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Para nuestra amada madre en su 80 cumpleaños. Julio 2020.

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Published by bahiriz, 2020-07-09 19:41:21

Abuela Amada ~ 80 años

Para nuestra amada madre en su 80 cumpleaños. Julio 2020.

Abuela Amada

80 años



Para nuestra amada madre

en su 80 cumpleaños

0ju1lio 2020

¡muesca! la flojera mata

arremillá

parece un barril sin fondo

faro1tadichosos pórtate bien

los ojos
que te ven
tiran pa’l monte
malamañoso TEJIENDO CALLE

están como los Mojosos

escarranchá

chocantísimo

muérgano

pata caliente

de matalo y no velalo

criando lagañas

para que figures... ¿qué le pasa a
José Gregorio?

titirimundachi

¡cónfiro!

regla’e flojo
perdía
’e roñera

1

Abuela Amada,
CUÉNTEME...

PÁG 04

AIMÉE

¿Quién eligió su nombre
y por qué?

Sé que me habían puesto Amanda y me lo quitaron.
Me lo pusieron porque mi papá tenía una hermana
llamada Amanda. El nombre de Amanda me lo puso
mi papá, pero mi mamá me lo quitó y me puso Amada.
Me presentaron como Amada. Yo recuerdo que cuan-
do estaba pequeñita había una Amada que mataba
cochino y yo le decía a mamaíta: «¿Para qué me puso
ese nombre, como la mata cochino?». Amada mataba
cochino y hacía fritos y esas cosas… «¿Por qué me lo
puso? ¿Por ella, por la mata cochino?». Y mamaíta me
decía: «Muchacha, no fue por ella. Me gustó ese nom-
bre». A la tía Amanda no la conocí ni a los otros tíos,
a mi tía Senovia nada más. Solo supe que tenía una tía
llamada Amanda. Aquiles, mi papá, tuvo otros herma-
nos: mi tío Salvador, el esposo de mamá Lucía; Luis
Fernando, que se fue para Caracas; Armando, que era
morocho con Aquiles y se casó con Calixta Rodríguez,
la hermana de María Nicolasa; mi tía Josefa Antonia,
que parió de Ricardo Alfonzo a mi madrina Luisa y
a Sixto. Otro de mis tíos era Jesús Gerónimo, el papá
de Albertina. Las hembras eran María Senovia, Josefa
Antonia y Amanda…

En el esplendor de su juventud.

PÁG 05

SALVADOR

¿Cómo fue su niñez?

Mi niñez fue feliz, entre todas las cosas tuve una niñez
feliz. De mi niñez en Murgua recuerdo que jugábamos
y trabajábamos; desgranábamos maíz, frijol, caraota.
Esa es una niñez feliz. Íbamos a buscar el ganado con
los muchachos, con Rafael Ángel y Carlitos; en la tar-
de, para recoger el ganado. Los juegos eran de comidi-
ta, de muñecas, también jugábamos con barro. Carlitos
siempre se acuerda de que les hacía una sopa. Yo no me
acuerdo de esa sopa. Ellos mataban los pájaros y yo les
hacía la sopa. Una vez y que les hice una sopa con un
pájaro que me trajeron, negrito, y la sopa salió negrita.
La inocencia, ¿verdad? Estaban Rafael David, Carlitos,
Rafael Ángel, Douglas Santamaría... Mi mamá cuen-
ta que cuando estaba chiquita me picó un ciempiés.
Según y que estaba dormida y tenía el ciempiés en el
moriche. Eso fue en Murgua, cuando estaba chiquita,
chiquita. Recuerdo que cuando estábamos en Chávez
nos comíamos la jalea escondidas. Me decía Enri-
queta, la hija de Julita: «Vamos a lambucear». Estaba
Julita con mi tía Mercedes. Yo monté en bestia desde
que estaba chiquitica, cuando íbamos para Guanape
íbamos en bestia, para Chavito también íbamos en
bestia. Nos mandaban a todos a buscar agua, a buscar
ñame en la vega, que quedaba en un bajito. En Boca de
Uchire también estuve cuando pequeña. De Chávez
nos fuimos para Boca de Uchire. Mi tío Carlos se llevó
a mamaíta para Boca de Uchire porque iban a poner a
los muchachos en la escuela. La primera vez que fui
a la playa fue en Boca de Uchire. Esa vez duramos un
año y después fuimos y llegamos a casa de Luis Giraud;
duramos un tiempo allí. Esa casa se la compró mi tío

PÁG 06

Carlos a Luis Giraud y quedaba frente a la plaza. Pasé
la niñez entre Murgua, Chávez, Chavito, La Soledad,
Boca de Uchire y después, bueno, en Guanape. Nos
vinimos para Guanape cuando yo tenía ocho años. Re-
cuerdo que nos la pasábamos por el Calvario buscando
pitahayas, parchita, quizanda. Tendría como diez años
cuando eso. Iba para la escuela con Adela y Leila, que
vivía cerca. Cuando nos mudamos me iba para casa de
Maura, que quedaba cerquita. Ah, y con Gardenia, que
en ese tiempo vivía en la casa de Rafael Domínguez,
frente a María Magallanes, porque María Rojas, la
mamá de ella, tenía la pensión ahí, al lado de Fabiola.
Hacíamos actos culturales en la escuela. En el mes
de mayo hacían un acto bien bonito… el 24 de julio,
el 5 de julio. Yo participaba en esas actividades, como
cuando hicieron el acto de Miranda en La Carraca y
María Álvarez y yo cargábamos las banderas. Miranda
era un muchacho que se llamaba Raúl Mata, acostado
en una cama… más o menos como Fabián. Nos presen-
tamos en la Escuela Juan Manuel Cajigal y después en
la República de Chile. Eso fue cuando estudiaba en
Barcelona. Por cierto, en el cuarto de las ventanas de la
casa de doña Piedad hacían unas veladas, pero ahí solo
iba a ver. Los actos los organizaban Rosalía Muñoz,
Chúa Carmona, Alicia Sayeh, Goya Marcano, que era
hermana de Irma, hija de Julita con Sixto Aguilar, y la
crio mi madrina Luisa. También participaban mucha-
chos… Estaba el poeta Muñoz. Las veladas las hacían
ellas mismas; bien bonitas las veladas… Eran como
una obra de teatro y como era cerquita de la casa de
mi tío Manuel, nosotras íbamos. Leila, Gloria, Adela…
En vacaciones me iba con mamaíta para Puerto Píri-
tu a cuidar a mi madrina Vicenta. Allí hice amistades
con las Motabanes, las Aponte, las Canache, Lastenia

PÁG 07

Canache, ahora de Medina. Salíamos para Píritu a
pie, porque entonces no había tanto peligro. Íbamos
de Puerto Píritu a Píritu a visitar a las Medina, a las
Canache. Jugábamos, conversábamos, salíamos por
ahí a conocer. También íbamos a la playa, a las siete
de la mañana todos los días porque a mamaíta no le
gustaba que nos pegara el sol. Llegábamos a casa de los
Motabanes, que eran familia de mi madrina Vicenta y
ahí vivía ella. Miguel no estaba allí; él estaba con don
Antonio y doña Carmen porque como mi madrina
quedó ciega y ellos eran familia se lo dieron para que
estuviera en el negocio y lo pusieron en la escuela.
Como era a pasar vacaciones que íbamos, pues íbamos
a jugar a la plaza. Jugábamos la burriquita, la gallinita
ciega, la semana, la cebollita… Tuve muñecas hasta que
me casé y se las regalé a Narcelis. Unas eran de trapo,
otras de plástico y una tenía la cara de loza y el cuerpo
de trapo. Fue la última muñeca que tuve. Me la rega-
ló Víctor González para un 24 de diciembre. Yo tenía
como catorce años cuando me la regaló. Ya estaba en
Barcelona y me la llevé para Guanape. También tenía
de las que hacía mi tía Chucha, que eran de trapo, unas
muñecas grandotas así.

Con ocho años,
recién llegada a Guanape
desde Murgua.
Es la tercera niña
de la segunda fila.
Las otras niñas son Zoraida
Flores, Leila Sayeh,
América, de Puerto Píritu,
y Gloria Sayeh, al frente.
El niño es Darío Solano y el
mayor es el «Mocho» Lanza.

PÁG 08

CAROLINA

¿En su niñez hubo alguna mujer a
quien usted admirara mucho y qué
recuerda haber aprendido de ella?

¡Tantas que admiré! A Ángela Albornoz. Ella era de
Barcelona y era una mujer muy buena, muy buena
amiga, por cierto. Me aconsejaba y eso. Era tan cari-
ñosa. La conocí porque era vecina de Eugenia Lara y
yo iba a pasar vacaciones en casa de Eugenia. Tenía yo
quince años. Vivía entre la calle Bolívar y la Juncal.
Con ella conocí a mucha gente, conocí al doctor Cala-
trava… ella tenía muchas amistades. Era hija del doctor
Garroni, pero era hija natural. Su mamá era una mujer
de Caigua. Conocí a la señora que la crio, Josefita Ga-
rroni. Ella siempre me decía: «Vamos para que conoz-
cas a mi familia». Después de que se casó, la doña le
regaló una casa. Era de apellido Guacuto, porque a ella
no la reconoció el doctor Garroni y cuando se iba a
casar, doña Josefita, que fue quien la crio, la llamó para
regalarle el apellido Garroni y Tito Albornoz le dijo:
«No, señora Josefita —me acuerdo clarito—, yo no
me voy a casar con apellidos, me voy a casar con una
mujer buena, no por el apellido. Yo sé que su apellido
es Guacuto. A mí no me da vergüenza su apellido. Es el
apellido de su mamá». Entonces ella le dijo: «No la voy
a reconocer porque no quieren, pero sí les voy a rega-
lar una casa para que vivan», que era la casa que queda-
ba al lado de Eugenia. Esa casa era de la doña cuando
estaba más joven y se la regaló a ella. La mandó a deso-
cupar y se la regaló. Ella tampoco quiso que la reco-
nocieran, dijo: «¿Por qué no me reconocieron cuando
estaba chiquita?». Ella era humilde, era muy buena,
muy trabajadora. Cosía muy bonito, era una costurera

PÁG 09

de fama, y el esposo tenía una empresita. Era empren-
dedora. Ella murió y dejó a esos muchachos pequeños.
La mayor era Carmen Elena y tenía como catorce años.
Los demás estaban pequeños, Tito, Antonio… A ella
le nació una muchachita a la que le dio meningitis
también. Mi relación con ella duró hasta que murió.
Después de que me casé fui a su casa a presentarle a
Celestino. También admiraba a la maestra Conchita, a
mi mamá, a mi tía Senovia, a mamá Lucía, a la coma-
dre María Guzmán… A mi tía Senovia porque era una
mujer muy inteligente. Con mamá Lucía daba gusto
hablar porque también era una mujer muy inteligente.
Mi mamá era mi mamá y la admiraba. Mi mamá tenía
muchas cosas buenas, todas las cosas de ella eran bue-
nas. Era trabajadora, le gustaba hacer las cosas bien,
era correcta. De María Guzmán me gusta su modo de
ser; es una mujer buena, buena amiga. De Isabel Tovar,
la mamá de los muchachos, me gustaba su modo de ser.
Doña Cándida Saume, doña Angélica y doña Carmen
Luisa de Cuenca me daban buenos consejos.

Con su entrañable madrina Luisa,
su amiga de siempre

Amalia López de Aguilar
y su admirada tía Senovia.

PÁG 10

AITOR

¿Por cuáles de sus maestras
conserva mayor afecto y qué
aprendizajes guarda de esa época?

Por Conchita Calderón, mi maestra de quinto grado
en la Escuela Juan Manuel Cajigal, en Barcelona. Ella
me tenía mucho cariño; era cariñosa y preocupada.
En realidad ella se llamaba María de la Concepción
Calderón Chacín de Oliveros. También recuerdo a la
maestra Freya, que me dio clase en primero y segundo.
Era buena maestra. La escuela entonces quedaba en la
casa que fue de Oscar Domínguez. En tercer grado fue
la maestra Flor, que tenía su carácter. En cuarto fue el
maestro Francisco Sánez, que era de Clarines. Cuando
estaba para cuarto pasaron la escuela para la casa de
Freya. Y en sexto grado fue el maestro Francisco Medi-
na. Él era tranquilo. Daba clases y también era director
de la escuela. Era de Valle Guanape, hijo natural de
Ramón Medina, el esposo de María Cristina Silva. La
mamá era Santiaga Coturo. El papá lo reconoció y lo
crio. Mis amigas de esa época eran Aura Rosa, Socorro,
Acacia, Carita, Antonieta, Gardenia, Leila, Consuelo,
Oscarina, Aura Fe, Maura Martínez… Adela también
estudió conmigo, pero ella llegó hasta tercer grado. De
los muchachos recuerdo a Alonso Barrios, Atilio Ma-
cayo, Rafael Ernesto Rojas, Javier Rojas y José Rivero,
que era muy peleador. Fui a la escuela por primera vez
con Miguel Ron, yo tendría ocho años. Miguel me lle-
vó, después fue mi mamá a hablar con la maestra, pero
el de la iniciación fue él. Mamaíta dijo: «No la voy a
poner en la escuela porque nos vamos», y él le dijo:
«Usted va a cuidar a mi mamá», que era mi madrina
Vicenta. Aprendí a leer en segundo grado, pero Mi-

PÁG 11

guel me ponía en la casa a hacer las letras. Una de las
mejores cosas de esa época es que hice buenas amista-
des porque antes la gente no era como ahora, que es
hipócrita. Antes la gente era de amistad sincera y las
amistades duraban. Tenía amigas como Otilia Sánez;
Zoraida, que era mi amiga desde los siete años porque
doña Carmen Lucila era amiga de mamaíta y todavía
guardamos esa amistad con Zoraida. Recuerdo que
salíamos con los maestros, antes salían los maestros
con sus alumnos a los campos, eso era bien bonito.
En vacaciones, todos los años, a cada maestro le tocaba
un fin de semana. A nosotros una vez nos tocó y en-
tonces yo le dije a mi tía Mercedes que íbamos a ir a
Murgua, y ella dijo: «Cómo no. Que se vengan». A pie
nos fuimos todo el mundo, ¡divino!, caminando todo
el mundo. Fue la maestra y se quedaron encantados
allá, porque allá mi tía tenía cochino —era tiempo de
maíz tierno—, tenía bollo tierno, cachapa, y las mu-
chachas y todos ayudaron ahí a deshojar y a moler.
Y la maestra encantada. La maestra era Flor. Nos vi-
nimos el mismo día. Es que antes no había peligro,
la carretera era de granza y por los costados caminaba
la gente. Ahora eso está tapado de monte y la gente
tiene que caminar porque sí por la carretera. Nos
fuimos todo el mundo y esos muchachos encantados
de la vida toditos. También fuimos al río; a Campo
Alegre, donde mi madrina Luisa, y pasamos todo el
día allá; nos fuimos caminando y el maestro era Medi-
na, el que fue marido de Oscarina. Al río fuimos con
todos los muchachos y las muchachas, y la maestra
Isabel Padrón. Cuando yo vivía en El Alto fue un
maestro de Valle Guanape, que me dijo y yo le dije
que fuera; fue con todos sus alumnos.

PÁG 12

Cuatro de las veinticinco niñas
que hicieron la comunión:

ella, sus amigas de infancia
Leila Sayeh y Oscarina Chacín,
y su fiel e incondicional prima Adela Ron.

Todavía hay maestras que lo usan, por ejemplo, Cari-
ño, Isolina y Dignora, que se han ido a Trompillar a
pasar el día, y se han ido a Las Mercedes con esos mu-
chachos; entonces empiezan a hablarles de los árboles,
de las matas, de las piedras, de esto y lo otro. A mí me
gustaban la ciencia y la historia universal. Antes daban
historia universal, daban historia de Venezuela e histo-
ria universal. Yo sacaba buenas notas. A uno las clases
se las daban al caletre. También nos enseñaron catecis-
mo y a bordar. Bueno, lo de bordar eso fue un tiempo
y después más nunca lo hicieron. Les dio una fiebre
de poner a la gente a bordar y después se olvidaron de
eso. El catecismo lo daba Lelia Peñalver. Los maestros
lo aconsejaban a uno y le decían, por ejemplo, que
cuando llegaba una persona mayor había que ponerse
de pie y esas cosas. También recuerdo de la escuela que
nos la pasábamos jugando; en lo que salíamos nos íba-
mos para Los Caros a buscar ciruela donde los Madrid;
a Mayares también íbamos a buscar ciruela casa de las
Zacarías; nos íbamos para el río a buscar parchita de
monte. Antes había mucha parchita por el camino de
Trompillar. Íbamos Maura, con la maestra Isabel Pa-

PÁG 13

drón; ella era bochincherísima también. Como era de
Barcelona iba a buscar parchita para llevar los fines de
semana; ella era de allá. Llevaba parchita, llevaba man-
go. O nos íbamos para Las Varas, en medio de un palo
de agua, comiendo mango por la carretera. Mamaíta
sabía, nosotras andábamos con la maestra. O cuando
salíamos nos íbamos a la quebrada que quedaba detrás
de don Pedro, la quebrada de Calanche, y nos bañába-
mos ahí. Esa quebrada llegaba al río. Yo nunca peleaba
en la escuela y cuando estaban jugando pelota, como
nunca me ha gustado jugar pelota, los dejaba tranqui-
los. Mis amigas más cercanas eran Maura, Lucrecia
Catamo, Carita, porque Amalia salió primero que yo,
Aura Rosa, Socorro, Leila...

Confesión de parte:
«tuve una niñez feliz».

PÁG 14

RAFAEL ÁNGEL

¿Cuál fue su época
más divertida o festiva?

Cuando estaba muchacha. Bueno, uno se divertía. Uno
jugaba librao… ¡Librao!, en la plaza, que era de tierra y
con banquitos de madera. Jugábamos la cinta, jugába-
mos la cebollita, toda clase de juegos de antes. La cinta
era: «Allá viene la gala, viene el galón, viene la cinta de
mi corazón, ¿de qué color? ¡Azul! ¿De qué color? ¡Rosa-
do!». Y entonces se ganaba. La cebollita era uno detrás
del otro y se halaba por la cintura hasta que reventara
la cebolla. Participaba en los bailes tradicionales de la
escuela. En la escuela los muchachos jugaban pelota
y a la hora del recreo uno se iba por allá a hablar. En
la escuela no se podía jugar. Dígame el maestro Sánez
que tenía una tabla que le hizo Cabello, a la que llama-
ba «Doña Bárbara», con un poco de huecos, y al que
faltaba le daba un planazo en la mano. Bárbara
la tabla y bárbaro él. A mí nunca me dio, pero sí vi a
unos cuantos. ¡Dígame Alonso Barrios! A él le pega-
ban porque refunfuñaba mucho… Atilio Macayo. Me
gustaban las actividades de la iglesia, cuando fuimos
pastoras, cuando fui hija de María, que tendría como
trece años. Cantábamos los aguinaldos y acomodába-
mos la iglesia y el nacimiento. Cuando tenía 12 años
hice la comunión. Estaban Zoraida, Oscarina, Adela,
Carita la de Jesús, Alcira, las morochas Chacín, Leila,
Margarita Zamora… éramos como 25 niñas y nos pre-
paró doña Carmen Luisa de Cuenca. A ella le tocó
ese año organizar las fiestas patronales, porque antes
cada año le tocaba a una familia, y también se encarga-
ba de la comunión. Antes no era como ahora… antes
se hacía la comunión cada tres, cuatro o cinco años,

PÁG 15

porque el obispo no venía todos los años. Cuando
llegaba el obispo había que ir a Polín, allá donde don
Críspulo, a recibirlo, y él se bajaba del carro y nos
veníamos todos a pie hasta Guanape. Bastantísima
gente esperándolo. Lo recibían con tiros, cohetes…
En casa de doña Isabel le tenían la comida y luego
doña Carmen Luisa lo invitaba a desayunar en la finca.
Por cierto, que doña Carmen Luisa era la ecónoma
y el desayuno de la comunión se hizo en el comedor
escolar, que estaba en la casa que fue de Evangelina
Malavé. El vestido, que era blanco con un cinturón
azul, me lo hizo Olimpia. También hizo el de Adela.
Cuando tenía quince años me hice la permanente. Me
la hicieron las morochas Espinoza, que venían de San
José de Guaribe en tiempos de las fiestas de febrero.
Ellas se venían anticipado para hacer permanentes,
que era lo único que hacían. Llegaban a casa de Lelia,
a casa de doña Tiana. Una se llamaba Zoraida y la otra
Iraida. Iba bastantísima gente, por eso llegaban antes
de las fiestas, como el 25 de enero. Esa vez la perma-
nente estaba de moda. Para hacerla usaban ganchos,
los enrollaban como en papel de aluminio y con una
cosa caliente…

Siempre bella.

PÁG 16

Esa permanente me la mandó a hacer Manuel Celesti-
no a mí y a Adela, y costó como veinticinco bolívares.
Bueno, cuando la gente tenía el pelo largo era más cara
y cuando lo tenía corto era más económica. Yo tenía el
pelo largo y me costó un regaño porque mi mamá no
sabía que iba a llegar allá con la permanente. Ella se
puso furiosa y me llamó «pastelera». Y yo le dije: «Re-
gañe a Manuel Celestino que me la mandó a hacer».
Pero él me llevó para la casa porque yo no quería llegar
y le dijo: «No la regañe, que fui yo quien se la mandó a
hacer». Como tenía el pelo largo, que me daba por
la cintura, a ella no le gustaba que me cortara el pelo.
No me lo cortaron tan corto, pero me lo cortaron,
como me quedó crespito... Y cuando me la hicieron
me quemaron y aquí atrás tengo la marca… me quedó
para la eternidad. Recuerdo que por esa época íba-
mos para El Guamo los sábados y doña Mercedes de
Méndez estaba pendiente de mandar una gallina para
que hicieran hervido y para que se viniera Ernesti-
co, su hijo, que tenía cierto retraso… era como medio
ido. Para sacarlo de la casa porque se la pasaba triste…
«Para que vaya a bailar con las muchachas», decía ella.
De Guanape íbamos Amalia, Leila, y del Guamo iban
Aurora Ortiz, las Arbeláez: Celina, la Catira y Merce-
des, y otras muchachas familia de Rosita… Ligia Ber-
náez. Las fiestas se hacían en la casa de Petra Arbeláez.
Una vez íbamos a tapar la olla del hervido y agarramos
un cuadro como de aluminio —no, era redondo—, y
resulta que era una foto de la mamá de ella. Yo le digo
a Amalia: «Esto como que es una foto», y ella dijo:
«Ay, es la doñita». Mercedes Arbeláez era la primera
bailadora y ya era renquita; eso fue porque le pusie-
ron una inyección y le malograron la pierna. También
salíamos a recoger dinero para las fiestas patronales a

PÁG 17

Guaribe, Clarines, Onoto, Valle Guanape, Barcelona,
Uchire, Boca de Uchire… Íbamos con Alicia, Flor y las
muchachas, Lelia… Íbamos el presidente de las fiestas
y la comitiva en un carro que tenía Medardo Itriago.
Y Pablo López también tenía carro. Unos se iban con
Pablo y otros con Medardo. Toditas íbamos arriba.
Desde los catorce años andábamos recogiendo. Fui
reina de las fiestas patronales en 1956 y el presidente
de las fiestas era Roberto Domínguez. Anteriormente
había sido don Julián Saume. Cuando fui reina, las
damas eran Leila y Aurora Ortiz. Creo que quien me
coronó fue Hortensia Ron. Y esa vez fui a Barcelona
a vender votos. Por cierto, que allí conocí a Antonio
Aguilar, el cantante mexicano. Íbamos a venderle vo-
tos a un compadre de don Roberto, que era Secretario
de la Gobernación, y él estaba con Antonio Aguilar y
otro compañero de él en la Heladería Alaska. Estaba
jovencito, tendría como veinticinco años; buenmocísi-
mo era. Me dijo: «Bueno, somos parientes». Allí cantó
una ranchera, pero no me acuerdo cuál fue. Después
nos fuimos porque la gente andaba apurada. El vestido
del reinado me lo hizo Migdalia Mata; era un vestido
verde agua, verde clarito, y adornado con esas palmi-
tas… esos helechos bien bonitos.

Toda una reina.

PÁG 18

Esa mata la tenía Migdalia y ella vivía en la casa que
era de Amado. En la fiesta de la coronación bailé con
Celestino, pero antes había bailado otras veces con
él, en casa de don Pedro; en El Guamo, en donde las
Arbeláez o en la casa de José Bernáez… Esas fiestas las
hacíamos nosotros mismos. Decíamos: «El domingo
vamos donde fulano…», se mataba gallina… En la casa
me iban a visitar Luisito Itriago, de Valle Guanape;
Amado López; Luis Iguaro, de Clarines; Jóvito Mar-
tínez. También hacíamos hervidos. Por ejemplo, un
sábado Jóvito me decía: «Vámonos para tu casa a hacer
la sopa», y compraban la gallina y las verduras y venían
para acá a hacerla. En ese tiempo Jóvito estudiaba en
Caracas y Antonio Salaverría estaba enamorado de
Leila. Después Salaverría se casó con Alida, la herma-
na de Jóvito. Salaverría llegó a Guanape porque su
papá, Gaspar Salaverría, tenía la finca en La Florida y
él se quedó atendiéndole a la finca cuando su papá se
fue. También jugábamos carnaval. Los carnavales eran
sencillitos. Había reina y se hacían a pie. Gardenia fue
reina del carnaval de la escuela, Zoraida y Aura Fe eran
damas de honor. Yo tengo una foto por ahí. También
íbamos para Mayares a jugar con agua, con todos esos
muchachos y muchachas. Iban Leila, Zoraida, Adela,
Aura Rosa, Socorro, yo… De los muchachos, Pedrito,
Jóvito, Celestino, que llevaba el carro, Rómulo López,
Rómulo Chacín, el Negro García. Mi mamá me dejaba
ir, salíamos para el pueblo y después nos íbamos para
Mayares. Después de casada salí como tres veces a
jugar carnaval. También fui a algunas fiestas, a casa de
don Pedro, casa de mi tío Manuel. Muy pocas veces.
Una vez nos llevamos a Irma para Guanape y porque
bailó María Nicolasa la regañó. Eso fue en casa de
doña Isabel. Era la primera vez que salía la pobre y allí

PÁG 19

aprovechó para bailar. Ella tendría como doce años.
Fui a algún matrimonio, como el de Gladis con Carli-
tos Ron, que se hizo donde doña Gertrudis. También
fuimos a un cumpleaños que hubo en El Guamo, de
una hijita de Ricardo Bernáez. En Murgua montaba
a caballo. Desde pequeña venía para Guanape en
bestia y después de muchacha también. Tengo una
foto donde estoy montada en un caballo.

Cuánta elegancia
en esa montura.

Sus amigas de la infancia
Aura Fe Ron

y Zoraida Flores,
damas de honor

de Gardenia Rojas,
reina del Carnaval.

PÁG 20

También iba con María Jiménez a esas fiestas de El
Guamo. Y serenatas recibí de más. En Guanape, en
los primeros de febrero, la primera serenata era para
mí, cuando salían a tocar a las siete de la mañana. Del
Valle, de Boca de Uchire… En Guanape me llevaba
serenatas Benítez, también un muchacho de Maracay
que llegaba a casa del compadre Gabino… pero ese era
con acordeón. En Boca de Uchire, un muchacho llama-
do Javier Castellanos. Del Valle venían Matute, Luisito
Itriago… Cantaban esas canciones de antes, bonitas.
Iba a los bailes de las fiestas patronales con la señora
Montilla —la esposa del juez Sergio Montilla, el que
casó a Berta—; también iba con Alicia. Hacían los bai-
les en casa de doña Isabel, donde mi tío Manuel, casa
de don Pedro Chacín, allá abajo donde doña Gertrudis.
Mamaíta nunca fue. Yo bailaba con gente de Guanape,
Pedrito Chacín, Rómulo López, George Sayeh, Arman-
do Espinoza, que bailaba bien bueno los pasodobles;
también venía gente de Valle Guanape, José Rangel,
Luisito Itriago, don Ramón Medina, Salomón Díaz, y
de San José de Guaribe venían unos cuantos: Ciro Es-
pinoza, Agenor, Héctor Rojas, los hijos del Negro Ro-
jas. Antes venía mucha gente de Guaribe, ahora es que
poco vienen. Los bailes los hacían en casas de familia,
ahora es que se echó a perder con el Centro Cívico,
que va titirimundachi, el perro, el gato, el conejo… Esas
no eran fiestas de mediopelo. Ahí no se metía nadie.
Una vez se metió el papá de aquella maestra de Puerto
Píritu, se metió en el baile y lo sacaron porque andaba
mal vestido. Los hombres tenían que ir con liqui-liqui
y flux, y las mujeres con su vestido de fiesta. Bailaban
Leila, Amalia, Alicia, Lobelia, Yori. Ella siempre venía a
las fiestas. También bailaban Jóvito Martínez y Alejan-
dro Anato…

PÁG 21

CAMILA

De haber tenido la oportunidad,
¿qué le hubiese gustado estudiar?

Me gustaba visitadora social, que antes se estudiaba
con sexto grado. La maestra que yo tenía cuando estu-
diaba en Barcelona, que se llamaba Conchita Calderón
de Oliveros, me preguntó qué quería estudiar y le dije
que visitadora social. Ella habló con mi mamá, pero mi
mamá no quiso. En Barcelona estudié quinto grado.
Vivía en la casa de Aurora, la mamá de Ligia Aguilar,
en la calle Bolívar, al lado del puente Cayaurima, y la
escuela quedaba en la calle Juncal. Cuando iba a estu-
diar sexto grado me cambiaron a la Escuela República
de Chile, pero me enfermé y mi mamá me fue a buscar.
Ella se enteró porque David Carmona pasó por allá y
me encontró con gripe y fiebre, y le fue a decir a mi
mamá: «Allá está aquella muchacha con un fiebronón».
Y como ellos se fueron para Lechería y nos dejaron
solas a Ligia y a mí, al otro día ella me fue a buscar.
Bueno, el caso es que mi maestra Conchita, quien por
cierto era familia de Manuel Ramos, ella era Calderón
Chacín y era de Barcelona, vivía en una casa grandísi-
ma y yo siempre iba a su casa porque ella me decía que
le fuera a ver a la niña. La dejaba con su mamá, pero la
mamá estaba mayor y enferma, y a la hora del recreo
íbamos Lucrecia Catamo, otra amiga y yo a darle vuel-
ta. La casa estaba cerca de la escuela, en la calle Juncal.
Ella me dijo a mí: «Bueno, Amada, tienes la oportu-
nidad de estudiar. Yo me voy a cambiar para Caracas.
Habla con tu mamá». Entonces mamaíta empezó a
pedir opinión a mi tío Manuel y a Pompeyo. Y mi tío
Manuel dijo: «¡Te vas a quedar sola, Juana! ¿Qué va a
hacer con estudiar? ¡Te vas a quedar sola!».

PÁG 22

Y Pompeyo lo mismo, a él nunca le gustó ni siquiera
que sus hijos estudiaran. Entonces, cuando la maestra
fue a buscarme a Guanape, ella dijo que no. Fue con
Julio, el esposo. Ella tenía solo una hija, que se le mató
en el accidente en el que murió el obispo Paparoni.
Ellos chocaron con el carro en el que iba el obispo y
murió la niñita, que tenía como tres años. Cuando pasó
eso ya yo me había ido para Guanape, pero después fui
a Barcelona, a casa de ella. Primero le di el pésame por
un telegrama y el esposo me contestó. Después mamaí-
ta quería que me fuera con Gisela para Caracas, pero
no me quise ir porque allí lo que había era puro hom-
bre. Mi tía Mercedes me dijo: «No, mijita, no te vayas.
Esos son mis sobrinos, pero son unos bandidos». Una
vez me salió un puesto de maestra en El Pájaro, pero
Celestino no quiso. Como las maestras antes tenían
que ir viernes y sábado a Barcelona a hacer cursos,
empezaron a hablar. Entonces él dijo: «¿Para qué?
¿Para que te cojan en lengua como hicieron con Flor?».
Por cierto, que Alfonso les daba clases a ellas, a Flor,
a Freya y a Isabel Padrón; él las orientaba. Yo lo que
quería estudiar era visitadora social, que antes era con
sexto grado y eran dos años. La hermana de la maestra
Conchita, que se llamaba Julieta Calderón, era directo-
ra del colegio donde esto se estudiaba en Caracas.

A los catorce años,
con sus primas
María Jiménez
y Ligia Aguilar

en el patio de la casa
de esta última,

donde vivió mientras
estudiaba en Barcelona.

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GUSTAVO CELESTINO

¿Quiénes fueron sus mejores
amigos de la juventud y qué
recuerdos tiene de ellos?

¿Amigos o amigas? ¡Tantos que tuve…! Mis mejores
amigos fueron Leila Sayeh, Pedro Antonio Ron,
Rafael Ernesto Martí, que ahora es Rojas… Pedrito
Chacín… Y tantas amigas que tuve… Amalia, Acacia,
Zoraida, Magnolia Mata, María Jiménez, Otilia Jimé-
nez, Otilia Sánez, Alida Martínez, Gardenia, las moro-
chas Chacín, Maura Martínez, Antonieta Santamaría,
Mercedes Arbeláez, Ligia Bernáez. Recuerdo que entre
todos íbamos a buscar ciruela, parchita, jobo. Otro
amigo era José Tomás Armas. También íbamos a fies-
tas, a los bailes. La que bailaba mejor era Maura y la
más chistosa era Aura Fe. Tenía unos chistes… Toditas
éramos alegres. Enrique Rodríguez cantaba y una her-
mana de él, Brunilda, también cantaba y tocaba guita-
rra grande. Bello cantaba… Bueno, canta, todavía está
viva. Otra persona con la que hice amistad fue la doc-
tora Seputis, que fue médico en Guanape. Se llamaba
Irene Babianska de Seputis y era rusa, de Rusia. Tuvo
que hacer la reválida para poder trabajar en Venezuela.
Hice mucha amistad con ella y andábamos con el hijo
para arriba y para abajo, con el muchachito, que estaba
pequeñito. Ella llegó primero con el hijo y el esposo,
y después se trajo a la familia, a la mamá, y a Eduardo,
el hermano… vivían en la casa de Emilio Sánchez y
ahí tenían una incubadora y sacaban pollo y vendían
pollo. Yo tendría doce o trece años y nos la pasábamos
allá Zoraida y yo, casa de ella. Y después, cuando se
fue para Jusepín, ella siempre me escribió, y cuando
se fue para Puerto Nutrias también me escribía.

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Y yo le contestaba. Quería que me fuera para Puerto
Nutrias con ella, pero mamaíta no me quería dejar ir.
Duró tres años en Guanape. La última vez que la vi fue
en Caracas, en la Lagunita Country Club, donde ella
vivía. Leticia me llevó.

María Jiménez,
Lastenia Ron

y nuestra madre,
de quince años,

con el pelo rizado
por la permanente.

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AMANDA

¿Cómo conoció al abuelo
Celestino y cómo la enamoró?

Bueno, lo conocí desde pequeña, cuando llegué a Gua-
nape. Yo tenía siete años y vivía donde mi tío Manuel,
en la casa de la plaza, y él vivía, no sé, creo que en la
casa de su abuela Ramona. No vivía en El Alto porque
esa casa no era tan vieja. Lo vi por primera vez en la ca-
lle, en Guanape, cuando pasaba por la calle. No sé qué
hacía. Él usaba pantalones largos. No recuerdo haberlo
visto en la escuela; él salió primero que yo. Nosotros
fuimos compadres de papelito cuando yo tenía doce
años. Antes, en enero, hacían unos papelitos para los
compadres, así, fulano con fulana y yo salí con él, y a
Adela la pusieron con Pedrito Chacín. Me acuerdo que
me regaló un jueguito de vajillita y yo le regalé una
gallina negra. Las vajillitas las vendía Manuel Espi-
noza en casa de doña Ramona Rojas. Nos reuníamos
donde doña Isabel y Alicia hacía los papelitos. Cuando
yo tenía catorce años andábamos en el carro de él, en
el Reo, jugando carnaval. Estábamos toditas: Amalia,
Leila, Otilia Jiménez, y nos fuimos para Mayares a ju-
gar carnaval. Había una rockola y bailamos mojaditas,
y María Zacarías, la dueña de la rockola, se puso brava.
Mamaíta se puso bravísima. Ya yo vivía en la casa.
Él pidió mi mano porque Chucho, que estaba viviendo
en la casa, comenzó a decir: «¿Qué es esa visitadera?».
Chucho le preguntó después y él habló con mamaíta.
Con Pompeyo no habló. Me casé cuando tenía die-
cisiete años y nos fuimos a vivir a El Alto, en Campo
Alegre.

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Papá todavía soltero
con los primeros hijos
de Pópulo Armas.

Artífice de «la visitadera».

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CAMILO

¿Cómo fueron los partos de
sus hijos, a qué horas nacieron
y quién les puso los nombres?

Todos mis partos fueron naturales. El que más me
costó fue el de Violeta porque venía de nalgas y tenía
cinco kilos. Era grandísima y gorda. Yo me acuerdo
que asomó las nalgas y María Nicolasa dijo: «¡Ay, es
una pelona!» y mama Lucía le hizo así, que se callara.
El que nació más rápido fue Leopoldo y fue el único
embarazo en el que tuve antojos. Bueno, todos mis
hijos nacieron llorando. Dime cuando Armando nació,
pegó unos chillidos y los perros, parados en la ven-
tana, ladrando. Doña Ramona decía: «Llora como un
cochinito», y esa perrera latiendo. Gladis, Leopoldo
y Armando eran los más glotones, los que tomaban
más teta. El primero en caminar fue Leopoldo, que lo
hizo a los nueve meses. Maribel era llorona e inquieta;
Marisela era quietecita. Leopoldo también era inquie-
to. Eso sí, hambrientos todos; todos se despertaban
con hambre. Ninguno de ellos durmió en cuna, todos
durmieron en chinchorro. Primero en la cama y luego
los pasaba al chinchorro porque había mucha calor.
Gladis era la más dormilona. No fueron enfermizos,
a pesar de todo. Violeta sí se enfermó cuando tenía
tres o cuatro años; me le dio gastroenteritis y tuve
que hospitalizarla. Eso fue el día que mataron a David
Carmona, por cierto. Armando llegó en la mañanita
y dijo: «Sucedió una desgracia en Guanape», y Celes-
tino dijo: «¿Qué fue? ¿Qué pasó?». Había un mitin de
Acción Democrática; nosotros fuimos al mitin y como
a las once nos fuimos para Campo Alegre. Entonces
Armando llegó en la mañana y dijo: «El compadre Elio

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se echó una vaina. Mató a David Carmona». Eso fue
un 16 de junio cuando mataron a David. Nosotros nos
estábamos acomodando para irnos para Barcelona con
Violeta enferma. La llevamos a la Clínica Zambrano
y ahí duró 15 días hospitalizada. Estaba mamaíta en
El Tejero, con Pedro Jesús y María Guzmán, y se vino.
Pedro Jesús era telegrafista en El Tejero. Recuerdo
que Violeta estaba grave y decía: «Papá Armando,
papá Armando, papá Armando», llamando a Armando.
Gustavo nació cuando el terremoto, bueno cuando
ocurrió ya había nacido. Por eso era que le decían
«Terremoto». Él nació como a las siete y el terremoto
ocurrió como a las siete y media. Recuerdo que mi
tía Chucha estaba allá, en la ventana, y así se movía.
Doña María decía: «Vamos a sacar a Amada», y enton-
ces doña Piedad dijo: «Esta casa no se cae, primero se
caen las rurales que esta casa». Estábamos en la casa
de Ramona Arbeláez. Estaban Celestino y Armando
en el Ciento comprando ganado. Esperando el varón y
nada que salía y Celestino decía: «¿Y tú no vas a parir
varón?». Eso lo dijo cuando parí a Marisela y ya eran
cuatro hembras. Doña Ramona dijo: «¿Cómo no va
a parir varón? Ese que viene va a ser varón». Los pri-
meros pantaloncitos que se puso Armando se los hizo
doña Ramona Arbeláez. Como ella cosía de hombre,
le quedaban telas caquis y le hizo unos pantaloncitos
con unos tiritos. Ella decía que antes de morirse quería
conocer un hijo de Celestino que fuera varón. Tam-
bién le hacía unas camisitas de cuadritos. Gladis nació
de día, a las dos de la tarde; Violeta en la mañanita, a
las siete; Maribel y Marisela de madrugada; Arman-
do en la mañana; Leopoldo a las cinco de la tarde;
Gustavo nació en la tardecita, y Hernán José nació
al mediodía. Aquí me acompañó la comadre Chepita.

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Mis otras parteras fueron mamá Lucía, Ramona Quia-
ro y Columba Morfe. Gustavito nació en la noche y
Nené Carmona nació al día siguiente en la mañana, de
allí se fue la comadre Columba a partear a Rafaela. A
Gladis le puso el nombre su papá, a Armando también;
a Violeta se lo puso María Nicolasa y el Mireya se lo
puse yo; a Marisela se lo puse yo, a Maribel también; a
Leopoldo se lo puso Armando porque María Simona
le dijo que se lo pusiera. Gustavito se llamaba Eduardo
Aquiles, pero cuando Celestino vendía ropa le fio unas
camisas a Eduardo Ávila, el que trabajaba allá —bue-
no, ya no trabajaba allá, estaba donde don Ernesto—,
y no se las pagó. Entonces me dijo: «Le quitas el nom-
bre al muchacho que los Eduardo son unos pícaros.
Vamos a ponerlo como te dijo el musio». Porque el
árabe que nos vendía, que nos vendió la cama y el
escaparate, me dijo: «Cuando des a luz lo pones Gus-
tavo, como mi hermano», me dijo el musio Pedro San.
El Aquiles se lo puse yo. A Hernán José se lo puse yo
porque me gustaba ese nombre.

Gladis, Maribel y Violeta
vestidas por la modista de mamá:
la madrina Luisa.

PÁG 30 Armando Celestino en caballito,
todo un clásico

del álbum familiar.

JUAN ROBERTO

¿Qué pasó por su cabeza cuando
vio a su primera hija recién nacida?

Me alegré, claro, era la primera hija. Nació el 19 de
octubre de 1958. Allí estaban mamá Lucía, Celestino,
y también Irma. Emiliana fue después. Ella nació en
El Alto, a las dos de la tarde. Mamá Lucía, que fue la
partera, cuando la vio dijo: «¡Ay, es hembra! Está gran-
dota». Y Gladis no era grandota; era pequeñita, gordita
y de un color bonito. Celestino dijo: «Se parece a mí,
igualita a mí». Sí tenía pelo, negrito… Mamaíta dijo:
«Parece una monita», porque era peludita, peludita,
peludita. ¡Cómo tenía pelo en la espalda esa mucha-
cha! Sería por eso que me daba tanta acidez. Nació
llorando y comenzó a comer enseguida; tragona desde
chiquita. En cuanto nació me la pegué de la teta y más
nada. La primera ropita que se le puso fue un vestidito
rosado y la vistió mamá Lucía, quien se quedó dos días
conmigo. A Gladis la cuidó Emiliana. Emilia estuvo
tres años conmigo, primero dos y después uno. Celes-
tino le puso el nombre completo: Gladis Elena.

Gladis Elena en su silleta de cuero.

PÁG 31

Le gustaba ese nombre. Él tenía dos nombres: «Si es
varón se va a llamar Armando Celestino, y si es hem-
bra, Gladis Elena». Los tenía anotados en un papel que
cargaba en la cartera. Cuando pequeñita Gladis era
lloronísima; sí lloraba. Siempre ha sido llorona. A Gla-
dis desde chiquita le gustaron los animales. Tenía una
gallina que le regaló Emiliana; fue su primera gallina.
Era una polla amarilla pintadita, me acuerdo clarito.
Se la trajo Emiliana de Mayares. «Esta es pa’ Nenena».
Ella le decía así porque Eduardo le decía Nenena. Emi-
liana se llevó a Eduardo, que estaba chiquito, y a Omar
lo dejó con María Matea. Gladis se la pasaba metida
en la casa de Lázaro. Cuando estaban chiquitas se
iban solas para la casa de Lázaro a comer mayas, maíz
tostado, melón… Yo iba en la tardecita a buscarlas.
De allá venían sucitas, llenas de maya y de harina,
tiznadas. La única casa que había era la de Lázaro.
Ah, y para la casa de mi madrina Luisa que íbamos
siempre. Gladis jugaba con muñecas y la primera que
tuvo era de plástico, me acuerdo clarito. Después de
grande era hacendosa.

Lo de «hacendosa»
no se le ha quitado.

PÁG 32

ÁNGELA

¿Qué sintió al nacer mi padre?

Dolor, ¿qué iba a sentir? El parto fue bueno y él pesó
tres kilos y medio. Leopoldo era largo; más gordo era
Armando. Nació en la casa de abajo, en Campo Alegre,
y su primera ropita fue azul. Era blanquito, rosadito
y pelón. Cuando estaba embarazada de Leo me dieron
unas ganas de comer… me acuerdo que nos fuimos para
Pajuizal, unas frutas así, y con la primera que me comí
me fui en vómito. Las vi así, íbamos por el camino y me
dieron ganas de comer, y Celestino me tumbó dos. Solo
con Leopoldo me dio antojo, porque las vi en el cami-
no. El nombre de Leopoldo se lo puso Armando por
su hermano. Yo ni sabía que se iba a llamar Leopoldo y
cuando trajo la partida de nacimiento, me dijo: «Le puse
Leopoldo porque María Simona me dijo que le pusiera
Leopoldo Celestino». El parto más fácil fue el de él, que
de broma no lo parí sola porque el río estaba crecido y
Armando no se apuraba con la partera. La partera fue la
comadre Columba. Las novedades empezaron en el río,
eran como las tres de la tarde y yo no me podía parar.
Me pararon Ofelia y Antonieta: «Ay, no, esta va a parir».
Y me fui para la casa, y llueve y llueve y llueve. Oswaldo
fue a decirle a Armando para que llevara a la partera.
Celestino estaba para Uchire. Cuando llegó ya estaba
parida y me dijo: «¿Por qué no me dijiste?». «¿Y cómo te
voy a decir si yo no tenía novedades cuando te fuiste?».
Como él se iba a las cinco de la mañana…

A este muchacho buenmozo
por poco lo pare sola.

PÁG 33

MELANY

¿Qué era lo primordial para
usted en la crianza de sus hijos?

Que respetaran, que fueran respetuosos…, que fueran
obedientes, eso es lo primordial. Respetuosos con los
mayores, porque yo me fijaba que esos muchachos…
que fueran respetuosos con su papá. Que las mucha-
chas fueran hacendosas.

Marisela fue una niña
«tranquila» y «oficiosa».

Gustavo Aquiles,
siempre presente.

PÁG 34

AMÉRICA

¿Qué anécdotas puede contar
de mi abuelo Celestino?

¡Ay, figúrate! Sus bromas con Clodomiro. En eso se la
pasaban, como marido y mujer. Una vez Clodomiro
le puso una picha en la puerta del carro y Celestino
se iba volviendo loco porque cada vez que el carro
se movía la picha se movía. Y cuando iban a montear
Celestino lo dejaba solo y le apagaba la linterna. Con
Clodomiro hay muchos cuentos, como el de Lelia. Le-
lia, que entonces era la maestra de ellos en Las Varas,
los mandó a botar su bacinilla y ellos no quisieron. Se
echaron a correr y Leila se fue detrás de ellos con un
palo, como una loca. Y de muchacho, no se había casa-
do todavía, Clodomiro y él cruzaban el río crecido, en
bicicleta, sobre un palo atravesado. Iban de un lado a
otro. Le iban a avisar a María Nicolasa y ella comenza-
ba a pegar gritos en el río. Esto de cruzar el río crecido
también lo hacía con los carros, como con la camione-
ta Chevrolet verde que tenía. También recuerdo que
contaba cuentos de muertos en la casa de doña María
Simona. Eso era cuando muchacho. Sonaban las puer-
tas desde la cocina hasta el cuarto. Lobelia también los
sentía. Era muy maniático con las plagas. A la hora que
lo picaban las plagas se mudaba. Si las plagas picaban
en la casa rural a las cuatro de la mañana, se recogía el
peretero y nos íbamos para la casa de abajo, en Campo
Alegre. A él le gustaban mucho los gatos. También los
perros, pero más los gatos. Le fascinaba recoger gatos.
Una vez trajo dos de casa de los Felice, de Cerro Ver-
de. También le gustaban los araguatos. A la casa trajo
uno y le puso de nombre Leonel. Y trajo un zamuro
para evitar la peste de las gallinas. Después lo mandé

PÁG 35

para Murgua porque se puso bravo y quería picar a las
muchachas. A Evangelina le hacía maldades, como la
vez que le dio dulce de lechosa caliente y ella se que-
mó la boca. Y él muerto de risa. A Rondón le sacaba
las muelas. Llegaba Rondón borrachito con un dolor
de muela para que se la sacara y él se lo llevaba para el
lavandero, le decía que se echara un palo de ron y se la
sacaba con el alicate. Y Rondón tranquilo.

Papá en una foto carnet.

PÁG 36

JESÚS ERNESTO

¿Usted ha sentido cosas raras
en las casas donde ha vivido?

En El Alto, en Campo Alegre, cayó una cosa en el
corredor, dos veces. Porque cayó la primera vez cuando
Nelson, que en paz descanse, estaba allá. Y lo oímos.
Entonces yo siento que Nelson se mete en la cama y le
dije: «Muchacho, ¿qué es eso». Él dormía en el corre-
dor que da hacia la carretera y cuando sintió se fue
en una carrera para el cuarto. Después lo volví a oír y
estaba doña Marcela Ávila conmigo allá. Me acuerdo
que le dio una nalgada a la pobre Gladis, que estaba
dormida. Ella me dijo: «Esa es una cosa mala. Vamos a
darle una nalgada a la muchachita para que vea que se
va». Después pegó el berrido ese bicho y salió. Abrió
la puerta de golpe y pararás, pararás, pararás, se oía
la carrera. Ahí también, debajo de una mata que tum-
baron para parar la casa nueva, vi unas tres o cuatro
veces una luz azul que se levantaba como tres metros
de alto. Solamente la vi yo, más nadie la vio. En la
casa de Ramona Arbeláez sentía que sacaban agua de
la tinaja y la echaban en el vaso. Sacaban agua con un
cucharón, se oía clarito cuando sacaban, destapaban,
cerraban, le ponían la tapa a la tinaja, y cuando abrían
las gavetas del negocio. Anteriormente había un ne-
gocio allí, que era de Adriano, por cierto, pero antes
había un negocio de un señor que había alquilado.
Se oía que sacaban la gaveta y se ponían a hojear un
libro, el cuaderno donde llevaban las cuentas. Eso lo
oí yo bastantes veces ahí. La bodega estaba pegadita al
cuarto donde yo dormía. En la casa del monte oímos
al hombre sin cabeza, que venía de Trompillar en un
burro. Ah, y sacando agua y botando agua del cilindro

PÁG 37

también, clarito se oía, del cilindro de la esquina. En la
casa de María Simona se veía allá al fondo una mu-
jer vestida de blanquito. Y la mujer se veía que venía
caminando del fondo hacia la mata de greifrú. Hasta
ahí llegaba la mujer. Cerraban una puerta y la abrían y
cerraban la otra puerta, empezaban desde la cocina, y
cerrar puertas y cerrar puertas… Y en la casa del monte
también vimos una mujer encima del carro de Celesti-
no, vestida de blanco. Ahora, qué raro, en la casa no he
sentido nada. A la hora que sea yo me paro. Aura Rosa
me decía: «¿A ti no te da miedo dormir sola?». «No chi-
ca, qué va». En la casa de Chúa, al lado de la maestra
Eleazar, cuando se enfermó Hernán José, esa noche,
se oyó una cosa roncando como una cochina. Pero eso
y que lo sentía la gente, los demás. Como una cochina
roncando y al otro día fuimos a ver y nada. Esa noche
enfermó Hernán José con la fiebre.

En sus quehaceres hogareños.

Ella no se asusta
ni con las culebras…

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JUNIOR

¿Con quién aprendió a preparar
remedios caseros y cómo los hace?

Aprendí de remedios caseros viendo a mamaíta y a
mi tía Mercedes, y comencé a hacerlos con mis hijos
chiquitos. También mi tía Chucha y Mercedes Aguilar,
la mamá de Otilia, los preparaban. Toda la vida me han
gustado los remedios naturales y tengo un montón de
libros. Uno que me regaló Marisol es bien bueno. El
jarabe que más he hecho es el de sábila para la gripe,
que es con clavo especie, guayabita y ron blanco. Se le
pone un cuarto de ron y guarapo de papelón. Del otro,
del jarabe de lengua, mis hijos saben demasiado. Al
nieto de la comadre Dilia, a Aitor, al hijo de Inés Mar-
tínez y a un muchachito de Mayares les curé el asma
con un remedio de sábila, jengibre, un poquito de ron
blanco, miel y un poquito de aceite de oliva. En un
frasco se pone la sábila bien lavada, cortadita en trozos
o licuada, y se le meten todos los ingredientes ahí. Lue-
go se pone al sol y al sereno por una semana. ¡Tantas
matas de remedio que hay! Para la ronquera, se cocina
la salvia con la sábila y se toma. Las gárgaras de salvia
sirven para la amígdalas; igual que las de manzanilla
y las de concha de granada. La manzanilla también es
buena para el estómago. La cargazón de la cabeza en
los niños se cura con fregosa y la gripe con baños de
borrajón y fregosa. La brusca la usan mucho para los
dolores articulares, para la artrosis, la artritis, para for-
talecer los huesos, cuando se tienen fracturas… Y para
la gripe. Doña María Simona se ponía hojas de brusca
para el dolor de cabeza. Cuando los niños botan sangre
por la nariz se les pone vinagre en la frente. Las hojas
de casco de vaca y de cundeamor se cocinan y esa agua

PÁG 39

PÁG 40 se toma para la diabetes. La verbena o berbería se usa
para la sinusitis; se hierve la hoja y se lava la cabeza, y
con las hojas de lengua de Baco o las hojas de chícha-
ro se lavan la cara y la cabeza. Para bajarles la fiebre a
los niños se les coloca periódico con Vaporub en los
pies y se les ponen las medias. Para la diarrea se toma
un guarapo de fregosa con escobilla y guayaba. Y los
baños con fregosa quitan la cargazón y la gripe. La
hoja de guanábana con aceite se calienta y se coloca
en las paperas. El llantén es bueno para la tos de los
niños, para la inflamación de las articulaciones y para
el estómago. Para los parásitos, se rallan piña y coco
y se mezclan con leche. Para purgar se hace un té con
sen y leche de magnesia. Para la garganta se bebe el
té de cebolla y limón, y también el tomillo con miel.
Para las hemorroides, se pone a sancochar la fruta de
aguacate y se toman baños de asiento; se hace lo mis-
mo con el dividivi y la hoja de algodón de seda. Con
el dividivi también se hacen gárgaras para la garganta,
porque es astringente; igual con la sangre de drago.
Una picada con ají picante se alivia frotándose un
pedazo de papa pelada en la parte afectada. El agua
de hoja de mango sirve para desinflamar y para poner
los pies cuando se tiene dolor de cabeza. La concha
del guásimo para la diarrea de sangre y la hoja de
parchita para el insomnio. Para las hernias, se toma
la medida con un pedazo de la concha del tallo de la
ciruela y se pone en una mata de ciruela. A Violeta yo
le medía la hernia y después, donde sacaba el pedaci-
to, ahí lo ponía al revés. Para los clavos de los pies o
espolones, se hace la medida del pie en una hoja de
tuna como si fuera una plantilla, se pone al sol y en lo
que se seque ya está curado. A Gladis Elena le gustan
los remedios caseros… Ahora la gente no usa eso por-
que y que es de indios.

Media familia
de visita en Caracas,
con abuela Juana,
tío Cristóbal, Yamila
y Cristóbal Eduardo.

En lo suyo:
entre hojas y flores.

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LEOPOLDO ARMANDO

¿Cuál es el secreto
de sus frijoles mágicos
y por qué cocina tan sabroso?

Aprendí a cocinar los granos con mamaíta y con mi tía
Mercedes, y el secreto para que no se dañen es dejar-
los sequitos y quitarlos de la candela, de lo caliente.
Así hacían antes cuando no había nevera. Se dejaban
afuera y no se echaban a perder. El asopado de pollo lo
aprendí a hacer en la casa, poco a poco; con Irma me
ponía a hacer el pisillo de venado; veía en la casa de mi
mamá cómo hacían las hallacas, pero como a ella no le
gustaba que uno se metiera en eso… después aprendí
de tanto hacerlas; con ella también aprendí a hacer el
cuajao de morrocoy… Lo que más me gusta preparar es
la carne al caldero, las hallacas... La carne al caldero la
aprendí a hacer porque una vez me trajeron una carne
y la hice así, me gustó y me quedé haciéndola. Para
hacerla, adobas un trozo de carne, la pones a sanco-
char con todos los aliños, le echas cebolla, ajo, comi-
no, todo, ella va hirviendo y cogiendo todo ese gusto,
de manera que se seque y ella se hace con su misma
manteca. El agua que la cubra. La carne debe tener un
poquito de grasa; si es carne solita queda muy seca.
Con esa mantequita ella se cocina y coge todo el gusto.
La llama se pone bajita y entonces ella se va asando en
el caldero. También me gusta hacer picadillo, sopas,
cocinar granos… Bueno, esas comidas que son criolli-
tas. Me gusta hacer la sopa de lagarto, de costilla, de
gallina, con bastante verdura para rendirla. El secreto
de la sopa es no echarle tantísima agua porque des-
pués no sabe a nada. De los aliños, hay que echarle
ajo, yerbabuena, cilantro, cebolla, comino, para que

PÁG 42

quede buena. Al picadillo hay que ponerle cebollín,
yerbabuena y cilantro, de las hierbas; lo demás son los
aliños, que si ajo, que si comino… Y que quede bueno
de sal. También con mi tía Mercedes aprendí a hacer
los ajiceros, pero allá le ponían suero. Un ajicero se
prepara así: se le pone vinagre y guarapo de papelón o
de azúcar, mitad y mitad. Se echan los ajíes, pimienta
en grano, un poquito de aceite, orégano seco y ajo.
Cuando está listo hay que dejarlo al sol y al sereno
por ocho días. El secreto del ajicero es no olerlo; si lo
hueles, se pone malo.

Por los lados de Murgua,
con su querida tía Mercedes
y los hijos enmantillados.

En la cocina,
buena mano y buena boca.

PÁG 43

JOSÉ GREGORIO

¿Cuáles son sus santos
más milagrosos y qué significan
las promesas para usted?

La Rosa Mística, José Gregorio Hernández es muy mi-
lagroso, San Antonio… Cuando uno pide y le concede
a uno, figúrate. Yo, por ejemplo, le he pedido a San An-
tonio y me ha concedido. Lo que pasa es que la gente
me deja quedar mal. Claro, porque puedo ofrecer velas
y después no quieren pagar la vela… Carlos Martínez
la otra vez, no sé qué se le había perdido… la llave del
carro. Y le dije: «Bueno, yo le voy a pedir a San Anto-
nio que te aparezca la llave». Y encontré la llave. «Aquí
está la llave, Carlos». Ahora él cree en San Antonio.
Pagó la vela. Cristóbal sí duró para pagar esa vela
cuando se le perdió la llave del carro también. ¡Mucha-
cho! Más de siete meses para pagar esa vela. Duré siete
meses entre Caracas y San Antonio y no había pagado
la vela, entonces cuando llegué le dije: «Tienes que pa-
gar la vela». «No, que tengo el carro malo, que yo no sé
qué». Y le dije: «Porque usted no le paga la vela a San
Antonio. Mientras no pague la vela el carro no se le va
a componer». Y José Gregorio es milagroso. A la Rosa
Mística le tengo fe. Le he pedido para otras personas
y me ha concedido. Yo, por ejemplo, soy devota de la
Rosa Mística, todos los trece le prendo su velita y el
trece de julio es el cumpleaños de ella. Pensaba hacer
la broma en casa de Junior, pero no se ha podido. Si es-
toy viva el otro año, sí. Hice una promesa que se ofre-
ció y ya Junior le hizo su nicho, se lo mandó a hacer.
Él va a comprar la Rosa Mística y vamos a inaugurarla
el trece cuando ella cumple años, si Dios quiere y la
Virgen. Que Dios me dé vida, si no que Violeta lo haga.

PÁG 44

Yo se lo ofrecí con tal que pudiera pagar esa finca. Él
ya le hizo el nicho, lo que pasa es que le hizo el nicho
muy pequeño y la que fuimos a ver en San Antonio es
demasiado grande, entonces le dije a Violeta: «Vamos
a hacer una cosa: yo les doy la mía, porque a mí me
regalaron una de este tamaño, y ustedes me compran
la grande». La mía sí cabe. Bien bonito le quedó el ni-
cho. Lo hizo allá debajo de la ceiba. Yamila me regaló
un libro en el que sale una oración bella. Tengo una,
pero esta está bonita porque es dándole la bienvenida
a la Rosa Mística. Cuando uno hace una promesa tiene
que cumplirla. Por ejemplo, uno le ofrece a un santo
una vela, una misa, uno tiene que cumplirla. Es un
compromiso.

Siempre con sus santos.

El nicho de sus devociones.

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ROBERTO AQUILES

¿Qué le hubiese gustado
haber hecho en la vida?

¿Qué me gustaría? ¿Más de lo que he hecho? Todo lo
que he hecho me gusta. Me gustaría viajar para cono-
cer, conocer países. También hay estados que no co-
nozco. Me gustaría, me hubiera gustado, ya no… Bue-
no, a Mérida fui. Me hubiera gustado ir a Maracaibo,
me hubiera gustado ir a… ¿Dónde es que está lo de José
Gregorio Hernández? Para Isnotú... Gustavo era quien
me iba a llevar para Isnotú. Y luego José Gregorio me
había ofrecido llevarme, pero qué va... Me hubiera gus-
tado conocer otras cosas que no he visto.

En el México
de sus amores,
con Aitor,
Armando José,
Karelys, Armando
y Rafael Ángel.

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GUSTAVO ARMANDO

¿Cuáles travesuras de sus nietos
recuerda y de ellos quién
ha sido el más tremendo?

Jesús Ernesto y Gustavo Armando fueron los más tra-
viesos, tremendos. Recuerdo cuando Jesús Ernesto le
tiró la culebra a Maricruz. Él tenía una tragavenado…
Violeta le había dicho a él que la soltara, pero no la
soltó. Fue y se la tiró a Maricruz y Maricruz se trancó,
no pudo hablar, se vino para la casa y me hacía señas,
pero yo no sabía lo que me decía. Y el muchachito que
venía con ella sí me dijo: «No, que Jesús Ernesto le tiró
una culebra». De broma no se murió, se le trancó, no
podía hablar esa muchacha y yo estaba asustada, ¡Dios
mío! En el negocio se la tiró… De Jesús hay tantas tra-
vesuras que ha hecho. Una vez con un muchachito que
estudiaba con él… ya es un hombre, hijo de la Catira
Justina. No recuerdo la palabra que me dijo de Jesús…
«Su nieto no sé qué… que no me diga nada porque se lo
voy a joder». Como que fue Oscar, el hijo de la Catira,
bravo con Jesús. Gustavo Armando hizo travesuras
como todo muchacho. Juan Roberto lo que hace es
echar broma, como en la fiesta de Ángela. Salvador
también era medio tremendo y Camilo siempre ha sido
muy quieto. Aitor también tranquilo… bueno, la vez
que Gustavo Armando peleó con Aitor en Guanape.
Yo no sé por qué, cuando me di cuenta los vi guin-
dados en el porchecito, pero Aitor siempre ha sido
tranquilo. Y Rafael cuando agarraba los sapos allá en
Guanaguana. Y Amanda lo que es es malcriada. Aho-
ra y que no es malcriada, me dijo. Y yo le dije: «¿Con
quién vas a pelear, pues?». A menos que vaya a pelear
con el pobre Capitán... Camila cuando estaba chiquita

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era traviesa, le quebraba todo a la mamá, los perfumes
se los quebraba; le encantaba jurungar cuando estaba
chiquita. Los morochos son bravos, pero son tran-
quilos. Gustavo es más bravo que Roberto. Ángela y
Leopoldo Armando han sido tranquilos. De Aimée no
sé… ella se fue chiquita de la casa y después venía era a
pasar unos días. Traviesos no sé, porfiaos sí son. Tam-
poco han sido malamañosos.

Los más tremendos,
pero no malamañosos.

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