espinas. No había ni rastro de Londres: ni si‐
quiera podía apreciar los fantasmas de los
efímeros edificios, y no había señales del
hombre en todo aquel paisaje gris, ni
tampoco de vida animal. Ni siquiera la
forma del paisaje, las colinas y los valles me
era familiar, al haber sido transformada una
y otra vez por los glaciares.
Y ahora —lo vi llegar en un breve fogonazo
de brillo blanco, antes de que nos
alcanzara— el gran hielo apareció de nuevo.
En la oscuridad, maldije y me metí las
manos en los sobacos; tenía insensibles los
dedos de manos y pies, y comencé a temer
la congelación. Cuando los glaciares se
retiraron una vez más, dejaron un paisaje
habitado por la misma variedad de plantas
resistentes, por lo que podía ver, pero con
los contornos alterados: evidentemente, los
intervalos de hielo rehacían el paisaje,
aunque no podía saber si avanzábamos
hacia el pasado o el futuro. Observé cantos
501
rodados mas grandes que un hombre que
parecían migrar por el paisaje, deslizándose
y desviándose; era evidentemente un
extraño efecto de la erosión del paisaje.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—No demasiado. Quizás unos treinta
minutos.
—¿Y el coche nos lleva al futuro?
—Vamos hacia el pasado —dijo el Morlock.
Volvió el rostro hacia mí, y vi que sus
graciosos movimientos habían quedado
reducidos a gestos bruscos por la paliza que
le había dado—. Estoy bastante seguro. Vi
fragmentos de la recesión de Londres, al
volver a sus orígenes históricos... Del
intervalo entre glaciaciones, yo diría que
viajamos a unos diez mil años por minuto.
—Quizá deberíamos pensar en la forma de
detener el impetuoso viaje del coche en el
tiempo. Si encontramos una época
uniforme...
502
—Creo que no tenemos forma de detener el
viaje del coche.
—¿Qué?
El Morlock extendió las manos —el pelo de
la parte de atrás estaba cubierto de una
ligera capa de escarcha— y nos hundimos
nuevamente en el oscuro sepulcro de hielo,
mientras su voz flotaba en las tinieblas.
—Éste es un vehículo de prueba tosco e
incompleto. La mayoría de los controles e
indicadores está desconectada; los que
tienen conexiones en su mayoría no parecen
operativos. Incluso si supiésemos cómo
alterar su funcionamiento sin dañar el
vehículo, no veo la forma de salir de la
cabina y alcanzar su mecanismo interior.
Otra vez salimos del hielo a la tundra
remodelada. Nebogipfel miró el paisaje
fascinado.
—Piénselo: los fiordos de Escandinavia
todavía no se han formado, y los lagos de
503
Europa y Norteamérica, producto del hielo
fundido, son fantasmas del futuro.
»Ya hemos superado el amanecer de la
historia humana. En África podríamos
encontrar razas de australopitecos, algunas
torpes, otras gráciles, algunas carnívoras,
pero todas con postura bípeda y
características simiescas: un cráneo pequeño
y grandes mandíbulas y dientes.
Una soledad grande y fría cayó sobre mí. Ya
antes me había perdido en el tiempo, pero
nunca, pensé, ¡había sentido una soledad
tan intensa!
¿Sería cierto —podía ser cierto— que
Nebogipfel y yo, en el dañado coche del
tiempo, fuésemos la única llama de la
inteligencia en todo el planeta?
—Así que estamos fuera de control —dije—
. Podríamos no detenernos hasta alcanzar el
principio del tiempo...
—Dudo que lleguemos a eso —dijo
Nebogipfel—. La plattnerita debe de tener
504
una capacidad finita. No puede llevarnos al
pasado eternamente, debe agotarse.
Recemos porque eso suceda antes de que
pasemos por el Ordovícico y el Cámbrico,
antes de una época en que no haya oxígeno
para sobrevivir.
—Una perspectiva alegre —dije—. Y
supongo que las cosas podrían ser peor.
—¿Cómo?
Estiré las piernas y me senté en el suelo frío.
—No tenemos provisiones de ningún tipo.
Ni agua ni comida. Y ambos estamos
heridos. ¡Ni siquiera tenemos ropa de
abrigo! ¿Cuánto tiempo podremos
sobrevivir en esta helada nave del tiempo!
¿Unos días? ¿Menos?
Nebogipfel no contestó.
No soy un hombre que se rinda con
facilidad al destino, e invertí algo de
esfuerzo en estudiar los controles y cables
del vehículo. Pronto descubrí que tenía
razón —no había forma de poder convertir
505
aquel montón de componentes en un
vehículo controlable— y mis energías, ya de
por sí reducidas, se agotaron pronto. Volví
a una cierta apatía.
Atravesamos una vez más una glaciación
breve y brutal; y luego penetramos en un
invierno largo y desolado. Las estaciones
todavía traían hielo y nieve sobre la Tierra,
pero la época del hielo permanente
pertenecía ahora al futuro. Vi pocos cambios
en la naturaleza del paisaje, milenios sobre
milenios: quizás había un lento
enriquecimiento en la textura de la masa de
verde que cubría las colinas. Un cráneo
inmenso —me recordó al de un elefante—
apareció en el suelo no lejos del coche,
blanco, pelado y roto. Permaneció lo
suficiente para adivinar su forma, un
segundo o así, antes de desvanecerse tan
rápido como había aparecido.
—Nebogipfel, a propósito de tu cara. Yo...
debes entender...
506
Me miró fijamente con el ojo bueno. Vi que
había vuelto a las peculiaridades de
Morlock, dejando atrás la capa de
humanidad que había adoptado.
—¿Qué? ¿Qué debo entender?
—No pretendía hacerte daño.
—Ahora no —dijo con la precisión de un
cirujano—. Pero entonces sí. Las disculpas
son inútiles... absurdas. Eres lo que eres...
pertenecemos a especies diferentes, tan
separadas una de la otra como del
australopiteco.
Me sentí como un animal estúpido, con el
puño manchado otra vez con la sangre de
un Morlock.
—Me avergüenzas —dije.
Agitó la cabeza, un gesto breve y brusco.
—¿Vergüenza? El concepto no tiene sentido
en este contexto.
No debía sentir más vergüenza —quería
decir— que un animal salvaje de la selva. ¿Si
me atacase una criatura así, discutiría con
507
ella la moral del caso? No, sin inteligencia
no podía evitar su comportamiento.
Simplemente me ocuparía de sus actos.
Ante Nebogipfel me había mostrado —¡otra
vez!— como poco mejor que los brutos de
las praderas de África, los precursores del
hombre en aquel desolado periodo.
Me retiré a los bancos de madera. Me tendí,
cubriéndome la cabeza con las manos, y
observé el parpadeo de las eras tras la
puerta abierta del coche.
17
EL OBSERVADOR
El desolado frío invernal pasó, y el cielo
adoptó una textura jaspeada más compleja.
En ocasiones, la banda oscilante del sol
quedaba cubierta por una concha de nubes
oscuras, incluso durante un segundo.
Florecieron nuevas especies de árboles en el
clima templado: por lo que pude ver, tipos
de hoja caduca, robles, álamos, cedros y
508
otros. A veces esos antiguos bosques
saltaban sobre el coche, aislándonos en una
penumbra de verde y marrón alternante,
para retirarse, como si se abriese una
cortina.
Habíamos llegado a una época de grandes
movimientos terrestres, dijo Nebogipfel.
Los Alpes y el Himalaya estaban siendo
sacados de la tierra, y volcanes inmensos
lanzaban cenizas y polvo al aire, en
ocasiones oscureciendo el cielo durante
años. En los océanos, dijo el Morlock,
navegaban grandes tiburones, de dientes
como dagas. Y en África, los ancestros de la
humanidad regresaban a una estupidez
primitiva, con cerebros que se reducían,
posturas inclinadas y dedos torpes.
Caímos por aquella época larga y salvaje
durante unas doce horas.
Intenté ignorar el hambre y la sed que me
atenazaban el estómago, mientras los siglos
y los bosques pasaban al lado de la cabina.
509
Aquél era el viaje más largo que había
realizado en el tiempo desde mi huida al
remoto futuro más allá de la historia de
Weena, y el vacío inmenso y fútil —
idénticas todas las horas— comenzó a
deprimirme el alma. Ya el breve desarrollo
de la humanidad no era sino un remoto
punto de luz, alejado en el tiempo; incluso
la distancia entre hombre y Morlock —o
cualquier otra variedad— no era sino una
fracción de la gran distancia que ya
habíamos recorrido.
La inmensidad del tiempo y la pequeñez del
hombre y sus logros me aplastaba; y mis
propias pequeñas preocupaciones parecían
absurdas e insignificantes. La historia de la
humanidad parecía trivial, un momento
fugaz perdido en la oscuridad e ignorancia
de los salones de la eternidad.
La corteza de la Tierra se elevaba como el
pecho de un hombre enfermo, y el coche
subía y bajaba según lo hiciese el paisaje;
510
parecía el oleaje de un inmenso mar. La
vegetación se hacía más exuberante y verde,
y nuevos bosques se apretaban contra el
coche —pensé que ya debían de ser árboles
de hoja caduca, aunque las flores y las hojas
no eran sino un mancha uniforme de verde
debido a la velocidad— y el aire se hizo más
cálido.
El dolor de aquellos eones helados
abandonó finalmente mis dedos, y me quité
la chaqueta y me aflojé los botones de la
camisa; abandoné las botas y reactivé la
circulación de mis pies. La insignia de
seguridad de Barnes Wallis se cayó de la
chaqueta. La recogí, aquel pequeño símbolo
de la sospecha de los hombres para con sus
semejantes, ¡y creo que no hubiese podido
encontrar, entre aquella vegetación prístina,
un símbolo más perfecto de las estrecheces
y absurdos con que los hombres
malgastaban sus energías! Arrojé la insignia
a la esquina más oscura del coche.
511
Las largas horas, suspendido bajo la
cubierta vegetal, pasaron con más lentitud
que nunca, y dormí durante un rato.
Cuando desperté, la calidad de la
vegetación que me rodeaba parecía haber
cambiado
—era más translúcida, con algo del tono de
la plattnerita, y me pareció ver las
estrellas—, era como estar inmerso en
esmeraldas y no en hojas.
Entonces lo vi: flotaba en el aire húmedo de
la cabina, inmune al balanceo del coche, con
ojos inmensos, la boca carnosa en forma de
«V», y aquellos tentáculos articulados que
descendían pero no llegaban a tocar el suelo.
No era un fantasma —no podía ver a su
través el bosque que había detrás— y era tan
real como yo, Nebogipfel o las botas que
había colocado en el banco.
El Observador me miró fría y
analíticamente.
512
No sentí temor. Me acerqué a él, pero se
alejó en el aire. No tenía duda de que sus
ojos verdes estaban fijos en mi cara.
—¿Quién es? —pregunté— ¿Puede
ayudarnos?
Si podía oírme, no respondió. Pero la luz ya
cambiaba; la luminosidad del aire
desaparecía y volvía a ver el verde vegetal.
Sentí, entonces, un giro —el gran cráneo era
como un juguete, rotando sobre su eje— y
desapareció.
Nebogipfel caminó hacia mí, los largos pies
pasaban por encima de las aristas del suelo.
Se había quitado las ropas del siglo
diecinueve e iba desnudo, exceptuando las
gafas rotas y la capa de pelo blanco en su
espalda, ahora enredada y grande.
—¿Qué pasa? ¿Estás enfermo?
Le hablé del Observador, pero no había
visto nada. Volví a descansar en el banco,
sin saber si lo que había visto era real o un
sueño persistente.
513
El calor era opresivo, y el aire de la cabina se
cargaba.
Pensé en Gödel y Moses.
Aquel hombre poco atractivo, Gödel, había
deducido la existencia de múltiples historias
sólo a partir de principios ontológicos,
¡mientras que yo, pobre tonto, había
necesitado de varios viajes en el tiempo
antes de que se me ocurriera la posibilidad!
Pero ahora aquel hombre que había
conjurado su magnífico sueño de un Mundo
Final, un mundo en el que estuviesen claras
todas las respuestas, yacía aplastado y roto
bajo los escombros, asesinado por la
intransigencia y estupidez de sus
compañeros humanos.
Y en lo que respecta a Moses, simplemente
le lloraba. Era una desolación similar a la
que podría sentirse por la muerte de un
niño, creo, o un hermano menor. Moses
había muerto a los veintiséis; y ¡aun así yo
—la misma persona— seguía respirando a
514
los cuarenta y cuatro! Mi pasado había
desaparecido; era como si el suelo se
hubiese evaporado dejándome colgado en
el aire. Pero aún más, yo había conocido a
Moses, aunque brevemente, como una
persona por derecho propio. Era alegre,
errático, impulsivo, un poco absurdo —
¡como yo!— y muy agradable.
¡Era otra muerte en mis manos!
Todas las charlas de Nebogipfel sobre la
multiplicidad de los mundos —todos los
posibles argumentos de que el Moses que yo
había conocido no estaba destinado,
finalmente, a ser yo, sino otra variante de
mí—, nada de eso planteaba ninguna
diferencia en la forma en que me sentía.
Mis pensamientos se disolvieron en
fragmentos medio coherentes —luché por
mantener los ojos abiertos, temiendo no
volver a despertar—, pero una vez más,
consumido por la confusión y la pena,
dormí.
515
Me despertó mi nombre, pronunciado en la
forma líquida y gutural de los Morlocks. El
aire estaba tan cargado como antes, y un
nuevo dolor, producido por el calor y la
falta de oxígeno, buscaba hueco en mi
cerebro enfrentado a los residuos de heridas
pasadas.
Los ojos destrozados de Nebogipfel eran
enormes en aquel ambiente arbóreo.
—Mira a tu alrededor—dijo.
La vegetación se apretaba con la misma
persistencia que antes —y aun ahora la
textura parecía diferente—. Descubrí que —
con cuidado— podía seguir la evolución de
una sola hoja en las ramas repletas. Cada
hoja surgía del polvo, se marchitaba a la
inversa, y se replegaba a su yema en menos
de un segundo.
—Vamos más despacio —articulé.
—Sí. Creo que la plattnerita pierde potencia.
¡Dije una oración de agradecimiento, ya que
mis fuerzas se habían recuperado lo
516
suficiente y ya no quería morir en una
pradera rocosa sin aire en el amanecer de la
Tierra!
—¿Sabes dónde estamos?
—En algún momento del Paleoceno. Hemos
viajado veinte horas. Debemos de estar unos
cincuenta millones de años antes del pre‐
sente ....
—¿El presente de quién? ¿El mío, 1891, o el
tuyo?
Se tocó la sangre que tenía en 1a cara.
—En estas escalas de tiempo apenas
importa.
El crecimiento de las hojas y la floración era
ahora muy lento —casi majestuoso—.
Distinguí un parpadeo, una intrusión
inestable de mayor oscuridad, superpuesta
al verde general.
—Puedo distinguir el día de la noche —
dije—. Nos detenemos.
517
—Sí. —El Morlock se sentó en el banco
frente a mí y se agarró al borde con sus
largos dedos. Me pregunté si tenía miedo;
¡tenía todo el derecho a tenerlo! Creí
apreciar un movimiento en el suelo del co‐
che, un abultamiento bajo el banco de
Nebogipfel.
—¿Qué hacemos?
Movió la cabeza.
—Tenemos que esperar a lo que suceda. No
estamos en una situación controlada...
El aleteo de días y noches se redujo más aún,
hasta que se convirtió en un pulso fijo a
nuestro alrededor, como el latido de un
corazón. El suelo crujió, y vi aparecer
marcas en el acero...
¡De pronto lo entendí!
Grité:
—¡Cuidado! —Me levanté, me eché hacia
delante y agarré a Nebogipfel por los
hombros. No se resistió. Lo levanté como si
518
fuese un niño enclenque y peludo, y caímos
hacia atrás ...
... y un árbol apareció en el aire frente a mí,
rasgando el metal del coche como si fuese de
papel. Una rama inmensa se disparó hacia
los controles como el brazo de un hombre de
madera enorme y decidido, y destrozó el
panel frontal.
¡Estaba claro que llegábamos a un espacio
ocupado por aquel árbol en aquella remota
era!
Caí hacia atrás sobre un banco, sosteniendo
a Nebogipfel. El árbol se encogió un poco al
retroceder hacia el momento de su
nacimiento. El aleteo de noche y día se hizo
aún más lento, aún más pesado. El tronco se
redujo todavía más; y entonces, con un
crujido inmenso, la cabina del coche se
partió en dos, rota desde el interior como
una cáscara de huevo.
519
Tuve que soltar a Nebogipfel, y el Morlock
y yo caímos sobre la tierra suave y húmeda,
en medio de una lluvia de metal y madera.
520
LIBRO CUATRO
El mar del Paleoceno
521
1
DIATRYMA GIGANTICA
Me encontré de espaldas, mirando el árbol
que había atravesado el coche del tiempo.
Oía cerca la respiración de Nebogipfel, pero
no podía verle.
El árbol, congelado ahora en el tiempo, se
elevaba para unirse a sus compañeros en un
dosel arbóreo grueso y uniforme sobre
nosotros, y los retoños y plántulas brotaban
de la tierra alrededor de su base y a través
de los fragmentos del coche. El calor era
intenso, el aire húmedo y pesado para mis
pulmones, y el mundo a mi alrededor estaba
lleno de los ruidos, vibraciones y suspiros
de la jungla, todo sobre un retumbar
profundo y rico que me hizo sospechar la
presencia cercana de un gran cuerpo de
agua: ya fuese un río —alguna versión
primitiva del Támesis— o un mar.
522
¡Era más parecido al trópico que a
Inglaterra!
Mientras estaba allí tendido y mirando, un
animal bajó gateando por el tronco hacia
nosotros. Era parecido a una ardilla, de unas
diez pulgadas de largo, pero tenía la piel
ancha y suelta, y colgada de su cuerpo como
una capa. Llevaba fruta en las mandíbulas.
A diez pies del suelo la criatura nos vio;
inclinó la cabeza, abrió la boca —dejó caer la
fruta— y chilló. Vi que sus incisivos tenían
la punta dividida en cinco. Saltó
directamente del tronco. Extendió brazos y
piernas y la capa de piel se abrió de golpe,
convirtiendo al animal en una cometa
cubierta de piel. Voló hacia las sombras y
desapareció de mi vista.
—Vaya una bienvenida —dije con un
jadeo—. Era como un lémur volador. ¿Pero
viste sus dientes?
Nebogipfel, todavía fuera de mi vista,
contestó.
523
—Era un Planetatherium. Y el árbol es un
dipterocarpo, no demasiado diferente de la
especie que sobrevivirá en los bosques de
nuestros días.
Hundí la mano en el humus del suelo —
estaba podrido y era resbaladizo— y luché
por darme la vuelta para verle.
—Nebogipfel, ¿estás herido?
El Morlock yacía de lado, con la cabeza
doblada para mirar al cielo.
—No estoy herido —susurró—. Propongo
que empecemos a buscar...
Pero yo no escuchaba; porque había visto —
detrás de él— una cabeza con pico, del
tamaño de la de un caballo, que se abría
paso a través del follaje, ¡y que se dirigía
hacia el frágil cuerpo del Morlock!
Durante un instante me paralizó la sorpresa.
El pico curvo se abrió de golpe, los ojos
redondos se fijaron en mí con todos los sig‐
nos de la inteligencia.
524
Entonces, con un fuerte picado, la gran
cabeza se hundió y cerró el pico alrededor
de la pierna del Morlock. Nebogipfel gritó,
y sus pequeños dedos arañaron la tierra, y
trozos de hojas se le pegaron al pelo.
Me eché hacia atrás y acabé con la espalda
contra un tronco.
Ahora, con un crujido de ramas rotas, el
cuerpo de la bestia salió de la vegetación
ante mi vista. Tenía unos siete pies de alto,
y estaba cubierto de plumas negras y
escamosas; las patas eran robustas, con pies
fuertes, y estaban cubiertas de una piel
amarilla y arrugada. Unas alas residuales,
desproporcionadamente pequeñas para el
inmenso torso, golpeaban el aire. El pájaro
tiró de la cabeza arrastrando al pobre
Morlock por el suelo.
—¡Nebogipfel!
—Es un Diatryma —gritó—. Un Diatryma
Gigantica, yo... ¡oh!
525
—No me importa su filogenia —grité—,
¡huye!
—Me temo... no puedo... ¡oh!
Una vez más, sus palabras se convirtieron
en un aullido inarticulado de angustia.
Ahora la criatura giraba la cabeza de lado a
lado. Vi que intentaba golpear el cráneo del
Morlock contra un árbol, ¡sin duda como
paso preliminar para comerse su pálida
carne!
Necesitaba un arma, y sólo pude pensar en
la llave inglesa de Moses. Me puse en pie y
rebusqué por entre los restos del coche del
tiempo. Había cantidad de tornillos, paneles
y cables, y el acero y la madera pulida de
1938 parecían extrañamente fuera de lugar
en aquel bosque antiguo. ¡No podía ver la
llave! Hundí los brazos, hasta los codos, en
la cubierta del suelo. Me llevó muchos y
agónicos segundos de búsqueda, mientras
el Diatryma arrastraba todavía más su presa
hacia el bosque.
526
¡Al fin la encontré! Mi mano derecha salió
del humus sosteniendo la llave.
Con un rugido, levanté la llave hasta el
hombro y corrí. Los ojos del Diatryma me
miraban al acercarme —redujo sus golpes—
, pero no soltó la pierna de Nebogipfel. Por
supuesto, nunca antes había visto a un
hombre; dudaba que hubiese entendido que
yo podía ser una amenaza. Cargué, e intenté
ignorar la horrible piel escamosa alrededor
de las garras de las patas, la inmensidad del
pico y el aliento a carne podrida que
desprendía.
Como un golpe de criquet, hendí el mazo en
la cabeza del Diatryma. Las plumas y la
carne amortiguaron el golpe, pero sentí la
agradable colisión contra el hueso.
El pájaro abrió el pico, soltando al Morlock,
y chilló; un sonido como el del metal
rompiéndose. El inmenso pico estaba ahora
encima de mí, y todos mis instintos me
decían que corriese, pero sabía que si lo
527
hacía los dos estaríamos acabados. Volví a
levantar la llave sobre la cabeza, y golpeé
contra el cráneo del Diatryma. Esta vez la
criatura se apartó y el impacto fue lateral; así
que levanté la llave de nuevo y golpeé la
base del pico.
Algo se rompió, y la cabeza del Diatryma se
echó hacia atrás. Se tambaleó, y luego me
miró con ojos calculadores. Emitió un
chillido tan bajo que más parecía un
gruñido.
Entonces —muy rápido— agitó las plumas
negras, se volvió y se hundió en el bosque.
Me puse la llave en el cinturón y me
arrodillé al lado del Morlock. Estaba
inconsciente. La pierna le sangraba y estaba
aplastada, y el pelo de la espalda estaba
manchado de la saliva del monstruo.
—Bien, mi compañero en el tiempo —le
susurré—, ¡después de todo, quizás hay
ocasiones en que es útil tener a un salvaje
primitivo a mano!
528
Encontré sus gafas en el suelo, las limpié con
la manga, y se las coloqué sobre la cara.
Observé la penumbra del bosque
preguntándome qué hacer a continuación.
Podía haber viajado en el tiempo y a la gran
Esfera de los Morlocks, pero en mi propio
siglo jamás había viajado a ningún país
tropical. Sólo tenía vagos recuerdos de
libros de viaje y otras fuentes populares
para guiarme en mi lucha por la
supervivencia.
Pero al menos, me consolé, ¡los retos que me
aguardaban serían comparativamente
simples! No tendría que encontrarme con
mi yo más joven. No ahora que el coche del
tiempo estaba destruido. Ni tendría que
lidiar con las ambigüedades filosóficas y
morales de la multiplicidad de historias. En
su lugar, sólo tendría que buscar comida,
refugio contra la lluvia y una forma de
protegernos contra las bestias y aves de
aquel tiempo remoto.
529
Decidí que buscar agua fresca debía ser mi
primera misión; incluso dejando de lado las
necesidades del Morlock, mi propia sed me
mataba, ya que no había tomado nada desde
el bombardeo de Londres.
Coloqué al Morlock entre los restos del
coche del tiempo, cerca del tronco. Lo creí
un lugar tan seguro como cualquier otro
para evitar que fuese atacado por los
monstruos de la época. Doblé la chaqueta y
se la puse debajo de la cabeza, para
protegerle de la humedad del suelo, ¡y de
cualquier cosa que se arrastrase y mordiese
que pudiese vivir allí! Entonces, después de
vacilar un poco, saqué la llave del cinturón
y la coloqué sobre el Morlock, para que sus
dedos se agarrasen al mango del arma.
No me sentía bien al quedarme sin armas,
por lo que rebusqué por entre los restos
hasta que encontré una pieza de hierro corta
y la doblé hasta que la pude arrancar de la
estructura. La sopesé en la mano. No tenía
530
la satisfactoria solidez de la llave, pero sería
mejor que nada.
Decidí dirigirme hacia el sonido de agua;
parecía estar en dirección opuesta al sol. Me
puse el trozo de hierro al hombro y me
adentré en el bosque.
2
EL MAR DEL PALEOCENO
No me fue difícil abrirme camino, los
árboles crecían en bases separadas con
mucha tierra en medio. La gruesa y
uniforme bóveda arbórea de hojas y ramas
excluía la luz del sol, aunque eso no parecía
impedir el crecimiento en el suelo.
La bóveda arbórea estaba repleta de vida.
Epífitas —orquídeas y enredaderas—
531
colgaban de la corteza de los árboles y las
lianas caían de las ramas. Había gran
cantidad de aves y colonias de criaturas que
vivían en las ramas: monos y otros primates
(pensé al primer vistazo).
Había una criatura parecida a una marta, de
unas ocho pulgadas de largo, de
articulaciones flexibles y una cola rica y
esponjosa, que emitía un sonido ronco. Otro
animal trepador era bastante grande —
quizá de una yarda de largo—, con garras y
cola prensil. No huyó al verme; en su lugar,
se agarró a la parte baja de una rama y me
miró calculador.
Seguí caminando. La fauna local desconocía
al hombre, pero estaba claro que había
desarrollado fuertes instintos de
autopreservación gracias a la presencia del
Diatryma de Nebogipfel y, sin duda, otros
depredadores, y no se dejarían cazar con
facilidad.
532
A medida que mis ojos se acostumbraban al
fondo boscoso, encontré el camuflaje y el
engaño por todas partes. Una hoja podrida,
por ejemplo, estaba pegada al tronco de un
árbol, o al menos eso pensé, hasta que al
aproximarme la «hoja» desarrolló patas de
insecto y la criatura saltó. Allá, en un
saliente de rocas, vi lo que parecía un
montón de gotas de agua que brillaban
como joyas bajo la luz filtrada. Pero cuando
me incliné para examinarlas, vi que eran
una nidada de escarabajos con caparazones
transparentes. No me sorprendí demasiado
cuando una mancha de guano en un tronco,
blanco sobre negro, desarrolló patas de
araña.
Después de media milla, los árboles se
hicieron más escasos; atravesé un borde de
palmeras y salí a la luz del sol, y una arena
joven y áspera me raspó las botas. Me
encontré en una playa. Más allá de la línea
de arena blanca había una extensión de agua
533
brillante, tan ancha que no podía ver su
orilla opuesta. El sol estaba bajo en el cielo,
pero brillaba con intensidad; podía sentir su
calor sobre el cuello y la cabeza.
En la distancia —a un lado, sobre la larga
playa— vi una familia de pájaros Diatryma.
Los dos adultos se pavoneaban,
envolviendo los cuellos alrededor del otro,
mientras las tres crías se tambaleaban por
los alrededores, saltando y ululando, o se
sentaban en el agua para humedecerse las
plumas. Todo el conjunto, con su plumaje
negro, sus torpes estructuras y alas
minúsculas, parecía cómico, pero los vigilé
con cuidado mientras permanecía allí, ya
que incluso el más pequeño de los jóvenes
tenía tres o cuatro pies de alto y era muy
musculoso.
Me dirigí al borde del agua; mojé los dedos
y probé el líquido. El agua era salada: agua
de mar.
534
Me pareció que el sol se había hundido
todavía más tras el bosque; debía de
descender por el oeste. Por tanto había
caminado una media milla hacia el este a
partir de la posición del coche del tiempo,
por lo que estaba —imaginé— en algún
lugar cerca de la intersección de
Knightsbridge y Sloane Street. ¡Y, en el
Paleoceno, estaba al borde del mar! Miraba
un océano que cubría aparentemente todo
Londres hasta la punta este de Hyde Park.
Quizá, supuse, aquel mar era una extensión
del Mar del Norte o del Canal, que había
penetrado en Londres. Si tenía razón,
habíamos tenido mucha suerte. Si el nivel de
los mares se hubiese incrementado un poco
más, Nebogipfel y yo hubiéramos aparecido
en las profundidades de un océano, y no en
la costa.
Me quité las botas y los calcetines, los até al
cinturón por los cordones, y entré un poco
en el mar. El líquido se cerraba frío
535
alrededor de mis tobillos; tuve la tentación
de mojar la cara en él, pero me resistí, por
miedo a la interacción de la sal con mis
heridas. Encontré una depresión en la arena
que podría formar un charco durante la
marea baja. Allí hundí las manos y conseguí
inmediatamente una colección de criaturas:
bivalvos, gasterópodos y lo que parecían
ostras. Daba la impresión de que había
pocas especies pero muchos individuos en
aquel fértil mar.
Al borde de aquel océano, con los borboteos
de agua alrededor de tobillos y dedos, y con
el sol caliente en el cuello, una gran sensa‐
ción de paz cayó sobre mí. De niño mis
padres me habían llevado de viaje a
Lympne y Dungeness, y yo caminaba hasta
la orilla del mar —al igual que hoy— e
imaginaba que estaba solo en el mundo.
Pero ahora, ¡era casi completamente cierto!
Era sorprendente pensar que ningún barco
navegaba por aquellos mares en ningún
536
lugar del mundo; que no había ciudades
humanas tras la jungla que se hallaba a mi
espalda; de hecho, los únicos rastros de
inteligencia en el planeta éramos yo y el
pobre Morlock herido. Pero no era una idea
terrible; no después de la horrible oscuridad
y caos de 1938, de los que había escapado
recientemente.
Me enderecé. El mar era encantador, ¡pero
no podía vivir de agua salada! Anoté
cuidadosamente el lugar del cual había
salido de la jungla —no tenía intención de
perder a Nebogipfel en la penumbra ar‐
bórea— y caminé descalzo por el borde del
agua, alejándome de la familia Diatryma.
Después de más o menos una milla, llegué a
un arroyo que salía del bosque y bajaba
hacia la playa. Cuando la probé resultó ser
agua dulce, fresca y parecía limpia. Me sentí
aliviado: ¡al menos no moriríamos hoy! Me
eché de rodillas y metí la cabeza y el cuello
en el líquido frío. Bebí a grandes tragos y
537
luego me quité la chaqueta y la camisa para
lavarme cabeza y cuello. La sangre seca,
marrón por estar expuesta al aire, navegó
hacia el mar; cuando me puse en pie me
sentí mucho mejor.
Ahora me enfrentaba al desafío de llevar
aquel tesoro hasta Nebogipfel. Necesitaba
una taza u otro contenedor.
Pasé varios minutos al lado del arroyo
mirándolo confuso. Todo mi ingenio
parecía haberse agotado en mi reciente viaje
por el tiempo, y aquel último puzzle era
demasiado para mi cerebro cansado.
Al final, cogí las botas del cinturón, las lavé
lo mejor que pude y las llené con el agua del
arroyo; así la llevé a través del bosque hasta
el Morlock. Al lavar la cara herida de
Nebogipfel e intentar hacerle beber, me
prometí a mí mismo que al día siguiente
encontraría algo más apropiado como
servicio de mesa que unas viejas botas.
538
El asalto del Diatryma había deformado la
pierna derecha de Nebogipfel; la rodilla
parecía aplastada y el pie descansaba en un
ángulo poco natural. Empleando un
fragmento de la carrocería del coche del
tiempo —no tenía cuchillo— intenté
rudimentariamente afeitar el pelo de las
áreas dañadas. Lavé lo mejor que pude la
carne expuesta: al menos las heridas
superficiales parecía que se habían cerrado,
y no había señales de infección.
En el proceso de mis torpes manipulaciones
—no soy médico— el Morlock, todavía
inconsciente, gruñía y lloriqueaba de dolor,
como un gato.
Una vez que hube limpiado sus heridas,
recorrí la pierna con las manos, pero no
pude detectar ninguna fractura evidente en
la tibia o la pantorrilla. Como ya he dicho
antes, el daño principal parecía estar
localizado en la rodilla y el tobillo; y lo
acepté con desaliento porque, si bien sería
539
capaz de restablecer una tibia rota al tacto,
no había forma en que pudiese tratar los
daños que Nebogipfel había sufrido. Aun
así, rebusqué por entre los restos hasta que
encontré dos secciones rectas de la
estructura. Usé el cuchillo improvisado con
la chaqueta —no me parecía que la prenda
fuese a serme muy útil en aquel clima— y
fabriqué vendas que lavé.
Entonces, con todo mi coraje, enderecé la
pierna y el pie del Morlock. Até la pierna a
los entablillados, y luego, para asegurarme,
a su vez a la otra pierna sana.
Los gritos del Morlock, repetidos por los
árboles, eran un sonido horrible.
Agotado, esa noche cené ostras crudas,
porque no tenía fuerzas para encender
fuego— y me apoyé contra un tronco, cerca
del Morlock, y con la llave de Moses en mis
manos.
540
3
DE CÓMO VIVÍAMOS
Monté el campamento a orillas del mar del
Paleoceno, cerca del arroyo de agua fresca
que había descubierto. Decidí que
estaríamos mejor y más a salvo de ataques
allí, y no en medio del bosque. Construí una
protección del sol para Nebogipfel
empleando trozos del coche del tiempo con
prendas de ropa extendidas entre ellos.
Llevé allí a Nebogipfel en brazos. Pesaba tan
poco como un niño y sólo estaba consciente
a medias; me miraba, indefenso, con las
gafas destrozadas, ¡y me era difícil recordar
que representaba a una especie que había
cruzado el espacio y domesticado el Sol!
El fuego fue mi siguiente prioridad. La
madera disponible —ramas caídas y cosas
541
así— estaba húmeda y mohosa, y la llevé a
la playa para que se secase. Podía encender
una llama con relativa facilidad utilizando
hojas caídas y la chispa de una roca contra
un trozo de metal del coche del tiempo. Al
principio realizaba el ritual de encender
nuevamente el fuego cada mañana, pero
pronto descubrí el sin duda viejo truco de
mantener los carbones ardiendo en la
hoguera durante el día, con lo que era
simple encender el fuego cuando era
necesario.
La convalecencia de Nebogipfel transcurrió
con lentitud. La inconsciencia forzada, para
un miembro de una especie que no duerme,
es grave y perturbadora, y después de
haberse restablecido pasó varios días
sentado a la sombra, pasivo y sin ganas de
hablar. Pero se mostró capaz de comer las
ostras y bivalvos que cogía del mar, aunque
muy renuentemente. Con el tiempo pude
variar la dieta con carne de tortuga cocida,
542
ya que esa criatura era muy abundante a
todo lo largo de la costa. Después de un
poco de práctica, conseguí bajar frutos de las
palmeras de la costa lanzando trozos de
metal y rocas contra las ramas. Los frutos
resultaron muy útiles: su leche y carne
variaban la dieta; y las cáscaras vacías
servían de contenedores para muchos
propósitos; e incluso la fibra marrón que
colgaba de la cáscara podía ser tejida. Sin
embargo los trabajos tan delicados no me
son fáciles, y nunca pude ir más allá de
fabricarme una gorra, de ala muy grande
como la de un coolie.
Sin embargo, a pesar de la munificencia del
mar y las palmeras, nuestra dieta era
monótona. Miraba con envidia las
suculentas criaturas que saltaban, lejos de
mi alcance, por la ramas de los árboles.
Exploré la costa. Muchos tipos de criaturas
habitaban el mundo oceánico. Observé una
sombra grande con forma de diamante que
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supuse sería una raya; y en dos ocasiones
aletas sobresaliendo del agua al menos un
pie, que sólo podían pertenecer a enormes
tiburones.
Entreví una forma ondulada, que
atravesaba la superficie del agua, a una
media milla de la tierra. Distinguí una
mandíbula ancha y abierta repleta de
dientes crueles, con carne blanca de fondo.
La bestia tendría unos cinco pies de largo y
nadaba por medio de ondulaciones de su
cuerpo sinuoso. Se lo conté a Nebogipfel,
quien —utilizando una vez más ese
conjunto enciclopédico de datos que
guardaba en su cráneo— la identificó como
un Champsosaurus: una vieja criatura,
relacionada con el cocodrilo, y de hecho un
superviviente de la época de los
dinosaurios, una época ya olvidada en el
Paleoceno.
Nebogipfel me dijo que en ese periodo los
mamíferos acuáticos de mi siglo —la
544
ballenas, los manatíes y similares— estaban
en medio de su adaptación evolutiva al mar
y todavía vivían como enormes y lentos
animales terrestres. Mantuve los ojos
abiertos en busca de una ballena terrestre
que tomase el sol, porque estaba seguro de
poder cazar un animal tan lento como ése,
pero nunca vi una.
Cuando le quité el entablillado a
Nebogipfel, pude ver que la carne había
sanado. Sin embargo, Nebogipfel probó la
articulación y dijo que no se había arreglado
correctamente. No era una sorpresa, pero
ninguno de los dos podía pensar en una
forma de mejorar la situación. Sin embargo,
después de un tiempo, Nebogipfel pudo
caminar, en cierta forma, con la ayuda de
una muleta hecha con una rama, y se dedicó
a cojear por el campamento como un lagarto
seco.
Pero su ojo —que había destrozado con mi
ataque en el taller no se recuperó, y siguió
545
sin vista, para mi profundo arrepentimiento
y vergüenza.
Al ser un Morlock, el pobre Nebogipfel no
estaba muy confortable bajo la luz diurna
del sol. Por lo que se acostumbró a dormir
de día, dentro del refugio que había
construido, y se movía durante las horas de
oscuridad. Yo seguí a la luz del día, por lo
que cada uno pasaba la mayor parte de sus
horas de trabajo solo. Nos encontrábamos y
hablábamos en el amanecer y al anochecer,
aunque debo admitir que después de unas
pocas semanas de aire puro, calor y trabajo
físico intenso, estaba muy cansando a la
hora de la puesta de sol.
Las palmeras tenían frondas grandes, y
decidí coger algunas para utilizarlas en la
construcción de un refugio mejor. Pero
todos mis esfuerzos por arrojar objetos a los
árboles no lograron hacer caer las palmas, y
no tenía forma de cortar las palmeras. Por lo
tanto, me vi obligado a quitarme los
546
pantalones y trepar por los árboles como un
mono. Una vez arriba, sólo tuve que
arrancar las ramas y tirarlas al suelo. Las
subidas eran agotadoras. Al aire puro del
mar y a la luz del sol, tenía mejor salud y
estaba más robusto; pero no soy joven, y
pronto encontré los límites de mi habilidad
atlética.
Con las palmas construí un refugio más
sustancial, de ramas caídas cubiertas con
palmas. Hice un gran sombrero de palmas
para Nebogipfel. Cuando se sentaba a la
sombra con aquello atado a la barbilla,
desnudo por completo, parecía absurdo.
En lo que a mí respecta, siempre he tenido
la piel pálida, y después de los primeros
días sufría mucho por mi exposición al sol,
y aprendí a ser precavido. La piel se me caía
de la espalda, de los brazos y de la nariz. Me
dejé crecer la barba para protegerme la cara,
pero los labios se me hincharon, y lo peor
fue la intensa quemadura en la calva. Me
547
acostumbré a lavarme las quemaduras y a
llevar el sombrero y lo que quedaba de la
camisa durante todo el día.
Un día, después de un mes de aquello,
mientras me afeitaba (empleaba trozos del
coche del tiempo como cuchilla. y espejo),
comprendí, de pronto, lo mucho que había
cambiado. Mis dientes y ojos brillaban
blancos en una cara marrón, mi estómago
estaba tan plano como en mis días de
universidad y caminaba con un sombrero
de palmas, pantalones cortos y descalzo,
con total naturalidad.
Me volví hacia Nebogipfel.
—¡Mírame! Mis amigos apenas me
reconocerían. Me estoy convirtiendo en un
aborigen.
Su cara sin barbilla no demostró ninguna
expresión.
—Tú eres un aborigen. Esto es Inglaterra,
¿recuerdas?
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Nebogipfel insistió en recuperar los restos
del coche del tiempo del bosque. Podía ver
su lógica, porque en los días siguientes
necesitaríamos todos los trozos de material,
especialmente los metales. Así que
recuperamos el coche, y reunimos los trozos
en un montón sobre la arena. Cuando las
necesidades más urgentes de nuestra super‐
vivencia estuvieron resueltas, Nebogipfel se
dedicó a pasar mucho tiempo con los restos.
Al principio no me interesé demasiado, ya
que suponía que construía un anexo al
refugio, o un arma de caza.
Sin embargo, una mañana, después de que
se durmiese, estudié su proyecto. Había
reconstruido la estructura del coche del
tiempo; había rehecho el suelo, y construido
una jaula de barras a su alrededor, todo
atado con trozos de cable recuperados de la
columna de dirección. Incluso había
encontrado el interruptor azul que cerraba
el circuito de plattnerita.
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Hablé con él cuando se despertó.
—Intentas construir una nueva Máquina del
Tiempo, ¿no?
Hundió los dientes en una fruta.
—No. Reconstruyo una.
—Tu intención está clara. Has reconstruido
la estructura del circuito de plattnerita.
—Como dices, está claro.
—¡Pero es inútil hombre! —Me miré las
manos encallecidas y sangrantes, y me
descubrí resentido por su tarea, mientras yo
luchaba por mantenernos con vida—. No
tenemos plattnerita. La agotamos por
completo, y no tenemos forma de fabricar
más.
—Si construimos una Máquina del Tiempo
—dijo—, podríamos escapar de esta época.
Pero si no la construimos, seguro que no po‐
dremos escapar de aquí.
Gruñí.
—Nebogipfel, creo que deberías aceptar los
hechos. Estamos atrapados, en lo más
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