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Published by Libros Cristianos, 2021-05-31 13:08:43

Comentario MacArthur del Nuevo Testamento

John MacArthur

En términos de evidente magnitud, la alimentación de los cinco mil fue el milagro
más extenso de Jesús. El nombre que se da a esta acción es un poco engañoso ya
que en realidad abarcó mucho más que solo cinco mil personas. Mateo lo explicó
de este modo: “Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar las
mujeres y los niños” (Mt. 14:21, cursivas añadidas). Si suponemos que la cantidad
de mujeres era más o menos igual al número de hombres, y que la cantidad de
niños fuera al menos la misma que los adultos, es probable que un gentío de veinte
mil personas o más estuviera presente en ese día de primavera en Galilea. Proveer
de comida en un instante para veinte o veinticinco mil personas fue algo que solo
el Creador del universo podía hacer (cp. Jn. 1:3).
Este milagro fue más que solo una demostración asombrosa de la naturaleza
divina y del poder creativo de Jesús. También demostró su misericordiosa
clemencia y su tierno cuidado. Dios el Hijo no solo poseía el poder para suplir
enormes necesidades humanas, también tenía el sincero deseo de hacerlo. He aquí
una imagen de Jehová-jireh (Gn. 22:14), un nombre para Dios en el Antiguo
Testamento, que significa “el Señor proveerá”. Por desgracia, la mayoría de
personas en la multitud ese día en última instancia rechazaría a Jesús (cp. Jn. 6:66).
Sin embargo, Él de todos modos las alimentó generosamente, proporcionando así
una ilustración vívida de la gracia común de Dios en la cual Él “hace salir su sol
sobre malos y buenos, y… hace llover sobre justos e injustos” (Mt. 5:45). Por
tanto, esta sección (Mr. 6:30-44) destaca tanto el poder creativo como la provisión
misericordiosa de Jesús. A medida que el pasaje se desarrolla, el Señor provee
descanso para los cansados, verdad para los errantes, y alimento para quienes lo
desean.

DESCANSO PARA LOS CANSADOS

Entonces los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían
hecho, y lo que habían enseñado. Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar
desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de
manera que ni aun tenían tiempo para comer. Y se fueron solos en una barca
a un lugar desierto. (6:30-32)

Anteriormente Jesús había delegado su poder a los doce y los había preparado para
predicar un mensaje de arrepentimiento a través de las ciudades de Galilea (Mr.
6:7-13). Eso le permitió multiplicar por seis el alcance de su ministerio, ya que los
apóstoles fueron enviados de dos en dos. Cuando los comisionó para su tarea, el
Señor los instruyó:

Sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Y yendo, predicad,
diciendo: El reino de los cielos se ha acercado. Sanad enfermos, limpiad
leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad

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de gracia. No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de
alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el
obrero es digno de su alimento. Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis,
informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis. Y al entrar en
la casa, saludadla. Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella; mas
si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros. Y si alguno no os recibiere,
ni oyere vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de
vuestros pies. De cierto os digo que en el día del juicio, será más tolerable el
castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que para aquella ciudad (Mt.
10:6-15).

Todos los apóstoles con excepción de Judas Iscariote eran de Galilea y, por
consiguiente, conocían las aldeas a las cuales viajaban para predicar el evangelio.
Marcos no indica cuánto tiempo estuvieron los doce ministrando, pero es probable
que su misión durara semanas, incluso quizás meses. Sus esfuerzos ministeriales
crearon un rumor a través de Galilea, el cual hizo que hasta Herodes Antipas se
percatara (cp. Mr. 6:14-16). (Para más información sobre la asignación ministerial
de corto plazo dada a los apóstoles por parte de Jesús, véase el capítulo 20 de esta
obra).
Cuando los doce regresaron, se juntaron con Jesús, tal vez en Capernaúm, y le
contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado. Después de una
extensa gira ministerial, sin duda los apóstoles estaban fatigados por sus viajes, los
cuales incluyeron persecución y rechazo (cp. Mt. 10:16-23). Además de estar
agotados recibieron de los discípulos de Juan el Bautista la noticia de que no hacía
mucho habían ejecutado a Juan, el más grande de todos los profetas (cp. Mt.
14:12). Cuando el Señor se enteró de la muerte de Juan (cp. Mt. 14:13), y a fin de
dar a sus discípulos un respiro muy necesario, les dio instrucciones de entrar en
una barca y zarparon a través del mar de Galilea. Él les dijo: Venid vosotros
aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que
iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para comer. El esfuerzo
que el ministerio requería fue tan intenso que ellos ni siquiera podían encontrar
algunos momentos para comer (cp. Mr. 3:20).
El Señor reconoció la necesidad de descanso que los discípulos tenían, y
respondió con ternura. Siguiendo sus instrucciones, ellos se fueron solos en una
barca a un lugar desierto. La embarcación probablemente pertenecía a algunos
de los antiguos pescadores entre los doce (tales como Pedro y Andrés, o Jacobo y
Juan). Incluso el trayecto a través del lago proporcionó a los discípulos una
oportunidad de disfrutar un breve respiro de la presión del gentío. Según Lucas
9:10, Jesús y los doce navegaron a una región cerca de la ciudad de Betsaida. Los
arqueólogos no conocen la ubicación exacta de esta población. Su nombre significa

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“casa de los peces”, y sugiere que la “ciudad de la pesca” era una de las muchas
aldeas que bordeaban el mar de Galilea. Tal vez estaba ubicada en la costa norte
del lago, hacia el este del río Jordán. (Algunos estudiosos creen que había otra
población con el mismo nombre en la costa oeste, cerca de Capernaúm [cp. Marcos
6:45]). Los evangelios indican que Pedro y Andrés eran originalmente de Betsaida
(Jn. 1:44), aunque se reubicaron en Capernaúm (Lc. 4:31, 38). Felipe (Jn. 12:21) y
tal vez Natanael (Jn. 1:45) también habían vivido antes en la ciudad.
En Lucas 10:13-14 Jesús reprendió a Betsaida, junto con Corazín, por su
incredulidad: “¡Ay de ti, Corazín! Ay de ti, Betsaida! que si en Tiro y en Sidón se
hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que sentadas
en cilicio y ceniza, se habrían arrepentido. Por tanto, en el juicio será más tolerable
el castigo para Tiro y Sidón, que para vosotras”. En la historia del Antiguo
Testamento, las ciudades fenicias de Tiro y Sidón, situadas en la costa
mediterránea al norte de Israel, se destacaban por su desenfrenada idolatría,
inmoralidad, violencia, soberbia y codicia. En consecuencia, Dios juzgó ambas
ciudades destruyéndolas por completo (Is. 23:1-18; Ez. 26-28; Am. 1:9-10; Zac.
9:3-4). Sin embargo, Betsaida, llena de habitantes externamente religiosos, fue
marcada para un juicio incluso mayor que el de las fenicias paganas porque habían
rechazado al Señor y Mesías a pesar de los extraordinarios milagros y de la
revelación a la que fueron expuestos. (Es probable que algunos de los apóstoles
hubieran predicado allí en su reciente gira ministerial). Por mucho que Tiro y
Sidón merecieran la ira divina, los habitantes de esas ciudades se habrían
arrepentido sentados en silicio y ceniza si hubieran presenciado los milagros que
Betsaida experimentó (incluido el milagro relatado en este pasaje). Puesto que se
negaron a creer frente a tan abrumadora revelación del Hijo de Dios, los legalistas
santurrones judaizantes de Betsaida enfrentarían consecuencias eternas más duras
que los paganos idólatras (cp. He. 10:26-31).

VERDAD PARA LOS ERRANTES

Pero muchos los vieron ir, y le reconocieron; y muchos fueron allá a pie desde
las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a él. Y salió Jesús y vio
una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que
no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas. (6:33-34)

Ante la infatigable persistencia de las multitudes que constantemente rodeaban a
Jesús y sus discípulos, por lógica cuando ellos se aventuraron en el lago, muchos
los vieron ir, y le reconocieron. Al ver que Jesús y sus discípulos salían en la
barca, comenzaron a recorrer la orilla a pie con la finalidad de seguirlos. Según
relata Juan, a Jesús “le seguía gran multitud, porque veían las señales que hacía en
los enfermos” (Jn. 6:2). La mayoría de los que estaban en la multitud eran
buscadores de emociones fuertes, motivados por el deseo de presenciar milagros y

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quizás experimentarlos personalmente. Los que estaban enfermos anhelaban ser
curados, y los sanos querían que los entretuvieran. A algunos también los
motivaban las ambiciones políticas, y esperaban presionar a Jesús para que se
convirtiera en su libertador político (cp. Jn. 6:14-15). Al observar la dirección que
tomaba la barca, supusieron el destino al que se dirigía y muchos fueron allá a pie
desde las ciudades, y llegaron antes que ellos, y se juntaron a él.
Cuando Jesús y sus discípulos llegaron a su destino, la gente ya estaba
esperándolos allí. Cuando Jesús llegó a la orilla vio una gran multitud que ya se
había reunido. Pero a pesar de que estaban invadiéndole la privacidad, Jesús “les
recibió” (Lc. 9:11). El Señor pudo haberles ignorado o despedirlos; pudo haber
regresado a la barca y haber viajado a una población diferente. En lugar de hacer
eso, tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y
comenzó a enseñarles muchas cosas. El verbo traducido tuvo compasión (de la
palabra griega splanchnizomai) literalmente significa “estar conmovido hasta las
entrañas”, donde se tienen las sensaciones de dolor, por lo que los antiguos las
consideraban el asiento de las emociones. Jesús se conmovió profundamente con
preocupación genuina por estas personas, ya que espiritualmente hablando andaban
errantes como ovejas que no tenían pastor para sus almas.
En una sociedad agraria, donde las ovejas constituían uno de los pilares de la vida
agrícola, se habrían entendido al instante los graves peligros que enfrentaban las
ovejas que no tenían pastor. Sin ayuda de un guía, las ovejas están indefensas, no
pueden limpiarse ellas mismas, y son propensas a perderse. En el Antiguo
Testamento, a veces a la nación de Israel se la representaba como un rebaño sin
pastor (Nm. 27:17; 1 R. 22:17; 2 Cr. 18:16; Ez. 34:5). La metáfora representaba a
la nación como espiritualmente vulnerable a enemigos mortales y desnutridos,
amenazada por el error y el pecado, y carente de protectores fieles y cuidadores
espirituales. Al ser “el buen pastor” (Jn. 10:11), Jesús estaba deseoso de alimentar,
limpiar y proteger a estas ovejas perdidas (cp. Mt. 10:6), y llevarlas a la seguridad
eterna en el redil de la salvación. Por tanto comenzó a enseñarles muchas cosas.
Según Lucas 9:11, el Señor “les hablaba del reino de Dios” (es decir, el reino de la
salvación), el cual era el tema principal de su predicación (cp. Mr. 1:15; 4:11, 26-
32; Lc. 4:43; 6:20; 8:1; 11:20; 17:20-21; 18:24-25; Jn. 3:3; Hch. 1:3).
Como solía hacer, Jesús no solo enseñaba a las personas, también las curaba. Así
lo explica Mateo 14:14: “Saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión
de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos”. La compasión del Señor se
extendía más allá de las necesidades espirituales de las personas hasta incluir
también sus enfermedades físicas. La capacidad que tenía de curarlas de males
temporales era evidencia de su capacidad para ofrecerles ayuda espiritual:
salvación no solo de los debilitantes efectos del pecado en esta vida, sino del efecto
eterno del pecado mismo. La sanidad física que Jesús proporcionaba estaba

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limitada solo a esta vida, pero la vida eterna que Él ofrecía abunda en bendiciones
y beneficios para este mundo y para el próximo.

ALIMENTO PARA QUIENES LO DESEAN

Cuando ya era muy avanzada la hora, sus discípulos se acercaron a él,
diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada. Despídelos para
que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren pan, pues no tienen
qué comer. Respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer. Ellos le
dijeron: ¿Que vayamos y compremos pan por doscientos denarios, y les demos
de comer? Él les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo,
dijeron: Cinco, y dos peces. Y les mandó que hiciesen recostar a todos por
grupos sobre la hierba verde. Y se recostaron por grupos, de ciento en ciento,
y de cincuenta en cincuenta. Entonces tomó los cinco panes y los dos peces, y
levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dio a sus discípulos
para que los pusiesen delante; y repartió los dos peces entre todos. Y comieron
todos, y se saciaron. Y recogieron de los pedazos doce cestas llenas, y de lo que
sobró de los peces. Y los que comieron eran cinco mil hombres. (6:35-44)

Después de un día completo de enseñanza y sanidad, los discípulos se acercaron a
Jesús porque habían determinado que las personas tenían hambre y necesitaban
comida. Cuando ya era muy avanzada la hora se refiere al final de la tarde y
principio de la noche (algún momento entre las tres y las seis), justo antes del
anochecer (cp. Mt. 14:15). Debido a lo avanzado de la tarde, sus discípulos se
acercaron a él, diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya muy avanzada.
Despídelos para que vayan a los campos y aldeas de alrededor, y compren
pan, pues no tienen qué comer. Desde una perspectiva humana, la preocupación
de los discípulos era razonable. No sabían dónde encontrar provisiones para tanta
gente. Conscientes de la necesidad de las personas, y probablemente con hambre
ellos mismos (cp. Mr. 6:31), animaron a Jesús a que despidiera a la multitud.
Cuando los discípulos notaron que el lugar estaba desierto, no supusieron que el
sitio fuera un verdadero lugar desolado (como lo haría parecer la traducción). En
primavera la campiña en Galilea es hermosa, y la gente se había sentado sobre
hierba verde (v. 39). La observación de los discípulos simplemente indica que se
hallaban en una zona aislada y despoblada, donde no era fácil conseguir alimentos.
Por eso sugirieron a Jesús que despidiera a las personas para que pudieran dirigirse
a sitios en que pudieran hallar comida por sí mismas.
Con seguridad Jesús sorprendió a sus discípulos cuando les dijo: Dadles vosotros
de comer. Sus palabras tuvieron la intención de probar el nivel de fe que poseían,
mientras que también los obligó a reconocer que no tenían solución humana para el
problema. El apóstol Juan relata la interacción entre Jesús y sus discípulos con
respecto a este dilema logístico:

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Cuando alzó Jesús los ojos, y vio que había venido a él gran multitud, dijo a
Felipe: ¿De dónde compraremos pan para que coman éstos? Pero esto decía
para probarle; porque él sabía lo que había de hacer. Felipe le respondió:
Doscientos denarios de pan no bastarían para que cada uno de ellos tomase un
poco (Jn. 6:5-7).

Doscientos denarios equivalían aproximadamente al salario de ocho meses de
trabajo para un hombre. Incluso estaba claro que no bastaban para alimentar a un
gentío de tantos miles. Por tanto, ellos le dijeron: ¿Que vayamos y compremos
pan por doscientos denarios, y les demos de comer? La pregunta de los
discípulos evidenció su incredulidad y escepticismo. Humanamente hablando, el
problema parecía insuperable, mucho más allá de los recursos económicos con que
contaban. Nunca se les cruzó por la mente la posibilidad de que Jesús pudiera crear
la comida necesaria. Estaban tan enfocados en el problema, y en la necesidad de
hallar una solución humana, que no consideraron el poder divino de su Señor.
Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y al saberlo, dijeron: Cinco,
y dos peces. Una vez más el relato de Juan afina los detalles: “Uno de sus
discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí está un muchacho, que
tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?” (Jn.
6:8-9). La palabra panes podría traducirse literalmente como “tortillas de pan”, y
se refiere a obleas o galleta de pan plano. Es probable que los pececillos estuvieran
adobados y destinados a comerse con el pan. Juntos, estos constituían un almuerzo
normal para un muchacho pequeño. Nunca se imaginaron que esa única comida
apta para un chico pudiera crear un milagro que alimentaría a decenas de miles.
Pero Jesús sabía lo que estaba a punto de hacer. Al hablar de Cristo respecto a esta
ocasión, Charles Spurgeon declaró acertadamente:

Fue él quien ideó el modo de alimentarlos; se trató de un diseño inventado y
originado por él mismo. Sus seguidores habían visto la pequeña provisión de
pan y pescado que tenían y renunciaron a la tarea como algo desesperanzador;
pero Jesús, totalmente inmutable y sin nada de confusión, ya había considerado
cómo dar un banquete a los miles y lograr que los que desfallecían cantaran de
júbilo. El Señor de los ejércitos no necesitaba ninguna súplica para convertirse
en el anfitrión de hombres hambrientos (Charles Spurgeon, “El milagro de los
panes”, sermón no. 1218).

Mirando el gentío, Jesús les mandó a sus discípulos que hiciesen recostar a todos
por grupos sobre la hierba verde. Y se recostaron por grupos, de ciento en
ciento, y de cincuenta en cincuenta. Las personas habían estado de pie mientras
presionaban alrededor de Jesús para ser sanadas e instruidas por Él. Pero les
ordenó sentarse en unidades nítidamente organizadas a fin de facilitar la
distribución de comida, y para que la gente pudiera estar cómoda comiendo. Al

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hacer eso también acentuó la grandeza de aquel milagro porque así se hizo más
fácil contar la enorme cantidad de personas. Con una simple orden, Jesús
transformó la caótica muchedumbre en una asamblea bien coordinada.
Mientras la gente esperaba para ver lo que Jesús haría a continuación, Él tomó los
cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo la comida
dando gracias a su Padre celestial (Jn. 6:6, 11; cp. 1 Ti. 4:3-5). Luego partió los
panes, y dio a sus discípulos para que los pusiesen delante; y repartió los dos
peces entre todos. Debido a que no hay explicación humana para un milagro
divino creativo, los evangelios no tratan de describir la forma en que este milagro
se llevó a cabo. Según parece, implicó creación continua, pues Jesús se mantuvo
creando alimento y dándoselo a los discípulos, quienes estuvieron distribuyéndolo
a los asistentes hasta que todos se alimentaron.
En el proceso comieron todos, y se saciaron los miles de personas hambrientas.
La palabra traducida “saciaron” (del griego chortazō) toma su significado del
mundo de la cría de animales de granja y los describe comiendo hasta quedar
totalmente llenos. Por tanto, habla de estar satisfechos hasta el punto de ya no
querer más. Jesús usó esta misma palabra en las Bienaventuranzas para prometer a
quienes tienen hambre y sed de justicia que “serán saciados” (Mt. 5:6). La comida
que Jesús creó de la nada era perfecta, ya que no había sido manchada por la
corrupción de un mundo caído; Él hizo más que suficiente por satisfacer a la
multitud hambrienta. Por instrucciones de Jesús, los discípulos recogieron toda la
comida sobrante (cp. Jn. 6:12), usando pequeñas canastas para recogerla. Que
fueran exactamente doce cestas llenas, y de lo que sobró de los peces
evidentemente no fue coincidencia. Como resultado de la perfecta precisión
providencial de Jesús, cada uno de los apóstoles obtuvo su propia canasta de
comida. Por supuesto, ellos hicieron partícipe de sus porciones a su Maestro que lo
había creado todo.
Marcos concluye su relato de este extraordinario milagro observando que los que
comieron eran cinco mil hombres. Como indicamos antes, Mateo 14:21 nos dice
que allí también estaban presentes muchas mujeres y niños, lo cual significa que el
número total de personas en el gentío ascendía a una cantidad muy superior a los
cinco mil. Sorprendidos por el alcance de lo que acababan de ver (y la delicia de lo
que acababan de comer), las personas exclamaron: “Este verdaderamente es el
profeta [una referencia del Antiguo Testamento al Mesías] que había de venir al
mundo” (Jn. 6:14). En medio de su euforia se dispusieron “a venir para apoderarse
de él y hacerle rey” (v. 15). Obsesionadas con las sanidades y con el poder creativo
de Jesús, las multitudes ansiaron que Jesús marcara el inicio del estado definitivo
de bienestar, en el cual la enfermedad y el hambre desaparecerían para siempre.
Aquí estaba un Hombre que también podía usar su poder divino ilimitado para

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derrocar a Herodes y los romanos, así como también para proveer para sus
necesidades.
Las personas acertaron en identificar a Jesús como el Mesías, pero según habían
hecho todo el tiempo, malentendieron el propósito de su venida. Aunque un día Él
regresará para establecer su reino terrenal con todo poder, provisión, y protección
que los profetas del Antiguo Testamento habían prometido, en su primera venida el
Hijo de Dios “vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lc. 19:10) y a “dar
su vida en rescate por muchos” (Mr. 10:45). A pesar de que quisieron convertirlo
en su gobernante político, Jesús estaba dispuesto solamente a ser Rey espiritual de
los que creyeran en Él. Como demuestra la generosidad que tuvo al crear la
comida, Jesús quiso que la demostración visible de su poder y compasión en el
mundo físico fuera un símbolo de su poderío en el reino espiritual. Su disposición
de dar descanso físico fue un símbolo de su ofrecimiento de otorgar reposo
espiritual (cp. Mt. 11:28). Su deseo de enseñar la verdad acentúa el hecho de que
Él es la verdad (cp. Jn. 14:6). Y su disposición de crear pan y peces fue evidencia
de su capacidad de proporcionar alimento espiritual para aquellos que tienen
hambre y sed de justicia (cp. Mt. 5:6). Jesús es el Pan de Vida, de manera que
quienes creen en Él estarán eternamente satisfechos (cp. Jn. 6:35).
Jesús se negó a ser una fuente permanente de comidas gratis, pero estaba
dispuesto a ser una fuente eterna de sustento espiritual. Es lamentable que la
mayoría de personas no estuviera interesada en eso. Al día siguiente casi todos los
que habían sido alimentados de modo milagroso rechazaron a Jesús, y muchos de
sus discípulos dejaron de seguirlo por completo (Jn. 6:66). Al alimentarlos de
manera sobrenatural les había demostrado claramente que era el Creador
misericordioso. Cuando lo rechazaron, obstinadamente evidenciaron la verdadera
naturaleza de su endurecida incredulidad, por lo cual serían eternamente juzgados
con severidad. Pero no todos exhibieron tan encallecida incredulidad. Incluso
cuando muchos se estaban yendo, el apóstol Pedro expresó el clamor del corazón
de todo creyente verdadero: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del
Dios viviente” (vv. 68-69).

23. Jesús camina sobre el agua

En seguida hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a
Betsaida, en la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Y

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después que los hubo despedido, se fue al monte a orar; y al venir la noche, la
barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra. Y viéndoles remar con gran
fatiga, porque el viento les era contrario, cerca de la cuarta vigilia de la noche
vino a ellos andando sobre el mar, y quería adelantárseles. Viéndole ellos
andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron; porque todos
le veían, y se turbaron. Pero en seguida habló con ellos, y les dijo: ¡Tened
ánimo; yo soy, no temáis! Y subió a ellos en la barca, y se calmó el viento; y
ellos se asombraron en gran manera, y se maravillaban. Porque aún no
habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus
corazones. Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron
a la orilla. Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció. Y
recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes
enfermos en lechos, a donde oían que estaba. Y dondequiera que entraba, en
aldeas, ciudades o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y
le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que
le tocaban quedaban sanos. (6:45-56)

Los extraordinarios acontecimientos narrados en esta sección siguieron
inmediatamente a la milagrosa creación de una comida para de miles de personas
en el costa noreste del lago de Galilea (cp. Mr. 6:33-44). Con precisión divina,
Jesús creó suficiente alimento como para que el enorme gentío quedara saciado, y
lo que sobró llenó doce canastas, una para cada uno de los apóstoles. La visible
magnitud de tan sobrenatural demostración manifestó dramáticamente el poder y la
misericordia del Hijo de Dios, atributos divinos que caracterizaron el ministerio de
Jesús.
Con la creación de la comida Jesús alcanzó la cima de su popularidad. Había
ministrado en toda Galilea durante más de un año, predicando y realizando
innumerables milagros. También extendió su ministerio dando autoridad a los doce
apóstoles para proclamar el mensaje del evangelio y exhibir el poder que les había
delegado. Como resultado, la noticia acerca de Él se extendió por toda la región,
llegando incluso a oídos de Herodes Antipas, quien nerviosamente temía que Jesús
pudiera ser Juan el Bautista a quien Herodes había decapitado, que regresaba de los
muertos.
Herodes tenía razón para estar preocupado. Cuando de modo milagroso Jesús creó
comida de la nada sin ningún esfuerzo aparente, la multitud respondió con un
eufórico intento de coronarlo rey (cp. Jn. 6:14-15). Esperaban que derrocara a
Herodes y a los romanos, y marcara el inicio del reino milenial con todo el poder y
la provisión que había exhibido. El entusiasmo de la gente estaba equivocado; sus
intereses eran tan solo materiales y temporales. Por el contrario, el mensaje de
Jesús se enfocaba en verdades que eran celestiales y eternas. Él insistía en una

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transformación espiritual, no en una revolución política (cp. Jn. 18:36). A pesar de
que un día regresará para establecer su reino sobre la tierra (cp. Ap. 20:1-6), y
cumplir con todo lo que los profetas vaticinaron en cuanto a las glorias del reino de
Dios, ese no fue el objetivo de su primera venida (cp. Mr. 10:45; Lc. 19:10).
Los evangelios indican que en general los apóstoles tenían las mismas
expectativas mesiánicas que el pueblo. Sin duda esperaban que Jesús derrotara a
los enemigos de Israel y estableciera la sede del reino mesiánico en Jerusalén, en el
cual ellos se sentarían a la derecha e izquierda del trono real (cp. Mt. 19:28; Mr.
10:37; Lc. 22:30). Sin embargo, había una diferencia fundamental entre los
apóstoles y las multitudes incrédulas. Cuando el ministerio de Jesús no cumplió sus
expectativas acerca del Mesías, el populacho le rechazó y más adelante pidió su
muerte. Incluso muchos de sus seguidores le abandonaron (cp. Jn. 6:66). Por el
contrario, los apóstoles siguieron creyendo. Mientras observaba cómo las
multitudes se iban y los seguidores desertaban, justo un día después que
milagrosamente los alimentara, “dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso
iros también vosotros? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú
tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el
Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Jn. 6:67-69). Es evidente que, a diferencia del
gentío, los apóstoles miraban más allá de la vida física hacia la “vida eterna”.
La gran confesión de Pedro hace surgir una pregunta importante: ¿Qué catalizador
convenció a los doce para creer en Jesús cuando muchos otros lo rechazaron? El
día anterior Él había creado pan y peces para alimentar a miles. No obstante, la
mayoría de aquellos que experimentaron ese milagro rechazó al Señor. A
continuación de ese suceso, incluso los discípulos que permanecieron con Jesús
“aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto estaban endurecidos sus
corazones” (Mr. 6:52). La rápida transformación en su manera de pensar debió
haber tenido una causa poderosa. Solamente los apóstoles experimentaron el
asombroso incidente relatado en esta sección (vv. 45-56), el cual fue el catalizador
por medio del cual por primera vez reconocieron a Jesús como el Hijo de Dios (cp.
Mt. 14:33). El maravilloso acontecimiento se puede dividir en tres escenas:
Intercesión privada de Jesús con el Padre, intervención poderosa a favor de los
doce, e interacción personal con las multitudes. En cada escena el Señor Jesucristo
ocupa el centro de la misma.

INTERCESIÓN PRIVADA CON EL PADRE

En seguida hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él a
Betsaida, en la otra ribera, entre tanto que él despedía a la multitud. Y
después que los hubo despedido, se fue al monte a orar; (6:45-46)

El júbilo esperanzado se había apoderado de la multitud después que Jesús creara
comida de forma milagrosa (cp. Mr. 6:33-44). Como sabía que incluso los doce

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eran susceptibles al cargado fervor político del pueblo, en seguida hizo a sus
discípulos entrar en la barca. Hizo viene del griego anagkazō, que significa
“obligar” o “insistir”. Sin lugar a dudas ellos habrían querido quedarse y disfrutar
la popularidad del momento, pero el Señor no les dejó. Les ordenó partir en la

barca e ir delante de él a Betsaida
Algunos estudiosos se han preguntado qué quiso decir Marcos, ya que Juan 6:17
explica que el destino al que pretendían ir era Capernaúm. Dos soluciones
propuestas y razonables merecen consideración. Primera, algunos han sugerido que
había dos aldeas diferentes llamadas Betsaida. Puesto que el nombre significa
“casa de los peces”, es posible que más de una población de pescadores cerca del
lago reclamara ese título. Los que sostienen este punto de vista diferencian entre
“Betsaida Julias”, ubicada en el noreste del lago de Galilea, y “Betsaida de
Galilea”, que según afirman estaba localizada en la costa occidental del lago cerca
de Capernaúm (cp. Jn. 12:21). De acuerdo con esta opinión, la alimentación de la
multitud se llevó a cabo cerca de Betsaida Julias. Al salir de esa zona, los
discípulos navegaron hacia Betsaida de Galilea y la vecina Capernaúm. Una
segunda opinión, y quizás menos convincente, asegura que había solo una aldea
llamada Betsaida (es decir, Betsaida Julias), que se basa sobre todo en la falta de
evidencia arqueológica para la segunda aldea con ese mismo nombre. Según este
punto de vista, la alimentación de los cinco mil se llevó a cabo en un lugar remoto
al sureste de Betsaida (cp. Mr. 6:35). Cuando Jesús ordenó a los discípulos ir
delante de él a Betsaida, en la otra ribera, en realidad les estaba dando
instrucciones de atravesar el lago viajando “hacia Betsaida”, es decir al occidente.
(La preposición griega pros [traducida a] puede significar “a”, “hacia” o “rumbo
a”). Cuando navegaron hacia la costa occidental del lago de Galilea pudieron haber
ido inicialmente hacia Betsaida, pasándola finalmente en su camino. (Puede ser
que Jesús pretendiera que ellos siguieran la línea costera mientras atravesaban el
lago, navegando por tanto cerca de la aldea. Betsaida es parte de la gran llanura de
Betsaida que se extiende por cerca de cinco kilómetros a lo largo del borde norte
del lago de Galilea).
Tras ordenar a los discípulos que partieran, Jesús despidió a la multitud.
Dispersar a decenas de miles de personas cautivadas por el milagro no habría sido
una tarea fácil, humanamente hablando. Sin embargo, de igual manera que con
autoridad les ordenó sentarse en grupos de cincuenta y de cien (cp. vv. 39-40), el
Señor ejerció autoridad divina sobre la multitud y esta obedeció. A pesar de que
con entusiasmo querían hacerlo rey para satisfacer sus propios fines, Él los
despidió sin ponerse a debatir. Juan 6:22-24 sugiere que las personas no viajaron
lejos. Al parecer pasaron la noche en la campiña cercana, despertaron a la mañana
siguiente, y regresaron al lugar en que Jesús las había alimentado, solo para
descubrir que Él ya no estaba allí.

261

El gentío pudo haber estado pidiendo una revolución pública, pero Jesús anhelaba
un tiempo de intercesión privada con su Padre celestial. Por tanto, después que los
hubo despedido, se fue al monte a orar. Al principio del ministerio de Jesús,
Satanás le tentó ofreciéndole “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” (Mt.
4:8-9). Tal vez como consecuencia del entusiasmo de la gente, Jesús volvió a
enfrentar la tentación de pasar por alto la cruz y reclamar de inmediato un trono
terrenal. Pero esa no era la voluntad del Padre, algo que Jesús reiteró al día
siguiente cuando volvió a dirigirse a la multitud en Capernaúm: “He descendido
del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Jn. 6:38;
cp. Mr. 14:36; Jn. 4:34; 5:19). Sin ningún interés en la exuberancia superficial y
emocional expresada por la gente, el Señor se retiró a un lugar de oración privada,
como generalmente hacía (cp. Mt. 14:23; Mr. 1:35; Lc. 6:12; 22:41-44).
Sin duda alguna, la oración de Jesús esa noche incluyó un tiempo de petición por
sus discípulos. Puesto que sabía lo que ellos estaban a punto de experimentar, los
confió en las manos de su Padre. Es muy probable que como hiciera en otras
ocasiones (cp. Lc. 22:32; Jn. 17:6-26), Jesús pidiera al Padre que les concediera fe
verdadera y perdurable. El Padre contestó esa oración en forma poderosa,
otorgándoles fe en respuesta a una maravilla inigualable.

INTERVENCIÓN PODEROSA A FAVOR DE LOS DOCE

y al venir la noche, la barca estaba en medio del mar, y él solo en tierra. Y
viéndoles remar con gran fatiga, porque el viento les era contrario, cerca de la
cuarta vigilia de la noche vino a ellos andando sobre el mar, y quería
adelantárseles. Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un
fantasma, y gritaron; porque todos le veían, y se turbaron. Pero en seguida
habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! Y subió a ellos en
la barca, y se calmó el viento; y ellos se asombraron en gran manera, y se
maravillaban. Porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto
estaban endurecidos sus corazones. (6:47-52)

La frase al venir la noche se refiere a la segunda vigilia nocturna del día, entre las
seis y las nueve de la noche. Jesús había alimentado antes a la multitud, durante la
primera vigilia de la noche (cp. Mt. 14:15), la cual duraba de tres a seis. Ahora el
sol se había puesto y el atardecer se había convertido en anochecer. Con el paso de
cada hora, la distancia entre los discípulos y Jesús se ampliaba. Ellos se hallaban
en la barca, la cual estaba en medio del mar, y él solo en tierra. Debido al
estallido repentino de una aterradora tormenta, lo que por lo general habría sido un
rutinario cruce del lago se había convertido en un trayecto peligroso. Fuertes
vientos (Jn. 6:18) levantaban tremendas olas que azotaban la barca (Mt. 14:24).
(Para más información sobre las fuertes tormentas que a veces se desatan en el lago
de Galilea, véase el capítulo 16 de esta obra). Ya antes los discípulos habían

262

experimentado una tormenta similar, pero Jesús había estado con ellos en esa
ocasión (cp. Mr. 4:37-41). Esta vez estaban solos.
Como ya se indicó, Jesús se había quedado atrás para orar, retirándose a un monte
cercano con el fin de estar a solas y tener comunión con su Padre. A pesar de que
los discípulos estaban solos y a unos kilómetros de distancia, nunca estuvieron
fuera del alcance de la protección divina. En una evidente demostración de
omnisciencia divina, Jesús los vio remar con gran fatiga, porque el viento les
era contrario. El Señor, consciente del apuro en que se hallaban incluso antes de
que eso ocurriera, mantuvo el control de la situación en todo momento. Tanto la
tempestad como los doce estaban en sus manos. A pesar de que estaba demasiado
lejos como para ver físicamente la barca a través de las tormentosas tinieblas, Jesús
siempre supo la ubicación exacta en que se hallaban. La omnisciencia de Dios es
ilimitada en su alcance y universal en su vista. Así declara Proverbios 15:3: “Los
ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos”. Job
reiteró esa verdad cuando preguntó: “¿No ve [el Señor] mis caminos, y cuenta
todos mis pasos?” (Job 31:4; cp. Jer. 16:17). En 2 Crónicas 16:9 leemos que “los
ojos de Jehová contemplan toda la tierra” (cp. Zac. 4:10). Y el autor de Hebreos
repite esa realidad en estas palabras: “No hay cosa creada que no sea manifiesta en
su presencia; antes bien todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de
aquel a quien tenemos que dar cuenta” (He. 4:13). Ni siquiera un mar tormentoso
puede oscurecer la claridad de la mirada omnisciente de Dios. Como le inquirió
David al Señor en su famosa pregunta: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a
dónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:7, 9-10). El omnisciente Hijo de Dios no
había abandonado a sus discípulos en medio de la tormenta. Sabía dónde estaban y
cómo iba a liberarlos.
Que los discípulos remaban con gran fatiga indica que se estaban esforzando
mucho por sobrevivir. Al menos cuatro de ellos (y tal vez hasta siete) eran
pescadores experimentados en ese lago, y solo una tormenta extrema les habría
ocasionado tal dificultad. Debido a las condiciones, un viaje que normalmente
habría durado solo una o dos horas se había convertido en una lucha de toda la
noche tratando de no morir ahogados. Marcos indica que era cerca de la cuarta
vigilia cuando Jesús finalmente llegó a ayudarlos (cp. Mt. 14:25). Los romanos
dividían la noche en cuatro vigilias. La primera era de seis a nueve; la segunda,
desde las nueve hasta medianoche; la tercera, desde la medianoche hasta las tres de
la mañana; y la cuarta, desde las tres de la mañana hasta las seis. Los discípulos,
que habían salido antes de las nueve de la noche, aún estaban en el lago en las
horas antes del amanecer. En todo ese tiempo, probablemente unas nueve horas,
solo habían podido remar unos pocos kilómetros cuando se vieron frustrados por la
tremenda tempestad (cp. Jn. 6:19).

263

La situación parecía desesperada, e incluso imposible, cuando Jesús intervino de
modo soberano. Vino a ellos andando sobre el mar, y quería adelantárseles. En
las tinieblas, en medio de los vientos huracanados y del chapoteo de las olas, Jesús
se dirigió hacia los discípulos andando sobre el mar. El Creador de las aguas y el
viento se puso en pie sobre la agitada superficie como si fuera dura como la piedra
y llana como el cristal, abriéndose paso hacia ellos en el momento en que estaban
más necesitados. La frase quería adelantárseles puede entenderse mal y se debió
traducir mejor como “deseaba ponerse junto a ellos”. El Señor sabía exactamente
dónde se encontraban y caminó sobre el lago hasta llegar junto a la barca.
Es comprensible que los discípulos se sorprendieran cuando vieron a Jesús andar
sobre el mar. Sin duda la noche de total agotamiento y constante lucha añadió a la
confusión, y ya que no podían creer lo que estaban viendo ni reconocer de quién se
trataba, ellos se llenaron de pánico y pensaron que era un fantasma. La palabra
fantasma (en griego phantasma), se refiere a aparición o espectro imaginario. La
suposición popular del siglo I afirmaba que los espíritus de la noche producían
desastres, y los discípulos supusieron lo peor. Después de horas de estar gritándose
unos a otros en medio de la tormenta quedaron tan asombrados que a pesar de sus
voces cansadas se encogieron de terror. Según explica Marcos, ellos gritaron;
porque todos le veían, y se turbaron (una forma del verbo griego tarassō) que
significa “entrar en pánico” o “atacado por el terror”. Los discípulos estaban
asustados por la tormenta; ver una aparición caminando hacia ellos sobre el agua
les aumentó el temor hasta niveles superiores de intensidad.
En un intento por desechar este milagro, algunos críticos incrédulos alegan que
Jesús solo estaba caminado a lo largo de la playa, y no sobre la superficie del lago.
Esa interpretación del texto es insostenible por varias razones. Primera, la barca
estaba a varios kilómetros de la costa, lo que hacía imposible que los discípulos
hubieran visto a Jesús a través de la oscuridad de la tormenta y de la noche. Mateo
14:24 afirma literalmente que “la barca estaba en medio del mar”. Segunda, los
discípulos no se habrían llenado de miedo solo por haber visto a alguien
caminando junto a la línea costera. Ningún pescador experimentado se habría
engañado creyendo que un transeúnte en tierra estaría en realidad caminando sobre
el agua. Tercera, si Jesús hubiera estado parado en la orilla, Pedro no habría
comenzado a hundirse cuando salió de la barca (cp. Mt. 14:30). Después de todo,
el apóstol salió en el mismo lugar en que Jesús estaba caminando (v. 31), y el agua
era lo suficientemente profunda para que un hombre adulto pudiera ahogarse. Al
igual que en todos sus milagros, que Jesús caminara sobre el agua demostró su
deidad. Puesto que Él es el Creador del universo (cp. Jn. 1:3; Col. 1:16; He. 1:2),
no solo controla el viento y las olas (cp. Mr. 4:41), sino que camina sobre ellos.
De modo compasivo, el Señor no dejó que el terror de los discípulos durara. En
seguida habló con ellos, y les dijo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis! La orden

264

Tened ánimo (del verbo griego tharseō) quiere decir “sean valientes” o
“anímense”. Jesús lo usa para pedirle a su pueblo que dependa de Él como la
fuente de la confianza que deben tener, incluso en medio de circunstancias
insoportables (cp. Mt. 9:2, 22; 14:27; Mr. 10:49; Jn. 16:33; Hch. 23:11). Mientras
estaban en medio del caos y la confusión, reconocieron la voz del Señor Jesús que
los llamaba.
La frase yo soy no solo hizo que quien la pronunció se identificara como Jesús,
sino que también refleja la revelación personal de Dios que se encuentra en el
Antiguo Testamento (cp. Éx. 3:14). Jesús no solo demostró su deidad por medio de
este poder sobrenatural, también afirmó ser Dios con las palabras que pronunció
(cp. Jn. 5:18; 8:58; 10:30, 33). Al darse cuenta de que se trataba de Jesús, el temor
de los discípulos se convirtió en alivio. Mateo relata que en un momento de euforia
Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:

Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: Ven. Y
descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero
al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces,
diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él,
y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste? (Mt. 14:28-31).

La fe débil de Pedro es típica de todos los discípulos e ilustraba la razón por qué
este milagro era necesario: para fortalecerles la fe. Aunque el reproche de Jesús
estaba sobre todo dirigido a Pedro, se aplica de modo adecuado a todo el grupo.
Que el Señor extendiera la mano de manera compasiva y rescatara a Pedro, a pesar
de las dudas de este, es una imagen maravillosa del modo en que Él ayuda a los
suyos en momentos de necesidad, a pesar de las debilidades que tengan (cp. He.
13:6). (A veces los estudiosos se preguntan por qué Marcos no incluyó en este
relato el episodio acerca de Pedro. Podría ser que debido a que Marcos escribió su
evangelio bajo la influencia de Pedro, y a que Pedro era un hombre humilde, quiso
que el enfoque estuviera en Cristo y no en sí mismo, e hizo que de manera
intencional Marcos omitiera esos detalles. Cualquiera que sea la explicación, la
respuesta final es que el Espíritu Santo inspiró a Mateo a incluir esa característica
solamente).
Después de rescatar a Pedro, el Señor subió a ellos en la barca, y se calmó el
viento; y ellos se asombraron en gran manera. Los discípulos habían visto a
Jesús caminar sobre el agua y calmar al instante una fuerte tormenta. Incluso
habían observado a Pedro pararse sobre la superficie del lago. Tras todo eso, Jesús
subió a la barca, los fuertes vientos desaparecieron con rapidez, y la tormenta se
desvaneció. Después de servir a su propósito divinamente señalado, la tempestad
desapareció. En ese mismo instante, de modo milagroso Jesús impulsó la barca
hacia el destino en la costa occidental. Juan 6:21 lo informa de este modo: “Ellos

265

entonces con gusto le recibieron en la barca, la cual llegó en seguida a la tierra
adonde iban”. En un momento se hallaban batallando con una rugiente tormenta en
medio del lago, y al siguiente el viento y las olas estaban en calma y la barca había
llegado a la orilla. Es comprensible que los discípulos reaccionaran con asombro.
La palabra asombraron proviene de la expresión griega existēmi, y significa “estar
fuera de sí”. El milagro que acababan de experimentar los dejó boquiabiertos.
De acuerdo con Mateo 14:33, la respuesta de los discípulos se convirtió en
adoración: “Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo:
Verdaderamente eres Hijo de Dios”. Reconocieron que se hallaban en la presencia
del Creador (cp. Job 26:14), de Aquel que controla los vientos y las olas (cp. Mr.
4:41). Tal vez sus mentes se inundaron con pasajes del Antiguo Testamentos como
Salmos 77:19: “En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas; y tus
pisadas no fueron conocidas”. Puede que ellos recordaran las palabras de Habacuc
3:15: “Caminaste en el mar con tus caballos, sobre la mole de las grandes aguas”.
O quizás pensaron en Job 9:8: “Y anda sobre las olas del mar”.
En su adoración, el asombro de los discípulos trascendió el simple arrebato de las
multitudes. Mucha gente se maravilló con Jesús (Mt. 7:28; 12:23; 22:33; Mr. 1:22;
9:15; Lc. 2:47; 4:32; 11:14; Jn. 7:46), pero pocos lo adoraron de veras. Los
discípulos habían comenzado a entender la verdad que desde el principio habían
mostrado los milagros del Señor: que Él era el Mesías, el Hijo de Dios (cp. Mr.
1:1). Ese reconocimiento los llevó a arrodillarse mientras de buen grado
confesaban la realidad teológica expresada en todo el Nuevo Testamento, es decir,
“que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Fil. 2:11).
Adoración debió haber sido la reacción anterior de los discípulos cuando Jesús
alimentó milagrosamente a la multitud de miles de personas. No obstante, en vez
de postrarse en reverencia, al parecer se dejaron contagiar por el entusiasmo del
gentío. Esta aparición de Jesús en el agua era, por tanto, necesaria para
fortalecerles la fe, porque aún no habían entendido lo de los panes, por cuanto
estaban endurecidos sus corazones. Debido a su propia torpeza espiritual, los
discípulos no habían entendido el verdadero significado de esa demostración
anterior de divino poder creativo. A salvo en la costa ante la presencia de su
Salvador todopoderoso, se convencieron de la deidad de Jesús y se postraron de
rodillas en adoración y alabanza.

INTERACCIÓN PERSONAL CON LAS MULTITUDES

Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron a la orilla.
Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció. Y recorriendo toda
la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos,
a donde oían que estaba. Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o
campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les

266

dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban
quedaban sanos. (6:53-56)

El relato de la caminata de Jesús sobre el agua contiene mucho más que un simple
milagro. Primero, fue precedido por la alimentación sobrenatural de miles de
personas (vv. 33-44). Segundo, de forma omnisciente Jesús vio a los discípulos en
medio de la tormenta (v. 48). Tercero, suspendió la gravedad al caminar sobre la
superficie del tempestuoso lago (v. 48). Cuarto, permitió que Pedro anduviera
sobre el agua (cp. Mt. 14:29). Quinto, tan pronto como Jesús entró a la barca, el
viento se detuvo y la tormenta se evaporó (Mr. 6:51). Sexto, la embarcación llegó
inmediatamente a la costa donde se dirigían (Jn. 6:21). Por último, una vez en
tierra Jesús comenzó a curar a los enfermos que le llevaron (Mr. 6:53-55).
Abrumados por toda esta maravilla, los discípulos respondieron con reverente
reconocimiento de que el Maestro era el Hijo de Dios.
Marcos continúa su relato observando que una vez terminada la travesía,
vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron a la orilla. La llanura de Genesaret
se halla al suroeste de Capernaúm. Según se reveló antes, Juan 6:17 indica que los
discípulos atravesaban el lago hacia Capernaúm; sin embargo, arribaron a
Genesaret. Los críticos afirman a veces que esto representa una discrepancia en los
relatos de los evangelios. En realidad no es así. Aunque los discípulos pudieron
haber querido ir originalmente a Capernaúm, de manera sobrenatural e instantánea
el Señor dirigió la barca hacia Genesaret. Sin duda ellos se habían desviado del
rumbo debido al fuerte viento, lo cual explica que la embarcación ya no se dirigiera
hacia su destino original. Con tormenta o sin ella, fueron a parar exactamente
donde Jesús quería que ellos fueran. La cercana proximidad de Capernaúm y
Genesaret significa que Jesús y los discípulos caminaron fácilmente hacia
Capernaúm después que salieron de la barca. Capernaúm era el destino final, y fue
allí en la sinagoga que Jesús predicó su sermón sobre el pan de vida (cp. Jn. 6:24,
59).
Una vez en tierra, en seguida la gente le conoció. Y recorriendo toda la tierra
de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde
oían que estaba. Mientras Jesús y los discípulos caminaban desde Genesaret a
Capernaúm, el Señor siguió mostrando compasión por las personas necesitadas,
tanto a lo largo del camino como una vez que finalmente llegaron a Capernaúm. El
Evangelio de Juan retoma la historia en ese momento, completando los detalles de
lo que Jesús predicó ese día en Capernaúm (cp. Jn. 6:26-58). Sin embargo, el relato
de Marcos no se detiene en esos detalles y proporciona un resumen final del
ministerio de Jesús en Galilea. Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades
o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les
dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban

267

quedaban sanos. Adondequiera que Jesús iba, curaba de manera compasiva a
todos los enfermos que le llevaban. Su poder sanador y su misericordia no tenían
límites. De manera personal y clemente atendía a todos los que le buscaban. Al
igual que la mujer en Marcos 5:28-29, personas desesperadas que padecían de todo
tipo de enfermedades y discapacidades incurables eran curadas simplemente
tocando el borde del manto de Jesús. La demostración, el alcance, y la intención de
su incomparable poder, desde crear una enorme comida hasta calmar una fuerte
tormenta, o curar innumerables enfermedades, fueron acompañados por la
demostración de su abundante misericordia divina.
Aunque muchos que experimentaron los milagros de Jesús nunca llegarían a
aceptarle con fe salvadora genuina, los verdaderos creyentes como los discípulos
en la barca, sí fueron más allá del simple asombro hasta la experiencia de
adoración sincera. Así como hizo el apóstol Juan en la isla de Patmos, ellos se
postraron delante del Hijo de Dios, brindando homenaje a

Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los
reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su
sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e
imperio por los siglos de los siglos. Amén (Ap. 1:5-6; cp. v. 17).

24. Tradición que distorsiona las Escrituras

Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido
de Jerusalén; los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan
con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. Porque los fariseos
y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces
no se lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no
comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los
lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal,
y de los lechos. Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus
discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen
pan con manos inmundas? Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien
profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me
honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando
como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento
de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros
y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes. Les decía

268

también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra
tradición. Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que
maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís:
Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere
decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte, y no le dejáis
hacer más por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con
vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a
estas. (7:1-13)

Como declara varias veces el Antiguo Testamento, la única adoración que agrada a
Dios es la que fluye de un corazón que le ama sinceramente y procura obedecer su
Palabra (cp. Dt. 10:12; 11:13; 13:13; 26:16; 30:2, 6, 10; Jos. 22:5; 1 S. 7:3; 12:20;
12:24). Moisés expresó bien ese conocido principio a los israelitas cuando estaban
listos para entrar a la tierra prometida: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová
uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con
todas tus fuerzas” (Dt. 6:4-5). La verdadera adoración incluye la totalidad de la
persona: corazón, alma y fuerzas. La simple adoración externa no es aceptable a
Dios (cp. 1 S. 15:22). Como el Señor le dijo al profeta Samuel con relación a
David: “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está
delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7; cp. 13:14; 1 R. 8:39).
Cuando David dejó el reino a Salomón le dio a su hijo esta instrucción similar:
“Tú, Salomón, hijo mío, reconoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón
perfecto y con ánimo voluntario; porque Jehová escudriña los corazones de todos,
y entiende todo intento de los pensamientos” (1 Cr. 28:9). En la dedicación del
templo, Salomón reiteró esas palabras a toda la nación: “Sea, pues, perfecto
vuestro corazón para con Jehová nuestro Dios, andando en sus estatutos y
guardando sus mandamientos, como en el día de hoy” (1 R. 8:61; cp. 2 R. 20:3).
A pesar de instrucciones tan claras, la nación cayó varias veces en la adoración
externa, la hipocresía y la apostasía. Incluso Salomón, dotado de sabiduría
sobrenatural (1 R. 3:12), no fue inmune a permitir que el corazón se le descarriara
(cp. 11:4). En respuesta a la endurecida incredulidad de Israel, Dios levantó
profetas que llamaron al pueblo a volver a la adoración y obediencia de todo
corazón. El Señor declaró por medio del profeta Jeremías (29:13): “Me buscaréis y
me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón” (cursivas añadidas). El
profeta Joel proclamó de igual manera:

Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con
ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y
convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo
para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo (Jl. 2:12-13; cp.
Am. 5:21-24).

269

El Señor no está interesado en símbolos externos de tristeza, como rasgarse las
vestiduras, a menos que realmente representen genuino arrepentimiento y sincero
remordimiento. El profeta Isaías reprendió igualmente a los israelitas de su época
por la religión fría y vacía que practicaban. Aunque el pueblo ofrecía los sacrificios
correctos (Is. 1:11), observaba fiestas religiosas (vv. 13-14), y elevaba continuas
oraciones (v. 15), lo hacía con corazones rebeldes y no arrepentidos (vv. 16-17).
Eran buenos en cumplir con las tradiciones, pero sus corazones se hallaban lejos de
Dios (cp. 29:13). Si se negaban a arrepentirse enfrentarían juicio divino a manos de
los babilonios.
Siete siglos después, el judaísmo de la época de Jesús se caracterizaba por una
forma similar de adoración vacía, sin vida e hipócrita. Con el paso de los siglos la
tradición judía había creado una religión legalista de santurronería externa,
propagada sobre todo por los fariseos y escribas. Aunque su religión estaba
enfocada en el Dios verdadero, la practicaban en la manera equivocada (cp. Ro.
10:2) y, por tanto, no era aceptable para Él.
Jesús confrontó la adoración hipócrita de su tiempo en la misma forma que los
profetas antes que Él la habían denunciado en sus épocas. Él vino a traer la
verdadera religión del corazón (Mt. 5:8, 21-48; 6:19-21). En consecuencia, se
enfrentó enérgicamente con los líderes religiosos de Israel del siglo i. Los llamó
víboras (Mt. 12:34), los condenó como falsos pastores (Jn. 10:8; cp. Ez. 34:1-10), y
los maldijo como hipócritas (cp. Mt. 23:13, 15, 23, 25, 27, 29). Aunque Jesús
mostró mansedumbre, humildad y compasión hacia las multitudes (cp. Mr. 6:34),
nunca dudó en reprender abiertamente a los proveedores de falsa religión.
Los acontecimientos descritos en Marcos 6, desde el comienzo del ministerio de
los doce (vv. 7-13, 30-32) hasta la alimentación de miles (vv. 33-44) y la caminata
de Jesús sobre el agua (vv. 45-52), representan la cumbre de la popularidad de
Jesús y la culminación de su ministerio en Galilea. Las personas a las que
milagrosamente alimentó estaban tan asombradas “que iban a venir para
apoderarse de él y hacerle rey” (Jn. 6:15). Pero la motivación que tenían era tan
solo nacionalista y materialista. Al día siguiente, cuando Jesús expresó realidades
espirituales relacionadas con el reino, el gentío se desencantó rápidamente.
Muchos de sus seguidores le abandonaron (cp. v. 66), y su popularidad comenzó a
declinar. A partir de ese momento, Jesús enfocó cada vez más su atención en
instruir a los doce, preparándolos para que su ministerio comenzara después de la
crucifixión y resurrección del Señor.
Contribuyó a la declinación de la popularidad la propaganda difundida por los
fariseos y escribas, quienes intentaron desacreditar a Jesús atribuyéndole el poder a
Satanás (cp. Mr. 3:22). Según se indicó antes, el Señor se enfrentó a menudo con
los dirigentes religiosos judíos. Esta sección describe uno de tales episodios, en el
cual el Juez mesiánico condenó la flagrante hipocresía del judaísmo apóstata. El

270

pasaje puede dividirse en tres segmentos: el interrogatorio, la condenación y la
ilustración.

EL INTERROGATORIO

Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido
de Jerusalén; los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan
con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. Porque los fariseos
y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces
no se lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no
comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los
lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal,
y de los lechos. Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus
discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen
pan con manos inmundas? (7:1-5)

Según Juan 6:4, la alimentación de los miles se llevó a cabo cerca del tiempo de la
Pascua judía, un año antes de que Jesús muriera en la cruz. El episodio descrito en
esta sección (Mr. 7:1-13), que ocurrió en Galilea poco después de la milagrosa
alimentación, se realizó más o menos al mismo tiempo. (Para una armonía de los
evangelios, véase John MacArthur, Una vida perfecta [Nashville: Grupo Nelson,
2014]). Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían
venido de Jerusalén. Al igual que un grupo anterior (cp. Mr. 3:22), esta
delegación de clérigos había venido de Jerusalén a Galilea. (Para mayor
información sobre los fariseos y escribas, véase el capítulo 7 de esta obra). Lo más
probable es que llegaran a petición de los líderes judíos en Galilea para que les
ayudaran a confrontar a Jesús a la luz de su amplia y amenazante popularidad. Ya
que Jerusalén era la sede de la religión judía, pues allí era donde estaba el templo y
funcionaba el sanedrín, esta delegación representaba importante autoridad
eclesiástica. Como expertos reconocidos de la ley del Antiguo Testamento y de la
tradición rabínica, los fariseos eran defensores de la forma popular de judaísmo
legalista que dominaba a Israel en el siglo I. Desde el inicio del ministerio de Jesús,
los fariseos y escribas sabían que el mensaje que predicaba era un ataque directo
contra el sistema de obras de justicia que ellos representaban. En consecuencia,
siempre buscaban maneras de desacreditar su ministerio ante los ojos del pueblo,
con la meta última de eliminarlo (cp. Mr. 3:6).
Una posible oportunidad surgió para los enemigos de Jesús cuando vieron a
algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no
lavadas. Aunque la ley mosaica prescribía lavamientos ceremoniales para los
sacerdotes (Lv. 22:6-7), no requería que los demás se lavaran las manos en ninguna
forma particular antes de comer. Los fariseos insistían en que el pueblo judío
realizara lavamientos ceremoniales específicos, no porque estas acciones

271

estuvieran ordenadas bíblicamente, sino porque formaban parte de la enseñanza
rabínica. A ellos no les interesaba la higiene, sino que estaban obsesionados con
una tradición ritual. Según explica Marcos en su observación incidental, los
fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si
muchas veces no se lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no
se lavan, no comen. El lavamiento ceremonial prescrito por la práctica rabínica
implicaba varios pasos. Primero, se vertía agua de una jarra sobre ambas manos
con los dedos señalando hacia arriba, de tal modo que el agua corriera por las
muñecas. Luego se vertía otra vez agua con los dedos hacia abajo. Por último, cada
mano se frotaba con el puño de la otra mano. Los judíos estrictos seguían estas
regulaciones antes de cada comida y entre cada plato durante la comida. (Para un
análisis más completo de estos lavamientos ceremoniales, véase Alfred Edersheim,
The Life and Times of Jesus the Messiah [Grand Rapids: Eerdmans, 1972], 2:10-
13).
Los lavamientos se volvían más elaborados cuando los judíos regresaban a casa
después de estar afuera, porque podían haberse contaminado por contacto con un
samaritano, un gentil, o incluso un compañero judío que estuviera
ceremonialmente impuro. Por tanto, según observa Marcos, si muchas veces no se
lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen.
Además de este lavado tradicional de manos estaba la cuidadosa limpieza de
instrumentos de cocina y utensilios para comer. Es más, otras muchas cosas hay
que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de
los jarros, y de los utensilios de metal. Estos lavamientos ritualistas hechos en
conjunto en cada comida los convertían en un asunto elaborado y meticuloso.
La tradición de los ancianos consistía de regulaciones extrabíblicas que se
habían transmitido desde la época del cautiverio babilónico (605-535 a.C.). Estas
tradiciones orales, que impregnaban el judaísmo de la época de Jesús, finalmente
fueron escritas en la Mishná más o menos a finales del siglo ii d.C. La Mishná,
junto con el comentario rabínico adicional llamado la Guemará, constituye el
Talmud (colección de tradición judía que en forma impresa abarca miles de
páginas de material extrabíblico). De acuerdo con el Talmud, Dios entregó a
Moisés la ley oral, la cual transmitió a otros grandes hombres de Israel. A estos
individuos se les encargó apropiarse personalmente de la ley en sus propias vidas,
preparar a otros para que enseñaran la ley a generaciones posteriores, y construir
un muro de protección alrededor de la ley a fin de preservarla. Ese muro de
protección consistía de regulaciones extrabíblicas que tenían la intención de
asegurar que el pueblo nunca estuviera cerca de romper la ley. Sin embargo, en
realidad esas reglas rabínicas socavaban y empañaban la ley que pretendían
proteger. Con el tiempo, el pueblo judío comenzó a medir su condición espiritual
en términos de conformidad externa a requisitos tradicionales y rituales

272

ceremoniales, y no en términos de amor sincero por Dios y humilde obediencia a
su Palabra (cp. Is. 66:2).
Cuando el pueblo judío regresó a su patria después del cautiverio babilónico, los
escribas (el primero de los cuales fue Esdras) comenzaron a copiar y enseñar las
Escrituras para instruir al pueblo en la Palabra de Dios (cp. Neh. 8:8). A medida
que explicaban estos escritos hacían comentarios sobre el texto, acumulando
finalmente un enorme cuerpo de material interpretativo. Con el paso de los siglos
se hizo borrosa la distinción entre las Escrituras y las tradiciones rabínicas basadas
en interpretaciones que los escribas hacían de esas Escrituras. Para la época de
Jesús, la tradición de los ancianos había eclipsado y suplantado la Palabra de
Dios. La verdad divina se había perdido, sepultada bajo montañas de tradición. En
consecuencia, los rituales del judaísmo se podían practicar externamente sin tener
en cuenta la condición del corazón delante de Dios.
Los fariseos y escribas tomaban muy en serio sus tradiciones, que incluían el
lavamiento de manos. Algunos rabinos sugerían que un demonio llamado Shiba se
sentaba sobre las manos de las personas mientras estas dormían. Si no retiraban al
demonio por medio del lavado ceremonial antes de comer, pasaría así a la boca y
podía entrar al cuerpo. Otros rabinos convirtieron el lavamiento de manos en un
asunto de salvación. Así afirma el Talmud de Jerusalén: “El que está firmemente
implantado en la tierra de Israel, que habla la lengua sagrada, que come su comida
en la pureza [como es requerido por los rituales de lavado de manos], y recita el
Shemá en la mañana y la noche, tiene asegurada la vida en el mundo venidero”
(Shabbat 1:3, cursivas añadidas). No es de extrañar entonces que los dirigentes
religiosos acusaran a los discípulos de Jesús de cometer un delito grave.
Expresando su acusación en forma de pregunta, con incredulidad le preguntaron a
Jesús: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los
ancianos, sino que comen pan con manos inmundas? La indagación que
hicieron no estaba motivaba por curiosidad, sino por indignación. Les enfurecía
que de modo tan abierto Jesús permitiera a sus discípulos pasar por alto un ritual
que ellos consideraban tan obligatorio.

LA CONDENACIÓN

Respondiendo él, les dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como
está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí.
Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de
hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición
de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis
otras muchas cosas semejantes. Les decía también: Bien invalidáis el
mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición. (7:6-9)

273

Jesús respondió, no para contestar la pregunta de los fariseos, sino para acusarlos
por su hipocresía. Más tarde les daría una respuesta a sus discípulos (vv. 17-23),
pero a los dirigentes religiosos apóstatas no les ofreció explicación o excusa. En
lugar de eso confrontó la endurecida incredulidad que caracterizaba al falso
sistema que habían adoptado.
Llevándolos directo a las Escrituras, Jesús empezó citando al profeta Isaías. Les
dijo: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías. Los fariseos eran hipócritas
porque aunque parecían santos por fuera, sus corazones no estaban arrepentidos y
eran corruptos. Jesús les declaró en una ocasión posterior: “¡Ay de vosotros,
escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros
blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro
están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por
fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de
hipocresía e iniquidad” (Mt. 23:27-28). Al igual que los israelitas de la época de
Isaías, los fariseos y escribas resaltaban los rituales externos y las regulaciones
extrabíblicas mientras negaban por completo un verdadero amor por Dios. Jesús
citó a Isaías 29:13, expresando: Como está escrito: Este pueblo de labios me
honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando
como doctrinas mandamientos de hombres. Las palabras de Isaías golpeaban el
centro del sistema farisaico, mediante el cual ellos fingían amar a Dios, pero le
adoraban en una manera superficial, artificial, antibíblica e inaceptable. Por si no
hubieran entendido, Jesús añadió: Porque dejando el mandamiento de Dios, os
aferráis a la tradición de los hombres. Los fariseos y escribas estaban más
interesados en defender las costumbres rabínicas que en obedecer la ley de Dios.
El judaísmo del primer siglo, al igual que todas las formas de religión apóstata,
elevaba las tradiciones de confección humana por sobre las enseñanzas de la
Biblia. Los fariseos apreciaban sus ritos, rituales y regulaciones, y permitían que lo
que tan solo era externo tomara el lugar de la adoración verdadera y la sincera
obediencia. Por fuera rendían homenaje a Dios con sus labios, pero por dentro sus
corazones endurecidos estaban lejos de Él. Debido a que nunca habían sido
transformados por dentro, sus intentos de adorar a Dios eran inevitablemente
hipócritas. Por el contrario, la verdadera adoración fluye de un alma que ha sido
regenerada y busca ardientemente honrar la voluntad de Dios y someterse a ella.
Jesús explicó en Juan 4:24 que la única adoración que Dios acepta es la que se
hace “en espíritu” [de corazón] y “en verdad” [según la sana doctrina]. Al ser
hipócritas santurrones que rechazaban al Mesías, los fariseos fallaron en ambos
casos.
A estos farsantes les indignó que Jesús pasara por alto sus tradiciones. Pero el
Señor sabía que ni Él ni sus discípulos estaban sujetos a seguir costumbres
rabínicas. Solo aquello que venía de las Escrituras tenía autoridad; donde la

274

tradición entraba en conflicto con la Palabra de Dios, la tradición debía ser anulada
y sus proveedores desenmascarados abiertamente. En consecuencia, Jesús les decía
también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra
tradición. Los fariseos y escribas acusaron a los discípulos de Jesús de cometer un
delito grave, cuando en realidad los dirigentes mismos eran los culpables de
cometer verdaderos delitos contra Dios. Ellos estaban invalidando el
mandamiento de Dios e influyendo en muchos otros para que hicieran lo mismo.
Sus manos podían haber estado lavadas y limpias, pero sus corazones no lo
estaban. En consecuencia, tanto ellos como sus seguidores se dirigían al juicio
eterno (cp. Mt. 23:15).

LA ILUSTRACIÓN

Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al
padre o a la madre, muera irremisiblemente. Pero vosotros decís: Basta que
diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán (que quiere decir, mi
ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte, y no le dejáis hacer
más por su padre o por su madre, invalidando la palabra de Dios con vuestra
tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis semejantes a estas.
(7:10-13)

Después de poner al descubierto la duplicidad de los religiosos usando el texto de
Isaías 29, Jesús dio a los hipócritas una ilustración para mostrarles lo que estaba
diciendo. Volviendo a Éxodo 20:12 y 21:17, les recordó lo que Moisés dijo:
Honra a tu padre y a tu madre; y: El que maldiga al padre o a la madre,
muera irremisiblemente. Dios mismo había dado instrucciones a su pueblo de
honrar, respetar y tratar bien a sus padres. No hacerlo era tanto una violación del
quinto mandamiento como un delito digno de muerte.
Intrínseca en honrar al padre y a la madre está la responsabilidad de amarlos y
respetarlos a lo largo de la vida, incluso ayudarles a suplir sus necesidades si llegan
a no poder valerse por sí mismos. Pero la tradición rabínica había aumentado hasta
el punto de socavar ese mandato bíblico. Descaradamente sugería que un hijo
podía evitar la ayuda a sus padres diciéndoles simplemente: “Es mi ofrenda a Dios
todo aquello con que pudiera ayudarte” (Mt. 15:5). Aunque los expertos religiosos
sabían lo que Dios ordenó, ellos usaban la tradición para evitarla teniendo en la
memoria grandes porciones de la ley mosaica. Entonces Jesús explicó: Pero
vosotros decís: Basta que diga un hombre al padre o a la madre: Es Corbán
(que quiere decir, mi ofrenda a Dios) todo aquello con que pudiera ayudarte, y
no le dejáis hacer más por su padre o por su madre.
La palabra Corbán es un término hebreo que significa “dedicado a Dios”, y se
refería a ofrendas de dinero o bienes materiales que se habían prometido a Dios. En
algún momento en la historia de Israel surgió una tradición que permitía a las

275

personas declarar “Corbán” a sus posesiones, prometiendo, por consiguiente, que
con el tiempo usarían esos recursos para propósitos sagrados. Incluso si los padres
de un hombre le pedían ayuda económica, este tenía prohibido usar cualquier cosa
que hubiera declarado que estaba “dedicada a Dios” con el fin de ayudarles. Así el
sistema rabínico proveía a los hijos adultos un resquicio por medio del cual no
tenían que ayudar a sus padres ancianos o necesitados, y sin embargo podían
parecer adoradores leales que ofrendaban generosamente a Dios. Aunque una
persona podía declarar todas sus posesiones como “Corbán”, no se le exigía que las
donara de inmediato al templo o la sinagoga. En su mayor parte, los bienes
prometidos permanecían bajo su control. Es más, siempre que quisiera usarlos para
sus propios propósitos podía revertir el juramento volviendo simplemente a decir
“Corbán” para referirse a esos bienes. El sistema hipócrita promovido por los
fariseos y escribas permitía a la gente mantener una apariencia exterior de
dedicación a Dios mientras al mismo tiempo daban la espalda a sus padres.
Jesús finalizó su enfrentamiento con los fariseos y escribas emitiendo una
condenación devastadora y total: “[Vosotros estáis] invalidando la palabra de
Dios con vuestra tradición que habéis transmitido. Y muchas cosas hacéis
semejantes a estas. El judaísmo de los fariseos y escribas era una religión
antibíblica que invalidaba la Palabra de Dios. La verdadera fe del Antiguo
Testamento se había perdido, empañada por capas de reglas y reglamentos
rabínicos que los dirigentes religiosos judíos habían transmitido. El hecho de que
hicieran muchas cosas semejantes a estas indica que la ilustración que Jesús usó
con relación al “Corbán” era solo una de muchos ejemplos similares de corrupción
e hipocresía dentro del sistema farisaico. Los fariseos y escribas de corazón
perverso se las arreglaron para pervertir incluso las disciplinas más básicas, desde
la conducta moral hasta la oración, el ayuno y las limosnas a los pobres (cp. Mt.
5:20; 6:1-6; 23:1-36). En respuesta, el Mesías repudió su falsa forma de judaísmo,
enseñando que tales tradiciones no tienen sentido y que lo que Dios requiere es un
corazón que le ame y que busque glorificarlo (cp. Mr. 12:29-30).
Aunque Jesús detestaba las tradiciones del judaísmo apóstata, cabe señalar que la
tradición en sí no es intrínsecamente mala. Existen muchas tradiciones buenas que
los creyentes han celebrado a lo largo de los siglos. Surgen grandes problemas
cuando a esas tradiciones se les otorga una autoridad igual o incluso mayor que la
Biblia. Cada vez que la palabra de Dios es invalidada por la tradición, como en el
caso de los fariseos y escribas, resulta ser una abominación y un delito. Aquellos
que de veras aman a Dios aprecian su Palabra y desean ardientemente someterse a
sus mandamientos (cp. Jn. 14:15), incluso si hacerlo requiere romper con la
tradición. No buscan ninguna autoridad superior que la Palabra de Dios.
Según un rabino que evaluó sinceramente el judaísmo de su época: “Hay diez
partes de hipocresía en el mundo, nueve en Jerusalén y una en el resto del mundo”

276

(citado en John A. Broadus, Commentary on the Gospel of Matthew [Philadelphia:
American Baptist Publication Society, 1886], p. 335). La hipocresía no se limita al
judaísmo antiguo, sino que sigue estando presente en varias formas en el
cristianismo hoy, en el que prospera en ceremonias vacías, adoración superficial,
doctrinas erróneas, oraciones mediocres, moralismo legalista, etc. Por definición
propia, la hipocresía se ve bien por fuera, pero está corrompida por dentro.
La solución para la hipocresía es la misma que para cualquier otro pecado:
arrepentimiento. Tal vez ningún ejemplo del Nuevo Testamento ilustra mejor esa
verdad que el apóstol Pablo. Como fariseo, Pablo medía su condición espiritual en
términos de mojigatería externa y reconocimientos religiosos. Cuando se convirtió
en cristiano comprendió que esas cosas no tenían ningún valor. Así les explicó a
los filipenses:

Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno piensa que tiene
de qué confiar en la carne, yo más: circuncidado al octavo día, del linaje de
Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo;
en cuanto a celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que es en la
ley, irreprensible. Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado
como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas
como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por
amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y
ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es
por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe; a fin de conocerle, y el
poder de su resurrección, y la participación de sus padecimientos, llegando a
ser semejante a él en su muerte, si en alguna manera llegase a la resurrección
de entre los muertos (Fil. 3:4-11).

Por la gracia de Dios, Pablo llegó a comprender lo que todo hipócrita religioso
debería reconocer: que las obras de justicia propia son como trapos de inmundicia
delante de un Dios santo (Is. 64:6). Pero la verdadera justicia está a nuestra
disposición por medio de Jesucristo (Ro. 5:19; 2 Co. 5:21). Los que aceptan a Jesús
mediante la fe que salva serán perdonados y transformados desde el interior (cp. Is.
1:18). Se convertirán en verdaderos adoradores (cp. Fil. 3:3). Pablo declaró en otra
parte: “Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí
todas son hechas nuevas” (2 Co. 5:17).

25. La verdad sobre la impureza humana

277

Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended: Nada
hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que
sale de él, eso es lo que contamina al hombre. Si alguno tiene oídos para oír,
oiga. Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus
discípulos sobre la parábola. Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin
entendimiento? ¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no
le puede contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale
a la letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Pero decía, que
lo que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del
corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las
fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño,
la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas
maldades de dentro salen, y contaminan al hombre. (7:14-23)

La idea de que los seres humanos son básicamente buenos persiste en el mundo a
pesar de la evidencia constante y extendida de lo contrario. Los psicólogos
populares y antropólogos seculares insisten en que la maldad no es inherente en las
personas. En consecuencia, la culpa por el comportamiento destructivo se echa
definitivamente sobre fuerzas externas y factores ambientales. “Otras personas son
malas, pero yo no” parece ser la orgullosa excusa que forma fácilmente el corazón
humano engañoso. Al no querer reconocer su propia culpa, a menudo los
perpetradores afirman ser víctimas, y culpan de su conducta inmoral a padres,
compañeros o circunstancias.
La comprensión bíblica de la naturaleza humana no podría ser más opuesta.
Debido a que los seres humanos son pecadores (cp. Ro. 3:23), todos nacen con una
naturaleza corrupta (cp. Sal. 51:5; Ro. 5:12, 19). El problema no está fuera de
ellos, sino dentro de ellos. Según explica Jeremías 17:9, “engañoso es el corazón
más que todas las cosas, y perverso”. Los factores externos pueden proporcionar a
las personas oportunidades únicas para manifestar su pecaminosidad, pero la
corrupción ya existe en el interior. Todos los seres humanos son pecadores y
culpables de delitos contra el hombre y contra Dios. Son malvados no debido a
influencias externas, sino porque están llenos de orgullo, y “entonces la
concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado” (Stg. 1:15).
Es obvio que los judíos de la época de Jesús no estaban afectados por las
reflexiones de los psicólogos modernos. Sin embargo, igualmente malinterpretaron
la verdad fundamental acerca de dónde se origina la corrupción y la
contaminación. Al creer que la contaminación moral provenía de fuentes externas,
desarrollaron un sistema elaborado de rituales y ceremonias externas que creyeron
que los harían puros. Erróneamente supusieron que si parecían buenos por fuera al
asistir a la sinagoga, cumplir la ley, y observar las tradiciones de los ancianos, Dios

278

los consideraría justos por dentro (cp. Mt. 23:13-36; Fil. 3:4-6). En consecuencia,
el judaísmo se convirtió en un caldo de cultivo para la hipocresía, la religión
externa y el legalismo superficial.
En esta sección (Mr. 7:14-23), Jesús confrontó ese falso sistema expresando la
diferencia entre las fuentes verdaderas y falsas de la corrupción. Es significativo
que la palabra contaminar o contamina (del verbo griego koinoō, que significa
corromper o hacer impuro) aparezca cinco veces en este pasaje (vv. 15 [dos veces],
18, 20, 23). Tras su enfrentamiento con los fariseos en cuanto a la autoridad de la
tradición rabínica (vv. 1-13), Jesús continuó destruyendo la idea de que la
corrupción moral se origina fuera de la persona. Al hacerlo también demostró que
la limpieza espiritual no puede obtenerse por medio de rituales externos y
ceremonias religiosas. El pasaje puede dividirse en dos partes, y cada una se
concentra en la verdad acerca de la contaminación: Declaración de la verdad y
explicación de la verdad.

DECLARACIÓN DE LA VERDAD

Y llamando a sí a toda la multitud, les dijo: Oídme todos, y entended: Nada
hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que
sale de él, eso es lo que contamina al hombre. Si alguno tiene oídos para oír,
oiga. (7:14-16)

A pesar de que Jesús había concluido su ministerio en Galilea, multitudes de
personas todavía se acumulaban a su alrededor dondequiera que iba (cp. Mr. 6:56).
Su popularidad provocó la ira de los dirigentes religiosos judíos, cuyo
resentimiento era tan fuerte que lo único que los satisfaría era matarlo (cp. 3:6). En
algún momento poco después de la primera alimentación milagrosa de miles (cp.
6:33-44), algunos fariseos y escribas viajaron de Jerusalén a Galilea para
enfrentarse a Jesús (7:1-13). Este intercambio antagónico atrajo a un grupo de
espectadores curiosos, que habrían quedado asombrados al oír a Jesús desafiar
abiertamente en su cara la autoridad de los dirigentes religiosos (cp. 1:22; Lc.
11:39-44). Después de concluido el enfrentamiento, Jesús, llamando a sí a toda la
multitud, les dijo: Oídme todos, y entended. Al llamar a las personas a escuchar
atentamente sus palabras, Jesús estaba haciendo más que solo pedir que le
prestaran atención. Subrayaba el significado eterno de lo que estaba a punto de
manifestar.
Al hablar de corrupción espiritual, Jesús explicó: Nada hay fuera del hombre
que entre en él, que le pueda contaminar. La enseñanza del Señor era que las
cosas externas, como alimentos comidos con manos ceremonialmente impuras (cp.
7:2), no son la fuente de impureza espiritual. Más bien, la contaminación que
ofende a Dios es la realidad espiritual interna que tiene una fuente interna
correspondiente. La contaminación pecaminosa no proviene del exterior del

279

pecador, sino que está dentro de él. En el pasaje paralelo de Mateo 15:11, Jesús
explicó que “lo que sale de la boca, esto [es lo que] contamina al hombre”. La idea
del Señor era que la contaminación moral no se evidencia por lo que entra en la
boca del individuo, sino por lo que sale de ella (cp. Mt. 12:34; Lc. 6:45). La boca
no es solo el lugar donde se manifiesta la miseria, sino que es la salida más rápida,
inmediata y constante para la maldad interior (cp. Stg. 3:2-12). Proverbios 6:12
tipifica a un individuo malvado como “el que anda en perversidad de boca”.
Proverbios 15:28 agrega que “la boca de los impíos derrama malas cosas”. Cuando
Jesús habló de lo que sale del individuo estaba refiriéndose no solo a lo que la
persona pronuncia, sino también a los deseos, pensamientos y actitudes detrás de
sus palabras. Debido a que el corazón es malvado, es inevitable que broten deseos,
palabras y acciones perversas. Eso es lo que contamina al hombre.
Las palabras de Jesús debieron sorprender a sus oyentes, todos los cuales se
habían criado en un sistema que valoraba la moral y las ceremonias externas (cp.
Mt. 6:1-6, 16-18). En realidad, el Señor no estaba presentando nuevas ideas, sino
reiterando verdades del Antiguo Testamento que el pueblo judío debió haber
conocido muy bien. Los judíos estaban familiarizados con pasajes que enseñaban
que “Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está
delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7; cp. 13:14; 1 R. 8:39;
Pr. 21:2); y que “Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento
de los pensamientos” (1 Cr. 28:9; cp. 1 R. 8:61; 2 R. 20:3). Sin embargo, debido a
sus propias tradiciones extrabíblicas habían llegado a preocuparse de una forma
superficial de pureza que intrínsecamente era hipócrita porque ignoraba el corazón.
Es cierto que Dios mismo había prescrito en la ley mosaica algunos de los rituales
y regulaciones de Israel. Ciertos alimentos estaban prohibidos (cp. Lv. 11:1-47), y
ciertas cuestiones sanitarias (tales como lepra [13:11, 44-45], tocar un cuerpo
muerto [21:1, 11], y la menstruación [15:19]) hacían a la persona ceremonialmente
impura. No obstante, dichos aspectos tenían la intención de ser símbolos o
ilustraciones de la verdadera naturaleza del corazón pecador del individuo y de su
desesperada necesidad de limpieza divina. Que una persona que estaba
ceremonialmente impura necesitara limpieza externa para participar en adoración
pública proporcionaba una imagen poderosa del hecho de que todo pecador
requiere perdón divino y limpieza interior antes de llegar a la presencia de Dios.
La realidad de que los rituales del Antiguo Testamento solo eran símbolos se
resalta en particular en todo el libro de Hebreos. Al comentar sobre el sistema
levítico, el autor explicó que el sacerdocio era una “figura y sombra de las cosas
celestiales” (8:5); el sacrificio de toros y carneros prefiguraba la obra expiatoria
final de Cristo (cp. He. 9:13-14); y el Lugar Santo en el tabernáculo era “símbolo
para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios que no
pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto, ya que

280

consiste sólo de comidas y bebidas, de diversas abluciones, y ordenanzas acerca de
la carne, impuestas hasta el tiempo de reformar las cosas [hasta que apareció]
Cristo” (9:9-11). Incluso la ley mosaica era “sombra de los bienes venideros, no la
imagen misma de las cosas”, porque la conformidad externa a ella “nunca puede,
por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos
a los que se acercan” (10:1). La salvación requiere limpieza interna, de manera que
el pueblo de Dios pueda acercarse “con corazón sincero, en plena certidumbre de
fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua
pura” (10:22).
Al igual que el sistema de sacrificios, la circuncisión también era un acto físico
prescrito por Dios para simbolizar una realidad espiritual. Incluso cuando Israel
entró a la tierra prometida, el Señor recordó al pueblo que tenía enfocada la mirada
en la circuncisión de sus corazones:

Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu
Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios
con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de
Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?…
Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón (Dt. 10:12-13, 16; cp. Jer.
4:4).

Pablo reiteró esa verdad en Romanos 2:28-29:

No es judío el que lo es exteriormente, ni es la circuncisión la que se hace
exteriormente en la carne; sino que es judío el que lo es en lo interior, y la
circuncisión es la del corazón, en espíritu, no en letra; la alabanza del cual no
viene de los hombres, sino de Dios.

Después de todo, Abraham fue justificado por fe antes de ser circuncidado (cp. Ro.
4:1-12).
El Antiguo Testamento era claro: ninguna atención a ceremonias o rituales
ordenados era agradable a Dios a menos que viniera de un corazón que lo amara
con sinceridad (cp. Dt. 10:12; 11:13; 13:13; 26:16; 30:2, 6, 10; Jos. 22:5; 24:23;
1 S. 7:3; 12:20, 24; 1 R. 8:23; 2 Cr. 11:16; Is. 51:7; 57:15). La idea de que acciones
externas (como ser circuncidados, observar leyes dietéticas, o realizar limpiezas
ceremoniales) podían proveer salvación del pecado era totalmente ajena a la ley de
Dios. A pesar de esa realidad, los judíos, aferrándose a su pecado con amor
corrupto (cp. Jn. 3:19-20), llegaron a preocuparse con símbolos externos y a
excluir la pureza interior. Hacerlo les permitió aparecer como religiosos, sin estar
arrepentidos ni ser justos (cp. Is. 1:11-17; 29:13; Am. 5:21-24). Fingir mientras se
aferraban a sus pecados hizo que cultivaran un sistema que floreció en hipocresía.
Por eso Jesús dijo a los fariseos: “Sois semejantes a sepulcros blanqueados, que

281

por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de
huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la
verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de
hipocresía e iniquidad” (Mt. 23:27-28; cp. Tit. 1:15-16). Para empeorar las cosas,
los fariseos añadieron a la ley sus propias reglas y regulaciones de confección
humana, eclipsando finalmente la verdad de la Palabra de Dios con tradiciones de
hombres (cp. Mr. 7:8, 13). En vez de acercarse más a Dios, sus rituales y
regulaciones extrabíblicos los alejaban de Él. Por último, al rechazar y crucificar al
Hijo de Dios demostraron que amaban mucho más sus tradiciones que a Dios
mismo.
Jesús protestó contra la religión superficial de ellos resaltando la necesidad de la
verdadera justicia interior (cp. Mt. 5:6, 20-48; Lc. 18:9-14). Puesto que la fuente de
la contaminación que tenían era espiritual e interior, no podía eliminarse por medio
de lavamientos físicos y rituales externos. Fue este mismo asunto el que Jesús
explicó a Nicodemo: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y
del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne,
carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:5-6). Nacer “de agua y
del Espíritu” no era una referencia literal a lavarse, sino a limpieza espiritual (Ez.
36:24-27; cp. Nm. 19:17-19; Sal. 51:9-10; Is. 32:15; 44:3-5; 55:1-3; Jer. 2:13; Jl.
2:28-29), una realidad lograda por el Espíritu Santo en el momento de la
conversión (cp. Tit. 3:4-7). Así como el nacimiento físico no puede producir vida
espiritual, solo el Espíritu Santo puede incidir en la transformación regeneradora
necesaria para entrar al reino de Dios. Los fariseos y escribas trataban de eliminar
la corrupción espiritual a través de medios físicos, externos y ceremoniales. El
resultado fue una fachada blanqueada que apenas ocultaba un corazón endurecido.
Jesús les explicó: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis
lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de
injusticia” (Mt. 23:25; cp. Lc. 16:15).
El versículo 16 añade la frase si alguno tiene oídos para oír, oiga. Algunas
traducciones modernas ponen esa frase entre paréntesis porque no aparece en los
manuscritos más antiguos y confiables del evangelio. Aunque Jesús usó esta frase
en otras ocasiones (Mt. 11:15; 13:9, 43; Mr. 4:9, 23; Lc. 8:8; 14:35; cp. Ap. 3:6,
13, 22), la evidencia indica que no formaba parte del texto original.

EXPLICACIÓN DE LA VERDAD

Cuando se alejó de la multitud y entró en casa, le preguntaron sus discípulos
sobre la parábola. Él les dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento?
¿No entendéis que todo lo de fuera que entra en el hombre, no le puede
contaminar, porque no entra en su corazón, sino en el vientre, y sale a la
letrina? Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos. Pero decía, que lo

282

que del hombre sale, eso contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón
de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones,
los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la
envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de
dentro salen, y contaminan al hombre. (7:17-23)

Más tarde en ese día cuando se alejó de la multitud, Jesús y sus discípulos
entraron a la casa donde supuestamente Él estaba posando, tal vez la vivienda de
Pedro y Andrés en Capernaúm (cp. 1:29). Lejos de las multitudes, el Señor pudo
comunicarse en privado con sus discípulos, quienes le preguntaron sobre la
parábola. Según Mateo 15:12-14:

Entonces acercándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes que los fariseos se
ofendieron cuando oyeron esta palabra? Pero respondiendo él, dijo: Toda
planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada. Dejadlos; son
ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo.

Que los fariseos y escribas se ofendieran por las palabras de Jesús no era ninguna
sorpresa. Él a propósito asestaba golpes devastadores a aquella forma hipócrita de
religión externa y santurrona que practicaban. Aunque se consideraban autoridades
espirituales que representaban a Dios, en realidad eran guías ciegos que llevaban al
pueblo por el sendero del infierno (cp. Mt. 23:15). Como falsos pastores, no podían
ayudar a las personas a escapar del juicio porque ellos mismos un día iban a
enfrentar juicio divino (cp. Ez. 34:2-10), siendo desarraigados como malezas y
echados al fuego (cp. Mt. 13:40-42). Los líderes apóstatas de Israel estaban tan
lejos de la salvación que Jesús les dijo a sus discípulos: “Dejadlos”. Debido a que
definitiva y voluntariamente habían rechazado a su Mesías, habían sido
abandonados a juicio (cp. Mr. 3:28-29) y, por tanto, se les debía hacer caso omiso.
De acuerdo con Mateo 15:15, “Pedro, le dijo: Explícanos esta parábola”. Es en
este momento que la narración de Marcos retoma la historia. Jesús respondió y les
dijo: ¿También vosotros estáis así sin entendimiento? La pregunta del Señor
constituyó un suave reproche para sus discípulos. Se hallaban a menos de un año
de la cruz, y seguían luchando con verdades básicas como la prioridad de justicia
interior sobre el ritual externo. Es probable que los discípulos comprendieran
algunos aspectos de la verdad que Jesús estaba revelando. Sin embargo, la
enseñanza del Señor era tan opuesta a lo que les habían enseñado que inicialmente
la encontraron difícil de aceptar.
Al reconocer la lucha en la que ellos se hallaban, con paciencia Jesús explicó la
verdad que había detrás de la metáfora: ¿No entendéis que todo lo de fuera que
entra en el hombre, no le puede contaminar, porque no entra en su corazón,
sino en el vientre, y sale a la letrina? Como suele ocurrir en la Biblia (p. ej., Dt.
6:5; Pr. 6:18; 22:15; Jer. 17:10; Ro. 1:21; 1 Co. 4:5; Ef. 1:18), el corazón no se

283

refiere al órgano físico, sino al ser interior, el asiento del ser mental, emocional y
espiritual del individuo. Abarca las actitudes, afectos, prioridades, ambiciones y
deseos. El planteamiento del Señor era que algo físico y externo, como alimentos
consumidos con manos sin lavar, no puede contaminar el ser interior porque se
trata de algo físico, no de algo espiritual. La condición del corazón delante de Dios
no la determina lo que la persona come.
La observación incidental de Marcos explica que al hacer esta declaración Jesús
eliminó de raíz las leyes dietéticas del judaísmo, haciendo limpios todos los
alimentos. No se trata de opciones culinarias, sino de la condición espiritual del
núcleo del ser interior. Dada la relación cercana de Marcos con el apóstol Pedro
(véase Introducción: Autor), tal vez el comentario de Marcos haya sido
influenciado por la propia experiencia de Pedro en Jope (Hch. 10:15; cp. 1 Ti. 4:3).
En los versículos 17-23, Jesús pasó de la analogía física a expresar claramente la
realidad espiritual. Pero decía, que lo que del hombre sale, eso contamina al
hombre. La contaminación espiritual no viene del exterior, sino de la maldad que
reside en todo ser humano. La fuente de toda perversidad es de dentro, porque del
corazón de los hombres, salen los malos pensamientos. La palabra
pensamientos (del término griego dialogismos) es una expresión general que se
refiere al razonamiento o a la percepción interior. Debido a que el corazón es
perverso, las intenciones, los designios, las ideas, los motivos, y las meditaciones
también son depravadas (cp. Gn. 6:5; Ef. 2:1-3). Del pozo séptico del corazón
corrupto fluyen palabras malévolas, acciones malignas y actitudes inicuas; el Señor
enumeró seis de cada grupo. A los fariseos y escribas les encantaba producir listas
legalistas de cosas externas que se debían hacer o evitar. En respuesta, Jesús
expresó su propia lista que define la verdadera naturaleza de contaminación
espiritual al delinear los tipos de maldad que viven en corazones corruptos y
proceden de estos.
La lista que Jesús hace de seis acciones malignas representativas comienza con
adulterios (una forma de moicheia), pecado sexual que viola el pacto matrimonial;
fornicaciones (una variante de la palabra griega porneia, de la que se deriva la
palabra castellana “pornografía”), referencia general de pecado sexual. A
continuación Jesús identifica hurtos (una forma de klopē; el verbo relacionado,
kleptō, provee la base para la expresión castellana “cleptómano”); homicidios (una
variante de phonos), denota la toma ilícita de la vida de otra persona; avaricias
(una forma de pleonexia), referencia a deseos y conductas motivadas por codicia y
envidia. Todas estas acciones están incluidas en la segunda mitad de los Diez
Mandamientos (cp. Éx. 20:13-17; cp. Ro. 13:9), y los discípulos las habrían
reconocido al instante como transgresiones flagrantes. (Según Mt. 15:19, Jesús
también mencionó falsos testimonios en este contexto.) Completando esta
categoría de malignidad, Jesús agregó maldades (una variante de ponēria),

284

referencia general a iniquidad que abarca todo lo demás que viola la ley y la santa
voluntad de Dios.
El Señor siguió denunciando otras actitudes inicuas representativas que yacen
detrás de tales acciones malignas (cp. Mt. 5:21-37). Incluyen engaño (de la palabra
griega dolos), significa astucia, mentira y artimaña; y lascivia (una forma de
aselgeia), referencia a la lujuria desenfrenada de una mente sucia. La palabra
envidia se traduce de dos expresiones griegas (variantes de ophthalmos, que
significa “ojo”, y ponēros, que significa “mal”) y que podría traducirse literalmente
como “mirada malvada”. Jesús la usa aquí para describir miradas llenas de celos y
odio. Maledicencia (una forma de blasphēmia) se refiere a vocabulario abusivo e
injurioso hacia otros; soberbia (de la expresión griega huperēphania) describe
sentimientos de superioridad, arrogancia y autopromoción. En la misma forma que
la palabra “maldades” resume las acciones malignas en la lista de Jesús, insensatez
(una variante de aphrosunē) abarca las actitudes anteriores que Él había expresado.
Se trata de un término general para necedad y falta de sentido moral (cp. Pr. 13:16;
18:2; Ec. 10:1-3). A fin de garantizar que los discípulos entendieran perfectamente,
Jesús reiteró la verdad de que todas estas maldades de dentro salen, y
contaminan al hombre. No son las manos sin lavar lo que contamina a una
persona, sino un alma sucia.
Ningún acto físico de limpieza ceremonial o ritual externo puede purificar un
corazón depravado, del cual fluyen todas las acciones perversas y actitudes inicuas.
Los pecadores deben adquirir una nueva naturaleza, un nuevo corazón. Solamente
el Espíritu de Dios puede crear eso (cp. Jer. 31:33; Jn. 3:3-8). Al hablar del nuevo
pacto, el Señor Dios prometió a los israelitas:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras
inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y
pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón
de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi
Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los
pongáis por obra (Ez. 36:25-27).

Como nos indica la profecía de Ezequiel, la salvación requiere transformación
interior: un corazón nuevo. El Nuevo Testamento identifica esa realidad como el
milagro de la regeneración y el nuevo nacimiento (cp. Jn. 1:12-13; 3:3; Ef. 2:4-5;
5:26-27; Col. 2:13; Stg. 1:18; 1 P. 1:3, 23-25; 1 Jn. 2:29; 3:9; 4:7). El apóstol Pablo
describe la regeneración con estas palabras:

[Jesús] nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino
por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación
en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por

285

Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a
ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna (Tit. 3:5-7).
La salvación no es proclamada “en base a obras”, que incluyen obras morales,
ceremonias religiosas y rituales externos. Más bien requiere un milagro interno por
parte del Espíritu Santo quien, según su voluntad y poder soberanos, crea y limpia
las almas de todos aquellos que mediante la fe aceptan a Jesucristo (Hch. 15:8-9;
cp. Ro. 8:2).
Los fariseos y escribas no entendieron que su corrupción estaba dentro de ellos.
Aunque parecían muy religiosos, su santurronería superficial era muy inadecuada
(cp. Is. 64:6; Lc. 18:9-14; Fil. 3:4-9). Al igual que todos los pecadores, ellos
necesitaban nuevos corazones que fueran regenerados por el Espíritu de Dios. Sin
embargo, cuando Jesús denunció su hipocresía, ellos le rechazaron en su
incredulidad, conspiraron para matarle (cp. Mt. 12:24; 26:4; Jn. 11:47-53), y
cometieron suicido espiritual, no muy diferente de Judas Iscariote.
Los que endurecen sus corazones a las buenas nuevas del evangelio, como
hicieron los fariseos y escribas, enfrentarán juicio eterno (cp. Ro. 1:21; 2:5; He.
3:15). Pero aquellos cuyos corazones han sido renovados por el poder de Dios
(2 Co. 4:6; cp. Hch. 16:14) se han convertido en nuevas criaturas en Cristo (2 Co.
5:17; cp. Col. 3:10). Al ser aquellos “que tienen hambre y sed de justicia” (Mt.
5:6), se deleitan en guardar la Palabra de Dios en sus corazones (Sal. 119:11; cp.
Dt. 6:6; Pr. 3:3; 22:17-18; Jer. 17:1) de tal modo que pueden servir al Señor en
amorosa obediencia (Jn. 14:15; cp. Ro. 6:17; Ef. 6:6; 1 Jn. 5:3) y se aman “unos a
otros entrañablemente, de corazón puro” (1 P. 1:22; cp. Jn. 13:34; Ro. 12:10; He.
13:1; 1 P. 2:17; 3:8). A pesar de que sus corazones se caracterizaron una vez por
todo tipo de acciones y actitudes malvadas (cp. 1 Co. 6:9-11), ahora están
divinamente facultados para vivir en una manera que agrada a Dios (cp. Ro. 6:17-
18, 22; 13:11-14), mientras huyen “también de las pasiones juveniles, y [siguen] la
justicia, la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor”
(2 Ti. 2:22).

26. Alimento de la mesa del Maestro

Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una
casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse. Porque una
mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él, vino y se
postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le rogaba que

286

echase fuera de su hija al demonio. Pero Jesús le dijo: Deja primero que se
sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los
perrillos. Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de
la mesa, comen de las migajas de los hijos. Entonces le dijo: Por esta palabra,
ve; el demonio ha salido de tu hija. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el
demonio había salido, y a la hija acostada en la cama. (7:24-30)

Debido a que Marcos escribió su evangelio para una audiencia gentil tuvo cuidado
en resaltar el hecho de que el mensaje de salvación no estaba limitado a Israel, sino
que se extendía a todo el mundo (cp. Mr. 13:10; 14:9; 16:15). Para los judíos del
siglo i, esa idea era radical y revolucionaria. Incluso en la naciente iglesia muchos
creyentes judíos batallaron inicialmente para aceptar la idea de que los gentiles
podían salvarse sin convertirse primero al judaísmo (cp. Hch. 11:1-18; 15:1-11).
Los israelitas veían a los no judíos como marginados que estaban separados del
reino y de los propósitos divinos (cp. Ef. 2:11-12). Como consecuencia, a los
gentiles los consideraban inmundos, malditos y consignados al juicio divino. Los
judíos suponían que solo ellos (junto con los prosélitos) podían recibir las
bendiciones de la salvación porque formaban parte de la nación elegida de Dios.
Esa perspectiva miope refleja una mala comprensión del Antiguo Testamento, el
cual declaraba a Israel como un reino de sacerdotes (Éx. 19:6) que debía reflejar
las bendiciones de la salvación a todas las familias de la tierra (cp. Gn. 12:3; 22:18;
26:4; 28:14). Dios quería que los judíos fueran sus testigos fieles para el mundo, de
tal modo que las almas de toda nación se unieran a ellos para glorificarlo. Así lo
explica el libro de los Salmos:

Dios tenga misericordia de nosotros, y nos bendiga; haga resplandecer su
rostro sobre nosotros; para que sea conocido en la tierra tu camino, en todas
las naciones tu salvación. Te alaben los pueblos, oh Dios; todos los pueblos te
alaben. Alégrense y gócense las naciones, porque juzgarás los pueblos con
equidad, y pastorearás las naciones en la tierra. Te alaben los pueblos, oh
Dios; todos los pueblos te alaben. La tierra dará su fruto; nos bendecirá Dios,
el Dios nuestro. Bendíganos Dios, y témanlo todos los términos de la tierra (Sal.
67:1-7; cp. 100:1-3).

Por tanto, el pueblo de Israel estaba llamado a ser luz para las naciones, de modo
que por medio de ellos los habitantes de toda la tierra cantarían alabanza a Dios y
le darían gloria. Sumidas en idolatría e inmoralidad, las naciones del mundo debían
saber acerca del único Dios verdadero (cp. Is. 45:5), sin el cual no podían ser
salvos (Is. 43:11; cp. Jn. 14:6; Hch. 4:12).
El Señor Dios siempre quiso que el mensaje de la salvación se extendiera por todo
el mundo, usando originalmente a Israel como el medio para ese fin (cp. Gá. 3:8).
Por eso el evangelio fue dado primero a los judíos para que a través de ellos se

287

pudiera extender a los gentiles (cp. Ro. 1:16). Tristemente, el Israel del Antiguo
Testamento falló en cumplir con su papel misionero. Quizás ningún personaje
bíblico ilustra mejor ese fracaso que el profeta Jonás, quien prefirió huir de Dios
antes que predicar un mensaje de salvación a los ninivitas (cp. Jon. 4:1-3). En lugar
de ver a las naciones vecinas con compasión, los israelitas despreciaron cada vez
más a los extranjeros, tratándolos como enemigos y no como un campo misionero.
Todo eso cambió con la venida del Mesías. Así profetizó Isaías 49:6 con relación
a la extensión del ministerio del Mesías: “Poco es para mí que tú seas mi siervo
para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel;
también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero
de la tierra”. Unos capítulos antes el Señor se extendió más en la influencia global
del Mesías:

…te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz
de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la
cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en tinieblas… Cantad
a Jehová un nuevo cántico, su alabanza desde el fin de la tierra; los que
descendéis al mar, y cuanto hay en él, las costas y los moradores de ellas. Alcen
la voz el desierto y sus ciudades, las aldeas donde habita Cedar; canten los
moradores de Sela, y desde la cumbre de los montes den voces de júbilo. Den
gloria a Jehová, y anuncien sus loores en las costas (Is. 42:6-12).

Donde la nación de Israel falló en ser testigo mundial, el Mesías triunfaría. Él sería
la luz inagotable para las naciones, por lo que el mensaje de la salvación de Dios se
extendería por todo el mundo.
Las profecías de Isaías se cumplieron claramente en la vida y el ministerio de
Jesucristo. Aunque el enfoque de su ministerio terrenal se centró en la nación de
Israel, su ofrecimiento de salvación se extendió a todos, ya fuera judío o gentil. Por
ejemplo, Él mismo se reveló como el Mesías a una mujer samaritana marginada en
Juan 4:26. Después de su muerte y resurrección, Jesús comisionó a sus seguidores
a ser sus testigos “en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la
tierra” (Hch. 1:8; cp. Mt. 28:19-20). Por medio del poder del Espíritu Santo, los
primeros cristianos influyeron en todo el mundo (cp. Hch. 17:6), por lo que la luz
de la salvación se extendió hasta abarcar al mundo (cp. Mt. 5:14-16). El alcance
global del evangelio tal vez se expresa más ricamente en Apocalipsis 5, un pasaje
que describe a la Iglesia glorificada en el cielo. Allí los cuatro seres vivientes
declaran al Cordero: “Tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para
Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación” (v. 9). Por toda la eternidad, los
redimidos de todas las épocas y naciones glorificarán y adorarán a su Salvador.
El ministerio de salvación del Mesías hacia todo el mundo se ve de antemano en
este texto (Mr. 7:24-30), cuando una mujer gentil de Tiro muestra su fe salvadora

288

en el Señor Jesús. El pasaje puede organizarse bajo cinco encabezados: retiro de
Jesús en el extranjero, petición ferviente de una mujer, réplica centrada de Jesús,
respuesta llena de fe de la mujer y reacción favorable de Jesús.

RETIRO DE JESÚS EN EL EXTRANJERO

Levantándose de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón; y entrando en una
casa, no quiso que nadie lo supiese; pero no pudo esconderse. (7:24)

Tras más de un año en Galilea, el extenso ministerio de Jesús allí había llegado a
su fin. Aunque algunos creyeron, la mayoría del pueblo le rechazó (Jn. 6:66; cp.
Mt. 11:20-24), incluso los habitantes de su pueblo natal de Nazaret (cp. Mr. 6:1-6).
Los dirigentes religiosos judíos se habían vuelto cada vez más antagónicos (3:20-
30) y trataban de matarlo (3:6; cp. Mt. 12:14). El rey Herodes, temeroso de que
Jesús representara una amenaza para su poder político, también deseaba ejecutarlo
(cp. Lc. 13:31). Consciente de la creciente oposición en su contra, y sabiendo que
ya quedaban pocos meses para la cruz, Jesús salió de Galilea para estar más tiempo
preparando a sus apóstoles. No se retiró por miedo (cp. Lc. 9:51; cp. 19:28), sino
con el deliberado deseo de preparar a los doce para sus retos apostólicos futuros.
En lugar de viajar al sur hacia Judea, donde sería imposible encontrar la privacidad
que buscaba, el Señor se dirigió al norte. Marcos explica que Jesús, levantándose
de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón.
La región de Tiro, situada al noroeste de Galilea, se refiere al territorio gentil de
Fenicia, que hoy día se localiza en el sur del Líbano. En el relato paralelo, Mateo
también la identifica como “la región de Tiro y de Sidón” (Mt. 15:21; cp. Gn.
10:19; 49:13; Jos. 11:8; 1 R. 17:9). Tiro y Sidón eran ciudades costeras, localizadas
a poco más de treinta kilómetros a lo largo de la costa este del mar Mediterráneo.
Según Marcos 7:31, después de pasar un tiempo no especificado en esta región,
Jesús viajó por Sidón antes de dirigirse al este y luego al sur a lo largo del lado
oriental del mar de Galilea. Ante el rechazo de su propio pueblo, Jesús buscó
reposo y reclusión en un lugar gentil. Alrededor de novecientos años antes el
profeta Elías viajó a esta misma región durante la sequía de Israel, cuando el
malvado rey Acab trataba de encontrarlo (cp. 1 R. 17:9; 18:10; Lc. 4:25-26).
Al llegar a la región de Tiro, Jesús, junto con los doce, entró en una casa. Que
este fuera un trayecto privado lo indica el hecho de que no quería que nadie lo
supiese; pero no pudo esconderse. Inevitablemente, como ocurría dondequiera
que Jesús iba, la noticia de su llegada se extendía rápidamente. Incluso en medio
de territorio gentil, como a cincuenta y cinco kilómetros al noroeste de Capernaúm,
la gente había oído hablar de Él. De acuerdo con Marcos 3:8, habitantes “de los
alrededores de Tiro y de Sidón” habían estado entre las multitudes que siguieron a
Jesús durante su ministerio en Galilea (cp. Lc. 6:17). Sin duda regresaron a casa
con informes de primera mano de los asombrosos milagros que habían

289

presenciado. Como resultado, las noticias sobre Él se extendieron mucho más allá
de las fronteras de Israel.
Aunque el Señor quería que este viaje fuera de descanso e instrucción privada
para sus discípulos, también conocía la cita divina que le esperaba. Es más, ese
encuentro planeado fue parte fundamental de la preparación de los apóstoles como
testigos de Cristo. El encuentro con la mujer gentil proporcionó a los doce un
ejemplo vívido de verdadera fe y un anticipo de lo que iba a venir, cuando
comenzaran a llevar el evangelio hasta lo último de la tierra.

PETICIÓN FERVIENTE DE UNA MUJER

Porque una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó de él,
vino y se postró a sus pies. La mujer era griega, y sirofenicia de nación; y le
rogaba que echase fuera de su hija al demonio. (7:25-26)

Una mujer, cuya hija tenía un espíritu inmundo, luego que oyó decir que Jesús
estaba cerca, vino y se postró a sus pies. Al parecer, ya antes había oído hablar de
Él. Tal vez incluso había viajado a Galilea y presenció los milagros del Señor. De
ser así, la mujer ya había visto el poder divino del Maestro para curar
enfermedades y expulsar demonios. Al igual que muchos otros que con
desesperación buscaban ayuda de Jesús, esta mujer se le acercó con humilde
reverencia, cayendo delante de Él (cp. Mt. 17:14; Mr. 1:40; 5:22; Lc. 17:16; Jn.
11:32). Jesús regularmente curaba judíos. Sin embargo, Marcos explica que la
mujer era griega, y sirofenicia de nación. Desde la perspectiva del judaísmo del
siglo i, ella tenía todo en su contra. Primero, era una mujer, lo cual incluso entre
los judíos significaba que se le veía como inferior al hombre. Segundo, era griega,
es decir gentil. El adjetivo sirofenicia describía en esa época a las personas de esta
región. Fenicia había sido anexada a Siria bajo un general romano llamado
Pompeyo (aprox. 65 a.C.). Según Mateo 15:22, la mujer era descendiente de los
cananeos, antiguos enemigos de Israel (cp. Éx. 23:23; Nm. 33:52-53; Dt. 7:2;
20:16-17). Tercero, ella venía de una región que estaba inmersa en la idolatría
pagana y, sin duda, era adoradora de ídolos. Tiro y Sidón eran centros principales
de adoración de Astarté, la diosa de la fertilidad, conocida como Astarot en el
Antiguo Testamento (cp. Jue. 2:13; 10:6; 1 S. 7:3-4; 12:10; 31:10). En el
pensamiento de los judíos, ningún rabino digno permitiría que un gentil, mucho
menos una mujer idólatra, permaneciera en su presencia. El Señor quería mostrar a
sus discípulos que el mensaje de salvación era para las naciones, las mismas que a
ellos se les había enseñado que estaban fuera de la gracia y la bendición de Dios.
La mujer tenía un problema urgente, por lo que le rogaba a Jesús que echase
fuera de su hija al demonio. Los demonios son ángeles caídos que actúan en el
reino de las tinieblas. En este horrible caso un demonio estaba poseyendo
cruelmente a una niña (cp. Mt. 15:22). (Para más información sobre posesión

290

demoníaca, véase el capítulo 17 de esta obra). Como madre, el corazón de esta
mujer estaba sufriendo por su hija. Con la vida y el hogar en un caos satánico, es
probable que hubiera llevado a cabo cualquier ceremonia que creyera que podría
apaciguar a sus dioses falsos, pero en vano. Cuando se hizo evidente que los ídolos
de piedra no podían liberar a su hija (cp. Sal. 115:4-8; Is. 44:9-20), ella abandonó
sus costumbres paganas. Apartándose de sus ídolos impotentes (cp. 1 Ts. 1:9),
acudió a Jesús, confiando en que el Mesías de Israel pudiera rescatar a la niña.
El hecho de que la mujer le rogara a Jesús que la ayudara indica que no estaba
dispuesta a renunciar. El amor por su hija, el horror del poder demoníaco en su
casa, combinados con la confianza en el poder de Jesús, impulsaban la
inquebrantable determinación de esta mujer. La sincera persistencia estaba
acompañada por una actitud de arrepentimiento humilde. Como nos explica el
relato paralelo en Mateo 15:22, la mujer “clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de
David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un
demonio”. Reconociendo su propia indignidad, al igual que el publicano en Lucas
18:13, suplicó misericordia basándose en la inherente bondad de Jesús, no en ella
misma. Sus palabras a Jesús también se caracterizaron por reverencia y
reconocimiento del papel mesiánico de Él. A pesar de que era gentil, lo reconoció
como Señor y lo identificó con el título mesiánico de “Hijo de David” (cp. Mt.
21:9). Las palabras de ella sugieren más que una familiaridad superficial con las
creencias religiosas de la vecina nación de Israel, pues entendía correctamente
quién era Jesús.
Mateo 15:23 indica que aunque la mujer siguió pidiendo de modo constante, en
principio Jesús “no le respondió palabra”. A primera vista, el silencio del Señor
pudo parecer un poco sorprendente. Pero no estaba siendo grosero o indiferente.
Más bien estaba ilustrando un punto espiritual esencial, tanto para ella como para
los discípulos. El motivo por el que Jesús no le contestara de inmediato fue
permitir que el robusto carácter de la fe de ella se pusiera en evidencia. Después de
experimentar la fe superficial de muchos en Israel (cp. Jn. 2:24; 6:64, 66), el Señor
encontró verdadera fe en una mujer gentil de la región de Tiro. Las barreras que Él
había levantado no tenían la intención de apartarla, sino de mostrar la autenticidad
de la fe de ella. A diferencia del joven rico, cuya fe se derrumbó cuando se le puso
a prueba (cp. Mt. 19:16-22), la fe de esta mujer era inquebrantable. Que el Señor
tuviera compasión de ella lo confirma el resto de esta narración (cp. Jn. 6:37).

RÉPLICA CENTRADA DE JESÚS

Pero Jesús le dijo: Deja primero que se sacien los hijos, porque no está bien
tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. (7:27)

Los discípulos malinterpretaron el silencio de Jesús, supusieron que su negativa a
responder indicaba que quería que la mujer se fuera. Al seguir ella suplicando,

291

aumentó la frustración y la impaciencia de ellos. No solo que se trataba de una
mujer gentil y fastidiosa, sino que su fuerte insistencia estaba llamando la atención
en un momento en que ellos buscaban privacidad y aislamiento de las multitudes.
Por tanto, según Mateo 15:23, “acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo:
Despídela, pues da voces tras nosotros”. La mujer les estaba causando molestia y
ellos simplemente querían que se callara y se marchara. Sin embargo, el Señor
quería enseñarles una valiosa lección acerca del carácter de la fe verdadera.
En respuesta a la petición de los discípulos, pero al alcance del oído de la mujer,
Jesús “respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de
Israel” (Mt. 15:24). Las palabras del Señor recordaron a los discípulos que la
misión inicial de Jesús era el pueblo judío (cp. Jn. 4:22; Ro. 1:16; 15:8), y que
todavía no había llegado el momento en que ellos fueran enviados como testigos a
todo el mundo. La declaración del Señor también probó la fe de la mujer, ya que
parecía como si Él no pudiera ayudarla porque era una gentil. Aquellos con una fe
menor pudieron haberse enojado o alejarse abatidos. En vez de eso, “ella vino y se
postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme!” (Mt. 15:25). La frase “se postró” (de
la expresión griega proskuneō) a menudo se traduce como “le adoró”, y pone de
relieve la actitud reverente hacia Jesús. Puesto que sabía que Jesús era su única
esperanza, humildemente se negó a ser disuadida de haber acudido a Él (cp. Lc.
18:1-8).
Jesús siguió probando la fe de la mujer volviendo a demorar su respuesta. En
esencia repitiendo lo que acababa de decir a los discípulos, Jesús le dijo: Deja
primero que se sacien los hijos, porque no está bien tomar el pan de los hijos y
echarlo a los perrillos. Con una sencilla analogía, el Señor reiteró que la prioridad
de su ministerio era primero Israel. Una comida preparada para los hijos no se les
debe dar a los perros. De igual manera, la prioridad del Mesías era predicar las
nuevas del reino a los hijos de Israel (cp. Mt. 10:5-6; 15:24; Mr. 1:14-15; Jn. 1:11;
Hch. 10:36). Aunque el evangelio se predicaría pronto en todas las naciones, esa
expansión global estaba esperando la ascensión de Cristo y la llegada del Espíritu
Santo (Mt. 28:18-20; Hch. 1:8; cp. Jn. 10:16; 11:51-52). El Nuevo Testamento usa
dos palabras griegas distintas para perrillos. Una se refiere a los perros mestizos
salvajes que vagaban en manadas por las calles buscando basura (cp. Mt. 7:6; Lc.
16:21; Fil. 3:2; 2 P. 2:22; Ap. 22:15). Los perrillos a los que se refiere aquí (de la
palabra griega kunarion) eran diminutas mascotas caseras que la familia cuidaba.
Por tanto, Jesús usó un término para perros que era menos duro del que los judíos
del siglo i habrían aplicado a los gentiles. Aun así, la mujer entendió el
planteamiento del Señor. El enfoque principal de Él estaba en alimentar a los hijos
de Israel (cp. Jn. 6:35), y ella no estaba incluida.

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RESPUESTA LLENA DE FE DE LA MUJER

Respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la mesa,
comen de las migajas de los hijos. (7:28)

El Señor sabía que la fe divinamente otorgada de ella (cp. Ef. 2:8-9) era genuina, y
que no se desanimaría ni se disuadiría (cp. Lc. 13:24; 16:16). Más bien, en lugar de
ofenderse, esta mujer reaccionó con inmutable confianza. Ampliando la analogía
de Jesús, respondió ella y le dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos, debajo de la
mesa, comen de las migajas de los hijos. La mujer reconoció su indignidad y su
lugar como gentil. A diferencia de muchos de los judíos, que reaccionaron ante
Jesús con orgullo farisaico, la actitud de la mujer era humilde y pobre de espíritu
(cp. Mt. 5:3). Para ella, solamente las migajas eran suficientes. Una diminuta
fracción del poder de Jesús podía curar a su hija y eso era lo único que buscaba.
Aunque la prioridad de la misión terrenal de Jesús eran los hijos de Israel, las
migajas del evangelio caían de la mesa para satisfacer a los humildes gentiles que
tenían hambre de verdadera justicia (cp. Mt. 5:6). Los pactos, las Escrituras y el
Mesías pudieron haberse dado en su totalidad a Israel (cp. Ro. 9:4-5), pero Dios
quería que los gentiles recibieran el excedente (cp. Ro. 11:12). El mensaje de
salvación que llegó primero a los judíos es el mismo mensaje del evangelio que fue
y que sería dado a los gentiles. Las varias conversiones de gentiles en los
evangelios son anticipos de la futura salvación de almas procedentes de todas las
naciones.
La respuesta de la mujer, provocada por el Señor Jesús, expresó una calidad de fe
que Él llamó “grande” (cp. Mt. 15:28). En una ocasión anterior, el Señor hizo un
comentario similar acerca de un centurión romano que le pidió que sanara a su
siervo: “Ni aun en Israel he hallado tanta fe” (Mt. 8:10; Lc. 7:9). En ambos casos
fueron gentiles los que demostraron tan extraordinaria fe. Con la mujer en Tiro, el
contexto sugiere que su fe era más que solo una creencia nominal en el poder
sanador de Jesús. La humilde, reverente y persistente apelación a Cristo sugiere
que Dios estaba obrando en el corazón de esta gentil, llevándola a la salvación (cp.
Jn. 6:44). Su fe habría sido vacía e inútil si hubiera seguido estando en las deidades
paganas de su cultura cananea. La verdadera fe pone su esperanza en el único Dios
verdadero (cp. He. 11:1, 6) y fija “los ojos en Jesús, el autor y consumador de la
fe” (12:2).
La grandeza de la fe de esta mujer se magnifica al compararla con lo poco que
sabía. Nacida y criada en una cultura pagana, no participaba de la herencia
privilegiada del pueblo judío. Estaba excluida del templo, del sistema expiatorio, e
incluso de las Escrituras. Sin embargo, aunque solo había recibido un poco de
revelación, creyó. La magnitud de su fe se evidencia en su disposición de volverse
de las deidades paganas con las que creció y aceptar por fe a Jesucristo. Tal

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respuesta ofrece un marcado contraste con la de los dirigentes religiosos judíos que
de manera arrogante condenaron a su propio Mesías como blasfemo (cp. Jn.
10:33), amigo de pecadores (cp. Lc. 7:34) y aliado de Satanás (cp. Mr. 3:22). En
Mateo 11:21, Jesús hizo esta severa advertencia a los israelitas que le rechazaron:
“¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran
hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran
arrepentido en cilicio y en ceniza”. Aquí estaba una mujer pagana de la región de
Tiro que demostró la veracidad de las palabras de Jesús. ¡Qué reproche fue para la
nación apóstata de Israel que una gentil aceptara al Mesías cuando muchos judíos
llenos de arrogancia moral le rechazaron (cp. Ro. 11:11)!

REACCIÓN FAVORABLE DE JESÚS

Entonces le dijo: Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Y
cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y a la hija
acostada en la cama. (7:29-30)

Aunque Jesús prolongó su interacción con esta mujer, a fin de poner en evidencia
la naturaleza de su fe verdadera, Él sabía desde el principio lo que correspondía
hacer. El Señor nunca rechazó a nadie, judío o gentil, que acudiera a Él con fe
sincera (Jn. 6:37; cp. Lc. 7:9; Jn. 4:39). Después de escuchar la respuesta, le dijo:
Por esta palabra, ve; el demonio ha salido de tu hija. Debido a que la mujer
poseía verdadera fe en Jesús, el proceso de ser probada tan solo fortaleció esa fe
(cp. Ro. 4:20; 1 P. 1:7). La resolución de ella no titubeó, sino que se intensificó, y
Jesús quedó sumamente complacido con la respuesta que le dio.
El Señor concedió la petición de la mujer expulsando el demonio de la hija. Él
tenía tal dominio sobre el reino espiritual que no necesitó estar con la niña. Su
poder era omnipresente, y el espíritu maligno fue obligado inmediatamente a salir.
Al haber aceptado al Señor Jesús en fe, la mujer regresó a su hogar confiando en el
poder divino. Y cuando llegó ella a su casa, halló que el demonio había salido, y
a la hija acostada en la cama. El hecho de que la hija estuviera en cama sugiere
tanto que se hallaba agotada debido a la lucha con el demonio (cp. Mr. 1:26; 9:20)
como que por fin pudo descansar con tranquilidad ahora que el espíritu se había
ido. Sin duda alguna, al igual que Jairo y su esposa durante la resurrección de su
hija (cp. Mr. 5:42), o los muchísimos otros a quienes Jesús curó, esta mujer
respondió con asombro lleno de alegría porque su hija había sido liberada.
La recuperación de la niña, aunque fue algo maravilloso, no es la enseñanza
principal de este relato. Más bien, el enfoque se centra tanto en la sustancia de la fe
de la mujer (caracterizada por humildad, arrepentimiento, reverencia y
persistencia), como en el objeto de la fe de ella, es decir, el Señor Jesucristo. La
historia de esta gentil es un magnífico ejemplo del hecho de que la verdadera fe
salvadora renuncia a los ídolos, abandona el orgullo, y de modo reverente y

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persistente, suplica misericordia y gracia divinas (cp. Mt. 7:7). En algunas maneras
ella es como Job, a quien Dios probó para demostrar la veracidad de su fe. La fe
verdadera persiste y soporta hasta recibir la gracia que busca.

27. Hablar o no hablar

Volviendo a salir de la región de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea,
pasando por la región de Decápolis. Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le
rogaron que le pusiera la mano encima. Y tomándole aparte de la gente, metió
los dedos en las orejas de él, y escupiendo, tocó su lengua; y levantando los
ojos al cielo, gimió, y le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. Al momento fueron
abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su lengua, y hablaba bien. Y les
mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto más y
más lo divulgaban. Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo ha
hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar. (7:31-37)

Estos versículos podrían presentarse con una adivinanza: ¿A quién se le permite
hablar pero no puede, y puede hablar pero no se le permite? Esa enigmática
pregunta encuentra su respuesta en este dramático relato.
Tras más de un año de ministrar en público en Galilea, Jesús lleva a sus discípulos
a un lugar apartado para un tiempo de quietud e instrucción. Poco antes los doce
habían afirmado que Él era el Hijo de Dios (Mt. 14:33), el único que hablaba
palabras de vida eterna (Jn. 6:68). Había llegado el momento de que el Señor Jesús
enfocara sus esfuerzos más intensamente en prepararlos para el ministerio después
de su muerte y resurrección. Ellos serían enviados como la primera generación de
predicadores del evangelio, encargados de llevar la verdad hasta los confines de la
tierra (cp. Mt. 28:19; Hch. 1:8).
Jesús y sus discípulos se dirigieron primero hacia el noroeste, viajando fuera de
Israel a la región de Tiro (el moderno Líbano). Allí se encontraron con una mujer
gentil desesperada que buscaba la ayuda de Jesús, y en el proceso mostró
verdadera fe en Él (cp. 7:24-30). La humilde persistencia de esta mujer
proporcionó a los apóstoles una ilustración vívida de la futura obra misionera que
tenían por delante. No pasaría mucho tiempo antes que pudieran ver a muchos
gentiles mostrar de igual modo fe en Cristo a medida que el evangelio se extendía
más allá de las fronteras de Israel (cp. Hch. 10:11-48; 11:1-18, 20-25).
Después de finalizada su estadía allí, Jesús y los doce volvieron a salir de la
región de Tiro, y llegaron a través de Sidón al mar de Galilea, pasando por la

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región de Decápolis. Al viajar en una ruta sinuosa, a fin de extender el tiempo con
sus discípulos el Señor continuó en dirección hacia el norte a través de la ciudad de
Sidón (ubicada en la costa mediterránea como a treinta y dos kilómetros de Tiro)
antes de viajar hacia el este y luego al sur hasta su destino en la costa suroriental
del lago de Galilea.
La región de Decápolis, localizada en la parte sureste del lago, era un área
habitada por gentiles y estaba fuera del territorio de Herodes Antipas. El territorio
abarcaba diez ciudades-estados (el nombre Decápolis, del griego deka [“diez”] y
polis [“ciudad”], literalmente significa “diez ciudades”). Descubrimientos
arqueológicos indican que estas poblaciones eran centros del paganismo griego,
llenas de ídolos que honraban a deidades paganas como Zeus, Afrodita, Artemisa y
Dionisio. Aunque la nación de Israel seguía siendo la prioridad de Jesús, su
disposición de ministrar en esta región gentil, al igual que su interacción con la
mujer de Tiro, mostraban el hecho de que el evangelio siempre tuvo como objetivo
ser predicado en todo el mundo. (Para más información sobre este punto, véase el
capítulo 26 de esta obra). Al viajar a Decápolis, Jesús regresó a los alrededores de
Gerasa donde antes había sanado a un hombre poseído por una legión de demonios
(cp. Mr. 5:1-20). A través del testimonio de este hombre (v. 20), junto con otros de
Decápolis que habían viajado a Galilea para ver a Jesús (cp. Mt. 4:25), la noticia
acerca del Señor ya se había extendido a esta región.
El tiempo de enseñanza del Señor con los doce concluyó cuando grandes
multitudes volvieron a reunirse alrededor de Él. Mateo 15:29-31 presenta la
escena:

Pasó Jesús de allí y vino junto al mar de Galilea; y subiendo al monte, se sentó
allí. Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos, ciegos, mudos,
mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a los pies de Jesús, y los sanó;
de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos hablar, a los
mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos ver; y glorificaban al Dios de
Israel.

Aunque los habitantes de Decápolis adoraban ídolos, habían oído hablar del poder
de Jesús y sabían que podía hacer lo que sus deidades paganas nunca habían hecho.
En consecuencia acudieron a Él aquellos que estaban físicamente discapacitados, y
los sanó de inmediato y por completo. Como era de esperar, “la multitud se
maravillaba” (del griego thaumazō, que significa quedar conmovido) y
comenzaron a glorificar al Dios verdadero. Es irónico que los dirigentes judíos de
Israel que vieron los mismos milagros rechazaran a Jesús, acusándolo de actuar por
el poder de Satanás (Mr. 3:22); los gentiles paganos de Decápolis reconocieron que
el poder de Jesús venía de Dios. Por el momento, volviéndose de sus ídolos
ofrecieron alabanza al Dios de Israel.

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Es en ese contexto que tuvo lugar la escena que se describe en este pasaje (Mr.
7:31-37). Mientras que el pasaje paralelo en Mateo 15:29-31 proporciona una
visión general de las curaciones de Jesús, Marcos es el único escritor del evangelio
que incluye este encuentro. Inicialmente el hombre sordo descrito aquí no podía
hablar, pero mediante el poder y la voluntad de Cristo pudo hacerlo. Por último,
cuando el Señor le ordenó que se mantuviera callado, el hombre no pudo dejar de
hablar.

INCAPACITADO PARA HABLAR

Y le trajeron un sordo y tartamudo, y le rogaron que le pusiera la mano
encima. (7:32)

Amigos o familiares le trajeron a Jesús un hombre que era sordo y tartamudo.
Tal vez su sordera era congénita o de mucho tiempo; sin poder oír desde niño fue
incapaz de aprender a hablar, lo que resultó por consiguiente en un grave
impedimento del habla. En el mundo de ese tiempo no existían remedios para tal
condición. Los que padecían de tales impedimentos físicos eran condenados al
ostracismo por la sociedad. Incluso a causa de la pérdida del oído y de los defectos
del habla, a los sordos en Israel por lo general se les consideraba mentalmente
discapacitados. Para colmo de males, los judíos alegaban que discapacidades como
sordera o ceguera eran resultado directo del juicio de Dios por el pecado (cp. Jn.
9:1-2). El hecho de que este hombre viviera en una sociedad pagana probablemente
significaba que el maltrato y el desprecio que soportó eran incluso peores.
No obstante, algunas personas se preocuparon lo suficiente por este hombre como
para llevarlo ante Jesús, y le rogaron que le pusiera la mano encima. En este
contexto el verbo rogaron (del griego parakaleō) significa “suplicar” o “implorar”
con un sentido de urgencia. En su desesperación suplicaron por su amigo, quien no
podía hablar por sí mismo, que Jesús le capacitara para oír. A menudo el Señor
ponía las manos sobre las personas para en forma visual y tangible demostrar su
poder a los que estaban sufriendo (cp. Mr. 1:31, 41; 5:41; 6:5; 8:22, 25). A
diferencia de los fariseos y escribas, que se consideraban superiores al pueblo
común, Jesús se mezclaba de buena gana con la gente y con buena disposición
extendía su toque hacia los que estaban en necesidad. Al hacerlo mostraba su tierna
compasión y preocupación personal. También manifestaba así que no tenía miedo
a la profanación ceremonial. Jesús nunca quedó impuro por causa de aquellos a
quienes tocó, sea que se tratara de un leproso (1:40-41), una mujer con flujo de
sangre (5:25-34), un cadáver (5:41-42), o un gentil que padecía sordera. En lugar
de quedar impuro por ellos, eran estos quienes quedaban limpios y restaurados por
Jesús.

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HABILITADO PARA HABLAR

Y tomándole aparte de la gente, metió los dedos en las orejas de él, y
escupiendo, tocó su lengua; y levantando los ojos al cielo, gimió, y le dijo:
Efata, es decir: Sé abierto. Al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató
la ligadura de su lengua, y hablaba bien. (7:33-35)

Respondiendo con misericordia como siempre hizo (cp. Mt. 9:36; 14:14; Mr. 1:41;
8:2, etc.), Jesús llevó al sordo aparte de la gente. En medio de la muchedumbre
apremiante, con muchos otros esperando ser curados, el Señor Jesús puso su
atención en un hombre desesperado a quien sin duda alguna habían hecho caso
omiso y abandonado durante toda la vida. Hasta donde podía recordar, había sido
despreciado, condenado al ostracismo y vilipendiado. Pero en ese momento recibió
toda la atención y la compasión del Creador mismo.
En un acto de profunda bondad, el Señor comenzó a comunicarse en lenguaje de
señas, usando gestos y señales no verbales. Jesús usó cuatro señales específicas
para resaltar lo que quería hacer. Primero metió los dedos en las orejas del
hombre para indicar que reconocía el problema físico del individuo. Jesús
comprendió que el sordo no era un atrofiado mental ni poseído por demonios,
como algunos pudieron haber pensado; simplemente no podía oír. El Señor usó un
gesto simbólico para indicar que había diagnosticado correctamente el problema
médico. Segundo, escupiendo, tocó su lengua. Jesús volvió a emplear un gesto
físico para identificar la discapacidad de habla del hombre. Aunque en otras dos
ocasiones usó saliva en sus curaciones (cp. Mr. 8:23; Jn. 9:6), esta obviamente no
tenía poder. Sin embargo, los pueblos antiguos por lo general creían que la saliva
tenía propiedades curativas. El hombre sordo habría entendido que el uso que Jesús
hizo de saliva significaba que deseaba curarlo. Tercero, levantando los ojos al
cielo, Jesús demostró que el poder creativo que ejercía provenía de Dios. Incluso
como pagano, el hombre habría entendido lo que el Señor quiso decir al mirar al
cielo. Cuarto, Jesús gimió, con lo que comunicó una sincera empatía por la
prolongada agonía de la discapacidad de este sujeto. El gemido sincero proyectó
visiblemente el dolor y la angustia en favor del hombre. Por tanto, con el uso de
comunicación no verbal el Señor Jesús enseñó a este sordo acerca del poder y la
compasión de Dios. El Hijo de Dios lo iba a curar, con poder que venía de lo alto,
porque se interesaba profundamente en él.
Esas dos verdades maravillosas debieron haber llenado el corazón y la mente del
hombre cuando ocurrió lo milagroso. Jesús le dijo: Efata, es decir: Sé abierto. Al
usar el término arameo Efata, Marcos proporcionó una cita exacta de las palabras
de Jesús, ya que el lenguaje que Él hablaba era el arameo. No obstante, Marcos lo
tradujo de inmediato para sus lectores de habla griega: Sé abierto. Con una orden
del Creador encarnado, el hombre de inmediato quedó sanado en su órganos de

298

audición y su lengua fue milagrosamente liberada para hablar. Según explica
Marcos, al momento fueron abiertos sus oídos, y se desató la ligadura de su
lengua, y hablaba bien. La palabra ligadura, de la expresión griega desmon,
significa “atadura” o “cadenas”. Era como si el habla hubiera estado aprisionada en
el calabozo de la sordera. De inmediato fue liberada y el hombre pudo oír bien y
hablar con claridad.
La magnitud del milagro fue más allá de la simple reparación de las facultades
físicas del sordo. También recibió la capacidad de la milagrosa adquisición del
lenguaje. No solo podía oír sonidos, sino que podía entender y articular palabras
sin necesidad de ningún entrenamiento lingüístico o terapia de lenguaje. La palabra
bien proviene del vocablo griego orthōs, que significa “derecho” o “recto”. Los
términos médicos castellanos “ortopedia” y “ortodoncia” se derivan de ese término
griego. En un instante, Aquel que creó el mundo (Jn. 1:1-3), y que lo sustenta “con
la palabra de su poder” (He. 1:3), de modo sobrenatural hizo posible que este
hombre oyera y hablara con total fluidez. Al igual que todos los milagros que Jesús
realizó, esta curación fue un acto de energía creativa divina por medio de su
palabra, de igual modo que en el principio creó el universo (cp. Gn. 1:3, 6, 9, 14,
20, 24, 26).

INCAPACES DE NO HABLAR

Y les mandó que no lo dijesen a nadie; pero cuanto más les mandaba, tanto
más y más lo divulgaban. Y en gran manera se maravillaban, diciendo: bien lo
ha hecho todo; hace a los sordos oír, y a los mudos hablar. (7:36-37)

Sin duda, la reacción del hombre fue de exuberante alegría. Es natural que su
impulso instantáneo fuera contar a todo el mundo lo que había ocurrido. Pero Jesús
le dio instrucciones a él y a sus amigos de que guardaran silencio, un limitante
inmenso a la luz de tal experiencia. Sin embargo, el Señor les mandó que no lo
dijesen a nadie.
Mandó (del griego diastellomai) se refiere a una orden. Que Jesús mandara a este
hombre que guardara silencio podría parecer extraño, no solo porque le acababa de
otorgar la capacidad de hablar, sino también porque el Señor le había dicho antes al
endemoniado gadareno que hiciera exactamente lo opuesto:

Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los tuyos, y
cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido
misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes
cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban (Mr. 5:19-20).

Podríamos preguntarnos por qué Jesús dio instrucciones al antiguo endemoniado
de propagar la noticia acerca del Señor por toda la región de Decápolis, y que
después le dijera al antiguo sordo que guardara silencio. Hubo una importante

299

diferencia. El antiguo endemoniado fue el primer misionero a esa región gentil.
Pero ahora, en gran parte mediante su testimonio, la noticia acerca del poder de
Jesús para obrar milagros era muy conocida en toda la región, resultando en
euforia generalizada. La situación había alcanzado proporciones épicas debido al
gran entusiasmo de las multitudes difíciles de manejar. Al igual que en Galilea, el
Señor no tenía deseos de echar más leña al fuego de las expectativas
inherentemente materialistas y políticas que tenían acerca de Él (cp. Jn. 6:15).
Jesús también emitió órdenes similares otras veces (cp. Mt. 8:4; 9:30; 12:16; 17:9;
Mr. 1:25, 34, 44; 3:12; 5:43; 7:36; 8:26, 30; 9:9; Lc. 4:41; 9:21). En ciertas
ocasiones el Señor insistió en el silencio porque sabía que el reporte amplificaría el
entusiasta fervor de las multitudes, lo cual solamente le obstaculizaría el ministerio
(cp. Mr. 1:40-45; Jn. 6:14-15). Según se indicó antes, esa quizás era parte de la
preocupación de Jesús esta vez puesto que enormes gentíos ya estaban acudiendo a
Él en Decápolis (cp. Mr. 8:1-10). En otras ocasiones, la orden de silencio actuó
como un acto de juicio sobre los incrédulos por empañar la verdad de aquellos que
lo habían rechazado de modo permanente (cp. Lc. 9:21).
No obstante, la razón principal de que Jesús insistiera repetidas veces en este tipo
de silencio se halla en Marcos 8:30-31. Después que los discípulos lo identificaran
como el Mesías e Hijo de Dios (v. 29; cp. Mt. 16:18), “él les mandó que no dijesen
esto de él a ninguno. Y comenzó a enseñarles que le era necesario al Hijo del
Hombre padecer mucho, y ser desechado por los ancianos, por los principales
sacerdotes y por los escribas, y ser muerto, y resucitar después de tres días”. Al
saber que su misión terrenal no se lograría hasta después de su muerte y
resurrección, Jesús dio instrucciones incluso a sus propios discípulos de guardar
silencio hasta después que la historia estuviera completa. Muchos a los que sanó lo
conocían simplemente como un hacedor de milagros, pero Jesús había venido para
un propósito mucho más glorioso (cp. Lc. 19:10). Un mensaje que resaltaba solo
sus curaciones milagrosas sería inadecuado. El mensaje total acerca de Él debe
incluir la verdad de que “Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las
Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las
Escrituras” (1 Co. 15:3-4).
Consciente de la euforia incontenible del gentío, el Señor repitió la orden, pero
cuanto más les mandaba, tanto más y más lo divulgaban. A pesar de la orden
repetida, el hombre y sus amigos, incapaces de contener su alegría, demostraron
desobediencia. Lo irónico es que aunque Jesús había curado los oídos del hombre,
este se negó a escuchar la orden del Señor. Es probable que la amonestación de
Jesús también se dirigiera a los curiosos en la multitud que habían presenciado este
asombroso milagro. Los discípulos también debieron haberse preguntado por qué
Jesús daría tal orden. Tan solo más adelante llegarían a entender la historia total de

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