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Published by La Caracola Editores, 2024-02-09 13:46:33

El mar por dentro

Libro de Liset Lantigua

51 Que se quede en un abrazo que me reintegre a los músculos, a las capas de piel, a las pupilas. Nadie sabrá que he salvado la casa, su sagrada humildad, su inmanente latido. Cuando llueva, volveré a recordar que este fue un buen tiempo. Que trabajé incansablemente para recomponer su osamenta de tiempo perdido sus tristísimos jueves, sus domingos, sus desvelos, sus enseres gastados. Merezco cada rincón que habré restituido, la irreparable soledad de sus goteras, los crujidos de su esqueleto. En la noche abriré la ventana de la alegría para que entren los peces. En la mañana sacudiré las alas tela de los pájaros para que vayan por aire de mar. Nunca sabrán cuánta devastación llenó sus cuartos, cuánta ruina hizo nido en sus cajones. De lejos nadie verá remiendos en mis rodillas ni en sus velas.


De Como un navío en paz 2004-2008


55 Alas, alas… espejismos sobre la calle y su manto. La sal llueve tanto, tanto… Sabes que no son los mismos. Murieron de mar, de sismos, de cruces sobre la risa, de no niños, de la prisa por alcanzar lo inasible. Reino, locura posible, muerte que el tiempo organiza.


56 I Ángel, he abierto una puerta al potro alado y la fuente, derramada cual torrente de aguaceros, se despierta. Su llanto nos desconcierta por la ida y lo mojado del sitio, que se ha quedado y todavía lo nombra. Sobre las aguas la sombra del potro en bridas, alado. II Otra luna nos sucede tras el galope distante. Luego allegro, luego andante o en una fuga. ¿Quién puede dormirse ya, si no cede la cuerda sobre nosotros, si siempre somos los otros procurando por el vuelo, y los mismos del desvelo por la suerte de los potros?


57 III Ángel, la hoja se mece sobre el temblor de tu risa. Llora, ríe, se desliza, bajo mil formas se cuece la ternura. Y aparece entre los dos la mirada. Yo que corro en desbandada. Tú la mueca, el desconcierto. El potro, el potro no es cierto es un milagro y es nada.


58 I No hay silbatos, no hay quejidos que vengan del aire ralo, ni más luz que el pobre halo de luces de mis tejidos. La torre lanza crujidos de madera. El foso duerme. Quise esperarte, tenderme, hacer de mi frente un arco. Entre la nube y el marco la fecha ha quedado inerme. II Junto al palacio y la fronda un lago se tiende suave, quisiera que fuera un ave y verlo volar. Redonda la luz vuelve, se hace honda y llega al piso. La tierra, esta aquí. Grito: ¡la tierra! y nadie escucha. No veo, más que el lago y mi deseo mientras la tarde se cierra.


59 III Un lago al fn, veo barcas y manteles rojos, cuentas en los cuellos, falsas cuentas que titilan. Rosas, marcas del ser en las tristes, parcas señoras de los manteles, trágicas en los dinteles, abrasadas de mentoles, semillas de girasoles, un andar sin mar ni rieles. IV Llegas, príncipe, lo raro del corazón es la espera. Fíjate: doblo la cera y la llama muere. Aclaro el suelo. Cruzas el aro que la fera da al rocío. No cantes, yo no me fío de nadie, príncipe. Nada. (La fera duerme mojada). No cantes, yo no me fío.


60 V Un día dijo: Te amo. He de venir a quedarme, no moriré sin llenarme de tu risa buena. Un tramo de luz creció. Digo, un ramo de romerillo y un mudo aletear. No sé, dudo… había tantas palomas. Dijiste: Muero si asomas. Salto a tu nombre desnudo. VI Y lo vi, yo vi doblarse mi nombre escaso, pequeño. Lo vi meterse en su sueño y regresar sin peinarse. ¡Oh, luz!, mi nombre quebrarse bajo sus huesos. Dolerle a la raíz, devolverle la hierba al olor del mundo. Y un trino, un trino fecundo, nacer y morir sin verle.


61 ¿Con qué, fnísimo, ensayas la prisa del remolino? Ese cuento del camino solitario. ¿Cómo hallas el centro, el ojo, las fallas verosímiles del punto, de tu corazón presunto de esconder con una mano la cara: polvo y pantano? ¿Con qué sin la voz?, pregunto.


62 I Digo velo y se abre el coro salta la música al centro. Busco tu voz, no la encuentro, el velo cubre su oro. Digo luz. No estás, mi azoro tiene las uñas dispuestas para morir sin apuestas. No hay vida sin esa voz que vi nacer de mi voz. Digo amor y el sol se acuesta. II Distante, tibia, empañada Vino la luna. No sabes cómo mostrarle las naves para que vuelva a la nada. Cómo besarla si cada suspiro lleva a su muerte, un poco de mar, la suerte se habrá ido con la aurora. Lloras tú, la luna llora. Solo vino para verte.


63 ¡Ah, violines que musito en alarido acuciante! Presto a doler, que me cante la otra piel que necesito. Muda piel, donde me cito a hundir las uñas por oro. (No encuentro sino el azoro de su arco en hojas muertas). Las estaciones más ciertas del alma, son un gran coro.


64 I Lo peor es el olvido, príncipe, para las bestias. No quieren comer, las bestias no soportan el olvido. Se mueren sin más. Yo cuido sus muertes, cuento los días... Sin ti ya las manos mías no alcanzan. Pierdo la cuenta. Es doble la luz y es lenta. Y estorba y pesa y no guía... II No guía nada, no ayuda para nada la luz. Siento crecer los guijarros. Miento: la luz es mancha y es duda. Casi pobremente ruda caricia de los cerrojos. Mira hacia atrás, los despojos del tiempo sobre la mesa dicen tan poco, que pesa cada migaja en los ojos.


65 III Abro una zanja en el mismo redil de oro del labio. Encuentro nombres, es sabio el dolor. Yo sé que hay abismos con techo, pequeños sismos que no son, y hay madrigueras que son brazos, y hay aceras que no siguen, y hay portales para el viento, y ventanales de sal, de nadie, de esperas... IV Hondas y largas esperas y pañuelos extendidos fotantes, blancos, asidos a la nada. Y hay maneras de no estar, y hay primaveras que se pudren de amarillo. Y una luna allá, en el trillo, sobre la tierra, en su borde. Y una queja en el acorde. Y un silencio de cuchillo.


66 De la borrasca, del suelo del otoño en la cornisa. Delirio: burla en la risa, escrito sobre el deshielo. Piel azul, hierba de anzuelo, mece el hambre desde el risco. Ha de venir y el mordisco será dulce, será amargo. Inmenso, azul, breve, largo. Verano: presagio arisco.


67 I Como ensenada de sismos, sobrevolada a la suerte sutil, del amor que vierte gorriones en los abismos. Deshojados por los mismos denuedos de la belleza (fruta raída por esa soledad que nos mordía el corazón). Nos ardía su alarido de tristeza. II Llueve sobre la madera del viaje y su abigarrado de atriles. Desparramado sudor, la lumbre, la cera sobre los cristales. Era la tierra reconocible. Lejos, lejos, invisible. ¿Dónde andará, si tan alta se oye llorar? Nos asalta su lamento irremisible.


68 III Ápice de sol, ¿tan poco nos ha quedado?, su ruedo. Quimérico el mar, no puedo sobrevivir si lo toco. Acaso rompa ese loco la gravedad del paraje. Lanzo tu nombre al celaje Azul, Azul... y la ola baña tu fgura sola. Te vas, te vas del paisaje.


69 Salta del vino a la fuente. Salta de sí a la pregunta. Sus labios, la sed apunta las caricias que no siente. No estás en la calle ausente. El vino regresa al vino. Mar de ti, mar lento, fno sobre tu cuerpo de espada. Has muerto de mí, de nada, príncipe. Gracias, destino.


70 I Príncipe, lo ves, hay penas desnudas que alma ignora. Penas como la demora del amor. Y hay tardes buenas. Sin ti pocas, pero buenas de imaginar la caída, del azul, la calle asida a una cortina de fores A veces veo colores sin ti, príncipe, dormida. II Sobre el mar fotando leve una cortina y un puerto. Después un balcón abierto profundamente. No mueve la brisa. No. No se atreve. Inamovible en su acto de verte ir. No. Ni un pacto. me salvará de esa tela que se va, que se hace vela y el corazón queda intacto.


71 III Junto al muro gotas, gotas de luna y agua salada. La calma es agua cansada que se repite si frotas el muro, príncipe, notas su declive, su manera de hablar de ti, dice: espera. Es todo, príncipe. Todo. Y yo espero de algún modo, lo que se fue, lo que era. IV Ante el trino rocas, puentes y un aguijón de ceniza. La carne duele, se eriza con el augurio. Lo sientes. No hay ciegos, no hay inocentes en esta aldea sin luna, sin farolero, sin una canción, sin la mano suave. El augurio es solo un ave, calle que el abismo acuna.


72 Pájaros de mar, ¿quién dijo que estoy perdida de casa? Pasa la inocencia, pasa. Perdida de mí, del hijo blanco, poquísimo, fjo, en el dolor que remedo, mi dolor, porque no puedo dolerle al hijo su pena. Me duelo de mí, ajena. Pájaros de mar, ¡qué miedo!


73 I Es verdad que no te nombro. Liviana como el presagio del búho sobre el naufragio muere la piel, muere el hombro de tu mordida. El asombro se reparte en los islotes de la sal, llena de botes enfermos por la blancura, que van y vienen sin cura desde la espuma y sus brotes II Es verdad que no te encuentro en la memoria del alba, y mi cuerpo no se salva del dolor si salgo o entro por su herida, tan al centro del corazón. ¡Si pudiera quedar de alguna manera en el Reino de otra tarde! Sabes que el aire me arde. Me quedo en ti... ¡Si pudiera!


74 III La casa se me acomoda en una herida del pecho. Lo sé, no quiero otro techo ni otro jardín ni otra boda. Ni la primavera toda, ni lo impasible del salto entre riscos, ni el asfalto, ni la esperanza sombría de cruces sin alegría, ni el ayer ni el vuelo alto. IV Prefero la casa simple y común de alero roto y olvidar hasta la foto del tiempo que ya no existe. Sé, por el blanco que viste la estatura de mi madre… Sus once años, su padre casi a punto de nacer, con la vejez al revés y su mano que se abre.


75 V Lenta, lenta como el giro de la enredadera lila, bajo la sombra adivina nuestro silencio un suspiro que no es, porque lo aspiro con toda la luz por dentro. Como si el amor, al centro, nos apagara la muerte. Muero, muero de no verte. Abro mi tristeza. Entro.


76 No regreses a mirarla. No hagas del ala una puerta. No hay paredes, es incierta la lluvia. Intenta apagarla desde su lumbre, negarla. Los trenes viajan oscuros y con ellos los apuros de la espera arrepentida. Déjala así, prohibida. En el silencio no hay muros.


77 I El desamor es un lecho desbaratado, de acanto, sin abril ni viernes santo, sin lluvia, ni pan, ni techo, ni gárgolas. Como hecho de la nada que supura el bálsamo que no cura lo que es todo él, su muerte. A veces la mala suerte nos deja cierta blancura… II en la paredes. Es claro, el blanco es un peso enorme. No hay hombro que lo deforme o le moldee el desamparo. El blanco pasa por faro si es de mar el extravío. Pérdida. Yo sé. Hace frío, y el sol ahí. Y hace falta menos luz. El blanco asalta su lugar: el desvarío


78 III se queda aquí, se hace huésped del faro. Pérdida, entiendo las formas simples, me tiendo a revivir sobre el césped. Yo sé, oh pérdida, huésped del alma. Yo soy el faro, y es de mar el desamparo, y el mar no está. Anda lejos. Y la luz en los refejos mueve las olas. Es raro... IV raro... raro, el sueño crece como la marea. Empiezo a sentir el embeleso de una barca que se mece No sé, pérdida, qué ofrece tu mano ahora, tendida, helada, gris, como asida a un cuerpo ajeno, impoluto. Te siento llorar el luto de la inocencia perdida.


79 V ¿Oyes Campanas?, lo siento, yo no escucho. Hay un murmullo poderoso, como arrullo de una voz triste. Lo siento. No canta la voz del viento su réplica del follaje. Le digo que no, que baje de la palabra, que emigre a la verdad, no denigre al corazón con su herraje. VI Agua de ti, yo no veo los contornos que dibuja tu mano, tengo una aguja entre los ojos. Lo feo está después, un deseo suena, se quiebra, se encona bajo mis pies, ¿cómo abona la tierra tanta locura? Un deseo que me apura. Un ir que la sangre entona.


80 VII El viaje empieza, ¿lo olvidas? Este viaje a la inocencia moja la piel con la esencia del desamor. No le pidas perdón, no veas heridas, son puertas que dan al alma, su olor es todo, es la calma del viento en los corredores. La casa es trampa de olores. El viaje empieza, ten calma. VIII Entra que la lumbre es pobre y el amor pasa de largo si sobrevive al letargo de su dolor, pasa sobre la luz que no ves, salobre porque es lágrima y caída en otra parte, caída que no retorna a su centro. No llames, no hay nadie adentro, no hay luz... no veas heridas.


81 IX Sientes la lluvia que triza las cortinas de la sala. El techo es apenas ala, remiendo de la ceniza. Las paredes sin su risa son herméticas, sin fondo. La noche llega, la escondo... Juego a que no está, no es ella. No fue esta noche ni aquella. El cielo es apenas hondo.


82 Este es el sol cuando escampa, poca luna, mucha sombra. Nada del reino le asombra, el sol conoce la trampa. Soledad, menuda estampa del día descolorido. Corazón, recién nacido sin más nombre que su queja. Hijo de la noche vieja, corazón agradecido.


83 I Fui princesa, tuve un lecho de raíces enredadas, pocas fores enterradas entre los ojos y el pecho. Tuve unos libros y un techo con alas que se me iba por el mundo, a la deriva. Tuve un jarrón de violetas, pañuelos, cintas, maletas un hombre, la frente altiva. II Al hombre no lo recuerdo y la frente es otra cosa, un silencio que se posa sobre los bordes que muerdo. Filos de agua y un lerdo verano que se trastoca con la escarcha, con la poca paciencia de mi tejado. Pérdida, no te he dejado, la luz lo sabe, te evoca.


84 III Tú y la luz aquí, en el centro, y una carta en la que lloras: que el alma… que tantas horas de caminarte por dentro. Quiero alegrarte y no encuentro la risa. Pérdida, pasa que el corazón se disfraza a veces de jaula abierta. Pérdida, cierro la puerta y empieza a cantar la casa.


De Mi amada Istar 2002-2004


87 Tengo sobre mis piernas la estrella de la tarde Vendrás por ella un día, Istar y cesarán mis alucinaciones, cesarán las cadenas que llegaron del templo entre tiestos y harapos. No confundas la muerte con una zanja roja. La arena no es la muerte, Istar. Este sol me calcina, sé que vivo. Mi piel es otro harapo. Mañana enterraré mi piel en este sitio, ahora tengo la estrella sobre mis piernas y esperaré que vengas. Nunca he visto la proa de un barco, ni un horizonte liso siquiera. Cuando niño, amasaba las hojas de papiro, las mojaba… Pensaba en la levedad de una hoja, en las palabras. No sabía por qué, Istar, por qué pensar en las palabras. Redonda es la penumbra con que nacen las larvas en el fondo.


88 Nadie dirá en este río no está la vida. Un día llegué a ti caminando de espaldas. Eras una gruta fría y tus peces no tenían ojos. Entonces pronuncié tu nombre y me arrojé y supe no hay más abismo que la voz cuando vuela, ni más tiempo que el futuro inmediato que roemos, ni más luz que tu carne, Istar, engañando a la vida, pariéndote de nuevo mientras te beso.


89 He visto a la gente I He visto a la gente partir hacia las frondas en barcas diminutas, cobijarse en la sed con la humedad del limo y repartir cortezas a los locos que pintan en el aire. Siempre hay un caballete ante el rostro de uno. Y siempre está la mano que borra o desdibuja, blanca como la urna que retiene su encono entre la falsa prenda. y el hechizo que no liberará a las bestias de su dolor pasado. II La gente está aprendiendo a respirar y en el preciso instante se acuerdan de la casa, de la tienda del agua en tinajones y de la catedral del mediodía expuesta al mar salvaje.


90 Preguntan por el cuerpo de senos amarillos. Los girasoles muertos aun suenan a llovizna. Oigo su tintinear en los dobleces del rostro abandonado, y en la puesta de sol que se esconde del asma, y en la ciudad que llora sin ciegos ni acordeones. III A ras de tierra el salmo que tropieza en los hijos. No vayan a la vida sin las manos repletas, sin la empalmada siesta de retazos silvestres en donde dormitar es beberse la brizna de los potros del miedo, es alcanzar la rueca del otoño que calla con el humo. IV Mientras, la gente busca la estación de las aves, prefere el amarillo y viaja hacia las frondas en barcas diminutas.


91 Cuando dejó la casa nueva, la caverna de luces disipadas, de sombra limpia aún, supo que iría al encuentro del alba, esplendorosamente suya y dolorosa como arrancar el lecho de los cisnes en un país de soles, como invadir el agua vertebrada de los catorce años y quedarse de pie, de espaldas al abismo, con la ráfaga enfrente. Esa otra ruptura, visceral y podrida por las exclamaciones,


92 cavó en su corazón una cuenca brillante, distinta de las tumbas y otros enterramientos, y en ella se arremolinan las hojas de su parto, y las abejas depositan la miel, y persiste la lluvia inmemorial y súbita del sueño. Al fnal, separar a las aguas de la miseria, vaciar a la miseria de la otra cara que quisimos es redimir el lodo en nuestras manos, es erigirse sobre el humo y el pedestal de sombra. Que una mujer ande así como si nada da mucho que pensar... Da mucho que decir que su corazón ande aún.


93 Yemen y carta A mis abuelos Ciro y Teresa Has bordado mi cama con fores diminutas. Hablas del rococó, de los pájaros chinos, del marco de la foto donde él no se parece al de ahora. La luz debió partir por la mañana. Yemen es una carta nada más... el desierto. Aquí tus dromedarios beben agua de azúcar y la cal se desprende de su techo alisado, deja oscuros islotes clavados en el liquen bordado de tu almohada. La arena se levanta como una lluvia inversa. No recuerdas su voz. El cielo anda muy lejos y dices que es allá.


94 Hoy ha escrito una carta. Le dijo a una mujer que su hijo va a morir. Le ha dado algunas piedras que sellaran el hueco sobre su cabeza recién moldeada. Te cuenta que ha aprendido a descifrar los ojos de la gente, que ya no ve los cuerpos, que solo puede arder en la mezquita cuando el sol obedece y trae tu lumbre. No es por la opacidad de los muros fanqueados: eso no es la tristeza (diatriba del insomnio sobre la seca noche). Que no irrumpa el verano. Que su escasez de aire no encone en la caricia. Qué tristeza, las rosas y esta, la sangre del amor… Afuera las murallas donde nacen las sombras. No debes olvidarlo: Yemen no es el desierto nada más.


95 Carta A mi madre Encontré tu vestido por el piso. Sus fores aún olían a ti y pensé: hay plantas tan agradecidas. Durante la sequía palideciste un poco pero nunca llamaste, como la espiga aquella que nos hacía correr y derramar el agua antes de tiempo. Un día hablaste del candor, de la frialdad y de la pérdida, de un cementerio al que asistías todas las tardes, del cuello de tu madre en cicatrices, de un banco a la derecha para estar, para llorar sin prisa. Entonces te borramos de la infancia, de su mano remota, envejecida. Te vimos descender con nuestros rostros. A tu paso las luces se apagaban.


96 Nos hiciste un espacio entre las tablas, una casa en la arena del naufragio con el sol por encima y los gorriones en su línea de tiempo. Hay fores tan agradecidas que no mueren, se quedan en un vestido como la piel, para dar testimonio. Está empezando a secarse tu vestido. Toda la lluvia cae sobre otros techos y tardes de hijas pequeñas. Desde entonces esta agua en mis ojos como en los tuyos. Lamento el tiempo de sequía.


97 Hubo lluvia y gorriones esa noche Créeme, ella tocó la puerta. Le dolía golpear desde la tarde en que sus dedos sangraron sobre el piano, salpicaron sus pies y ella los contempló como quien ve una vela gotear sobre la losa, como quien imagina un ideograma con señales opacas y decide creer. Golpeó la puerta, quiso despedirse. Arrastraba una túnica, arrastraba el pasado con sus hojas (en el borde una araña se moría). Ella dijo la sombra y quiso irse, quiso llorar de nuevo, recogerse bajo el viso de alas que caía.


98 Entonces nos golpeó, nos golpeó tanto que le abrimos el pecho. Todavía nos duele su tristeza. Hubo lluvia y gorriones esa noche.


99 En este campo de girasoles duermo desde el día de la pérdida. Nada espero. No puede esperarse algo de un campo que crece sobre los sueños de alguien. Tanta tranquilidad… el aire es amarillo y trae a cuestas un polen que me cubre la espalda. Sólo entonces hago como si despertara. Canto que he encontrado algo maravilloso, como un amor, quién sabe del sueño en otro sueño. Pero duermo. Pude esperar la época de vinos, rememorar la última cosecha, creer en la madera de los barriles hondos, en la aldea perfecta.


100 En la danza mi amado no se lanzará al mar, yo venderé violetas y el muelle será un recinto suave sin su espalda. Espero tanto el polen… Sueño que mi amado también duerme en un campo de girasoles.


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