perseguía el pasado. Es posible que también se sintiera
desanimado porque, sin pretenderlo, su trabajo había
reforzado a aquellos que niegan esos hechos del pasado.
Al intentar poner fin a la controversia histórica, solo
había conseguido provocar más controversia. Al
intentar que las víctimas de una gran injusticia pudieran
hacerse oír, solo había conseguido silenciar para
siempre a algunas de ellas.
[La doctora Kirino nos habla desde delante de la tumba de
Evan Wei. Iluminada por el brillante sol de mayo de Nueva
Inglaterra, las sombras oscuras bajo sus ojos la hacen parecer
mayor y más frágil.]
Akemi Kirino:
Solo tuve un secreto que no le conté a Evan. Bueno,
en realidad dos.
El primero es mi abuelo. Murió antes de que Evan y
yo nos conociéramos. Nunca llevé a Evan a visitar su
tumba, que está en California. Solo le dije que era un
asunto que no quería compartir con él, y nunca le llegué
851
a decir su nombre.
El segundo es un viaje que realicé al pasado, el único
que hice en persona. Estábamos en Pingfang y viajé al 9
de julio de 1941. Conocía el trazado del lugar bastante
bien por las descripciones y los mapas, así que evité las
celdas y los laboratorios y me dirigí al edificio que
albergaba el centro de mando.
Busqué hasta que di con el despacho del director del
departamento de Estudios Patológicos. El director
estaba dentro. Era un hombre muy apuesto: alto,
esbelto, con la espalda bien derecha. Estaba escribiendo
una carta. Yo sabía que tenía treinta y dos años, mi
misma edad por aquel entonces.
Miré la carta por encima de su hombro. Tenía una
hermosa caligrafía.
Por fin me he adaptado a mi rutina de trabajo y las
cosas están yendo bien. Manchukuo es un sitio precioso.
Los campos de sorgo se extienden hasta donde alcanza
la vista, como el océano. Los vendedores callejeros
preparan con soja fresca un tofu estupendo, que huele
que alimenta. No está tan bueno como el tofu japonés,
pero en cualquier caso está muy bueno.
Te gustará Harbin. Ahora que los rusos se han
852
marchado, las calles de Harbin son un armonioso
revoltijo de las cinco razas: chinos, manchúes, mongoles
y coreanos inclinan la cabeza cuando nuestros queridos
colonos y soldados japoneses pasan por su lado,
agradecidos por la libertad y riqueza que hemos traído
a esta hermosa tierra. Hemos tardado una década en
pacificar este lugar y en eliminar a los bandidos
comunistas, que ahora ya no son más que una molestia
esporádica e insignificante. La mayoría de los chinos
son muy dóciles e inofensivos.
Pero en lo único en que en realidad puedo pensar
estos días cuando no estoy trabajando es en ti y en
Naoko. Si tú y yo estamos separados es por ella. Es por
su bien y por el de su generación por lo que estamos
haciendo estos sacrificios. Me da pena perderme su
primer cumpleaños, pero mi corazón se llena de alegría
cuando veo cómo la Esfera de Coprosperidad de la Gran
Asia Oriental florece en este remoto aunque fértil lugar.
Aquí se siente de verdad que nuestro Japón es la luz de
Asia, su salvación.
No te desanimes, amor mío, y sonríe. Gracias a
todos nuestros sacrificios llegará un día en que Naoko y
sus hijos verán cómo Asia ocupa el lugar que le
corresponde en el mundo, libre del yugo de todos esos
853
ladrones y asesinos europeos que están pisoteándola y
profanando su belleza. Cuando por fin expulsemos a los
británicos de Hong Kong y Singapur, lo celebraremos
juntos.
Sorgo, mar rojo
bol de soja fragante
verte a ti solo
y a ella, mi tesoro
si estuvierais aquí…
No era la primera vez que leía esa carta. La había
visto una vez antes, de pequeña. Era una de las
posesiones más queridas de mi madre, y recuerdo que
le pedí que me explicara todos esos caracteres medio
borrados.
854
«Estaba muy orgulloso de sus conocimientos sobre
literatura —me había dicho mi madre—. Siempre
cerraba sus cartas con un tanka.»
Por aquel entonces, mi abuelo ya hacía tiempo que
había iniciado su largo descenso hacia la demencia.
Solía confundirme con mi madre y me llamaba por su
nombre. También me enseñaba a hacer animales de
origami. Tenía los dedos muy ágiles: el legado de su
época como excelente cirujano.
Observé a mi abuelo terminar la carta y doblarla. Lo
seguí cuando salió del despacho para ir a su laboratorio.
Se estaba preparando para un experimento y tenía el
cuaderno y los instrumentos colocados ordenadamente
sobre la mesa de trabajo.
Llamó a uno de los auxiliares sanitarios y le pidió
que trajera algo para el experimento. Unos diez minutos
después el ayudante regresó con una bandeja con una
masa sanguinolenta, que recordaba a un guiso de
humeante tofu. Se trataba de un cerebro humano, que
hasta tal punto todavía mantenía el calor del cuerpo del
que había sido extraído, que se veía salir vapor del
mismo.
«Muy bien —dijo mi abuelo asintiendo con la
855
cabeza—. Es muy reciente. Servirá.»
Akemi Kirino:
Ha habido momentos en los que he deseado que
Evan no fuera chino, igual que ha habido momentos en
los que he deseado no ser japonesa. Pero son momentos
de debilidad pasajera, no algo que sienta de verdad.
Nacemos en medio de fuertes corrientes de la historia,
y nuestro destino es nadar o hundirnos, no quejarnos de
nuestra suerte.
Desde que tengo la nacionalidad estadounidense, la
gente me dice que de lo que se trata en este país es de
dejar atrás tu pasado. Eso es algo que nunca he
entendido. Es tan imposible dejar atrás tu pasado como
mudar de piel.
Esa compulsión por ahondar en el pasado, por
hablar en nombre de los muertos, por recuperar sus
historias… eso es parte de lo que era Evan, y yo lo
amaba por eso. De igual modo, mi abuelo es parte de lo
que soy, y lo que él hizo lo hizo por el bien de mi madre,
del mío y del de mis hijos. Soy responsable de sus
pecados, de igual manera que me enorgullezco de
heredar la tradición de un gran pueblo, un pueblo que
856
en la época de mi abuelo perpetró una gran atrocidad.
En una época extraordinaria, mi abuelo se enfrentó
a decisiones extraordinarias, y es posible que para
algunos esto signifique que no podemos juzgarle. Pero
¿cómo vamos a poder juzgar a nadie de no ser en las
circunstancias más extraordinarias? Es fácil
comportarse civilizadamente y mostrar una pátina de
orden en los momentos de tranquilidad, pero nuestro
verdadero carácter solo emerge en las dificultades y
bajo una presión extrema: ¿será un diamante o tan solo
un pedazo del carbón más negro?
No obstante, mi abuelo no era un monstruo. Era
simplemente un hombre de coraje moral ordinario cuya
capacidad para un mal terrible fue revelada para su
eterna vergüenza y para la mía. Al calificarlo de
monstruo, damos a entender que es alguien de otro
planeta, alguien que no tiene nada que ver con nosotros.
Si así lo hacemos, cortamos los vínculos del afecto y del
miedo y garantizamos nuestra propia seguridad, pero
entonces ni se aprende ni se gana nada. Es fácil, pero es
de cobardes. Ahora sé que únicamente si nos
identificamos con un hombre como mi abuelo podemos
comprender en toda su profundidad el sufrimiento que
causó. No hay monstruos. El monstruo está en nosotros.
857
¿Por qué no le conté a Evan lo de mi abuelo? No lo
sé. Supongo que porque fui cobarde. Me daba miedo
que pudiera pensar que en mí había algo impuro, que la
sangre de mi familia estaba contaminada. Como
entonces yo no era capaz de encontrar la manera de
sentir empatía hacia mi abuelo, tenía miedo de que
Evan pudiera no sentirla hacia mí. Me guardé para mí
la historia de mi abuelo, puse a buen recaudo lejos de
mi marido una parte de mí misma. A veces pensaba que
me llevaría el secreto a la tumba, y de ese modo la
historia de mi abuelo quedaría borrada para siempre.
Y ahora que Evan está muerto, me arrepiento de
ello. Se merecía haber conocido a su esposa en su
integridad, al completo, debería haberle confiado, en
lugar de ocultársela, la historia de mi abuelo, que
también es mi historia. Evan murió creyendo que
sacando a la luz más historias lo que había conseguido
era que la gente dudara de la veracidad de las mismas.
Pero se equivocaba. La verdad no es algo delicado y no
sufre cuando es negada… la verdad solo muere cuando
las historias verdaderas no llegan a ser contadas.
Esta necesidad de hablar, de contar la historia, es
algo que comparto con los antiguos miembros del
Escuadrón 731, ahora ancianos y moribundos; con los
858
descendientes de las víctimas, y con todos los horrores
de la historia que no han sido narrados. El silencio de
las víctimas del pasado nos impone en el presente la
obligación de recuperar sus voces, y si asumimos esta
obligación de manera voluntaria seremos mucho más
libres.
[La voz de la doctora Kirino nos llega desde fuera de la
imagen, mientras la cámara se desplaza hacia el cielo
sembrado de estrellas.]
Ya han pasado diez años desde la muerte de Evan,
y el Acuerdo de Suspensión Integral de los Viajes en el
Tiempo sigue en vigor. Seguimos sin saber bien qué
hacer con una pasado que es transparentemente
accesible, un pasado que no será silenciado ni olvidado.
Por el momento, seguimos indecisos.
Evan murió pensando que había sacrificado la
memoria de las víctimas del Escuadrón 731 y que había
borrado de manera permanente los rastros que su
verdad había dejado en nuestro mundo, y todo ello para
nada, pero estaba equivocado. Se olvidaba de que
incluso aunque las partículas Bohm‐Kirino hayan
desaparecido, los fotones con las imágenes de esos
859
momentos de insoportable sufrimiento y callado
heroísmo siguen estando ahí, viajando como una esfera
de luz, adentrándose en el vacío del espacio.
Al levantar la mirada hacia las estrellas, nos
bombardea la luz generada el día en que la última
víctima de Pingfang murió, el día en que el último tren
llegó a Auschwitz, el día en que el último cheroqui
abandonó Georgia. Y sabemos que los habitantes de
esos mundos lejanos, si están mirando, con el tiempo
llegarán a ver esos instantes, mientras viajan a la
velocidad de la luz de aquí hacia allá. Es imposible
capturar todos esos fotones, borrar todas esas imágenes.
Son nuestro archivo permanente, el testimonio de
nuestra existencia, la historia que narramos al futuro. En
todo momento, mientras caminamos sobre este planeta,
somos observados y juzgados por los ojos del universo.
Durante demasiado tiempo, los historiadores, y
también todos nosotros, hemos estado explotando a los
muertos. Pero el pasado no está muerto. Vive con
nosotros. Vayamos a donde vayamos, nos bombardean
los campos de partículas Bohm‐Kirino que nos van a
permitir ver el pasado como si estuviéramos mirando
por una ventana. El sufrimiento de los muertos nos
acompaña, oímos sus alaridos y caminamos entre sus
860
fantasmas. No podemos apartar los ojos ni taparnos los
oídos. Debemos dar testimonio y hablar en nombre de
aquellos que no pueden hablar. Y solo contamos con
una oportunidad para que nos salga bien.
NOTAS DEL AUTOR: Esta historia está dedicada a
la memoria de Iris Chang y a la de todas las víctimas del
Escuadrón 731.
La idea de escribir un relato con forma de
documental se me ocurrió tras leer «¿Te gusta lo que
ves? (Documental)», de Ted Chiang.
Durante la investigación para esta historia he
consultado las fuentes que enumero a continuación y
que me han resultado de gran utilidad, por lo que deseo
dejar constancia aquí de mi agradecimiento a sus
autores; no obstante, cualquier error relacionado con los
hechos y la interpretación de los mismos es enteramente
de mi responsabilidad.
Para la expresión «explotadores de los muertos» y
la historia del período Heian y del Japón premoderno:
Totman, Conrad. A History of Japan, 2.ª ed., Malden
(Massachusetts), Blackwell Publishing, 2005.
Para la historia del Escuadrón 731 y de los
861
experimentos realizados por sus miembros:
Gold, Hal, Unit 731 Testimony, Tokio, Tuttle
Publishing, 1996.
Harris, Sheldon H. Factories of Death: Japanese
Biological Warfare 1932‐45 and the American Cover‐Up,
Nueva York, Routledge, 1994.
(Y también he consultado otros numerosos análisis,
entrevistas y artículos de periódicos y revistas. Entre sus
autores se incluyen los siguientes: Keiichi Tsuneishi,
Doug Struck, Christopher Reed, Richard Lloyd Parry,
Christopher Hudson, Mark Simkin, Frederick
Dickinson, John Dower, Tawara Yoshifumi, Yuki
Tanaka, Takashi Tsuchiya, Tien‐wei Wu, Shane Green,
Friedrich Frischknecht, Nicholas Kristof, Jun Hongo,
Richard James Havis, Edward Cody y Judith Miller. Mi
agradecimiento a todos ellos, aunque lamento que por
motivos de espacio todas estas fuentes no puedan
aparecer aquí enumeradas de manera individual).
Para las descripciones de las vivisecciones y de las
sesiones de prácticas quirúrgicas que llevaban a cabo los
médicos japoneses utilizando como víctimas a chinos
vivos, del trato que recibieron como prisioneros
después de la guerra y de la postura del Japón de la
862
posguerra ante las memorias de la misma:
Noda, Masaaki, «Japanese Atrocities in the Pacific
War: One Army Surgeon’s Account of Vivisection on
Human Subjects in China», East Asia: An International
Quarterly, 18:3 (2000), 49‐91.
Me gustaría mencionar que, de acuerdo con los
testimonios y otros documentos, cuando los doctores
japoneses del Escuadrón 731 infectaban a sus víctimas
acostumbraban a utilizar trajes protectores para evitar
la posibilidad de que algún prisionero que se resistiera
pudiera infectarles durante el forcejeo.
Determinados aspectos de los recuerdos de la época
posterior al Escuadrón 731 de Shiro Yamagata están
inspirados por las experiencias de Ken Yuasa (un
médico militar japonés que nunca fue miembro del
Escuadrón 731), que aparecen en el artículo de Masaaki
Noda.
El obituario de Evan Wei está escrito a partir del de
Iris Chang que fue publicado en The Economist el 25 de
noviembre de 2004.
La vista de la Subcomisión para Asia, el Pacífico y el
Medio Ambiente Mundial se basa en la que tuvo lugar
el 15 de febrero de 2007 ante dicha subcomisión en
863
relación a la Resolución 121 de la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, relativa a las
mujeres que fueron utilizadas por Japón durante la
guerra como esclavas sexuales (conocidas como
«mujeres de solaz»).
Austin Yoder me proporcionó fotografías de
Pingfang, Harbin y del Museo de Crímenes de Guerra
del Escuadrón 731 tal como están hoy en día.
Las diversas declaraciones negando lo sucedido
atribuidas a la gente de la calle se basan en comentarios
aparecidos en los foros de internet y en comunicaciones
directas del autor con personas que mantienen tales
opiniones.
864
[*] N. de la T.: Gook en el original. Este término inglés,
cuya pronunciación es aproximadamente/guk/, es
utilizado para referirse despectivamente a los asiáticos,
y va a tener importancia más adelante en el relato. <<
[**] N. de la T.: «Rule Britannia! Rule the waves.»,
versos de la canción patriótica británica Rule, Britannia!,
basada en el poema del mismo título, del escocés James
Thomson. <<
865
[*] Sobre la fotografía, de Susan Sontag, ed.
DEBOLS!LLO, traducción de Carlos Gardini. <<
866
[*] N. de la T.: El término inglés john se utiliza
coloquialmente para referirse a los clientes de las
prostitutas. <<
867
[*] El paraíso perdido, de John Milton (Espasa‐Calpe
1980), traducción de Dionisio Sanjuán. <<
868
[*] N. de la T: Finnegan’s Wake, canción tradicional
irlandesa. <<
[**] Nota del autor: Los chinos suponían un 28,5 % de
la población de Idaho en 1870. <<
[***] Nota del autor: Para más información sobre la
historia de los chinos durante la fiebre del oro en Idaho,
véase Zhu, Liping. A Chinaman’s Chance: The Chinese on
the Rocky Mountain Mining Frontier, Boulder: University
Press of Colorado, 1997. <<
869
[*] Nota del autor: El Tratado Naval de Washington
de 1922 había fijado la ratio de grandes buques de
guerra entre Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón en
5: 5: 3, que fue la que Japón consiguió que se ajustara en
1930. <<
[**] Nota del autor: El gobierno alemán también lanzó
un gran suspiro de alivio cuando su país fue autorizado
a rearmarse. El severo Tratado de Versalles, en
particular los artículos sobre la neutralización de
Alemania, había provocado gran indignación en
muchos germanos, y algunos se habían unido al
llamado Partido Nacional Socialista Alemán, un grupo
de matones que desfilaban al paso de la oca y que tenían
atemorizado a todo el mundo, gobierno incluido. Al
abolirse esas disposiciones del tratado, los matones
perdieron sus apoyos en las siguientes elecciones de
1930 y se disolvieron. Y mira por donde que ahora son
literalmente una nota a pie de página de la historia,
como esta. <<
870