LAURA
A las Mujeres de la Pampa
I
—Pero ésta es la única flor que tengo pa’ entregarte,
ésta que hay que armarla con santa paciencia,
porque en este peladero me falta de todo
y las cosas bellas hay que hacerlas, no nacen de la tierra—.
No sólo la camanchaca humedece las flores de la pampa, la lágrima de una viu-
da marchita de destino, también. La aureola de esa gota queda marcada sobre el pétalo
desteñido, arrugado por el tiempo en esas flores recortadas con ternura de manos niñas,
zigzageantes sobre el papel volantín hecho margarita, rosa o triste clavel para acompañar
al difunto. Pero el difunto era un misterio, como los límites del desierto. Nunca sabría si
ese cuerpo vuelto cajón sellado, despedido en llanto de martirio sin fin, cargado sobre los
hombros del silencio entumecido de la pampa, contenía a su Lorenzo.
Mientras caminaba cabeza gacha junto al cortejo, sentía cómo la tierra la tragaba
y le devolvía en delirio las imágenes de un tiempo que nunca llegó. Tiempo de abundan-
cia de vuelta al verdor del alba, braserito colorado bajo un catre rechinante de felicidad,
riachuelo plateado en las sienes de la vejez abrazada con el otro. Pero ahora ese otro,
vuelto cola‘e diablo, se desvanecía en el remolino de arena mirando a lo lejos el cortejo
y a su mujer de a pie, mantenerse en pie, con las flores, margarita, rosa o triste clavel, en
la mano.
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—No era lo que dijiste, se nos encalicharon los pasos pa’ volver. No podís estar
ahí dentro, sellao, escondio pa’ no verte… ¿Y si no eris tú?¿ Y si es otro el reventao?
Se dejó abrazar por los presentes sin dejar de pensar en la posibilidad de un mi-
lagro, pues no había querido escuchar las razones de la muerte. Su hombro apretado una
y otra vez, a la vez, por la fila de dolientes, la ahogaban. Esas manos querían conven-
cerla, esos brazos querían contenerla, aplastando el grito en arcadas a punto de estallar.
Reventó vomitando amargura y tomando varios puñados de tierra, los lanzó a la cara de
quienes cargaban el cajón del difunto. —¡Ábranlo, por amor a Dios, ábranlo!—. Las flo-
res cayeron y arrastradas por el viento, se hundieron en el fondo del nicho abierto. Trató
de tomarlas perdiendo el equilibrio y cayó rodando hasta el sepulcro que esperaba a su
marido. De rodillas en la tierra, se negó a salir a pesar de la insistencia de cada uno de los
hombres que presenciaron la muerte de Lorenzo en el polvorín. Su vecina, al borde de
la tumba, abrió después de dos años los labios, sólo para decirle que también sufría por
la muerte de su marido aplastado – Ya no puedo ni rezar. Quiero que la muerte me lleve.
Cuando miro la pampa, creo que estoy allá—. Hasta el señor de la oficina vino a conven-
cerla, ofreciéndole que se fuera como empleada a la gran casa, por unas fichas de miseria.
—¡No, me quedo aquí pa’ acompañarlo. Aunque esté partío, el Lorenzo es mi hombre, no
puedo dejarlo!—.
Con la cara enterrada y una flor en su mano, levantó la vista cuando de improviso
todo se oscureció y el cajón comenzó a descender. –A ver si le entra la conciencia de una
vez—, gritó el patrón y se fue. Pegada a la pared de tierra, creyó ser aplastada, pero su
delgadez permitió que el ataúd tocara fondo y parándose sobre él, gimió en seco.
–¡Cobardes, hasta cuándo se dejan reventar, como si la vida fuera prestá, como si
Dios habitara en la Pampa. Nunca volveremos. Están enterraos vivos como yo. Aquí me
queo con el Lorenzo, solos yo y mi Lorenzo!—.
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Desde lo alto, enmarcados junto al cielo, las cabezas de los deudos se asomaron en
silencio. Las cuerdas que bajaron el cajón, yacían apoyadas en el terreno, invitándola a
abandonar su obsesión y volver. Pero las horas pasaron y ella extraviada en sus recuerdos
se dejó caer al ensueño perfumado de Lorenzo. Lo escuchó galopando su caballo, con los
pies desnudos sobre el animal a pelo, apretándolo con sus piernas, como a ella cuando la
domaba con fuerza, buscando su boca: —Mi pajarita blanca—, y el pecho le reventaba en
suspiros, quieta ella con su nombre en el aliento.
Pero una voz ronca en su cabeza se interpuso a sus gemidos. —Lorenzo Carri-
zo—, volvió a repetir el hombre en tono bonachón y se le vino al estómago el tono de
aquel señor, que seducía en las cantinas sureñas a quienes el discurso del norte alimentaba
la quimera de dejar la pobreza. Vio a Lorenzo embriagado de alegría, convenciéndola de
alcanzar la dignidad surcando la tierra de otra manera. Escuchó nuevamente esa voz, más
dura con el dejo de un patrón, confundida con el sonido del tren, ordenándoles subir sin
preguntar más, sin mirar atrás. Las pocas pilchas al suelo ante la premura, el paisaje en la
ventana del vagón, el reflejo de sus caras sobre el campo, la chacrita a lo lejos, el atado
de ropa entre las manos, como único recuerdo. —Y pa’ qué querímos más—, decían los
esperanzados pasajeros. —Si allá hay de todo, si no falta ná, lo único que falta son bra-
zos firmes pa’ trabajar—. Y el embaucador miraba sin mirar el ventanal que transmutaba
verdes a ocres, brisa a sequedad. Desde su asiento solitario los vigilaba, ensimismado en
el peso de su farsa, con los ojos idos pidiendo perdón a Dios por ofrecer tanta abundancia.
Abrió los ojos y contempló el zajón oscuro, recostada boca arriba sobre el cajón y
en el cielo de la noche, sólo puntos vibrantes acompañando el silencio. Nunca se vieron
más brillantes esas reinas celestiales, ni siquiera cuando tendida en la hierba de su tierra,
sentía el peso amante de Lorenzo. —¿Cómo sabís si las violetas al lado del riachuelo
están frescas todavía? Esas no se destiñen, simplemente se mueren porque tienen que
morirse pa’ que nazcan otras nuevas. Ven a oler conmigo las violetas, ya no quiero oler
arena, trago chusca, trago pena—.
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Se sentó hipnotizada ante la aparición de la luna con su cara triste de universo
antiguo, alumbrando la flor que aún tenía en su mano y debajo el ataúd como un espejis-
mo, recordándole la muerte de su amado. Las lágrimas bañaron el jazmín hechizo, des-
haciendo sus pétalos. —Pero esta es la única flor que tengo pa’ entregarte. Ésta que hay
que armarla con santa paciencia, porque aquí me falta de todo y las cosas bellas hay que
hacerlas, no nacen de la tierra—.
Escupió el cajón sellado y pensó en el desperdicio. Con tanta madera otra banca
para poner el chonchón podía hacer, una mesa para estirar la harina podía hacer. Y al dar-
se cuenta de que ya no había a quien iluminar y a quien hacerle pan, soltó un alarido y a
patadas comenzó a abrir el ataúd, apretando los ojos en pánico una y otra vez, hasta que
al fin se asomó la tierra, porque adentro sólo había tierra…
II
En lontananza todo se veía igual, giraba en busca de algún camino o señal. Sus pies agrie-
tados a punto de estallar en sangre, le suplicaban se detuviera. Había salido corriendo
enardecida después de preguntarles a todos en la oficina, dónde estaba su Lorenzo, qué
le habían hecho, a dónde se había marchado, qué sueño lo había trastornado, por qué la
había abandonado. Sólo uno de sus compañeros de trabajo, se atrevió a tomarla de los
hombros y plantarle la verdad sobre el difunto.
ESTALLÓ
—Nadie recuperó el cuerpo, orden del patrón, por despecho, por haberlo con-
frontado, por exigir derechos, por amenazar con que se iba de vuelta, con su china, pa’
su tierra—. Pero ella no lo quiso creer y escapó a la pampa en busca de su huaso altivo,
su calichero hambriento, su pájaro blanco perdido en un lugar del desierto…
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Los días perdieron su tiempo y la guía de su instinto se extravió entre palabras,
hablando hacia la nada, como si Lorenzo fuera las piedras, la arena, el viento ligero que
alegra a la tierra. —Mañana te voy a dejar lista la bolsa con lonche pa’ que te la llevís a
la pampa. ¿Cómo sabís si ahora te sale güena la calichera?, le dai al macho y en un par
de meses ya te hacís la plata. Le dejamos la banca y la mesa vieja a la vecina, y partimos
sin na’ igual como llegamos… ¿Te empampaste, no es cierto? Yo te llevo el agua de mis
besos, aguanta, mi pajarito, vai a ver que te despierto y te hago sombra con mi cuerpo…
Llevo el faldón naranja, ese que te gusta levantarme por las tardes, voy con el pelo suel-
to como cuando corría a pata pelá entre las zarzas… ¿Te fuiste pa’ otra salitrera? Y si
mañana le decís que no más a ese viejo e’ mierda, que partimos, que estoy esperando un
cabro que se criará derecho, con la frente despejá de la miseria.
Calló de golpe, con el pecho sobre la tierra y sin querer soltó la flor. El viento in-
tentó llevársela como una forma de arrancarle el delirio de la frente y de los pies rajados
en la frenética carrera. En un reflejo desesperado la tomó, agarrándose a lo único real
que la tenía viva en ese calvario de marcha eterna. Con la boca salivando arena, sonrió
musitando su nombre…
La tierra se llevaba la amargura y por sus manos subía el calor de las paredes de
costra en su casa de calamina, cuando Lorenzo la tomaba por detrás subiéndole el faldón
naranja y ella, como afirmando la casa por el amor anhelante, en la pausa de la jornada
que extenuaba los brazos, pero no el deseo que los hacía terminar vibrantes de risa. Y al
despedirlo y salir al estrecho patio a lavar los cantaros, la pampa le parecía la amable piel
de la tierra, atardecida en violetas, surcos igual como las flores del riachuelo en prima-
vera. Lo vio por última vez, sentado en la puerta con un cigarro mal armado, aspirando
el paisaje del atardecer en la salitrera, invitándola a caminar entremedio de las casas,
saludando a los vecinos con sus sonrisas cálidas, y luego, ya al caer el frío, a dormir bien
abrazados y despertar con esperanza…
Tosió su nombre girando el cuerpo, miró al cielo expandirse en una gran inspi-
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ración que todo lo latía, en una gran exhalación que todo lo rotaba. El calor de la arena
fue el colchón para que su cuerpo, ansioso de amar y parir hijos, se rindiera a sus últimos
segundos…
Ahora, la pampa la acunaba y en extendido paisaje pidió perdón por su altivez
sureña, por su desprecio al miedo de sentirse desnuda cada vez que miraba a esta otra
tierra. Irse en la inmensidad del desierto era el paraíso para quienes luchan más allá de
sus fuerzas. La redención del entendimiento que da la conciencia, de dejar lo mundano y
volverse eterna como las piedras. Quieta musitó por última vez su nombre, mirando un
cola ‘e diablo arrastrarse por la arena, guardando las risas de los niños muertos de las
salitreras. Se fue con ellos girando y también con la tristeza, de no tener más un cuerpo
para poder besarlo como lo hacen las mujeres plenas.
III
Sus pies ya no tocan suelo, como una avecilla roza la tierra, liviana de recuerdos, contem-
plando desde lo etéreo el paso de los tiempos por el desierto calichero. En su andar eterno,
ve a los hombres con sus vestiduras albas entregarse al sol de las jornadas, embruteci-
dos alimentándose de sueños. Se aleja presurosa al sentirlos en peligro, agachados en el
polvorín, estallando en ofrenda a una tierra que nunca los dejará partir. Ve a las mujeres
solas en sus casas de calamina, con el frío colándose tras las rendijas, junto a la cocina de
tarros de parafina rellenos de piedras, con la plancha de fierro bajo la sopa que comparti-
rían con el silencio de la ausencia. El otro ya no estaba, el otro no existía, el otro fue un
número más para que el patrón pudiera sentarse en su trono y comer como un cerdo en su
abundante mesa. Sintió que estaba mejor así, libre por el desierto, buscando al hombre,
su piel, su olor, sus huellas.
Avanzó por el paisaje una y otra vez, dando vueltas en una danza acompañada por
seres más antiguos que ella. Durante años en líneas zigzagueantes, amiga del viento y la
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arena, durante décadas sin angustia, como si su casa fuese la pampa abierta, escuchando
explosiones cada vez más lejanas, hasta que llegó el silencio de las máquinas y los cantos
de las fiestas. Escuchó los últimos trinos de los pájaros que volaban a través de las ruinas,
de los patios vacíos de las abandonadas salitreras. Y sucedió un profundo silencio que
agradecieron los cerros, pero no las ventanas carcomidas, ni los techos rechinantes, ni
menos su corazón roto que aún latía enjuto al compas del viento, silbando desafinado por
el aquietado paisaje.
Cansada de mirar al vacío, miró su cuerpo ligero y contempló en su mano la flor
que aún conservaba su color violeta rescatado del tiempo, casi había olvidado para qué
había sido hecha. Las lágrimas de sus ojos aún estaban marcadas sobre el papel desteñido,
cicatrices redondas en los pétalos fríos. Se acordó del riachuelo, de los niños que no tuvo,
de Lorenzo bien campante revoloteando al lado de ella; se acordó de sus últimos suspiros
antes de ser lo que ahora era.
Absorta en su recuerdo, escuchó el tronar de la tierra, pero ahora la explosión era
feroz, como si toda ella se partiera. Llegó en un instante, como blanca avecilla hacia la
polvareda. Las máquinas enormes la asustaron, los ruidos agudos de sirenas, las luces
como chonchones gigantes que iluminaban la faena. Un hombre yacía bajo los escom-
bros, pero aún respiraba bajo las piedras. Recordó de golpe los llantos de las mujeres, las
palabras de aquel que le habló tomándole los hombros antes de partir en su carrera, con-
tándole la verdad de su Lorenzo y su rechazo al duelo eterno que la muerte trae a cuestas.
Tomándolo presurosa, abrazó al hombre alejándolo del humo y las monstruosas
máquinas de acero que rugían como bestias. Le sacó el aire roto de las vertebras, le cerró
la sien partida, y con un soplido ligero le volvió su alma a la tierra.
Lo vio toser musitando el nombre de otra mujer que ella no era, y aunque él no era
su Lorenzo, le dejó la flor de la pampa, esa que nunca se marchita, que siempre guarda la
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esperanza de que el ser amado vuelva…
Se alejó elevándose, transmutando el tiempo y las piedras secas. Su corazón latía
desbocado y pudo escuchar por fin al viento traer el silbido de una voz, que venía de un
tiempo de certezas. Se le fue llenando el alma de su huaso hambriento, su pampino altivo,
buscándola por la casa tibia con el brasero bajo la cama abierta…
—Laura, estoy aquí, soy tu pajarito blanco. Te estoy esperando en el riachuelo
plateado. Tengo las flores violetas para hacerte un manto como cuando atardece en la
pampa abierta. Te traje sus estrellas y la luna antigua para reír con ella. Descansa tu
alma, déjame besar tus alas, guarda tu cansado vuelo, ya estoy aquí… Entero.
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Williamson
Mención Honrosa
Segunda
Jesús Perdomo
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Jesús Perdomo nació en 1999 en un pequeño pueblo rural,
en el centro de Colombia, llamado Paicol. Llegó a Chile,
específicamente a Antofagasta, en el año 2012. Cursó toda
la educación media en esta ciudad. En el año 2017 ingresó
a la universidad, con 17 años, a la carrera de Periodismo,
donde actualmente cursa el 3er año, además de otros diplo-
mados relacionados con la literatura y la realización audio-
visual, áreas que aprecia y le interesa probar.
Es la primera vez que postula un cuento para un
concurso. No se considera un sabiondo de la literatura, pero
sí un buen lector, y sobre todo, un crítico exhaustivo. Su
descubrimiento continuo de Chile, en todos los sentidos, ha
sido así: exhaustivo. Se despegó de su cultura a una edad
muy temprana, lo cual lo hizo caer en una especie de “limbo
patriótico”, donde no pertenece a ninguno de los dos países
que de alguna manera representa. Lo dicho se ha vuelto una
temática recurrente que trata de plasmar de alguna manera
en todas sus obras creativas: la divergencia cultural, la iden-
tidad y la pertenencia.
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Williamson
Debajo de un ardiente sol que estaba a punto de esconderse y que teñía los cielos de un
color rojizo, Robert Williamson, el legendario vaquero conocido en todo Nuevo México,
cabalgaba por desérticas tierras cerca del norte del país. Su querida amiga equina, Estre-
lla, meneaba su grupa de una forma que, dicho por el propio Williamson, era para atraer a
otros caballos, pero la verdad era que su yegua tenía hartos años encima. Se encaminaban
por el lado de un largo sendero gris y ancho con líneas blancas a los lados. A Bill no le
gustaba que Estrella pisara ese sendero, pues creía que podría dañar las pezuñas de su ac-
tual medio de transporte y le enojaba que hicieran caminos tan largos con el único fin de
molestarlo. Llevaba un sombrero blanco con una cinta negra que envolvía la copa, unos
guantes de cuero oscuros con los que agarraba el cordel, y unas botas de un marrón claro
con suela sintética y espuelas doradas. En su cadera portaba un cinturón con su respectiva
funda y, por supuesto, su revólver, una mítica Colt Single Action Army de color negro y
calibre 45, cargada con seis balas que, por suerte, aún no se acercaba el primer idiota para
usarlas.
Mientras con ceño fruncido se sobaba con los dedos el poco vello que tenía arriba
de los labios, observó a lo lejos lo que parecía ser un negocio, probablemente un restau-
rante a un par de millas de distancia. En ese momento se dio cuenta de que había llevado
el buche vacío por mucho tiempo y ya era hora de comer, sin embargo, no llevaba dinero.
Se puso a pensar, mientras Estrella daba lentas zancadas en dirección al restaurante, cuál
sería su próximo movimiento, qué nueva anécdota tendría por contar este experimentado
vaquero. Fue entonces cuando decidió ser forajido. Azotó las cuerdas de la yegua y le
clavó dos veces las espuelas en los ijares. Estrella dio un relincho del susto y corrió casi
despavorida hacia dicho local. Robert inclinó su espalda hacia adelante y sintió el viento
en la cara que recibía con una sonrisa mientras dejaba una hilera de polvo a sus espaldas.
Su corazón latió fuerte y la adrenalina se apoderó de él. Por un momento escuchó esas
arpas de bocas silbando, acompañadas con punteos de guitarra y banjo mientras corrió
a todo dar hacia el local ubicado entre las solitarias arenas. Algunas carretas de colores
extraños y luces frontales pasaron a toda velocidad por el sendero gris.
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Cuando arribó frente al local, jaló los rieles de Estrella para que frenara su corrido.
La yegua, estresada, se paró en dos patas y, de un fuerte quejido, estuvo a punto de botar a
Williamson a la tierra de no ser que éste no se hubiera agarrado fuertemente al fuste de la
montura. Cuando Estrella finalmente se quedó quieta con sus cuatro patas sobre el suelo,
el legendario vaquero acomodó su sombrero, apoyó su pie en el estribo izquierdo y bajó
de la yegua. Tomó los rieles con una mano y amarró a Estrella a lo que parecía el pretil del
lugar para que no se escapara. Ella lo miraba fijamente con los ojos muy abiertos.
—Estrellita, no te me asustes, ahí poco a poco nos iremos conociendo mi yegüita,
que todavía nos falta mucho por andar –dijo, mientras acarició la crin del equino.
Dobló su cuello de lado a lado para estirarlo y, erguido frente a la entrada del res-
taurante, empujó las puertas del local para observar el lugar. Tanto el suelo como el techo
eran de madera. Una jovencita de unos 16 años lo miró sorprendida cuando entró, casi con
la boca abierta. Atendía a una pareja de jóvenes que comían en una de las mesas. Miraron
con extrañeza al vaquero. Robert le dio una repasada al local con sus ojos y les arrojó una
mirada de desconfianza a las personas allí dentro. Se acercó a la joven mesera con lentos
pasos que hacían sonar el tacón sintético con el suelo de madera.
—Señorita, vengo por comida –le dijo—. Deme el mejor caldo que tenga.
—Sí, señor –dijo, nerviosa al ver el revólver colgando a un lado de su cadera,
tragó saliva antes seguir atendiéndolo—. Pase a sentarse.
Tomó una de las sillas para luego posarse sobre ella, con sus piernas abiertas y
relajando sus hombros. Vio cómo la joven mujer corría hacia la cocina. Llevaba una blusa
negra y un pantalón azul rasgado. Era de piel canela y cabello liso, también delgada. Se
imaginó cómo sería de adulta. Una de esas norteñas bien cosechadas. Observó a la pareja
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ubicada a su derecha y vio cómo el hombre no apartaba su mirada de él observándolo de
reojo mientras comía. Se notaba nervioso. Llevaba unas gafas negras y el cabello corto.
Parecía un hombre de recados, inexperimentado y seguramente cobarde, con algo de so-
brepeso. Pensó en los idiotas a los que quería dispararles, pero él definitivamente no era
uno de ellos. Williamson iba en busca de otro, de John Ross, el desgraciado que en algún
momento le puso una bala en la rodilla y escapó para burlarse de él. Robert sólo sentía
odio por él y todo este camino que había emprendido era para darle caza, para obtener su
venganza.
La mesera vino acompañada de su madre. Una señora un poco ancha y también
de cabello liso pero de rasgos faciales más toscos, a diferencia de su hija. También era de
un color de piel más oscuro. Llevaba su cabellera bien amarrada y reducida con un moño.
—¿Qué se le ofrece, señor? –dijo con voz envalentonada, tragando saliva.
—Mucho gusto, señora –dijo alzando la voz por sobre ella—. Quiero un buen
plato del mejor caldo que tenga, así se lo hice saber a su hija hace un momento.
—Señor, yo no ando buscando problemas –contestó mirando el arma del vaquero.
—Bueno, bueno, le digo que quiero un plato de sopa y me recibe con ese tono de
voz. ¿Cuál es el problema? Ustedes los norteños están acostumbrados a ver pistolas –dijo
Williamson.
—Mire, señor, le voy a pedir que por favor se retire del local –contestó ella se-
cándose las manos en su delantal manchado, mientras la jovencita lo miraba desde las
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espaldas de su madre.
El vaquero desenfundó rápidamente su revólver y apuntó a la cocinera del local,
lo cual causó la reacción de asombro de las otras cuatro personas. La jovencita dejó salir
un pequeño grito mientras se escondió detrás de su madre; los otros clientes se pararon
de sus asientos y retrocedieron mirando casi perplejos. La señora puso una cara de pánico
ahogado y dio un paso atrás.
—Mire, mujer, usted me va a dar un plato de sopa y asunto resuelto, no me haga
tener problemas con usted.
La señora dio media vuelta y tomó del brazo a su hija, dirigiéndose a la cocina con
un paso medianamente apresurado.
—¡Espere! ¿A dónde me lleva a la niña? Déjela aquí, necesito saber que me va a
traer usted mi comida –dijo Robert.
—¡No le vaya a hacer nada a mi hija, se lo suplico! –dijo abrazando la mujer a la
joven que ya estaba llorando.
—Vaya por la comida y déjeme aquí a la mesera –contestó.
La madre, a paso lento y mirando constantemente atrás con lágrimas en sus ojos,
entró a la cocina.
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—Siéntate –le dijo a la joven mesera que obedeció, mientras le apuntaba con su
Colt. La chica utilizó una de las sillas de la mesa más cercana para sentarse.
Robert observó un movimiento, la mano del tipo de lentes metiéndose en el bolsi-
llo de su pantalón y sacando algún extraño aparato de color oscuro. Rápidamente apuntó
su revólver hacia él con una mirada enojada. El tipo apenas cerró los ojos y apretó sus
dientes asustado mientras su pareja gritó y retrocedió.
—Saca la pistola que tienes ahí, hueón, y te clavo una buena bala en la cabeza
–dijo enojado mientras quitó el seguro. El muchacho alzó ambas manos y protegió su ros-
tro asustado y retrocediendo. –Cualquiera de ustedes tres mueve tan sólo un pelo y hago
sonar este revólver.
Al cabo de una media hora, terminó de ingerir su sopa, siempre con el revólver
en mano. Williamson se levantó de su silla y estiró su espalda reclinándose hacia atrás,
soltando un sonido proveniente de su garganta en señal de satisfacción. Ninguno de los
presentes le quitó la mirada de encima, lo vieron fijamente comerse ese caldo cucharada
a cucharada con clara incomodidad en sus rostros. Luego de un buen rato sin que nadie
hubiese dicho nada, el forajido habló:
—Muchas gracias por la comida, disculpe las molestias que pude haberle causado
—decía mientras movía su revólver con una elocuencia un tanto limitada. –Espero pueda
perdonar este pequeño altercado.
—No me agradezca nada, señor, y váyase –dijo la mujer cocinera con un rostro
que reflejaba tanto enojo como miedo.
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—A mí no me estén echando –dijo meneando la pistola— ustedes, las mexicanas,
como que no saben mucho de modales.
—Pero, señor, somos peruanas. –contestó la mujer con nerviosismo, luego de ver
menear el arma.
—Bueno, lo que sean, realmente no es mi problema –decía mientras se dirigía a
la puerta. Antes de salir, miró hacia atrás y, con su revólver ya guardado, alzó un poco su
sombrero en señal de despedida con una pequeña sonrisa. Todos los demás seguían con-
fundidos.
Estrella estaba todavía allí, amarrada. Conservaba ese miedo en su rostro y no de-
jaba quietas sus patas aun cuando Williamson soltó sus rieles del pretil. Como que estaba
ansiosa. Robert no prestó mucha atención, pensaba que después de un rato más juntos se
le pasaría.
El sol ya estaba ausente y la poca luz que aún quedaba adquiría un nuevo color,
un cielo verde que poco a poco, zancada a zancada, iba cediendo ante la oscuridad. El
forajido jinete tenía su estómago lleno, pero llena también estaba la incertidumbre en
su cabeza de a dónde iría a parar. Bien sabido es que el desierto de noche es duro, las
corrientes de aire no son cualquier cosa y podrían hacer temblar al más rudo bandolero.
Siguió su camino hacia lo que creía que era el sur, en busca de algún pequeño pueblo que
pudiera acogerlo. Si no, si es que Estrellita no falla, seguiría su camino derecho hasta la
frontera, en Río Bravo, donde usualmente hay varios viejos pescadores que viven cerca
de allí, junto a muelles improvisados. Aunque últimamente tiene un vago recuerdo de ese
río. Como que era más grande de lo normal, mucho más. Los viejos pescadores de alguna
manera habían progresado y ya no solamente tenían casas de madera vieja a la orilla del
río, sino maquinaria, grande, le parecía ser que era grande, parecida a la vida que cuentan
los venidos del Este a estas tierras. Por un momento, le pareció que ese terrenal donde
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se desarrolló una batalla feroz entre los confederados y la Unión ahora tenía viviendas,
muchísimas casas, algunas muy altas, que escalaban todos los cerros. ¿Será que la civili-
zación se ha expandido a Río Bravo? ¿Hace cuánto que no estaba allí? Igual hace bastante
que no veía dicho río. Se acordaba de la tierra no más, de algunas calles polvorientas fren-
te a un hogar y poco más. Sintió un pequeño punzón en su cabeza que lo hizo parpadear
varias veces, pero además le dio también curiosidad. Quería llegar rápido a Río Bravo.
Seguro que habría más caseras y locales por entrar, más sopa por comer, más norteñas por
apreciar. Y seguro, pero seguro, que por ahí debía andar el desgraciado de John Ross, ése
sí que no se pierde oportunidad de ir acechando cada localidad de Nuevo México, retando
a duelos a señores de buena voluntad, como él mismo pues, como el mismo Williamson.
Diez, quince, veinte minutos ya habían pasado. Quizás más, quizás menos. Entre
algunos ocasionales bostezos, movía sus hombros y su cabeza para no ceder ante el can-
sancio. El frío y la oscuridad se hicieron presentes desde hace un rato y Williamson se
empezaba a preocupar. Las carretas de colores y luces extrañas que pasaban a todo dar
casi que lo doblaban en velocidad. Pensó por un momento en hacer parar una, en hablarle
a alguien y pedirle indicaciones de cómo llegar al pueblo más cercano. Pero no, cómo
puede ser pues, si es que él era el mismísimo Robert Williamson, el vaquero más conoci-
do en todo Nuevo México, qué iba a andar pidiendo indicaciones si estas tierras olvidadas
por el gobierno le pertenecían. Esos burócratas de chupa y sombrero andaban por otros
lares, en Washington, en Nueva York, jactándose de sus riquezas. Era él un héroe de esas
tierras, será forajido, pero es él. Más que seguro que es admirado por muchos varones que
querrán seguir sus pasos asaltando trenes y carrozas y tratando de desvelar los secretos
del desierto. Él era el único que lo conocía como la palma de su mano, lo dominaba como
si fuera una pareja de baile en una de esas cantinas de mala muerte donde iban los sucios
jinetes de todas partes, a dejar barro en el suelo moviendo esas espuelas mientras se ríen
a carcajadas. Esa era su vida, la de un verdadero maleante, un hombre que considerarán
salvaje pero que vive como quiere. Ese local que dejó a sus espaldas era muestra de ello,
la cara de susto de esas señoritas al ver el revólver era lo que le causaba emoción, lo que
le llenaba el alma, ese respeto que todo el mundo debía ofrecerle. Ese era el verdadero
Williamson. Tantas vivencias habidas y por haber. Si se volvió forajido hace un rato, si
es un tipo malo pues, bien malo, ¿o no? Fue ahí cuando recordó el papel doblado que
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llevaba en su bolsillo y que ya estaba algo gastado. Recordó algunas frases que se había
aprendido de memoria que venían ahí impresas.
Querido padre:
¿Cómo estás? Espero que muy bien. Primero lo primero. ¡Felices 67 vueltas al
sol! Aún eres joven, te queda vida por delante. Perdóname por no haber estado allí
contigo para celebrarlo juntos, pero he estado muy ocupada acá en Santiago con
mi trabajo, y Felipe también. ¿Ya te recuperaste de la operación a la rodilla? Han
pasado varias semanas pero espero que ya estés caminando como antes. Tienes
que acordarte de no esforzarte mucho, ten más cuidado. Cualquier cosa, dile a la
señora Rosmira, que para eso yo le pago, para que te cuide. El próximo mes yo
creo que nos estamos viendo cuando vaya para Antofagasta. Julián ya está gran-
de, ahí lo vas a ver. ¿Has seguido viendo películas de esas que te gustan? La úl-
tima vez estábamos viendo una con Felipe, una de Redford, de las que me habías
recomendado, pero dijo que no le gustó porque eran muy antiguas y lentas, y a él
los que le gustan son los superhéroes de ahora. ¿Aún tienes la pistola de fogueo
que te compraste en el centro hace unos años junto con tu disfraz? ¡No vayas a
matar a nadie, vaquero!
Por cierto, últimamente me ha costado darme el tiempo de ir al correo para man-
darte estas cartas y cumplir con este capricho tuyo. Papá, yo sé que no te gustan
muchos los aparatos electrónicos pero yo creo que deberías empezar a usarlos.
No es tan malo y me ayudaría muchísimo a contactarme contigo que tengas tu
propio celular, además la televisión cuenta como uno y tú siempre la utilizas para
ver tus películas. No seas amargado. Mira que con la señora Rosmira hemos
ideado un paseo a San Pedro, para que vayas a conocer y montes a caballo. Ahí
sí que puedes llevarte todo tu kit de vaquero. Por allá hay cabalgatas guiadas y
harto desierto por conocer, para que se diviertan juntos. Tienes que empezar a
relajarte, disfrutar de tu jubilación, estuviste estresado lo suficiente en el ejército,
no te estreses más, ¿bueno? Te veo en unas semanas.
Te quiero mucho, vaquero, cuídate.
Atentamente, Elizabeth.
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De repente escuchó un sonido raro y ensordecedor, uno que creyó nunca haber
escuchado. Era como un relincho de caballo casi agonizante que se extendía sin fin, y
como que el sonido iba de un lado a otro. Empezó a ver el camino iluminado por unas
luces extrañas que por alguna razón se dirigían a él. Venían a sus espaldas. Detuvo su
recorrido y miró hacia atrás. Quedó enceguecido por unas luces rojas y, entre tanto, pudo
ver la silueta de una de esas extrañas carrozas, ésta contaba con unos colores bien extra-
ños, como blanco y verde. No había caballos que la jalasen, ni un chofer en el asiento
frontal llevando los rieles. De repente las puertas se abrieron y se apagaron las molestas
luces rojas, dejando un haz de luz que alumbraba el suelo. Pudo ver cómo se bajaron dos
tipos extraños. No les veía bien los rostros, pero llevaban pistolas, sombreros y zapatos
puntiagudos, como él. Debían ser vaqueros.
—Caballero, ¿me puede dar sus documentos de identidad? –dijo el que se veía
mayor, como más experimentado.
—Caballero, ¿es que usted no me está viendo? ¿Acaso no se da cuenta quién soy?
—Documentos, por favor.
—Williamson, Robert Williamson. ¿Quién es usted? –sintió algo de furia naciendo
desde su interior.
—Caballero, le estoy pidiendo que, por favor, me dé los documentos de identifi-
cación.
—Yo no le voy a dar nada –dijo a secas, para luego escupir hacia un lado.
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XXII concurso de cuentos para escritores entre las regiones de Arica y Parinacota y Coquimbo
—Caballero, se lo estoy diciendo, bájese del caballo.
—¡Ah, pero mira! ¡Haberlo dicho desde el principio! –respondió mientras se
apeaba del caballo—. Ahora sí pues, ya necesitaba divertirme en esta noche tan solitaria
–dijo, para luego posar su mano sobre la funda de su Colt, como rozándola con la yema
de los dedos. Al fin sintió que el momento de utilizarla había llegado. Los dos tipos reac-
cionaron apuntando sus armas de vuelta ágilmente.
—¡Quieto, hueón! ¡No te movai! –gritó el más viejo, el otro se veía como asusta-
do, como que temblaba el pobre sosteniendo su pistola.
—Relájese, hombre, usted lo quiso así. Sea varón y enfrente las consecuencias.
—¡Quédate quieto! –seguían diciendo los idiotas, como sin escucharlo.
Qué ofensa, pensó Williamson. Estos tipejos vienen a retarme a un duelo y no se
lo toman con orgullo y emoción. Son unos payasos, unos verdaderos idiotas. Estos sí que
se merecen un balazo entre ceja y ceja. Ahora sí, ahora sí, mierda. Ahora es que van a
conocer la furia de Williamson, van a formar parte de los pobres idiotas que han intentado
oponerse a él y han quedado en algún ataúd, botados y olvidados en medio de la tierra en
algún cementerio sin nombre. Olvídense de sus vidas, de todo lo que alguna vez los hizo
felices; si guerra quieren, guerra van a tener, es que con Williamson no se juega pues. De
hecho, quién era este imbécil que venía a molestarlo. El vaquero delante de él tenía una
cara de idiota que nadie se la quitaba. Parecía uno de esos miserables de cantinas escu-
piendo palabras en medio de una riña. Se acordó de Ross, como que éste se parecía a él,
¿era Ross? Como que sí. ¡Sí, hueón! ¡Sí era él! ¡Vino el conchesumadre a puro huevearlo,
otra vez! El forajido frunció un poco el ceño y lo miró con frialdad. Planeó la trayectoria
de la bala, cómo iba a parar directamente en la mitad de su frente. Esa noche no quería
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matar a nadie, pero mala suerte pues, mala suerte por ti, Ross. Sintió unas ganas irrefre-
nables de disparar. Este era el momento mierda, quizás lo que estuvo buscando en todo
este trayecto era ese mismo instante. La furia y la emoción aumentaron en su interior.
Sintió los latidos del corazón, fuertes, bien fuertes, mientras aguantaba su respiración.
Cada parpadeo era largo, casi eterno. Cada gesto que hacía ese tipo duraba demasiado, él
podía verlo. El mundo se había frenado para que lo único que hiciera Williamson fuera
calcular el disparo.
Ya, como siempre lo has visto, desde que eras un cabro chico. Un paso a la dere-
cha, otro a la izquierda, remordiendo la tierra con tu tacón. Sin miedo, que esto siempre
es lo que has querido, como varón pues. Los hombros a la altura de los pies, la mirada
fija, nunca hay que apartarla. El pulgar y el índice deben estar ahí, listos para reaccionar.
Recuerda, sacar y disparar, de un solo movimiento, doblando el codo, bajando el hombro
y jalando el gatillo, nada más. Mírale la cara, mírale la cara a ese hueón, sí es un imbécil.
Recuerda lo que te hizo, todos esos malos días que te ha hecho pasar, tanto por lo que
tuviste que llorar, gritar y pelear. Recuérdalo, recuérdalo bien. Piensa, piensa solamente
en él. Míralo, lo tienes ahí justo enfrente tuyo, sí es que está ahí. Ahora es el momento.
Sostén firme la pistola porque cada bala es crucial, fuerte, fulminante. Cuenta hasta tres,
con calma, como respirando entre medio. Uno, dos, tres. Ya, ahora, dispara.
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El Gato de la Esquina
Premio Revelación
Benjamín Zenteno Flores
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Benjamín Zenteno Flores nació en Antofagasta, en el año
2003. Es estudiante del colegio Técnico Industrial Don
Bosco Antofagasta. Vive junto a su padre (divorciado y tra-
bajador) y su hermana mayor (universitaria y futura peda-
goga en Lenguaje y Literatura para Básica).
“El gato de la esquina” es el primer cuento de Zen-
teno. Se inspiró en una desgracia personal que significó
el dolor por la muerte de la mascota de la familia, el gato
“Loki”. Y así él cumplió su meta: hacer un homenaje a su
querido amigo gatuno que perdura hasta hoy en la memoria
de los integrantes de la familia.
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El Gato de la Esquina
Hubo un tiempo en el que vivía con mi madre, ella se había divorciado y se hizo cargo de
sus tres hijos a los cuales debía alimentar, educar y enseñar. Yo soy el menor, Ariel.
A diferencia de mi madre saqué un carácter más introvertido; en el colegio siem-
pre estaba callado y tenía miedo de decir lo que sentía.
La mayor de los tres es mi hermana Anaís, quien tiene un carácter similar al de
mi madre. Ya se pueden imaginar sus gritos. Ella actualmente estudia en la universidad y
está sacando la carrera de Pedagogía. Luego le sigue mi hermano Ricky, él decidió hacer
su vida lejos de Antofagasta por lo que se fue a estudiar a Santiago, dicen que es el más
inteligente de nosotros.
Entonces, con mi hermana quedamos al cuidado de nuestra madre. O eso pensá-
bamos hasta que el destino hizo una nueva jugada en este juego de cartas llamado vida.
Un revoltijo. De pronto y sin previo aviso nos vimos en la necesidad de irnos a vivir con
nuestro padre; nuestra madre se había endeudado y no se encontraba en condiciones para
poder mantenernos. O eso es lo que ella nos dijo.
Mi padre siempre estuvo ahí, dispuesto para nosotros a pesar de los problemas que
podía estar teniendo con nuestra madre y los contratiempos de su trabajo.
Si tengo que ser sincero, mi padre parecía más un desconocido para mí las pri-
meras semanas, ya que no había tenido la oportunidad de convivir mucho con él antes de
quedar a su cuidado, tan sólo lo veía aquellos domingos en los que nos tocaba visitarlo y
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XXII concurso de cuentos para escritores entre las regiones de Arica y Parinacota y Coquimbo
no por mucho tiempo. Pero las cosas cambian y luego de unos siete meses de vivir bajo
el mismo techo sucedió algo que jamás se me había pasado por la mente: descubrí que
mi padre era en efecto una persona carismática; pero es humano y no es perfecto. Sólo
desearía que fuera un padre más apegado y preocupado por sus hijos en vez de enfocarse
tanto en su trabajo. Pero, ¿qué puedo hacer yo? Las cosas son así y, por lo demás, ya me
acostumbré a que en ocasiones sea tan frío como la Antártica.
Un año ha pasado desde el gran cambio y me encontraba saliendo de clases a paso
decidido, caminando por las afueras del colegio con el pensamiento puesto en mi vida, en
la independencia que deseaba conseguir y para la cual me sentía preparado, ya que tengo
dieciséis años, cuando algo extraordinario ocurrió.
Aquel día me encontraba muy acalorado y de un pésimo humor por una razón que
no recuerdo del todo, pero lo más seguro era que mis amigos me hayan molestado al gra-
do de hincharme las pelotas. Caminé hasta la casa de mi abuelita y ahí estaba él, mi padre,
esperándome mientras leía las noticias en su teléfono ya que la televisión era ocupada por
mi abuela que estaba viendo una de las muchas novelas que veía por la tarde.
Mi padre me miró y me saludó, acompañando su saludo con esa típica pregunta
que los padres les hacen a sus hijos luego de la escuela: “¿Cómo te fue en clases?”, pero
como no me encontraba de humor para responder alegre ni cordialmente preferí no res-
ponder, por lo que luego ambos nos despedimos de la familia y nos fuimos rumbo a casa
en completo silencio.
Me sentía aburrido sentado en el auto de mi padre, miraba por la ventana obser-
vando a la gente que transitaba tranquilamente por la calle, los autos que se desplazaban
por la autopista, las casas que se iban quedando detrás una vez las pasábamos, los perros
callejeros que rasgando la basura intentaban encontrar algo que llenara sus estómagos,
hurgando en la miseria como si lo que encontraran allí fuera el mismísimo oro de la vida.
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El camino desde el colegio hasta mi casa era extenso, ya que éste queda al otro
extremo de la ciudad, y para empeorarlo me sentía irritado por el calor que estaba hacien-
do. La fuerza del sol en aquel momento era tal que incluso de tarde las ondas calóricas
que rebotaban desde el suelo eran capaces de producir un espejismo del mismo infierno.
Gracias a mi padre los deseos de pegarme un tiro en la sien se disiparon, quizás
porque siempre tenía algo nuevo que contar, ya fuera sobre su día en el trabajo o alguna
que otra curiosidad que encontró por internet, o quizás por aquella habilidad que posee
de contar chistes fomes, la cosa es que gracias a eso me sentí mejor y le seguí la corriente
para no aburrirme o llegar al extremo de quedarme dormido durante el largo trayecto a
casa.
Mientras charlábamos le confesé el temor que le tenía al futuro, que no sabía qué
decisiones tomar, ya que me quedaban tan sólo dos años en el colegio y tenía que decidir
entre la universidad, mendigar o entrar a trabajar de inmediato luego de graduarme de
cuarto medio, esperando conseguir un puesto de acuerdo a la especialidad con la cual
egresaré. Pero mi papá, que puede ser muy sabio en ocasiones, me aconsejó que me lo
tomara “con Andina”; al final, lo esencial— dijo— es la felicidad, no ganar más dinero.
Entonces me puse a pensar en aquella frase “Tómatelo con Andina” una frase que además
de ser buena para una propaganda de la misma marca, era una frase que no olvidaría ni el
día en el que me muera.
Extrañamente aquel día el trayecto se hizo cortísimo, no me había dado ni cuenta
y ya nos encontrábamos llegando a casa, que se ubicaba en el extremo sur de la ciudad, a
un costado de la carretera que va hacia Santiago.
Había llegado el hermoso atardecer, el sol se ocultaba en el océano para dar paso
a la noche, el calor ya se había apaciguado por toda la ciudad y el tono del cielo pasaba
de los inconfundibles cálidos del atardecer a tonos cada vez más oscuros. Luego de tomar
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mis cosas del vehículo salí al estacionamiento para caminar al departamento y así poder
descansar y disfrutar de mi tiempo de ocio. Pero, al parecer, la suerte no estaba de mi lado.
Apenas ingresé a la casa pude percibir la ira de la diosa de la guerra, seguido de
eso pude oír un portazo tan brutal que mi corazón casi se salió de mi pecho. Alarma-
do miré al causante de tal ataque y pude divisar a mi hermana, la cual estaba más que
dispuesta a pelear con todo lo que se moviera y tuviera signos vitales, pero yo no tenía
ánimos de pelear y la ignoré, pasando de largo sin mostrar expresión alguna que indicara
temor o sorpresa.
Por algún motivo que desconocía hasta ese momento, mi hermana estaba enfoca-
da en mí y solo en mí, en sus ojos podía ver su deseo de matarme con sus propios puños
y ver mi sangre derramada por el piso. Yo no entendía nada sobre el berrinche que mi
hermana estaba armando, hasta que caí en cuenta del porqué de todo aquello, y desde ese
día jamás volví a cometer el mismo error de gula, evitando así más discusiones estúpidas
como ésta. Resulta, que mi hermana estaba hecha un basilisco porque me comí un choco-
late que le habían regalado.
La culpa me atacó hasta en los lugares menos pensados, jamás creí que me sentiría
así de culpable alguna vez, pero somos hermanos, y aun sintiéndome culpable termina-
mos agarrados en un round donde nos dijimos palabrotas, estupideces, desprecios y mal-
diciones el uno al otro. Mi padre, confundido y algo extrañado, sin comprender mucho
del asunto arbitraba interfiriendo en el momento exacto para que las cosas no empeoraran
y así detener la batalla.
Aún con el asunto más calmado gracias a la ayuda de mi padre, salí de mi hogar
dando un fuerte portazo mientras la culpa me formaba un nudo en la garganta, me senté en
unas bancas que se encuentran casi saliendo del departamento y no hice más que suspirar.
Dejé que el silencio consumiera la ira, la culpa y la vergüenza que sentía en esos momen-
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tos, realmente me sentía mal ya que mi gula y egoísmo fueron los causantes de todo el
malentendido. Aunque la causa de la pelea fuese algo estúpido, al final quien estaba mal
era principalmente yo.
Luego de que se me enfriara la cabeza, decidí que era tiempo ya de regresar a casa
y pedir perdón a mi hermana para tener paz en casa y por fin poder dedicarme al descanso
y ocio en el poco tiempo que me quedaba. Regresé pensando en cómo disculparme con
ella, pero antes de llegar vi algo que detuvo mi camino a casa, aquella cosa peluda que se
me cruzó al paso. Aquel ser que vagaba por las calles en los lugares más desolados, era
posiblemente la clave para llenar mi vida con ese amor faltante.
Era tan sólo un simple gato que se hallaba por la esquina de mi casa mirando a sus
alrededores con esos verdes ojos marcianos, de pelaje corto y fino con diseño atigrado sin
ese típico color naranjo que era reemplazado por un gris opaco, su pata delantera tenía
el mismo diseño del resto de su pelaje feroz, como si llevara un calcetín, a diferencia de
las otras tres patas que eran sólo blancas. Me parecía la criatura más increíble que jamás
había tenido el placer de ver, se percató de mi presencia y me miró inclinando su cabeza
hacia un lado, sin hacer sus típicos sonidos de minino y su expresión cambió de parecer
curioso y confundido a enternecerse conmigo, mientras movía su cola de un lado a otro
con delicadeza. Conectamos.
Me sorprendió en demasía la manera tan peculiar y diferente en la que ese felino
me miraba. Me agaché un poco tratando de estar a su altura para no espantarlo e hice los
típicos sonidos que los humanos hacemos para atraer la atención de un animal, pero éste
no se movió.
Yo sentía algo por aquel gato, podía asegurar que ya sabía lo que el felino quería
decir con aquellos gestos, que simplemente me acercara. Entonces lo hice, me acerqué
a él e intenté acariciarlo cariñosamente. Él se dejó acariciar sin despegar su vista de mí.
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Quería adoptarlo, tenerlo en mis manos, que fuera mi compañía y cuidar de él.
Deseaba nombrarlo como un miembro más de la familia, pero no sabía cómo se lo toma-
ría mi padre, ya que a él no le gustaban mucho los animales, en especial los gatos. Aun
así, mis ganas de tener a aquel felino eran tan grandes que se sentían como gritos deses-
perados en mis oídos, y lo decidí. Era todo o nada. Nadie sería capaz de detenerme en mi
misión de conseguir a ese felino y jamás apartarlo de mi lado, porque aquel animal era la
herramienta que faltaba en mi vida para poder arreglar aquellos huecos sentimentales que
amenazaban con volverme loco, era el único ser viviente que parecía ser capaz de com-
prender mi angustia por la falta de atención y aquel sentimiento de protección que dejé de
sentir luego de ser separado de mi madre.
Entonces hice lo primero que se me pasó por la cabeza, tomé al gato en brazos y
me lo llevé a casa en completo silencio para que nadie descubriera lo que estaba haciendo
y lo dejé en mi cuarto rogando que mi plan funcionara y que el felino no me delatara.
Como si leyera mis pensamientos, o comprendiera que seríamos separados una vez nos
descubrieran, el gato no realizó fuerza, movimiento o sonido alguno que indicara que
aquel secuestro tuvo lugar en aquel momento. Desde entonces lo estuve cuidando.
Fue difícil encontrar un nombre adecuado para bautizarlo, me tomó bastante tiem-
po nombrarlo, pero cuando se acostó a los pies de mi cama observando todo a su alrede-
dor me descubrí pensando. Pensando más de lo que había pensado antes en mi vida, tal y
como si me encontrara en una prueba de matemáticas e intentara recordar aquella fórmula
que necesitaba para aprobar la materia, entonces una chispa encendió aquella bombilla
imaginaria que reveló un recuerdo brillante de uno de los personajes de mi película favo-
rita, y de inmediato decidí que sería un nombre perfecto para mi nuevo amigo, un nombre
que recordaría por el resto de mi vida. Observé al gato y lo acaricié entre las orejas infor-
mándole que a partir de aquel día se llamaría “Loki”.
Luego de tres días conviviendo con Loki, éste ya tenía una especie de casa impro-
visada, una caja de arena que le había hecho yo mismo, comida para gato que me había
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logrado conseguir con una vecina y un pequeño ratón de juguete hecho de un plástico
duro que encontré en la calle para que el felino jugara mientras yo no estaba en casa.
Un sábado por la noche, en un descuido de un momento, casi se me va todo al
carajo. Fui al baño y olvidé cerrar la puerta de mi habitación dejando a simple vista el in-
terior de mi pieza y a mi amigo gatuno desprotegido. Al regresar, Loki con una expresión
de absoluta confusión se encontraba agarrado por el cogote y totalmente inmovilizado por
mi padre, quien con su mirada exigía explicaciones del por qué aquel animal se encontra-
ba viviendo bajo su techo. Mientras, mi hermana miraba sorprendida al gato puesto que
no se había dado cuenta de que aquel minino llevaba tiempo viviendo conmigo.
Mi corazón latía y latía, era como si se me estuviera por salir del pecho y yo no
sabía qué decir; es más: las palabras se me atascaban en la boca, lo que me dificultaba dar
alguna especie de explicación. Esta vez mi padre tenía un semblante serio que no dejaba
lugar a bromas y demandaba explicaciones antes de echar al gato de vuelta a la calle por
haber cometido el pecado de interrumpir su sagrado sueño de oso. Había estado pensando
mucho en qué decir, no una o dos veces, más bien pensé unas tres veces en lo que diría
para poder hacer un jaque mate perfecto y lograr mi cometido de que el gato se quedara en
la casa. El gato ya estaba con casi una pata en la calle, ya que mi padre estaba empeñado
en abandonarlo en la oscuridad de aquella fría noche hasta que lo detuve y lo convencí
de quedárnoslo diciéndole que me diera al gato como regalo de cumpleaños y navidad
adelantada.
Gracias al cielo y a mi muy conveniente trato, mi padre se detuvo y suspiró, cerró
la puerta y me devolvió al gato advirtiéndome que esta vez tendría que cumplir con lo
que decía. Y mientras entraba a su cuarto me dijo que él no se haría cargo del gato puesto
que sería mi responsabilidad si quería que se quedara. Una vez que cerró la puerta de su
habitación, canté victoria en mi interior.
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XXII concurso de cuentos para escritores entre las regiones de Arica y Parinacota y Coquimbo
Mi hermana estaba sintiendo lo mismo que yo al momento de conocer al felino
por primera vez, pero no le di mucho tiempo de admirarlo, ya que lo tomé en brazo y me
encerré con él para finalmente dormir.
Con tan sólo dos semanas del descubrimiento de Loki en casa, mi padre, como to-
dos los adultos que dicen no querer o soportar a un animal en casa, terminó encariñándose
rápidamente con él, por lo que finalmente decidió hacerse responsable de algunas cosas
referentes al nuevo miembro de la familia, como proveer alimento, vigilar que no se esca-
para y darle mucho, mucho cariño. Mi hermana por otro lado, lo cuidó desde el primer día
como si fuera un bebé, siempre a su lado como si fueran almas gemelas, o, mejor dicho,
como una parásita. Ella lo necesitaba y yo ya tenía un lazo forjado con él desde el día en
que lo conocí. Y mientras más y más crecía, más fuerte era el lazo que existía entre Loki
y yo, es más, era un lazo más de hermandad inseparable que de dueño—mascota.
Loki era un ser que cambió mi vida, fue el más grande amigo que tuve alguna vez.
Cada vez que me sentía fatídico estaba él, en el momento justo para consolarme y ale-
grarme. Como en aquel devastador lunes. Había tenido un conflicto con mi mejor amigo
en el colegio y gracias a aquello, lo perdí. Mi confianza se apagó y concluí que nuestra
amistad no se arreglaría. Era de noche, y el gato simplemente me miró y maulló. Estaba
desconsolado tirado sobre mi cama, lo miré con mis ojos enrojecidos de tanto llorar y con
la expresión típica de todo aquel que ha perdido a alguien importante.
El gato caminó hacia el living mientras maullaba. Lo ignoré, ya que realmente
deseaba estar solo y ahogándome en mi desgracia, oí al gato rasguñar el ventanal que lo
conducía al balcón en donde se colgaba la ropa. Logró abrir el ventanal con sus delgadas
patas, lo que me hizo saltar de mi cama y correr hacia él para que no se escapara. Cuando
llegué pude ver que el gato tan sólo se encontraba sentado en la baranda balanceando tran-
quilamente su cuerpo y viendo con sus curiosos ojos una escena que estaba sucediendo
fuera de nuestro hogar. Una chica llorando, sufría lo mismo que yo, al parecer, y sollo-
zaba de la misma manera. Estaba por irme, para no amargarme más cuando se le acerca
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un chico que al instante la estrecha entre sus brazos entregándole un gran abrazo lleno de
misericordia y perdón, calmando así la tristeza de la muchacha.
En aquel momento entendí el actuar de mi felino amigo, él aun sin decir una pala-
bra estaba tratando de dar solución a mi problema.
Al día siguiente, apenas salió el sol, gracias a lo que Loki me había mostrado dejé
a un lado mi orgullo de macho para poder pedir perdón y admitir mi culpa. Me acerqué a
mi amigo y simplemente dejé que mi corazón pusiera las palabras en mi boca y expresé
todo aquello que rogaba por salir de mi pecho. Me sorprendió que palabras tan simples
fueran tan potentes si son dichas de corazón. Mi amigo aceptó mis disculpas con lágrimas
en sus ojos y con las narices llenas de mocos.
No solamente Loki me ayudó dándome pistas para solucionar problemas difíciles
como lo que sucedió con mi amigo, o para llenar ese espacio vacío que tenía dentro de mi
corazón. También ayudó a que mi familia, que estaba más distanciada que las estrellas en
el cosmos, se uniera. Antes de que nuestro familiar felino se uniera a nosotros cada uno se
encerraba en su habitación, en su propio mundo a descansar, a hacer tareas o a dedicarse
al ocio. En cambio, con la presencia de Loki en nuestras vidas, como mascota y como un
familiar más de aquel hogar, se produjo una serie de cambios, la confianza entre nosotros
aumentó tanto que fuimos capaces de tener conversaciones al momento de la sobremesa,
entre nosotros comenzamos a preocuparnos más por los otros revisando en los cuartos
para ver si todos los miembros de la familia se encontraban con vida, entre otras inte-
racciones sociales para llegar a conocernos a fondo. Un gran ejemplo de esto es cuando
todos queríamos acariciar a Loki al mismo tiempo, lo que desencadenaba una gran batalla
para ver quién era el que lograba ser el favorito del gato o quién lograba darle mucho más
amor. Incluso en las peleas familiares la intervención del felino lograba que todo el dis-
gusto y la mala vibra se esfumara y pudiéramos resolver las cosas de manera civilizada.
Definitivamente este gato fue una llave fundamental para poder unirnos, ablandar el frío
corazón de mi padre, calentar el de mi hermana y en especial el mío.
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Pero todo cambio ese fatídico día…
Aquel día, en que Loki comenzó a actuar extraño, ya no comía, se trataba de alejar
de nosotros, no orinaba y por las noches su maullido reflejaba dolor. Era claro que Loki
se encontraba mal, incluso diría yo que se encontraba fatal, estaba desnutrido, y con su
caja de arena sin indicios de haber sido usada. Mi hermana, preocupada, pedía deses-
peradamente ayuda a mi padre para salvar la frágil y delicada vida del gato, él igual de
preocupado se ocupó de llevarlo al veterinario.
Aquel día yo no estuve presente, ya que me encontraba en el colegio, aunque
me hubiese encantado estar ahí cuando lo revisó el veterinario para poder así saber la
enfermedad que tenía mi preciado amigo y conocer la condición en la que se encontraba;
cuando llegué a casa vi que mi querido gato se encontraba muy mal, mi padre me informó
que era necesaria una operación. Yo, por supuesto, estaba devastado por las noticias.
Amaneció el siguiente día, era un sábado y Loki ya ni de pie podía ponerse del
dolor. Lo dejamos en una jaula de transporte y rápidamente nos encaminamos al veteri-
nario para que la operación se realizara. Me encontraba muy nervioso y sentía unas ganas
inmensas de llorar, las que me tocó aguantarme para lograr controlarme.
Fuimos tan sólo mi padre y yo a dejarlo, mi hermana en esos momentos se encon-
traba en la universidad, por lo que no pudo ir con nosotros. Con mi padre íbamos callados,
como en los viejos tiempos, ambos llenos de preocupación por el estado de Loki. Al llegar
pude ver al veterinario, el cual no tenía una imagen amigable, para ser sincero, a mis ojos
se veía como el ángel de la muerte con sus instrumentos de carnicería dentro de una sala
de máxima tortura. Se lo llevó, lo separó de mí y lo examinó con frialdad. Lo mantuvo
ahí con todos los preparativos necesarios para la inevitable operación y luego nos echó
del lugar. No había tiempo que perder.
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Yo tenía el firme pensamiento de que nada saldría bien, podía sentir una sombría
presencia que reafirmaba mis miedos. Mi amigo me miraba desde la sala y pude sentir
cómo un frio cuchillo atravesaba mi corazón y puedo jurar que oí cómo mi corazón era
partido en dos. Su mirada, esa mirada marciana que me saludó por primera vez tiempo
atrás, lo decía todo: no había vuelta atrás y de ésta no saldría con un final feliz.
Una imagen oscura se formó detrás del veterinario mientras cerraba las puertas
poco a poco. Era una silueta oscura y flotante, con una lámpara abismal en su cadera,
podía ver cómo un aura oscura se formaba, de la cual salían manchas y partículas que flo-
taban a su alrededor, del mismo tono que tiene la penumbra. Esta silueta de aura macabra
con una mano flaca, tétrica y sin vida, ayudaba a cerrar las puertas de la sala de operación
y con la otra sostenía una afilada hoz de media luna dentada y oxidada, debajo del mango
se veía una cadena igual de oxidada y tenebrosa.
Llegué a casa muy nervioso, callado y vacío. Mi padre, con un poco de empatía
quiso alegrarme y consolarme, pero fue en vano, tan sólo quería encerrarme en mi pieza
y acostarme, me sentía derrotado y con un increíble miedo que invadía mi cuerpo y se
apoderaba de cada parte de mi ser. Esperaba con toda mi fe que el día siguiente saliera
todo bien y continuáramos con la misma rutina. Quería y necesitaba a Loki de vuelta con
nosotros, de vuelta con su familia.
El día transcurrió en un cerrar de ojos y ya por la tarde pudimos sacar al gato del
veterinario. El felino se encontraba aturdido, débil y triste, era obvio que él sabía algo que
nosotros no comprenderíamos hasta el final.
Llegamos a la casa y dejamos que Loki descansara; lo cuidamos y estuvimos
pendientes de él el resto del día. Mi hermana, que había estado en la universidad, llegó ya
al anochecer y con desesperación fue a ver al gato, suspirando de alivio al ver que había
salido con vida y sólo necesitaba descanso y cuidados. Pero yo no estaba tranquilo, más
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bien me encontraba inquieto pensando que algo malo estaba por suceder. Lo presentía.
Mi hermana quiso cuidar del gato así que se lo llevó a su cuarto y todos los demás
nos fuimos a dormir sin decir una palabra. Por la noche mis instintos me despertaron y me
impulsaron a visitar el cuarto de mi hermana para revisar el estado de Loki.
Al entrar en la habitación vi a mi hermana llorando sobre el gato que se encontra-
ba ya sin vida mientras lo acariciaba y a mi padre sólo observándolo, sin derramar lágrima
alguna. Mi padre no habló durante algún tiempo luego de aquel lamentable suceso, pero
luego retomó el aliento para decirnos que morir es tan natural como nacer y que en algún
futuro tendríamos que afrontar esto nuevamente con otros seres queridos y continuar con
nuestras vidas. Luego mi familia volvió a ser la misma de antes. Distanciados. Cada uno
en su mundo.
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