—¿Cómo has entrado aquí? ¡Lorren se va a poner hecho un basilisco! ¿Quieres
que nos expulsen a los dos?
—A ti no te expulsarían por esto —dije con desenvoltura—. Como mucho,
pueden acusarte de connivencia. Y por eso no pueden expulsarte. Seguramente solo te
multarían, porque a las mujeres no os azotan. —Moví un poco los hombros, y noté el
tirón de los puntos de la espalda—. Lo cual, si te interesa mi opinión, no me parece
del todo justo.
—¿Cómo has entrado? —repitió Fela—. ¿Te has colado por el mostrador sin que
te vieran?
—Será mejor que no lo sepas —dije, saliéndome por la tangente.
Había entrado por Trapo, por supuesto. Nada más oler a cuero viejo y a polvo,
supe que estaba cerca. Oculta en el laberinto de túneles había una puerta que
conducía directamente al nivel inferior del Archivo. Estaba allí para que los
secretarios tuvieran un fácil acceso al sistema de ventilación. La puerta estaba cerrada
con llave, por supuesto, pero las puertas cerradas nunca han sido un gran obstáculo
para mí. Lo siento.
Sin embargo, no le conté nada de eso a Fela. Sabía que mi ruta secreta solo
funcionaría si seguía siendo secreta. Revelársela a una secretaria, aunque fuera una
secretaria que me debía un favor, no me parecía buena idea.
—Escucha —me apresuré a decir—. Es totalmente seguro. Llevo horas aquí y ni
siquiera se me ha acercado nadie. Todo el mundo lleva su propia luz, así que es fácil
evitarlos.
—Es que me has sorprendido —dijo Fela recogiéndose el oscuro cabello detrás
de los hombros—. Pero tienes razón, seguramente hay menos peligro ahí fuera. —
Abrió la puerta y se asomó para asegurarse de que no había nadie cerca—. Los
secretarios realizan controles al azar de los Rincones de Lectura para asegurarse de
que no haya nadie durmiendo o... practicando sexo.
—¿Qué?
—Hay muchas cosas que no sabes sobre el Archivo. —Sonrió y abrió más la
puerta.
—Por eso necesito tu ayuda —dije mientras salíamos del Rincón de Lectura —.
No me aclaro con este sitio.
—¿Qué buscas? —preguntó Fela.
—Un millar de cosas —dije, y no mentía—. Pero podríamos empezar por la
historia de los Amyr. O por cualquier ensayo serio sobre los Chandrian. Cualquier
cosa sobre cualquiera de los dos, la verdad. No he encontrado nada.
No me molesté en tratar de disimular mi frustración. Me exasperaba haber
entrado por fin en el Archivo, después de tanto tiempo, y no ser capaz de encontrar
ninguna de las respuestas que andaba buscando.
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—Creía que esto estaría mejor organizado —refunfuñé.
Fela se rió entre dientes.
—Y ¿cómo lo harías tú, exactamente? Me refiero a cómo lo organizarías.
—Pues mira, llevo un par de horas pensándolo. Lo mejor sería ordenar los libros
por temas. Ya sabes: historia, memorias, gramáticas...
Fela dejó de andar y exhaló un hondo suspiro.
—Será mejor que aclaremos esto cuanto antes. —Cogió al azar un libro delgado
de uno de los estantes—. ¿De qué temática es este libro?
Lo abrí y lo hojeé un poco. Estaba escrito con caligrafía antigua de escribano, con
trazos delgados e inseguros, difícil de descifrar.
—Parece una autobiografía.
—¿Qué clase de autobiografía? ¿Cómo la clasificarías en relación a otras
memorias?
Seguí hojeándolo y vi un mapa meticulosamente dibujado.
—Parece más bien un libro de viajes.
—Muy bien —repuso Fela—. ¿Cómo lo clasificarías dentro del apartado de
autobiografías y libros de viajes?
—Los organizaría geográficamente —dije; me estaba divirtiendo con aquel juego.
Pasé más páginas—. Atur, Modeg, y... ¿Vintas? —Fruncí el ceño y miré el lomo del
libro—. ¿De qué año es esto? El imperio de Atur absorbió Vintas hace más de
trescientos años.
—Más de cuatrocientos años —me corrigió Fela—. ¿Dónde pones un libro de
viajes que se refiere a un sitio que ya no existe?
—En realidad entraría en el apartado de historia —dije más despacio.
—¿Y si no es exacto? —insistió Fela—. ¿Y si se basa en habladurías en lugar de
la experiencia personal? ¿Y si es pura ficción? Los libros de viaje ficticios estaban
muy de moda en Modeg hace doscientos años.
Cerré el libro y lo puse en su sitio.
—Empiezo a entender el problema —dije, pensativo.
—No, no lo entiendes —me contradijo Fela—. Solo empiezas a atisbar los bordes
del problema. —Señaló las estanterías que nos rodeaban—. Imagínate que mañana te
conviertes en maestro archivero. ¿Cuánto tiempo tardarías en organizar todo esto?
Miré alrededor. Había infinidad de estanterías que se extendían hasta perderse en
la oscuridad.
—Sería el trabajo de toda una vida.
—La experiencia ha demostrado que se tarda más de una vida —dijo Fela con
aspereza—. Aquí hay más de tres cuartos de millón de volúmenes, y eso sin contar
las tablillas de arcilla, los rollos de pergamino ni los fragmentos de Caluptena.
Hizo un gesto de desdén y prosiguió:
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—Así que pasas años desarrollando el sistema de organización perfecto, que hasta
tiene un apartado adecuado para tu libro de viajes autobiográfico histórico de ficción.
Los secretarios y tú pasáis décadas identificando, seleccionando y reordenando
decenas de miles de libros. —Me miró a los ojos—. Y entonces vas y te mueres.
¿Qué pasa a continuación?
Empecé a entender adonde quería llegar Fela.
—Bueno, en un mundo perfecto, el siguiente maestro archivero continuaría desde
donde yo lo había dejado.
—Sí, eso en un mundo perfecto —dijo Fela con sarcasmo; se dio la vuelta y
empezó a guiarme de nuevo entre las estanterías.
—Supongo que muchas veces el nuevo maestro archivero tiene sus propias ideas
sobre cómo hay que organizado todo, ¿no? —apunté.
—Muchas veces no —admitió Fela—. A veces hay varios maestros archiveros
seguidos que trabajan aplicando el mismo sistema. Pero tarde o temprano aparece
alguien que está convencido de que sabe una manera mejor de hacer las cosas, y hay
que volver a empezar desde cero.
—¿Cuántos sistemas diferentes ha habido? —Vi una débil luz roja que avanzaba
a lo lejos entre los estantes, y apunté hacia ella.
Fela cambió de dirección para alejarnos de la luz y de quienquiera que fuese que
la llevaba.
—Eso depende de cómo los cuentes —dijo en voz baja—. Como mínimo nueve
en los últimos trescientos años. La peor época fue hace unos cincuenta años: hubo
cuatro maestros archiveros nuevos cada cinco años. El resultado fue que aparecieron
tres facciones diferentes entre los secretarios; cada una utilizaba un sistema de
catalogación diferente, y cada una creía que el suyo era el mejor.
—Parece una guerra civil —comenté.
—Una guerra santa —me corrigió Fela—. Una cruzada muy discreta y
circunspecta donde cada bando estaba convencido de que lo que hacía era proteger el
alma inmortal del Archivo. Robaban libros que ya habían sido catalogados según otro
sistema. Se escondían los libros unos a otros, o los cambiaban de orden en los
estantes.
—¿Cuánto tiempo duró eso?
—Casi quince años. Quizá durara todavía si los secretarios del maestro Tolem no
hubieran conseguido, por fin, robar los libros de registro de Larkin y quemarlos.
Después de eso, los Larkin tuvieron que rendirse.
—Y la moraleja de la historia es que la gente se apasiona mucho con los libros,
¿no? —-bromeé—. De ahí la necesidad de realizar controles al azar de los Rincones
de Lectura.
Fela me sacó la lengua.
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—La moraleja de la historia es que esto es un lío. Cuando Tolem quemó los
registros de Larkin, «perdimos» casi doscientos mil libros. Esos registros eran el
único sitio donde estaba anotada la localización de aquellos libros. Y Tolem murió
cinco años más tarde. ¿Adivinas qué pasó entonces?
—¿Llegó un nuevo maestro archivero dispuesto a empezar desde cero?
—Es como una cadena interminable de casas a medio construir —prosiguió Fela
con exasperación—. Resulta fácil encontrar los libros según el viejo sistema, de
modo que así es como construyen el nuevo sistema. El que construye la casa nueva
siempre roba madera de lo que ya está construido. Los sistemas viejos siguen ahí, en
forma de piezas y trozos desperdigados. Todavía encontramos bolsas de libros que
unos secretarios se escondieron a otros hace años.
—Tengo la impresión de que estás un poco picada con este asunto —dije
esbozando una sonrisa.
Llegamos a una escalera, y Fela se dio la vuelta y me dijo:
—Todos los secretarios que aguantan más de dos días trabajando en el Archivo
acaban picados. En Volúmenes, la gente se queja cuando tardas una hora en llevarles
lo que nos han pedido. No se dan cuenta de que no es tan fácil como ir al estante de
«Historia de los Amyr» y coger un libro.
Se volvió y empezó a subir por la escalera. La seguí en silencio, apreciando la
nueva perspectiva.
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Persecución
D espués de eso, el bimestre de otoño se me hizo mucho más agradable. Poco a
poco, Fela fue desvelándome el funcionamiento del Archivo, y yo pasaba todo
mi tiempo libre merodeando por allí, tratando de encontrar respuestas para mis mil
preguntas.
Elodin hacía algo que podríamos llamar enseñar, pero por lo general parecía más
interesado en confundirme que en hacerme entender la nominación. Mis progresos
eran tan insignificantes que a veces me preguntaba si existía la posibilidad de
progresar.
El tiempo que no pasaba estudiando en el Archivo lo pasaba en el camino de
Imre, haciéndole frente al viento, cada vez más frío, ya que no podía buscar su
nombre. El Eolio era el sitio donde tenía más probabilidades de encontrar a Denna, y
a medida que el clima empeoraba, cada vez la veía allí con más frecuencia. Para
cuando cayó la primera nevada, solíamos encontrarnos en uno de cada tres de mis
viajes.
Por desgracia, raramente la tenía para mí solo, pues ella casi siempre estaba con
alguien. Como había mencionado Deoch, Denna no era de esa clase de mujeres que
pasan mucho tiempo a solas.
Y sin embargo, yo seguía yendo a Imre. ¿Por qué? Porque siempre que Denna me
veía, se encendía una luz en su interior que la hacía resplandecer unos instantes. Se
levantaba de un brinco, corría hacia mí y me agarraba por el brazo. Entonces,
sonriente, me llevaba a su mesa y me presentaba a su último acompañante.
Acabé por conocerlos a casi todos. Ninguno era lo bastante bueno para ella, así
que yo los despreciaba y los odiaba. Ellos, a su vez, me odiaban y me temían.
Pero éramos cordiales y educados. Era una especie de juego. El tipo me invitaba a
sentarme, y yo le invitaba a una copa. Nos poníamos a hablar los tres, y los ojos de él
iban oscureciéndose poco a poco al ver cómo Denna me sonreía. Su boca se
estrechaba cuando oía la risa que brotaba de ella cuando yo bromeaba, contaba
historias, cantaba...
Todos esos tipos reaccionaban igual, tratando de demostrar mediante pequeños
gestos que Denna les pertenecía: le cogían la mano, le daban un beso, le acariciaban
distraídamente un hombro.
Se aferraban a ella con denuedo. A algunos sencillamente les molestaba mi
presencia, porque me consideraban un rival. Pero otros tenían un miedo y una certeza
soterrados en la mirada desde el principio. Sabían que Denna se marcharía, y no
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sabían por qué. De modo que se aferraban a ella como marineros náufragos que se
agarran a las rocas pese a que las olas los estrellen contra ellas. Casi sentía lástima
por ellos. Casi.
Así que ellos me odiaban, y ese odio brillaba en sus ojos cuando Denna no
miraba. Yo me ofrecía para pagar otra ronda, pero ellos insistían, y yo aceptaba con
elegancia y les daba las gracias y sonreía.
«Yo la conozco desde hace más tiempo», decía mi sonrisa. «Sí, tú has estado
entre sus brazos, has probado el sabor de su boca, has sentido su calor, y eso es algo
que yo nunca he tenido. Pero hay una parte de ella que es solo para mí. Tú no puedes
tocarla, por mucho que te esfuerces. Y cuando te deje, yo seguiré estando aquí,
haciéndola reír. Y mi luz brillará en ella. Yo seguiré estando aquí mucho después de
que ella haya olvidado tu nombre.»
Eran muchos. Denna los atravesaba como atraviesa una pluma el papel mojado.
Los dejaba, decepcionada. O ellos, frustrados, la abandonaban y la dejaban dolida y
triste, pero nunca lo suficiente para llorar.
La vi llorar una o dos veces. Pero no por los hombres a los que había perdido, ni
por los hombres a los que había abandonado.
Lloraba en silencio por ella misma, porque había algo profundamente herido en
su interior. Yo ignoraba qué era, ni me atrevía a preguntárselo. Me limitaba a decir lo
que podía para calmar su dolor y la ayudaba a cerrar los ojos para rehuir la realidad.
A veces hablaba de Denna con Wilem y Simmon. Como eran verdaderos amigos,
ellos me daban consejos sensatos y me ofrecían su comprensión, más o menos a
partes iguales.
La comprensión la agradecía, pero sus consejos eran inútiles, o algo peor. Me
empujaban hacia la verdad, me instaban a abrirle mi corazón a Denna. A perseguirla.
A escribirle poemas. A enviarle rosas.
Rosas. Ellos no la conocían. Pese a que yo los odiaba, los amigos de Denna me
enseñaron una lección que, de otra forma, quizá nunca habría aprendido.
—Lo que no entiendes —le expliqué a Simmon una tarde que estábamos sentados
bajo el poste del banderín— es que los hombres se enamoran continuamente de
Denna. ¿Te imaginas lo que eso supone para ella? ¿Lo tedioso que resulta? Yo soy
uno de los pocos amigos que tiene. No quiero arriesgarme a perder eso. No pienso
abalanzarme sobre ella. Ella no quiere que lo haga. No voy a convertirme en uno más
del centenar de pretendientes de mirada lánguida que se pasan el día persiguiéndola
como un borrego enamorado.
—Mira, no entiendo qué ves en ella —dijo Sim escogiendo sus palabras con
cuidado—. Ya sé que es encantadora, fascinante y demás. Pero parece... —vaciló un
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momento— cruel.
Asentí.
—Es que lo es.
Simmon me miró, expectante, y al final dijo:
—Pero ¿cómo? ¿No vas a defenderla?
—No. «Cruel» es un buen calificativo para Denna. Pero creo que cuando dices
«cruel», tú quieres decir otra cosa. Denna no es mala, ni retorcida, ni rencorosa. Es
cruel.
Sim se quedó largo rato callado. Luego replicó:
—Creo que es algunas de esas cosas, y también cruel.
El bueno de Sim, tan sincero y diplomático. Le costaba mucho hablar mal de los
demás; solo hacía insinuaciones. Y hasta eso le costaba.
Levantó la cabeza y me miró.
—He hablado con Sovoy. Todavía no se la ha quitado de la cabeza. La amaba de
verdad. La trataba como a una princesa. Habría hecho cualquier cosa por ella. Y aun
así, ella lo dejó sin darle ninguna explicación.
—Denna es una criatura salvaje —expliqué—. Como una cierva o una tormenta
de verano. Si una tormenta derribara tu casa, o derribara un árbol, no dirías que la
tormenta era mala. Era cruel. Actuó conforme a su naturaleza y, desgraciadamente,
produjo daños. Con Denna pasa lo mismo.
»¿Sabes de qué sirve perseguir a una criatura salvaje? De nada. Si persigues a una
cierva, solo consigues asustarla. Lo único que puedes hacer es quedarte quieto donde
estás, y confiar en que, con el tiempo, la cierva vaya hacia ti.
Sim asintió, pero vi que no me entendía.
—¿Sabes que este sitio se llamaba Patio de las Interrogaciones? —pregunté
cambiando deliberadamente de tema—. Los alumnos escribían preguntas en trozos de
papel y dejaban que el viento los arrastrara. Según la dirección en que el papel saliera
de la plaza, obtenías diferentes respuestas. —Señalé los espacios entre los grises
edificios que me había enseñado Elodin—. Sí. No. Quizá. En otro sitio. Pronto.
La campana de la torre dio la hora, y Simmon suspiró; se daba cuenta de que era
inútil prolongar la conversación.
—¿Jugamos a esquinas esta noche?
Asentí. Cuando Sim se hubo marchado, metí una mano en mi capa y saqué la nota
que Denna había dejado en mi ventana. La releí, despacio. Entonces recorté con
cuidado la parte de debajo de la hoja, donde Denna había firmado.
Doblé la tira de papel con el nombre de Denna, la retorcí y dejé que el viento me
la arrancara de la mano y la hiciera girar entre las pocas hojas de otoño que quedaban
esparcidas por el suelo.
El trozo de papel danzó por los adoquines. Giraba y giraba, trazando caóticos
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dibujos que yo no podía entender. Esperé hasta el anochecer, pero el viento no se lo
llevó. Cuando me marché, mi pregunta todavía daba vueltas por la Casa del Viento;
no me daba respuestas, pero insinuaba muchas. «Sí.» «No.» «Quizá.» «En otro sitio.»
«Pronto.»
Por último, estaba el problema de mi enemistad con Ambrose. Yo no bajaba
nunca la guardia: sabía que acabaría vengándose. Pero pasaron los meses y no
sucedió nada. Al final llegué a la conclusión de que por fin había aprendido la lección
y prefería mantener las distancias.
Estaba equivocado, por supuesto. Completamente equivocado. Ambrose solo
había aprendido a aguardar el momento oportuno. Consiguió vengarse, y cuando lo
hizo, me pilló desprevenido y me vi obligado a marcharme de la Universidad.
Pero, como suele decirse, cada cosa a su tiempo.
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La música que suena
C reo que, de momento, eso es todo —dijo Kvothe indicándole a Cronista que
dejara la pluma—. Ahora ya tenemos todo el trabajo preliminar hecho. Los
cimientos sobre los que construir la historia.
Kvothe se levantó, movió los hombros y estiró la espalda.
—Mañana os contaré una de mis historias favoritas. Mi viaje a la corte de
Alveron. Cómo aprendí a luchar con los Adem. Felurian... —Cogió un trapo limpio y
se volvió hacia Cronista—. ¿Necesitas algo antes de acostarte?
El escribano negó con la cabeza; sabía cuándo tenía que retirarse.
—No, gracias. No necesito nada. —Lo guardó todo en su cartera de piel y subió a
su habitación.
—Tú también, Bast —dijo Kvothe—. Yo me encargaré de recoger. —Hizo un
ademán anticipándose a las protestas de su pupilo—. Vete. Necesito tiempo para
pensar en la historia de mañana. Estas cosas no se planean ellas solas.
Bast se encogió de hombros y se dirigió también hacia la escalera; sus pasos
producían un fuerte ruido en los peldaños de madera.
Kvothe inició su ritual nocturno. Retiró la ceniza de la gran chimenea de piedra y
fue a buscar leña para el día siguiente. Salió a apagar las lámparas que había junto al
letrero de la Roca de Guía, y vio que había olvidado encenderlas al anochecer. Cerró
la puerta de la posada con llave, y tras pensarlo un momento, dejó la llave en la
puerta para que Cronista pudiera salir si se levantaba temprano.
A continuación barrió el suelo, limpió las mesas y le sacó brillo a la barra,
moviéndose con una metódica eficacia. Por último, limpió las botellas. Mientras
realizaba esas tareas, tenía la mirada extraviada, como si estuviera perdido en sus
recuerdos. No silbó ni tarareó melodía alguna. Tampoco cantó.
En su habitación, Cronista iba inquieto de un lado para otro; estaba cansado, pero
demasiado nervioso para conciliar el sueño. Sacó las hojas escritas de su cartera y las
dejó encima de la gran cómoda de madera. Limpió todos sus plumines y los puso a
secar. Con cuidado, se quitó el vendaje del hombro, tiró la apestosa venda en el orinal
y lo tapó; por último, se lavó el hombro en el lavamanos.
Bostezando, se acercó a la ventana y contempló el pueblo, pero no había nada que
ver. Ni luces, ni nada que se moviera. Abrió un poco la ventana y dejó que entrara el
fresco aire otoñal. Corrió las cortinas y se desvistió para acostarse, dejando la ropa en
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el respaldo de una silla. Por último se quitó la sencilla rueda de hierro que llevaba
colgada del cuello y la puso en la mesilla de noche.
Cronista se acostó y le sorprendió comprobar que durante el día le habían
cambiado las sábanas, que estaban frescas y olían a lavanda.
Tras vacilar un momento, Cronista se levantó y cerró con llave la puerta de la
habitación. Dejó la llave en la mesilla de noche; frunció el ceño, cogió la estilizada
rueda de hierro y volvió a colgársela del cuello; entonces apagó la lámpara y se metió
en la cama.
Cronista pasó casi una hora tumbado en su aromática cama, despierto,
volviéndose hacia uno y otro lado. Al final suspiró y se destapó. Volvió a encender la
lámpara con una cerilla de azufre y se levantó de la cama. Fue hasta la pesada
cómoda, que estaba junto a la ventana, y la empujó. Al principio la cómoda no se
movió, pero cuando la empujó con la espalda, consiguió deslizaría lentamente por el
liso suelo de madera.
Un minuto más tarde, el pesado mueble estaba apoyado contra la puerta de la
habitación. Cronista volvió a acostarse, apagó la lámpara y se sumió en un profundo
y plácido sueño.
Cronista despertó y notó algo blando apretado contra su cara. La habitación
estaba completamente a oscuras. El escribano se retorció, más por un reflejo
instintivo que por el impulso de huir. La mano que le tapaba firmemente la boca
amortiguó su grito.
Tras el pánico inicial, Cronista se quedó quieto y dejó de oponer resistencia. Se
quedó tumbado, respirando por la nariz, con los ojos muy abiertos.
—Soy yo —susurró Bast sin retirar la mano.
Cronista dijo algo, pero no se le entendió.
—Tenemos que hablar. —Bast se arrodilló junto a la cama contemplando el
oscuro bulto de Cronista, retorcido bajo las sábanas—. Voy a encender la lámpara, y
tú no harás ruido. ¿De acuerdo?
Cronista asintió. Al cabo de un instante, se encendió una cerilla que llenó la
habitación de una luz rojiza e irregular y del acre olor del azufre. Entonces se
encendió la lámpara, que proyectó una luz más uniforme. Bast se chupó los dedos y
apagó la cerilla.
Cronista, un poco tembloroso, se incorporó en la cama y apoyó la espalda en la
pared. Llevaba el torso desnudo; con timidez, se ciñó las mantas alrededor de la
cintura y miró hacia la puerta. La pesada cómoda seguía en su sitio.
Bast le siguió la mirada.
—Eso es una muestra de desconfianza —dijo con aspereza—. Más vale que no le
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hayas rayado el suelo. Esas cosas lo ponen furioso.
—¿Cómo has entrado? —preguntó Cronista.
Bast agitó las manos ante la cara de Cronista.
—¡Silencio! —susurró—. No podemos hacer ruido. Tiene orejas de halcón.
—¿Cómo...? —empezó a decir Cronista, en voz más baja; pero se interrumpió y
dijo—: Los halcones no tienen orejas.
Bast lo miró sin comprender.
—¿Qué?
—Acabas de decir que tiene orejas de halcón. Y eso no tiene sentido.
Bast arrugó la frente.
—Ya sabes a qué me refiero. No quiero que sepa que estoy aquí. —Se sentó en el
borde de la cama y se alisó los pantalones con afectación.
Cronista agarró las mantas alrededor de su cintura.
—¿Por qué has venido?
—Ya te lo he dicho. Tenemos que hablar. —Bast miró a Cronista con seriedad—.
Tenemos que hablar de por qué has venido.
—Me dedico a esto —dijo Cronista con fastidio—. Recopilo historias. Y cuando
tengo ocasión, investigo extraños rumores y compruebo si encierran algo de verdad.
—Y ¿qué rumor fue el que te trajo aquí? Por curiosidad.
—Por lo visto, te emborrachaste, te pusiste sensiblero y le contaste algo a un
carretero. Tuviste un descuido muy tonto, dadas las circunstancias.
Bast miró a Cronista con profundo desprecio.
—Mírame a la cara —dijo como si hablara con un niño—. Y piensa. ¿Crees que
un carretero podría emborracharme? ¿A mí?
Cronista abrió la boca y volvió a cerrarla.
—Entonces...
—Él era mi mensaje en la botella. Uno de tantos. Y tú fuiste la primera persona
que encontró uno y vino a fisgar.
Cronista se tomó su tiempo para asimilar esa información.
—Creía que estabais escondidos los dos.
—Sí, claro que estamos escondidos —repuso Bast con amargura—. Estamos
sanos y salvos, y él se está convirtiendo en un mueble más.
—Entiendo que esto te agobie —dijo Cronista—. Pero la verdad, no entiendo qué
tiene que ver el malhumor con el precio de la mantequilla.
Los ojos de Bast emitieron un destello de rabia.
—¡Tiene mucho que ver con el precio de la mantequilla! —masculló entre dientes
—. Y es mucho más que malhumor, ignorante y maldito anbautfehn. Este sitio lo está
matando.
Cronista palideció ante el arrebato de Bast.
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—Yo... Yo no...
Bast cerró los ojos y respiró hondo; era evidente que trataba de calmarse.
—Tú no entiendes nada —continuó Bast, como si hablara consigo mismo además
de con Cronista—. Por eso he venido, para explicártelo. Llevo meses esperando que
aparezca alguien. Cualquiera. Incluso si vinieran viejos enemigos a ajustarle las
cuentas, sería mejor que ver cómo se consume. Pero he tenido más suerte de la que
esperaba. Tú eres perfecto.
—Perfecto ¿para qué? —preguntó Cronista—. Ni siquiera sé dónde está el
problema.
—Es como... ¿Conoces la historia de Martin, el fabricante de máscaras? —
Cronista negó con la cabeza, y Bast dio un suspiro de frustración—. ¿Y alguna obra
de teatro? ¿Has visto El fantasma y la pastora, o El rey del medio penique?
Cronista frunció el ceño.
—¿No es esa en la que el rey le vende su corona a un niño huérfano?
Bast asintió.
—Y el niño se convierte en un rey mejor que el verdadero. La pastora se disfraza
de condesa y todo el mundo queda asombrado por su encanto y su elegancia. —
Titubeó, buscando las palabras que necesitaba—. Verás, existe una conexión
fundamental entre lo que uno parece y lo que uno es. Todos los niños Fata lo saben,
pero vosotros, los mortales, no lo veis. Nosotros sabemos lo peligrosas que pueden
resultar las máscaras. Todos nos convertimos en lo que fingimos ser.
Cronista se relajó un poco, pues pisaba terreno conocido.
—Eso es psicología elemental. Si vistes a un mendigo con ropa lujosa, la gente lo
trata como a un noble, y el mendigo está a la altura de lo que esperan de él.
—Eso solo es la parte más pequeña —replicó Bast—. La verdad es mucho más
profunda. Es... —Bast se atascó un momento—. Todos nos contamos una historia
sobre nosotros mismos. Siempre. Continuamente. Esa historia es lo que nos convierte
en lo que somos. Nos construimos a nosotros mismos a partir de esa historia.
Cronista arrugó la frente y despegó los labios, pero Bast levantó una mano.
—No, escúchame. Ya lo tengo. Conoces a una chica tímida y sencilla. Si le dices
que es hermosa, ella pensará que eres simpático, pero no te creerá. Sabe que esa
belleza es obra de tu contemplación. —Bast se encogió de hombros—. Y a veces
basta con eso.
Sus ojos se iluminaron.
—Pero existe una manera mejor de hacerlo. Le demuestras que es hermosa.
Conviertes tus ojos en espejos, tus manos en plegarias cuando la acaricias. Es difícil,
muy difícil, pero cuando ella se convence de que dices la verdad... —Bast hizo un
ademán, emocionado—. De pronto la historia que ella se cuenta a sí misma cambia.
Se transforma. Ya no la ven hermosa. Es hermosa, y la ven.
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—¿Qué demonios quieres decir? —le espetó Cronista—. Solo dices tonterías.
—Lo que digo es demasiado profundo para que lo entiendas —dijo Bast con
enojo—. Pero estás a punto de captarlo. Piensa en lo que ha dicho él hoy. La gente lo
tenía por un héroe, y él interpretaba ese papel. Lo interpretaba como si llevara una
máscara, pero al final se lo creyó. Su ficción se convirtió en realidad. Pero ahora...
—Ahora la gente ve a un posadero —dijo Cronista.
—No —dijo Bast en voz baja—. La gente veía a un posadero hace un año. Él se
quitaba la máscara cuando salían por la puerta. Ahora él se ve a sí mismo como un
posadero, y lo que es peor: como un posadero fracasado. Ya has visto cómo se ha
transformado esta noche cuando han entrado Cob y los demás. Has visto esa sombra
de un hombre detrás de la barra. Antes era una interpretación...
Bast levantó la cabeza, emocionado.
—Pero tú eres perfecto. Tú puedes ayudarlo a recordar cómo era antes. Hacía
meses que no lo veía tan animado. Sé que tú puedes lograrlo.
Cronista frunció un poco el ceño.
—No sé si...
—Sé que funcionará —insistió Bast—. Yo probé algo parecido hace un par de
meses. Conseguí que empezara una autobiografía.
Cronista se enderezó.
—¿Escribió una autobiografía?
—Empezó a escribirla —puntualizó Bast—. Estaba muy emocionado, no hablaba
de otra cosa. Se preguntaba por dónde tenía que empezar. Después de la primera
noche escribiendo, volvió a ser el de antes. Parecía que hubiera crecido un metro y
que llevara un relámpago sobre los hombros. —Bast suspiró—. Pero algo salió mal.
Al día siguiente, leyó lo que había escrito y le cambió el humor. Dijo que aquella era
la peor idea que había tenido jamás.
—¿Dónde están las hojas que escribió?
Bast hizo como si arrugara una hoja y la lanzara.
—¿Qué ponía? —preguntó el escribano.
Bast negó con la cabeza.
—No se deshizo de ellas. Solo... las tiró. Llevan meses encima de su mesa.
La curiosidad de Cronista era casi palpable.
—¿Por qué no...? —Agitó los dedos—. Ya sabes, podrías recuperarlas.
—Anpauen. No. —Bast estaba horrorizado—. Después de leerlas se puso furioso.
—Se estremeció un poco—. No sabes cómo se pone cuando se enfada de verdad. No
soy tan tonto como para hacerlo enfadar por una cosa así.
—Sí, supongo que tú lo conoces mejor que yo —dijo Cronista sin convicción.
Bast asintió con ímpetu.
—Exacto. Por eso he venido a hablar contigo. Porque yo lo conozco mejor.
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Tienes que impedir que se concentre en las cosas oscuras. Si no... —Bast se encogió
de hombros y repitió la mímica de arrugar y lanzar una hoja de papel.
—Pero yo estoy registrando la historia de su vida. La verdadera historia. Sin las
partes oscuras, solo sería un estúpido cuen... —Cronista no terminó la palabra, y,
nervioso, desvió la mirada hacia un lado.
Bast sonrió como un niño que sorprende a un sacerdote blasfemando.
—Sigue —dijo con una mirada que denotaba un profundo placer. Una mirada
dura, terrible—. Dilo.
—Un estúpido cuento de hadas —obedeció Cronista con un hilo de voz.
Bast esbozó una amplia sonrisa.
—Si crees que nuestras historias no tienen también su lado oscuro, es que no
sabes nada de los Fata. Pero aparte de eso, esto es un cuento de seres Fata, porque tú
los estás recopilando para mí.
Cronista tragó saliva y se recompuso un poco.
—Lo que quiero decir es que lo que él está contando es una historia verídica, y
que todas las historias verídicas tienen partes desagradables. La suya más que
ninguna, me imagino. Son desordenadas, complicadas y...
—Ya sé que no puedes hacer que no las mencione —le interrumpió Bast—. Pero
puedes hacer que no se detenga en ellas. Puedes ayudarlo a recordar lo bueno: las
aventuras, las mujeres, las peleas, los viajes, la música... —Bast paró en seco—.
Bueno, la música no. No le preguntes sobre eso, ni por qué ya no hace magia.
Cronista frunció el ceño.
—¿Por qué no? Por lo visto, la música...
Bast adoptó una expresión sombría.
—No —dijo con firmeza—. No son materias productivas. Antes te he hecho parar
—le dio unos golpecitos en el hombro— porque ibas a preguntarle qué había pasado
con su simpatía. Antes no lo sabías. Ahora ya lo sabes. Concéntrate en las proezas, en
su astucia. —Agitó las manos—. En ese tipo de cosas.
—En realidad, a mí no me corresponde guiarlo hacia un sitio o hacia otro —dijo
Cronista con fría formalidad—. Yo solo soy un recopilador. Solo estoy aquí para
registrar la historia. Al fin y al cabo, lo que importa es la historia.
—Al cuerno con tu historia —le espetó Bast—. Harás lo que yo te mande, o te
partiré como si fueras una astilla.
Cronista se quedó helado.
—¿Me estás diciendo que trabajo para ti?
—Te estoy diciendo que me perteneces. —Bast se había puesto muy serio—.
Hasta la médula. Yo te traje hasta aquí para alcanzar mi objetivo. Has comido en mi
mesa, y te he salvado la vida. —Apuntó al desnudo pecho de Cronista—. Me
perteneces tres veces. Eso hace que seas mío. Un instrumento de mi voluntad. Harás
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lo que yo te ordene.
Cronista levantó un poco la barbilla y su expresión se endureció.
—Haré lo que crea conveniente —dijo, y lentamente, llevó una mano hasta el
trozo de metal que colgaba de su cuello.
Bast bajó un momento la vista, y luego volvió a alzarla.
—¿Crees que estoy jugando? —preguntó con gesto de incredulidad—. ¿Crees que
el hierro te protegerá? —Bast se inclinó hacia delante, apartó la mano de Cronista de
un manotazo y asió el disco de oscuro metal antes de que el escribano pudiera
reaccionar. Inmediatamente, el brazo de Bast se puso rígido, y sus ojos se cerraron en
un gesto de dolor. Cuando los abrió, se habían vuelto de un azul sólido, el color de las
aguas profundas o del cielo al anochecer.
Bast se inclinó hacia delante y acercó su rostro a la cara de Cronista. El escribano,
presa del pánico, intentó hacerse a un lado y levantarse de la cama, pero Bast lo
sujetó por el hombro.
—Escucha lo que voy a decirte, hombrecito —susurró—. No dejes que mi
máscara te confunda. Ves motitas de luz en la superficie del agua y olvidas la honda y
fría oscuridad que hay debajo. —Los tendones de la mano de Bast crujieron cuando
apretó el disco de hierro—. Escúchame. Tú no puedes hacerme daño. No puedes huir
ni esconderte. No permitiré que me desobedezcas.
Mientras hablaba, los ojos de Bast palidecieron, hasta volverse del puro azul del
cielo a mediodía.
—Te lo juro por toda la sal que hay en mí: si contravienes mis deseos, el resto de
tu breve existencia será una orquesta de desgracias. Lo juro por la piedra, el roble y el
olmo: te convertiré en mi blanco. Te seguiré sin que me veas y apagaré cualquier
chispa de placer que encuentres. Jamás conocerás la caricia de una mujer, un
momento de descanso, un instante de paz.
Los ojos de Bast tenían la palidez azulada del relámpago, y su voz era tersa y
feroz.
—Y juro por el cielo nocturno y por la luna que si perjudicas a mi maestro, te
abriré en canal y saltaré en tus entrañas como un niño en un charco. Encordaré un
violín con tus tripas y te haré tocarlo mientras bailo.
Bast se inclinó un poco más, hasta que sus caras quedaron a solo unos centímetros
de distancia; tenía los ojos blancos como el ópalo, blancos como la luna llena.
—Eres un hombre instruido. Sabes que no existen los demonios. —Bast compuso
una sonrisa terrible—. Solo estamos los de mi raza. —Se inclinó un poco más, y
Cronista percibió su aliento, que olía a flores—. No eres lo bastante sabio para
temerme como deberías temerme. No has oído ni la primera nota de la música que me
impulsa.
Bast se apartó bruscamente de Cronista y se retiró unos pasos de la cama. Se
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quedó plantado al borde de la parpadeante luz de la lámpara, abrió la mano y el disco
de hierro cayó al suelo de madera, resonando débilmente. Al cabo de un momento,
Bast inspiró hondo y se pasó las manos por el cabello.
Cronista se quedó donde estaba, pálido y sudoroso.
Bast se agachó y recogió el anillo sujetándolo por el cordel, roto. Le hizo un nudo
al cordel con dedos ágiles.
—Mira, no hay ninguna razón para que no seamos amigos —dijo con naturalidad
tendiéndole el collar a Cronista. Sus ojos volvían a ser de un azul humano, y su
sonrisa, dulce y encantadora—. No hay ninguna razón para que no obtengamos todos
lo que queremos. Tú consigues tu historia. Él consigue narrarla. Tú consigues saber la
verdad. Él consigue recordar quién es en realidad. Ganamos todos, y cada cual sigue
su camino, más contento que unas pascuas.
Cronista alargó un brazo para coger el collar. Le temblaba un poco la mano.
—¿Qué consigues tú? —preguntó con un áspero susurro—. ¿Qué esperas obtener
tú con todo esto?
La pregunta pilló desprevenido a Bast. Se quedó quieto un momentó, tenso; toda
su fluida elegancia lo había abandonado. Por un instante, pareció que fuera a romper
a llorar.
—¿Qué quiero? Solo quiero recuperar a Reshi —dijo con voz débil, angustiada
—. Quiero que vuelva a ser como era antes.
Hubo un momento de silencio. Bast se frotó la cara con ambas manos y tragó
saliva.
—Llevo demasiado tiempo aquí —dijo de pronto. Fue hasta la ventana y la abrió.
Pasó una pierna por encima del antepecho y giró la cabeza para mirar a Cronista—.
¿Quieres que te traiga algo? ¿Algo caliente para beber? ¿Más mantas?
Cronista negó con la cabeza, como aturdido. Bast le dijo adiós con la mano, salió
por la ventana y la cerró con cuidado.
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EPÍLOGO
Un silencio triple
V olvía a ser de noche. En la posada Roca de Guía reinaba el silencio, un silencio
triple.
El primer silencio era una calma hueca y resonante, constituida por las cosas que
faltaban. Si hubiera habido caballos en los establos, estos habrían piafado y mascado
y lo habrían hecho pedazos. Si hubiera habido gente en la posada, aunque solo fuera
un puñado de huéspedes que pasaran allí la noche, su agitada respiración y sus
ronquidos habrían derretido el silencio como una cálida brisa primaveral. Si hubiera
habido música... pero no, claro que no había música. De hecho, no había ninguna de
esas cosas, y por eso persistía el silencio.
En la posada Roca de Guía, un hombre yacía acurrucado en su mullida y
aromática cama. Esperaba el sueño con los ojos abiertos en la oscuridad, inmóvil. Eso
añadía un pequeño y asustado silencio al otro silencio, hueco y mayor. Componían
una especie de aleación, una segunda voz.
El tercer silencio no era fácil reconocerlo. Si pasabas una hora escuchando, quizá
empezaras a notarlo en las gruesas paredes de piedra de la vacía taberna y en el metal,
gris y mate, de la espada que colgaba detrás de la barra. Estaba en la débil luz de la
vela que alumbraba una habitación del piso de arriba con sombras danzarinas. Estaba
en el desorden de unas hojas arrugadas que se habían quedado encima de un
escritorio. Y estaba en las manos del hombre allí sentado, ignorando deliberadamente
las hojas que había escrito y que había tirado mucho tiempo atrás.
El hombre tenía el pelo rojo como el fuego. Sus ojos eran oscuros y distantes, y se
movía con la sutil certeza de quienes saben muchas cosas.
La posada Roca de Guía era suya, y también era suyo el tercer silencio. Así debía
ser, pues ese era el mayor de los tres silencios, y envolvía a los otros dos. Era
profundo y ancho como el final del otoño. Era grande y pesado como una gran roca
alisada por la erosión de las aguas de un río. Era un sonido paciente e impasible como
el de las flores cortadas; el silencio de un hombre que espera la muerte.
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Aquí termina el primer día de la historia de Kvothe.
Continuará...
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