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Published by snullbug20, 2020-04-15 22:25:20

The Expanse 05 - Los Juegos De Nemesis - James S A Corey

de la estación Vesta, de Ceres o de cualquiera de las


decenas de pequeños almacenes de suministros


flotantes que había en el gran vacío. En realidad


siempre habían sido una forma de evitar que la APE


o cualquier otra organización del Cinturón llegaran


a prosperar y a convertirse en una fuerza


organizada. Pero las reglas cambiaron y esa fuerza


organizada pasó a tener utilidad. La Armada Libre


podría haberse formado décadas antes si hombres


como Duarte lo hubieran permitido. Ahora que el


Cinturón al fin lo había conseguido, se darían cuenta


de lo inútil que era.



Serviría para mantener ocupados unos cuantos


años a la Tierra y a lo que quedaba de Marte.


Después... Su audacia se vería recompensada con la


oportunidad de cambiar la historia.



El centro de mando estaba preparado. Todo el


mundo se encontraba en sus asientos, las pantallas


estaban limpias y los controles abrillantados. La


Barkeith llegaría a la estación Laconia igual de


perfecta que había salido de Marte. Y ninguno de


ellos portaría brazaletes. Sauveterre se impulsó hacia


su puesto y se amarró.


—Señor Taylor, haga sonar la alarma de


aceleración. Señor Kogoma, informe a la flota y a


Medina que zarpamos.








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—Señor —dijo el oficial de tácticas—, solicito


permiso para abrir las portas.



—¿Cree que será necesario, señor Kuhn?



—No lo creo, pero nos conviene tener mucho


cuidado.


Kuhn tampoco confiaba en los escuchimizados.


Normal. No eran más que un puñado de matones y


forajidos que pensaban que eran poderosos solo por


tener armas. Sauveterre creía que era demasiado


pronto para que la Armada Libre empezase a


traicionar a Duarte, pero también sabía que eran


personas estúpidas e impulsivas. Era lógico pensar


que una fuerza armada repleta de aficionados no iba


a tomar las mismas decisiones que una profesional.



—Permiso concedido. Y caliente también los


CDP. Señor Kogoma, avise a toda la flota para que


haga lo propio.



—Sí, señor —dijo Kogoma.



Empezó a sonar la alarma, y Sauveterre se colocó


en su asiento mientras la sensación de peso


regresaba poco a poco. El viaje hasta el anillo de


Laconia sería corto. Aquel espacio entre anillos era


un lugar claustrofóbico comparado con la


inmensidad del vacío real y abierto. Era oscuro. No


había estrellas. Los lumbreras científicos decían que


detrás de los anillos no había nada. Que aquella





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burbuja o lo que fuese en la que se encontraban no


terminaba en una barrera, sino en algo mucho más


complicado que eran incapaces de comprender.


Sauveterre no necesitaba comprenderlo.



La puerta de Laconia cada vez estaba más cerca,


y un puñado de estrellas refulgían con fijeza al otro


lado y crecían a medida que se aproximaban. Los


penachos de los motores de la vanguardia de la flota


brillaban con fuerza al atravesar el anillo. Seguro que


en aquel lugar habría nuevas constelaciones. Verían


la galaxia desde otro ángulo y tendría un nuevo


firmamento.



—Nos acercamos al anillo, señor —dijo Keller


desde el puesto de navegación—. Lo atravesaremos


en tres, dos...


Keller desapareció. No, no fue del todo así. Keller


seguía en su sitio, sentado tal y como estaba antes,


pero se había convertido en un borrón. Todos se


habían convertido en borrones. Sauveterre levantó


las manos y las vio a la perfección: vio las


rugosidades de las puntas de sus dedos, los espacios


que había entre las moléculas, el batir de la sangre


bajo ellas. También vio las moléculas del aire, cómo


el nitrógeno, el oxígeno y el dióxido de carbono no


dejaban de entrechocar y así ocultaban el espacio


mucho más profundo que había tras ellas. Un vacío


que lo penetraba todo.




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«Me está dando un derrame —pensó. Y luego—:


No. Algo va mal y no soy yo.»



—¡Apaguen el motor! —gritó—. ¡Hay que dar la


vuelta!



Y las ondas formadas por sus palabras


atravesaron el aire invisible pero visible como si de


una esfera en expansión se tratara, una que rebotó


contra los mamparos y se agitó al cruzarse con los


gritos de miedo del resto y también con el resonar de


la alarma. Era un bonito paisaje. El borrón en el que


se había convertido el señor Keller movió las manos


y de milagro no se deslizó hacia el amplio vacío


detrás de su puesto de control.


Sauveterre vio cómo las moléculas de sonido se


acercaban a él antes de oír las palabras.



—¿Qué ocurre? ¿Qué está pasando?



No veía las imágenes de las pantallas y era


incapaz de saber si las estrellas seguían ahí. Lo único


que sentía eran los átomos y los fotones que


proyectaban los monitores, no el patrón que


conformaban. Alguien gritó. Luego otra persona.



Se giró y vio que algo se movía. Algo diferente,


no un borrón como él o como los demás, no era


materia. Era algo sólido pero oculto entre los


intersticios de la propia materia, una sombra entre la


niebla. Muchas sombras, ni oscuras ni luminosas,





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sino diferentes, como si fuesen la tercera cara de una


moneda, como si atravesasen el espacio entre los


espacios. Se precipitaron hacia ellos. Hacia él.



Sauveterre no llegó a ser consciente de su


muerte.










































































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Agradecimientos



LA CREACIÓN de cualquier libro es mucho


menos solitaria de lo que pueda parecer, y durante


los últimos años ha aumentado la cantidad de


personas relacionadas con «The Expanse» en todas


sus encarnaciones, incluyendo también las novelas.


Este libro no existiría sin el trabajo duro y la


dedicación de Danny y Heather Baror, Will Hinton,


Tim Holman, Anne Clarke, Ellen Wright, Alex


Lencicki y todo el maravilloso equipo de Orbit.


También nos gustaría darle las gracias a DongWon


Song y Carrie Vaughn por sus servicios como


lectores beta, y a Ben Jones y Jordin Kare por su


ayuda a la hora de elucubrar qué ocurre cuando falla


un propulsor y a la banda de Sakeriver: Tom, Sake


Mike, el Mike que no Sake, Porter, Scott, Raja, Jeff,


Mark, Dan, Joe y Erik Slaine, sin los que esto no


existiría.



El equipo de ayudantes de «The Expanse»


también ha aumentado y ahora incluye a personas


como Sharon Hall y Ben Roberts, Bill McGoldrick,


Mark Fergus, Hawk Ostby y Naren Shankar, entre


muchísimos otros empleados de Alcon Television, la


Sean Daniel Company y Syfy. Nos gustaría darles las


gracias especialmente a Alan por el café Boom y a


Kenneth por todo lo demás.








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Y, como siempre, nada de esto hubiera ocurrido


sin el apoyo y la compañía de Jayné, Kat y Scarlet.










Detrás del pseudónimo de James S.A. Corey se


esconden el autor de ciencia ficción y fantasía Daniel


Abraha y Ty Franck, el asistente personal de George


R.R. Martin durante el desarrollo de la adaptación


televisiva de Juego de Tronos.











































































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