e I.S.B.N.: 978-956-12-2204-5. 1ª edición: marzo de 2016. Gerente editorial: Alejandra Schmidt Urzúa. Editora: Camila Domínguez Ureta. Director de arte: Juan Manuel Neira. Diseñadora: Mirela Tomicic Petric. Ilustración de portada: Mariano Ramos. ©1987 por Empresa Editora Zig-Zag, S.A. para la presente traducción. Inscripción Nº 66.899. Santiago de Chile. Derechos reservados para todos los países. Editado por Empresa Editora Zig-Zag, S.A. Los Conquistadores 1700. Piso 10. Providencia. Teléfono 56 2 28107400. Fax 56 2 28107455. E-mail: [email protected] Santiago de Chile. El presente libro no puede ser reproducido ni en todo ni en parte, ni archivado ni transmitido por ningún medio mecánico, ni electrónico, de grabación, CD-Rom, fotocopia, microfilmación u otra forma de reproducción, sin la autorización de su editor.
Índice de contenido Cómo abordar la representación de Romeo y Julieta La referencia histórica La estructura dramática La puesta en escena El reparto El espacio escénico Otros aspectos Representación parcial de la obra La primera escena del balcón: cómo abordarla Romeo y Julieta Personajes Prólogo Acto I Acto II Acto III Acto IV Acto V Noticias sobre William Shakespeare Sus obras Pequeño vocabulario teatral
Cómo abordar la representación de Romeo y Julieta Es evidente que el lenguaje audiovisual es hoy más importante que nunca como fenómeno de comunicación. El teatro de arte, como parte de tal fenómeno, hace confluir, además del dramaturgo presente en el texto (en este caso nada menos que Shakespeare), al director, al escenógrafo, al vestuarista, al iluminador, a técnicos y actores. Es un complejo proceso colectivo de estudio, reflexión y experimentación para encontrar la forma expresiva estética que mejor proyecte la visión de mundo que se deba transmitir. Por ello, las personas que ponen en escena la obra deberán basarse en sus conocimientos, experiencias y capacidades para penetrar las múltiples dimensiones de aquélla y poder comunicar al espectador sus contenidos sociales, psicológicos, filosóficos, morales, estéticos, etc. Sin embargo, no es necesario ser un artista profesional para lograr tales objetivos. Basta contar con un buen guía y un grupo bien dispuesto para conseguirlo. Aquí daremos pautas que puedan señalar el camino para esta apasionante empresa.1 La referencia histórica Primeramente debemos especificar el momento histórico-cultural en que se desenvuelven los personajes que configuran la historia. Éste determina sus motivaciones, valores, condiciones materiales, actitud ante la vida, formas y maneras de relacionarse con los demás. El teatro muestra siempre al hombre inserto en una determinada sociedad; y sólo el conocimiento de ésta nos permite captar los móviles y las fuerzas que determinan su comportamiento en ella. Sin esta referencia histórica, Romeo y Julieta podría parecer simplemente una romántica historia de amor, algo que hoy no podría ocurrir y que, por lo tanto, deja frío al espectador. Pareciera, así, que no está dando cuenta ni de un momento de la vida del hombre, ni de aquellos factores cuya validez trasciende a una época determinada. Si nos remitimos, en cambio, al pasado, nos daremos cuenta cómo esa rígida estructura social, que incluía el poder indiscriminado de los padres sobre los hijos, lleva a dos jóvenes a las más trágicas consecuencias. No se trata, por lo tanto, de estudiar datos o hechos hisóricos aislados, sino que de conocer las normas sociales que prevalecían en la época de la obra, de modo que podamos comprender la conducta de sus personajes y el punto de vista del autor sobre el
mundo que le rodeaba. Esto nos permitirá, además, establecer analogías con situaciones y conductas de nuestro tiempo. Discutir con el grupo de participantes estas analogías traerá un intercambio de ideas y experiencias que revitalizará la comprensión del conflicto, creará un ambiente de participación colectiva a través de un auténtico diálogo con la obra, se indagará en nuestro propio mundo, se romperá una actitud pasiva ante los grandes clásicos como meros espectadores de hechos que ya no nos incumben, y se despertará una percepción sensible del hecho dramático, tan necesaria para su posterior puesta en escena. De aquí la importancia que el director-guía entregue al grupo la información adecuada, y sepa conducir el diálogo de manera que sus integrantes vayan descubriendo lo que el autor quiso decir y lo que ellos quieren transmitir con la obra, en base a sus experiencias. Si se trata de un grupo de jóvenes, Romeo y Julieta –que trata de sentimientos juveniles– será una obra viva, que refleja agudamente muchas de sus inquietudes. La estructura dramática La narración dramática, diferente al cuento y a la novela, está constituida por elementos específicos que deberemos descubrir en la obra. Esto permitirá que haya claridad y nitidez en su puesta en escena, que el espectador pueda seguir fácilmente el desarrollo del tema, y, finalmente, que el director pueda dar las indicaciones necesarias para que se logre tal fin. Al comenzar la acción de Romeo y Julieta, ya en su primera escena, nos encontramos en plena ciudad italiana de Verona, en la plaza, donde se evidencia el hecho de que hay dos familias principales que se odian y que están dispuestas a agredirse en cualquier momento. Esta es la situación base en que se insertan los personajes. Luego vemos cómo dos jóvenes, uno de cada familia, se enamoran y se casan. Hasta ese momento todavía no hay conflicto, pero sabemos que en cualquier momento éste se puede desatar. Nos encontramos, pues, en un estado de equilibrio precario. En el acto tercero, la acción vuelve a la plaza. Allí Romeo mata en un duelo a Teobaldo, primo de Julieta, y debe huir del castigo del Príncipe de la ciudad. Se ha roto de esta manera el equilibrio precario y se da paso al conflicto, desencadenándose la acción, sin la cual no hay género dramático; ésta parte, pues, de una circunstancia que se denomina punto de ataque. Los personajes se insertan ahora en esta nueva situación. Protagonistas y antagonistas luchan como fuerzas equiparadas, evidenciándose sus diferentes intereses, valores y objetivos. Estos distintos objetivos determinarán sus respectivas conductas a lo largo de la obra, por lo que deben estar muy claros tanto para el director como para los actores que los interpretan, y jamás se deberán perder de vista, a riesgo de distorsionar la actuación y el sentido de la proposición dramática. Asistimos, luego, a la agudización del conflicto, que es la progresión dramática. Ésta es impulsada por las partes en conflicto que luchan por la consecución de sus objetivos contrapuestos, reforzada por algunos hechos. En el caso que nos atañe, el destierro de Romeo, la imposición de Julieta de casarse con Paris.
La decisión de Julieta de tomar el brebaje que le ofrece Fray Lorenzo como única salida a la situación que la envuelve y que le impide encontrarse con su amado, nos lleva al clímax de la obra. La muerte trágica de los protagonistas en la tumba, revierte la situación y da origen a un nuevo equilibrio, también precario. Es importante que este análisis sea compartido con el grupo, que entre todos vayan contando el argumento de la obra, escena por escena, descubriendo lo que ocurre en cada una de ellas. Se debe seguir la historia de cada personaje; distinguir la trama principal de las secundarias; recomponer el argumento con las propias palabras de los integrantes; comentar cada personaje a la luz de lo que hace, dice, piensa, percibe. Así, poco a poco, todos se irán adueñando de la obra, aprehendiéndola. Hay que cuidar, sí, que el diálogo entre los participantes no se diluya, que no se elucubre mucho más allá del texto. En esta etapa no se puede pretender agotar la comprensión total de la obra; sólo basta cierto nivel de información. El montaje sobre el escenario mismo, el enfrentamiento vivo de los personajes sobre la escena será la parte más rica, la que complete lo que falta. El análisis del texto bajo la guía de los puntos señalados debe ayudar a distinguir aquellos elementos que son explicativos de la acción central, de aquellos meramente anecdóticos y que no están conectados directamente con la columna vertebral de la narración. Esto permitirá al director, además de lo antes señalado, reducir la obra en tiempo y personajes, haciéndole cortes sin que pierda su eficacia. Podrá así simplificar la narración y el montaje, adaptándolo a los medios materiales y humanos de que disponga. Muchas veces la imagen puede reemplazar a la palabra y ser más directa. En la escena del baile, por ejemplo, varios parlamentos pueden ser reemplazados por danzas, las que mostrarían la situación y el lugar, y harían que sobraran las explicaciones. Se pueden suprimir también las continuas alusiones a la mitología que hace Mercucio. En nuestra época no manejamos este aspecto como posiblemente ocurría en tiempos de Shakespeare. Ahora se nos hacen pesadas e incomprensibles y no contribuyen a la acción. Pese a esto no se puede dejar de lado la inmensa riqueza poética del texto. La puesta en escena El teatro se escribe para ser representado. Es sobre el escenario, con los actores dando vida a la acción damática, recreando miméticamente el tiempo y el espacio convencional de la obra, proyectándose hacia un público, cuando se completa el fenómeno teatral. La percepción de una obra leída es fundamentalmente distinta a la de una obra representada. Cada puesta en escena hace confluir sus diferentes elementos (luz, escenografía, vestuario, actuación, sonido), combinándolos para destacar situaciones, ideas centrales, temas, atmósferas, que tanto el director como la totalidad del grupo consideran más relevantes en la obra y que constituyen, en suma, su particular interpretación de ella. Por esto, la misma obra llevada a escena por otro grupo tendrá características muy distintas y será recibida y comprendida de distinta manera por los espectadores. El texto, entonces, no es más que una base, siendo la representación lo propiamente teatral. Esta reflejará no sólo el mundo del autor, sino la propia y particular visión del mundo del grupo que está en escena.
El reparto Habitualmente el reparto se hace al comenzar el trabajo. Pero creo recomendable, especialmente cuando se trata de un grupo no profesional cuyo objetivo no es tanto el resultado final como una experiencia formativa, no determinarlo hasta haber cumplido las etapas antes señaladas. Esto en beneficio de una mayor participación del grupo (si cada uno sabe su personaje de antemano, no se interesará tanto en la totalidad del trabajo como en lo que sólo a él le toca hacer) y en una mejor elección por parte del profesor-directorguía. A éste, las etapas anteriores le servirán para darse cuenta de quién es más adecuado para tal o cual papel, según la comprensión que cada uno vaya mostrando de determinado personaje y las características personales de cada uno. Una vez determinado el reparto, debe procederse con éste a una nueva lectura, con los cortes a la obra ya hechos. (La lectura anterior pudo haber sido realizada por el director o por un reparto provisorio). Esta lectura dará a todos una impresión más rica y cercana de la obra, ya que se han incorporado los datos obtenidos en su análisis y los comentarios. Esta impresión deberá ser comentada y el director aprovechará de hacer correcciones de lo que le parezca que no ha sido bien comprendido por los actores. En una siguiente lectura, el director puede interrumpirla cada vez que lo estime necesario para corregir intenciones que no reflejen lo acordado y descubierto hasta ese momento. El espacio escénico Ahora es el momento de subir al escenario y comenzar a utilizar el espacio. Romeo y Julieta, como todas las obras de su autor, tienen muchos lugares de acción. Hasta hace algunos años se habría estimado necesario poner un telón distinto para cada lugar. Actualmente, en el escenario vacío o con simple cámara, con sólo los muebles y los objetos indispensables, más una iluminación adecuada, se puede dar con claridad el lugar en que ocurre la acción. Los personajes de esta obra al entrar en cada escena indican dónde están, incluso el día y la hora. Es indispensable, sí, estipular qué hay y dónde está ubicado el o los objetos que pide la escena, así como también las entradas y las salidas. En esto interviene directamente el encargado de la escenografía de acuerdo con el director. (Ver Figuras 1, 2, 3, 4 y 5 en páginas 16 a 20). Estando claramente delimitado el espacio escénico, los actores pasan a jugar la situación de la escena, descubriendo, primero, y fijando, después, los desplazamientos y acciones físicas pertinentes, con la guía del director. Esto se puede hacer leyendo el texto, pero es mejor si se lo sabe de memoria. Texto, más desplazamientos y acciones aprendidas, permitirán poco a poco ir entrando más profundamente en la situación, comunicándose con los demás personajes, y habituándose a los objetos y al espacio escénico. Vestuario, maquillaje, iluminación, sonido La misma simplicidad y funcionalidad que se puede aplicar para la escenografía es también válida para el vestuario. Lo importante de la ropa es que ayude al actor a caracterizar mejor su personaje; que le permita mostrar sus características de edad, condición social, oficio, costumbres, etc. La época se puede dar con algún detalle. De más está decir que un vestuario rigurosamente histórico costaría carísimo; intentar hacerlo con
los escasos medios que generalmente se cuenta suele llevar a un resultado desastroso. Puede ser más creativo recurrir a elementos que refuercen al personaje y las premisas del montaje; es, por lo demás, lo que se suele hacer en las producciones modernas de los teatros profesionales en todo el mundo. El propio actor puede incorporar a lo largo de los ensayos las prendas que él mismo vaya encontrando y que el vestuarista, de acuerdo con el director, puede aprovechar. Igual criterio es válido para el maquillaje. Este debe usarse sólo si contribuye a dar mejor la imagen externa del personaje. Y siempre con gran moderación. La iluminación contribuye a la atmósfera de la situación y del espacio, y también puede ayudar a delimitar a este último. (Ver Figuras 6 y 7 en páginas 22 y 23). En Romeo y Julieta debe apoyar, a mi juicio, estos aspectos, sin constituirse en un efecto distractivo. Tampoco los efectos de sonido deben distraer la atención del espectador. Si la música es de la época, puede dar la ambientación histórica que no esté presente en el vestuario ni en la escenografía, o reforzar aquélla. Fig. 1. PLANTA BASE DE UN ESCENARIO. Si no se cuenta con una sala de teatro con escenario y platea, se puede acondicionar un espacio cerrado (sala de clases, salón de actos, biblioteca, sala de reuniones, etc.) colocando bastidores según las condiciones del lugar. Pueden aprovecharse las puertas, ventanas, niveles, muros, pilares, etc., del local, complementándolos con practicables, bastidores, trozos de tela, cortinas, muebles u otros objetos. (Ver Figuras 3 y 4). Fig. 2. ESCENARIO BASE VISTO DESDE EL PÚBLICO. El bambalinón cubre las bambalinas, las que, a su vez, ocultan los focos y el techo. El espacio escénico también puede ubicarse en el centro de una sala, semirrodeado o rodeado por el público (teatro circular). También es posible hacer la representación al aire libre, buscando un ambiente adecuado a la obra. Lo importante es usar la imaginación. A veces la falta de medios lleva a soluciones originales y creativas. Fig. 3. PRACTICABLE. Cuando no se dispone de un escenario formal, se puede construir un practicable. Este sirve para elevar el espacio escénico, permitiendo al público ver bien a los actores. Se construye con simples listones y planchas de madera. Se hacen los que se necesitan, colocándolos uno al lado del otro; o sobre otro, si se quieren crear niveles distintos. Fig. 4. CÓMO CONSTRUIR UN BASTIDOR. Es fácil y económico construir un bastidor. Bastan unos listones y una plancha de madera terciada o aglomerada. Esta plancha se la puede reemplazar por tela o papel, que se pintan. Un saquito de arena impide que el bastidor se vuelque. Fig. 5. PLANOS Y NIVELES. En este escenario puede verse cómo los bastidores han servido para crear diversos planos, así como distintos lugares por donde los actores entren o salgan. Los practicables, por su parte, han permitido que los actores dispongan de tres niveles para su actuación. Fig. 6. ILUMINACIÓN BASE DEL ESCENARIO. La iluminación básica del escenario se logra con 12 focos (llamados también “tachos”). Estos permiten iluminar total o parcialmente el espacio escénico. Si se desea iluminar, por ejemplo, sólo a los personajes que están actuando en el espacio E, se mantendrán
encendidos los focos 9 y 10. Si se quiere, en cambio, que estén iluminadas las acciones que están ocurriendo en los espacios A y F, deberán encenderse los focos 1, 2, 11 y 12. Fig. 7. CÓMO CONSTRUIR UN FOCO PARA ILUMINACIÓN (TACHO). Como se ve, construir tachos es sencillo. Bastan unos tarros de latón emballetados (pueden ser los grandes de leche en polvo), algunos portaampolletas, ampolletas y cable eléctrico. Las ampolletas deben ser, según la distancia, PAR 38 de 150 W, Attralux Spot o Comptalux Flool. Los filtros para obtener luces de distintos colores van enmarcados en un passe-partout de cartón, que se pega o corchetea. Otros aspectos La repetición es un factor indispensable en este trabajo. Sólo mediante ella se puede llegar a un buen resultado. Pero la repetición no debe ser mecánica; cada vez debe tener un objetivo claro propuesto por el director. Estos objetivos deben ser escalonados; no se puede pedir al actor, sobre todo si no tiene mayor experiencia, todo de una vez. Debe ser alentado en cada uno de sus logros y exigido paulatinamente. De lo contrario se le producirá una sensación de inseguridad y de frustración que se notará en el resultado final y le hará borrar lo que la experiencia tenga para él de provechoso. Solamente a través de la repetición la obra podrá adquirir el ritmo adecuado y la madurez necesaria para ser entregada al público. Por esto, la etapa de la puesta en escena debe ocupar la mayor parte del tiempo destinado a los ensayos. La participación del grupo en esta etapa puede ser menor que en las anteriores. Muchas opiniones pueden confundir a los actores, que ahora deberán estar en mayor contacto con el director. Sin embargo, se incrementará la participación y el contacto con los encargados de vestuario, escenografía, iluminación y sonido, responsables del montaje. Representación parcial de la obra La representación completa de Romeo y Julieta no es fácil, incluso para un grupo profesional. El gran número de personas en escena, y la complejidad y poesía de la obra, hacen que su puesta en escena requiera de un trabajo arduo y profundo. Sin embargo –especialmente en los niveles escolares– pueden presentarse diferentes partes de la obra. Ello es igualmente formativo, ya que, aunque se elijan escenas que exijan dos actores, es necesario estudiarlas a la luz del contexto completo de la obra; o, al menos del acto al que pertenecen, además de tener que situar a la obra, como ya dijimos, en su contexto histórico. Si se trata de diálogos, por ejemplo, se pueden representar completas las dos escenas del balcón: la Escena II del Acto II, y la Escena V del Acto III, ambas en verso. Un buen ejercicio lingüístico y teatral es pedir a quienes forman el grupo que transcriban en prosa el texto en verso de ambas escenas, y que después las representen. Esto les dará una mayor comprensión del texto. Otras escenas, pero sólo para dos varones, que pueden representarse, son la Escena III del Acto II y la Escena III del Acto III. Y para dos mujeres, la Escena V del Acto II (dejando
fuera a Pedro) y la Escena II del Acto III. Como escenas con varios personajes, para representar sólo por varones, recomendamos la Escena I del Acto III (dejando fuera a la Sra. de Capuleto); y para representar por hombres y mujeres, la Escena V del Acto I y la Escena IV del Acto II. Si se quiere que los jóvenes pongan en juego escenas con bastante acción, en que la expresión corporal externa es más importante que la de la interioridad, se puede representar la Escena I del Acto I. Si, en cambio, se desea trabajar la interioridad, puede representarse el breve monólogo de Romeo de la Escena II del Acto II, y los de Julieta de la Escena II del Acto III, y de la Escena III del Acto IV. La primera escena del balcón: cómo abordarla La Escena II del Acto II, por ser quizá la más hermosa y conocida de la obra, vale la pena de ser abordada. Pero requiere de especial cuidado y atención para no caer en el recitado y en un falso lirismo. La primera dificultad suele ser la inhibición que sienten los jóvenes en las escenas de amor, sobre todo cuando están en verso. Por ello, además de lo ya indicado –transcribir el texto poniéndolo en prosa–, es necesario comprender la situación que presenta la escena y tratar de interpretarla tomando en cuenta todos sus aspectos. Veamos algunos: Primero que todo vemos a Romeo en el jardín de Capuleto; es de noche y está en el jardín de su enemigo. Si alguien lo sorprende, seguramente lo matará. Romeo lo sabe, y por lo tanto tratará de estar oculto y alerta ante el menor ruido. Cuando se ilumina el balcón de Julieta, Romeo aumentará sus precauciones. Aún no sabe quién aparecerá. Tal vez han oído sus pasos. Por eso, al ver a su amada, se alegra doblemente: “Es el sol naciente y Julieta es el sol”. Pero contiene su entusiasmo y continúa oculto para no asustarla y poder observarla mejor. Para ello, durante el resto del parlamento se va acercando sigilosamente al balcón, hasta quedar muy cerca, tal vez debajo mismo del balcón, pues alcanza a oír el suspiro de ella: “¡Ay de mí!”. Solo se atreve a dirigirse a su amada luego de escuchar cómo ésta, confiadamente, expresa su amor a la noche, sin imaginar que la escuchan. Ambos están en actitudes muy distintas: confiada, ella; alerta, él. “Te cobro la palabra”, dice Romeo. Y sólo entonces se entabla el diálogo. Ahora la situación también es delicada para Julieta: está hablando con el enemigo de su familia. Ambos se encuentran en peligro, pero ella teme sobre todo por él: “Daría cualquier cosa porque no te descubrieran”. Esta preocupación alienta a Romeo: “Más peligrosos son tus ojos, que veinte parientes tuyos”. Julieta, al sentirse descubierta en sus sentimientos, da rienda suelta a sus emociones, a la expresión de su amor: “Te confieso, sí, que habría disimulado más si tú, sin que yo lo sospechara, no hubieras escuchado declarar por ti mi ardoroso amor”. Pero siempre, durante toda la escena, el peligro está presente. Por esto el diálogo se desarrolla apasionada y rápidamente, clandestinamente. No hay lugar a lirismos “latigudos”; no hay
tiempo: la nodriza anda cerca, se escucha su voz llamando a Julieta. Además, Julieta teme que Romeo no sea sincero, que todo no sea más que un juego de éste. El amor, la ansiedad, el temor, la alegría, todo se une en este precipitado y activo diálogo de amor. Estas conclusiones, y muchas más, se desprenden del estudio del texto mismo. Por ello, aprenderse un texto no es sólo memorizarlo: es comprender la situación dramática que encierra. Si primero se lo comprende bien, su memorización será mucho más fácil. La comprensión es tan primordial, que Stanislawsky decía que el actor que conoce bien a su personaje no necesita actuarlo. Es decir, su actuación fluye naturalmente. Lo que constituye, además, el mejor remedio contra la inhibición y el nerviosismo. Desgraciada o felizmente no existe una determinada manera, una fórmula precisa para hacer teatro. Todo depende de los factores con que se cuente y de los propósitos que se persigan. En estas líneas sólo hemos pretendido dar una escueta guía que sirva para enfocar un trabajo con personas que no tengan mayor experiencia. Hacemos especial hincapié en el trabajo de participación del grupo, sin dejar de lado que cada integrante tiene un quehacer diferente en el total. Es importante no fijarse metas que estén más allá de las posibilidades del grupo, tratando de alcanzar un llamado “nivel profesional”. El resultado, tanto en lo artístico como en lo personal, será mejor y más rico en la medida que refleje con autenticidad la búsqueda de un grupo de un punto de vista personal. Héctor Noguera Profesor y actor de la Escuela de Teatro de la Universidad Católica de Chile.
Romeo y Julieta
Personajes ESCALA, PRÍNCIPE DE VERONA PARIS, CONDE PARIENTE DEL PRÍNCIPE MONTESCO, PADRE DE ROMEO CAPULETO, PADRE DE JULIETA ROMEO, HIJO DE MONTESCO MERCUCIO, AMIGO DE ROMEO Y PARIENTE DEL PRÍNCIPE BENVOLIO, AMIGO DE ROMEO Y SOBRINO DE MONTESCO TEOBALDO, SOBRINO DE LA SEÑORA CAPULETO FRAY LORENZO, UN FRANCISCANO FRAY JUAN, OTRO FRANCISCANO BALTASAR, CRIADO DE ROMEO SANSÓN, CRIADO DE CAPULETO GREGORIO, CRIADO DE CAPULETO PEDRO, CRIADO DE LA NODRIZA DE JULIETA ABRAHAM, CRIADO DE MONTESCO UN BOTICARIO TRES MÚSICOS PAJES DE MERCUCIO, DE PARIS Y OTROS UN OFICIAL DE LA RONDA SEÑORA DE MONTESCO SEÑORA DE CAPULETO JULIETA, HIJA DE CAPULETO NODRIZA DE JULIETA CIUDADANOS DE VERONA, PARTIDARIOS DE AMBAS FAMILIAS, DISFRAZADOS, GUARDIAS Y SERVIDORES. CORO
Prólogo Entra el Coro Dos nobles familias, tan ilustre una como otra, en la hermosa Verona, donde ocurre esta historia, de antiguos odios hacen nacer rencores nuevos que salpicarán de sangre las manos de los suyos. De las ramas enemigas de estos troncos malditos nacieron bajo malos augurios los pobres amantes a los que sólo la muerte libró de sus dolores y puso fin a la vieja discordia de sus padres. Los caminos funestos de sus desdichados amores y el odio incurable de sus progenitores que sanaría únicamente con la muerte de los hijos, es la historia que ahora os haremos ver. Atended con paciencia y oid atentamente pues intentaremos que en menos de dos horas veáis en ella lo que tal vez no os muestra.
Acto I Escena I Una plaza pública en Verona (Sansón y Gregorio, con espadas y escudos). Sansón: A fe mía, Gregorio, no podemos tolerar que sigan picaneándonos. Gregorio: No, porque nos convertiríamos en bueyes. Sansón: Lo que quiero decir, es que si continúan picaneándonos sacaremos la espada. Gregorio: Sí. Y nos sacudiremos el yugo. Sansón: A mí, si me pican, respondo rápido. Gregorio: Pero no es fácil picarte como para que respondas. Sansón: Cualquier perro de la casa de los Montesco me hace saltar. Gregorio: Saltar es moverse. Pero los valientes resisten inmóviles en su puesto. Sansón: Cualquier perro de esa casa hará que salte a enfrentarlo. Y me pondré de espaldas al muro para detenerle. Gregorio: ¡Cuán débil eres! Sólo los débiles se arriman a los muros. Sansón: Cierto. Por eso a las mujeres, que son débiles, se las arrima a los muros. A los Montesco los pondré en la calle, y a sus doncellas, en la vereda. Gregorio: La discordia es entre nuestros señores, y entre nosotros, sus criados. Sansón: ¡Da lo mismo! Me portaré como un tirano; primero acabaré con los criados, y después con las doncellas: les robaré su flor. Gregorio: ¿Su flor? Sansón: Sí, su doncellez. Dale a eso el sentido que quieras. Gregorio: Serán ellas las que le deberán dar un sentido que lo sientan.
Sansón: Ellas me sentirán mientras yo pueda tenerme en pie. Todos saben que soy muy macho. Gregorio: ¡Qué bueno que lo digas! Temía que a duras penas fueras una vaquilla. Saca tu espada, que aquí vienen dos criados de la casa de Montesco. (Entran Abraham y Baltasar). Sansón: Lista la espada. Provócales; yo te cubriré las espaldas. Gregorio: ¿Qué? ¿Me darás la espalda y huirás? Sansón: No temas. Gregorio: ¿Temerte yo a ti? Sansón: Hagámoslo dentro de la ley. Deja que empiecen ellos. Gregorio: Les haré una mueca cuando pasen. Veremos cómo la toman. Sansón: Veremos si se atreven. Yo me chuparé el dedo: a ver si aguantan la ofensa. Abraham: Señor, ¿os chupáis por nosotros el dedo? Sansón: (Aparte a Gregorio). ¿Si decimos que sí, estamos dentro de la ley? Gregorio: (Aparte a Sansón). Desde luego que no. Sansón: No, señor, no me chupo el dedo porque vosotros pasáis, pero me lo chupo. Gregorio: ¿Queréis pelea, señor? Abraham: ¿Pelea? No, señor mío. Sansón: Si la queréis, señor, aquí estoy a vuestras órdenes. Mi amo es tan bueno como el vuestro. Abraham: Pero mejor, imposible. Sansón: Está bien, señor. Gregorio: (Aparte a Sansón). Di que el nuestro es mejor, porque aquí se acerca un pariente de mi amo. Sansón: Mejor es el nuestro, señor. Abraham: ¡Mientes! Sansón: ¡Desenvainad, si sois hombre! Gregorio: no olvides tu famosa estocada. (Pelean). (Entra Benvolio).
Benvolio: ¡Envainad, estúpidos! Estáis peleando sin saber por qué. (Intenta separarlos con su espada). (Entra Teobaldo). Teobaldo: ¡Qué veo! Tú, ¿peleando contra esos villanos? ¡Aquí, Benvolio, ven aquí y date por muerto! Benvolio: Estoy tratando de calmarles. Envaina, o ayúdame a separar a estos hombres. Teobaldo: ¡Me hablas de paz con el acero en la mano! ¡Odio esa palabra tanto como el infierno, tanto como a los Montesco, tanto como a ti! ¡En guardia, cobarde! (Se baten). (Entran hombres de una y otra casa. Van uniéndose a la reyerta varios ciudadanos). Ciudadanos: ¡Aquí, con palos, picas y alabardas! ¡Dadles duro! ¡Mueran los Capuleto! ¡Mueran los Montesco! (Entran Capuleto y la Sra. de Capuleto). Capuleto: ¿Qué voces son éstas? ¡Dadme mi espada! Sra. de Capuleto: ¿Tu espada? ¡Mejor te vendría una muleta! Capuleto: ¡Mi espada, mi espada, que el viejo Montesco viene blandiendo la suya contra mí! (Entran Montesco y su mujer). Montesco: ¡Capuleto infame! ¡Apartaos! ¡Dejadme pasar! Sra. de Montesco: No darás ni un paso más. (Entra el Príncipe y su séquito). Príncipe: ¡Rebeldes, enemigos de la paz que profanáis vuestras armas con la sangre de mis súbditos! ¿No queréis oírme? Fieras humanas que apagáis el ardor de vuestra ira insensata en la roja fuente que brota de vuestras venas, arrojad de las ensangrentadas manos las armas fratricidas, y escuchad la sentencia de vuestro príncipe. Tres veces, por imprudentes palabras habéis roto la paz de nuestras calles y hecho que los más ilustres vecinos de Verona empuñen en sus viejas manos las enmohecidas alabardas para atajar el odio que os enfrenta. Si volvéis a turbar el sosiego de nuestra ciudad, pagaréis con vuestras vidas. Basta ya; retiraos todos. Vos, Capuleto, vendréis conmigo. Y vos, Montesco, iréis esta tarde a buscarme a la
Audiencia, donde sabréis qué hemos resuelto sobre el caso. ¡Idos todos, bajo pena de muerte! (Vanse todos salvo Montesco, la Sra. de Montesco y Benvolio). Montesco: ¿Quién ha vuelto a empezar con la vieja discordia? Habla, sobrino mío: ¿estabas aquí cuando esto empezó? Benvolio: Los criados de vuestro enemigo estaban ya peleando con los nuestros cuando yo llegué. Desenvainé mi acero para separarlos, pero de improviso apareció Teobaldo con su espada desnuda. Blandiéndola desafiante, hacía silbar burlonamente el aire. Al ruido de los golpes y estocadas acudió la gente de uno y otro bando. Entonces apareció el Príncipe y la separó. Sra. de Montesco: ¿Habéis visto a Romeo? ¿Dónde estará? ¡Cuánto me alegro de que no estuviera aquí! Benvolio: Señora, una hora antes de que el sol apareciera por la dorada puerta del oriente, y mientras yo paseaba a solas con mis pensamientos bajo los sicomoros que hay al poniente de la ciudad, divisé a vuestro hijo. Apenas le vi, me dirigí hacia él, pero él se escabulló en el bosque. Y como yo sé que en ciertos casos la compañía estorba, continué mi camino y mis pensamientos, apartándome de él con tanto gusto como él de mí. Sra. de Montesco: Dicen que va allí con frecuencia a unir sus lágrimas al rocío matutino y a aumentar las nubes con las nubes de sus suspiros. Pero apenas el alegre sol descorre las cortinas oscuras del lecho de la aurora, mi triste hijo huye de la luz y vuelve a casa, donde se encierra sombrío en su aposento, y cierra las ventanas, desterrando a la hermosa luz para crearse una noche artificial. Temo que su pena llegue a ser insoportable si un buen consejo no puede remediar a tiempo su causa. Benvolio: ¿Sospecháis esa causa, mi noble tío? Montesco: No la sospecho, ni él me ha dado luces para descubrirla. Benvolio: ¿No habéis podido interrogarle? Montesco: Sí, lo he hecho, y también unos amigos. Pero él, no sé si para bien o para mal, es el único consejero de sí mismo. Se cierra de tal forma, tan impenetrablemente como el botón de una flor carcomido por el gusano antes de abrir sus pétalos y encantar al sol con su belleza. Si pudiéramos
siquiera sospechar la causa de su mal, haríamos cualquier cosa por ponerle remedio. Benvolio: Allí viene. Dejadme, por favor. O sabré pronto la causa de su pena, o hará lo imposible por ocultarla. Montesco: ¡Oh, si pudieras descubrir su secreto! Vámonos, esposa. (Salen Montesco y su mujer. Entra Romeo). Benvolio: ¡Qué madrugador estás! Romeo: ¿Tan temprano es? Benvolio: Aún no han dado las nueve. Romeo: ¡Ay, tristes horas, qué lentas me parecéis! ¿No era mi padre el que estaba contigo? Benvolio: Sí, era él. Pero ¿qué tristezas alargan tanto las horas de Romeo? Romeo: El no tener a aquella que las haría cortas. Benvolio: ¿Enamorado? Romeo: Sí, pero... Benvolio: ¿Pero qué? Romeo: Que no soy correspondido por la que amo. Benvolio: Ay, ¿por qué el amor, tan dulce estado, impera luego con tanta amargura y tiranía? Romeo: Ay, ¿por qué el amor, que pintan ciego, elige a su voluntad tan extraños caminos? Primo, ¿dónde almorzaremos hoy? ¡Válgame Dios! ¿Qué ha pasado aquí? No, no me lo digas, pues lo adivino. Grande ha sido aquí la presencia del odio, pero más grande aún la del amor. ¡Oh amor odioso; odio amoroso! ¡Nacimiento de la nada! ¡Pesada materia, a la vez que liviana! ¡Caos informe de bellas formas! ¡Pluma de plomo, sólido humo, fuego helado, salud insana, sueño despierto que mueve a engaño! Así es mi amor, ¿es que es amor? ¿Te ríes de mí? Benvolio: No, primo. Más bien lloro. Romeo: ¿De qué, alma generosa? Benvolio: De tu desesperación. Romeo: Así es el amor. Y más aumentan mis penas al saber que también a ti te afectan. El amor es una nube que flota sostenida por el soplo de un suspiro: correspondido, es un fuego que centellea en los ojos del amante;
rechazado, es un río que se alimenta con sus lágrimas. ¿Qué más podré decirte? Que es una locura cuerda, una amargura que envenena, una dulzura que embriaga. ¡Adiós, primo! (Vase). Benvolio: Espera, te acompañaré. Me ofenderás si te vas solo. Romeo: ¡Calla! Este no es Romeo; el verdadero Romeo debe andar en otra parte. Benvolio: En confianza, dime, ¿quién es tu amada? Romeo: ¿De veras quieres oír gemidos? Benvolio: ¿Gemidos? No: quiero el nombre de tu amada. Romeo: Qué frase tan simple. Como pedir al moribundo que haga su testamento. Primo, estoy enamorado de una mujer. Benvolio: Puedo comprenderlo. Di en el blanco. Romeo: Qué buen arquero. ¡Y cuán hermosa la mujer que amo! Benvolio: Es más fácil, primo, dar en un blanco tan hermoso. Romeo: Sí, pero no en éste, pues a ella no la hiere ni la flecha de Cupido. Tiene el ingenio de Diana y su recato le sirve de armadura. Huye de las palabras de amor, evita el asedio de ojos conquistadores, y no la rinde el oro seductor. ¡Ay! Es rica en belleza, y sólo será pobre cuando muera porque la belleza morirá con ella. Benvolio: ¿Es que ha hecho votos de castidad? Romeo: El suyo no es ahorro, es un gran derroche, pues la belleza tan rigurosamente oculta permanece desconocida para el mundo. Es demasiado discreta, demasiado hermosa, discretamente demasiado bella para que merezca complacerse en mi tormento. Ha apartado de sí el amor y ese voto es la causa de que yo muera en vida. Benvolio: Pues deja de pensar en ella. Romeo: ¡Ay, enséñame cómo puede dejarse de pensar! Benvolio: Permite a tus ojos mirar a otras mujeres. Romeo: Tanto más incomparable hallaré su hermosura. Los negros antifaces, por ser negros nos hacen pensar que esconden hermosos rostros blancos. Quien queda ciego no podrá olvidar el maravilloso don de la vista. La beldad más perfecta que yo pueda ver sólo será un libro donde lea que mi amada es aún más bella. ¡Adiós! No puedes enseñarme a olvidar.
Benvolio: Te lo enseñaré o moriré en deuda contigo. (Salen). Escena II Una calle (Entran Capuleto, Paris y un Criado). Capuleto: Si a Montesco le amenaza el mismo castigo que a mí, no debería ser difícil, a nuestra edad, vivir en paz. Paris: Ambos sois nobles y honorables y no debiérais vivir eternamente enemistados. Señor, ¿qué respondéis a mi petición? Capuleto: Ya he respondido. Mi hija todavía no conoce el mundo: aún no ha cumplido catorce años. Deberán pasar al menos dos veranos para que esté madura para el matrimonio. Paris: Otras, hay, más jóvenes, que ya son madres. Capuleto: Las flores tan tempranas se marchitan. La tierra ha sepultado todas mis esperanzas y sólo me queda esa niña; en ella he cifrado todas las esperanzas del mundo. Cortéjala, querido Paris, conquístala, pues mi voluntad es sólo parte de la suya. Si ella te acepta libremente, yo consentiré. Esta noche, según nuestra vieja costumbre, habrá fiesta en mi casa. He invitado a todos mis amigos, y entre ellos por cierto a ti. Si allí te encuentro, serás el predilecto. En mi modesta casa verás cómo esta noche brillan estrellas terrenales. Y tú, como joven vigoroso, disfrutarás de esas alegrías que se sienten cuando se aleja el invierno y llega, marzo florido. Estarás rodeado de hermosas doncellas. Oyelas, míralas a todas, y elige a la más perfecta. Quizás después de maduro examen, mi hija te parecerá una de tantas. Vamos, acompáñame. (Pasándole un papel a un criado). Y tú, villano, vete recorriendo las calles de Verona, e invita a mi casa, para esta noche, a todos aquellos cuyos nombres están en este papel. (Salen Capuleto y Paris). Criado: ¡Claro, a todos aquellos cuyos nombres están en este papel! Es como pedir al zapatero que entienda en huinchas de medir, al sastre de hormas, al pescador de pinceles, y al pintor de redes. Como si pudiera saber qué nombres puso el que escribió este papel. Vamos, ¡tendré que ir donde un letrado!
(Entran Benvolio y Romeo). Benvolio: ¡Hombre, no digas eso! Un fuego apaga otro fuego, un dolor hace que no se sienta otro dolor, una pena insoportable se cura con una nueva pena. Una infección nueva desplazará a la anterior. Romeo: Sí, y una hoja de sicomoro cura... Benvolio: ¿Qué mal cura? ¡Dime! Romeo: Las fracturas. Benvolio: ¿Estás loco, Romeo? Romeo: Loco, no. Pero más atado que un loco, encerrado en mi celda, hambriento, azotado y atormentado y... (Entra un criado). Buenos días, buen hombre. Criado: Buenas tengáis, señor. Decidme, ¿sabéis leer? Romeo: Ciertamente... mi destino en la desgracia. Criado: Raro don. ¿Sabéis leer sin haberlo aprendido en los libros? ¿Podréis leer lo que aquí dice? Romeo: Sí, si conozco el idioma y la letra es clara. Criado: ¿Os burláis, señor? Seguid haciéndolo... (Intenta marcharse). Romeo: Espera, amigo. Probaré a leer. (Leyendo). “El señor Martín, su esposa e hijas; el conde Anselmo y sus bellas hermanas; la señora viuda de Vitrubio; el señor Placencio y sus agraciadas sobrinas; Mercucio y su hermano Valentín; mi tío Capuleto, su esposa e hijas; Rosalía, mi hermosa sobrina; Livia; el señor Valencio y su primo Teobaldo; Lucio y la encantadora Elena”. ¡Qué hermosa reunión! ¿Dónde se celebra? Criado: Allí. Romeo: ¿Dónde? Criado: En nuestra casa, a cenar. Romeo: ¿En qué casa? Criado: En la de mi amo. Romeo: ¿Y quién es tu amo? Debiera habértelo preguntado ya. Criado: Os lo diré sin rodeos. Es el rico y generoso Capuleto. Y si no sois Montesco, acudid a beber un vaso de buen vino. ¡Que os divirtáis, señores! (Vase).
Benvolio: Rosalía, a quien adoras, irá a esa fiesta con todas las bellezas de Verona. Allí podrás verla y compararla imparcialmente con otras doncellas que yo te mostraré. Verás que tu cisne no es más que un cuervo. Romeo: Si mis ojos permitieran tan indigna traición, que se abrasen en fuego mis lágrimas, y que a ellos los quemen como herejes por haber mentido. ¿Puede haber otra más hermosa que mi amada? El sol, que todo lo ve, jamás vio nada semejante desde la creación. Benvolio: La viste bella porque sólo pudiste compararla a ella consigo misma. Ahora podrás pesar en la cristalina balanza de tus ojos a tu amada y a otras deslumbrantes doncellas que yo te mostraré. Y ya verás cómo cambias de parecer. Romeo: Iré, pero no a ver lo que me muestres, sino que a gozar de la vista de mi amada. (Salen). Escena III Una sala en casa de Capuleto (Entran la Sra. de Capuleto y la Nodriza). Sra. de Capuleto: Nodriza, ¿dónde está mi hija? Quiero verle. Nodriza: ¡Válgame Dios! ¡Por lo sumisa que era a los doce años...! La he llamado... ¡Corderita! ¡Mariposa mía! ¡Dios la guarde! ¿Dónde se habrá metido esta niña? ¡Julieta...! (Entra Julieta). Julieta: ¿Quién me llama? Nodriza: Tu madre. Julieta: Aquí estoy, señora. ¿Qué queréis? Sra. de Capuleto: Quiero... Nodriza, déjanos a solas un rato; deseo hablar en privado... Pero no, quédate. Conviene que oigas nuestra conversación. Tú bien sabes que mi hija ya tiene cierta edad. Nodriza: ¡Cómo no voy a saberlo! Puedo contar sus días uno a uno. Sra. de Capuleto: Todavía no ha cumplido los catorce.
Nodriza: Apostaría catorce de mis dientes –¡ay, aunque no me quedan más de cuatro!– a que no son catorce. ¿Cuánto falta para el día de los Ángeles? Sra. de Capuleto: Algo más de dos semanas. Nodriza: Ese día, sea par o none, al anochecer, Julieta cumple sus catorce. Susana y ella –¡Dios tenga a mi Susana en su gloria!– eran de la misma edad. Pero Susana está en el cielo; yo no merecía la dicha de tenerla. Como le decía, la víspera del día de los Angeles cumplirá los catorce, por la noche. ¡Vaya si los cumplirá! Me acuerdo bien. Hace once años, cuando fue el terremoto, le quitamos el pecho. Jamás olvido ese día; vos y mi señor estábais en Mantua. Yo me senté a tomar el sol debajo del palomar y me unté el pecho con acíbar. Y como digo, cuando ella probó el pecho y lo sintió tan amargo, ¡pobrecita! ¡Qué furiosa se puso conmigo! Y en ese momento empezó a moverse el palomar. Van de esto ya once años. Válgame Dios, si ella ya podía caminar y hasta corretear por ahí. Un día antes se había hecho un chichón en la frente, y mi marido –¡Dios le tenga en su gloria!– con qué cariño levantó a la niña. “Vaya, le dijo, ¿te has caído de bruces? Ya te caerás de espalda cuando seas más juiciosa. ¿Verdad, Julieta?” “Sí”, contestó el angelito dejando de llorar. Y ya veremos cómo la broma con el tiempo dejará de ser tal. Aunque viviera mil años, no olvidaría aquello. “¿Verdad, mi Julieta?”, le preguntaba él, y ella: “Sí”, le replicaba llorando. Sra. de Capuleto: Basta ya. Cállate, por favor. Nodriza: Me callaré, señora. Pero no puedo menos que reírme cuando pienso que ella dejaba de llorar y le decía: “Sí”, con un chichón en la frente del tamaño de un huevo. El dolor la hacía llorar, y cuando mi esposo volvía a preguntarle... Julieta: Cállate, nodriza. Por favor te lo pido. Nodriza: Bueno, me callaré. ¡Pero Dios te guarde, hijita! Eres la niña más hermosa que he criado. Y espero en Dios vivir para verte casada. Sra. de Capuleto: ¡Casada! De ello se trata, y de ello quería hablarte, Julieta. Hija mía, dime, ¿qué te parecería contraer matrimonio? Julieta: Es un honor en el cual aún no he pensado. Nodriza: ¡Honor! Pues si no fuera porque yo te he criado, diría que mamaste la sabiduría de mis pechos.
Sra. de Capuleto: Bien, ya debes ir pensando en casarte. Hay en Verona damas nobles más jóvenes que tú que ya son madres. Yo misma lo era cuando tenía tu edad. En dos palabras, el gallardo Paris aspira a tu mano. Nodriza: ¡Vaya un pretendiente, niña mía! ¡Mejor no lo hay! Si hasta parece una figura de cera. Sra. de Capuleto: La primavera de Verona no tiene una flor tan linda. Nodriza: ¡Eso es! Una flor, una verdadera flor. Sra. de Capuleto: ¿Qué dices? ¿Crees que podrás amarle? Esta noche vendrá a nuestra fiesta. Lee en su rostro sus sentimientos. Observa qué armónicas son sus facciones. Sus ojos servirán de comentarios a lo que pueda haber de oscuro en el libro de su persona. Un bello libro sobre el amor, un amante en rústica al que sólo le falta el empaste para ser perfecto. Los peces viven en el mar y orgullosamente ocultan su belleza en la de éste. Pero el libro que encierra una leyenda dorada con broches de oro, muestra a todos su hermosura. Todo lo que Paris tenga se añadirá a tus dotes sin disminuirte. Nodriza: ¡Disminuirte! Al contrario, te engrosará. Los hombres engrosan a las mujeres. Sra. de Capuleto: ¿Qué piensas? ¿Podrás llegar a amar a Paris? Julieta: Veré de amarle, si es que el ver predispone al amor. Pero mis miradas no tendrán más fuerzas de las que le preste mi obediencia a vosotros. (Entra un Criado). Criado: Los invitados ya están aquí, señora. La cena está lista. Os llaman. La señorita hace falta. En la cocina reclaman a la nodriza y todos corren. Parto a ayudarles. Os suplico que vengáis en seguida. Sra. de Capuleto: Vamos, Julieta; el conde espera. Nodriza: Anda, niña. Que podrás tener noches felices tras días felices. (Salen). Escena IV Una calle
(Entran Romeo, Mercucio, Benvolio y enmascarados con antorchas encendidas). Romeo: ¿Qué hacemos? ¿Damos una explicación o entramos sin rodeo alguno? Benvolio: Nada de rodeos. No traemos un Cupido con los ojos vendados y un arco en la mano que pueda asustar a las damas como un espantapájaros. Y no necesitamos improvisar un discurso para anunciar nuestra llegada con frases inútiles. Ya veremos cómo nos reciben; si no lo hacen bien, nos retiramos. Romeo: Dadme una antorcha. No ando de humor para fiestas, y como mi ánimo es sombrío yo sostendré la luz. Mercucio: Nada de eso, Romeo; queremos que bailes. Romeo: No, por favor. Vosotros lleváis zapatos de baile de suelas livianas. Y yo tengo el ánimo tan pesado que no puedo alzarme del suelo. Mercucio: ¡Es el amor! Pídele a Cupido sus alas y alza el vuelo. Romeo: Sus flechas me han herido de tal modo que ni sus alas me permiten elevarme. Tan herido estoy que no puedo cruzar el umbral de mi tristeza. El peso del amor me aplasta. Mercucio: No has debido cargar al amor con tanto peso; el amor es muy delicado. Romeo: ¿Delicado el amor? No: es duro y áspero y agresivo; es punzante como el espino. Mercucio: Si el amor es duro contigo, sé tú duro con él. Si te punza, púnzale tú; verás cómo se da por vencido. ¡Pasadme un antifaz para ocultar mi rostro! (Se enmascara). ¡Una máscara sobre otra máscara! ¿Qué importa ahora que ojos intrusos vean mis defectos? ¡Mi antifaz enrojecerá por mí! Benvolio: Vamos. Llamemos a la puerta y entremos. Una vez dentro, que cada uno baile como pueda. Romeo: ¡Dadme una antorcha! ¡Que los menos animosos emprendan la fuga! Yo, siguiendo el lema de mi abuelo, seré solo quien lleve la luz en esta empresa. Y si las cosas van mal, abandonaré la partida. Mercucio: De noche todos los gatos son pardos, decía el Condestable. Si insistes en tus pesadumbres, te sacaremos de esa caldera del amor en que te consumes. ¡Vamos, que pronto estaremos iluminando el amanecer!
Romeo: No, no es posible. Mercucio: Lo que quiero decir es que estamos consumiendo tontamente nuestras luces, como antorchas en pleno día. Comprende, Romeo, la buena intención que me anima. Romeo: Tu buena intención es que participemos en este baile de máscaras. ¿Pero tiene eso sentido? Mercucio: ¿Por qué me lo preguntas? Romeo: Porque anoche tuve un sueño. Mercucio: Y yo también. Romeo: Sí, ¿y qué soñaste? Mercucio: Que los sueños son engañadores. Romeo: Cuando el que sueña cree que su sueño es realidad. Mercucio: Veo que tuviste visita de la reina Mab. Benvolio: ¿De la reina Mab? ¿Pero de qué hablas? Mercucio: Es la partera de los sueños de quien llega, tan pequeña como el ágata que brilla en el índice de un regidor. Su carroza va arrastrada por un tronco de caballos leves como nubes, y cruza sobre el aliento de los hombres dormidos. Los rayos de sus ruedas son de patas de araña; su techo, de alas de saltamontes; sus riendas, del fino hilo del gusano de seda; los frenos, de húmedos rayos de luna; el látigo, de un hueso de grillo. Su cochero es un minúsculo mosquito de librea oscura, tan pequeño como el diminuto insecto que se clava en el dedo ocioso de una doncella. Su carroza es una cáscara de avellana vacía roída por la ardilla carpintera o por las larvas, eternos cocheros de las hadas.
Noche a noche, la carroza galopa así por la cabeza de los enamorados que sueñan con el amor; por la mente de los cortesanos que sueñan con cortesías; por los dedos de los abogados que sueñan con suculentos procesos; por los labios de las damas que sueñan con dulces besos. Galopa a veces por la nariz de un cortesano que sueña que ha alcanzado alguna merced. Otras veces rueda azotando con el rabo de un cerdo la nariz de algún párroco dormido que sueña con el diezmo y otros beneficios; otras, galopa por el cuello de un soldado que sueña con triunfos y degüellos, con violaciones, emboscadas, aceros toledanos, hasta sentir de pronto redoble de tambores, despertar sobresaltado, rezar asustado un padre nuestro y volver a dormirse. Es Mab... Romeo: ¡Basta, Mercucio, basta! No sigas hablando naderías. Mercucio: Estoy hablando de sueños, a los que engendra la imaginación ociosa, fantasmas tan leves como el aire y más mudables que el viento, que tan pronto sopla hacia el norte helado como se vuelve hacia el lluvioso sur. Benvolio: Que ese viento del que hablas nos impulse. La cena estará por terminar y llegaremos tarde. Romeo: Temo que más bien temprano. Presiento que los astros no me son favorables, y que en medio de los regocijos de esta fiesta se está gestando el oscuro golpe que terminará con la inútil existencia que arrastro. Pero ¡adelante, caballeros! ¡Que sea el piloto de mi vida quien guíe mi nave! ¡Adelante, amigos míos! Benvolio: ¡A sonar, tambores! (Salen).
Escena V Sala en casa de Capuleto. (Músicos en espera. Entran criados). Criado 1º: ¿Dónde anda Cacerola para que nos ayude a levantar la mesa? ¡No basta uno solo para sacar las bandejas y limpiar los platos! Criado 2º: No está bien que recaiga el trabajo en tan pocas manos, y en manos tan sucias. Criado 1º: ¡Retiren las banquetas! ¡Corran el aparador! ¡Ojo con la platería! ¡Eh, tú, guárdame un pedazo de torta y dile al portero que deje entrar a Elena y a Susana, la molinera! ¡Antonio! ¡Cacerola! Criado 2º: ¡Ya vamos! ¡Ya vamos! Criado 1º: Les están llamando en la gran sala. Criado 3º: No podemos estar a un tiempo en todas partes. Criado 2º: Apúrate. Quiero terminar pronto. (Salen). (Entran Capuleto, su mujer, Julieta, Teobaldo y otros invitados con máscaras). Capuleto: Bienvenidos, caballeros. Os invitan a bailar las damas sin callos en los pies. ¡A bailar, a bailar! Las damas que rehúsen es porque tienen callos... Bienvenidos, caballeros. En mis tiempos también a mí me gustaba disfrazarme y decir al oído de las hermosas palabras que no les desagradaban. Pero esos tiempos se acabaron... Bienvenidos, damas y caballeros. ¡Ea, músicos: empezad la música! ¡Primero las doncellas! ¡A bailar, a bailar! (La música y el baile comienzan). ¡Luces, traed más luces, bribones! ¡Sacad las mesas! ¡Y nada de fuego, que ya hace mucho calor aquí! Y vos, primo Capuleto, sentaos a mi lado, que ya no estamos para bailes. ¿Cuándo nos disfrazamos la última vez, recuerdas? Primo Capuleto: ¡Dios mío! Hace ya treinta años. Capuleto: No tanto, primo, no tanto. Fue para la boda de Lucencio, allá por Pentecostés, hará unos veinticinco años. Primo Capuleto: ¡Hace más, estoy seguro, porque el hijo de Lucencio ya ha cumplido los treinta!
Capuleto: ¡Imposible! Hace dos años era aún menor de edad. Romeo: (a un criado). Dime, ¿quién es esa dama que enjoya la mano de aquel caballero? Criado: No la conozco, señor. Romeo: ¡La luz de su rostro enseña a iluminar a las antorchas! ¡Su belleza se destaca en la negrura de la noche como una joya en la oreja de un etíope! ¡Una joya demasiado hermosa para usarla, demasiado bella para este mundo! Entre todas se destaca, como una blanca paloma entre cuervos. En cuanto acabe esta pieza, me acercaré a ella y ennobleceré mi mano al tomar la suya. ¿Estuve enamorado alguna vez? Niéguenlo mis ojos, que nunca han visto belleza igual. Teobaldo: Esta voz me suena a la de un Montesco. (A un criado). ¡Pronto, tráeme la espada! ¿Cómo se atreve ese canalla a venir enmascarado a burlarse y a profanar nuestra fiesta? Juro por el honor de mi linaje que le mataré sin cargo de conciencia. Capuleto: ¿Qué ocurre, sobrino mío? ¿Por qué tanta ira? Teobaldo: Este es un Montesco, tío; un enemigo jurado de mi casa. Ha venido a perturbar nuestra alegría. Capuleto: ¿No es el joven Romeo? Teobaldo: Sí, el infame Romeo. Capuleto: Basta, sobrino, cálmate. Es un perfecto caballero, y toda Verona reconoce su hidalguía y su mesura. Ni por todas las riquezas de la ciudad le ofendería aquí, en mi casa. Cálmate, pues es lo que quiero. Y si me respetas, pon buena cara, ya que esa mirada torva no cuadra bien en una fiesta. Teobaldo: Cuadra, cuando en nuestra casa se introduce un villano. ¡No lo toleraré! Capuleto: ¡Tendrás que tolerarlo! ¿Me oyes? Te lo exijo yo, ¡demonios! ¿Quién manda aquí, jovencito? ¿Qué no vas a tolerarlo...? Por Dios, ¿quieres sembrar la discordia entre mis huéspedes? ¿Provocarles? ¿Y sólo por dártelas de valiente? Teobaldo: Tío, ¡pero esto es una afrenta! Capuleto: Calma, calma. Eres incorregible. ¿Así es que una afrenta? Tu falta de criterio puede costarte caro. Te lo digo yo. ¿Me harás caso?
¡Tranquilizáos, hijos! Quieto... ¡Traed luces! ¡No faltaba más! Yo te haré estarte quieto... ¡Alegría, hijos, alegría! Teobaldo: ¡Mi cuerpo tiembla al chocar mi justa ira con la calma impuesta! Me voy, pues la presencia de este intruso, ahora bienvenido para vos, tendrá amargas consecuencias. (Sale). Romeo: (Cogiendo la mano de Julieta). Perdonadme si mi mano indigna profana este divino relicario. Mis labios de peregrino roboroso borrarán con un beso tan rudo contacto. Julieta: Peregrino, no eres justo con tu mano, que se muestra devota, pues los peregrinos tocan las manos de los santos, pero el beso no es más que el contacto con esas manos. Romeo: ¿Qué no tienen labios los santos y los peregrinos? Julieta: Sí; pero labios para rezar. Romeo: ¡Oh, amada santa! Permitid entonces que los labios hagan lo que hacen las manos. Si los labios rezan, concededles lo que piden para que no pierdan la esperanza. Julieta: Los santos permanecen inmóviles aunque concedan lo que se les ha pedido. Romeo: Permaneced inmóvil, os ruego, mientras recibo el don que he implorado y vuestros labios purifican los míos. (La besa). Julieta: Mis labios tienen ahora la marca de vuestro pecado. Romeo: ¿Del pecado de mis labios? ¡Oh deliciosa culpa! ¡Devuélveme mi pecado! (Vuelve a besarla). Julieta: ¡Besáis muy devotamente! Nodriza: Vuestra madre os llama. Romeo: ¿Quién es su madre? Nodriza: ¡Válgame Dios! La señora de esta casa, dama tan buena como virtuosa y prudente. Yo crié a su hija, la doncella con quien hablábais, y os aseguro que el que la conquiste, conquistará un tesoro. Romeo: ¿Con que es una Capuleto? ¡Qué alto precio le debe mi vida a mi enemiga! Benvolio: ¡Vámonos! ¡Daos prisa! La fiesta está en lo mejor. Romeo: Cierto. Es lo que temo.
Capuleto: No os vayáis tan pronto, caballeros. Aún os espera una pequeña cena. ¿Os váis? Gracias, entonces, gracias hidalgos. Buenas noches. ¡Antorchas! ¡Más antorchas aquí! Vámonos a acostar. (Al primo Capuleto). Ya es muy tarde, primo mío. Iré a acostarme. (Quedan solas Julieta y la Nodriza). Julieta: Nodriza, ¿sabes quién es ese caballero? Nodriza: Es el hijo mayor del viejo Tiberio. Julieta: ¿Y aquél otro, que ahora sale? Nodriza: Si no me equivoco, es el joven Petrucio. Julieta: ¿Y el que va detrás... el que no quería bailar? Nodriza: No le conozco. Julieta: Pues trata de saber quién es. Si es casado, la tumba será mi lecho de bodas. Nodriza: Es un Montesco, y se llama Romeo. Es el único heredero de esa infame estirpe. Julieta: ¡Oh amor nacido del odio! Demasiado pronto te he visto sin conocerte y demasiado tarde te he conocido. Mi negra suerte quiere que me enamore del único hombre a quien debo odiar. Nodriza: ¿Qué estás diciendo, niña? Julieta: Unos versos que alguien me enseñó mientras bailaba. (Se oyen llamadas de “¡Julieta! ¡Julieta!”). Nodriza: ¡Ya va, ya va! Te están llamando. Vete pronto. Ya se fueron todos los invitados.
Acto II Escena I Calle de Verona, junto al jardín de Capuleto (Entra Romeo). Romeo: ¿Cómo he de seguir mi camino si mi corazón está aquí? Quédate, Romeo, y conquista la razón de tu vida. (Trepa el muro y salta al jardín). (Entran Benvolio y Mercucio). Benvolio: ¡Romeo, primo mío! Mercucio: Espero que ya haya recobrado el juicio y se habrá ido a su cama. Benvolio: Le vi correr para acá y saltar la tapia de este jardín. Llámale, Mercucio. Mercucio: Le llamaré y voy a invocarle como si fuera el diablo. ¡Romeo! ¡Amante insensato! ¡Loco! ¡Esclavo de la pasión! Acudid en forma de suspiro y respondedme sólo con un verso. Un verso en que rime “amor” con “dolor”, en el que cortejes a la madre del Amor y le pongas un sobrenombre a su ciego hijo, Cupido, el que hirió con sus flechas al rey Cofetua, y le enamoró de una mísera doncella. ¿Ves? ¡No me oye! ¡No me contesta! ¡No da señales de vida! Sigue poseído y debemos exorcizarle: ¡te conjuro por la bella Rosalía, por sus radiantes ojos y por su despejada frente, y por sus rojos labios, y sus pequeños pies, sus torneadas piernas, sus muslos llenos y por lo que entre ellos se esconde, te conjuro a que te aparezcas en tu verdadera forma! Benvolio: Se enojará, si te oye. Mercucio: Verás que no. Se enojaría si invocara a un demonio en nombre de su dama, para que ella le conjurase. Eso le molestaría; pero no el que le invoque a él en nombre de su amada para librarle de su hechizo. Benvolio: Vámosnos. Se habrá ocultado entre esos arbustos para confundirse con la noche. A su ciego amor le conviene la oscuridad.
Mercucio: Si su amor es ciego, errará sus tiros. Debe estar oculto entre las ramas de algún níspero rogando que su amada sea el fruto, ese fruto del que las doncellas sólo hablan cuando están entre ellas. ¡Romeo, buenas noches! Me voy a mi cama: el césped está demasiado frío para dormir en él. Bien, ¿nos vamos ya? Benvolio: Vamos. ¿Para qué buscar al que no quiere ser encontrado? (Salen). Escena II Jardín de Capuleto (Entra Romeo). Romeo: Quien nunca sintió dolores, se burla del dolor. (Julieta aparece en la ventana). ¿Qué veo? ¿Luz en la ventana? Es el sol naciente y Julieta es el sol. Sal, hermoso sol, y mata a la luna que agoniza ya de envidia porque tú, su servidora, eres más hermosa que ella. No la sirvas más: ella te envidia; la túnica que lleva está marchita y sólo los necios querrán usarla; ¡arrójala de ti! ¡Es mi vida! ¡Es mi amada quien está ahí! ¡Oh, si ella supiera que es mi dueña...! Nada me ha dicho... Pero, ¿importa algo? Sus ojos hablan; los míos le responden. ¿Es eso cierto? ¿O no es a mí a quien hablan? Las dos estrellas nocturnas más hermosas suplican a sus ojos, antes del alba, que las reemplace durante su ausencia. ¿Y si sus ojos pertenecieran a la noche y esas estrellas a su rostro?
Su rostro las apagaría con su luz como el día apaga las antorchas. En lo alto, sus ojos trazarían una estela tan brillante que cantarían las aves como en la aurora. ¡Mirad, ahora, como apoya en su mano la mejilla! ¿Quién pudiera ser el guante de esa mano para tocarla como el guante que la cubre? Julieta: ¡Ay de mí! Mercucio: Es ella la que habla. ¡Di algo nuevamente, luminoso ángel! Allí en lo alto tan maravillosa se te ve en la noche, que ante los ojos atónitos de los mortales pareces una criatura divina, que volara sobre las lentas nubes mecida por las alas del viento. Julieta: ¡Ay, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? Reniega de tu padre, reniega de tu nombre. Y si no quieres hacerlo, júrame que me amas y yo no me tendré más por Capuleto. Romeo: (Aparte). ¿Qué hago? ¿Seguiré escuchándola sin hablarle? Julieta: Sólo tu apellido es mi enemigo; no tú, sino tu estirpe. ¿Qué es Montesco? Ni el pie, ni la mano, ni el brazo, ni el rostro, ni parte alguna de la naturaleza humana. ¡Ponte otro nombre! ¿Qué contiene un nombre? La “rosa”, por ejemplo, con cualquier otro nombre no perdería su aroma. Si Romeo se llamara de otro modo
conservaría siempre sus buenas cualidades, que no dependen de su nombre. Reniega, Romeo, de tu nombre que no es tu esencia, y en su lugar ¡pónme entera a mí! Romeo: Te cobro la palabra. Llámame “amado” y me habrás rebautizado. Perderé para siempre el nombre de Romeo. Julieta: ¿Quién eres tú, que en medio de la noche oscura, vienes a sorprender mis ocultos secretos? Romeo: Me es difícil ahora darme un nombre ya que el mío me es odioso, amada mía, porque es aborrecible para ti y si pudiera lo borraría de mi vida. Julieta: Pocas palabras son las que aún he oído de tu boca, y ya sé quién eres. ¿No eres Romeo? ¿No eres un Montesco? Romeo: No seré ni el uno ni lo otro, bella mía, si cualquiera de los dos te enoja. Julieta: ¿Cómo has llegado hasta aquí, y para qué? Los muros de mi jardín son altos y difíciles, y siendo tú quien eres encontrarías la muerte si alguno de mis parientes aquí te hallara. Romeo: Con las alas que me dio el amor trepé estos muros, pues ante el amor hasta las piedras ceden. Lo que desea el que ama, verlo realizado quiere:
el temor a tus parientes no habrá de detenerme. Julieta: Te matarán si aquí te encuentran. Romeo: Más peligrosos son tus ojos, amada mía, que veinte parientes tuyos. Mírame con amor y seré invulnerable a sus espadas. Julieta: Daría cualquier cosa porque no te descubrieran. Romeo: El velo de la noche me oculta de sus ojos. Pero si tu amor me falta, que me hallen: prefiero que su odio acabe con mi vida a vivir largamente privado de tu amor. Julieta: ¿Quién te guió hasta aquí? Romeo: Fue el amor, que no podía equivocarse; él guió mis ojos que yo le había dado. Sin ser timonel, y aunque estuviera tan remota como esas blancas playas que baña el mar lejano, yo navegaría para conquistar joya tan preciada. Julieta: Si el manto de la noche no me cubriera el rostro verías cómo se encienden de rubor mis mejillas al recordar las palabras que me has oído esta noche. Quisiera cambiarlas, quisiera desdecirme, pero... ¡todo sería en vano! ¿Me amas? Sé que me dirás que sí y yo te creeré. Pero si lo juraras podrías traicionarte. Dicen que Júpiter se ríe de los perjurios de amor... ¡Ah, Romeo!
Si de veras me amas, dilo sinceramente; y si piensas que he sido una doncella fácil, me pondré esquiva y difícil, y me enojaré para hacer que me ruegues. Pero te amo demasiado, Montesco, demasiado, y ello puede hacerte creer que soy fácil. ¡Por favor, haz fe de que soy más sincera que las que fingen con grande astucia! Te confieso, sí, que habría disimulado más si tú, sin que yo lo sospechara, no hubieras escuchado declarar por ti mi ardoroso amor. Perdóname, pues, y no creas que mi amor es sólo ligereza encubierta por la oscuridad de la noche. Romeo: Te lo juro, amada, por los rayos de la luna que platean las copas de esos árboles frutales... Julieta: ¡No, por favor! No jures por la inestable luna que al girar en su órbita cambia cada mes. No arriesgues ser tan inconstante como ella. Romeo: ¿Por quién debo jurar? Julieta: Pues no jures, mejor. Y si quieres hacerlo, hazlo por ti mismo, pues eres tú el dios a quien adoro y en el que he de creer. Romeo: ¡Ojalá que el fuego de mi corazón...! Julieta: No jures. Aunque me llene de alegría verte, las promesas de esta noche no me alegran.
Son demasiado repentinas, muy imprudentes, demasiado como el rayo que se extingue cuando casi aún no ha dado luz. ¡Adiós, mi amor! Ojalá esta semilla de amor germine con el soplo del verano y se transforme en una planta poderosa cuando nuevamente nos veamos. ¡Adiós! ¡Y que tu corazón se tranquilice como se ha tranquilizado el mío! Romeo: ¡Ay! ¿Y no me darás otro consuelo? Julieta: ¿Qué otro más puedo darte esta noche? Romeo: Recibir mi juramento de amor a cambio del tuyo. Julieta: Ya lo hice sin que me lo pidieras, pero no quisiera hacerlo ahora nuevamente. Romeo: ¿Cómo? ¿Deseas quitármelo? ¿Por qué, amada mía? Julieta: Para poder dártelo otra vez guardando, codiciosa, el que me diste. Mi afán de darte mi amor es tan profundo y tan ilimitado como el mar. ¡Cuánto más te doy, más me queda, porque es interminable! (Se oye llamar a la Nodriza desde dentro). Oigo ruidos. Alguien llama. Adiós, amado, adiós... ¡Ya voy, nodriza! ¡Guárdame fidelidad, Montesco mío! Espera, que vuelvo en un instante. (Deja el balcón). Romeo: ¡Noche, oh, deliciosa noche! Sólo temo
que por ser de noche esto sea un sueño demasiado real para ser cierto. (Entra Julieta). Julieta: Sólo dos palabras, amor mío, y me despido: Si tus intentos amorosos son honrados, y su finalidad el matrimonio, comunícame mañana, a través de un mensajero que intentaré enviarte, dónde y cuándo querrás la ceremonia. Yo te entregaré mi vida, dueño mío, e iré en pos de ti por el mundo. Nodriza: (Desde dentro). ¡Julieta! Julieta: ¡Voy, ya voy...! te suplico que ceses de cortejarme y me dejes con mi dolor. Mañana irá un mensajero... Romeo: Mi corazón estará esperándole... Julieta: Buenas noches. (Sale del balcón). Romeo: Buenas no, porque les falta tu luz. El amor va en busca del amor como el estudiante huye de sus libros, y se aleja del amor esquivo como el niño deja sus juegos para volver al estudio. (Sale. Julieta aparece nuevamente en el balcón). Julieta: ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo pudiera gritar como el halconero para que el halcón regrese hasta mi mano! Pero el esclavo no tiene derecho a dar voces, y si lo tuviera, haría resonar la gruta de eco hasta ensordecerla con roncas voces repitiendo el nombre de mi Romeo. Romeo:
Es mi corazón quien grita mi nombre. ¡Cuán grata resuena la voz de mi amada en la noche! ¡Más dulce aún que la música en oídos atentos! Julieta: ¡Romeo! Romeo: ¡Alma mía! Julieta: ¿A qué hora te enviaré el mensajero mañana? Romeo: A las nueve. Julieta: Sin falta. Las horas se me harán eternas hasta entonces. Ya no sé para qué te he llamado. Romeo: Permíteme seguir aquí hasta que lo recuerdes. Julieta: No lo recordaría nunca, para retenerte acordándome de tu dulce compañía. Romeo: No me moveré de aquí, para que tu olvido siga olvidando todo menos esta noche. Julieta: Pronto amanecerá. Vete, mejor, pero no más allá de lo que la niña deja al pajarillo alejarse de la mano con que le ata, dándole soga al pobre prisionero para luego acortar el hilo de seda, temerosa de su libertad. Romeo: ¡Ojalá fuera yo ese pajarillo! Julieta:
¿Y qué más querría yo, que tú lo fueses? Pero temo que mis caricias te matarán. ¡Adiós, adiós! Es tan dulce el dolor de despedirse que estaría haciéndolo hasta el alba. Romeo: ¡Que el sueño se pose en tus ojos y la paz en tu alma! ¡Ojalá fuera yo ese sueño y esa paz, para reposar de ese modo! Corro ahora a la celda de mi confesor para pedirle consejo y gritarle mi dicha. ESCENA III Celda de Fray Lorenzo (Fray Lorenzo, entrando con una cesta). Fray Lorenzo: Ya la aurora sonríe a la oscura noche dorando las nubes con sus haces de luz. Lentamente, la oscuridad huye por el camino que trazan los rayos del Astro Rey. pero antes de que éste extienda sus quemantes brazos para alegrar el día y secar las lágrimas del rocío, debo llenar esta cesta con yerbas medicinales y flores de rica savia. La tierra es a la vez la cuna y la tumba de la naturaleza; sus sepulcros son también vientres maternos que conciben hijos de distintas especies, nutridos en sus pechos silvestres. Algunos tienen magníficas virtudes, otros no tanto; pero ninguno carece totalmente de ellas, y todos son distintos. ¡Cuán maravillosos secretos encierran las yerbas, las plantas y las piedras! En la madre tierra no hay ningún ser dañino que no pueda hacer el bien, ni ninguno bueno que, mal usado, no vuelva a ser lo que es y haga daño. La virtud misma se transforma en vicio cuando es mal aplicada, y el vicio a veces en virtud si tiende a un buen fin. En el cáliz de esta flor que nace duermen a la vez el remedio y el veneno: si se la huele, deleita los sentidos; si se la gusta, mata. Así es el alma humana: como en las yerbas, dos fuerzas enemigas luchan en ella: el bien y el mal; y cuando éste vence, un gusano roedor devora la planta. (Entra Romeo).
Romeo: Buenos días, padre. Fray Lorenzo: Buenos te dé Dios. ¿Quién me saluda tan temprano con voz tan dulce? Hijo mío, sólo una conciencia intranquila te haría levantarte a esta hora. En los ancianos, las preocupaciones les mantienen despiertos, y el sueño no se posa en sus ojos. Pero en los jóvenes sanos e inocentes, apenas se lo llama, el sueño acude y cierra sus párpados. Por eso tu temprana visita me inquieta, haciéndome temer algo malo. Y si ello no ha ocurrido, ¿no será que nuestro Romeo no se acostó anoche? ¿Estoy en lo cierto? Romeo: Lo está, padre. Pero descansé mejor que dormido. Fray Lorenzo: ¡Dios te perdone! ¿Estuviste con Rosalía? Romeo: ¿Con Rosalía, padre? Ya olvidé ese nombre y mi amor contrariado. Fray Lorenzo: ¡Haces bien, hijo mío! ¿Pero dónde estuviste, entonces? Romeo: Os lo diré sin rodeos. En la fiesta de nuestros enemigos, los Capuleto, donde fui herido y a la vez herí. Sólo vuestra ayuda y vuestra ciencia podrán salvar ahora a cada contendiente. Ya no odio a mi adversario, padre, y por el contrario, ruego por él. Fray Lorenzo: Habla más claro, hijo, y no me ocultes la verdad. Si enredas tus palabras, mis consejos serán enredados. Romeo: Os lo diré, pues, en dos palabras: estoy enamorado de la bella hija del poderoso Capuleto. Ella me corresponde con igual amor. Ya todo está arreglado y sólo falta que vos bendigáis esta santa unión. Mientras nos encaminamos hacia ello os explicaré dónde, cuándo y cómo nos conocimos, y cómo nos confesamos nuestro amor y nos juramos fidelidad eterna. Pero lo que ahora importa es que consintáis en casarnos hoy mismo. Fray Lorenzo: ¡Por la vida de mi padre San Francisco! ¿Qué es esto? ¡Tan pronto has olvidado a Rosalía, a la que tanto amabas? El amor de los jóvenes no nace de su corazón sino que de sus ojos. ¡Cuánto lloraste, Dios mío, por Rosalía! ¡Cuántas lágrimas vertidas en vano por un amor ya desaparecido como el eco! ¡Pero si aún el sol no disipa los vapores de tu llanto, y en mis viejos oídos aún resuenan tus quejas! Si todavía guardan tus mejillas el rastro de las lágrimas. Si alguna vez estuviste en tus cabales, la fuente de tu dolor era sólo Rosalía. ¿Cómo has cambiado tanto? ¿Y acusáis de inconstantes a las mujeres? ¿Cómo les pedís firmeza si dáis el ejemplo contrario?
Romeo: Siempre me aconsejásteis que no debía amar a Rosalía. Fray Lorenzo: Amarla sí, pero idolatrarla no. Romeo: Y me ordenaste que sepultara ese amor. Fray Lorenzo: Pero no para que de la misma tumba sacaras uno nuevo. Romeo: No os enojéis más, os lo ruego. La mujer a quien amo me ama tanto como yo a ella; esto ocurría con la otra. Fray Lorenzo: Quizá adivinaba la liviandad de tu amor. Vamos, inconstante joven, sígueme. Yo te ayudaré a conseguir lo que deseas, con la esperanza de que esa boda logre cambiar en amistad el odio de vuestras familias. Romeo: ¡Vamos, pues! ¡Lo más rápido posible! Fray Lorenzo: Con calma y prudencia. Quienes corren arriesgan caerse. (Salen). ESCENA IV Una calle (Entran Benvolio y Mercucio). Mercucio: ¿Dónde diablos andará Romeo? ¿Estuvo anoche en su casa? Benvolio: En casa de su padre, al menos no. Me lo dijo su criado. Mercucio: ¡Válgame Dios! Esto significa que esa pálida muchachuela, esa Rosalía de duras entrañas, sigue atormentándole. Terminará por volverle loco. Benvolio: Teobaldo, el primo del viejo Capuleto, ha escrito a Romeo a casa de su padre. Mercucio: Sin duda es un desafío. Benvolio: Romeo contestará. Mercucio: Basta saber escribir para contestar una carta. Benvolio: Quiero decir que Romeo tratará como se merece al que la escribió. Mercucio: ¡Pobre Romeo! ¡Le han muerto! Le han muerto los negros ojos de esa pálida dama, la canción de amor que le traspasó los oídos, la flecha
certera de Cupido que le dio en el alma. ¿Podrá, en tal estado, resistir a Teobaldo? Benvolio: Bien. ¿Y qué habilidades tiene Teobaldo? Mercucio: Algunas más que el rey de los gatos, te lo aseguro. Es el mejor y más valiente de los espadachines. Desafía a cualquiera, por cualquier cosa. Y guarda el ritmo, la distancia y el compás; detiene una estocada, y, ¡uno, dos, a fondo al pecho! Un matarife vestido de caballero, un duelista, un espadachín profesional de primera y segunda clase. Domina el famoso passato, el punto reverso y el par. Benvolio: ¿Y qué? Mercucio: Que pertenece a ese círculo de petimetres farsantes, de jactanciosos y provocadores. ¡Una buena espada, un hombre apuesto, un mujeriego: las tiene todas! ¿No es lamentable, querido amigo, que debamos tolerar a estos moscardones, a estos petimetres con sus pardonnez moi, tan ufanos de las nuevas modas como despreciadores de la antiguas? (Entra Romeo). Benvolio: ¡Aquí tienes a Romeo! ¡Al propio Romeo! Mercucio: ¡Flaco como un perro! ¡Oh, carne, cómo vas dejando desnudos a los huesos! Ahora se habrá enfrascado en los versos de Petrarca. Y Laura, comparada con su amada, ahora será para él apenas una criada, aunque la haya inmortalizado un mejor poeta; Dido, una fregona; Cleopatra, una gitana; Hero y Elena, dos rameras; y Ciste, sin más atractivos que sus mediocres ojos grises. ¡Hala, bonjour, Romeo! Un saludo a la francesa para tus calzas francesas. Anoche nos hiciste una mala jugada. Romeo: Buenos días tengáis ambos. ¿De qué mala jugada me habláis? Mercucio: Que te despediste a la francesa, amigo. Desapareciste. ¿Me entiendes? Romeo: Perdóname, Mercucio. Pero lo que tenía que hacer no admitía espera. Y menos reglas de cortesía. Mercucio: Es como decir que lo que tenías que hacer era caer por tierra. Romeo: Que significaría algo así como “hincar una rodilla en tierra”. Mercucio: Lo has dicho muy cortésmente. Romeo: Siempre soy muy cortés. Mercucio: Pero no tanto como yo, que soy la flor de la cortesía.
Romeo: ¿No dices: la flor y nata...? Mercucio: No. La nata la dejo para ti. Romeo: Flores puedo darte, pero nata, no. Mercucio: ¡Bravo! Continuemos este duelo hasta que se marchiten. Sin flores frescas, no podremos continuarlo. Romeo: ¡Ay, duelo interrumpido! ¡Continuación sin continuación! Mercucio: Benvolio, intervén. Se acaba mi ingenio. Romeo: Avívalo. O date por vencido. Mercucio: ¡Cuidado! Si se extravían tus sentidos, no puedo continuar, porque cada uno de los tuyos es más loco que los cinco míos. ¿Acaso te seguí en la última locura que hiciste? Romeo: No, porque sólo me sigues cuando estás loco. Mercucio: La pavada que has dicho merece que te picotee una oreja. Romeo: Oh, pavo mío: no me picotees. Mercucio: Qué amargo y dulce ingenio; qué condimento tan picante. Romeo: ¿No quedaría más sabroso el pavo con él? Mercucio: Cómo fuerzas el ingenio; como el pavo que esponja el abanico de su cola. Romeo: Lo hago para que puedas pavonearte con él como el pavo. Mercucio: ¡Bravo! Esto te va mejor que andar lamentándote por tu amada. Ahora te reconozco: eres Romeo, el que siempre fuiste por tu estirpe. Ibas de un lado a otro, quejándote sin rumbo, por culpa de ese amor ciego. Benvolio: ¡Basta! ¡Basta! Mercucio: ¿No quieres que continúe...? Benvolio: No, porque no terminarás nunca... Mercucio: Te equivocas. Estaba por terminarlo porque ya llegaba a su fin. Romeo: ¡Vela a la vista! (Entran Pedro y la Nodriza). Mercucio: ¡Una vela a la vista! Benvolio: ¡Son dos: una saya y un sayal! Nodriza: ¡Pedro! Pedro: ¿Qué?
Nodriza: Mi abanico, por favor. Mercucio: Tráeselo, Pedro. La cara se le ve más hermosa tras el abanico. Nodriza: Buenos días, señores. Mercucio: Buenas tardes, bella dama. Nodriza: ¿Ya es la tarde? Mercucio: Casi, casi, pues el obsceno dedo del reloj está manoseando el número doce. Nodriza: ¡Jesús! ¿Qué hombre es éste? Mercucio: Uno al que Dios creó para que desacreditara su obra. Nodriza: Bien dicho: “Para que desacreditara su obra”... Caballeros, ¿podréis decirme alguno de vosotros dónde está el joven Romeo? Romeo: Yo puedo. Pero cuando le encontréis, el joven Romeo estará más viejo que cuando le empezaste a buscar. Yo soy Romeo, a falta de otro más joven. Nodriza: Decís bien. Mercucio: ¿Conque os parece joven, a falta de otro más joven? A fe mía que bien pensáis. Nodriza: Si sois el Romeo que busco, tengo que deciros algo aparte. Benvolio: Querrá invitarle a una cena. Mercucio: ¡Pero si es una alcahueta! (Ríe). Romeo: ¿De qué te ríes? Mercucio: Parece una liebre, pero no lo es; salvo que sea una liebre guisada en Cuaresma, y ya rancia, como dice el cantar: (Cantando). “Una vieja liebre rancia, una vieja liebre rancia bien puede comerse en Cuaresma. Pero son muchos hombres para una sola liebre rancia si rancia se la han de comer”. Romeo, ¿irás a casa de tu padre? En ella almorzaremos. Romeo: Voy con vosotros. Mercucio: Adiós, vieja dama, adiós. Tan dama, tan dama... (Salen Mercucio y Benvolio).
Nodriza: Adiós... (A Romeo). ¿Podríais decirme, señor, quién era ese majadero tan pagado de sus impertinencias? Romeo: Nodriza, es un caballero que gusta de oírse a sí mismo, y que en una hora habla más de lo que escucha hablar en un mes. Nodriza: Pues que se atreva a hablar de mí. Me lo pagará aunque le ayuden veinte de su calaña, y fuera más guapo de lo que es. Y si yo pudiera echármelo al cuerpo, otros me ayudarían. ¿Qué se cree el bribón? ¿Qué soy su ramera, su mujerzuela...? (A Pedro). ¡Y tú! ¿qué haces ahí sin moverte, dejando que cualquiera me insulte a sus anchas? Pedro: Yo no he oído a nadie insultaros a sus anchas. Si lo hubiera oído, habría desenvainado en el acto. Nadie me gana en hacerlo cuando puede haber una buena pelea y tengo la ley de mi parte. Nodriza: ¡Válgame Dios, qué humillación! Todavía tiemblo entera. ¡Villano! Permitidme una palabra, caballero. Como os iba diciendo, mi señorita me envió con un recado para vos. No voy a repetiros todo lo que me dijo que os dijera. Pues primero quiero advertiros que si la habéis engañado, habríais cometido la peor de las acciones. Mi señorita es aún muy joven, y si vuestras promesas han sido falsas, vuestro proceder sería indigno para con una doncella. Romeo: Nodriza, háblale bien de mí a tu señora. Yo te juro por mi honor... Nodriza: ¡Qué bien! Así se lo diré. ¡Cuánto se va a alegrar! Romeo: ¿Y qué le vas a decir, si todavía no me has oído nada? Nodriza: Le diré que me has jurado por tu honor; lo que a fe mía, es obrar como un caballero. Romeo: Dile que invente algún pretexto para ir esta tarde a confesarse. Fray Lorenzo, en su celda, nos confesará y casará. Toma esto, y gracias. Nodriza: Oh, no, señor. No le aceptaré ni un penique. Romeo: Acéptalo; es tuyo. Nodriza: ¿Conque esta tarde? Pues allí estará. Romeo: Ahora vete y espera detrás de los muros del convento. Antes de una hora, mi criado te llevará una escala de cuerdas por la que yo, aprovechando la oscuridad de la noche, subiré hasta la cima de la felicidad. Adiós. Séme fiel y te recompensaré. Dale mis recuerdos a tu ama. Nodriza: ¡Que el cielo os bendiga! Señor...