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Published by Delenda Est, 2017-08-04 12:28:03

El Zoo De Papel Y Otros Relatos - Ken Liu

perseguía el pasado. Es posible que también se sintiera


desanimado porque, sin pretenderlo, su trabajo había

reforzado a aquellos que niegan esos hechos del pasado.

Al intentar poner fin a la controversia histórica, solo


había conseguido provocar más controversia. Al

intentar que las víctimas de una gran injusticia pudieran

hacerse oír, solo había conseguido silenciar para

siempre a algunas de ellas.



[La doctora Kirino nos habla desde delante de la tumba de


Evan Wei. Iluminada por el brillante sol de mayo de Nueva

Inglaterra, las sombras oscuras bajo sus ojos la hacen parecer

mayor y más frágil.]











Akemi Kirino:







Solo tuve un secreto que no le conté a Evan. Bueno,


en realidad dos.



El primero es mi abuelo. Murió antes de que Evan y

yo nos conociéramos. Nunca llevé a Evan a visitar su

tumba, que está en California. Solo le dije que era un


asunto que no quería compartir con él, y nunca le llegué

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a decir su nombre.




El segundo es un viaje que realicé al pasado, el único

que hice en persona. Estábamos en Pingfang y viajé al 9

de julio de 1941. Conocía el trazado del lugar bastante

bien por las descripciones y los mapas, así que evité las

celdas y los laboratorios y me dirigí al edificio que


albergaba el centro de mando.



Busqué hasta que di con el despacho del director del

departamento de Estudios Patológicos. El director

estaba dentro. Era un hombre muy apuesto: alto,


esbelto, con la espalda bien derecha. Estaba escribiendo

una carta. Yo sabía que tenía treinta y dos años, mi

misma edad por aquel entonces.



Miré la carta por encima de su hombro. Tenía una


hermosa caligrafía.



Por fin me he adaptado a mi rutina de trabajo y las

cosas están yendo bien. Manchukuo es un sitio precioso.

Los campos de sorgo se extienden hasta donde alcanza

la vista, como el océano. Los vendedores callejeros


preparan con soja fresca un tofu estupendo, que huele

que alimenta. No está tan bueno como el tofu japonés,

pero en cualquier caso está muy bueno.



Te gustará Harbin. Ahora que los rusos se han


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marchado, las calles de Harbin son un armonioso


revoltijo de las cinco razas: chinos, manchúes, mongoles

y coreanos inclinan la cabeza cuando nuestros queridos

colonos y soldados japoneses pasan por su lado,


agradecidos por la libertad y riqueza que hemos traído

a esta hermosa tierra. Hemos tardado una década en

pacificar este lugar y en eliminar a los bandidos

comunistas, que ahora ya no son más que una molestia


esporádica e insignificante. La mayoría de los chinos

son muy dóciles e inofensivos.



Pero en lo único en que en realidad puedo pensar

estos días cuando no estoy trabajando es en ti y en


Naoko. Si tú y yo estamos separados es por ella. Es por

su bien y por el de su generación por lo que estamos

haciendo estos sacrificios. Me da pena perderme su

primer cumpleaños, pero mi corazón se llena de alegría


cuando veo cómo la Esfera de Coprosperidad de la Gran

Asia Oriental florece en este remoto aunque fértil lugar.

Aquí se siente de verdad que nuestro Japón es la luz de

Asia, su salvación.




No te desanimes, amor mío, y sonríe. Gracias a

todos nuestros sacrificios llegará un día en que Naoko y

sus hijos verán cómo Asia ocupa el lugar que le

corresponde en el mundo, libre del yugo de todos esos




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ladrones y asesinos europeos que están pisoteándola y


profanando su belleza. Cuando por fin expulsemos a los

británicos de Hong Kong y Singapur, lo celebraremos

juntos.



Sorgo, mar rojo







bol de soja fragante







verte a ti solo








y a ella, mi tesoro







si estuvierais aquí…







No era la primera vez que leía esa carta. La había

visto una vez antes, de pequeña. Era una de las

posesiones más queridas de mi madre, y recuerdo que

le pedí que me explicara todos esos caracteres medio


borrados.




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«Estaba muy orgulloso de sus conocimientos sobre


literatura —me había dicho mi madre—. Siempre

cerraba sus cartas con un tanka.»



Por aquel entonces, mi abuelo ya hacía tiempo que

había iniciado su largo descenso hacia la demencia.

Solía confundirme con mi madre y me llamaba por su


nombre. También me enseñaba a hacer animales de

origami. Tenía los dedos muy ágiles: el legado de su

época como excelente cirujano.



Observé a mi abuelo terminar la carta y doblarla. Lo


seguí cuando salió del despacho para ir a su laboratorio.

Se estaba preparando para un experimento y tenía el

cuaderno y los instrumentos colocados ordenadamente

sobre la mesa de trabajo.




Llamó a uno de los auxiliares sanitarios y le pidió

que trajera algo para el experimento. Unos diez minutos

después el ayudante regresó con una bandeja con una

masa sanguinolenta, que recordaba a un guiso de


humeante tofu. Se trataba de un cerebro humano, que

hasta tal punto todavía mantenía el calor del cuerpo del

que había sido extraído, que se veía salir vapor del

mismo.




«Muy bien —dijo mi abuelo asintiendo con la



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cabeza—. Es muy reciente. Servirá.»




Akemi Kirino:







Ha habido momentos en los que he deseado que

Evan no fuera chino, igual que ha habido momentos en

los que he deseado no ser japonesa. Pero son momentos

de debilidad pasajera, no algo que sienta de verdad.


Nacemos en medio de fuertes corrientes de la historia,

y nuestro destino es nadar o hundirnos, no quejarnos de

nuestra suerte.



Desde que tengo la nacionalidad estadounidense, la


gente me dice que de lo que se trata en este país es de

dejar atrás tu pasado. Eso es algo que nunca he

entendido. Es tan imposible dejar atrás tu pasado como

mudar de piel.



Esa compulsión por ahondar en el pasado, por


hablar en nombre de los muertos, por recuperar sus

historias… eso es parte de lo que era Evan, y yo lo

amaba por eso. De igual modo, mi abuelo es parte de lo


que soy, y lo que él hizo lo hizo por el bien de mi madre,

del mío y del de mis hijos. Soy responsable de sus

pecados, de igual manera que me enorgullezco de

heredar la tradición de un gran pueblo, un pueblo que


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en la época de mi abuelo perpetró una gran atrocidad.




En una época extraordinaria, mi abuelo se enfrentó

a decisiones extraordinarias, y es posible que para

algunos esto signifique que no podemos juzgarle. Pero

¿cómo vamos a poder juzgar a nadie de no ser en las

circunstancias más extraordinarias? Es fácil


comportarse civilizadamente y mostrar una pátina de

orden en los momentos de tranquilidad, pero nuestro

verdadero carácter solo emerge en las dificultades y


bajo una presión extrema: ¿será un diamante o tan solo

un pedazo del carbón más negro?



No obstante, mi abuelo no era un monstruo. Era

simplemente un hombre de coraje moral ordinario cuya

capacidad para un mal terrible fue revelada para su


eterna vergüenza y para la mía. Al calificarlo de

monstruo, damos a entender que es alguien de otro

planeta, alguien que no tiene nada que ver con nosotros.


Si así lo hacemos, cortamos los vínculos del afecto y del

miedo y garantizamos nuestra propia seguridad, pero

entonces ni se aprende ni se gana nada. Es fácil, pero es


de cobardes. Ahora sé que únicamente si nos

identificamos con un hombre como mi abuelo podemos

comprender en toda su profundidad el sufrimiento que

causó. No hay monstruos. El monstruo está en nosotros.




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¿Por qué no le conté a Evan lo de mi abuelo? No lo


sé. Supongo que porque fui cobarde. Me daba miedo

que pudiera pensar que en mí había algo impuro, que la

sangre de mi familia estaba contaminada. Como


entonces yo no era capaz de encontrar la manera de

sentir empatía hacia mi abuelo, tenía miedo de que

Evan pudiera no sentirla hacia mí. Me guardé para mí

la historia de mi abuelo, puse a buen recaudo lejos de


mi marido una parte de mí misma. A veces pensaba que

me llevaría el secreto a la tumba, y de ese modo la

historia de mi abuelo quedaría borrada para siempre.



Y ahora que Evan está muerto, me arrepiento de


ello. Se merecía haber conocido a su esposa en su

integridad, al completo, debería haberle confiado, en

lugar de ocultársela, la historia de mi abuelo, que

también es mi historia. Evan murió creyendo que


sacando a la luz más historias lo que había conseguido

era que la gente dudara de la veracidad de las mismas.

Pero se equivocaba. La verdad no es algo delicado y no

sufre cuando es negada… la verdad solo muere cuando


las historias verdaderas no llegan a ser contadas.



Esta necesidad de hablar, de contar la historia, es

algo que comparto con los antiguos miembros del

Escuadrón 731, ahora ancianos y moribundos; con los




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descendientes de las víctimas, y con todos los horrores


de la historia que no han sido narrados. El silencio de

las víctimas del pasado nos impone en el presente la

obligación de recuperar sus voces, y si asumimos esta


obligación de manera voluntaria seremos mucho más

libres.



[La voz de la doctora Kirino nos llega desde fuera de la

imagen, mientras la cámara se desplaza hacia el cielo

sembrado de estrellas.]







Ya han pasado diez años desde la muerte de Evan,


y el Acuerdo de Suspensión Integral de los Viajes en el

Tiempo sigue en vigor. Seguimos sin saber bien qué

hacer con una pasado que es transparentemente


accesible, un pasado que no será silenciado ni olvidado.

Por el momento, seguimos indecisos.



Evan murió pensando que había sacrificado la

memoria de las víctimas del Escuadrón 731 y que había

borrado de manera permanente los rastros que su


verdad había dejado en nuestro mundo, y todo ello para

nada, pero estaba equivocado. Se olvidaba de que

incluso aunque las partículas Bohm‐Kirino hayan


desaparecido, los fotones con las imágenes de esos



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momentos de insoportable sufrimiento y callado


heroísmo siguen estando ahí, viajando como una esfera

de luz, adentrándose en el vacío del espacio.



Al levantar la mirada hacia las estrellas, nos

bombardea la luz generada el día en que la última

víctima de Pingfang murió, el día en que el último tren


llegó a Auschwitz, el día en que el último cheroqui

abandonó Georgia. Y sabemos que los habitantes de

esos mundos lejanos, si están mirando, con el tiempo


llegarán a ver esos instantes, mientras viajan a la

velocidad de la luz de aquí hacia allá. Es imposible

capturar todos esos fotones, borrar todas esas imágenes.


Son nuestro archivo permanente, el testimonio de

nuestra existencia, la historia que narramos al futuro. En

todo momento, mientras caminamos sobre este planeta,

somos observados y juzgados por los ojos del universo.



Durante demasiado tiempo, los historiadores, y


también todos nosotros, hemos estado explotando a los

muertos. Pero el pasado no está muerto. Vive con

nosotros. Vayamos a donde vayamos, nos bombardean


los campos de partículas Bohm‐Kirino que nos van a

permitir ver el pasado como si estuviéramos mirando

por una ventana. El sufrimiento de los muertos nos

acompaña, oímos sus alaridos y caminamos entre sus




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fantasmas. No podemos apartar los ojos ni taparnos los


oídos. Debemos dar testimonio y hablar en nombre de

aquellos que no pueden hablar. Y solo contamos con

una oportunidad para que nos salga bien.



NOTAS DEL AUTOR: Esta historia está dedicada a

la memoria de Iris Chang y a la de todas las víctimas del


Escuadrón 731.



La idea de escribir un relato con forma de

documental se me ocurrió tras leer «¿Te gusta lo que

ves? (Documental)», de Ted Chiang.



Durante la investigación para esta historia he


consultado las fuentes que enumero a continuación y

que me han resultado de gran utilidad, por lo que deseo

dejar constancia aquí de mi agradecimiento a sus


autores; no obstante, cualquier error relacionado con los

hechos y la interpretación de los mismos es enteramente

de mi responsabilidad.



Para la expresión «explotadores de los muertos» y

la historia del período Heian y del Japón premoderno:




Totman, Conrad. A History of Japan, 2.ª ed., Malden

(Massachusetts), Blackwell Publishing, 2005.



Para la historia del Escuadrón 731 y de los



861

experimentos realizados por sus miembros:




Gold, Hal, Unit 731 Testimony, Tokio, Tuttle

Publishing, 1996.



Harris, Sheldon H. Factories of Death: Japanese

Biological Warfare 1932‐45 and the American Cover‐Up,

Nueva York, Routledge, 1994.



(Y también he consultado otros numerosos análisis,


entrevistas y artículos de periódicos y revistas. Entre sus

autores se incluyen los siguientes: Keiichi Tsuneishi,

Doug Struck, Christopher Reed, Richard Lloyd Parry,

Christopher Hudson, Mark Simkin, Frederick


Dickinson, John Dower, Tawara Yoshifumi, Yuki

Tanaka, Takashi Tsuchiya, Tien‐wei Wu, Shane Green,

Friedrich Frischknecht, Nicholas Kristof, Jun Hongo,


Richard James Havis, Edward Cody y Judith Miller. Mi

agradecimiento a todos ellos, aunque lamento que por

motivos de espacio todas estas fuentes no puedan

aparecer aquí enumeradas de manera individual).



Para las descripciones de las vivisecciones y de las


sesiones de prácticas quirúrgicas que llevaban a cabo los

médicos japoneses utilizando como víctimas a chinos

vivos, del trato que recibieron como prisioneros


después de la guerra y de la postura del Japón de la



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posguerra ante las memorias de la misma:




Noda, Masaaki, «Japanese Atrocities in the Pacific

War: One Army Surgeon’s Account of Vivisection on

Human Subjects in China», East Asia: An International

Quarterly, 18:3 (2000), 49‐91.



Me gustaría mencionar que, de acuerdo con los


testimonios y otros documentos, cuando los doctores

japoneses del Escuadrón 731 infectaban a sus víctimas

acostumbraban a utilizar trajes protectores para evitar

la posibilidad de que algún prisionero que se resistiera


pudiera infectarles durante el forcejeo.



Determinados aspectos de los recuerdos de la época

posterior al Escuadrón 731 de Shiro Yamagata están

inspirados por las experiencias de Ken Yuasa (un


médico militar japonés que nunca fue miembro del

Escuadrón 731), que aparecen en el artículo de Masaaki

Noda.



El obituario de Evan Wei está escrito a partir del de

Iris Chang que fue publicado en The Economist el 25 de


noviembre de 2004.



La vista de la Subcomisión para Asia, el Pacífico y el

Medio Ambiente Mundial se basa en la que tuvo lugar

el 15 de febrero de 2007 ante dicha subcomisión en


863

relación a la Resolución 121 de la Cámara de


Representantes de Estados Unidos, relativa a las

mujeres que fueron utilizadas por Japón durante la

guerra como esclavas sexuales (conocidas como


«mujeres de solaz»).


Austin Yoder me proporcionó fotografías de


Pingfang, Harbin y del Museo de Crímenes de Guerra

del Escuadrón 731 tal como están hoy en día.



Las diversas declaraciones negando lo sucedido

atribuidas a la gente de la calle se basan en comentarios


aparecidos en los foros de internet y en comunicaciones

directas del autor con personas que mantienen tales

opiniones.







































864

[*] N. de la T.: Gook en el original. Este término inglés,


cuya pronunciación es aproximadamente/guk/, es

utilizado para referirse despectivamente a los asiáticos,

y va a tener importancia más adelante en el relato. <<



[**] N. de la T.: «Rule Britannia! Rule the waves.»,

versos de la canción patriótica británica Rule, Britannia!,


basada en el poema del mismo título, del escocés James

Thomson. <<

























































865

[*] Sobre la fotografía, de Susan Sontag, ed.


DEBOLS!LLO, traducción de Carlos Gardini. <<














































































866

[*] N. de la T.: El término inglés john se utiliza


coloquialmente para referirse a los clientes de las

prostitutas. <<











































































867

[*] El paraíso perdido, de John Milton (Espasa‐Calpe


1980), traducción de Dionisio Sanjuán. <<














































































868

[*] N. de la T: Finnegan’s Wake, canción tradicional


irlandesa. <<



[**] Nota del autor: Los chinos suponían un 28,5 % de

la población de Idaho en 1870. <<



[***] Nota del autor: Para más información sobre la

historia de los chinos durante la fiebre del oro en Idaho,


véase Zhu, Liping. A Chinaman’s Chance: The Chinese on

the Rocky Mountain Mining Frontier, Boulder: University

Press of Colorado, 1997. <<




















































869

[*] Nota del autor: El Tratado Naval de Washington


de 1922 había fijado la ratio de grandes buques de

guerra entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón en

5: 5: 3, que fue la que Japón consiguió que se ajustara en


1930. <<



[**] Nota del autor: El gobierno alemán también lanzó

un gran suspiro de alivio cuando su país fue autorizado

a rearmarse. El severo Tratado de Versalles, en

particular los artículos sobre la neutralización de


Alemania, había provocado gran indignación en

muchos germanos, y algunos se habían unido al

llamado Partido Nacional Socialista Alemán, un grupo


de matones que desfilaban al paso de la oca y que tenían

atemorizado a todo el mundo, gobierno incluido. Al

abolirse esas disposiciones del tratado, los matones

perdieron sus apoyos en las siguientes elecciones de


1930 y se disolvieron. Y mira por donde que ahora son

literalmente una nota a pie de página de la historia,

como esta. <<





















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