de la estación Vesta, de Ceres o de cualquiera de las
decenas de pequeños almacenes de suministros
flotantes que había en el gran vacío. En realidad
siempre habían sido una forma de evitar que la APE
o cualquier otra organización del Cinturón llegaran
a prosperar y a convertirse en una fuerza
organizada. Pero las reglas cambiaron y esa fuerza
organizada pasó a tener utilidad. La Armada Libre
podría haberse formado décadas antes si hombres
como Duarte lo hubieran permitido. Ahora que el
Cinturón al fin lo había conseguido, se darían cuenta
de lo inútil que era.
Serviría para mantener ocupados unos cuantos
años a la Tierra y a lo que quedaba de Marte.
Después... Su audacia se vería recompensada con la
oportunidad de cambiar la historia.
El centro de mando estaba preparado. Todo el
mundo se encontraba en sus asientos, las pantallas
estaban limpias y los controles abrillantados. La
Barkeith llegaría a la estación Laconia igual de
perfecta que había salido de Marte. Y ninguno de
ellos portaría brazaletes. Sauveterre se impulsó hacia
su puesto y se amarró.
—Señor Taylor, haga sonar la alarma de
aceleración. Señor Kogoma, informe a la flota y a
Medina que zarpamos.
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—Señor —dijo el oficial de tácticas—, solicito
permiso para abrir las portas.
—¿Cree que será necesario, señor Kuhn?
—No lo creo, pero nos conviene tener mucho
cuidado.
Kuhn tampoco confiaba en los escuchimizados.
Normal. No eran más que un puñado de matones y
forajidos que pensaban que eran poderosos solo por
tener armas. Sauveterre creía que era demasiado
pronto para que la Armada Libre empezase a
traicionar a Duarte, pero también sabía que eran
personas estúpidas e impulsivas. Era lógico pensar
que una fuerza armada repleta de aficionados no iba
a tomar las mismas decisiones que una profesional.
—Permiso concedido. Y caliente también los
CDP. Señor Kogoma, avise a toda la flota para que
haga lo propio.
—Sí, señor —dijo Kogoma.
Empezó a sonar la alarma, y Sauveterre se colocó
en su asiento mientras la sensación de peso
regresaba poco a poco. El viaje hasta el anillo de
Laconia sería corto. Aquel espacio entre anillos era
un lugar claustrofóbico comparado con la
inmensidad del vacío real y abierto. Era oscuro. No
había estrellas. Los lumbreras científicos decían que
detrás de los anillos no había nada. Que aquella
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burbuja o lo que fuese en la que se encontraban no
terminaba en una barrera, sino en algo mucho más
complicado que eran incapaces de comprender.
Sauveterre no necesitaba comprenderlo.
La puerta de Laconia cada vez estaba más cerca,
y un puñado de estrellas refulgían con fijeza al otro
lado y crecían a medida que se aproximaban. Los
penachos de los motores de la vanguardia de la flota
brillaban con fuerza al atravesar el anillo. Seguro que
en aquel lugar habría nuevas constelaciones. Verían
la galaxia desde otro ángulo y tendría un nuevo
firmamento.
—Nos acercamos al anillo, señor —dijo Keller
desde el puesto de navegación—. Lo atravesaremos
en tres, dos...
Keller desapareció. No, no fue del todo así. Keller
seguía en su sitio, sentado tal y como estaba antes,
pero se había convertido en un borrón. Todos se
habían convertido en borrones. Sauveterre levantó
las manos y las vio a la perfección: vio las
rugosidades de las puntas de sus dedos, los espacios
que había entre las moléculas, el batir de la sangre
bajo ellas. También vio las moléculas del aire, cómo
el nitrógeno, el oxígeno y el dióxido de carbono no
dejaban de entrechocar y así ocultaban el espacio
mucho más profundo que había tras ellas. Un vacío
que lo penetraba todo.
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«Me está dando un derrame —pensó. Y luego—:
No. Algo va mal y no soy yo.»
—¡Apaguen el motor! —gritó—. ¡Hay que dar la
vuelta!
Y las ondas formadas por sus palabras
atravesaron el aire invisible pero visible como si de
una esfera en expansión se tratara, una que rebotó
contra los mamparos y se agitó al cruzarse con los
gritos de miedo del resto y también con el resonar de
la alarma. Era un bonito paisaje. El borrón en el que
se había convertido el señor Keller movió las manos
y de milagro no se deslizó hacia el amplio vacío
detrás de su puesto de control.
Sauveterre vio cómo las moléculas de sonido se
acercaban a él antes de oír las palabras.
—¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?
No veía las imágenes de las pantallas y era
incapaz de saber si las estrellas seguían ahí. Lo único
que sentía eran los átomos y los fotones que
proyectaban los monitores, no el patrón que
conformaban. Alguien gritó. Luego otra persona.
Se giró y vio que algo se movía. Algo diferente,
no un borrón como él o como los demás, no era
materia. Era algo sólido pero oculto entre los
intersticios de la propia materia, una sombra entre la
niebla. Muchas sombras, ni oscuras ni luminosas,
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sino diferentes, como si fuesen la tercera cara de una
moneda, como si atravesasen el espacio entre los
espacios. Se precipitaron hacia ellos. Hacia él.
Sauveterre no llegó a ser consciente de su
muerte.
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Agradecimientos
LA CREACIÓN de cualquier libro es mucho
menos solitaria de lo que pueda parecer, y durante
los últimos años ha aumentado la cantidad de
personas relacionadas con «The Expanse» en todas
sus encarnaciones, incluyendo también las novelas.
Este libro no existiría sin el trabajo duro y la
dedicación de Danny y Heather Baror, Will Hinton,
Tim Holman, Anne Clarke, Ellen Wright, Alex
Lencicki y todo el maravilloso equipo de Orbit.
También nos gustaría darle las gracias a DongWon
Song y Carrie Vaughn por sus servicios como
lectores beta, y a Ben Jones y Jordin Kare por su
ayuda a la hora de elucubrar qué ocurre cuando falla
un propulsor y a la banda de Sakeriver: Tom, Sake
Mike, el Mike que no Sake, Porter, Scott, Raja, Jeff,
Mark, Dan, Joe y Erik Slaine, sin los que esto no
existiría.
El equipo de ayudantes de «The Expanse»
también ha aumentado y ahora incluye a personas
como Sharon Hall y Ben Roberts, Bill McGoldrick,
Mark Fergus, Hawk Ostby y Naren Shankar, entre
muchísimos otros empleados de Alcon Television, la
Sean Daniel Company y Syfy. Nos gustaría darles las
gracias especialmente a Alan por el café Boom y a
Kenneth por todo lo demás.
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Y, como siempre, nada de esto hubiera ocurrido
sin el apoyo y la compañía de Jayné, Kat y Scarlet.
Detrás del pseudónimo de James S.A. Corey se
esconden el autor de ciencia ficción y fantasía Daniel
Abraha y Ty Franck, el asistente personal de George
R.R. Martin durante el desarrollo de la adaptación
televisiva de Juego de Tronos.
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