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Published by Delenda Est, 2017-05-09 20:52:26

Pioneros De La Ciencia Ficcion Rusa vol I

Todo el drama de nuestra situación se presentó con

meridiana claridad ante mis ojos. Teníamos por delante


la tarea de atravesar de nuevo ese mismo Desierto

Maldito por el que pasé con Mstegá, sin tener tampoco

entonces la más mínima reserva de agua. No le dije


nada a Siata, pero debió entenderlo todo.



—No te asustes, cariño —dijo—, para mí ya está

claro que todo ha sido creado por voluntad de la Estrella.

Antes yo me reía de las supersticiones de nuestros

padres, pero ahora veo lo insensata que era. Permíteme


que dirija una petición a la Estrella.



Se puso de rodillas, orientando su rostro hacia la

Estrella Roja. Yo adopté la misma postura, a su lado, y

recé por primera vez en muchísimo tiempo. Y en el


profundo silencio del desierto, nuestra frágil

embarcación nos fue llevando hacia el desconocido

horizonte…



XXVI











Por la noche remaba guiándome por las estrellas. Al


amanecer me venció el agotamiento. Cuando desperté,



351

vi que Siata yacía sobre el fondo de la barca con los ojos

cerrados. Me incliné sobre ella asustado. Ella me miró y


sonrió débilmente.



—Estoy muy cansada, cariño —me dijo—, creo que

es la muerte.



Había recibido tantas impresiones en los últimos

días que estas palabras no podían asustarme. Apenas


algunas lágrimas brotaron de mis ojos. Pegué mis labios

a su mano.



No eran las privaciones ni las dificultades del viaje

lo que le estaba quitando la vida a Siata. El bochorno


tampoco era tan fuerte, ya que el aire estaba saturado de

vapor de agua. A mediodía conseguí atrapar un águila

que había sobrevivido a la inundación, pero que había

caído al agua. Eso nos salvó por un tiempo de morir de


hambre; pudimos incluso saciar la sed con su sangre

fresca. Pero Siata no quería comer ni beber. Un dolor

profundo la estaba consumiendo. Por el día continué


remando, siguiendo el rumbo que había emprendido la

noche anterior, pero estaba lejos de pensar que

estuviéramos navegando con el rumbo correcto. ¿Cómo

podía uno orientarse en este mar sin orillas?



La marea dejó de subir. El oleaje se calmó. A través




352

del agua aclarada era visible el fondo: la superficie

pétrea del desierto. La profundidad del nuevo mar no


superaba un arshín y medio. Podía llegar a tocar con el

remo el suelo salino. Todo el día Siata lo pasó tendida y

como desmayada. En varias ocasiones le humedecí los


labios con la sangre del ave, pero al desperezarse seguía

negándose a beber. Al atardecer parecía más despierta

y me llamó:



—¡Cariño mío! ¡Querido mío! Nos queda poco

tiempo para hablar. Me estoy muriendo.




—¡Siata! ¡No sigas! —dije compungido—. ¿De qué

sirve morir? ¿Es que no quieres ver mi tierra, a mis

hermanos?



—¡No insistas, cariño! Es un sueño irrealizable. Yo

no sería capaz de vivir sin mi país y después de haber


perecido mi pueblo. Ahora te confesaré muchas cosas

que yo misma no quería admitir. He soñado en vano con

otros mundos, cuando mi alma a pesar de todo seguía


ligada a éste. Yo sentía un gran amor por mi país, como

patria, como tierra natal. También siento un gran amor

por ti, Tolie, muy grande, como si fueras mi marido. Por

eso, dime una vez más que me amas, que no estabas


simplemente adulando a la que antes era reina de un





353

mundo ajeno a la Tierra. Dímelo, para que pueda morir

feliz.




Uní mis labios a sus manos y le dije en un susurro

que si la perdía, me quitaban algo más valioso que mi

propia vida.



Ella sonrió con su acostumbrada dulzura y añadió:



—No, tú no has sido el culpable de la caída de la


Montaña. La propia Estrella sirvió a los letiéi para

vengarse de los esclavos, y a los esclavos para hacer lo

propio con los letiéi. Esa misma Estrella fue la que te

envió hasta aquí, Tolie, para que yo pudiera


comprender y tú también me comprendieras a mí, tu

reina, tu Siata, y para que tú mismo pudieras renacer a

otra vida. No me olvides, yo te bendigo en tu nueva

vida.




—¡Siata! —grité descorazonado—. ¿Acaso puedo

concebir una vida sin ti? Hazlo por mí, por mi alma, no

te vayas, quédate conmigo.



Con lágrimas en los ojos besé sus gélidos dedos; ella

ya no podía hablar y apenas persistía en sus lívidos


labios una silenciosa sonrisa. Después alzó la mirada al

cielo vespertino, y su alma se alejó volando del mundo





354

terrestre que tanto la había agotado en vida.



En el mismo instante en que murió Siata, comprendí


la insondable hondura del amor que sentía por ella.

Inmediatamente, como el brillo de un relámpago, se

formaron en mi pensamiento dos imágenes diferentes:

mi «yo» antes de este amor y mi «yo» redimido por ese


mismo amor. Concluí que se trataba de dos personas

distintas. Sollozaba como un condenado y solo pensaba

en ser capaz de resucitarla, aunque fuera

temporalmente, siquiera por un momento, para


terminar de decirle todo lo que no había tenido tiempo

de expresarle en vida. Lleno de ira, maldecía los días y

horas perdidos, en los que habría podido trasmitirle


¡tantas cosas!



La idea de un futuro insufrible se abrió camino en

mi pensamiento. Con impulsiva decisión, tomé el que

para mí seguía siendo preciado cuerpo, me abracé a él

con un último beso y lentamente lo bajé por la borda.


Pronuncié una breve oración en ese lugar en medio de

la nada. A continuación, con un fuerte golpe de remo,

me alejé de allí.



Casi inmediatamente me sobrevino el


arrepentimiento y surgió en mí un ardiente deseo de





355

verla, besar al menos sus ya inertes manos, hablar con

ella. Me puse a remar hacia atrás, en medio de la


oscuridad que había traído la noche, busqué su cuerpo,

trabajé sin descanso con los remos, avancé hacia atrás y

hacia delante, observando concienzudamente las


oscurecidas aguas. Pero no estaba destinado a descubrir

mi preciada tumba.



Despuntó el sol y yo continuaba sumido en la

misma búsqueda sin sentido. No sabía hacia dónde me

había alejado, ni si llevaba mucho tiempo errante.


Entonces, en un nuevo arrebato de desesperación, arrojé

los remos a ese mar tranquilo e ingrato. Me tendí en el

fondo del bote, en el mismo lugar que antes había


ocupado Siata, besé las tablas sobre las que había estado

acostado su cuerpo. Se levantó un repentino viento que

hizo ondear mis cabellos, pero no le presté atención. Me


era indiferente adónde me llevara la embarcación.


Así pasó un día entero y llegó de nuevo la noche


precedida por los colores del crepúsculo, que

emergieron, fulguraron y se extinguieron. Tenía una

noción muy vaga del transcurso del tiempo. Me


encontraba de nuevo a merced de delirios y horribles

pesadillas, ya fueran repulsivas y martirizantes o bien

infinitamente dichosas, ya que en ellas aparecía mi reina




356

Siata, y entonces el resto del mundo ya no me importaba

en absoluto.




EPÍLOGO











El áspero y arrugado rostro de la negra anciana y

sus manos resecas fueron lo primero que vi cuando

desperté. Mi barca recaló arrastrada por el viento a

orillas del lago formado sobre el Desierto Maldito, hasta


encallar en la hierba. Me recogió un grupo nómada de

los bechuana. Se ocuparon de mí y me curaron como

pudieron. Durante muchos días estuve postrado en el


lecho con fiebre muy alta, y me despertaba tan débil que

apenas podía moverme. Los bondadosos bechuana me

alimentaron con carne seca y me daban de beber en


cáscaras de huevo de avestruz. Tardé dos semanas en

poder ponerme en pie y tuvo que pasar un mes para que

me viera con fuerzas para salir de los límites de la aldea.



Mi primer paseo fue en dirección a la Montaña de la

Estrella. El lago recién formado empezaba a retroceder


y en el lugar de la anterior estepa pedregosa crecía una

planicie recubierta de cieno, en la que brotaban ya





357

esporádicamente los primeros líquenes y una rala

pradera. Era evidente que con el tiempo surgiría una


zona esteparia que albergaría vida en ese lugar. Las

palmeras crecerían sobre la tumba de Siata. Forzando la

vista, observé la lejanía, pero la cónica silueta de la


Montaña ya no se perfilaba sobre el fondo del límpido

cielo matutino. Resistiéndome a apartar los ojos del

horizonte, me volví hacia un bosquecillo próximo. La


hierba parecía musitar a mi paso, y los papagayos

saltaban asustados de rama en rama. Se me ocurrió

pensar si mi mano seguiría siendo la misma. Llevaba

conmigo un arco bechuana, cuyo manejo dominaba en


otro tiempo. Tras apuntar, solté la cuerda, la flecha silbó

y el papagayo —como solía pasar— cayó de la rama a

orillas de un riachuelo. Con una amarga sonrisa, acudí

a retirar la pieza inútilmente abatida. ¡Sí! No había


cambiado tanto, solo que mi corazón había aprendido a

vivir y a sufrir.



Me agaché a recoger el animal y me vi reflejado en

el espejo del río. Mis largos cabellos seguían cayendo


desordenados sobre mi frente y cuello, pero ahora eran

plateados. Desde el riachuelo me observaba el rostro de

un hombre aún joven, pero con una cabeza ya

completamente cana.






358

Sonreí con más amargura si cabe. Mi vida anterior

había sido sepultada por esa nieve, y en la vida futura


no tenía fe. Cogí el papagayo muerto y eché a andar con

desgana hacia el kraal de mis amigos bechuana. No tenía

otro lugar al que ir.





































































359

La República de la Cruz del Sur

(1905)












Valeri Y. Briúsov






























































360

En los últimos tiempos han surgido toda una serie

de crónicas sobre la terrible catástrofe que ha azotado a


la República de la Cruz del Sur. Divergen notablemente

entre sí y relatan no pocos hechos puramente fantásticos

e inverosímiles. Al parecer, los que han redactado esas


notas se han mostrado demasiado crédulos respecto a

los testimonios de los supervivientes de la Ciudad de

las Estrellas, que como es sabido se vieron afectados por


un desorden psíquico. Por esta razón nos parece útil y

oportuno hacer aquí una compilación de todas las

declaraciones fiables de que disponemos hasta el

momento sobre la tragedia que ha tenido lugar en el


Polo Sur.



La República de la Cruz del Sur se creó hace

cuarenta años en torno a un consorcio de fábricas de

acero, situadas en las regiones del Polo Sur. En la


circular enviada por el nuevo Estado al gobierno

mundial, se declaraban sus pretensiones sobre todo el

territorio, tanto continental como insular, circunscrito

por el Círculo Polar Antártico, así como otras regiones


que quedaban fuera del mismo. Se manifestaba la

intención de adquirir esas tierras a los Estados que las

consideraban dentro de su protectorado. Las

pretensiones de la nueva república no encontraron






361

oposición entre las quince potencias del mundo.

Algunas cuestiones discutibles sobre algunos territorios


insulares que se encontraban más allá del Círculo Polar,

pero que mantenían estrechas relaciones con las

regiones del Polo Sur, requirieron tratados específicos.


Una vez cumplidas ciertas formalidades, la República

de la Cruz del Sur fue admitida en el seno de los Estados

mundiales y sus representantes fueron acreditados ante


los correspondientes gobiernos.


La principal ciudad de la República, bautizada con


el sobrenombre «de las Estrellas», estaba situada en el

mismo polo. En ese punto imaginario atravesado por el

eje terrestre y en el que se unen todos los meridianos, se


erigía el edificio del Ayuntamiento, cuyas afiladas

agujas se elevaban por encima de los tejados de la

ciudad apuntando al nadir celeste. Las calles de la


ciudad partían del Ayuntamiento siguiendo los

meridianos y éstas a su vez se cortaban con las que

seguían los paralelos en círculos concén‐tricos. La altura

y la fachada de todas las construcciones eran idénticas.


Los edificios no tenían ventanas, ya que estaban

iluminados interiormente con luz eléctrica. Las calles

estaban alumbradas de igual forma. Debido a los

rigores del clima, se había construido una cubierta






362

opaca sobre la ciudad, con potentes ventiladores que

renovaban el aire. Por estos lares del globo, solo


conocen un día al año, que se prolonga seis meses y una

sola y larga noche también de seis meses, pero las calles

de la Ciudad de las Estrellas estaban invariablemente


inundadas de una intensa y uniforme luminosidad.

Asimismo, durante todo el año se mantenía una

temperatura constante en ellas.



Según el último censo, el número de habitantes de

la Ciudad de las Estrellas alcanzaba los dos millones y


medio personas. El resto de la población de la República,

que se calculaba en cincuenta millones de residentes, se

concentraba en torno a los puertos y fábricas. Esos


puntos aglutinaban también a millones de personas y su

estructura recordaba a la Ciudad de las Estrellas.

Gracias al ingenioso aprovechamiento de la fuerza


eléctrica, las entradas a los puertos locales no cerraban

en todo el año. El ferrocarril eléctrico en suspensión

comunicaba los núcleos de población de la República,

transportando diariamente de una a otra ciudad a


decenas de miles de personas y toneladas de mercancías.

El interior del país estaba deshabitado. Ante las miradas

de los pasajeros por las ventanillas del vagón, solo

desfilaban monótonos de‐siertos completamente






363

blancos en invierno y cubiertos con la escasa hierba que

crecía en los tres meses estivales. Los animales salvajes


habían sido aniquilados hacía tiempo y el hombre

carecía de medios de subsistencia. Esto contrastaba

sobremanera con la bulliciosa vida de los centros


portuarios y fabriles. Para hacerse una idea de tal

actividad, basta decir que en los últimos años alrededor

de siete décimas partes del metal extraído en toda la


Tierra llegaba hasta las fábricas estatales de la República

para su procesamiento.



La Constitución de la República parecía grosso modo

la consecución de la soberanía popular llevada a su

extremo. Los únicos ciudadanos de pleno derecho eran


los trabajadores del metal, que suponían el 60% de la

población. Las fábricas eran propiedad del Estado. La

vida de los trabajadores de esos centros industriales se


veía no solo rodeada de todas las comodidades posibles,

sino incluso de un status de verdadero lujo. A su

disposición, aparte de magníficos locales y una refinada

mesa, contaban con diversas instituciones de cultura y


recreo: bibliotecas, museos, teatros, salas de conciertos,

instalaciones para todo tipo de deportes, etc. El número

de horas laborales por jornada era insignificante.



La educación y formación de los niños, la asistencia




364

jurídica y sanitaria, el mantenimiento de los diferentes

cultos religiosos… todo ello estaba a cargo del Estado.


Cubiertas y satisfechas ampliamente todas sus

necesidades, exigencias e incluso caprichos, los

trabajadores de las fábricas no percibían emolumento


pecuniario alguno, si bien las familias de los ciudadanos

que habían prestado veinte años de servicio en las

fábricas, así como los que concluían su edad laboral o


sufrían alguna incapacidad estando aún en activo,

recibían una generosa pensión de por vida, siempre y

cuando no abandonaran el territorio de la República.

Entre los propios trabajadores, se elegía por sufragio


universal a los representantes para la Cámara

Legislativa de la República, donde se dirimían todas las

cuestiones de la vida política del país, aunque sin

derecho a modificar sus leyes esenciales.




Sin embargo, esta apariencia democrática

enmascaraba una auténtica tiranía absolutista de los

miembros fundadores del trust. Cediendo a los demás

los escaños de diputados, se encargaban


invariablemente de llevar a sus propios candidatos

hasta los puestos de directores de las diferentes fábricas.

En manos de ese Consejo Directivo se concentraba la

actividad económica del país. Ellos eran los receptores






365

de todos los encargos y se ocupaban de distribuirlos

entre los centros, adquirían los materiales y la


maquinaria necesarios para el proceso productivo;

dirigían toda la administración de las fábricas. Por sus

manos pasaban enormes sumas de dinero, que se


contaban por miles de millones. La Cámara Legislativa

se limitaba a dar el visto bueno a los inventarios de

ingresos y gastos presentados por la dirección de las


fábricas, aunque el balance de esas cuentas sobrepasaba

con mucho el presupuesto general de la República. La

influencia del Consejo Directivo en las relaciones

internacionales era abrumadora. Sus decisiones podían


arruinar a países enteros. Los precios establecidos por

ellos determinaban los beneficios de la masa

trabajadora de todo el planeta. Por otra parte, aunque

de forma indirecta, el influjo del Consejo en los asuntos


internos de la República era decisivo. La Cámara Alta se

comportaba esencialmente como un sumiso brazo

ejecutor de la voluntad del Consejo. Para conservar todo


el poder en sus manos, el Consejo se veía obligado a ser

implacable con las normas que regulaban la vida del

país. Bajo la aparente libertad que disfrutaban los


ciudadanos, sus vidas eran controladas hasta el más

mínimo detalle. Los edificios de todas las ciudades de la

República habían sido construidos siguiendo el mismo




366

patrón, reflejado en las leyes. La decoración de todas las

viviendas a disposición de los trabajadores era, a pesar


de su lujo, rigurosamente idéntica. Todos recibían la

misma comida y a las mismas horas. La vestimenta

proporcionada por los almacenes estatales se elaboraba


con los mismos patrones durante decenas de años.

Después de una hora determinada, que era anunciada

desde el Ayuntamiento con una señal sonora, quedaba


prohibido salir de casa. Toda la prensa del país se

hallaba sometida a la más escrupulosa censura. Ningún

artículo que pudiera ir contra la dictadura del Consejo

podía ver la luz. Además, todo el país se mostraba tan


convencido de la buena voluntad de este régimen

dictatorial que hasta los tipógrafos se negaban a

componer los caracteres que pudieran formar parte de

una crítica a los mandatarios.




Las fábricas estaban plagadas de agentes del

Consejo. Ante cualquier posible brote de descontento,

los agentes se encargaban de organizar improvisados

mítines para arengar con acalorados discursos a los que


cuestionaban el poder. El argumento esgrimido no

podía ser otro que el hecho de ser ejemplo y blanco de

la envidia de todo el planeta, gracias al nivel de vida del

que gozaban los trabajadores de la República. También






367

se afirmaba que, en caso de reincidencia en las

agitaciones por parte de sujetos determinados, el


Consejo no descartaba la pena de muerte por motivos

políticos. En cualquier caso, desde que existía este

Estado, los ciudadanos nunca habían dado su voto a


ningún director que pudiera mostrar hostilidad a los

miembros fundadores.



La población de la Ciudad de las Estrellas se

componía predominantemente de trabajadores que ya

habían concluido su período de servicios. Eran lo que


podría denominarse rentistas del Estado. Los recursos

que recibían del gobierno les daban la posibilidad de

vivir holgadamente. No es extraño que la Ciudad de las


Estrellas fuera considerada una de las metrópolis más

animadas del globo.



Para los diferentes empresarios y fabricantes, la

ciudad era la gallina de los huevos de oro. Aquí se

encontraban las mejores óperas, conciertos,


exposiciones artísticas; se editaban los periódicos más

prestigiosos. Las tiendas de la Ciudad de las Estrellas

impresionaban por su variedad de géneros; los


restaurantes, por su lujo y su refinado servicio; los

prostíbulos ofrecían toda serie de libertinajes

inventados desde la Antigüedad hasta el presente. No




368

obstante, la regulación gubernamental de la vida

cotidiana se aplicaba igualmente en la Ciudad de las


Estrellas. Es cierto que tanto el mobiliario de las

viviendas como la moda en la forma de vestir no eran

nada modestos, pero seguía en vigor la prohibición de


salir después de cierta hora, la férrea censura y el

nutrido ejército de espías a cargo del Consejo. Una

milicia popular se encargaba de mantener el orden


oficialmente, pero junto a ella coexistía la omnipresente

policía secreta del Consejo.



Éste era a grandes rasgos el régimen de vida de la

República de la Cruz del Sur y su capital. La tarea del

futuro historiador será determinar hasta qué grado


influyó este orden de cosas en la aparición y difusión

del fatal foco epidémico que hizo sucumbir la Ciudad

de las Estrellas y quizá lo haga con la totalidad de este


joven Estado.


Los primeros episodios de la enfermedad de la


«contradicción» fueron detectados en la República hace

ya veinte años. Entonces la enfermedad tenía un

carácter ocasional y esporádico. Sin embargo, logró


atraer la atención de psiquiatras y neuropatólogos, que

llegaron a describirla con detalle. En el Congreso

Médico celebrado por entonces en Lhasa le fueron




369

dedicadas varias intervenciones. Más tarde parece que

cayó en el olvido, aunque en los hospitales psiquiátricos


de la Ciudad de las Estrellas nunca faltaron tales

pacientes. La enfermedad adquirió tal denominación,

porque los afectados por ella continuamente actúan de


forma contraria a sus propios deseos, queriendo una

cosa pero diciendo y haciendo otra. (El nombre

científico es mania contradicens.) Suele comenzar con una


débil sintomatología, principalmente en forma de

singular afasia. El enfermo dice «no» en vez de «sí»;

cuando quiere dirigir a alguien unas palabras

agradables, acaba cubriéndolo de improperios, etc. En


la mayor parte de estos enfermos aparecen

simultáneamente contradicciones de conducta: si tienen

la intención de ir a la izquierda, tuercen a la derecha; si

piensan alzarse el sombrero para ver mejor, se lo


encasquetan hasta las cejas, y así sucesivamente. Con la

progresión de la enfermedad, esas «contradicciones»

acaban adueñándose de la vida física y espiritual del


sujeto, y son innumerables las variantes de acuerdo con

las peculiaridades individuales de cada uno. En general,

el discurso del enfermo se hace ininteligible y su


conducta, disparatada. Se trastoca la regularidad de las

funciones fisiológicas. Siendo consciente de la

irracionalidad de su comportamiento, el enfermo llega




370

a una exaltación extrema, que a menudo desemboca en

un estado frenético. Muchos de ellos acaban


suicidándose, a veces en pleno ataque de locura, otras

—por el contrario— durante los únicos momentos de

lucidez. Algunos fallecen al producirse un derrame


cerebral. Casi siempre la enfermedad tiene un desenlace

fatal; los casos de recuperación son extremadamente

escasos.



A mediados del año en curso, la mania contradicens

adquirió carácter de epidemia en la Ciudad de las


Estrellas. Hasta ese momento, el número de enfermos

de «contradicción» nunca había superado el 2% del total

de pacientes. Pero esta proporción alcanzó en el mes de


mayo (otoño en la República) la cifra del 25% y fue

aumentando en los meses siguientes, al tiempo que

crecía con la misma celeridad el número total de


enfermos. A mediados de julio se reconoció

oficialmente que el 2% de la población total —es decir,

alrededor de 50.000 personas—, estaba afectado por la

«contradicción». No disponemos de más datos


estadísticos desde entonces. Los hospitales se saturaron.

El contingente de médicos disponibles se reveló a todas

luces insuficiente. Además, los propios facultativos y el

resto del personal sanitario empezaron a verse






371

sometidos a la misma enfermedad. En poco tiempo los

contagiados no tuvieron a quién acudir en busca de


asistencia médica, y resultó imposible llevar un registro

exacto de los progresos de la enfermedad. Por otra parte,

las declaraciones de todos los testigos coinciden en que


ya en el mes de julio no era posible encontrar una sola

familia en la que algún miembro no estuviera afectado.

Por añadidura, el número de personas sanas continuaba


reduciéndose irremediablemente, ya que se produjo

una emigración masiva desde la ciudad como si de un

lugar apestado se tratara; por tanto se extendió el

número de enfermos. Puede decirse que no andan


desencaminados los que opinan que, desde el mes de

agosto, todo aquel que había permanecido en la Ciudad

de las Estrellas había sido contagiado por ese trastorno

psíquico.




Los primeros casos de la epidemia se pueden

rastrear por los periódicos locales, que daban cuenta de

ello con grandes titulares: MANIA CONTRADICENS.

La dificultad de diagnosticar la enfermedad en su


estadio inicial hizo que la crónica de los primeros días

de la epidemia estuviera repleta de anécdotas

humorísticas. Un maquinista del metro, en lugar de

recibir el dinero de los pasajeros, les daba él mismo el






372

importe. Un agente de tráfico cuya obligación era

regular el movimiento en las calles estuvo todo el día


embarullándolo. Un visitante de un museo anduvo por

las salas descolgando todos los cuadros y volviéndolos

contra la pared. Un periódico que fue corregido a mano


por un revisor enfermo apareció lleno de divertidos

dislates. En un concierto, un violinista contagiado

rompió con estridentes disonancias la pieza que


interpretaba la orquesta, etc. Toda una serie de casos

similares servían de carnaza para los ingeniosos

desvaríos de los cronistas locales. Pero otra clase de

hechos muy diferente detuvo en seco el aluvión de


bromas. El primero de ellos consistió en que un doctor

infectado con la «contradicción» le recetó a una joven un

medicamento que habría de serle sin duda mortal, y

efectivamente la paciente falleció. Los periódicos


comentaron este suceso al menos durante tres días. Más

adelante, dos cuidadoras de una guardería municipal,

en pleno ataque de «contradicción», les rebanaron la


garganta a cuarenta y un niños. La noticia conmocionó

a toda la ciudad. Pero ese mismo día, por la tarde, dos

enfermos entraron en la casa cuartel de la policía,


sacaron a rastras una ametralladora y vaciaron todo el

cargador sobre la gente que estaba paseando

pacíficamente. Entre muertos y heridos, sumaron hasta




373

500 personas. Después de eso, tanto la prensa como la

sociedad entera fueron un clamor para exigir que se


adoptaran medidas inmediatas contra la epidemia. En

una sesión extraordinaria conjunta de las autoridades

de la ciudad y la Cámara Alta se decidió hacer un


llamamiento inmediato para que acudieran

profesionales de la medicina de otras ciudades y del

extranjero con el fin de ampliar los hospitales existentes


y abrir otros nuevos, mantener el orden para poder

aislar a los afectados por la «contradicción», imprimir y

difundir 500.000 folletos informativos sobre la

enfermedad, con indicación de sus síntomas y formas


de tratamiento, organizar en todas las calles patrullas de

guardia formadas por médicos y asistentes con acceso a

las viviendas privadas para ofrecer los primeros

auxilios, etc. También se decretó organizar convoyes de


trenes especiales exclusivamente para los enfermos, ya

que, según los médicos, trasladarlos era la mejor arma

contra la enfermedad. Medidas similares fueron


adoptadas paralelamente por diversas asociaciones

privadas, uniones y clubes. Incluso llegó a crearse

expresamente una Sociedad para la Lucha contra la


Epidemia, cuyos miembros mostraron un encomiable

espíritu de sacrificio en sus acciones. Pero a pesar de

que éstas y otras medidas añadidas se llevaban a cabo




374

con ímpetu inagotable, la epidemia, lejos de debilitarse,

se hacía más fuerte cada día, afectando por igual a niños


o ancianos, hombres o mujeres, gente que trabajaba o

que disfrutaba de su tiempo de ocio, tanto personas

discretas como de conducta licenciosa… Y pronto toda


la población se vio sumida en un repentino e

irrefrenable pánico, ante una catástrofe sin precedentes.



Comenzó el éxodo desde la Ciudad de las Estrellas.

Al principio solo algunas personas, especialmente entre

los cargos relevantes de la Administración, directores,


miembros del Parlamento y del Consejo Municipal, se

apresuraron a enviar a sus familias a las ciudades del

sur de Australia y la Patagonia. A ellos les siguió la


población forastera ocasional: ciudadanos extranjeros

que habían llegado deseosos de conocer «la ciudad más

alegre del hemisferio sur», artistas de todos los campos,


diferentes hombres de negocios, mujeres de costumbres

frívolas. Más tarde, ante el continuo avance de la

epidemia, huyeron también los comerciantes. Éstos

liquidaban a toda prisa sus mercancías o simplemente


abandonaban las tiendas a su suerte. Junto a ellos

también salieron despavoridos los banqueros, los

propietarios de teatros y restaurantes, los editores de

libros y prensa. Finalmente el fenómeno alcanzó a los






375

propios habitantes autóctonos.



Por ley, los extrabajadores pensionistas tenían


prohibida su salida de la República, salvo concesión

expresa de las autoridades gubernamentales, so pena de

perder su pensión. Pero nadie prestaba atención a esa

amenaza, con tal de salvar su vida. Y comenzaron


también las deserciones. Huían los funcionarios locales,

los miembros de las milicias populares, los celadores de

los hospitales, los farmacéuticos, los médicos. El

objetivo de la huida alcanzó también el grado de


«manía» en cierto modo. Escapaba todo el que podía.



Las estaciones del ferrocarril eléctrico se vieron

invadidas por ingentes multitudes. Los billetes de tren

se revendían por enormes sumas y se obtenían tras un


duro regateo. En el momento de arrancar el tren, se

subía a los vagones más gente, que después ya no estaba

dispuesta a ceder sus posiciones conseguidas en liza. La

masa detenía los trenes especialmente equipados para


transportar a los enfermos, sacaban a éstos de los

vagones, ocupaban sus catres y obligaban al maquinista

a reanudar la marcha. Todo el parque móvil de


ferrocarriles de la República, desde finales de mayo,

funcionaba únicamente al servicio de las líneas que

comunicaban la capital con los puertos. Los trenes




376

partían abarrotados de la Ciudad de las Estrellas: los

pasajeros ocupaban todos los pasillos de los vagones e


incluso se arriesgaban a ir sujetos por la parte exterior,

aunque, con la velocidad alcanzada en los modernos

raíles, suponía una amenaza de muerte por asfixia. Las


compañías navieras de Australia, Sudamérica y

Sudáfrica hacían una fortuna con el transporte de los

emigrantes de la República hacia otros países. Por el


contrario, a la Ciudad de las Estrellas los trenes iban casi

vacíos. Ningún sueldo parecía suficiente para que

alguien aceptara prestar sus servicios en la capital; solo

de vez en cuando se dirigían a la enloquecida ciudad


algunos turistas excéntricos, amantes de las emociones

fuertes.



Se calcula que desde el comienzo de la emigración

hasta el 22 de junio, fecha en que el tráfico ferroviario


dejó de funcionar con normalidad, a través de las seis

líneas disponibles salieron de la Ciudad de las Estrellas

un millón y medio de personas, es decir, casi dos tercios

de su población. El presidente del Consejo Municipal de


gobierno, Horace Divill, se hizo merecedor de la fama

eterna en aquellos momentos, por su espíritu de

iniciativa, su fuerza de voluntad y su valentía. En la

sesión extraordinaria del 5 de junio, el Consejo






377

Municipal, de acuerdo con el Parlamento y con el

Consejo de Dirección, otorgó a Divill un poder absoluto


sobre la ciudad con el cargo de «jefe», poniendo a su

disposición el presupuesto municipal, las milicias

populares y las instituciones públicas de la ciudad.


Seguidamente, las instituciones de gobierno y el

Archivo municipal fueron trasladados desde la Ciudad

de las Estrellas hasta el Puerto del Norte. El nombre de


Horace Divill debería ser grabado en letras de oro, como

uno de los mayores benefactores que haya dado jamás

la humanidad. Durante mes y medio luchó contra la

anarquía que cundió en la ciudad. Consiguió rodearse


de un grupo de colaboradores tan entregados como él.

Pudo mantener el mayor tiempo posible la disciplina y

obediencia entre la milicia y los funcionarios locales,

sumidos en el pánico ante la proporción de la catástrofe


y progresivamente diezmados por la epidemia. Cientos

de miles de personas deben su salvación a Horace Divill,

ya que pudieron escapar gracias a su energía y


capacidad de organización. A otros miles de

ciudadanos también los ayudó en sus últimos días,

dándoles la posibilidad de morir en un hospital,


cuidadosamente atendidos y no a manos de la masa

enajenada. Por último, Divill también legó a la

humanidad una estampa completa de todo el desastre,




378

ya que no se puede llamar de otra manera a los breves

pero intensos y precisos telegramas que enviaba cada


día desde la Ciudad de las Estrellas a la residencia

temporal del gobierno de la República, en el Puerto del

Norte.



La primera tarea que emprendió nada más tomar


posesión de su cargo como jefe de la ciudad fue la de

intentar tranquilizar la alarmada conciencia de los

residentes. Se editaron panfletos en los que se indicaba

que esta infección neurológica se transmitía con mayor


facilidad a los individuos de carácter exaltado, y se

hacía un llamamiento para que la gente sana y sensata

hiciera valer su autoridad sobre los pusilánimes e


inestables. Por otra parte, Divill se puso en contacto con

la Sociedad para la Lucha contra la Epidemia para hacer

una distribución de zonas entre todos sus miembros:


todos los lugares públicos, teatros, locales de reunión,

plazas, calles. En esos días no pasaba una hora sin que

se descubrieran nuevos casos. Aquí y allí se veían

sujetos o grupos de ellos cuya conducta mostraba a las


claras que no eran normales. La mayor parte de los

enfermos que eran conscientes de su situación sentían

imperiosos deseos de solicitar ayuda. Pero la influencia

de su trastorno psíquico convertía la expresión de ese






379

deseo en manifiesta hostilidad contra los que les

rodeaban. Los enfermos habrían querido correr a sus


casas o a los centros médicos, pero por el contrario

huían despavoridos hacia las afueras de la ciudad. Se les

ocurría la idea de pedir a alguien su intervención, pero


en lugar de eso agarraban por la garganta a los

viandantes que les salían al paso y los estrangulaban,

vapu‐leaban o en ocasiones los acuchillaban o herían


con palos. Por eso la gente, nada más ver a alguien

contagiado de «contradicción», echaba a correr. Era

entonces cuando actuaban los miembros de la Sociedad.

Unos se hacían con los enfermos, tranquilizándolos y


llevándolos al hospital más cercano; los demás

intentaban apaciguar a la gente y explicarle que no

corría ningún peligro, que se trataba tan solo de una

desgracia más, contra la que todos debían luchar en la


medida de lo posible.



En los teatros y asambleas, la repentina aparición de

los contagiados a menudo concluía con un trágico

de‐senlace. En la ópera, centenares de espectadores


sufrieron una locura colectiva por la enfermedad y, en

vez de expresar su admiración por los cantantes,

saltaron al escenario y los cubrieron literalmente de

golpes. En el Gran Teatro Dramático, un actor que se vio






380

afectado súbitamente y representaba un papel en el que

tenía que suicidarse decidió ponerse a disparar contra


el público. Se sobrentiende que el revólver no estaba

cargado pero, solo por la impresión causada entre los

espectadores, muchos comenzaron a notar síntomas de


la enfermedad, que ya se encontraba latente en ellos. En

medio de la confusión se desató un auténtico pánico,

acrecentado por las locuras que obligaba a hacer la


«contradicción», y como resultado perecieron varias

personas entre los asistentes. Pero el suceso más terrible

tuvo lugar en el Teatro de los Fuegos Artificiales. Un

destacamento de la milicia popular que había sido


enviado allí por razones de seguridad ante un posible

incendio, en un acceso de la enfermedad le prendió

fuego al escenario y al telón tras el que se preparaban

los efectos lumínicos. Entre las llamas y los


aplastamientos de la muchedumbre en su huida,

murieron más de 200 personas. Después de lo sucedido,

Horace Divill decretó el cierre de todos los teatros y


salas de espectáculos de la ciudad.



Un gran peligro que se cernía sobre los habitantes

de la localidad era el que representaban los ladrones y

saqueadores, que ante el caos generalizado encontraban

un amplio campo de acción para sus actividades. Se






381

aseguraba que algunos de ellos habían ido llegando

esos días a la ciudad, desde el extranjero. Unos


simulaban demencia, para evitar el castigo; otros no

veían necesario ocultar sus tropelías con simulaciones y

actuaban abiertamente. Una jauría de bandidos se


dedicaba a entrar con total descaro en las tiendas

abandonadas, y se llevaban los objetos más valiosos;

entraban también en las casas, obligando a sus


moradores a entregarles todo lo que fuera de oro;

abordaban a los transeúntes y les quitaban las cosas de

valor: relojes, anillos, pulseras… Los robos iban

acompañados de todo tipo de violencia, especialmente


la violación de las mujeres. Las autoridades enviaron

brigadas enteras de milicianos para luchar contra los

delincuentes, pero éstos no se amilanaban a la hora de

enfrentarse cuerpo a cuerpo. Hubo casos espeluznantes,


en los que, tanto entre los salteadores como entre los

policías, surgían sujetos infectados de «contradicción»

que dirigían sus armas contra su propio bando.



Al principio, el caudillo de la ciudad enviaba a los


detenidos fuera de los límites de ésta. Pero sucedía

entonces que otros ciudadanos los liberaban de los

vagones en que iban encerrados, para ocupar su lugar.

A partir de entonces el jefe del gobierno local se vio






382

obligado a condenar a muerte a los violadores y

bandidos callejeros. Y así, después de casi tres siglos de


interrupción, fue restaurada sobre la Tierra la pena de

muerte.



En junio empezó a notarse en la ciudad la escasez de

bienes de primera necesidad. No había suficientes


víveres ni medicamentos. El transporte ferroviario se

redujo y la producción se hallaba prácticamente

paralizada. Divill se encargó de organizar hornos

municipales y de distribuir pan y carne a todos los


habitantes. Se abrieron en la ciudad comedores públicos

a semejanza de los que había en las fábricas. No

obstante, era imposible encontrar personal suficiente


para trabajar en ellos. Los empleados voluntarios se

esforzaban hasta la extenuación, pero su número se

reducía continuamente. Los crematorios municipales


funcionaban todo el día, pero la cifra de cadáveres en

los depósitos no disminuía, sino todo lo contrario. Se

empezaron a recoger por las calles y en las casas. En las

empresas públicas de telégrafos, telefonía, alumbrado,


canalización y abastecimiento de agua, trabajaban cada

vez menos personas. Era admirable cómo el jefe Divill

estaba en todo, haciendo el seguimiento y dirigiendo

personalmente todas las acciones necesarias. Por sus






383

comunicados podría pensarse que no conocía la palabra

«descanso», y todos los que sobrevivieron coinciden en


que su labor fue más que encomiable.



A mediados de junio se empezó a notar la falta de

personal en los ferrocarriles. No había suficientes

maquinistas ni controladores para servir en los trenes.


El 17 de junio se produjo un primer descarrilamiento en

la línea suroeste, a causa de un trastorno súbito de

«contradicción» en el maquinista. En pleno ataque,

lanzó el tren desde una altura de 5 sázheny, estrellándolo


contra el campo helado. Casi todos los que viajaban en

el tren fallecieron o quedaron mutilados. La

información sobre este suceso, que llegó a la ciudad con


el siguiente tren, fue como el retumbar de un trueno. En

el acto se envió un convoy sanitario. En él se trajeron los

cadáveres y los cuerpos irreconocibles de los


agonizantes. Pero esa misma tarde se difundió la noticia

de una catástrofe similar en la línea 1. Las dos líneas que

comunicaban la Ciudad de las Estrellas con el resto del

mundo estaban inutilizadas. Desde la ciudad y el Puerto


del Norte se mandaron sendas brigadas de soldados

para intentar reparar las vías, pero el trabajo en esas

regiones durante los meses invernales era

prácticamente imposible. Esos dos accidentes fueron






384

solo un ejemplo de los que seguirían. Cuanto más celo

ponían los maquinistas en su trabajo, más probable era


que reprodujeran la conducta de sus predecesores en

caso de sufrir una crisis. Precisamente por su temor a

hacer descarrilar el tren, finalmente lo estrellaban. En


los cinco días comprendidos entre el 18 y el 22 de junio,

siete trenes repletos de viajeros se precipitaron al vacío.

Miles de personas encontraron la muerte en las heladas


estepas, por efecto de los traumas recibidos o del

hambre. Solo un puñado tuvo fuerzas para llegar hasta

la ciudad. Por si fuera poco, las seis autopistas que

comunicaban la metrópoli con el exterior también


habían quedado impracticables. La población urbana,

que alcanzaba en esos momentos las 600.000 almas,

quedó aislada de toda la humanidad. Durante un

tiempo únicamente mantuvieron la comunicación por


telégrafo.



El 24 de junio dejó de funcionar el suburbano por

falta material de recursos humanos. El 26 de junio cesó

el servicio telefónico. El 27 de junio ya habían cerrado


todas las farmacias, excepto una, la central. El 1 de julio,

la alcaldía emitió una orden para que todos los

habitantes se trasladaran al centro de la ciudad, dejando

totalmente despoblada la periferia, para facilitar el






385

mantenimiento del orden, la distribución de víveres y la

asistencia médica. La gente abandonó sus hogares para


instalarse en otros que a su vez habían dejado vacíos sus

propietarios. El sentido de la propiedad desapareció. A

nadie le daba pena dejar lo suyo, ni le parecía extraño


hacer uso de lo ajeno. Por otra parte, aún quedaban

merodeadores y bandidos, a los que a menudo se

tomaba por psicópatas, y que continuaban perpetrando


robos. Se estaban descubriendo en las casas

deshabitadas auténticos tesoros en joyas y oro junto a

los cuales yacía el cuerpo del ladrón en avanzado estado

de descomposición.



Es de notar que, a pesar de la cantidad de vidas


perdidas, la ciudad conservaba aún su configuración.

Aún podían encontrarse comerciantes que abrían sus

tiendas para vender —eso sí, a precios desorbitados—


mercancías en buen estado: golosinas, flores, libros,

armas… Los compradores no escatimaban a la hora de

pagar con un oro que ya veían inservible, mientras los

usureros lo escondían sin saber muy bien para qué.


Quedaban todavía tugurios clandestinos —juego, vino

y libertinaje—, adonde iban a parar pobres

desgraciados para huir de la cruda rea‐lidad. Allí se

mezclaban los enfermos con los sanos, y nadie se






386

molestó en hacer crónica alguna de las terribles escenas

que se vivieron en esos locales. Aún se publicaban dos


o tres periódicos, cuyos editoriales intentaban preservar

la importancia de la palabra escrita, en medio de aquel

desorden generalizado. Los ejemplares de esos diarios


se venden hoy a un precio diez o veinte veces superior

al que tenían entonces, y están llamados a convertirse

en auténticas rarezas bibliográficas. En aquellas


columnas, escritas en medio de la sinrazón reinante y

seleccionadas por tipógrafos al borde de la locura,

hallamos un reflejo tan espeluznante como realista de

todo lo que tuvo que padecer la desdichada ciudad.


Quedaban algunos reporteros que iban informando de

los «sucesos de la urbe», escritores que debatían

acaloradamente la situación y hasta cronistas de

sociedad que pretendían entretener en esos días


trágicos. Los telegramas recibidos desde otros países, en

los que se hablaba de una vida normal y saludable, no

hacían sino agravar la desesperación y congoja de los


lectores, abocados al abismo.



Todos hacían intentos desesperados por salvarse. A

principios de julio una ingente masa de hombres,

mujeres y niños, encabezados por un tal John Dew,

decidieron marchar a pie desde la ciudad hasta la






387

localidad más cercana, Liondontown. Divill era

consciente de la locura de semejante plan, pero no pudo


hacer nada por detenerlos, de modo que él mismo se

encargó de proporcionarles ropa de abrigo y víveres

para el camino. Toda esa multitud, unas 2000 personas,


pereció en los campos helados del Círculo Polar, en

medio de una negra e interminable noche de seis meses.

Otro llamado Whiting promovió una medida más


heroica. Pretendía exterminar a todos los enfermos,

suponiendo que con eso se acabaría con la epidemia.

Encontró no pocos seguidores; es más, en esos lúgubres

días hasta la proposición más inhumana y disparatada


que prometiera la salvación habría encontrado

partidarios.



Whiting y sus amigos corrían por toda la ciudad,

entraban a la fuerza en las casas y aniquilaban a los


enfermos. En los hospitales llevaban a cabo ejecuciones

masivas. En su delirio, mataban a todo aquel que

estuviera bajo sospecha de no estar completamente sano.

A estos asesinos ideólogos, pronto se unieron todo tipo


de psicópatas y saqueadores. La ciudad se convirtió en

un campo de batalla. En esos días tan difíciles, Horace

Divill reunió a un grupo de sus colaboradores, les

infundió ánimos y personalmente se puso al frente de la






388

lucha contra los seguidores de Whiting. La persecución

se prolongó varias jornadas. Cayeron centenares de


hombres, de uno y otro bando. Finalmente fue apresado

el propio Whiting. Se encontraba en la fase terminal de

mania contradicens y hubo que llevarlo no a prisión, sino


a un hospital, donde falleció al poco tiempo.



El 8 de julio la ciudad recibió uno de sus más duros

golpes. Los trabajadores que se encargaban de vigilar el

funcionamiento de la estación eléctrica sufrieron una

crisis de la enfermedad y destrozaron todas las


máquinas. La luz eléctrica desapareció y toda la ciudad,

todas las calles, todas las casas particulares se sumieron

en la más profunda oscuridad. Ya que la capital no


contaba con ningún otro tipo de abastecimiento de luz

y calefacción aparte del eléctrico, la población se vio en

una situación de total vulnerabilidad. Divill ya tenía


prevista, no obstante, esa amenaza y había preparado

almacenes aprovisionándolos de antorchas y

combustible. Se encendieron hogueras por todas las

calles. Se repartieron miles de antorchas entre los


ciudadanos. Pero esas exiguas luminarias apenas

podían alumbrar las principales arterias de la Ciudad

de las Estrellas, que, por sus dimensiones se extendía en

línea recta a lo largo de decenas de kilómetros, ni






389

tampoco las amenazantes siluetas de los rascacielos de

treinta pisos. Con la llegada de las tinieblas, se extinguió


el último ápice de disciplina. El terror y la locura se

apoderaron definitivamente de la población. Los sanos

ya no se distinguían de los enfermos. Se desencadenó


una orgía de todo lo abominable, en medio de la

desesperación de la gente.



Con increíble rapidez se produjo una pérdida

generalizada de los valores morales. La civilización,

como si fuera una delgada corteza formada durante


miles de años, se difuminó en un abrir y cerrar de ojos

y en el ser humano apareció el hombre salvaje, el

predador, tal y como vagaba por la Tierra cuando era


virgen. Se perdió toda noción de derecho: prevaleció el

valor de la fuerza. Para las mujeres, saciar su sed de

placer se convirtió en la única norma. Las más modestas


madres de familia empezaron a portarse como

prostitutas, yendo de mano en mano por propia

voluntad y hablando con un lenguaje obsceno propio de

las casas de citas. Las chicas corrían por las calles,


atrayendo a quienes quisieran hacer uso de su

virginidad; llevaban al elegido hasta el portal más

cercano, y se entregaban a él en cualquier cama sin

dueño conocido. Mujeres bebidas organizaban fiestas






390

en los sótanos saqueados, y no les preocupaba que por

el suelo hubiera cadáveres sin recoger.




Todo ello se agravaba progresivamente con la

aparición de más y más casos de la enfermedad

imperante. Pero lo más lamentable era la situación de

los niños, abandonados por sus padres en manos del


destino. Algunos eran violados por ominosos

depravados, otros sufrían torturas a manos de sádicos,

cuyo número había crecido repentina y

significativamente. Los niños morían de hambre en las


guarderías, de vergüenza y sufrimiento tras las

violaciones; los mataban tanto a propósito como por

falta de cuidado. Se asegura que surgieron monstruos


dedicados a cazar niños, con cuya carne pretendían

satisfacer los instintos caníbales que afloraban en su

interior.



En este último período de la tragedia, Horace Divill

no pudo, como es natural, ayudar a toda la población.


Habilitó el edificio del Ayuntamiento como refugio para

los que quedaban sanos. La entrada estaba protegida

con barricadas y permanentemente vigilada por agentes


de guardia. En su interior se almacenaban provisiones

de agua y comida para 3000 personas y cuarenta días,

pero solo se reunieron allí 1800 ciudadanos, hombres y




391

mujeres. Se sabía que en la ciudad aún quedaban

muchas personas no contaminadas, aunque no sabían


de la existencia del refugio y permanecían encerradas

en su casa. Muchos ni se atrevían a salir de ella y ahora

se estaban encontrando en las viviendas cadáveres de


gente que había muerto de hambre y en soledad. Era

admirable que entre los confinados en el Ayuntamiento

hubiera tan pocos casos de la denominada


«contradicción». Divill sabía mantener la disciplina en

su pequeña comunidad. Hasta el último día fue

anotando todo lo que sucedía en un cuaderno, y estas

notas, junto con los telegramas que enviaba, son la


mejor fuente de información con que contamos sobre la

catástrofe. La libreta se encontró escondida en un

armario del Consistorio, donde se guardaba otra serie

de valiosos documentos. La última anotación es del 20


de julio. Divill informa de cómo la turba enloquecida

intentaba asaltar el edificio y él se vio obligado a

repelerla con salvas de revólver.



«Qué esperanzas puedo tener —escribe Divill—, no


lo sé. Esperar ayuda antes de la primavera no es realista.

Y sobrevivir hasta entonces con las provisiones que

tengo a mi cargo es imposible. Lo que sé es que cumpliré

con mi deber hasta el final». Éstas fueron las últimas






392

palabras de Divill. ¡Nobles palabras!



Es de suponer que el 21 de julio la multitud tomó el


Ayuntamiento al asalto y que sus defensores fueron

asesinados o se dispersaron. El cuerpo de Divill no se ha

recu‐perado por el momento. No disponemos de

testimonios fiables sobre lo que sucedió después de


aquel 21 de julio. Por los restos que van apareciendo al

limpiar la ciudad, se deduce que la anarquía alcanzó su

último estadio. Podemos imaginar las calles en

penumbra, tenuemente iluminadas por el resplandor de


las hogueras formadas por muebles y libros apilados.

Conseguían hacer fuego a base de golpear objetos de

hierro con pedernal. En torno al fuego se divertía


salvajemente una sarta de locos y borrachos, que iban

pasándose todos el mismo vaso en rondas. Bebían

hombres y mujeres. Se veían escenas de auténtico


desenfreno animal. Ciertos oscuros y atávicos

sentimientos revivían en las almas de esos habitantes de

la gran urbe, que semidesnudos, sucios y desgreñados

ejecutaban a coro las danzas de sus más remotos


ancestros, contemporáneos del oso de las cavernas, y

coreaban los mismos cánticos primitivos de las hordas

que atacaban con hachas de piedra a los mamuts. A las

canciones, los discursos sin sentido y las estúpidas






393

risotadas se unían los sordos gritos propios de la locura

de los enfermos, que ya no eran capaces de expresar con


palabras ni siquiera sus delirantes visiones, y los

lamentos de los moribundos, que se retorcían de dolor

entre los cadáveres descompuestos. A veces las


canciones se convertían en reyertas: por un tonel de

vino, por una mujer bonita o simplemente sin motivo

alguno, en el paroxismo de la enfermedad que los


empujaba al sinsentido, a comportarse

contradiciéndose. Ya no había adónde huir: por todas

partes se sucedían las mismas imágenes espeluznantes,

orgías, riñas, diversión brutal y furia ciega; o por el


contrario, absoluta oscuridad, lo cual era aún más

aterrador, más insufrible para la desbocada

imaginación.



En esos días la Ciudad de las Estrellas era una


enorme caja negra, donde algunos miles de criaturas

pseudohumanas habían sido arrojadas al hedor de

cientos de miles de cadáveres putrefactos; un lugar

donde no quedaba nadie entre los vivos que fuera


realmente consciente de su situación. Una ciudad de

locos, un gigantesco manicomio, el más grande y

repulsivo Caos que haya conocido nunca la humanidad.

Y esos desquiciados se exterminaban unos a otros, se






394

rebanaban las gargantas con kinzhales, morían de pura

locura, de terror, morían de hambre y de todas las


enfermedades que impregnaban la enrarecida

atmósfera.



Era de suponer que el gobierno de la República no

se quedaría de brazos cruzados, como testigo mudo del


desastre que estaba asolando la capital. Pero pronto no

tuvo más remedio que perder toda esperanza de ofrecer

su ayuda. Los médicos, las hermanas de la caridad, los

miembros del ejército y los empleados públicos en


general se negaban rotundamente a viajar a la Ciudad

de las Estrellas. Una vez se interrumpieron los trayectos

a través de las vías férreas eléctricas, la conexión directa


con la ciudad se esfumó, ya que la severidad del clima

local no permitía otro tipo de comunicación. Por

añadidura, toda la atención del gobierno se centró en los


casos de «contradicción» que empezaban a aflorar en

otras ciudades de la República. En algunas de ellas, la

enfermedad también amenazaba con adquirir carácter

de epidemia y comenzaba a cundir el pánico al recordar


los sucesos de la metrópoli. Eso condujo a una

emigración generalizada desde todos los puntos de la

República. Se paralizó la producción en todas las

fábricas y se estancó toda la actividad industrial del país.






395

Sin embargo, gracias a las decisivas medidas tomadas

justo a tiempo, se logró frenar la epidemia en las demás


ciudades y en ninguna parte llegó a alcanzar las

proporciones de la capital.



Se sabe de la enorme atención y alarma con que el

resto del mundo siguió la situación en la joven


República. Al principio nadie imaginaba las

desmesuradas dimensiones que alcanzaría la tragedia y

el sentimiento predominante era la curiosidad. Los

principales periódicos de diferentes países (incluido


nuestro Noticiario Vespertino de Europa del Norte)

enviaron corresponsales especiales a la Ciudad de las

Estrellas, para informar del curso de los


acontecimientos en lo relativo a la epidemia. Muchos de

esos intrépidos caballeros de la pluma se convirtieron

en víctimas de sus obligaciones profesionales. Cuando


las noticias que llegaban empezaron a adquirir un cariz

amenazante, los gobiernos de numerosos países, así

como distintas asociaciones privadas, ofrecieron sus

servicios al gobierno de la República. Unos propusieron


enviar destacamentos del ejército, otros organizaban

equipos médicos para desplazarse a la ciudad y también

los había que efectuaban donaciones para colaborar,

pero los acontecimientos se sucedían con tal






396

precipitación que la mayor parte de estas iniciativas no

pudieron llevarse a cabo. Después de la interrupción de


las comunicaciones ferroviarias, la única fuente

testimonial de la vida en la Ciudad de las Estrellas eran

los telegramas del nombrado jefe de la localidad. Estos


mensajes se enviaban simultáneamente a todos los

confines del globo y se difundían por millones de

ejemplares. Después del apagón eléctrico, el telégrafo


aún continuó funcionando varios días, ya que las

estaciones telegráficas disponían de generadores. El

motivo exacto del cese total de las comunicaciones

telegráficas se desconoce; quizá los aparatos fueron


estropeados adrede. El último telegrama de Horace

Divill data del 27 de junio. Desde ese día y durante el

mes y medio siguiente, todo el planeta se quedó sin

noticias de la República.




A finales de agosto llegó hasta la Ciudad de las

Estrellas el aeronauta Thomas Billy en su máquina

voladora. Pudo rescatar de una de las azoteas de la

ciudad a dos personas, medio muertas de frío y hambre,


que parecían haber perdido el juicio hacía tiempo. A

través de las turbinas, Billy veía las calles sumidas en la

más impenetrable oscuridad, y oía gritos desgarradores

que indicaban la presencia de seres aún vivos. No se






397

decidió a tomar tierra.



A principios de septiembre se consiguió restablecer


el tráfico de una de las líneas férreas eléctricas, hasta la

estación de Lissis, a 150 km de la capital. Un grupo de

hombres bien pertrechados, con víveres y medios para

proporcionar los primeros auxilios, entró en la ciudad


por la Puerta Noroeste. Sin embargo, la avanzadilla no

pudo ir más allá de las primeras manzanas, por la

pestilencia que impregnaba el aire. Se veían obligados a

avanzar paso a paso, limpiando las calles de cadáveres


y purificando el aire por medios artificiales. Todas las

personas que iban encontrando vivas habían

enloquecido. Por su ferocidad, parecían animales


salvajes, y solo era posible capturarlas por la fuerza.

Finalmente, a mediados de septiembre consiguieron

enviar un mensaje inteligible desde la Ciudad de las


Estrellas y empezaron a restaurar sistemáticamente

todas las comunicaciones.



Actualmente, la mayor parte de la ciudad se halla

limpia de despojos humanos. La luz y la calefacción han

sido restablecidas. Siguen deshabitadas únicamente las


manzanas del barrio americano, aunque se cree que no

queda nadie vivo en él. Se han podido salvar hasta

10.000 personas, si bien la mayor parte de ellas se ve




398

afectada por desórdenes psíquicos incurables. Los que

a duras penas van recobrando la salud son muy reacios


a hablar de lo que vivieron en esos días trágicos.

Además, sus relatos se muestran repletos de

contrasentidos y a menudo no están confirmados


documentalmente. Se han encontrado en diferentes

puntos ejemplares de diarios publicados en la ciudad

hasta finales de julio. El último hasta la fecha pertenece


al 22 de julio, incluía una referencia a la muerte de

Horace Divill y hacía un llamamiento para volver a

tomar el Ayuntamiento a modo de refugio. A decir

verdad, aparecieron unas páginas fechadas en agosto,


pero por su contenido es inevitable tomar a su autor

(que a todas luces narraba sus propios desvaríos) por un

individuo totalmente enajenado. En el Consistorio

apareció el diario de Horace Divill en el que da cuenta


del panorama en las tres semanas que iban del 28 de

junio al 20 de julio. Por los macabros hallazgos en las

calles de la ciudad y en el interior de las viviendas, se


puede tener una clara idea de la brutalidad de los actos

cometidos en los últimos días. Por todas partes cuerpos

horriblemente mutilados: gente que había perecido por


hambre, personas estranguladas y torturadas, víctimas

de los dementes en pleno acceso frenético y finalmente

cadáveres que habían sido parcialmente devorados. Los




399

restos aparecen en los lugares más inesperados: en los

túneles del metro, en el sistema de canalización, en las


despensas, en las calderas. Por todas partes la gente

buscaba enloquecida la salvación ante el horror

circundante. El interior de casi todas las casas se


encontraba destruido, y muchos enseres que no habrían

tenido valor alguno para los ladrones aparecían en

cuartos ocultos o en sótanos.



Sin duda, habrán de pasar aún varios meses antes

de que la Ciudad de las Estrellas sea de nuevo habitable.


Por el momento, en una ciudad que podría albergar

3.000.000 de almas, viven de momento 30.000

trabajadores ocupados en la limpieza de calles y casas.


Por otra parte, han regresado algunos antiguos vecinos,

en busca de los cuerpos de sus amigos y familiares, y de

lo poco que queda de sus bienes tras la destrucción y el


saqueo. También han llegado algunos turistas atraídos

por el insólito espectáculo de una ciudad deshabitada.

Dos empresarios han abierto ya sendos hoteles, con

bastante éxito de clientela. Próximamente se abrirá un


café de variedades, para cuyas actuaciones ya se ha

seleccionado una troupe.



El Noticiario Vespertino de Europa del Norte, por su

parte, ha enviado a la ciudad un nuevo corresponsal, el




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