101 Bosque Hermana era un manojo de lirios húmedos debajo de la noche, una luna revuelta, suspendida en la morada cumbre. Advertimos los rostros, el barro perflado en la dureza de aquellas comisuras. Hermana se adentró, pisó en la guerra, en el verdor que el barro desfgura, que parece ciudad y bosque arrepentido, pobreza y cauce de esplendor de años. Hermana vio el amor, abrió la herida: estará abierta siempre, podrás irte y no diré hasta pronto ni siquiera un adiós adiós adiós desconsolado.
102 Pero volteó la cara para llorar otra vez. Parecían tan frmes las pirámides en medio del / bosque…
103 Y si viene la guerra nuestra casa se va a venir abajo. No veremos caerse los espejos. Será un solo de fauta contra el mundo su silencio de pronto. Ni la blanca columna detendrá la caída. Las tejas bajarán por la escalera, regresarán al polvo. Será blanco el espacio de su fuga y en el espacio todo. Es engañoso el trueno en la barranca, puede oírse de nuevo en el adentro. Iremos con su ruido por los bordes, el mundo será un borde. Nada perdurará ni un solo instante, ni un portal asombrado frente al rojo que el mar oscureció.
104 No habrá una planta simple junto a un muro ni unos nombres ni versos ni dibujos de los deshabitados. Todo lo temporario ahora se queda. No pasará lo amargo ni pasará el silencio. Ahora cierra las puertas de la casa, deja todo el amor que nos tuvimos frente al espejo opaco, será la música de la caída, será el poco de aire de su asilo, será un solo de fauta contra el mundo.
105 Como hace cuatro siglos En esta fortaleza estamos presos como hace cuatro siglos y no nos encontramos. Nuestras celdas están repletas de libros y de gentes, nos trastocan y obligan a decir somos libres por fn llegamos a este tiempo. Las paredes irradian una luz ofensiva. Como hace cuatro siglos prefero la penumbra y aquel ataque antiguo que nos trajo de vuelta. Éramos inocentes. Pasó el tiempo de la inocencia y no nos encontramos. El mar en su complicidad dejó fotar la piedra y luego la abrazó, la supo contener durante siglos. Nuestros cuellos ya no tienen encajes. En vano nos intenta consolar el disparo, es un cañón de estopa,
106 de mentira. Debimos encontrarnos, pero llegaron otros. Aún estas paredes nos hablan de su sangre. Todos los días, un joven cierra o abre nuestra celda. Nos acerca el pan sin decir una sola palabra. Sin saber nos vigila. Su inconsciencia, no obstante, nos libra de su fuerza, pero es un joven débil que desea ser libre, caminar junto al mar con una novia y contemplar los bordes de la isla sin miedo a derramarse. Podemos irnos pero esta es nuestra casa. Aquí las cicatrices son comunes, las alas que escogimos. Hemos visto los templos derrumbarse y la gente llorar al otro lado (el mar no sirve para nada). En esta fortaleza nos perdimos. Pasaron cuatro siglos, no hay posibilidades de morir o de encontrarnos. Nos han vendado los ojos, estamos empezando a ser libres.
107 Agnes de Dios I Esta leve llovizna nos pesa como el jugo a la naranja rota y al alud descompuesto por ese movimiento de tus labios. Nada sabes decir en la mitad del coro, que se borran de largos los extremos agudos y aquella voz fue nuestra para alzamos del agua pero ahora se cansa, se abandona a los hilos de luz que ya no vemos. II Hay crisálidas puras, fores blancas, noticias de este lado del mundo. Tu estancia posee rejas, columnas de mentira. Ahora las recorro como andar tu escondite. Ojos y lumbre exactos de hipócrita sorpresa.
108 III Yo te vi envejecer por esta jarra. El cuarzo se agrietaba con mi ardua paciencia, con las lágrimas tuyas detenía los ríos. Vi tus piernas doblarse a la hora del canto (aquel dolor, los golpes de la madre, su sombra apagadora). Sobre ese fondo turbio ahora poso mis manos. No sé si es tu inocencia lo que toco (tan parecida al miedo de los peces). IV Las hermanas huyeron de tu frente de ascuas, distendieron las orlas del sueño protegido. Rogaron que muriera o me quedara grave en el sitio de los monstruos besando la pelambre, la piel del moridero, perdonando sus gritos. Las hermanas creyeron que desde el campanario todo sitio es visible. Las hermanas no vieron rodar mi corazón. Yo no volví. Las rejas oxidaron mis ojos.
109 V Ahora sólo te veo de rodillas, con el dolor amable de las vírgenes solas, como quien sufre sólo de lo que ya ha sufrido, quien vive la otra vuelta del tiempo, quien no muere. La imagen en sí misma jamás desaparece. No temas que se borren tus hermanas. No le temas al doble silencio de mi ausencia, a la noche de astros y luces explicables. VI Ahora, frente a la jarra, veo que algo se vuela, se evapora hacia adentro. Tu empiezas a recordar el camino al granero. Pasajes con su lumbre para tu desnudez y mis tejidos grises. Pasajes con un soplo de arena hasta mi boca. Nadie cree que hayas hecho el amor con las palomas sobre paja y estiércol, que lo olvidaras todo. Las hermanas le temen a tu vientre crecido, al hijo que no nace, a que yo no haya muerto.
110 Por un instante En los páramos donde alguna vez forecieron Babilonia, Nínive y Nipur, los arqueólogos han desenterrado tablillas de barro cocidas por el sol de aquel tiempo. Luis Marimón No sé si los prodigios, si los nombres de barro en las tablillas que la ciudad entierra, pero antes mi mano moldeó el sitio, ese aire de ida que te envuelve y me hace pensar que mis dos ojos bien podrían quedarse ahí para la vuelta, pegados a tu espalda y al borde de mi mano, o mejor, a un dibujo que puedo hacer de ti, de tu mirada cuando ves a lo lejos, cuando piensas que el mar se equivocó,
111 debió quedarse aquí, tendido entre nosotros como si fuera un brazo de las aguas de Estigia. Es un prodigio raro amar lo que se muere. Yo doblo este dibujo de tus ojos, lo dejo entre mis senos, evoco una marea de conchas apagadas y pienso por un instante en la inmortalidad. La ciudad está llena de cosas que se mueren.
112 Cuento Mira: si las aves vinieran, si todas juntas sobre nuestra muerte pudieran dar un techo, diríamos ¡Qué alado! ¡Qué elevada virtud la de estar solos en medio del amor!, en medio de una espera que se pudre, que la vemos morir serenamente, dispuestos a volar con nuestro techo, con nuestras dos mitades de llovizna y los aleros que aún siguen goteando unos años de miedo… Qué ganas de sentir bajo mi espalda cómo la hierba crece. Qué ganas de arroparte junto a un fuego con este pelo antiguo… Qué ganas de que un viento de semillas lo arremoline todo. Mira:
113 si las aves vinieran a guarecer en la sequía de estas manos, cómo izar el adiós que coloca los barcos con la proa debajo de la arena, y nos deja la tarde y su declive en una playa roja en una cima húmeda que permite mirar hacia uno mismo mientras las aves comienzan a llegar y a perdonarnos.
114 Lisboa cuchillo al corazón Lisboa: en estos techos el humo estuvo,era un bronce distinto y menos gris que el cielo colocaba sobre el mar como un espejo doble. El humo era la reja y el suspiro y el fado, y la saudade misma y la nostalgia, y un poeta acababa de nacer y si llovizna y suenan los tejados la muerte es el regreso. Las fores son pequeñas en el árbol del parque. Una mujer espera con los labios pintados para subir a un barco, mientras alguien se baja en otro muelle y la busca también, hace juegos de cal, se bebe el humo, pregunta a los extraños si la han visto. El tranvía es un sueño y dura poco.
115 Lisboa: frente al mar la vida pasa y las casas se mueren de salitre, y la nostalgia es esto y es lo otro, el silencio del mar, algún silbato, una forista sola y su vestido que el viento desenreda frente a todos.
116 Amada Istar: Hace un mes levanté una montaña de arena para ti, le puse fores. Parecía tu cabellera de espaldas, en la niebla o en el vapor del sol que baña los contornos. Pensé: al otro lado de esta montaña estarán los ojos de Istar mirando quién sabe qué distancias, qué vientos agoreros, qué plumajes. Tus ojos tan absortos y puros, frente al mismo paisaje, sin voltearse. Pensé que el mundo este debería voltearse, aparecer de pronto con un valle de árboles pequeños o una playa… Mientras tanto, acariciaba tu cabellera, Istar, colocaba la arena aplicadamente y pensaba:
117 Soy un hombre tan simple, soy tan pobre, que un día Istar se cansará de verme, y para entonces no habrá visto una playa, ni un valle claro de árboles pequeños, ni vientos agoreros ni distancias que le alegren los ojos.
118 Tren de Hershey ¿Ven que los trenes se cruzan desde antaño en la estación de Hershey? Esta es la casa de los sueños, la más remota, llena de pasadizos que conducen a la sala del piano subterráneo, como para decir que la música brota después del romerillo. La brisa se recuesta en sus tallos de cera. ¿Ven aquella nube?, digo y nadie piensa que he perdido algo. Mejor no llego a casa, permanezco en la vía, acomodada entre las rieles rojas que el aceite ha lavado. Mejor no llego a casa. Hershey no existe y yo he perdido algo defnitivamente.
119 Yo no quiero que el agua Ven. Que la inocencia vuele con la escarcha. No queremos mirarnos inocentes. Borra el borde de todo lo que alcanzo. No me dejes tocar lo que no he sido. No dejes de mirar cómo me muero sin aplausos ni fores de mentira, una muerte de sal entre corales. A mis pies una cesta abandonada con dos o tres violetas y una señora sola, envejecida, intentará los himnos de dormirme. Dirá que he correteado por los flos, que no era como las otras, que tenía las manos estrujadas de tanta agua. No dejes que la inocencia vuelva. Yo no veo los pasos, el modo de saltar sobre la trampa que labré para mí. Antes de hacerle al ave nueva tumba dejaría que esté sobre mi cuello,
120 y que sude mi cuello toda el agua que tuvo que cruzar para caer, para ver un invierno con más frío, con escarcha y granizo y ventanales blancos. Que se quede de azul sobre mi cuello. Ven a darle las gracias y a pedirle que se muera después. No quieres para mí la soledad, por eso me has mostrado tus heridas, que todo pasará, que hunda las piernas, que la arena de abajo es el verano. Por eso te has quedado ante mis ojos. Yo no quiero que el agua me los borre.
121 Deja que la ciudad parezca un cuento triste en su estado de náusea bajo la noche espesa. La noche separada de todos por el hilo que ella enreda en su dedo mientras suena el silbato. Jamás la prisa estuvo tan cerca de su limbo, y jamás nos miramos como ahora tendidos en la mitad de un rostro que se asfxia, que se niega a caer sobre su mueca. Nadie sabe que estamos. Nadie sabe que no nos despedimos. Las luces nos hirieron con los sucios colores de los cristales altos. Todo suena y escampa. Todo reina a la hora de esta queja cansada. Mira hacia atrás: nos pesa la ciudad como un hijo de arena, su extravío es el agua y sus brazos la huella donde un ave se duerme. Un ave que no conoce el mármol ni el bronce de las lápidas
122 ni esas inscripciones que engañan a la memoria y que el agua se empeña en lamer hasta el olvido.
123 Cuando este cielo cambie, Istar, me sentaré en la cumbre de una montaña. Veré crecer las manadas de ovejas y las fores crecer en dirección del viento. Veré la tierra conocida de antes temblar y devorarse a sí misma. Una lluvia distinta nos traerá la calma, la lluvia de tu cuerpo, que habrá llegado a ella otra vez. Me sentaré en la cumbre de una montaña y veré la partida de todos, el fn de todo. Esperaré que vuelvas a nacer, Istar, tengo todo el tiempo.
De Bajo el célico gris 1994-2002
127 Los animales rondan al centro de la noche Este lugar no duerme, constantemente huye de las llamas de afuera –piensas, hacia la vida–. ¿Qué es si no este reducto de carne desvelada, de tierra ígnea? Soñé sitiar el aire de este bosque, la llovizna del páramo extendido como una gran llanura donde el bosque se alzara y yo entendiera que el cielo no es un circo, una carpa perfecta, azul, fotante… Nada como el encierro en una casa humilde, cosechar ciertos frutos y pájaros marchitos. Recordaré la letra de mi padre cuando pierda los ojos. Recordaré haberlo visto un día secándose los suyos con la punta de un paño. Mi padre iba a morir pero olvidó las fores, entonces siguió vivo con un poco de pena.
128 Sin su nombre yo hubiera dibujado mil rostros, una hermana muy sana a la que no tuvieran que abrirle el corazón. Hablo de inmediaciones, la carpa fue creciendo. Los guardianes danzaban en los ratos de ocio, preferían la sombra de los desconocidos. Los guardianes jamás fueron buenos actores, bebían en la copa del sombrero encontrado y lloraban a veces también cuando no era. Qué calma ser la hierba de este sueño tan breve. El olor a eucalipto me recuerda el verano y una escultura hermosa que tenía mis pies, y mi madre asomada a las uvas de mármol del pelo de la joven. Mi madre me besó y habló como de bordes, del amparo cercano, de la pared de nubes. Yo no sé si mi bosque disipe la memoria, si este cuerpo que avanza se aproxime a la lumbre.
129 Poema del amor oscuro Hoy cenaremos en la costa, tu pelo habrá crecido demasiado. Será posible que vuelvas a oírme la mentira, oírnos la espuma en las paredes interiores (puñado de granizo lanzado a las ventanas). Un sólo pájaro sobrevoló mi miedo y ahora picotea los peces de tus ojos. ¡Qué poco queda por hacer! –viendo Los girasoles. En esta lucha ofrecimos verdades pero resulta que era un juego, intempestivo asalto memorial, resina de otro empeño bebida amargamente. Con toda el ansia te evitaría de nuevo. Inútil que cubra mis piernas tan delgadas, mis senos pequeñísimos. ¿Por qué llegamos tarde a la ensenada de los claros oscuros? Estar desnudos de este lado nos duele, los potros no perdonan
130 y vienen a espolearnos con sus goznes la gélida / fsura. ¡Que se asusten! –dirán–. Que descubran la verdadera mueca (sempiterna picada bajo el ojo a saldar por las / aguas). Y todo será dado a la noche. La noche cruza en bocanadas y nos devuelve a su rincón de polvo que trenza el orifcio. Pero estamos desnudos frente al mar. Es tan fácil lanzarse… todos lo creerían. Yo haría la pregunta tantas veces… ¿En qué consiste el amor?
131 Nombrar el sitio Nombrar una vez más el sitio, las lides del horror con que llovemos los pastos defnidos. Otros no beberán verdoso el jugo, la podredumbre de la estancia casual unos y otros arrojarán los abolengos que diferencian esa luna, el lago en la mirada que los hace hermanos de la piel del venado y el hombre. Cualquier día estallan los manglares con otro despertar. Mojado el sitio y el estremecimiento anuncia una vez más que estamos solos. Como la música que sale de algún hueco, asomarse inferior al ruido en la pagoda. Volvamos por la casa deseosamente fértil, colmada de guijarros y árboles y potros y la anciana febril de la memoria.
132 Nombrar el sitio, en la marcha nos puede parecer que se desprende y cae ante nosotros con esa fuerza única de lo que cae del alma y vuelva la costa a ser el borde, se nos reintegre al ojo esa mirada que dice ahí termina. ¿Cómo saber que este no es el hombro sino el gajo carcomido por abejas que la arena ha ocultado? (Del hombro como un hilo el jugo se derrama). ¿Cómo evitar nombrar el vientre forido en su abandono, la elemental pujanza? Aquel instante líquido, su extraña dimensión entre los cuerpos al iniciarse la sobrevida en que ofrecemos los pies, las alas, y esta rotunda ceguedad ante la muerte.
133 Amigo que me olvida: Las hojas que cayeron no cambiaron el piso, la sed no abrió las grietas que tu memoria hilaba y el amor se nos quebró en el susto por ahogarlo en su abismo, con agua de su agua. Se nos quedó apretado contra la sima inmóvil que nuestros cuerpos dieron a la caída. No lo dejamos todo. No perdimos la fuerza y el miedo de mirarnos tan azules perdidos, tan carne quebrantada, tan negación del opio consumido en las tardes de humo, frente a las aguas repletas de barcazas o junto a los grabados que ninguno admiraba, con tanta turbación frente a nosotros mismos. Algunos vendedores entendieron mis manos, que no era la hija, que tenía tu ropa porque estos pocos años
134 sólo ansiaban la trova, Paul Valery, La Habana, y de no haberme atado a tu camisa mi falda hoy fuera un globo. No me hubiera ensartado en la vorágine de pescados y yerbas y toda esta verdad reposaría en andas el sueño que he perdido. Espero ser la hija, no estorbarte de noche, recorrerte como hace el agua sobre las piedras de un mismo cauce. Como hacían los vendedores de Tokio cuando intentábamos dormir bajo un alero roto del castillo de Edo.
135 Carta de Oscar a mi hermana I Cómo pudo crecer con tanto miedo. La infancia está salvada, el ahogo más corto y las estampas grises bordadas en el aire. No has crecido para ver esos monstruos como a tu propia vida. Sobre el vidrio del agua tu espalda serpentea y máscaras y máscaras sin hijos que ofrendarles. II El poeta curaba tu blancura con hierbas del invierno. Tú abrías las ventanas a las aves brumosas y él llegaba con su costal de aire (en cada mano un lirio de orillas de los trenes). No se puede crecer lejos del mundo... leías en las alas de los ángeles solos.
136 Soñaste las ciudades con sus cielos tan bajos, con esos capiteles repletos de palomas, conmigo, yo, y los dobles. Soy el tamborilero que golpeaba tus piernas. Recuerda el escenario, el borde de las tablas que lo amparaba todo. III Qué estupor, qué sed frente al crayón antiguo. Los ojos de la santa se movían y un polvillo de seda resbalaba desde las comisuras. Más allá de doblarse o extenderse la habitación seguía de mundo y escondite y asaltantes y rejas no me vieron cuando violé el armario. (días de aparecer por esa hendija hacia su enorme ojo). IV Ya nada resplandece. Yo pregunto por ella y un zumbido de torre alta me responde. Ya va a llegar. Si llega ¿cómo explicar que anduve bajo voces, redes, bajo el aire de un retazo suyo?
137 ¿Que me perdí de los balcones que apuntalaban la espera y los andamios de la calle podrida? ¿Cómo reconocerla si siempre se iba antes de la ola primera? V Es extraño el desvelo porque no estamos solos, somos la aparición, los fantasmas reverso de la explosión vivida. Se posan en los ojos de los retratos viejos, simulan ser la cal de las paredes húmedas. Los fantasmas no crecen, se quedaron allí, con miedo, avergonzados de nuestra desmesura, de nuestro olvido al cuervo que aventuraba al musgo en la estación más seca. Nuestra sed era el oro, era su ofcio pleno y la espesura sólo existía en el sueño profundo. VI Estamos divididos, saciados, incompletos. El mar ya no es milagro. Tampoco nos asusta que se aleje del todo. Nadie espera noticias ni ver los desperdicios de su primer naufragio. Nadie espera que cambie la tempestad por peces.
138 VII Adornamos la infancia con el recuento limpio, con el gesto silente de la mano a la rosa. Pero el miedo no escapa a su mudez de reliquia y ella junta gladiolos para esperar la muerte. El techo aquí se inunda y parece bordearnos para que lo abracemos. El techo se nos vuela a sitios más humanos. Este ritmo es mi sangre en agolpado ascenso. Si no quiebro cristales creerá que soy otro y esperará que vuelva a caer por la escalera.
139 Sor Verónica de la pasión y yo Extraño ambages socorrerte por los túneles sacros. Quedar, bajo la poca luz que es el inicio, y los cirios al hombro de otra tarde. Verónica: A los veinte años qué importan las callejas que viajan hacia adentro si ya hemos visto el foso, y la inocencia eleva el empedrado a la infancia remota. Vagar, vagar la espera irresoluta, ardua en lo por venir, en el temblor de vórtices dispuestos para sus dos destinos. Los túneles ascienden. Son un retorno familiar, un dar la cara a la sombra mayor. Giran junto a la llama lejos del animal que se corroe en los claustros. No ahuyentarlo del humo, acicalarlo hasta el azul del otro lado
140 respiradero de las sombras. Así de frágiles te duelen, como golpe hielo, las hermanas menores. Entreveradas de mechones que les cubren los ojos, reposadas del turbio ventarrón que son los sueños después del sueño vivo en el que ahora retozan como aves con las alas caídas. Déjalas padecer la soledad como un dolor ajeno. No se muere de soledad, se muere solo aunque para entenderlo nos crezcan tantas ramas y un corredor anchísimo de asombros y dudas impasibles. Yo con los brazos abiertos bajo la poca luz que es el inicio. Extraño ambages socorrerte, Verónica. Que sed haber llegado para la larga espera... atar el remolino a la arteria más íntima. Si fuera sólo eso, el agua contenida y un montón de reclamos de sus dioses y el nuestro divididos. Bajo el célico gris el aire choca con las cabezas nuevas. Yo escribo largamente que te asomes. Deja tu frma grave bajo este juramento, puedo herirme también la cara tuya.
141 Yo también te he perdido y de mi bosque unos troncos quemados se levantan. Si lloviera aquel musgo que vi sobre tus piernas cuando ya no corrías a buscarme, cuando ya no podías. Yo también te he perdido en el recodo de mis brazos en cruz, bajo mi frente. Un siglo antes tu madre se moría. Ese lado de la historia común, la tradición. Cómo asomar ante la multitud el alma en las manos. Cómo escapar del vilo que llovía sobre tu frente rota. Yo también derramé hojas en sepia, respiré el aire extraño del hombre que sudaba sosteniendo la casa. Todos se fueron con el deber cumplido y la paz menos vieja. Todos llevaron su for para la Virgen y musitaron algún temor ajeno por el lunes
142 de aguas. Yo vi la calle hundirse contra el mundo de mi pueblo pequeño y las ranas morir y el palacio art decó desbordar la azotea con los sobrevivientes. (La prensa de ese año recuerda que inauguraron el Casino y un puente que unía la huerta de Los Chinos a esta patria minúscula). Yo también te canté en la glorieta un himno que hiciera de tu cuerpo algo casi insondable, apretado al cansancio de la tromba gratuita de los jueves. Yo también repasé la escalera sucísima, me enamoré del hombre que se tendía al quicio de la puerta de enfrente. Me abalancé a su sombra para olvidar el cuerpo en qué no estoy ni te he perdido ni me he ido de aquí.
143 Lugar en el que hundo mis uñas y no encuentro… En estos hilos duele la luz, los cristales se niegan, no podrá amanecer con otra música. Un hombre está goteando en un contén la máscara de anoche. Alguien, muy triste, sentirá que se ha ido. No bastará que lance su voz contra la esquina, sus trenzas se habrán perdido también. Todo se pierde en este sitio. El silencio es un flo en la garganta de pez. El hombre: cambio mi piel por una calle. Nadie se atreve a mirarlo. Nadie sabe mirar a un hombre solo. Vuelven oscuros a sus cestas pero no pueden dividirse en otra piel, pero no pueden.
144 Aunque moje sus pies esa muchacha no podrá. Regresar es el sueño que nos une. Todos cierran sus ojos y esperan bajo la misma sombra. El llanto del suicida no ha de salpicarnos si dormimos con las bocas abiertas, si respiramos el aire de las bestias que empiezan a asomar sus patas a los dientes. Demasiada inocencia la del monstruo en liberar los ángeles. Ellos tampoco mirarán al hombre y la muchacha se habrá hundido en el agua con los ojos abiertos, esperando que alguien la lleve a su pecera o que la de las trenzas se sorprenda al mirarla así, tan blanca, tan desnuda como pudo ser ella si no hubiera salido a descubrir un sitio en el que hunda mis uñas y... Nada pudo salvarse, el de la risotada ahora está en la piedra. Tiene todas las calles. Robarle lentitud a uno es el enigma de los ciegos. En estos hilos duele la luz y el pez espera ser decapitado antes de que amanezca.
Índice De Todo el amor que recuerdo..................... 11 A veces una quiere perderse en el bosque ... 13 Óyelo bien.................................................. 17 Todo el amor que recuerdo ......................... 19 Una mujer maravillosa no puede ser amada... 21 Poema en el que alguien desnuda una mujer sin tocarla ......................................... 24 Para Lázaro ................................................ 27 Llena la estancia con aire de pétalos........... 31 Del puente a la Alameda ............................ 34 Ladridos ..................................................... 36 Otras noches, no esta,................................. 38 Neblina....................................................... 42 Si pudiera ................................................... 44 Poema en el que cruzo tres océanos............ 47 Debe pensar que este es el buen tiempo ..... 50
De Como un navío en paz ............................ 53 Alas, alas... espejismos................................. 55 Con qué, nísimo, ensayas.......................... 61 Ah, violines que musito .............................. 63 De la borrasca, del suelo ............................. 66 Salta del vino a la fuente............................. 69 Pájaros de mar, ¿quién dijo?........................ 72 No regreses a mirarla.................................. 76 Este es el sol cuando escampa..................... 82 De Mi amada Istar........................................ 85 Tengo sobre mis piernas la estrella de la tarde .. 87 He visto a la gente ...................................... 89 Cuando dejó la casa nueva.......................... 91 Yemen y carta ............................................. 93 Carta........................................................... 95 Hubo lluvia y gorriones esa noche .............. 97 En este campo de girasoles duermo............ 99 Bosque.......................................................101 Y si viene la guerra.....................................103 Como hace cuatro siglos............................105 Agnes de Dios...........................................107 Por un instante ..........................................110 Cuento.......................................................112 Lisboa cuchillo al corezón .........................114 Amada Istar...............................................116 Tren de Hershey........................................118 Yo no quiero que el agua............................119 Deja que la ciudad parezca un cuento triste ..121 Cuando este cielo cambie, Istar .................123
De Bajo el célico gris...................................125 Los animales rondan al centro de la noche127 Poema del amor oscuro..............................129 Nombrar el sitio.........................................131 Amigo que me olvida ................................133 Carta de Oscar a mi hermana....................135 Sor Verónica de la pasión y yo ...................139 Yo también te he perdido...........................141 Lugar en el que hundo mis uñas y no encuentro ...........................................143