
Por esta razón, el feminismo del punto medio no quiere guetos de muje-
res o de hombres con una falta o un exceso de empoderamiento, sino que
168
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
los prefiere a todos/as juntos/as y revueltos/as, conociendo y confiando en
sus capacidades múltiples, ya que se trata de cooperar conjuntamente para
el bienestar común.
Para ello, hay que generar la convicción de que las capacidades huma-
nas y su desarrollo se basan en la diversidad personal, no en el sexo ni en
la jerarquía social.
7.1.2. Cooperación versus competitividad
La voluntad colectiva de la acción requiere la cooperación entre las par-
tes, lo que implica la integración y complicidad del conjunto de personas
que componen un grupo. Esto la diferencia de la dominación que lleva
aparejada la exclusión, ya que precisa de la concentración personal pues
no puede ser ejercida por una multitud. Detentar el poder dominante que-
da reservado a pocos sujetos y genera competencia. La competitividad es
rivalidad, contienda y enfrentamiento para alcanzar aquello a lo que se as-
pira e implica exclusión al requerir apartar del poder a quienes no lo tienen
o no lo han podido conseguir.
Ilustración 61. Competitividad
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La competitividad tiene de negativo la búsqueda del beneficio personal
o del grupo de iguales sin tener en cuenta el impacto negativo que pueda
tener para terceros. Supone, además, mucho gasto de energía al tenerse
que enfrentar una persona o un grupo a todos los demás. Su aspecto posi-
tivo consiste en servir de estímulo para la superación individual o grupal,
siempre y cuando no sea el valor dominante que guíe la acción.
169
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
La cooperación pone las acciones de todos/as a trabajar para un mismo
fin. Lleva implícita la confianza recíproca y la búsqueda de beneficios co-
lectivos, aunque puede ser empobrecedora cuando no motiva la exigencia
personal. Pero su fin supone inclusión y ahorro de energía, ya que con
mucho menos esfuerzo se pueden conseguir bastantes más cosas. Además,
al ser inclusiva incita a la solidaridad. Siempre se puede estar adhiriendo
gente a proyectos provenientes de diferentes grupos.
Se considera mejor la cooperación que la competitividad porque tiende
a un bien colectivo, suma energía e implica respeto a la diversidad y tole-
rancia, compromiso y capacidad de diálogo.
Cuando se coopera los grupos forman una comunidad con sentido so-
cial en los que hay personas que ejercen la labor de coordinación. Estas
personas no son respetadas por su liderazgo, sino por la función de coordi-
nación que ejercen. Es una diferencia importante porque supone el cuestio-
namiento de la figura del «líder carismático» por la concentración de poder
personal que conlleva.
Ilustración 62. Cooperación
Fuente: María Jesús Rosado Millán
170
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
7.1.3. Igualdad de oportunidades versus desigualdad
La jerarquización social surgida a raíz de la implantación del sistema
patriarcal (ver apartado 2.2.) significó la ordenación gradual de las per-
sonas en función de la valoración social que se le otorgaba a cada una.
Dicha valoración vino determinada por el poder que se detentaba, el cual
se estableció, a su vez, en función de los recursos que se poseían y de las
acciones que se protagonizaban. En los inicios del sistema, la guerra hizo
que muchas de las hazañas bélicas de los guerreros les encumbraran a po-
siciones de poder.
Este tipo de estructura social es la base de la desigualdad desde el mo-
mento en el que se valora a las personas en una escala que va de más-mejor
a menos-peor, y supone la acumulación de privilegios en determinados
individuos en detrimento de los demás, que tienen que soportar las cargas
que el mantenimiento de los privilegios de los primeros conlleva.
Pero la desigualdad es un concepto poliédrico que se puede abordar des-
de muchas perspectivas. En el apartado 3, se exponía su evolución a lo
largo de la historia especialmente a partir de la Revolución Francesa y la
concepción de los derechos humanos. Desde entonces la noción de igual-
dad ha experimentado grandes cambios. Comenzó centrándose en el re-
conocimiento formal de una serie de derechos para una minoría: hombres
que cumplían una serie de requisitos tales como tener medios económicos
o un cierto nivel de instrucción, y continuó haciéndola extensibles a todas
las personas. El problema es que el liberalismo que sustentaba ideológica-
mente esta concepción de igualdad se quedaba en el plano de lo formal, sin
que dicha formalidad abarcase a otros campos de la vida social.
Con el triunfo de la Revolución Rusa la igualdad pasó a concebirse como
uniformidad de pensamiento y acción con la pretensión de acabar con las
grandes desigualdades en lo que a la distribución de los recursos se refiere.
El problema es que no contemplaba la diversidad humana, al tiempo que
exigía que la acción fuera por obligación lo que afectó a la motivación
humana. Daba igual lo que se hiciese, el Estado siempre lo supervisaba y
lo decidía todo. Por otro lado, los países comunistas nunca dejaron de ser
patriarcales, con unos aparatos del partido fuertemente jerarquizado, lo
que llevaba implícita la desigualdad.
Ilustración 63. «Goodbye Lenin»
Fuente: María Jesús Rosado Millán
171
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Pero la cosa no mejoró con la caída de los países comunistas y la globa-
lización del capitalismo, al aumentar progresivamente la desigualdad. La
ideología liberal sustentadora del sistema capitalista ha evolucionado, pero
su concepción de la igualdad jurídica como ideal sigue intacta ignorándose
el punto de partida de cada sujeto y el contexto en el que este se inserta.
Por otro lado, esta ideología con una fuerte penetración puritano-calvinista
pone todo el acento en el plano individual haciendo recaer sobre el sujeto
la responsabilidad de su desarrollo personal a partir de los conceptos de
mérito y capacidad.
Esta perspectiva ideológica plantea el siguiente interrogante: ¿quién de-
termina lo que es mérito y lo que es capacidad? Aplicando la perspectiva
de género, está claro que al existir la dominación masculina son los hom-
bres los que establecen los méritos que se consideran relevantes social-
mente, especialmente los relacionados con la dominación y el poder.
Por otro lado, la propia idea de capacidad remite otra vez a la polariza-
ción capaz-incapaz en una escala de más y menos, sin tener en cuenta que
el propio desarrollo de las capacidades personales depende, en buena me-
dida, de los estímulos iniciales de que disponga un ser humano. Es por ello
que ignorar el contexto y las circunstancias en las que un individuo viene
al mundo supone contemplar magnitudes heterogéneas que no permiten la
comparación.
Se puede afirmar que, tanto los méritos como las capacidades persona-
les, están directamente relacionadas con las oportunidades que rodeen a
una persona.
Ilustración 64. Distintos puntos de partida para la misma meta
Fuente: María Jesús Rosado Millán
En este sentido, han surgido corrientes que han ido modificando el signi-
ficado de la igualdad más allá del terreno económico haciéndolo extensible
172
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
a las oportunidades que tiene un sujeto desde su nacimiento, es decir, al
acceso a unos niveles equivalentes de bienestar.
La igualdad de oportunidades requiere imparcialidad, igualdad en la po-
sesión y disfrute de los mismos derechos básicos, posibilidad de partici-
pación en cualquier ámbito de la vida social, proporcionalidad y equidad
para lograr una mejor redistribución de recursos (Martínez Payá, 2000).
Roemer distingue entre nivelar el terreno de juego para los sujetos que
compiten por un puesto y el principio de no discriminación o de mérito,
que supone la inclusión de varios aspirantes a algo cuya elección se basa
en sus méritos. Este autor es favorable a la nivelación de las oportunidades
en el nivel de partida pero no cuando los sujetos comienzan a competir, en
cuyo caso únicamente se debería atender a su mérito, el cual relaciona con
el esfuerzo invertido por cada uno (Roemer, 1998).
Sartori clasifica la igualdad de oportunidades en igualdad de acceso e
igualdad de partida. La primera hace referencia a la capacidad y el mérito;
la segunda, a las condiciones iniciales con las que parte cada persona, lo
que requiere, según Sartori, igualdad económica, pues aunque se tratase de
otros aspectos de la vida, como la educación, el no disponer de determina-
dos recursos condicionaría el acceso a la misma (Sartori, 1992).
Pero la igualdad de oportunidades no solo se ve afectada por los recur-
sos económicos. Existen otra serie de factores que favorecen el desarrollo
armónico de la personalidad, como pueden ser el afecto, la motivación,
etc., que no tienen un contenido económico, pero que hacen la vida más
agradable y placentera, en definitiva, más vivible. Por ejemplo, la educa-
ción en la tolerancia, la igualdad o el respeto a los demás, es una oportu-
nidad a la que cualquier persona debería tener acceso y derecho, y no son
recursos económicos.
Sin minimizar la importancia de los recursos materiales a la hora del
desarrollo vital de una persona, centrarlos únicamente en los aspectos eco-
nómicos supone invisibilizar otros recursos que también son importantes.
Siguiendo con el análisis de género, si la mayoría de los recursos econó-
micos se concentran en manos de los hombres, resulta evidente que las
mujeres tendrían menos oportunidades de partida. Pero si se extiende el
concepto de recurso más allá del terreno económico y se amplía la igual-
dad de oportunidades dando cabida a factores hasta ahora ocultos, como el
cuidado de los demás, los hombres hasta ahora, han tenido menos oportu-
nidades de desarrollar estas capacidades.
Esta perspectiva relaciona igualdad de oportunidades con el concepto
de equidad (derivado del de diversidad): dar a cada cual según sus nece-
sidades. Si bien, al afirmar que las mujeres y los hombres tienen las mis-
173
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
mas capacidades, pueden realizar las mismas funciones y experimentan
los mismos sentimientos, se está hablando de igualdad, en el caso de las
oportunidades, es la equidad el principio que entra en juego. Si el género
existe porque mujeres y hombres se socializan de diferente manera, las
necesidades de unas y otros diferirán entre sí. Claro está que se corre el
riesgo de que detrás de la satisfacción de esas necesidades se encuentren
los estereotipos sociales, pues la necesidad es un concepto subjetivo y el
mantenimiento de las mismas puede perpetuar los roles existentes. Pero
también lo es que el equilibrio de los puntos de partida con los que se nace
resulta necesario para el acceso a diferentes opciones.
Ilustración 65. Igualdad de oportunidades
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La equidad pone el acento en los agentes a los que se refiere la igualdad
de oportunidades de los que no se puede deslindar. Además, la igualdad de
oportunidades tiene que estar orientada hacia una finalidad. Ahora bien,
el hecho de que alguien tenga la oportunidad de conseguir algo no sig-
nifica que lo consiga, pues la igualdad de oportunidades no garantiza el
éxito, ya que pueden existir una serie de imponderables que obstaculicen
la oportunidad (Westen P., 1982). Y aunque esto es cierto, también lo es
que la ausencia de oportunidades impide toda opción de conseguir algo.
Estos impedimentos pueden ser formales o sociales, siendo estos últimos
más difíciles de superar, pues las costumbres tienen la característica de su
perdurabilidad por la seguridad que proporcionan.
La igualdad de oportunidades no significa que todas tengan que ser idén-
ticas en cualquier lugar para todos los seres humanos. Si las personas y
sus hábitats son diversos, también lo serán sus necesidades y los recursos
de los que puedan disponer. Es por ello que más que igualdad de oportu-
nidades, quizá sea más correcto hablar de «equivalencia», lo que también
entronca con el principio de equidad. Lo importante es que las personas
puedan disponer de diferentes opciones y recursos para el desarrollo de su
174
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
personalidad sin que se vean limitados por su sexo, edad, lugar de naci-
miento, color de piel, capacidad o creencias.
Está claro que la igualdad, además de jurídica, tiene que tener un com-
ponente social. El punto de partida con el que nacen las personas va a
determinar, en gran medida, su desarrollo posterior. Es por ello que neutra-
lizar los impedimentos que limitan la evolución de las capacidades es una
nueva visión de la justicia social.
Si a las niñas se les indican una serie de opciones y a los niños otras, está
claro que la oportunidad que van a tener las niñas de desarrollar «cosas de
niños» va a ser muy pequeña, y al revés. Si una niña quiere ser astronauta,
pero los mensajes que recibe es que «eso es cosa de niños», sus opciones
de serlo se verían obstaculizadas. Lo mismo le ocurriría al niño al que le
gustase trabajar en una guardería si estuviese viendo que el cuidado de
bebés lo hacen casi siempre las mujeres. Este hecho pone de manifiesto la
existencia de bloqueos psicosociales que suponen trabas para elegir entre
diferentes opciones aún cuando ya se tenga la posibilidad de hacerlo.
El feminismo del punto medio defiende la deconstrucción de ese tipo
de mensajes basados en el sexo o en cualquier otro tipo de desigualdad
socialmente establecida.
7.1.4. Diversidad versus jearaquía social
La igualdad se opone a la jerarquización social basada en la valoración
de los sujetos en función de su sexo y estatus. Pero la igualdad no significa
uniformidad a nivel personal. Una cosa es la no clasificación previa de las
personas y otra la existencia de diferencias entre las mismas. En este sen-
tido, igualdad y diversidad no son términos contradictorios ya que uno se
aplica a los elementos integrantes de una colectividad con independencia
de cuáles puedan ser los elementos que los definan, y el otro a cada uno de
esos elementos considerados en relación con los demás.
La diversidad hace referencia a cualidades que permiten distinguir una
cosa de otra. La idea de diferencia en sí no lleva aparejada connotaciones
negativas, pero la distinción entre las cualidades de las cosas tiene resul-
tados negativos cuando la distinción se establece siguiendo una escala de
más-menos.
Los/as científicos/as se refieren a la diversidad teniendo en cuenta tres
factores: variación en los atributos que caracterizan a los elementos que
forman parte de un conjunto; diferentes tipos de elementos; y diferencias
en la configuración de esos elementos (Page, 2011).
175
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Aplicando esta clasificación a los seres humanos resulta evidente que
existen variaciones en los atributos, tanto físicos como psíquicos, que
adornan a cada persona. La disposición de estos atributos tiene como re-
sultado distintas personalidades, lo que permite su agrupación. Ninguna de
las diferentes personalidades es buena o mala en sí. Es el significado que
se le otorga a los atributos que las conforman y a su disposición, lo que les
confiere un sentido positivo, negativo o neutro.
Ilustración 66. La diversidad humana
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rq
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am bi
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uea fdf g e
gnprm,vpkd
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Desde esta óptica, está claro que las personas somos diversas. Cada una
tiene unas características que la diferencian de las demás. Sin embargo,
una vez que se las ha clasificado, la tendencia es a uniformizar a todos los
integrantes del grupo. El problema deviene cuando al agrupar se ignora la
diversidad. Es la uniformidad la que permite hacer afirmaciones del tipo
«los hombres son…», «las mujeres hacen…», «los de tal sitio piensan…»,
etc.
Fue el patriarcado, con la introducción de valoraciones diferentes aso-
ciadas al sexo y al estatus, el que introdujo una separación entre las mu-
176
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
jeres y los hombres, y de estos entre sí, al otorgar distintas posiciones
sociales a cada cual.
En la actualidad, el tema de la diversidad y la diferencia ha adquirido
relevancia por varias razones: en el terreno económico, al ir destinados los
productos y servicios a una pluralidad de sujetos cada vez mayor; y en el
ámbito social, por los movimientos migratorios que están teniendo lugar a
nivel planetario. En el primer caso, la diversidad está siendo utilizada en
las organizaciones con un significado positivo por las ventajas que pro-
porciona la mezcla de culturas en las plantillas laborales (Baxter, 2001;
Thompson N. , 2011). Esta óptica pone el foco en el valor que la suma de
diferentes experiencias, formas de hacer y de plantear soluciones supone.
No ocurre lo mismo con el fenómeno migratorio en el que la diferencia
adquiere tintes negativos y se aprecia como una fuente de problemas.
Hay otro fenómeno desde el punto de vista de la diversidad y es el mo-
vimiento LGTBI que, en su lucha por los derechos de lesbianas, gays,
transexuales, bisexuales e intersexuales, ha supuesto un llamamiento al re-
conocimiento y respeto de la diversidad sexual que caracteriza a cualquier
sociedad humana. Este movimiento ha ido alcanzando progresivamente
una mayor aceptación social.
Hace veintidós años, el 17 de mayo de 1990, la Organiza-
ción Mundial de la Salud (OMS), siguiendo los pasos dados
en la década de los setenta por la psiquiatría norteamerica-
na, suprimía la homosexualidad del CIE 10, la Clasificación
Internacional de Enfermedades. La eliminación de la supues-
ta condición patológica de gays y lesbianas fue un aconteci-
miento crucial en el largo camino hacia la emancipación del
colectivo homosexual, poniendo al descubierto la homofobia
(re)producida y legitimada por el discurso médico oficial y
contribuyendo enormemente a la aceptación social de la ho-
mosexualidad. (Aguiló & Santos, 2012)
177
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Ilustración 67. El arco iris de la diversidad
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Ahora bien, la idea actual de diversidad lleva en su seno una contradic-
ción: por una parte incorpora el aspecto positivo del concepto proveniente
de la gestión de recursos humanos y del movimiento LGTBI, y por otro,
establece la imposibilidad de apreciar ese positivismo cuando se trata de
derechos humanos o de costumbres que se consideran diferentes.
Desde el punto de vista social, Rottenburg R. et al. señalan que el plan-
teamiento actual de la diversidad se expresa en términos de multicultura-
lismo y destacan que lo importante radica en la forma en la que los discur-
sos sobre la multiculturalidad remiten al poder y a las relaciones de clase
y (Rottenburg, Schnepel & Shimada, 2006).
Teniendo en cuenta la relación entre los discursos y las estructuras del
poder en el sistema patriarcal, desde el feminismo del punto medio se esta-
blece una separación entre el concepto de igualdad y el de diversidad. La
igualdad se reserva para el género humano en su conjunto, pero cuando se
desciende al terreno individual, la diversidad tiene que ser contemplada.
Ello significa que cada persona tiene unas capacidades y unas caracterís-
ticas físicas determinadas, pero en conjunto todas pueden desarrollar esas
capacidades, ejercer funciones similares y experimentar los mismos sen-
timientos. Las diferencias existentes en esos tres aspectos son de grado y
su desarrollo depende de múltiples factores contextuales. El sexo no tiene
que ver en ello, ni el estatus.
Se puede afirmar que estas dos variables por las que se establece la des-
igualdad y la jerarquización social no influyen a nivel competencial, fun-
cional o sentimental, a pesar de que se les achaque dicha influencia.
Ello no anula la diversidad. Cada sujeto va a desarrollar las aptitudes
con las que nace en función de su socialización y contexto vital. Sin quitar-
le importancia a las capacidades iniciales de cada persona, la socialización
del individuo es básica. Es lo que hace aquellas que tienen diferencias
físicas importantes puedan realizar funciones similares, aunque aparente-
mente pudiera parecer lo contrario. El contexto también es crucial a la hora
178
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
de crecer y aprender. Eso no anula las características innatas con las que
se viene al mundo. Pero está claro que esas características se modulan con
el aprendizaje dentro de contextos determinados. En definitiva, se trata de
dar razones a la voluntad para la acción. Y las razones son siempre cultu-
rales, pues no se encuentran escritas en la naturaleza.
7.1.5. Sostenibilidad versus crecimiento ilimitado
Hasta ahora se ha estado hablando de sociedad, de socialización, de co-
municación, etc., considerando la economía como un producto social, lo
que no significa que su importancia sea menor. No solo forma parte de la
vida social, sino que direcciona muchas de sus actividades y se encuentra
en la base de algunas de sus dogmas. Durante mucho tiempo, desde que
triunfó la Revolución Industrial y dio paso al capitalismo, la creencia en
el crecimiento continuo –lo que equivale a considerarlo ilimitado– formó
parte sustancial del nuevo sistema económico.
La toma de conciencia de que el crecimiento no podía ser ilimitado en
un mundo finito se empieza a forjar a partir de la segunda mitad del siglo
xx. El Informe al Club de Roma sobre los límites del crecimiento supuso el
inicio de la conciencia sobre el impacto negativo que la actividad humana
estaba suponiendo para el planeta y abrió el camino a la idea de sostenibi-
lidad como principio revisor de la misma (Senent de Frutos, 2013). Este
Club estaba formado por un grupo de personas provenientes de distintos
ámbitos sociales y con formaciones académicas diferentes. En su Informe
de 1972 advierten de los problemas que enfrenta la Humanidad: pobreza
en medio de la riqueza; degradación medioambiental; pérdida de confian-
za en las instituciones; desarrollo urbano incontrolado; inseguridad en el
empleo; alienación de la juventud; rechazo de los valores tradicionales; in-
flación y otras perturbaciones monetarias y económicas (Meadows, Mea-
dows, Randers, & Behrens III, 1972).
Ilustración 68. Violencia medioambiental
Fuente: María Jesús Rosado Millán
179
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Posteriormente, el informe Nuestro Futuro Común, más conocido como
Informe Brundtland, publicado en 1987 por la Comisión Mundial del me-
dio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas, supuso también una críti-
ca al modelo de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado.
La sociedad civil también se movilizó a través de las organizaciones
ecologistas que se crearon en los años sesenta y setenta del siglo xx: World
Wild Fund (WWF) en 1961; Asociación para la Defensa de la Naturaleza
en 1968; o Greenpeace en 1971, por citar alguna de ellas.
En la década de los ochenta tuvieron lugar dos grandes desastres
medioambientales: el accidente de la central nuclear de Chernóbil y el de-
sastre del petrolero Exxon Valdez en las costas de Alaska, accidentes que
volvieron a poner de manifiesto la necesidad de incorporar la perspectiva
medioambiental a la agenda de los países. A raíz de estos problemas, se
sucedieron las reuniones internacionales para debatir sobre este tema (Pa-
niagua & Moyano, 1998).
Todos estos movimientos recogen dos ideas contrarias al crecimiento
ilimitado: los recursos de los que provee la naturaleza son limitados; y la
salud del planeta es también la salud del género humano (Senent de Frutos,
Antonio, 2013).
¿Qué encaje tiene la sostenibilidad dentro de la perspectiva de género?
Muchos de los problemas que afectan al medioambiente son producidos
por la actividad humana y esta actividad es producto de una serie de valo-
res, creencias y costumbres sociales que dentro del patriarcado adquieren
un significado concreto. Una de las ideas más arraigadas es la necesidad de
competir para alcanzar el poder, cuyo mantenimiento requiere la disposi-
ción y ostentación de recursos materiales. Cuantos más recursos se puedan
acumular, más poder se puede detentar.
Los problemas medioambientales derivan en gran parte de esos valores
patriarcales: la dominación a cualquier precio y el antropocentrismo.
Pérez Orozco pone el acento en la sostenibilidad de la vida e incluye
todas las actividades necesarias para su mantenimiento, que van más allá
de los meros procesos productivos de bienes y servicios. Visibiliza de esta
manera muchas actividades escondidas que han sido precisamente las rea-
lizadas por mujeres por haber estado siempre en segundo plano (Pérez
Orozco, 2015).
En este mismo sentido se pronuncian Bosch, Carrasco y Grau, al con-
siderar que los estándares de vida van más allá de «una cesta de bienes».
Incorporan la satisfacción de las necesidades biológicas, sociales, emo-
180
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
cionales y afectivas, que requieren recursos materiales, cuidados y afecto
(Bosch, Carrasco, & Grau, 2005).
En ambos casos, se traslada el androcentrismo patriarcal al centrismo
en la vida y su preservación, y se rescata la importancia de las mujeres en
este cometido al incorporarse las funciones sociales que estas han venido
desempeñando durante mucho tiempo.
Para Puleo, el ecofeminismo es un intento de abordar la cuestión
medioambiental desde los conceptos de mujer, género, androcentrismo,
patriarcado, sexismo, cuidado, etc., y resume lo que considera que forma
parte del mismo:
• Ser un pensamiento crítico.
• Reivindicar la igualdad y la autonomía de las mujeres.
• Aceptar con prudencia los beneficios de la ciencia y la técnica.
• Fomentar la universalización de los valores de la ética del cuidado
hacia los humanos y la Naturaleza.
• Asumir el diálogo intercultural.
• Afirmar la unidad y continuidad de la Naturaleza desde el conoci-
miento evolucionista y el sentimiento de compasión (Puleo, 2008).
Ilustración 69. Cultivando ecológicamente
Fuente: María Jesús Rosado Millán
El feminismo supuso un punto de ruptura con los valores patriarcales,
lo que no significa que solo tenga que centrarse en los derechos de las
mujeres. Hay que incorporar el resto de los derechos humanos y no huma-
nos para, desde una perspectiva holística, conseguir la transformación de
un sistema social que presenta más inconvenientes que ventajas, y cuya
181
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
perdurabilidad no puede ser infinita, como no lo es nada en el universo
conocido.
Si el feminismo se dio pronto cuenta de cómo la natura-
lización de la mujer era una herramienta para legitimar el
patriarcado, el ecofeminismo comprende que la alternativa no
consiste en desnaturalizar a la mujer, sino en «renaturalizar»
al hombre, ajustando la organización política, relacional, do-
mestica y económica a las condiciones de la vida, que natura-
leza y mujeres conocen bien (Pascual Rodríguez M. H., 2010).
Transformar la noción de riqueza basada en la posesión e incorporar la
idea de sostenibilidad implica la preservación del universo en el que se
habita, y es uno de los pasos a conseguir para la transformación del patriar-
cado en un sistema social más justo e igualitario.
7.1.6. Universalidad versus androcentrismo
El androcentrismo es una concepción del universo que coloca al hom-
bre-sol en el centro alrededor del cual gira todo lo demás. Inicialmente,
la revisión del androcentrismo imperante se hizo en relación con la mujer
para denunciar la invisibilidad de la misma a lo largo de la historia. Pero
no es solo cuestión de hacer visible a la mujer para cambiar la androcentria
por antropocentria, sino en darse cuenta de que el universo está compuesto
por miles de elementos, uno de los cuales es el ser humano. El universa-
lismo va más allá, pues se trata de la sustitución del modelo androcéntrico
por otro universal sin pasar por otro antropocéntrico.
El feminismo del punto medio lleva implícita la superación del andro-
centrismo, e incluso del antropocentrismo existente, para orientar el punto
de mira a todo el universo. Esta concepción supone un respeto a la Natu-
raleza en todas sus dimensiones y da un sentido profundo, y no solamente
utilitario, a la sostenibilidad. Para ello es indispensable el acercamiento
de los hombres a esta nueva óptica, lo que pasa por una redefinición del
concepto de propiedad, no en el sentido de disponer de cosas personales,
sino en el sentido de que todo lo exterior al hombre no está a su libre dis-
posición ni puede ser objeto de su dominio. Esta transformación afecta
especialmente al mundo masculino porque el patriarcado cimentó la idea
de que los hombres tenían derecho a todo, menos, claro está, a aquello que
se tenían que disputar entre ellos, en cuyo caso la jerarquía ponía a cada
uno en su sitio.
Es precisamente esta concepción de la propiedad la que «cosificaba»
cualquier magnitud externa al hombre: las mujeres, los animales, los ár-
182
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
boles y las piedras. Y se educó al hombre en la búsqueda sin fin de esta
idea. De ahí la fuerte competitividad para la apropiación de esas «cosas»
que se cree que le pertenecen. Vuelve a aparecer así el concepto de poder
dominante.
Sin embargo, no hay que confundir universalidad con universalismo,
es decir, con la doctrina filosófica que cree en la existencia de una verdad
universal, sino en la consideración de que el ser humano es una parte más
del cosmos. Poner el foco del pensamiento en el universo crea conciencia
de la relatividad humana y la sitúa en su punto justo.
7.2. Las transformaciones desde el feminismo del punto medio
Las teorías feministas existentes comparten las críticas al patriarcado
como sistema social. Ahora bien, detectar un problema y hacer un buen
diagnóstico del mismo no es suficiente para su transformación si no se
plantean soluciones y estrategias de cambio.
En relación con la igualdad entre los sexos, es necesario incorporar un
concepto ya tratado por el feminismo: la deconstrucción de los modelos
de socialización característicos del sistema patriarcal basados en la divi-
sión sexual que otorga preeminencia al hombre sobre la mujer. Pero la
desigualdad se extiende más allá de los sexos y afecta a todas las capas de
la sociedad, lo que requiere poner el foco en algo ya puesto de manifiesto
por el socialismo: la supresión de la desigualdad social basada en el esta-
tus que valora a unas personas por encima de otras en función de su poder
dominador. En el primer caso, se trata de la desconstrucción del género
como sistema de asignación de papeles diferenciados a las mujeres y los
hombres y, en el segundo, de la supresión de la jerarquización social como
forma de valoración de los seres humanos. En ambos casos, lo importante
reside en el cuestionamiento del poder dominador como pilar del sistema
social.
El género es causa de la desigualdad entre los sexos y el estatus de la
desigualdad entre las personas. La transformación del patriarcado debe
llevar aparejada la búsqueda de la igualdad en ambas dimensiones. Tratar
de conseguir la igualdad entre los sexos sin abordar la desigualdad social
o viceversa estaría condenado al fracaso porque la desigualdad seguiría
existiendo. Es por ello que feminismo y socialismo27 deben ir de la mano.
Pero también es necesario abordar la libertad y la igualdad al mismo tiem-
po. Igualdad sin libertad lleva a cárceles colectivas, que es en lo que se
convirtieron los países comunistas, mientras que libertad sin igualdad lle-
27 Se utiliza la palabra socialismo como una teoría relativa a la igualdad entre las personas, no como
la ideología de un partido político.
183
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
va a una profunda división entre quienes tienen oportunidades y recursos,
y quienes no.
Las transformaciones necesarias para el establecimiento de un nuevo
sistema social distinto al patriarcado deben asentarse sobre los principios
de libertad e igualdad, teniendo en cuenta dos variables: el sexo y el esta-
tus.
En esas transformaciones también interviene el tercero de los principios
de la Revolución Francesa: la solidaridad, en su primera acepción de la
RAE Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. No se
trata de caridad, concepto del que conviene diferenciarla. Aunque la cari-
dad alude a la solidaridad, entronca más con la noción de beneficencia que
con el concepto de derechos humanos. La solidaridad no se ejerce indivi-
dualmente, sino a nivel social, siendo la forma más habitual a través de
la redistribución de la riqueza. A este respecto, es necesario conjugar dos
cuestiones que normalmente se consideran por separado aunque deberían
ir a la par: la generación de riqueza y la redistribución de la misma. Enri-
quecimiento sin redistribución genera una gran desigualdad social. Pero
redistribución sin generación de riqueza lleva a un reparto de la pobreza.
En consecuencia, los cambios al sistema patriarcal deben tener una vi-
sión holística de la condición humana, de tal manera que sus principios se
sustenten sobre la diversidad en consonancia con el respecto a los derechos
humanos.
7.2.1. La primera transformación: ni posesión ni dominación
La primera transformación se basa en el cuestionamiento de uno de los
pilares del patriarcado: la dominación; y consiste en la deconstrucción del
poder como dominación y la reformulación de la competitividad como
medio para conseguirlo.
La creencia de que la dominación es algo consustancial al hombre no es
cierta, pues aplicando el razonamiento de Simone de Bouvier, los hombres
al igual que las mujeres, tampoco nacen, sino que se hacen.
→ Deconstrucción del poder como dominación
La dominación y el poder son los pilares sobre los que se asienta el
patriarcado. La deconstrucción de la dominación como forma de relación
social es necesaria para el cambio de sistema social.
En primer lugar, la dominación lleva aparejada la posesión que es dife-
rente a la propiedad en sí. Esta alude al derecho reconocido sobre algo en
184
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
el sentido de pertenencia, mientras que la primera hace referencia al uso
y disfrute de ese algo. Pueden coincidir en las mismas personas o no. Es
con la posesión con la que se establece una relación asimétrica entre quien
posee y lo poseído, ya que se basa en el poder que alguien tiene de usar el
bien poseído a su antojo.
Al establecerse la dominación masculina como forma de relación social
se amplió el concepto de bien extendiéndose a las personas, lo que dio
lugar a su «cosificación», comenzando por las mujeres que entraron así
a formar parte de los bienes de los poseedores: [...] hasta el hombre más
miserable de las clases más pobres puede ser propietario de su esposa, de
sus hijos, de sus animales, y cree ser su dueño absoluto (Fromm, 2004). A
las mujeres se las incluyó entre los objetos pertenecientes a los hombres,
situación que si bien ha cambiado en sus formas legales, sigue estando
presente en el imaginario colectivo como se puede apreciar en las conver-
saciones que tienen los hombres de hoy sobre «sus pertenencias»: coches,
viodeojuegos, dinero, acciones y… ¡mujeres! A algunos hombres también
se les incluyó entre las posesiones en forma de esclavitud, situación que
ha quedado prácticamente abolida en todo el mundo, lo que ha hecho que
el hombre haya dejado de ser considerado un objeto. Pero esos hombres
eran objetos por su condición, no por ser hombres, lo que hizo que cuando
la esclavitud desapareció, desapareciera su objetivación. Esta situación le
diferencia de la mujer cuya imagen sigue estando «cosificada» en la actua-
lidad al estar asociada a su sexo.
La dominación sobre las mujeres tuvo, y sigue teniendo, un carácter
transversal desde el momento en el que las afectaba a todas con indepen-
dencia de su posición social.
En segundo lugar, la dominación lleva implícita la coerción necesaria
para reproducir las reglas del juego dominante y evitar las desviaciones
(Olin Wright, 2010). La reproducción del status quo implica la aquiescen-
cia de aquellos sobre los que se ejerce esa coerción (Bourdieu P. , 2000),
y para conseguirlo se utilizan todo tipo de estrategias, entre ellas, la per-
suasión y la violencia, ya que la coerción implica el sometimiento de vo-
luntades por las buenas o por las malas. La persuasión sería la cara menos
negativa de la coerción y la violencia la cara más perversa de la misma.
Los discursos persuasivos están orientados a producir el convencimien-
to entre quienes se encuentran sometidos de que la dominación es innata al
ser humano, que ha existido siempre y que no se puede evitar. ¿Qué más da
quien domine si alguien tiene que dominar? Bajo este paradigma quienes
detentan el poder justifican su posición y sus privilegios.
185
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Los discursos coaccionadores se basan en el supuesto de que la violen-
cia de quienes detentan el poder es legítima, lo que les otorga de facto, el
derecho a utilizarla para conseguir sus fines que no son otros que su man-
tenimiento en la cúspide del poder. Las manifestaciones de violencia están
directamente relacionadas con la triple dominación masculina: de los hom-
bres sobre las mujeres, en la familia y entre los hombres. Las dos prime-
ras formas de violencia están íntimamente relacionadas, pues la que tiene
lugar de un hombre hacia una mujer en el seno de la pareja, también afecta
a las hijas e hijos. Ahora bien, tal y como se expuso en los apartados 2.2.
y 4.5.5., la violencia contra las mujeres no tiene lugar en este ámbito úni-
camente, sino que también existe violencia en general. En ambos casos, es
una manifestación del desequilibrio de poder dominante entre hombres y
mujeres. La eliminación de este tipo de violencia requiere la socialización
de los hombres en la resolución pacífica de conflictos y la no rivalidad.
La violencia entre los hombres tiene otro carácter, ya que mayoritaria-
mente se produce en su competición por el poder. En este contexto se
enmarca el discurso legitimador de algunos tipos de violencia, como la
del Estado, incluso democrático, cuando se sobrepasa la representativi-
dad concedida a través de las urnas, y por supuesto, nada que decir en los
estados no democráticos donde el poder se impone sin ningún soporte po-
pular. Cuando esto sucede, solo se avanza en la destrucción sin solucionar
ninguno de los problemas por los que se la invoca y cuya finalidad es, en
exclusiva, el mantenimiento de los dominadores en el poder. Avanzar en el
pacifismo e incorporarlo como valor en el proceso de socialización es una
forma de ir acabando con la violencia entre los hombres.
También existe violencia de hombres dominadores contra hombres pací-
ficos precisamente por su carácter no belicoso. La eliminación de este tipo
de violencia pasa igualmente por la educación de los niños en la igualdad,
la cooperación y la resolución pacífica de conflictos.
En definitiva, son los discursos orientados a la no violencia los que tie-
nen que sustituir en el imaginario colectivo a los existentes sobre su le-
gitimidad. El avance en la idea de «tolerancia cero»28 surgida como con-
secuencia de la violencia de género ha sido una punta de lanza sobre la
necesidad del castigo de la violencia por ser un fenómeno antisocial. Más
allá del concepto jurídico de «tolerancia cero», se aboga por la intolerancia
de la violencia.
28 Este término proviene del mundo del derecho y significa que ante la transgresión de la norma se
castigue inmediatamente al agresor porque de lo contrario aumenta la reincidencia.
186
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Aplicando la perspectiva de género al terreno de la dominación, la igual-
dad no consiste en que las mujeres luchen para convertirse en dominado-
ras, sino en que los hombres dejen de considerar el poder dominante como
un eje fundamental en sus vidas.
Por ejemplo, cuando se pide la paridad en los puestos de poder (que no
es lo mismo que en los puestos de decisión), no se está cuestionando el
sistema patriarcal, sino que se está reclamando una dominación comparti-
da entre mujeres y hombres. Esto no deja de ser dominación, la cual lleva
siempre aparejada la desigualdad porque se basa en la sobrevaloración de
unas personas y la infravaloración de otras. Sustituir la dominación mas-
culina por dominancia compartida sigue siendo dominación.
Por eso el ofrecimiento de una porción del pastel patriarcal para las mu-
jeres debe ser rechazado de plano. Si estas han sabido negociar estrategias
de supervivencia a lo largo de la historia basadas en la cooperación y la no
violencia, la sustitución del mundo violentamente poderoso de los hom-
bres ha de venir de manos femeninas. Esto requiere que se eduque a los
niños en la no violencia y en la igualdad como forma de construcción de
su identidad.
La igualdad no significa que las mujeres se conviertan en dominadoras,
sino en que los hombres dejen de serlo.
→ Reformulación de la competitividad
La colaboración y la competencia forman parte de los grupos humanos.
Está claro que no puede existir una sociedad sin que sus integrantes cola-
boren entre sí. La competencia no tiene porqué existir, sin embargo, con-
siderada como estímulo para el crecimiento personal, tiene perfecta cabida
en una sociedad cooperativa.
El problema de la competitividad radica en su consideración de meta a
alcanzar haciendo de ella un valor social y un fin en sí misma. Esa es pre-
cisamente la transformación a operar. Dejar la competencia subordinada a
la cooperación, que es la que debe guiar la acción.
A raíz de la sedentarización, las sociedades comenzaron compitiendo
por los recursos y el poder, y desde entonces no han dejado de hacerlo.
En la actualidad el modelo neoliberal imperante en la mayoría del mun-
do ha supuesto una acentuación de la competitividad como ideal y como
meta. La colaboración siempre ha estado presente, como lo pone de mani-
fiesto el propio concepto de empresa: «una organización social orientada a
187
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
un mismo fin», pero esta cooperación se encuentra supeditada a la compe-
titividad convertida en el ideal.
El mundo competitivo de ganadores y perdedores en el que
estamos inmersos, considerado como única alternativa según
las políticas neoliberales, ha demostrado que lo que sí consi-
gue es un aumento de las desigualdades entre los países y las
personas y un despilfarro de los recursos naturales. El hom-
bre es un ser social, y no solo por el lenguaje, que ha venido
avanzando a través de los tiempos mediante la cooperación y
el esfuerzo compartido. Dentro de las emociones humanas es
interesante observar que existe un grupo denominado emo-
ciones sociales, si bien es verdad que todas las emociones
pueden ser sociales este grupo tiene un cariz más acentuado.
Son ejemplos: compasión, vergüenza, lástima, culpa, desdén,
celos, envidia, orgullo, admiración. (Ruiz Urieta, 2015)
La deconstrucción del patriarcado significa pasar de la competitividad
a la cooperación. Implica modificar la creencia de que neutralizando a un
rival se consigue el éxito. En primer lugar, porque no es cierto, y en segun-
do lugar, porque no evita tener que estar siempre vigilando para impedir
que nadie desbanque al ganador, lo que convierte la ganancia en inestable
y la torna efímera.
Aprender a solucionar los conflictos pacíficamente en la educación pri-
maria es necesario para dejar de competir. Kreidler incluye una atmósfe-
ra competitiva (Kreidler, 2011) como uno de los factores generadores de
conflictos en el aula. Es precisamente el ambiente competitivo el que se
encuentra detrás de muchos conflictos que no existirían si no se rivalizase.
La competencia genera rivalidad y da lugar al conflicto;
la colaboración genera sociabilidad y busca el acuerdo.
7.2.2. La segunda transformación: de los roles de género al rol de la
diversidad
Si las mujeres y los hombres fuesen muy distintos, ¿por qué habría que
estar repitiendo continuamente eslóganes sexuados? «Los niños no llo-
ran», «las mujeres son mejores cuidadoras», «los hombres son violentos»,
«las niñas son más buenas», etc., etc., etc. Todas estas cuestiones se encon-
trarían debidamente almacenadas en el cerebro y «los niños no llorarían»,
188
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
«no existiría la rebeldía femenina», «no habría hombres pacíficos» o «no
serían capaces de practicar cuidados a los demás».
En realidad no se pone en duda que las mujeres y los hombres tengamos
las mismas capacidades. Lo que sí se objeta es el grado en el que se desa-
rrollan siguiendo siempre una escala de mayor a menor. No se cuestiona
que «H» y «M» puedan correr, sino, ¿quién corre más? La comparación
entre ambos elementos siguiendo esa escala concluye: «H» corre más que
«M», por lo que se deduce que «H» es más apto que «M» para correr, lo
que sitúa a «H» y «M» en diferentes niveles. Pero la comparación no ter-
mina aquí. Dado que «H» corre más que «M», se infiere imaginariamente
que todas las «H» corren más que todas las «M».
Cuando se afirma que «los hombres corren más que las mujeres», se está
haciendo una comparación imposible, porque ¿cómo saber que todos los
hombres corren más que todas las mujeres? En realidad se alude a valores
medios, lo que significa que hay hombres que corren más que algunas
mujeres y otros que no. Pero esto no se tiene en cuenta, porque significaría
reconocer que hay hombres que corren menos que algunas mujeres y, en
el imaginario patriarcal, los hombres son más que las mujeres en todas
las capacidades que no están atribuidas en exclusiva a las mismas. Es esta
construcción de significados la base del género y la que ha cimentado los
conceptos de feminidad y masculinidad. Si ambos son construcciones so-
ciales que contienen las pautas que las mujeres y los hombres deben seguir
a lo largo de sus vidas, está claro que se pueden deconstruir.
Pero deconstruir el género no significa anular la diversidad entendida
como la variedad de cualidades que adornan a una persona. Es precisa-
mente esa variedad la que hace que se diferencie a unas de otras, aunque
dichas cualidades no sean infinitas lo que permite que se puedan establecer
agrupaciones en función de las características comunes. Al no diferenciar-
se entre mujeres y hombres a nivel competencial, funcional y emocional,
dichas agrupaciones se realizarían sin tener en cuenta el sexo biológico,
que dejaría de ser determinante en cuanto al papel que cada persona des-
empeñe en la sociedad.
El género divide las vidas de las mujeres y los hombres. Al desaparecer,
lo que queda es la persona, el sujeto, el individuo, con independencia de
su sexo. Su deconstrucción significa la construcción de algo diferente que
sitúa a la persona en el centro de atención. De esta forma se podrían desa-
rrollar las capacidades humanas sin que el hecho de haber nacido con un
determinado sexo condicione el resto de la vida. La cuestión es identificar
189
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
los elementos que son considerados positivos desde el punto de vista de
la igualdad teniendo en cuenta la diversidad humana, y cuáles resultan
nocivos para la vida en común, formen parte o no de la masculinidad o la
feminidad tradicional.
Ilustración 70. Somos una especie
ESPECIE HUMANA
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La deconstrucción del género permitiría pasar del rol
de género al rol de la diversidad.
→ Deconstrucción de los atributos de la feminidad y masculinidad
hegemónicas
Hay una serie de características que comparten los seres humanos: for-
taleza, vulnerabilidad, racionalidad, emotividad, miedo, bravura o deseo
de cooperación, entre otras. Todos los hombres y todas las mujeres poseen
estos atributos. El problema radica en el grado en el que se crea que se
poseen en función del sexo biológico. En la masculinidad y la feminidad
tradicionales estas cualidades se encuentran diferenciadas entre las muje-
res y los hombres por oposición.
La masculinidad se basa en la idea de fuerza, racionalidad, valentía y
competitividad, todo ello desde una idea de superioridad sobre las muje-
res. La feminidad en la de dependencia, debilidad, subordinación, emoti-
vidad, temor e instinto maternal.
El rol de género hace que las mujeres y los hombres desarrollen las
mismas capacidades de diferente forma.
Comenzando por el binomio fuerza-racionalidad, ser fuertes no es ne-
gativo, pero el ideal masculino de tener que demostrar que se es siempre
190
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
más fuerte que las mujeres sí lo es. A sensu contrario, la creencia de que
las mujeres son débiles las hace dependientes de los hombres cada vez que
hay que hacer uso de la fuerza física.
Pero ni todos los hombres son fuertes físicamente, ni todas las mujeres
carecen de ella. El problema estriba, como siempre, en la comparación en
una escala de mayor a menor para valorar el grado de fuerza. Los seres
humanos han hecho posible la realización de obras faraónicas a base de la
invención de mecanismos que les proporcionasen la fuerza bruta que ne-
cesitaban y de la que carecían. Por tanto, tener menos fuerza no incapacita
para la realización de grandes empresas ni para la vida diaria. La cuestión
es no valorar negativamente a nadie por tener poca fuerza física, pues no
siempre se trata de aplicar la fuerza bruta, sino de combinarla con estrate-
gias que permitan la acción.
A este respecto hay que volver a reflexionar sobre el significado de los
valores medios, máximos y mínimos. El hecho de que los hombres sean
más fuertes físicamente por término medio no significa que todos ellos lo
sean. Lo mismo sucede si se tienen en cuenta los valores máximos: que los
hombres más fuertes lo sean más que las mujeres más fuertes, o que las
mujeres con menos fuerza lo sean menos que los hombres menos fuertes,
no significa que todos los hombres sean más fuertes que todas las mujeres.
De hecho la fuerza muscular depende más del tamaño del cuerpo que del
sexo, y su desarrollo de la realización de ejercicio físico.
Al hacer esta comparación en una distribución con una dispersión con-
siderable, se dejan fuera de la regla general multitud de casos. Tampoco
se tienen en cuenta los roles de género. ¿Qué pasa con los hombres con
poca fuerza física? ¿Qué pasa con las mujeres muy fuertes? Todos y todas
intentan disimularlo, como si al ignorar el hecho lo neutralizasen. Ellos
para que no sean estigmatizados, y ellas para no pervertir «su naturaleza
delicada y fina». Los roles de género hacen que se estimule a los niños para
la realización de ejercicios y la práctica del deporte, y a las niñas para jugar
con muñecas dentro de la casa.
Esta división se puede apreciar en la actualidad al observar los medios
de comunicación que proyectan mayoritariamente el deporte masculino,
siendo presentado el femenino como algo «excepcional»29. Sin embargo,
es un hecho que el dimorfismo sexual ha ido disminuyendo paulatinamen-
te a lo largo de la historia (Arsuaga & Martín-Loeches, 2013), y muy es-
pecialmente en el deporte donde las mujeres están practicando las mismas
modalidades deportivas que los hombres.
29 De hecho, a principios del siglo xx, el discurso médico proclamaba que el ejercicio era nocivo
para las mujeres ya que podía alterar su capacidad reproductiva.
191
Fundación iS+D para la Investigación Social Avanzada
Además, la fortaleza es una cualidad que hay que desarrollar. Al asumir
los hombres las tareas de riesgo y la protección del grupo, aprendieron a
desplegar una serie de tácticas y de instrumentos que les posibilitaran hacer
su tarea, pues la función protectora no se llevo a cabo a base de musculatu-
ra, sino de estrategias de actuación y de instrumentos técnicos. Un ejemplo
paradigmático lo constituye la historia de David y Goliat. La cuestión es
que si los hombres pudieron diseñar estrategias para enfrentarse a situacio-
nes que requerían fortaleza, las mujeres también pueden hacerlo. Para ello
es necesario que crean y confíen en sus propias capacidades.
Ahora bien, hay que diferenciar entre hombres y mujeres colectivamen-
te de cada persona considerada individualmente, en cuyo caso habría que
contemplar la diversidad personal.
Teniendo en cuenta estas consideraciones, se trata de equilibrar la cua-
lidad «fuerza» en función de la diversidad humana y no del sexo, para que
el género con sus atribuciones incluyentes y excluyentes no limite el de-
sarrollo competencial o lo sobredimensione. Esto significa que a nivel de
conjunto tanto las mujeres como los hombres pueden poner en marcha su
fortaleza y aprender a desarrollar estrategias que permitan la acción, con
independencia de la fuerza física que pueda tener cada persona.
La igualdad no consiste en que los hombres dejen de considerarse fuer-
tes, sino en que las mujeres confíen en que también pueden serlo
En segundo lugar, está el binomio emotividad-racionalidad. La emotivi-
dad forma parte del ser humano e incluye, por igual, a las mujeres y a los
hombres. El hecho de que se expresen ante situaciones y acontecimientos
diferentes es obra del proceso de socialización y del rol de género, no de
sus estructuras cerebrales.
Es dicho proceso socializador el que hace que cada sexo vincule sus
emociones a situaciones diferentes. Los hombres lo hacen con los acon-
tecimientos que suponen demostraciones de fuerza, los actos agresivos o
el ejercicio de la violencia, que son expresión de la ira o la alegría; y las
mujeres con motivo de acontecimientos relacionados con el cuidado de
los demás o el temor a que le pase algo a alguien de la familia, que son
expresión de tristeza y miedo. Las emociones que expresa cada sexo son
reprimidas si quien las expresa es el otro.
Al manifestar con mayor facilidad las mujeres su tristeza, su ternura o
sus miedos, parece que son más proclives a dar rienda suelta a sus emocio-
nes. Pero la ira y la violencia también son respuestas emocionales protago-
nizadas por hombres. No se puede comparar el número de veces que lloran
las mujeres en un periodo de tiempo dado, con actos iracundos producidos
por hombres durante ese mismo periodo, pero a juzgar por los actos de
192
Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
violencia que se suceden a diario en las noticias y por los gritos que dan en
los estadios deportivos, está claro que los hombres son muy emocionales.
En el lado opuesto de la creencia de la mayor emotividad femenina se
encuentra la que concede mayor racionalidad al varón, cuestión que tam-
bién hunde sus raíces en la noche de los tiempos.
Al vincular a los hombres con la racionalidad –que es lo que nos hace
humanos–, y a las mujeres con la sensibilidad y la emotividad –más aso-
ciados con la naturaleza– (Facio & Fries, 1999), se está justificando la idea
de superioridad de los varones sobre las mujeres, creencia que ha acom-
pañado a los hombres desde el establecimiento del patriarcado. Esta es la
verdadera razón por la que se les asocia con la razón y se justifica la domi-
nación masculina. La biología y las diferencias cerebrales poco tienen que
ver en esta atribución de significados.
Respecto a la emotividad, la deconstrucción del género conlleva la mo-
dificación del posicionamiento frente a esos hechos diferenciales que po-
nen en marcha las emociones para que su expresión no se encuentre vin-
culada al sexo, sino a su control, especialmente cuando se trata de aquellas
emociones cuyo descontrol puede ser letal para los individuos y la socie-
dad. Porque a nivel general, no es lo mismo llorar en el cine, que provo-
car un accidente de tráfico porque alguien te adelanta en la carretera. Los
hombres deben ser conscientes de que determinadas emociones son letales
y de que sus expresiones de ira no son racionales, sino emocionales. En
este sentido, tienen una doble tarea: dejar las expresiones iracundas como
parte identitaria de su masculinidad e incorporar las emociones que no son
letales para la vida en común.
Ilustración 71. ¡Ayyyy pena, penita, peeenaaa! ♫♩♬♪
Fuente: María Jesús Rosado Millán
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El equilibrio en este caso pasa por la deconstrucción de la masculinidad
basada en la ira, la agresividad y la violencia como forma de expresión
ante las frustraciones.
La igualdad entre los sexos no consiste en que las mujeres
incorporen la ira a su acervo personal, sino en que los hombres
dejen de llevarse por ella.
En lo respecta a las mujeres, deben conceder más valor a las múltiples
acciones que requieren una cuidada planificación y una toma de decisiones
constante –como el control de la casa–, ya que son un ejercicio de raciona-
lidad. La creencia de que son menos racionales que los hombres hace que
muchas perciban que este ejercicio de lógica no sea considerado como tal,
y por lo tanto, menos valorado.
Ilustración 72. Madame Curie en su laboratorio
Fuente: María Jesús Rosado Millán
Es necesario que las mujeres crean en sus propias capacidades (de nue-
vo aparece el tema del empoderamiento femenino), para desmantelar la
creencia de que los hombres son más racionales, ya que se encuentra fuer-
temente arraigada en la sociedad y es compartida por mujeres y hombres.
Jennifer y John eran dos estudiantes de ciencias con idénti-
co curriculum que optaban a una plaza de encargado de labo-
ratorio en una universidad norteamericana. En sus solicitudes
lo único que les diferenciaba era el nombre y el sexo. Para su
evaluación, la solicitud de Jennifer fue enviada a 63 catedrá-
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
ticos y la de John a 64, profesores que valoraron varios aspec-
tos de los candidatos: aptitudes profesionales, capacidad para
tutelaje de otro personal y adecuación para ser contratado
en el puesto. Los mismos profesores también opinaron sobre
qué remuneración merecían los candidatos en función de sus
méritos. Quizás no sorprenda que Jennifer resultase peor va-
lorada que John en todos los aspectos con diferencias en las
puntuaciones que eran estadísticamente significativas. En una
escala de 1 a 10, Jennifer obtuvo en torno a un punto menos
que John en los tres criterios y, en cuanto a la remuneración,
los evaluadores manifestaron que Jennifer merecía un salario
en torno al 15 % menor que el que merecía John.
El experimento de los estudiantes ficticios Jennifer y John,
que fue publicado por investigadores de la universidad de Yale
en los ‘Proceedings’ de la Academia Nacional de Ciencias de
los Estados Unidos en el año 2012, ilustra uno de los sesgos
que existen en el mundo de la ciencia a la hora de valorar y
contratar a las mujeres. Entre otros aspectos, resulta curioso
que no se observaron diferencias en las evaluaciones depen-
diendo del sexo de los evaluadores, es decir, que las profe-
soras también evaluaron mejor a John, lo que confirma que
profesores y profesoras razonan con los mismos sesgos. (Mac-
kaqui, 2015)
La igualdad tampoco consiste en que los hombres dejen de
pensar, sino en que las mujeres crean en su racionalidad.
En tercer lugar, estaría la deconstrucción del binomio valentía versus
temor asociada a cada sexo. El valor, entendido como la convicción inter-
na de que se pueden realizar grandes hazañas enfrentándose a cualquier
peligro también forma parte del universo masculino. Por contra, el temor
es aquella predisposición del ánimo que hace huir o rehusar cualquier cosa
que se considere peligrosa y va unido al miedo. Ambos están más asocia-
dos al universo femenino.
Ser valiente puede ser un atributo positivo porque ayuda a superar obs-
táculos que a primera vista parecen insalvables y hace posible la supera-
ción de buena parte de las limitaciones con las que se nace, pero el valor
inserto en la escala de mayor a menor suele tener efectos más nocivos que
positivos. Porque no se trata de ser más valiente que otra persona, sino de
tener el valor que ayude a vivir mejor. Una cosa es tener valor y otra ser
temerario. Aprender a enfrentarse al miedo es bueno, pero hacerlo por una
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demostración de hombría no deja de ser una imprudencia. Sin embargo, en
el caso de los hombres el antónimo de valentía no es temor, sino cobardía
algo que les inquieta, pues aquellos que son temerarios o que huyen del pe-
ligro son estigmatizados con este calificativo que solo se aplica al universo
masculino, pues cuando las mujeres manifiestan su miedo, no se las califi-
ca de cobardes, sino de temerosas. Esto propicia que el hombre oculte sus
debilidades en una creencia de invulnerabilidad ficticia que afecta negati-
vamente a su vida. La cuestión consiste en aprender a valorar los riesgos
que el ejercicio de determinadas acciones conlleva y, en definitiva, apren-
der a valorar la propia vida algo de lo que los hombres son deficitarios.
Ilustración 73. Miedo teeeengo miedo ♪♫♬♩…….
Fuente: María Jesús Rosado Millán
El temor se encuentra en el polo opuesto al valor y está más relacio-
nado con las mujeres. Su dependencia de los varones para su protección
durante milenios las tornó temerosas y redujo su capacidad de autodefen-
sa. La relegación de las mujeres a espacios más reducidos que los de los
hombres también incidió en el desarrollo de sus miedos. Por otro lado, la
dominación masculina proyectó sobre ellas el ejercicio de la violencia e
hizo que las mujeres desarrollaran miedo frente a los hombres, pues sus
relaciones fueron, la mayoría de las veces, de intimidación y opresión. En
la actualidad se han superado muchos de los temores ancestrales, pero to-
davía perdura el miedo a la capacidad destructiva de los hombres como lo
demuestran las noticias procedentes de todo el mundo en las que aparecen
mujeres agredidas por el mero hecho de serlo.
No se trata de que los hombres dejen de ser valientes,
sino de que no sean temerarios.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Respecto a los temores femeninos, hay que diferenciar entre el miedo
ante hechos que se pueden manejar (por ejemplo, subir por una escalera
empinada, escalar una montaña o hacer puenting, etc.), de los miedos basa-
dos en el temor a los hombres, que serán tratados al hablar de la violencia
derivada de la dominación. Para afrontar los primeros el reto está en poten-
ciar la capacidad de autoprotección femenina haciéndola compatible con
la precaución necesaria para la preservación de la vida, lo que permitiría
ampliar el ámbito de actuación en todos los sentidos. Se trata de buscar
un equilibrio entre la superación del miedo y la precaución para no correr
riesgos innecesarios.
Tampoco se trata de que las mujeres dejen de ser precavidas,
sino de incentivar su capacidad para instrumentar
estrategias y afrontar riesgos.
En cuarto lugar, se encuentra la competitividad versus la cooperación.
La primera puede ser un estímulo para la superación personal, pero hacer
de la competencia un fin en sí mismo solo genera la idea de ser mejor que
alguien, sin que ello signifique mejora personal. Vuelve a ser la escala
más-menos la que rige esta cualidad. Es lo opuesto a la cooperación, que
implica aunar esfuerzos para conseguir metas comunes.
Competir implica rivalidad y puede llevar a la violencia. Su negatividad
reside en el hecho de que persigue la «destrucción» de aquel con quien se
rivaliza. No se compite para el aprendizaje, sino para la victoria.
Este elemento ha afectado más a los hombres que a las mujeres. Forma
parte de los códigos de la masculinidad y se manifiesta en todos los aspec-
tos de la vida, especialmente en aquellos relacionados con el poder y la
idea de supremacía sobre algo. Esa es la razón por la que la emulación del
mundo masculino debe ser revisada como forma de acercamiento entre los
sexos. De hecho, la imitación sin más del modelo masculino ha hecho que
las mujeres comenzasen a rivalizar entre ellas al tiempo que lo hacían con
los hombres.
En lo que a la reformulación de la competitividad se refiere, el desequi-
librio entre los sexos es favorable a la mujer por ser menos competitiva
en general, y por tanto, sería una cuestión a reestructurar por parte de los
hombres. ¿Realmente correr más en la carretera conduce a una vida mejor
o puede terminar en un accidente nefasto? Lo mismo ocurre con el trabajo
y con el resto de las actividades de la vida diaria. Compitiendo por ser más
en la escala más-menos no se consigue el bienestar personal.
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Ilustración 74. Cooperación
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La cuestión es ¿cómo sustituir la rivalidad por la cooperación? Tener ob-
jetivos comunes requiere consenso, y este solo se puede alcanzar si existe
un proceso negociador que facilite la resolución de las discrepancias que
puedan existir. La mediación como medio de poner de acuerdo a dos partes
en desacuerdo forma parte de todo proceso negociador.
En esto las mujeres tienen gran experiencia. La maternidad ha estado
caracterizada tradicionalmente por su estilo negociador. La madre media-
dora entre los miembros de la familia es un hecho reconocido. «Tener la
fiesta en paz» ha sido un asunto que la costumbre ha depositado en manos
femeninas.
La mediación persigue la resolución pacífica de las discrepancias en
un entorno de tolerancia, aceptación, respeto y aprendizaje. Esta cualidad
ha formado parte también de la diplomacia como profesión, si bien, aun-
que la mayor parte haya sido desarrollada por hombres, no se puede decir
que figure entre las características que definen a los varones. Más bien al
contrario, en términos generales, se los suele asociar con la agresividad
como medio para solventar sus discrepancias, entre otras cosas, porque
la competitividad por el poder en la que ellos se vieron inmersos desde la
instauración del patriarcado fomenta este tipo de actitudes.
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Hacia un Feminismo del Punto Medio: Nueva Teoría para la Igualdad de Género
Ilustración 75. Hombres «agresiveando» deportivamente
Fuente: María Jesús Rosado Millán
La cooperación, al igual que la competitividad, es una cuestión de edu-
cación, y por lo tanto, de género. Esto significa que se puede modificar. In-
corporar esta cualidad como un valor implica enseñar a los niños a trabajar
en equipo y a ser tolerantes y respetuosos. Desde la perspectiva de género,
la igualdad no supone que las mujeres aprendan a rivalizar, sino que los
hombres aprendan a cooperar mejor.
Se enlaza así con una de las cuestiones fundamentales que defiende el
feminismo del punto medio: la valoración de componentes de la feminidad
que son favorables para la vida en comunidad. Ello no significa que las
mujeres sean las únicas con capacidad para templar. Los hombres también
la tienen, solo hay que inculcarla incorporándola como un valor, y lo que
sería más importante, deconstruyendo la sobrevaloración de la competiti-
vidad como un meta deseable. Porque si mediar es bueno para ellas, tam-
bién es bueno para ellos.
La igualdad no reside en que las mujeres sean cada vez más
competitivas, sino en que los hombres sean cada vez más cooperativos.
En quinto lugar, está la autonomía versus dependencia. La primera sig-
nifica la capacidad de una persona para establecer sus propias reglas y
tomar decisiones por sí misma. Con el advenimiento del patriarcado esta
capacidad solo le fue reconocida al hombre. En los textos legales de las
primeras civilizaciones ya aparecía limitada la capacidad de obrar de las
mujeres, y por tanto, su autonomía.
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Tabla 2. La dependencia femenina en Babilonia
Código de Hammurabi Normas
Idioma: acadio • Ley 28: La gestión de los asuntos familiares
Datación: 1700 a.C. correspondía al hombre, y en su ausencia, al
Influencia: sumeria. hijo. La mujer quedaba en segundo lugar, salvo
Proyección: normas legales que el hijo fuese menor o no pudiese
de Grecia, hebreas y de las
civilizaciones de Oriente • Leyes 133 y siguientes: La mujer cuyo marido
era hecho prisionero no podía abandonar la casa
Próximo si en ella había sustento: solo en caso de que no
tuviese para vivir podría irse a casa de otro
• Leyes 135 y 137: Las mujeres se encontraban
bajo la autoridad paterna, siendo el padre de fa-
milia el que arreglaba su matrimonio
• Ley 138: Se regula la protección a la mujer en
caso de repudio
• Ley 138: Los hombres podían ofrecer a la mujer
como si fuese parte de su patrimonio
Fuente: Rosado Millán, 2011
En la actualidad, en la mayoría de los países esta no es la situación en
la que se encuentran las mujeres, pero esa falta de autonomía reflejada en
los textos legales mencionados ha dejado su huella en la dependencia psi-
cológica de las mismas.
A pesar de ello, aunque en el imaginario colectivo parezca que los hom-
bres son más independientes por el control de sus agendas, la realidad es
que es también son dependientes, si bien su falta de autonomía proviene de
la jerarquía masculina, no de su dependencia de las mujeres.
La autonomía total, es decir, la capacidad de tomar las propias deci-
siones y poder llevarlas a cabo sin interferencias externas, no existe. Los
seres sociales no pueden ser totalmente independientes. La cuestión radica
en las parcelas de autonomía de las que se dispone y en los sujetos de la
dependencia. Las mujeres han dependido de los hombres en cuanto a su
capacidad de obrar, mientras que los hombres han dependido entre sí.
Dejando a un lado el reconocimiento de la autonomía en el plano legal
y social, en el terreno personal es en el que los hombres tienen una mayor
autonomía porque suelen organizar sus agendas de una manera más in-
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