mientras que en la vida real no lo había logrado casi con nadie. Siempre criticó
cruelmente a los demás por crearse mitos, pero no advirtió la mentira que subyacía
debajo de los propios. Toda su vida estudió el universo, pero nunca reparó en su
mensaje más sencillo: las criaturas pequeñas como nosotros sólo podemos soportar
la inmensidad por medio del amor.
Tan insistente fue la computadora en su intento por comunicarse con Eleanor
Arroway, que fue casi como si transmitiera una urgente necesidad personal de
compartir con ella el descubrimiento.
La anomalía quedó al descubierto dentro de la aritmética en base 11, con totalidad
de ceros y unos. Comparado con lo que se había recibido de Vega, eso podía ser,
en el mejor de los casos, un mensaje simple, pero su importancia en el campo de la
estadística era inmensa. El programa reagrupó las cifras formando una trama
cuadrada, de igual número de dígitos en sentido horizontal y vertical. La primera
línea era una sucesión continua de ceros, de izquierda a derecha. En la segunda
aparecía un único uno, justo en el centro, y ceros a ambos lados. Luego de varias
líneas se formó un inconfundible arco, compuesto por unos. Rápidamente se
construyó una sencilla figura geométrica, rica en promesas. Emergió luego la última
línea de la figura, toda de ceros, también con un cero por centro.
Oculto en el cambiante esquema de las cifras, en lo más recóndito del número
irracional, se hallaba un círculo perfecto, trazado mediante unidades dentro de un
campo de ceros.
El universo había sido creado ex profeso, manifestaba el círculo. En cualquier
galaxia que nos encontremos, tomamos la circunferencia de un círculo, la dividimos
por su diámetro y descubrimos un milagro: otro círculo que se remonta kilómetros
y kilómetros después de la coma decimal. Más adentro, habría mensajes más
completos. Ya no importa qué aspecto tenemos, de qué estamos hechos ni de
dónde provenimos. En tanto y en cuanto habitemos en este universo y poseamos
un mínimo talento para la matemática, tarde o temprano lo descubriremos porque
ya está aquí, en el interior de todas las cosas. No es necesario salir de nuestro
planeta para hallarlo. En la textura del espacio y en la naturaleza de la materia, al
igual que en una gran obra de arte, siempre figura, en letras pequeñas, la firma del
artista. Por encima del hombre, de los demonios, de los Guardianes y constructores
de Túneles, hay una inteligencia que precede al universo.
El círculo se ha cerrado.
Eleanor encontró, por fin, lo que buscaba.
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NOTA DEL AUTOR
Pese a haber recibido la influencia de gente que conozco, ninguno de los personajes
de este libro es un retrato fiel de alguien en particular. No obstante, es mucho lo
que le debo a la comunidad mundial de SETI, un pequeño grupo de científicos de
todos los rincones de nuestro minúsculo planeta, que trabajan en colaboración, sin
dejarse acobardar por los obstáculos, intentando hallar una señal procedente de los
cielos. Tengo una especial deuda de gratitud con los pioneros de SETI, Frank Drake,
Philip Morrison y el extinto I. S. Shklovskii. La búsqueda de inteligencia
extraterrestre entra en este momento en una nueva fase con dos ambiciosos
proyectos que se han puesto en marcha: la exploración META/Sentinel, de ocho
millones de canales, de la Universidad de Harvard (patrocinado por la Sociedad
Planetaria con asiento en Pasadena), y otro programa más complejo aún, bajo los
auspicios de la Administración Nacional para la Aeronáutica y el Espacio. Mi más
sincero anhelo es que este libro quede desactualizado por el avance de los
descubrimientos científicos verdaderos.
Varios amigos y colegas tuvieron la amabilidad de leer un primer borrador de esta
obra y aportar pormenorizados comentarios. Vaya mi profundo agradecimiento a
todos ellos: Frank Drake, Pearl Druyan, Lester Grinspoon, Irving Gruber, Jon
Lomberg, Philip Morrison, Nancy Palmer, Will Provine, Stuart Shapiro, Steven Soter
y Kip Thorne. El profesor Thorne se tomó la molestia de analizar el sistema de
transporte galáctico que se describe en el libro, y de avalarlo con cincuenta líneas
de ecuaciones del campo de la física gravitacional. Scott Meredith, Michael Korda,
John Herman, Gregory Weber, Clifton Fadiman y el ya fallecido Theodore Sturgeon
me proporcionaron valiosos consejos en cuanto al contenido y el estilo. A través de
las numerosas etapas de la preparación de este libro, Shirley Arden me brindó su
inapreciable colaboración, razón por la cual me siento agradecido para con ella y
Kel Arden. Gracias también a Joshua Lederberg por haberme sugerido, muchos
años atrás, la posibilidad de que una forma avanzada de inteligencia pudiera
habitar en el centro de la Galaxia de la Vía Láctea. La idea tiene antecedentes —
como los tienen todas—, y algo similar imaginó, alrededor de 1750, Thomas Wright,
la primera persona en mencionar concretamente que la Galaxia pueda tener un
centro.
Corte transversal del centro de la Galaxia, tal como lo presentara Wright.
Esta obra surgió de un guión cinematográfico que Ann Druyan y yo escribimos en
1980-1981. Lynda Obst y Gentry Lee nos ayudaron en los primeros pasos. En cada
tramo de la redacción fue inestimable la colaboración que me prestara Ann Druyan,
desde el primer paso —el de conceptualizar el argumento y los personajes
principales— hasta la corrección final de las galeradas. Lo que he aprendido de ella
durante todo el proceso es el mejor de los recuerdos que guardo sobre el libro.
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