La ciencia no deja de buscar soluciones para los adictos. Los trabajos
más recientes controlan el tiempo que la nicotina tarda en abandonar el
cuerpo de cada persona cuando deja de fumar, pues de eso puede depender el
que funcione mejor uno u otro tratamiento. Se ha observado que los que
metabolizan y eliminan antes la nicotina, y por ello presentan también antes el
síndrome de abstinencia, obtienen buenos resultados tratándose con
vareniclina, un fármaco sustitutivo que reduce los efectos placenteros de la
nicotina evitando que si la persona vuelve a fumar obtenga el mismo placer
que antes. Sin embargo, cuando el fumador metaboliza la nicotina más
lentamente lo recomendado es el parche de nicotina.
Un tratamiento más reciente, creado por investigadores israelíes, ha
consistido en aprovechar la ventaja, que desarrollaremos más adelante en este
libro, de poder aprender algunas cosas mientras dormimos. De ese modo, a
sesenta y seis fumadores adictos se les puso a dormir y, mientras lo hacían, se
expandió en su entorno el olor a humo del tabaco y, a continuación, otro olor
desagradable. Es de suponer que por aprendizaje inconsciente ambos olores
quedaron asociados, logrando así que a lo largo de las semanas siguientes los
sujetos fueran disminuyendo progresivamente el consumo de cigarrillos. Lo
más sorprendente de todo es que ese tratamiento sólo funcionó cuando se
aplicó, como decimos, mientras las personas dormían, no así cuando estaban
despiertas. Aunque no parece una solución definitiva, pues no suprime
totalmente la adicción, ese tratamiento quizá podría tener más efecto si se
combinara con otras terapias. Habrá que seguir investigando para saberlo.
Mientras tanto, lo que podemos constatar sobre la poderosa adicción a la
nicotina debe inducir a la comprensión y a cierta condescendencia con el
comportamiento del adicto y, sobre todo, al fomento de una educación que
evite que los más jóvenes empiecen a fumar y caigan tempranamente en una
adicción tan difícil de superar.
EMOCIÓN VERSUS SENTIMIENTO
Solemos utilizar indistintamente ambos términos, emoción y sentimiento,
para referirnos a ese estado especial del cuerpo y la mente que generalmente
oponemos a la razón. Con cierta frecuencia los utilizamos encadenados, como
al afirmar que las emociones y los sentimientos son parte fundamental de la
vida. Pero pocas veces, si alguna, nos detenemos a considerar lo que son cada
uno de ellos, si es que son cosas diferentes. Implícitamente sí que
reconocemos la diferencia, puesto que la «y» que interponemos entre ambos
términos ya expresa distinción. Nadie, sin embargo, la explica. La
neurociencia sí lo hace, como veremos a continuación.
Si a una persona que afronta un peligro le preguntásemos por qué
tiembla es muy probable que nos respondiese que tiembla porque tiene miedo.
Desde luego, no sería el mejor momento de hacerlo, pero tras esa respuesta le
pondríamos en un compromiso añadido si le siguiésemos preguntando:
¿tiembla porque tiene miedo o tiene miedo porque tiembla? Si su estado le
permitiera responder, lo más probable es que siguiera afirmando lo primero,
pues cree que si no tuviera miedo no temblaría. El sentido común y la propia
intuición nos hacen creer que ante una señal de peligro, primero sentimos
miedo e inmediatamente después ese miedo nos hace temblar. No obstante,
hace ya más de cien años que el eminente psicólogo norteamericano William
James propuso lo contrario, es decir, que los cambios que ocurren en el
cuerpo en una determinada situación es lo que hace que el cerebro al
percibirlos elabore los sentimientos como una representación mental de
aquéllos.
Ahora sabemos que, en contra de lo que pudiera parecer, los cambios,
como la liberación de adrenalina o el aumento de latidos del corazón, que
tienen lugar en una persona que siente miedo, no son la consecuencia de ese
miedo, sino al revés. Es decir, no es que al sentir miedo temblemos, como
solemos creer, sino que al temblar se produce el sentimiento real de miedo.
Sin los cambios corporales que le acompañan, los sentimientos serían menos
vivos, imaginados más que reales. Aun así, hemos de admitir también una
influencia de sentido inverso, pues cuando los cambios fisiológicos del cuerpo
originan los sentimientos, éstos a su vez pueden influir retroactivamente sobre
el cuerpo potenciando dichos cambios y, con ello, el propio sentimiento.
Tengo miedo porque tiemblo y tiemblo todavía más porque siento miedo,
podríamos decir como resumen de lo explicado. En la práctica, lo que tiene
lugar es una especie de bucle funcional que puede activarse tanto desde la
emoción como desde el sentimiento, retroalimentándose mutuamente.
Entonces, podemos considerar que las emociones son respuestas
inconscientes del cuerpo, mientras que los sentimientos son respuestas
conscientes de la mente.
Así, el miedo, la sorpresa, el enfado, el asco, la tristeza, la envidia o la
alegría son sentimientos, es decir, experiencias mentales que el cerebro crea
como percepciones conscientes de los cambios fisiológicos que se están
produciendo en el cuerpo cuando estamos emocionados. Además, como cada
situación emocional provoca un patrón diferente de esos cambios corporales,
el cerebro los percibe también como sentimientos diferentes. En concreto, el
sentimiento que tenemos al notar que el avión en que volamos pierde
repentinamente altura (miedo) es bien diferente del que tenemos cuando
descubrimos una mosca en la sopa (asco) o, por concretar aún más, del que
experimentamos cuando nos topamos por primera vez con las espléndidas y
bien conservadas pinturas de la «Capilla Sixtina del románico», en la
Colegiata de San Isidoro de León (sorpresa y alegría). Son sentimientos
diferentes porque las emociones que los producen implican patrones
diferentes de alteraciones fisiológicas del cuerpo y el cerebro.
¿POR QUÉ ES TAN DIFÍCIL
CONTROLAR LAS EMOCIONES?
Una de las cosas más difíciles de la vida es controlar las emociones y los
sentimientos. Su fuerza nos doblega dominando con frecuencia nuestra
voluntad y conducta. En muchas ocasiones querríamos ser capaces de superar
la tristeza, los celos, el sentimiento de culpabilidad, de envidia o incluso de
odio que nos invaden, pero no podemos. Queremos controlar el mal humor, el
rencor o la soberbia, pero ¡qué difícil resulta! Los sentimientos a menudo nos
traicionan y hacen que, sin quererlo, nos comportemos de manera
inconveniente. Nos damos cuenta tarde de que no debíamos haber proferido la
frase, el insulto, la amenaza o el maldito golpe. Y pagamos las consecuencias.
¿Por qué nos cuesta tanto detenernos, callar, relajarnos, ser prudentes,
esperar? Es decir, ¿por qué tenemos tan poco control sobre nuestras
respuestas emocionales?
Un sencillo ejemplo nos puede ayudar a entenderlo. Si al caminar
tranquilamente por la calle, una persona, de repente, nota que un objeto
volador se acerca veloz hacia su cara, reacciona instintivamente, apartándose
tan rápido como puede de la trayectoria de ese objeto. Es algo así como si
alguien le dijera al oído: «No hay tiempo para explicaciones o detalles, pero
créeme, esto que ocurre es malo, hay que evitarlo y huir deprisa». Es decir, en
vez de perder el tiempo pensando en explicaciones lógicas y detalladas o en
razones para huir, el rápido cerebro emocional, que incluye importantes
estructuras, como la amígdala, nos fuerza a responder de modo reflejo e
inmediato, anticipándose a los peligros y sus posibles consecuencias. No
espera a que el lento cerebro racional analice y valore la situación.
En casos como el mencionado el cerebro emocional actúa como el
médico que, al apreciar fiebre y unas manchas potencialmente peligrosas en el
cuerpo del enfermo, decide enviar su sangre al laboratorio para que el análisis
bioquímico certifique la naturaleza y posible gravedad de esas manchas, pero
temiendo que se confirme el peor diagnóstico (imaginemos que una grave
infección, como meningitis), da al mismo tiempo la orden de que, sin esperar
los resultados del laboratorio, al enfermo se le administren inmediatamente
antibióticos para ganar tiempo y evitar las consecuencias negativas de una
actuación tardía.
Es lo que ocurre en muchas situaciones de la vida. Ante la más mínima
insinuación de lo que nos puede molestar, ofender o dañar, reaccionamos
precipitadamente, a veces gritando, insultando o agrediendo, tratando
instintivamente de prevenir lo que después o no ocurre o no era para tanto,
algo que apreciamos cuando ya es demasiado tarde. Es el precio que hemos
de pagar los humanos de hoy por disponer de un mecanismo natural que
protegió siempre a nuestros precursores y ancestros haciendo posible su
integridad y supervivencia. Si con el desarrollo del cerebro hubiéramos
perdido la rapidez y el carácter automático de las respuestas emocionales, los
humanos habríamos perdido una buena parte de nuestra capacidad adaptativa.
Sometidas por completo al razonamiento, esas respuestas se hubieran
enlentecido y habrían perdido su eficacia. La selección natural operó con
acierto cuando, en buena medida, mantuvo la independencia de las emociones
respecto de la razón. Verdaderamente, cuando reaccionamos emocionalmente,
con razón o sin ella, estamos respondiendo a nuestros impulsos más
instintivos y naturales. Así estamos hechos, así somos.
¿QUIÉN PUEDE MÁS,
LA EMOCIÓN O LA RAZÓN?
En su libro Auschwitz: Los nazis y la solución final, el escritor y periodista
británico Laurence Rees relata los sentimientos de un judío polaco, Toivi
Blatt, que sobrevivió a su cautiverio en el campo de exterminio nazi de
Sobibor. «Nadie se conoce a sí mismo», decía Blatt. «Todos podemos ser
buenas o malas personas en diferentes situaciones. A veces, cuando alguien es
realmente bueno conmigo, me descubro preguntándome cómo se habría
comportado esa misma persona en Sobibor.» No hay duda, las personas
somos seres biológicos en un entorno natural y social, y nuestra mente y
comportamiento pueden cambiar drásticamente cuando lo hace ese entorno.
Sobre todo, porque en lo más íntimo de nuestro ser hay un poderoso instinto
de supervivencia que tiende a prevalecer sobre los intereses generados por la
educación y la cultura. En una persona normal, los tres cerebros que tenemos,
el de los instintos, el emocional y el racional, se influyen y complementan,
regulando y adaptando el comportamiento a las diferentes circunstancias que
afrontamos. Trabajan acopladamente y buscan siempre un equilibrio
funcional. Pero ¿qué pasaría si el cerebro racional de una persona quedase
desconectado de su cerebro emocional? ¿Qué predominaría entonces en su
comportamiento, la emoción o la razón?
La respuesta a esta intrigante cuestión la dio el azar mediante un
accidente que tuvo lugar en Nueva Inglaterra, Estados Unidos, en 1848.
Phineas Gage, un joven de veinticinco años, era el diligente capataz de una
brigada de obreros que construían una nueva línea de ferrocarril. De carácter
serio y responsable, Phineas organizaba los trabajos y la convivencia entre sus
compañeros, procurando que la obra progresase y que las cosas fuesen bien en
todo momento. El 13 de septiembre, cuando él y otros compañeros perforaban
una roca, se produjo una deflagración accidental. La barra de hierro con la
que compactaban la pólvora introducida en una perforación salió disparada
como una lanza alcanzando de lleno el rostro de Phineas. Le entró por la
mejilla izquierda y le salió por la parte frontal de la cabeza destruyendo a su
paso las neuronas de su corteza orbitofrontal, principal comunicación entre
estructuras emocionales del cerebro, como la amígdala, y estructuras
racionales, como la corteza prefrontal. La desconexión emoción-razón estaba,
pues, servida. ¿Qué fue de Phineas?
Sus heridas sangraban y quedó conmocionado y confuso, pero no llegó a
perder el conocimiento. Inmediatamente, sus compañeros le atendieron y le
llevaron al pueblo cercano donde el médico local poco más pudo hacer que
limpiar y vendar sus heridas. Tendido en su cama, en los días que siguieron,
mostró algunas convulsiones y sollozos, gestos y expresiones verbales
incoherentes. No murió. Poco a poco fue recuperándose; sin embargo, su
personalidad y su conducta quedaron profundamente alteradas para el resto de
su vida. Cuando por fin pudo erguirse y salir nuevamente a la calle, su
comportamiento era irreflexivo, nervioso e irresponsable. Gritaba y
gesticulaba con frecuencia sin atender a razones. Exigía las cosas a gritos y
expresaba con intensidad desmesurada cualquiera de sus emociones. Era
grosero, maleducado y difícil de soportar. Su conducta irracional ya no
conectaba con la de sus compañeros de trabajo y parecía sentirse mejor en
compañía de los animales que de otras personas. Lógicamente, ya no pudo
desempeñar un puesto de trabajo disciplinado y, tras ir de fracaso en fracaso
por varios lugares, acabó de cuidador y domador de caballos en Argentina. De
regreso a Estados Unidos, murió en San Francisco algunos años después del
accidente. La lección de Phineas no puede ser más clara: si se produce la
desconexión, la conducta emocional prevalece, pues la razón pierde su
capacidad para controlarla y regularla.
Una desconexión cerebral como ésta puede también producirse sin que
haya ruptura traumática de las fibras nerviosas, es decir, de un modo
exclusivamente funcional, especialmente en situaciones intensas o extremas,
como la que tuvo lugar la noche del 14 de abril de 1912, cuando el Titanic
colisionó con un bloque de hielo y se hundió. Aunque no pudo evitarse la
muerte de 1.517 personas, la trágica situación y el salvamento acontecieron
con cierta racionalidad y respeto a las normas sociales impuestas por el
sentido común y las autoridades del buque. La tensión no siempre llegó a
extremos y, en buena medida y con algunas excepciones, la tripulación y los
pasajeros se organizaron para poner a salvo primero a los más débiles, niños,
mujeres, ancianos y enfermos, y después a los hombres jóvenes y adultos
sanos, respetando incluso el estatus o clase social de los mismos.
Aunque menos conocido que el Titanic, entre otras cosas por la falta de
referencia cinematográfica, tres años más tarde, el 7 de mayo de 1915,
naufragó y se hundió otro buque, el Lusitania, esta vez como consecuencia de
la primera guerra mundial, al ser torpedeado por un submarino alemán. Con el
Lusitania perecieron 1.198 personas, pero esta vez el salvamento careció de
todo orden, y los pasajeros de toda condición y categoría se precipitaron
egoístamente a los botes salvavidas, consiguiendo sobrevivir sólo los más
fuertes o afortunados. Imperó así la norma del sálvese quien pueda. ¿Por qué
fue tan diferente el comportamiento de los pasajeros de uno y otro barco?
Un minucioso trabajo de investigadores suizos y australianos nos permite
indagar en las causas. ¿Acaso los pasajeros del Titanic pertenecían a un
colectivo humano con más educación, sentido común o racionalidad que los
del Lusitania? No parece que ésa sea la respuesta adecuada, pues como
demuestra ese trabajo, ambos grupos humanos tenían un origen social y una
composición demográfica similares. Salvo en su velocidad de navegación, en
que el Lusitania era superior, los dos barcos eran también técnicamente
similares, por lo que la diferencia tampoco resulta atribuible a las
posibilidades prácticas del salvamento. De hecho, el número de botes
salvavidas y la tasa de supervivencia, del 30 %, aproximadamente, fueron
similares en ambos barcos.
Sin negar que el ambiente de guerra del momento o el conocimiento
previo del naufragio del Titanic pudieran también haber influido en el pasaje
del Lusitania, la mejor explicación para su comportamiento la encuentran los
mencionados investigadores en la diferente duración de ambos naufragios. El
Titanic se hundió lentamente, en 2 horas y 45 minutos. El Lusitania se hundió
en tan sólo 18 minutos. En el Titanic hubo tiempo para que las normas
sociales se impusieran al miedo, es decir, para que la razón se impusiera a la
emoción. La tasa de supervivencia en el Titanic fue mayor en los pasajeros de
primera que en los de otras clases, no así en el Lusitania, donde los de
primera tuvieron incluso peor destino que los de tercera clase o los que
viajaban en la bodega. En el Lusitania la premura de tiempo hizo que el
miedo y el instinto de supervivencia se impusieran al sentido común y a las
normas sociales, es decir, allí la emoción se impuso a la razón. Predominó el
comportamiento egoísta, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.
Los ejemplos que acabamos de analizar son buena prueba de que cuando
los cerebros emocional y racional quedan desconectados, anatómicamente
como en el caso de Phineas Gage o de manera funcional como en el caso del
Lusitania, predomina y se impone lo evolutivamente antiguo, lo más
primitivo. Los instintos y la emoción dirigen entonces el comportamiento. La
razón casi ni aparece, pues uno de sus inconvenientes, su talón de Aquiles, es
que necesita tiempo para imponerse y las circunstancias extremas no suelen
otorgarlo. Aunque con mucha menos gravedad que en los casos anteriormente
explicados, la desconexión funcional entre emoción y razón ocurre también
con frecuencia y transitoriamente en la vida cotidiana. Son esas situaciones en
que, desbordados por las circunstancias o alterados por el estrés, perdemos los
nervios o reaccionamos a golpe de sentimiento ante la menor insinuación que
nos ofenda. Es cuando la emoción, siempre más rápida que la razón, nos hace
comportarnos de modos que después resultan inconvenientes y de los que más
tarde tenemos que arrepentirnos.
Si todavía no le he convencido del poder de las emociones considere la
situación siguiente, más prosaica que las anteriores. Pongamos que usted va a
comprar un número de lotería de Navidad y le dan a elegir entre el 54713 o el
00012. ¿Con cuál se quedaría? Apuesto a que con el primero. Hasta puede
que piense: ¿el 00012? ¿Cómo va a salir ese número premiado con el Gordo?
¡Imposible, ese número ni ha salido ni saldrá nunca! Ahora en serio, ¿es que
la bola que hay en el bombo con el 00012 es de mayor tamaño que la del
54713 y por eso tiene menos probabilidad de salir por el agujero de la suerte?
Por supuesto que no. Ambas bolas son idénticas y tienen exactamente la
misma probabilidad de que sus números respectivos sean acreedores de
cualquier premio, el Gordo incluido. Entonces, el rechazo del número 00012,
¿es una decisión racional o emocional? Respóndase usted mismo.
CARAS Y VOCES
Muchas veces he pensado que si un extraterrestre nos visitara y
conociera, cuando regresase a su planeta y explicase a sus congéneres cómo
somos lo haría manifestando un especial asombro por la capacidad que
tenemos los humanos de este planeta para reconocernos unos a otros por las
caras o la voz. Vemos a alguien y enseguida lo identificamos por su rostro,
aunque lo veamos de lejos, o de lado, o entre sombras. Inmediatamente
también, incluso por teléfono, somos capaces de reconocer la voz de un
amigo, de un familiar o de un compañero de trabajo. En las películas dobladas
podemos identificar la misma voz cuando se aplica a diferentes actores o
actrices. Más todavía, aunque varias personas pronuncien exactamente la
misma frase, distinguimos que son voces diferentes, asociables a cada una de
ellas. Tampoco necesitamos mucha experiencia musical para distinguir si lo
que suena es una guitarra, un piano o una trompeta. Un do o un re, por
ejemplo, son siempre un do o un re, pero cualquier persona puede saber, con
poca probabilidad de equivocarse, si lo emite un violín, una flauta o una
armónica.
El extraterrestre que explicara todo esto a los suyos podría añadir, con
todavía mayor asombro, que también por las caras reconocemos el interior de
las personas, es decir, su estado de ánimo, pues por su semblante sabemos si
alguien está feliz o triste, si está preocupado, temeroso o dolorido, entre otras
muchas afecciones. La sorpresa de los extraterrestres ante esas capacidades
sería similar a la que tendríamos nosotros si nos dijeran que cualquier
hormiga de un hormiguero es capaz de reconocer a miles de otras hormigas
por su aspecto o por el ruido que hacen.
La capacidad de discriminación de caras o voces está en el cerebro del
receptor, de cada uno de nosotros, pues nacemos con una gran predisposición
biológica, es decir, heredada, para adquirirla y activarla continuamente. El
cerebro humano tiene regiones cuyas neuronas se especializan en distinguir
miles de caras y otras que ejercen una capacidad similar para distinguir voces.
La evolución y la selección natural han hecho que esas capacidades se
desarrollaran y transmitieran en los organismos superiores, particularmente en
los primates, por la gran importancia que tienen para la adaptación al entorno
y la supervivencia. Reconociendo inmediatamente caras y voces, los primates
en general y los humanos en particular reconocemos a los individuos de
nuestra familia, a aquellos con quienes tenemos relaciones de conveniencia y
también a aquellos con quienes no nos conviene relacionarnos. No obstante,
más importante aún es el hecho de que la gran capacidad de los primates para
modificar la expresión de su rostro y los tonos de voz dio lugar al lenguaje y
la comunicación emocional, cuya característica más distintiva es la rapidez y
la precisión. Es decir, una cara o un tono de voz pueden ser mucho más
inmediatos e inequívocos que incluso una comunicación verbal para expresar
estados de ánimo o intenciones. El paso desde el reconocimiento básico de
caras y voces hasta la comunicación emocional supuso un gran progreso en la
evolución de los seres vivos y, particularmente, en el desarrollo de las
relaciones sociales.
Es cierto que en nuestro tiempo y la vida de hoy tenemos muchas otras
formas de reconocernos para relacionarnos y comunicarnos, pero esas formas
casi instintivas e inmediatas, basadas en percepciones visuales y auditivas,
han tenido un papel muy importante en la vida de nuestros antepasados
remotos, hace millones de años, cuando esas otras formas más modernas de
reconocimiento y relación aún no existían. Por decirlo más claramente, hubo
un tiempo en la vida de nuestros ancestros primates en que la diferencia entre
reconocer o no la cara de un amigo o enemigo y, por esas caras, su estado de
ánimo y sus intenciones, podía llegar a ser equivalente a la diferencia entre
seguir viviendo o morir. La herencia que hemos recibido para ser capaces de
identificar a otras personas por su rostro o su voz y para comunicarnos
emocionalmente nos permite a los humanos de hoy una gran versatilidad y
agilidad en las relaciones sociales.
¿TIENEN SENTIMIENTOS
LOS ANIMALES?
Flor y Gema, religiosas de Guanajuato, prefirieron la eutanasia asistida
para su querido loro Rony antes que provocarle el sufrimiento de sentirse
abandonado por ellas para siempre. El no poder traerlo legalmente a España
fue la causa de esa determinación, y uno de los mayores disgustos que
afrontaron cuando necesitaron cambiar su residencia en México por la de un
convento en Orihuela.
Esos sentimientos sobre mascotas y animales domésticos están muy
generalizados. Cualquier persona viendo cómo se comporta su perro con sus
cachorros tendrá la impresión de que lo hace así porque los quiere, porque
siente amor por ellos. Pero ¿siente el perro por sus cachorros el mismo tipo de
cariño que una madre por su bebé?, ¿sentía Rony, el loro de Flor y Gema,
amor hacia sus protectoras del mismo modo que ellas lo sentían hacia él?
Nadie lo sabe. Ningún humano puede introducirse en la mente de ningún
animal y tener una experiencia como la suya. Si no lo podemos hacer con la
mente de otra persona, ¡cómo lo vamos a poder hacer con la de animales que
ni siquiera hablan o hablan muy poco (lo digo por Rony)! Pero, ¡ay!, podemos
confundir nuestro deseo con la realidad, interpretar erróneamente la conducta
de esos animales y, aplicándole nuestra empatía como si de otros seres
humanos se tratase, creernos que tienen sentimientos como los nuestros. Nos
pasa con frecuencia, pero no es nada malo.
El etólogo norteamericano Frans de Waal, en una conferencia en el
CosmoCaixa de Barcelona, atribuía compasión a la conducta de un primate
bonobo que extendía su mano sobre el hombro de otro bonobo que acababa de
ser derrotado en una pelea y comparaba esa conducta con la de un golfista
consolado por su esposa cuando acababa de perder un importante torneo.
Aunque no negamos que en tal situación el bonobo estuviera ejerciendo algún
tipo de conducta emocional, incluso de carácter que pudiéramos considerar
proto-compasivo, creo que no tenemos suficientes elementos científicos para
asimilar estrechamente los sentimientos humanos y los del animal. Esa
asimilación puede confundirnos y hacernos creer que en la mente del animal
hay más de lo que hay.
Además de observar su conducta, el único modo objetivo que tenemos
de conocer algo cierto sobre la mente y los sentimientos de cualquier animal,
sea loro, perro o bonobo, consiste en comparar su cerebro con el nuestro y
comprobar si poseen las mismas estructuras, sustancias químicas y procesos
de funcionamiento que nos permiten a nosotros tener sentimientos. Siendo
así, es difícil creer que los sentimientos de cualquier especie animal puedan
equipararse cualitativa y cuantitativamente a los nuestros. Además de tener un
cerebro mucho menor y más simple, el mundo en el que viven y se proyectan
incluso animales muy evolucionados como los bonobos, nuestros primos
hermanos más cercanos, es también muchísimo más simple que el nuestro. El
bonono consolador no puede elaborar un sentimiento social tan complejo
como la compasión humana, un sentimiento de empatía que deriva en buena
medida del conocimiento sobre la personalidad y contexto social del
compadecido.
A la emoción primaria puede añadírsele un sentimiento consecuente muy
especial. En el caso del dolor, los humanos sufrimos, no sólo por el que
padecemos en algún momento, sino quizá mucho más por saber que las
condiciones que lo producen pueden seguir presentes durante mucho tiempo,
o son irreparables, si no indicios de males mayores. Sin esa capacidad
humana, el sufrimiento de los animales siempre será menor, como lo serán
también sus alegrías o cualquier otro posible sentimiento. Hay casos clínicos
donde una intervención quirúrgica cerebral ha sido suficiente para anular no
el propio dolor ya intratable por procedimientos farmacológicos, pero sí el
sufrimiento que acompaña al dolor en la persona que lo padece intuyendo sus
consecuencias futuras. Los animales pueden experimentar dolor, angustias,
ansiedad y otros tipos de malestar, pero no parece posible que esos
sentimientos puedan acompañarse nunca del sufrimiento añadido que
conlleva el poder razonar sobre el propio padecer y sus consecuencias.
Todos estos razonamientos y observaciones no deben perturbar a quien
convive con animales o los tiene como mascotas. Afortunadamente, los
humanos tenemos suficiente capacidad emotiva como para tratarlos bien y
amarlos sin necesitar que su inteligencia o sus sentimientos se equiparen a los
nuestros. El perro es el mejor amigo del hombre. Pues que lo siga siendo,
convencidos de que, igual que nosotros lo queremos, él también nos quiere.
Dejemos asimismo que Flor y Gema sigan añorando a Rony y lamentando su
mala suerte y destino, pues eso es parte de sus humanos y generosos
sentimientos.
EL CEREBRO Y LA MENTE
DE LOS VIOLENTOS
En Modesto, California, el 12 de diciembre de 2002, Cary Stayner, de
cuarenta y un años, fue sentenciado a muerte por inyección letal. Tres años
antes había matado a Carole Sund, de cuarenta y dos años, su hija Juli, de
quince, y una amiga argentina, Silvina Pelosso, de dieciséis, durante un viaje
turístico de esas tres mujeres al Parque Nacional de Yosemite. No fueron sus
únicas víctimas, pues anteriormente en el mismo entorno había asesinado y
decapitado a Joie Ruth Armtrong, una naturalista de veintiséis años. En el
sumario había datos sobre otros posibles asesinatos que no pudieron ser
demostrados. Los alegatos de la defensa, apelando a una supuesta enfermedad
mental del acusado, fueron desestimados. Los familiares de las víctimas y los
miembros del jurado lloraron cuando se dio a conocer la sentencia. Hasta el
propio juez, Thomas Hastings, estaba emocionado.
Cuando el asesino aún no había sido arrestado, yo estaba de vacaciones
en San Francisco con mi esposa y mis dos hijos. Desde España, habíamos
reservado una cabaña para pasar una semana en la zona del Parque Nacional
de Yosemite donde después supimos que se estaban cometiendo los
asesinatos. Cada día, los titulares del San Francisco Chronicle, informando
sobre los mismos, nos ponían los pelos de punta. Cuando estábamos a punto
de desistir de la visita, el asesino fue por fin capturado. Era un hombre de
treinta y ocho años que trabajaba en uno de los moteles de entrada al parque.
Su conducta ordinaria era intachable: sus compañeros y los clientes se
resistían a creer que habían convivido con un asesino en serie, con un
psicópata. Pero las investigaciones del FBI, los antecedentes y las confesiones
del propio Stayner no dejaban lugar a dudas. Desde los siete años vivía
obsesionado por la violencia y la idea de matar mujeres. No se trata,
desgraciadamente, de un hecho puntual, pues casi a diario desayunamos con
la noticia del cruel asesinato de alguna mujer por parte de su pareja masculina
o agresiones violentas perpetradas por razones económicas, religiosas,
mafiosas o incluso ideológicas.
¿Qué nos pasa? ¿Por qué nos volvemos violentos? ¿Llevamos la
violencia en los genes y en nuestra herencia biológica o aprendemos a ser
violentos? Los estudios y hallazgos científicos pueden ayudarnos a responder
a algunas de estas preguntas. El comportamiento violento puede resultar de
una mente distorsionada, irracional, que siente y ve las cosas de manera
diferente a las demás personas. Aunque no siempre muestran su personalidad
antisocial, los psicópatas son individuos sin empatía, incapaces de sentir
culpabilidad o remordimiento por haber cometido sus crímenes. Suelen ser
asertivos, hábiles y egocéntricos, despreocupados por las consecuencias
negativas de sus actos. Tienen dificultad para controlar sus impulsos y tomar
decisiones racionales. En situaciones emocionales intensas son individuos que
no muestran las respuestas típicas de las personas normales, como ponérsele
la piel de gallina con sólo imaginar una tragedia propia, o incluso ajena.
Algunos criminales violentos pueden tener también creencias erróneas,
diferentes a las de las demás personas, sobre la propia violencia y sus efectos.
No obstante, las personas normales también pueden experimentar todos o
parte de esos trastornos de manera transitoria y en menor grado, o tener
sentimientos, impulsos y reacciones emocionales desmesuradas e
incontrolables, producidas por celos, envidias, rivalidades u odios, puntuales
o endémicos. Sería el caso de los asesinos pasionales, o de muchos
adolescentes y adultos violentos. Las amenazas, las agresiones verbales y la
violencia física de menor entidad (insultos, insinuaciones comprometedoras,
acusaciones infundadas, ironía hiriente o medias bofetadas) en las trifulcas
cotidianas entre personas en ambientes familiares, escolares, laborales,
deportivos y sociales en general, también pueden ser resultado de estados
mentales irracionales transitorios. Pero ¿por qué se altera la mente?
La mente se altera porque se altera el cerebro. Tumores, lesiones
cerebrales, déficit, cambios permanentes o pasajeros en la química del cerebro
pueden estar en el origen de los trastornos. Adrian Raine, especialista
norteamericano en investigación de la psicopatía, ha observado que algunos
individuos que han cometido crímenes violentos tienen más pequeña y menos
activa la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro implicada en el
razonamiento y el control emocional. Los individuos con esas alteraciones
pueden perder la capacidad de frenar sus impulsos agresivos y también la de
imaginar las consecuencias de comportarse violentamente.
Pero aunque el cerebro tenga un aspecto normal, pueden fallar las
sustancias químicas de las que depende su funcionamiento. Entre las muchas
implicadas en la agresividad y la violencia, destaca la serotonina, una
sustancia que estabiliza las funciones nerviosas modificando la sensibilidad
del organismo cuando las circunstancias lo requieren. Las personas muy
impulsivas y agresivas suelen tener menos serotonina en su cerebro que las
que son pacíficas y normales. El comportamiento violento se puede reducir
administrando fármacos como el Prozac, que mejoran el funcionamiento de la
serotonina cerebral. De ello se deduce que la conducta violenta podría estar al
menos en parte causada por bajas concentraciones de serotonina o déficit en
su eficacia funcional en el cerebro.
Ese tipo de anomalías cerebrales puede tener un componente heredado,
pues en las personas vemos muchas diferencias en temperamento agresivo
que se manifiestan ya en edades muy tempranas. En estudios con gemelos, se
ha observado que si un individuo es impulsivo e insensible la probabilidad de
que su hermano gemelo también lo sea es mayor que si no fuesen gemelos y
tuviesen una herencia genética diferente. Y aunque una mala educación o los
ambientes marginales y depauperados influyen también decisivamente en la
violencia, no todos los individuos que se crían y educan en esas condiciones
acaban siendo violentos. En realidad sólo lo son una minoría. Y tampoco es
cierto que no haya individuos violentos entre los educados en ambientes más
prósperos y refinados.
Aquí, como en otros ámbitos de estudio del comportamiento humano, lo
sensato es asumir la doble e interactiva influencia de los factores biológicos y
ambientales. El ambiente es como el terreno y el abono en el que va a
cultivarse una semilla de determinada naturaleza, y el resultado va a depender
siempre de la interacción entre ambas cosas, terreno y semilla. Es innegable,
por ejemplo, que la reiterada exposición a películas o videojuegos de
contenido violento aumenta la conducta agresiva en los más jóvenes y los
adolescentes. Especialmente preocupante es un estudio de la universidad
estadounidense de Yale que muestra que los adolescentes expuestos a esos
videojuegos pueden aprender a percibirse a sí mismos como personas
violentas. Del mismo modo, los individuos que habitualmente no controlan
sus impulsos son también los más vulnerables a los efectos sobre la violencia
del consumo de alcohol y otras drogas adictivas.
¿POR QUÉ LOS HOMBRES
SON MÁS AGRESIVOS
QUE LAS MUJERES?
En un curioso experimento de la universidad estadounidense de Illinois,
los hombres y mujeres que fracasaban en unas pruebas tenían la oportunidad
de descargar su frustración y enfado administrando descargas eléctricas a una
persona virtual. Tanto los hombres como las mujeres lo hacían, pero las
descargas eran siempre de mayor intensidad cuando las administraban los
hombres. Era algo esperable, pues la experiencia común muestra que la
agresividad masculina es generalmente mucho mayor que la femenina. Y no
es tampoco algo casual, pues está demostrado que en casi todas las especies
de animales vertebrados los machos son mucho más agresivos que las
hembras. El hecho de que los hombres manifiesten generalmente más
agresividad que las mujeres, y que muchas mujeres toleren mayores niveles
de enfado que los hombres antes de perder los nervios, parece indicar también
que las mujeres controlan los impulsos agresivos mejor que los hombres.
Hay muchas influencias educativas que justifican esa diferencia en
distintas culturas, pero también sabemos que el cerebro de la mujer procesa
las emociones de manera diferente al del hombre. Hace ya tiempo que un
equipo de investigadores alemanes obtuvo neuroimágenes de resonancia
magnética que muestran que, en las mujeres, las partes del cerebro como la
amígdala, relacionadas con la expresión y el reconocimiento de las emociones
y con su control mediante el razonamiento, se activan más para los estímulos
emocionales negativos que para los positivos. En los hombres no se observa
esa diferencia. Es decir, el cerebro emocional femenino responde con mayor
vigor que el masculino ante las circunstancias amenazantes. Hay también
investigaciones recientes cuyos resultados indican que los cerebros emocional
y racional están conectados entre sí y con el resto del cerebro de manera
diferente en hombres y mujeres.
Las hormonas sexuales, por su parte, también tienen una influencia
importante. La testosterona, hormona producida en los testículos, influye
tanto en el comportamiento agresivo de los machos que la castración elimina
ese tipo de comportamiento en muchas especies animales. Durante el
desarrollo embrionario la testosterona incrementa la capacidad del cerebro
para originar conducta agresiva. Al parecer, lo hace disminuyendo la
capacidad de las neuronas para responder en el futuro a la serotonina, la
sustancia cerebral que, como ya vimos, reduce la agresividad. Es como si en
el embrión en desarrollo en el útero de la madre, la testosterona le dijese a las
neuronas: «Cuando seáis mayores, a la serotonina ¡ni caso!, pues si se lo
hacéis os volverá pacíficas y sumisas». Pero además, en los animales adultos
los andrógenos pueden aumentar la sensibilidad de los circuitos cerebrales
encargados de producir las reacciones agresivas. De ese modo, la mayor
concentración de testosterona en sangre hace a los individuos más propensos
a responder violentamente ante cualquier provocación. Es el mismo mensaje
anterior: si hay motivación sexual, el comportamiento agresivo facilitará el
salir victorioso en la competencia por parejas.
Un estudio de un hospital de Canadá ha mostrado que, de 501 hombres
adultos condenados por agresión sexual, los que tenían los niveles más altos
de testosterona en su sangre eran los que habían cometido los peores crímenes
y los que mostraron también mayor probabilidad de volver a cometerlos. O
sea, que el nivel de testosterona en sangre predecía bastante bien la
probabilidad de que reincidieran. Más aún, ante la posibilidad de que el
comportamiento violento de algunos condenados fuera consecuencia de una
producción excesiva de hormonas sexuales, en algunos lugares de Estados
Unidos, como Texas, hace ya años que se autorizó la castración quirúrgica o
química (administración de sustancias que anulan el efecto de la testosterona)
de los culpables de delitos violentos de naturaleza sexual (violadores,
pederastas). Hay centros penitenciarios donde los condenados por violencia
sexual sólo pueden acceder a permisos de salida temporal si aceptan ser
tratados con esas sustancias. Todo ello nos lleva a concluir que la mayor
agresividad masculina viene impresa de algún modo en la herencia biológica,
es decir, en los genes, y que esa herencia puede ser además especialmente
potenciada por una cultura y una educación que la asume e incluso la
fomenta.
¿ESTAMOS PREDETERMINADOS
A LA VIOLENCIA?
Con frecuencia observamos que los niños muy pequeños son ya diferentes
unos de otros en sus respuestas emocionales. Ante una misma circunstancia
los hay que se enfadan mucho, mientras que otros apenas lo hacen. Esas
diferencias de carácter se mantienen durante toda la vida con pocos cambios.
Es así porque el cerebro emocional es comparable a un cañón cuyo calibre
heredamos de nuestros progenitores haciendo que cada persona, ya desde sus
primeros años, muestre espontáneamente una determinada reactividad
emocional. Pero adónde apunta ese cañón y cuándo dispara es algo que va a
determinar el ambiente y la educación que recibimos. Es decir, la familia, los
maestros, los amigos, el colegio y el barrio donde nace y vive una persona
van a ser clave para determinar el destino en que se empleará la reactividad
emocional que cada persona hereda de sus progenitores.
Eso significa que los impulsos biológicos primarios pueden ser
canalizados por el ambiente y la educación hacia comportamientos altruistas o
hacia la delincuencia y el crimen. Aunque los factores biológicos que
determinan la violencia puedan ser muy importantes, no son un destino, y, por
tanto, nadie nace siendo Jack el Destripador o la madre Teresa de Calcuta. Lo
que heredamos son sólo predisposiciones que interactúan con el entorno, en el
embrión en gestación y durante toda la vida. Esa interacción es la que
determina el tipo de cerebro emocional de cada persona y sus reacciones y
comportamiento en situaciones conflictivas.
Es por ello por lo que debemos afrontar la violencia también desde
ángulos diferentes. La primera obligación de una sociedad civilizada debería
ser proteger a las víctimas potenciales y ayudar a las reales. Los tratamientos
clínicos como la neurocirugía y las terapias farmacológicas o conductuales
deberían aplicarse sin temor para ayudar a los individuos cuando se confirman
las alteraciones crónicas o incluso transitorias de sus sistemas biológicos
emocionales. Si queremos reducir la violencia, las administraciones públicas
y privadas, los diversos agentes sociales y cada uno de nosotros deberíamos
esforzarnos para disminuir todos aquellos factores ambientales que incitan a
la agresividad, incluyendo especialmente el exponer a los más jóvenes a
modelos violentos y al regocijo ante los mismos. Una educación temprana y
permanente, basada en valores positivos y universales, como la solidaridad, la
tolerancia y el respeto a los demás, debería ser uno de los mejores antídotos
de la conducta violenta.
QUÉ PASA EN EL CEREBRO
CUANDO APRENDEMOS
Tenemos una extraordinaria capacidad para recordar cosas
aparentemente tan simples como el azul del mar, o tan complejas como el
modo de resolver una ecuación matemática. Recordamos las caras y los
nombres de las personas conocidas, el significado de las palabras que
utilizamos, cómo vestirnos o montar en bicicleta, lo que pasó hace un rato o
sucesos y anécdotas de nuestra infancia remota. Igualmente podemos recordar
los detalles de una jugada de gol, el fragor de un debate político, la receta de
una comida, la emoción de vergüenzas pasadas o el modo correcto de
comportarnos en público, entre otras muchas y variadas cosas. Las memorias
nos permiten relacionar el presente con el pasado y proyectar hacia el futuro
nuestros pensamientos e ideas. La capacidad del cerebro y la mente humana
para almacenar diferentes tipos de información se nos antoja ilimitada,
aunque no lo sea. Pero ¿cómo es eso posible?, ¿cómo lo hace el cerebro?,
¿cómo se las arreglan las neuronas para almacenar la información que
contienen las memorias?
Hace ya más de un siglo, en marzo de 1884, el médico e investigador
español Santiago Ramón y Cajal impartió una conferencia brillante en la
Royal Society de Londres en la que afirmó que el aprendizaje podría tener
lugar como consecuencia de la aparición de nuevos y minúsculos brotes o
terminaciones en las prolongaciones de las células del cerebro. Sorprendió a
todo el mundo, pues era la primera vez en la historia que un científico se
atrevía a explicar lo que podría ocurrir en el cerebro cuando aprendemos. El
tiempo y los nuevos hallazgos de la neurociencia le han dado la razón, pues
ahora sabemos que, a semejanza de lo que ocurre en los árboles y las plantas
en primavera, cuando aprendemos las neuronas emiten minúsculos brotes o
excreciones, llamados espinas dendríticas, que les sirven para formar nuevas
conexiones entre ellas o fortalecer las ya existentes. Podemos imaginar las
memorias como circuitos o redes neuronales específicas que cada vez que se
activan evocan los recuerdos.
Las memorias entonces no se almacenan en una única neurona o en una
o pocas conexiones entre ellas, sino en múltiples neuronas y conexiones que
pueden estar ampliamente distribuidas por todo el cerebro. De forma análoga,
podemos compararlos a los canales que forma el agua de la lluvia en los
suelos blandos de los caminos. Cuanto más llueve, más se profundizan y
estabilizan. Le recuerdan además al agua por dónde debe circular cuando
regrese. En las personas y animales la experiencia es como la lluvia, pues es
ella la que marca en el plástico cerebro los canales neuronales por donde
circulan los recuerdos.
MEMORIAS ESPECIALES
PARA FUNCIONES DIFERENTES
El estudiante responsable teme olvidar lo que aprendió cuando llega el
día del examen. Quien se encarga de la compra semanal en el supermercado
teme olvidarse de algún producto necesario si no preparó una lista precisa de
lo que ha de adquirir. Nos preocupa también olvidar el nombre de un
compañero, la cita con un amigo o el cumpleaños de un familiar. Pero nadie
suele estar preocupado porque se le pueda olvidar cómo vestirse cuando se
levante por la mañana, cómo conducir su automóvil o cómo llegar al lugar
habitual de trabajo. No nos preocupa la posibilidad de olvidar esas otras cosas
porque ni siquiera solemos considerarlas memorias. Sin embargo, lo son, pues
nadie nació sabiendo vestirse, conducir o dónde va a trabajar. Esas cosas las
hemos aprendido en algún momento de la vida, son las que solemos hacer
frecuentemente y acabamos memorizándolas con tanta fuerza que no
dudamos de su permanencia en el cerebro.
Tenemos, por tanto, varias clases de memoria y todas son importantes.
Cuando explico a un amigo una película que he visto, mis conocimientos de
historia o lo que me pasó ayer por la tarde, estoy usando mi memoria
explícita, una memoria que contiene mis conocimientos y experiencias
personales. Es una memoria consciente, que puedo expresar verbalmente o
por escrito y no siempre de la misma manera. Aunque generalmente requiere
considerable cantidad de aprendizaje, la memoria explícita puede formarse
también muy rápidamente cuando su contenido es emocional. Así, aprender
genética o literatura puede requerir mucho tiempo y trabajo, sin embargo, de
inmediato podemos formar una memoria potente de lo que nos impacta, como
la que tenemos del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York o,
para quienes peinan canas, del asesinato de John F. Kennedy.
Cuando, por otro lado, nos vestimos al levantarnos por la mañana,
escribimos una carta, conducimos el coche o cantamos una canción, estamos
usando la memoria implícita, que es la que tenemos para realizar nuestras
rutinas. A diferencia de la explícita, la memoria implícita es inconsciente y
sólo se expresa en forma de hábitos, sin que la podamos explicar con
palabras. Simplemente nos ponemos y funciona casi sin esfuerzo, como
cuando leemos o montamos en bicicleta. Este tipo de memoria también la
utilizamos para operaciones mentales rutinarias, como multiplicar dos cifras,
pensar y razonar sobre asuntos y problemas frecuentes, o para tomar
decisiones sobre cosas habituales. Nuestras inercias, aunque no lo parezca, no
son sólo de movimiento y acción, sino también mentales, es decir, tendemos a
pensar o razonar del mismo modo sobre asuntos análogos, lo que a veces
puede crearnos problemas por ser inflexibles en nuestros razonamientos. La
memoria implícita nos lleva a ello sin que apenas lo notemos.
Algo diferente es lo que ocurre cuando jugamos al ajedrez y retenemos
en la mente las jugadas que nos proponemos hacer en función de las que
pudiera hacer el contrincante. Igualmente, cuando multiplicamos mentalmente
con varias cifras tenemos que acordarnos de las que nos llevamos en cada
paso para añadirlas en el paso siguiente. Asimismo, cuando tomamos
decisiones u ordenamos nombres alfabéticamente tenemos que retener en la
mente las opciones posibles o los diferentes nombres a clasificar. La mayoría
de las personas son capaces de retener entre cuatro y siete ítems o
informaciones diferentes, sean números, nombres, palabras, etc. Esas breves
retenciones de la información que necesitamos utilizar inmediatamente para
hacer alguna operación o trabajo mental son posibles gracias a la memoria de
trabajo, que es diferente de la explícita y la implícita, pero también muy
importante, pues, como veremos más adelante, está muy relacionada con la
inteligencia de las personas.
¿TENEMOS UN GPS EN EL CEREBRO?
Sin apenas dificultad y con mucho acierto conseguimos encontrar el
camino y llegar a la casa donde vivimos, al lugar de trabajo o al pueblo donde
veraneamos. Es tan sencillo que para hacerlo ni siquiera tenemos que pensar
en el camino a recorrer, y muchas veces andamos hacia el lugar pretendido
mientras pensamos en otras cosas. Diríase que cada vez que vamos a un sitio
conocido ponemos en marcha una especie de piloto automático que nos lleva
hasta él. Ese piloto está en el cerebro y no es más que un tipo especial de
memoria relacionada con el espacio en el que habitualmente nos movemos.
En la medida en que esa memoria es como un registro de lugares y de las
trayectorias a seguir para llegar a ellos, podemos considerarla como una
especie de GPS cerebral. No obstante, a diferencia del que usamos en el
automóvil, el GPS cerebral se forma con el tiempo gracias a la propia
experiencia, es decir, por aprendizaje y, por tanto, no consiste, como aquél, en
memorias incorporadas a nuestro cerebro desde conocimiento ajeno.
Por experiencia sabemos que el cerebro humano tiene una gran
capacidad para almacenar memorias sobre lugares frecuentados. Ahora
también sabemos que lo hace gracias a neuronas especiales que registran esos
lugares, y lo organiza de tal modo que la activación secuencial de cada
conjunto particular de esas neuronas es como la secuencia de los pasos que
nos marcan el camino a seguir para llegar a un determinado lugar. Pero eso no
es suficiente, porque en el cerebro hay además otras neuronas recientemente
descubiertas que funcionan como una especie de plantilla cuadriculada que
representa porciones determinadas del espacio que frecuentamos. Y aún otras
más que, a modo de brújula, señalan orientaciones específicas dentro de ese
espacio. Todas esas diferentes neuronas hacen posible la memoria espacial
que tenemos, el GPS cerebral, si así lo queremos llamar.
EL SUEÑO POTENCIA LA MEMORIA
Nos pasamos una tarde aprendiendo las claves del nuevo ordenador que
hemos adquirido y lo dejamos a medio aprender cuando ya estamos cansados.
Sin embargo, cuando a la mañana siguiente nos ponemos de nuevo a ello lo
hacemos mejor que cuando lo dejamos la tarde anterior, como si llevásemos
no uno sino varios días practicando. Igualmente, tras varios días sin poder ir a
las clases de idiomas nos damos cuenta de que recordamos mejor las palabras
y frases anteriormente aprendidas que cuando asistimos a la última clase.
Ambos casos son ejemplo de que, con cierta frecuencia, algo que hemos
aprendido mejora sin practicar, como por arte de magia. No hay que
extrañarse de ello, pues ahora sabemos que la magia que hay detrás de esa
mejora en el aprendizaje precedente no es otra cosa que el sueño que tiene
lugar tras el mismo. La memoria duradera se forma preferentemente durante
el sueño, sin que sea necesario dormir las ocho horas de una noche, pues
puede bastar con una siesta de una o dos horas. ¿Cómo es eso posible?
Lo es porque cada vez que recordamos algo reactivamos su memoria y la
hacemos más fuerte y estable, algo así como cuando repasamos con el lápiz
los trazos de un dibujo para pronunciarlo más y evitar que se borre. Pero la
reactivación de lo aprendido durante el día ocurre también inconscientemente
cuando dormimos. Eso explica que la memoria pueda mejorar incluso cuando
llevamos un tiempo sin practicar, pues el sueño es una manera especial de
practicar mientras dormimos. Las repeticiones de la actividad de las neuronas
durante el sueño estabilizan las memorias y las protegen de interferencias. En
un experimento reciente, la capacidad de aprender disminuyó
considerablemente en las personas que permanecieron despiertas durante todo
el día. Sin embargo, las que pudieron dormir durante casi dos horas en ese
mismo día mostraron después un aumento considerable de su capacidad para
aprender una tarea numérica. Dormir, por tanto, resulta beneficioso para la
memoria tanto si ocurre antes como si ocurre después de aprender.
Para averiguar si el sueño potencia la memoria de todas las cosas que
aprendemos durante el día o sólo de alguna de ellas se han hecho interesantes
experimentos. En uno de ellos, los participantes tenían que asociar objetos a
localizaciones concretas en la pantalla de un ordenador, y, además, en cada
localización se indicaba el dinero a obtener si más tarde esa localización era
recordada. Una especie de juego de parejas pero con recompensas más o
menos altas según la pareja localizada. Sorprendentemente, los participantes
que tuvieron ocasión de dormir durante una hora y media tras la sesión de
aprendizaje recordaban mucho más las localizaciones mejor pagadas que las
de menor valor, lo que indica que la recompensa asociada a cada elemento o
ítem del aprendizaje hace que el sueño posterior potencie especialmente la
memoria para ese ítem.
El premio durante el aprendizaje puede funcionar entonces como una
etiqueta o señal ligada a la memoria particular que el sueño posterior ha de
potenciar. Ello explica que las memorias de situaciones emocionales ganen
preferencia, pues la emoción asociada a las recompensas elevadas puede ser
la señal necesaria para que el sueño de la noche seleccione esas memorias. En
realidad, lo importante para que el sueño produzca su efecto sobre la memoria
es que la persona sea consciente de la futura relevancia de lo que aprende.
Cuanta más importancia le damos a algo que aprendemos, más probabilidad
hay de que el sueño de esa noche seleccione la memoria de ese algo para
potenciarlo.
¿APRENDER MIENTRAS DORMIMOS?
La mejor ensoñación del estudiante perezoso sería poner el libro bajo la
almohada antes de irse a dormir y amanecer hecho un Aristóteles o un
Einstein. ¡Qué más quisieran! Pero no hay que perder la esperanza, porque
aunque sabemos que eso no es posible, se ha podido comprobar que alguna
cosa sí podemos aprender mientras dormimos. Resulta que las personas
esnifamos instintivamente y con más intensidad ante un olor placentero que
ante un olor desagradable, y lo hacemos también, inconscientemente, si nos lo
presentan mientras dormimos.
De ese modo, se hizo un experimento que consistía en que, mientras un
grupo de personas dormía, los investigadores hacían sonar diferentes tonos
sonoros al tiempo que dispersaban en el ambiente a su alrededor una sustancia
olorosa agradable o desagradable. Después de hacerlo varias veces y mientras
los sujetos seguían durmiendo, los investigadores volvieron a presentar los
diferentes tonos, pero ahora sin los olores, y midieron la intensidad del
esnifado que hacían las personas ante cada uno de ellos. El resultado fue
sorprendente, pues mostró que esnifaban más intensamente ante los tonos que
habían sido previamente asociados a un olor agradable que ante los asociados
a uno desagradable. Es decir, que las personas habían aprendido mientras
dormían. Pero la mayor sorpresa llegó al día siguiente, pues, ya despiertas,
esas mismas personas seguían esnifando de igual modo ante los mismos
tonos; el aprendizaje persistía en ellas sin que fueran conscientes de lo que
había pasado.
Aunque no parece demasiado lo que podemos aprender mientras
dormimos, hay algo que puede resultar más importante, pues una de las cosas
que hace también el sueño es integrar las nuevas memorias que adquirimos en
las ya existentes en el cerebro. Genera también nuevas asociaciones y extrae
características invariantes y reglas ocultas en el conjunto de la información
recibida, todo lo cual facilita inferencias y nuevas visiones sobre las cosas.
Algo así, en definitiva, como ordenar y estructurar la información que cada
día nos llega, lo cual, además de crear un nuevo conocimiento que supera a la
suma del preexistente en el cerebro, sirve también para impedir que se
acumule de forma desordenada y desestructurada creando confusiones e
interferencias mentales.
POR QUÉ OLVIDAMOS
El olvido preocupa especialmente al estudiante que tiene que afrontar un
examen y se dice incapaz de retener la información que ha estudiado. Inquieta
también a las personas mayores cuando ven amenazada su salud mental al
percatarse de inesperadas dificultades para recordar cosas como el nombre de
personas, cosas o lugares conocidos. «¿Tendré la enfermedad de Alzheimer?»
es la pregunta que más frecuentemente, con temor contenido, se hacen a sí
mismas esas personas. Nadie debería preocuparse más de lo necesario en tales
circunstancias, pues el olvido, aunque aparente, no siempre lo es, y aunque lo
sea, sus causas pueden ser naturales y asumibles.
¿Qué ocurre cuando olvidamos algo? ¿Es que esa memoria ya no existe
en nuestro cerebro o sólo es temporalmente inaccesible? Ambas cosas son
posibles. La memoria no es algo espiritual o etéreo, pues, como ya vimos,
consiste en cambios fisiológicos y estructurales en los circuitos neuronales del
cerebro. Una causa importante del olvido puede ser entonces la desconexión
entre las neuronas de esos circuitos, es decir, el deterioro de la base física de
la información retenida. Eso puede ocurrir por falta de evocación de las
memorias, es decir, por llevar mucho tiempo sin activarse los circuitos
neuronales que las albergan. Así, cuando hace mucho tiempo que no vemos a
una persona, podemos olvidar su nombre. Es como si un escrito sobre papel
se difuminase con el tiempo si no se repasa al menos alguna vez con el lápiz.
Una causa frecuente de olvido son también las interferencias entre
recuerdos. Ocurren porque el cerebro no registra la memoria como un disco
compacto, donde cada información ocupa un espacio exclusivo en el mismo,
sino de una forma promiscua que consiste en que un mismo circuito neuronal
o parte de él puede pertenecer a la vez a diferentes memorias, incluso a
muchas. Esa forma de almacenamiento compartido, aunque aumenta
considerablemente la capacidad de memoria del cerebro, es también la razón
por la que a veces cuando intentamos recordar un nombre nos viene otro
diferente a la cabeza y no hay manera de quitárnoslo de encima para poder
recordar el que queremos. Los registros de ambos nombres pueden compartir
neuronas, y, por eso, al intentar evocar uno de ellos nos viene a la memoria el
otro. También es posible que olvidemos las viejas memorias porque
posteriormente adquirimos otras que pueden ocupar totalmente su lugar en los
circuitos cerebrales.
Otro motivo de olvido puede ser que las memorias que hemos formado
no se hayan integrado bien en la información que ya hay almacenada en el
cerebro, y por eso es más fácil que se pierdan. Una información aislada es
siempre más vulnerable al olvido que la que se ha anclado en las ya existentes
en el cerebro. Ese aislamiento podría ser también una fuente de falsas
memorias, pues cuanto más fragmentada está la información en el cerebro
más posibilidades hay de confundir unas memorias con otras y recordar cosas
que no son ciertas o que nunca ocurrieron.
No obstante, en muchas ocasiones el olvido no es más que una
incapacidad temporal para acceder a la información buscada. La memoria
puede estar disponible, pero no accesible. Todos hemos vivido situaciones en
las que lo que en un momento determinado se pretende recordar sin
conseguirlo nos viene fácilmente a la memoria algún tiempo después, al
cambiar de lugar o de circunstancias. Un caso típico sucede cuando nos
desplazamos de un lugar a otro de nuestra casa, del comedor a la cocina, por
ejemplo, y al llegar a ella nos preguntamos, confundidos, «¿Pero qué he
venido a hacer aquí?», y no lo conseguimos recordar. La mejor manera, y a
veces la única, de hacerlo consiste entonces en volver al lugar de donde
veníamos, el comedor en este caso. Una vez allí, al ver una taza de café
caliente sobre la mesa inmediatamente recordamos que lo que fuimos a buscar
a la cocina era una cucharilla para ponerle el azúcar.
Igualmente, puede ocurrir que lo que nos haga recordar no sea el cambio
de lugar o situación externa, sino el estado de nuestro cuerpo, la situación
interna del mismo. Es así porque cuando aprendemos en un determinado
estado físico, por ejemplo, cansados o bajo los efectos de alguna droga
estimulante, como la cafeína, puede que posteriormente nos cueste recordar lo
aprendido si cuando lo intentamos nos encontramos descansados y menos
estimulados. Precisamente, eso es lo que les ocurre a algunas personas cuando
dicen «quedarse en blanco» en un examen. En ese caso, como en el
anteriormente explicado, la información sigue estando en el cerebro, pero es
imposible acceder a ella si no volvemos al mismo estado que teníamos
cuando aprendimos. De ello se deriva que, por extraño que resulte, la toma de
una droga puede facilitar el recuerdo de lo que se aprendió bajo los efectos de
esa misma droga. Del mismo modo, el recuerdo impedido por memorias
similares interferentes puede volverse accesible cuando cambia el contexto
externo o interno del sujeto y desaparece con ello la interferencia. Cambiar de
situación y de estado corporal es entonces una buena estrategia para facilitar
la evocación de la memoria cuando intentamos recordar algo y no lo
conseguimos.
¿PODEMOS BORRAR
LAS MEMORIAS INDESEABLES?
La joven que sufrió una violación y el soldado que fue testigo de una
cruenta acción bélica desearían que el recuerdo de esos hechos desapareciera
para siempre de sus mentes. Borrar las malas memorias ha sido siempre una
aspiración humana. A la mayoría de las personas les gustaría recordar sólo las
cosas buenas y agradables de la vida y olvidar las desagradables, pero el
cerebro registra con fuerza todas las memorias que tienen valor adaptativo y
de supervivencia y no únicamente las que recordamos con agrado. Muchas
veces son precisamente las memorias desagradables las que mejor
recordamos, pues ello sirve para garantizar que no repitamos los errores que
las hicieron posibles. El problema es que el mecanismo cerebral que instaura
las memorias emocionales es tan poderoso que algunas veces la evocación
involuntaria y frecuente de las malas memorias puede convertirse en un
infierno. Eso es lo que ocurre con el estrés postraumático, un trastorno
cerebral que hace que la persona que lo padece evoque con frecuencia y sin
quererlo un recuerdo profundamente negativo y perturbador, como el de la
violación que vivió la joven o la muerte violenta que presenció el soldado,
que le impide llevar una vida normal.
Se han hecho y se siguen haciendo muchos intentos de encontrar alguna
técnica o procedimiento que permita eliminar ese tipo de memorias. Uno
especialmente drástico fue el shock electroconvulsivo. Otro ha consistido en
sumergir al sujeto en la situación original, haciendo que vuelva a recordarla
expresamente para que sienta entonces que ya no vuelve a ocurrir el suceso
desagradable. Un tercer procedimiento es tratar de invertir los sentimientos
originales asociando los lugares o estados que evocan las malas memorias a
situaciones más agradables. Por ejemplo, enseñándole al soldado fotos de sus
queridos nietos junto a las que evocan sus malos recuerdos. Pero ninguno de
esos procedimientos ha dado un resultado plenamente satisfactorio, pues en
muchos casos las memorias aparentemente eliminadas vuelven a aparecer con
el tiempo. Así, otros intentos se han basado en la idea de que cada vez que
recordamos algo es como si abriésemos el baúl de los recuerdos, el que
contiene las memorias, y pudiésemos entonces cambiarlas o incluso
eliminarlas más fácilmente. De ese modo, el procedimiento para borrar las
malas memorias ha consistido en explicarle cosas diferentes a la persona que
padece el trauma justo en el momento en que está recordando lo que pretende
olvidar. También es posible inyectarle en ese mismo instante un fármaco que
altera la memoria. Este último es un método que ha funcionado bien en
experimentos con animales, pero todavía no se ha aplicado suficientemente en
personas.
La gran esperanza para borrar las memorias indeseables está en una de
las técnicas más modernas de la biología molecular y la neurociencia: la
optogenética. Ésta, que ya se aplica en roedores con sorprendentes resultados,
permite, mediante radiaciones luminosas especiales, activar o desactivar las
memorias en el momento deseado. De ese modo, podría ser utilizada para que
una persona elimine la asociación que hay en su cerebro entre el lugar donde
ocurrió una desgracia y los sentimientos negativos que esa desgracia le
originó. Más aún, en las personas con estrés postraumático podría servir para
asociar el lugar de la desgracia a una nueva sensación esta vez agradable, de
tal forma que el lugar maldito que produce el malestar deje de hacerlo.
¿POR QUÉ LOS MAYORES
RECUERDAN MEJOR
LO QUE PASÓ HACE MUCHOS AÑOS
QUE LO QUE PASÓ HACE UNAS HORAS?
«Me acuerdo de todo lo que ocurrió el día de mi boda, hace treinta años, y
no puedo acordarme de dónde estuve ayer.» Es una frase que oímos a menudo
en boca de personas mayores, sorprendiéndose por no ser capaces de
entenderlo. La respuesta es sencilla, pero esta vez llegaremos a ella con una
réplica metafórica de la misma pregunta: ¿le resultaría extraño que el nombre
de su pareja que usted grabó hace treinta años en una roca junto a la playa
siguiera todavía hoy allí, mientras que ese mismo nombre que grabó ayer en
la arena de la misma playa hubiera desaparecido? Fíjese en el ejemplo lo poco
importante que puede resultar el tiempo transcurrido cuando el medio de
grabación es tan diferente en uno u otro caso.
Pues ahora aplique esa misma lógica a los sistemas de memoria de su
cerebro. Cuando somos jóvenes funcionan muy bien, ya que activan con
eficacia toda la maquinaria de moléculas químicas y cambios en las neuronas
de partes importantes del cerebro para la memoria, como el hipocampo y la
corteza cerebral. Sin embargo, cuando envejecemos el hipocampo se encoge,
ya que muchas de sus neuronas pierden conexiones debido a una mayor
dificultad para sintetizar dichas moléculas y formar los circuitos que albergan
las memorias.
Pero eso no significa que cuando nos hacemos mayores no podamos
formar nuevas memorias. Desde luego que lo hacemos, aunque con mucha
más dificultad al perder capacidad de funcionamiento no sólo los sistemas
cerebrales de la memoria, sino también los del procesamiento sensorial en que
se basan. Con la vejez cambian también la forma y la intensidad con que se
perciben las emociones, pues, sobre todo las negativas, pierden fuerza en
muchas personas y eso influye en que las memorias ligadas a circunstancias
desagradables de la vida no tengan la misma capacidad de formarse que la
que tienen cuando somos más jóvenes y los mismos sucesos nos afectan con
más intensidad.
¿ES EL ALZHEIMER
UNA ENFERMEDAD DE LA MEMORIA?
«Cada vez olvido con más frecuencia dónde he dejado las llaves.» «Abro
el frigorífico y no recuerdo qué es lo que he ido a buscar en él. ¿Qué me
pasa?» Las anteriores son frases y preguntas que puedo oír a veces en boca de
alguno de mis amigos de cierta edad, sabedores ellos de mi particular
dedicación a la ciencia del cerebro y la memoria. Lo que en realidad me están
queriendo preguntar, sin atreverse a hacerlo directamente, es si pueden estar
empezando a padecer Alzheimer, una enfermedad que la mayoría de las
personas consideran como propia de la memoria. Para tranquilizarles me
suelo reír cariñosamente de ellos diciéndoles que no me consulten cuando
pierdan las llaves, sino cuando las tengan en la mano y no sepan para qué
sirven.
Es cierto que mientras que la neurociencia no tenga más claro el origen
de la enfermedad de Alzheimer y cómo evitarla, no podemos negar que todos
estamos expuestos a la misma. Sin embargo, el Alzheimer no es una
enfermedad de la memoria. Ojalá lo fuera y no afectase nunca a otros
procesos cerebrales diferentes. El Alzheimer es una enfermedad
neurodegenerativa que puede acabar afectando a todas las neuronas del
cerebro, aunque, por razones que todavía se desconocen, suele empezar
afectando a las que se encuentran en partes del mismo, como el hipocampo,
implicadas en la memoria, y por eso ha ganado la reputación que le
caracteriza.
Desafortunadamente, la enfermedad no se queda en la memoria y acaba
afectando progresivamente al movimiento, las emociones o el razonamiento
de las personas que la padecen. El paciente en fase avanzada puede no
reconocer a los demás y ni siquiera a sí mismo, lo que quizá suponga
eventualmente una ventaja para evitar o reducir su sufrimiento. Los familiares
del enfermo son casi siempre quienes peor lo pasan, por lo que a ellos, a esos
familiares y su estado, hay que prestarles también una especial atención. Todo
eso es la triste verdad, pero, por las razones que comento a continuación,
tampoco debemos preocuparnos más de la cuenta cuando al hacernos mayores
empecemos a perder la capacidad de recordar.
En primer lugar, aunque en grados diferentes, todas las personas al
envejecer vamos a sufrir un deterioro de la memoria, una pérdida de
capacidad para almacenar información. Eso es algo tan natural como perder
fuerza muscular o capacidades sensoriales. La mayoría de las pérdidas de
memoria de quienes tienen la fortuna de alcanzar una cierta edad son
superables mediante una buena y variada cantidad de recursos, como agendas,
notas, despertadores y alarmas de móviles, avisos de familiares o amigos, etc.,
además de los esfuerzos mentales especiales que incluso los mayores pueden
hacer cuando están muy interesados en que alguna cosa importante para ellos
no se les olvide. Las personas mayores olvidan mucho, pero no todo. Algunas
cosas que son muy importantes para ellos no suelen olvidarlas, como darles
de comer a su gato, por poner un ejemplo trivial pero indicador de que la
capacidad de memorizar no se pierde completamente. En general, las rutinas
se olvidan menos que lo que es más accidental o coyuntural.
Ocurre además, como ya vimos, que muchas cosas que olvidamos con
frecuencia, más que un olvido propiamente dicho, son sólo una incapacidad
para acceder a la información pretendida, y buena prueba de ello es el hecho
de que lo que olvidamos en un momento dado solemos recordarlo más tarde,
cuando cambiamos de lugar o de estado mental. Le ocurre mucho a los
mayores, y ese recuerdo posterior es buena prueba de que no han entrado en
un proceso de deterioro cerebral importante. Lo que, por otro lado, también
sabemos es que el Alzheimer es una enfermedad basada en alteraciones de la
química cerebral que pueden tener su origen en los genes, en exposiciones a
ciertos agentes ambientales o en combinaciones de ambos, por lo que
podemos estar bastante seguros de que, tarde o temprano, la neurociencia va a
descubrir los secretos que permitan prevenir o incluso curar tan amenazante
enfermedad. Es por ello por lo que, como ya comentamos anteriormente,
puede resultar absurdo pasarnos media vida preocupados por cosas que nunca
van a suceder.
CÓMO APRENDER MÁS Y MEJOR
Si queremos aprender un texto de historia o de biología, podemos hacerlo
de memoria, releyéndolo una y otra vez y tantas como sea necesario.
Alternativamente, podemos tratar de resumirlo, lo que requerirá una lectura
menos automática y más detenida del mismo para tratar de comprender y
asimilar su contenido. Ambos procedimientos son posibles, pero forman
diferentes tipos de memoria en el cerebro y eso hace que el recuerdo de lo
aprendido con cada uno de ellos sea también diferente.
El primer procedimiento, el que consiste en releer el texto de modo
automático, genera una memoria rígida que hace difícil recordar lo aprendido
cuando tenemos que hacerlo en una situación o de un modo diferentes al
original. Basta que una evaluación posterior utilice palabras o sentencias
diferentes a las que aprendimos para sentirnos confundidos a la hora de
recordar. Igualmente, si el evaluador decide cambiar el orden de los
contenidos y no empezar por el principio sino por alguna otra parte del texto,
también podemos tener problemas con la respuesta. Todavía peor, a no ser
que hubiéramos repetido el texto tantas veces como para memorizarlo como
cuando recitamos una poesía, es muy posible que pronto se nos olvide.
Más suerte tendremos si hemos trabajado el mismo texto tratando de
comprenderlo y resumirlo. En ese caso, ya podemos evocar su contenido
fundamental con palabras o frases diferentes a las estudiadas y empezando o
no por el principio. Estudiando de ese otro modo nos sentiremos también más
seguros del conocimiento adquirido, lo que permite ir más tranquilos a una
posible evaluación del mismo, incluso cuando haya pasado bastante tiempo
desde su estudio. Pero ¡ojo!, las cosas cambian cuando lo que hemos de
aprender es algo de naturaleza más implícita, por ejemplo, una nueva lengua,
reglas gramaticales, leyes jurídicas o un guión teatral o cinematográfico. En
esos casos la práctica se impone, porque entonces es cuando repetir mucho es
la única y mejor forma de aprender y perfeccionar.
La conclusión de todo ello es que ningún tipo de memoria es
despreciable, ni la explícita ni la implícita, pero es muy importante saber
cuándo y cómo conviene activar una u otra en el cerebro. Si queremos
aprender con eficacia, lo primero es establecer bien las características que
debe tener la memoria de lo que aprendamos. Hay cosas que queremos que,
una vez aprendidas, se recuerden siempre igual, con precisión, espontaneidad
y rapidez, como las palabras y frases de una nueva lengua o el guión de una
obra teatral. Pero otras queremos que puedan expresarse con flexibilidad y
versatilidad, en situaciones, modos y momentos diferentes. El que se forme
uno u otro tipo de memoria en el cerebro depende mucho de las instrucciones
que nos dan los maestros o las que damos a nosotros mismos a la hora de
aprender.
Si queremos formar una memoria rígida y precisa, hay que repetir,
practicar mucho, hasta conseguir el resultado pretendido, pues no existe otra
fórmula mejor. Es por ello por lo que una nueva lengua no puede aprenderse
con un par de clases semanales, en su mayoría de gramática. Hay que
practicarla mucho, sobre todo verbalmente, para conseguirlo. Lo bueno es que
una vez que se consigue cuesta mucho de olvidar. En cambio, si queremos
que lo aprendido pueda expresarse de modo flexible, como en el caso de un
texto de historia o biología, aquí el secreto no está tanto en practicar como en
razonar sobre ese texto, razonar para entenderlo y asimilarlo. Eso se consigue
con fórmulas como tratar de resumirlo, respondiendo a preguntas sobre el
mismo, comparando ese contenido con otros análogos o adoptando
sistemáticamente el procedimiento de detener de vez en cuando el estudio y
tratar de evocar lo aprendido hasta el momento, no tanto como método de
autoevaluación sino como refuerzo de la memoria, permitiéndonos además
descubrir las lagunas que aún tenemos sobre su contenido.
Este último procedimiento, el de evocar sistemáticamente con
regularidad lo ya aprendido, forma memorias muy robustas y supera en
eficacia incluso al también exitoso método consistente en estudiar haciendo
diagramas y esquemas conceptuales de lo que se aprende. A ello hay que
añadir que el aprender de modo distribuido, es decir, en varias sesiones,
produce siempre menos interferencias y mejores memorias que el aprendizaje
intensivo. Todo ello sin olvidar las evaluaciones o exámenes orales, pues son
el mejor modo de inducir procedimientos de estudio que generan esas
memorias flexibles y duraderas que queremos sean capaz de expresarse en
situaciones, modos y momentos diferentes.
Lo hasta aquí explicado deber complementarse con una buena
preparación del cerebro para aprender, una especie de fondo de armario
mental que debe incluir:
a) Una alimentación con pocas grasas saturadas, pues dificultan los
procesos bioquímicos que permiten formar las memorias.
b) Dormir lo suficiente y lo mejor posible, ya que el sueño antes y
después de aprender, como ya hemos explicado, facilita la
formación de memorias potentes y duraderas.
c) La práctica regular de ejercicio físico, pues hace que las neuronas
fabriquen sustancias químicas que facilitan las conexiones entre
ellas, necesarias para formar los circuitos que albergan las
memorias.
Las personas se diferencian en su capacidad de aprender, pero cuando el
aprendizaje tiene lugar de un modo correcto, es decir, como el cerebro sabe y
puede hacerlo, esas diferencias se reducen considerablemente. La clave del
fracaso o del éxito en el aprendizaje no está sólo en la inteligencia de quien
aprende, sino también, y muy importante, en el modo y en el momento en que
tiene lugar el aprendizaje. Es un hecho comprobado que una enseñanza
adecuada tiende a igualar el rendimiento de los sujetos que aprenden.
QUÉ ES LA INTELIGENCIA
En la vida real consideramos que una persona es inteligente cuando
razona con rapidez, seguridad y acierto, sabe muchas cosas, soluciona
problemas complejos, hace planteamientos originales y se expresa con
lenguaje correcto y fluido en la mayoría de las situaciones. Algunos asocian
también la inteligencia al hecho de que a la persona que consideramos
inteligente le vayan bien las cosas; sin embargo, eso ya no es tan frecuente,
porque ni a todas las personas inteligentes les van bien las cosas, ni es
necesario ser muy inteligente para vivir bien y disfrutar de bienestar. Desde
luego, eso no significa que la inteligencia no sea un valor positivo. En
realidad, ser inteligente es una de las mejores cosas que a uno le puede pasar
en la vida. Pero resulta obvio que el tipo de inteligencia que acabamos de
describir, aun siendo un lujo, no siempre garantiza el éxito y el bienestar de
las personas. En realidad, hay muchos tipos de inteligencia y no está de más
que los analicemos.
«Aprueba todo porque es muy inteligente.» «Resuelve rápidamente los
problemas de matemáticas porque es muy listo.» «Acierta siempre porque
tiene mucho talento.» Las anteriores son frases que podemos oír con cierta
frecuencia para atribuir inteligencia a las personas. Las que siguen a
continuación también se oyen, pero menos: «Aunque el teatro esté muy lleno
sabrá encontrar un asiento porque es muy listo». «Como es inteligente,
ordenará bien todo el género del almacén.» «Ya verás cómo, con su talento,
repara la cafetera.» Las que vienen a continuación son todavía más
infrecuentes: «Se lleva bien con sus amigos porque es muy inteligente». «Su
novio es guapo porque ella es muy lista.» «Resistió la tentación porque tiene
talento.»
A pesar de sus diferencias todas las frases anteriores expresan
reconocimiento de inteligencia, pero de diferentes tipos. Tanta distinción es
reflejo de que la inteligencia no es una cualidad objetiva que caracteriza a las
personas, como puedan serlo el peso o la talla, pues siempre depende del
criterio del observador. Por eso mismo, podemos establecer tantas
definiciones de ella como capacidades de todo tipo tenemos. La más común
es la que considera a la inteligencia como la capacidad de procesar
información mental con rapidez y eficacia, una definición atribuible sólo a las
personas, aunque quizá también, en alguna medida, a animales como los
bonobos, los delfines y los córvidos. Si queremos atribuir inteligencia a
animales menos evolucionados, como los reptiles o los peces, o incluso a
insectos y muchos invertebrados, tenemos que cambiar la definición anterior
y sustituirla por otra mucho menos específica, como la que considera que
inteligencia es la capacidad de cambiar el comportamiento para adaptarse a
los cambios que ocurren en el ambiente. De ese modo, si con el transcurrir del
día al lagarto le empieza a dar la sombra y se muda buscando el sol para
calentarse, diremos que es un animal con inteligencia.
Los test más conocidos, como el de Spearman o el de Wechsler, miden la
inteligencia general y dan como resultado un número, el coeficiente de
inteligencia, cuyo valor medio, es decir, el que más abunda en las personas, se
sitúa alrededor de cien. Esos test evalúan diferentes capacidades mentales,
entre ellas la inteligencia analítica, que es la que tienen las personas para
resolver problemas lógicos, como los que implican razonamiento numérico o
verbal, deducciones e inferencias. La analítica es el tipo de inteligencia
generalmente más reconocido, pues tiene una gran importancia práctica,
icónicamente reflejada en la capacidad de algunas personas para las
matemáticas, y bien justificada en un estudio que mostró que el número de
militares australianos de menos de cuarenta años muertos en accidentes de
tráfico fue de 146 por cada 10.000 con coeficientes de inteligencia entre 80 y
84, mientras que esa cifra descendió a 51 en los militares con coeficientes de
inteligencia superior a 115. La inteligencia analítica, por tanto, no sólo sirve
para las matemáticas, sirve también para salvar vidas.