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Published by freebooks, 2020-10-10 09:47:03

el deseado de todas la gentes

el deseado de todas la gentes

Capítulo 18—“A él conviene crecer”

Este capítulo está basado en Juan 3:22-36.

Durante un tiempo la influencia del Bautista sobre la nación [151]
había sido mayor que la de sus gobernantes, sacerdotes o príncipes.
Si hubiese declarado que era el Mesías y encabezado una rebelión
contra Roma, los sacerdotes y el pueblo se habrían agolpado alrede-
dor de su estandarte. Satanás había estado listo para asediar a Juan el
Bautista con toda consideración halagadora para la ambición de los
conquistadores del mundo. Pero, frente a las evidencias que tenía de
su poder, había rechazado constantemente esta magnífica seducción.
Había dirigido hacia Otro la atención que se fijaba en él.

Ahora veía que el flujo de la popularidad se apartaba de él para
dirigirse al Salvador. Día tras día, disminuían las muchedumbres que
le rodeaban. Cuando Jesús vino de Jerusalén a la región del Jordán,
la gente se agolpó para oírle. El número de sus discípulos aumentaba
diariamente. Muchos venían para ser bautizados, y aunque Cristo
mismo no bautizaba, sancionaba la administración del rito por sus
discípulos. Así puso su sello sobre la misión de su precursor. Pero
los discípulos de Juan miraban con celos la popularidad creciente
de Jesús. Estaban dispuestos a criticar su obra, y no transcurrió
mucho tiempo antes que hallaran ocasión de hacerlo. Se levantó una
cuestión entre ellos y los judíos acerca de si el bautismo limpiaba
el alma de pecado. Ellos sostenían que el bautismo de Jesús difería
esencialmente del de Juan. Pronto estuvieron disputando con los
discípulos de Cristo acerca de las palabras que era propio emplear
al bautizar, y finalmente en cuanto al derecho que tenía Jesús para
bautizar.

Los discípulos de Juan vinieron a él con sus motivos de queja
diciendo: “Rabbí, el que estaba contigo de la otra parte del Jordán,
del cual tú diste testimonio, he aquí bautiza, y todos vienen a él.”
Con estas palabras, Satanás presentó una tentación a Juan. Aunque
la misión de Juan parecía estar a punto de terminar, le era todavía

147

148 El Deseado de Todas las Gentes

[152] posible estorbar la obra de Cristo. Si hubiese simpatizado consigo
mismo y expresado pesar o desilusión por ser superado, habría sem-
brado semillas de disensión que habrían estimulado la envidia y los
celos, y habría impedido gravemente el progreso del Evangelio.

Juan tenía por naturaleza los defectos y las debilidades comunes
a la humanidad, pero el toque del amor divino le había transformado.
Moraba en una atmósfera que no estaba contaminada por el egoísmo
y la ambición, y lejos de los miasmas de los celos. No manifestó
simpatía alguna por el descontento de sus discípulos, sino que de-
mostró cuán claramente comprendía su relación con el Mesías, y
cuán alegremente daba la bienvenida a Aquel cuyo camino había
venido a preparar.

Dijo: “No puede el hombre recibir algo, si no le fuere dado
del cielo. Vosotros mismos me sois testigos que dije: Yo no soy el
Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa,
es el esposo; mas el amigo del esposo, que está en pie y le oye,
se goza grandemente de la voz del esposo.” Juan se representó a
sí mismo como el amigo que actuaba como mensajero entre las
partes comprometidas, preparando el matrimonio. Cuando el esposo
había recibido a la esposa, la misión del amigo había terminado. Se
regocijaba en la felicidad de aquellos cuya unión había facilitado.
Así había sido llamado Juan para dirigir la gente a Jesús, y tenía el
gozo de presenciar el éxito de la obra del Salvador. Dijo: “Así pues,
este mi gozo es cumplido. A él conviene crecer, mas a mí menguar.”

Mirando con fe al Redentor, Juan se elevó a la altura de la
abnegación. No trató de atraer a los hombres a sí mismo, sino de
elevar sus pensamientos siempre más alto hasta que se fijasen en el
Cordero de Dios. El mismo había sido tan sólo una voz, un clamor
en el desierto. Ahora aceptaba con gozo el silencio y la obscuridad
a fin de que los ojos de todos pudiesen dirigirse a la Luz de la vida.

Los que son fieles a su vocación como mensajeros de Dios no
buscarán honra para sí mismos. El amor del yo desaparecerá en
el amor por Cristo. Ninguna rivalidad mancillará la preciosa causa
del Evangelio. Reconocerán que les toca proclamar como Juan el
Bautista: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo.”1 Elevarán a Jesús, y con él la humanidad será elevada. “Así
dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es
el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y

“A él conviene crecer” 149

humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes, y [153]
para vivificar el corazón de los quebrantados.”2

El alma del profeta, despojada del yo, se llenó de la luz divi-
na. Al presenciar la gloria del Salvador, sus palabras eran casi una
contraparte de aquellas que Cristo mismo había pronunciado en su
entrevista con Nicodemo. Juan dijo: “El que de arriba viene, sobre
todos es: el que es de la tierra, terreno es, y cosas terrenas habla: el
que viene del cielo, sobre todos es. ... Porque el que Dios envió, las
palabras de Dios habla: porque no da Dios el Espíritu por medida.”
Cristo podía decir: “No busco mi voluntad, mas la voluntad del que
me envió, del Padre.” De él se declara: “Has amado la justicia, y
aborrecido la maldad; por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con
óleo de alegría más que a tus compañeros.”3 El Padre no le da “el
Espíritu por medida.”

Así también sucede con los que siguen a Cristo. Podemos recibir
la luz del cielo únicamente en la medida en que estamos dispuestos a
ser despojados del yo. No podemos discernir el carácter de Dios, ni
aceptar a Cristo por la fe, a menos que consintamos en sujetar todo
pensamiento a la obediencia de Cristo. El Espíritu Santo se da sin
medida a todos los que hacen esto. En Cristo “reside toda la plenitud
de la Deidad corporalmente; y vosotros estáis completos en él.”4

Los discípulos de Juan habían declarado que todos los hombres
acudían a Cristo; pero con percepción más clara, Juan dijo: “Nadie
recibe su testimonio;” tan pocos estaban dispuestos a aceptarle como
el Salvador del pecado. Pero “aquel que ha recibido su testimonio,
ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz.”5 “El que cree en el
Hijo, tiene vida eterna.” No era necesario disputar acerca de si el
bautismo de Cristo o el de Juan purificaba del pecado. Es la gracia
de Cristo la que da vida al alma. Fuera de Cristo, el bautismo, como
cualquier otro rito, es una forma sin valor. “El que es incrédulo al
Hijo, no verá la vida.”

El éxito de la obra de Cristo, que el Bautista había recibido con
tanto gozo, fué comunicado también a las autoridades de Jerusalén.
Los sacerdotes y rabinos habían tenido celos de la influencia de
Juan al ver cómo la gente abandonaba las sinagogas y acudía al
desierto; pero he aquí que aparecía uno que tenía un poder aun
mayor para atraer a las muchedumbres. Aquellos caudillos de Israel
no estaban dispuestos a decir con Juan: “A él conviene crecer, mas a

150 El Deseado de Todas las Gentes

[154] mí menguar.” Se irguieron con nueva resolución para acabar con la
[155] obra que apartaba de ellos al pueblo.

Jesús sabía que no escatimarían esfuerzo para crear una división
entre sus discípulos y los de Juan. Sabía que se estaba formando
la tormenta que arrebataría a uno de los mayores profetas dados al
mundo. Deseando evitar toda ocasión de mala comprensión o disen-
sión, cesó tranquilamente de trabajar y se retiró a Galilea. Nosotros
también, aunque leales a la verdad, debemos tratar de evitar todo lo
que pueda conducir a la discordia o incomprensión. Porque siempre
que estas cosas se presentan, provocan la pérdida de almas. Siempre
que se produzcan circunstancias que amenacen causar una división,
debemos seguir el ejemplo de Jesús y el de Juan el Bautista.

Juan había sido llamado a destacarse como reformador. A causa
de esto, sus discípulos corrían el peligro de fijar su atención en él,
sintiendo que el éxito de la obra dependía de sus labores y perdiendo
de vista el hecho de que era tan sólo un instrumento por medio
del cual Dios había obrado. Pero la obra de Juan no era suficiente
para echar los fundamentos de la iglesia cristiana. Cuando hubo
terminado su misión, otra obra debía ser hecha, que su testimonio
no podía realizar. Sus discípulos no comprendían esto. Cuando
vieron a Cristo venir para encargarse de la obra, sintieron celos y
desconformidad.

Existen todavía los mismos peligros. Dios llama a un hombre a
hacer cierta obra; y cuando la ha llevado hasta donde le permiten
sus cualidades, el Señor suscita a otros, para llevarla más lejos. Pero,
como los discípulos de Juan, muchos creen que el éxito depende del
primer obrero. La atención se fija en lo humano en vez de lo divino,
se infiltran los celos, y la obra de Dios queda estorbada. El que es
así honrado indebidamente se siente tentado a albergar confianza
propia. No comprende cuánto depende de Dios. Se enseña a la gente
a esperar dirección del hombre, y así caen en error y son inducidos
a apartarse de Dios.

La obra de Dios no ha de llevar la imagen e inscripción del
hombre. De vez en cuando, el Señor introducirá diferentes agentes
por medio de los cuales su propósito podrá realizarse mejor. Biena-
venturados los que estén dispuestos a ver humillado el yo, diciendo
con Juan el Bautista: “A él conviene crecer, mas a mí menguar.”

“A él conviene crecer” 151

1Juan 1:29.
2Isaías 57:15.
3Juan 5:30; Hebreos 1:9.
4Colosenses 2:9, 10 (VM).
5V.M.

Capítulo 19—Junto al pozo de Jacob

Este capítulo está basado en Juan 4:1-42.

[156] En viaje a Galilea, Jesús pasó por Samaria. Era ya mediodía
cuando llegó al hermoso valle de Siquem. A la entrada de dicho
valle, se hallaba el pozo de Jacob. Cansado de viajar, se sentó allí
para descansar, mientras sus discípulos iban a comprar provisiones.

Los judíos y los samaritanos eran acérrimos enemigos, y en
cuanto les era posible, evitaban todo trato unos con otros. Los ra-
binos tenían por lícito el negociar con los samaritanos en caso de
necesidad; pero condenaban todo trato social con ellos. Un judío
no debía pedir nada prestado a un samaritano, ni aun un bocado de
pan o un vaso de agua. Los discípulos, al ir a comprar alimentos,
obraban en armonía con la costumbre de su nación, pero no podían
ir más allá. El pedir un favor a los samaritanos, o el tratar de benefi-
ciarlos en alguna manera, no podía cruzar siquiera por la mente de
los discípulos de Cristo.

Mientras Jesús estaba sentado sobre el brocal del pozo, se sentía
débil por el hambre y la sed. El viaje hecho desde la mañana había
sido largo, y se hallaba ahora bajo los rayos del sol de mediodía.
Su sed era intensificada por la evocación del agua fresca que estaba
tan cerca, aunque inaccesible para él; porque no tenía cuerda ni
cántaro, y el pozo era hondo. Compartía la suerte de la humanidad,
y aguardaba que alguien viniese para sacar agua.

Se acercó entonces una mujer de Samaria, y sin prestar atención a
su presencia, llenó su cántaro de agua. Cuando estaba por irse, Jesús
le pidió que le diese de beber. Ningún oriental negaría un favor tal.
En el Oriente se llama al agua “el don de Dios.” El ofrecer de beber
al viajero sediento era considerado un deber tan sagrado que los
árabes del desierto se tomaban molestias especiales para cumplirlo.
El odio que reinaba entre los judíos y los samaritanos impidió a la
mujer ofrecer un favor a Jesús; pero el Salvador estaba tratando de
hallar la llave de su corazón, y con el tacto nacido del amor divino,

152

Junto al pozo de Jacob 153

él no ofreció un favor, sino que lo pidió. El ofrecimiento de un favor [157]
podría haber sido rechazado; pero la confianza despierta confianza.
El Rey del cielo se presentó a esta paria de la sociedad, pidiendo un
servicio de sus manos. El que había hecho el océano, el que rige las
aguas del abismo, el que abrió los manantiales y los canales de la
tierra, descansó de sus fatigas junto al pozo de Jacob y dependió de
la bondad de una persona extraña para una cosa tan insignificante
como un sorbo de agua.

La mujer se dió cuenta de que Jesús era judío. En su sorpresa, se
olvidó de concederle lo pedido, e indagó así la razón de tal petición:
“¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí de beber, que soy mujer
samaritana?”

Jesús contestó: “Si conocieses el don de Dios, y quién es el que
te dice: Dame de beber: tú pedirías de él, y él te daría agua viva.”
Es decir: Te maravilla que yo te pida un favor tan pequeño como un
sorbo de agua del pozo que está a nuestros pies. Si tú me hubieses
pedido a mí, te hubiera dado a beber el agua de la vida eterna.

La mujer no había comprendido las palabras de Cristo, pero
sintió su solemne significado. Empezó a cambiar su actitud despreo-
cupada. Suponiendo que Jesús hablaba del pozo que estaba delante
de ellos, dijo: “Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo:
¿de dónde, pues, tienes el agua viva? ¿Eres tú mayor que nuestro
padre Jacob, que nos dió este pozo, del cual él bebió?” Ella no veía
delante de sí más que un sediento viajero, cansado y cubierto de
polvo. Lo comparó mentalmente con el honrado patriarca Jacob.
Abrigaba el sentimiento muy natural de que ningún otro pozo podía
ser igual al cavado por sus padres. Miraba hacia atrás a los padres,
y hacia adelante a la llegada del Mesías, mientras la Esperanza de
los padres, el Mesías mismo, estaba a su lado, y ella no lo conocía.
¡Cuántas almas sedientas están hoy al lado de la fuente del agua viva,
y, sin embargo, buscan muy lejos los manantiales de la vida! “No
digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer abajo
a Cristo:) O, ¿quién descenderá al abismo? (esto es, para volver a
traer a Cristo de los muertos.) ... Cercana está la palabra, en tu boca y
en tu corazón.... Si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres
en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.”1

Jesús no contestó inmediatamente la pregunta respecto de sí
mismo, sino que con solemne seriedad dijo: “Cualquiera que bebiere

154 El Deseado de Todas las Gentes

[158] de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que
yo le daré, para siempre no tendrá sed: mas el agua que yo le daré,
será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”

El que trate de aplacar su sed en las fuentes de este mundo, bebe
tan sólo para tener sed otra vez. Por todas partes, hay hombres que no
están satisfechos. Anhelan algo que supla la necesidad del alma. Un
solo Ser puede satisfacer esta necesidad. Lo que el mundo necesita,
“el Deseado de todas las gentes,” es Cristo. La gracia divina, que
él solo puede impartir, es como agua viva que purifica, refrigera y
vigoriza al alma.

Jesús no quiso dar a entender que un solo sorbo del agua de vida
bastaba para el que la recibiera. El que prueba el amor de Cristo, lo
deseará en mayor medida de continuo; pero no buscará otra cosa.
Las riquezas, los honores y los placeres del mundo, no le atraen más.
El constante clamor de su corazón es: “Más de ti.” Y el que revela al
alma su necesidad, aguarda para satisfacer su hambre y sed. Todo
recurso en que confíen los seres humanos, fracasará. Las cisternas
se vaciarán, los estanques se secarán; pero nuestro Redentor es el
manantial inagotable. Podemos beber y volver a beber, y siempre
hallar una provisión de agua fresca. Aquel en quien Cristo mora,
tiene en sí la fuente de bendición, “una fuente de agua que salte
para vida eterna.” De este manantial puede sacar fuerza y gracia
suficientes para todas sus necesidades.

Mientras Jesús hablaba del agua viva, la mujer lo miró con aten-
ción maravillada. Había despertado su interés, y un deseo del don
del cual hablaba. Se percató de que no se refería al agua del pozo
de Jacob; porque de ésta bebía de continuo y volvía a tener sed.
“Señor—dijo,—dame esta agua, para que no tenga sed, ni venga acá
a sacarla.”

Jesús desvió entonces bruscamente la conversación. Antes que
esa alma pudiese recibir el don que él anhelaba concederle, debía
ser inducida a reconocer su pecado y su Salvador. “Jesús le dice:
Ve, llama a tu marido, y ven acá.” Ella contestó: “No tengo marido.”
Esperaba así evitar toda pregunta en ese sentido. Pero el Salvador
continuó: “Bien has dicho, No tengo marido; porque cinco maridos
has tenido: y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con
verdad.”

Junto al pozo de Jacob 155

La interlocutora de Jesús tembló. Una mano misteriosa estaba [159]
hojeando las páginas de la historia de su vida, sacando a luz lo
que ella había esperado mantener para siempre oculto. ¿Quién era
éste que podía leer los secretos de su vida? Se puso a pensar en la
eternidad, en el juicio futuro, en el cual todo lo que es ahora oculto
será revelado. En su luz, su conciencia despertó.

No podía negar nada; pero trató de eludir toda mención de un
tema tan ingrato. Con profunda reverencia, dijo: “Señor, paréceme
que tú eres profeta.” Luego, esperando acallar la convicción, mencio-
nó puntos de controversia religiosa. Si él era profeta, seguramente
podría instruirla acerca de estos asuntos en disputa desde hacía tanto
tiempo.

Con paciencia Jesús le permitió llevar la conversación adonde
ella quiso. Mientras tanto, aguardaba la oportunidad de volver a
hacer penetrar la verdad en su corazón. “Nuestros padres adoraron
en este monte—dijo ella,—y vosotros decís que en Jerusalem es el
lugar donde es necesario adorar.” A la vista estaba el monte Gerizim.
Su templo estaba derribado y sólo quedaba el altar. El lugar del culto
había sido tema de discusión entre judíos y samaritanos. Algunos
de los antepasados de estos últimos habían pertenecido a Israel;
pero por causa de sus pecados, el Señor había permitido que fuesen
vencidos por una nación idólatra. Durante muchas generaciones,
se habían mezclado con idólatras, cuya religión había contaminado
gradualmente la suya. Es cierto que sostenían que sus ídolos tenían
como único objeto hacerles acordar del Dios viviente, el Gobernante
del universo; no obstante, el pueblo había sido inducido a reverenciar
sus imágenes esculpidas.

Cuando el templo de Jerusalén fué reconstruido en los días de
Esdras, los samaritanos quisieron contribuir a su erección juntamente
con los judíos. Este privilegio les fué negado, y esto suscitó una
amarga animosidad entre los dos pueblos. Los samaritanos edificaron
un templo rival sobre el monte Gerizim. Allí adoraban de acuerdo
con el ritual mosaico, aunque no renunciaron completamente a la
idolatría. Pero los azotaron desastres, su templo fué destruído por
sus enemigos, y parecían hallarse bajo una maldición; a pesar de lo
cual se aferraron todavía a sus tradiciones y a sus formas de culto.
No querían reconocer el templo de Jerusalén como casa de Dios, ni
admitían que la religión de los judíos fuese superior a la suya.

156 El Deseado de Todas las Gentes

[160] En respuesta a lo que mencionara la mujer, Jesús dijo: “Mujer,
créeme, que la hora viene, cuando ni en este monte, ni en Jerusalem
adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros ado-
ramos lo que sabemos: porque la salud viene de los judíos.” Jesús
había demostrado que él no participaba de los prejuicios judíos con-
tra los samaritanos. Ahora se esforzó en destruir el prejuicio de esa
samaritana contra los judíos. Al par que se refería al hecho de que
la fe de los samaritanos estaba corrompida por la idolatría, declaró
que las grandes verdades de la redención habían sido confiadas a
los judíos y que de entre ellos había de aparecer el Mesías. En las
Sagradas Escrituras, tenían una clara presentación del carácter de
Dios y de los principios de su gobierno. Jesús se clasificó con los
judíos como el pueblo al cual Dios se había dado a conocer.

El deseaba elevar los pensamientos de su oyente por encima de
cuanto se refería a formas, ceremonias y cuestiones controvertidas.
“La hora viene—dijo él,—y ahora es, cuando los verdaderos adora-
dores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el
Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los
que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.”

Aquí se declara la misma verdad que Jesús había revelado a
Nicodemo cuando dijo: “A menos que el hombre naciere de lo
alto, no puede ver el reino de Dios.”2 Los hombres no se ponen en
comunión con el cielo visitando una montaña santa o un templo
sagrado. La religión no ha de limitarse a las formas o ceremonias
externas. La religión que proviene de Dios es la única que conducirá
a Dios. A fin de servirle debidamente, debemos nacer del Espíritu
divino. Esto purificará el corazón y renovará la mente, dándonos
una nueva capacidad para conocer y amar a Dios. Nos inspirará una
obediencia voluntaria a todos sus requerimientos. Tal es el verdadero
culto. Es el fruto de la obra del Espíritu Santo. Por el Espíritu es
formulada toda oración sincera, y una oración tal es aceptable para
Dios. Siempre que un alma anhela a Dios, se manifiesta la obra del
Espíritu, y Dios se revelará a esa alma. El busca adoradores tales.
Espera para recibirlos y hacerlos sus hijos e hijas.

Mientras la mujer hablaba con Jesús, le impresionaron sus pala-
bras. Nunca había oído expresar tales sentimientos por los sacerdotes
de su pueblo o de los judíos. Al serle revelada su vida pasada, había
llegado a sentir su gran necesidad. Comprendió la sed de su alma,

Junto al pozo de Jacob 157

que las aguas del pozo de Sicar no podrían nunca satisfacer. Nada [161]
de todo lo que había conocido antes, le había hecho sentir así su
gran necesidad. Jesús la había convencido de que leía los secretos
de su vida; sin embargo, se daba cuenta de que era un amigo que
la compadecía y la amaba. Aunque la misma pureza de su presen-
cia condenaba el pecado de ella, no había pronunciado acusación
alguna, sino que le había hablado de su gracia, que podía renovar
el alma. Empezó a sentir cierta convicción acerca de su carácter, y
pensó: ¿No podría ser éste el Mesías que por tanto tiempo hemos
esperado? Entonces le dijo: “Sé que el Mesías ha de venir, el cual
se dice el Cristo: cuando él viniere nos declarará todas las cosas.”
Jesús le respondió: “Yo soy, que hablo contigo.”

Al oír la mujer estas palabras, la fe nació en su corazón, y aceptó
el admirable anunció de los labios del Maestro divino.

Esta mujer se hallaba en un estado de ánimo que le permitía
apreciar las cosas. Estaba dispuesta a recibir la más noble revelación,
porque estaba interesada en las Escrituras, y el Espíritu Santo había
estado preparando su mente para recibir más luz. Había estudiado la
promesa del Antiguo Testamento: “Profeta de en medio de ti, de tus
hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios: a él oiréis.”3 Ella
anhelaba comprender esta profecía. La luz ya estaba penetrando en
su mente. El agua de la vida, la vida espiritual que Cristo da a toda
alma sedienta, había empezado a brotar en su corazón. El Espíritu
del Señor estaba obrando en ella.

El claro aserto hecho por Jesús a esta mujer no podría haberse
dirigido a los judíos que se consideraban justos. Cristo era mucho
más reservado cuando hablaba con ellos. A ella le fué revelado
aquello cuyo conocimiento fué negado a los judíos, y que a los
discípulos se ordenó más tarde guardar en secreto. Jesús vió que
ella haría uso de su conocimiento para inducir a otros a compartir su
gracia.

Cuando los discípulos volvieron, se sorprendieron al hallar a su
Maestro hablando con la mujer. No había bebido el agua refrigerante
que deseaba, ni se detuvo a comer lo que los discípulos habían traído.
Cuando la mujer se hubo ido, los discípulos le rogaron que comiera.
Le veían callado, absorto, como en arrobada meditación. Su rostro
resplandecía, y temían interrumpir su comunión con el Cielo. Pero
sabían que se hallaba débil y cansado, y pensaban que era deber

158 El Deseado de Todas las Gentes

[162] suyo recordarle sus necesidades. Jesús reconoció su amante interés,
y dijo: “Yo tengo una comida que comer, que vosotros no Sabéis.”

Los discípulos se preguntaron quién le habría traído comida; pero
él explicó: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y
que acabe su obra.” Jesús se regocijaba de que sus palabras habían
despertado la conciencia de la mujer. La había visto beber del agua
de la vida, y su propia hambre y sed habían quedado satisfechas. El
cumplimiento de la misión por la cual había dejado el cielo fortalecía
al Salvador para su labor, y lo elevaba por encima de las necesidades
de la humanidad. El ministrar a un alma que tenía hambre y sed
de verdad le era más grato que el comer o beber. Era para él un
consuelo, un refrigerio. La benevolencia era la vida de su alma.

Nuestro Redentor anhela que se le reconozca. Tiene hambre de
la simpatía y el amor de aquellos a quienes compró con su propia
sangre. Anhela con ternura inefable que vengan a él y tengan vida.
Así como una madre espera la sonrisa de reconocimiento de su
hijito, que le indica la aparición de la inteligencia, así Cristo espera
la expresión de amor agradecido que demuestra que la vida espiritual
se inició en el alma.

La mujer se había llenado de gozo al escuchar las palabras de
Cristo. La revelación admirable era casi abrumadora. Dejando su
cántaro, volvió a la ciudad para llevar el mensaje a otros. Jesús sabía
por qué se había ido. El hecho de haber dejado su cántaro habla-
ba inequívocamente del efecto de sus palabras. Su alma deseaba
vehementemente obtener el agua viva, y se olvidó de lo que la había
traído al pozo, se olvidó hasta de la sed del Salvador, que se proponía
aplacar. Con corazón rebosante de alegría, se apresuró a impartir a
otros la preciosa luz que había recibido.

“Venid, ved un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho:
¿si quizás es éste el Cristo?”—dijo a los hombres de la ciudad. Sus
palabras conmovieron los corazones. Había en su rostro una nueva
expresión, un cambio en todo su aspecto. Se interesaron por ver a
Jesús. “Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.”

Mientras Jesús estaba todavía sentado a orillas del pozo, miró
los campos de la mies que se extendían delante de él, y cuyo suave
verdor parecía dorado por la luz del sol. Señalando la escena a sus
discípulos, la usó como símbolo: “¿No decís vosotros: Aun hay
cuatro meses hasta que llegue la siega? He aquí os digo: Alzad

Junto al pozo de Jacob 159

vuestros ojos, y mirad las regiones, porque ya están blancas para la [163]
siega.” Y mientras hablaba, miraba a los grupos que se acercaban al
pozo. Faltaban cuatro meses para la siega, pero allí había una mies
ya lista para la cosecha.

“El que siega—dijo,—recibe salario, y allega fruto para vida
eterna; para que el que siembra también goce, y el que siega. Porque
en esto es el dicho verdadero: que uno es el que siembra, y otro es el
que siega.” En estas palabras, señala Cristo el servicio sagrado que
deben a Dios los que reciben el Evangelio. Deben ser sus agentes
vivos. El requiere su servicio individual. Y sea que sembremos o
seguemos, estamos trabajando para Dios. El uno esparce la simiente;
el otro junta la mies; pero tanto el sembrador como el segador reciben
galardón. Se regocijan juntos en la recompensa de su trabajo.

Jesús dijo a los discípulos: “Yo os he enviado a segar lo que
vosotros no labrasteis: otros labraron, y vosotros habéis entrado en
sus labores.” El Salvador estaba mirando hacia adelante, a la gran
recolección del día de Pentecostés. Los discípulos no habían de
considerarla como el resultado de sus propios esfuerzos. Estaban
entrando en las labores de otros hombres. Desde la caída de Adán,
Cristo había estado confiando la semilla de su palabra a sus sier-
vos escogidos, para que la sembrasen en corazones humanos. Y un
agente invisible, un poder omnipotente había obrado silenciosa pero
eficazmente, para producir la mies. El rocío, la lluvia y el sol de la
gracia de Dios habían sido dados para refrescar y nutrir la semilla de
verdad. Cristo iba a regar la semilla con su propia sangre. Sus discí-
pulos tenían el privilegio de colaborar con Dios. Eran colaboradores
con Cristo y con los santos de la antigüedad. Por el derramamiento
del Espíritu Santo en Pentecostés, se iban a convertir millares en un
día. Tal era el resultado de la siembra de Cristo, la mies de su obra.

En las palabras dichas a la mujer al lado del pozo, una buena
simiente había sido sembrada, y cuán pronto se había obtenido la
mies. Los samaritanos vinieron y oyeron a Jesús y creyeron en él.
Rodeándole al lado del pozo, le acosaron a preguntas, y ávidamen-
te recibieron sus explicaciones de las muchas cosas que antes les
habían sido obscuras. Mientras escuchaban, su perplejidad empezó
a disiparse. Eran como gente que hallándose en grandes tinieblas,
siguen un repentino rayo de luz hasta encontrar el día. Pero no les
bastaba esta corta conferencia. Ansiaban oír más, y que sus amigos

160 El Deseado de Todas las Gentes

[164] también oyesen a este maravilloso Maestro. Le invitaron a su ciudad,
y le rogaron que quedase con ellos. Permaneció, pues, dos días en
Samaria, y muchos más creyeron en él.

Los fariseos despreciaban la sencillez de Jesús. Desconocían sus
milagros, y pedían una señal de que era el Hijo de Dios. Pero los
samaritanos no pidieron señal, y Jesús no hizo milagros entre ellos,
fuera del que consistió en revelar los secretos de su vida a la mujer
que estaba al lado del pozo. Sin embargo, muchos le recibieron.
En su nuevo gozo, decían a la mujer: “Ya no creemos por tu dicho;
porque nosotros mismos hemos oído, y sabemos que verdaderamente
éste es el Salvador del mundo, el Cristo.”

Los samaritanos creían que el Mesías había de venir como Re-
dentor, no sólo de los judíos, sino del mundo. El Espíritu Santo,
por medio de Moisés, lo había anunciado como profeta enviado de
Dios. Por medio de Jacob, se había declarado que todas las gentes
se congregarían alrededor suyo; y por medio de Abrahán, que to-
das las naciones de la tierra serían benditas en él. En estos pasajes
basaba su fe en el Mesías la gente de Samaria, El hecho de que los
judíos habían interpretado erróneamente a los profetas ulteriores,
atribuyendo al primer advenimiento la gloria de la segunda venida
de Cristo, había inducido a los samaritanos a descartar todos los
escritos sagrados excepto aquellos que habían sido dados por medio
de Moisés. Pero como el Salvador desechaba estas falsas interpreta-
ciones, muchos aceptaron las profecías ulteriores y las palabras de
Cristo mismo acerca del reino de Dios.

Jesús había empezado a derribar el muro de separación existente
entre judíos y gentiles, y a predicar la salvación al mundo. Aunque
era judío, trataba libremente con los samaritanos, y anulaba así las
costumbres farisaicas de su nación. Frente a sus prejuicios, aceptaba
la hospitalidad de este pueblo despreciado. Dormía bajo sus techos,
comía en sus mesas—participando de los alimentos preparados y
servidos por sus manos,—enseñaba en sus calles, y lo trataba con la
mayor bondad y cortesía.

En el templo de Jerusalén, una muralla baja separaba el atrio
exterior de todas las demás porciones del edificio sagrado. En esta
pared, había inscripciones en diferentes idiomas que declaraban que
a nadie sino a los judíos se permitía pasar ese límite. Si un gentil
hubiese querido entrar en el recinto interior, habría profanado el

Junto al pozo de Jacob 161

templo, y habría sufrido la pena de muerte. Pero Jesús, el que diera [165]
origen al templo y su ceremonial, atraía a los gentiles a sí por el
vínculo de la simpatía humana, mientras que su gracia divina les
presentaba la salvación que los judíos rechazaban.

La estada de Jesús en Samaria estaba destinada a ser una bendi-
ción para sus discípulos, que estaban todavía bajo la influencia del
fanatismo judío. Creían que la lealtad a su propia nación requería de
ellos que albergasen enemistad hacia los samaritanos. Les admiraba
la conducta de Jesús. No podían negarse a seguir su ejemplo, y du-
rante los dos días que pasaron en Samaria, la fidelidad a él dominó
sus prejuicios; pero en su corazón no se conformaban. Tardaron
mucho en aprender que su desprecio y odio debían ser reemplazados
por la piedad y la simpatía. Pero después de la ascensión del Señor,
recordaron sus lecciones con nuevo significado. Después del derra-
mamiento del Espíritu Santo, recordaron la mirada del Salvador, sus
palabras, el respeto y la ternura de su conducta hacia estos extraños
despreciados. Cuando Pedro fué a predicar en Samaria, manifestó
el mismo espíritu en su obra. Cuando Juan fué llamado a Efeso y
Esmirna, recordó el incidente de Siquem, y se llenó de gratitud hacia
el divino Maestro, quien, previendo las dificultades que deberían
arrostrar, les había ayudado por su propio ejemplo.

El Salvador continúa realizando hoy la misma obra que cuando
ofreció el agua de vida a la mujer samaritana. Los que se llaman sus
discípulos pueden despreciar y rehuir a los parias; pero el amor de
él hacia los hombres no se deja desviar por ninguna circunstancia
de nacimiento, nacionalidad, o condición de vida. A toda alma, por
pecaminosa que sea, Jesús dice: Si me pidieras, yo te daría el agua
de la vida.

No debemos estrechar la invitación del Evangelio y presentarla
solamente a unos pocos elegidos, que, suponemos nosotros, nos hon-
rarán aceptándola. El mensaje ha de proclamarse a todos. Doquiera
haya corazones abiertos para recibir la verdad, Cristo está listo para
instruirlos. El les revela al Padre y la adoración que es aceptable
para Aquel que lee el corazón. Para los tales no usa parábolas. A
ellos, como a la mujer samaritana al lado del pozo, dice: “Yo soy,
que hablo contigo.”

Cuando Jesús se sentó para descansar junto al pozo de Jacob,
venía de Judea, donde su ministerio había producido poco fruto.

162 El Deseado de Todas las Gentes

[166] Había sido rechazado por los sacerdotes y rabinos, y aun los que
[167] profesaban ser discípulos suyos no habían percibido su carácter
divino. Se sentía débil y cansado, pero no descuidó la oportunidad
de hablar a una mujer sola, aunque era una extraña, enemiga de
Israel y vivía en pecado.

El Salvador no aguardaba a que se reuniesen congregaciones.
Muchas veces, empezaba sus lecciones con unos pocos reunidos
en derredor suyo. Pero uno a uno los transeúntes se detenían para
escuchar, hasta que una multitud oía con asombro y reverencia las
palabras de Dios pronunciadas por el Maestro enviado del cielo. El
que trabaja para Cristo no debe pensar que no puede hablar con el
mismo fervor a unos pocos oyentes que a una gran compañía. Tal
vez haya uno solo para oír el mensaje; pero, ¿quién puede decir cuán
abarcante será su influencia? Parecía asunto sin importancia, aun
para los discípulos, que el Salvador dedicase su tiempo a una mujer
de Samaria. Pero él razonó con ella con más fervor y elocuencia que
con reyes, consejeros o pontífices. Las lecciones que le dió han sido
repetidas hasta los confines más remotos de la tierra.

Tan pronto como halló al Salvador, la mujer samaritana trajo
otros a él. Demostró ser una misionera más eficaz que los propios
discípulos. Ellos no vieron en Samaria indicios de que era un campo
alentador. Tenían sus pensamientos fijos en una gran obra futura, y
no vieron que en derredor de sí había una mies que segar. Pero por
medio de la mujer a quien ellos despreciaron, toda una ciudad llegó
a oír del Salvador. Ella llevó en seguida la luz a sus compatriotas.

Esta mujer representa la obra de una fe práctica en Cristo. Cada
verdadero discípulo nace en el reino de Dios como misionero. El
que bebe del agua viva, llega a ser una fuente de vida. El que recibe
llega a ser un dador. La gracia de Cristo en el alma es como un
manantial en el desierto, cuyas aguas surgen para refrescar a todos,
y da a quienes están por perecer avidez de beber el agua de la vida.

1Romanos 10:6-9.
2Juan 3:3 (VM), margen.
3Deuteronomio 18:15.

Capítulo 20—“Si no viereis señales y milagros”

Este capítulo está basado en Juan 4:43-54.

Los Galileos que volvían de la Pascua trajeron nuevas de las [168]
obras admirables de Jesús. El juicio expresado acerca de sus actos
por los dignatarios de Jerusalén le preparó el terreno en Galilea. En-
tre el pueblo, eran muchos los que lamentaban los abusos cometidos
en el templo y la codicia y arrogancia de los sacerdotes. Esperaban
que ese hombre, que había ahuyentado a los gobernantes, fuese el
Libertador que anhelaban. Ahora llegaban noticias que parecían
confirmar sus expectativas más halagüeñas. Se decía que el profeta
se había declarado el Mesías.

Pero el pueblo de Nazaret no creía en él. Por esta razón, Jesús
no visitó a Nazaret mientras iba a Caná. El Salvador declaró a sus
discípulos que un profeta no recibía honra en su país. Los hombres
estiman el carácter por lo que ellos mismos son capaces de apreciar.
Los de miras estrechas y mundanales juzgaban a Cristo por su na-
cimiento humilde, su indumentaria sencilla y su trabajo diario. No
podían apreciar la pureza de aquel espíritu que no tenía mancha de
pecado.

Las nuevas del regreso de Cristo a Caná no tardaron en cundir
por toda Galilea, infundiendo esperanzas a los dolientes y angustia-
dos. En Capernaúm, la noticia atrajo la atención de un noble judío
que era oficial del rey. Un hijo del oficial se hallaba aquejado de una
enfermedad que parecía incurable. Los médicos lo habían desahu-
ciado; pero cuando el padre oyó hablar de Jesús resolvió pedirle
ayuda. El niño estaba muy grave y se temía que no viviese hasta el
regreso del padre; pero el noble creyó que debía presentar su caso
personalmente, con la esperanza de que las súplicas de un padre
despertarían la simpatía del gran Médico.

Al llegar a Caná, encontró que una muchedumbre rodeaba a
Jesús. Con corazón ansioso, se abrió paso hasta la presencia del
Salvador. Su fe vaciló cuando vió tan sólo a un hombre vestido

163

164 El Deseado de Todas las Gentes

[169] sencillamente, cubierto de polvo y cansado del viaje. Dudó de que
esa persona pudiese hacer lo que había ido a pedirle; sin embargo,
logró entrevistarse con Jesús, le explicó por qué venía y rogó al
Salvador que le acompañase a su casa. Mas Jesús ya conocía su
pesar. Antes de que el oficial saliese de su casa, el Salvador había
visto su aflicción.

Pero sabía también que el padre, en su fuero íntimo, se había
impuesto ciertas condiciones para creer en Jesús. A menos que se
le concediese lo que iba a pedirle, no le recibiría como el Mesías.
Mientras el oficial esperaba atormentado por la incertidumbre, Jesús
dijo: “Si no viereis señales y milagros no creeréis.”

A pesar de toda la evidencia de que Jesús era el Cristo, el so-
licitante había resuelto creer en él tan sólo si le otorgaba lo que
solicitaba. El Salvador puso esta incredulidad en contraste con la
sencilla fe de los samaritanos que no habían pedido milagro ni señal.
Su palabra, evidencia siempre presente de su divinidad, tenía un
poder convincente que alcanzó sus corazones. Cristo se apenó de
que su propio pueblo, al cual habían sido confiados los oráculos
sagrados, no oyese la voz de Dios que le hablaba por su Hijo.

Sin embargo, el noble tenía cierto grado de fe; pues había venido
a pedir lo que le parecía la más preciosa de todas las bendiciones.
Jesús tenía un don mayor que otorgarle. Deseaba no sólo sanar al
niño, sino hacer participar al oficial y su casa de las bendiciones de
la salvación, y encender una luz en Capernaúm, que había de ser
pronto campo de sus labores. Pero el noble debía comprender su
necesidad antes de llegar a desear la gracia de Cristo. Este cortesano
representaba a muchos de su nación. Se interesaban en Jesús por
motivos egoístas. Esperaban recibir algún beneficio especial de su
poder, y hacían depender su fe de la obtención de ese favor temporal;
pero ignoraban su enfermedad espiritual y no veían su necesidad de
gracia divina.

Como un fulgor de luz, las palabras que dirigió el Salvador al
noble desnudaron su corazón. Vió que eran egoístas los motivos que
le habían impulsado a buscar a Jesús. Vió el verdadero carácter de su
fe vacilante. Con profunda angustia, comprendió que su duda podría
costar la vida de su hijo. Sabía que se hallaba en presencia de un
Ser que podía leer los pensamientos, para quien todo era posible, y
con verdadera agonía suplicó: “Señor, desciende antes que mi hijo

“Si no viereis señales y milagros” 165

muera.” Su fe se aferró a Cristo como Jacob trabó del ángel cuando [170]
luchaba con él y exclamó: “No te dejaré, si no me bendices.”1

Y como Jacob, prevaleció. El Salvador no puede apartarse del
alma que se aferra a él invocando su gran necesidad. “Ve—le dijo,—
tu hijo vive.” El noble salió de la presencia de Jesús con una paz
y un gozo que nunca había conocido antes. No sólo creía que su
hijo sanaría, sino que con firme confianza creía en Cristo como su
Redentor.

A la misma hora, los que velaban al lado del niño moribundo
en el hogar de Capernaúm presenciaron un cambio repentino y
misterioso. La sombra de la muerte se apartó del rostro del enfermo.
El enrojecimiento de la fiebre fué reemplazado por el suave tinte de
la salud que volvía. Los ojos empañados fueron reavivados por la
inteligencia y fué recobrando fuerza el cuerpo débil y enflaquecido.
No quedaron en el niño rastros de su enfermedad. Su carne ardiente
se tornó tierna y fresca, y cayó en profundo sueño. La fiebre le dejó
en el mismo calor del día. La familia se asombró, pero se regocijó
mucho.

La distancia que mediaba de Caná a Capernaúm habría permitido
al oficial volver a su casa esa misma noche, después de su entrevista
con Jesús. Pero él no se apresuró en su viaje de regreso. No llegó
a Capernaúm hasta la mañana siguiente. ¡Y qué regreso fué aquél!
Cuando salió para encontrar a Jesús, su corazón estaba apesadum-
brado. El sol le parecía cruel, y el canto de las aves, una burla. ¡Cuán
diferentes eran sus sentimientos ahora! Toda la naturaleza tenía otro
aspecto. Veía con nuevos ojos. Mientras viajaba en la quietud de la
madrugada, toda la naturaleza parecía alabar a Dios con él. Mientras
estaba aún lejos de su morada, sus siervos le salieron al encuentro,
ansiosos de aliviar la angustia que seguramente debía sentir. Mas
no manifestó sorpresa por la noticia que le traían, sino que, con un
interés cuya profundidad ellos no podían conocer, les preguntó a qué
hora había empezado a mejorar el niño. Ellos le contestaron: “Ayer a
las siete le dejó la fiebre.” En el instante en que la fe del padre había
aceptado el aserto: “Tu hijo vive,” el amor divino había tocado al
niño moribundo.

El padre corrió a saludar a su hijo. Le estrechó sobre su corazón
como si le hubiese recuperado de la muerte, y agradeció repetidas
veces a Dios por su curación maravillosa.

166 El Deseado de Todas las Gentes

[171] El noble deseaba conocer más de Cristo, y al oír más tarde sus
enseñanzas, él y toda su familia llegaron a ser discípulos suyos. Su
aflicción fué santificada para la conversión de toda su familia. Las
nuevas del milagro se difundieron; y en Capernaúm, donde Cristo
realizara tantas obras maravillosas, quedó preparado el terreno para
su ministerio personal.

El que bendijo al noble en Capernaúm siente hoy tantos deseos
de bendecirnos a nosotros. Pero como el padre afligido, somos con
frecuencia inducidos a buscar a Jesús por el deseo de algún beneficio
terrenal; y hacemos depender nuestra confianza en su amor de que
nos sea otorgado lo pedido. El Salvador anhela darnos una bendición
mayor que la que solicitamos; y dilata la respuesta a nuestra petición
a fin de poder mostrarnos el mal que hay en nuestro corazón y
nuestra profunda necesidad de su gracia. Desea que renunciemos al
egoísmo que nos induce a buscarle. Confesando nuestra impotencia
y acerba necesidad, debemos confiarnos completamente a su amor.

El noble quería ver el cumplimiento de su oración antes de creer;
pero tuvo que aceptar el aserto de Jesús de que su petición había
sido oída, y el beneficio otorgado. También nosotros tenemos que
aprender esta lección. Nuestra fe en Cristo no debe estribar en que
veamos o sintamos que él nos oye. Debemos confiar en sus promesas.
Cuando acudimos a él con fe, toda petición alcanza al corazón de
Dios. Cuando hemos pedido su bendición, debemos creer que la
recibimos y agradecerle de que la hemos recibido. Luego debemos
atender nuestros deberes, seguros de que la bendición se realizará
cuando más la necesitemos. Cuando hayamos aprendido a hacer
esto, sabremos que nuestras oraciones son contestadas. Dios obrará
por nosotros “mucho más abundantemente de lo que pedimos,”
“conforme a las riquezas de su gloria,” y “por la operación de la
potencia de su fortaleza.”2

1Génesis 32:26.
2Efesios 3:20, 16; 1:19.

Capítulo 21—Betesda y el Sanedrín

Este capítulo está basado en Juan 5.

“Y HAY en Jerusalem a la puerta del ganado un estanque, que en [172]
hebraico es llamado Betesda, el cual tiene cinco portales. En éstos
yacía multitud de enfermos, ciegos, cojos, secos, que estaban espe-
rando el movimiento del agua.” En ciertos momentos, se agitaban
las aguas de este estanque; y se creía que ello se debía a un poder so-
brenatural, y que el primero que en ellas entrara después que fuesen
agitadas sanaba de cualquier enfermedad que tuviese. Centenares
de enfermos visitaban el lugar; pero era tan grande la muchedumbre
cuando el agua se agitaba, que se precipitaban y pisoteaban a los más
débiles. Muchos no podían ni acercarse al estanque. Otros, habiendo
logrado alcanzarlo, morían en su orilla. Se habían levantado refugios
en derredor del lugar, a fin de que los enfermos estuviesen protegidos
del calor del día y del frío de la noche. Algunos pernoctaban en esos
pórticos, arrastrándose a la orilla del estanque día tras día, con una
vana esperanza de alivio.

Jesús estaba otra vez en Jerusalén. Andando solo, en aparente
meditación y oración, llegó al estanque. Vió a los pobres dolientes
esperando lo que suponían ser su única oportunidad de sanar. An-
helaba ejercer su poder curativo y devolver la salud a todos los que
sufrían. Pero era sábado. Multitudes iban al templo para adorar, y él
sabía que un acto de curación como éste excitaría de tal manera el
prejuicio de los judíos que abreviaría su obra.

Pero el Salvador vió un caso de miseria suprema. Era el de un
hombre que había estado imposibilitado durante treinta y ocho años.
Su enfermedad era en gran parte resultado de su propio pecado y
considerada como juicio de Dios. Solo y sin amigos, sintiéndose
privado de la misericordia de Dios, el enfermo había sufrido largos
años. Cuando se esperaba que las aguas iban a ser revueltas, los que
se compadecían de su incapacidad lo llevaban a los pórticos; pero en
el momento favorable no tenía a nadie para ayudarle a entrar. Había

167

168 El Deseado de Todas las Gentes

[173] visto agitarse el agua, pero nunca había podido llegar más cerca
que la orilla del estanque. Otros más fuertes que él se sumergían
antes. No podía contender con éxito con la muchedumbre egoísta
y arrolladora. Sus esfuerzos perseverantes hacia su único objeto, y
su ansiedad y continua desilusión, estaban agotando rápidamente el
resto de su fuerza.

El enfermo estaba acostado en su estera, y levantaba ocasional-
mente la cabeza para mirar al estanque, cuando un rostro tierno y
compasivo se inclinó sobre él, y atrajeron su atención las palabras:
“¿Quieres ser sano?” La esperanza renació en su corazón. Sintió que
de algún modo iba a recibir ayuda. Pero el calor del estímulo no
tardó en desvanecerse. Se acordó de cuántas veces había tratado de
alcanzar el estanque y ahora tenía pocas perspectivas de vivir hasta
que fuese nuevamente agitado. Volvió la cabeza, cansado, diciendo:
“Señor, ... no tengo hombre que me meta en el estanque cuando el
agua fuere revuelta; porque entre tanto que yo vengo, otro antes de
mí ha descendido.”

Jesús no pide a este enfermo que ejerza fe en él. Dice simple-
mente: “Levántate, toma tu lecho, y anda.” Pero la fe del hombre
se aferra a esa palabra. En cada nervio y músculo pulsa una nueva
vida, y se transmite a sus miembros inválidos una actividad sana. Sin
la menor duda, dedica su voluntad a obedecer a la orden de Cristo,
y todos sus músculos le responden. De un salto se pone de pie, y
encuentra que es un hombre activo.

Jesús no le había dado seguridad alguna de ayuda divina. El
hombre podría haberse detenido a dudar, y haber perdido su única
oportunidad de sanar. Pero creyó la palabra de Cristo, y al obrar de
acuerdo con ella recibió fuerza.

Por la misma fe podemos recibir curación espiritual. El pecado
nos separó de la vida de Dios. Nuestra alma está paralizada. Por
nosotros mismos somos tan incapaces de vivir una vida santa como
aquel lisiado lo era de caminar. Son muchos los que comprenden su
impotencia y anhelan esa vida espiritual que los pondría en armonía
con Dios; luchan en vano para obtenerla. En su desesperación cla-
man: “¡Miserable hombre de mí! ¿quién me librará del cuerpo de
esta muerte?”1 Alcen la mirada estas almas que luchan presa de la
desesperación. El Salvador se inclina hacia el alma adquirida por su
sangre, diciendo con inefable ternura y compasión: “¿Quieres ser

Betesda y el Sanedrín 169

sano?” El os invita a levantaros llenos de salud y paz. No esperéis [174]
hasta sentir que sois sanos. Creed en su palabra, y se cumplirá. Po-
ned vuestra voluntad de parte de Cristo. Quered servirle, y al obrar
de acuerdo con su palabra, recibiréis fuerza. Cualquiera sea la mala
práctica, la pasión dominante que haya llegado a esclavizar vuestra
alma y cuerpo por haber cedido largo tiempo a ella, Cristo puede
y anhela libraros. El impartirá vida al alma de los que “estabais
muertos en vuestros delitos.”2 Librará al cautivo que está sujeto por
la debilidad, la desgracia y las cadenas del pecado.

El paralítico sanado se agachó para recoger su cama, que era
tan sólo una estera y una manta, y al enderezarse de nuevo con una
sensación de deleite, miró en derredor buscando a su libertador; pero
Jesús se había perdido entre la muchedumbre. El hombre temía no
conocerle en caso de volver a verlo. Mientras se iba apresurada-
mente con paso firme y libre, alabando a Dios y regocijándose en
la fuerza que acababa de recobrar, se encontró con varios fariseos e
inmediatamente les contó cómo había sido curado. Le sorprendió la
frialdad con que escuchaban su historia.

Con frentes ceñudas, le interrumpieron, preguntándole por qué
llevaba su cama en sábado. Le recordaron severamente que no era
lícito llevar cargas en el día del Señor. En su gozo, el hombre se
había olvidado de que era sábado, y sin embargo no se sentía conde-
nado por obedecer la orden de Aquel que tenía tanto poder de Dios.
Contestó osadamente: “El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu
lecho y anda.” Le preguntaron quién había hecho esto; pero él no
se lo podía decir. Esos gobernantes sabían muy bien que sólo uno
se había demostrado capaz de realizar este milagro; pero deseaban
una prueba directa de que era Jesús, a fin de poder condenarle como
violador del sábado. En su opinión, no sólo había quebrantado la ley
sanando al enfermo en sábado, sino que había cometido un sacrilegio
al ordenarle que llevase su cama.

Los judíos habían pervertido de tal manera la ley, que hacían de
ella un yugo esclavizador. Sus requerimientos sin sentido habían
llegado a ser ludibrio entre otras naciones. Y el sábado estaba espe-
cialmente recargado de toda clase de restricciones sin sentido. No
era para ellos una delicia, santo a Jehová y honorable. Los escribas y
fariseos habían hecho de su observancia una carga intolerable. Un ju-
dío no podía encender fuego, ni siquiera una vela, en sábado. Como

170 El Deseado de Todas las Gentes

[175] consecuencia, el pueblo hacía cumplir por gentiles muchos servicios
que sus reglas les prohibían hacer por su cuenta. No reflexionaban
que si estos actos eran pecaminosos, los que empleaban a otros para
realizarlos eran tan culpables como si los hiciesen ellos mismos.
Pensaban que la salvación se limitaba a los judíos; y que la condi-
ción de todos los demás, siendo ya desesperada, no podía empeorar.
Pero Dios no ha dado mandamientos que no puedan ser acatados
por todos. Sus leyes no sancionan ninguna restricción irracional o
egoísta.

En el templo, Jesús se encontró con el hombre que había sido
sanado. Había venido para traer una ofrenda por su pecado y de
agradecimiento por la gran merced recibida. Hallándole entre los
adoradores, Jesús se le dió a conocer, con estas palabras de amo-
nestación: “He aquí, has sido sanado; no peques más, porque no te
venga alguna cosa peor.”

El hombre sanado quedó abrumado de regocijo al encontrar a su
libertador. Como desconocía la enemistad que ellos sentían hacia
Jesús, dijo a los fariseos que le habían interrogado, que ése era el que
había realizado la curación. “Y por esta causa los judíos perseguían
a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en sábado.”

Jesús fué llevado ante el Sanedrín para responder a la acusación
de haber violado el sábado. Si en ese tiempo los judíos hubiesen sido
una nación independiente, esta acusación habría servido sus fines de
darle muerte. Pero la sujeción a los romanos lo impedía. Los judíos
no tenían facultad de infligir la pena capital, y las acusaciones pre-
sentadas contra Cristo no tendrían peso en un tribunal romano. Sin
embargo, esperaban conseguir otros objetos. A pesar de los esfuerzos
que ellos hacían para contrarrestar su obra, Cristo estaba llegando,
aun en Jerusalén, a ejercer sobre el pueblo una influencia mayor
que la de ellos. Multitudes que no se interesaban en las arengas de
los rabinos eran atraídas por su enseñanza. Podían comprender sus
palabras, y sus corazones eran consolados y alentados. Hablaba de
Dios, no como de un Juez vengador, sino como de un Padre tierno,
y revelaba la imagen de Dios reflejada en sí mismo. Sus palabras
eran como bálsamo para el espíritu herido. Tanto por sus palabras
como por sus obras de misericordia, estaba quebrantando el poder
opresivo de las antiguas tradiciones y de los mandamientos de origen
humano, y presentaba el amor de Dios en su plenitud inagotable.

Betesda y el Sanedrín 171

En una de las más antiguas profecías dadas acerca de Cristo, está [176]
escrito: “No será quitado el cetro de Judá, y el legislador de entre sus
pies, hasta que venga Shiloh; y a él se congregarán los pueblos.”3 La
gente se congregaba en derredor de Cristo. Con corazones llenos de
simpatía, la multitud aceptaba sus lecciones de amor y benevolencia
con preferencia a las rígidas ceremonias requeridas por los sacer-
dotes. Si los sacerdotes y rabinos no se hubiesen interpuesto, esta
enseñanza habría realizado una reforma cual nunca la presenciara
el mundo. Pero a fin de conservar su poder, estos dirigentes resol-
vieron quebrantar la influencia de Jesús. Su emplazamiento ante
el Sanedrín y una abierta condenación de sus enseñanzas debían
contribuir a lograr esto; porque la gente tenía todavía gran reve-
rencia por sus dirigentes religiosos. Cualquiera que se atreviese a
condenar los requerimientos rabínicos, o intentase aliviar las cargas
que habían impuesto al pueblo, era considerado culpable, no sólo de
blasfemia, sino de traición. Basándose en esto, los rabinos esperaban
excitar las sospechas contra Jesús. Afirmaban que trataba de destruir
las costumbres establecidas, causando así división entre la gente y
preparando el completo sojuzgamiento de parte de los romanos.

Pero los planes que tan celosamente procuraban cumplir estos
rabinos nacieron en otro concilio. Después que Satanás fracasó en
su intento de vencer a Cristo en el desierto, combinó sus fuerzas
para que se opusiesen a su ministerio y si fuese posible estorbasen
su obra. Lo que no pudo lograr por el esfuerzo directo y personal,
resolvió efectuarlo por la estrategia. Apenas se retiró del conflicto en
el desierto, tuvo concilio con sus ángeles y maduró sus planes para
cegar aun más la mente del pueblo judío, a fin de que no reconociese
a su Redentor. Se proponía obrar mediante sus agentes humanos en
el mundo religioso, infundiéndoles su propia enemistad contra el
campeón de la verdad. Iba a inducirlos a rechazar a Cristo y a hacerle
la vida tan amarga como fuese posible, esperando desalentarlo en
su misión. Y los dirigentes de Israel llegaron a ser instrumentos de
Satanás para guerrear contra el Salvador.

Jesús había venido para “magnificar la ley y engrandecerla.” El
no había de rebajar su dignidad, sino ensalzarla. La Escritura dice:
“No se cansará, ni desmayará, hasta que ponga en la tierra juicio.”4
Había venido para librar al sábado de estos requerimientos gravosos
que hacían de él una maldición en vez de una bendición.

172 El Deseado de Todas las Gentes

[177] Por esta razón, había escogido el sábado para realizar el acto de
curación de Betesda. Podría haber sanado al enfermo en cualquier
otro día de la semana; podría haberle sanado simplemente, sin pedirle
que llevase su cama, pero esto no le habría dado la oportunidad que
deseaba. Un propósito sabio motivaba cada acto de la vida de Cristo
en la tierra. Todo lo que hacía era importante en sí mismo y por su
enseñanza. Entre los afligidos del estanque, eligió el caso peor para
el ejercicio de su poder sanador, y ordenó al hombre que llevase su
cama a través de la ciudad a fin de publicar la gran obra que había
sido realizada en él. Esto iba a levantar la cuestión de lo que era
lícito hacer en sábado, y prepararía el terreno para denunciar las
restricciones de los judíos acerca del día del Señor y declarar nulas
sus tradiciones.

Jesús les declaró que la obra de aliviar a los afligidos estaba en
armonía con la ley del sábado. Estaba en armonía con la obra de los
ángeles de Dios, que están siempre descendiendo y ascendiendo en-
tre el cielo y la tierra para servir a la humanidad doliente. Jesús dijo:
“Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro.” Todos los días son de Dios y
apropiados para realizar sus planes en favor de la familia humana. Si
la interpretación que los judíos daban a la ley era correcta, entonces
era culpable Jehová cuya obra ha vivificado y sostenido toda cosa
viviente desde que echó los fundamentos de la tierra. Entonces el
que declaró buena su obra, e instituyó el sábado para conmemorar
su terminación, debía hacer alto en su labor y detener los incesantes
procesos del universo.

¿Debía Dios prohibir al sol que realizase su oficio en sábado,
suspender sus agradables rayos para que no calentasen la tierra ni
nutriesen la vegetación? ¿Debía el sistema de los mundos detenerse
durante el día santo? ¿Debía ordenar a los arroyos que dejasen
de regar los campos y los bosques, y pedir a las olas del mar que
detuviesen su incesante flujo y reflujo? ¿Debían el trigo y la cebada
dejar de crecer, y el racimo suspender su maduración purpúrea?
¿Debían los árboles y las flores dejar de crecer o abrirse en sábado?

En tal caso, el hombre echaría de menos los frutos de la tierra
y las bendiciones que hacen deseable la vida. La naturaleza debía
continuar su curso invariable. Dios no podía detener su mano por un
momento, o el hombre desmayaría y moriría. Y el hombre también
tiene una obra que cumplir en sábado: atender las necesidades de

Betesda y el Sanedrín 173

la vida, cuidar a los enfermos, proveer a los menesterosos. No será [178]
tenido por inocente quien descuide el alivio del sufrimiento ese día.
El santo día de reposo de Dios fué hecho para el hombre, y las obras
de misericordia están en perfecta armonía con su propósito. Dios
no desea que sus criaturas sufran una hora de dolor que pueda ser
aliviada en sábado o cualquier otro día.

Lo que se demanda a Dios en sábado es aun más que en los otros
días. Sus hijos dejan entonces su ocupación corriente, y dedican su
tiempo a la meditación y el culto. Le piden más favores el sábado
que los demás días. Requieren su atención especial. Anhelan sus
bendiciones más selectas. Dios no espera que haya transcurrido
el sábado para otorgar lo que le han pedido. La obra del cielo no
cesa nunca, y los hombres no debieran nunca descansar de hacer
bien. El sábado no está destinado a ser un período de inactividad
inútil. La ley prohibe el trabajo secular en el día de reposo del Señor;
debe cesar el trabajo con el cual nos ganamos la vida; ninguna labor
que tenga por fin el placer mundanal o el provecho es lícita en ese
día; pero como Dios abandonó su trabajo de creación y descansó
el sábado y lo bendijo, el hombre ha de dejar las ocupaciones de
su vida diaria, y consagrar esas horas sagradas al descanso sano, al
culto y a las obras santas. La obra que hacía Cristo al sanar a los
enfermos estaba en perfecta armonía con la ley. Honraba el sábado.

Jesús aseveró tener derechos iguales a los de Dios mientras hacía
una obra igualmente sagrada, del mismo carácter que aquella en la
cual se ocupaba el Padre en el cielo. Pero esto airó aun más a los
fariseos. No sólo había violado la ley, a juicio de ellos, sino que al
llamar a Dios “mi Padre,” se había declarado igual a Dios.

Toda la nación judía llamaba a Dios su Padre, y por lo tanto no se
habrían enfurecido si Cristo hubiese dicho tener esa misma relación
con Dios. Pero le acusaron de blasfemia, con lo cual demostraron
entender que él hacía este aserto en su sentido más elevado.

Estos adversarios de Cristo no tenían argumento con que hacer
frente a las verdades que presentaba a su conciencia. Lo único que
podían citar eran sus costumbres y tradiciones, y éstas parecían
débiles cuando se comparaban con los argumentos que Jesús había
sacado de la Palabra de Dios y del incesante ciclo de la naturaleza.
Si los rabinos hubieran sentido algún deseo de recibir la luz, se
habrían convencido de que Jesús decía la verdad. Pero evadieron

174 El Deseado de Todas las Gentes

[179] los puntos que él presentaba acerca del sábado y trataron de excitar
iras contra él porque aseveraba ser igual a Dios. El furor de los
gobernantes no conoció límites. Si no hubiesen temido al pueblo, los
sacerdotes y rabinos habrían dado muerte a Jesús allí mismo. Pero
el sentimiento popular en su favor era fuerte. Muchos reconocían
en Jesús al amigo que había sanado sus enfermedades y consolado
sus pesares, y justificaban la curación del enfermo de Betesda. Así
que por el momento los dirigentes se vieron obligados a refrenar su
odio.

Jesús rechazó el cargo de blasfemia. Mi autoridad, dijo él, por
hacer la obra de la cual me acusáis, es que soy el Hijo de Dios, uno
con él en naturaleza, voluntad y propósito. Coopero con Dios en
todas sus obras de creación y providencia. “No puede el Hijo hacer
nada de sí mismo, sino lo que viere hacer al Padre.” Los sacerdotes
y rabinos reprendían al Hijo de Dios por la obra que había sido
enviado a hacer en el mundo. Por sus pecados se habían separado
de Dios, y en su orgullo obraban independientemente de él. Se
sentían suficientes en sí mismos para todo, y no comprendían cuánto
necesitaban que una sabiduría superior dirigiese sus actos. Pero el
Hijo de Dios se había entregado a la voluntad del Padre y dependía
de su poder. Tan completamente había anonadado Cristo al yo que
no hacía planes por sí mismo. Aceptaba los planes de Dios para
él, y día tras día el Padre se los revelaba. De tal manera debemos
depender de Dios que nuestra vida sea el simple desarrollo de su
voluntad.

Cuando Moisés estaba por construir el santuario como morada
de Dios, se le indicó que hiciese todas las cosas de acuerdo con el
modelo que se le mostrara en el monte. Moisés estaba lleno de celo
para hacer la obra de Dios; los hombres más talentosos y hábiles
estaban a su disposición para ejecutar sus sugestiones. Sin embargo,
no había de hacer una campana, una granada, una borla, una franja,
una cortina o cualquier vaso del santuario sin que estuviese de
acuerdo con el modelo que le había sido mostrado. Dios le llamó
al monte y le reveló las cosas celestiales. El Señor le cubrió de su
gloria para que pudiese ver el modelo, y de acuerdo con éste se
hicieron todas las cosas. Así también Dios, deseoso de hacer de
Israel su morada, le había revelado su glorioso ideal del carácter. Le
mostró el modelo en el monte cuando le dió la ley desde el Sinaí, y

Betesda y el Sanedrín 175

cuando pasó delante de Moisés y proclamó: “Jehová, Jehová, fuerte, [180]
misericordioso, y piadoso; tardo para la ira, y grande en benignidad
y verdad; que guarda la misericordia en millares, que perdona la
iniquidad, la rebelión, y el pecado.”5

Israel había preferido sus propios caminos. No había edificado
de acuerdo con el dechado; pero Cristo, el verdadero templo para
morada de Dios, modeló todo detalle de su vida terrenal de acuerdo
con el ideal de Dios. Dijo: “Me complazco en hacer tu voluntad,
oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.”6 Así también
nuestro carácter debe ser edificado “para morada de Dios en Espíri-
tu.” Y hemos de hacer todas las cosas de acuerdo con el Modelo, a
saber Aquel que “padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para
que vosotros sigáis sus pisadas.”7

Las palabras de Cristo nos enseñan que debemos considerarnos
inseparablemente unidos a nuestro Padre celestial. Cualquiera sea
nuestra situación, dependemos de Dios, quien tiene todos los desti-
nos en sus manos. El nos ha señalado nuestra obra, y nos ha dotado
de facultades y recursos para ella. Mientras sometamos la voluntad
a Dios, y confiemos en su fuerza y sabiduría, seremos guiados por
sendas seguras, para cumplir nuestra parte señalada en su gran plan.
Pero el que depende de su propia sabiduría y poder se separa de
Dios. En vez de obrar al unísono con Cristo, cumple el propósito del
enemigo de Dios y del hombre.

El Salvador continuó: “Todo lo que él [el Padre] hace, esto tam-
bién hace el Hijo juntamente.... Como el Padre levanta los muertos,
y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.” Los sadu-
ceos sostenían que no habría resurrección del cuerpo; pero Jesús les
dice que una de las mayores obras de su Padre es la de resucitar a los
muertos, y que él mismo tiene poder para hacerla. “Vendrá hora, y
ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios: y los que
oyeren vivirán.” Los fariseos creían en la resurrección. Cristo les
dice que ya está entre ellos el poder que da vida a los muertos, y que
han de contemplar su manifestación. Este mismo poder de resucitar
es el que da vida al alma que está muerta en “delitos y pecados.”8 Ese
espíritu de vida en Cristo Jesús, “la virtud de su resurrección,” libra
a los hombres “de la ley del pecado y de la muerte.”9 El dominio del
mal es quebrantado, y por la fe el alma es guardada de pecado. El

176 El Deseado de Todas las Gentes

[181] que abre su corazón al Espíritu de Cristo llega a participar de ese
gran poder que sacará su cuerpo de la tumba.

El humilde Nazareno asevera su verdadera nobleza. Se eleva por
encima de la humanidad, depone el manto de pecado y de vergüenza,
y se revela como el Honrado de los ángeles, el Hijo de Dios, Uno con
el Creador del universo. Sus oyentes quedan hechizados. Nadie habló
jamás palabras como las suyas, ni tuvo un porte de tan real majestad.
Sus declaraciones son claras y sencillas; presentan distintamente su
misión y el deber del mundo. “Porque el Padre a nadie juzga, mas
todo el juicio dió al Hijo; para que todos honren al Hijo como honran
al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió....
Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así dió también al
Hijo que tuviese vida en sí mismo: y también le dió poder de hacer
juicio, en cuanto es el Hijo del hombre.”

Los sacerdotes y gobernantes se habían constituido jueces, para
condenar la obra de Cristo, pero él se declaró Juez de ellos y de
toda la tierra. El mundo ha sido confiado a Cristo, y por él ha fluído
toda bendición de Dios a la especie caída. Era Redentor antes de
su encarnación tanto como después. Tan pronto como hubo pecado,
hubo un Salvador. Ha dado luz y vida a todos, y según la medida de
la luz dada, cada uno será juzgado. Y el que dió la luz, el que siguió
al alma con las más tiernas súplicas, tratando de ganarla del pecado
a la santidad, es a la vez su Abogado y Juez. Desde el principio de
la gran controversia en el cielo, Satanás ha sostenido su causa por
medio del engaño; y Cristo ha estado obrando para desenmascarar
sus planes y quebrantar su poder. El que hizo frente al engañador, y
a través de todos los siglos procuró arrebatar cautivos de su dominio,
es quien pronunciará el juicio sobre cada alma.

Y Dios “le ha dado potestad de ejecutar juicio, por cuanto él es
Hijo del hombre.”10 Porque gustó las mismas heces de la aflicción y
tentación humanas, y comprende las debilidades y los pecados de
los hombres; porque en nuestro favor resistió victoriosamente las
tentaciones de Satanás y tratará justa y tiernamente con las almas
por cuya salvación fué derramada su sangre, por todo esto, el Hijo
del hombre ha sido designado para ejecutar el juicio.

Pero la misión de Cristo no era juzgar, sino salvar. “No envió
Dios a su Hijo al mundo para que condene al mundo, mas para que
el mundo sea salvo por él.”11 Y delante del Sanedrín, Jesús declaró:

Betesda y el Sanedrín 177

“El que oye mi palabra, y cree al que me ha enviado, tiene vida [182]
eterna; y no vendrá a condenación, mas pasó de muerte a vida.”

Invitando a sus oyentes a no asombrarse, Cristo reveló ante ellos,
en una visión aun mayor, el misterio de lo futuro. “Vendrá hora—
dijo,—cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y
los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; mas los que
hicieron mal, a resurrección de condenación.”

Esta seguridad de la vida futura era lo que durante tanto tiempo
Israel había esperado recibir cuando viniera el Mesías. Resplandecía
sobre ellos la única luz que puede iluminar la lobreguez de la tumba.
Pero la obstinación es ciega. Jesús había violado las tradiciones de
los rabinos y despreciado su autoridad, y ellos no querían creer.

El tiempo, el lugar, la ocasión, la intensidad de los sentimientos
que dominaban a la asamblea, todo se combinaba para hacer más
impresionantes las palabras de Jesús ante el Sanedrín. Las más altas
autoridades religiosas de la nación procuraban matar a Aquel que
se declaraba restaurador de Israel. El Señor del sábado había sido
emplazado ante un tribunal terrenal para responder a la acusación
de violar la ley del sábado. Cuando declaró tan intrépidamente su
misión, sus jueces le miraron con asombro e ira; pero sus palabras
eran incontestables. No podían condenarle. Negó a los sacerdotes y
rabinos el derecho a interrogarle, o a interrumpir su obra. No habían
sido investidos con esa autoridad. Sus pretensiones se basaban en su
propio orgullo y arrogancia. No quiso reconocerse culpable de sus
acusaciones, ni ser catequizado por ellos.

En vez de disculparse por el hecho del cual se quejaban, o ex-
plicar el propósito que tuviera al realizarlo, Jesús se encaró con los
gobernantes, y el acusado se trocó en acusador. Los reprendió por la
dureza de su corazón y su ignorancia de las Escrituras. Declaró que
habían rechazado la palabra de Dios, puesto que habían rechazado a
Aquel a quien Dios había enviado. “Escudriñáis las Escrituras, pues
pensáis que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan
testimonio de mí”12

En toda página, sea de historia, preceptos o profecía, las Escritu-
ras del Antiguo Testamento irradian la gloria del Hijo de Dios. Por
cuanto era de institución divina, todo el sistema del judaísmo era
una profecía compacta del Evangelio. Acerca de Cristo “dan testi-
monio todos los profetas.”13 Desde la promesa hecha a Adán, por el

178 El Deseado de Todas las Gentes

[183] linaje patriarcal y la economía legal, la gloriosa luz del cielo delineó
claramente las pisadas del Redentor. Los videntes contemplaron
la estrella de Belén, el Shiloh venidero, mientras las cosas futuras
pasaban delante de ellos en misteriosa procesión. En todo sacrificio,
se revelaba la muerte de Cristo. En toda nube de incienso, ascendía
su justicia. Toda trompeta del jubileo hacía repercutir su nombre. En
el pavoroso misterio del lugar santísimo, moraba su gloria.

Los judíos poseían las Escrituras, y suponían que en el mero co-
nocimiento externo de la palabra tenían vida eterna. Pero Jesús dijo:
“No tenéis su palabra morando en vosotros.”14 Habiendo rechazado
a Cristo en su palabra, le rechazaron en persona. “No queréis venir
a mí—dijo,—para que tengáis vida.”

Los dirigentes judíos habían estudiado las enseñanzas de los
profetas acerca del reino del Mesías; pero lo habían hecho, no con
un sincero deseo de conocer la verdad, sino con el propósito de ha-
llar evidencia con que sostener sus ambiciosas esperanzas. Cuando
Cristo vino de una manera contraria a sus expectativas, no quisieron
recibirle; y a fin de justificarse, trataron de probar que era un impos-
tor. Una vez que hubieron asentado los pies en esta senda, fué fácil
para Satanás fortalecer su oposición a Cristo. Interpretaron contra
él las mismas palabras que deberían haber recibido como eviden-
cia de su divinidad. Así trocaron la verdad de Dios en mentira, y
cuanto más directamente les hablaba el Salvador en sus obras de
misericordia, más resueltos estaban a resistir la luz.

Jesús dijo: “Gloria de los hombres no recibo.” No deseaba la
influencia ni la sanción del Sanedrín. No podía recibir honor de su
aprobación. Estaba investido con el honor y la autoridad del cielo. Si
lo hubiese deseado, los ángeles habrían venido a rendirle homenaje;
el Padre habría testificado de nuevo acerca de su divinidad. Pero para
beneficio de ellos mismos, por causa de la nación cuyos dirigentes
eran, deseaba que los gobernantes judíos discerniesen su carácter y
recibiesen las bendiciones que había venido a traerles.

“He venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro
viniere en su propio nombre, a aquél recibiréis.” Jesús vino por
autoridad de Dios, llevando su imagen, cumpliendo su palabra y
buscando su gloria; sin embargo, no fué aceptado por los dirigentes
de Israel; pero cuando vinieran otros, asumiendo el carácter de
Cristo, pero impulsados por su propia voluntad y buscando su propia

Betesda y el Sanedrín 179

gloria, los recibirían. ¿Por qué? Porque el que busca su propia gloria [184]
apela al deseo de exaltación propia en los demás. Y a una incitación [185]
tal los judíos podían responder. Recibirían al falso maestro porque
adularía su orgullo sancionando sus caras opiniones y tradiciones.
Pero la enseñanza de Cristo no coincidía con sus ideas. Era espiritual,
y exigía el sacrificio del yo; por lo tanto, no querían recibirla. No
conocían a Dios, y para ellos su voz expresada por medio de Cristo
era la voz de un extraño.

¿No se repite el caso hoy? ¿No hay muchos, aun entre los di-
rigentes religiosos, que están endureciendo su corazón contra el
Espíritu Santo, incapacitándose así para reconocer la voz de Dios?
¿No están rechazando la palabra de Dios, a fin de conservar sus
tradiciones?

“Si vosotros creyeseis a Moisés—dijo Jesús,—creeríais a mí;
porque de mí escribió él. Y si a sus escritos no creéis, ¿cómo cree-
réis a mis palabras?” Fué Cristo quien habló a Israel por medio de
Moisés. Si hubieran escuchado la voz divina que les hablaba por
medio de su gran caudillo, la habrían reconocido en las enseñanzas
de Cristo. Si hubiesen creído a Moisés, habrían creído en Aquel de
quien escribió Moisés.

Jesús sabía que los sacerdotes y rabinos estaban resueltos a
quitarle la vida; pero les explicó claramente su unidad con el Padre
y su relación con el mundo. Vieron que la oposición que le hacían
era inexcusable, pero su odio homicida no se aplacó. El temor se
apoderó de ellos al presenciar el poder convincente que acompañaba
su ministerio; pero resistieron sus llamamientos, y se encerraron en
las tinieblas.

Habían fracasado señaladamente en subvertir la autoridad de
Jesús o enajenarle el respeto y la atención del pueblo, de entre el
cual muchos se habían convencido por sus palabras. Los gobernantes
mismos habían sentido profunda convicción mientras había hecho
pesar su culpa sobre su conciencia; pero esto no hizo sino amargarlos
aun más contra él. Estaban resueltos a quitarle la vida. Enviaron
mensajeros por todo el país para amonestar a la gente contra Jesús
como impostor. Mandaron espías para que lo vigilasen, e informasen
de lo que decía y hacía. El precioso Salvador estaba ahora muy
ciertamente bajo la sombra de la cruz.

180 El Deseado de Todas las Gentes

1Romanos 7:24.
2Efesios 2:1.
3Génesis 49:10.
4Isaías 42:21, 4.
5Éxodo 34:6, 7.
6Salmos 40:8 (VM).
7Efesios 2:22; 1 Pedro 2:21.
8Efesios 2:1.
9Filipenses 3:10; Romanos 8:2.
10V. M.
11Juan 3:17.
12Versión de los Cuatro Evangelios.
13Hechos 10:43.
14V. M.

Capítulo 22—Encarcelamiento y muerte de Juan

Este capítulo está basado en Mateo 11:1-11; 14:1-11; Marcos
6:17-28; Lucas 7:19-28.

Juan El Bautista había sido el primero en proclamar el reino de [186]
Cristo, y fué también el primero en sufrir. Desde el aire libre del
desierto y las vastas muchedumbres que habían estado suspensas
de sus palabras, pasó a quedar encerrado entre las murallas de una
mazmorra, encarcelado en la fortaleza de Herodes Antipas. En el
territorio que estaba al este del Jordán, que se hallaba bajo el dominio
de Antipas, había transcurrido gran parte del ministerio de Juan.
Herodes mismo había escuchado la predicación del Bautista. El
rey disoluto había temblado al oír el llamamiento a arrepentirse.
“Herodes temía a Juan, sabiendo que era varón justo y santo, ... y
oyéndole, hacía muchas cosas; y le oía de buena gana.” Juan obró
fielmente con él, denunciando su unión inicua con Herodías, la
esposa de su hermano. Durante un tiempo, Herodes trató débilmente
de romper la cadena de concupiscencia que le ligaba; pero Herodías
le sujetó más firmemente en sus redes y se vengó del Bautista,
induciendo a Herodes a echarlo en la cárcel.

La vida de Juan había sido de labor activa, y la lobreguez e
inactividad de la cárcel le abrumaban enormemente. Mientras pasaba
semana tras semana sin traer cambio alguno, el abatimiento y la duda
fueron apoderándose de él. Sus discípulos no le abandonaron. Se
les permitía tener acceso a la cárcel, y le traían noticias de las obras
de Jesús y de cómo la gente acudía a él. Pero preguntaban por qué,
si ese nuevo maestro era el Mesías, no hacía algo para conseguir
la liberación de Juan. ¿Cómo podía permitir que su fiel heraldo
perdiese la libertad y tal vez la vida?

Estas preguntas no quedaron sin efecto. Sugirieron a Juan dudas
que de otra manera nunca se le habrían presentado. Satanás se rego-
cijaba al oír las palabras de esos discípulos, y al ver cómo lastimaban
el alma del mensajero del Señor. ¡Oh, con cuánta frecuencia los que

181

182 El Deseado de Todas las Gentes

[187] se creen amigos de un hombre bueno y desean mostrarle su fidelidad,
resultan ser sus más peligrosos enemigos! ¡Con cuánta frecuencia,
en vez de fortalecer su fe, sus palabras le deprimen y desalientan!

Como los discípulos del Salvador, Juan el Bautista no compren-
día la naturaleza del reino de Cristo. Esperaba que Jesús ocupase el
trono de David; y como pasaba el tiempo y el Salvador no asumía la
autoridad real, Juan quedaba perplejo y perturbado. Había declarado
a la gente que a fin de que el camino estuviese preparado delante del
Señor, la profecía de Isaías debía cumplirse; las montañas y colinas
debían ser allanadas, lo torcido enderezado y los lugares escabro-
sos alisados. Había esperado que las alturas del orgullo y el poder
humano fuesen derribadas. Había señalado al Mesías como Aquel
cuyo aventador estaba en su mano, y que limpiaría cabalmente su
era, que recogería el trigo en su alfolí y quemaría el tamo con fuego
inextinguible. Como el profeta Elías, en cuyo espíritu y poder había
venido a Israel, esperaba que el Señor se revelase como Dios que
contesta por fuego.

En su misión, el Bautista se había destacado como intrépido
reprensor de la iniquidad, tanto entre los encumbrados como entre
los humildes. Había osado hacer frente al rey Herodes y reprocharle
claramente su pecado. No había estimado preciosa su vida con tal
de cumplir la obra que le había sido encomendada. Y ahora, desde
su mazmorra, esperaba ver al León de la tribu de Judá derribar el
orgullo del opresor y librar a los pobres y al que clamaba. Pero Jesús
parecía conformarse con reunir discípulos en derredor suyo, y sanar
y enseñar a la gente. Comía en la mesa de los publicanos, mientras
que cada día el yugo romano pesaba siempre más sobre Israel; el rey
Herodes y su vil amante realizaban su voluntad, y los clamores de
los pobres y dolientes ascendían al cielo.

Todo esto le parecía un misterio insondable al profeta del desier-
to. Había horas en que los susurros de los demonios atormentaban su
espíritu y la sombra de un miedo terrible se apoderaba de él. ¿Podría
ser que el tan esperado Libertador no hubiese aparecido todavía?
¿Qué significaba entonces el mensaje que él había sido impulsado a
dar? Juan había quedado acerbamente chasqueado del resultado de
su misión. Había esperado que el mensaje de Dios tuviese el mismo
efecto que cuando la ley fué leída en los días de Josías y Esdras;1 que
seguiría una profunda obra de arrepentimiento y regreso al Señor.

Encarcelamiento y muerte de Juan 183

Había sacrificado toda su vida al éxito de su misión. ¿Habría sido [188]
en vano?

Perturbaba a Juan el ver que por amor a él sus propios discípulos
albergaban incredulidad para con Jesús. ¿Habría sido vana su obra
para ellos? ¿Habría sido él infiel en su misión, y habría de ser se-
parado de ella? Si el Libertador prometido había aparecido, y Juan
había sido hallado fiel a su misión, ¿no derribaría Jesús el poder del
opresor, dejando en libertad a su heraldo?

Pero el Bautista no renunció a su fe en Cristo. El recuerdo de
la voz del cielo y de la paloma que había descendido sobre él, la
inmaculada pureza de Jesús, el poder del Espíritu Santo que había
descansado sobre Juan cuando estuvo en la presencia del Salvador, y
el testimonio de las escrituras proféticas, todo atestiguaba que Jesús
de Nazaret era el Prometido.

Juan no quería discutir sus dudas y ansiedades con sus compañe-
ros. Resolvió mandar un mensaje de averiguación a Jesús. Lo confió
a dos de sus discípulos, esperando que una entrevista con el Salvador
confirmaría su fe, e impartiría seguridad a sus hermanos. Anhelaba
alguna palabra de Cristo, pronunciada directamente para él.

Los discípulos acudieron a Jesús con la interrogación: “¿Eres tú
aquel que había de venir, o esperaremos a otro?”

¡Cuán poco tiempo había transcurrido desde que el Bautista
había proclamado, señalando a Jesús: “He aquí el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.” “Este es el que ha de venir tras mí,
el cual es antes de mí.”2 Y ahora pregunta: “¿Eres tú aquel que había
de venir?” Era una intensa amargura y desilusión para la naturaleza
humana. Si Juan, el precursor fiel, no discernía la misión de Cristo,
¿qué podía esperarse de la multitud egoísta?

El Salvador no respondió inmediatamente a la pregunta de los
discípulos. Mientras ellos estaban allí de pie, extrañados por su
silencio, los enfermos y afligidos acudían a él para ser sanados.
Los ciegos se abrían paso a tientas a través de la muchedumbre;
los aquejados de todas clases de enfermedades, algunos abriéndose
paso por su cuenta, otros llevados por sus amigos, se agolpaban
ávidamente en la presencia de Jesús. La voz del poderoso Médico
penetraba en los oídos de los sordos. Una palabra, un toque de su
mano, abría los ojos ciegos para que contemplasen la luz del día,
las escenas de la naturaleza, los rostros de sus amigos y la faz del

184 El Deseado de Todas las Gentes

[189] Libertador. Jesús reprendía a la enfermedad y desterraba la fiebre.
Su voz alcanzaba los oídos de los moribundos, quienes se levantaban
llenos de salud y vigor. Los endemoniados paralíticos obedecían su
palabra, su locura los abandonaba, y le adoraban. Mientras sanaba
sus enfermedades, enseñaba a la gente. Los pobres campesinos
y trabajadores, a quienes rehuían los rabinos como inmundos, se
reunían cerca de él, y él les hablaba palabras de vida eterna.

Así iba transcurriendo el día, viéndolo y oyéndolo todo los dis-
cípulos de Juan. Por fin, Jesús los llamó a sí y los invitó a ir y contar
a Juan lo que habían presenciado, añadiendo: “Bienaventurado es el
que no fuere escandalizado en mí.” La evidencia de su divinidad se
veía en su adaptación a las necesidades de la humanidad doliente. Su
gloria se revelaba en su condescendencia con nuestro bajo estado.

Los discípulos llevaron el mensaje, y bastó. Juan recordó la
profecía concerniente al Mesías: “Me ungió Jehová; hame enviado a
predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados
de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos abertura
de la cárcel; a promulgar año de la buena voluntad de Jehová.”3
Las palabras de Cristo no sólo le declaraban el Mesías, sino que
demostraban de qué manera había de establecerse su reino. A Juan
fué revelada la misma verdad que fuera presentada a Elías en el
desierto, cuando sintió “un grande y poderoso viento que rompía
los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová: mas Jehová no
estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto: mas Jehová no
estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego: mas Jehová
no estaba en el fuego.”4 Y después del fuego, Dios habló al profeta
mediante una queda vocecita. Así había de hacer Jesús su obra, no
con el fragor de las armas y el derrocamiento de tronos y reinos,
sino hablando a los corazones de los hombres por una vida de
misericordia y sacrificio.

El principio que rigió la vida abnegada del Bautista era también
el que regía el reino del Mesías. Juan sabía muy bien cuán ajeno era
todo esto a los principios y esperanzas de los dirigentes de Israel.
Lo que para él era evidencia convincente de la divinidad de Cristo,
no sería evidencia para ellos, pues esperaban a un Mesías que no
había sido prometido. Juan vió que la misión del Salvador no podía
granjear de ellos sino odio y condenación. El, que era el precursor,

Encarcelamiento y muerte de Juan 185

estaba tan sólo bebiendo de la copa que Cristo mismo debía agotar [190]
hasta las heces.

Las palabras del Salvador: “Bienaventurado es el que no fuere
escandalizado en mí,” eran una suave reprensión para Juan. Y no dejó
de percibirla. Comprendiendo más claramente ahora la naturaleza
de la misión de Cristo, se entregó a Dios para la vida o la muerte,
según sirviese mejor a los intereses de la causa que amaba.

Después que los mensajeros se hubieron alejado, Jesús habló a
la gente acerca de Juan. El corazón del Salvador sentía profunda
simpatía por el testigo fiel ahora sepultado en la mazmorra de Hero-
des. No quería que la gente dedujese que Dios había abandonado a
Juan, o que su fe había faltado en el día de la prueba. “¿Qué salisteis
a ver al desierto?”—dijo.—“¿Una caña que es meneada del viento?”

Los altos juncos que crecían al lado del Jordán, inclinándose al
empuje de la brisa, eran adecuados símbolos de los rabinos que se
habían erigido en críticos y jueces de la misión del Bautista. Eran
agitados a uno y otro lado por los vientos de la opinión popular. No
querían humillarse para recibir el mensaje escrutador del Bautis-
ta, y sin embargo, por temor a la gente, no se atrevían a oponerse
abiertamente a su obra. Pero el mensajero de Dios no tenía tal espí-
ritu pusilánime. Las multitudes que se reunían alrededor de Cristo
habían presenciado las obras de Juan. Le habían oído reprender
intrépidamente el pecado. A los fariseos que se creían justos, a los
sacerdotales saduceos, al rey Herodes y su corte, príncipes y solda-
dos, publicanos y campesinos, Juan había hablado con igual llaneza.
No era una caña temblorosa, agitada por los vientos de la alabanza o
el prejuicio humanos. Era en la cárcel el mismo en su lealtad a Dios
y celo por la justicia, que cuando predicaba el mensaje de Dios en el
desierto. Era tan firme como una roca en su fidelidad a los buenos
principios.

Jesús continuó: “Mas ¿qué salisteis a ver? ¿un hombre cubierto
de delicados vestidos? He aquí, los que traen vestidos delicados, en
las casas de los reyes están.” Juan había sido llamado a reprender
los pecados y excesos de su tiempo, y su sencilla vestimenta y vida
abnegada estaban en armonía con el carácter de su misión. Los ricos
atavíos y los lujos de esta vida no son la porción de los siervos de
Dios, sino de aquellos que viven “en las casas de los reyes,” los
gobernantes de este mundo, a quienes pertenecen su poder y sus ri-

186 El Deseado de Todas las Gentes

[191] quezas. Jesús deseaba dirigir la atención al contraste que había entre
la vestimenta de Juan y la que llevaban los sacerdotes y gobernantes.
Estos se ataviaban con ricos mantos y costosos ornamentos. Ama-
ban la ostentación y esperaban deslumbrar a la gente, para alcanzar
mayor consideración. Ansiaban más granjearse la admiración de
los hombres, que obtener la pureza del corazón que les ganaría la
aprobación de Dios. Así revelaban que no reconocían a Dios, sino al
reino de este mundo.

“Mas, ¿qué—dijo Jesús,—salisteis a ver? ¿un profeta? También
os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito:
He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, que aparejará tu
camino delante de ti.

“De cierto os digo, que no se levantó entre los que nacen de
mujeres otro mayor que Juan el Bautista.” En el anunció hecho a
Zacarías antes del nacimiento de Juan, el ángel había declarado:
“Será grande delante de Dios.”5 En la estima del cielo, ¿qué consti-
tuye la grandeza? No lo que el mundo tiene por tal; ni la riqueza, la
jerarquía, el linaje noble, o las dotes intelectuales, consideradas en sí
mismas. Si la grandeza intelectual, fuera de cualquier consideración
superior, es digna de honor, entonces debemos rendir homenaje a
Satanás, cuyo poder intelectual no ha sido nunca igualado por hom-
bre alguno. Pero si el don está pervertido para servir al yo, cuanto
mayor sea, mayor maldición resulta. Lo que Dios aprecia es el valor
moral. El amor y la pureza son los atributos que más estima. Juan
era grande a la vista del Señor cuando, delante de los mensajeros
del Sanedrín, delante de la gente y de sus propios discípulos, no
buscó honra para sí mismo sino que a todos indicó a Jesús como el
Prometido. Su abnegado gozo en el ministerio de Cristo presenta el
más alto tipo de nobleza que se haya revelado en el hombre.

El testimonio dado acerca de él después de su muerte, por aque-
llos que le oyeron testificar acerca de Jesús, fué: “Juan, a la verdad,
ninguna señal hizo; mas todo lo que Juan dijo de éste, era verdad.”6
No le fué dado a Juan hacer bajar fuego del cielo, ni resucitar muer-
tos, como Elías lo había hecho, ni manejar la vara del poder en el
nombre de Dios como Moisés. Fué enviado a pregonar el adve-
nimiento del Salvador, y a invitar a la gente a prepararse para su
venida. Tan fielmente cumplió su misión, que al recordar la gente lo
que había enseñado acerca de Jesús, podía decir: “Todo lo que Juan

Encarcelamiento y muerte de Juan 187

dijo de éste, era verdad.” Cada discípulo del Maestro está llamado a [192]
dar semejante testimonio de Cristo.

Como heraldo del Mesías, Juan fué “más que profeta.” Porque
mientras que los profetas habían visto desde lejos el advenimiento
de Cristo, le fué dado a Juan contemplarle, oír el testimonio del
cielo en cuanto a su carácter de Mesías, y presentarle a Israel como
el Enviado de Dios. Sin embargo, Jesús dijo: “El que es muy más
pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.”

El profeta Juan era el eslabón que unía las dos dispensaciones.
Como representante de Dios, se dedicaba a mostrar la relación de la
ley y los profetas con la dispensación cristiana. Era la luz menor, que
había de ser seguida por otra mayor. La mente de Juan era iluminada
por el Espíritu Santo, a fin de que pudiese derramar luz sobre su
pueblo; pero ninguna luz brilló ni brillará jamás tan claramente sobre
el hombre caído, como la que emanó de la enseñanza y el ejemplo
de Jesús. Cristo y su misión habían sido tan sólo obscuramente
comprendidos bajo los símbolos y las figuras de los sacrificios. Ni
Juan mismo había comprendido plenamente la vida futura e inmortal
a la cual nos da acceso el Salvador.

Aparte del gozo que Juan hallaba en su misión, su vida había
sido llena de pesar. Su voz se había oído rara vez fuera del desierto.
Tuvo el destino de un solitario. No se le permitió ver los resultados
de sus propios trabajos. No tuvo el privilegio de estar con Cristo,
ni de presenciar la manifestación del poder divino que acompañó
a la luz mayor. No le tocó ver a los ciegos recobrar la vista, a los
enfermos sanar y a los muertos resucitar. No contempló la luz que
resplandecía a través de cada palabra de Cristo, derramando gloria
sobre las promesas de la profecía. El menor de los discípulos que
contempló las poderosas obras de Cristo y oyó sus palabras, era en
este sentido más privilegiado que Juan el Bautista, y por lo tanto se
dice que es mayor que él.

Por medio de las vastas muchedumbres que habían escuchado
la predicación de Juan, su fama cundió por todo el país. Había
un profundo interés por el resultado de su encarcelamiento. Sin
embargo, su vida inmaculada y el fuerte sentimiento público en su
favor, inducían a creer que no se tomarían medidas violentas contra
él.

188 El Deseado de Todas las Gentes

[193] Herodes creía que Juan era profeta de Dios y tenía la plena
intención de devolverle la libertad. Pero lo iba postergando por
temor a Herodías.

Esta sabía que por las medidas directas no podría nunca obtener
que Herodes consintiese en la muerte de Juan, y resolvió lograr su
propósito por una estratagema. En el día del cumpleaños del rey,
debía ofrecerse una fiesta a los oficiales del estado y los nobles de la
corte. Habría banquete y borrachera. Herodes no estaría en guardia,
y ella podría influir en él a voluntad.

Cuando llegó el gran día, y el rey estaba comiendo y bebiendo
con sus señores, Herodías mandó a su hija a la sala del banquete,
para que bailase a fin de entretener a los invitados. Salomé estaba
en su primer florecimiento como mujer; y su voluptuosa belleza
cautivó los sentidos de los señores entregados a la orgía. No era
costumbre que las damas de la corte apareciesen en estas fiestas, y
se tributó un cumplido halagador a Herodes cuando esta hija de los
sacerdotes y príncipes de Israel bailó para divertir a sus huéspedes.
El rey estaba embotado por el vino. La pasión lo dominaba y la razón
estaba destronada. Veía solamente la sala del placer, sus invitados
entregados a la orgía, la mesa del banquete, el vino centelleante,
las luces deslumbrantes y la joven que bailaba delante de él. En
la temeridad del momento, deseó hacer algún acto de ostentación
que le exaltase delante de los grandes de su reino. Con juramentos
prometió a la hija de Herodías cualquier cosa que pidiese, aunque
fuese la mitad de su reino.

Salomé se apresuró a consultar a su madre, para saber lo que
debía pedir. La respuesta estaba lista: la cabeza de Juan el Bautista.
Salomé no conocía la sed de venganza que había en el corazón de su
madre y primero se negó a presentar la petición; pero la resolución
de Herodías prevaleció. La joven volvió para formular esta horrible
exigencia: “Quiero que ahora mismo me des en un trinchero la
cabeza de Juan el Bautista.”7

Herodes quedó asombrado y confundido. Cesó la ruidosa alegría
y un silencio penoso cayó sobre la escena de orgía. El rey quedó
horrorizado al pensar en quitar la vida a Juan. Sin embargo, había
empeñado su palabra y no quería parecer voluble o temerario. El
juramento había sido hecho en honor de sus huéspedes, y si uno de
ellos hubiese pronunciado una palabra contra el cumplimiento de su

Encarcelamiento y muerte de Juan 189

promesa, habría salvado gustosamente al profeta. Les dió oportuni- [194]
dad de hablar en favor del preso. Habían recorrido largas distancias
para oír la predicación de Juan y sabían que era un hombre sin culpa,
y un siervo de Dios. Pero aunque disgustados por la petición de la
joven, estaban demasiado entontecidos para intervenir con una pro-
testa. Ninguna voz se alzó para salvar la vida del mensajero del cielo.
Esos hombres ocupaban altos puestos de confianza en la nación y
sobre ellos descansaban graves responsabilidades; sin embargo, se
habían entregado al banqueteo y la borrachera hasta que sus sentidos
estaban embotados. Tenían la cabeza mareada por la vertiginosa
escena de música y baile, y su conciencia dormía. Con su silencio,
pronunciaron la sentencia de muerte sobre el profeta de Dios para
satisfacer la venganza de una mujer relajada.

Herodes esperó en vano ser dispensado de su juramento; luego
ordenó, de mala gana, la ejecución del profeta. Pronto fué traída la
cabeza de Juan a la presencia del rey y sus huéspedes. Sellados para
siempre estaban aquellos labios que habían amonestado fielmente a
Herodes a que se apartase de su vida de pecado. Nunca más se oiría
esa voz llamando a los hombres al arrepentimiento. La orgía de una
noche había costado la vida de uno de los mayores profetas.

¡Cuán a menudo ha sido sacrificada la vida de los inocentes
por la intemperancia de los que debieran haber sido guardianes
de la justicia! El que lleva a sus labios la copa embriagante se
hace responsable de toda la injusticia que pueda cometer bajo su
poder embotador. Al adormecer sus sentidos, se incapacita para
juzgar serenamente o para tener una clara percepción de lo bueno
y de lo malo. Prepara el terreno para que por su medio Satanás
oprima y destruya al inocente. “El vino es escarnecedor, la cerveza
alborotadora; y cualquiera que por ello errare, no será sabio.” Por
esta causa “la justicia se puso lejos; ... y el que se apartó del mal, fué
puesto en presa.”8 Los que tienen jurisdicción sobre la vida de sus
semejantes deberían ser tenidos por culpables de un crimen cuando
se entregan a la intemperancia. Todos los que aplican las leyes
deben ser observadores de ellas. Deben ser hombres que ejerzan
dominio propio. Necesitan tener pleno goce de sus facultades físicas,
mentales y morales, a fin de poseer vigor intelectual y un alto sentido
de la justicia.

190 El Deseado de Todas las Gentes

[195] La cabeza de Juan el Bautista fué llevada a Herodías, quien la
recibió con feroz satisfacción. Se regocijaba en su venganza y se
lisonjeaba de que la conciencia de Herodes ya no le perturbaría.
Pero su pecado no le dió felicidad. Su nombre se hizo notorio y
aborrecido, mientras que Herodes estuvo más atormentado por el
remordimiento que antes por las amonestaciones del profeta. La
influencia de las enseñanzas de Juan no se hundió en el silencio;
había de extenderse a toda generación hasta el fin de los tiempos.

El pecado de Herodes estaba siempre delante de él. Constante-
mente procuraba hallar alivio de las acusaciones de su conciencia
culpable. Su confianza en Juan era inconmovible. Cuando recordaba
su vida de abnegación, sus súplicas fervientes y solemnes, su sano
criterio en los consejos, y luego recordaba cómo había hallado la
muerte, Herodes no podía encontrar descanso. Mientras atendía los
asuntos del Estado, recibiendo honores de los hombres, mostraba un
rostro sonriente y un porte digno, pero ocultaba un corazón ansioso,
siempre temeroso de que una maldición pesara sobre él.

Herodes había quedado profundamente impresionado por las
palabras de Juan, de que nada puede ocultarse de Dios. Estaba
convencido de que Dios estaba presente en todo lugar, que había
presenciado la orgía de la sala del banquete, que había oído la orden
de decapitar a Juan, y había visto la alegría de Herodías y el insulto
que infligió a la cercenada cabeza del que la había reprendido. Y
muchas cosas que Herodes había oído de los labios del profeta
hablaban ahora a su conciencia más distintamente de lo que lo
hiciera su predicación en el desierto.

Cuando Herodes oyó hablar de las obras de Cristo, se perturbó en
gran manera. Pensó que Dios había resucitado a Juan de los muertos,
y lo había enviado con poder aun mayor para condenar el pecado.
Temía constantemente que Juan vengase su muerte condenándole a
él y a su casa. Herodes estaba cosechando lo que Dios había declara-
do resultado de una conducta pecaminosa: “Corazón tembloroso, y
caimiento de ojos, y tristeza de alma: y tendrás tu vida como colgada
delante de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no confiarás
de tu vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera fuese la tarde! y a
la tarde dirás: ¡Quién diera fuese la mañana! por el miedo de tu
corazón con que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos.”9
Los pensamientos del pecador son sus acusadores; no podría sufrir

Encarcelamiento y muerte de Juan 191

tortura más intensa que los aguijones de una conciencia culpable, [196]
que no le deja descansar ni de día ni de noche.

Para muchos, un profundo misterio rodea la suerte de Juan el
Bautista. Se preguntan por qué se le debía dejar languidecer y morir
en la cárcel. Nuestra visión humana no puede penetrar el misterio
de esta sombría providencia; pero ésta no puede conmover nuestra
confianza en Dios cuando recordamos que Juan no era sino partícipe
de los sufrimientos de Cristo. Todos los que sigan a Cristo llevarán
la corona del sacrificio. Serán por cierto mal comprendidos por los
hombres egoístas, y blanco de los feroces asaltos de Satanás. El reino
de éste se estableció para destruir ese principio de la abnegación, y
peleará contra él dondequiera que se manifieste.

La niñez, juventud y edad adulta de Juan se caracterizaron por
la firmeza y la fuerza moral. Cuando su voz se oyó en el desierto
diciendo: “Aparejad el camino del Señor, enderezad sus veredas,”10
Satanás temió por la seguridad de su reino. El carácter pecaminoso
del pecado se reveló de tal manera que los hombres temblaron. Que-
dó quebrantado el poder que Satanás había ejercido sobre muchos
que habían estado bajo su dominio. Había sido incansable en sus
esfuerzos para apartar al Bautista de una vida de entrega a Dios sin
reserva; pero había fracasado. No había logrado vencer a Jesús. En
la tentación del desierto, Satanás había sido derrotado, y su ira era
grande. Resolvió causar pesar a Cristo hiriendo a Juan. Iba a hacer
sufrir a Aquel a quien no podía inducir a pecar.

Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan
soportaría la prueba. Gozosamente habría ido el Salvador a Juan,
para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no
debía colocarse en las manos de sus enemigos, ni hacer peligrar su
propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por
causa de los millares que en años ulteriores debían pasar de la cárcel
a la muerte, Juan había de beber la copa del martirio. Mientras los
discípulos de Jesús languideciesen en solitarias celdas, o pereciesen
por la espada, el potro o la hoguera, aparentemente abandonados
de Dios y de los hombres, ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el
pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo
había atestiguado, había experimentado algo similar!

Se le permitió a Satanás abreviar la vida terrenal del mensajero
de Dios; pero el destructor no podía alcanzar esa vida que “está

192 El Deseado de Todas las Gentes

[197] escondida con Cristo en Dios.”11 Se regocijó por haber causado
[198] pesar a Cristo; pero no había logrado vencer a Juan. La misma
muerte le puso para siempre fuera del alcance de la tentación. En
su guerra, Satanás estaba revelando su carácter. Puso de manifiesto,
delante del universo que la presenciaba, su enemistad hacia Dios y
el hombre.

Aunque ninguna liberación milagrosa fué concedida a Juan, no
fué abandonado. Siempre tuvo la compañía de los ángeles celestiales,
que le hacían comprender las profecías concernientes a Cristo y las
preciosas promesas de la Escritura. Estas eran su sostén, como iban
a ser el sostén del pueblo de Dios a través de los siglos venideros.
A Juan el Bautista, como a aquellos que vinieron después de él, se
aseguró: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin
del mundo.”12

Dios no conduce nunca a sus hijos de otra manera que la que
ellos elegirían si pudiesen ver el fin desde el principio, y discernir
la gloria del propósito que están cumpliendo como colaboradores
suyos. Ni Enoc, que fué trasladado al cielo, ni Elías, que ascendió
en un carro de fuego, fueron mayores o más honrados que Juan el
Bautista, que pereció solo en la mazmorra, “A vosotros es concedido
por Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis
por él.”13 Y de todos los dones que el Cielo puede conceder a los
hombres, la comunión con Cristo en sus sufrimientos es el más grave
cometido y el más alto honor.

12 Crónicas 34; Nehemías 8, 9.
2Juan 1:29, 27.
3Isaías 61:1, 2.
41 Reyes 19:11, 12.
5Lucas 1:15.
6Juan 10:41.
7V. M.
8Proverbios 20:1; Isaías 59:14, 15.
9Deuteronomio 28:65-67.
10Mateo 3:3.
11Colosenses 3:3.
12Mateo 28:20.
13Filipenses 1:29.

Capítulo 23—“El reino de Dios está cerca”

“Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, [199]
y diciendo: El tiempo es cumplido, y el reino de Dios está cerca:
arrepentíos, y creed al evangelio.”1

La venida del Mesías había sido anunciada primeramente en
Judea. En el templo de Jerusalén, el nacimiento del precursor había
sido predicho a Zacarías mientras oficiaba ante el altar. En las coli-
nas de Belén, los ángeles habían proclamado el nacimento de Jesús.
A Jerusalén habían acudido los magos a buscarle. En el templo,
Simeón y Ana habían atestiguado su divinidad. Jerusalén y toda
Judea habían escuchado la predicación de Juan el Bautista; y tanto
la diputación del Sanedrín como la muchedumbre habían oído su
testimonio acerca de Jesús. En Judea, Cristo había reclutado sus
primeros discípulos. Allí había transcurrido gran parte de los co-
mienzos de su ministerio. La manifestación de su divinidad en la
purificación del templo, sus milagros de sanidad y las lecciones de
divina verdad que procedían de sus labios, todo proclamaba lo que
después de la curación del paralítico en Betesda había declarado
ante el Sanedrín: su filiación con el Eterno.

Si los dirigentes de Israel hubiesen recibido a Cristo, los habría
honrado como mensajeros suyos para llevar el Evangelio al mundo.
A ellos fué dada primeramente la oportunidad de ser heraldos del
reino y de la gracia de Dios. Pero Israel no conoció el tiempo de
su visitación. Los celos y la desconfianza de los dirigentes judíos
maduraron en abierto odio, y el corazón de la gente se apartó de
Jesús.

El Sanedrín había rechazado el mensaje de Cristo y procuraba
su muerte; por tanto, Jesús se apartó de Jerusalén, de los sacerdotes,
del templo, de los dirigentes religiosos, de la gente que había sido
instruída en la ley, y se dirigió a otra clase para proclamar su mensaje,
y congregar a aquellos que debían anunciar el Evangelio a todas las
naciones.

193

194 El Deseado de Todas las Gentes

[200] Así como la luz y la vida de los hombres fué rechazada por las
autoridades eclesiásticas en los días de Cristo, ha sido rechazada
en toda generación sucesiva. Vez tras vez, se ha repetido la historia
del retiro de Cristo de Judea. Cuando los reformadores predicaban
la palabra de Dios, no pensaban separarse de la iglesia establecida;
pero los dirigentes religiosos no quisieron tolerar la luz, y los que
la llevaban se vieron obligados a buscar otra clase, que anhelaba
conocer la verdad. En nuestros días, pocos de los que profesan seguir
a los reformadores están movidos por su espíritu. Pocos escuchan
la voz de Dios y están listos para aceptar la verdad en cualquier
forma que se les presente. Con frecuencia, los que siguen los pasos
de los reformadores están obligados a apartarse de las iglesias que
aman, para proclamar la clara enseñanza de la palabra de Dios. Y
muchas veces, los que buscan la luz se ven obligados por la misma
enseñanza a abandonar la iglesia de sus padres para poder obedecer.

Los rabinos de Jerusalén despreciaban a los habitantes de Galilea
por rudos e ignorantes; y, sin embargo, éstos ofrecían a la obra
del Salvador un campo más favorable que los primeros. Eran más
fervientes y sinceros; menos dominados por el fanatismo; su mente
estaba mejor dispuesta para recibir la verdad. Al ir a Galilea, Jesús
no buscaba retiro o aislamiento. La provincia estaba habitada en ese
tiempo por una población numerosa, con mayor mezcla de personas
de diversas nacionalidades que la de Judea.

Mientras Jesús viajaba por Galilea, enseñando y sanando, acu-
dían a él multitudes de las ciudades y los pueblos. Muchos venían
aun de Judea y de las provincias adyacentes. Con frecuencia se veía
obligado a ocultarse de la gente. El entusiasmo era tan grande que
le era necesario tomar precauciones, no fuese que las autoridades
romanas se alarmasen por temor a una insurrección. Nunca antes
había vivido el mundo momentos tales. El cielo había descendido a
los hombres. Almas hambrientas y sedientas, que habían aguardado
durante mucho tiempo la redención de Israel, se regocijaban ahora
en la gracia de un Salvador misericordioso.

La nota predominante de la predicación de Cristo era: “El tiempo
es cumplido, y el reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al
evangelio.” Así el mensaje evangélico, tal como lo daba el Salvador
mismo, se basaba en las profecías. El “tiempo” que él declaraba cum-
plido, era el período dado a conocer a Daniel por el ángel Gabriel.

“El reino de Dios está cerca” 195

“Setenta semanas—dijo el ángel—están determinadas sobre tu pue- [201]
blo y sobre tu santa ciudad, para acabar la prevaricación, y concluir
el pecado, y expiar la iniquidad; y para traer la justicia de los siglos,
y sellar la visión y la profecía, y ungir al Santo de los santos.”2 En la
profecía, un día representa un año.3 Las setenta semanas, o cuatro-
cientos noventa días, representaban cuatrocientos noventa años. Y
se había dado un punto de partida para este período: “Sepas pues y
entiendas, que desde la salida de la palabra para restaurar y edificar
a Jerusalem hasta el Mesías Príncipe, habrá siete semanas, y sesenta
y dos semanas,”4 sesenta y nueve semanas, es decir, cuatrocientos
ochenta y tres años. La orden de restaurar y edificar a Jerusalén,
completada por el decreto de Artajerjes Longímano,5 entró a regir
en el otoño del año 457 ant. de C. Desde ese tiempo, cuatrocientos
ochenta y tres años llegan hasta el otoño del año 27 de J. C. Según la
profecía, este período había de llegar hasta el Mesías, el Ungido. En
el año 27 de nuestra era, Jesús, en ocasión de su bautismo, recibió
la unción del Espíritu Santo, y poco después empezó su ministerio.
Entonces fué proclamado el mensaje: “El tiempo es cumplido.”

Había declarado el ángel: “En otra semana [siete años] confir-
mará el pacto a muchos.” Por siete años después que el Salvador
empezó su ministerio, el Evangelio había de ser predicado especial-
mente a los judíos; por Cristo mismo durante tres años y medio, y
después por los apóstoles. “A la mitad de la semana hará cesar el
sacrificio y la ofrenda.”6 En la primavera del año 31 de nuestra era,
Cristo, el verdadero sacrificio, fué ofrecido en el Calvario. Entonces
el velo del templo se rasgó en dos, demostrando que el significado
y el carácter sagrado del ritual de los sacrificios habían terminado.
Había llegado el tiempo en que debían cesar los sacrificios y las
oblaciones terrenales.

La semana—siete años—terminó en el año 34 de nuestra era.
Entonces, por el apedreamiento de Esteban, los judíos sellaron final-
mente su rechazamiento del Evangelio; los discípulos, dispersados
por la persecución, “iban por todas partes anunciando la palabra;”7
poco después, se convirtió Saulo el perseguidor, y llegó a ser Pablo,
el apóstol de los gentiles.

El tiempo de la venida de Cristo, su ungimiento por el Espíritu
Santo,8 su muerte y la proclamación del Evangelio a los gentiles,
habían sido indicados en forma definida. Era privilegio del pueblo

196 El Deseado de Todas las Gentes

[202] judío comprender estas profecías, y reconocer su cumplimiento en
la misión de Jesús. Cristo instó a sus discípulos a reconocer la
importancia del estudio de la profecía. Refiriéndose a la que fué
dada a Daniel con respecto a su tiempo, dijo: “El que lee, entienda.”9
Después de su resurrección, explicó a los discípulos en “todos los
profetas” “lo que de él decían.”10 El Salvador había hablado por
medio de todos los profetas. “El espíritu de Cristo que estaba en
ellos” “prenunciaba las aflicciones que habían de venir a Cristo, y
las glorias después de ellas.”11

Fué Gabriel, el ángel que sigue en jerarquía al Hijo de Dios,
quien trajo el mensaje divino a Daniel. Fué a Gabriel, “su ángel,”
a quien envió Cristo para revelar el futuro al amado Juan; y se
pronuncia una bendición sobre aquellos que leen y oyen las palabras
de la profecía y guardan las cosas en ella escritas.12

“No hará nada el Señor Jehová, sin que revele su secreto a sus
siervos los profetas.” Aunque “las cosas secretas pertenecen a Jeho-
vá nuestro Dios, ... las reveladas son para nosotros y para nuestros
hijos por siempre.”13 Dios nos ha dado estas cosas, y su bendición
acompañará al estudio reverente, con oración, de las escrituras pro-
féticas.

Así como el mensaje del primer advenimiento de Cristo anun-
ciaba el reino de su gracia, el mensaje de su segundo advenimiento
anuncia el reino de su gloria. El segundo mensaje, como el primero,
está basado en las profecías. Las palabras del ángel a Daniel acerca
de los últimos días, serán comprendidas en el tiempo del fin. En
ese tiempo, “muchos correrán de aquí para allá, y la ciencia será
aumentada.”14 “Los impíos obrarán impíamente, y ninguno de los
impíos entenderá, pero entenderán los entendidos.”15 El Salvador
mismo anunció señales de su venida y dijo: “Cuando viereis hacerse
estas cosas, entended que está cerca el reino de Dios.” “Y mirad por
vosotros, que vuestros corazones no sean cargados de glotonería y
embriaguez, y de los cuidados de esta vida, y venga de repente sobre
vosotros aquel día.” “Velad pues, orando en todo tiempo, que seáis
tenidos por dignos de evitar todas estas cosas que han de venir y de
estar en pie delante del Hijo del hombre.”16

Hemos llegado al período predicho en estos pasajes. El tiempo
del fin ha llegado, las visiones de los profetas están deselladas, y


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