¿No lo ves? ¿No puedes entenderlo?
Atravesamos la Nuclearización. Alcanzamos el
límite. Y...
¿Sí?
Piensa en la multiplicidad como una superficie,
dijo. Toda la multiplicidad es lisa, cerrada,
monótona, un globo. Y las historias son como
líneas de longitud, dibujadas entre los polos de la
esfera.
Y en las Naves del Tiempo llegamos a un polo.
Sí, al punto donde se unen todas las líneas de
longitud. Y, en ese preciso instante de
posibilidades infinitas, los Constructores han
activado los dispositivos de no linealidad... Los
Constructores han viajado a través de las
historias, dijo. Ellos y nosotros hemos seguido
trayectorias de Tiempo Imaginario, trayectorias
garabateadas perpendicularmente en la
superficie del globo de multiplicidad, hasta que
hemos llegado a esta nueva historia...
Ahora la nube de Constructores —me
pareció que había millones— se dispersaba,
951
como fragmentos de fuegos artificiales. Era
como si intentasen llenar el joven vacío con
la luz y la conciencia que habían traído de
un cosmos diferente. Y al desarrollarse el
nuevo universo, el resplandor crepuscular
de la creación se convirtió en una inmensa
oscuridad.
Era el resultado final —la conclusión
lógica— de mi propio interés superficial en
las propiedades de la luz y la distorsión del
Espacio y el Tiempo que las acompañan.
Todo aquello, comprendía, incluso el
colapso del universo y su gran progresión a
través de diversas historias, todo, había
surgido inevitablemente de mis
experimentos, de mi primera y querida
máquina de cuarzo y cobre...
Yo había provocado aquello: el paso de la
mente entre universos.
¿Pero adónde hemos venido? ¿Qué historia es
ésta? ¿Es como la nuestra?
No, dijo Nebogipfel. No, no es como la nuestra.
952
¿Podremos vivir aquí?
No lo sé... no la eligieron para nosotros.
Recuerda que los Constructores han buscado,
dijo, un universo —de entre la inmensidad de
posibilidades que da la multiplicidad—, un
universo óptimo para ellos.
Sí. ¿Pero qué significa «óptimo» para un
Constructor? Conjuré imágenes vagas de
cielo, paz, seguridad, belleza, luz. Pero sabía
que esas fantasías eran irremediablemente
antropomórficas.
Ahora vi que surgía una nueva luz de la
oscuridad que nos rodeaba. Al principio creí
que se trataba del regreso del brillo al
comienzo del tiempo, pero era demasiado
suave, demasiado insistente, para ser eso;
era más bien como luz de estrellas.
Los Constructores no son hombres, dijo el
Morlock. Pero son los herederos de la
humanidad. Y la audacia de lo que han
conseguido es asombrosa. Entre todas las
incontables posibilidades, los Constructores han
953
buscado ese universo —el único— que es
infinitamente grande, y eterno: donde el límite
del comienzo del tiempo se encuentra en el
infinito pasado.
Hemos viajado más allá de la Nuclearización, al
límite mismo del Espacio y el Tiempo. Y dedos de
mono han tocado la singularidad que se
encuentra allí, ¡y la han empujado hacia atrás!
La luz estelar emergía ahora de la oscuridad
a mi alrededor; las estrellas se encendían
por todas partes, y pronto el cielo ardió, tan
brillante en todos sus puntos como la
superficie del Sol.
5
LA VISIÓN FINAL
¡Un universo infinito!
954
Se puede mirar, a través de las nubes de
humo de Londres, las estrellas que marcan
el cielo catedralicio; es todo tan inmenso, tan
inalterable, que es fácil suponer que el
cosmos es algo sin fin y que ha existido por
siempre.
Pero eso no puede ser. Y sólo tienes que
hacerte una pregunta de sentido común —
¿por qué es oscuro el cielo nocturno?— para
comprender la razón.
Si tienes un universo infinito, con estrellas y
galaxias dispersas en un vacío sin fin,
entonces no importa en qué dirección mires,
tus ojos encontrarían el rayo de luz de una
estrella. El cielo nocturno brillaría en todas
partes con la misma intensidad que el Sol...
Los Constructores habían desafiado la
misma oscuridad del cielo.
Mis impresiones tenían una dureza
diamantina: no había contornos suaves, ni
atmósfera, nada más que el brillo infinito
producido por la multitud de puntos y
955
motas de luz. Aquí y allá creí encontrar es‐
tructuras y características reconocibles —
constelaciones de estrellas más brillantes
frente al fondo general—, pero el efecto total
era tan deslumbrante que no podía
encontrar una misma formación dos veces.
Las chispas de luz de plattnerita que me
acompañaban —los Constructores, con
Nebogipfel entre ellos— se alejaron de mí,
por arriba y abajo, como fragmentos
esmeralda de un sueño. Me dejaron aislado.
No sentí ni miedo ni incomodidad. El
movimiento que había sentido en el
momento de la no linealidad había
desaparecido, dejándome sin sensación de
lugar, tiempo o duración...
Pero entonces —después de un intervalo
que no pude medir— percibí que no estaba
solo.
La forma surgió contra la luz de las estrellas,
como si hubiesen colocado una lámina de
linterna mágica frente a mí. Comenzó
956
siendo una simple sombra contra el brillo
universal —al principio ni siquiera estaba
seguro de que hubiese algo ahí,
exceptuando las proyecciones de mi
imaginación desesperada—, pero
finalmente ganó una cierta solidez.
Era una bola, aparentemente de carne,
colgando en el espacio, al igual que yo, sin
soporte. Estimé que estaba a ocho o diez
pies de mí (donde y como estuviese yo) y
quizá tenía cuatro pies de ancho. Le
colgaban tentáculos. Oí un sonido suave y
burbujeante. Tenía un pico de carne, no
tenía agujeros de la nariz, y dos enormes
párpados se recogían como cortinas para
revelar ojos —¡ojos humanos!— que se fi‐
jaron en mí.
Por supuesto, lo reconocí; era una de las
criaturas que había denominado
Observadores, aquellas enigmáticas visiones
que me visitaban durante mis viajes en el
tiempo.
957
La cosa se deslizó hacia mí. Tenía los
tentáculos en alto, y vi que los dedos eran
articulados y formaban dos grupos, como
manos alargadas y distorsionadas. Los
tentáculos no eran lacios y sin hueso, como
los de un calamar, sino que tenían múltiples
articulaciones y parecía que acababan en
uñas o pezuñas, de hecho, se parecían
bastante a dedos.
Fue como si me cogiese. Nada de esto puede
ser real —pensé desesperadamente—
porque yo ya no era real, ¿no? Yo era un
punto de conciencia; no había nada de mí
que pudiese ser cogido de esa forma...
Y sin embargo me sentí acunado por él,
extrañamente seguro.
El Observador aparecía inmenso ante mí. Su
piel era suave y estaba cubierta de un vello
fino; los ojos eran inmensos —de color azul
cielo—, con toda la hermosa complejidad de
los ojos humanos, e incluso ahora podía
olerlo; emitía un ligero aroma animal, como
958
de leche, pensé. Me sorprendió cuán humano
era. Eso puede que les parezca extraño, pero
allí —tan cerca de la bestia, y suspendido en
medio de aquella inmensidad sin
estructura— sus puntos en común con la
forma humana eran más impresionantes
que sus increíbles diferencias. Me convencí
de que era humano: quizá tremendamente
distorsionado por el paso del tiempo
evolutivo, pero de alguna forma cercano a
mí.
Pronto el Observador me soltó, y sentí que
flotaba alejándome.
Parpadeó; oí el lento susurro de sus
párpados. Recorrió con la vista el cielo
uniforme, como si buscase algo. Con el más
suave de los murmullos, se alejó de mí. Se
volvió al hacerlo y los tentáculos colgaron
tras él.
Durante un momento sentí una punzada de
pánico —porque no tenía deseos de quedar
varado otra vez con mi única compañía en
959
la desolada Perfección óptima—, pero de
repente me deslicé tras el Observador. Lo
hice sin querer, como una hoja de otoño que
es arrastrada por las ruedas de un carruaje.
Ya he mencionado aquellas posibles
constelaciones que había visto, brillando en
el fondo cubierto de luz del espacio infinito.
En aquel momento me parecía que un grupo
de estrellas, frente a nosotros, se estaba
dispersando, como una bandada de pájaros;
mientras que otro detrás de mí (podía variar
mi punto de vista) se contraía.
¿Puede ser así?, me pregunté. ¿Puede ser
que esté viajando a una velocidad tan
enorme que incluso las estrellas mismas se
mueven por el campo visual, como postes
frente a un tren?
De pronto vinieron volando multitud de
partículas de roca, brillando como el polvo
bajo la luz; se arremolinaban a mi alrededor,
y se perdían de nuevo detrás de mí.
Exceptuando ese montón de polvo, no vi
960
planetas, o cualquier otro objeto rocoso, en
todo el tiempo que permanecí en la Historia
óptima, y me pregunté si el gran calor y la
radiación intensa evitarían la formación de
planetas a partir de los fragmentos
generales.
El universo corría a mi lado más y más
rápido, motas apresuradas contra el brillo
general.
Las estrellas se hicieron más intensas, y
pasaron de ser puntos a ser globos que se
precipitaban contra mí, para desvanecerse
en un momento a mi espalda.
Nos elevamos y flotamos sobre el plano de
una galaxia; era una gigantesca espiral de
estrellas cuyos distintos colores brillaban,
pálidos y deslucidos, contra el fondo de
blancura general. Pero pronto incluso ese
inmenso sistema se perdió debajo de mí,
ahora convertido en un disco luminoso y
961
giratorio, y al final fue una diminuta man‐
cha de luz incierta, perdida en medio de
millones de manchas parecidas.
Y durante todo aquel sorprendente vuelo —
deben imaginarlo— tenía ante mí la imagen
de los hombros redondos y oscuros del Ob‐
servador, mientras se balanceaba delante de
mí por entre aquella marea de luz,
imperturbable ante el paisaje estelar que
atravesábamos.
Pensé en las veces que había observado a
aquella criatura y sus compañeros. Tenía
aquel distante eco de murmullos durante
mis primeras expediciones en el tiempo, y
entonces mi primera imagen clara de un
Observador cuando, bajo la luz del Sol
moribundo del futuro, había visto cómo
saltaba irregularmente algo parecido a una
pelota de fútbol que brillaba por el agua. En
ese momento lo consideré un ciudadano de
aquel mundo condenado. Más tarde, había
tenido aquellas visiones —entrevistas a
962
través del brillo verde de la plattnerita— de
Observadores flotando en la máquina
mientras yo viajaba en el tiempo.
Ahora sabía que durante mi breve y
espectacular carrera como viajero del
tiempo había sido seguido —estudiado—
por los Observadores.
Los Observadores debían de ser capaces de
seguir a voluntad las líneas de Tiempo
Imaginario, para atravesar a voluntad las
infinitas historias de la multiplicidad con la
facilidad con que un buque de vapor
atraviesa una corriente; los Observadores
habían tomado el tosco dispositivo
explosivo de no linealidad creado por los
Constructores y lo habían desarrollado
hasta la perfección.
Ahora atravesábamos un vacío inmenso —
un agujero en el espacio— con paredes
formadas por filamentos y planos, hojas de
luz compuestas de galaxias y nubes de
estrellas sueltas. Incluso allí, a millones dé
963
años luz de la nebulosa estelar más cercana,
persistía el baño general de radiación y el
cielo a mi alrededor estaba lleno de luz. Y,
más allá de las burdas paredes de aquella
cavidad, podía distinguir una estructura
mayor: podía ver que «mi» vacío era uno
entre muchos en un campo mayor de
sistemas estelares. Era como si el universo
estuviese lleno de algo parecido a la
espuma, con burbujas en una masa de
brillante material estelar.
Pronto pude apreciar una cierta regularidad
extraña en la espuma. Por ejemplo, a un
lado el vacío estaba marcado por el plano de
una galaxia. Ese plano, de materia
mantenida unida con tanta densidad que
resplandecía de forma significativamente
más brillante que el fondo general, estaba
tan claramente definido —tan plano y
extenso— que en mi mente se formó la idea
de que no se trataba de una situación
natural.
964
Ahora miré con más cuidado. Aquí creí que
podía ver otro plano —limpio y bien
definido— y allá distinguir una especie de
lanza de luz, completamente rectilínea, que
parecía cubrir el espacio de lado a lado—, y
más allá de nuevo vi un vacío, pero de
forma cilíndrica muy bien definida...
El Observador corría ahora frente a mí, sus
grupos de tentáculos estaban bañados por la
luz de las estrellas y sus ojos estaban
abiertos y fijos en mí.
Artificial. La palabra era ineludible;
comprendí que la conclusión era tan
evidente que tenía que haberlo pensado
antes, ¡si no fuese por la escala monstruosa
de todo aquello! La Historia óptima era un
producto de ingeniería —y aquel artificio
debía de ser lo que el Observador quería que
entendiese con aquel inmenso viaje.
Recordé las viejas predicciones de que un
universo infinito tendería a un colapso
gravitatorio desastroso; era otra de las
965
razones por las que nuestro cosmos no
podía ser, lógicamente, infinito. Porque, de
la misma forma que la Tierra y los otros
planetas se habían formado a partir de
agrupamientos en la turbulenta nube de
escombros alrededor del nuevo Sol, habría
remolinos en la nube todavía mayor de
galaxias que poblaban la Historia óptima,
remolinos en los que estrellas y galaxias
caerían a una escala inmensa.
Pero era evidente que los Observadores
cuidaban la evolución de su cosmos para
evitar catástrofes de ese tipo. Habían
aprendido que el Espacio y el Tiempo eran
en sí mismos entidades dinámicas y ajus‐
tables. Los Observadores manipulaban la
torsión, el colapso, la rotación y corte del
Espacio y del Tiempo en sí mismos, para
conseguir el objetivo de un cosmos estable.
Por supuesto, esa cuidadosa supervisión no
podía terminar nunca, si el universo debía
permanecer viable, y, pensé, si el universo
966
era eterno, tampoco tendría comienzo. Esa
idea me inquietó brevemente: era una
paradoja, un ciclo causal. Debía existir la
vida para que pudiera producir las
condiciones necesarias para que existiera
vida aquí...
¡Pero pronto me deshice de esas
confusiones! Estaba siendo, comprendí,
demasiado parroquial en mis
razonamientos: no permitía que las cosas
fuesen infinitas. Ya que este universo era
infinitamente antiguo —y la vida había
existido en él durante un periodo de tiempo
infinitamente largo—, el ciclo benigno en
que la vida mantenía las condiciones de su
propia supervivencia no había comenzado
nunca. La vida existía en él porque el
universo era viable; y el universo era viable
porque la vida existía para hacer que lo
fuese... y así indefinidamente, una regresión
infinita, sin comienzo, ¡y sin paradoja!
967
Con arrogancia me sentí divertido ante mi
propia confusión. ¡Claramente me llevaría
algo de tiempo comprender el significado
del Infinito y la Eternidad!
6
EL TRIUNFO DE LA MENTE
El Observador se detuvo y giró en el espacio
como un globo de carne. Los enormes ojos
se fijaron en mí, oscuros, inmensos, el res‐
plandor del cielo repleto de luz se reflejaba
en sus pupilas como platos; al fin, parecía,
mi mundo estaba ocupado por completo
por aquella mirada inmensa que excluía
todo lo demás —incluso el cielo ardiente.
Pero entonces el Observador pareció
derretirse. La dispersión de lejanas
968
constelaciones, la estructura galáctica
espumosa e incluso el resplandor del cielo
ardiente desaparecieron de mi vista o,
mejor, era consciente de que esas cosas eran
un aspecto de la realidad, pero sólo en la
superficie.
Si imaginan que enfocan la vista en un panel
de vidrio frente a ustedes, y luego
deliberadamente relajan los músculos de los
ojos, para fijarse en el paisaje que hay más
allá, el polvo sobre el panel desaparece de la
conciencia; así entenderán el efecto que
intento describir.
Pero, por supuesto, mi cambio de
percepción no estaba producido por algo
tan físico como un tirón de los músculos
oculares y el cambio de perspectiva era algo
mas que un cambio en la profundidad de
foco.
Vi —creo— la estructura interna de la
naturaleza.
969
Vi átomos: puntos de luz, como pequeñas
estrellas que llenaban el espacio en una
estructura que se extendía a mi alrededor
sin fin. Lo vi con la misma claridad con que
un médico puede examinar las costillas
debajo de la piel del pecho. Los átomos
burbujeaban y brillaban; giraban alrededor
de su eje, y estaban unidos por una red
compleja de rayos de luz, o eso me parecía;
comprendía que debía de estar viendo una
representación gráfica de las fuerzas
eléctrica, magnética, gravitatoria y alguna
otra. Era como si el universo estuviese lleno
de una maquinaria de relojería atómica y,
me di cuenta, el conjunto era dinámico, con
la estructura de uniones y átomos
continuamente fluyendo.
Se me hizo inmediatamente claro el
significado de aquella extraña visión,
porque percibí la misma regularidad que
había observado entre las galaxias y las
estrellas. Podía ver —en cada voluta de gas,
970
en cada átomo perdido— sentido y
estructura. Había un propósito en la
orientación de cada átomo, la dirección de
su spin, y la unión entre él y sus vecinos. Era
como si el universo, todo él, se hubiese
convertido en una biblioteca, para
almacenar la sabiduría colectiva de aquella
variante antigua de la humanidad; cada
trozo de materia, hasta el último vestigio,
era catalogado y explotado... ¡Justo como
Nebogipfel había predicho como meta final
de la inteligencia!
Pero aquello era más que una biblioteca —
más que la recopilación pasiva de datos
polvorientos—, porque había una sensación
de vida, de insistencia, a mi alrededor. Era
como si la conciencia estuviese distribuida a
través de aquella extensa estructuración de
materia.
¡La Mente llenaba aquel universo,
rezumando incluso hasta su misma
estructura! Me parecía que podía ver
971
pensamiento y conciencia moverse en
grandes mareas por aquella estructura
universal de hechos. Me maravillaba la
escala de. aquello y no podía concebir su
carácter ilimitado. En comparación, mi
propia especie se había limitado a la
manipulación de la capa externa de un
planeta insignificante, y los Morlocks a su
Esfera; e incluso los Constructores sólo
habían tenido una galaxia, un sistema
estelar, entre millones...
Allí, sin embargo, la Mente lo tenía todo: un
infinito.
Ahora al fin entendí —lo vi por mí mismo—
el sentido y el propósito de la vida eterna e
infinita.
El universo era infinitamente antiguo e
infinitamente grande; y la Mente, también,
era infinitamente antigua. La Mente había
conquistado el centro de la materia y las
fuerzas, y había almacenado una cantidad
infinita de información.
972
La Mente era omnisciente, omnipotente y
omnipresente. Los Constructores, gracias a
su valiente desafío a los comienzos del tiem‐
po, habían conseguido su ideal. Habían
trascendido lo finito y colonizado el infinito.
Los átomos y las fuerzas se retiraron al
fondo de mi atención inmediata y mis ojos
se llenaron una vez más con la luz
interminable y las estructuras estelares de
aquel cosmos. El Observador que me
acompañaba se había ido y yo flotaba solo,
como una especie de punto de vista
incorpóreo que giraba lentamente.
La luz de las estrellas me rodeaba, profunda
y sin fin. Sentí la pequeñez de las cosas, de
mí, de lo irrelevante de mis pequeñas
preocupaciones. Comprendí que en un
universo infinito y eterno no hay centro; no
hay ni principio ni final. Cada suceso, cada
punto, acaba siendo idéntico a cualquier
otro debido al interminable escenario en el
973
que está... En un universo infinito yo era
infinitesimal.
Nunca he sido un entusiasta de la poesía,
pero recordé unos versos de Shelley: de
cómo la vida, al igual que una bóveda multicolor
/ mancha la luz blanca de la Eternidad... y
seguía en ese tono. Bien, ya había acabado la
vida para mí; la cubierta del cuerpo, la
vanas ilusiones de la materia misma, todo
me lo habían quitado y estaba inmerso,
quizá para siempre, en la luz blanca de la
que hablaba Shelley.
Durante un rato sentí una paz peculiar.
Cuando presencié por primera vez el
impacto de la Máquina del Tiempo en la
historia había llegado a creer que mi invento
era un dispositivo de la más absoluta
maldad, por su destrucción y distorsión
arbitraria de las historias: porque eliminaba
millones de almas humanas por nacer,
simplemente con el más leve movimiento de
las palancas. Pero ahora, al fin, comprendí
974
que la Máquina del Tiempo no había
destruido historias: no, las había creado.
Todas las historias posibles existen en la
multiplicidad, unas al lado de otras en un
catálogo eterno de lo‐que‐puede‐ser. Cada
historia posible, con su carga de mente,
amor y esperanza, existe en algún lugar de
la multiplicidad.
Pero lo que me emocionaba no era la
realidad de la Multiplicidad sino lo que
significaba para el destino de la humanidad.
El hombre —siempre me lo había parecido
desde que leí a Darwin por primera vez—
había estado atrapado en un conflicto: entre
las aspiraciones de su alma, que eran de una
arrogancia sin límite, y la base física de su
naturaleza, que, al final, era lo que le
sostenía. Creía haber visto, en los Eloi, cómo
la mano muerta de la evolución —el legado
de la bestia que llevamos dentro— destruía
finalmente los sueños del hombre, y
convertía su posesión de la Tierra en poco
975
más que un breve y glorioso brillo del
intelecto.
Ese conflicto, implícito en la forma humana,
se había instalado, creo, como un conflicto
en mi propia mente. Sí, Nebogipfel había
tenido razón al decir que siento desprecio
por el cuerpo; bien, ¡quizá mi comprensión
de ese conflicto de millones de años era su
causa! Había virado, en mis opiniones y
argumentos, entre una desesperación triste,
un desprecio de la cárcel bestial de nuestra
mente, hasta un utopismo amable y algo
tonto, el sueño de que algún día nuestras
cabezas se despertarían, de un delirio en
masa, y estableceríamos una sociedad
fundada en los principios de la lógica, la
justicia evidente y la ciencia.
Pero ahora, el descubrimiento —o
construcción— y colonización de aquella
historia final lo había cambiado tildo. Aquí,
el hombre había superado finalmente sus
orígenes y la degradación de la selección
976
natural; aquí, no habría retorno al olvido de
aquel mar primigenio y estúpido del que
habíamos salido: en su lugar, el futuro se
había hecho infinito, una escalada de
historias sin final.
Sentí que había salido, finalmente, de la
oscuridad de la desesperación evolutiva a la
luz de la sabiduría infinita.
7
EMERGENCIA
¡Pero —si me han seguido hasta aquí puede
que no les sorprenda leerlo— aquel estado
de ánimo, una especie de aceptación
tranquila, no persistió durante mucho
tiempo!
Me dediqué a mirar a mi alrededor. Me
esforzaba por escuchar, por ver cualquier
detalle, la más pequeña mancha en la
977
bóveda de luz que me rodeaba; pero
durante un rato no hubo nada sino silencio
infinito y un brillo intolerable.
Me había convertido en una mota
incorpórea, presumiblemente inmortal, y
me habían colocado en el mayor de los
objetos artificiales: un universo cuyas
fuerzas y partículas estaban dedicadas por
completo a la Mente. Era magnífico, pero
también terrible, inhumano y estremecedor,
y cierto desaliento deprimente se apoderó
de mí.
¿Había dejado de ser para pasar a algo que
no era ni ser ni no ser? Bien, si así era —y
esto es lo que había descubierto— todavía
no tenía la paz eterna. Todavía tenía el alma
de un hombre, con toda su carga de
curiosidad y sed de acción que siempre han
sido parte de la naturaleza humana. Soy
demasiado occidental, ¡y pronto me harté de
aquel intervalo de contemplación
incorpórea!
978
Entonces, después de un intervalo sin
medida, descubrí que el brillo del cielo no
era absoluto. Había una especie de neblina
en el límite de mi campo visual, un
oscurecimiento sutil.
Creo que esperé durante épocas geológicas,
y durante esa larga espera la neblina se hizo
más evidente: era una especie de círculo
alrededor de mi campo visual, como si
mirase a través del agujero en una cueva. Y
entonces, en medio de aquella apertura
cavernosa y espectral, distinguí una nube
irregular, una mancha frente al brillo
general; vi una colección de barras y discos,
todos indistintos, colocados como
fantasmas sobre las estrellas. En una
esquina había un cilindro de color verde
puro.
Sentí una impaciencia apasionada. ¿Qué era
aquella irrupción de sombras en el
mediodía interminable de la Historia
óptima?
979
La caverna que me rodeaba se hizo más
clara; me pregunté si sería algún recuerdo
emergente del Paleoceno. Y en lo que se
refiere a la fantasmagórica colección de
barras y discos, tuve la impresión de que
había visto aquel conjunto antes: me eran
tan familiares como mis propias manos,
pero en aquel contexto transformado no
podía reconocerlos...
Y luego me llegó el entendimiento. Las
barras y otros componentes eran mi Máquina
del Tiempo; las líneas que oscurecían aquella
constelación eran las barras de cobre que
constituían la estructura fundamental del
dispositivo; y aquellos discos coronados de
galaxias debían de ser los indicadores
cronométricos. ¡Se trataba de mi máquina
original, que yo había creído perdida,
desmantelada, y finalmente destruida
durante el ataque alemán sobre Londres en
1938!
980
El ensamblaje de la visión continuó deprisa.
La barras de cobre brillaban, vi que había
algo de polvo en las esferas de los
indicadores cronométricos y que las agujas
giraban. Reconocí el brillo verde de la
plattnerita que impregnaba el cuarzo
dopado que formaba la estructura inferior.
Miré abajo y distinguí dos cilindros anchos,
gordos y oscuros: ¡eran mis piernas,
vestidas con el equipo de jungla!, y aquellos
objetos pálidos, peludos y complejos debían
de ser mis manos, que descansaban sobre
las palancas de control de la máquina.
Y ahora, finalmente, comprendí el sentido
de la «caverna» alrededor de mi campo
visual. Era el borde de mis ojos, nariz y
mejillas en mi campo visual: una vez más
miraba desde la más oscura de las cavernas,
mi propio cráneo.
Sentí como si me colocasen en mi cuerpo.
Dedos y piernas se conectaron por sí solos a
mi conciencia. Podía sentir la palancas, frías
981
y firmes, en las manos, y sentí una punzada
de sudor en la frente. Era un poco, supongo,
como recuperarse de la inconsciencia del
cloroformo; lenta y sutilmente volvía a ser
yo. Y entonces sentí un balanceo y la
sensación de vértigo del viaje en el tiempo.
Más allá de la Máquina del Tiempo sólo
había oscuridad —no podía distinguir nada
del mundo—, pero podía sentir, porque sus
bandazos se reducían, que la máquina se
detenía. Miré a mi alrededor —recibí la
recompensa del peso de un cráneo cargado
sobre el tallo del cuello; después de mi
estado incorpóreo parecía como si girase
una pieza de artillería—, pero sólo
quedaban trazos de la Historia óptima: un
cúmulo de galaxias allí, y allá un fragmento
de luz estelar. En los últimos instantes, antes
de que se cercenase definitivamente mi lazo
intangible, vi de nuevo el rostro redondo y
solemne del Observador, con sus enormes
ojos pensativos.
982
Luego todo desapareció y fui nuevamente
yo por completo; ¡y sentí una descarga de
felicidad salvaje y primitiva!
La Máquina del Tiempo se detuvo. Se
desplomó a un lado y yo fui lanzado de
cabeza contra la oscuridad más absoluta.
Hubo un sonido de trueno en mis oídos. La
lluvia dura y firme golpeaba con fuerza
brutal sobre mi cabeza y la camisa. En un
momento quedé empapado. ¡Vaya una
bienvenida a la corporalidad!, pensé.
Me hallaba en un trozo de césped
empapado frente a la máquina caída. Estaba
muy oscuro. Me pareció que me encontraba
en un pequeño jardín rodeado de arbustos
con hojas que bailaban bajo la lluvia. Las
gotas rebotadas flotaban en una pequeña
nube sobre la máquina. Cerca de mí oí el
murmullo del agua, y de la lluvia golpeando
en la masa de líquido.
983
Me puse en pie y miré a mi alrededor. Había
un edificio cerca, visible sólo como una
silueta contra el cielo gris carbón. Noté un
ligero brillo verde que provenía de la parte
de abajo de la máquina volcada. Vi que
venía de un frasco, un cilindro de vidrio de
unas seis pulgadas de alto: era una botella
de medicina graduada de ocho onzas
normal y corriente. Evidentemente la
habían colocado en la estructura de la
máquina, pero ahora se había caído.
Recogí el frasco. El resplandor verde
provenía de un polvo en su interior: era
plattnerita.
Gritaron mi nombre.
Me volví sorprendido. La voz había sonado
suave, casi enmascarada por el silbido de la
lluvia sobre la hierba.
Había una figura a unos diez pies de mí:
baja, casi infantil, pero con la cabeza y la
espalda cubiertas de pelo largo y
desmadejado que la lluvia mantenía
984
completamente pegado a la carne pálida.
Tenía los enormes ojos rojo grisáceo fijos en
mí.
—¿Nebogipfel...?
Y entonces un circuito se cerró en mi cerebro
desconcertado.
Me volví y examiné una vez más la silueta
del edificio. Allí estaba el balcón de hierro,
allá la cocina del comedor con una pequeña
ventana entreabierta, y la forma del
laboratorio...
Era mi hogar; la máquina me había
depositado en el jardín inclinado de la parte
de atrás, entre la casa y el Támesis. Había
vuelto —¡después de todo!— a Richmond.
8
SE CIERRA UN CÍRCULO
985
Una vez más ——como ya lo habíamos
hecho, muchos ciclos de la historia antes—
Nebogipfel y yo caminamos por Petersham
Road hacia mi casa. La lluvia golpeaba el
empedrado. La oscuridad era casi completa;
de hecho, la única luz provenía del frasco de
plattnerita,
que brillaba como una débil bombilla
eléctrica arrojando sombras lóbregas sobre
el rostro de Nebogipfel.
Rocé con los dedos el metal delicado y
familiar de la verja que rodeaba la casa. Allí
tenía algo que no creía volver a ver: la falsa
fachada, los pilares del porche, los
rectángulos oscuros de las ventanas.
—Vuelves a tener los dos ojos —le comenté
a Nebogipfel en un susurro.
Miró su cuerpo renovado, extendiendo las
palmas de forma que la carne pálida brilló
bajo la luz de la plattnerita.
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—No necesito prótesis —dijo—. Ya no.
Ahora que he sido reconstruido... al igual
que tú.
Puse las manos contra el pecho. La tela de la
camisa era tosca, basta al tacto, y los huesos
se notaban duros bajo la piel. Parecía muy
sólido. Y todavía me sentía como yo, es
decir, conservaba una continuidad de la
conciencia, un único y brillante camino de
recuerdos, que me llevaba desde aquel
enredo de historias hasta los días simples de
mi niñez. Pero yo no podía ser el mismo
hombre, me habían desmontado y
reconstruido en la Historia óptima. Me
pregunté cuánto de aquel resplandeciente
universo permanecía en mí.
—Nebogipfel, ¿recuerdas mucho de lo que
pasó allí, cuando atravesamos el límite al
comienzo del tiempo, el cielo brillante y lo
demás?
—Todo. —Sus ojos estaban oscuros—. ¿Tú
no?
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—No estoy seguro —dije—. Todo parece un
sueño, ahora, especialmente aquí, bajo la
fría lluvia de Inglaterra.
—Pero la Historia óptima es la realidad —
susurró—. Todo esto... —señaló con la mano
el inocente Richmond— estas historias
parciales subóptimas... esto es el sueño.
Levanté el frasco de plattnerita. Era un bote
de medicina vulgar, con un tapón de goma;
ni que decir tiene que no sabía de dónde
había salido o cómo había acabado entre la
estructura de la máquina.
—Bien, esto sí que es real —dije—.
Realmente es una solución muy hermosa,
¿no? Como cerrar un círculo. —Avancé
hacia la puerta—. Creo que es mejor que te
quedes atrás, para que no te vea, antes de
llamar.
Se echó hacia atrás, hacia las sombras del
porche, y pronto fue invisible.
Tiré del llamador.
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Dentro de la casa oí una puerta que se abría,
un grito suave —«¡Ya voy! »— y luego pasos
pesados e impacientes en la escalera. Una
llave sonó en la cerradura, y la puerta se
abrió con un crujido.
Una vela, sostenida sobre un candelabro de
bronce, se lanzó contra mí a través de la
puerta; el rostro de un hombre joven, ancho
y redondo, salió fuera, con los ojos recién
abiertos. Tenía veintitrés o veinticuatro
años, y llevaba una bata vieja y
deshilachada sobre un camisón arrugado; el
cabello, de un marrón ratonil, le sobresalía a
los lados de su cabeza ancha.
—¿Sí? —me soltó—. Son más de las tres de
la mañana, ¿sabe...?
No sabía con seguridad lo que iba a decirle,
pero ahora que el momento había llegado
las palabras se me escaparon por completo.
Una vez más sufrí el extraño e incómodo
impacto del reconocimiento. No creo que un
hombre de mi siglo se hubiese podido
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acostumbrar jamás a encontrarse consigo
mismo, no importa cuántas veces lo hiciese,
y ahora todo un conjunto de sentimientos
venían a hacerlo aún más conmovedor.
Porque aquél ya no era sólo una versión más
joven de mí mismo: era también un
antecesor directo de Moses. Era como
enfrentarse cara a cara con un hermano más
joven que había creído perdido.
Estudió de nuevo mi cara, ahora suspicaz.
—¿Qué demonios quiere? No hago tratos
con vendedores ambulantes, incluso si ésta
fuese una hora apropiada para ello.
—No —dije con amabilidad—. No, sé que
no lo hace.
—Oh, lo sabe, ¿no? —Comenzó a cerrar la
puerta, pero vio algo en mi cara, lo noté en
su mirada, un lejano reconocimiento—.
Creo que es mejor que me diga qué quiere.
Con torpeza, le mostré el frasco de medicina
con la plattnerita.
—Esto es para usted.
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Sus cejas se elevaron al ver el frasco de brillo
verde.
—¿Qué es?
—Es... —¿Cómo podía explicárselo?—. Es
una muestra. Para usted.
—¿Una muestra de qué?
—No lo sé —mentí—. Me gustaría que
usted lo descubriese.
Parecía sentir curiosidad, pero todavía
vacilaba; y entonces cierta tozudez le llenó
el rostro.
—¿Descubrir qué?
Comencé a irritarme con esas preguntas
tontas.
—Maldita sea, hombre... ¿no tiene usted
iniciativa? Haga algunas pruebas...
—No estoy seguro de que me guste su tono
—dijo envarado—. ¿Qué tipo de pruebas?
—¡Oh! —Me pasé la mano por el pelo
mojado; semejante pomposidad no encajaba
bien en un hombre tan joven—. Es un nuevo
mineral, ¡eso ya lo puede ver!
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Frunció el ceño, todavía más suspicaz.
Me incliné y dejé el frasco en los escalones.
—Lo dejaré aquí. Puede examinarlo cuando
quiera, y sé que querrá hacerlo. No quiero
malgastar su tiempo. —Me volví y comencé
a recorrer el camino, mis pasos sonaban
fuertes aun a pesar de la lluvia.
Cuando miré atrás vi que había recogido el
frasco y su resplandor verde suavizó las
sombras que producía la vela en su rostro.
Gritó:
—Pero su nombre...
Sentí un impulso.
—Es Plattner—dije.
¿Plattner? ¿Le conozco?
—Plattner —repetí desesperado, y busqué
una mentira más detallada en los oscuros
recovecos de mi cerebro—. Gottfried Platt‐
ner...
*
* Gottfried Plattner es el protagonista del cuento de Wells «The Plattner Story». En ese cuento Plattner
recibe una sustancia de color verde con la que viaja a la cuarta dimensión. Allí encuentra a los Observadores,
grandes cabezas sin cuerpo que vigilan continuamente a la humanidad. Cuando Plattner regresa, su cuerpo
ha quedado invertido como si fuese una imagen especular. En 1888 Wells publicó una primera versión por
entregas de La máquina del tiempo en la revista Science Schools Journal, titulada «The Chronic Argonauts»
(muy distinta a la versión final publicada en 1895). En esa primera versión el viajero en el tiempo es
precisamente el doctor Moses Nebogipfel. En la versión definitiva de La máquina del tiempo, como en Las
naves del tiempo, el protagonista recorre la novela innominado. (N. del T.)
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Fue como si lo dijese otra persona, pero tan
pronto como las palabras salieron de mi
boca supe que tenían algo de inevitables.
Ya estaba; ¡el círculo se había cerrado!
Siguió llamándome, pero caminé resuelto
colina abajo.
Nebogipfel me esperaba en la parte de atrás
de la casa, cerca de la Máquina del Tiempo.
—Ya está hecho —le dije.
Una primera muestra de la mañana se
filtraba por el cielo cubierto y podía ver al
Morlock como una silueta granulosa: tenía
las manos unidas a la espalda y el pelo
pegado contra el cuerpo. Los ojos eran
enormes estanques rojos.
—No vas muy adecuadamente vestido —le
dije amable—. En esta lluvia...
—Apenas importa.
—¿Qué harás ahora?
—¿Qué harás tú?
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Como respuesta me incliné y levanté la
Máquina del Tiempo. Giró chirriando como
una vieja cama y se posó en el césped con un
ruido seco.
Recorrí la estructura de la máquina con la
mano; había musgo y trozos de hierba
pegados a las barras de cuarzo y al asiento,
y un carril estaba muy doblado.
—Puedes volver a casa, ¿sabes? —dijo—. A
1891. Está claro que los Observadores nos
han traído de vuelta a tu historia original, la
versión primera de las cosas. Sólo tienes que
viajar hacia delante unos pocos años.
Consideré esa idea. En cierta forma hubiese
sido cómodo regresar a esa época
acogedora, y a mi conjunto de posesiones,
compañeros y logros.
Y hubiese disfrutado otra vez de la
compañía de algunos de mis viejos
compinches, Filby y el resto. Pero...
—Tengo un amigo en 1891 —le dije a
Nebogipfel (pensaba en el Escritor)—. Es
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sólo un joven. Un tipo extraño en cierta
forma, muy intenso, y sin embargo tenía
una forma de mirar las cosas...
»Parecía ver más allá de la superficie de
todo, más allá del Aquí y Ahora que nos
obsesiona a todos, y percibir los cambios, las
tendencias, las corrientes profundas que nos
conectan con el pasado y el futuro. Creo que
sabía lo pequeña que es la humanidad frente
al tiempo evolutivo; y creo que eso le hacía
sentirse impaciente con el mundo en el que
estaba atrapado, con los interminables y
lentos procesos de la sociedad, incluso con
su propia y enfermiza naturaleza humana.
»Era como un extraño en su propio tiempo
—concluí—. Y, si yo volviese, así es como
me sentiría. Fuera del tiempo. Porque, no im‐
porta cuán sólido parezca el mundo,
siempre sabré que miles de universos,
diferentes en un grado pequeño o grande, se
apilan a mi alrededor, fuera de mi alcance.
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»Supongo que me he convertido en un
monstruo... Mis amigos tendrán que
considerarme perdido en el tiempo y
tendrán que llorarme como deseen.
Al hablar había tomado mi decisión.
—Todavía tengo una vocación. Todavía no
he terminado lo que empecé cuando viajé en
el tiempo después de mi primera visita.
Aquí se ha cerrado un círculo, pero otro
sigue abierto, colgando como un hueso roto,
en el lejano futuro...
—Lo entiendo —dijo el Morlock.
Subí al asiento de la máquina.
—Pero ¿qué hay de ti, Nebogipfel?
¿Vendrás conmigo? Puedo imaginar un
papel para ti allí, y no quiero dejarte varado
aquí.
—Gracias, pero no. No me quedaré aquí
mucho tiempo.
—¿Adónde irás?
Levantó el rostro. La lluvia se detenía, pero
una fina niebla de gotas todavía cubría el
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cielo y caía contra las grandes córneas de sus
ojos.
—Yo también veo el cierre de círculos —
dijo—. Pero siento curiosidad por lo que hay
más allá de los círculos...
—¿Qué quieres decir?
—Si hubieses vuelto aquí y hubieses
disparado contra tu yo más joven, bien, no
habría habido contradicción causal: en su
lugar, habrías creado una nueva historia,
una variante nueva en la multiplicidad, en
la que mueres joven a manos de un extraño.
—Eso lo tengo claro ahora. No hay paradoja
posible dentro de una única historia, debido
a la existencia de la multiplicidad.
—Pero —continuó el Morlock con calma—
los Observadores te han traído aquí para
que te entregases la plattnerita a ti mismo,
para que iniciases la secuencia de sucesos
que llevó al desarrollo de la primera
Máquina del Tiempo y a la creación de la
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multiplicidad. Por tanto hay un cierre
mayor, el de la multiplicidad en sí misma.
Vi adónde iba.
—Hay un cierto bucle causal cerrado
después de todo —dije—, una serpiente que
se muerde su propia cola... ¡La
multiplicidad no podría haberse producido
sino fuese por la existencia de la multipli‐
cidad en primer lugar!
Nebogipfel dijo que los Observadores
creían que la resolución de esa Paradoja
Final requería la existencia de más
multiplicidades: ¡una multiplicidad de
multiplicidades!
—El orden superior es lógicamente
necesario para resolver el bucle causal —
dijo Nebogipfel—, de la misma forma que
nuestra multiplicidad era necesaria para
resolver las paradojas de una única historia.
—Pero ¡maldita sea, Nebogipfel! Mi mente
se tambalea ante esa idea. Colectividades
paralelas de universos; ¿es posible?
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—Más que posible —dijo—. Y los
Observadores tienen la intención de viajar
allí. —Agachó la cabeza. El amanecer ya era
muy brillante y podía ver que la carne
pálida alrededor de sus ojos se arrugaba
incómoda—. Y me llevarán con ellos. No
puedo concebir una aventura mayor...
¿Puedes tú?
Sentado en el asiento de la máquina di un
último vistazo a mi alrededor, al amanecer
normal en algún momento del siglo
diecinueve. Las casas, llenas de personas
durmiendo, destacaban a todo lo largo de
Petersham Road; olía el aroma de la hierba,
y en algún lugar una puerta se cerró de
golpe, y algún lechero o cartero comenzaba
su jornada.
Sabía que nunca volvería a recorrer ese
camino.
—Nebogipfel, cuando lleguéis a esa
multiplicidad mayor, ¿entonces qué?
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—Hay muchos órdenes de infinito —dijo
Nebogipfel con calma; la lluvia le caía por
los contornos de la cara—. Es como una
jerarquía de estructuras universales... y de
ambiciones. —Su voz conservaba el
borboteo suave de los Morlocks, una
entonación extraña, pero también estaba
llena de maravilla—. Los Constructores
podían haber poseído un universo; pero eso
no era suficiente. Por tanto desafiaron la
finitud, y tocaron los límites del tiempo, los
atravesaron y permitieron que la Mente
colonizase y habitase los muchos universos
de la multiplicidad. Pero, para los
Observadores de la Historia óptima, ni
siquiera eso es suficiente; y buscan formas
de ir más allá, hacia mayores órdenes del
infinito...
—¿Y si triunfan? ¿Descansarán?
—No hay descanso. No hay límite. No hay
final para el más allá, ningún límite que la
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