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Published by Janet Ivonne Gonzalez Amoyado, 2024-04-30 12:55:36

Romeo y Julieta - William Shakespeare

Romeo y Julieta - William Shakespeare

Romeo: ¿Sí, nodriza? Nodriza: Vuestro criado, ¿es capaz de guardar un secreto? ¿No habéis oído que secreto compartido es secreto perdido? Romeo: Mi criado es fiel como el buen acero. Nodriza: Os creo, señor. No hay señorita más hermosa que la mía. ¡Oh, Dios, si la hubiérais conocido cuando pequeña...! ¡Ah! Por cierto que hay en la ciudad un caballero, un tal Paris, que de buena gana la cortejaría. Pero ella, bendita sea, antes escogería ver a un verdadero sapo que a él. A veces me divierto haciéndola enojarse cuando le aseguro que Paris es el caballero que le conviene. ¡Si la viérais entonces! Se pone tan pálida como la cera. Decidme: ¿Romeo y Romero no empiezan con la misma letra? Romeo: Sí, nodriza. Ambos empiezan con R. Nodriza: ¡Ay, qué risa! Romero es el nombre de su perro... ¡Si viérais qué hermosos juegos de palabras hace con vuestro nombre y el de Romero! Os daría gusto oírlos. Romeo: ¡Recuerdos a tu señora! Nodriza: Se los daré mil veces. (Sale Romeo). ¡Pedro! Pedro: ¿Qué hay? Nodriza: Pásame el abanico y guíame. ESCENA V Jardín de Capuleto (Entra Julieta). Julieta: Daban las nueve cuando envié a la nodriza. Quedó en volver antes de media hora, pero ¿y si no le ha encontrado? Ah, qué torpe soy: pero si la pobre es coja. Sólo los pensamientos, que corren más rápido que los rayos del sol ahuyentando la sombra de los montes, debieran ser los mensajeros del amor. Por algo el carro del amor es tirado por palomas y tiene alas el veloz Cupido. El sol está por llegar a la mitad de su carrera diaria. Desde las nueve a las doce han pasado ya tres horas, ¡y aún no regresa! Si ella tuviera alma y sangre juvenil, como una rápida pelota, ya le hubiera lanzado a mi amado mis palabras, y él ya me las hubiera devuelto... Pero los viejos son como los muertos: lentos, torpes y pesados como el plomo. (Entran la


Nodriza y Pedro). ¡Gracias a Dios! ¡Ya viene! Nodriza mía, querida nodriza... ¿Qué noticias traes? ¿Hablaste con él? Que se vaya Pedro. Nodriza: Pedro, espera en la puerta. (Sale Pedro). Julieta: Y bien, nodriza querida... ¡Pero qué triste estás! ¿Acaso las noticias son malas? Si las son, dámelas al menos alegremente; si son buenas, no las eches a perder con esa cara de vinagre. Nodriza: Estoy muy cansada. Déjame tomar aliento. ¡Ay, mis pobres huesos! Cuánto he corrido. Julieta: ¡Ojalá tú tuvieras mis huesos y yo tus noticias! ¡Habla, por Dios, nodriza! ¡Habla de una vez, nodriza mía! Nodriza: ¡Señor, qué prisa! Espera un poco. ¿Que no me ves sin aliento? Julieta: ¿Cómo sin aliento, cuando te sobra para decirme que no lo tienes? Más tardas en disculparte que en darme el recado que dices no poder dármelo todavía. ¿Me traes buenas o malas noticias? Contéstame. Dime sí o no y tendré paciencia. ¡Basta! ¿Buenas o malas? Nodriza: ¡Qué mala elección has hecho! Habrá que enseñarte a elegir marido. ¡No me gusta nada ese Romeo! Aunque tenga mejor cara que los demás y mejores piernas... Y aún mejores manos, y pies, y sea más gallardo. En verdad, no hay quien se le compare. No digamos que es la flor de la cortesía, pero me parece manso como un cordero. ¡No lo has hecho tan mal, niña! ¡Que Dios te ayude! Anda, ¿comieron ya? Julieta: Calla, calla: ya todo eso lo sabía. ¿Pero qué hay del matrimonio? Dímelo, dímelo. Nodriza: ¡Jesús, qué dolor de cabeza! ¡Ay, qué cabeza la mía! Parece que se me fuera a partir. Y la espalda... ¡Cómo me mortifica la espalda! ¡Qué poco te importo! ¡Hacerme correr así de un lado a otro! Julieta: Nodriza mía, cuánto siento tus males. Pero contéstame: ¿qué respondió mi amado? Nodriza: Habló como un noble caballero, con discreción, amabilidad y gentileza... ¿Dónde está tu madre? Julieta: ¿Mi madre? Adentro, supongo. Vaya que pregunta. Y vaya manera de contestarme: “Habló como un noble caballero. ¿Dónde está tu madre?”


Nodriza: ¡Virgen Santa! Y ahora te enojas conmigo. Es mejor que me dejes sola... ¡Buen remedio para el dolor de mis huesos! ¡Para otra vez, lleva tú misma tus recados! Julieta: ¡Qué lío armas! En suma: ¿qué te dijo Romeo? Nodriza: ¿Te dejarán ir hoy a confesarte? Julieta: Sí. Nodriza: Vete, entonces, a la celda de Fray Lorenzo. Allí te espera tu amado para desposarse contigo. Pues si ahora te ruborizas, te pondrás roja cuando te agregue que deberás irte al convento mientras yo, por otro lado, iré a buscar una escala para que esta noche tu amado trepe por ella hasta su nido de amor. Hala, yo trabajo por tu dicha, pero tú tendrás que soportar su peso. Y ahora vete a esa celda, que yo me voy a comer. Julieta: ¡Y yo a mi felicidad! Adiós, nodriza mía. (Salen). ESCENA VI Celda de Fray Lorenzo (Entran Fray Lorenzo y Romeo). Fray Lorenzo: El cielo mire con buenos ojos esta sagrada ceremonia, para que no nos castigue por ella en el futuro. Romeo: ¡Así sea, así sea! Aunque sean muchos los dolores que nos esperan, no bastará para destruir la dicha de este momento. Une nuestras manos con las santas palabras, y ya la muerte devoradora podrá cumplir su cometido. Pero yo habré podido llamar “mía” a mi amada. Fray Lorenzo: Los placeres violentos acaban violentamente: como el fuego y la pólvora, que se consumen en su propio apetito. La dulzura excesiva de la miel termina por hastiarnos, y dejamos de gustarla. Ama, pues, con moderación, para que tu amor dure. Lo mismo demora el que va muy rápido que el que va muy lento. (Entra Julieta). ¡Aquí está la dama! Quien está enamorado puede suspenderse de una telaraña sin romperla. ¡Tan alada es la ilusión! Julieta: Buenas tardes, padre confesor.


Fray Lorenzo: Romeo te dará las gracias en nombre de ambos. Julieta: Por eso le incluyo también en mi saludo. Romeo: ¡Oh, Julieta! Si tu dicha es como la mía y eres capaz de expresarla mejor, alegra con tus palabras el aire y deja que tu dulce voz proclame la felicidad soñada que hoy agita el alma de los dos. Julieta: El verdadero amor es más rico en obras que en palabras, más en la esencia que en la forma. Sólo el pobre cuenta su dinero. Pero el tesoro de mi amor es tan rico que yo no podría contar ni siquiera su mitad. Fray Lorenzo: Venid conmigo y acabemos pronto. Con vuestro permiso, no os dejaré solos hasta que la Santa Iglesia os haya dado la bendición nupcial. (Salen).


Acto III Escena I Plaza de Verona (Entran Benvolio, Mercucio, Paje y Criados). Benvolio: Creo, amigo Mercucio, que deberíamos volver a casa. Hace mucho calor, los Capuleto andan por las calles, y como en verano hierve la sangre, si tropezamos con ellos no podremos evitar una pelea. Mercucio: Tú eres uno de esos hombres que cuando entran en una taberna ponen la espada sobre la mesa, como diciendo: “¡Ojalá que no te necesite!”, y que después de un par de tragos la desenvainan sin que nadie les provoque. Benvolio: ¿Piensas realmente que soy uno de esos? Mercucio: ¡Bien lo sabes! En Italia no hay nadie mejor que tú para armar pelea. Cualquier cosa te irrita; tan pronto te enfureces por haberte irritado como te irritas por haberte enfurecido. Benvolio: ¿Te parece mal? Mercucio: Si tuviéramos otro como tú, ya no los tendríamos, pues se hubieran matado. ¡Tú eres capaz de batirte por un pelo más o un pelo menos en la barba! Provocarías hasta a quien partiera nueces porque tus ojos son color avellana. ¿Quién, sino tú, pelearía por ello? Tienes la cabeza llena de riñas como un huevo lo está de yema, aunque a ti te la han vaciado a punta de golpes. Peleas con el que casualmente despierte a tu perro al pasar por la calle. ¿No reñiste una vez con un sastre porque estrenó su ropa nueva antes de Pascua de Resurrección? ¿Y con otro porque ató sus zapatos nuevos con cordones viejos? ¡Y pretendes que tu actitud no me parezca mal! Benvolio: Si yo fuera tan prudente como tú, ¿quién me aseguraría más de un cuarto de hora de vida...? ¡Mira, aquí vienen los Capuleto! Mercucio: ¡Y qué me importa, vive Dios! (Entran Teobaldo y otros).


Teobaldo: No os apartéis de mí, pues a uno de ellos debo decirle dos palabras. ¡Buenas tardes, caballeros! Deseo hablar con uno de vosotros. Mercucio: ¿Sólo hablar con uno de nosotros? ¡Más valiera que quisiérais hacer algo más, como dar un golpe, por ejemplo! Teobaldo: No dejaré de darlo si me dáis motivo. Mercucio: ¿Y no encontraréis un motivo sin que os lo den? Teobaldo: Mercucio, tú estás acorde con Romeo. Mercucio: ¡Acorde! ¿Qué nos tomáis por músicos? Pues entonces nos váis a oír desafinar. ¡Yo sacaré mi arco de violín y ya verás cómo bailas! ¡Válgame Dios, y a qué buen compás! Benvolio: Aquí hay mucha gente. Vayámonos a un lugar más retirado, donde podamos satisfacer nuestros agravios, o si no, retirémonos. Todos nos están mirando. Mercucio: ¡Que lo hagan! Para eso tienen ojos. No me voy de aquí por darle gusto a nadie. Teobaldo: No eres tú quien me ha ofendido. Aquí viene mi doncel, el que buscábamos. (Entra Romeo). Mercucio: ¡Que me maten si lleva los colores de tu escudo familiar! Aunque de fijo él te seguirá al campo, y por eso le llamas “mi doncel”. Teobaldo: Romeo, puedo expresar en sólo una palabra el odio que te tengo: ¡infame! Romeo: Teobaldo, sólo las razones que tengo para estimarte pueden hacerme perdonar tu grosero saludo. Jamás he sido infame. Tú no me conoces. Adiós. Teobaldo: Mozuelo, tu explicación no te excusa de haberme ofendido. ¡Vamos, desenvaina! Romeo: Jamás te he ofendido. Por el contrario, ya verás que tengo motivos para apreciarte. Vete en paz, buen Capuleto, apellido que estimo tanto como el mío, y date por desagraviado. Mercucio: ¡Qué deshonrosa y vil cobardía! El acero acabará con ella. (Desenvaina). ¡En guardia, Teobaldo, cazador de ratas! Teobaldo: ¿Yo? ¿Qué quieres de mí?


Mercucio: Una de tus siete vidas, rey de los gatos, y luego apalearte las otras seis. ¡Vamos, tira de las orejas a tu espada y desenvaina! Que no vaya a ser la mía la que te corte las orejas primero. Teobaldo: (Desenvainando). Estoy listo. Romeo: ¡Detente, Mercucio, amigo mío! Mercucio: Adelante, caballero. Enseñadme ese passato... (Se baten). Romeo: Benvolio, saca tu espada. Separémosles... Caballeros, ¡qué afrenta! ¡Paremos esto a tiempo! ¡Teobaldo! ¡Mercucio! El príncipe ha prohibido batirse en las calles de Verona. ¡Basta, Teobaldo! ¡Detente, Mercucio! (Salen Teobaldo y sus amigos). Mercucio: Estoy malherido... ¡Malditos Capuleto y Montesco! ¡Me hirieron! ¿Y yo no a él? Romeo: ¿Te han herido? Mercucio: Un arañazo, nada más, un arañazo... pero muy profundo. ¿Dónde está mi paje? Que busque un cirujano... (Sale el Paje). Romeo: Vamos, hombre, quizá la herida sea leve. Mercucio: Sí; no es tan honda como un pozo ni tan ancha como el pórtico de una iglesia, pero acabará conmigo. Si mañana preguntas por mí, sabrás que estaré tan callado como un muerto. Ya estoy frito. ¡Malditas sean vuestras familias! ¡Vive Dios! ¡Que un perro, una rata, un ratón, un gato mate a un hombre de un arañazo! Un matón, un pícaro, un infame que no respeta las reglas de la esgrima. ¿Para qué demonios te pusiste a separarnos? Me hirió por debajo de tu brazo... Romeo: Creí que debía evitar que se batieran. Mercucio: Llévame de aquí, Benvolio, que voy a perder el conocimiento. ¡Que el fuego devore a vuestras dos familias! Ya soy pasto de los gusanos. Ya llegó mi turno... ¡Maldita discordia la vuestra! (Salen Benvolio y Mercucio). Romeo: Es por defenderme que sucumbe este caballero, un amigo querido y pariente del Príncipe. He sido deshonrado por la afrenta de Teobaldo, primo mío desde hace una hora. ¡Oh, Julieta, mi amor por ti me ha quitado el valor y ablandado el temple de mi acero! (Entra nuevamente Benvolio).


Benvolio: ¡Ay, Romeo! El noble Mercucio ha muerto... Su alma audaz, que despreció a este mundo, se ha lanzado ya a las nubes. Romeo: Este sombrío día oscurece ya los días por venir. Empezó la cadena de males que habrán de extremarse en los días que me esperan. (Entra nuevamente Teobaldo). Benvolio: Aquí vuelve el agresivo Teobaldo. Romeo: Viene vivo y triunfante, ¡y Mercucio ha muerto! ¡Que la cordura me abandone y que sólo la ira guíe mi brazo! Teobaldo, te devuelvo ese mote de “infame” que me diste, porque el alma de Mercucio está todavía muy cerca nuestro llamando a la tuya. Tú, o yo, o ambos, tendremos forzosamente que seguirle. Teobaldo: ¡Pues vete a acompañarle tú, pobre necio, ya que aquí le acompañabas siempre! Romeo: Mi espada lo decidirá. (Se baten. Teobaldo cae herido). Benvolio: ¡Huye, Romeo, pronto! La gente acude y Teobaldo ha muerto. ¡No te quedes así! Si te agarran, el Príncipe te condenará a muerte. ¡Pronto, huye, huye! Romeo: ¡Dios, soy juguete del destino! Benvolio: ¡Huye! (Sale Romeo. Entra gente). Ciudadano 1º: ¿Hacia dónde escapó Teobaldo, el asesino de Mercucio? ¿Hacia dónde ha escapado? Benvolio: Teobaldo ha muerto. Allí. Ciudadano 1º: Seguidme, entonces. Daos preso en nombre del Príncipe. (Entran el Príncipe y su séquito; Montesco, Capuleto, sus esposas y varios ciudadanos). Príncipe: ¿Dónde están los culpables de esta reyerta? Benvolio: Ilustre príncipe: yo puedo contaros todo lo que desgraciadamente aquí pasó. Teobaldo mató a vuestro pariente, el fuerte Mercucio, y el joven Romeo mató a Teobaldo, que aquí yace. Sra. de Capuleto: ¡Ah Teobaldo! ¡Ah mi sobrino, hijo de mi hermano! ¡Oh, Príncipe! ¡Ay, esposo! ¡Han asesinado a mi amado sobrino! Príncipe,


si sois justo, haced que la sangre de Montesco caiga sobre nuestra sangre derramada. ¡Ay, mi sobrino! ¡mi pobre sobrino! Príncipe: Dime, Benvolio: ¿quién comenzó esta pelea mortal? Benvolio: Teobaldo, que aquí yace y que murió a manos de Romeo. En vano intentó, con nobles palabras, convencerle en vuestro nombre que no se batiera. Y aunque lo hizo con palabras corteses y gestos amables no pudo calmar la violenta ira de Teobaldo. Este, desoyendo a Romeo, acometió con el acero desnudo al valiente Mercucio, el cual, enardecido a su vez replicó con su espada y detuvo con su daga una estocada mortal. Ambos se baten mientras Romeo grita: “¡Basta, amigos, basta!” y se interpone entre los dos con su rápida espada. Pero de súbito, y por debajo de su brazo, Teobaldo lanza una estocada traidora que le quita la vida al valiente Mercucio. Huye, entonces, a toda prisa, pero luego vuelve y enfrenta a Romeo, cuya cólera estalla. Ambos se baten como rayos, y antes de que yo pueda detenerles con mi espada, Teobaldo cae herido de muerte. Entonces, Romeo huye. Esta es la pura y santa verdad, ¡por mi vida! Sra. de Capuleto: Ese es un Montesco, y el ser de la familia le hace mentir. Fueron más de veinte las espadas que se desenvainaron para matar a mi sobrino. Pido justicia, Príncipe, la exijo. Si Romeo mató a Teobaldo, Romeo debe morir. Príncipe: Romeo le mató, pero Teobaldo mató a Mercucio. ¿Quién pagará la noble sangre de éste? Montesco: Romeo no. Romeo era amigo de Mercucio y lo que hizo fue anticiparse a la ley. Teobaldo habría sido condenado a muerte. Príncipe: En castigo, yo destierro a Romeo. Vuestras almas están cegadas por el odio y en vuestras crueles riñas habéis derramado sangre de los míos. Pero yo os impondré un castigo que os hará llorar la muerte de mi deudo. Seré inaccesible a los ruegos y a las explicaciones. Ni los unos ni las otras me harán perdonar lo ocurrido, así es que no perdáis palabras. Que Romeo salga de inmediato al destierro o le ejecutarán si le encuentran. Y ahora, levantad este cadáver y cumplid mi mandato. Si fuera clemente con el asesino me haría cómplice de su crimen. (Salen todos).


ESCENA II Jardín en casa de Capuleto (Entra Julieta). Julieta: Corred, corred, alados corceles hacia la morada del sol. Que el látigo de Faetón, el auriga, os haga galopar hacia el poniente para que llegue pronto la oscura noche y tú, oh noche, extiende tu manto protector. Acaba con la vigilia de los ojos para que Romeo pueda llegar hasta mis brazos sin ser visto. El amor es ciego y gusta de las sombras de la noche, cuya velada claridad basta a los amantes para sus citas. ¡Ven, oh noche deseada, dama de negra túnica, y enséñame a perder en el dulce juego del amor una partida ya ganada! Cubre con tu manto enlutado la sangre irreprimible que arde en mis mejillas hasta que el inexperto amor, ya más audaz, acepte el deseo en toda su pureza. ¡Oh noche, ven! ¡Ven, Romeo! ¡Tú que eres la luz de esta noche y que lucirás más blanco que la nieve recién caída en las alas del cuervo! ¡Ven, oh dulce noche, amorosa noche de sombrío ceño! ¡Tráeme a mi Romeo! Y cuando él muera, deshaz su cuerpo en mil estrellitas que adornen tu manto, de modo que todos se enamoren de ti y olviden al sol deslumbrador. Ya he adquirido la mansión de mi amor, pero todavía no la habito. La poseo, pero él aún no me posee. ¡Oh, qué día tan largo! Tan largo como la víspera de una fiesta para el niño que va a estrenar en ella un traje nuevo. ¡Ah, pero aquí viene mi nodriza! (Entra la Nodriza con una escala de cuerdas). Traerá noticias de Romeo. En cuanto pronuncia su nombre, se le suelta la lengua. Nodriza, ¿qué noticias traes? ¿Y esas cuerdas, qué son? ¿Es la escala que Romeo te pidió que trajeras? Nodriza: Sí, sí. Esta es la escala. (La arroja al suelo). Julieta: ¡Dios mío! ¿Qué sucede? ¿Por qué te pellizcas las manos? Nodriza: ¡Ay, señora! ¡Ha muerto, ha muerto, ha muerto! ¡Todo se acabó, señora! ¡Estamos perdidas! ¡Qué maldito día! Murió... Le mataron... Está muerto. Julieta: ¿Pero cabe en el cielo tal maldad? Nodriza: En Romeo cabe. ¡Romeo! ¿Quién hubiera podido pensar tal cosa de Romeo?


Julieta: ¿Qué demonio eres tú para atormentarme así? Es como estar en el infierno. ¿Quién murió? ¿Acaso fue Romeo? Dime que “sí” y esta palabra basta. Será más venenosa que la mirada del basilisco. Yo no seré más yo si la respuesta es “sí”. Si está muerto, dime “sí”; si no, dime “no”. Con una palabra podrás hacerme feliz o desgraciada. Nodriza: Sí: yo vi su herida. La vi con mis propios ojos, en medio de su noble pecho. Estaba muerto, pálido como la cera, lleno de sangre y de coágulos. Me desmayé al verle. Julieta: ¡Estalla, corazón mío, estalla! ¡Cegaos, ojos míos, y permaneced ciegos para siempre! ¡Polvo, vuelve al polvo! Sólo me queda morir y yacer con Romeo en la misma tumba. Nodriza: ¡Oh, Teobaldo, amigo mío! ¡Teobaldo, caballero sin igual! ¿Cómo es posible que haya yo vivido para verte muerto? Julieta: ¿Pero qué tormenta de vientos contrarios es ésta? ¿Dices que mataron a Romeo y que Teobaldo ha muerto? ¡Que toquen, pues, la trompeta del juicio final! ¿Cómo podremos vivir si los dos han muerto? Nodriza: Teobaldo está muerto y Romeo desterrado por haberle dado muerte. Julieta: ¡Dios mío! ¿Conque fue Romeo quien derramó la sangre de Teobaldo? Nodriza: Así fue. ¡Maldito día! Julieta: ¡Alma de serpiente oculta tras un bello rostro! ¿Qué dragón tuvo jamás tan hermosa cueva? ¡Bello tirano! ¡Demonio angelical! ¡Cuervo con plumas de paloma! ¡Lobo con piel de oveja! ¡Materia innoble con forma divina! ¡Exactamente distinto a lo que parecías! ¡Santo maldito! ¡Honrado criminal! ¡Oh, potencias del infierno! ¿qué pretendíais cuando encerraste en el paraíso de ese cuerpo el alma de un condenado? ¿Por qué encuadernasteis tan bellamente un libro de contenido tan perverso? ¿Cómo en un palacio tan magnífico puede habitar la traición? Nodriza: Los hombres son todos iguales: falsos, infieles, poco honrados. Todos son hipócritas, pérfidos, mentirosos... ¿Qué se ha hecho mi criado? Dame unas gotas de aguardiente. Con tantas penas y dolores voy a envejecer antes de tiempo. ¡Que la deshonra caiga sobre Romeo!


Julieta: ¡Calla esa lengua, nodriza! En Romeo no cabe la deshonra. En su frente reina el honor como único soberano... ¡Qué necia he sido al inculparle! Nodriza: ¿Disculparás al asesino de tu primo? Julieta: ¿Y cómo podré culpar al que es mi esposo? Dueño mío, ¿quién respetará tu nombre si te insulto a las pocas horas de haberme casado contigo? Pero, dime necio, ¿por qué mataste a mi primo? ¿O tú, primo vil, quisiste matarle antes? ¡Atrás, lágrimas mías, volved a vuestra fuente: sois testimonio de un dolor que debiera transformarse en gozo. Romeo está vivo aunque Teobaldo quiso matarle; Teobaldo ha muerto porque intentó matar a mi esposo. ¿A qué viene mi llanto entonces? Es que creo haber oído una palabra que me angustia mucho más que la muerte de Teobaldo. Intento olvidarla, pero se agarra a mí como el remordimiento al alma culpable. “Teobaldo está muerto y Romeo desterrado”. La palabra desterrado me duele más que la muerte de diez mil Teobaldos. ¡Como si no bastara la muerte de Teobaldo! Si el dolor se complace en traer otros dolores, ¿por qué cuando dijiste: “Teobaldo está muerto”, no añadiste: ¿y también “tu padre” o “tu madre” o ambos? Yo habría sentido un gran dolor, sin duda. Pero agregar a la noticia de la muerte de Teobaldo la de que “Romeo está desterrado”, es como decir: les mataron a todos: a tu padre, a tu madre, a Teobaldo, a Romeo, a Julieta. Pues no hay límites al abismo que encierra la frase: “Romeo está desterrado”. Dime, nodriza, ¿dónde están mis padres? Nodriza: Llorando junto al cadáver de Teobaldo. ¿Quieres acompañarles? Yo iré contigo. Julieta: Que sus lágrimas enjuguen sus heridas. Yo, entre tanto, lloraré por el destierro de Romeo... Llévate esa escala, ya no tiene objeto con Romeo desterrado. Ella debía haber sido el camino que llevara hasta mi lecho nupcial. Pero ahora moriré virgen y viuda. ¡Adiós, escala de cuerda! ¡Adiós, nodriza! Me espera mi lecho nupcial para que sea la muerte y no Romeo quien ponga fin a mi virginidad. Nodriza: Vete a tu aposento. Yo iré a buscar a Romeo, pues sé dónde está. Seca tus lágrimas, que Romeo vendrá a verte. Está esperando que anochezca en la celda de Fray Lorenzo. Julieta: Búscale, nodriza, y dale en mi nombre esta sortija. Dile que quiero su último adiós.


ESCENA III Celda de Fray Lorenzo (Entra Fray Lorenzo). Fray Lorenzo: Acércate, Romeo, joven difícil. La desgracia se ha enamorado de tus dones y el dolor se ha desposado contigo. (Entra Romeo). ¿Hay noticias? Romeo: Padre, ¿cuál ha sido el dictamen del Príncipe? ¿Qué pruebas me esperan aún? Fray Lorenzo: Ya se conoce la sentencia del Príncipe. Romeo: Ella no ha de ser sino la muerte. Fray Lorenzo: Ha sido menos dura. No es la muerte, sino el destierro. Romeo: ¡El destierro! Piedad, padre. Prefiero que digáis: “la muerte”, porque temo menos a la muerte que al destierro. No digáis más esa palabra. Fray Lorenzo: Estás desterrado de Verona. Pero no temas: el mundo es grande y ancho. Romeo: Fuera de Verona no hay mundo, sino purgatorio, desesperación, infierno. Desterrarme de Verona es desterrarme de la tierra, y el destierro de la tierra significa la muerte. Si a la muerte llamáis destierro, cortad mi cabeza con un hacha de oro y reíros luego del golpe mortal. Fray Lorenzo: ¡Oh, qué negro pecado es la ingratitud! La ley pena tu crimen con la muerte. La indulgencia del Príncipe torció la ley en tu favor, cambiando “muerte” por “destierro”. Aunque no te lo parezca, fue un dictamen bondadoso. Romeo: ¡No es bondadoso, es un cruel dictamen! El cielo está en Verona, donde vive Julieta. Cualquier perro, gato o ratón, cualquier ser, por vil que sea, puede vivir en este cielo y verla; pero Romeo no. Más justicia, más respeto, más cortesía hay para una inmunda mosca que para Romeo. Ella puede posarse sobre la blanca y maravillosa mano de Julieta o sobre sus benditos labios; esos labios tan rojos de pudor virginal que aún creen que es pecado el que se toquen mutuamente. ¿Y decís que el destierro no es la muerte? ¿No teníais, acaso, algún veneno, alguna puntiaguda daga, algún sistema de muerte más rápido que este del destierro? ¡Desterrado! Esa es la palabra con que en medio de aullidos se llaman unos a otros los condenados


del infierno. ¿Y cómo vos, sacerdote y confesor mío, y mi amigo más querido, tenéis valor para aplicarme esa palabra? Fray Lorenzo: Escúchame, joven loco. Óyeme siquiera dos palabras. Romeo: ¿Váis a hablarme otra vez de “destierro”? Fray Lorenzo: Voy a quitarte el temor a esa palabra. Te haré ver las cosas de otro modo y en forma que te sirvan de consuelo en el destierro. Romeo: ¡Destierro! ¡Mal haya nuestro consuelo si no me da a mi Julieta! De nada me sirve si no traslada Verona al lugar de mi destierro, si no cambia el dictamen del Príncipe. No os oiré más. Fray Lorenzo: ¡Ay, veo que los locos pierden el oído! Romeo: ¿Y cómo no han de perderlo, si los cuerdos pierden la vista? Fray Lorenzo: Permíteme aconsejarte... Romeo: No podéis aconsejarme sobre algo que no sentís. Si tuviérais mi edad y amaras a Julieta, si estuviérais recién casado con ella y hubiérais matado a Teobaldo, si fuérais ardiente como yo y os desterraran, seguro que os arrancaríais los cabellos al hablar y os arrojaríais al suelo como yo para pedir vuestra tumba. (Golpean a la puerta). Fray Lorenzo: ¡Están golpeando! ¡Levántate, Romeo! ¡Ocúltate! Romeo: No, no me ocultaré. La nube de mis doloridos suspiros me ocultará de las miradas de quienes vienen. (Se oyen nuevos golpes). Fray Lorenzo: ¿Oyes? ¡Qué manera de golpear! ¿Quién va...? Levántate, Romeo. Van a prenderte... ¡Voy, voy! ¡Levántate! (Más golpes). ¡Escóndete en mi biblioteca! ¡Voy, ya voy! Dios mío, qué insistencia. ¡Un momento, un momento! (Continúan llamando). ¿Quién golpea así? ¿Quién sois? ¿Qué deseáis? Nodriza: (Tras la puerta). Dejadme entrar. Traigo un recado de mi señora Julieta. Fray Lorenzo: Bienvenida seas. (Entra la Nodriza). Nodriza: Santo fraile, decidme, reverendo hermano, ¿dónde está el esposo de mi señora? ¿Dónde está Romeo?


Fray Lorenzo: Mírale ahí en el suelo, apacentándose de sus lágrimas. Nodriza: ¡Igual está mi señora! ¡Exactamente igual! Fray Lorenzo: Funesto parecido. ¡Cruel amor! Nodriza: Igual que él: llorando y gimiendo, gimiendo y llorando. ¡Levantaos! ¡Levantaos si sois hombre! Hacedlo por ella. Levantaos, y no os dejéis vencer en esa forma. Romeo: ¿Eres tú..., nodriza? Nodriza: Sí, mi señor. Sólo la muerte lo acaba todo. Romeo: ¿Nombraste a Julieta? ¿Cómo está? ¿No me llama asesino por haber manchado la infancia de nuestra dicha con la sangre de su pariente? ¿Dónde está? ¿Qué piensa? ¿Qué dice mi amada esposa de nuestra desventura? Nodriza: No dice nada, señor. Lo único que hace es llorar. Y a veces se arroja al lecho, otras se levanta y grita: “¡Teobaldo!, ¡Romeo!”, y vuelve a arrojarse al lecho. Romeo: Como si ese nombre disparado por un arcabuz la matara, tal como la infame mano de Romeo mató a su primo. ¡Ay, decidme, padre! ¿En qué parte de mi cuerpo está mi nombre? ¡Decídmelo, porque quiero expulsarlo de su odiosa morada! (Saca su daga). Fray Lorenzo: ¡Detén esa mano homicida! ¿Acaso no eres hombre? Tu aspecto dice que sí, pero tu llanto es de mujer. Tus actos sin control parecen los de un animal enfurecido. ¡Me horrorizas, hombre con mezcla de mujer y fiera! ¡Te juro por mis sagrados hábitos que te creí de voluntad más firme! Mataste a Teobaldo; y ahora quieres matarte a ti mismo y a tu esposa, que vive para ti. Dime; ¿por qué maldices tu estirpe, y al cielo y a la tierra, si todos están en ti? Al matarte vas a perderlo todo; vas a deshonrar tu cuerpo, tu amor y tu inteligencia, todos aquellos tesoros que tienes y que, como un avaro, vas a desaprovechar. Ese noble aspecto tuyo no es más que el de una figura de cera, sin la viril voluntad. El amor que prometiste es un falso amor que no cumplirá su promesa. Tu entendimiento, que tanto realce daba a tu persona y a tu amor, está tan confuso como el del recluta al que le estalla la pólvora que iba a usar contra el enemigo. ¡Vamos, Romeo, anímate! Recuerda que está viva aquella por quien deseabas morir. ¿Ello no te


consuela? Teobaldo quiso matarte y le mataste tú. ¿Tampoco ello te consuela? La ley te condenaba a muerte y la sentencia fue de destierro. ¿Tampoco te consuela? La bendición del cielo llueve sobre ti y la suerte no te abandona. Pero tú, como una mujer liviana y caprichosa, te quejas de tu suerte y de tu amor. ¡Señor, qué ingratitud! La desgracia no tarda en llegar a los que obran así... Y ahora, vete a ver a tu esposa. Sube a su aposento, pero déjalo antes de que aparezca la guardia, ya que ésta no te permitiría llegar a Mantua. Allí te quedarás hasta que podamos dar a conocer tu boda, reconciliemos a vuestras familias y logremos el perdón del Príncipe. Sólo entonces podrás volver mucho más alegre de lo mucho que ahora te lamentas... Y tú, nodriza, vete ya. Saluda de mi parte a tu señora y dile que trate de que todos se recojan temprano, lo que no será difícil tras un día tan penoso. Romeo te seguirá luego. Nodriza: ¡Santo fraile, me estaría oyéndoos toda la noche! ¡Qué maravilla es el saber! Señor Romeo, corro a anunciar a mi señora vuestra llegada. Romeo: Sí, sí. Y dile que se prepare a reñirme. Nodriza:Tomad este anillo que ella me pidió que os entregara. Y apuraos, que ya anochece. (Salen). Romeo: ¡Oh, cómo renacen mis esperanzas! Fray Lorenzo: Vete ya y no olvides el plan. O partes antes de que pongan la guardia, o sales después, disfrazado. Y te quedas en Mantua. Tu criado te llevará con frecuencia noticias mías y de todo lo que te interese saber. Vamos, dame esa mano. Es tarde, adiós. Romeo: Si no me esperara una felicidad que lo supera todo, no podría dejarte sin gran dolor. ¡Adiós! ESCENA IV Sala en casa de Capuleto (Entran Capuleto, la Sra. de Capuleto y Paris). Capuleto: La reciente desgracia no nos ha dejado tiempo para hablar con nuestra hija. Tanto ella como yo queríamos mucho a Teobaldo. Cierto, todos hemos de morir. Ya es muy tarde y ella debe estar recogida. A fe mía, os aseguro de que si no fuera por vos, yo estaría ya en mi lecho.


Paris: Sí. Y tampoco conviene a vuestro dolor el que yo la corteje. Buenas noches, señora. Ofreced mis respetos a vuestra hija. Sra. de Capuleto: Se los daré. Mañana sabré qué piensa sobre vuestras intenciones. Ahora está abrumada por la pena. Capuleto: Señor Paris, os prometo conseguiros la mano de mi hija. Creo que ella me dejará a mí la decisión. Más que creerlo, no lo dudo. Esposa mía, antes de acostarte, ve y háblale del amor que Paris siente por ella. Y ordénale, sí, ordénale, que el próximo miércoles... Pero, ¿qué día es hoy? Paris: Lunes, señor. Capuleto: ¡Bien, lunes! Entonces el miércoles es demasiado pronto; que sea el jueves. Dile que el próximo jueves habrá de casarse con el conde. ¿Os conviene ese día? ¿Estáis contento? Será sin mucha ceremonia. Invitaré sólo algunos amigos íntimos. Estando tan reciente la muerte de nuestro sobrino Teobaldo, el hacer grandes festejos indicaría que no la hemos sentido. Así es que será con unos pocos amigos, y nadie más. ¿Os parece bien el jueves? Paris: ¡Ojalá mañana fuese jueves! Capuleto: De acuerdo, pues. Marchaos ahora y será el jueves. Y tú, mujer, habla con Julieta antes de acostarte e instrúyela sobre su matrimonio. Adiós, amigo. ¡Eh, alumbradme el camino hasta mi alcoba! Es tan tarde que pronto diremos que es tempranísimo. Buenas noches. (Salen). ESCENA V Habitación de Julieta con balcón hacia el jardín. (Romeo y Julieta en el balcón). Julieta: ¿Tan luego te vas? Aún no amanece. Fue el ruiseñor y no la alondra el que cantó despertando tu temor. Cada noche canta en aquel granado. Es el ruiseñor, amado mío. Romeo:


Es la alondra, que anuncia el alba, y no el ruiseñor. Mira, amada mía, cómo las nubes se abren y aclaran en el oriente. Las antorchas de la noche ya se apagan y el alegre día avanza paso a paso sobre las cimas vaporosas de los montes. Debo partir, o quedarme a encarar mi muerte. Julieta: Esa luz no es la de la aurora, te aseguro. Es un meteoro enviado por el sol para que con su luz, en medio de la noche, te guíe por el camino a Mantua. Quédate. No tienes por qué irte todavía. Romeo: ¡Que me apresen! ¡Que me quiten la vida! Si tú lo mandas, lo aceptaré feliz. Diré que no es la aurora aquel lejano gris sino el pálido reflejo de la luna; que no es el canto de la alondra el que resuena en la cada vez más clara bóveda del cielo. Mucho más deseo quedarme que partir. ¡Bienvenida, muerte, si Julieta así lo quiere! ¿Qué ocurre, amada? Hablemos; no amanece todavía. Julieta: Sí, ya amanece. Vete, corre pronto. Es la alondra que no canta sino chilla con áspera voz y horribles notas. ¡Quién puede decir que su canto es armonioso si sus notas nos separan! Hay quien dice que la alondra cambia de ojos, como el sapo; ¡mucho mejor sería que cambiara de voz, pues ese espantoso canto me aparta de tus brazos y me expulsa de tu lado al anunciar el alba! ¡Vete, vete, que cada vez está más claro!


Romeo: Mientras más claro, más oscura es nuestra pena. (Entra la Nodriza). Nodriza: ¡Señora! Julieta: ¿Sí, nodriza? Nodriza: Viene tu madre. Está amaneciendo. Ten cuidado. (Sale). Julieta: ¡Ay, que llegue entonces el sol y se vaya la vida! Romeo: ¡Adiós, adiós, un último beso y parto! (Baja por la escala). Julieta: ¿Ya te vas, mi señor, amado, mi dulce dueño? Quiero noticias de ti cada día, a cada hora. En cada minuto sin ti caben tantos días que yo envejeceré contándolos antes de volver a verte, amado mío. Romeo: ¡Adiós! Buscaré todos los medios para enviarte mi amor todos los días. Julieta: ¿Crees tú que volveremos a vernos? Romeo: Sin duda. Y recordaremos estas angustias como instantes maravillosos de amor. Julieta: ¡Dios mío! Me asalta un negro presentimiento. Me parece verte al pie de este muro yaciendo muerto sobre la tumba abierta. O me engañan mis ojos, o estás pálido como la cera. Romeo: Amor mío, también mis ojos te ven así.


El dolor se ceba en nuestra sangre. ¡Adiós, adiós! (Sale). Julieta: ¡Oh, fortuna! todos dicen que eres mudable. Si en verdad lo eres, ¿qué reservas para él cuya fidelidad es inmutable? Sé mudable, fortuna, y no lo retengas lejos por mucho tiempo. Devuélvemelo pronto. Sra. de Capuleto: (Desde dentro). ¡Hija!, ¿estás despierta ya? Julieta: ¿Quién llama? ¿Mi señora madre? ¿Es que aún no se acuesta, o se levantó muy temprano? ¿Por qué razón extraña me busca a esta hora? (Entra la Sra. de Capuleto). Sra. de Capuleto: ¿Te sientes mal, Julieta? Julieta: Sí, señora. Sra. de Capuleto: ¿Todavía lloras la muerte de tu primo? ¿Piensas que tus lágrimas podrán resucitarle? Tus lágrimas no le devolverán la vida. Deja, pues, de llorar; aunque el dolor sea signo de cariño, el mantenerlo es signo de locura. Julieta: Dejadme llorar tan dura pérdida. Sra. de Capuleto: Eso es llorar la pérdida y no el amigo. Julieta: Llorando lo perdido, también lloro al amigo. Sra. de Capuleto: Vamos, hija, más que por el muerto, ¿no llorarás porque esté vivo el infame que le mató? Julieta: ¿A quién llamas infame, madre? Sra. de Capuleto: A Romeo. Julieta: (Aparte). ¡Cuánta distancia hay entre un infame y él! (En voz alta). Dios le perdone como le he perdonado yo, aunque nadie me haya hecho sufrir tanto como él. Sra. de Capuleto: Porque aún vive ese infame asesino. Julieta: Sí, señora. Y vive lejos del alcance de mi venganza. ¡Yo querría vengar la muerte de mi primo con mis propias manos! Sra. de Capuleto: Ya lo vengaremos. No llores más. Haré que alguien vaya a Mantua, donde está desterrado ese asesino, y le envenene con un droga


tan mortífera, que pronto le hará compañía a Teobaldo. Quedarás vengada y contenta. Julieta: Contenta no, señora, hasta que no le vea... muerto... Señora, mi aflicción es tanta, que cuando tengas al hombre que esté dispuesto a darle ese veneno, yo misma lo prepararé. Así Romeo podrá dormir en paz. ¡Cuánto sufro al oír su nombre y no tenerle cerca para poder vengar la sangre de mi querido primo! Sra. de Capuleto: Busca tú cómo preparar el veneno y yo me encargaré de hallar el hombre. Pero vamos, hija, disponte ahora a oír una buena noticia. Julieta: Me vendrá bien después de tantos sufrimientos. ¿Cuál es, señora? Sra. de Capuleto: Tu padre, que es tan bueno contigo, te ha preparado una grata sorpresa para sacarte de tu abatimiento. Una sorpresa que ni tú ni yo soñábamos. Julieta: ¿Y cuándo será, señora, esa sorpresa? Sra. de Capuleto: El jueves próximo, por la mañana temprano. El joven conde Paris, ese noble y gallardo caballero que tú conoces, te conducirá al altar de la iglesia de San Pedro para hacerte su feliz esposa. Julieta: ¡Pues te juro que ni por la iglesia de San Pedro, ni por el propio San Pedro, se desposará conmigo! ¿A qué tanta prisa para casarme con alguien que ni siquiera me ha hablado de amor? Decidle a mi padre, señora, que todavía no quiero casarme. Y que cuando lo haga, juro que antes será con Romeo, a quien sabéis que odio, que con Paris. ¡Vaya la buena noticia que me traéis! Sra. de Capuleto: Aquí viene tu padre. Díselo tú y verás cómo se pone. (Entran Capuleto y la Nodriza). Capuleto: Al morir la tarde cae el rocío, pero a la muerte del hijo de mi hermano, llueve a cántaros. Vamos, hija, ¿todavía sigue el aguacero en tus ojos? Tu frágil cuerpo es a un tiempo como una barca, el mar y el viento. En tus ojos, que son el mar, hay una marejada de lágrimas; la barca que es tu cuerpo, navega sobre ese mar salobre; el viento son tus suspiros en feroz lucha con tus lágrimas. Si la tormenta no se calma, tu cuerpo naufragará... Y bien, esposa, ¿le transmitiste mis órdenes? Sra. de Capuleto: Sí, señor. Os las agradece pero no las acepta. ¡Necia! Debería casarse con su tumba.


Capuleto: ¿Cómo? ¿Qué dices, esposa mía? ¿Qué las agradece pero no las acepta? ¿Acaso no está orgullosa, no se siente feliz de que le hayamos encontrado a tan noble caballero para esposo? Julieta: Orgullosa, no; agradecida, sí. ¿Cómo podré estar orgullosa de lo que aborrezco? Pero siempre agradeceré las buenas intenciones, aunque me ofrezcan lo que odio. Capuleto: ¿Cómo? ¿Qué retórica barata es esta? “Orgullosa, no; agradecida, sí”. Vamos, señorita, ¿qué significa esto de “buenas intenciones”, y de “aunque me ofrezcan lo que odio”? Prepara, mejor, tus bellos pies para el próximo jueves... ¡Dejarás que Paris te lleve a la iglesia de San Pedro o te arrastraré a ella a la fuerza! ¡Y basta, joven histérica, necia, blanca como la cera! Sra. de Capuleto: ¿Te has vuelto loco? ¡Contrólate! Julieta: ¡Padre mío, os pido de rodillas que me dejéis hablar! Escuchadme, por favor. Capuleto: ¡Dejarte hablar! ¡Necia, insensata! Óyeme bien: el jueves irás a San Pedro o no vuelvas jamás a mirarme a la cara. ¡No me supliques! ¡No me contestes! ¡No abras la boca! Me tiemblan las manos... Esposa mía, y nosotros que creíamos que el cielo nos había bendecido al darnos una sola hija. Ahora veo que es una maldición. ¡Apártate, mujerzuela! Nodriza: ¡Que Dios la ayude! No la maltratéis en esa forma, señor. Capuleto: ¿Y por qué no, vieja entrometida? Cállate y anda a chismorrear con tus iguales. ¡Vete! Nodriza: A nadie estoy ofendiendo. Capuleto: ¡Hala, andando! Nodriza: ¿Es que una no puede hablar? Capuleto: ¡Calla, bocona! Vete a hablar con tus comadres, que aquí no tienes nada que decir. Sra. de Capuleto: Contrólate. Capuleto: ¡Válgame Dios, si no es para descontrolarse! De día, de noche, de mañana, de tarde, a toda hora, durmiendo, velando, solo o acompañado, siempre me empeñé en casarla bien. Y ahora que le encuentro un caballero de familia noble, rico, gallardo, bien educado, y lleno, según dicen, de cualidades, esta mocosa necia, esta mocosa llorona se niega a aceptarlo,


diciendo que “todavía no quiere casarse”, “que aún no le han hablado de amor”, que “ruega que la perdonen”... Pues bien, te perdonaré si no te casas. Pero no vivirás ni un momento más aquí. ¡Piénsalo bien, considéralo; yo cumplo mi palabra! Falta poco para el jueves. Piénsalo y decide. Si eres hija mía, te casarás con mi amigo. Si no lo haces, ahórcate, pide limosna, muérete de hambre en la calle, porque te juro que no volveré a mirarte y nada, nada de lo mío será tuyo. Medítalo. Yo cumplo siempre mis juramentos. (Sale). Julieta: ¿Qué no hay justicia en el cielo que pueda llegar hasta el fondo de mi desdicha? ¡Oh, no me rechacéis, querida madre! Demorad un mes, una semana la boda, o poned mi lecho nupcial junto al oscuro sepulcro de Teobaldo. Sra. de Capuleto: No me digas nada porque no voy a responderte. Yo he acabado contigo. Haz lo que quieras. (Sale). Julieta: ¡Dios mío, nodriza mía! ¿Qué vamos a hacer? Mi esposo está en la tierra y mi fe en el cielo. ¿Y cómo ha de volver mi fe a la tierra si mi esposo no la abandona y me la envía desde el cielo? Aconséjame, consuélame... ¡Infeliz de mí! ¿Por qué el cielo usa todas sus trampas contra un ser tan débil como yo? Dime algo, ¿no tienes una sola palabra de consuelo? Ayúdame, nodriza. Nodriza: Sólo puedo decirte esto: Romeo está desterrado, y te apuesto lo que quieras a que nunca vuelve a verte; y si lo hace, tendrá que ser en secreto. Míralo así, yo creo que tu mejor decisión sería la de casarse con el conde. ¡Qué gallardo caballero! No puede comparársele con Romeo. Ni un águila tiene los ojos tan verdes, tan vivos y tan bellos como los de Paris. No me equivoco si pienso que este segundo matrimonio es mejor que el primero, y que te hará más feliz. Aparte de que a tu primer esposo debes darle por muerto, pues aunque no lo esté, es como si lo estuviese, ya que no puedes consumarlo. Julieta: ¿Hablas de corazón? Nodriza: Y también con el alma. ¡Que me condene si miento! Julieta: Así sea. Nodriza: ¿Qué dices?


Julieta: Digo que buen consuelo me has dado. Vete a decir a mi madre que he ido a confesarme con Fray Lorenzo, arrepentida por el disgusto que di a mi padre. Nodriza: Ahora mismo. Al fin has vuelto a la razón. (Sale). Julieta: ¡Vieja infame! ¡Maldito demonio! ¿Cuál es tu mayor pecado: querer hacerme perjura o manchar a mi esposo con esa misma lengua conque tantas veces lo pusiste por las nubes? ¡Adiós, maldita consejera! Hemos acabado tú y yo. Corro donde mi confesor a implorarle algún remedio. Si no lo tiene, al menos me dará fuerzas para matarme. (Sale).


Acto IV Escena I Celda de Fray Lorenzo (Entran Fray Lorenzo y Paris). Fray Lorenzo: ¿Decís que el jueves? Es muy pronto, señor. Paris: Es la voluntad de Capuleto y no hay motivo para esperar más. Fray Lorenzo: ¿Y decís que todavía no sabéis si la novia os quiere? A mi juicio no estáis obrando bien. Paris: Ella pasa llorando a Teobaldo, y no he tenido ocasión para cortejarla. A Venus no le es propicio el llanto. Su padre está preocupado de verla tan abatida y cree sabiamente que nuestra boda terminará con su gran angustia. El estar a su lado me permitiría consolarla de su solitaria pena. Estas son las razones de que nos apresuremos. Fray Lorenzo: (Aparte). Ojalá yo no supiera por qué hay que demorar esta boda. (En voz alta). Ahí la tenéis, señor. Ella viene hacia mi celda. (Entra Julieta). Paris: ¡Qué feliz encuentro, señora y esposa mía! Julieta: Podría serlo, señor, cuando me case. Paris: Ese “podría serlo” será muy pronto. Julieta: Lo que debe llegar a ser, será. Fray Lorenzo: ¡Bien dicho! Paris: ¿Venís a confesaros con el padre? Julieta: Si os respondo, sería confesarme con vos. Paris: No le neguéis que me amáis. Julieta: No os niego a vos que le amo a él. Paris: Y le confesaréis, espero, que me tenéis amor. Julieta: Tal confesión debería hacerla a espaldas vuestras y no cara a cara. Paris: Las lágrimas están marchitando vuestro hermoso rostro.


Julieta: No hay que culpar a las lágrimas; se estaba marchitando antes. Paris: Más lo marchitan vuestras palabras que vuestras lágrimas. Julieta: Señor, la verdad no ofende, y menos si una se la dice a sí misma. Paris: Ese rostro del que me habláis mal, me pertenece. Julieta: Es posible que así sea, pues ya no es mío. Reverendo padre, ¿podéis confesarme ahora, o preferís que vuelva a la bendición de la tarde? Fray Lorenzo: Mi pobre niña triste, estoy dispuesto a confesarte ahora. Dejadnos solos, Conde, os lo ruego. Paris: No seré yo quien impida un acto tan devoto. Adiós, Julieta. El jueves os despertaré muy temprano. Retened hasta entonces este beso. (Sale). Julieta: Cerrad la puerta, padre, y venid a llorar conmigo. ¡Ya no hay esperanza, consuelo ni remedio para mí! Fray Lorenzo: ¡Por Dios, Julieta! De sobra conozco tu desesperación. Estoy anonadado. Sé que el próximo jueves debes casarte con el Conde; que estás obligada a hacerlo. Julieta: ¡Padre, no me digáis que sabéis todo ello si al mismo tiempo no discurrís la manera de evitarlo! Si vuestra prudencia y sabiduría no pueden ayudarme, encontradme razón en que obro cuerdamente si busco una salida en esta daga. Vos, en nombre de Dios, unísteis mi corazón al de Romeo, y antes de que esta mano que entregásteis a Romeo deba entregarla a otro, antes de que este corazón deba unirse a otro, esta daga pondrá fin a mi desdicha. Dadme, pues, alguna salida, si la encuentra vuestra experiencia, o este acero decidirá entre yo y mis sufrimientos lo que vuestros años y saber no han podido decidir en mejor forma. ¡Hablad, por Dios! Quiero morir rápido si vuestras palabras no me muestran la salida. Fray Lorenzo: Calma, hija, calma. Veo una salida que exige un acto tan difícil y desesperado, como desesperada y difícil es tu situación. Pero ya que eliges morir a casarte con Paris, estarás dispuesta a simular tu muerte para evitarlo, aun cuando puedas perder la vida en el empeño. Si te arriesgas a hacerlo, yo te daré el remedio. Julieta: Por no casarme con Paris estoy dispuesta a saltar de lo alto de esa torre, a recorrer caminos infestados de bandidos, a dormir en nidos de serpientes, a encerrarme con los osos o, de noche en un osario lleno de crujientes huesos humanos, de blancas tibias y amarillas calaveras; o,


incluso, a lanzarme en una tumba donde recién haya sido enterrado un cadáver. Haré cualquier cosa, por terrible que sea, si ello me permite ser fiel al limpio juramento que hice a mi amado. Fray Lorenzo: Bien, escúchame entonces. Vete a tu casa, fíngete alegre y di que decidiste casarte con Paris. Mañana miércoles, quédate sola durante la noche. Que no te acompañe ni siquiera tu nodriza. Aquí tienes este pequeño frasco. Bébete todo su contenido apenas te acuestes. Muy luego sentirás que la sangre se te hiela en las venas; tu corazón dejará de latir y tu pulso se detendrá. Nada en ti mostrará que estás viva. Habrá desaparecido el rosa de tus labios y de tus mejillas; tus párpados permanecerán cerrados como la muerte ante la luz del día, y tu cuerpo se pondrá rígido, inerte y helado como el de un cadáver. Así permanecerás, como si estuvieras muerta, durante cuarenta y dos horas, y entonces despertarás como de un apacible sueño... Pero antes, en la mañana anterior a la en que despiertes, tu novio habrá ido a despertarte y te habrá encontrado muerta. Te habrá vestido, de acuerdo a la costumbre, con tus mejores galas, y te habrá trasladado en un ataúd descubierto hasta el antiguo mausoleo de los Capuleto... Entre tanto, y mientras tú duermes, yo le enviaré una carta a Romeo con nuestros planes. Vendrá en seguida y velaremos juntos hasta que despiertes. Y esa misma noche saldrás a Mantua con Romeo. Es la única forma en que puedes salvarte de la deshonra que te espera, si tu condición de mujer no desfallece ante tan dura prueba. Julieta: ¡Dadme el frasco! ¡Dádmelo! ¡No me habléis de desfallecer! Fray Lorenzo: Tómalo. Y vete llena de valor y de firmeza a cumplir nuestros planes. Voy a enviar un monje a Mantua con una carta urgente para tu esposo. Julieta: ¡Dadme valor, Dios mío, para salvar mi amor! ¡Adiós, bondadoso padre! ESCENA II Sala en casa de Capuleto (Entran Capuleto, la Sra. de Capuleto, la Nodriza y algunos Criados).


Capuleto: (A un criado). Invitarás a todos los que aparecen en esta lista. (El criado sale). Y tú, buscarás a veinte buenos cocineros. Criado 2: Contrataré buenos, señor, porque serán de los que se chupan los dedos. Capuleto: ¿Qué quieres decir? Criado 2: Quiero decir que un buen cocinero se chupa siempre los dedos cuando guisa. Así es que no contrataré al que no sepa chupárselos. Capuleto: Bien, vete ya. (El Criado 2 sale). Poco tiempo queda, y aún nada tenemos dispuesto. ¿Y qué es de mi hija? ¿Fue a confesarse con Fray Lorenzo? Nodriza: Sí, señor. Capuleto: Me alegro. Espero que él la convenza. ¡Qué niña tan díscola y mal criada! Nodriza: Ahí viene, señor. Miradla, qué contenta se la ve después de confesarse. (Entra Julieta). Capuleto: Y bien, damita terca, ¿en qué andabas? Julieta: Confesándome, arrepentida de haberos desobedecido y de no acatar vuestras órdenes. Fray Lorenzo me manda que os pida perdón postrada a vuestros pies. ¡Perdonadme, padre mío! Os prometo desde hoy obedeceros siempre. Capuleto: Id donde el Conde y contadle esto. Quiero que el matrimonio se realice mañana por la mañana. Julieta: Estuve con ese joven caballero en la celda de Fray Lorenzo y le concedí cuanto el afecto podía concederle dentro de la honestidad. Capuleto: ¡Cuánto me alegro! Vamos, levántate. Así deberías comportarte siempre. Quiero hablar con el Conde. (A un Criado). Id y acompañadle hasta aquí. ¡Vaya! ¡Cuánto bien hace este santo hermano en la ciudad! Deberíamos agradecérselo todos. Julieta: Nodriza, acompáñame a mis habitaciones para que me ayudes a disponer mi ajuar para mañana. Sra. de Capuleto: No te apures tanto; sobra tiempo. Capuleto: Es mejor así. Acompáñala, nodriza. Mañana temprano, a la iglesia. (Salen Julieta y la Nodriza).


Sra. de Capuleto: Para los preparativos sí que tenemos poco tiempo. Ya casi es de noche. Capuleto: No te preocupes. Yo haré que todo marche y las cosas saldrán bien, esposa mía. Ve donde Julieta y ayúdala en sus preparativos. Hoy yo no me acostaré. Aunque sea por una vez, haré solo de dueño de casa. ¿Qué no hay nadie? ¿Qué todos los criados han salido? Pues iré yo mismo a decirle al conde Paris que esté listo para mañana. El cambio de mi damita caprichosa me ha puesto alegre y lleno de energías. (Sale). ESCENA III Habitación de Julieta (Entran Julieta y la Nodriza). Julieta: Sí, nodriza, este vestido es el que mejor me queda. Pero ahora quiero que me dejes sola esta noche. Deseo rezar mucho para que Dios me guíe y me ilumine, pues, como lo sabes, mi vida ha estado llena de dolores y pecados. (Entra la Sra. de Capuleto). Sra. de Capuleto: ¡Qué bien! Cuán ocupadas os veo. ¿Queréis que os ayude? Julieta: Gracias, señora. Pero ya escogimos todo lo que he de llevar mañana. Ahora quisiera que me dejáseis sola, y que la nodriza os ayudara, ya que hay mucho por hacer y el tiempo es poco. Sra. de Capuleto: Buenas noches, hija. Acuéstate y descansa, que falta te hace. (Sale seguida por la Nodriza). Julieta: ¡Adiós! Sólo Dios sabe si volveremos a vernos. Un hielo aterrador corre por mis venas y casi me paraliza el aliento. ¿Gritaré que vuelvan? ¡Nodriza...! Pero, ¿a qué llamarla? Yo sola debo representar esta tragedia. ¡He aquí el terrible elixir! ¿Y si no me produjera efecto? ¿Tendría que casarme mañana temprano? ¡No, jamás! Esto lo impedirá... (Saca una daga). Te tendré a mano, por si falla... ¿Y si este elixir fuera un veneno preparado por el fraile para matarme y evitar la deshonra de haberme casado con Romeo? No, tal cosa no es posible: todos le consideran un santo. Debo alejar de mí tan ruines pensamientos... ¿Y si despertara en el mausoleo antes de la llegada de Romeo a rescatarme? ¡Qué horror! Puedo


asfixiarme en esa bóveda sin aire, puedo ahogarme ante de que él llegue. ¿Podré resistir el pensamiento de que puedo morir allí, en medio de la oscuridad? ¿Y el miedo a ese tétrico lugar, a esa vieja tumba donde se hacinan desde hace siglos los huesos de mis antepasados? ¿Donde el cuerpo de Teobaldo, recién sepultado, se pudre aún ensangrentado? ¿Y el miedo a los espíritus que, según dicen, se levantan a vagar en la noche? ¡Ay, Dios mío! ¿Y si pierdo la razón al despertar en medio de esos insoportables olores, de los lúgubres aullidos que dan las mandrágoras cuando se las arranca de la tierra y que enloquecen a quienes los oyen? ¿No enloqueceré yo también, y me pondré a jugar con los huesos de mis antepasados y le sacaré el sudario a Teobaldo, o, al perder la razón, me destroce el cráneo con el hueso de algún pariente? ¡Ay! ¿qué veo allí? ¿No es el fantasma de mi primo que busca a Romeo porque éste le mató con su espada? ¡Detente, Teobaldo, detente...! ¡Llegó el momento de beber esto a tu salud, Romeo! (Bebe y cae sobre su lecho). ESCENA IV Sala en casa de Capuleto (Entran la Sra. de Capuleto y la Nodriza). Sra. de Capuleto: Aquí tienes las llaves, nodriza. Tráeme más especias. Nodriza: Los cocineros están pidiendo ahora clavos de olor y dátiles. (Entra Capuleto). Capuleto: ¡Hala, moveros! ¡Apuráos! Ya cantó por segunda vez el gallo. Ya han tocado a maitines. Son las tres. Tú, mi buena Ángela, ocúpate de los pasteles. Y no os fijéis en el gasto. Nodriza: Idos a acostar, señor pastelero. Idos a dormir, que si no mañana amaneceréis enfermo por pasar la noche en vela. Capuleto: ¡Qué tontería! Cuántas noches he pasado en vela, sin mayores motivos, y jamás me enfermé. Sra. de Capuleto: ¡Sí, correteando por ahí con mujeres! Pero ahora soy yo la que velo para que no te desveles. (Sale con la Nodriza). Capuleto: Venirme con celos, ahora. (Entran Criados con leños, asadores y canastas). ¿Qué traes ahí, muchacho?


Criado 1: No sé, señor. Pedidos del cocinero. Capuleto: Corre, entonces, corre. (Sale Criado 1). Y tú, muchacho, vete por leños más secos. Pedro te dirá dónde encontrarlos. Criado 2: Para eso tengo mi cabeza, señor; para encontrar esos leños. No necesito molestar a Pedro. (Sale). Capuleto: ¡No está mal dicho! ¡Contestador el bribonzuelo! Válgame Dios. Si ya está amaneciendo. Pronto llegará el Conde con la música, tal como dijo. (Música). Ya le oigo venir. (Entra la Nodriza). Vete, despierta a Julieta y la vistes. Mientras tanto, yo entretendré a Paris. Y todos vosotros, ¡daos prisa! ¡No os detengáis, que el novio llega! ESCENA V Habitación de Julieta (Entra la Nodriza). Nodriza: ¡Señorita! ¡Despertad, señorita! ¡Qué manera de dormir! ¡Vamos, cordera mía! ¡Arriba, Julieta! ¿Qué no vas a despertar? ¡Arriba, señorita! ¡Arriba, hermosa novia...! ¿Cómo, que no vas a responderme? Haces bien: duerme una semana, porque esta noche ya se encargará Paris de no dejarte dormir... ¡Ay, perdonadme, Dios mío! Así sea... Pero qué dormida está. Tendré que despertarla. ¡Señorita, señorita! ¿Quieres que venga el Conde y te posea en el lecho? Qué susto te daría, ¿no es cierto? Pero, ¿cómo es esto? ¿Te acostaste vestida? ¡Vamos, arriba...! ¡Señorita, señorita...! ¡Válgame Dios! ¡Socorro, socorro! ¡La señorita está muerta! ¡Ay, ay, qué desgracia! ¿Por qué he vivido para ver esto? ¡Pronto, dadme un poco de aguardiente! ¡Señor! ¡Señora! (Entra la Sra. de Capuleto). Sra. de Capuleto: ¿Por qué tanto ruido? Nodriza: ¡Maldito día! Sra. de Capuleto: ¿Pero qué ocurre? Nodriza: ¡Mirad, mirad! ¡Maldito día! Sra. de Capuleto: ¡Dios mío! ¡Oh, Dios mío! ¡Hija mía! ¡Mi única hija! ¡Abre los ojos, o déjame morir contigo! ¡Socorro, socorro! ¡Ayuda, por favor!


(Entra Capuleto). Capuleto: ¿No os da vergüenza? Julieta ya debía estar lista. Su novio la está esperando. Nodriza: ¡Pero si ha muerto! ¡ha muerto! ¡Ay, maldito día! Sra. de Capuleto: ¡Espantoso día! ¡Muerta! ¡Está muerta! Capuleto: ¡Dejádmela ver! ¡Dios mío, está muerta! ¡Está helada, su sangre no circula, su cuerpo está rígido! Hace rato que perdió el color de sus labios. La muerte cayó sobre ella como la temprana escarcha sobre la más bella flor. Nodriza: ¡Maldito día! Sra. de Capuleto: ¡Qué día tan espantoso! Capuleto: Su muerte horrible me traba la lengua y hasta mis lamentos. (Entran Fray Lorenzo, Paris y músicos). Fray Lorenzo: ¿Todo listo? ¿A qué hora saldrá la novia para la iglesia? Capuleto: Todo listo para que salga y no regrese jamás. (A Paris). ¡Hijo mío, en víspera de tu boda, la muerte poseyó a tu esposa! Era una flor, y la muerte la desfloró cruelmente. La muerte es desde hoy mi yerno y heredera: ella se ha casado con mi hija. Yo moriré también y ella heredará todo: mi vida, mi fortuna, todo... Paris: ¡Cuánto deseé ver este día, y cuán horrible es lo que me muestra! Sra. de Capuleto: ¡Día maldito, espantoso, funesto y cruel! ¡La peor de las horas que el tiempo ha visto en su interminable transcurso! ¡Yo sólo tenía una, una sola hija, una sola y amada hija! ¡Una sola para alegrarme, para darme esperanzas, y la muerte me la arrebata! Nodriza: ¡Maldito y horroroso día! ¡Ay, el más doloroso, el día más negro, más funesto y más horrible que yo jamás he conocido! ¡Ay, maldito, maldito día! ¡Nunca hubo un día peor que éste! ¡Maldito día! Paris: ¡Y yo burlado, viudo, herido, deshonrado, asesinado! ¡Oh, detestable muerte, cómo te has reído de mí! ¡Cómo me ha destruido tu crueldad! ¡Amor, vida, todo deshecho! Capuleto: ¡Y yo, infeliz, abatido, despreciado, desgarrado, muerto! Atroz momento, ¿por qué llegaste a asesinar la alegría de nuestra fiesta...? ¡Hija mía, que más que mi hija eras mi alma! ¡Estás muerta! ¡Muerta! ¡Con tu muerte se acaba para siempre la alegría!


Fray Lorenzo: ¡Basta! ¡Calláos! ¡Cesad en vuestras lamentaciones! A esta doncella la teníais tan poco como al cielo; ahora el cielo la tiene a ella, y quien gana es ella. Vosotros no pudísteis librarla de la muerte, pero el cielo ahora la guarda para siempre. ¿Acaso no queríais verla feliz y glorificada? ¿Y os lamentáis porque el cielo lo ha hecho ahora? Mal amor es el vuestro si lloráis porque vuestra hija ha encontrado el amor eterno. La esposa más feliz no es la que tiene más años de casada sino la que muere joven... Detened vuestras lágrimas. Cubrid su bello cuerpo con romero y llevadla a la iglesia ataviada con sus mejores galas, como es costumbre. Es natural que lloremos, pero nuestra razón debe consolarnos. Capuleto: Los alegres preparativos se cambiarán ahora por los del triste funeral. Los instrumentos musicales doblarán como campanas; los manjares de la boda serán los del banquete de duelo; los cánticos festivos se trocarán en piezas fúnebres; las flores para adornar la vida, adornarán su tumba. Todo servirá para el fin contrario. Fray Lorenzo: Retiráos ya, señor, y vos, señora. Y también vos, conde Paris. Preparáos para llevar a esta doncella muerta hasta su tumba. Acatad mansamente la voluntad del cielo, que por algo no se muestra propicio con vosotros. (Salen todos). Músico 1: Ya sólo debemos guardar nuestros instrumentos e irnos. Nodriza: Sí, buena gente. Guardadlos e idos. Ya véis que las cosas no están para música. (Sale). Músico 1: Cierto. Las cosas están para que guardemos en nuestras cajas los instrumentos. (Entra Pedro). Pedro: ¡Eh, músicos! ¡Músicos! Tocad “Mi corazón salta de alegría”. A fe mía que necesito oír esa canción. Músico 1: ¿Y por qué precisamente esa? Pedro: Porque la única canción que ahora se me viene a los oídos es “No hay consuelo para mi corazón”. Y necesito algo más alegre. Músico 2: No tocaremos más. No es momento para canciones. Pedro: ¿Así es que no lo haréis? Músico 1: Claro que no. Pedro: Pues entonces os voy a dar una buena... Músico 1: ¿Una buena qué nos darás?


Pedro: No será una buena bolsa de monedas, desde luego, pues soy apenas un criado. Os daré la clave... Músico 1: ¡La clave! Tienes tanto de músico como yo de criado. Pedro: ¡Entonces te daré con mi daga de criado en la cabeza! Salidme a mí con esas. Os puedo dar el re y el fa... ¿os parece? Músico 1: Si nos das la clave, solfearemos. Músico 2: Envaina tu daga y saca a relucir tu ingenio. Pedro: Envaino mi daga. Pero os dejaré mudos con mi ingenio, que es más agudo que mi daga. Escuchad esto: Cuando el corazón muere de tristeza y el pensamiento lo ve todo negro nos salva la música con su son argentino... ¡Vamos! Contestadme: ¿Por qué “son argentino”? ¿Por qué el sonido de la música debe ser “argentino”? Contesta tú, Simón Violón. Músico 1: ¡Ahí va! Porque el sonido de la plata es dulce. Pedro: ¡Caliente! ¿Y tú, Hugo Rabel? Músico 2: Porque... música argentina... porque los músicos tocan por plata. Pedro: Caliente, también. Y tú, Jaime Clavija: ¿por qué? Músico 3: No sé, en verdad, por qué. Pedro: A ti te perdono la pregunta: tú eres sólo el cantante. Bien, la contestaré yo. La música es “argentina” porque a los músicos como vosotros nadie os da oro para hacerlo sonar. Y entonces, la música con su son argentino alivia el bolsillo, alivia el destino. (Sale). Músico 1: ¡Qué broma tan mala! Músico 2: ¡Vete, gañán! Y vamos a esperar que vuelvan los del entierro. A ver si nos dan algo de comer. (Salen).


Acto V Escena I Calle de Mantua (Entra Romeo). Romeo: Si pudiera creer en los sueños de felicidad, una gran dicha me espera. Desde el alba, mi corazón está agitado por una sensación de dicha y me animan alegres pensamientos. Soñé que me encontraba muerto –aunque es insólito que un muerto sueñe–, pero venía mi esposa y me resucitaba con sus besos; luego me transformaba en emperador. ¡Oh, cuán dulce es estar con el ser amado si su sola evocación nos llena de alegría! (Entra Baltasar). ¡Noticias de Verona! ¡Bienvenido, Baltasar! ¿Una carta de Fray Lorenzo? ¿Cómo está mi amada? ¿Y mi padre? ¿Y mi Julieta? Habla, pronto, pues nada puede estar mal si ella está bien. Baltasar: Nada va mal entonces, porque ella está bien. Su cuerpo yace en el mausoleo de los Capuleto y su alma inmortal acompaña a los ángeles. Apenas la sepultaron en la cripta familiar corrí a comunicaros la noticia. ¡Perdonadme, señor, por traeros tan malas nuevas, pero vos me pedísteis que os informara de todo! Romeo: ¿Será verdad? ¡Si la es, desafío vuestro poder, estrellas! Ya sabes dónde me oculto. Tráeme papel y plumas, y consigue caballos. Partiremos en cuanto anochezca. Baltasar: Debéis resignaros, señor. Se os ve tan pálido y desesperado, que temo una desgracia. Romeo: No; te equivocas. Déjame en paz y obedeceme. ¿No te dio Fray Lorenzo alguna carta para mí? Baltasar: Ninguna, mi señor. Romeo: Poco importa. Anda y consigue esos caballos. Ya regreso. (Sale Baltasar). Sí, Julieta, esta noche dormiremos juntos. ¿Pero cómo? ¡Oh, demonio, cuán poco tardas en tentar al desesperado! Ahora me acuerdo de un boticario que vive cerca de aquí, y al que vi no hace mucho, andrajoso,


buscando yerbas medicinales. El hambre le tiene en los huesos. En su mísera covacha había una tortuga y un cocodrilo disecados, junto a las pieles de extraños peces; en la estantería se amontonaban cajas vacías, frascos verdosos, viejos potes y semillas, cuerdas deshilachadas y yerbas prensadas, todo colocado de tal modo que aparentara mucho... Yo, al ver tal miseria, me dije que si alguien necesitara un veneno, aunque en Mantua esté prohibido venderlo bajo pena de muerte, aquel mísero se lo vendería. Sí, aquel pensamiento no hizo más que adelantarse a lo que ahora voy a hacer, pues ése es mi hombre... Y ésta debe ser la casa, si no me equivoco. Hoy es día festivo, por eso la tienda está cerrada. ¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Buscan, boticario! (Entra el Boticario). Boticario: ¿Quién llama? Romeo: Aquí, hombre. Veo que no te sobra el dinero. Toma: son cuarenta ducados. Necesito una dosis de veneno tan activo, que apenas circule por las venas mate en el acto al que lo beba hastiado de la vida; que expulse al alma del cuerpo tan rápido como el cañón mortífero a la bala. Boticario: Tengo venenos como ésos. Pero las leyes de Mantua condenan a muerte al que los venda. Romeo: ¿Acaso tú, condenado a la miseria temes morir? Bien clara se ve el hambre en tu rostro, y en tus ojos brillan la ansiedad y la desesperación. El mundo es tan enemigo tuyo como la ley. ¿Se ha dictado alguna ley para que te hagas rico? ¡Pues rompe entonces con la ley y recibe mi dinero! Boticario: Mi pobreza acepta lo que mi voluntad rechaza. Romeo: Yo no pago tu voluntad, sino tu pobreza. Boticario: Disolved esto en cualquier líquido y bebedlo. Caeréis muerto en seguida, aunque seáis fuerte como veinte hombres. Romeo: Toma el dinero. Él es el verdadero veneno, que causa más asesinatos en el mundo que todos los venenos que no debes vender. Esta ponzoña te la vendo yo, y no tú a mí. Adiós, compra pan y cúbrete... No es veneno sino que un licor de vida el que llevaré conmigo hasta el sepulcro de Julieta. (Sale). ESCENA II


Celda de Fray Lorenzo (Entra Fray Juan). Fray Juan: ¡Hermano! ¡Santo hermano franciscano! (Entra Fray Lorenzo). Fray Lorenzo: Parece la voz de Fray Juan. ¡Bienvenido de Mantua, hermano! ¿Cómo está Romeo? Dadme su carta, si me envió alguna. Fray Juan: Cuando fui a buscar a un fraile descalzo de nuestra orden, para que me acompañara a Mantua, le encontré visitando a un enfermo. Al dejar la casa, la ronda, temerosa de que en ella hubiera peste, selló sus puertas y no nos dejó salir. Ahí se acabó nuestro viaje a Mantua. Fray Lorenzo: ¿Y quién llevó mi carta a Romeo? Fray Juan: Nadie. Os la devuelvo. Me fue imposible encontrar quien quisiera traérosla, por miedo a la peste. Fray Lorenzo: ¡Qué desgracia! ¡Por vida de mi padre San Francisco! Era una carta importantísima; llevaba órdenes urgentes y el atraso en recibirlas puede causar un daño irreparable. Fray Juan, búscame en seguida una barra de hierro y llévala a mi celda. Fray Juan: En seguida, hermano. (Sale). Fray Lorenzo: Iré solo hasta el mausoleo. Julieta deberá despertar dentro de tres horas. Se enojará conmigo porque no le comuniqué oportunamente nuestro plan a Romeo. Volveré a escribir a Mantua, y entre tanto ocultaré a Julieta en mi celda hasta que llegue Romeo. ¡Pobre cadáver vivo encarcelado entre los muertos! (Sale). ESCENA III Mausoleo de los Capuleto, en el cementerio. (Entran Paris y su Criado, con flores y antorchas). Paris: Dame la antorcha, hombre. Sal y quédate fuera; y apaga la antorcha. No quiero ser visto... Ocúltate, mejor, bajo esos arbustos y pon tu oído en tierra. Como está llena de agujeros por las tumbas, nadie podrá caminar por el cementerio sin que sientas el eco de sus pasos. Sílbame, si alguien se acerca. Dame las flores. Y ahora vete y haz lo que te digo.


Criado (Aparte): Tendré que hacerlo, aunque me da miedo quedarme solo ahí fuera. (Sale). Paris: ¡Mi amada flor! Te cubriré de flores para embellecer tu lecho nupcial. Ay, tu almohada es solo piedra que regaré con mis salobres lágrimas. Mis ofrendas no pueden ser más que el adornar tu tumba con flores y llenarla con el sonido de mi llanto. (Se oye silbar al criado). Alguien se acerca. ¿Qué malditos pasos se atreven a interrumpir este piadoso homenaje de mi amor...? ¡Y cómo! ¡alumbrados por una antorcha! ¡Noche, cúbreme un momento con tu manto! (Entran Romeo y Baltasar. Traen una antorcha, un azadón y ua barra de hierro). Romeo: El azadón. Pásame la barra. Toma esta carta. Apenas amanezca, se la harás llegar a mi padre. Dame la antorcha, y si estimas tu vida, no hagas nada aunque oigas lo que oigas o veas lo que veas. Apártate y no intentes estorbarme... Lo que aquí me trae no es sólo contemplar por última vez el rostro de mi amada, sino que –y algo también muy importante– recuperar de su dedo el anillo nupcial, para llevarle siempre como un grato recuerdo. Vete, pues. Aléjate pronto. Y si la curiosidad te lleva a seguirme, te juro que he de cortarte en pedazos, y te esparciré en este insaciable cementerio. Mis intenciones son violentas y más negras y feroces que un tigre hambriento o el mar tempestuoso. Baltasar: Sí, señor. En nada os molestaré. Romeo: Será la mejor prueba de tu amistad. Toma. Vete, vive y sé feliz, amigo mío. Baltasar: (Aparte) A pesar de sus amenazas, voy a ocultarme por aquí. Me inspiran más miedo su aspecto y lo que va a hacer. (Sale). Romeo: ¡Abominable entraña de la muerte, boca voraz que has devorado a lo mejor que había en la tierra, te obligaré a abrir tus fauces podridas y a hartarte nuevamente de carne fresca! (Abre la tumba). Paris: Ese es Montesco, el atrevido desterrado que asesinó al primo de mi amada, por cuya pena ella murió, según dicen. Seguramente ha venido a profanar sus cadáveres. Pero yo se lo impediré. (Va hacia Romeo). ¡Detén tu diabólico trabajo, infame Montesco! ¿No te bastaron sus muertes para detener tu furor y tu venganza? ¡Entrégate, malvado! ¡Sígueme, que la muerte te aguarda!


Romeo: Sí, para eso he venido, para morir aquí. No provoques, noble joven, a un hombre ciego y sin esperanzas. Aléjate, huye de mí. Recuerda a esos muertos y tiembla de miedo. No me incites a acumular más pecados de los que pesan ya sobre mí. ¡Vete, por favor! Aprecio mucho más tu vida que la mía, y sólo estoy armado contra mí mismo. ¡Huye! ¡Aléjate! Salva tu vida para que puedas agradecer la clemencia de un loco. Paris: ¡Viles palabras, que no me detendrán! ¡Voy por ti! Romeo: ¿Te empeñas en provocarme? Pues defiéndete...(Pelean). Criado: ¡Válgame Dios! ¡Se baten! Llamaré a la ronda. (Sale). Paris: (Cayendo). ¡Muerto soy! Si tienes lástima de mí, ponme junto al sepulcro de Julieta. (Muere). Romeo: Sí, lo haré. Pero veamos quién es. ¡Paris, el conde, pariente de Mercucio! Cuando cabalgábamos, ¿no me contó mi criado, y yo le oí como entre nieblas, que Paris y Julieta iban a casarse...? ¿Fue eso lo que me contó, o yo lo soñé? ¿O es que estaba yo loco y pensé que nombraba a Julieta...? Noble Paris, tu nombre –como el mío– estaba escrito en el funesto libro del destino. Te espera, ahora, un triunfal sepulcro. ¿Digo “sepulcro”? No: una morada de luz, noble joven, pues en ella duerme Julieta, y eso basta para iluminar y embellecer esta cripta. ¡Yace pues a su lado muerto, sepultado por un muerto! (Pone a Paris sobre una de las tumbas). Dicen que los moribundos tienen un destello alegre de conciencia segundos antes de morir. ¡Amada mía, esposa mía, este es mi último destello! ¡La muerte que robó la miel de tus labios, no pudo robarte tu hermosura! Aún irradia en la luz rosácea de tus labios y mejillas, que la muerte no ha podido apagar... Y tú, Teobaldo, ¿me oyes, querida sombra? ¿Qué podría hacer aún por ti? Esta misma mano que segó tu vida, segará ahora la del que fue tu enemigo. Te pido perdón por última vez... Julieta mía, ¿por qué continúas siendo tan hermosa? ¿Será porque la muerte también es capaz de amar y quiere tenerte para siempre como su amante en la tenebrosa oscuridad? Para salvarte de ello, yaceré contigo en esta sombría gruta de la noche. Yaceré con los gusanos, que son ahora tus únicas camareras. Aquí descansaré para siempre, libre al fin del fatídico poder de los astros... ¡Ojos, mirad por última vez a mi amada! ¡Brazos, abrazadla por última vez! ¡Labios, puertas de la vida, sellad con un beso mi pacto definitivo con la muerte insaciable...! ¡Ven, duro timonel, piloto sin


esperanzas! ¡Arroja contra los arrecifes agudos a esta nave desarbolada, a este barco harto de navegar! ¡Brindo por ti, amada! (Bebe). ¡Oh, qué rápidos son los efectos de tu elixir, honesto boticario! Basta un beso... y muero... (Cae). (Entra Fray Lorenzo. Trae una antorcha, un azadón y una barra de hierro). Fray Lorenzo: ¡Por el santo hábito de San Francisco! ¡Esta noche mis viejos pies tropiezan con todas las tumbas! ¿Quién va ahí, entre los muertos? Baltazar: Un buen amigo vuestro. Fray Lorenzo: ¡Bendito seas, hijo! Pues dime, ¿para qué sirve esa antorcha, iluminando a gusanos y calaveras? Me parece que arde en el mausoleo de los Capuleto. Baltasar: Cierto, padre mío. Ahí está mi señor, a quien tanto queréis. Fray Lorenzo: ¿Quién es tu señor? Baltasar: Romeo. Fray Lorenzo: ¿Y desde cuándo está ahí? Baltasar: Desde hace una media hora. Fray Lorenzo: Sígueme. Baltasar: Imposible, padre. Mi señor cree que me he ido. Me amenazó de muerte si lo seguía. Fray Lorenzo: Pues quédate, entonces. Yo iré solo. ¡Dios mío, presiento una catástrofe! Baltasar: Cuando estaba semidormido bajo estos arbustos soñé que mi señor desafiaba a otro caballero y le mataba. Fray Lorenzo: ¡Romeo! (Avanzando). ¡Dios mío! ¿De quién es esta sangre que cae por las gradas del mausoleo? ¿Qué hacen en este pacífico lugar estas espadas ensangrentadas? (Entra en el mausoleo). ¡Romeo! ¡Pálido como la muerte! ¡Y Paris, cubierto de sangre...! ¿A qué hora ocurrió este hecho terrible? ¡La doncella se mueve! (Julieta despierta). Julieta: ¡Oh, querido padre! ¿Dónde está mi esposo? Yo estoy donde recuerdo que vos dijisteis que debería estar. ¿Y Romeo? Fray Lorenzo: Oigo ruido. Dejemos este lugar de infecciones, este lecho de fingida muerte. Una poderosa voluntad superior ha desbaratado mis planes. Ven, sígueme. Tu esposo yace muerto a tu lado, al igual que Paris.


Te llevaré a un convento de santas hermanas. Y no me hagas preguntas porque se aproxima la ronda. Sígueme, pobre Julieta. (Se oyen voces). Vamos, que aquí no podemos quedarnos más tiempo. Julieta: Idos. De aquí yo no me moveré. (Sale Fray Lorenzo). ¿Y esto? ¿Una copa en su mano? ¡Esposo mío, adelantaste tu muerte con veneno! ¡Qué mezquindad! No dejaste siquiera una gota para que pudiera seguirte...! Besaré tus labios: quizá tengan todavía un poco de veneno como para morir besándolos... (Le besa). ¡Aún están tibios! Guardia 1: (Dentro) Guiadme. ¿Dónde está? Julieta: Oigo pasos. Debo terminar pronto. (Coge la daga de Romeo). ¡Dulce daga, éste es tu sitio! (Se hiere). ¡Descansa en mi corazón y dame la paz! (Cae sobre Romeo. Muere). (Entra la Ronda guiada por el Criado de Paris). Criado: Ahí es, donde brilla la antorcha. Guardia 1: Hay sangre en el suelo. Registrad el cementerio. Detened a quienes encontréis. (Salen algunos guardias). ¡Qué horrible espectáculo! El Conde Paris muerto, y Julieta, a quien sepultamos hace dos días, yace sangrando, todavía tibia. Avisad al Príncipe, despertad a los Capuleto, llamad a los Montesco. ¡Y ustedes, continuad el registro! (Salen otros guardias). Los cadáveres están a la vista, pero no las circunstancias de estas muertes. (Entran algunos Guardias con Baltasar). Guardia 2: Este es el criado de Romeo. Estaba dentro del cementerio. Guardia 1: Sujetadle hasta que venga el Príncipe. (Entran otros Guardias con Fray Lorenzo). Guardia 3: Encontramos a este fraile temblando y llorando. Salía del cementerio con una barra y un azadón. Guardia 1: Detenedle también. Su presencia aquí es sospechosa. (Entra el Príncipe y su séquito). Príncipe: ¿Qué cosa tan grave ha ocurrido como para que me despertéis tan temprano y cortéis mi reposo? (Entran Capuleto, la Sra. de Capuleto y varios). Capuleto: ¿A qué tantos gritos en la calle?


Sra. de Capuleto: Unos gritan “Julieta”, otros “Romeo”, otros “Paris”, y gritando corren todos hacia acá. Príncipe: ¿Qué horrible hecho es el que presiento? Guardia 1: Mirad, Príncipe. Aquí yacen muertos el conde Paris y Romeo. Y Julieta, que había sido sepultada, acaba de morir y su cuerpo está caliente todavía. Príncipe: Averiguad, averiguad rápido cómo se han producido estos horribles crímenes. Guardia 1: Hasta ahora hemos hallado a un fraile y al criado de Romeo. Tenían instrumentos para levantar las losas de los sepulcros. Capuleto: ¡Dios mío! Esposa mía, ¿no ves cómo corre la sangre de nuestra hija...? Esa daga erró el golpe: su vaina está vacía en el cinto de Montesco y clavada en el corazón de nuestra hija. Sra. de Capuleto: ¡Dios mío! Oigo doblar las campanas. Llaman a mi vejez hacia el sepulcro. (Entran Montesco y otros). Príncipe: Ven aquí, Montesco. Por mucho que hayas madrugado, ya no verás vivo a tu hijo y heredero. Montesco: ¡Santo Dios! Ayer murió mi esposa de pena por el destierro de nuestro hijo. ¿Qué otras desgracias aguardan mi vejez? Príncipe: Mira. Ahí las tienes. Montesco: ¡Ay, hijo malcriado! ¿Cómo te atreviste a morir antes que tu padre? Príncipe: Contened vuestro llanto hasta que sepamos cómo empezaron y se desarrollaron estos hechos. Sólo entonces podré consolaros o haceros morir, si viene al caso. Callad, entre tanto, y que la resignación contenga al dolor. Traed acá a los sospechosos. Fray Lorenzo: He aquí al principal sospechoso, aunque jamás yo podría cometer crímenes tan horribles. Todas las circunstancias me condenan. Voy a acusarme y estoy dispuesto a cumplir el castigo que merezca. Voy a acusarme y a defenderme al mismo tiempo. Príncipe: Decidnos rápido, entonces, todo lo que sepáis. Fray Lorenzo: Seré breve, pues la corta vida que me queda no permite relatos largos... Romeo, cuyo cuerpo veis ahí, se había desposado con Julieta, a quien también veis muerta. Yo les casé. Y el día de la boda, que


no se consumó, fue en el que murió Teobaldo. Su muerte fue la causa del destierro de Romeo... A este destierro, y no a la muerte de Teobaldo, se debía el dolor de Julieta. Entonces vos (dirigiéndose a Capuleto) quisiste mitigar ese dolor obligándola a casarse con el conde Paris. Pero ella fue a mi celda desesperada, y me rogó que encontrara el modo de impedir esa segunda boda, porque si no, iba a matarse en mi presencia... Aprovechando mis conocimientos, yo le preparé un narcótico cuyos efectos simulaban la muerte. Y entre tanto escribí a Romeo pidiéndole que viniera la noche en que Julieta despertaría, a ayudarme a rescatarla de su tumba. Pero al hermano Juan, a quien entregué la carta, se le impidió accidentalmente salir de Verona, y sólo anoche pudo avisarme de ello... Entonces, y calculando la hora en que Julieta debía despertar, me vine al cementerio para sacarla del mausoleo y llevarla a mi convento, donde la mantendría oculta hasta que pudiera avisar a su esposo... Pero cuando llegué, momentos antes de que ella despertara, encontré muertos al noble Paris y al fiel Romeo. Julieta despierta, y yo le suplico por Dios que me siga y que respete la voluntad suprema. Oigo pasos, entonces, y me aparto de ella temeroso. Y luego ella, desesperada al parecer, se da muerte... Es todo lo que puedo decir. Del matrimonio puede dar testimonio su nodriza. Y si hay culpa mía en algunos de estos hechos, aplicadme todo el rigor de la ley y poned fin a las pocas horas de vida que aún me van quedando. Príncipe: Siempre os hemos considerado un varón santo y virtuoso. Oigamos ahora al criado de Romeo. ¿Qué puedes decir tú? Baltasar: Yo le di a mi señor la noticia de que Julieta había muerto. A toda prisa vinimos desde Mantua a este lugar. Ya en este mismo mausoleo, Romeo me dio la carta que aquí véis, pidiéndome que se la hiciera llegar temprano a su señor padre. Luego entró a la cripta y me amenazó de muerte si le seguía y no le dejaba solo. Príncipe: Dame la carta. ¿Y dónde está el criado del conde, el que avisó a la ronda? A ver, muchacho, ¿por qué estaba aquí tu señor? Criado: Vino a traerle flores a su novia. Me ordenó que le esperara fuera del mausoleo, y yo cumplí sus órdenes. Pero alguien apareció con una antorcha y empezó a abrir un sepulcro. Entonces mi señor desenvainó y yo corrí a pedir ayuda.


Príncipe: Esta carta confirma las palabras del fraile. En ella habla de su amor, del anuncio de la muerte de Julieta, de que compró veneno a un boticario de Mantua para poder morir y descansar al lado de Julieta... ¡Capuleto! ¡Montesco! ¡He aquí, enemigos, el castigo que recibís por vuestros odios! Sirviéndose del amor, el cielo os ha privado para siempre de toda alegría... Y a mí, por no poner fin a vuestros rencores, me ha privado de dos de mis parientes. El castigo de Dios nos ha herido a todos. Capuleto: ¡Pasadme vuestra mano, hermano Montesco! Es lo que habría querido ver mi hija viuda. Es lo único que me atrevo a pediros. Montesco: Pero yo os daré algo más. Prometo hacer erigir una estatua de oro de la hermosa Julieta, para que mientras exista Verona se conserve el recuerdo de su fidelidad y constancia. Capuleto: Y a su lado yo haré erigir otra igual para Romeo, para que siempre esté al lado de su esposa. ¡Inocentes víctimas de nuestra enemistad! Príncipe: Tardía paz la de este amanecer. El sol no alumbrará, entristecido. Retiraos. Ya volveremos sobre estos crueles hechos. Habrá perdón para algunos, castigo para otros. Nunca se vio una historia tan triste como esta de Romeo y Julieta. (Salen todos).


Noticias sobre William Shakespeare Aún se discute si las obras de Shakespeare fueron escritas por él, por Lord Francis Bacon o por distintos autores de su época. Hasta la propia existencia de Shakespeare ha sido puesta en duda. Esto último, sin embargo, no tiene asidero, ya que en Stratford-upon-Avon –hoy una pequeña ciudad del centro de Inglaterra– existe la partida de nacimiento de Shakespeare. Este nació allí el 23 de abril de 1564, en el seno de una humilde familia campesina. Antes de transformarse en poeta y dramaturgo, Shakespeare tuvo muy diversas ocupaciones. Se casó a la edad de 18 años con Ana Hathaway, varios años mayor que él, con la que tuvo varios hijos y a la que finalmente abandonó en el campo para trasladarse a Londres. Algunos biógrafos creen que Shakespeare desempeñó el puesto de cuidador de caballos en teatros de Londres (trabajo que correspondería hoy al de cuidador de automóviles durante las funciones de cine). En el más célebre de ellos, el teatro El Globo, ingresó luego como apuntador, para llegar a ser actor y, finalmente, dramaturgo. Prácticamente es muy poco más lo que se sabe de su vida. La mayoría de las cosas que sobre ella se han escrito están basadas en suposiciones y conjeturas. En todo caso, parece que logró hacerse de fortuna, aunque no se preocupó ni de hacer editar sus obras ni de controlar sus representaciones. Murió en 1616, a los 52 años de edad, luego de haber regresado a vivir al oscuro pueblo en que había nacido. Sus obras Tan difícil como conocer su vida resulta saber el año exacto en que produjo sus obras. En todo caso, y de acuerdo a diversos estudios, la cronología de sus obras más importantes sería la siguiente: Pericles (1598), Enrique VI


(1591-1594); La fierecilla domada (1593); Macbeth (1596); Ricardo III (1597); Los dos hidalgos de Verona (1598); Penas de amor perdidas (1598); Comedia de equivocaciones (1598); Sueño de una noche de verano (1598); El mercader de Venecia (1598); Romeo y Julieta (1599); Como gustéis (1600); Enrique IV (1600); Otelo (1602); Hamlet (1603); Julio César (1604); El Rey Lear (1607); Antonio y Cleopatra (1610); Enrique VIII (1611); La tempestad (1611). Parece increíble que un solo hombre –y de tan humilde origen– haya podido producir obras tan ricas y variadas. En su Historia de las literaturas comparadas, Federico Loliée dice de él: “Tomando de sus predecesores, de la Historia, de la leyenda, marcando todo con el sello de su poderosa originalidad, mezcla de rasgos de genios en busca de las emociones fuertes o de los sangrientos horrores que exigía el público de entonces. Luego se eleva a un arte más alto y más personal. Tan grande y tan verdadero en lo trágico como en lo cómico, escrutador, penetrante y profundo de las almas, pintor enérgico y fiel de los caracteres, alternativamente terrible y gracioso, delicado, burlón y sublime, lleva a la escena la humanidad entera, bajo todas sus formas, en todos sus aspectos, mezclando horrendas tinieblas a claridades divinas y reuniendo todos los contrastes”.


Pequeño vocabulario teatral (Significado que se da en el teatro a ciertos vocablos). Acto: Cada una de las partes principales en que se divide una obra de teatro. Generalmente hay cambio de decorado. Acotación: Indicaciones escritas que da el autor acerca de la escenografía, movimientos o características de los personajes de una obra teatral. Aparte: Recurso usado por los autores teatrales para que un personaje se exprese al margen del diálogo normal. Lo que piensa un personaje, o lo que dice en voz baja, sin que sea oído por los demás personajes en escena. Generalmente va dirigido al público. Apuntador: Persona que ayuda a los actores a recordar el texto de la obra durante los ensayos. Antes lo hacía durante la presentación de la obra y desde la concha del Apuntador. Bambalinas: Franja de tela, o bastidor horizontal, que cuelga de la parte superior del escenario para ocultar el techo y los focos de luces. Bastidor: Armazón de listones, cubierto de tela o plancha de madera, que forman los laterales de una decoración teatral. Se les llama también “patas”. Cámara: Cortina generalmente negra que se usa como fondo neutro cuando no se quiere realizar una escenografía realista o corpórea. Camarín: Habitación para que los actores se vistan y se maquillen para la presentación. Cuadro: Cada una de las partes en que se divide un acto. Generalmente indica paso de tiempo o cambio de lugar. Decorado (Escenografía): Elementos físicos que determinan el espacio y ambiente en que se desarrolla la acción de la obra. Decorador: El que proyecta y diseña el decorado. Diálogo: Interpretación entre dos o más personajes en una obra de teatro. Dicción: Pronunciación. El actor requiere de una buena dicción; es decir, de una clara y audible pronunciación. Ensayo: Preparación de parte del total de una obra teatral antes de su estreno.


1 María de la Luz Hurtado: El teatro de arte como forma comunicativa. Revista Apuntes. Número especial 1981. Pontificia Universidad Católica de Chile.


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