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Published by luisaml, 2017-01-19 17:04:32

Texto a leer críticamente

Texto a leer críticamente

EL PAPEL DE LA ETICA EMPRESARIAL EN EL MUNDO CONTEMPORANEO
Amartya Sen

1

Es muy grato tener la oportunidad de participar vía video
en este excelente programa internacional sobre Ética Empresarial
establecido por la Red Iberoamericana de Universidades por la
Responsabilidad Social Empresarial, el PNUD para América Latina,
la AECID y el Fondo España-PNUD. Hubiera preferido compartir
personalmente con ustedes profesores de toda Iberoamérica esta
sesión de “Formación para Formadores” (Training for Trainers). De
cualquier manera, me complace tener por lo menos la posibilidad de
este enlace electrónico y darles la bienvenida a todos, a la vez
que les agradezco esta oportunidad para dirigirme a ustedes.

No hace tanto tiempo – durante los años 80- el
capitalismo orientado hacia el lucro lucía triunfante. Los
negocios florecían tanto en el marco de las antiguas economías
capitalistas de Occidente como en los nuevos centros del Japón y
del Sudeste Asiático.

Al “estado de bienestar” se le describía con frecuencia
como un eufemismo de derroche desmedido. La efectividad de la
economía de mercado – a la cual se le había hecho caso omiso en
el pasado- se había convertido en el mensaje central. Si bien las
economías de Estados Unidos y de Europea habían experimentado
numerosos problemas durante la primera mitad del siglo veinte,
entre ellos el de la gran depresión de los años 30, después de
finalizada la II Guerra Mundial, visto en perspectiva, la economía

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de mercado se había comportado de manera excepcionalmente
dinámica, lo cual generó una expansión sin precedentes de la
economía global durante los últimos sesenta años.

Pero esto ya no es cierto, por lo menos en el momento
actual. El año 2008 fue un año de numerosas crisis. Primero
tuvimos una crisis de alimentos, con efectos particularmente
amenazantes para los consumidores pobres, especialmente en países
de Africa. Además también sobrevino una crisis petrolera, que
constituye una amenaza para los países importadores de petróleo.
Por último, el deterioro de la economía global ocurrió de manera
bastante brusca, y está acelerándose a un ritmo atemorizante. Para
este año, 2009, parecería estar avizorándose una intensificación
de dicho deterioro, y numerosos economistas prevén la posibilidad
de una clara y manifiesta depresión, incluso tan intensa como la
de los años 1930.

El interrogante que surge con mayor intensidad en este
momento no se refiere tanto a la supervivencia del capitalismo,
sino a su naturaleza, al igual que a la necesidad de un cambio.
El tema de la ética empresarial se ubica claramente dentro de este
contexto. Sin duda, existe una resistencia a cualquier cambio por
parte de algunos defensores de un capitalismo sin restricciones,
quienes están convencidos de que al mismo se le está
responsabilizando excesivamente por problemas económicos puntuales
de corto plazo, que atribuyen ya sea al ejercicio deficiente de
los gobiernos (como por ejemplo al de la última Administración
estadounidense) así como fracasos específicos del comportamiento

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económico de algunas personas en particular (o lo que John McCain
describió durante su campaña para la presidencia como “la codicia
de Wall Stret”). Hay sin embargo también quienes ven la presencia
real de serios problemas en los actuales sistemas económicos, y
desean reformar el capitalismo en busca de algo que, con
intensidad creciente, está siendo llamado “nuevo capitalismo”.

En efecto, un cuarto de siglo después de los días triunfales
de mediados de los ochenta, las cosas lucen bastante diferentes.
Esto no es, por supuesto la primera vez que tenemos una crisis
económica internacional, incluso durante el último cuarto de
siglo. El Sudeste Asiático tuvo sus grandes crisis a finales de
los años 90, que afectaron considerablemente a vastos sectores
empobrecidos de la población. Y ahora nos encontramos en medio de
una gigantesca recesión global. Es cierto que las fortunas de
muchas personas que viven en la opulencia se han reducido
dramáticamente, pero los más afectados son quienes se encuentran
en la base de la pirámide en sus respectivos países de cualquier
lugar del mundo, ya sea en Asia, Africa, o América Latina.

2

Hay numerosos factores que determinan el éxito de una
economía. El grado de evolución en el desempeño de una economía
para lograr eficiencia, equidad y rápido progreso depende de
elementos tales como tecnología, espíritu emprendedor, destrezas,

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liderazgo, así como buenas prácticas comerciales, sistemas
fiscales eficientes, una justa oferta de seguridad social y otras
políticas públicas.

Resulta que, además de estos factores determinantes, también
una buena ética empresarial tiene un papel fundamental para el
logro del éxito económico. El hecho de que con frecuencia se pase
por alto esta relación hace que resulte tanto más crucial el
investigar y desmenuzar exactamente cómo la ética empresarial
puede ejercer una influencia en el desempeño y logro económicos.

¿Cómo se lanzó esta idea del impacto de la ética en la
economía? Los primeros autores que se expresaron sobre asuntos
económicos, desde Aristóteles en la Antigua Grecia y Kautilya (en
la antigua India, respectivamente) pasando por sus practicantes
medioevales (entre ellos Aquinos, Ockham, Maimónides) hasta los
economistas de los inicios de la edad moderna (William Petty,
Gregory King, Francois Quesnay entre otros) se interesaban todos,
en diversos grados, por el análisis de la ética. De una y otra
manera, vieron en la economía una rama de “raciocinio práctico” en
la que figuraban en lugar central los conceptos del bien, lo
correcto y lo obligatorio.

¿Qué ocurrió luego? Según cuenta la historia “oficial”, todo
esto cambió con Adam Smith, quien sin duda puede ser descrito como
el padre de la economía moderna. El creó, así se afirma, una
economía científica y rigurosa, y la nueva economía que surgió en
los siglos diecinueve y veinte tenía una disposición total para
realizar negocios, sin ningún criterio ético que la vinculase a

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“lo moral y moralizante”. Esa visión de lo ocurrido, además de
estar reflejada en volúmenes de escritos profesionales sobre
economía, hasta ha alcanzado la condición de ser incorporada a
la literatura Inglesa por medio de un refrán jocoso, un poema, de
Stephen Leacock, quien era escritor literario al igual que
economista:
Dice así:
Adam, Adam, Adam Smith
Escucha lo que te recrimino a ti
No dijiste acaso
en clase un día
Que el egoísmo pagando terminaría?
De todas las doctrinas es la esencia
Es o no así, Smith, esta ciencia?1
(Traducción libre del inglés)

El interés por recordar este capítulo de lo ocurrido (o lo
que supuestamente ocurrió) no reside en curiosidad escolástica. Me
parece importante entender cómo surgió esta visión desprovista de
ética en materia de economía y de negocios, para poder comprender
cuál es la carencia. Resulta que ese fragmento de historia
condensada de “quién mató la ética empresarial” está mal enfocado,
y resulta especialmente esclarecedor para comprender cómo se ha
formado esa identificación errónea.

1 Stephen Leacock, Hellements of Hickonomics (New York: Dodd, Mead
& Co, 1936), p. 75.

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3

Adam Smith trató de convertir a la economía en algo
científico, y en gran parte logró ese cometido, dentro de los
límites de las posibilidades de aquel entonces. Si bien ese
aspecto de la presunta historia es correcto, lo que está
completamente equivocado es la idea de que Smith demostró, o creía
haber demostrado, lo redundante de la ética en asuntos económicos
y empresariales. De hecho, todo lo contrario. El Profesor de
Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow —puesto que ese era
el cargo de Smith- tenía tanto interés por la ética en el
comportamiento como cualquier persona. Resulta interesante ver
cómo surgió esa extraña lectura de Smith como escéptico de la
ética económica y empresarial

Posiblemente el comentario más frecuentemente citado de Adam
Smith es el referido al carnicero, al cervecero y al panadero, en
“La Riqueza de las Naciones”; cito a Smith “No es de la
benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que
esperamos nuestra cena, sino de su deseo por preservar sus
propios intereses. Nosotros apelamos no a su sentido humanitario,
sino a su amor por sí mismos…” 2 El carnicero, el cervecero y el
panadero quieren nuestro dinero, nosotros queremos sus productos,

2 2 Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth
of Nations (Indagación Sobre la Naturaleza y Causas de la Riqueza
de las Naciones) (1776; republished, London: Dent, 191O), vol. I,
p. 13.

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y el intercambio nos beneficia a todos Parecería que no se
necesita ningún tipo de ética – empresarial o de otra naturaleza-
para conseguir este mejoramiento de todas las partes involucradas.
Todo lo que se necesita es el querer preservar nuestros propios y
respectivos intereses, y se supone que el mercado debe hacer el
resto para lograr estos intercambios de mutuo beneficio.

En la economía moderna se cita una y otra vez, y de manera
tan exclusiva, este privilegiar el interés personal por parte de
Smith, que cabe preguntarse si es este el único pasaje de lo
escrito por Smith que leen algunos de los economistas más
destacados en la actualidad.

Pero ¿Qué es lo que Smith sugirió realmente? En este pasaje,
Smith afirmó que la intención de satisfacer el propio interés
sería la motivación del intercambio de productos. El énfasis en
“motivación” es mío. Pero esta afirmación es muy limitada, aunque
brinda excelentes motivos intuitivos para explicar la razón por
la cual buscamos el intercambio, y cómo el mismo puede resultar de
tanto beneficio para todos los que participan en él. Sin embargo,
para comprender los límites de lo que se está afirmando aquí,
debemos preguntar primero: ¿Pensaba Smith que las operaciones
económicas y las actividades empresariales consisten únicamente en
este tipo de intercambio? Segundo, aún dentro del contexto de
intercambio, debemos indagar ¿Pensaba Smith que el resultado sería
igualmente bueno en el caso de que las empresas involucradas,
motivadas por el propio interés, tratasen de timar a los
consumidores, o que dichos consumidores intentasen engañar a los

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vendedores?
Las respuestas a estos dos interrogantes son claramente

negativas. La simplicidad de la imagen del carnicero-cervecero-
panadero no se traslada a problemas de producción y distribución
(Y de hecho Smith nunca dijo que fuese así) ni tampoco al problema
de cómo puede florecer institucionalmente un sistema de
intercambio. Es exactamente aquí que empezamos a ver la razón por
la cual Smith podría haber estado en lo cierto con su afirmación
relativa a la motivación por el intercambio, sin por ello
establecer -o afirmar estar estableciendo- lo redundante de la
ética empresarial en general (o incluso en el marco del
intercambio)

4

La operación eficiente de una economía está condicionada en
gran medida por el recurso a contratos comerciales, a
negociaciones y a un sentimiento de confianza. Ya sea que se trate
de intercambio, de producción o de distribución, debemos observar
el hecho de que es necesario que diferentes personas lleguen a
concertar acuerdos entre ellos, y que deben confiar en que dichos
acuerdos serán cumplidos.

Se infringe esta suposición de un trato para beneficio mutuo
cuando a una de las partes, con información limitada, se la
convence para que firme un contrato que resultaría ajeno a su
interés: esto fue en gran medida lo que ocurrió en la etapa
inicial de la actual crisis económica, especialmente cuando a

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consumidores crédulos se les convenció para que tomasen enormes
riesgos, que terminarían luego por llevarlos a la bancarrota y a
la ruina económica. También hay otra manera en la cual esta
suposición de mutuo beneficio falla en los contratos: cuando una
de las partes incumple lo convenido en el marco del mismo, cosa
que está ocurriendo con gran frecuencia en la actual etapa de la
crisis económica que atravesamos.

Por lo tanto, el razonamiento referido al panadero –
cervecero-carnicero no ofrece ninguna lección acerca de la
redundancia de la ética, que no era más que un argumento
incidental que Smith había sugerido para explicar la motivación
conducente al comercio. Este argumento muy limitado no nos dice
que los contratos comerciales orientados al lucro eliminarían la
necesidad de un proceder basado en la ética. En primer lugar, es
posible que la información de que dispone una de las partes sea
limitada, y por ende se preste a la manipulación. En segundo
lugar, si bien el comercio puede ser algo deseable sobre la base
del interés propio de las partes, para que un sistema tradicional
funcione bien y de manera confiable se requiere más que eso, léase
confianza, buena voluntad y la rendición de cuentas de las partes
involucradas. En tercer lugar, el ejemplo del panadero- cervecero
– carnicero se refiere únicamente a los temas del comercio y del
intercambio, sin aludir a los problemas adicionales que ocurren
en los ámbitos de la producción y de la distribución.

5

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Es importante reconocer la distinción entre dos diferentes
clases de conexión entre la ética empresarial y el éxito
económico. El efecto que pueda tener la práctica de la ética
empresarial por una empresa puede en algunos casos tener un
impacto directa y principalmente en la empresa misma. En otros
casos, dicho impacto puede afectar principalmente a otras
personas. Mediante los efectos de debilitarse uno a otro, la
ausencia de ética empresarial en una región o en un grupo de
empresas puede resultar muy nocivo para todas ellas. Llevándolo
un paso más allá, las carencias en materia de comportamiento ético
pueden lesionar los intereses de terceros, extendiéndose fuera del
grupo de empresas o de los confines de la región. Aún a riesgo de
caer en una excesiva simplificación, voy a denominar estas dos
clases de relaciones diferenciadas y bastante diferentes
conexiones “directas” e “indirectas”, respectivamente

Si tomamos primero las conexiones directas, podemos observar
que la falta de ética empresarial por parte de una compañía o
empresa puede lesionar de manera directa y clara los intereses de
la misma. Por ejemplo, la reputación – de hecho la notoriedad- de
ser una empresa que se conduce sin “normas”, o de caracterizarse
por no dar buen trato a sus empleados o clientes, o de ser una
compañía que daña el ambiente y pone en peligro las condiciones
de vida de la población circundante pueden lesionar clara y
directamente los intereses comerciales de la propia compañía.

Los interrogantes más difíciles – y más interesantes – se
encuentran más allá de la inmediatez de las conexiones directas.

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En el funcionamiento de las conexiones indirectas, es necesario
tomar en cuenta con algo de sofisticación la interdependencia de
intereses de diferentes compañías y empresas dispares. En
ocasiones resulta difícil identificar las conexiones. Y cuando se
identifican, es posible que sen pasadas por alto en la práctica,
ya que podría parecer conveniente para los intereses estrechamente
definidos de cada una de las empresas hacer caso omiso del daño
que sus propias prácticas de comportamiento o normas de conducta
causan a los demás. Y sin embargo se conoce a partir de estudios
industriales empíricos, así como del razonamiento de las teorías
de juego (con juegos tales como el “dilema del prisionero” o el
“dilema de la confianza”) el impacto global que dichas
transgresiones a la ética empresarial pueden causar, debilitando
la economía e incluso las propias empresas por la acumulación de
daños indirectos causados por las unas a las otras.

6

Cuando las operaciones comerciales, entre ellas las bancarias
y de otras instituciones financieras, generan la confianza de que
pueden y van a hacer aquellas cosas con las que se han
comprometido, entonces dichas relaciones comerciales pueden fluir
sin contratiempo en un ambiente de apoyo mutuo. Por ejemplo, Adam
Smith se refirió a la necesidad de que las personas puedan confiar
en las promesas formuladas por los bancos para que dicho banco
pueda funcionar de manera efectiva. Cito a Smith: "Cuando las
personas que viven en un país cualquiera confían en la fortuna,

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probidad y prudencia de un banquero específico, de manera que
crean que estará siempre dispuesto a honrar a la vista los pagarés
y otros instrumentos que puedan ser presentados al cobro en todo
momento, dichos instrumentos adquieren la característica de una
moneda como el oro y la plata, a partir de la confianza que genera
el saber que dicho dinero estará a su disposición en el momento
requerido."3 Smith explicó la razón por la cual esto no siempre
es así, y me animo a sugerir que a él no le habrían sorprendido
particularmente las dificultades que las empresas y los bancos
confrontan en la actualidad, debido a la psicología de temor y de
desconfianza que mantiene congelados a los mercados crediticios y
no permite lograr una expansión coordinada.

En este contexto también cabe mencionar, especialmente
teniendo en cuenta que el “estado de bienestar” que habría de
surgir más tarde en Europa era todavía algo lejano en la época de
Smith, que en varios de sus escritos ponía claramente de
manifiesto su inquietud – de hecho su preocupación – por la suerte
de los pobres y de los menos favorecidos. La debilidad más
evidente del mecanismo de mercado reside en lo que omite, más que
en lo que comete- en las cosas que deja de hacer. El análisis
económico de Smith fue mucho más allá de dejar todo a la suerte
del mecanismo de mercado. No solamente defendía el rol del estado
para brindar los servicios públicos tales como la educación y el

3 Adam Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the
Wealth of Nations (1776; republished, edited by R.H. Campbell and
A.H. Skinner, Oxford: Clarendon Press, 1976), I, II.ii.28, p. 292.

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alivio de la pobreza (pero dejando mayor margen de libertad para
los indigentes del que permitían las “Leyes de Pobres” de su
época), sino que sentía profunda preocupación por la desigualdad y
pobreza que podrían subsistir en el marco de una economía de
mercado que, en otros aspectos, resultaba exitosa. Son numerosos
los ejemplos en la época actual que ilustran esta falla.

La falta de claridad en esa distinción entre lo omitido y lo
cometido ha sido la causa de errores en el diagnóstico referido a
la evaluación que hacía Smith del mecanismo de mercado. Por
ejemplo, la defensa que hacía Adam Smith del comercio privado de
granos alimenticios y su crítica a las restricciones prohibitorias
del estado han sido interpretadas a menudo como una propuesta en
el sentido de que la interferencia del Estado no puede hacer más
que empeorar el hambre y la hambruna. Sin embargo, la defensa del
comercio privado por Smith era solamente su manera de contradecir
la creencia de que el comercio origina serios errores en lo
cometido. De ninguna manera niega con ello la necesidad de la
acción estatal para complementar las operaciones del mercado
mediante la creación de ingresos (por ej. a través de programas de
creación de trabajo) porque es posible que el mercado omita
hacerlo.

En caso de que se redujera drásticamente el nivel de empleo
debido a circunstancias económicas o a políticas públicas mal
concebidas, el mercado, por sí mismo, no estaría recreando los
ingresos perdidos por quienes hayan quedado sin protección.

Los nuevos desempleados se encontrarían en la disyuntiva de

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“o bien morir de hambre, o se verían empujados a buscar su
subsistencia, ya sea pidiendo limosna o –y cito a Smith-
“cometiendo las mayores atrocidades” y “la necesidad, el hambre y
la mortalidad serían el resultado inmediato…...."4 El concepto de
Smith es de rechazo a una intervención excluyente del mercado,
pero no de las intervenciones incluyentes de mercado destinadas a
realizar esas cosas importantes que el mercado podría no haber
realizado.

A pesar de todos los esfuerzos que Smith dedicó a explicar
las contribuciones del mecanismo de mercado, le preocupaba
profundamente la incidencia de la pobreza, del analfabetismo, de
las situaciones de privaciones relativas que podrían mantenerse a
pesar de tener una economía de mercado en buen funcionamiento.
Abordó estos temas y abogó por diferentes modalidades de sistemas
sociales, señalando la importancia de las motivaciones diferentes
a las de la maximización del lucro. Este análisis más amplio
complementó con gran profundidad su especializada defensa del
mecanismo de mercado y de las motivaciones de lucro para fines
específicos. Adam Smith nunca se refirió al término “capitalismo”
(por lo menos en la medida en que he podido investigarlo, pero
resultaría difícil separar totalmente de sus obras toda teoría
acerca de la suficiencia de la economía de mercado o de la
necesidad de aceptar el predominio del capital. El se refirió al
importante rol de estos valores más amplios inclusive en “La

4 Smith, An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth
of Nations, I, I. viii, 26, p. 91.

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Riqueza de las Naciones”, pero fue en su primer libro, “La Teoría
de los Sentimientos Morales”, publicado hace exactamente un cuarto
de milenio en 1759, que investigó extensamente la urgente
necesidad de realizar acciones basadas en estos valores no
orientados al lucro”. Mientras que la "prudencia" era (cito a
Smith) "de todas las virtudes, la más útil para el individuo”,
afirmó igualmente que (y le cito nuevamente) "lo humanitario, la
justicia, la generosidad, y el espíritu de lo público son las
cualidades de mayor utilidad para los demás."5

Concluyo con el señalamiento de que el papel de la ética en
la economía puede ser realmente muy amplio, así como el de la
ética empresarial en el éxito de las empresas y del comercio. Esto
era ya cierto en la era de Adam Smith, en el siglo dieciocho, y
tiene aún mayor vigencia y significado en la actualidad. La idea
de actuar sin apego a lo ético en las operaciones económicas y
comerciales resulta en realidad bastante extraña. La ética tiene
su lugar en la economía exactamente igual como lo tiene en todas
las ciencias del comportamiento. No existe la opción de verse
libre de actuar con ética ya sea en los negocios o en la economía.
Si no se comprende algo tan importante como esto, la lección
tendrá que ser aprendida pagando un costo muy alto (como está
ocurriendo ahora mismo) Muchas gracias.

5 Adam Smith, The Theory of Moral Sentiments, (La Teoría de
los Sentimientos Morales) = (1759, 6th revised edition, 179O;
republished, eds. D.D. Raphael and A.L. Macfie, Oxford: Clarendon
Press, 1975), p. 189.


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