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Mi Campo, Mi Ciudad Costumbres y Comportamientos de la Sociedad Costeña Ecuatoriana

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Published by vigcypug, 2023-05-31 12:43:12

Mi Campo, Mi Ciudad Costumbres y Comportamientos de la Sociedad Costeña Ecuatoriana

Mi Campo, Mi Ciudad Costumbres y Comportamientos de la Sociedad Costeña Ecuatoriana

MI CAMPO, MI CIUDAD COSTUMBRES Y COMPORTAMIENTOS DE LA SOCIEDAD COSTEÑA ECUATORIANA SEGUNDA EDICIÓN LEONELA MACÍAS RODRÍGUEZ


Autor: Leonela Macías Rodríguez, Msc. Revisor Pares: Julio Adolfo Bravo Mancero PhD. Milderd Geraldine Carrasco Albán, Msc. Diseño de portada, Diagramación: Editorial e Imprenta de la Universidad de Guayaquil Gestores de la publicación: Decanato de Investigación, Posgrado e Internacionalización Coordinación de Investigación y Gestión del Conocimiento Servicio Nacional de Derechos Intelectuales - SENADI. ISBN: 978 - 9978 - 59 - 165 - 9 Quedan rigurosamente prohibidas, bajo las sanciones en las leyes, la producción o almacenamiento total o parcial de la presente publicación, incluyendo el diseño de la portada, así como la transmisión de la misma por cualquiera de sus medios, tanto si es electrónico, como químico, mecánico, óptico, de grabación o bien de fotocopia, sin la autorización de los titulares del copyright. Guayaquil-Ecuador 2023 MI CAMPO, MI CIUDAD COSTUMBRES Y COMPORTAMIENTOS DE LA SOCIEDAD COSTEÑA ECUATORIANA SEGUNDA EDICIÓN


Agradecimientos A Dios por su divina providencia, paciencia y sabiduría A mis padres, fuente de inspiración en mi vida y el presente relato A la Universidad de Guayaquil, mi Alma Máter y apoyo institucional


PRÓLOGO Los rasgos culturales de los pueblos tienden a perderse cuando no existen registros de la vida evolutiva de sus individuos. Si bien, el conocimiento transmitido de generación en generación ha representado en ocasiones el rescate de aquellas culturas y saberes ancestrales, también es cierto que en el camino se pierden detalles de esas habilidades y destrezas logradas por autorrealización, que permiten la permanencia de la identidad y cultura de los pueblos. Es por ese motivo que este libro recoge el relato de un hombre sencillo de campo, agricultor, vaquero, marinero, mecánico y nómada, en una narrativa coloquial que destaca actividades, valores y locaciones en diferentes épocas de la rica cultura costeña ecuatoriana. Nuestro personaje no es un héroe ni un antihéroe, sino un ser humano que como muchos nació en medio de la adversidad, pero se diferencia de los demás por la forma de asimilar su historia y aprovechar cada experiencia con la fascinación y aprendizaje de un niño. Lejos de provocar lástima, el personaje ejemplifica con sus acciones, transforma su infortunio con resiliencia y mientras se adapta a la realidad, va recogiendo en el camino moralejas, aprendizaje, emociones reales y frutos de toda clase, mientras lleva consigo las costumbres y cultura de su pueblo montubio, del campo profundo del Ecuador. Como él, hombres y mujeres de todo el mundo siguen optando por buscar lejos de su propia tierra ese destino soñado y así satisfacer aquella inquietud instintiva de experimentar lo nuevo, lo desconocido, lo más adecuado para la vida. Esta historia narra justamente eso, las motivaciones de un niño para conseguir ser adulto, pero que se hizo hombre siendo nómada mientras dejaba atrás al pequeño río de su pueblo natal y dejaba huellas en el camino, en el campo entre los cafetales, en las ciudades, en la montaña, en playa y en alta mar, hasta llegar al anchuroso río Guayas. Su forma particular de narrar sus vivencias permitió que este curioso relato no quede en el olvido, pues lo contó una y otra vez con mucha


emoción, al mismo tiempo que destacaba los valores y conocimientos sobre sus antepasados y orígenes. Esta obra es la recopilación de algunas de sus anécdotas, las más impactantes, las más novelescas y apasionantes. No obstante, aunque por respeto a la privacidad de familias y personas particulares involucradas en la historia, se cambiaron los nombres de algunos personajes. La autora de este material realizó una investigación exhaustiva durante 4 años para que el libro represente la narración de lo más cercano a la realidad, de lo que verdaderamente pasó en la vida del protagonista.


CONTENIDO PRÓLOGO........................................................................................................................7 CAPÍTULO I.....................................................................................................................11 Determinación .............................................................................................................11 Retrospectiva................................................................................................................18 Incendio en la troja ...................................................................................................25 Más travesuras .............................................................................................................27 Foto de Primera Comunión...................................................................................30 Sequía y pobreza ........................................................................................................32 CAPÍTULO II....................................................................................................................33 Camino hacia la aventura. Primeros destinos............................................33 Solanillo – Pichincha ................................................................................................34 El encuentro con la “X”...........................................................................................36 La muerte del puerco...............................................................................................40 CAPÍTULO III..................................................................................................................42 El regreso a casa.........................................................................................................42 Severino ...........................................................................................................................43 Encuentro con lo sobrenatural ...........................................................................51 Perseguido por la sanidad.....................................................................................53 CAPITULO IV..................................................................................................................55 Manta ................................................................................................................................55 Amistad con el mar....................................................................................................55 Amor a la vista .............................................................................................................57 Ante la muerte, otra vez .........................................................................................62 Propuesta de matrimonio......................................................................................65 La boda.............................................................................................................................66 CAPÍTULO V...................................................................................................................70 Hacia la ciudad del gran río.................................................................................70 La cosecha......................................................................................................................74 BIBLIOGRAFÍA...............................................................................................................77


Leonela Macías Rodríguez. 11 CAPÍTULO I La cultura campesina en ocasiones es catalogada como sinónimo de ignorancia y pobreza, sin llegar a definir en un contexto real la relación de esas palabras con la práctica. Lejos de esas acepciones, la cultura es un cúmulo de conocimientos, valores, costumbres y ciencia y el término campesino proviene de campo, esfuerzo, honor y legado (Guarderas, 2022). Que todos estos atributos no se hayan forjado en un centro de estudios, en el caso de muchos campesinos, no quiere decir que no podamos aprender de ellos y sus experiencias. De ahí que, a modo de ejemplo, la narración que a continuación se presenta, destaca el recorrido por la vida de uno de tantos hombres de campo, que se aventuran a abandonar los linderos de sus pueblos natales en busca de mejores días. Determinación A sus 12 años cumplidos el 1 de marzo de 1957, el pequeño Eudes sentía que debía darle un nuevo rumbo a su vida, pero no sabía cómo, aún le faltaban algunas partes al plan que le daría un vuelco a la rutina diaria en casa de sus padres. Pensativo por varios días, mientras atendía sus quehaceres en la hacienda, trataba de idear su escape, necesitaba sacar provecho a su imaginación infantil conjugada con la prematura madurez que había adquirido por el arduo trabajo que, como a todo niño de campo, le tocó hacer desde temprana edad. Mientras reunía el coraje necesario para emprender su aventura, sentía que le urgía explorar algo nuevo y motivado por sus ansias de libertad, finalmente determinó que era su independencia ¡eso quería!, irse lejos de todo lo que conocía y que no le satisfacía. Hasta que un buen día, ese mismo año a finales del mes de abril, se presentó la oportunidad, sus padres le habían concedido trabajar fuera de casa, entonces la idea estaba mucho más clara en su cabeza y la decisión había sido tomada. Así fue como, Eudes Clotario Macías Loor, mejor conocido en todo el pueblo de Río Chico y en recintos aledaños como ‘Miquito’, se dispuso


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 12 a emprender el viaje más largo de su vida, el camino que le conduciría a ser dueño de su propio destino. Pero, como era lógico, sentía temor y adrenalina recorriendo su cuerpo, porque no tenía idea de lo que encontraría más allá de los límites de su pueblo natal. El pueblo de Miquito era Río Chico, la parroquia rural más antigua de Portoviejo, capital de la provincia de Manabí con no más de 100 familias en aquella época (Cedeño Morán, 2020). Eso era todo lo que él conocía, allí nació y se crio en un entorno a veces agreste y a veces acogedor, campesino, fructífero, tradicional, donde con productos como limón, cacao, algodón y coco, sus habitantes habían logrado mantenerse y sobrevivir a épocas adversas como la sequía de los años 60 (Mendoza et al., 2019), cuando todo el territorio manabita quedó marcado por la escasez de agua, aunque siendo una tierra de contrastes, no han faltado algunos inviernos bravos con los que se han presentado inundaciones y desbordamientos de los ríos, sobre todo en Río Chico, donde el afluente principal atraviesa el pueblo y arremete con todo cuanto se encuentra a su paso, pues por el exceso de lluvias se transforma y deja de ser un río chico para convertirse en una gigantesca crecida (Giler-Ormaza, 2020). Figura 1. El río de la parroquia rural de Río Chico, Portoviejo. Vista desde el puente de Río Chico.


Leonela Macías Rodríguez. 12 13 Imagen captada el 3 de noviembre de 2016 Pero en medio de todos esos acontecimientos de la naturaleza, en el siglo XIX esta población era reconocida como la parroquia más importante en su categoría, tanto así que se la conocía también como “la joya manabita”. Sin embargo, poco a poco fue quedando aislada de la vida moderna, aquellas innovaciones que unieron a otras ciudades como Manta y Portoviejo con la introducción de la convergencia tecnológica y vías de comunicación, beneficios que no llegaron a Río Chico de manera oportuna, por lo que este maravilloso rincón del país se quedó entre la vegetación y costumbres ancestrales como un tesoro patrimonial viviente de la región (López Mera et al., 2019). Allí en el pueblo todos le tenían cariño al -Miquito- y le decían así porque era más fácil de pronunciar que su nombre real, le decían “Ele”, “Ebre”, “Edes”, y muy pocos le atinaban a su verdadero nombre: -Eudes-. Eudes Clotario son nombres heredados de generación en generación y que, en su momento, fueron tomados del Santoral (Toro 2019), es decir, nombres de santos europeos, cuya pronunciación correcta y acento apropiado se perdían en territorio de habla hispana. Por eso, quienes conocían a Eudes decidieron ponerle aquel apodo, uno que vaya más acorde con su piel rosada y cabellos claros, pero también con su forma de escabullirse y de hacer travesuras. Entonces, era más fácil comparar a este niño con un “mico” nombre con el que el pueblo montubio identifica al mono capuchino blanco de la costa (Titita et al., 2020), primate que se podía encontrar en los bosques cercanos del pueblo, entre árboles y cañaverales, son monitos pequeños, inquietos y de rojizo pelaje o “colorado” como les dicen a los colores rojizos en las zonas costeras (Lara, De la Cuadra, y Gilbert 2019). Es así como este niño al que todos conocían como el Miquito, era un niño corpulento, de baja estatura, travieso, humilde y testarudo. Era considerado uno de los críos más problemáticos de la zona. Amaba los riesgos y el peligro, parecía no temerle a nada, su conducta dejaba mucho que desear, sobre todo cuando se pertenece a una familia de reconocido linaje entre los habitantes del pueblo y la comarca entera,


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 14 los Macías Loor. Figura 2. Aura Loor de Macías y sus tres primeros hijos varones. De izquierda a derecha: Aldo, Juvenal y Eudes. El Miquito hizo a un lado toda consideración al -qué dirán- del buen nombre y apellido familiar porque su decisión estaba tomada, se alejaría de todo y de todos, se aferraba a la esperanza de encontrar mejores días al emprender un nuevo camino fuera del hogar. Fue así que, en ese momento tomó su equipaje y se despidió. Su maleta, que era solo un morral con lo necesario para unos cuantos días, fue previamente preparada por su madre doña Aurita, quien apenas le había empacado ropa como para una semana de trabajo, pues debía regresar a casa durante sus días libres. El Miquito se iba a trabajar de asistente en la clínica Santa Teresa en la calle Guayaquil de Portoviejo, a unos 16 kilómetros de casa. Su misión era cumplir con un sinnúmero de tareas como empleado multioficios por una temporada o por lo menos, ese era el plan que conocía su familia. Le había dicho a su madre que sería sólo un trabajo corto, que no demoraría mucho y que volvería en diez o quince días aproximadamente, pero en realidad, ocultaba otros planes en su mente, la verdad es que


Leonela Macías Rodríguez. 14 15 no quería volver más. Se despidió de su familia como acostumbraba hacerlo al salir hacia la escuela, con un simple -hasta pronto, nos vemos, bendición mamá- dijo adiós a sus padres y hermanos que lo vieron partir sin que eso signifique cosa de llanto o emoción, algunos ni siquiera dejaron de hacer sus labores diarias para verlo partir, no hubo un ¡chao hermano, adiós Miquito! porque para ellos, el Miquito no se iría muy lejos, no se ausentaría por mucho tiempo, era una misión más, de esas que cualquier niño del campo emprende a su edad para aportar con ingresos en el hogar, aunque en su mente se escondiera una estrategia de escape, una despedida que sentía aún más profunda en su corazón. Las cosas cambiarían radicalmente a partir de ese momento, aquel era un día que calaría hondo en la vida de esta familia, pero sobre todo en la vida del Miquito. Con su morral al hombro salió de la casa lentamente, lo hacía despacio, consciente de que se alejaría del sitio que había sido su cuna y su hogar hasta ese momento. Caminaba con prosa, pero se fue sin mirar atrás, prefería no ver a su al rededor, mientras pensaba: “¡¿qué estoy haciendo?!” y se respondía a sí mismo: “¡tengo que hacerlo, tengo que poder, quiero irme de aquí!” mientras caminaba hacia el portón principal, atravesando un sendero largo, enmarcado con altísimas palmeras de coco, mientras que su mente se encargaba de registrar y guardar las imágenes más representativas de su infancia, aquella casa que lo vio nacer, una casona enorme, hecha con madera, caña y cade, enlucida con adobe de enquinche, así eran antes las casas del campo costeño, como lo describe Cevallos López (2020): Conocida como cade, mide entre 50 y 60cm. de largo por hasta 40 cm. de ancho. Por su impermeabilidad ante el agua y el ambiente de frescura que brinda, el campesino manabita la utiliza para las cubiertas y techados de sus casas, o generar ambientes para el secado de café o cacao o, simplemente, para cubrir mobiliarios. (p.105) Precisamente ese era el ambiente de la casa de los Macías Loor, una vivienda acogedora, fresca y con olor a campo. Este hogar era querido, reconocido y respetado por todas las familias riochiquenses. Pero el Mi-


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 16 quito tenía otra perspectiva, él conocía muy bien todos los recovecos de su casa natal, tanto que hasta había memorizado el número de sus escalones, los que innumerables veces había contado al subir y bajar en el ajetreo de la dura jornada diaria en su hogar. Eran doce peldaños, doce como su edad. Toda su vida hasta ese momento había transcurrido en las entrañas de esta hermosa casona montubia, con una sencilla pero atractiva y rústica decoración con aroma a leña y café filtrado, olor a sabores y recuerdos de su infancia. Figura 3 Casa de los Macías Loor. Fotografía tomada el 3 de noviembre de 2016. Cómo olvidar aquellos portones de madera a dos abras, enormes y relucientes, las clásicas ventanas con celosías de madera y el fogón de la cocina en base de barro, todo aquello que el Miquito conocía a la perfección, todo eso que ahora pretendía olvidar. Pero las dudas no tenían cabida en ese momento, a paso lento pero firme avanzó hasta el portón principal, mientras pensaba en tantas cosas, pero luchaba por no volver la mirada hacia ese amplio terreno propiedad de sus padres, que tenía aproximadamente quince hectáreas, lleno de árboles frutales, animales de granja y aquel legendario, profundo y misterioso pozo, objeto de agraciadas y desgraciadas ex-


Leonela Macías Rodríguez. 16 17 periencias para él, aunque también era una fuente inagotable de agua para su familia y toda la comarca. Y mientras luchaba contra sus miedos y añoranzas, con su morral al hombro trataba de abrir la pesada tranca del portón. Al final de aquel sendero con su casa y los suyos a sus espaldas y un destino desconocido frente a él, Miquito sentía despedirse con cada latir de su corazón, un adiós insospechado por todos. Hasta la vuelta Miquito, adiós, Eudes. Pero sus pensamientos no dejaban de traicionarlo, ya estando fuera de la casa su mente recorría aquellos sitios donde tantas veces trabajó, corrió, jugó y sufrió castigos innumerables. En el fondo, el Miquito, quería borrar y empezar de nuevo, forjar su propio destino sin que los demás le dijeran lo que debía hacer, pensar ni sentir. ¡Quien creyera!, nadie podría apostar que este niño campesino de rostro angelical tuviera las agallas de dejarlo todo atrás. Eudes, quien de lejos más bien pareciera un pequeño niño arraigado al seno familiar, engreído y mimado, en realidad tenía una fuerte personalidad, decisión y valentía, con cierta independencia en su interior, ni mucho ni poco, pero sí lo suficiente como para arrancarse de raíz de su propia tierra. El Miquito por fin había dejado su casa, y desde afuera, inevitablemente, entre las ranuras del cerco que cubría el frente de la propiedad, dirigió su mirada hacia el corral donde dormían las vacas frente a la casa, observó la cálida fachada de su hogar por última vez, divisó a los jornaleros que trabajaban en la hacienda y a su familia asomada en el balcón. Ahora sí, el gran paso hacia la libertad estaba dado, aquél que tanto anhelaba, esperanzado a que llegaran días mejores para él y para la realización de sus sueños. En esos instantes había volteado una importante página de su vida. Más, la verdad sea dicha, su misión de trabajar en la clínica era real, debía cumplir con esa parte, incluso para despistar un poco a su fami-


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 18 lia y no levantar sospechas sobre su verdadero plan, debía ganar ventaja en tiempo y distancia para que nadie lo siguiera con pretensiones de convencerlo a que desistiera de su huida, por eso actuó con sigilo, haciendo las cosas con naturalidad y cautela mientras se encaminaba a cumplir con su compromiso laboral. Al recorrer los caminos vecinales de Río Chico, observaba con detenimiento lo que desde siempre había conocido de cerca, aquel camino polvoriento bordeado por altas piñuelas, las casas montubias con su atractiva estructura rústica y a los vecinos a quienes saludaba como de costumbre, agitando su mano y haciendo una ligera venia con la cabeza, como pidiendo permiso para pasar, a aquellas familias riochiquences que se asomaban desde sus altos corredores y azoteas. Figura 4. Antigua casa de madera y caña en el centro de Río Chico. La estructura soportó el terremoto del 16 de abril de 2016. Foto tomada el 3 de noviembre de 2016. Luego de media hora de su pausada caminata, Miquito llegó al corazón de Rio Chico, observó con cierta nostalgia la plaza, la torre del reloj, el mercado, la Iglesia, el colegio, miraba a la gente ocupada en sus actividades, a pie, a caballo o en carretas. Todo, era como de costumbre, los comerciantes y las doñas en lo suyo, nada había cambiado para los demás, solo para él, porque el Miquito ahora veía a su pueblo como queriendo guardarlo muy adentro, en su mente y en su corazón. Retrospectiva


Leonela Macías Rodríguez. 18 19 Lo que al Miquito lo mantenía firme en su decisión era pensar en los motivos de su partida, ¿por qué huiría de su pueblo natal, del maravilloso campo, de su familia? Reflexionaba entre resentimiento y nostalgia, recordaba claramente que desde muy chico su trabajo fue extremadamente duro, como le tocaba a todo niño de campo en aquella época (Hernández et al., 2016), pero ese no era el principal motivo, pero él estaba acostumbrado al trabajo rural, es más, podría decirse que hasta le gustaba y le generaba mucho interés. Entonces, no, eso no era, había algo más que le desdibujaba la sonrisa. Al Miquito no le molestaba levantarse cada día a las cinco de la mañana, ya estaba acostumbrado a su rutina diaria, primero a ordeñar las vacas, para eso debía previamente debía distanciar a los “chivos”, así les dicen a los terneros en algunas regiones de Manabí, luego sujetaba la cola de las vacas a sus patas traseras con una soga de cabuya para facilitar el ordeño y para evitar esos molestos coletazos de la vaca en la cara. La leche que el Miquito colocaba en baldes de madera luego era trasladada por su padre, don Clotario, hasta la cocina de la casa, donde se la procesaba para obtener productos como la mantequilla blanca que era envasada en canutos, que eran partes cortadas de la caña guadua verde (Zambrano et al., 2019). A tal proceso se le atribuía el sabor único y distintivo de una verdadera mantequilla montubia. Esta tradicional preparación que se ha mantenido por generaciones sigue un estricto ritual (Macías et al, 2021). En la casa del Miquito se preparaba así: - Se lavan muy bien las manos con jaboncillo y abundante agua. - Se procede a recolectar la leche directamente de la vaca lechera en un balde de aluminio. - Utilizando una susungá (cernidora de mate) - Se extrae la nata de la leche cruda. - Se coloca la nata dentro de una batea de madera y con la


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 20 mano diestra se comienza a batir hasta darle la consistencia cremosa que le caracteriza a la mantequilla blanca. - Se enjuaga la mantequilla en agua una o dos veces según lo amerite. - Luego se ubica la mantequilla en otra batea limpia para posteriormente agregarle leche previamente hervida y dejada entibiar. La leche tibia se le va incorporando poco a poco a la mantequilla batiendo rápidamente, dependiendo de la necesidad de la mantequilla, puesto que, si se enfría la leche, la consistencia puede perderse. - Se deja reposar un poco la mantequilla dentro de la batea para que se enfríe. Finalmente se realiza el envasado en los canutos de caña guadua mansa tierna. (Macías Zambrano et al. 2019) Asimismo, la cuajada, el suero blanco, el manjar y el famoso queso casero eran otros derivados de esa exquisita leche campesina, que don Clotario se encargaba de elaborar para la venta y el consumo en el hogar. Para los foráneos, probar las delicias manabitas se ha convertido en una experiencia única de turismo gastronómico (Félix Mendoza et al., 2021), mientras que para el manabita o “manaba”, como algunos se autodefinen, trae sensaciones nostálgicas al paladar y remembranzas en el corazón, donde sea que se encuentren. Al querer describir la sensación, el Miquito dice que es algo así como una mezcla de sencillez, trabajo y sacrificio, con un grato gusto a humildad, en otras palabras, se trata del inigualable sabor manabita, reconocido en todo el país por su exquisito sabor y nutrida cultura. De ahí surge el afamado queso manabita (Arteaga et al., 2021), trabajado en casa como lo hacían los Macías Loor, ellos elaboraban desde los moldes para su preparación, utilizaban las hojas de la resistente piñuela para formar círculos a los que llamaban “sunchos”, en cuyo centro se exprimía la lechosa masa de cuajada hasta formar una hermosa marqueta de queso que dejaban


Leonela Macías Rodríguez. 20 21 reposar por 3 horas, todo esto, cuidando al máximo la limpieza y delicadeza, toda una obra de amor al trabajo. Al final, los hijos de la familia ofrecían el sabroso y reconocido queso manabita, recorriendo todo el pueblo, de casa en casa. Figura 5. Don Hipólito Clotario Macías Aray, esposo de doña Aura Loor con quien procreó 14 hijos. Pero la ayuda en la producción de queso era sólo una parte de los quehaceres que le tocaba realizar al Miquito, luego de ordeñar las vacas y mientras su padre se encargaba de otras labores, él corría a sacar al ganado del corral y las llevaba a pastar a un potrero que quedaba a cinco kilómetros de su casa, el pastizal de don Lugardo, ubicado en Buena Vista de Quebrada Grande, allí las dejaba encerradas en el corral durante la mañana para poder ir a la escuela, lo que le tomaba media hora a pie. Las puertas del centro escolar “La Inmaculada Concepción” de las Madres Lauritas en pleno centro de Rio Chico junto a la Iglesia, se abrían a las ocho de la mañana, por eso el Miquito se apresuraba, corría, no podía tardarse, debía ser puntual. A paso ligero terminaba con mucho cuidado las últimas tareas del hogar para poder cumplir con ambas responsabilidades con hora marcial, tal como si fuera un conscripto, de lo contrario, sendos castigos le esperaban en cualquiera de los dos escenarios o en ambos, por un lado, en


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 22 casa de parte de su madre, y por otro en la escuela en manos de las monjas docentes. Figura 6. Iglesia Santa Bárbara de Río Chico y Escuela donde estudiaba Eudes, en plaza central de Río Chico. Imagen captada en noviembre de 2016. Entonces, se puede determinar que no era el trabajo pesado el motivo de su huida, realmente su motivación era la incomprensión, la inflexibilidad y muchas veces la injusticia con la que se le trataba, era eso lo que lo empujaban hacia fuera, lejos, lo más lejos posible de todo y de todos. Pero así era la vida en el campo en esos tiempos, eso era lo que le pasaba a todo niño que se saliera del camino de la “rectitud” una rectitud a veces retorcida, a veces razonable, eran estrictas normas que venían formando hombres y mujeres por generaciones de la misma manera. Cuando lo cuenta el Miquito, resalta que ni sus padres ni las monjas tenían la culpa de estos exagerados procedimientos, aunque con un tono de resentimiento reconoce que a ellas no les fue mejor en su infancia, incluso podría decirse que les fue peor, y esa era la única forma que conocían de educar “criaturas”, cómo les decían a los niños. Pero aunque parezca contradictorio, fue precisamente a esas experiencias que el Miquito atribuye su carácter, rectitud, respeto y forma puntual de hacer las cosas, sin embargo, se prometió a sí mismo que no seguiría con esa tradición, creía firmemente que existen otras formas de corregir y enderezar a los hijos, que hay mejores maneras de criarlos e inculcarles el respeto hacia los demás, sin olvidar el respeto hacia


Leonela Macías Rodríguez. 22 23 sí mismos, sobre todo eso, aprender a respetar, sin llegar a los castigos extremos como los que el tantas veces recibió justa e injustamente. En ocasiones en la escuela, como parte de castigos, al Miquito le tocó arrodillarse en tapillas de cola, o lo ponían contra la pared donde debía sacar la lengua y pegarla al muro por varios minutos o lo encerraban en un pequeño cuarto en penumbras con una vieja calavera. Sus orejas constantemente sangraban de tantos jalones que recibió, no solo porque se las partían, sino porque también eran atravesadas por las uñas de las monjas, quienes luego, para ocultar el maltrato, intentaban cauterizar las heridas con tiza. No contentas con eso, las monjas se encargaban de que doña Aurita conociera cada detalle de las travesuras de su hijo, así es que la citaban personalmente para mantenerla al tanto de las novedades de su hijo o le enviaban una nota con las querellas, y entonces los castigos en casa harían parecer que los aplicados en la escuela solo eran caricias o juegos de niños. El Miquito sabía que en casa el castigo continuaba, ahí le quemaban los pies con hojas de maíz encendidas, le daban latigazos con una especie de vara hecha con cuero peludo de vaca, conocida como “bueyero” o látigo que servía para arrear a los bueyes y vacas. Pero el castigo que narra con mayor rencor era cuando lo sumergían, casi hasta el punto de ahogarlo en el tanque- bebedero de las vacas o en el pozo de la hacienda, aquel pozo que para él es el símbolo de la difícil niñez que padeció, pero al mismo tiempo cuenta con agrado que ese mismo pozo representa la milagrosa providencia que ha beneficiado a su familia por generaciones, pues en tantas ocasiones sirvió para regar los sembríos, para dar de beber a los animales y para abastecer a toda la casa del líquido vital que ha escaseado por años en la provincia de Manabí. El agua de este pozo es fría y salobre porque proviene de ríos subterráneos, pero fue la salvación para muchas familias durante la gran sequía que se produjo a principios de la década de los 60. Los Macías Loor, solidarios con el prójimo abastecieron de agua a todo Rio


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 24 Chico y poblaciones cercanas en aquella difícil época que duró más de cinco años, un mal tiempo que cobró la vida de personas, animales, plantaciones y degradó la calidad de la tierra por muchos años. Posiblemente no existe una provincia del Ecuador con mayores o mejores resultados que muestren y hagan evidente los severos impactos y el efecto que tiene el cambio climático en la economía agrícola. Esto no está presente sólo como un problema de hoy, pues es un problema que ya tiene más de medio siglo. (Mendoza et al. 2019). Pero la crisis en Río Chico tuvo una sorprendente solución, pues de entre todos los manantiales y pozos de la comarca, solo el pozo de los Macías Loor no se había secado, fue algo así como un milagro. Los vecinos hacían largas colas para surtirse de agua, con la que subsistieron familias, animales de granja y salvó plantaciones en su momento, el líquido vital parecía no terminarse, había para todos. Es así, que quienes se habían servido de la bondad y del agua de los Macías permanecían agradecidos, mientras la fascinante historia se trasladaba de generación en generación, por eso muchos riochiquenses habían adoptado una posición de protectores de los hijos de la familia y cuidaban de manera especial al travieso Miquito, pero vale aclarar aquel “cuidado” muchas veces provocaba más bien temor en el pequeño Eudes. Figura 7. Eudes a sus 71 años junto al pozo de la hacienda


Leonela Macías Rodríguez. 24 25 Macías Loor, construido el 28 de diciembre de 1921. Lo que hacían muchos -diligentes- vecinos era delatar al Miquito cuando lo veían en plena acción, durante aquellas travesuras que martirizaban a doña Aurita, una de las más recurrentes locuras del niño eran esos típicos y arriesgados juegos que consistían en subir y arrojarse de las chivas (autobuses de madera) en movimiento, para darse el gusto de rodar por el piso y revolcarse de lo más divertido en el polvo que abundaba en las calles del pueblo. Para el Miquito más que un juego de niños, acercarse a los vehículos en movimiento era una intensa curiosidad que posteriormente descubrió como la gran afición de su vida - los motores - su funcionamiento, capacidad, sus engranajes y piezas era algo que le atraía y en lo que soñaba trabajar algún día. Aunque era consciente de que, con ese loco acercamiento a los camiones, su vida corría peligro y su ropa se convertía en un dolor de cabeza para su madre. En ocasiones don Clotario, le autorizaba al vecino don Manuel para que lo castigue si lo pescaba jugando de esa manera. Así eran esos tiempos dice el Miquito, pero así también se fueron acumulando e incrementando los miedos y resentimientos en su corazón. El Miquito ha reconocido en muchas ocasiones que los castigos recibidos, aunque un poco exagerados, no eran gratuitos, él es consciente de que era un niño por demás travieso, explorador e irreverente, “así era yo”, dice con algo de gracia y orgullo, recordando el pasado y no puede parar de reír cuando se acuerda de sus más grandes “hazañas”. Incendio en la troja Era una mañana soleada muy calurosa, el Miquito de 8 años, andaba jugando con su hermano menor Aldo de 6 años, huían del aburrimiento y buscaban hacer travesuras, cualquiera se divertía sólo con verlos, corrían de un lado a otro entre juegos y risas, pero a ese ritmo, algún acontecimiento ya se veía venir. El Miquito era el “maestro” de la improvisación y la creatividad al momento de hacer algo intrépido y divertido, siguiendo sus instintos


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 26 tomó unos fósforos de la cocina y empezó a quemar bichos, plantas, piedras y todo lo que encontraba a su paso entre la vegetación de la hacienda, pero no pasó mucho tiempo hasta él y su hermano llegaron a la troja, ahí junto a la casona de sus padres. La troja era como les llamaban a los graneros en el campo, era donde depositaban las cosechas recientes y en este caso los niños encontraron almacenadas, montañas de lana de árbol de ceibo. Cada año los Macías cosechaban lana de los ceibales aledaños, eso era parte de su actividad productiva que les permitía un ingreso adicional. Los ceibos son árboles altísimos, majestuosos y algo terroríficos, si se los contempla por la noche. La semilla de este endémico árbol (Antonio y David 2018) es una esponjosa y suave mota blanca que contrasta con el verde camuflaje de su tronco y ramas. Este producto natural era vendido por don Clotario a don Felipe Bravo, fabricante artesanal de colchones del pueblo, quien usaba la lana como materia prima para rellenar sus productos. Como esa de imaginarse, la lana de ceibo, combustible natural debido a dos de sus componentes; aceite y fibra vegetal, era un peligro latente. Sin embargo, eso era algo que nuestros dos pequeños personajes a su corta edad no lograban deducir, por eso no les importó acercarse demasiado a la troja y encender un fósforo. ¡Entonces!, aconteció la travesura que temían todos. Mientras el Miquito sostenía el fósforo encendido en su mano, entre juegos y forcejeos aquella misma mano fue empujada accidentalmente por Aldo, dejando caer el fósforo encendido sobre la lana. Ambos han narrado esta historia con mucha picardía y asombro, cuentan que no fue un incendio progresivo, fue más bien como una explosión silenciosa como cuando se enciende una antorcha empapada en combustible y de pronto, en un pestañeo, se vieron rodeados por las flamas dentro de la estructura de madera, toda la troja ardía y aunque por la -Gracia de Dios- lograron salir a tiempo, los niños se mantuvieron estupefactos al observar desde fuera cómo la troja era consumida por las llamas. Petrificados por el gran acontecimiento ante sus ojos, vieron cómo


Leonela Macías Rodríguez. 26 27 enormes lenguas de fuego, además alcanzaron e incineraron montones de cáscaras de maní y maíz en mazorca que se encontraban a los lados de la troja. La pérdida para la familia fue enorme. Al lugar acudieron don Clotario y los vecinos don José y don Lugardo, quienes tardaron aproximadamente 20 minutos en extinguir el fuego, gracias a la cercanía del pozo de la hacienda, desde donde pudieron sacar agua en un balde de metal que a modo de cadena humana pasaban de mano en mano hasta sofocar el incendio, poco a poco. Los dos pequeños se vieron perdidos, sabían lo que venía después y el castigo no se hizo esperar. Por la furia que provocaron en su padre, el Miquito y Aldo recibieron varios latigazos con el rejo, un cabo hecho de cabuya bien apretada que servía para apartar a los chivos de las vacas lecheras. El llanto y desconsuelo del momento les recordó que no debían volver a jugar con fuego. Pero el susto pasó pronto y en pocas horas buscaron otra forma de divertirse, las ocurrencias siguieron su curso natural como el caudal del Río Chico. Más travesuras Pero no todas las diabluras del Miquito terminaban en llanto, tragedia y confusión, también hubo ocasiones en que las peculiares “hazañas” de nuestro personaje arrancaron más de una sonrisa a quienes lo observaban, todos los que se percataban de su presencia, lo vigilaban como esperando ver su próxima locura, mucha era la expectativa y cautela entre sus hermanos, trabajadores y vecinos porque lo conocían como un niño travieso, aventurero e irreverente. En una ocasión, durante un día ordinario de trabajo en la hacienda, el Miquito sostenía un machete afilado que don Clotario le había dado para que lo guardara, era una herramienta de uso personal para el padre del Miquito, lo tenía afiladito y como es costumbre de alguno que otro campesino, le había cortado la punta, para que en lugar de estar redondeada la tenga cuadrada, eso le daba facilidad al momento de cortar maleza oculta en los lugares


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 28 más pequeños y difíciles. Con ese machete en mano por el camino, a pocos metros de su casa, mientras iba jugando, cortando montecito o hierba mala por aquí y más allá, el Miquito se topó al llegar a casa con un cerdo que descansaba plácidamente echado en el suelo fresco al pie las escaleras. Entonces, la maliciosa experimentación surgió en su mente: ¿qué pasaría si...? y mientras pensaba en esto, elevo lentamente el machete sobre el cerdo y justo por encima del rabo del animal y sin pensarlo más, soltó el arma ejecutando aquel estirado y relajado rabo, que quedó separado del cuerpo del cerdo. Así fue como, con el machete de su padre, el Miquito cortó la mitad del rabo al pobre chancho, mientras el animal que inmediatamente al sentir su cola limpiamente mutilada reaccionó con extrañeza, se levantó y dio unos cuantos pasos alrededor de la casa emitiendo un ronquido raro, como de exclamación e interrogación, aunque no chilló de dolor. Don Clotario no pudo contenerse y soltó una sonora carcajada, esta vez lo único que le dijo fue “¡pendejo!, le cortaste el rabo al puerco!” mientras seguía riendo. Al parecer ese día don Clotario había despertado de buen humor, tanto así que todos los trabajadores y familiares que se encontraban al rededor se contagiaron de su risa. En adelante, aquel animal fue conocido como “el mocho”, un símbolo más de las travesuras del Miquito. Siempre que podía el Miquito escondía aquellas huellas de sus extraños experimentos o del resultado de sus descuidos, como cuando perdió el lápiz de su mochila escolar, el único lápiz que tenía, pues era así como solían tener los niños en aquella época, un único lápiz que les debía durar todo el año lectivo porque al campo no solían llegar material educativo con frecuencia. Al parecer, el punzante lápiz había hecho hueco a su bolso escolar y se habría caído camino a la escuela. Cuando se dio cuenta, el problema estalló en su cabeza y empezó a latir la amarga


Leonela Macías Rodríguez. 28 29 disyuntiva; “si le digo a mamá seguro que me azota, si no le digo, las monjas la van a llamar porque no presentaré deberes”... no quería ser castigado nuevamente y esta vez no era su culpa, pero él sabía que eso no importaría, nadie lo escucharía. Pero mientras pensaba esto, una de sus atrevidas ideas apareció de pronto, otra travesura le daba una esperanza para solucionar su problema. Como un gato, lento y sigiloso se metió al gallinero de su casa, donde estaban descansando las gallinas ponedoras, metió su mano debajo de una de ellas y tan sutil como pudo tomó un huevo o un “ponido” como le dicen en el campo y con mucha prisa corrió a venderlo para poder comprarse un nuevo lápiz y ya está, todo solucionado. Pero entonces, pensando que ya había pasado el susto, el Miquito no se imaginaba que, al regresar a su casa, se iba a dar cuenta de la peor forma de que su plan no había resultado a la perfección, su madre lo sabía todo. Al parecer, doña Aurita que lo había visto todo desde la ventana, se sintió muy decepcionada por el doble pecado cometido por su hijo; la mentira y el robo. En su devoto y católico corazón de madre, doña Aurita no pudo contener más la indignación y lo castigó con todo el rigor que pudiera aplicarse a un hijo que ha cometido una falta grave, como lo califica el mismo Miquito, “el peor castigo de todos”. Su madre lo tomó de los pies y lo sumergió de cabeza una y otra vez en el pozo, como queriendo ahogarlo, mientras le reprochaba sus faltas. Él sentía miedo y desesperación, pero algo le impedía sentir arrepentimiento, porque como el Miquito cuenta, tuvo que cometer el error porque no le quedaba otra opción, y es que el castigo igual vendría de una u otra forma. Y así frustrado y maltratado tuvo que encaminarse a la escuela, empapado, latigueado y sollozando. Por eso la escuela no fue del todo un templo del saber para él,


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 30 nunca representó un lugar agradable donde aprender, sufría dificultades de todo tipo, por ejemplo, además del lápiz, debía usar perfil y canutero (Villegas, 2012) para escribir en los cuadernillos de la consabida caligrafía Palmer (Páez, 2021), había que tener destreza y perfección, no sólo para copiar las estilizadas y cursivas letras del impreso sobre las líneas del cuadernillo, sino también para manipular y manejar con cuidado los tinteros, no vaya a ser que caiga una gota de tinta en las blancas hojas, ya que muy pocas veces ayudaba el secante para ocultar la mancha. Las cosas se ponían aún peor si de pronto llovía a la salida de la escuela pues la tela de su bolso no era impermeable, era de algodón. Si los útiles se mojaban no iba a ser culpa del temporal, ni de los profesores ni de sus padres, siempre sería culpa del Miquito. Las lluvias eran torrenciales y a su corta edad todo se maximizaba. En una ocasión, decidió acelerar el paso para recoger a las vacas como de costumbre y llegar pronto a casa, pero al momento de cruzar el estero, éste se había convertido en un torrentoso río debido a la fuerte precipitación, pero para no empapar sus útiles, decidió que las vacas crucen solas mientras él bordeaba el río a pie, lo que le tomó varios minutos. Las vacas llegaron solas al corral, quince minutos más atrás llegó él, cansado empapado y asustado. Como era de esperar, no le dejaron explicarse y eso también le costó un injusto castigo. Foto de Primera Comunión Los recuerdos de aquella vida infantil también tienen su matiz religioso, acompañado de tradiciones propias de la Iglesia Católica ecuatoriana. A los 8 años, el Miquito recuerda que hizo su Primera Comunión, durante una ceremonia sencilla en la iglesia del pueblo, en la que prometió fidelidad a Dios y renunció a satanás, un sacramento de la Iglesia Católica que todos los niños de su edad hacían por aquel entonces, no existían otras opciones


Leonela Macías Rodríguez. 30 31 ni nuevas religiones o creencias. Figura 8. Foto de Primera Comunión de Eudes a sus 12 años. Tomada en 1957 por sus tías paternas en Playa Prieta. Empeñada en dejar un recuerdo para la posteridad de tan importante evento, doña Aurita lo vistió de blanquito, lo peinó con muyuyo (especie de goma vegetal) y mandó al niño a Playa Prieta, un recinto cercano, donde vivían familiares que tenían una cámara fotográfica, el Miquito debía tomarse la foto de su Primera Comunión con sus tías paternas. En un burrito, vestido de blanco pureza, aunque sin zapatos, el Miquito iba elegante muy arregladito, más que en los acostumbrados domingos de iglesia, a su paso, era ovacionado por los vecinos del lugar que ya lo conocían pero que nunca lo habían visto así. Al llegar a Playa Prieta, sus primas, las Casanova lo hicieron arrodillar en un reclinatorio, lo acomodaron en una pose celestial y fue allí donde se tomó una de las fotos más representativas de su infancia, la foto de la Primera Comunión. Y aunque no hubo fiesta, ni dulces, ni banquete, ese día representó algo muy importante en la vida del Miquito, y ha sido el símbolo perenne de su relación con Dios, su recordatorio de que fue consagrado


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 32 para siempre a sus cuidados, eso jamás lo olvidó. Sequía y pobreza El Miquito trae nuevamente la sequía a su relato, porque ese fenómeno natural fue la transición entre la bonanza y la pobreza en su familia y en el resto del pueblo, recuerda que luego de una intensa temporada de lluvias, llegó una década de sequía muy hostil y triste, una de las peores catástrofes en la historia de Manabí que ensombreció a toda la provincia en la década de los años 60. Sí, aquella sequía a la que se refirió antes por la que los animales morían, en las granjas ya no quedaban sembradíos y la comida escaseaba. La falta de agua acabó con vacas, puercos, gallinas, cuyes, pavos, burros, caballos. No había más maíz, sandía, fréjol, maní, yuca, higuerilla, aceite, algodón ni piñón, todo había sido devastado. Y aunque en su casa contaban con el agua de aquel milagroso pozo para subsistir, por otra parte, los productos de primera necesidad encarecieron y escasearon con el mal, a tal punto, que era muy difícil conseguir provisiones, la pobreza se acentuó en Río Chico y en sitios aledaños por su desconexión con las urbes principales. Lamentablemente, a su tierna edad, el Miquito no hubiera podido ganar mucho dinero en oficio alguno para apoyar a su familia en aquella difícil situación. Con tan sólo doce años fue testigo de los sacrificios que debían hacer sus padres, sus vecinos, incluso las muchachas o jovencitas se casaban apresuradas, a tierna edad para aligerar la carga de sus familias, como se solía decir: “a menos boca, más nos toca”. Mientras tanto los hombres salían a tierras lejanas para trabajar aún más duro de lo acostumbrado. Esta sería una razón más para querer emprender su vida solo, para el Miquito el deseo de libertad llevaba consigo otras motivaciones que le hacían pensar que él era más útil si no estaba presente, la solución: huir de su hogar, aligerar la carga familiar, dejar atrás a los suyos en aquella hacienda y forjar su propio destino.


Leonela Macías Rodríguez. 32 33 CAPÍTULO II Camino hacia la aventura. Primeros destinos Fue con toda esa experiencia que le otorgó el trabajo duro y la responsabilidad que le se le inculcó a través de la rigurosa formación que recibió en casa desde que tuvo uso de razón, lo que le dio la seguridad de que podría trabajar en la clínica Santa Teresa en Portoviejo sin problema alguno, sin miedo a nada. Después de echar un vistazo a su vida en la hacienda en retrospectiva, ahora con los pies en tierra, emprendió su trabajo como asistente en la clínica donde cada mañana tuvo que hacer las compras de víveres para la cocina, atender a los enfermos, limpiar pisos, baños y más, todo en un mismo día, las horas no le alcanzaban. Pese a que ya estaba acostumbrado al trabajo forzoso, su labor en esta casa de salud la recuerda como una de las experiencias más exigentes pero que le dejó una interesante experiencia. Allí el Miquito no tenía una habitación, le dieron un catre que cada noche debía bajar desde el primer piso alto hasta la planta baja y armar al pie de la puerta principal, pues debía estar atento, levantarse y atender las emergencias que pudieran llegar por esa puerta a cualquier hora de la noche o madrugada. También atendía las urgencias que se presentaban entre los enfermos internos de la clínica, tal como lo hiciera un internista principiante, así se la pasaba toda la noche, aseando a los pacientes, les suministraba las medicinas, a los más débiles los conducía al baño, entre otras cosas, es decir, que a su corta edad debía trasnochar a sabiendas de que además debía levantarse a las cinco de la mañana para hacer las compras en el mercado. La limpieza también estaba a su cargo, esta debía ser mucho más profunda, tenía que desinfectarlo todo, desde los instrumentos médicos hasta los pisos, baños y laboratorios, lo cual era complicado y tedioso al ser una época en que la mayor parte de las estructuras en


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 34 edificios y casas estaban hechas de madera, tabla y caña. Después de ocho meses de haber trabajado en la clínica Santa Teresa, el Miquito tuvo que salir de ahí, así como todos sus compañeros de labores. La casa asistencial había cerrado y cada uno debía buscar su propio destino, para él especialmente la situación representaba buscar incluso un nuevo sitio donde vivir, ya que en la clínica el Miquito tenía techo y comida. De inmediato encontró otro sitio para trabajar, esta vez, para el escribano Néstor Loor habitante de la misma ciudad de Portoviejo, no le tocó ir muy lejos, con él realizó labores domésticas durante cuatro meses. Y es que, no se sentía conforme, siempre buscaba algo más, pareciera que las labores que no le exigían mucho esfuerzo le aburrían, le gustaban los retos. Así fue como, preguntando por aquí y por allá, encontró otra alternativa, aceptó el ofrecimiento de don Álvarez, para quien trabajó sembrando arroz y cumpliendo con otras labores propias del cuidado de una hacienda, esto sí le gustaba, por eso se quedó ahí durante los siguientes 4 años en la población de Solanillo – Pichincha, provincia de Manabí, a más de 45 kilómetros de Río Chico. Figura 9. Distancia entre Río Chico y Solanillo- Pichincha. Solanillo – Pichincha Aunque su permanencia fue prolongada en este recinto, no todo resultó cómodo para el Miquito, el paisaje y la rutina eran perfectos para él, pero los problemas surgieron debido a su diligente manera de trabajar con esa rectitud y puntualidad arraigada en él desde pequeño, lo que le ayudó a ganarse la confianza de los patronos de la hacienda. Pero precisamente, fue eso lo que provocó envidia y recelo entre los hijos y nietos de aquella familia y ya empezaba a notarse el


Leonela Macías Rodríguez. 34 35 desprecio y cierto aire de incomodidad en el ambiente, tanto así que un día, dos de aquellos jóvenes, Ariel y Pomelio, entre risas y engaños raparon la cabeza del Miquito a la fuerza en un acto de prepotencia y maldad. Pero el Miquito pacientemente y en silencio soportó el abuso e intolerancia de esos jóvenes, no les guardó rencor ni los delató. El Miquito era consciente de que no estaba haciendo nada malo, solo se dedicaba a cumplir con sus obligaciones, y decidió no revelar esta situación porque le gustaba su trabajo. Esto, sin duda le ayudó a madurar. Esa entereza incluso lo hizo merecedor de más respeto y admiración de los demás, de hecho, ya no lo llamaban por su apodo de la infancia, ya no era conocido como el “Miquito”, ahora lo llamaban por su nombre, Eudes, o por lo menos trataban de pronunciarlo pues, nuevamente distorsionaron su pronunciación. !Ebre!... le decían, parecía más sencillo de pronunciar, ese nombre finalmente marcó la transición de su vida de adolescente a la etapa de adulto pues para aquel entonces ya era un joven de 17 años, por tanto, todos en Solanillo lo conocían como Ebre, el riochiquence. Ahora no sólo gozaba de la confianza de los patrones, sino que además era beneficiario de ciertos privilegios sin haberlos pedido. Luego de la pesada jornada en la hacienda que iniciaba a las cinco de la mañana, regresaba a la casa a las doce del día para el almuerzo, cuando se acercaba a la mesa con todo respeto, mesura y humildad, los patrones lo ubicaban en el mejor puesto, le daban los mejores y primeros platos con las presas más grandes y deliciosas, mientras el dueño de la hacienda, ¡don Euclides repetía en voz alta y golpeando la mesa -! aquí comen los que trabajan, Ebre a desayunar, Ebre ven a comer! -. Los jóvenes de la familia sentían aún más resentimiento, en tanto que las chicas de la familia; Alejandra y Clara, aunque sentían cierto recelo hacia Eudes, ellas parecían sentirse más cómodas con su presencia, porque Ebre les quitaba varias tareas de encima, les subía agua desde el río hasta la casa, subía leña, alimentos, y hacía otras


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 36 pesadas labores que les tocaba a ellas realizar. Para estas jóvenes, Ebre no era “santo de su devoción” pero les convenía tenerlo en casa, así es que le servían la comida con gusto y así mantenían su cómodo estilo de vida. Una de las tareas que Eudes más recuerda, era la de llevar a pilar el arroz, el traslado de la gramínea era a lomo de caballo y recuerda con cariño a aquel caballo de carga de la hacienda llamado “Clavelito” con el que iba hasta el pueblo, llevaba dos quintales de arroz en cáscara y regresaba con un quintal del grano pilado, cada libra pilada costaba un real o diez centavos de sucre, la moneda ecuatoriana en aquella época (Iturralde-Naranjo & Albán-Yánez, 2022). Además, ayudaba a procesar otros granos como el café, que pilaba en el “bunquer” de la casa, una especie de madero en forma de mortero gigante que maniobraba con sus propias manos y fuerza (Bermúdez-Espinoza et al., 2020). Eudes llegaba a pilar hasta doce libras por día, el trabajo era extenuante y agotador, pero muy satisfactorio para él. El encuentro con la “X” El trabajo en la hacienda fue parte de su rutina diaria, pero, aunque conocía todas las particularidades del bosque selvático de aquellas montañas, las sorpresas no dejaban de perseguir a Eudes, como cuando se encontró con la serpiente conocida como la equis, llamada así por la formación de figuras parecidas a una (X) sobre su lomo. Ese fue su primer enfrentamiento con la muerte, pues se trata de la serpiente más venenosa de la costa ecuatoriana (Auqui-Calle, 2020). La serpiente equis pertenece a la familia de las víboras, es conocida como una de las más venenosas de la región sudamericana. Su nombre científico es Bathrops Atrox que del griego al español sería la “feroz de grandes fosas nasales” (Orellana-Vásquez y Díaz 2019). En Ecuador es la segunda serpiente a la que se le atribuyen más causas de muerte por envenenamiento, seguida de su pariente cercana Bothrops Asper o Terciopelo (Andrade, 2020). Eudes, siempre fue precavido en su trabajo, no obstante, lamentablemente, fue una de las


Leonela Macías Rodríguez. 36 37 víctimas de este feroz animal. Sucedió una mañana durante su jornada habitual de trabajo, Eudes de 17 años se encontraba rozando la maleza en los alrededores de la hacienda, debía tener cuidado de que el monte fuera cortado desde su raíz, ya que así lo exigía su patrón, quien acostumbraba a pasar revista al trabajo de forma minuciosa y prolija. Cuando de pronto, Eudes se percató de que don Álvarez se acercaba a revisar su trabajo, por lo que vuelve su mirada al camino ya desmontado y se da cuenta de que un exceso de maleza brotaba entre la yerba ya cortada, como si se le hubiese escapado a su machete sin darse cuenta, entonces regresó rápidamente para enmendar el error. Eudes, como la mayoría de trabajadores en ese entonces, no usaba botas porque no era tan fácil conseguirlas, solo tenía simples y desgastados zapatos de lona, impropios para trabajar en el campo, pese a ello, tuvo más temor al regaño de su patrón, por tanto al regresar a aquel tramo mal trabajado y no tener tiempo de rozar la maleza en ese instante, decidió aplastarla con su pie derecho y fue en ese momento, en cuestión de segundos que siente la tenaz mordedura de la equis, inmediatamente levantó el pie y pudo ver a la serpiente aun colgando de su zapato, el dolor de la mordedura no fue tan intenso como la impresión de ver al animal atacándolo, era una cría de equis de al menos cincuenta centímetros que se había prendido con sus colmillos del más gordo de sus dedos. Mientras sacudía el pie, el animal cayó al suelo, Eudes lo siguió y decapitó con su machete, pero el mortal veneno ya empezaba a hacer efecto en su cuerpo, sentía el desmayo en sus extremidades y empezaba a sudar frío. Don Álvarez se distrajo por otro lado y no se percató de la situación, entonces Eudes tuvo que correr cojeando colina arriba, unos doscientos metros hasta donde se encontraban sus compañeros de labores, les contó lo que le había pasado, pero nadie le creía. Y es que en el campo conocen que los efectos una de esas mordeduras de equis significa muerte segura e inmediata, por eso les parecía increíble que de pie y mirándolos a los ojos, Eudes les contara tal cosa. Pero en cuestión de segundos, sin poder más estar de pie Eudes se derrumbó, se sentó al borde del camino, sin poder sostenerse más, y se tamba-


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 38 leaba para evitar desplomarse. Fue entonces cuando sus compañeros le creyeron, y corrieron a socorrerlo, trataron de levantarlo, no debía dormirse, tenía que reaccionar, pero Eudes terminó desmayado sobre el pasto, mientras que Pablo, uno de sus compañeros, corría despavorido para traer un caballo que lo pudiera sacar al camino. Los compañeros de Eudes empezaron a reanimarlo, querían despertarlo, no debía caer en el letargo, era peligroso. Hasta que finalmente lo lograron, hicieron que abriera los ojos, pero con su rostro pálido y sudoroso, empezó a tantear el piso como buscando algo en la oscuridad, a lo que todos reaccionaron preguntándole: ¡¿Qué buscas hombre?!, a lo que Eudes respondió con voz temblorosa: “la colcha que tengo frío”. Esa desgarradora respuesta puso a todos los pelos de punta, sabían que ese frío era la muerte que andaba cerca. La condición de salud de Eudes empeoraba rápidamente y lo peor es que estaban muy lejos del camino principal. No cabe duda de que por cada desgracia que Eudes sufría, recibía varias bendiciones, en ese difícil momento, a la ayuda que recibía de quienes rodeaban se sumó la rara coincidencia de que pasara un vehículo por el lugar, cosa que no era de todos los días por esos lados y en aquella época, se trataba de don Romerito quien se encontraba sacando productos agrícolas desde los recintos del sector hacia los pueblos. Don Álvarez, apresuradamente pidió ayuda a don Romerito para llevar a la víctima hasta un centro médico, el buen vecino quien ya conocía a Eudes, sin dudarlo accedió presto y desinteresadamente. En el camino Eudes visiblemente empeoraba, empezó a vomitar sangre, sentía ahogarse y su angustia aumentaba, hasta que le sobrevino nuevamente el desmayo, hasta ahí estuvo consciente, no recuerda nada más. Después recuerda que despertó sobre una cama en un lugar desconocido. Ya le habían inyectado el suero antiofídico una hora atrás, eso le explicó el curandero quien lo atendió en su propia casa como era la costumbre en las lejanas zonas rurales. Mientras hablaba con el empírico médico, a los pocos minutos, Eudes se desvanecía nuevamente y en su afán de reanimarlo, el curandero empezó a propinar-


Leonela Macías Rodríguez. 38 39 le fuertes cachetadas para que no cayera en el sueño eterno. Al reaccionar, Eudes se sentó y con mucho esfuerzo atendió las preguntas que le hacía el curandero: Curandero: ¿usted si sabe que fue lo que le pasó? Eudes: Si, si... me picó la equis Curandero: Si, pero lo estoy despertando para que me diga dónde es la mordida, la hemos buscado en todos lados, pero no la encontramos. Haciendo el ademan de sentarse, Eudes quiso mostrarle el sitio de la mordida, pero el curandero lo acostó nuevamente y le pidió que le describiera el punto exacto... Eudes: es en el pie derecho... en el dedo gordo. Fue así como, dos horas después de haber sido mordido, recién pudieron rastrear y dar con la imperceptible herida, el curandero empezó a tantear la zona con una navaja hasta que encontró la mordida y con una pinza procedió a sustraer la pequeña funda de veneno que dejó la serpiente insertada en la piel del Eudes. El curandero metió aquel vestigio de la equis en una caja de fósforos y se la regaló a Eudes como recuerdo del peligroso incidente que acababa de experimentar y el del milagro de sobrevivir a la mordedura de la mortal equis, siendo aún tan joven. En esa época era muy común ver las culebras por todos lados, se subían a las casas, andaban por los techos asechando roedores, pero también atacaban a las personas, aunque se tenía la creencia de que hacían una excepción con las mujeres que se encontraran embarazadas o en sus días de menstruación. Era como una especie de trato entre la culebra y la mujer que se remonta a la historia bíblica de Adán y Eva (Balao Rico, 2019) Al regresar a la hacienda, Eudes tuvo que seguir un largo tratamiento para recuperarse totalmente, permaneció quince días reposando, comiendo raspadura o bebiéndola disuelta en agua. La “raspadura”, como le llaman en Manabí a la panela (Cartay et al., 2019), le sirvió como energizante y le provocaba


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 40 sed, debía beber muchos líquidos y consumir comida blanda para purificar la sangre cuyos rastros de veneno le hicieron sentir estragos durante algunos meses más. Pero Eudes no pudo librarse de aquella temible situación para siempre, poco tiempo después tuvo un segundo encuentro con la misma clase de serpiente, como dicen en al campo, “cuando te pican una vez te perseguirán toda la vida” y así fue que, rozando monte nuevamente en el mismo potrero, con el garabato en una mano y el machete en la otra, de pronto se vio peleando con el animal y mientras la culebra quería asestarle una mordida Eudes quería degollarla y al mismo tiempo retrocedía cuesta arriba gritando y pidiendo auxilio a sus compañeros, hasta que finalmente pudo dar el corte certero y la decapitó. Esta vez no fue mordido, de nuevo escapó de la muerte y pudo matar a la “X”, pero aquel susto no lo olvidó jamás. La muerte del puerco Y del susto de muerte a un susto por muerte, pues sí, una vez más Eudes estuvo involucrado en el accidente de un puerco. Ocurre que una vez recuperado de la mordida de la equis, continuó con sus oficios normales en Solanillo, como lo era dar de comer a los chanchos. Cada día, debía picar yuca, zapallo y diferentes yerbas para llevar a la pesebrera, Eudes debía vigilar que las aves de corral no se acerquen a comer el alimento de los puercos, pues corrían el riesgo de morir aplastadas por las patas de los porcinos o de los caballos que también se encontraban en los corrales. Pero entonces, Eudes recorriendo un poco el área, decidió alejarse un poco hacia la carretera, a una distancia prudente del corral. De pronto, alcanza a divisar a ciertas aves que empezaban a acercarse a la pesebrera, por lo que decide tomar un pedazo de madera en forma de tuco que estaba en el suelo cerca de él, entre unos materiales de construcción y lo lanzó al corral para espantar a las gallinas, pero para mala suerte de Eudes, el tuco desgraciadamente cayó en la frente de un puerco y éste cayó de costado emitiendo un ronco chirrido y murió al instante. Al darse cuenta de esto, sitió miedo y vergüenza por su descuido. Era un puerco de los grandes, de esos que se venden bien en el mercado y que


Leonela Macías Rodríguez. 40 41 había costado tanto criar. ¡¿y ahora?!, no sabría cómo explicar esto a los patronos. Eudes decidió meter al animal muerto en un saco y lo fue a botar al costado de un camino que llevaba al estero donde se recogía agua para la casa, pero aún no sabía cómo iba a explicar la desaparición repentina de tan grande animal. Y mientras trataba de inventar alguna historia, sentía que se metía en un lío cada vez mayor. Hasta que pudo bosquejar un plan creíble: cuando a él le toque tomar ese camino al momento de ir por agua, fingirá sorpresa al encontrar -un puerco muerto al interior de un saco- y así lo hizo, corrió donde don Álvarez y le dijo con pesar, “allá abajo hay un puerco muerto don Álvarez, parece que le picó la equis”. Don Álvarez fue a ver el cadáver y por más que examinaba la escena del crimen, no se explicaba cómo habría muerto el animal y sólo expresó “no es mordido de equis porque botaría sangre por la nariz”. Sin embargo y por las dudas, mandó a botar al chancho muerto frente a la casa, para darse cuenta si los gallinazos llegaban a devorar el cadáver. Si no llegaban, entonces sí era por mordida de la equis porque esas aves de rapiña detectan el veneno. Pero, como era de esperarse, los gallinazos sí llegaron. Todo quedó como un misterio para los patronos de Eudes. Días más tarde y con la conciencia ardiendo dentro de sí porque como le inculcó su madre, doña Aurita, sentía la mirada de Dios en todo momento, Eudes decidió no sostener más tiempo aquel teatro, no quiso seguir engañando a quien lo había considerado como un hijo más durante todos esos años, así es que tomó valor y al haber transcurrido un mes de lo sucedido, le dijo la verdad a don Álvarez. La reacción del patrón sólo fue lamentarse por no haber aprovechado la carne del cerdo, pero no reprochó a Eudes por su error, al parecer y sin palabra alguna, don Álvarez valoró que le haya contado toda la verdad. En adelante, Eudes se propuso ser aún más eficiente, trabajó al máximo en la hacienda, como para reparar el daño, se mostró muy empeñoso en sus labores diarias, hacía más de lo que le pedían, subía la leña, el agua y otros productos a la casa sin que se lo pidieran, era aún más servicial que


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 42 de costumbre. Quería enmendar el error y sentirse bien consigo mismo. CAPÍTULO III El regreso a casa Tras aquella larga temporada en Solanillo, un día Eudes pensó que era momento de seguir explorando otros destinos y aunque le costó desprenderse de aquel sitio que lo vio transformarse de niño a hombre y que dejó en su memoria gratos e interesantes recuerdos, pero se despidió, agradeció y partió para seguir descubriendo lo que le concediera la vida. También lo impulsaba su deseo de dar por terminado el malestar y celos que aún sentían los más jóvenes de la hacienda por las consideraciones especiales que no dejaba de recibir por parte de sus patrones. Mientras más pronto se alejaba de ese lugar, disminuían las posibilidades de que la situación se vuelva peligrosa, porque así era en el campo más profundo, donde hasta una mirada mal interpretada podría ser respondida con un disparo. Toda esta situación lo hizo reflexionar, quiso saber de los suyos, saber cómo estaba la hacienda de su infancia ¿qué sería de sus padres y hermanos? ¿habrían superado la pobreza? sintió que era tiempo de ayudar, pensó que a sus 20 años ya no sería una molestia para la familia, sino todo lo contrario, quería volver a ser parte de su núcleo familiar. Entonces, emprendió el camino de regreso a casa, empezó a recoger sus pasos, después de 8 años de ausencia y de un largo viaje de retorno, llegó a Rio Chico, a la hacienda de sus padres, donde fue recibido con sorpresa, pero con mucho cariño por su familia, su madre doña Aurita al verlo lanzó un profundo suspiro y exclamó: ¡¡¡Ayyy mijito!!! y no atinó a hacer otra cosa que abrazarlo y luego lo acostó en sus piernas como a un bebé y llorando le dio la bienvenida, sin reproche alguno… el reencuentro fue una escena de ternura y cariño, de perdón y reconciliación como sucede en las grandes películas del cine, de fondo musical el trino de las olleritas o aves horneros (Parque Avellaneda 2018) y el conmovido silencio de los demás. Eudes se dio cuenta de que tenía tres nuevas hermanas: María Ma-


Leonela Macías Rodríguez. 42 43 nuela y Aura, tres pequeñas que lo veían con curiosidad porque doña Aurita ya les había contado que tenían un hermano mayor. También había un bebé recién nacido, un varón, el último de los 14 hijos de la familia Macías Loor. Figura 10. 1965, Familia Macías Loor en su XXV aniversario. Constan: don Clotario y doña Aurita, Eudes en medio de algunos de sus hermanos: Juvenal, Aura, Mariana, Aldo, Aureola, Dolorosa, María, Manuela, Luz, Benexi, y Auxiliadora. Severino En Río Chico, Eudes permaneció sólo una semana porque regresó a la misma zona de Solanillo, esta vez al sector de Severino donde ahora vivía su hermana mayor Agedalina, quien se había casado


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 44 recientemente con un residente de aquella zona, don Corinto. Eudes llegó hasta allí porque necesitaba seguir trabajando, pues la arremetedora sequía seguía azotando a toda la provincia de Manabí, fueron diez duros años de polvo y hambre entre la década de los 60 y 70, lo que contrasta con la fama que siempre ha tenido esta tierra, por su inigualable comida y hospitalidad (Samaniego 2019). Su hermana y cuñado lo acogieron con gusto y Eudes de inmediato ofreció su trabajo en el sector, tenía vasta experiencia en el cuidado de haciendas, plantaciones, animales de granja y todo lo que había aprendido en estos años de aventura. Su formación le sirvió para ganar la reputación de excelente asistente y cuidador de propiedades agropecuarias. En Severino, Eudes se familiarizó con los vecinos del sector e hizo aún más amigos, empezó a vivir a gusto junto a la sociedad que le rodeaba. Con mucho entusiasmo recuerda que era invitado a los tradicionales bailes del campo profundo, aquellos acostumbrados encuentros, propios del montubio manabita que eran todo un acontecimiento (Álvarez, 2022) pues reunía a los vecinos más cercanos, es decir, a los que vivían en haciendas situadas a la distancia de un par de kilómetros a la redonda, entre las casas se situaban los linderos que marcaban la separación de cada parcela, pero igual, de lejos se conocían y se protegían unos a otros, así eran los vecindarios en aquella época por esos lados. Aquí, cuando de fiestas de pueblo se trataba las celebraciones religiosas eran las más importantes, por ejemplo, el Pase del “Niño del Caracol” (Macías et al., 2021), un festejo que se realiza en ciertos recintos de Manabí, en tiempos de Adviento Navideño, donde se reunían a rezar novenas, cantaban villancicos y por supuesto, abundaban la comida los dulces y la bebida. Según Eudes, la leyenda cuenta que el “Niño del Caracol” fue hallado por Luciano, un hombre humilde de la comuna “La Soledad” del cantón Junín, él se dedicaba al traslado de sal a lomo


Leonela Macías Rodríguez. 44 45 de burro desde el poblado costero de Charapotó. En principio, a Luciano sólo le atraían las bellas formas y los colores del caracol, pero luego de apreciarlo de cerca por un rato lo regresaba a la arena para que se lo lleve el mar, más adelante al continuar por su camino volvía a encontrar al mismo caracol reiteradamente. Hizo esto una y otra vez, lo recogía y lo volvía a dejar en la arena, pero entonces empezó a creer que trataba de una señal divina, por eso decidió conservarlo y se lo llevó a su pequeño hijo. En casa de Luciano, la situación en torno al caracol seguía siendo extraña porque éste de pronto aparecía en el altar de la casa y poco después empezó a formarse la figura parecida al Niño Dios en el centro del caracol, desde allí, la imagen es venerada y es trasladada de casa en casa para realizar el denominado “Velorio del Niño del Caracol” (García Ponce, 2022). Las tradiciones navideñas en estas comunidades eran importantísimas y únicas, se organizaban con solemnidad los “chigualos” o posadas desde el 25 de diciembre hasta el seis de enero y se realizaban en una casa diferente cada noche, era lo que en muchas poblaciones de Ecuador se le conoce como el Pase del Niño (Andrade, Amoroso, y Parra 2018). Las familias llevaban su respectiva estatuilla del Niño Jesús que sacaban de sus pesebres, rezaban, cantaban villancicos y declamaban chigualos, que eran como versos de adoración al Niño Jesús, creados en rima de manera respetuosa e improvisada y todos los asistentes participaban. Todo era acompañado por el rasgueo de guitarras mientras se comía y bebían en abundantes banquetes, al estilo manabita donde se acostumbra a tomar el rompope, mistela, chicha de maíz, a comer tortilla de maíz, huevos moyos, caldo y seco de gallina, bollos, consomé, corviches, pan de yuca y más. Después de las doce de la noche iniciaba el baile y los jóvenes aprovechaban para proclamar su amor o hacer amistades con coplas y amorfinos, es decir, era el momento para que los chicos se conocieran mejor (Fernández et al. 2018).


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 46 Las mocitas de este tiempo no saben lavar un plato, pero si saben de novios los tienen de a tres y de a cuatro. Mi zapato se ha rompido con qué lo remendaré con la punta de tu lengua Pa´ que no hablas lo que no es. Dicen que ha llegado aquí un gallo bien cantador que salga pa´ que cantemos pa´ ver quien canta mejor Aquí estoy pa´ que cantemos y me tenés sin cuidado, porque aún no ha nacido el gallo que me haga a un lado. (Regalado y Zambrano 2019) Así eran las frases dichas al estilo montubio y versos de romance sincero y rústico que animaban cualquier fiesta y acompañadas con baile, risas, gritos y unos cuantos disparos al aire, el ambiente se ponía aún más intenso, hasta que llegaba la madrugada y luego el tranquilo amanecer. Otra ocasión aprovechada por los fiesteros eran las populares fiestas patronales de San Pablo que se realizaban en el sitio “La Boca” de Severino, cerca de Calceta. No muy lejos de ahí, cuenta Eudes que había un hermoso sitio turístico ya desaparecido, era identificado por sus habitantes como “La Capilla”, una formación rocosa natural que tenía una impresionante forma de capilla, pero que lamentablemente con el tiempo se fue deteriorando y al final fue demolido para construir un baipás o desvío de la represa Daule - Peripa. Esta represa es uno de los embalses más importantes de la costa ecuatoriana, pues sirve para la regulación y control del agua en un vasto sector de producción agrícola (Chiliquinga, 2022). Al recordar este sitio, Eudes siempre sintió nostalgia por lo que ese lugar representó para él, por haber sido escenario de maravillosas veladas y sitio de jugarretas e idilios de juventud.


Leonela Macías Rodríguez. 46 47 Aquellas escapadas de las duras jornadas de trabajo le daban motivos para seguir adelante, había probado la diversión después de que la mayor parte del tiempo durante su niñez y juventud se la había pasado trabajando arduamente. El trabajo era pesado en Severino, pero por lo acostumbrado que estaba a las jornadas extenuantes, Eudes le restaba importancia a la fatiga y más bien exclamaba con honor y orgullo al recordar aquellos años: “Era pesado como todo trabajo”, nunca se quejó ni demostró pereza en sus palabras al recordar su vida laboral, porque es así como ha pasado la mayor parte de sus horas y días en la vida, trabajando. De aquellos años, le gustaba recordar que a la hora del almuerzo en mitad de la jornada, justo a las doce del mediodía, a los jornaleros les llegaban al campo deliciosas tongas, un plato manabita que se compone de arroz con gallina horneada y maduro frito o asado en salsa de ají maní, todo delicadamente envuelto en hojas de plátano (Méndez y Carolina 2020), preparadas al carbón o a leña por las mujeres de la casa, así se acostumbraba a servir el almuerzo en el campo cuando eran muchos trabajadores durante la época de cosecha, de ese modo, la hoja de plátano mantenía caliente la comida o permitía que los trabajadores vuelvan a meter aquel envoltorio en las brasas de un horno que improvisaban en un hueco de la tierra, el sabor de la comida se realzaba de un modo especial con el aroma de la verde hoja. La tonga ha emocionado hasta a los más finos paladares de propios y extraños, por eso representa una de las riquezas gastronómicas de Manabí, que actualmente se prepara en todos los rincones de la patria. Aunque resultaba algo muy práctico para trasladar el alimento a los trabajadores, cuando eran poco el personal, en lugar de enviarles la tonga, se llevaban las ollas hasta el lugar donde estaban trabajando, para servir el almuerzo con sopa y segundo o plato fuerte en mesas y bancos de madera que adecuaban en el lugar. Eso sí, después de comer, regresaban a trabajar de inmediato, no había tiempo para la sobremesa. Las jornadas eran de corrido de 7H00 a 11H00 de la mañana y de 12H00 a 16H00 por la tarde, no podrían extenderse más ya que en


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 48 aquella época la luz eléctrica no llegaba a esas zonas, entonces había que aprovechar la luz del día para sacar fresca la cosecha. Los productos de ciclo corto eran arroz, maíz, pepino, habichuela, achochas, entre otros vegetales que se cosechaban generalmente para consumo en casa o venta al menudeo. Mientras que el café y el cacao eran productos para comercializar en los mercados y al mayoreo, pero el trabajo se realizaba con el mismo empeño y cuidado en ambos casos y en de todas las plantaciones. En la huerta también había árboles frutales como limón, naranja, mandarina, aguacate y frutas silvestres como el zapote, guaba, mamey colorado, achotillo, poma rosa, ovo de mico, caimito y otros frutos que Eudes también recuerda con nostalgia, pues no se comercializan a gran escala y solo podría encontrarlos en su estado silvestre, por casualidad en el campo. Severino posee un clima característico de bosques de montaña, secundarios y hasta primarios, clima que se da en tierras bajas en medio de quebradas con humedad, neblina y frío, condiciones que hacen sentir la ropa y la piel húmedas, un lugar situado como un hueco en medio de varios cerros desde donde bajan algunos riachuelos que al final forman el río Carrizal (Carreño et al., 2019). Allí el ambiente es invadido por el ruido de los arroyuelos durante el invierno, mientras que en verano esos mismos ríos se secan y son utilizados como caminos vecinales. A Eudes le fascinó su estancia en este lugar, allí aprendió de sus habitantes hasta a reconocer los sonidos de la naturaleza y a distinguir su origen, como por ejemplo el canto de las aves, cuyos sonidos característicos las diferencian a unas de otras. Obviamente los nombres son fruto de la inventiva del hombre de campo, no las llaman por su identificación científica, claro está, sino de acuerdo con lo que parecen decir en sus melodías, como es el caso del “Dios te dé”, “Pili”, “chas chás” y “Al hueco va”, aunque también está el caso de las más reconocidas generalmente como guacharacas, mirlos, gavilanes y lechuzas. En esos espesos bosques había, hasta esa época, animales impensados. Eudes pudo ver tigrillos de todo tamaño, al oso hormiguero que puede llegar a pesar hasta 30 kilos y también tuvo de cerca al


Leonela Macías Rodríguez. 48 49 oso perezoso o perico ligero como le llamaban en este sector. Pudo también escuchar y ver al pájaro carpintero que, junto a su bandada, creaban curiosas sinfonías de percusión cuando buscaban su alimento taladrando la caña guadua, efecto que consiguen al punzar cañas de diferente grosor y densidad. (Montenegro & Celi, 2022) Como historia anecdótica e interesante, Eudes cuenta que, por la escasez de alimentos en la montaña, debía salir de cacería y precisamente en una ocasión se había internado en el bosque de una quebrada cerca de la consabida “capilla”, estaba esperando una guatusa o roedor grande del bosque (Ríos et al., 2020), para cazarla. Ya había estudiado el lugar en el que comía el animal y la hora a la que acostumbraba a llegar y para no espantarlo se tuvo que quedar muy quieto por horas. Pero antes de que la guatusa llegara, algo más llamó la atención de Eudes, pues dirigió su mirada hacia una quebrada donde había una pequeña laguna que continuaba debajo de una cueva rocosa, porque algo ahí se movía, de pronto, desde aquella cueva se asomó un camarón de agua dulce muy grande. Con total asombro y entusiasmado enseguida fue a llamar a su cuñado Corinto, quien no dudó en emprender un plan de captura y animar a Eudes para que lo acompañara. De inmediato Corinto trituró cuatro verdes y puso a la masa unas gotas de DDT o diclorodifeniltricloroetano, un veneno que sirve como insecticida (Suarez-Álvarez, 2021). Al anochecer se dirigieron a la laguna en aquella quebrada y pusieron la mezcla a la orilla del agua, ahí dejaron tendida la trampa y se fueron. Al día siguiente, a las tres de la mañana regresaron y encontraron postrados sobre la orilla a numerosos camarones de río, los más grandes que habían visto, estaban ahí fuera del agua y en la penumbra los recogieron y llenaron dos sacos de camarones. ¡Es obra de la Divina Providencia! pensaron, en ese mismo momento y antes de que amaneciera, Agedalina, Corinto y Eudes prepararon delicias con los crustáceos como bollos de camarón y otros platos típicos manabitas. Hicieron tantos bollos que comió la familia y alcanzó para compartir con los vecinos y para llevar a la familia en Río Chico.


Leonela Macías Rodríguez. Mi campo, mi ciudad Costumbres y comportmientos de la sociedad costeña ecuatoriana 50 Si se tiene destreza e imaginación, en aquel sector nadie se muere de hambre. En esas nutridas montañas no solo se podían cazar aves y guatusas, también se atrapaban camarones, se recolectaba miel y frutos silvestres. El alimento estaba ahí dispuesto, solo había que ser observador, pero también respetuoso de las especies. El montubio por instinto sabía que tenía que conservar los recursos y mantener una convivencia sostenible con su entorno. Un día Corinto vio un armadillo en el lugar al que llamaban “Las Marías”, sitio de descanso para los patillos o aves denominadas Marías. El armadillo se metió en una madriguera de tierra era arenosa y estaba suelta, así que, con las manos, los dos hombres excavaron para sacar al animal, como el armadillo escarbaba rápido clavaron un machete en la tierra para taparle el paso y así pudieron atraparlo. Eudes explica que no era su costumbre ni su intención comer carne de cacería, pero la necesidad era grande e imperante en aquel entonces. Sin embargo, esas experiencias le ayudaron a desarrollar estrategias de caza, pesca y habilidades en la cocina. El armadillo, por ejemplo, él lo preparaba de la siguiente manera: primero se faena al animal y se pone a hervir solo la carne para eliminar la grasa restante, luego en una cazuela de barro con maní, aliño y yuca se pone a cocinar a fuego lento hasta que la carne esté suave y dorada, según Eudes es un plato delicioso. Para Eudes, el aprendizaje era infinito en Severino, por eso buscaba tener más aventuras en aquel sitio, para conocer y reconocer cada situación, observaba detenidamente el ritmo de la vida y de las cosas, a veces ni siguiera necesitaba preguntar, solo observaba, retenía y aprendía. Por ejemplo, adivinaba a qué le atribuían los curiosos nombres que allí les daban a ciertos sitios, “El Salto” era un lugar donde había una zanja y era necesario dar un gran salto para pasar, en “El Tilo” había un gran árbol con este nombre y servía como referencia para dar con el camino y “La Capilla”, caso relatado previamente, era como llegar a una gran gruta, construida por la naturaleza sobre una base de rocas de montaña.


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