Capítulo 79—“Consumado es”
Cristo no entregó su vida hasta que hubo cumplido la obra que [707]
había venido a hacer, y con su último aliento exclamó: “Consumado
es.”1 La batalla había sido ganada. Su diestra y su brazo santo le
habían conquistado la victoria. Como Vencedor, plantó su estandarte
en las alturas eternas. ¡Qué gozo entre los ángeles! Todo el cielo
se asoció al triunfo de Cristo. Satanás, derrotado, sabía que había
perdido su reino.
El clamor, “Consumado es,” tuvo profundo significado para los
ángeles y los mundos que no habían caído. La gran obra de la
redención se realizó tanto para ellos como para nosotros. Ellos
comparten con nosotros los frutos de la victoria de Cristo.
Hasta la muerte de Cristo, el carácter de Satanás no fué revelado
claramente a los ángeles ni a los mundos que no habían caído. El
gran apóstata se había revestido de tal manera de engaño que aun
los seres santos no habían comprendido sus principios. No habían
percibido claramente la naturaleza de su rebelión.
Era un ser de poder y gloria admirables el que se había levantado
contra Dios. Acerca de Lucifer el Señor dice: “Tú echas el sello a la
proporción, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura.”2 Lucifer
había sido el querubín cubridor. Había estado en la luz de la presen-
cia de Dios. Había sido el más alto de todos los seres creados y el
primero en revelar los propósitos de Dios al universo. Después que
hubo pecado, su poder seductor era tanto más engañoso y resultaba
tanto más difícil desenmascarar su carácter cuanto más exaltada
había sido la posición que ocupara cerca del Padre.
Dios podría haber destruído a Satanás y a los que simpatizaban
con él tan fácilmente como nosotros podemos arrojar una piedrecita
al suelo; pero no lo hizo. La rebelión no se había de vencer por la
fuerza. Sólo el gobierno satánico recurre al poder compulsorio. Los
principios del Señor no son de este orden. Su autoridad descansa
en la bondad, la misericordia y el amor; y la presentación de estos
principios es el medio que quiere emplear. El gobierno de Dios
697
698 El Deseado de Todas las Gentes
[708] es moral, y la verdad y el amor han de ser la fuerza que lo haga
prevalecer.
Era el propósito de Dios colocar las cosas sobre una eterna
base de seguridad, y en los concilios del cielo fué decidido que se
le debía dar a Satanás tiempo para que desarrollara los principios
que constituían el fundamento de su sistema de gobierno. El había
aseverado que eran superiores a los principios de Dios. Se dió tiempo
al desarrollo de los principios de Satanás, a fin de que pudiesen ser
vistos por el universo celestial.
Satanás indujo a los hombres a pecar, y el plan de la redención
fué puesto en práctica. Durante cuatro mil años Cristo estuvo obran-
do para elevar al hombre, y Satanás para arruinarlo y degradarlo. Y
el universo celestial lo contempló todo.
Cuando Jesús vino al mundo, el poder de Satanás fué dirigido
contra él. Desde que apareció como niño en Belén, el usurpador obró
para lograr su destrucción. De toda manera posible, procuró impedir
que Jesús alcanzase una infancia perfecta, una virilidad inmaculada,
un ministerio santo, y un sacrificio sin mancha. Pero fué derrotado.
No pudo inducir a Jesús a pecar. No pudo desalentarle ni inducirle
a apartarse de la obra que había venido a hacer en la tierra. Desde
el desierto al Calvario, la tempestad de la ira de Satanás le azotó,
pero cuanto más despiadada era, tanto más firmemente se aferraba
el Hijo de Dios de la mano de su Padre, y avanzaba en la senda
ensangrentada. Todos los esfuerzos de Satanás para oprimirle y
vencerle no lograron sino hacer resaltar con luz más pura su carácter
inmaculado.
Todo el cielo y los mundos que no habían caído fueron testigos de
la controversia. Con qué intenso interés siguieron las escenas finales
del conflicto. Vieron al Salvador entrar en el huerto de Getsemaní,
con el alma agobiada por el horror de las densas tinieblas. Oyeron
su amargo clamor: “Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso.”3
Al retirarse de él la presencia del Padre, le vieron entristecido con
una amargura de pesar que excedía a la de la última gran lucha con
la muerte. El sudor de sangre brotó de sus poros y cayó en gotas
sobre el suelo. Tres veces fué arrancada de sus labios la oración por
liberación. El Cielo no podía ya soportar la escena, y un mensajero
de consuelo fué enviado al Hijo de Dios.
“Consumado es” 699
El Cielo contempló a la Víctima entregada en las manos de la [709]
turba homicida y llevada apresuradamente entre burlas y violencias
de un tribunal a otro. Oyó los escarnios de sus perseguidores con
referencia a su humilde nacimiento. Oyó a uno de sus más ama-
dos discípulos negarle con maldiciones y juramentos. Vió la obra
frenética de Satanás y su poder sobre los corazones humanos. ¡Oh
terrible escena! El Salvador apresado a medianoche en Getsemaní,
arrastrado de aquí para allá desde el palacio al tribunal, emplazado
dos veces delante de los sacerdotes, dos veces delante del Sanedrín,
dos veces delante de Pilato y una vez delante de Herodes. Burlado,
azotado, condenado y llevado a ser crucificado, cargado con la pesa-
da cruz, entre el llanto de las hijas de Jerusalén y los escarnios del
populacho.
El Cielo contempló con pesar y asombro a Cristo colgado de
la cruz, mientras la sangre fluía de sus sienes heridas y el sudor
teñido de sangre brotaba en su frente. De sus manos y sus pies
caía la sangre, gota a gota, sobre la roca horadada para recibir el
pie de la cruz. Las heridas hechas por los clavos se desgarraban
bajo el peso de su cuerpo. Su jadeante aliento se fué haciendo más
rápido y más profundo, mientras su alma agonizaba bajo la carga de
los pecados del mundo. Todo el cielo se llenó de asombro cuando
Cristo ofreció su oración en medio de sus terribles sufrimientos:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”4 Sin embargo,
allí estaban los hombres formados a la imagen de Dios uniéndose
para destruir la vida de su Hijo unigénito. ¡Qué espectáculo para el
universo celestial!
Los principados y las potestades de las tinieblas estaban con-
gregados en derredor de la cruz, arrojando la sombra infernal de
la incredulidad en los corazones humanos. Cuando el Señor creó
estos seres para que estuviesen delante de su trono eran hermosos y
gloriosos. Su belleza y santidad estaban de acuerdo con su exaltada
posición. Estaban enriquecidos por la sabiduría de Dios y ceñidos
por la panoplia del cielo. Eran ministros de Jehová. Pero, ¿quién
podía reconocer en los ángeles caídos a los gloriosos serafines que
una vez ministraron en los atrios celestiales?
Los agentes satánicos se confederaron con los hombres impíos
para inducir al pueblo a creer que Cristo era el príncipe de los
pecadores, y para hacer de él un objeto de abominación. Los que se
700 El Deseado de Todas las Gentes
[710] burlaron de Cristo mientras pendía de la cruz estaban dominados por
el espíritu del primer gran rebelde. Llenó sus bocas de palabras viles
y abominables. Inspiró sus burlas. Pero nada ganó con todo esto.
Si se hubiese podido encontrar un pecado en Cristo, si en un
detalle hubiese cedido a Satanás para escapar a la terrible tortura,
el enemigo de Dios y del hombre habría triunfado. Cristo inclinó
la cabeza y murió, pero mantuvo firme su fe y su sumisión a Dios.
“Y oí una grande voz en el cielo que decía: Ahora ha venido la
salvación, y la virtud, y el reino de nuestro Dios, y el poder de su
Cristo; porque el acusador de nuestros hermanos ha sido arrojado,
el cual los acusaba delante de nuestro Dios día y noche.”5
Satanás vió que su disfraz le había sido arrancado. Su admi-
nistración quedaba desenmascarada delante de los ángeles que no
habían caído y delante del universo celestial. Se había revelado como
homicida. Al derramar la sangre del Hijo de Dios, había perdido
la simpatía de los seres celestiales. Desde entonces su obra sería
restringida. Cualquiera que fuese la actitud que asumiese, no podría
ya acechar a los ángeles mientras salían de los atrios celestiales, ni
acusar ante ellos a los hermanos de Cristo de estar revestidos de
ropas de negrura y contaminación de pecado. Estaba roto el último
vínculo de simpatía entre Satanás y el mundo celestial.
Sin embargo, Satanás no fué destruído entonces. Los ángeles
no comprendieron ni aun entonces todo lo que entrañaba la gran
controversia. Los principios que estaban en juego habían de ser
revelados en mayor plenitud. Y por causa del hombre, la existencia
de Satanás debía continuar. Tanto el hombre como los ángeles debían
ver el contraste entre el Príncipe de la luz y el príncipe de las tinieblas.
El hombre debía elegir a quién quería servir.
Al principio de la gran controversia, Satanás había declarado que
la ley de Dios no podía ser obedecida, que la justicia no concordaba
con la misericordia y que, si la ley había sido violada, era impo-
sible que el pecador fuese perdonado. Cada pecado debía recibir
su castigo, sostenía insistentemente Satanás; y si Dios remitía el
castigo del pecado, no era un Dios de verdad y justicia. Cuando los
hombres violaban la ley de Dios y desafiaban su voluntad, Satanás
se regocijaba. Declaraba que ello demostraba que la ley de Dios no
podía ser obedecida; el hombre no podía ser perdonado. Por cuanto
él mismo, después de su rebelión, había sido desterrado del cielo,
“Consumado es” 701
Satanás sostenía que la familia humana debía quedar privada para [711]
siempre del favor de Dios. Insistía en que Dios no podía ser justo y,
al mismo tiempo, mostrar misericordia al pecador.
Pero aunque pecador, el hombre estaba en una situación diferente
de la de Satanás. Lucifer había pecado en el cielo en la luz de la
gloria de Dios. A él como a ningún otro ser creado había sido dada
una revelación del amor de Dios. Comprendiendo el carácter de Dios
y conociendo su bondad, Satanás decidió seguir su propia voluntad
egoísta e independiente. Su elección fué final. No había ya nada que
Dios pudiese hacer para salvarle. Pero el hombre fué engañado; su
mente fué entenebrecida por el sofisma de Satanás. No conocía la
altura y la profundidad del amor de Dios. Para él había esperanza en
el conocimiento del amor de Dios. Contemplando su carácter, podía
ser atraído de vuelta a Dios.
Mediante Jesús, la misericordia de Dios fué manifestada a los
hombres; pero la misericordia no pone a un lado la justicia. La
ley revela los atributos del carácter de Dios, y no podía cambiarse
una jota o un tilde de ella para ponerla al nivel del hombre en su
condición caída. Dios no cambió su ley, pero se sacrificó, en Cristo,
por la redención del hombre. “Dios estaba en Cristo reconciliando
el mundo a sí.”6
La ley requiere justicia, una vida justa, un carácter perfecto;
y esto no lo tenía el hombre para darlo. No puede satisfacer los
requerimientos de la santa ley de Dios. Pero Cristo, viniendo a la
tierra como hombre, vivió una vida santa y desarrolló un carácter
perfecto. Ofrece éstos como don gratuito a todos los que quieran
recibirlos. Su vida reemplaza la vida de los hombres. Así tienen
remisión de los pecados pasados, por la paciencia de Dios. Más
que esto, Cristo imparte a los hombres atributos de Dios. Edifica el
carácter humano a la semejanza del carácter divino y produce una
hermosa obra espiritualmente fuerte y bella. Así la misma justicia
de la ley se cumple en el que cree en Cristo. Dios puede ser “justo,
y el que justifica al que es de la fe de Jesús.”7
El amor de Dios ha sido expresado en su justicia no menos que en
su misericordia. La justicia es el fundamento de su trono y el fruto de
su amor. Había sido el propósito de Satanás divorciar la misericordia
de la verdad y la justicia. Procuró demostrar que la justicia de la ley
de Dios es enemiga de la paz. Pero Cristo demuestra que en el plan
702 El Deseado de Todas las Gentes
[712] de Dios están indisolublemente unidas; la una no puede existir sin
la otra. “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la
paz se besaron.”8
Por su vida y su muerte, Cristo demostró que la justicia de Dios
no destruye su misericordia, que el pecado podía ser perdonado,
y que la ley es justa y puede ser obedecida perfectamente. Las
acusaciones de Satanás fueron refutadas. Dios había dado al hombre
evidencia inequívoca de su amor.
Otro engaño iba a ser presentado ahora. Satanás declaró que la
misericordia destruía la justicia, que la muerte de Cristo abrogaba
la ley del Padre. Si hubiese sido posible que la ley fuera cambiada
o abrogada, Cristo no habría necesitado morir. Pero abrogar la ley
sería inmortalizar la transgresión y colocar al mundo bajo el dominio
de Satanás. Porque la ley era inmutable, porque el hombre podía ser
salvo únicamente por la obediencia a sus preceptos, fué levantado
Jesús en la cruz. Sin embargo, Satanás representó como destructor de
la ley aquel mismo medio por el cual Cristo la estableció. Alrededor
de esto girará el último conflicto de la gran lucha entre Cristo y
Satanás.
El aserto que Satanás presenta ahora es que la ley pronunciada
por la misma voz de Dios es deficiente, que alguna especificación de
ella ha sido puesta a un lado. Es el último gran engaño que arrojará
sobre el mundo. No necesita atacar toda la ley; si puede inducir a
los hombres a despreciar un precepto, logra su propósito. “Porque
cualquiera que hubiere guardado toda la ley, y ofendiere en un punto,
es hecho culpado de todos.”9 Consintiendo en violar un precepto, los
hombres se colocan bajo el poder de Satanás. Substituyendo la ley de
Dios por la ley humana, Satanás procurará dominar al mundo. Esta
obra está predicha en la profecía. Acerca del gran poder apóstata
que representa a Satanás, se ha declarado: “Hablará palabras contra
el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en
mudar los tiempos y la ley: y entregados serán en su mano.”10
Los hombres erigirán con seguridad sus leyes para contrarrestar
las leyes de Dios. Tratarán de compeler las conciencias ajenas, y en
su celo para imponer esas leyes oprimirán a sus semejantes.
La guerra contra la ley de Dios, que empezó en el cielo, conti-
nuará hasta el fin del tiempo. Cada hombre será probado. El mundo
entero ha de decidir si quiere obedecer o desobedecer. Todos serán
“Consumado es” 703
llamados a elegir entre la ley de Dios y las leyes de los hombres. En [713]
esto se trazará la línea divisoria. Habrá solamente dos clases. Todo
carácter quedará plenamente definido; y todos demostrarán si han
elegido el lado de la lealtad o el de la rebelión.
Entonces vendrá el fin. Dios vindicará su ley y librará a su
pueblo. Satanás y todos los que se han unido con él en la rebelión
serán cortados. El pecado y los pecadores perecerán, raíz y rama,11—
Satanás la raíz, y sus seguidores las ramas. Será cumplida la palabra
dirigida al príncipe del mal: “Por cuanto pusiste tu corazón como
corazón de Dios, ... te arrojé de entre las piedras del fuego, oh
querubín cubridor.... En espanto serás, y para siempre dejarás de
ser.” Entonces “no será el malo: y contemplarás sobre su lugar, y no
parecerá;” “serán como si no hubieran sido.”12
Este no es un acto de fuerza arbitraria de parte de Dios. Los
que rechazaron su misericordia siegan lo que sembraron. Dios es la
fuente de la vida; y cuando uno elige el servicio del pecado, se separa
de Dios, y se separa así de la vida. Queda privado “de la vida de
Dios.” Cristo dice: “Todos los que me aborrecen, aman la muerte.”13
Dios les da la existencia por un tiempo para que desarrollen su
carácter y revelen sus principios. Logrado esto, reciben los resultados
de su propia elección. Por una vida de rebelión, Satanás y todos los
que se unen con él se colocan de tal manera en desarmonía con Dios
que la misma presencia de él es para ellos un fuego consumidor. La
gloria de Aquel que es amor los destruye.
Al principio de la gran controversia, los ángeles no comprendían
esto. Si se hubiese dejado a Satanás y su hueste cosechar el pleno
resultado de su pecado, habrían perecido; pero para los seres celes-
tiales no habría sido evidente que ello era el resultado inevitable del
pecado. Habría permanecido en su mente una duda en cuanto a la
bondad de Dios, como mala semilla para producir su mortífero fruto
de pecado y desgracia.
Pero no sucederá así cuando la gran controversia termine. Enton-
ces, habiendo sido completado el plan de la redención, el carácter
de Dios quedará revelado a todos los seres creados. Se verá que
los preceptos de su ley son perfectos e inmutables. El pecado habrá
manifestado entonces su naturaleza; Satanás, su carácter. Entonces
el exterminio del pecado vindicará el amor de Dios y rehabilitará su
704 El Deseado de Todas las Gentes
[714] honor delante de un universo compuesto de seres que se deleitarán
en hacer su voluntad y en cuyo corazón estará su ley.
Bien podían, pues, los ángeles regocijarse al mirar la cruz del
Salvador; porque aunque no lo comprendiesen entonces todo, sabían
que la destrucción del pecado y de Satanás estaba asegurada para
siempre, como también la redención del hombre, y el universo que-
daba eternamente seguro. Cristo mismo comprendía plenamente los
resultados del sacrificio hecho en el Calvario. Los consideraba todos
cuando en la cruz exclamó: “Consumado es.”
1Juan 19:30.
2Ezequiel 28:12.
3Mateo 26:39.
4Lucas 23:34.
5Apocalipsis 12:10.
62 Corintios 5:19.
7Romanos 3:26.
8Salmos 85:10.
9Santiago 2:10.
10Daniel 7:25.
11Malaquías 4:1.
12Ezequiel 28:6-19; Salmos 37:10; Abdías 16.
13Efesios 4:18; Proverbios 8:36.
Capítulo 80—En la tumba de José
POR fin Jesús descansaba. El largo día de oprobio y tortura había [715]
terminado. Al llegar el sábado con los últimos rayos del sol poniente,
el Hijo de Dios yacía en quietud en la tumba de José. Terminada
su obra, con las manos cruzadas en paz, descansó durante las horas
sagradas del sábado.
Al principio, el Padre y el Hijo habían descansado el sábado
después de su obra de creación. Cuando “fueron acabados los cielos
y la tierra, y todo su ornamento,”1 el Creador y todos los seres
celestiales se regocijaron en la contemplación de la gloriosa escena.
“Las estrellas todas del alba alababan, y se regocijaban todos los
hijos de Dios.”2 Ahora Jesús descansaba de la obra de la redención;
y aunque había pesar entre aquellos que le amaban en la tierra, había
gozo en el cielo. La promesa de lo futuro era gloriosa a los ojos de
los seres celestiales. Una creación restaurada, una raza redimida,
que por haber vencido el pecado, nunca más podría caer, era lo que
Dios y los ángeles veían como resultado de la obra concluída por
Cristo. Con esta escena está para siempre vinculado el día en que
Cristo descansó. Porque su “obra es perfecta;” y “todo lo que Dios
hace, eso será perpetuo.”3 Cuando se produzca “la restauración de
todas las cosas, de la cual habló Dios por boca de sus santos profetas,
que ha habido desde la antigüedad,”4 el sábado de la creación, el día
en que Cristo descansó en la tumba de José, será todavía un día de
reposo y regocijo. El cielo y la tierra se unirán en alabanza mientras
que “de sábado en sábado,”5 las naciones de los salvos adorarán con
gozo a Dios y al Cordero.
En los acontecimientos finales del día de la crucifixión, se dieron
nuevas pruebas del cumplimiento de la profecía y nuevos testimonios
de la divinidad de Cristo. Cuando las tinieblas se alzaron de la cruz,
y el Salvador hubo exhalado su clamor moribundo, inmediatamente
se oyó otra voz que decía: “Verdaderamente Hijo de Dios era éste.”
Estas palabras no fueron pronunciadas en un murmullo. Todos
los ojos se volvieron para ver de dónde venían. ¿Quién había ha-
705
706 El Deseado de Todas las Gentes
[716] blado? Era el centurión, el soldado romano. La divina paciencia del
Salvador y su muerte repentina, con el clamor de victoria en los
labios, habían impresionado a ese pagano. En el cuerpo magullado y
quebrantado que pendía de la cruz, el centurión reconoció la figura
del Hijo de Dios. No pudo menos que confesar su fe. Así se dió
nueva evidencia de que nuestro Redentor iba a ver del trabajo de su
alma. En el mismo día de su muerte, tres hombres, que diferían am-
pliamente el uno del otro, habían declarado su fe: el que comandaba
la guardia romana, el que llevó la cruz del Salvador, y el que murió
en la cruz a su lado.
Al acercarse la noche, una quietud sorprendente se asentó sobre
el Calvario. La muchedumbre se dispersó, y muchos volvieron a
Jerusalén muy cambiados en espíritu de lo que habían sido por la
mañana. Muchos habían acudido a la crucifixión por curiosidad y
no por odio hacia Cristo. Sin embargo, creían las acusaciones de
los sacerdotes y consideraban a Jesús como malhechor. Bajo una
excitación sobrenatural se habían unido con la muchedumbre en sus
burlas contra él. Pero cuando la tierra fué envuelta en negrura y se
sintieron acusados por su propia conciencia, se vieron culpables de
un gran mal. Ninguna broma ni risa burlona se oyó en medio de
aquella temible lobreguez; cuando se alzó, regresaron a sus casas en
solemne silencio. Estaban convencidos de que las acusaciones de
los sacerdotes eran falsas, que Jesús no era un impostor; y algunas
semanas más tarde, cuando Pedro predicó en el día de Pentecostés,
se encontraban entre los miles que se convirtieron a Cristo.
Pero los dirigentes judíos no fueron cambiados por los aconteci-
mientos que habían presenciado. Su odio hacia Jesús no disminuyó.
Las tinieblas que habían descendido sobre la tierra en ocasión de
la crucifixión no eran más densas que las que rodeaban todavía el
espíritu de los sacerdotes y príncipes. En ocasión de su nacimiento,
la estrella había conocido a Cristo, y había guiado a los magos hasta
el pesebre donde yacía. Las huestes celestiales le habían conocido y
habían cantado su alabanza sobre las llanuras de Belén. El mar había
conocido su voz y acatado su orden. La enfermedad y la muerte
habían reconocido su autoridad y le habían cedido su presa. El sol
le había conocido, y a la vista de su angustia de moribundo había
ocultado su rostro de luz. Las rocas le habían conocido y se habían
desmenuzado en fragmentos a su clamor. La naturaleza inanimada
En la tumba de José 707
había conocido a Cristo y había atestiguado su divinidad. Pero los [717]
sacerdotes y príncipes de Israel no conocieron al Hijo de Dios.
Sin embargo, no descansaban. Habían llevado a cabo su propósi-
to de dar muerte a Cristo; pero no tenían el sentimiento de victoria
que habían esperado. Aun en la hora de su triunfo aparente, estaban
acosados por dudas en cuanto a lo que iba a suceder luego. Habían
oído el clamor: “Consumado es.” “Padre, en tus manos encomien-
do mi espíritu.”6 Habían visto partirse las rocas, habían sentido el
poderoso terremoto, y estaban agitados e intranquilos.
Habían tenido celos de la influencia de Cristo sobre el pueblo
cuando vivía; tenían celos de él aun en la muerte. Temían más,
mucho más, al Cristo muerto de lo que habían temido jamás al
Cristo vivo. Temían que la atención del pueblo fuese dirigida aun
más a los acontecimientos que acompañaron su crucifixión. Temían
los resultados de la obra de ese día. Por ningún pretexto querían
que su cuerpo permaneciese en la cruz durante el sábado. El sábado
se estaba acercando y su santidad quedaría violada si los cuerpos
permanecían en la cruz. Así que, usando esto como pretexto, los
dirigentes judíos pidieron a Pilato que hiciese apresurar la muerte
de las víctimas y quitar sus cuerpos antes de la puesta del sol.
Pilato tenía tan poco deseo como ellos de que el cuerpo de Jesús
permaneciese en la cruz. Habiendo obtenido su consentimiento,
hicieron romper las piernas de los dos ladrones para apresurar su
muerte; pero se descubrió que Jesús ya había muerto. Los rudos
soldados habían sido enternecidos por lo que habían oído y visto de
Cristo, y esto les impidió quebrarle los miembros. Así en la ofrenda
del Cordero de Dios se cumplió la ley de la Pascua: “No dejarán de
él para la mañana, ni quebrarán hueso en él: conforme a todos los
ritos de la pascua la harán.”7
Los sacerdotes y príncipes se asombraron al hallar que Cristo
había muerto. La muerte de cruz era un proceso lento; era difícil
determinar cuándo cesaba la vida. Era algo inaudito que un hombre
muriese seis horas después de la crucifixión. Los sacerdotes querían
estar seguros de la muerte de Jesús, y a sugestión suya un soldado
dió un lanzazo al costado del Salvador. De la herida así hecha,
fluyeron dos copiosos y distintos raudales: uno de sangre, el otro
de agua. Esto fué notado por todos los espectadores, y Juan anota
el suceso muy definidamente. Dice: “Uno de los soldados le abrió
708 El Deseado de Todas las Gentes
[718] el costado con una lanza, y luego salió sangre y agua. Y el que lo
vió, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y él sabe que dice
verdad, para que vosotros también creáis. Porque estas cosas fueron
hechas para que se cumpliese la Escritura: Hueso no quebrantaréis
de él. Y también otra Escritura dice: Mirarán al que traspasaron.”8
Después de la resurrección, los sacerdotes y príncipes hicieron
circular el rumor de que Cristo no murió en la cruz, que simplemente
se había desmayado, y que más tarde revivió. Otro rumor afirmaba
que no era un cuerpo real de carne y hueso, sino la semejanza de
un cuerpo, lo que había sido puesto en la tumba. La acción de los
soldados romanos desmiente estas falsedades. No le rompieron las
piernas, porque ya estaba muerto. Para satisfacer a los sacerdotes, le
atravesaron el costado. Si la vida no hubiese estado ya extinta, esta
herida le habría causado una muerte instantánea.
Pero no fué el lanzazo, no fué el padecimiento de la cruz, lo
que causó la muerte de Jesús. Ese clamor, pronunciado “con grande
voz,”9 en el momento de la muerte, el raudal de sangre y agua que
fluyó de su costado, declaran que murió por quebrantamiento del
corazón. Su corazón fué quebrantado por la angustia mental. Fué
muerto por el pecado del mundo.
Con la muerte de Cristo, perecieron las esperanzas de sus discí-
pulos. Miraban sus párpados cerrados y su cabeza caída, su cabello
apelmazado con sangre, sus manos y pies horadados, y su angustia
era indescriptible. Hasta el final no habían creído que muriese; ape-
nas si podían creer que estaba realmente muerto. Abrumados por el
pesar, no recordaban sus palabras que habían predicho esa misma
escena. Nada de lo que él había dicho los consolaba ahora. Veían
solamente la cruz y su víctima ensangrentada. El futuro parecía
sombrío y desesperado. Su fe en Jesús se había desvanecido; pero
nunca habían amado tanto a su Salvador como ahora. Nunca antes
habían sentido tanto su valor y la necesidad de su presencia.
Aun en la muerte, el cuerpo de Cristo era precioso para sus
discípulos. Anhelaban darle una sepultura honrosa, pero no sabían
cómo lograrlo. La traición contra el gobierno romano era el crimen
por el cual Jesús había sido condenado, y las personas ajusticiadas
por esta ofensa eran remitidas a un lugar de sepultura especialmente
provisto para tales criminales. El discípulo Juan y las mujeres de
Galilea habían permanecido al pie de la cruz. No podían abandonar el
En la tumba de José 709
cuerpo de su Señor en manos de los soldados insensibles para que lo [719]
sepultasen en una tumba deshonrosa. Sin embargo, eran impotentes
para impedirlo. No podían obtener favores de las autoridades judías,
y no tenían influencia ante Pilato.
En esta emergencia, José de Arimatea y Nicodemo vinieron
en auxilio de los discípulos. Ambos hombres eran miembros del
Sanedrín y conocían a Pilato. Ambos eran hombres de recursos
e influencia. Estaban resueltos a que el cuerpo de Jesús recibiese
sepultura honrosa.
José fué osadamente a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Por
primera vez, supo Pilato que Jesús estaba realmente muerto. Infor-
mes contradictorios le habían llegado acerca de los acontecimientos
que habían acompañado la crucifixión, pero el conocimiento de la
muerte de Cristo le había sido ocultado a propósito. Pilato había
sido advertido por los sacerdotes y príncipes contra el engaño de los
discípulos de Cristo respecto de su cuerpo. Al oír la petición de José,
mandó llamar al centurión que había estado encargado de la cruz, y
supo con certeza la muerte de Jesús. También oyó de él un relato de
las escenas del Calvario que confirmaba el testimonio de José.
Fué concedido a José lo que pedía. Mientras Juan se preocupaba
por la sepultura de su Maestro, José volvió con la orden de Pilato
de que le entregasen el cuerpo de Cristo; y Nicodemo vino trayendo
una costosa mezcla de mirra y áloes, que pesaría alrededor de unos
cuarenta kilos, para embalsamarle. Imposible habría sido tributar
mayor respeto en la muerte a los hombres más honrados de toda
Jerusalén. Los discípulos se quedaron asombrados al ver a estos ricos
príncipes tan interesados como ellos en la sepultura de su Señor.
Ni José ni Nicodemo habían aceptado abiertamente al Salva-
dor mientras vivía. Sabían que un paso tal los habría excluído del
Sanedrín, y esperaban protegerle por su influencia en los concilios.
Durante un tiempo, pareció que tenían éxito; pero los astutos sacer-
dotes, viendo cómo favorecían a Cristo, habían estorbado sus planes.
En su ausencia, Jesús había sido condenado y entregado para ser
crucificado. Ahora que había muerto, ya no ocultaron su adhesión a
él. Mientras los discípulos temían manifestarse abiertamente como
adeptos suyos, José y Nicodemo acudieron osadamente en su auxi-
lio. La ayuda de estos hombres ricos y honrados era muy necesaria
en ese momento. Podían hacer por su Maestro muerto lo que era
710 El Deseado de Todas las Gentes
[720] imposible para los pobres discípulos; su riqueza e influencia los
protegían mucho contra la malicia de los sacerdotes y príncipes.
Con suavidad y reverencia, bajaron con sus propias manos el
cuerpo de Jesús. Sus lágrimas de simpatía caían en abundancia
mientras miraban su cuerpo magullado y lacerado. José poseía una
tumba nueva, tallada en una roca. Se la estaba reservando para sí
mismo, pero estaba cerca del Calvario, y ahora la preparó para Jesús.
El cuerpo, juntamente con las especias traídas por Nicodemo, fué
envuelto cuidadosamente en un sudario, y el Redentor fué llevado a la
tumba. Allí, los tres discípulos enderezaron los miembros heridos y
cruzaron las manos magulladas sobre el pecho sin vida. Las mujeres
galileas vinieron para ver si se había hecho todo lo que podía hacerse
por el cuerpo muerto de su amado Maestro. Luego vieron cómo se
hacía rodar la pesada piedra contra la entrada de la tumba, y el
Salvador fué dejado en el descanso. Las mujeres fueron las últimas
que quedaron al lado de la cruz, y las últimas que quedaron al lado de
la tumba de Cristo. Mientras las sombras vespertinas iban cayendo,
María Magdalena y las otras Marías permanecían al lado del lugar
donde descansaba su Señor derramando lágrimas de pesar por la
suerte de Aquel a quien amaban. “Y vueltas, ... reposaron el sábado,
conforme al mandamiento.”10
Para los entristecidos discípulos ése fué un sábado que nunca
olvidarían, y también lo fué para los sacerdotes, los príncipes, los
escribas y el pueblo. A la puesta del sol, en la tarde del día de pre-
paración, sonaban las trompetas para indicar que el sábado había
empezado. La Pascua fué observada como lo había sido durante
siglos, mientras que Aquel a quien señalaba, ultimado por manos
perversas, yacía en la tumba de José. El sábado, los atrios del templo
estuvieron llenos de adoradores. El sumo sacerdote que había estado
en el Gólgota estaba allí, magníficamente ataviado en sus vestiduras
sacerdotales. Sacerdotes de turbante blanco, llenos de actividad,
cumplían sus deberes. Pero algunos de los presentes no estaban
tranquilos mientras se ofrecía por el pecado la sangre de becerros y
machos cabríos. No tenían conciencia de que las figuras hubiesen
encontrado la realidad que prefiguraban, de que un sacrificio infinito
había sido hecho por los pecados del mundo. No sabían que no tenía
ya más valor el cumplimiento de los ritos ceremoniales. Pero nunca
antes había sido presenciado este ceremonial con sentimientos tan
En la tumba de José 711
contradictorios. Las trompetas y los instrumentos de música y las [721]
voces de los cantores resonaban tan fuerte y claramente como de
costumbre. Pero un sentimiento de extrañeza lo compenetraba todo.
Uno tras otro preguntaba acerca del extraño suceso que había acon-
tecido. Hasta entonces, el lugar santísimo había sido guardado en
forma sagrada de todo intruso. Pero ahora estaba abierto a todos los
ojos. El pesado velo de tapicería, hecho de lino puro y hermosamente
adornado de oro, escarlata y púrpura, estaba rasgado de arriba abajo.
El lugar donde Jehová se encontraba con el sumo sacerdote, para
comunicar su gloria, el lugar que había sido la cámara de audiencia
sagrada de Dios, estaba abierto a todo ojo; ya no era reconocido por
el Señor. Con lóbregos presentimientos, los sacerdotes ministraban
ante el altar. La exposición del misterio sagrado del lugar santísimo
les hacía temer que sobreviniera alguna calamidad.
Muchos espíritus repasaban activamente los pensamientos ini-
ciados por las escenas del Calvario. De la crucifixión hasta la resu-
rrección, muchos ojos insomnes escudriñaron constantemente las
profecías, algunos para aprender el pleno significado de la fiesta que
estaban celebrando, otros para hallar evidencia de que Jesús no era
lo que aseveraba ser; y otros, con corazón entristecido, buscando
pruebas de que era el verdadero Mesías. Aunque escudriñando con
diferentes objetos en vista, todos fueron convencidos de la misma
verdad, a saber que la profecía había sido cumplida en los sucesos
de los últimos días y que el Crucificado era el Redentor del mundo.
Muchos de los que en esa ocasión participaron del ceremonial no
volvieron nunca a tomar parte en los ritos pascuales. Muchos, aun
entre los sacerdotes, se convencieron del verdadero carácter de Jesús.
Su escrutinio de las profecías no había sido inútil, y después de su
resurrección le reconocieron como el Hijo de Dios.
Cuando Nicodemo vió a Jesús alzado en la cruz, recordó las
palabras que le dijera de noche en el monte de las Olivas: “Como
Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo
del hombre sea levantado; para que todo aquel que en él creyere, no
se pierda, sino que tenga vida eterna.”11 En aquel sábado, mientras
Cristo yacía en la tumba, Nicodemo tuvo oportunidad de reflexionar.
Una luz más clara iluminaba ahora su mente, y las palabras que
Jesús le había dicho no eran ya misteriosas. Comprendía que había
perdido mucho por no relacionarse con el Salvador durante su vida.
712 El Deseado de Todas las Gentes
[722] Ahora recordaba los acontecimientos del Calvario. La oración de
Cristo por sus homicidas y su respuesta a la petición del ladrón
moribundo hablaban al corazón del sabio consejero. Volvía a ver al
Salvador en su agonía; volvía a oír ese último clamor: “Consumado
es,” emitido como palabras de un vencedor. Volvía a contemplar la
tierra que se sacudía, los cielos obscurecidos, el velo desgarrado,
las rocas desmenuzadas, y su fe quedó establecida para siempre. El
mismo acontecimiento que destruyó las esperanzas de los discípulos
convenció a José y a Nicodemo de la divinidad de Jesús. Sus temores
fueron vencidos por el valor de una fe firme e inquebrantable.
Nunca había atraído Cristo la atención de la multitud como aho-
ra que estaba en la tumba. Según su costumbre, la gente traía sus
enfermos y dolientes a los atrios del templo preguntando: ¿Quién
nos puede decir dónde está Jesús de Nazaret? Muchos habían venido
de lejos para hallar a Aquel que había sanado a los enfermos y resu-
citado a los muertos. Por todos lados, se oía el clamor: Queremos
a Cristo el Sanador. En esta ocasión, los sacerdotes examinaron a
aquellos que se creía daban indicio de lepra. Muchos tuvieron que
oírlos declarar leprosos a sus esposos, esposas, o hijos, y conde-
narlos a apartarse del refugio de sus hogares y del cuidado de sus
deudos, para advertir a los extraños con el lúgubre clamor: “¡Inmun-
do, inmundo!” Las manos amistosas de Jesús de Nazaret, que nunca
negaron el toque sanador al asqueroso leproso, estaban cruzadas
sobre su pecho. Los labios que habían contestado sus peticiones con
las consoladoras palabras: “Quiero; sé limpio,”12 estaban callados.
Muchos apelaban a los sumos sacerdotes y príncipes en busca de
simpatía y alivio, pero en vano. Aparentemente estaban resueltos a
tener de nuevo en su medio al Cristo vivo. Con perseverante fervor
preguntaban por él. No querían que se les despachase. Pero fueron
ahuyentados de los atrios del templo, y se colocaron soldados a
las puertas para impedir la entrada a la multitud que venía con sus
enfermos y moribundos demandando entrada.
Los que sufrían y habían venido para ser sanados por el Salva-
dor quedaron abatidos por el chasco. Las calles estaban llenas de
lamentos. Los enfermos morían por falta del toque sanador de Jesús.
Se consultaba en vano a los médicos; no había habilidad como la de
Aquel que yacía en la tumba de José.
En la tumba de José 713
Los lamentos de los dolientes infundieron a millares de espíritus [723]
la convicción de que se había apagado una gran luz en el mundo.
Sin Cristo, la tierra era tinieblas y obscuridad. Muchos cuyas voces
habían reforzado el clamor de “¡Crucifícale! ¡crucifícale!” compren-
dían ahora la calamidad que había caído sobre ellos, y con tanta
avidez habrían clamado: Dadnos a Jesús, si hubiese estado vivo.
Cuando la gente supo que Jesús había sido ejecutado por los
sacerdotes, empezó a preguntar acerca de su muerte. Los detalles
de su juicio fueron mantenidos tan en secreto como fué posible;
pero durante el tiempo que estuvo en la tumba, su nombre estuvo en
millares de labios; y los informes referentes al simulacro de juicio
a que había sido sometido y a la inhumanidad de los sacerdotes y
príncipes circularon por doquiera. Hombres de intelecto pidieron a
estos sacerdotes y príncipes que explicasen las profecías del Antiguo
Testamento concernientes al Mesías, y éstos, mientras procuraban
fraguar alguna mentira en respuesta, parecieron enloquecer. No
podían explicar las profecías que señalaban los sufrimientos y la
muerte de Cristo, y muchos de los indagadores se convencieron de
que las Escrituras se habían cumplido.
La venganza que los sacerdotes habían pensado sería tan dulce
era ya amargura para ellos. Sabían que el pueblo los censuraba
severamente y que los mismos en quienes habían influído contra
Jesús estaban ahora horrorizados por su vergonzosa obra. Estos
sacerdotes habían procurado creer que Jesús era un impostor; pero
era en vano. Algunos de ellos habían estado al lado de la tumba de
Lázaro y habían visto al muerto resucitar. Temblaron temiendo que
Cristo mismo resucitase de los muertos y volviese a aparecer delante
de ellos. Le habían oído declarar que él tenía poder para deponer
su vida y volverla a tomar. Recordaron que había dicho: “Destruid
este templo, y en tres días lo levantaré.”13 Judas les había repetido
las palabras dichas por Jesús a los discípulos durante el último viaje
a Jerusalén: “He aquí subimos a Jerusalem, y el Hijo del hombre
será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y
le condenarán a muerte; y le entregarán a los Gentiles para que le
escarnezcan, y azoten, y crucifiquen; mas al tercer día resucitará.”14
Cuando oyeron estas palabras, se burlaron de ellas y las ridi-
culizaron. Pero ahora recordaban que hasta aquí las predicciones
de Cristo se habían cumplido. Había dicho que resucitaría al tercer
714 El Deseado de Todas las Gentes
[724] día, ¿y quién podía decir si esto también no acontecería? Anhela-
ban apartar estos pensamientos, pero no podían. Como su padre, el
diablo, creían y temblaban.
Ahora que había pasado el frenesí de la excitación, la imagen de
Cristo se presentaba a sus espíritus. Le contemplaban de pie, sereno
y sin quejarse delante de sus enemigos, sufriendo sin un murmullo
sus vilipendios y ultrajes. Recordaban todos los acontecimientos de
su juicio y crucifixión con una abrumadora convicción de que era
el Hijo de Dios. Sentían que podía presentarse delante de ellos en
cualquier momento, pasando el acusado a ser acusador, el condenado
a condenar, el muerto a exigir justicia en la muerte de sus homicidas.
Poco pudieron descansar el sábado. Aunque no querían cruzar
el umbral de un gentil por temor a la contaminación, celebraron
un concilio acerca del cuerpo de Cristo. La muerte y el sepulcro
debían retener a Aquel a quien habían crucificado. “Se juntaron los
príncipes de los sacerdotes y los fariseos a Pilato, diciendo: Señor,
nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de
tres días resucitaré. Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el
día tercero; porque no vengan sus discípulos de noche, y le hurten, y
digan al pueblo: Resucitó de los muertos. Y será el postrer error peor
que el primero. Y Pilato les dijo: Tenéis una guardia: id, aseguradlo
como sabéis.”15
Los sacerdotes dieron instrucciones para asegurar el sepulcro.
Una gran piedra había sido colocada delante de la abertura. A través
de esta piedra pusieron sogas, sujetando los extremos a la roca sólida
y sellándolos con el sello romano. La piedra no podía ser movida
sin romper el sello. Una guardia de cien soldados fué entonces
colocada en derredor del sepulcro a fin de evitar que se le tocase.
Los sacerdotes hicieron todo lo que podían para conservar el cuerpo
de Cristo donde había sido puesto. Fué sellado tan seguramente en
su tumba como si hubiese de permanecer allí para siempre.
Así realizaron los débiles hombres sus consejos y sus planes. Po-
co comprendían estos homicidas la inutilidad de sus esfuerzos. Pero
por su acción Dios fué glorificado. Los mismos esfuerzos hechos
para impedir la resurrección de Cristo resultan los argumentos más
convincentes para probarla. Cuanto mayor fuese el número de solda-
dos colocados en derredor de la tumba, tanto más categórico sería el
testimonio de que había resucitado. Centenares de años antes de la
En la tumba de José 715
muerte de Cristo, el Espíritu Santo había declarado por el salmista: [725]
“¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan vanidad?
Estarán los reyes de la tierra, y príncipes consultarán unidos contra
Jehová, y contra su ungido.... El que mora en los cielos se reirá;
el Señor se burlará de ellos.”16 Las armas y los guardias romanos
fueron impotentes para retener al Señor de la vida en la tumba. Se
acercaba la hora de su liberación.
1Génesis 2:1.
2Job 38:7.
3Deuteronomio 32:4; Eclesiastés 3:14.
4Hechos 3:21 (VM).
5Isaías 66:23.
6Juan 19:30; Lucas 23:46.
7Números 9:12.
8Juan 19:34-37.
9Mateo 27:50; Lucas 23:46.
10Lucas 23:56.
11Juan 3:14, 15.
12Mateo 8:3.
13Juan 2:19.
14Mateo 20:18, 19.
15Mateo 27:62-65.
16Salmos 2:1-4.
Capítulo 81—“El señor ha resucitado”
Este capítulo está basado en Mateo 28:2-4, 11-15.
[726] Había transcurrido lentamente la noche del primer día de la
semana. Había llegado la hora más sombría, precisamente antes del
amanecer. Cristo estaba todavía preso en su estrecha tumba. La gran
piedra estaba en su lugar; el sello romano no había sido roto; los
guardias romanos seguían velando. Y había vigilantes invisibles.
Huestes de malos ángeles se cernían sobre el lugar. Si hubiese sido
posible, el príncipe de las tinieblas, con su ejército apóstata, habría
mantenido para siempre sellada la tumba que guardaba al Hijo de
Dios. Pero un ejército celestial rodeaba al sepulcro. Angeles excelsos
en fortaleza guardaban la tumba, y esperaban para dar la bienvenida
al Príncipe de la vida.
“Y he aquí que fué hecho un gran terremoto; porque un ángel del
Señor descendió del cielo.”1 Revestido con la panoplia de Dios, este
ángel dejó los atrios celestiales. Los resplandecientes rayos de la
gloria de Dios le precedieron e iluminaron su senda. “Su aspecto era
como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo
de él los guardas se asombraron, y fueron vueltos como muertos.”
¿Dónde está, sacerdotes y príncipes, el poder de vuestra
guardia?—Valientes soldados que nunca habían tenido miedo al
poder humano son ahora como cautivos tomados sin espada ni lanza.
El rostro que miran no es el rostro de un guerrero mortal; es la faz
del más poderoso ángel de la hueste del Señor. Este mensajero es
el que ocupa la posición de la cual cayó Satanás. Es aquel que en
las colinas de Belén proclamó el nacimiento de Cristo. La tierra
tiembla al acercarse, huyen las huestes de las tinieblas y, mientras
hace rodar la piedra, el cielo parece haber bajado a la tierra. Los
soldados le ven quitar la piedra como si fuese un canto rodado, y le
oyen clamar: Hijo de Dios, sal fuera; tu Padre te llama. Ven a Jesús
salir de la tumba, y le oyen proclamar sobre el sepulcro abierto: “Yo
soy la resurrección y la vida.” Mientras sale con majestad y gloria,
716
“El señor ha resucitado” 717
la hueste angélica se postra en adoración delante del Redentor y le [727]
da la bienvenida con cantos de alabanza.
Un terremoto señaló la hora en que Cristo depuso su vida, y otro
terremoto indicó el momento en que triunfante la volvió a tomar.
El que había vencido la muerte y el sepulcro salió de la tumba con
el paso de un vencedor, entre el bamboleo de la tierra, el fulgor
del relámpago y el rugido del trueno. Cuando vuelva de nuevo a la
tierra, sacudirá “no solamente la tierra, mas aun el cielo.”2 “Temblará
la tierra vacilando como un borracho, y será removida como una
choza.” “Plegarse han los cielos como un libro;” “los elementos
ardiendo serán deshechos, y la tierra y las obras que en ella están
serán quemadas.” “Mas Jehová será la esperanza de su pueblo, y la
fortaleza de los hijos de Israel.”3
Al morir Jesús, los soldados habían visto la tierra envuelta en
tinieblas al mediodía; pero en ocasión de la resurrección vieron el
resplandor de los ángeles iluminar la noche, y oyeron a los habitantes
del cielo cantar con grande gozo y triunfo: ¡Has vencido a Satanás
y las potestades de las tinieblas; has absorbido la muerte por la
victoria!
Cristo surgió de la tumba glorificado, y la guardia romana lo
contempló. Sus ojos quedaron clavados en el rostro de Aquel de
quien se habían burlado tan recientemente. En este ser glorificado,
contemplaron al prisionero a quien habían visto en el tribunal, a
Aquel para quien habían trenzado una corona de espinas. Era el que
había estado sin ofrecer resistencia delante de Pilato y de Herodes,
Aquel cuyo cuerpo había sido lacerado por el cruel látigo, Aquel
a quien habían clavado en la cruz, hacia quien los sacerdotes y
príncipes, llenos de satisfacción propia, habían sacudido la cabeza
diciendo: “A otros salvó, a sí mismo no puede salvar.”4 Era Aquel
que había sido puesto en la tumba nueva de José. El decreto del Cielo
había librado al cautivo. Montañas acumuladas sobre montañas y
encima de su sepulcro, no podrían haberle impedido salir.
Al ver a los ángeles y al glorificado Salvador, los guardias roma-
nos se habían desmayado y caído como muertos. Cuando el séquito
celestial quedó oculto de su vista, se levantaron y tan prestamente
como los podían llevar sus temblorosos miembros se encaminaron
hacia la puerta del jardín. Tambaleándose como borrachos, se dirigie-
ron apresuradamente a la ciudad contando las nuevas maravillosas a
718 El Deseado de Todas las Gentes
[728] cuantos encontraban. Iban adonde estaba Pilato, pero su informe fué
llevado a las autoridades judías, y los sumos sacerdotes y príncipes
ordenaron que fuesen traídos primero a su presencia. Estos soldados
ofrecían una extraña apariencia. Temblorosos de miedo, con los ros-
tros pálidos, daban testimonio de la resurrección de Cristo. Contaron
todo como lo habían visto; no habían tenido tiempo para pensar ni
para decir otra cosa que la verdad, Con dolorosa entonación dijeron:
Fué el Hijo de Dios quien fué crucificado; hemos oído a un ángel
proclamarle Majestad del cielo, Rey de gloria.
Los rostros de los sacerdotes parecían como de muertos. Caifás
procuró hablar. Sus labios se movieron, pero no expresaron sonido
alguno. Los soldados estaban por abandonar la sala del concilio,
cuando una voz los detuvo. Caifás había recobrado por fin el habla.—
Esperad, esperad,—exclamó.—No digáis a nadie lo que habéis visto.
Un informe mentiroso fué puesto entonces en boca de los solda-
dos. “Decid—ordenaron los sacerdotes:—Sus discípulos vinieron
de noche, y le hurtaron, durmiendo nosotros.” En esto los sacerdotes
se excedieron. ¿Cómo podían los soldados decir que mientras dor-
mían los discípulos habían robado el cuerpo? Si estaban dormidos,
¿cómo podían saberlo? Y si los discípulos hubiesen sido culpables
de haber robado el cuerpo de Cristo, ¿no habrían tratado primero los
sacerdotes de condenarlos? O si los centinelas se hubiesen dormido
al lado de la tumba, ¿no habrían sido los sacerdotes los primeros en
acusarlos ante Pilato?
Los soldados se quedaron horrorizados al pensar en atraer sobre
sí mismos la acusación de dormir en su puesto. Era un delito punible
de muerte. ¿Debían dar falso testimonio, engañar al pueblo y hacer
peligrar su propia vida? ¿Acaso no habían cumplido su penosa vela
con alerta vigilancia? ¿Cómo podrían soportar el juicio, aun por el
dinero, si se perjuraban?
A fin de acallar el testimonio que temían, los sacerdotes prome-
tieron asegurar la vida de la guardia diciendo que Pilato no deseaba
más que ellos que circulase un informe tal. Los soldados romanos
vendieron su integridad a los judíos por dinero. Comparecieron de-
lante de los sacerdotes cargados con muy sorprendente mensaje
de verdad; salieron con una carga de dinero, y en sus lenguas un
informe mentiroso fraguado para ellos por los sacerdotes.
“El señor ha resucitado” 719
Mientras tanto la noticia de la resurrección de Cristo había sido [729]
llevada a Pilato. Aunque Pilato era responsable por haber entregado
a Cristo a la muerte, se había quedado comparativamente despreo-
cupado. Aunque había condenado de muy mala gana al Salvador
y con un sentimiento de compasión, no había sentido hasta ahora
ninguna verdadera contrición. Con terror se encerró entonces en su
casa, resuelto a no ver a nadie. Pero los sacerdotes penetraron hasta
su presencia, contaron la historia que habían inventado y le instaron
a pasar por alto la negligencia que habían tenido los centinelas con
su deber. Pero antes de consentir en esto, él interrogó en privado a
los guardias. Estos, temiendo por su seguridad, no se atrevieron a
ocultar nada, y Pilato obtuvo de ellos un relato de todo lo que había
sucedido. No llevó el asunto más adelante, pero desde entonces no
hubo más paz para él.
Cuando Jesús estuvo en el sepulcro, Satanás triunfó. Se atrevió a
esperar que el Salvador no resucitase. Exigió el cuerpo del Señor, y
puso su guardia en derredor de la tumba procurando retener a Cristo
preso. Se airó acerbamente cuando sus ángeles huyeron al acercarse
el mensajero celestial. Cuando vió a Cristo salir triunfante, supo que
su reino acabaría y que él habría de morir finalmente.
Al dar muerte a Cristo, los sacerdotes se habían hecho instru-
mentos de Satanás. Ahora estaban enteramente en su poder. Estaban
enredados en una trampa de la cual no veían otra salida que la conti-
nuación de su guerra contra Cristo. Cuando oyeron la nueva de su
resurrección, temieron la ira del pueblo. Sintieron que su propia vida
estaba en peligro. Su única esperanza consistía en probar que Cristo
había sido un impostor y negar que hubiese resucitado. Sobornaron
a los soldados y obtuvieron el silencio de Pilato. Difundieron sus
informes mentirosos lejos y cerca. Pero había testigos a quienes no
podían acallar. Muchos habían oído el testimonio de los soldados en
cuanto a la resurrección de Cristo. Y ciertos muertos que salieron
con Cristo aparecieron a muchos y declararon que había resucitado.
Fueron comunicados a los sacerdotes informes de personas que ha-
bían visto a esos resucitados y oído su testimonio. Los sacerdotes y
príncipes estaban en continuo temor, no fuese que mientras andaban
por las calles, o en la intimidad de sus hogares, se encontrasen frente
a frente con Cristo. Sentían que no había seguridad para ellos. Los
cerrojos y las trancas ofrecerían muy poca protección contra el Hijo
720 El Deseado de Todas las Gentes
[730] de Dios. De día y de noche, esta terrible escena del tribunal en que
habían clamado: “Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros
hijos,”5 estaba delante de ellos. Nunca más se habría de desvanecer
de su espíritu el recuerdo de esa escena. Nunca más volvería a sus
almohadas el sueño apacible.
Cuando la voz del poderoso ángel fué oída junto a la tumba
de Cristo, diciendo: “Tu Padre te llama,” el Salvador salió de la
tumba por la vida que había en él. Quedó probada la verdad de
sus palabras: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar.... Tengo
poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.” Entonces
se cumplió la profecía que había hecho a los sacerdotes y príncipes:
“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.”6
Sobre la tumba abierta de José, Cristo había proclamado triun-
fante: “Yo soy la resurrección y la vida.” Únicamente la Divinidad
podía pronunciar estas palabras. Todos los seres creados viven por
la voluntad y el poder de Dios. Son receptores dependientes de la
vida de Dios. Desde el más sublime serafín hasta el ser animado más
humilde, todos son renovados por la Fuente de la vida. Únicamente
el que es uno con Dios podía decir: Tengo poder para poner mi vida,
y tengo poder para tomarla de nuevo. En su divinidad, Cristo poseía
el poder de quebrar las ligaduras de la muerte.
Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de aquellos
que dormían. Estaba representado por la gavilla agitada, y su resu-
rrección se realizó en el mismo día en que esa gavilla era presentada
delante del Señor. Durante más de mil años, se había realizado esa
ceremonia simbólica. Se juntaban las primeras espigas de grano ma-
duro de los campos de la mies, y cuando la gente subía a Jerusalén
para la Pascua, se agitaba la gavilla de primicias como ofrenda de
agradecimiento delante de Jehová. No podía ponerse la hoz a la mies
para juntarla en gavillas antes que esa ofrenda fuese presentada. La
gavilla dedicada a Dios representaba la mies. Así también Cristo, las
primicias, representaba la gran mies espiritual que ha de ser juntada
para el reino de Dios. Su resurrección es símbolo y garantía de la
resurrección de todos los justos muertos. “Porque si creemos que
Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con él a los que
durmieron en Jesús.”7
Al resucitar Cristo, sacó de la tumba una multitud de cautivos.
El terremoto ocurrido en ocasión de su muerte había abierto sus
“El señor ha resucitado” 721
tumbas, y cuando él resucitó salieron con él. Eran aquellos que [731]
habían sido colaboradores con Dios y que, a costa de su vida, habían
dado testimonio de la verdad. Ahora iban a ser testigos de Aquel
que los había resucitado.
Durante su ministerio, Jesús había dado la vida a algunos muer-
tos. Había resucitado al hijo de la viuda de Naín, a la hija del príncipe
y a Lázaro. Pero éstos no fueron revestidos de inmortalidad. Después
de haber sido resucitados, estaban todavía sujetos a la muerte. Pero
los que salieron de la tumba en ocasión de la resurrección de Cristo
fueron resucitados para vida eterna. Ascendieron con él como tro-
feos de su victoria sobre la muerte y el sepulcro. Estos, dijo Cristo,
no son ya cautivos de Satanás; los he redimido. Los he traído de la
tumba como primicias de mi poder, para que estén conmigo donde
yo esté y no vean nunca más la muerte ni experimenten dolor.
Estos entraron en la ciudad y aparecieron a muchos declarando:
Cristo ha resucitado de los muertos, y nosotros hemos resucitado
con él. Así fué inmortalizada la sagrada verdad de la resurrección.
Los santos resucitados atestiguaron la verdad de las palabras: “Tus
muertos vivirán; junto con mi cuerpo muerto resucitarán.” Su resu-
rrección ilustró el cumplimiento de la profecía: “¡Despertad y cantad,
moradores del polvo! porque tu rocío, cual rocío de hortalizas; y la
tierra echará los muertos.”8
Para el creyente, Cristo es la resurrección y la vida. En nuestro
Salvador, la vida que se había perdido por el pecado es restaurada;
porque él tiene vida en sí mismo para vivificar a quienes él quiera.
Está investido con el derecho de dar la inmortalidad. La vida que él
depuso en la humanidad, la vuelve a tomar y la da a la humanidad.
“Yo he venido—dijo—para que tengan vida, y para que la tengan en
abundancia.” “El que bebiere del agua que yo le daré, para siempre
no tendrá sed: mas el agua que yo le daré, será en él una fuente de
agua que salte para vida eterna.” “El que come mi carne y bebe mi
sangre, tiene vida eterna: y yo le resucitaré en el día postrero.”9
Para el creyente, la muerte es asunto trivial. Cristo habla de ella
como si fuera de poca importancia. “El que guardare mi palabra,
no verá muerte para siempre,” “no gustará muerte para siempre,”
Para el cristiano, la muerte es tan sólo un sueño, un momento de
silencio y tinieblas. La vida está oculta con Cristo en Dios y “cuando
722 El Deseado de Todas las Gentes
[732] Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis
manifestados con él en gloria.”10
La voz que clamó desde la cruz: “Consumado es,” fué oída entre
los muertos. Atravesó las paredes de los sepulcros y ordenó a los
que dormían que se levantasen. Así sucederá cuando la voz de Cristo
sea oída desde el cielo. Esa voz penetrará en las tumbas y abrirá
los sepulcros, y los muertos en Cristo resucitarán. En ocasión de
la resurrección de Cristo, unas pocas tumbas fueron abiertas; pero
en su segunda venida, todos los preciosos muertos oirán su voz y
surgirán a una vida gloriosa e inmortal. El mismo poder que resucitó
a Cristo de los muertos resucitará a su iglesia y la glorificará con
él, por encima de todos los principados y potestades, por encima
de todo nombre que se nombra, no solamente en este mundo, sino
también en el mundo venidero.
1V.M.
2Hebreos 12:26.
3Isaías 24:20; 34:4; 2 Pedro 3:10; Joel 3:16.
4Mateo 27:42.
5Mateo 27:25.
6Juan 10:17, 18; 2:19.
71 Tesalonicenses 4:14.
8Isaías 26:19.
9Juan 10:10; 4:14; 6:54.
10Juan 8:51, 52; Colosenses 3:4.
Capítulo 82—“¿Por qué lloras?”
Este capítulo está basado en Mateo 28:1, 5-8; Marcos 16:1-8; Lucas
24:1-12; Juan 20:1-18.
LAS mujeres que habían estado al lado de la cruz de Cristo
esperaron velando que transcurriesen las horas del sábado. El primer
día de la semana,1 muy temprano, se dirigieron a la tumba llevando
consigo especias preciosas para ungir el cuerpo del Salvador. No
pensaban que resucitaría. El sol de su esperanza se había puesto, y
había anochecido en sus corazones. Mientras andaban, relataban las
obras de misericordia de Cristo y sus palabras de consuelo. Pero no
recordaban sus palabras: “Otra vez os veré.”2
Ignorando lo que estaba sucediendo, se acercaron al huerto di-
ciendo mientras andaban: “¿Quién nos revolverá la piedra de la
puerta del sepulcro?” Sabían que no podrían mover la piedra, pero
seguían adelante. Y he aquí, los cielos resplandecieron de repente
con una gloria que no provenía del sol naciente. La tierra tembló.
Vieron que la gran piedra había sido apartada. El sepulcro estaba
vacío.
Las mujeres no habían venido todas a la tumba desde la misma
dirección. María Magdalena fué la primera en llegar al lugar; y al
ver que la piedra había sido sacada, se fué presurosa para contarlo a
los discípulos. Mientras tanto, llegaron las otras mujeres. Una luz
resplandecía en derredor de la tumba, pero el cuerpo de Jesús no
estaba allí. Mientras se demoraban en el lugar, vieron de repente
que no estaban solas. Un joven vestido de ropas resplandecientes
estaba sentado al lado de la tumba. Era el ángel que había apartado la
piedra. Había tomado el disfraz de la humanidad, a fin de no alarmar
a estas personas que amaban a Jesús. Sin embargo, brillaba todavía
en derredor de él la gloria celestial, y las mujeres temieron. Se dieron
vuelta para huir, pero las palabras del ángel detuvieron sus pasos.
“No temáis vosotras—les dijo;—porque yo sé que buscáis a Jesús,
que fué crucificado. No está aquí; porque ha resucitado, como dijo.
723
724 El Deseado de Todas las Gentes
[733] Venid, ved el lugar donde fué puesto el Señor. E id presto, decid a
[734] sus discípulos que ha resucitado de los muertos.” Volvieron a mirar
al interior del sepulcro y volvieron a oír las nuevas maravillosas.
Otro ángel en forma humana estaba allí, y les dijo: “¿Por qué buscáis
entre los muertos al que vive? No está aquí, mas ha resucitado:
acordaos de lo que os habló, cuando aun estaba en Galilea, diciendo:
Es menester que el Hijo del hombre sea entregado en manos de
hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día.”
¡Ha resucitado, ha resucitado! Las mujeres repiten las palabras
vez tras vez. Ya no necesitan las especias para ungirle. El Salvador
está vivo, y no muerto. Recuerdan ahora que cuando hablaba de su
muerte, les dijo que resucitaría. ¡Qué día es éste para el mundo!
Prestamente, las mujeres se apartaron del sepulcro y “con temor y
gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípulos.”
María no había oído las buenas noticias. Ella fué a Pedro y a
Juan con el triste mensaje: “Han llevado al Señor del sepulcro, y no
sabemos dónde le han puesto.” Los discípulos se apresuraron a ir
a la tumba, y la encontraron como había dicho María. Vieron los
lienzos y el sudario, pero no hallaron a su Señor. Sin embargo, había
allí un testimonio de que había resucitado. Los lienzos mortuorios
no habían sido arrojados con negligencia a un lado, sino cuidado-
samente doblados, cada uno en un lugar adecuado. Juan “vió, y
creyó.” No comprendía todavía la escritura que afirmaba que Cristo
debía resucitar de los muertos; pero recordó las palabras con que el
Salvador había predicho su resurrección.
Cristo mismo había colocado esos lienzos mortuorios con tanto
cuidado. Cuando el poderoso ángel bajó a la tumba, se le unió otro,
quien, con sus acompañantes, había estado guardando el cuerpo del
Señor. Cuando el ángel del cielo apartó la piedra, el otro entró en la
tumba y desató las envolturas que rodeaban el cuerpo de Jesús. Pero
fué la mano del Salvador la que dobló cada una de ellas y la puso
en su lugar. A la vista de Aquel que guía tanto a la estrella como al
átomo, no hay nada sin importancia. Se ven orden y perfección en
toda su obra.
María había seguido a Juan y a Pedro a la tumba; cuando volvie-
ron a Jerusalén, ella quedó. Mientras miraba al interior de la tumba
vacía, el pesar llenaba su corazón. Mirando hacia adentro, vió a los
dos ángeles, el uno a la cabeza y el otro a los pies de donde había
“¿Por qué lloras?” 725
yacido Jesús. “Mujer, ¿por qué lloras?” le preguntaron. “Porque [735]
se han llevado a mi Señor—contestó ella,—y no sé dónde le han
puesto.”
Entonces ella se apartó, hasta de los ángeles, pensando que debía
encontrar a alguien que le dijese lo que habían hecho con el cuerpo
de Jesús. Otra voz se dirigió a ella: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿a
quién buscas?” A través de sus lágrimas, María vió la forma de un
hombre, y pensando que fuese el hortelano dijo: “Señor, si tú lo has
llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.” Si creían que
esta tumba de un rico era demasiado honrosa para servir de sepultura
para Jesús, ella misma proveería un lugar para él. Había una tumba
que la misma voz de Cristo había vaciado, la tumba donde Lázaro
había estado. ¿No podría encontrar allí un lugar de sepultura para
su Señor? Le parecía que cuidar de su precioso cuerpo crucificado
sería un gran consuelo para ella en su pesar.
Pero ahora, con su propia voz familiar, Jesús le dijo: “¡María!”
Entonces supo que no era un extraño el que se dirigía a ella y, vol-
viéndose, vió delante de sí al Cristo vivo. En su gozo, se olvidó que
había sido crucificado. Precipitándose hacia él, como para abrazar
sus pies, dijo: “¡Rabboni!” Pero Cristo alzó la mano diciendo: No
me detengas; “porque aun no he subido a mi Padre: mas ve a mis
hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios
y a vuestro Dios.” Y María se fué a los discípulos con el gozoso
mensaje.
Jesús se negó a recibir el homenaje de los suyos hasta tener la
seguridad de que su sacrificio era aceptado por el Padre. Ascendió a
los atrios celestiales, y de Dios mismo oyó la seguridad de que su
expiación por los pecados de los hombres había sido amplia, de que
por su sangre todos podían obtener vida eterna. El Padre ratificó el
pacto hecho con Cristo, de que recibiría a los hombres arrepentidos
y obedientes y los amaría como a su Hijo. Cristo había de completar
su obra y cumplir su promesa de hacer “más precioso que el oro
fino al varón, y más que el oro de Ophir al hombre.”3 En cielo y
tierra toda potestad era dada al Príncipe de la vida, y él volvía a sus
seguidores en un mundo de pecado para darles su poder y gloria.
Mientras el Salvador estaba en la presencia de Dios recibiendo
dones para su iglesia, los discípulos pensaban en su tumba vacía, se
lamentaban y lloraban. Aquel día de regocijo para todo el cielo era
726 El Deseado de Todas las Gentes
[736] para los discípulos un día de incertidumbre, confusión y perplejidad.
Su falta de fe en el testimonio de las mujeres da evidencia de cuánto
había descendido su fe. Las nuevas de la resurrección de Cristo eran
tan diferentes de lo que ellos esperaban que no las podían creer. Eran
demasiado buenas para ser la verdad, pensaban. Habían oído tanto
de las doctrinas y llamadas teorías científicas de los saduceos, que
era vaga la impresión hecha en su mente acerca de la resurrección.
Apenas sabían lo que podía significar la resurrección de los muertos.
Eran incapaces de comprender ese gran tema.
“Id—dijeron los ángeles a las mujeres,—decid a sus discípulos y
a Pedro, que él va antes que vosotros a Galilea: allí le veréis, como os
dijo.” Estos ángeles habían estado con Cristo como ángeles custodios
durante su vida en la tierra. Habían presenciado su juicio y su
crucifixión. Habían oído las palabras que él dirigiera a sus discípulos.
Lo demostraron por el mensaje que dieron a los discípulos y que
debiera haberlos convencido de su verdad. Estas palabras podían
provenir únicamente de los mensajeros de su Señor resucitado.
“Decid a sus discípulos y a Pedro,” dijeron los ángeles. Desde la
muerte de Cristo, Pedro había estado postrado por el remordimiento.
Su vergonzosa negación del Señor y la mirada de amor y angustia
que le dirigiera el Salvador estaban siempre delante de él. De todos
los discípulos, él era el que había sufrido más amargamente. A él
fué dada la seguridad de que su arrepentimiento era aceptado y
perdonado su pecado. Se le mencionó por nombre.
“Decid a sus discípulos y a Pedro, que él va antes que vosotros
a Galilea: allí le veréis.” Todos los discípulos habían abandonado a
Jesús, y la invitación a encontrarse con él vuelve a incluirlos a todos.
No los había desechado. Cuando María Magdalena les dijo que había
visto al Señor, repitió la invitación a encontrarle en Galilea. Y por
tercera vez, les fué enviado el mensaje. Después que hubo ascendido
al Padre, Jesús apareció a las otras mujeres diciendo: “Salve. Y ellas
se llegaron y abrazaron sus pies, y le adoraron. Entonces Jesús les
dice: No temáis: id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan
a Galilea, y allí me verán.”
La primera obra que hizo Cristo en la tierra después de su resu-
rrección consistió en convencer a sus discípulos de su no disminuido
amor y tierna consideración por ellos. Para probarles que era su
Salvador vivo, que había roto las ligaduras de la tumba y no podía
“¿Por qué lloras?” 727
ya ser retenido por el enemigo la muerte, para revelarles que tenía [737]
el mismo corazón lleno de amor que cuando estaba con ellos como
su amado Maestro, les apareció vez tras vez. Quería estrechar aun
más en derredor de ellos los vínculos de su amor. Id, decid a mis
hermanos—dijo,—que se encuentren conmigo en Galilea.
Al oír esta cita tan definida, los discípulos empezaron a recordar
las palabras con que Cristo les predijera su resurrección. Pero aun
así no se regocijaban. No podían desechar su duda y perplejidad.
Aun cuando las mujeres declararon que habían visto al Señor, los
discípulos no querían creerlo. Pensaban que era pura ilusión.
Una dificultad parecía acumularse sobre otra. El sexto día de la
semana habían visto morir a su Maestro, el primer día de la semana
siguiente se encontraban privados de su cuerpo, y se les acusaba
de haberlo robado para engañar a la gente. Desesperaban de poder
corregir alguna vez las falsas impresiones que se estaban formando
contra ellos. Temían la enemistad de los sacerdotes y la ira del
pueblo. Anhelaban la presencia de Jesús, quien les había ayudado
en toda perplejidad.
Con frecuencia repetían las palabras: “Esperábamos que él era
el que había de redimir a Israel.” Solitarios y con corazón abatido,
recordaban sus palabras: “Si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en
el seco, qué se hará?”4 Se reunieron en el aposento alto y, sabiendo
que la suerte de su amado Maestro podía ser la suya en cualquier
momento, cerraron y atrancaron las puertas.
Y todo el tiempo podrían haber estado regocijándose en el co-
nocimiento de un Salvador resucitado. En el huerto, María había
estado llorando cuando Jesús estaba cerca de ella. Sus ojos estaban
tan cegados por las lágrimas que no le conocieron. Y el corazón de
los discípulos estaba tan lleno de pesar que no creyeron el mensaje
de los ángeles ni las palabras de Cristo.
¡Cuántos están haciendo todavía lo que hacían esos discípulos!
¡Cuántos repiten el desesperado clamor de María: “Han llevado al
Señor, ... y no sabemos dónde le han puesto”! ¡A cuántos podrían
dirigirse las palabras del Salvador: “¿Por qué lloras? ¿a quién bus-
cas?” Está al lado de ellos, pero sus ojos cegados por las lágrimas
no lo ven. Les habla, pero no lo entienden.
¡Ojalá que la cabeza inclinada pudiese alzarse, que los ojos se
abriesen para contemplarle, que los oídos pudiesen escuchar su voz!
728 El Deseado de Todas las Gentes
[738] “Id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado.” Invitadlos a
no mirar la tumba nueva de José, que fué cerrada con una gran
piedra y sellada con el sello romano. Cristo no está allí. No miréis
el sepulcro vacío. No lloréis como los que están sin esperanza ni
ayuda. Jesús vive, y porque vive, viviremos también. Brote de los
corazones agradecidos y de los labios tocados por el fuego santo el
alegre canto: ¡Cristo ha resucitado! Vive para interceder por nosotros.
Aceptad esta esperanza, y dará firmeza al alma como un ancla segura
y probada. Creed y veréis la gloria de Dios.
1Véase la nota 5 del Apéndice.
2Juan 16:22.
3Isaías 13:12.
4Lucas 24:21; 23:31.
Capítulo 83—El viaje a Emaús
Este capítulo está basado en Lucas 24:13-33.
Hacia el atardecer del día de la resurrección, dos de los discípulos [739]
se hallaban en camino a Emaús, pequeña ciudad situada a unos doce
kilómetros de Jerusalén. Estos discípulos no habían tenido un lugar
eminente en la obra de Cristo, pero creían fervientemente en él.
Habían venido a la ciudad para observar la Pascua, y se habían
quedado muy perplejos por los acontecimientos recientes. Habían
oído las nuevas de esa mañana, de que el cuerpo de Cristo había
sido sacado de la tumba, y también el informe de las mujeres que
habían visto a los ángeles y se habían encontrado con Jesús. Volvían
ahora a su casa para meditar y orar. Proseguían tristemente su viaje
vespertino, hablando de las escenas del juicio y de la crucifixión.
Nunca antes habían estado tan descorazonados. Sin esperanza ni fe,
caminaban en la sombra de la cruz.
No habían progresado mucho en su viaje cuando se les unió
un extraño, pero estaban tan absortos en su lobreguez y desaliento,
que no le observaron detenidamente. Continuaron su conversación,
expresando los pensamientos de su corazón. Razonaban acerca de
las lecciones que Cristo había dado, que no parecían poder compren-
der. Mientras hablaban de los sucesos que habían ocurrido, Jesús
anhelaba consolarlos. Había visto su pesar; comprendía las ideas
contradictorias que, dejando a su mente perpleja, los hacían pensar:
¿Podía este hombre que se dejó humillar así ser el Cristo? Ya no
podían dominar su pesar y lloraban. Jesús sabía que el corazón de
ellos estaba vinculado con él por el amor, y anhelaba enjugar sus
lágrimas y llenarlos de gozo y alegría. Pero primero debía darles
lecciones que nunca olvidaran.
“Y díjoles: ¿Qué pláticas son éstas que tratáis entre vosotros
andando, y estáis tristes? Y respondiendo el uno, que se llamaba
Cleofas, le dijo: ¿Tú sólo peregrino eres en Jerusalem, y no has
sabido las cosas que en ella han acontecido estos días?” Ellos le
729
730 El Deseado de Todas las Gentes
[740] hablaron del desencanto que habían sufrido respecto de su Maestro,
“el cual fué varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de
Dios y de todo el pueblo;” pero “los príncipes de los sacerdotes y
nuestros príncipes,” dijeron, le entregaron “a condenación de muerte,
y le crucificaron.” Con corazón apesadumbrado y labios temblorosos,
añadieron: “Mas nosotros esperábamos que él era el que había de
redimir a Israel: y ahora sobre todo esto, hoy es el tercer día que esto
ha acontecido.”
Era extraño que los discípulos no recordasen las palabras de
Cristo, ni comprendiesen que él había predicho los acontecimientos
que iban a suceder. No comprendían que tan exactamente como la
primera parte de su revelación, se iba a cumplir la última, de que al
tercer día resucitaría. Esta era la parte que debieran haber recordado.
Los sacerdotes y príncipes no la habían olvidado. El día “después
de la preparación, se juntaron los príncipes de los sacerdotes y
los Fariseos a Pilato, diciendo: Señor, nos acordamos que aquel
engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.”1
Pero los discípulos no recordaban estas palabras.
“Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para
creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el
Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?” Los dis-
cípulos se preguntaban quién podía ser este extraño, que penetraba
así hasta su misma alma, hablaba con tanto fervor, ternura y sim-
patía y alentaba tanta esperanza. Por primera vez desde la entrega
de Cristo, empezaron a sentirse esperanzados. Con frecuencia mi-
raban fervientemente a su compañero, y pensaban que sus palabras
eran exactamente las que Cristo habría hablado. Estaban llenos de
asombro y su corazón palpitaba de gozosa expectativa.
Empezando con Moisés, alfa de la historia bíblica, Cristo expuso
en todas las Escrituras las cosas concernientes a él. Si se hubiese da-
do a conocer primero, el corazón de ellos habría quedado satisfecho.
En la plenitud de su gozo, no habrían deseado más. Pero era necesa-
rio que comprendiesen el testimonio que le daban los símbolos y las
profecías del Antiguo Testamento. Su fe debía establecerse sobre
éstas. Cristo no realizó ningún milagro para convencerlos, sino que
su primera obra consistió en explicar las Escrituras. Ellos habían
considerado su muerte como la destrucción de todas sus esperan-
El viaje a Emaús 731
zas. Ahora les demostró por los profetas que era la evidencia más [741]
categórica para su fe.
Al enseñar a estos discípulos, Jesús demostró la importancia del
Antiguo Testamento como testimonio de su misión. Muchos de los
que profesan ser cristianos ahora, descartan el Antiguo Testamento
y aseveran que ya no tiene utilidad. Pero tal no fué la enseñanza de
Cristo. Tan altamente lo apreciaba que en una oportunidad dijo: “Si
no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán, si alguno
se levantare de los muertos.”2
Es la voz de Cristo que habla por los patriarcas y los profetas,
desde los días de Adán hasta las escenas finales del tiempo. El
Salvador se revela en el Antiguo Testamento tan claramente como
en el Nuevo. Es la luz del pasado profético lo que presenta la vida
de Cristo y las enseñanzas del Nuevo Testamento con claridad y
belleza. Los milagros de Cristo son una prueba de su divinidad; pero
una prueba aun más categórica de que él es el Redentor del mundo
se halla al comparar las profecías del Antiguo Testamento con la
historia del Nuevo.
Razonando sobre la base de la profecía, Cristo dió a sus discí-
pulos una idea correcta de lo que había de ser en la humanidad. Su
expectativa de un Mesías que había de asumir el trono y el poder
real de acuerdo con los deseos de los hombres, había sido engañosa.
Les había impedido comprender correctamente su descenso de la
posición más sublime a la más humilde que pudiese ocupar. Cristo
deseaba que las ideas de sus discípulos fuesen puras y veraces en
toda especificación. Debían comprender, en la medida de lo posible,
la copa de sufrimiento que le había sido dada. Les demostró que
el terrible conflicto que todavía no podían comprender era el cum-
plimiento del pacto hecho antes de la fundación del mundo. Cristo
debía morir, como todo transgresor de la ley debe morir si continúa
en el pecado. Todo esto había de suceder, pero no terminaba en
derrota, sino en una victoria gloriosa y eterna. Jesús les dijo que
debía hacerse todo esfuerzo posible para salvar al mundo del pecado.
Sus seguidores deberían vivir como él había vivido y obrar como él
había obrado, esforzándose y perseverando.
Así discurrió Cristo con sus discípulos, abriendo su entendimien-
to para que comprendiesen las Escrituras. Los discípulos estaban
cansados, pero la conversación no decaía. De los labios del Salvador
732 El Deseado de Todas las Gentes
[742] brotaban palabras de vida y seguridad. Pero los ojos de ellos estaban
velados. Mientras él les hablaba de la destrucción de Jerusalén, mi-
raron con llanto la ciudad condenada. Pero poco sospechaban quién
era su compañero de viaje. No pensaban que el objeto de su conver-
sación estaba andando a su lado; porque Cristo se refería a sí mismo
como si fuese otra persona. Pensaban que era alguno de aquellos que
habían asistido a la gran fiesta y volvía ahora a su casa. Andaba tan
cuidadosamente como ellos sobre las toscas piedras, deteniéndose
de vez en cuando para descansar un poco. Así prosiguieron por el
camino montañoso, mientras andaba a su lado Aquel que habría de
asumir pronto su puesto a la diestra de Dios y podía decir: “Toda
potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”3
Durante el viaje, el sol se había puesto, y antes que los viajeros
llegasen a su lugar de descanso los labradores de los campos habían
dejado su trabajo. Cuando los discípulos estaban por entrar en casa,
el extraño pareció querer continuar su viaje. Pero los discípulos se
sentían atraídos a él. En su alma tenían hambre de oír más de él.
“Quédate con nosotros,” dijeron. Como no parecía aceptar la invita-
ción, insistieron diciendo: “Se hace tarde, y el día ya ha declinado.”
Cristo accedió a este ruego y “entró pues a estarse con ellos.”
Si los discípulos no hubiesen insistido en su invitación, no ha-
brían sabido que su compañero de viaje era el Señor resucitado.
Cristo no impone nunca su compañía a nadie. Se interesa en aque-
llos que le necesitan. Gustosamente entrará en el hogar más humilde
y alegrará el corazón más sencillo. Pero si los hombres son dema-
siado indiferentes para pensar en el Huésped celestial o pedirle que
more con ellos, pasa de largo. Así muchos sufren grave pérdida. No
conocen a Cristo más de lo que le conocieron los discípulos mientras
andaban con él en el camino.
Pronto estuvo preparada la sencilla cena de pan. Fué colocada
delante del huésped, que había tomado su asiento a la cabecera de
la mesa. Entonces alzó las manos para bendecir el alimento. Los
discípulos retrocedieron asombrados. Su compañero extendía las
manos exactamente como solía hacerlo su Maestro. Vuelven a mirar,
y he aquí que ven en sus manos los rastros de los clavos. Ambos
exclaman a la vez: ¡Es el Señor Jesús! ¡Ha resucitado de los muertos!
Se levantan para echarse a sus pies y adorarle, pero ha desapare-
cido de su vista. Miran el lugar que ocupara Aquel cuyo cuerpo había
El viaje a Emaús 733
estado últimamente en la tumba y se dicen uno al otro: “¿No ardía [743]
nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y
cuando nos abría las Escrituras?”
Pero teniendo esta gran nueva que comunicar, no pueden per-
manecer sentados conversando. Han desaparecido su cansancio y
su hambre. Dejan sin probar su cena, y llenos de gozo vuelven a
tomar la misma senda por la cual vinieron, apresurándose para ir a
contar las nuevas a los discípulos que están en la ciudad. En algunos
lugares, el camino no es seguro, pero trepan por los lugares esca-
brosos y resbalan por las rocas lisas. No ven ni saben que tienen la
protección de Aquel que recorrió el camino con ellos. Con su bordón
de peregrino en la mano, se apresuran deseando ir más ligero de lo
que se atreven. Pierden la senda, pero la vuelven a hallar. A veces
corriendo, a veces tropezando, siguen adelante, con su compañero
invisible al lado de ellos todo el camino.
La noche es obscura, pero el Sol de justicia resplandece sobre
ellos. Su corazón salta de gozo. Parecen estar en un nuevo mundo.
Cristo es un Salvador vivo. Ya no le lloran como muerto. Cristo ha
resucitado, repiten vez tras vez. Tal es el mensaje que llevan a los
entristecidos discípulos. Deben contarles la maravillosa historia del
viaje a Emaús. Deben decirles quién se les unió en el camino. Llevan
el mayor mensaje que fuera jamás dado al mundo, un mensaje de
alegres nuevas, de las cuales dependen las esperanzas de la familia
humana para este tiempo y para la eternidad.
1Mateo 27:62, 63.
2Lucas 16:31.
3Mateo 28:18.
Capítulo 84—“Paz a vosotros”
Este capítulo está basado en Lucas 24:33-48; Juan 20:19-29.
[744] Al Llegar a Jerusalén, los dos discípulos entraron por la puerta
oriental, que permanecía abierta de noche durante las fiestas. Las
casas estaban obscuras y silenciosas, pero los viajeros siguieron su
camino por las calles estrechas a la luz de la luna naciente. Fueron
al aposento alto, donde Jesús había pasado las primeras horas de la
última noche antes de su muerte. Sabían que allí habían de encontrar
a sus hermanos. Aunque era tarde, sabían que los discípulos no
dormirían antes de saber con seguridad qué había sido del cuerpo de
su Señor. Encontraron la puerta del aposento atrancada seguramente.
Llamaron para que se los admitiese, pero sin recibir respuesta. Todo
estaba en silencio. Entonces dieron sus nombres. La puerta se abrió
cautelosamente; ellos entraron y Otro, invisible, entró con ellos.
Luego la puerta se volvió a cerrar, para impedir la entrada de espías.
Los viajeros encontraron a todos sorprendidos y excitados. Las
voces de los que estaban en la pieza estallaron en agradecimiento
y alabanza diciendo: “Ha resucitado el Señor verdaderamente, y
ha aparecido a Simón.” Entonces los dos viajeros, jadeantes aún
por la prisa con que habían realizado su viaje, contaron la historia
maravillosa de cómo Jesús se les apareció. Apenas acabado su
relato, y mientras algunos decían que no lo podían creer porque era
demasiado bueno para ser la verdad, he aquí que vieron otra persona
delante de sí. Todos los ojos se fijaron en el extraño. Nadie había
llamado para pedir entrada. Ninguna pisada se había dejado oír.
Los discípulos, sorprendidos, se preguntaron lo que esto significaba.
Oyeron entonces una voz que no era otra que la de su Maestro.
Claras fueron las palabras de sus labios: “Paz a vosotros.”
“Entonces ellos espantados y asombrados, pensaban que veían
espíritu. Mas él les dice: ¿Por qué estáis turbados y suben pensa-
mientos a vuestros corazones? Mirad mis manos y mis pies, que yo
mismo soy: palpad, y ved; que el espíritu ni tiene carne ni huesos,
734
“Paz a vosotros” 735
como veis que yo tengo. Y en diciendo esto, les mostró las manos y [745]
los pies.”
Contemplaron ellos las manos y los pies heridos por los crueles
clavos. Reconocieron su voz, que era como ninguna otra que hu-
biesen oído. “Y no creyéndolo aún ellos de gozo, y maravillados,
díjoles: ¿Tenéis aquí algo de comer? Entonces ellos le presenta-
ron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él tomó, y comió
delante de ellos.” “Y los discípulos se gozaron viendo al Señor.”
La fe y el gozo reemplazaron a la incredulidad, y con sentimientos
que no podían expresarse en palabras, reconocieron a su resucitado
Salvador.
En ocasión del nacimiento de Jesús, el ángel anunció: Paz en
la tierra, y buena voluntad para con los hombres. Y ahora, en la
primera aparición a sus discípulos después de su resurrección, el
Salvador se dirigió a ellos con las bienaventuradas palabras: “Paz a
vosotros.” Jesús está siempre listo para impartir paz a las almas que
están cargadas de dudas y temores. Espera que nosotros le abramos
la puerta del corazón y le digamos: Mora con nosotros. Dice: “He
aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere
la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.”1
La resurrección de Cristo fué una figura de la resurrección final
de todos los que duermen en él. El semblante del Salvador resucitado,
sus modales y su habla eran familiares para sus discípulos. Así como
Jesús resucitó de los muertos, han de resucitar los que duermen en
él. Conoceremos a nuestros amigos como los discípulos conocieron
a Jesús. Pueden haber estado deformados, enfermos o desfigurados
en esta vida mortal, y levantarse con perfecta salud y simetría; sin
embargo, en el cuerpo glorificado su identidad será perfectamente
conservada. Entonces conoceremos así como somos conocidos.2 En
la luz radiante que resplandecerá del rostro de Jesús, reconoceremos
los rasgos de aquellos a quienes amamos.
Cuando Jesús se encontró con sus discípulos les recordó lo que
les había dicho antes de su muerte, a saber, que debían cumplirse
todas las cosas que estaban escritas acerca de él en la ley de Moisés,
en los profetas y los salmos. “Entonces les abrió el sentido, para
que entendiesen las Escrituras; y dijoles: Así está escrito, y así fué
necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al
tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la
736 El Deseado de Todas las Gentes
[746] remisión de pecados en todas las naciones comenzando de Jerusalem.
Y vosotros sois testigos de estas cosas.”
Los discípulos empezaron a comprender la naturaleza y exten-
sión de su obra. Habían de proclamar al mundo las verdades admira-
bles que Cristo les había confiado. Los acontecimientos de su vida,
su muerte y resurrección, las profecías que indicaban estos sucesos,
el carácter sagrado de la ley de Dios, los misterios del plan de la
salvación, el poder de Jesús para remitir los pecados, de todo esto
debían ser testigos y darlo a conocer al mundo. Debían proclamar el
Evangelio de paz y salvación por el arrepentimiento y el poder del
Salvador.
“Y como hubo dicho esto, sopló, y díjoles: Tomad el Espíritu
Santo: a los que remitiereis los pecados, les son remitidos: a quienes
los retuviereis, serán retenidos.” El Espíritu Santo no se había mani-
festado todavía plenamente; porque Cristo no había sido glorificado
todavía. El impartimiento más abundante del Espíritu no sucedió
hasta después de la ascensión de Cristo. Mientras no lo recibiesen,
no podían los discípulos cumplir la comisión de predicar el Evange-
lio al mundo. Pero en ese momento el Espíritu les fué dado con un
propósito especial. Antes que los discípulos pudiesen cumplir sus
deberes oficiales en relación con la iglesia, Cristo sopló su Espíritu
sobre ellos. Les confiaba un cometido muy sagrado y quería hacerles
entender que sin el Espíritu Santo esta obra no podía hacerse.
El Espíritu Santo es el aliento de la vida espiritual. El imparti-
miento del Espíritu es el impartimiento de la vida de Cristo. Comuni-
ca al que lo recibe los atributos de Cristo. Únicamente aquellos que
han sido así enseñados de Dios, los que experimentan la operación
interna del Espíritu y en cuya vida se manifiesta la vida de Cristo,
han de destacarse como hombres representativos, que ministren en
favor de la iglesia.
“A los que remitiereis los pecados—dijo Cristo,—les son remi-
tidos: a quienes los retuviereis, serán retenidos.” Cristo no da aquí
a nadie libertad para juzgar a los demás. En el sermón del monte,
lo prohibió. Es prerrogativa de Dios. Pero coloca sobre la iglesia
organizada una responsabilidad por sus miembros individuales. La
iglesia tiene el deber de amonestar, instruir y si es posible restaurar
a aquellos que caigan en el pecado. “Redarguye, reprende, exhorta—
dice el Señor,—con toda paciencia y doctrina.”3 Obrad fielmente
“Paz a vosotros” 737
con los que hacen mal. Amonestad a toda alma que está en peligro. [747]
No dejéis que nadie se engañe. Llamad al pecado por su nombre.
Declarad lo que Dios ha dicho respecto de la mentira, la violación
del sábado, el robo, la idolatría y todo otro mal: “Los que hacen tales
cosas no heredarán el reino de Dios.”4 Si persisten en el pecado, el
juicio que habéis declarado por la Palabra de Dios es pronunciado
sobre ellos en el cielo. Al elegir pecar, niegan a Cristo; la iglesia
debe mostrar que no sanciona sus acciones, o ella misma deshonra
a su Señor. Debe decir acerca del pecado lo que Dios dice de él.
Debe tratar con él como Dios lo indica, y su acción queda ratificada
en el cielo. El que desprecia la autoridad de la iglesia desprecia la
autoridad de Cristo mismo.
Pero el cuadro tiene un aspecto más halagüeño. “A los que
remitiereis los pecados, les son remitidos.” Dad el mayor relieve a
este pensamiento. Al trabajar por los que yerran, dirigid todo ojo a
Cristo. Tengan los pastores tierno cuidado por el rebaño de la dehesa
del Señor. Hablen a los que yerran de la misericordia perdonadora
del Salvador. Alienten al pecador a arrepentirse y a creer en Aquel
que puede perdonarle. Declaren, sobre la autoridad de la Palabra de
Dios: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos
perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.”5 A todos
los que se arrepienten se les asegura: “El tendrá misericordia de
nosotros; él sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos
de la mar todos nuestros pecados.”6
Sea el arrepentimiento del pecador aceptado por la iglesia con
corazón agradecido. Condúzcase al arrepentido de las tinieblas de la
incredulidad a la luz de la fe y de la justicia. Colóquese su mano tem-
blorosa en la mano amante de Jesús. Una remisión tal es ratificada
en el cielo.
Únicamente en este sentido tiene la iglesia poder para absolver
al pecador. La remisión de los pecados puede obtenerse únicamente
por los méritos de Cristo. A ningún hombre, a ningún cuerpo de
hombres, es dado el poder de librar al alma de la culpabilidad. Cristo
encargó a sus discípulos que predicasen la remisión de pecados en
su nombre entre todas las naciones; pero ellos mismos no fueron
dotados de poder para quitar una sola mancha de pecado. El nombre
de Jesús es el único nombre “debajo del cielo, dado a los hombres,
en que podamos ser salvos.”7
738 El Deseado de Todas las Gentes
[748] Cuando Cristo se encontró por primera vez con los discípulos en
el aposento alto, Tomás no estaba con ellos. Oyó el informe de los
demás y recibió abundantes pruebas de que Jesús había resucitado;
pero la lobreguez y la incredulidad llenaban su alma. El oír a los
discípulos hablar de las maravillosas manifestaciones del Salvador
resucitado no hizo sino sumirlo en más profunda desesperación. Si
Jesús hubiese resucitado realmente de los muertos no podía haber
entonces otra esperanza de un reino terrenal. Y hería su vanidad el
pensar que su Maestro se revelase a todos los discípulos excepto a
él. Estaba resuelto a no creer, y por una semana entera reflexionó en
su condición, que le parecía tanto más obscura en contraste con la
esperanza y la fe de sus hermanos.
Durante ese tiempo, declaró repetidas veces: “Si no viere en
sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de
los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.” No quería
ver por los ojos de sus hermanos, ni ejercer fe por su testimonio.
Amaba ardientemente a su Señor, pero permitía que los celos y la
incredulidad dominasen su mente y corazón.
Unos cuantos de los discípulos hicieron entonces del familiar
aposento alto su morada temporal, y a la noche se reunían todos
excepto Tomás. Una noche, Tomás resolvió reunirse con los demás.
A pesar de su incredulidad, tenía una débil esperanza de que fuese
verdad la buena nueva. Mientras los discípulos estaban cenando,
hablaban de las evidencias que Cristo les había dado en las profecías.
Entonces “vino Jesús, las puertas cerradas, y púsose en medio, y
dijo: Paz a vosotros.”
Volviéndose hacia Tomás dijo: “Mete tu dedo aquí, y ve mis
manos: y alarga acá tu mano, y métela en mi costado: y no seas
incrédulo, sino fiel.” Estas palabras demostraban que él conocía los
pensamientos y las palabras de Tomás. El discípulo acosado por la
duda sabía que ninguno de sus compañeros había visto a Jesús desde
hacía una semana. No podían haber hablado de su incredulidad al
Maestro. Reconoció como su Señor al que tenía delante de sí. No
deseaba otra prueba. Su corazón palpitó de gozo, y se echó a los
pies de Jesús clamando: “¡Señor mío, y Dios mío!”
Jesús aceptó este reconocimiento, pero reprendió suavemente su
incredulidad: “Porque me has visto, Tomás, creíste: bienaventurados
los que no vieron y creyeron.” La fe de Tomás habría sido más grata
“Paz a vosotros” 739
a Cristo si hubiese estado dispuesto a creer por el testimonio de sus [749]
hermanos. Si el mundo siguiese ahora el ejemplo de Tomás, nadie
creería en la salvación; porque todos los que reciben a Cristo deben
hacerlo por el testimonio de otros.
Muchos aficionados a la duda se disculpan diciendo que si tu-
viesen las pruebas que Tomás recibió de sus compañeros, creerían.
No comprenden que no solamente tienen esa prueba, sino mucho
más. Muchos que, como Tomás, esperan que sea suprimida toda
causa de duda, no realizarán nunca su deseo. Quedan gradualmente
confirmados en la incredulidad. Los que se acostumbran a mirar el
lado sombrío, a murmurar y quejarse, no saben lo que hacen. Están
sembrando las semillas de la duda, y segarán una cosecha de duda.
En un tiempo en que la fe y la confianza son muy esenciales, muchos
se hallarán así incapaces de esperar y creer.
En el trato que concedió a Tomás, Jesús dió una lección para sus
seguidores. Su ejemplo demuestra cómo debemos tratar a aquellos
cuya fe es débil y que dan realce a sus dudas. Jesús no abrumó a
Tomás con reproches ni entró en controversia con él. Se reveló al que
dudaba. Tomás había sido irrazonable al dictar las condiciones de
su fe, pero Jesús, por su amor y consideración generosa, quebrantó
todas las barreras. La incredulidad queda rara vez vencida por la
controversia. Se pone más bien en guardia y halla nuevo apoyo y
excusa. Pero revélese a Jesús en su amor y misericordia como el
Salvador crucificado, y de muchos labios antes indiferentes se oirá
el reconocimiento de Tomás: “¡Señor mío, y Dios mío!”
1Apocalipsis 3:20.
21 Corintios 13:12.
32 Timoteo 4:2.
4Gálatas 5:21.
51 Juan 1:9.
6Miqueas 7:19.
7Hechos 4:12.
Capítulo 85—De nuevo a orillas del mar
Este capítulo está basado en Juan 21:1-22.
[750] Jesús había citado a sus discípulos a una reunión con él en
Galilea; y poco después que terminara la semana de Pascua, ellos
dirigieron sus pasos hacia allá. Su ausencia de Jerusalén durante
la fiesta habría sido interpretada como desafecto y herejía, por lo
cual permanecieron hasta el fin; pero una vez terminada esa fiesta,
se dirigieron gozosamente hacia su casa para encontrarse con el
Salvador, según él se lo había indicado.
Siete de los discípulos estaban juntos. Iban vestidos con el hu-
milde atavío de los pescadores; eran pobres en bienes de este mundo,
pero ricos en el conocimiento y la práctica de la verdad, lo cual a
la vista del Cielo les daba el más alto puesto como maestros. No
habían estudiado en las escuelas de los profetas, pero durante tres
años habían sido enseñados por el mayor educador que el mundo
hubiese conocido. Bajo su instrucción habían llegado a ser agentes
elevados, inteligentes y refinados, capaces de conducir a los hombres
al conocimiento de la verdad.
Gran parte del ministerio de Cristo había transcurrido cerca del
mar de Galilea. Al reunirse los discípulos en un lugar donde no
era probable que se los perturbase, se encontraron rodeados por los
recuerdos de Jesús y de sus obras poderosas. Sobre este mar, donde
su corazón se había llenado una vez de terror y la fiera tempestad
parecía a punto de lanzarlos a la muerte, Jesús había caminado
sobre las ondas para ir a rescatarlos. Allí la tempestad había sido
calmada por su palabra. A su vista estaba la playa donde más de
diez mil personas habían sido alimentadas con algunos pocos panes
y pececillos. No lejos de allí estaba Capernaúm, escenario de tantos
milagros. Mientras los discípulos miraban la escena, embargaban su
espíritu los recuerdos de las palabras y acciones de su Salvador.
La noche era agradable, y Pedro, que todavía amaba mucho sus
botes y la pesca, propuso salir al mar y echar sus redes. Todos acor-
740
De nuevo a orillas del mar 741
daron participar en este plan; necesitaban el alimento y las ropas que [751]
la pesca de una noche de éxito podría proporcionarles. Así que salie-
ron en su barco, pero no prendieron nada. Trabajaron toda la noche
sin éxito. Durante las largas horas, hablaron de su Señor ausente y
recordaron las escenas maravillosas que habían presenciado durante
su ministerio a orillas del mar. Se hacían preguntas en cuanto a su
propio futuro, y se entristecían al contemplar la perspectiva que se
les presentaba.
Mientras tanto un observador solitario, invisible, los seguía con
los ojos desde la orilla. Al fin, amaneció. El barco estaba cerca de
la orilla, y los discípulos vieron de pie sobre la playa a un extraño
que los recibió con la pregunta: “Mozos, ¿tenéis algo de comer?”
Cuando contestaron: “No,” “él les dice: Echad la red a la mano
derecha del barco, y hallaréis. Entonces la echaron, y no la podían
en ninguna manera sacar, por la multitud de peces.”
Juan reconoció al extraño, y le dijo a Pedro: “El Señor es.” Pedro
se regocijó de tal manera que en su apresuramiento se echó al agua
y pronto estuvo al lado de su Maestro. Los otros discípulos vinieron
en el barco arrastrando la red llena de peces. “Y como descendieron
a tierra, vieron ascuas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.”
Estaban demasiado asombrados para preguntar de dónde venían
el fuego y la comida. “Díceles Jesús: Traed de los peces que cogisteis
ahora.” Pedro corrió hacia la red, que él había echado y ayudado a
sus hermanos a arrastrar hacia la orilla. Después de terminado el
trabajo y hechos los preparativos, Jesús invitó a los discípulos a venir
y comer. Partió el alimento y lo dividió entre ellos, y fué conocido y
reconocido por los siete. Recordaron entonces el milagro de cómo
habían sido alimentadas las cinco mil personas en la ladera del
monte; pero los dominaba una misteriosa reverencia, y en silencio
miraban al Salvador resucitado.
Vívidamente recordaban la escena ocurrida al lado del mar cuan-
do Jesús les había ordenado que le siguieran. Recordaban cómo, a
su orden, se habían dirigido mar adentro, habían echado la red y
habían prendido tantos peces que la llenaban hasta el punto de rom-
perla. Entonces Jesús los había invitado a dejar sus barcos y había
prometido hacerlos pescadores de hombres. Con el fin de hacerles
recordar esta escena y profundizar su impresión, había realizado de
nuevo este milagro. Su acto era una renovación del encargo hecho a
742 El Deseado de Todas las Gentes
[752] los discípulos. Demostraba que la muerte de su Maestro no había
disminuído su obligación de hacer la obra que les había asignado.
Aunque habían de quedar privados de su compañía personal y de
los medios de sostén que les proporcionara su empleo anterior, el
Salvador resucitado seguiría cuidando de ellos. Mientras estuviesen
haciendo su obra, proveería a sus necesidades. Y Jesús tenía un
propósito al invitarlos a echar la red hacia la derecha del barco. De
ese lado estaba él, en la orilla. Era el lado de la fe. Si ellos trabajaban
en relación con él y se combinaba su poder divino con el esfuerzo
humano, no podrían fracasar.
Cristo tenía otra lección que dar, especialmente relacionada con
Pedro. La forma en que Pedro había negado a su Maestro había
ofrecido un vergonzoso contraste con sus anteriores profesiones de
lealtad. Había deshonrado a Cristo e incurrido en la desconfianza de
sus hermanos. Ellos pensaban que no se le debía permitir asumir su
posición anterior entre ellos, y él mismo sentía que había perdido su
confianza. Antes de ser llamado a asumir de nuevo su obra apostólica,
debía dar delante de todos ellos pruebas de su arrepentimiento. Sin
esto, su pecado, aunque se hubiese arrepentido de él, podría destruir
su influencia como ministro de Cristo. El Salvador le dió oportunidad
de recobrar la confianza de sus hermanos y, en la medida de lo
posible, eliminar el oprobio que había atraído sobre el Evangelio.
En esto es dada una lección para todos los que siguen a Cristo.
El Evangelio no transige con el mal. No puede disculpar el pecado.
Los pecados secretos han de ser confesados en secreto a Dios. Pero
el pecado abierto requiere una confesión abierta. El oprobio que
ocasiona el pecado del discípulo recae sobre Cristo. Hace triunfar a
Satanás, y tropezar a las almas vacilantes. El discípulo debe, hasta
donde esté a su alcance, eliminar ese oprobio dando prueba de su
arrepentimiento.
Mientras Cristo y los discípulos estaban comiendo juntos a ori-
llas del mar, el Salvador dijo a Pedro, refiriéndose a sus hermanos:
“Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?” Pedro había de-
clarado una vez: “Aunque todos sean escandalizados en ti, yo nunca
seré escandalizado.”1 Pero ahora supo estimarse con más verdad.
“Sí, Señor—dijo:—tú sabes que te amo.” No aseguró vehemente-
mente que su amor fuese mayor que el de sus hermanos. No expresó
su propia opinión acerca de su devoción. Apeló a Aquel que puede
De nuevo a orillas del mar 743
leer todos los motivos del corazón, para que juzgase de su sinceridad: [753]
“Tú sabes que te amo.” Y Jesús le ordenó: “Apacienta mis corderos.”
Nuevamente Jesús probó a Pedro, repitiendo sus palabras an-
teriores: “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?” Esta vez no preguntó
a Pedro si le amaba más que sus hermanos. La segunda respuesta
fué como la primera, libre de seguridad extravagante: “Sí, Señor: tú
sabes que te amo.” Y Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas.” Una vez
más el Salvador le dirige la pregunta escrutadora: “Simón, hijo de
Jonás, ¿me amas?” Pedro se entristeció; pensó que Jesús dudaba de
su amor. Sabía que su Maestro tenía motivos para desconfiar de él, y
con corazón dolorido contestó: “Señor, tú sabes todas las cosas; tú
sabes que te amo.” Y Jesús volvió a decirle: “Apacienta mis ovejas.”
Tres veces había negado Pedro abiertamente a su Señor, y tres
veces Jesús obtuvo de él la seguridad de su amor y lealtad, haciendo
penetrar en su corazón esta aguda pregunta, como una saeta armada
de púas que penetrase en su herido corazón. Delante de los discípulos
congregados, Jesús reveló la profundidad del arrepentimiento de
Pedro, y demostró cuán cabalmente humillado se hallaba el discípulo
una vez jactancioso.
Pedro era naturalmente audaz e impulsivo, y Satanás se había
valido de estas características para vencerle. Precisamente antes de
la caída de Pedro, Jesús le había dicho: “Satanás os ha pedido para
zarandaros como a trigo; mas yo he rogado por ti que tu fe no falte:
y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.”2 Había llegado ese
momento, y era evidente la transformación realizada en Pedro. Las
preguntas tan apremiantes por las cuales el Señor le había probado,
no habían arrancado una sola respuesta impetuosa o vanidosa; y
a causa de su humillación y arrepentimiento, Pedro estaba mejor
preparado que nunca antes para actuar como pastor del rebaño.
La primera obra que Cristo confió a Pedro al restaurarle en su
ministerio consistía en apacentar a los corderos. Era una obra en
la cual Pedro tenía poca experiencia. Iba a requerir gran cuidado y
ternura, mucha paciencia y perseverancia. Le llamaba a ministrar a
aquellos que fuesen jóvenes en la fe, a enseñar a los ignorantes, a
presentarles las Escrituras y educarlos para ser útiles en el servicio
de Cristo. Hasta entonces Pedro no había sido apto para hacer esto,
ni siquiera para comprender su importancia. Pero ésta era la obra
744 El Deseado de Todas las Gentes
[754] que Jesús le ordenaba hacer ahora. Había sido preparado para ella
por el sufrimiento y el arrepentimiento que había experimentado.
Antes de su caída, Pedro había tenido la costumbre de hablar
inadvertidamente, bajo el impulso del momento. Siempre estaba
listo para corregir a los demás, para expresar su opinión, antes de
tener una comprensión clara de sí mismo o de lo que tenía que decir.
Pero el Pedro convertido era muy diferente. Conservaba su fervor
anterior, pero la gracia de Cristo regía su celo. Ya no era impetuoso,
confiado en sí mismo, ni vanidoso, sino sereno, dueño de sí y dócil.
Podía entonces alimentar tanto a los corderos como a las ovejas del
rebaño de Cristo.
La manera en que el Salvador trató a Pedro encerraba una lec-
ción para él y sus hermanos. Les enseñó a tratar al transgresor con
paciencia, simpatía y amor perdonador. Aunque Pedro había negado
a su Señor, el amor de Jesús hacia él no vaciló nunca. Un amor tal
debía sentir el subpastor por las ovejas y los corderos confiados a
su cuidado. Recordando su propia debilidad y fracaso, Pedro debía
tratar con su rebaño tan tiernamente como Cristo le había tratado a
él.
La pregunta que Cristo había dirigido a Pedro era significativa.
Mencionó sólo una condición para ser discípulo y servir. “¿Me
amas?” dijo. Esta es la cualidad esencial. Aunque Pedro poseyese
todas las demás, sin el amor de Cristo no podía ser pastor fiel sobre
el rebaño del Señor. El conocimiento, la benevolencia, la elocuencia,
la gratitud y el celo son todos valiosos auxiliares en la buena obra;
pero sin el amor de Jesús en el corazón, la obra del ministro cristiano
fracasará seguramente.
Jesús anduvo a solas con Pedro un rato, porque había algo que
deseaba comunicarle a él solo. Antes de su muerte, Jesús le había
dicho: “Donde yo voy, no me puedes ahora seguir; mas me seguirás
después.” A esto Pedro había contestado: “Señor, ¿por qué no te
puedo seguir ahora? mi alma pondré por ti.”3 Cuando dijo esto, no
tenía noción de las alturas y profundidades a las cuales le iban a
conducir los pies de Cristo. Pedro había fracasado cuando vino la
prueba, pero volvía a tener oportunidad de probar su amor hacia
Cristo. A fin de que quedase fortalecido para la prueba final de su fe,
el Salvador le reveló lo que le esperaba. Le dijo que después de vivir
una vida útil, cuando la vejez le restase fuerzas, habría de seguir
De nuevo a orillas del mar 745
de veras a su Señor. Jesús dijo: “Cuando eras más mozo, te ceñías, [755]
e ibas donde querías; mas cuando ya fueres viejo, extenderás tus
manos, y te ceñirá otro, y te llevará a donde no quieras. Y esto dijo,
dando a entender con qué muerte había de glorificar a Dios.”
Jesús dió entonces a conocer a Pedro la manera en que habría
de morir. Hasta predijo que serían extendidas sus manos sobre la
cruz. Volvió a ordenar a su discípulo: “Sígueme.” Pedro no quedó
desalentado por la revelación. Estaba dispuesto a sufrir cualquier
muerte por su Señor.
Hasta entonces Pedro había conocido a Cristo según la carne,
como muchos le conocen ahora; pero ya no había de quedar así limi-
tado. Ya no le conocía como le había conocido en su trato con él en
forma humana. Le había amado como hombre, como maestro envia-
do del cielo; ahora le amaba como Dios. Había estado aprendiendo
la lección de que para él Cristo era todo en todo. Ahora estaba pre-
parado para participar de la misión de sacrificio de su Señor. Cuando
por fin fué llevado a la cruz, fué, a petición suya, crucificado con la
cabeza hacia abajo. Pensó que era un honor demasiado grande sufrir
de la misma manera en que su Maestro había sufrido.
Para Pedro la orden “Sígueme” estaba llena de instrucción. No
sólo para su muerte fué dada esta lección, sino para todo paso de su
vida. Hasta entonces Pedro había estado inclinado a obrar indepen-
dientemente. Había procurado hacer planes para la obra de Dios en
vez de esperar y seguir el plan de Dios. Pero él no podía ganar nada
apresurándose delante del Señor. Jesús le ordena: “Sígueme.” No
corras delante de mí. Así no tendrás que arrostrar solo las huestes
de Satanás. Déjame ir delante de ti, y entonces no serás vencido por
el enemigo.
Mientras Pedro andaba al lado de Jesús, vió que Juan los estaba
siguiendo. Le dominó el deseo de conocer su futuro, y “dice a Jesús:
Señor, ¿y éste, qué? Dícele Jesús: Si quiero que él quede hasta que
yo venga, ¿qué a ti? Sígueme tú.” Pedro debiera haber considerado
que su Señor quería revelarle todo lo que le convenía saber. Es deber
de cada uno seguir a Cristo sin preocuparse por la tarea asignada a
otros. Al decir acerca de Juan: “Si quiero que él quede hasta que yo
venga,” Jesús no aseguró que este discípulo habría de vivir hasta la
segunda venida del Señor. Aseveró meramente su poder supremo, y
que si él quisiera que fuese así, ello no habría de afectar en manera
746 El Deseado de Todas las Gentes
[756] alguna la obra de Pedro. El futuro de Juan, tanto como el de Pedro,
[757] estaba en las manos de su Señor. El deber requerido de cada uno de
ellos era que le obedeciesen siguiéndole.
¡Cuántos son hoy semejantes a Pedro! Se interesan en los asuntos
de los demás, y anhelan conocer su deber mientras que están en
peligro de descuidar el propio. Nos incumbe mirar a Cristo y seguirle.
Veremos errores en la vida de los demás y defectos en su carácter.
La humanidad está llena de flaquezas. Pero en Cristo hallaremos
perfección. Contemplándole, seremos transformados.
Juan vivió hasta ser muy anciano. Presenció la destrucción de
Jerusalén y la ruina del majestuoso templo, símbolo de la ruina
final del mundo. Hasta sus últimos días, Juan siguió de cerca a su
Señor. El pensamiento central de su testimonio a las iglesias era:
“Carísimos, amémonos unos a otros;” “el que vive en amor, vive en
Dios, y Dios en él.”4
Pedro había sido restaurado a su apostolado, pero la honra y la
autoridad que recibió de Cristo no le dieron supremacía sobre sus
hermanos. Cristo dejó bien sentado esto cuando en contestación a la
pregunta de Pedro: “¿Y éste, qué?” había dicho: “¿Qué a ti? Sígueme
tú.” Pedro no había de ser honrado como cabeza de la iglesia. El
favor que Cristo le había manifestado al perdonarle su apostasía y
al confiarle la obra de apacentar el rebaño, y la propia fidelidad de
Pedro al seguir a Cristo, le granjearon la confianza de sus hermanos.
Tuvo mucha influencia en la iglesia. Pero la lección que Cristo le
había enseñado a orillas del mar de Galilea, la conservó Pedro toda
su vida. Escribiendo por el Espíritu Santo a las iglesias, dijo:
“Ruego a los ancianos que están entre vosotros, yo anciano
también con ellos, y testigo de las aflicciones de Cristo, que soy
también participante de la gloria que ha de ser revelada: Apacentad
la grey de Dios que está entre vosotros, teniendo cuidado de ella, no
por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino
de un ánimo pronto; y no como teniendo señorío sobre las heredades
del Señor, sino siendo dechados de la grey. Y cuando apareciere el
Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible
de gloria.”5