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Published by snullbug20, 2020-07-14 15:51:44

Las Naves Del Tiempo - Stephen Baxter

espinas. No había ni rastro de Londres: ni si‐


quiera podía apreciar los fantasmas de los


efímeros edificios, y no había señales del


hombre en todo aquel paisaje gris, ni


tampoco de vida animal. Ni siquiera la


forma del paisaje, las colinas y los valles me


era familiar, al haber sido transformada una



y otra vez por los glaciares.


Y ahora —lo vi llegar en un breve fogonazo


de brillo blanco, antes de que nos


alcanzara— el gran hielo apareció de nuevo.


En la oscuridad, maldije y me metí las


manos en los sobacos; tenía insensibles los


dedos de manos y pies, y comencé a temer



la congelación. Cuando los glaciares se


retiraron una vez más, dejaron un paisaje


habitado por la misma variedad de plantas


resistentes, por lo que podía ver, pero con


los contornos alterados: evidentemente, los


intervalos de hielo rehacían el paisaje,


aunque no podía saber si avanzábamos


hacia el pasado o el futuro. Observé cantos


501

rodados mas grandes que un hombre que


parecían migrar por el paisaje, deslizándose


y desviándose; era evidentemente un


extraño efecto de la erosión del paisaje.


—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?


—No demasiado. Quizás unos treinta


minutos.



—¿Y el coche nos lleva al futuro?


—Vamos hacia el pasado —dijo el Morlock.


Volvió el rostro hacia mí, y vi que sus


graciosos movimientos habían quedado


reducidos a gestos bruscos por la paliza que


le había dado—. Estoy bastante seguro. Vi


fragmentos de la recesión de Londres, al



volver a sus orígenes históricos... Del


intervalo entre glaciaciones, yo diría que


viajamos a unos diez mil años por minuto.


—Quizá deberíamos pensar en la forma de


detener el impetuoso viaje del coche en el


tiempo. Si encontramos una época


uniforme...





502

—Creo que no tenemos forma de detener el


viaje del coche.


—¿Qué?


El Morlock extendió las manos —el pelo de


la parte de atrás estaba cubierto de una


ligera capa de escarcha— y nos hundimos


nuevamente en el oscuro sepulcro de hielo,



mientras su voz flotaba en las tinieblas.


—Éste es un vehículo de prueba tosco e


incompleto. La mayoría de los controles e


indicadores está desconectada; los que


tienen conexiones en su mayoría no parecen


operativos. Incluso si supiésemos cómo


alterar su funcionamiento sin dañar el



vehículo, no veo la forma de salir de la


cabina y alcanzar su mecanismo interior.


Otra vez salimos del hielo a la tundra


remodelada. Nebogipfel miró el paisaje


fascinado.


—Piénselo: los fiordos de Escandinavia


todavía no se han formado, y los lagos de






503

Europa y Norteamérica, producto del hielo


fundido, son fantasmas del futuro.


»Ya hemos superado el amanecer de la


historia humana. En África podríamos


encontrar razas de australopitecos, algunas


torpes, otras gráciles, algunas carnívoras,


pero todas con postura bípeda y



características simiescas: un cráneo pequeño


y grandes mandíbulas y dientes.


Una soledad grande y fría cayó sobre mí. Ya


antes me había perdido en el tiempo, pero


nunca, pensé, ¡había sentido una soledad


tan intensa!


¿Sería cierto —podía ser cierto— que



Nebogipfel y yo, en el dañado coche del


tiempo, fuésemos la única llama de la


inteligencia en todo el planeta?


—Así que estamos fuera de control —dije—


. Podríamos no detenernos hasta alcanzar el


principio del tiempo...


—Dudo que lleguemos a eso —dijo


Nebogipfel—. La plattnerita debe de tener


504

una capacidad finita. No puede llevarnos al


pasado eternamente, debe agotarse.


Recemos porque eso suceda antes de que


pasemos por el Ordovícico y el Cámbrico,


antes de una época en que no haya oxígeno


para sobrevivir.


—Una perspectiva alegre —dije—. Y



supongo que las cosas podrían ser peor.


—¿Cómo?


Estiré las piernas y me senté en el suelo frío.


—No tenemos provisiones de ningún tipo.


Ni agua ni comida. Y ambos estamos


heridos. ¡Ni siquiera tenemos ropa de


abrigo! ¿Cuánto tiempo podremos



sobrevivir en esta helada nave del tiempo!


¿Unos días? ¿Menos?


Nebogipfel no contestó.


No soy un hombre que se rinda con


facilidad al destino, e invertí algo de


esfuerzo en estudiar los controles y cables


del vehículo. Pronto descubrí que tenía


razón —no había forma de poder convertir


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aquel montón de componentes en un


vehículo controlable— y mis energías, ya de


por sí reducidas, se agotaron pronto. Volví


a una cierta apatía.


Atravesamos una vez más una glaciación


breve y brutal; y luego penetramos en un


invierno largo y desolado. Las estaciones



todavía traían hielo y nieve sobre la Tierra,


pero la época del hielo permanente


pertenecía ahora al futuro. Vi pocos cambios


en la naturaleza del paisaje, milenios sobre


milenios: quizás había un lento


enriquecimiento en la textura de la masa de


verde que cubría las colinas. Un cráneo



inmenso —me recordó al de un elefante—


apareció en el suelo no lejos del coche,


blanco, pelado y roto. Permaneció lo


suficiente para adivinar su forma, un


segundo o así, antes de desvanecerse tan


rápido como había aparecido.


—Nebogipfel, a propósito de tu cara. Yo...


debes entender...


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Me miró fijamente con el ojo bueno. Vi que


había vuelto a las peculiaridades de


Morlock, dejando atrás la capa de


humanidad que había adoptado.


—¿Qué? ¿Qué debo entender?


—No pretendía hacerte daño.


—Ahora no —dijo con la precisión de un



cirujano—. Pero entonces sí. Las disculpas


son inútiles... absurdas. Eres lo que eres...


pertenecemos a especies diferentes, tan


separadas una de la otra como del


australopiteco.


Me sentí como un animal estúpido, con el


puño manchado otra vez con la sangre de



un Morlock.


—Me avergüenzas —dije.


Agitó la cabeza, un gesto breve y brusco.


—¿Vergüenza? El concepto no tiene sentido


en este contexto.


No debía sentir más vergüenza —quería


decir— que un animal salvaje de la selva. ¿Si


me atacase una criatura así, discutiría con


507

ella la moral del caso? No, sin inteligencia


no podía evitar su comportamiento.


Simplemente me ocuparía de sus actos.


Ante Nebogipfel me había mostrado —¡otra


vez!— como poco mejor que los brutos de


las praderas de África, los precursores del


hombre en aquel desolado periodo.



Me retiré a los bancos de madera. Me tendí,


cubriéndome la cabeza con las manos, y


observé el parpadeo de las eras tras la


puerta abierta del coche.





17


EL OBSERVADOR



El desolado frío invernal pasó, y el cielo


adoptó una textura jaspeada más compleja.


En ocasiones, la banda oscilante del sol


quedaba cubierta por una concha de nubes


oscuras, incluso durante un segundo.


Florecieron nuevas especies de árboles en el


clima templado: por lo que pude ver, tipos


de hoja caduca, robles, álamos, cedros y


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otros. A veces esos antiguos bosques


saltaban sobre el coche, aislándonos en una


penumbra de verde y marrón alternante,


para retirarse, como si se abriese una


cortina.


Habíamos llegado a una época de grandes


movimientos terrestres, dijo Nebogipfel.



Los Alpes y el Himalaya estaban siendo


sacados de la tierra, y volcanes inmensos


lanzaban cenizas y polvo al aire, en


ocasiones oscureciendo el cielo durante


años. En los océanos, dijo el Morlock,


navegaban grandes tiburones, de dientes


como dagas. Y en África, los ancestros de la



humanidad regresaban a una estupidez


primitiva, con cerebros que se reducían,


posturas inclinadas y dedos torpes.


Caímos por aquella época larga y salvaje


durante unas doce horas.


Intenté ignorar el hambre y la sed que me


atenazaban el estómago, mientras los siglos


y los bosques pasaban al lado de la cabina.


509

Aquél era el viaje más largo que había


realizado en el tiempo desde mi huida al


remoto futuro más allá de la historia de


Weena, y el vacío inmenso y fútil —


idénticas todas las horas— comenzó a


deprimirme el alma. Ya el breve desarrollo


de la humanidad no era sino un remoto



punto de luz, alejado en el tiempo; incluso


la distancia entre hombre y Morlock —o


cualquier otra variedad— no era sino una


fracción de la gran distancia que ya


habíamos recorrido.


La inmensidad del tiempo y la pequeñez del


hombre y sus logros me aplastaba; y mis



propias pequeñas preocupaciones parecían


absurdas e insignificantes. La historia de la


humanidad parecía trivial, un momento


fugaz perdido en la oscuridad e ignorancia


de los salones de la eternidad.


La corteza de la Tierra se elevaba como el


pecho de un hombre enfermo, y el coche


subía y bajaba según lo hiciese el paisaje;


510

parecía el oleaje de un inmenso mar. La


vegetación se hacía más exuberante y verde,


y nuevos bosques se apretaban contra el


coche —pensé que ya debían de ser árboles


de hoja caduca, aunque las flores y las hojas


no eran sino un mancha uniforme de verde


debido a la velocidad— y el aire se hizo más



cálido.


El dolor de aquellos eones helados


abandonó finalmente mis dedos, y me quité


la chaqueta y me aflojé los botones de la


camisa; abandoné las botas y reactivé la


circulación de mis pies. La insignia de


seguridad de Barnes Wallis se cayó de la



chaqueta. La recogí, aquel pequeño símbolo


de la sospecha de los hombres para con sus


semejantes, ¡y creo que no hubiese podido


encontrar, entre aquella vegetación prístina,


un símbolo más perfecto de las estrecheces


y absurdos con que los hombres


malgastaban sus energías! Arrojé la insignia


a la esquina más oscura del coche.


511

Las largas horas, suspendido bajo la


cubierta vegetal, pasaron con más lentitud


que nunca, y dormí durante un rato.


Cuando desperté, la calidad de la


vegetación que me rodeaba parecía haber


cambiado


—era más translúcida, con algo del tono de



la plattnerita, y me pareció ver las


estrellas—, era como estar inmerso en


esmeraldas y no en hojas.


Entonces lo vi: flotaba en el aire húmedo de


la cabina, inmune al balanceo del coche, con


ojos inmensos, la boca carnosa en forma de


«V», y aquellos tentáculos articulados que



descendían pero no llegaban a tocar el suelo.


No era un fantasma —no podía ver a su


través el bosque que había detrás— y era tan


real como yo, Nebogipfel o las botas que


había colocado en el banco.


El Observador me miró fría y


analíticamente.






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No sentí temor. Me acerqué a él, pero se


alejó en el aire. No tenía duda de que sus


ojos verdes estaban fijos en mi cara.


—¿Quién es? —pregunté— ¿Puede


ayudarnos?


Si podía oírme, no respondió. Pero la luz ya


cambiaba; la luminosidad del aire



desaparecía y volvía a ver el verde vegetal.


Sentí, entonces, un giro —el gran cráneo era


como un juguete, rotando sobre su eje— y


desapareció.


Nebogipfel caminó hacia mí, los largos pies


pasaban por encima de las aristas del suelo.


Se había quitado las ropas del siglo



diecinueve e iba desnudo, exceptuando las


gafas rotas y la capa de pelo blanco en su


espalda, ahora enredada y grande.


—¿Qué pasa? ¿Estás enfermo?


Le hablé del Observador, pero no había


visto nada. Volví a descansar en el banco,


sin saber si lo que había visto era real o un


sueño persistente.


513

El calor era opresivo, y el aire de la cabina se


cargaba.


Pensé en Gödel y Moses.


Aquel hombre poco atractivo, Gödel, había


deducido la existencia de múltiples historias


sólo a partir de principios ontológicos,


¡mientras que yo, pobre tonto, había



necesitado de varios viajes en el tiempo


antes de que se me ocurriera la posibilidad!


Pero ahora aquel hombre que había


conjurado su magnífico sueño de un Mundo


Final, un mundo en el que estuviesen claras


todas las respuestas, yacía aplastado y roto


bajo los escombros, asesinado por la



intransigencia y estupidez de sus


compañeros humanos.


Y en lo que respecta a Moses, simplemente


le lloraba. Era una desolación similar a la


que podría sentirse por la muerte de un


niño, creo, o un hermano menor. Moses


había muerto a los veintiséis; y ¡aun así yo


—la misma persona— seguía respirando a


514

los cuarenta y cuatro! Mi pasado había


desaparecido; era como si el suelo se


hubiese evaporado dejándome colgado en


el aire. Pero aún más, yo había conocido a


Moses, aunque brevemente, como una


persona por derecho propio. Era alegre,


errático, impulsivo, un poco absurdo —



¡como yo!— y muy agradable.


¡Era otra muerte en mis manos!


Todas las charlas de Nebogipfel sobre la


multiplicidad de los mundos —todos los


posibles argumentos de que el Moses que yo


había conocido no estaba destinado,


finalmente, a ser yo, sino otra variante de



mí—, nada de eso planteaba ninguna


diferencia en la forma en que me sentía.


Mis pensamientos se disolvieron en


fragmentos medio coherentes —luché por


mantener los ojos abiertos, temiendo no


volver a despertar—, pero una vez más,


consumido por la confusión y la pena,


dormí.


515

Me despertó mi nombre, pronunciado en la


forma líquida y gutural de los Morlocks. El


aire estaba tan cargado como antes, y un


nuevo dolor, producido por el calor y la


falta de oxígeno, buscaba hueco en mi


cerebro enfrentado a los residuos de heridas


pasadas.



Los ojos destrozados de Nebogipfel eran


enormes en aquel ambiente arbóreo.


—Mira a tu alrededor—dijo.


La vegetación se apretaba con la misma


persistencia que antes —y aun ahora la


textura parecía diferente—. Descubrí que —


con cuidado— podía seguir la evolución de



una sola hoja en las ramas repletas. Cada


hoja surgía del polvo, se marchitaba a la


inversa, y se replegaba a su yema en menos


de un segundo.


—Vamos más despacio —articulé.


—Sí. Creo que la plattnerita pierde potencia.


¡Dije una oración de agradecimiento, ya que


mis fuerzas se habían recuperado lo


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suficiente y ya no quería morir en una


pradera rocosa sin aire en el amanecer de la


Tierra!


—¿Sabes dónde estamos?





—En algún momento del Paleoceno. Hemos


viajado veinte horas. Debemos de estar unos



cincuenta millones de años antes del pre‐


sente ....


—¿El presente de quién? ¿El mío, 1891, o el


tuyo?


Se tocó la sangre que tenía en 1a cara.


—En estas escalas de tiempo apenas


importa.



El crecimiento de las hojas y la floración era


ahora muy lento —casi majestuoso—.


Distinguí un parpadeo, una intrusión


inestable de mayor oscuridad, superpuesta


al verde general.


—Puedo distinguir el día de la noche —


dije—. Nos detenemos.






517

—Sí. —El Morlock se sentó en el banco


frente a mí y se agarró al borde con sus


largos dedos. Me pregunté si tenía miedo;


¡tenía todo el derecho a tenerlo! Creí


apreciar un movimiento en el suelo del co‐


che, un abultamiento bajo el banco de


Nebogipfel.



—¿Qué hacemos?


Movió la cabeza.


—Tenemos que esperar a lo que suceda. No


estamos en una situación controlada...


El aleteo de días y noches se redujo más aún,


hasta que se convirtió en un pulso fijo a


nuestro alrededor, como el latido de un



corazón. El suelo crujió, y vi aparecer


marcas en el acero...


¡De pronto lo entendí!


Grité:


—¡Cuidado! —Me levanté, me eché hacia


delante y agarré a Nebogipfel por los


hombros. No se resistió. Lo levanté como si






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fuese un niño enclenque y peludo, y caímos


hacia atrás ...


... y un árbol apareció en el aire frente a mí,


rasgando el metal del coche como si fuese de


papel. Una rama inmensa se disparó hacia


los controles como el brazo de un hombre de


madera enorme y decidido, y destrozó el



panel frontal.


¡Estaba claro que llegábamos a un espacio


ocupado por aquel árbol en aquella remota


era!


Caí hacia atrás sobre un banco, sosteniendo


a Nebogipfel. El árbol se encogió un poco al


retroceder hacia el momento de su



nacimiento. El aleteo de noche y día se hizo


aún más lento, aún más pesado. El tronco se


redujo todavía más; y entonces, con un


crujido inmenso, la cabina del coche se


partió en dos, rota desde el interior como


una cáscara de huevo.










519

Tuve que soltar a Nebogipfel, y el Morlock


y yo caímos sobre la tierra suave y húmeda,


en medio de una lluvia de metal y madera.















































































520

LIBRO CUATRO


El mar del Paleoceno






521

1





DIATRYMA GIGANTICA





Me encontré de espaldas, mirando el árbol


que había atravesado el coche del tiempo.


Oía cerca la respiración de Nebogipfel, pero



no podía verle.


El árbol, congelado ahora en el tiempo, se


elevaba para unirse a sus compañeros en un


dosel arbóreo grueso y uniforme sobre


nosotros, y los retoños y plántulas brotaban


de la tierra alrededor de su base y a través


de los fragmentos del coche. El calor era



intenso, el aire húmedo y pesado para mis


pulmones, y el mundo a mi alrededor estaba


lleno de los ruidos, vibraciones y suspiros


de la jungla, todo sobre un retumbar


profundo y rico que me hizo sospechar la


presencia cercana de un gran cuerpo de


agua: ya fuese un río —alguna versión


primitiva del Támesis— o un mar.


522

¡Era más parecido al trópico que a


Inglaterra!


Mientras estaba allí tendido y mirando, un


animal bajó gateando por el tronco hacia


nosotros. Era parecido a una ardilla, de unas


diez pulgadas de largo, pero tenía la piel


ancha y suelta, y colgada de su cuerpo como



una capa. Llevaba fruta en las mandíbulas.


A diez pies del suelo la criatura nos vio;


inclinó la cabeza, abrió la boca —dejó caer la


fruta— y chilló. Vi que sus incisivos tenían


la punta dividida en cinco. Saltó


directamente del tronco. Extendió brazos y


piernas y la capa de piel se abrió de golpe,



convirtiendo al animal en una cometa


cubierta de piel. Voló hacia las sombras y


desapareció de mi vista.


—Vaya una bienvenida —dije con un


jadeo—. Era como un lémur volador. ¿Pero


viste sus dientes?


Nebogipfel, todavía fuera de mi vista,


contestó.


523

—Era un Planetatherium. Y el árbol es un


dipterocarpo, no demasiado diferente de la


especie que sobrevivirá en los bosques de


nuestros días.


Hundí la mano en el humus del suelo —


estaba podrido y era resbaladizo— y luché


por darme la vuelta para verle.



—Nebogipfel, ¿estás herido?


El Morlock yacía de lado, con la cabeza


doblada para mirar al cielo.


—No estoy herido —susurró—. Propongo


que empecemos a buscar...


Pero yo no escuchaba; porque había visto —


detrás de él— una cabeza con pico, del



tamaño de la de un caballo, que se abría


paso a través del follaje, ¡y que se dirigía


hacia el frágil cuerpo del Morlock!


Durante un instante me paralizó la sorpresa.


El pico curvo se abrió de golpe, los ojos


redondos se fijaron en mí con todos los sig‐


nos de la inteligencia.






524

Entonces, con un fuerte picado, la gran


cabeza se hundió y cerró el pico alrededor


de la pierna del Morlock. Nebogipfel gritó,


y sus pequeños dedos arañaron la tierra, y


trozos de hojas se le pegaron al pelo.


Me eché hacia atrás y acabé con la espalda


contra un tronco.



Ahora, con un crujido de ramas rotas, el


cuerpo de la bestia salió de la vegetación


ante mi vista. Tenía unos siete pies de alto,


y estaba cubierto de plumas negras y


escamosas; las patas eran robustas, con pies


fuertes, y estaban cubiertas de una piel


amarilla y arrugada. Unas alas residuales,



desproporcionadamente pequeñas para el


inmenso torso, golpeaban el aire. El pájaro


tiró de la cabeza arrastrando al pobre


Morlock por el suelo.


—¡Nebogipfel!


—Es un Diatryma —gritó—. Un Diatryma


Gigantica, yo... ¡oh!






525

—No me importa su filogenia —grité—,


¡huye!


—Me temo... no puedo... ¡oh!


Una vez más, sus palabras se convirtieron


en un aullido inarticulado de angustia.


Ahora la criatura giraba la cabeza de lado a


lado. Vi que intentaba golpear el cráneo del



Morlock contra un árbol, ¡sin duda como


paso preliminar para comerse su pálida


carne!


Necesitaba un arma, y sólo pude pensar en


la llave inglesa de Moses. Me puse en pie y


rebusqué por entre los restos del coche del


tiempo. Había cantidad de tornillos, paneles



y cables, y el acero y la madera pulida de


1938 parecían extrañamente fuera de lugar


en aquel bosque antiguo. ¡No podía ver la


llave! Hundí los brazos, hasta los codos, en


la cubierta del suelo. Me llevó muchos y


agónicos segundos de búsqueda, mientras


el Diatryma arrastraba todavía más su presa


hacia el bosque.


526

¡Al fin la encontré! Mi mano derecha salió


del humus sosteniendo la llave.


Con un rugido, levanté la llave hasta el


hombro y corrí. Los ojos del Diatryma me


miraban al acercarme —redujo sus golpes—


, pero no soltó la pierna de Nebogipfel. Por


supuesto, nunca antes había visto a un



hombre; dudaba que hubiese entendido que


yo podía ser una amenaza. Cargué, e intenté


ignorar la horrible piel escamosa alrededor


de las garras de las patas, la inmensidad del


pico y el aliento a carne podrida que


desprendía.


Como un golpe de criquet, hendí el mazo en



la cabeza del Diatryma. Las plumas y la


carne amortiguaron el golpe, pero sentí la


agradable colisión contra el hueso.


El pájaro abrió el pico, soltando al Morlock,


y chilló; un sonido como el del metal


rompiéndose. El inmenso pico estaba ahora


encima de mí, y todos mis instintos me


decían que corriese, pero sabía que si lo


527

hacía los dos estaríamos acabados. Volví a


levantar la llave sobre la cabeza, y golpeé


contra el cráneo del Diatryma. Esta vez la


criatura se apartó y el impacto fue lateral; así


que levanté la llave de nuevo y golpeé la


base del pico.


Algo se rompió, y la cabeza del Diatryma se



echó hacia atrás. Se tambaleó, y luego me


miró con ojos calculadores. Emitió un


chillido tan bajo que más parecía un


gruñido.


Entonces —muy rápido— agitó las plumas


negras, se volvió y se hundió en el bosque.


Me puse la llave en el cinturón y me



arrodillé al lado del Morlock. Estaba


inconsciente. La pierna le sangraba y estaba


aplastada, y el pelo de la espalda estaba


manchado de la saliva del monstruo.


—Bien, mi compañero en el tiempo —le


susurré—, ¡después de todo, quizás hay


ocasiones en que es útil tener a un salvaje


primitivo a mano!


528

Encontré sus gafas en el suelo, las limpié con


la manga, y se las coloqué sobre la cara.


Observé la penumbra del bosque


preguntándome qué hacer a continuación.


Podía haber viajado en el tiempo y a la gran


Esfera de los Morlocks, pero en mi propio


siglo jamás había viajado a ningún país



tropical. Sólo tenía vagos recuerdos de


libros de viaje y otras fuentes populares


para guiarme en mi lucha por la


supervivencia.


Pero al menos, me consolé, ¡los retos que me


aguardaban serían comparativamente


simples! No tendría que encontrarme con



mi yo más joven. No ahora que el coche del


tiempo estaba destruido. Ni tendría que


lidiar con las ambigüedades filosóficas y


morales de la multiplicidad de historias. En


su lugar, sólo tendría que buscar comida,


refugio contra la lluvia y una forma de


protegernos contra las bestias y aves de


aquel tiempo remoto.


529

Decidí que buscar agua fresca debía ser mi


primera misión; incluso dejando de lado las


necesidades del Morlock, mi propia sed me


mataba, ya que no había tomado nada desde


el bombardeo de Londres.


Coloqué al Morlock entre los restos del


coche del tiempo, cerca del tronco. Lo creí



un lugar tan seguro como cualquier otro


para evitar que fuese atacado por los


monstruos de la época. Doblé la chaqueta y


se la puse debajo de la cabeza, para


protegerle de la humedad del suelo, ¡y de


cualquier cosa que se arrastrase y mordiese


que pudiese vivir allí! Entonces, después de



vacilar un poco, saqué la llave del cinturón


y la coloqué sobre el Morlock, para que sus


dedos se agarrasen al mango del arma.


No me sentía bien al quedarme sin armas,


por lo que rebusqué por entre los restos


hasta que encontré una pieza de hierro corta


y la doblé hasta que la pude arrancar de la


estructura. La sopesé en la mano. No tenía


530

la satisfactoria solidez de la llave, pero sería


mejor que nada.


Decidí dirigirme hacia el sonido de agua;


parecía estar en dirección opuesta al sol. Me


puse el trozo de hierro al hombro y me


adentré en el bosque.















2





EL MAR DEL PALEOCENO






No me fue difícil abrirme camino, los


árboles crecían en bases separadas con


mucha tierra en medio. La gruesa y


uniforme bóveda arbórea de hojas y ramas


excluía la luz del sol, aunque eso no parecía


impedir el crecimiento en el suelo.


La bóveda arbórea estaba repleta de vida.


Epífitas —orquídeas y enredaderas—


531

colgaban de la corteza de los árboles y las


lianas caían de las ramas. Había gran


cantidad de aves y colonias de criaturas que


vivían en las ramas: monos y otros primates


(pensé al primer vistazo).


Había una criatura parecida a una marta, de


unas ocho pulgadas de largo, de



articulaciones flexibles y una cola rica y


esponjosa, que emitía un sonido ronco. Otro


animal trepador era bastante grande —


quizá de una yarda de largo—, con garras y


cola prensil. No huyó al verme; en su lugar,


se agarró a la parte baja de una rama y me


miró calculador.



Seguí caminando. La fauna local desconocía


al hombre, pero estaba claro que había


desarrollado fuertes instintos de


autopreservación gracias a la presencia del


Diatryma de Nebogipfel y, sin duda, otros


depredadores, y no se dejarían cazar con


facilidad.






532

A medida que mis ojos se acostumbraban al


fondo boscoso, encontré el camuflaje y el


engaño por todas partes. Una hoja podrida,


por ejemplo, estaba pegada al tronco de un


árbol, o al menos eso pensé, hasta que al


aproximarme la «hoja» desarrolló patas de


insecto y la criatura saltó. Allá, en un



saliente de rocas, vi lo que parecía un


montón de gotas de agua que brillaban


como joyas bajo la luz filtrada. Pero cuando


me incliné para examinarlas, vi que eran


una nidada de escarabajos con caparazones


transparentes. No me sorprendí demasiado


cuando una mancha de guano en un tronco,



blanco sobre negro, desarrolló patas de


araña.


Después de media milla, los árboles se


hicieron más escasos; atravesé un borde de


palmeras y salí a la luz del sol, y una arena


joven y áspera me raspó las botas. Me


encontré en una playa. Más allá de la línea


de arena blanca había una extensión de agua


533

brillante, tan ancha que no podía ver su


orilla opuesta. El sol estaba bajo en el cielo,


pero brillaba con intensidad; podía sentir su


calor sobre el cuello y la cabeza.


En la distancia —a un lado, sobre la larga


playa— vi una familia de pájaros Diatryma.


Los dos adultos se pavoneaban,



envolviendo los cuellos alrededor del otro,


mientras las tres crías se tambaleaban por


los alrededores, saltando y ululando, o se


sentaban en el agua para humedecerse las


plumas. Todo el conjunto, con su plumaje


negro, sus torpes estructuras y alas


minúsculas, parecía cómico, pero los vigilé



con cuidado mientras permanecía allí, ya


que incluso el más pequeño de los jóvenes


tenía tres o cuatro pies de alto y era muy


musculoso.


Me dirigí al borde del agua; mojé los dedos


y probé el líquido. El agua era salada: agua


de mar.






534

Me pareció que el sol se había hundido


todavía más tras el bosque; debía de


descender por el oeste. Por tanto había


caminado una media milla hacia el este a


partir de la posición del coche del tiempo,


por lo que estaba —imaginé— en algún


lugar cerca de la intersección de



Knightsbridge y Sloane Street. ¡Y, en el


Paleoceno, estaba al borde del mar! Miraba


un océano que cubría aparentemente todo


Londres hasta la punta este de Hyde Park.


Quizá, supuse, aquel mar era una extensión


del Mar del Norte o del Canal, que había


penetrado en Londres. Si tenía razón,



habíamos tenido mucha suerte. Si el nivel de


los mares se hubiese incrementado un poco


más, Nebogipfel y yo hubiéramos aparecido


en las profundidades de un océano, y no en


la costa.


Me quité las botas y los calcetines, los até al


cinturón por los cordones, y entré un poco


en el mar. El líquido se cerraba frío


535

alrededor de mis tobillos; tuve la tentación


de mojar la cara en él, pero me resistí, por


miedo a la interacción de la sal con mis


heridas. Encontré una depresión en la arena


que podría formar un charco durante la


marea baja. Allí hundí las manos y conseguí


inmediatamente una colección de criaturas:



bivalvos, gasterópodos y lo que parecían


ostras. Daba la impresión de que había


pocas especies pero muchos individuos en


aquel fértil mar.


Al borde de aquel océano, con los borboteos


de agua alrededor de tobillos y dedos, y con


el sol caliente en el cuello, una gran sensa‐



ción de paz cayó sobre mí. De niño mis


padres me habían llevado de viaje a


Lympne y Dungeness, y yo caminaba hasta


la orilla del mar —al igual que hoy— e


imaginaba que estaba solo en el mundo.


Pero ahora, ¡era casi completamente cierto!


Era sorprendente pensar que ningún barco


navegaba por aquellos mares en ningún


536

lugar del mundo; que no había ciudades


humanas tras la jungla que se hallaba a mi


espalda; de hecho, los únicos rastros de


inteligencia en el planeta éramos yo y el


pobre Morlock herido. Pero no era una idea


terrible; no después de la horrible oscuridad


y caos de 1938, de los que había escapado



recientemente.


Me enderecé. El mar era encantador, ¡pero


no podía vivir de agua salada! Anoté


cuidadosamente el lugar del cual había


salido de la jungla —no tenía intención de


perder a Nebogipfel en la penumbra ar‐


bórea— y caminé descalzo por el borde del



agua, alejándome de la familia Diatryma.


Después de más o menos una milla, llegué a


un arroyo que salía del bosque y bajaba


hacia la playa. Cuando la probé resultó ser


agua dulce, fresca y parecía limpia. Me sentí


aliviado: ¡al menos no moriríamos hoy! Me


eché de rodillas y metí la cabeza y el cuello


en el líquido frío. Bebí a grandes tragos y


537

luego me quité la chaqueta y la camisa para


lavarme cabeza y cuello. La sangre seca,


marrón por estar expuesta al aire, navegó


hacia el mar; cuando me puse en pie me


sentí mucho mejor.


Ahora me enfrentaba al desafío de llevar


aquel tesoro hasta Nebogipfel. Necesitaba



una taza u otro contenedor.


Pasé varios minutos al lado del arroyo


mirándolo confuso. Todo mi ingenio


parecía haberse agotado en mi reciente viaje


por el tiempo, y aquel último puzzle era


demasiado para mi cerebro cansado.


Al final, cogí las botas del cinturón, las lavé



lo mejor que pude y las llené con el agua del


arroyo; así la llevé a través del bosque hasta


el Morlock. Al lavar la cara herida de


Nebogipfel e intentar hacerle beber, me


prometí a mí mismo que al día siguiente


encontraría algo más apropiado como


servicio de mesa que unas viejas botas.






538

El asalto del Diatryma había deformado la


pierna derecha de Nebogipfel; la rodilla


parecía aplastada y el pie descansaba en un


ángulo poco natural. Empleando un


fragmento de la carrocería del coche del


tiempo —no tenía cuchillo— intenté


rudimentariamente afeitar el pelo de las



áreas dañadas. Lavé lo mejor que pude la


carne expuesta: al menos las heridas


superficiales parecía que se habían cerrado,


y no había señales de infección.


En el proceso de mis torpes manipulaciones


—no soy médico— el Morlock, todavía


inconsciente, gruñía y lloriqueaba de dolor,



como un gato.


Una vez que hube limpiado sus heridas,


recorrí la pierna con las manos, pero no


pude detectar ninguna fractura evidente en


la tibia o la pantorrilla. Como ya he dicho


antes, el daño principal parecía estar


localizado en la rodilla y el tobillo; y lo


acepté con desaliento porque, si bien sería


539

capaz de restablecer una tibia rota al tacto,


no había forma en que pudiese tratar los


daños que Nebogipfel había sufrido. Aun


así, rebusqué por entre los restos hasta que


encontré dos secciones rectas de la


estructura. Usé el cuchillo improvisado con


la chaqueta —no me parecía que la prenda



fuese a serme muy útil en aquel clima— y


fabriqué vendas que lavé.


Entonces, con todo mi coraje, enderecé la


pierna y el pie del Morlock. Até la pierna a


los entablillados, y luego, para asegurarme,


a su vez a la otra pierna sana.


Los gritos del Morlock, repetidos por los



árboles, eran un sonido horrible.


Agotado, esa noche cené ostras crudas,


porque no tenía fuerzas para encender


fuego— y me apoyé contra un tronco, cerca


del Morlock, y con la llave de Moses en mis


manos.








540

3





DE CÓMO VIVÍAMOS





Monté el campamento a orillas del mar del



Paleoceno, cerca del arroyo de agua fresca


que había descubierto. Decidí que


estaríamos mejor y más a salvo de ataques


allí, y no en medio del bosque. Construí una


protección del sol para Nebogipfel


empleando trozos del coche del tiempo con


prendas de ropa extendidas entre ellos.



Llevé allí a Nebogipfel en brazos. Pesaba tan


poco como un niño y sólo estaba consciente


a medias; me miraba, indefenso, con las


gafas destrozadas, ¡y me era difícil recordar


que representaba a una especie que había


cruzado el espacio y domesticado el Sol!


El fuego fue mi siguiente prioridad. La


madera disponible —ramas caídas y cosas


541

así— estaba húmeda y mohosa, y la llevé a


la playa para que se secase. Podía encender


una llama con relativa facilidad utilizando


hojas caídas y la chispa de una roca contra


un trozo de metal del coche del tiempo. Al


principio realizaba el ritual de encender


nuevamente el fuego cada mañana, pero



pronto descubrí el sin duda viejo truco de


mantener los carbones ardiendo en la


hoguera durante el día, con lo que era


simple encender el fuego cuando era


necesario.


La convalecencia de Nebogipfel transcurrió


con lentitud. La inconsciencia forzada, para



un miembro de una especie que no duerme,


es grave y perturbadora, y después de


haberse restablecido pasó varios días


sentado a la sombra, pasivo y sin ganas de


hablar. Pero se mostró capaz de comer las


ostras y bivalvos que cogía del mar, aunque


muy renuentemente. Con el tiempo pude


variar la dieta con carne de tortuga cocida,


542

ya que esa criatura era muy abundante a


todo lo largo de la costa. Después de un


poco de práctica, conseguí bajar frutos de las


palmeras de la costa lanzando trozos de


metal y rocas contra las ramas. Los frutos


resultaron muy útiles: su leche y carne


variaban la dieta; y las cáscaras vacías



servían de contenedores para muchos


propósitos; e incluso la fibra marrón que


colgaba de la cáscara podía ser tejida. Sin


embargo los trabajos tan delicados no me


son fáciles, y nunca pude ir más allá de


fabricarme una gorra, de ala muy grande


como la de un coolie.



Sin embargo, a pesar de la munificencia del


mar y las palmeras, nuestra dieta era


monótona. Miraba con envidia las


suculentas criaturas que saltaban, lejos de


mi alcance, por la ramas de los árboles.


Exploré la costa. Muchos tipos de criaturas


habitaban el mundo oceánico. Observé una


sombra grande con forma de diamante que


543

supuse sería una raya; y en dos ocasiones


aletas sobresaliendo del agua al menos un


pie, que sólo podían pertenecer a enormes


tiburones.


Entreví una forma ondulada, que


atravesaba la superficie del agua, a una


media milla de la tierra. Distinguí una



mandíbula ancha y abierta repleta de


dientes crueles, con carne blanca de fondo.


La bestia tendría unos cinco pies de largo y


nadaba por medio de ondulaciones de su


cuerpo sinuoso. Se lo conté a Nebogipfel,


quien —utilizando una vez más ese


conjunto enciclopédico de datos que



guardaba en su cráneo— la identificó como


un Champsosaurus: una vieja criatura,


relacionada con el cocodrilo, y de hecho un


superviviente de la época de los


dinosaurios, una época ya olvidada en el


Paleoceno.


Nebogipfel me dijo que en ese periodo los


mamíferos acuáticos de mi siglo —la


544

ballenas, los manatíes y similares— estaban


en medio de su adaptación evolutiva al mar


y todavía vivían como enormes y lentos


animales terrestres. Mantuve los ojos


abiertos en busca de una ballena terrestre


que tomase el sol, porque estaba seguro de


poder cazar un animal tan lento como ése,



pero nunca vi una.


Cuando le quité el entablillado a


Nebogipfel, pude ver que la carne había


sanado. Sin embargo, Nebogipfel probó la


articulación y dijo que no se había arreglado


correctamente. No era una sorpresa, pero


ninguno de los dos podía pensar en una



forma de mejorar la situación. Sin embargo,


después de un tiempo, Nebogipfel pudo


caminar, en cierta forma, con la ayuda de


una muleta hecha con una rama, y se dedicó


a cojear por el campamento como un lagarto


seco.


Pero su ojo —que había destrozado con mi


ataque en el taller no se recuperó, y siguió


545

sin vista, para mi profundo arrepentimiento


y vergüenza.


Al ser un Morlock, el pobre Nebogipfel no


estaba muy confortable bajo la luz diurna


del sol. Por lo que se acostumbró a dormir


de día, dentro del refugio que había


construido, y se movía durante las horas de



oscuridad. Yo seguí a la luz del día, por lo


que cada uno pasaba la mayor parte de sus


horas de trabajo solo. Nos encontrábamos y


hablábamos en el amanecer y al anochecer,


aunque debo admitir que después de unas


pocas semanas de aire puro, calor y trabajo


físico intenso, estaba muy cansando a la



hora de la puesta de sol.


Las palmeras tenían frondas grandes, y


decidí coger algunas para utilizarlas en la


construcción de un refugio mejor. Pero


todos mis esfuerzos por arrojar objetos a los


árboles no lograron hacer caer las palmas, y


no tenía forma de cortar las palmeras. Por lo


tanto, me vi obligado a quitarme los


546

pantalones y trepar por los árboles como un


mono. Una vez arriba, sólo tuve que


arrancar las ramas y tirarlas al suelo. Las


subidas eran agotadoras. Al aire puro del


mar y a la luz del sol, tenía mejor salud y


estaba más robusto; pero no soy joven, y


pronto encontré los límites de mi habilidad



atlética.


Con las palmas construí un refugio más


sustancial, de ramas caídas cubiertas con


palmas. Hice un gran sombrero de palmas


para Nebogipfel. Cuando se sentaba a la


sombra con aquello atado a la barbilla,


desnudo por completo, parecía absurdo.



En lo que a mí respecta, siempre he tenido


la piel pálida, y después de los primeros


días sufría mucho por mi exposición al sol,


y aprendí a ser precavido. La piel se me caía


de la espalda, de los brazos y de la nariz. Me


dejé crecer la barba para protegerme la cara,


pero los labios se me hincharon, y lo peor


fue la intensa quemadura en la calva. Me


547

acostumbré a lavarme las quemaduras y a


llevar el sombrero y lo que quedaba de la


camisa durante todo el día.


Un día, después de un mes de aquello,


mientras me afeitaba (empleaba trozos del


coche del tiempo como cuchilla. y espejo),


comprendí, de pronto, lo mucho que había



cambiado. Mis dientes y ojos brillaban


blancos en una cara marrón, mi estómago


estaba tan plano como en mis días de


universidad y caminaba con un sombrero


de palmas, pantalones cortos y descalzo,


con total naturalidad.


Me volví hacia Nebogipfel.



—¡Mírame! Mis amigos apenas me


reconocerían. Me estoy convirtiendo en un


aborigen.


Su cara sin barbilla no demostró ninguna


expresión.


—Tú eres un aborigen. Esto es Inglaterra,


¿recuerdas?






548

Nebogipfel insistió en recuperar los restos


del coche del tiempo del bosque. Podía ver


su lógica, porque en los días siguientes


necesitaríamos todos los trozos de material,


especialmente los metales. Así que


recuperamos el coche, y reunimos los trozos


en un montón sobre la arena. Cuando las



necesidades más urgentes de nuestra super‐


vivencia estuvieron resueltas, Nebogipfel se


dedicó a pasar mucho tiempo con los restos.


Al principio no me interesé demasiado, ya


que suponía que construía un anexo al


refugio, o un arma de caza.


Sin embargo, una mañana, después de que



se durmiese, estudié su proyecto. Había


reconstruido la estructura del coche del


tiempo; había rehecho el suelo, y construido


una jaula de barras a su alrededor, todo


atado con trozos de cable recuperados de la


columna de dirección. Incluso había


encontrado el interruptor azul que cerraba


el circuito de plattnerita.


549

Hablé con él cuando se despertó.


—Intentas construir una nueva Máquina del


Tiempo, ¿no?


Hundió los dientes en una fruta.


—No. Reconstruyo una.


—Tu intención está clara. Has reconstruido


la estructura del circuito de plattnerita.



—Como dices, está claro.


—¡Pero es inútil hombre! —Me miré las


manos encallecidas y sangrantes, y me


descubrí resentido por su tarea, mientras yo


luchaba por mantenernos con vida—. No


tenemos plattnerita. La agotamos por


completo, y no tenemos forma de fabricar



más.


—Si construimos una Máquina del Tiempo


—dijo—, podríamos escapar de esta época.


Pero si no la construimos, seguro que no po‐


dremos escapar de aquí.


Gruñí.


—Nebogipfel, creo que deberías aceptar los


hechos. Estamos atrapados, en lo más


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