El mar por dentro
Liset Lantigua Bibliotecaria, editora, poeta y narradora cubano-ecuatoriana. Su obra ha recibido reconocimientos como Lista de Honor IBBY 2009 por su novela Y si viene la guerra (Grupo Editorial Norma, 2006; LuaBooks, 2018), y el Premio Nacional de Novela Darío Guevara Mayorga por Contigo en la luna (Grupo Editorial Norma, 2009) y por Me llamo Trece (Alfaguara, 2013). Entre otros libros suyos están los poemarios Bajo el célico gris (CCE, 2002), Mi amada Istar (CCE, 2004), Como un navío en paz (Manthra, 2006); Quiero ese beso (Zonacuario, 2014), Ahora que somos invisibles (Santillana, 2014); Sof, tu mirada (Edinun, 2015), Todo el amor que recuerdo (CCE, 2017) y Ancla (Amargord, 2017). En 2018, Planeta Lector, de Colombia, publicó su novela lírica Los trenes se demoran. Su obra más reciente es Todo a punto de estallar (en Puerto Betún) (Loqueleo, Santillana, 2023). Es máster en Edición por la Universidad Autónoma de Barcelona. Coordinó la Red Metropolitana de Bibliotecas de Quito y actualmente dirige la biblioteca de la Universidad de Las Américas (UDLA - Ecuador).
Con cada descorazonamiento la poesía me recordó su belleza inmanente, su sentido, que no depende de la lógica que pone cuerpo y forma a las cosas… Donde la naturaleza no me recibió ni hubo abrazos, donde no se entendieron mis juegos, ahí, porfadamente estuvo ella, llenando todos los resquicios con su luz. LLG
El mar por dentro Antología Liset Lantigua
El mar por dentro © 2023 Liset Lantigua © 2023 Mildred Nájera Nájera, por el epílogo © 2023 UDLA Ediciones / La Caracola Editores Edición: Andrés Cadena Maqueta y diagramación: Yanko Molina Diseño de portada: Juan Fernando Villacís La Caracola Editores Ignacio San María E3-30 y Juan González, Edifcio Metrópoli, ofcina 605, Quito, Ecuador Teléfono: 0984 25 77 81 Correo electrónico: [email protected] http://www.lacaracolaeditores.com © Universidad de Las Américas Campus Granados Avenida de los Granados y Colimes www.udla.edu.ec Facebook: @udlaQuito ISBN 978-9942-45-241-2 Impreso en Ecuador Prohibida la reproducción de este libro, por cualquier medio, sin la previa autorización por escrito de los propietarios del copyright.
«Ni digas por ahí que he sido como un pino cortado muy lejos del mar». Lina de Feria «No sabe que está sola, ese ignorar la guarda». Fina García-Marruz «Escribir que una tarde recorriste la bella ciudad /empedrada para encontrar lo que no podía ser el amor, sino el poco de sueño que recuerda un gran sueño». Fayad Jamís
De Todo el amor que recuerdo 2013-2017
13 A veces una quiere perderse en el bosque, retornar con vicarias en la blusa a la casa del padre, creer que nada pesa tanto como el jarro ya sin café sin eco y sin llovizna al fnal de su brazo. Una quiere quedarse con el padre, nadar en sus lagunas, sumergirse en los abrevaderos de su pena, de su desolación, hacer de la vejez un lirio seco entre las páginas de un libro ruso. Una quiere encender samovares, esquiar sobre el hielo precario del sudor que padre guarda en una vieja foto. Son estos tiempos duros, congelados. Una quiere degollar a los lobos que golpearon su puerta, los lobos rondadores culpables de que padre no llegara al entierro, al verano, a la boda, a la noche de la lluvia de estrellas a la superfcie,
14 a la fdelidad. Una quiere asistir a su parto, a su asfxia peligrosamente huérfana. Una quiere perderse entre las codornices que / apuntaban al rife de su padre, nacer de nuevo en torno al alimento mientras padre pregunta por los higos, por el viaje del musgo, por la colcha pedestre de la paja. Pregunta ausentemente por nosotras. Una quiere perderse entre los limoneros, besar el enramado de pétalos azules que padre / pisoteó sin darse cuenta en un amanecer de cuatro meses. Decirle que es mentira, que padre andaba huérfano y descalzo, que no rozaba el césped ni los lechos de caracoles grises, que apenas era el cuerpo de otro soplo. Una quiere congregar a los justos que rodearon / al padre ahí, en el fondo.
15 A condenarlo por sus estampidas de ciervo contra el alba, por su lesión izquierda, por su necesidad de un puerto en el licor, por sus mentiras. Una no pide nada. Ni la baranda hueca de los años sin él ni la espera transida de veranos ni la exigua penumbra de las noches en que él amaba el cielo de otras casas. Una quiere encontrarlo, decirle que una es, que es una misma. Que ha vuelto para siempre, que es inverso el retorno, que ha empezado a llover de tierra a cielo, que sus amigos mueren de mentira, que los soles de mar vagan de noche, que los abuelos bailan en puntillas mientras la sal del viento bate el pino. (Que juegue a ser un yate y que se salve). Que los cañaverales se han tendido alcohólicos, que la cárcel está recién lavada, que no tiene paredes, que se eleva, que vuela por el mundo con sus ojos terriblemente / libres, ignorados, aborrecidos, turbios, inocentes.
16 Pero una anda lejos. Una no puede volver así… Una no tiene para el retorno más que dos lienzos calados y pobres sin plumas y sin nervios, y padre contempla los gorriones del alambre asido al jarro de café con su tristeza, con su lesión cerebral en la que una duerme profundamente hasta su muerte.
17 Óyelo bien De pronto no somos más y no es la muerte. Somos dos puños contra los oídos, nuestros puños de arena escurridiza y agua de mar, de mano abierta al viento de los muelles, esa promesa en alto, el gesto, el vamos a volver… Somos unos vestidos sobre las ráfagas, entre elefantes, unos vestidos de tierra adentro, una anterior desnudez, un presagio de ola que envuelve, que borra y barre todo. De pronto lo que amamos no responde. No sabe si mentir, va en esas ropas vacías. Se parece a esas ropas. Pierde cada botón contra el embate,
18 los hilos que zurcían el deseo, los ritos, el todo sería peor si… De pronto ya no hay aves. Ya no nos quieren ver y no es el miedo, no nos quieren besar y no es la prisa. Está tendido el mundo con una sabanita y la luz baja y cala el agujero en el que duerme de uno en uno el cuerpo su dolor. El mundo se vacía de repente. Apenas unas almas resignadas, otra idea del orden… La foto del abrazo en la montaña, el gato diminuto de la hacienda, el lago, el mar, la luz y todo eso que se olvida un poco antes de decir adiós, óyelo bien.
19 Todo el amor que recuerdo está en la mirada de un hombre que no me conocía ni iba a quedarse conmigo en el patio del monasterio de Pedralbes ni en su cocina medieval ni en la biblioteca ni en el mar ni en la noche de lluvia de Gràcia ni en el café ni en el cine ni los poemas que leíamos mientras el tren sacudía su casa de galería habitada, su casa triste rumbo a Provença siempre. Todo el amor que recuerdo está en su voz y en las interrogantes sobre eso que él llamaba tu belleza mientras el agua para el té bullía y hablábamos sobre la soledad y la suerte de haber llegado tarde al andén la noche en que puso caracoles en mi pelo
20 y en la zona de los collares de piedras preciosas de las mujeres seguro de que no me daba cuenta… que solo era un desconocido que me decía Te acompaño, cualquiera se pierde, dónde desayunas mañana...
21 Una mujer maravillosa no puede ser amada No hay pájaros ni hombres ni luciérnagas que puedan con su voz, con el arrecife de su voz, con los escombros de su voz nacida en las canteras o en las pagodas o en los abismos. No puede ser amada esa voz por armoniosa u honrada, no puede. Ni por hacer de la virtud un grito golpeado por tambores. Una voz como esa no puede ser amada ni porque cante el espiral de los océanos con sus esclavitudes. No puede ser amado el hondo exilio que es la voz de la mujer maravillosa aunque diga los credos del amor, aunque los sepa, aunque los reproduzca en el deseo de nuevos hijos.
22 No pueden ser amadas esas manos por más desorden limpio y más arena. Aunque traigan con ellas la alegría. Aunque impidan los golpes de las puertas. Aunque dejen abiertas las aldabas. Aunque digan adiós y no rasguen con ello las paredes (aunque las rasguen). Por más que reelaboren la caricia con brocados de sol. Por más que tiendan redes contra el hambre. No pueden ser amados esos ojos aunque viertan su agua sobre el mundo y lo llenen de sal y de resurrecciones. Por más ojeras nuevas y más noches a contraluz y más esperas y más trenes remotos y achicados y menos fealdad y más visiones. Aunque le hablen de un modo u otro modo a una misma verdad. Aunque echen a rodar por los contenes de tiempos sin aceras. Aunque se cierren para amar. Aunque se abran a las premoniciones. Aunque recuerden prados prehistóricos.
23 No hay hombres que puedan amar a una mujer así. Aunque lleve los tules en el alma, los azahares, los aros, la eternidad del amor. Aunque elija los muelles para nacer. Aunque haya aprendido los inviernos y baile sobre hojas y sepa de las insolaciones por sus labios. No puede ser amado su cuerpo ni su risa ni sus bosques ni su lengua ni sus muertos ni su fertilidad ni sus semillas ni su corazón ni sus inundaciones ni sus lluvias de arena ni la solícita desnudez de su alma. Una mujer maravillosa no puede ser amada. No lo intenten.
24 Poema en el que alguien desnuda a una mujer sin tocarla Al mundo le hace falta una bandera así, sin enaguas ni encajes ni cintas de seda ni abalorios. Una bandera zurcida con hilo de araña azul, de araña novia, de tela con olor a baúles, a cartas lentas y a limones. Una bandera de uvas maduras y pañuelo sobre nidos de colibríes. Con vuelos sobre los hombros y ranura de abismo clave y pliegue sordo. Una bandera vertebrada, de clorofla y granos de azúcar que caen… Una bandera con nuca y cabello disperso y fn de espalda de fores chinas o salvajes. Le hace falta al mundo la pagoda de tela / sagrada de tu falda, su jardín de polen de pestañas y cuerda para
25 volver a la cintura. Una bandera que fltre el viento y lo bata hasta que sea viento con cuerpo de mar, de hielo glaciar, de estepa y de montaña. Viento de ojos abiertos, de caracoles, de una palabra de escritura antigua. Una palabra para beber al llegar, para decir estoy aquí y no importa y te quiero. Una palabra izada con los colores de tu vestido, sobrevolando su desnudez inusitada. Una bandera para los que no están, los que se han ido, los que no pueden regresar, los que no tienen paraguas ni nube ni techo. Una bandera para la paz a manos de las manos de los ojos que ya lo han visto todo o casi todo. Una bandera para los que creen tan solo en lo / que ven aunque no vean. Y para el hombre que lleva fores y ha envejecido y mira al cielo como si fuera a llover, mientras respira el aroma de tus remiendos, cada puntada,
26 las eles y las vocales en el hilván de la única bandera que habrá colocado el corazón del mundo en su lugar por fn.
27 Para Lázaro Amigo: Yo no sabré si el agua de la hiedra retorne otra vez, ni si es de veras noche en el estanco para dar de comer al dolor desde unos agujeros. No sé si vagarás con tu torpeza por sobre los / montículos de fango, entre el maní que alimentó el candombe tan extranjero, tan de nuestro exilio. Ni sé si llegarás con tus manos enormes, el pulgar prehistórico apuntando el hallazgo aun si ibas a casa como todas las tardes, quizá porque ya estábamos perdidos (perdida yo, mi vientre, perdido el nombre de las cosas, perdidos los amores que contabas en una estrecha cama en un estrecho cuarto
28 en un mundo estrechísimo) como quien acaricia la sangre seca de los muertos, con los ojos cerrados mientras Adriana Varela les decía que algún día sabrían lo que había sido vivir amándote amándote amándote. Y más abajo el río con sus violines furiosos, y la belleza endémica de las heliconias. Y las muchachas esas lavadas otra vez como cauces licuados, transparentes. Amigo: yo debí decirte que estaba amando antes de que murieras. Que estaba torpemente enamorada. Que el tiempo, todo el tiempo, nuestro tiempo era un acorde mismo con la prisa, un velo sobre el trazo de las inundaciones y la neuritis, y la soledad. Que las cosas transcurrían así, en un abrir de ojos repentino, un asombro con crines con fuego, con estos pies.
29 Y te hubiera encantado predecirme, aventurar algún viejo presagio que no tuvo lugar porque no pude decirte cuánto estaba amando. Después vino este lento llover de carriles y astillas sobre el campo labrado. Porque el verano era para eso, aunque unas pocas horas lo voltearan y fuera puerco otoño (unas horas de avión, tú sí lo sabes). Y tan y tan incierto que resultó un asalto. Te habías muerto y eso era bastante. No tenía que deshacerse el hombro en que creí sin haberte contado pormenores, sin haberme atrevido a desplegar remiendos, retazos de cultivos: aquí la zanahoria, acá el maíz, allá la acelga y siempre la montaña bajo la comunión. Y yo digo que debes estar, que no es posible, que nadie puede irse de la selva ni del candombe ni de la rabia. Que tienes que volver con tu torpeza. Hacer nuevos concilios con la altura.
30 Quedarte para hablar, para explicar el mundo de estos días, la falta de cuidado de la bruma, tanto gesto insensual, tanta boca torcida. Debes volver por esos once años que te debe la historia. Por esa gestación que dio en el blanco, que no pudo matarte ni ahora, ni en la acronía de los lirios que llenan las zanjas ni en la plata de los inviernos sin aves ni en la sola estación que fue quererte ni en los ladridos ni en el cine ni en la miseria ni en las pecas de las muchachas ni en los veinte minutos que siguen a cualquier despertar fuera de cana ni en los puntos de fuga del sueño ni en la relatividad de la palabra ni en la imbatible certeza de un abrazo que te trajo que te llevó que te mantuvo a fote, por el que diste la vida antes, mucho antes, querido.
31 Para Sofía Sprechmann Llena la estancia con un aire de pétalos. El tiempo ha comenzado después del espiral. Las piedras se asentaron en la sima con rumores de pasos y corrientes. Atrás quedó el trasiego de tu cuerpo. Quedaron los silencios en pondos superiores, cercanos a pretiles y cornisas, a cargo de los golpes subterráneos, abiertos al rocío de tus manos, al surtidor de polen que es el beso, a sus mil agujeros de luz de luna nueva. Atrás quedó la estela de otros viajes. Continentes descalzos, aeropuertos, avenidas que llueven sobre tus equipajes, un mar adolescente al fondo de una hoja con tu nombre. Están todas las horas del exilio. Los brazos de tus padres, la mano de tu hermana, la cabeza pujante de tu hijo y el temblor
32 de los rojos azules que partieron la tierra a grito limpio con él. Están las coincidencias. Las fechas alineadas a los astros en el prodigio de este día anterior a otros días sobre la línea de mar. Vendrán con sus hondos rumores a reponer los médanos en tu contiguo corazón. Vendrán a sincerarse los arupos. Dirán que asistieron a tus colores silenciosos, convictos. Que te vieron crecer en un banco de la Plaza Grande, que te vieron llorar otra vez y gritar por la felicidad en un portal de aves montañosas. Dirán que no hubo otra novia en el antes. Que las del sueño se desvanecieron bajo los periódicos mientras tú recorrías el lugar del dolor, de la vejez prematura y el desconsuelo. Que no hubo una novia más próxima a los cielos de los paraguas y del follaje, ni al abrazo bajo los hombros de un chal encargado a otras manos en Cuenca.
33 Que no hubo otro velo tan semejante a los vientos, ni tan dado a crecer bajo el polen, y a develar acantilados. No hubo una novia más blanca en su existencia sin piel, ni más remota en el andén de un coche tirado por peces, ni más de lo sencillo, y de lo hondo. No hubo antes de ti la novia ni el beso ni los confnes con faro, ni los olores de esta estancia de fores. No hubo otras declaraciones ni lenguas para hilarlas bajo soles heridos e incienso mientras duermes al fn sin sobresaltos la noche del amor.
34 Del puente a la Alameda Chabuca Granda deja salir un puente de sus manos. La Alameda lo espera sobre el siglo. No sabe si es un tren o si es un viento de ráfagas dobles. Su borde antiguo espera la llegada de algo que va a tender su voz. Al otro lado contenemos el aire. No puede sorprendernos el trayecto en medio de la asfxia. Moriremos en La Alameda. Entraremos en sus acantilados con la torpeza del mar, y el deseo esperará que la voz de Chabuca Granda invoque el regreso. Y en ese juego pasaremos la vida conteniendo el suspiro hasta el borde,
35 hasta la gradación, hasta el descenso. Hasta que el pie menudo del deseo nos pare el corazón.
36 Ladridos Un día descubrimos que ahí estuvo la casa, la casa frente al mar, con su ojo escondido en la atalaya de disipar el hambre. Han dispuesto los platos en la orilla. Son azules como las nubes que pasan. Quisiera corretear y besar a los primos y colgar la humedad de mi cama en el tendido eléctrico. Quisiera ver su pelo contra la pared de tablas levantarse como si el parqueadero sucio pudiera ser la concha, y su cara pertenecer a este mundo donde la he amado tanto. Pero un día descubrimos que la casa no está aunque en las pocas losas siga la mancha de un sillón, y en la libertad de la arena los vestigios del muro nos recuerden la verja,
37 y en la insondable calma de la siete un perro ladre y ladre y ladre por nosotros.
38 Otras noches, no esta, llegar era extender la claridad del vientre, aclarar los peldaños uno a uno, hacer de nuestra casa un corredor sin techo expuesto a tantas luminosidades… Llegar era agotar lentamente la lumbre contra tu pecho de algas. Era absorber la oscuridad de los largos inviernos de los años sin luna, de las muertes. Otras noches, no esta, soñábamos los pájaros despiertos, atábamos sus cantos y el insomnio llovía desde sus cuerpos hacia el montículo de hierba alta. Jugábamos a la niñez y al miedo oscuro y tenebroso. Jugábamos a todo mientras crecíamos huérfanos en la aldea de nuestros cuerpos.
39 Nos extraviábamos muertos de hambre, y al fn nos encontrábamos bajo una rama a punto de llover o a punto de secar. Buscábamos el mar, el mar reconstruido por las aves con sus picos de arena. Lo buscábamos en nuestras orillas y en el más turbio adentro, donde atracan eclipses y explosiones de mimbre disperso. Buscábamos y a veces deteníamos la hora del hallazgo para jugar un poco a estar perdidos. Y abrazábamos todos nuestros huesos y nuestras escamas prehistóricas. Y gritábamos locos de afonía y de eso a la serenidad porque era un juego. Otras noches, no esta, regresábamos sin encontrar el mar, sin ver el muelle ondeante contra ese horizonte de calma y vigilia, un poco tristes, un poco grandes y serios.
40 Y anotábamos las migraciones y las cosechas hasta que fuera tiempo de procurar el mar otra vez. Plantábamos el bosque, sus corredores de agua nocturna, sus animales, el cristal de su tierra, los deshielos. Y atravesábamos despiertos las calles, sorprendidos con cada nuevo insecto, con la hojarasca, con los faroles rotos y las zanjas de los contenes. Tomábamos el andén que iba hasta el mar. Hacíamos equilibrio por sus rieles durante meses, leguas, equinoccios y al fn tocábamos la dicha vertiginosa de la sal, el peso de su cuerpo en olas y naufragios, y el tatuaje del viento incendiado, descomunal. Otras noches, no esta, la casa era del mar, de sus inmediaciones. La casa era el espejo de encontrarnos y era el cuerpo del beso y era el hambre.
41 Nosotros cerrábamos sus puertas al mundo estrepitoso, antes de que extendiera los pasajes hacia esta realidad en la que estamos lejos, a leguas y equinoccios, al pie de las grandes catedrales y los magnífcos sueños.
42 Neblina El llanto tiene gajos de fresnos de zinc, corta las fores blanquecinas que vierte en sus cuencos de hojas, llena de óxido la estancia en la que cupo el cuerpo con su adiós rayano a puertas y visillos, a interiores de olores calientes, a las nimias verdades de la siembra en un atardecer parco e invicto. Hay en el llanto un modo de no estar, de evanecer la mueca con el brazo por ala, o fauces o proa en la contemplación del patio de los monasterios, el trasiego de libros y de hombres sobre capas de hojas. Hay en el llanto un borde pisoteado, maltrecho, difuminado por la niebla errante... y se llama camino,
43 y se busca una mano telenovelesca o una cuerda de último momento. Y el cuerpo se enmaraña en su arduo reñir con el desequilibrio, aprende a tambalearse con decencia, ladea la cabeza humanamente y logra la orilla al fn, el campo abierto, la piel de la neblina y su huso hilvanado con gotas y gotas. No hay más que apariciones luminosas, el objeto de siempre, la ubicación del roce, el desencuentro y el alma del amor partida por el llanto floso, amarillento, a medida que asciende la neblina.
44 Si pudiera Oigo llover copiosamente donde tu sueño inventa otra salida otro dique de amor, otros veranos. El cuerpo de tu madre no es más cuerpo dolido, ni en él se han extraviado todas las caricias, ni las reminiscencias de los cetáceos que venían por más a sus costas. Tu madre simple duerme ajena a la dulzura que es la muerte y a tu sueño de lluvias torrenciales. Nadie cuenta las horas de esa espera. Ya no importa la espera –diría ella– en el reencuentro intemporal con otra que te enseñó a sentir lo que debías sentir, no todo esto. Muy cerca de tu rostro y tu cansancio están las manos mías.
45 Si llegara a tocarte esos techos humeantes, platinados, canosos, parisinos se vendrían abajo. Y con ellos mi pueblo, los adoquines de esta otra ciudad, la fogata de Islandia traspasaría el mundo, se borrarían los poemas épicos kirguises y romanos. Se borrarían todos nuestros nombres, las fechas y los muros con sus lagartos y sus vegetales. Solo acerco mi oído a la llovizna que va cesando lenta como el llanto. Las horas nunca pasan en la cima. La hierba es tibia o seca y es bastante. Es como debe ser y tú la sientes. Echas a andar como quien busca el barco que el hielo levantó hace tanto tiempo en vilo sobre el mundo. El sobresalto duerme tu vigilia donde mi mano estuvo. Si pudiera, salvaría los cisnes y los tréboles de esta otra destrucción, el prodigio de estar cerca del lago en una casa humilde.
46 Al otro lado de la tierra las aguas se agitan con un vapor inusual, las palomas se arremolinan en las plazas, mi pueblo es más alegre que esa foto sin luz, sus mecedoras no emigran ni sus lienzos de aceite. Los juglares se instalan en los faros a contarnos adioses de tempestad y vino. Mis manos son la piel de tu regreso. En el verano llueve.
47 Poema en el que cruzo tres océanos He salido a buscarte, he andado bajo el agua (tú tenías razón, esto era una locura). Días de caminar entre corales, bordear el continente, esperar el paso lento de un buque solar, oír los silbatos atenuados por el aceite y la tinta de los moluscos, pasar bajo la mercancía, llegar a ese otro océano de superfcie imposible. Decir, esto me pesa (el campo de naranjas, la muerte de mi padre, el pueblo, el aborto, el ras de mar, las sandalias, las vigas de la casa, el perro, el rincón de los rifes, el cristal sobre las fotos de abuela, mi madre triste, los libros, el pasaporte).
48 Lo voy dejando todo mientras resumo la oscuridad. Despliego el mapa, enciendo sus faroles, escojo un litoral, dejo el vestido (todas las golondrinas se murieron en la primera milla subacuática). Dejo, incluso, las botas, los pendientes… Me ovillo en una gruta. (sueño que abrimos una librería, que tenemos una cafetera). Sigo el curso del lápiz rumbo a África (tú tenías razón, sobra el Mediterráneo). Sigo en busca de eso que ha llegado a retazos en tus cartas el tiempo que perdimos tu tercer apellido la discontinuidad los te lleno de besos de ida y vuelta. Dejo tus 15 años en un pequeño bosque de abanicos. Dejo el amor reciente, (México, la maravilla de ese amor que llegó en una carta con una lagartija de colores). Dejo tu enfermedad. Salgo del agua. Sigo por esa calle de Vigo
49 que gira en torno a un supermercado. Me cruzo con el cartero que devuelve mis libros porque no hay nadie en casa. (No había nadie en casa). Ignoro al cartero. Tropiezo con un quirófano. Me deslizo entre las mangueritas y el aparato para respirar a ese costado tuyo que está bien. Te abrazo tibia, desnuda, pero tibia. El deseo es de mar, solo de mar (en vano consumí tantas ramas en otras hogueras). Voy a decirte al oído todo lo que está por nacer, por decirse, tejerse o labrarse entre los dedos de la sola mano de este mundo. Todo lo que está por germinar bajo sus toxinas, mi amor. Era una locura lo del viaje, lo sé, pero ya está.
50 Debo pensar que este es el buen tiempo, que en nada ayudará el aullido ni la sangre bajo las uñas. Debo empezar por unir los cimientos alinearlos bajo esta tierra que no tiene la culpa de cada sismo. Debo colocar las ventanas, (la ventanita alegre que daba al viento) componer el jarrón entre las siemprevivas. Debo extender las losas otra vez, apuntalar el techo desfavorecido, desmoronado sobre mis huesos. Debo izar otra vez las telarañas, empujar suavemente a los insectos. Tengo que escribir sobre el vidrio sobreviviente de la claraboya una palabra antigua y nada más. Que vuelva a entrar la claridad por donde huyó. Que se instale en los últimos escombros con esa piedad que no conocen los fuertes.