das nos deja sin telos (un fin por el que luchar), una
noción santificada del potencial de la humanidad.
Privados de un proyecto sagrado, nos queda sola-
mente una imagen desmistificada de una humanidad
frágil y falible, que ya no será capaz de alcanzar la
condición de dios.
Opino que es muy saludable —en realidad es
esencial— que tengamos bien presente nuestra fragi-
lidad y falibilidad. Me preocupa la gente que aspira
a ser como un dios. Pero, en lo que hace referencia
al objetivo a largo plazo y al proyecto sagrado, sí
tenemos uno ante nosotros. De él depende la propia
supervivencia de nuestra especie. Si hemos estado
encerrados bajo llave en una prisión del yo, aquí se
nos brinda una trampilla para escapar, algo que vale
la pena, algo mucho más grande que nosotros mis-
mos, un acto crucial en beneficio de la Humanidad.
Poblar otros mundos unifica naciones y grupos étni-
cos, liga a las generaciones y requiere de nosotros
que seamos inteligentes y sensatos a la vez. Libera
nuestra naturaleza y, en parte, nos devuelve a nues-
tros comienzos. Incluso ahora, este nuevo telos se
halla a nuestro alcance.
El pionero psicólogo William James denominó
religión al hecho de «sentirse en casa en el univer-
so». Nuestra tendencia ha sido, tal como he descrito
en los primeros capítulos de este libro, fingir que el
universo es como quisiéramos que fuera nuestro
hogar, en lugar de poner en duda nuestra noción de
qué hay de hogareño en abrazar el universo. Si al
considerar la definición de James estamos pensando
en el universo real, entonces no poseemos todavía
ninguna religión verdadera. Eso queda para otra
época, cuando el aguijón de las grandes degradacio-
nes haya quedado bien atrás, cuando estemos acli-
matados a otros mundos y ellos a nosotros, cuando
nos estemos extendiendo hacia las estrellas.
El cosmos se proyecta, a todos los efectos prácti-
cos, para siempre. Tras un breve hiato sedentario,
estamos recuperando nuestro antiguo estilo de vida
nómada. Nuestros descendientes remotos, instalados
bien seguros en muchos mundos del sistema solar y
más allá, estarán unidos por una herencia común,
por la estimación hacia su planeta y por el conoci-
miento de que, aunque el universo pueda albergar
otra clase de vida, los únicos humanos en toda su
extensión proceden de la Tierra.
Mirarán hacia arriba y se esforzarán por localizar
el punto azul en sus cielos. No por ver su oscuridad
y fragilidad lo amarán menos. Se admirarán de cuan
vulnerable fue en su día el depositario de todo nues-
tro potencial, cuan azarosa nuestra infancia, cuan
humildes nuestros comienzos, cuántos ríos tuvimos
que cruzar antes de encontrar nuestro camino.
AGRADECIMIENTOS
La mayor parte del material de este libro es nue-
vo. Algunos capítulos son desarrollos más amplios
de artículos publicados primero en la revista Para-
de, un suplemento dominical de la prensa diaria
americana que, con un volumen estimado de lectores
que alcanza los 73 millones, es posiblemente la re-
vista más leída en todo el mundo. Me siento enor-
memente en deuda con Walter Anderson, jefe de
redacción, y David Currier, editor ejecutivo, por su
apoyo y saber editorial, así como con los lectores de
Parade, cuyas cartas me han ayudado a comprender
en qué pasajes me he expresado con claridad y en
cuáles lo he hecho de manera más confusa, y me han
dado una idea de cómo eran recibidos mis argumen-
tos. Partes de otros capítulos han surgido de artícu-
los publicados en Issues in Science and Technology,
Discover, The Planetary Report, Scientific American
y Popular Mechanics.
Determinados aspectos de este libro han sido
discutidos con numerosos amigos y colegas, cuyos
comentarios lo han enriquecido en gran medida.
Aunque son demasiados para mencionarlos nombre
por nombre, deseo expresar mi más sincera gratitud
a todos y cada uno de ellos. No obstante, quiero
agradecer especialmente a Norman Augustine, Ro-
ger Bonnet, Freeman Dyson, Louis Friedman, Eve-
rett Gibson, Daniel Goldin, J. Richard Gott III, An-
drei Linde, Jon Lomberg, David Morrison, Roald
Sagdeev, Steven Soter, Kip Thorne y Frederick Tur-
ner sus comentarios sobre partes o la totalidad del
manuscrito; a Seth Kaufmann, Peter Thomas y Jos-
hua Grinspoon su ayuda con los cuadros y los gráfi-
cos; así como a un brillante grupo de artistas espe-
cializados en astronomía, cuyos nombres figuran en
cada ilustración, por haberme permitido actuar como
escaparate de su trabajo. Gracias a la generosidad de
Kathy Hoyt, Al McEwen y Larry Soderblom, he
tenido la oportunidad de dar a conocer algunos de
los excepcionales fotomosaicos, mapas aerografia-
dos y otras reducciones de imágenes de la NASA
llevadas a cabo en el Departamento de Astrogeolo-
gía del U. S. Geological Survey.
Debo agradecer también a Andrea Barnett, Laura
Parker, Jennifer Bland, Loren Mooney, Karen Go-
brecht, Deborah Pearlstein, así como a la difunta
Eleanor York su capacitada asistencia técnica; y a
Ann Godoff, Kathy Rosenbloom, Andy Carpenter y
Martha Schwartz su colaboración en la producción.
Beth Tondreau es responsable del elegante diseño de
estas páginas.
En materia de política espacial, me he beneficia-
do de discusiones con otros miembros de la junta
directiva de la Sociedad Planetaria, especialmente
con Bruce Murray, Louis Friedman, Norman Au-
gustine, Joe Ryan y el difunto Thomas O. Paine.
Dedicada a la exploración del sistema solar, la bús-
queda de vida extraterrestre y las misiones interna-
cionales tripuladas a otros mundos, es la organiza-
ción que mejor encarna la perspectiva que presenta
este libro. Los lectores que estén interesados en
obtener una información más detallada sobre esta
organización sin ánimo de lucro, el grupo más im-
portante de interesados por los temas espaciales en
toda la Tierra, pueden ponerse en contacto con:
THE PLANETARY SOCIETY 65 N. Catalina
Avenue Pasadena, CA 91106 Tel: 1-800-
9WORLDS
Tal como ha ocurrido en cada uno de los libros
que he escrito desde 1977, no tengo palabras para
expresar mi gratitud a Ann Druyan, por sus aporta-
ciones críticas y fundamentales contribuciones, tan-
to en lo que se refiere al contenido como al estilo.
En la inmensidad del espacio y del tiempo, me sien-
to feliz de poder disfrutar del privilegio de compartir
un mismo planeta y una misma época con Annie.
NOTAS SOBRE EL AUTOR
CARL SAGAN ha jugado un papel principal en el
programa espacial americano desde sus comienzos.
Siendo consejero de la NASA a partir de los años
cincuenta, instruyó a los astronautas del programa
Apolo antes de que partieran hacia la Luna, y formó
parte del equipo de experimentación en las expedi-
ciones de los Mariner, Viking, Voyager y Galileo a
los planetas, incluyendo la primera misión planetaria
coronada por el éxito, la del Mariner 2. Contribuyó
a resolver los misterios de la elevada temperatura de
Venus (origen: un masivo efecto invernadero), de
los cambios estacionales observados en Marte (ori-
gen: polvo levantado por el viento) y de la envoltura
roja de Titán (origen: presencia de moléculas orgá-
nicas complejas).
Asimismo, ha sido pionero en la comprensión de
las consecuencias globales de una confrontación
nuclear, en la búsqueda de vida en otros planetas
mediante naves espaciales, en la caza de señales de
radio procedentes de civilizaciones distantes en el
espacio, así como en lo que concierne a los estudios
realizados en el laboratorio respecto a los pasos que
conducen al origen de la vida.
El trabajo del doctor Sagan ha sido reconocido
con las medallas de la NASA por Méritos Científi-
cos Excepcionales y (en dos ocasiones) por Servicio
Público Distinguido, así como el Premio Apollo
Achievement de la NASA. El asteroide 2709 Sagan
fue bautizado con su nombre. También le fue con-
cedido el Premio de Astronáutica John F. Kennedy
de la Sociedad Americana de Astronáutica, el pre-
mio del 15 aniversario del Explorers Club, la meda-
lla Tsiolkovsky de la Federación Soviética de Cos-
monáutica, el Premio Masursky de la Sociedad
Americana de Astronomía («por su extraordinaria
aportación al desarrollo de la ciencia planetaria») y,
en 1994, la medalla del Bienestar Público, la más
alta distinción de la Academia Nacional de Ciencias
(«por su notable tributo a la aplicación de la ciencia
al bienestar público... Nadie ha conseguido nunca
transmitir las maravillas ni el carácter estimulante y
jubiloso de la ciencia con tanta amplitud como lo ha
hecho Cari Sagan... Su habilidad para cautivar la
imaginación de millones de personas y para explicar
conceptos complejos en términos comprensibles
constituye un magnífico logro»).
Ganador del Premio Pulitzer, el doctor Sagan es
autor de muchos bestsellers, entre los que destaca
Cosmos, el libro científico más leído de cuantos se
han publicado en lengua inglesa. La serie de televi-
sión homónima, ganadora de los premios Emmy y
Peabody, ha sido seguida por más de quinientos
millones de personas en sesenta países. Actualmen-
te, Sagan es profesor de la cátedra David Duncan de
Astronomía y Ciencias del Espacio, así como direc-
tor del Laboratorio de Estudios Planetarios de la
Universidad de Cornell; Distinguished Visiting
Scientist del Laboratorio de Propulsión a Chorro del
Instituto de Tecnología de California, y cofundador
y presidente de la Sociedad Planetaria, la asociación
más importante del mundo dedicada a temas del
espacio.
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orden en las páginas siguientes: 232, 27, 32, 19, 19,
27, 9, XIV, 137, 112-113, 206, 10, 239, 8, 8.)
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Nueva York, Schocken, 1964. Aquí, como en mu-
chas otras fuentes, el Syllabus de 1864 aparece
transcrito a su forma «positiva» (por ejemplo: «La
revelación divina es perfecta»), en lugar de formar
parte de una lista de errores condenados («La reve-
lación divina es imperfecta»).
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