persona distinta. Holden se había olvidado de los
meses que habían pasado sus dos equipos viajando
hacia el Anillo, también del esfuerzo desesperado
que había hecho en la Bégimo cuando aún no se
había convertido en la estación Medina y del
secuestro y el rescate posterior. Había dejado todo
aquello a un lado. La mujer tenía una expresión
educada y hermética.
—Bueno —empezó Holden—. He venido a
decirte que estoy a punto de zarpar. No sé cuándo
nos volveremos a ver, si es que llegamos a vernos de
nuevo, pero no quería irme con la impresión de que
nuestra relación está tocada.
—¿Por qué tienes esa impresión?
—¿Sin micrófonos?
El silencio se apoderó de la estancia. Monica sacó
su nuevo terminal portátil del bolsillo y tocó la
pantalla dos veces. El aparato emitió un sonido, y
luego se lo dejó sobre el muslo.
—Venga. Sin micrófonos.
—Porque te mentí, y lo sabes. Y te enfadaste. Y
porque tú intentaste hacerme hablar de cosas de las
que no quería hablar soltándome preguntas en mitad
de una entrevista, y me enfadé mucho.
Monica suspiró, pero su expresión se suavizó un
poco. Parecía mayor que la primera vez que se
600
habían visto. Aún tenía esa predisposición para las
cámaras, pero era como si ahora cargase sobre sus
hombros el peso de todo el universo.
—¿Qué te ha pasado, Holden? Solías ser alguien
que no ocultaba las cosas. Eras la voz en la que todos
podíamos confiar, porque, aunque no lo supieras
todo, al menos te asegurabas de contarnos lo que sí
sabías. Eso de amañar una entrevista no va contigo.
—Fred me pidió que no contase que habían
atentado contra él.
—Ni que se habían llevado la muestra de la
protomolécula —apuntilló Monica. Luego levantó el
terminal portátil—. No estoy grabando. Hazme el
favor de no volver a mentirme.
—Ni que se habían llevado la muestra de la
protomolécula —repitió Holden.
La expresión de Monica se suavizó aún más y
empezó a rascar la tela del sofá con las uñas.
—Es algo muy importante. Es lo más grave que
ha ocurrido desde que empezó todo. ¿No crees que
la gente tiene derecho a saber el peligro al que se
enfrentan?
—Fred lo sabe. Se lo ha dicho a Avasarala y a
Smith. La Tierra y Marte lo saben. La APE lo sabe.
Sembrar el pánico entre la gente sin motivo...
601
—Es normal entrar en pánico ante una situación
así... —dijo Monica—. ¿Decidir lo que la gente
debería saber o no para que hagan lo que tú crees que
deben hacer? Así no es como actúan los buenos. Es
paternalista. Es condescendiente. Y no es propio de
ti. Quizá sea normal para los estrategas y agitadores
políticos, pero no es propio de ti.
Holden sintió una presión en el pecho. No estaba
seguro de si era vergüenza, rabia o algo más
complicado. Recordó a madre Tamara diciéndole:
«La verdad duele». Le dieron ganas de espetarle algo
cruel a Monica, de devolverle el golpe. Pero se limitó
a entrelazar los dedos.
—¿Y lo que tú haces es importante?
—¿Qué?
—Informar. Contar cosas a la gente. ¿Crees que
sirve para algo?
—Claro que sirve para algo.
—Entonces tú también tienes que controlar la
manera en la que usas ese poder. No digo que lo de
ocultar lo de la protomolécula estuviese bien, pero
contárselo a todo mundo es aún peor, sobre todo
ahora que la cosa se ha complicado tanto. Cuando
estábamos en la zona lenta, tú fuiste la voz que
consiguió traer algo de orden a ese momento de caos.
Y eso hizo que la gente se sintiese más tranquila, más
602
segura y más racional. Más civilizada. Necesitamos
algo así. Lo necesito.
—¿Cómo te atreves a decir que...? —empezó a
decir Monica, pero en ese momento le sonó el
terminal portátil. Lo miró irritada, apartó la vista y
lo volvió a mirar con gesto de sorpresa. Levantó un
dedo hacia Holden durante un instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó él, pero ella había
empezado a leer el terminal y abría los ojos cada vez
más—. ¿Monica? Si esto es una lección práctica de lo
pérfido que es ocultar información, admito que has
conseguido sorprenderme. Pero déjalo ya...
—Las naves atacantes. Las que iban a por el
primer ministro de Marte. El buque insignia ha
enviado un mensaje. —Se quedó mirándolo con
fijeza—. Es para ti.
La voz de Naomi a través del terminal portátil
sonó débil y aguda, como si acabase de despertar de
una pesadilla o algo peor.
—Si alguien recibe este mensaje, que lo
retransmita, por favor. Soy Naomi Nagata de la
Rocinante. Este mensaje es para James Holden. El
programa que controla la botella magnética ha sido
saboteado. No enciendas el reactor...
Naomi se quedó en silencio, pero él ya había
sacado su terminal portátil. Le dolían los dedos de
603
apretarlo con tanta fuerza y tuvo que obligarse a
relajar la mano. Envió una solicitud de llamada a
Drummer. Pensó que el corazón se le iba a salir del
pecho. Se sentía como si estuviese en caída libre,
como si acabara de pisar mal la escalera de una alta
torre y se hubiese caído al vacío. Monica empezó a
soltar tacos en voz baja, pero a él le dio la impresión
de que estaba rezando.
Si encendían el reactor y la botella perdía
contención, la Rocinante desaparecería en una abrir
y cerrar de ojos. Puede que la estación Tycho no
quedara destruida del todo.
—Aquí Drummer —se oyó por el terminal
portátil de Holden—. ¿En qué puedo ayudarle,
capitán?
—¿Habéis encendido el reactor? —preguntó
Holden.
Drummer se quedó en silencio durante lo que le
pareció medio segundo, pero para él fueron años.
—Sí, señor. Está a un sesenta por ciento de
potencia y, por ahora, todo parece ir bien.
—Apagadlo —dijo Holden—. Apagadlo ahora
mismo.
Se volvió a hacer el silencio.
604
«Que no me pregunte por qué —pensó—. Que no
me lo discuta ni me pida que se lo explique. Por
favor.»
—Hecho. Reactor desconectado —indicó
Drummer—. ¿Puedo preguntarle a qué ha venido
eso?
34
Alex
—... NO enciendas el reactor sin volver a cargar
los controladores desde una fuente fiable. Si alguien
recibe este mensaje, que lo re...
El mensaje se cortó.
—Tenemos que retransmitirlo. Hay que
enviárselo a Holden.
—Yo me encargo —dijo la capitana—. El primer
ministro y usted tienen que evacuar ahora mismo.
Alex la miró, confundido. Naomi se encontraba
en las naves que los habían emboscado. Alguien
había saboteado la Roci. Sintió que se encontraba en
ese momento de quietud entre un golpe en la cabeza
y el instante en el que uno empezaba a sentir dolor.
Su primer pensamiento irracional y semicoherente
fue creer que si Naomi estaba con ellos no podían ser
tan malos.
—¿Señor Kamal?
605
—Estoy bien. Es que...
El primer ministro Smith lo miró, y los ojos
amables e inofensivos del hombre le dieron la
impresión de estar muy fuera de lugar en aquella
situación.
—¿Ese mensaje cambia algo de lo que tenemos
que hacer nosotros?
—No —respondió Alex—. Es que... No. No,
deberíamos irnos. Un momento. Bobbie...
—La señora Draper sabe adónde van —aseguró
la capitana Choudhary—. Me aseguraré de que no se
pierda.
Se dirigieron al ascensor con un marine delante y
otro detrás. La cabina hizo que Alex recuperara la
orientación cuando empezó a bajarlos al corazón de
la nave. Solo tardaron unos pocos segundos en
igualar la velocidad y luego volvieron a empezar a
flotar, pero fueron más que suficientes para que su
mente registrara lo que era arriba y lo que era abajo.
El lugar era lo bastante amplio como para llevar el
triple de personal. Los marines se apostaron junto a
la puerta, listos para afrontar cualquier peligro. El
primer ministro se colocó a un lado en la parte
delantera, el único lugar donde había algo de
cobertura. Nadie dijo nada al respecto. Era la
606
dinámica del poder político reflejada en las
posiciones dentro de un ascensor.
Naomi estaba allí. Justo allí. A menos de diez mil
kilómetros, quizá. Era como si pudiera toparse con
ella al doblar una esquina, algo que no iba a ocurrir,
claro. Una batalla en aquella extensión tan reducida
del espacio seguía suponiendo distancias enormes
en cualquier otro contexto. Si la nave hubiera sido
transparente, Alex solo habría sido capaz de ver los
penachos de los motores, puntos de luz en un cielo
que ya estaba lleno de ellos. La Pella podía estar a
una distancia similar a la que había entre Boston y
Sri Lanka, pero eso seguía siendo cerca a escala del
Sistema Solar.
—Está pensando en su amiga —dijo Smith.
—Sí, señor —dijo Alex.
—¿Sabe por qué se encuentra dentro de la Pella?
—Lo que no sé es por qué no está en la Rocinante.
Y no se ofenda, pero tampoco sé qué hago yo aquí.
Cuanto más tiempo estoy fuera de mi nave, peor se
ponen las cosas.
—Yo pensaba justo lo mismo, pero con mi casa
—dijo Smith.
Uno de los marines, alto y con un acento muy
marcado que Alex no fue capaz de identificar,
asintió.
607
—Debería cubrirse, señor. Estamos a punto de
cruzar una zona que no está bajo nuestro control.
Lo que aquel hombre quería decir es que el
enemigo se había apoderado del camino que los
separaba del hangar. Alex se apoyó con fuerza
contra la pared frente al primer ministro y se
preparó. El ascensor redujo la velocidad y lo que
antes era abajo pasó a ser arriba. La poca gravedad
que había también desapareció. Los marines se
impulsaron hacia atrás y levantaron las armas al
tiempo que se abrían las puertas. Un eterno segundo
después, salieron al pasillo seguidos de Alex y del
primer ministro.
Los pasillos de la nave estaban vacíos, ya que la
tripulación se encontraba amarrada a sus asientos
para la batalla o moviéndose en algún otro lugar
para mantener a salvo sitios como aquellos. Los
marines fueron avanzando por turnos desde una
puerta hasta una intersección y luego hasta otra
puerta. Fueron distanciándose con cada uno de los
pequeños impulsos que daban, y Alex se asustó al
darse cuenta de que las puertas que dejaban atrás
podían abrirse en cualquier momento y no habría
nadie para protegerle de quienquiera que apareciese
tras ellas. A ellos no parecía preocuparles, así que lo
dejó estar.
608
Las paredes tenían la misma membrana
antimetralla que el puente y la cafetería, pero estaba
marcada con códigos de ubicación y franjas de
colores que ayudaban a situarse en el interior de la
nave. Vio una franja de rojo oscuro que tenía la
palabra HANGAR escrita en amarillo y en hindi,
bengalí, farsi, chino e inglés. Era la que seguían.
Avanzaban rápido y en silencio, por lo que Alex
pensó que no tardarían en llegar sin problema al
hangar, pero el enemigo los encontró antes.
Fue una emboscada muy profesional. El marine
del acento marcado se impulsó hacia delante y
empezaron a dispararle. Alex no fue capaz de
distinguir de dónde venían los tiros, pero se preparó
de inmediato y se arriesgó a echar un vistazo. Vio los
resplandores de los cañones de las armas y un
pequeño círculo de cascos de armadura en la
intersección que tenían delante. Los atacantes
estaban de pie sobre un mamparo al fondo del
pasillo y disparaban hacia abajo, como si lo hicieran
hacia las profundidades de un pozo. Aunque
hubiera tenido un arma, habría sido difícil
apuntarles.
—Nos disparan —dijo el otro marine, y Alex
tardó medio segundo en darse cuenta de que
hablaba con ellos—. Le han dado a Tollivsen.
—Aguantaré —gritó el del acento marcado.
609
Alex vio que el primer ministro Smith se
encontraba acurrucado detrás del marco de una
puerta al fondo del pasillo. La mayoría de los civiles
que intentaban pegarse a una pared acababan
impulsándose hacia la línea de fuego, pero Smith
sabía lo que hacía. Al parecer estaba bien entrenado.
Se oyó otra ráfaga de disparos que dejó franjas
negras y alargadas en las paredes y en la cubierta, y
también llenó el aire de un aroma a cordita.
—Hé —gritó uno de los atacantes—. Dadnos a
Smith y os dejaremos marchar, sa sa?
El primer marine disparó tres ráfagas casi
seguidas, y después se oyeron las risas de los
atacantes. Alex no estaba seguro del todo, pero le
pareció ver que los que les disparaban llevaban
uniformes militares marcianos y una armadura
ligera.
—¡Eh! —gritó Alex—. No os servimos de nada
muertos, ¿verdad?
Se hizo el silencio, como si la voz de Alex les
hubiese pillado por sorpresa.
—Anda, ¿bist du Kamal?
—Pues... —empezó a decir Alex—. Sí, me llamo
Kamal.
—El piloto de Nudillos, ¿verdad?
—¿Quién es Nudillos?
610
—La pinche traidora —dijo la voz—. Vete al
Hölle y dile que Salo te envía cuando la veas allí.
—¡Granada! —gritó el marine de acento marcado
con voz tan calmada que sonó muy extraña—.
Comenzando táctica defensiva.
Alex volvió la cara hacia la pared y se llevó las
manos a las orejas. La onda expansiva de la
explosión le impactó por todo el costado. Se afanó
por respirar. Vio que unos copos de algo parecido a
nieve habían empezado a flotar a su alrededor, y el
hedor del plástico y los explosivos empezó a ser tan
fuerte que casi se asfixia. Luego oyó de nuevo una
ráfaga de disparos en la lejanía.
—Granada mitigada —gritó el marine—, pero
puede que vayamos a necesitar refuerzos.
El primer ministro tenía unas manchas de un rojo
reluciente en el dorso de las manos y la sangre había
empezado a mancharle el blanco de los puños de la
camisa y a flotar en burbujas a su alrededor por el
pasillo. Alex sintió que la pared se estremecía bajo su
contacto como si algo acabase de detonar en la nave
pero estuviese demasiado lejos como para oírlo.
Alguien empezó a reír al otro lado del pasillo para
luego jactarse en cinturiano, demasiado rápido para
entender qué decía. Alex volvió a sacar la cabeza con
cuidado para ver el fondo, pero otra ráfaga de
disparos lo obligó a volver a esconderse.
611
Las risas que venían del fondo se convirtieron en
gritos, y las ráfagas cortas y repentinas de disparos
en algo más largo y amenazador. Los marines
abrieron fuego, y el pasillo se convirtió en un caos.
Un cuerpo empezó a rotar por los aires, flácido e
inerte, y con el uniforme manchado de una sangre
que manaba de más de una docena de heridas. Alex
no era capaz de distinguir el bando del cadáver.
Los disparos cesaron. Esperó un rato con la
cabeza gacha y luego volvió a asomarse. Después
salió un poco más para ver mejor. La intersección en
la que se encontraban los enemigos hacía un instante
estaba bañada por una neblina de sangre y humo, así
como de la espuma antigranadas. Había dos cuerpos
flotando, uno con una armadura ligera y el otro con
una armadura completa de reconocimiento. Una
figura que llevaba puesta una servoarmadura
levantó la mano para indicarles que la zona estaba
despejada.
—Todo despejado —dijo Bobbie, que parecía
encontrarse muy lejos ahora que la servoarmadura
despojaba a su voz de los tonos agudos—. Podéis
salir. Aunque quizá deberíais aguantar la respiración
al pasar por aquí. Está lleno de partículas.
Alex se impulsó hacia delante y el primer
ministro lo siguió de cerca. Pasaron junto a Bobbie y
otros cuatro marines, lo que incrementó la escolta en
612
seis efectivos. No había visto a Bobbie con la
armadura puesta desde el enfrentamiento en Ío.
Parecía estar muy cómoda con esa gigantesca coraza
que cubría su ya de por sí enorme figura y rodeada
de marines. Y también algo nostálgica, a sabiendas
de que en realidad no había vuelto a alistarse y
aquello no era más que una breve ilusión.
—Qué bien te queda, Draper —dijo Alex al pasar.
El estruendo lo había dejado sordo y solo sintió las
palabras en su garganta al pronunciarlas. La sonrisa
de Bobbie le indicó que ella sí las había oído.
En el hangar, la Jabalí estaba atracada en unos
cepos fabricados para naves mucho más grandes que
ella. Era como tornear un mondadientes como un
torno industrial. La tripulación colgaba de varios
asideros a su alrededor, y todos empezaron a
hacerles señas a Alex, Bobbie y el primer ministro.
Cuando Alex llegó a la nave, las enormes puertas del
hangar ya habían empezado el ciclo de apertura. La
jefa de vuelos le lanzó un traje espacial mientras
gritaba para que pudiera oírla.
—Nos estamos coordinando con artillería. Los
CDP dispararán fuego de cobertura para abriros
paso, pero tened cuidado. Sería muy triste que
acabarais destruidos por nuestros proyectiles.
—Entendido —dijo Alex.
613
La mujer hizo un gesto con la barbilla hacia las
puertas del hangar.
—No tenemos tiempo de despresurizar del todo
el compartimento, pero quizá lleguemos hasta media
atmósfera. Puede que al principio el viaje sea un
poco movidito, pero no debería ocasionar ninguna
fuga de aire.
—¿Y si hay una fuga?
Señaló el traje espacial.
—Pues aquí tenéis aire suficiente para pensar
mientras buscáis una solución.
—Bueno, no es el mejor de los planes, pero algo
es algo.
—No son las condiciones óptimas —dijo la jefa
de vuelos.
Alex terminó de ponerse el traje y vio que el
primer ministro ya lo llevaba y estaba entrando en la
pinaza de camino al compartimento trasero. La
Jabalí era un yate. Un bólido de carreras pensado
para no alejarse mucho de la atmósfera, el
descendiente filosófico de los barcos que nunca se
alejaban demasiado de la costa. Además, era una
nave vieja. La chica que había volado en ella llevaba
muchos años muerta o algo peor, y la nave ya era
vieja en aquella época. Ahora iba a usarla para
atravesar un campo de batalla.
614
Alex comprobó el último de los sellos del traje y
empezó a dirigirse hacia la Jabalí. Bobbie se
encontraba en la zona de acceso y le habló a través
de la radio.
—Tenemos un pequeño problema, Alex.
Alex pasó a su lado a duras penas. La mujer
habría hecho que el interior de la nave pareciese
demasiado pequeño incluso sin llevar la
servoarmadura, pero con ella puesta el asiento
parecía ridículo en comparación. No iba a caber.
—Haré que detengan la secuencia de
lanzamiento —dijo Alex—. Así podremos meterte en
un traje de maniobras extravehiculares normal y
corriente.
—Han abordado la nave y nos están buscando.
Al primer ministro, para ser más concretos —dijo
Bobbie—. No hay tiempo. —Se volvió hacia Alex. Su
rostro era una máscara de tristeza al otro lado del
visor del casco—. Solo nos queda una opción.
—No —espetó Alex—. No te vas a quedar y me
importa una mierda lo que digas. No te voy a dejar
atrás.
Bobbie se agitó y abrió los ojos como platos.
—¿Qué? No, no. Me refería a quitar el asiento y
usar los servos del traje para quedarme encajada en
la estructura. ¿De verdad creías que...?
615
—Sí, eso. Haz eso. Venga —dijo Alex.
Bobbie se inclinó hacia delante con las botas
magnéticas ancladas a la cubierta de la Jabalí y se
agarró a la estructura de la nave con una mano.
Aferró la base del asiento de colisión con la otra y tiró
de él. Los pernos saltaron como si rajase una hoja de
papel, y luego lanzó el asiento hacia el hangar. Los
cardanes se agitaron y giraron al ritmo de la rotación
del asiento en la distancia. Bobbie se colocó en el
hueco y presionó los mamparos y la cubierta con
manos y pies hasta que se quedó encajada con tanta
firmeza que parecía que formase parte de la
estructura del navío.
—Vale —dijo Bobbie—. Así estoy bien.
Alex se giró hacia la jefa de vuelos. La mujer le
dedicó un saludo militar, y él se lo devolvió con
mucho ímpetu. Los marines que los habían escoltado
y arriesgado sus vidas para que llegaran hasta allí ya
se habían marchado. Se arrepintió de no haberles
podido dar las gracias.
—Voy a mi puesto. En breve les sacaremos de
aquí —dijo la jefa de vuelos—. Tengan cuidado ahí
fuera.
—Gracias —dijo Alex. Se impulsó al interior de
la nave, cerró la escotilla y empezó a revisar la lista
de verificación. El reactor ya se había calentado y
616
todas las lecturas del motor Epstein estaban en
verde. Había agua y aire suficientes, y los
recicladores también estaban listos.
—¿Todo bien ahí detrás, señor?
—Lo mejor que uno puede estar en una situación
así —respondió el primer ministro.
—Agárrate fuerte —dijo Alex a Bobbie—. Las
cosas pueden complicarse, y no estás en un asiento
de colisión.
—Sí, tranquilo —dijo con una voz en la que Alex
casi oyó su sonrisa traviesa—. El asiento es como si
lo llevase puesto.
—Vale. Muy bien —dijo Alex.
Las luces de los cepos pasaron de la de
advertencia a la de desconexión, y la Jabalí empezó
a flotar. Empezó a sonar la alarma, ahogada por la
poca atmósfera del compartimento, y la enorme
puerta del hangar comenzó a abrirse. El cambio de la
presión exterior golpeó a la pinaza como un martillo.
Alex viró hacia el hueco cada vez mayor de
oscuridad y estrellas y aceleró. La Jabalí salió
disparada hacia el vacío, ansiosa y hambrienta. La
pantalla indicaba que a su alrededor había una
docena de naves demasiado pequeñas para verlas a
simple vista, y también los contornos curvados de
617
los proyectiles de los CDP, como si fuesen tentáculos
que se agitaran en el vacío.
—Me encargo del láser de comunicaciones —dijo
Bobbie.
—Recibido —comunicó Alex—. Te aseguro que
las cosas se van a complicar.
La Jabalí salió por las puertas del hangar a toda
velocidad y se dirigió hacia el camino angosto que
formaban los CDP al disparar en automático. Hizo
que la nave entrase y saliese de las líneas por las que
pasaban los proyectiles de wolframio con la
esperanza de que detuviese cualquier torpedo que
les lanzasen a bocajarro las naves que los
emboscaban. Fue entonces cuando lo vio detrás:
oleadas y oleadas de torpedos. La pantalla de la
Jabalí se llenó de ellos, ya que la densidad del
enjambre de misiles era tal que los sistemas no
podían diferenciarlos de manera individual.
Acababan de disparar el arsenal completo de la nave
al mismo tiempo, dirigido a la frecuencia del láser de
comunicaciones de la pinaza.
—Nos han puesto una escolta de lujo —dijo
Alex—. Salgamos de aquí. ¿Cuántos g puedes
aguantar ahí detrás, Draper?
—Tú acelera, que si me rompo una costilla te lo
haré saber.
618
Alex sonrió, viró la pinaza en dirección al Sol y
aceleró. Dos g, tres, cuatro y medio... En ese
momento, los sistemas empezaron a indicarle que no
podían suministrarle nada a través de su traje de
maniobras extravehiculares. Golpeó con la barbilla
los controles que había en el casco para inyectarse
todas las anfetaminas que había en el pequeño
botiquín del traje. Las naves enemigas no parecían
estar muy seguras de lo que acababa de pasar, pero
los pequeños triángulos rojos de la pantalla que las
marcaban empezaron a virar. Vio los pequeños
penachos de los motores y las estrellas a su alrededor
mientras caían hacia el Sol, hacía la Tierra, hacia la
Luna y lo que quedaba de la flota de la ONU. Alex
sintió que el júbilo empezaba a colmarle el pecho,
como si se deshiciera de un lastre muy pesado.
—No me podéis quitar la Jabalí —dijo a los
pequeños triángulos rojos—. Se larga y larga y larga.
—Cambió al canal general de comunicaciones—.
¿Cómo vais ahí detrás?
—Bien —gruñó el primer ministro—. Pero
¿vamos a estar a esta velocidad mucho tiempo?
—Un poco más, sí, señor —respondió Alex—.
Cuando nos den un respiro, la reduciré a un g.
—Un respiro, dice. Qué gracioso —dijo el primer
ministro con voz constreñida.
619
—Todo bien por aquí, Alex —respondió
Bobbie—. ¿Puedo quitarme el casco? No me gustaría
agotar el aire cuando podemos respirar en la nave.
—Sí, sin problema. Lo mismo le digo, señor
primer ministro.
—Llámeme Nathan, por favor.
—De acuerdo, Nate —dijo Alex.
El Sol era una esfera blanca. Abrió el sistema de
navegación y empezó a trazar rutas hacia la Luna. La
más rápida cruzaba la órbita de Mercurio, pero la
pinaza no era apta para acercarse a más de media UA
de la corona solar, por lo que iba a ser un poco más
complicado. Venus tampoco se encontraba en buena
posición para aprovecharse de su órbita. Pero si
Avasarala había enviado las naves de escolta para
que se encontrasen con ellos, era posible que esos
navíos sí que pudieran aprovechar la posición del
planeta, por lo que ir en esa dirección tenía sentido.
—¿Alex? —llamó Bobbie.
—Aquí estoy.
—Eso que dijiste de que no pensabas dejarme
atrás... Lo decías en serio, ¿verdad?
—Claro que lo decía en serio.
—Gracias.
Alex sintió que se ruborizaba aún más, a pesar de
lo rojo que estaba por la presión del acelerón.
620
—De nada —dijo—. Ahora formas parte de la
tripulación, ¿no? Tenemos que cuidarnos los unos a
los otros.
—No se abandona a nadie —dijo Bobbie. Podría
haber sido cosa de la aceleración, pero algo en su voz
le dio a sus palabras un tono mucho más profundo.
Acababa de hacer una promesa. Luego gruñó—:
Alex, tenemos torpedos detrás. Creo que los malos
han empezado a dispararnos.
—¿Está lista para arruinar sus planes, artillera?
—Sí, joder —afirmó Bobbie—. ¿Cuántas balas
tenemos en el cargador?
Alex cambió la pantalla. La nube de misiles que
estaban usando de escolta se convirtió en una lista
numerada, todos en blanco y con un número de serie
para identificarlos. La pantalla volvió a llenarse, y
Alex cambió a una con menos información.
—Algo menos de noventa.
—Eso debería ser suficiente para llegar. Creo que
casi todas sus naves también han empezado a
acelerar a toda potencia hacia nosotros. ¿Qué te
parece si les enviamos un par de regalitos para ver si
conseguimos disuadir a alguna?
—Bueno, ahora no creo que se atrevan a
acercarse. Supongo que sus CDP acabaran con los
proyectiles antes de que se acerquen lo suficiente
621
para hacerles daño, pero si quieres probar... —dijo
Alex—. Menos... Un momento. —Cambió a la flotilla
enemiga en la pantalla. Tardó varios segundos en
encontrar lo que buscaba. Marcó la Pella—. Menos a
esa. Nada de atacar a esa.
—Entendido —dijo Bobbie.
«No se abandona a nadie —pensó Alex—.
Tampoco a ti, Naomi. No sé qué coño está pasando
ahí dentro ni cómo va a acabar esto, pero no pienso
abandonarte.»
35
Naomi
EN EL pasado, cuando era una niña y su
experiencia era más limitada, había sido difícil para
ella llegar a comprender que Marco era la mala
persona en su pareja. Le había sido difícil incluso
después de lo de la Gamarra o de que se llevase a
Filip. Naomi había crecido pobre y sabía qué aspecto
tenían las malas personas. Sabía que violaban a sus
mujeres. O que les pegaban, a ellas o a sus hijos. Así
era como alguien sabía que estaba tratando con una
mala persona. Marco nunca lo había hecho. Nunca le
pegó, nunca la amenazó con dispararle, tirarla por
una esclusa de aire o derramar ácido sobre sus ojos.
Fingía tan bien que era amable que hacía que Naomi
622
se cuestionara si era ella la que estaba siendo poco
razonable, irracional y todas las cosas que él
insinuaba que era.
Marco nunca hizo nada que se lo pusiera fácil.
La puerta se había cerrado después de llegar a su
camarote. Naomi no se molestó en pedir ayuda ni en
intentar marcharse. Sabía que acababa de entrar en
una celda y también estaba segurísima de que Marco
no tardaría en ir a verla.
Ahora tenía a Marco sentado frente a ella, y aún
llevaba puesto el uniforme militar marciano. La
miraba con gesto amable, y apretaba los labios al
tiempo que le dedicaba una sonrisa mezcla de
diversión y remordimientos. Tenía el aspecto de un
poeta. Un hombre con el que el mundo había sido
inclemente, pero que aún era capaz de ser sensible.
Naomi se preguntó si practicaba mucho aquella
expresión delante de un espejo. Lo más seguro era
que sí.
La herida de la cabeza de Naomi había dejado de
sangrar. Le dolían todas las articulaciones y le estaba
saliendo un moretón enorme en la cadera izquierda.
Hasta sentía que se había raspado las yemas de los
dedos y las tenía en carne viva, aunque en realidad
solo estaban un poco más rojas de lo habitual. Se
sirvió la misma manzanilla que se hacía en la
Rocinante para así imaginar que tenía un aliado
623
secreto. Tenía claro que pensar eso no era una
muestra de raciocinio, pero la consolaba un poco.
La cafetería estaba vacía, las pantallas apagadas
y la tripulación tenía orden de no entrar en la
estancia. Ni siquiera Cyn o Karal estaban por allí.
Todo parecía indicar que iba a ser una conversación
privada, pero probablemente no lo fuese. Podía
imaginarse a Filip viéndolos en otra cubierta. Parecía
una trampa. Todo parecía una trampa con Marco.
Porque todo lo era.
—No sé por qué me haces esto, Naomi —dijo
Marco. No había rabia alguna en su voz. No, sí que
había rabia, pero oculta detrás de una máscara de
decepción—. Antes no eras así.
—Lo siento. ¿Te he chafado los planes?
—Pues sí —respondió Marco—. Ese es el
problema. Antes eras más sensata, o al menos
intentabas saber bien qué pasaba antes de hacer algo.
Eras más profesional. Pero ¿esto? Has complicado
mucho algo que ya de por sí era difícil, y ahora lo que
podría haberse hecho con delicadeza va a necesitar
mano dura. Solo quería que supieras la razón por la
que me voy a ver obligado a hacer lo que voy a hacer,
y también que no me has dejado elección.
Naomi sabía que podría haber sido más lista, que
una mujer más sabia se habría puesto a llorar y a
624
suplicar el perdón de Marco. Hubiese sido mentira,
y era un error ser sincera con él. Hacer algo así sería
una ventaja porque estaría engañándolo y dejándole
el camino libre para que pensase que era débil y la
subestimara o malinterpretara. Naomi lo sabía, pero
era incapaz de hacerlo. Algo se lo impedía cada vez
que lo intentaba. Quizá podía acabar creyéndose ella
misma que era débil al fingirlo. Y quizá ahora
estuviera fingiendo ser fuerte.
Naomi escupió en la cubierta. Había un poco de
sangre en la saliva.
—Guárdate los discursitos.
Marco se inclinó hacia delante y la cogió de la
mano. La aferró con fuerza, como si pretendiera
demostrarle que podía hacerle daño aunque por
ahora no se lo estuviese haciendo.
«Bueno, es una buena manera de convertir el
subtexto en algo físico», pensó. Luego rio entre
dientes.
—Naomi, sé que no estamos bien, du und moi.
Sé que estás enfadada, pero también sé lo que fuimos
en el pasado. Fuimos uno, tú y yo. Por mucho que lo
intentemos, nuestro hijo siempre estará ahí para
recordarnos que nunca podremos separarnos del
todo.
625
Intentó apartar la mano, pero Marco la agarró
con más fuerza. Las posibilidades eran tirar aún más
o dejar que Marco la tocase, que controlase su cuerpo
aunque solo fuese esa pequeña extremidad. Los ojos
del hombre brillaron de dicha. Ahora su sonrisa era
algo más genuina, pero aún había en ella algo
sospechoso.
—Tienes que entender lo que estoy haciendo,
que no es por mí, sino por nosotros.
—¿Por nosotros?
—Por los cinturianos. Todos los cinturianos. Por
Filip. Lo hago para que, cuando llegue su turno,
exista un lugar para él. Para que no sea solo una nota
al pie. «Hubo una vez un pueblo que vivía en las
lunas, los asteroides y los planetas donde la vida no
evolucionaba. Pero luego encontramos las puertas, y
esa gente murió porque dejamos de necesitarlos.»
Esa es la razón por la que tengo que hacer esto.
Entiendo que no te gusten mis métodos, pero son
míos y el fin los justifica.
Naomi no dijo nada. El procesador de comida
soltó un chirrido muy agudo que significaba que el
depósito de agua empezaba a escasear. Se preguntó
si Marco lo sabía o si para él no era más que otro
ruido carente de significado.
626
—Un discurso muy bonito, pero sigo sin saber
qué hago aquí. No me necesitabas para nada de lo
que has hecho hasta ahora, así que tiene que ser por
otra cosa. ¿Sabes qué es lo que creo?
—Tú dirás —dijo Marco, que aflojó un poco la
presión en la mano—. ¿Para que el gran James
Holden no venga a desmontarme el chiringuito? En
serio, creo que lo sobrevaloras demasiado. No es tan
impresionante.
—No, es peor. Creo que querías la Roci. Creo que
querías que mi nave volase entre las tuyas cuando
ocurriese todo esto, pero cuando viste que no la
había traído abandonaste la idea e hiciste que Sakai
la saboteara. Te tengo calado.
Marco le dedicó una sonrisa apacible, pero su
mirada había pasado a ser muy fría. Sobria.
—No te entiendo —dijo—. Has empezado la
conversación diciendo que yo iba de «¿Por qué me
obligas a hacerte daño? ¿No ves todo lo que te
quiero?», y ahora has pasado a «Si no eres mía, no
serás de nadie más». Puedes fingir que hablamos de
la nave si quieres. No me importa.
Marco la soltó y se puso en pie. No era tan alto
como Naomi recordaba.
—Lo has entendido mal desde el principio.
Quería a Fred Johnson, el Carnicero de la estación
627
Anderson, el que mató a gente como tú, como yo o
como Filip solo porque eran cinturianos. Quería
aislarlo. Quitarle tu nave. Primero intenté traerla,
pero el plan fracasó. Luego hice que Sakai la
inhabilitara. Inhabilitarla, sa sa? Que explotase al
tres por ciento de energía, para que solo destruyese
la popa y con suerte no matara a nadie.
—No te creo —aseguró Naomi, pero Marco había
empezado a recorrer la mesa de un lado a otro y ya
no iba a parar. Tenía los brazos extendidos como si
le estuviese dando un discurso a una multitud
invisible.
—Destruir la nave no formaba parte de mis
planes. Tú me obligaste a ello. Lo que le ocurra a
Holden es culpa tuya, no mía. Tienes que empezar a
darte cuenta de que las cosas siempre empeoran
cuando empiezas a actuar como has hecho ahora. No
sabes nada, Naomi. No sabes nada porque no te he
contado nada.
Naomi le dio un sorbo a la infusión e hizo un
gesto de indiferencia con las manos.
—Pues venga, cuéntamelo.
Marco sonrió.
—Has notado que hemos reducido la velocidad
hace unos pocos minutos, ¿verdad? Extraño en
medio de una persecución, ¿no crees?
628
En realidad no se había dado cuenta. Se había
pasado el rato metida en el camarote curándose las
heridas y no se había fijado en los cambios de
gravedad de la nave.
—Vamos a abordar una nave —dijo al tiempo
que sacaba el terminal portátil del bolsillo y abría
algo. Los altavoces del aparato chasquearon y
sisearon. No apareció imagen alguna en la pantalla,
pero luego se oyó una voz.
Su voz.
—Soy Naomi Nagata de la Rocinante. Si alguien
recibe este mensaje, que lo retransmita, por favor.
Que alguien le diga a James Holden que estoy en
peligro. Las comunicaciones no funcionan. No tengo
control sobre la nave. Por favor, retransmitan este
mensaje.
Marco tocó algo más en el terminal y encendió la
pantalla de la cocina. La imagen correspondía a unas
cámaras exteriores, probablemente conectadas a los
cañones de defensa en punta. La Chetzemoka
aceleraba a poco más de unos cientos de metros y un
conducto de abordaje colgaba de la esclusa de aire
como si de un cordón umbilical se tratara. Era una
nave que podía dejarla en evidencia si investigaban
bien y descubrían que había pagado por ella.
629
—Ponedla en rumbo de encuentro, más o menos
—dijo Marco con voz triste y apenada que Naomi
sabía que en realidad ocultaba emoción—.
Preparadla para que la botella pierda contención
cuando los sensores de proximidad se encuentren
con otra nave. No tenía por qué ser así, pero ya no
hay marcha atrás.
Naomi sintió que la desesperación empezaba a
apoderarse de ella, pero consiguió sobreponerse. Era
lo que Marco quería, por lo que estaba decidida a
hacer y sentir cualquier cosa menos eso. Miró la
pantalla. La nave parecía poco más que una caja
unida con una línea de soldadura y otra de
poliepóxido.
—Se la estás robando a nuestro hijo —dijo. Marco
frunció el ceño. Naomi señaló la pantalla con la
barbilla—. La Chetzemoka. Le dije a Filip que podía
quedársela, que era su nave. Se la estás robando.
—Daños colaterales de la guerra —aseguró
Marco.
—Un padre de mierda.
Naomi vio que apretaba un poco los dientes y
que cerraba los puños. Pensó por un momento que
le iba a poner las cosas fáciles y que iba a mostrarse
tal y como era al público que lo estuviera viendo,
pero no tardó en recuperar la compostura. Naomi no
630
supo a ciencia cierta si sentirse aliviada o
decepcionada.
—Si no te hubieras entrometido, James Holden
habría sobrevivido. Pero lo hiciste. Te metiste donde
no te llamaban y ahora va a morir por tu culpa.
Naomi se levantó y se frotó los ojos con el dorso
de la mano mientras la reproducción falsa de su voz
seguía resonando por la cocina:
«Que alguien le diga a James Holden que estoy
en peligro...»
—¿Quieres algo más de mí?
—Haces como si no te importara, pero no es así
—aseguró Marco.
—Lo que tú digas —dijo al tiempo que hacía un
gesto de indiferencia con las manos—. Me está
empezado a doler la cabeza, puede que sea por los
golpes que me he dado antes... o por otra cosa. Voy
a la enfermería a tomarme algo, ¿vale?
—Puedes fingir que...
—Mira, ¿puedo seguir fingiendo en la
enfermería o necesitas tenerme delante para seguir
dándotelas de listo?
Aquello era demasiado. Naomi sintió que todo lo
que le quería decir de verdad se le empezaba a
agolpar en la mente.
631
«Eres un egocéntrico y un sádico. No me puedo
creer que te llegase a querer. Y si Jim muere, juro por
Dios que encontraré la manera de hacer que la
botella de esta nave pierda contención y nos
vayamos todos al infierno con él.»
Pero Naomi sabía que enfrentarse a Marco
también era una trampa, por lo que no lo hizo. Dejó
que el silencio rompiese el ritmo de la actuación de
Marco, y vio que sus hombros se relajaban cuando el
hombre terminó por rendirse y se bajó del escenario
imaginario que solo existía en su cabeza.
—¡Miral! —gritó. Empezaron a oírse cada vez
más cerca los ruidos de la tripulación al salir de los
camarotes—. Te has aprovechado de la libertad que
tenías aquí dentro. Voy a tener que arrebatártela.
—¿Soy demasiado peligrosa para dejarme libre?
—preguntó Naomi. Luego se lamió la punta de un
dedo e hizo un trazo en un marcador imaginario—.
Un punto para mí.
Cuando llegó a la enfermería, una mujer que no
conocía le hizo unas pruebas para asegurarse de que
no tenía una hemorragia cerebral y que las
magulladuras no eran tan graves y no tenía ningún
músculo destrozado que alterara sus niveles de
potasio y le detuviese el corazón. Miral estaba
apoyado junto al armario de suministros y no dejaba
de soltar con rabia contenida una retahíla de insultos
632
dirigidos a ella: «Zorra, pute, Hure». Naomi se había
pasado los últimos días inventariando y sabía todo
lo que había en aquel armario. En el primer cajón:
gasa y vendas. En el segundo: unas tarjetas de un
solo uso para analizar sangre. En el tercero:
suministros médicos de emergencia como kits de
descompresión, inyecciones de adrenalina y cinta
desfibriladora. Naomi contempló a Miral mientras la
insultaba. Él apartó la mirada por un instante, pero
luego volvió a observarla y a pronunciar las palabras
con más rabia.
La doctora le pidió que se incorporara, y Naomi
sintió que el acolchado de la camilla restallaba bajo
su peso. El analgésico que le administró era un
aerosol oral que sabía a moho y cerezas falsas.
—Necesitas un par de días de descanso, ¿vale? —
dijo la doctora.
—Haré lo que pueda —dijo Naomi al tiempo que
se bajaba de la camilla.
Nada más tocar el suelo, le dio una patada en la
entrepierna a Miral con la que lo empujó contra el
armario y se hizo daño en dos dedos del pie. Ignoró
la punzada de dolor, se abalanzó hacia él y empezó
a golpearlo en la cabeza y el cuello. El hombre
intentó zafarse, pero Naomi no lo soltaba. Las
puertas del armario se habían abierto y las tarjetas y
las inyecciones habían empezado a rodar por el suelo
633
de la estancia. Miral le dio un codazo que le rozó la
mandíbula, pero que aun así la dejó atontada.
Naomi cayó en la cubierta bocabajo mientras los
kits de descompresión del tamaño de su dedo gordo
le caían encima y Miral intentaba clavarle la rodilla
en la espalda. La doctora había empezado a gritar.
Naomi intentó darse la vuelta y evitar los puñetazos,
pero le resultó imposible. Empezó a sentir un dolor
atroz entre las clavículas hasta que, poco después y
como si el tiempo hubiese pasado a toda velocidad,
notó que Miral ya no estaba sobre ella. Rodó
bocarriba. Karal había agarrado a Miral, pero el viejo
cinturiano no dejaba de forcejear y soltar tacos
mientras le dedicaba a Naomi una mirada
impertérrita e indolente.
—Estabas tan en colère que te pilló desprevenido
—dijo Karal—. Marco ha dicho que no la toquemos,
así que más te vale no hacerlo. ¿Vale, pendejo?
—Sa sa —dijo Miral.
Karal lo soltó. La doctora se encontraba en una
esquina, más tranquila pero también enfadada por lo
que acababa de ocurrir. Miral se frotó el cuello y
contempló a Naomi, que aún estaba tumbada en la
cubierta. Karal se acercó a ella para ayudarla.
—¿Bist gut, Nudillos?
634
Naomi asintió y aceptó la mano que le ofrecía
Karal. Miral empezó a seguirla cuando se dirigió
hacia la puerta, pero Karal le puso una mano en el
pecho.
—Ich me encargo.
Naomi bajó la cabeza mientras caminaban, y el
pelo le cubrió el rostro como si llevara un velo. La
presión de la aceleración hacía que las rodillas y la
espalda le doliesen más que las heridas. Todos los
tripulantes le dedicaron un gesto pérfido al pasar
junto a ellos. Podía sentir el odio que irradiaban
como si fuese el calor de una hoguera. Al pasar junto
a la cocina, vio que la Chetzemoka aún estaba en la
pantalla y que aquel cordón umbilical ahora unía
ambas naves. Tendrían que reducir aún más la
velocidad cuando lo desconectasen o se quedaría
colgado por un costado de la nave como un tentáculo
flácido. Ese sería el punto de no retorno, pero era un
momento que aún no había llegado.
Karal la acompañó al interior de su camarote y
cerró la puerta. El lugar se quedaba pequeño para los
dos y una intimidad incómoda se apoderó del
ambiente. Naomi se sentó en el asiento de colisión
con los brazos cruzados y las piernas dobladas bajo
su cuerpo, y luego le dedicó una mirada inquisitiva
a Karal. Él negó con la cabeza.
635
—Tienes que parar, Nudillos —dijo con una voz
sorprendentemente amable—. Esto es muy serio. Ce
que estamos haciendo es historia, oui? Lo estamos
cambiando todo para que sea mejor para nosotros.
Sé que no te llevas bien con Marco, pero du muss
hacerle caso.
Naomi apartó la mirada. Solo quería que se
marchase, pero Karal no lo hizo. Se sentó en el suelo,
apoyó la espalda contra la pared y recogió las
rodillas contra el amplio pecho.
—Oí el plan en el que gehst mit du, ese con el que
querían meterte en esta nave. Me opuse. Era una
mala idée. ¿Para qué volver a abrir la herida? Marco
decía que merecía la pena, que ibas a estar en peligro
y que Filip merecía volver a ver a su madre. Y ya
sabes cómo es Marco, oui?
Karal se frotó las manos en la cabeza. Se oyó un
siseo casi imperceptible. Naomi sintió la inexplicable
necesidad de tocarlo y consolarlo, pero no lo hizo.
Cuando volvió a hablar, la voz de Karal sonaba muy
fatigada.
—Somos personas insignificantes que viven
momentos decisivos. Dejémosle todo esto de los
libros de historia a los Marco y a los Carniceros.
Todos esos pinche mundos auch. ¿Quién los quiere?
Mejor dejarlos pasar. Vielleicht tu Holden no
muerda el anzuelo. Vielleicht pase algo antes de que
636
lo haga. Vielleicht pases desapercibida y consigas
sobrevivir. ¿Tan malo es? ¿Hacer lo necesario para
sobrevivir?
Naomi hizo un gesto de indiferencia con las
manos. La estancia quedó en silencio y solo se oyó el
ruido del reciclador de aire durante un rato. Karal se
levantó con un gruñido. Parecía mayor de la edad
que Naomi creía que tenía, pero supuso que no era
solo por los años. Por un instante volvió a recordar
cuando ella era joven, en Ceres y con Filip llorando
en la cuna mientras ella veía las noticias de la
Agustín Gamarra. Se dio cuenta de que todos los de
la nave en la que se encontraba ahora habían visto
los impactos contra la Tierra en tiempo real, igual
que ella había visto a la Gamarra iluminarse y
estallar en las noticias una docena de veces mientras
un reportero hablaba de fondo. Naomi quiso decir
algo, pero no pudo, así que se limitó a mirar cómo
Karal abría la puerta y la cerraba al salir. Oyó el
chasquido de la cerradura. Se enjugó las lágrimas de
los ojos y, cuando estaba segura de que el hombre no
iba a volver, escupió en su mano el kit de
descompresión.
Estaba humedecido por su saliva y no era mayor
que su pulgar, un seguro que cualquier operador de
mechas siempre llevaba encima. Era una pequeña
ampolla de sangre artificial oxigenada e inyectable
637
que además tenía un botón del pánico que servía
para realizar una solicitud de emergencia médica e
iniciar el ciclo de apertura de una esclusa de aire. Las
naves militares como la Pella o la Roci ignoraban ese
tipo de solicitudes por seguridad, pero la Canterbury
y otras naves comerciales las permitían, ya que
solían viajar en ellas civiles descuidados cuya mayor
amenaza eran ellos mismos, no los piratas ni alguien
dispuesto a abordar la nave. Naomi no sabía si la
Chetzemoka iba a aceptar la solicitud, pero solo
había una manera de descubrirlo. Lo único que
necesitaba aparte del kit era un traje de maniobras
extravehiculares y tener una idea de cuándo las
naves iban a dejar de acelerar.
Luego tenía pensado hacerse con el control de la
nave, saboteando el núcleo quizá, y dejar atrás a
Marco. Otra vez. Sintió una punzada de
arrepentimiento al pensar en Filip, y en Cyn, Karal y
el resto de las personas que había conocido y le
habían importado en el pasado. Personas que hasta
había llegado a querer. Pero no era más que el eco de
un dolor mucho mayor, por lo que fue capaz de
ignorarlo.
—No pudo someterme cuando era una cría —
dijo al kit negro y pequeño—. No sé qué le hace
pensar que puede conseguirlo ahora.
36
638
Holden
HOLDEN tenía muchas ganas de dormir, pero
no lo conseguía. Lo máximo que había logrado era
perder la consciencia durante unas horas, pero se
había quedado agotado y atontado al despertar. Le
habían dado la opción de volver a sus habitaciones
en la estación, pero lo había rechazado. Seguro que
hubiese descansado mejor con la gravedad
empujando de él contra el colchón, pero no quería
salir de la nave. No estaba seguro del tiempo que
había transcurrido desde la última vez que se había
afeitado, pero la barba incipiente de las mejillas y el
cuello ya había empezado a picarle un poco.
Mientras trabajaba no se sentía tan mal. La nueva
tripulación se había puesto a comprobar los sistemas
que ya habían revisado antes en busca de cualquier
indicio de sabotaje, como ese que no habían
descubierto, y al menos tenía algo que hacer. Gente
con la que hablar. Cuando se marchaban, comía en
la cocina, intentaba dormir un rato y luego
deambulaba por la nave como si buscase algo pero
no recordara el qué.
Y luego, inevitablemente y para llevarle la
contraria a su juicio, veía los canales de noticias.
—El silencio de la estación Medina ha hecho que
se pierda el contacto con todos los planetas
639
coloniales. Se ha empezado a especular sobre el
significado del informe parcial que hemos recibido
del asentamiento Fólkvangr y que afirmaba haber
encontrado actividad alienígena en el hemisferio sur
de Nueva Tritón...
—Un representante de la autoridad portuaria ha
dicho que la neutralidad de Ganímedes era un reflejo
de su importancia universal y no una declaración
política...
—Las fuerzas de la ONU están de camino, pero
no está claro si el primer ministro Smith está a bordo
de la nave de carreras o si no es más que una
distracción para llamar la atención del enemigo
mientras se realiza una evacuación más tradicional.
En cualquier caso, la secretaria general en funciones
Avasarala ha anunciado que se ha dispuesto una
zona de seguridad en la ruta de la pinaza, y que
todas las naves de la zona se queden a una distancia
prudencial fuera del alcance de las armas hasta que...
Holden pensó que la velocidad de la luz era una
maldición. Hacía que hasta los lugares más alejados
de la humanidad pareciesen estar más cerca, y dicha
ilusión era como un veneno. El retraso en las
comunicaciones entre la estación Tycho y la Tierra
era de poco menos de un cuarto de hora, pero para
recorrer esa distancia se necesitaban días. Podría
llegar a enterarse de la muerte de Alex o Naomi en
640
tan solo unos minutos. Se apagaron las luces del
compartimento, y Holden flotó en los amarres
mientras revisaba las noticias una y otra vez por si
ocurría algo, a sabiendas de que, si era el caso, no
podría hacer nada. Se sintió como si estuviese de pie
sobre un lago helado y bajase la vista para mirar a
través del hielo cómo se ahogaban las personas que
más le importaban.
Era consciente de que no podía hacer nada para
dejar de mirar. Ojalá todo estuviese ocurriendo en
algún lugar en el que le fuese imposible enterarse. De
ser así, al menos podría cerrar los ojos y soñar con
sus seres queridos. Oyó el tono de una solicitud de
llamada en su terminal portátil y se alegró.
—Paula —la saludó Holden.
—Holden —lo saludó la hacker—. No estaba
segura de cuál era tu turno y tenía miedo de
despertarte.
—No —dijo Holden. No sabía por qué se puso a
la defensiva por estar despierto, pero lo hizo—. No
pasa nada. Estoy bien. ¿Qué tienes?
La mujer sonrió.
—Un arma que aún está humeando. Tengo un
informe que te puedo enviar ahora mismo...
—No. O sea, sí, hazlo. Pero ¿voy a entenderlo?
641
La mujer se estiró sin dejar de sonreír en la
pantalla.
—Mira, estaba a punto de salir a cenar. ¿Quieres
que nos veamos en La Fromagerie y te lo explique en
detalle?
Holden abrió el mapa de la estación. No estaba
lejos. Si Naomi moría en aquel mismo instante, se
enteraría justo al llegar al lugar. Puede que antes. Se
frotó los ojos irritados con la palma de la mano.
—Me parece bien —dijo.
—Invitas tú.
—Sí, claro. Qué le vamos a hacer. Voy de camino.
El restaurante era pequeño y estaba adornado
con lo que parecían tablones de madera de verdad,
pero en realidad era bambú prensado sacado de la
hidroponía de la estación. Nadie que cobrara precios
razonables por la comida podría haberse permitido
algo de un árbol de verdad. Paula se encontraba en
una mesa junto a la pared. El banco en el que estaba
sentada daba la sensación de ser adecuado para su
altura, pero cuando Holden se sentó frente a ella, sus
pies casi no tocaban la cubierta.
—Jefe —saludó Paula—. Ya he pedido.
—No tengo hambre. Cuéntame lo que has
descubierto.
642
—Echa un vistazo a esto —dijo la mujer al tiempo
que le pasaba el terminal portátil. En la pantalla
resplandecía una amalgama de líneas de código,
estructuras anidadas dentro de otras estructuras en
las que se repetían ciertas secciones que contenían
variaciones tan sutiles que eran casi imperceptibles.
Era como ver un poema escrito en un alfabeto que
desconocía.
—¿Qué es esto?
—Esas dos líneas —dijo Paula—. Esta es la que
envía la orden de desconexión a la botella, y estas
son las sentencias condicionales que desencadenan
dicha orden. Si la potencia hubiese llegado al
noventa y cinco por ciento, la nave se habría
convertido en una estrella y también destruido gran
parte de la estación de haber estado en el
embarcadero.
—¿Y el programa nuevo que está usando la nave
ahora mismo?
—No están ahí —aseguró Paula—. Ahora es
cuando te impresionas al descubrir que he
encontrado dos líneas de código desconocidas en el
controlador de la botella magnética de un reactor a
fusión.
—Estoy impresionado —dijo Holden, obediente.
643
—Gracias, pero eso no es lo mejor. Mira la
sentencia de ejecución. ¿Ves todas las condiciones
que están configuradas en null? Son otros
parámetros del sistema que no se están usando.
—Muy bien —dijo Holden. Por la emoción que
destilaban las palabras de la mujer, sabía que algo se
le estaba escapando. Quizá si hubiera podido dormir
un poco más...
—Es una trampa muy elaborada. ¿Quieres que
algo explote cuando la nave lleve seis días fuera de
la estación? Pues solo hay que cambiar esta sentencia
de aquí a medio millón de segundos. ¿Quieres que lo
haga cuando se activen las armas? Pues habría que
cambiar esta de aquí a uno. Hay más de una docena
de formas diferentes de hacerlo, e incluso pueden
llegar a combinarse.
—Interesante...
—Esa es el arma que aún está humeando —
aseguró Paula—. Los fallos de contención de las
botellas magnéticas no dejan rastro en la
programación. Es algo que se supone que no tiene
que ocurrir aunque a veces pase. Siempre hay
accidentes, claro, es inevitable. Las naves explotan
de vez en cuando. Pero esto es la prueba de que
alguien creó una herramienta diseñada
específicamente para que ocurriese. Y para poder
hacerlo una y otra vez y de cualquier manera si
644
conseguían introducir este código en la nave que
habían decidido destruir. Esto que tenemos aquí es
la prueba clave de que puede que miles de muertes
fueran asesinatos sin que lo supiéramos.
La emoción constreñía la voz de Paula y hacía
que le brillase la mirada. Holden sintió que se le
cerraba aún más el nudo en la garganta.
«Tengo que hacer algo —repitió Naomi en sus
recuerdos—. Y no puedo dejar que te involucres.
Nada de nada.»
¿Era eso? ¿Sería esa la razón por la que se había
separado de él y de la Rocinante? ¿Y por qué habría
hecho algo así? Paula no había dejado de mirarlo con
el rostro cargado de expectación. Holden no sabía
cómo responder, pero el silencio empezó a volverse
incómodo.
—¿Chachi? —dijo.
Fred se encontraba sentado detrás del escritorio
de Drummer, con los codos apoyados en la mesa y la
cabeza entre en las manos. Parecía tan cansado como
se sentía Holden. En la pantalla, Drummer y Sakai
estaban en una de las salas de interrogatorio. Habían
apartado a un lado la mesa que se suponía que tenía
que estar entre ellos, y Drummer estaba reclinada en
la silla con los pies apoyados en ella. Tanto el
645
prisionero como la guardia bebían algo que parecía
café. Sakai rio y negó con la cabeza. Ella le dedicó
una sonrisa cargada de malicia. Parecía más joven.
Holden se sobresaltó al darse cuenta de que llevaba
el pelo suelto.
—¿Qué coño es esto? —preguntó a Fred.
—Una profesional —respondió—. Intenta
comprenderlo y ganarse su confianza. Está a punto
de convencerlo de que, trabajase para quien
trabajase, esa persona quería que la estación saltase
por los aires con él en el interior. Cuando Drummer
lo consiga, Sakai será nuestro. Responderá a todas
nuestras preguntas y, si le damos tiempo, incluso
intentará recordar algunas en las que no habíamos
pensado. No hay persona más entusiasta que un
converso.
Holden se cruzó de brazos.
—Creo que estamos obviando la técnica de darle
un buen golpe con una llave inglesa. Voto por eso.
—No, sabes que no.
—Bueno, en este caso haría una excepción.
—No, no la harías. La tortura es para
principiantes.
—¿Y? Tampoco es que yo sea un profesional.
Fred suspiró y se volvió para mirarlo.
646
—La versión de Holden tipo duro y temerario es
casi tan agotadora como la versión escultista. Ojalá
la balanza llegue a equilibrarse algún día.
—¿Temerario?
Fred se encogió de hombros.
—¿Has encontrado algo?
—Sí —respondió Holden—. Pero no en el nuevo
controlador. La nave está limpia.
—A menos que el problema esté en otro sitio.
—Eso es.
—Sakai dice que no.
—No sé muy bien cómo tomármelo —dijo
Holden. Un momento después añadió—: Por eso me
ha dado por ponerme a pensar.
—¿En el mensaje que nos envió la Pella?
—Así es.
Fred se levantó. Tenía el rostro adusto, pero
también compasivo.
—Sabía que íbamos a acabar así, Holden, pero
tienes que tener en cuenta que hay más cosas en
peligro aparte de Naomi. Si vuelven a convertir la
protomolécula en un arma y vuelven a soltarla en el
sistema...
—Eso da igual —aseguró Holden—. No, no
quería decir eso. Claro que no da igual. Es
647
importante, pero lo que quería decir es que no
cambia nada. No podemos... —Hizo una pausa y
tragó saliva—. No podemos ir a por Naomi. Yo tengo
una nave y ellos tienen media docena. No me faltan
ganas de acelerar al máximo e ir a rescatarla, pero no
serviría de nada.
Fred se quedó en silencio. El sonido ahogado de
la risa de Sakai inundó la estancia. Ambos lo
ignoraron. Holden se miró las manos. Sentía que
estaba a punto de hacer una confesión, y quizá fuera
cierto.
—Sea lo que sea lo que está pasando —empezó a
decir—, sea lo que sea en lo que está metida, no
puedo arreglarlo enfundándome en mi brillante
armadura y marchando a la batalla. Lo único que
creo que podemos hacer es seguir haciendo lo que
teníamos planeado. Llevarte a la Luna. Y si puedes
usar a Dawes, Sakai o Avasarala para establecer
algún tipo de comunicación con esos hijos de puta, a
lo mejor conseguimos que Naomi se convierta en
una moneda de cambio, que la liberen a cambio de
algunos de los que tienes en el calabozo. O de Sakai.
Algo así.
—¿Esa es la conclusión a la que has llegado?
—Así es —dijo Holden, a quien las palabras
dejaron un regusto a ceniza en la boca.
648
—Has evolucionado mucho desde la primera vez
que nos vimos —aseguró Fred. Holden sintió
compasión y consuelo en su tono de voz—. Estás
consiguiendo que me arrepienta de haberte llamado
«temerario».
—Aun así, no estoy del todo convencido de que
sea lo mejor. ¿Te ha pasado alguna vez? ¿Has tenido
que dejar en peligro a alguien a quien amabas?
Fred le puso una mano en el hombro. Lo aferró
con fuerza a pesar de la fragilidad evidente en su
rostro y su cuerpo, propia de la edad y de los
problemas a los que se había tenido que enfrentar.
—He perdido a más gente de la que crees. En
casos así no puedes actuar con el corazón. Tienes que
hacer lo que tu cabeza te dice que está bien.
—Porque si le hago caso a mi corazón... —dijo
Holden, pensando que terminaría la frase con un «le
daré una paliza a Sakai o conseguiré que nos maten
a todos». Pero se sorprendió al ver que Fred lo
interrumpía.
—Perderemos a Naomi.
—Ruta establecida —dijo Chava Lombaugh
desde la cabina—. Cuando usted ordene, señor.
Holden intentó reclinarse en el asiento de
colisión, pero sin gravedad de aceleración y, por lo
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