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Published by Nat Pabon, 2024-01-19 16:17:12

Este Dolor No Es Mío pdf gratis

Este Dolor No Es Mío pdf gratis

obstante, aquellas palabras tendrían importancia para la curación de la familia tras un hecho tan trágico y tan horrible. Si la abuela hubiera sido capaz de asumir la magnitud de su tragedia, si hubiera sido capaz de vivir el duelo de sus pérdidas sin culparse a sí misma y sin sentirse traicionada por su cuerpo, entonces aquella familia habría tenido la oportunidad de seguir un camino distinto. Carole no habría tenido que cargar con los sufrimientos de la familia en forma de sobrepeso físico. Los hechos trágicos como estos pueden hundir la resistencia de una familia y derribar los muros del apoyo. Pueden deteriorar el flujo del amor de padres a hijos y pueden dejar a nuestros hijos a la deriva en un mar de tristeza. Como nos pasa a casi todos, Carole no llegó a establecer la relación que le habría permitido comprender que estaba cargando con los sufrimientos de su historia familiar. Ella creía que aquellos sufrimientos surgían de dentro de ella. Creía que debía de haber algo malo en su propio ser. Cuando hubo entendido que aquellos sentimientos de haber sido traicionada por su propio cuerpo no eran suyos sino de su abuela, encontró el camino que la conduciría a la liberación. En cuanto Carole hubo asumido que había estado absorbiendo los sufrimientos familiares de su abuela, de sus tíos y de su madre, empezó a temblarle todo el cuerpo. Se le estaba quitando de encima un peso emocional, lo que le permitió tomar posesión de regiones de su propio interior que llevaban cerradas mucho tiempo. Carole no tardó mucho tiempo en adquirir una consciencia de su ser físico que le permitió tomar decisiones distintas en cuanto a su estilo de vida. El lenguaje nuclear de Carole fue el vehículo que puso en marcha la curación de esta familia. Brindó a toda la familia la oportunidad de curar lo que no se había podido curar hasta entonces. Viéndolo de otro modo, los sufrimientos de Carole no habían sido más que el mensajero que había traído la curación a la difícil tragedia de su familia. Era como si el dolor familiar hubiera estado pidiendo a voces la curación y la resolución, y como si las palabras y el cuerpo de Carole hubieran servido de mapa. A ti, como a Carole, también puede guiarte en un viaje de curación tu propio mapa del lenguaje nuclear. Teniendo a la vista la relación con tu historia familiar, el único paso que te falta es aplicarte a ti mismo todo lo que has descubierto. Es probable que las cosas que han quedado sin decir o invisibles dentro de la historia de tu familia también hayan quedado ocultas


en las sombras de tu propia conciencia. Una vez que estableces la relación, lo que antes estaba oculto puede convertirse en oportunidad para la curación. Algunas veces debemos aplicar cuidado y atención para integrar plenamente las nuevas imágenes que surgen. En el capítulo siguiente harás ejercicios y se te propondrán prácticas y frases que te reforzarán esas imágenes y te llevarán hacia una mayor integridad y libertad.


Tercera parte Las vías de la reconexión


Capítulo 10 Del entendimiento a la integración El ser humano forma parte de un todo (...) aunque se vive a sí mismo y vive sus pensamientos y sus sentimientos como si estuvieran separados de todo lo demás; es como una especie de espejismo de su conciencia. ALBERT EINSTEIN a Robert S. Marcus, 12 de febrero de 1950 El espejismo al que se refería Einstein en este pasaje es la idea de que estamos separados de los que nos rodean, así como de los que vivieron antes de nosotros. Sin embargo, como hemos visto repetidas veces, estamos conectados con los miembros de nuestra historia familiar cuyos traumas no resueltos hemos heredado. Cuando esta conexión es inconsciente, podemos vivir cautivos de unos sentimientos y de unas sensaciones que pertenecen al pasado. Pero cuando tenemos a la vista nuestra historia familiar, se nos iluminan los caminos que nos liberarán. A veces nos basta con el mero hecho de establecer la relación entre nuestras vivencias y un trauma familiar no resuelto. Como vimos en el caso de Carole, en el capítulo anterior, en cuanto Carole relacionó los sentimientos de su lenguaje nuclear con el trauma de su familia, el cuerpo se le llenó de temblores como si quisiera sacudirse de encima las cosas que pertenecían al pasado. Ese conocimiento mismo tuvo para Carole la profundidad suficiente como para ponerle en marcha una reacción visceral que ella sentía en el núcleo mismo de su ser. Otras personas debemos complementar esa conciencia de lo que pasó en nuestra familia con un ejercicio o con una experiencia que nos produzca una liberación o nos alivie más el cuerpo.


Un mapa para encontrar tu hogar Si has llegado hasta aquí en la lectura del libro, seguramente habrás recopilado ya los elementos esenciales de tu mapa del lenguaje nuclear. Habrás descubierto palabras o frases que creías que eran tuyas pero que, en realidad, pueden haber pertenecido a otras personas. Es probable que hayas establecido también relaciones con tu historia familiar, desenterrando los hechos traumáticos o las lealtades calladas de las que ha brotado este lenguaje. Ahora ha llegado el momento de reunir todos estos elementos y de dar el paso siguiente. He aquí una lista de todo lo que te hará falta: Tu queja nuclear, el lenguaje nuclear que describe la más honda de tus preocupaciones, de tus luchas o de tus quejas. Tus descriptores nucleares, el lenguaje nuclear que describe a tus padres. Tu frase nuclear, el lenguaje nuclear que describe el peor de tus miedos. Tu trauma nuclear, el hecho o hechos de tu familia que se ocultan detrás de tu lenguaje nuclear. Ejercicio escrito núm. 12: Hacer las paces con tu historia familiar 1. Escribe el lenguaje nuclear que tiene la máxima carga emocional o que te inspira las mayores emociones cuando lo dices en voz alta. 2. Escribe también el hecho o hechos traumáticos que están relacionados con este lenguaje nuclear. 3. Haz una lista de todas las personas a las que afectó ese hecho. ¿Quién fue el mayor afectado? ¿Tu madre? ¿Tu padre? ¿Un abuelo o abuela? ¿Un tío o tía? ¿A qué persona no se reconoce dentro de la familia, o no se habla de ella? ¿Hay un hermano que se dio en adopción o que no sobrevivió? ¿Hubo un abuelo o abuela que abandonó la familia, o que murió joven, o que sufrió de alguna manera terrible? ¿Alguno de tus padres o abuelos estuvo casado o comprometido antes con otra


persona? ¿Se reconoce a esa persona dentro de la familia? ¿Hay alguna otra persona ajena a la familia a la que se condena, se rechaza o se culpa por haber hecho daño a un miembro de la familia? 4. Describe lo que pasó. ¿Qué imágenes te vienen a la cabeza cuando lo escribes? Pasa un breve rato visualizando lo que pudieron sentir o vivir esas personas. ¿Cómo reacciona tu cuerpo cuando piensas en ello? 5. ¿Hay algunos miembros de tu familia hacia los que te sientas atraído especialmente? ¿Te sientes arrastrado emocionalmente? ¿Resuena en tu cuerpo esta sensación? ¿En qué parte de tu cuerpo lo sientes? ¿Es en una parte que te resulta familiar? ¿Sueles tener sensibilidades o síntomas especiales en esa zona del cuerpo? 6. Pon la mano sobre esa zona del cuerpo y deja que se llene con tu respiración. 7. Visualiza al familiar o familiares que participaron en este hecho. Diles: «Tenéis importancia. Haré un gesto significativo en vuestro honor. Haré que de esta tragedia salga algo bueno. Viviré mi vida de la manera más plena posible, sabiendo que esto es lo que queréis para mí». 8. Constrúyete un lenguaje personal propio que reconozca la conexión singular que mantienes con esta persona o personas. Crear frases curadoras personales El proceso de volver a vivir experiencias inconscientemente puede perdurar a lo largo de las generaciones. Podemos romper este ciclo cuando nos damos cuenta de que hemos estado portando emociones, sentimientos, conductas o síntomas que no han salido de nosotros. Para ello, empezamos por realizar una acción consciente con la que reconocemos el hecho trágico y a las personas a las que afectó. Esta acción suele comenzar por una conversación que mantenemos, ya sea internamente o con un miembro de la familia, en persona o por medio de la visualización. Las palabras adecuadas pueden liberarnos de vínculos y de lealtades familiares inconscientes y poner fin al ciclo del trauma heredado.


En el caso de Jesse, aquel joven que padecía insomnio y que cuando tenía diecinueve años había empezado a revivir aspectos de la muerte de su tío en una ventisca, la conversación tuvo lugar en mi consulta. Pedí a Jesse que visualizara a su tío como si lo tuviera delante y que le hablara directamente a él, en silencio e interiormente si lo prefería. Ayudé a Jesse a elegir las palabras y le propuse que dijera a su tío: «Desde que cumplí los diecinueve tengo temblores todas las noches y me cuesta trabajo quedarme dormido». Jesse empezó a respirar más hondo. Percibí un ruido ronco cuando espiraba. Empezaron a temblarle los párpados, que le hicieron asomar una lágrima en el borde del ojo. «A partir de ahora vivirás en mi corazón, tío Colin, y no en mi insomnio». Cuando Jesse pronunció estas palabras empezó a derramar más lágrimas. Yo le dije entonces: «Escucha a tu tío, que te dice que espires soltando el miedo para que lo vuelva a tomar él. Este insomnio no es tuyo. Nunca lo fue». A Jesse le bastó con haber mantenido esta conversación con su tío (con el tío cuya existencia no había conocido hasta hacía poco) para empezar a calmarse. Cuando soltaba el aire, relajaba la mandíbula y los hombros. Empezó a recobrar el color en las mejillas. Parecía que los ojos le chispeaban con una vida nueva. Estaba liberándose algo dentro de él. Aunque aquella conversación de Jesse con su tío era solo imaginaria, las investigaciones sobre el funcionamiento cerebral nos indican que Jesse estaba activando las mismas neuronas y las mismas regiones del cerebro que se le habrían activado si hubiera tenido aquella experiencia curativa con su tío en persona. Después de aquella sesión, Jesse me dijo que dormía bien todas las noches. Ejemplos de frases curadoras Trabajé con un hombre que descubrió que había estado compartiendo inconscientemente el aislamiento y la soledad de su abuelo, al que habían rechazado en su familia. Dijo las palabras siguientes: «Yo también he estado aislado y solo, como tú. Ahora veo que esto ni siquiera es mío. Sé que no es lo que quieres tú para mí. Y sé que es una carga para ti verme sufrir de esta manera. A partir de ahora, viviré mi vida conectado con las personas que me rodean. Lo haré en tu honor».


Otra consultante comprendió que había estado compartiendo inconscientemente la infelicidad y los fracasos en las relaciones de pareja de su madre y de su abuela. Dijo las frases siguientes: «Mamá, te pido tu bendición para que yo sea feliz con mi marido, a pesar de que tú no pudiste ser feliz con papá. Disfrutaré de mi amor con mi marido en vuestro honor, para que los dos veáis que me van bien las cosas». Una joven con la que trabajé me confesó que llevaba viviendo contraída y en estado de ansiedad desde siempre, que ella recordara. Dijo estas palabras a su madre, que había muerto en el parto cuando nació ella: «Siempre que tenga ansiedad, sentiré que tú me sonríes, que me apoyas, que me impartes tu bendición para que esté bien. Siempre que sienta mi aliento dentro de mí, te sentiré a ti conmigo y sabré que eres feliz por mí». OTRAS FRASE CURADORAS «Te prometo que viviré plenamente mi propia vida, en vez de volver a vivir lo que te pasó a ti». «Lo que te pasó no habrá sido en vano». «Lo que pasó me servirá de fuente de energía». «Valoraré la vida que me diste haciendo cosas buenas con ella». «Haré un gesto significativo para dedicártelo». «Siempre estarás en mi corazón». «Encenderé una vela por ti». «Haré una vida plena en tu honor». «Viviré mi vida con amor». «Haré que de esta tragedia salga algo bueno». «Ahora lo entiendo. Entender las cosas viene bien». De las frases curadoras a las imágenes curadoras Aunque no seamos conscientes de ello, nuestras imágenes interiores, nuestras creencias, expectativas, supuestos y opiniones influyen poderosamente sobre nuestra vida. Si tenemos grabadas cosas tales como «Nunca me va bien en la vida», o «Fracasaré en todo lo que intente», o «Tengo débil el sistema inmunitario», pueden hacer de modelo en el que se


inspire la marcha real de nuestra vida, que nos limita a la hora de asimilar experiencias nuevas y que afecta a nuestra capacidad de curación. Imagínate el efecto que puede tener sobre tu cuerpo la imagen interior «Tuve una infancia difícil». O las imágenes «Mi madre era cruel» o «Mi padre era un maltratador emocional». Aunque estas imágenes pueden tener bastante de ciertas, también es posible que no cuenten toda la historia. ¿Fueron difíciles todos los días de tu infancia? ¿Era tu padre amable a veces? ¿No te dio cariño tu madre nunca? ¿Puedes acceder a todos tus recuerdos más tempranos, de cuando te tenían en brazos, te daban el biberón y te arropaban en la cuna por la noche, cuando eras muy pequeño? Recuerda lo que dijimos en el capítulo 5: muchos de nosotros conservamos únicamente los recuerdos que pueden servir para protegernos ante posibles daños futuros, los recuerdos que apoyan a nuestras defensas, los recuerdos que forman parte de nuestro «sesgo de negatividad», como lo llaman los biólogos evolutivos. ¿Es posible que te falten algunos recuerdos? Lo que es más importante todavía, ¿te has hecho preguntas de otro tipo? Por ejemplo, ¿qué había detrás de la actitud hiriente de mi madre? ¿Por qué hecho traumático estaba frustrado mi padre? Es posible que cuando creaste tus frases curadoras hayas empezado a sentir que te arraiga dentro una nueva vivencia interna. Quizá te haya llegado en forma de imagen o de sentimiento. Puede tratarse de una sensación de integración o de conexión. Es posible que hayas sentido que algunos miembros de tu familia están velando por ti y te apoyan. Quizá hayas tenido una sensación de paz, como si se estuviera completando por fin algo que estaba pendiente de resolver. Todas estas vivencias pueden ejercer un efecto sanador poderoso. En esencia, marcan un punto de referencia interior de integridad, un punto de referencia al que podemos volver cada vez que nos sentimos acosados por sentimientos antiguos que amenazan nuestra estabilidad. Estas vivencias nuevas tienen un efecto muy semejante al de recuerdos nuevos acompañados de entendimientos nuevos, de imágenes nuevas, de sentimientos nuevos y de sensaciones corporales nuevas. Pueden cambiarnos la vida y tienen la capacidad de eclipsar las imágenes viejas y limitadoras que nos han estado controlando la vida. Estas nuevas vivencias e imágenes se profundizan más a base de ritos, de ejercicios y de prácticas. He aquí algunos modos creativos de apoyar tu


proceso de curación a medida que se va desarrollando. EJEMPLOS DE RITOS, EJERCICIOS, PRÁCTICAS E IMÁGENES CURADORAS Poner una foto sobre la mesa de trabajo. Un hombre que descubrió que había estado volviendo a vivir los sentimientos de culpa de su abuelo puso sobre su mesa una foto del abuelo. Espiraba visualizando que dejaba en poder de su abuelo los sentimientos de culpa. Se sentía más ligero y más libre cada vez que repetía este rito. Encender una vela. Una mujer no tenía ningún recuerdo de su padre, que había muerto cuando ella era recién nacida. Se separó de su marido a los veintinueve años, la misma edad que había tenido su padre al morir, y compartía el mismo sentimiento de desconexión con la familia de su padre. Encendía una vela cada noche y se imaginaba que la llama abría un hueco por el que se podían reunir los dos. Hablaba a su padre y sentía que su presencia la consolaba. Al cabo de dos meses de realizar este rito se le habían aliviado los sentimientos de desconexión y se había desarrollado en su interior un sentimiento nuevo de contar con el cariño de un padre que la quería. Escribir una carta. Un hombre había roto bruscamente con su novia de la universidad, y veinte años más tarde seguía teniendo dificultades con sus relaciones de pareja. Se había enterado de que su antigua novia había muerto un año después de la ruptura. Le escribió una carta en la que le pedía perdón por su indiferencia y su falta de cariño, aunque sabía que ella no la recibiría nunca. En la carta le decía: «Lo siento mucho. Sé que me querías y que te hice mucho daño. Debió de ser terrible para ti. Lo siento muchísimo. Sé que no podré entregarte esta carta, pero espero que puedas recibir mis palabras». Después de haber escrito la carta, el hombre tuvo una sensación de paz y de plenitud que le parecía inexplicable. Poner una foto sobre la cama. Una mujer que se había pasado la vida entera rechazando a su madre comprendió que en sus primeros días de vida había estado separada de ella, en una incubadora, y que aquello le había dejado unos sentimientos de desconfianza y de incapacidad para recibir el amor de su madre. También empezó a


darse cuenta de que aquel rechazo hacia su madre le había servido de modelo, en virtud del cual había rechazado más adelante las relaciones de pareja. Puso un retrato de su madre en la pared, por encima de la cabecera de su cama, y todas las noches, antes de acostarse, pedía a su madre que la abrazara. Acostada en la cama, sentía las caricias de su madre. Decía que el amor de su madre era como una corriente de energía que le daba fuerza. A las pocas semanas ya se despertaba sintiendo más aliviado el cuerpo. Al cabo de unos meses sentía el apoyo de su madre como una sensación física que la acompañaba a lo largo del día. Al cabo de un año observó que entraban en su vida más personas y entablaba relaciones sólidas. (Nota: Aunque la madre de esta mujer seguía viva, esta práctica da resultado con independencia de que el padre o la madre vivan o hayan fallecido). Desarrollar una imagen de apoyo. Un niño de siete años empezó a sufrir de pronto ataques de ansiedad que manifestó arrancándose gran parte del pelo de la coronilla, trastorno que recibe el nombre de tricotilomanía. Parecía ser que la ansiedad le provenía de la historia familiar. Cuando su madre tenía siete años, había visto morir repentinamente a su madre de un aneurisma cerebral. El duelo de su madre era tan grande que no había hablado nunca al niño de su abuela. Cuando su madre le contó por fin lo que había pasado, el niño empezó a tranquilizarse inmediatamente. La madre le pidió que se imaginara a su difunta abuela como un ángel custodio que los protegía a los dos. Le explicó lo que es un halo enseñándole un dibujo que lo representaba, y le dijo que se imaginara que el amor de su abuela era como un halo que le acariciaba la cabeza. Siempre que el niño se tocara la coronilla recibiría una sensación de paz. El niño dejó de arrancarse el pelo a partir de aquel día. Establecer una frontera. Otra mujer se había criado con la carga de sentirse responsable de la felicidad y del bienestar de su madre, que era alcohólica. Esta pauta de velar por los demás le perduró en la vida adulta, y le resultaba difícil recibir, a su vez, el cariño y el apoyo de los demás. Le costaba trabajo mantener relaciones personales sin sentirse responsable de los sentimientos de los demás y ahogada por sus necesidades. Adoptó la práctica diaria de sentarse en el suelo y


marcar a su alrededor un círculo con un cordel. Observaba que, con solo marcarse un espacio propio, ya empezaba a respirar mejor. Mantenía una conversación interior con su madre en la que le decía: «Mamá, este es mi espacio. Tú estás allí y yo estoy aquí. Cuando era pequeña, habría hecho cualquier cosa por hacerte feliz; pero era demasiado para mí. Ahora tengo la sensación de que debo hacer felices a todos, y por eso me ahogo cuando tengo un contacto estrecho. Mamá, desde ahora tus sentimientos están allí, contigo, y mis sentimientos están aquí, conmigo. Dentro de esta frontera, atenderé a mis propios sentimientos para no tener que renunciar a mí misma cuando empiece a sentirme unida a alguien». Los ritos y las prácticas que acabo de describir pueden parecer poca cosa comparados con un gran dolor con el que hemos cargado a lo largo de los años. Pero la ciencia nos dice que cuanto más repetimos y reproducimos estas imágenes y vivencias nuevas, más se integran en nosotros. La ciencia nos dice que este tipo de prácticas pueden modificarnos el cerebro abriendo nuevas vías neuronales. No solo eso: cuando visualizamos una imagen curadora, estamos activando las mismas regiones del cerebro (más concretamente, en el córtex prefrontal izquierdo) que están asociadas a las sensaciones de bienestar y a las emociones positivas100. Es importante que practiquemos el albergar estos nuevos sentimientos y sensaciones para que se vayan arraigando en nosotros. Cuanto más practicamos, más avanzamos en el aprendizaje. Así nos puede cambiar el cerebro y podemos sentirnos más vivos en nosotros mismos. Las frases curadoras y el cuerpo Es esencial para el proceso de sanación que seamos capaces de integrar en él la experiencia de nuestras sensaciones físicas. Cuando seamos capaces de «estar», sin más, con esas sensaciones que nos surgen en el cuerpo sin reaccionar ante ellas de manera inconsciente, tendremos mayores posibilidades de mantenernos asentados cuando empiece a surgir la inquietud interior. Solemos alcanzar un nuevo entendimiento cuando


estamos dispuestos a soportar lo que tiene de incómoda la empresa de conocernos a nosotros mismos. ¿Qué sientes cuando te centras en tu interior? ¿Qué sensaciones asocias a tus miedos o a tus emociones incómodas? ¿Dónde los sientes más? ¿Se te estrecha la garganta? ¿Se te corta la respiración? ¿Sientes opresión en el pecho? ¿Te quedas insensible? ¿Cuál es el epicentro de esa sensación en tu cuerpo? ¿El corazón? ¿El vientre o el plexo solar? Es esencial que seas capaz de orientarte por este territorio interior, aunque las sensaciones te parezcan abrumadoras. Si no tienes claro qué es lo que siente tu cuerpo, di en voz alta tu frase nuclear. Como sabes por el capítulo 8, el acto de pronunciar en voz alta tu frase nuclear te puede despertar sensaciones físicas. Dila en voz alta y observa tu cuerpo. ¿Adviertes algún temblor? ¿Tienes alguna sensación de hundimiento? ¿De insensibilidad? No te preocupes por lo que sientas o no sientas. Limítate a poner la mano donde te imaginas que está la sensación, o donde la notes. A continuación, dirige la respiración sobre esa zona. Espira hacia tu cuerpo para sentir apoyo en toda la zona. Puede ser útil que visualices la espiración como un rayo de luz que ilumina esa parte de tu cuerpo. Ahora, dite a ti mismo las palabras siguientes: «Te apoyo». Imagínate que estás hablando a un niño que siente que no lo ven ni lo escuchan. Es probable que allí esté, en efecto, un niño; una parte infantil de tu ser que lleva desatendida mucho tiempo. Imagínate que ese niño o niña ha estado esperando el día que lo reconocieras, y que ese día ha llegado hoy. FRASES CURADORAS QUE NOS PODEMOS DECIR A NOSOTROS MISMOS Apóyate la mano sobre el cuerpo y respira hondo mientras te dices a ti mismo una o varias de las frases siguientes: «Te apoyo». «Estoy aquí». «Te tengo en brazos». «Respiraré contigo». «Te consolaré». «Cuando tengas miedo o te sienes superado, no te abandonaré».


«Estaré contigo». «Respiraré contigo hasta que te calmes». Cuando nos ponemos las manos sobre el cuerpo y dirigimos hacia dentro del mismo nuestras palabras y nuestra respiración, estamos apoyando las partes de nosotros mismos que nos resultan más vulnerables. Esto nos brinda la oportunidad de aliviar o de liberar lo que nos parece intolerable. Las antiguas sensaciones de molestia pueden ceder el paso a sensaciones de expansión y de bienestar. Cuando arraigan las sensaciones nuevas, podemos sentir más apoyo dentro de nuestro propio cuerpo. Curar nuestra relación con nuestros padres Vimos en el capítulo 5 que nuestra vitalidad, la fuerza vital que nos viene de nuestros padres, se puede bloquear cuando se deteriora nuestra conexión con ellos. Cuando hemos rechazado a nuestro padre o a nuestra madre, cuando lo hemos acusado o culpado de algo o nos hemos distanciado de él o de ella, sentimos las repercusiones en nosotros mismos. Aunque no seamos conscientes de ello, apartar de nosotros a un padre o a una madre es semejante a apartar una parte de nosotros mismos. Cuando rompemos con nuestros padres, las características de estos que consideramos negativas pueden manifestarse de manera inconsciente en nosotros mismos. Por ejemplo, si hemos sentido que nuestros padres eran fríos, o críticos, o agresivos, nosotros podemos sentirnos fríos, autocríticos e incluso agresivos hacia nosotros mismos, reproduciendo las mismas características que rechazamos en ellos. De este modo, nos hacemos a nosotros mismos lo mismo que sentimos que nos hicieron. La solución es buscar algún modo de traer a nuestros padres a nuestro corazón y de hacer conscientes esas características de ellos (y de nosotros mismos) que rechazamos. Esto nos brinda la oportunidad de convertir una dificultad en algo que nos puede dar fuerza. Al establecer una relación con las partes de nosotros mismos que son dolorosas (unas partes que hemos heredado de nuestra familia, en muchos casos), tenemos la posibilidad de modificarlas. De un rasgo como la crueldad podemos sacar bondad; sobre nuestros juicios de valor podemos sentar las bases de nuestra solidaridad.


Para sentirnos en paz con nosotros mismos debemos empezar en muchos casos por estar en paz con nuestros padres. Teniendo esto en cuenta, ¿eres capaz de recibir algo bueno a partir de lo que te dieron tus padres? ¿Eres capaz de pensar en ellos manteniéndote abierto en tu cuerpo? Si siguen vivos, ¿puedes estar con ellos sin ponerte a la defensiva? Si sientes que te contraes o que te pones a la defensiva, o bien que entras en modo de «cuidador», probablemente tendrás que hacer más trabajo interior antes de intentar curar esa relación tratándote con ellos en persona. La curación puede producirse aunque tus padres hayan fallecido, o estén en la cárcel, o estén sumidos en un mar de dolor. ¿Hay algún recuerdo, alguna buena intención, alguna imagen tierna, algún buen entendimiento, algún modo en que expresen amor tus padres, al que puedas dar entrada, aunque solo sea uno? Accediendo a conectarte con una imagen interior cálida puedes empezar a cambiar tu relación externa con tus padres. No puedes cambiar lo que ya ha pasado, pero sí puedes cambiar lo que pasa, con tal de que no esperes que sean tus padres los que cambien ni que sean distintos de como son. Eres tú quien debes llevar la relación de manera distinta. Es tarea tuya, no de tus padres. La cuestión es: ¿estás dispuesto a ello? Thich Nhat Hanh, conocido monje budista de nuestro tiempo, enseña que, cuando estás enfadado con tus padres, «estás enfadado contigo mismo. Imagínate que la planta de maíz se enfadara con el grano de maíz». También nos dice: «Si estamos enfadados con nuestro padre o con nuestra madre, debemos inspirar, espirar y buscar la reconciliación. Este es el único camino que conduce a la felicidad»101. La reconciliación es, sobre todo, un movimiento interior. Nuestra relación con nuestro padre o con nuestra madre no depende de lo que haga él o ella, ni de cómo está, ni de cómo reacciona. Depende de lo que hacemos nosotros. Es un cambio que se produce en nosotros. Un hombre llamado Randy descubrió que su padre había perdido a su mejor amigo en la guerra, donde habían sido compañeros de armas. Randy entendió entonces, por fin, por qué era tan reservado su padre. Randy había tenido muchas veces la sensación de que aquel distanciamiento de su padre había estado dirigido expresamente hacia él. Todo aquello cambió cuando conoció la historia. El padre de Randy, que se llamaba Glenn, había coincidido por casualidad con su mejor amigo de la infancia, Don, en el


frente de batalla de Bélgica, luchando contra los alemanes. Bajo un fuego intenso, Don había salvado la vida a Glenn, pero a costa de recibir él mismo una bala en el cuello. Don había muerto en brazos de Glenn. Este volvió a su patria, se casó y formó una familia, pero nunca fue capaz de aceptar plenamente todo lo que tenía, pues sabía que Don no podría gozar nunca de aquellas mismas cosas. Randy pidió disculpas a su padre por haberlo juzgado y por haberse apartado de él. Ya no esperaba que Glenn conectara con él como él deseaba. Pero Randy ya era capaz de querer a Glenn tal como era. Como hemos visto en los capítulos anteriores, es útil saber qué fue lo que pasó en nuestra familia que causó tanto dolor a nuestros padres. ¿Qué causa primera hay detrás de ese distanciamiento, de esa crítica o de esa agresividad? Conocer esos hechos puede servirnos para entender su dolor, así como para entender el nuestro. Cuando conocemos los hechos traumáticos que contribuyeron al dolor de nuestros padres, nuestra comprensión y nuestra solidaridad pueden empezar a eclipsar los dolores antiguos. A veces basta con decir una frase como, por ejemplo, «Mamá, papá, siento mucho haber estado distante y haberme apartado de vosotros» para que se abra dentro de nosotros algo que nos sorprende. El doctor Andrew Newberg, neurocientífico que ejerce en el Hospital Universitario Thomas Jefferson, y su colega Mark Robert Waldman han escrito en su libro Words Can Change Your Brain (Las palabras te pueden cambiar el cerebro): «Una sola palabra tiene la capacidad de influir sobre la expresión de los genes que regulan el estrés físico y emocional»102. Los autores explican que nos basta con concentrarnos en las palabras positivas para ejercer sobre determinadas zonas del cerebro un efecto que puede mejorar nuestro concepto de nosotros mismos y de las personas con las que nos tratamos 103. Lee la lista siguiente de frases curadoras. Es posible que una o varias de ellas te digan algo, de una manera que empiece a disolver el bloqueo que hay entre tus padres y tú. Deja que las palabras te lleguen. ¿Hay alguna frase que te toque el corazón? Quizá te puedas imaginar a ti mismo diciendo alguna o algunas de estas frases a tu padre o a tu madre, a quien rechazaste. FRASES CURADORAS CUANDO HEMOS RECHAZADO A NUESTRO PADRE O A NUESTRA MADRE


1. «Siento mucho haber estado tan distante». 2. «Te he apartado de mí cuando has querido acercarte». 3. «Te echo de menos, aunque me cuesta trabajo decírtelo». 4. «Papá (o mamá), eres un buen padre (o una buena madre)». 5. «He aprendido mucho de ti». (Evoca algún recuerdo positivo y coméntalo). 6. «Lamento haber sido tan difícil». 7. «He sido demasiado crítico. Eso me ha distanciado de ti». 8. «Dame una segunda oportunidad, por favor». 9. «Me gustaría mucho estar más cerca de ti». 10. «Lamento haberme distanciado. Te prometo que estaremos más unidos durante el tiempo que nos queda juntos». 11. «Me gusta mucho que estemos unidos». 12. «Te prometo que dejaré de obligarte a que me demuestres tu amor». 13. «Dejaré de esperar que expreses tu amor de una manera determinada». 14. «Aceptaré tu amor como tú me lo des, no como yo lo quiero». 15. . «Recibiré tu amor aunque no lo sienta en tus palabras». 16. «Me has dado mucho. Muchas gracias». 17. «Mamá (o papá), he pasado un día muy malo, y quería hablar contigo». 18. «Mamá (o papá), ¿podemos seguir un rato más al teléfono? Oír tu voz me tranquiliza». 19. «Mamá (o papá), ¿me puedo quedar aquí un rato? Con solo estar cerca de ti me siento bien». Antes de ponerte a curar una relación con tus padres que está gravemente dañada, podría convenirte tener unas cuantas sesiones con un terapeuta centrado en el cuerpo, o realizar una práctica de meditación de mindfulness para adquirir unos recursos que te permitirán conectar con las sensaciones de tu cuerpo. Cuando seas capaz de observar tus reacciones ante el estrés, podrás vigilarte a ti mismo y darte lo que necesitas, en los momentos en que más lo necesitas. Es importante que cultives una percepción interior que te guíe y te apoye.


Por ejemplo, si aprendes determinadas técnicas de respiración podrás disponer de una sensación física de los límites de tu cuerpo, gracias a la cual podrás avanzar a la velocidad que te conviene, así como mantener la distancia que sientas que es adecuada. Esa distancia adecuada te permite sentirte relajado para que no tengas que defenderte ni que contraerte para sentirte conectado. La presencia de una frontera sólida, a la vez que flexible, te aporta un espacio adecuado para tener tus sentimientos a la vez que te permite disfrutar del vínculo curador que estás forjando con tus padres. En último extremo, cuando eres capaz de respirar lo bastante hondo como para saber lo que sientes en tu cuerpo, ya no es necesario que salgas del mismo. FRASES CURADORAS PARA DECÍRSELAS A UN PADRE O A UNA MADRE QUE YA HA MUERTO Aunque nuestra relación externa con nuestros padres sea distante o nula, nuestra relación interna con ellos sigue evolucionando. Podemos seguir hablando con nuestros padres aunque hayan muerto. Estas son algunas frases que pueden contribuir a reconstruir un vínculo que se ha roto o que no llegó a desarrollarse del todo. 1. «Te pido que me tengas en tus brazos mientras duermo, cuando tenga el cuerpo más abierto y esté más accesible». 2. «Te pido que me enseñes a confiar y a dejar paso al amor». 3. «Te pido que me enseñes a recibir». 4. «Te pido que me ayudes a sentir más paz en mi cuerpo». FRASES CURADORAS PARA DECÍRSELAS A UN PADRE O A UNA MADRE DESCONOCIDO O AUSENTE Cuando nuestro padre o nuestra madre nos dejaron en una época temprana o nos entregaron a otras personas para que nos criaran, podemos sentir un dolor intolerable. En cierto sentido, esa primera marcha suele trazar un modelo inconsciente sobre el que basaremos los muchos rechazos y abandonos que se producirán más adelante en


nuestra vida. Es preciso que pongamos fin a este ciclo de dolor. Mientras sigamos viviendo con la sensación de que hemos sido víctimas de un trato injusto, es probable que repitamos esa misma pauta en nuestras vidas. Lee las frases siguientes e imagínate que se las dices a tu padre o madre ausente o al que no llegaste a conocer. 1. «Si te facilitó las cosas marcharte o darme en adopción, lo entiendo». 2. «Dejaré de culparte. Sé que eso solo sirve para tenernos cautivos a los dos». 3. «Recibiré de los demás lo que necesito, y haré que salga algo bueno de lo que pasó». 4. «Lo que pasó entre tú y yo me servirá de fuente de energía». 5. «Por lo que pasó, he adquirido una fuerza concreta en la que puedo confiar». 6. «Gracias por haberme dado el don de la vida. Te prometo que no la desperdiciaré ni la despilfarraré». FRASES CURADORAS CUANDO NOS HEMOS FUSIONADO CON UNO DE NUESTROS PADRES Mientras algunas personas han rechazado a su padre o a su madre, hay otras que pueden haberse fusionado con uno de sus progenitores de una manera que les vela la identidad y los despoja de su individualidad. Si hemos caído en una relación de fusión como esta, podemos haber perdido la ocasión de autodefinirnos, o podemos tener mal definidos los límites de quienes somos o de lo que sentimos. Si este es tu caso, puedes leer las frases siguientes como si se las oyeras decir a tu padre o a tu madre. Imagínate que su voz te dice estas palabras mientras tu cuerpo se abre para acogerlas. Observa cuáles son las palabras o las frases que te llegan más hondo. Imagínate que tu padre o tu madre te dice una o varias de estas frases


1. «Te quiero tal como eres. No tienes que hacer nada para ganarte mi amor». 2. «Eres mi hijo, y somos personas distintas. Mis sentimientos no tienen por qué ser los tuyos». 3. «He estado demasiado cerca de ti y veo que ha sido una carga para ti». 4. «Te has debido de abrumar con todas mis necesidades y mis emociones». 5. «Con mis necesidades, te ha resultado difícil tener un espacio propio». 6. «Voy a distanciarme para que mi amor no te domine». 7. «Te daré todo el espacio que necesites». 8. «He estado demasiado cerca de ti para que te conocieras a ti mismo. Ahora, yo me voy a quedar aquí y voy a disfrutar viéndote vivir tu vida allí». 9. «Has estado cuidando de mí, y yo te lo he permitido... pero ya se acabó». 10. «Esto es demasiado para cualquier hijo». 11. «Cualquier hijo (o hija) que intentara arreglar esto sentiría una carga. Esto no es tuyo». 12. «Ahora, distánciate un poco hasta que te sientas lleno de tu propia vida. Solo entonces me quedaré yo en paz». 13. «No he sido capaz de afrontar mi propio dolor hasta ahora. Lo que era mío ha estado allí, contigo. Ya es hora de que vuelva a su lugar, conmigo. Así seremos libres los dos». 14. «Me has atendido mucho a mí, y muy poco a tu padre (o madre). Me gustaría veros más unidos. Ahí es donde debes estar». Ahora, visualiza que tu padre o madre está ante ti, y observa si tienes el impulso interior de adelantarte o de retroceder. ¿Sientes la necesidad de acercarte o de alejarte? ¿Percibes una sensación corporal que te indica cuál es la distancia justa para ti? Cuando nos ponemos a la distancia justa, se nos puede abrir, ablandar o relajar algo dentro de nosotros. Cuando nos pasa esto, disponemos de más espacio interior para percibir nuestros sentimientos. Cuando hayas encontrado tu


distancia justa, di una o varias de las frases siguientes, notando los sentimientos que te llegan cuando pronuncias las palabras. Di a tu padre o a tu madre una o varias de estas frases 1. «Mamá (o papá), yo estoy aquí y tú estás allí». 2. «Tus sentimientos están allí, contigo, y los míos están aquí, conmigo». 3. «Quédate allí, por favor, pero no te alejes mucho». 4. «Cuando tengo mi espacio propio, respiro mejor». 5. «Cuando intento ocuparme de tus sentimientos, me contraigo». 6. «Creí que podía hacerte feliz, pero era demasiado». 7. «Veo ahora que, al renunciar a mí mismo, los dos nos volvimos invisibles». 8. «A partir de ahora viviré mi vida plenamente, sabiendo que estás allí y me apoyas». 9. «Siempre que sienta mi aliento dentro de mi cuerpo, sabré que estás feliz por mí». 10. «Gracias por mirarme y escucharme». Si has seguido los pasos que se explican en este capítulo, puede que ya hayas empezado a notar dentro de ti una nueva paz. Las frases curadoras que has pronunciado y las imágenes, los ritos, las prácticas y los ejercicios que has llevado a cabo pueden haberte ayudado a reforzar una relación con un ser querido, o a aliviar un enredo inconsciente con un miembro de tu familia. Si has seguido los pasos y sientes ahora que necesitas algo más, el capítulo siguiente te dará otra pieza del rompecabezas, una exploración de tus primeros años de vida. Si sufrimos una separación temprana de nuestra madre, podemos quedarnos separados de la vida de tal modo que la resolución se bloquea y no nos alcanza del todo. En el capítulo siguiente exploraremos los efectos de una separación temprana y veremos los muchos modos en que esta puede dejar huella en nuestras relaciones personales, en nuestro éxito en la vida y en nuestra salud y bienestar.


Capítulo 11 El lenguaje nuclear de la separación No hay influencia más poderosa que la de la madre. SARAH JOSEPHA HALE, en la revista The Ladies’ Magazine and Literary Gazette, 1829 El lenguaje nuclear no siempre procede de las generaciones anteriores. Hay un tipo determinado de lenguaje nuclear que refleja la experiencia abrumadora de los niños que se han visto separados de sus madres. Las separaciones de este tipo son uno de los traumas más generalizados, y suelen pasarse por alto con frecuencia. Cuando hemos vivido una ruptura significativa del vínculo con nuestra madre, es posible que se refleje en nuestras palabras una nostalgia, una angustia y una frustración intensas que han quedado invisibles y sin curar. Hemos visto en capítulos anteriores cómo nos traspasan la vida nuestros padres, estableciendo, en esencia, un modelo a partir del cual nosotros entendemos nuestras vidas. Este modelo se inicia en el vientre y cobra forma incluso antes de que nazcamos. Durante este tiempo, nuestra madre es todo nuestro mundo, y, cuando hemos nacido, su tacto, su mirada y su olor son nuestro contacto con la vida misma. Mientras somos demasiado pequeños para entender la vida por nuestra cuenta, nuestra madre nos devuelve reflejadas nuestras experiencias en dosis que somos capaces de tomar y asimilar. En un mundo ideal, cuando lloramos, ella expresa inquietud en el rostro. Cuando reímos, se le ilumina de alegría la cara, que es un reflejo de todas nuestras expresiones. Cuando nuestra madre está sintonizada con nosotros, nos infunde una sensación de seguridad, de valía y de integración, con la ternura de su contacto, con el calor de su piel, con su atención constante e, incluso, con la dulzura de su


sonrisa. Nos llena de todas sus «cosas buenas», y nosotros reaccionamos acumulando en nuestro interior una reserva de «buenas sensaciones». Es preciso que adquiramos una buena reserva de «cosas buenas» durante nuestros primeros años, para que tengamos la seguridad de que conservaremos dentro las buenas sensaciones aunque nos perdamos durante algún tiempo. Cuando disponemos de una reserva suficiente, podemos confiar en que la vida saldrá bien aunque suframos interrupciones que nos descarrilen. Cuando hemos recibido de nuestra madre pocas «cosas buenas» o ninguna, nos puede resultar difícil confiar en la vida en absoluto. Las imágenes que tenemos de «la madre» y de «la vida» están relacionadas entre sí a muchos niveles. Lo ideal es que la madre nos cuide, nos nutra y vele por nuestra seguridad. La madre nos consuela y nos da lo que necesitamos para sobrevivir cuando somos demasiado pequeños para obtenerlo por nuestra cuenta. Cuando recibimos estos cuidados, empezamos a confiar en la sensación de que estamos a salvo y de que la vida nos dará lo que necesitamos. Después de haber vivido repetidas veces la experiencia de que nuestra madre nos da lo que necesitamos, vamos aprendiendo que nosotros mismos también podemos obtener por nuestra cuenta lo que necesitamos. En esencia, sentimos que «nos bastamos» para darnos a nosotros mismos «lo suficiente». La consecuencia es que nos parece que la vida misma nos aporta lo que necesitamos. Cuando nuestra conexión con nuestra madre fluye bien, suele parecernos que también fluyen hacia nosotros la buena salud, el dinero, el éxito y el amor. Pero cuando se corta nuestro vínculo temprano con nuestra madre, puede pasar a ocupar nuestro punto de vista básico una nube oscura de miedo, de escasez y de desconfianza. Ya sea permanente esta ruptura del vínculo, como en el caso de una adopción, o ya se trate de una interrupción temporal que no llegó a restaurarse del todo, esa separación entre la madre y el hijo puede ser un semillero de muchas de las dificultades de la vida. Cuando el vínculo queda interrumpido, nos parece que hemos perdido el sustento. Es como si nos hiciésemos pedazos y fuera nuestra madre quien tuviera que volver a componernos de nuevo. Cuando la ruptura solo es temporal, es importante que nuestra madre esté estable, atenta y acogedora en el regreso tras la separación. La experiencia de haberla perdido puede ser tan devastadora que titubeamos o nos resistimos a la hora de volver a conectar con ella. Si nuestra madre no es


capaz de tolerar nuestros titubeos, o si interpreta nuestra reticencia como un rechazo, puede reaccionar poniéndose a la defensiva o distanciándose a su vez, dejando así dañado y roto el vínculo entre los dos. Puede que nuestra madre no llegue a entender nunca por qué se siente desconectada de nosotros, y que albergue sentimientos de duda, de desilusión y de inseguridad como madre; o, lo que es peor, que caiga en la irritabilidad y en la ira hacia nosotros. Una escisión no curada puede debilitar los cimientos de nuestras futuras relaciones personales y de pareja. Un rasgo esencial de estas experiencias tempranas es que no las tenemos guardadas en la memoria de forma recuperable. Durante la gestación y durante la primera infancia no tenemos el cerebro capacitado para dar forma de relato a nuestras experiencias de modo que puedan convertirse en recuerdos. A falta de estos recuerdos, nuestros deseos no satisfechos pueden salir a relucir de manera inconsciente en forma de impulsos, anhelos y ansias que aspiramos a satisfacer con nuestro próximo trabajo, con nuestro próximo vaso de vino, o incluso con nuestra próxima pareja sentimental. De modo similar, el miedo y la ansiedad que nos produce una separación temprana puede distorsionarnos la realidad haciendo que unas situaciones que solo son difíciles o incómodas nos parezcan catastróficas y con peligro de muerte. El hecho de enamorarnos puede desencadenarnos emociones intensas, pues nos hace retroceder en el tiempo de manera natural hasta las experiencias tempranas con nuestra madre. Nuestros sentimientos hacia nuestra pareja tienden a ser similares a los que tuvimos hacia nuestra madre. Conocemos a una persona especial y nos decimos: «He encontrado por fin a una persona que me cuidará bien, que conocerá todos mis deseos y que me dará todo lo que necesito». Pero estos sentimientos no son más que la ilusión de un niño que quiere volver a vivir la intimidad que tuvo o que quiso tener con su madre. Somos muchos los que esperamos, sin saberlo, que nuestra pareja nos cubra las necesidades que no pudo cubrirnos nuestra madre. Estas expectativas mal dirigidas son una receta para el fracaso y la desilusión. Si nuestra pareja empieza a portarse como una madre o como un padre e intenta satisfacer nuestras necesidades no cubiertas, puede echar a volar el romanticismo. Por el contrario, si nuestra pareja no satisface nuestras necesidades no cubiertas, podemos sentirnos traicionados o descuidados.


Cuando hemos sufrido una separación temprana de nuestra madre, puede resentirse después nuestra estabilidad en las relaciones de pareja. Es posible que tengamos el miedo inconsciente a que nuestra intimidad desaparezca o a que nos despojen de ella. Nuestra reacción es o bien aferrarnos a nuestra pareja como pudimos aferrarnos a nuestra madre, o apartar de nuestro lado a nuestra pareja anticipándonos a la pérdida de esa intimidad. Solemos dar muestras de estas dos conductas a la vez en una misma relación, y nuestro compañero o compañera sentimental se puede sentir atrapado en una interminable montaña rusa de emociones. Tipos de separación Aunque la gran mayoría de las mujeres se plantean la maternidad con las mejores intenciones, se dan situaciones que la madre no puede controlar y que pueden conducir a separaciones tempranas inevitables entre su hijo y ella. Algunas de estas separaciones tienen un carácter físico. Aparte de una posible entrega en adopción, hay otros hechos que implican una separación larga, como son las complicaciones de un parto, las enfermedades e ingresos en hospitales, el trabajo o los viajes largos, que pueden poner en peligro el vínculo que se está desarrollando. Las desconexiones emocionales pueden tener un efecto similar. Cuando la madre está físicamente cerca del niño pero solo le presta una atención y una dedicación esporádica, el niño no se siente a salvo ni seguro. De niños, necesitamos la presencia emocional y energética de nuestra madre tanto como su presencia física. Cuando nuestra madre vive un hecho traumático (como puede ser una enfermedad, un aborto o la pérdida de un hijo, de un padre, de su pareja o de su hogar), puede apartar de nosotros su atención. Nosotros, a nuestra vez, vivimos el trauma de haberla perdido a ella. Las desconexiones entre la madre y el hijo también se producen en el seno materno. Los niveles elevados de miedo, de ansiedad o de depresión, una relación de pareja estresante, la muerte de un ser querido, una actitud negativa respecto del embarazo o un aborto involuntario anterior pueden cortar la sintonía de la madre con el niño que se está desarrollando en su vientre.


Si hemos vivido faltas tempranas de cariño o de atención por parte de nuestra madre, o si esta sufrió dificultades durante el embarazo o el parto, no todo está perdido. Por fortuna, es posible reparar el vínculo, y no solo durante la infancia. Tenemos la posibilidad de curarnos en cualquier momento de la vida. El primer paso puede ser identificar nuestro lenguaje nuclear. El lenguaje nuclear de la separación Estas separaciones tempranas, a semejanza de otros traumas que hemos visto en este libro, generan un entorno en el que puede florecer el lenguaje nuclear. Cuando investigamos la existencia de un vínculo interrumpido solemos oír palabras que indican un ansia de conexión, así como palabras que denotan rabia, crítica, condena o desengaño. Ejemplos de frases nucleares tras una separación temprana: «Quedaré abandonado». «Me dejarán». «Me rechazarán». «Me quedaré solo». «No tendré a nadie». «Me quedaré desvalido». «Perderé el control». «No importo a nadie». «Nadie me quiere». «No estoy a la altura». «Soy excesivo». «Me abandonarán». «Me harán daño». «Me traicionarán». «Me aniquilaré». «Quedaré destruido». «No existiré».


«Todo es inútil». Las frases nucleares como estas no necesariamente se deben a una interrupción de nuestro vínculo con nuestra madre. También podemos haberlas heredado de una generación anterior de la historia familiar. Es posible que hayamos nacido con esos sentimientos sin saber de dónde han surgido. Un tema común que caracteriza a las separaciones tempranas es el rechazo fuerte que sentimos hacia nuestra madre, sumado a la sensación de culpa o acusación por el hecho de que ella no fuera capaz de atender a nuestras necesidades. Aunque quisiéramos muchísimo a nuestra madre, por no haberse llegado a desarrollar del todo el vínculo, llegamos a sentir que ella era débil y frágil y que nosotros debíamos haber cuidado de ella. Así, la noción de obligación puede llegar a invertirse por nuestra necesidad de sentirnos vinculados a ella. Sin saberlo, podemos intentar dar a nuestra madre esos mismos cuidados y atenciones que nosotros mismos necesitamos desesperadamente. Es frecuente que las personas que hayan sufrido una interrupción del vínculo manifiesten quejas nucleares y descriptores nucleares como los que vimos en el capítulo 7. Recordémoslos aquí: «Mamá era fría y distante. No me tenía en brazos nunca. Yo no confiaba en ella en absoluto». «Mi madre estaba demasiado ocupada para hacerme caso. Nunca tenía tiempo para mí». «Mi madre y yo estamos muy unidos. Es como una hermanita pequeña a la que cuido». «Mi madre era débil y frágil. Yo era mucho más fuerte que ella». «No quiero ser nunca una carga para mi madre». «Mi madre era distante, fría emocionalmente, y crítica». «Siempre me apartaba de sí. La verdad es que no le importo». «Lo cierto es que no nos tratamos». «Yo me sentía mucho más próximo a mi abuela. Fue ella la que me hizo de madre».


«Mi madre está completamente centrada en sí misma. Solo le importa lo suyo. Nunca me manifestó ningún cariño». «Puede ser muy calculadora y manipuladora. Yo no me sentía a salvo con ella». «Le tenía miedo. Nunca sabía lo que podía pasar en cualquier momento». «No tengo una relación estrecha con ella. No es maternal... no es como una madre». «No he querido nunca tener hijos. Jamás he sentido dentro de mí el instinto maternal». LA SOLEDAD DE WANDA Wanda tenía sesenta y dos años y estaba deprimida. Había pasado por tres matrimonios rotos, por la adicción al alcohol y por muchas noches de soledad, y pocas veces había llegado a conocer una verdadera paz en su vida. Sus descriptores nucleares sobre su madre lo decían todo. Descriptores nucleares de Wanda: «Mi madre era fría, displicente y distante». Veamos el hecho del que surgió este lenguaje nuclear. Antes de que naciera Wanda, su madre, Evelyn, sufrió una tragedia terrible. Evelyn estaba dando el pecho a una hija recién nacida. Se quedó dormida sobre la niña y la ahogó involuntariamente. Cuando se despertó, se encontró que tenía muerta en sus brazos a Gail, la hermana mayor de Wanda a la que esta no llegaría a conocer. Su marido y ella estaban todavía dominados por el duelo inconsolable cuando hicieron el amor y concibieron a Wanda. Aquel nuevo embarazo fue la respuesta a sus oraciones. Les permitió mirar adelante y olvidar el pasado. Pero un pasado como aquel no se olvida nunca. La muerte terrible de Gail y la carga de culpabilidad subsiguiente se filtraron en cada hilo de la maternidad de Evelyn. Afectaron a su vínculo con su segunda hija, marcando límites a la constancia y a la disponibilidad de su amor. Wanda creía que el distanciamiento de su madre se debía a ella misma, personalmente. Cualquier niña pequeña habría sentido lo mismo en aquella situación. Wanda recordaba cuando su madre la tenía en brazos de pequeña.


Sentía el distanciamiento de la madre y reaccionaba, a su vez, protegiéndose. Sentía que su madre no debía de quererla y, en consecuencia, se blindaba contra ella. Puede que Evelyn creyera que era una mala madre que no se merecía tener otra hija. Quizá le pareciera que no se merecía una segunda oportunidad después de lo que había pasado a Gail. Quizá temiera que Wanda, la segunda hija, muriera también, produciéndole un dolor que no soportaría, y por eso se distanciaba de ella inconscientemente. Es posible que Wanda percibiera este distanciamiento ya desde que estaba en el vientre de su madre. Evelyn sentía, quizá, que si se acercaba demasiado a Wanda y se la llevaba al pecho, podía hacerle daño también a ella. Fueran cuales fueran los pensamientos y las emociones de Evelyn, el trauma por la muerte de Gail tuvo el efecto de separar a Evelyn de Wanda. Wanda tardó sesenta años en darse cuenta de que la displicencia de su madre estaba relacionada con la muerte de Gail y no era una cosa personal para con ella. Había pasado una vida entera culpando a su madre y odiándola por no haberle dado el amor suficiente. Cuando Wanda llegó a entender la magnitud del dolor que había sufrido su madre, en plena sesión conmigo, se puso de pie inmediatamente y tomó su bolso. —Tengo que volver a casa —me dijo—. No me queda mucho tiempo. Mi madre tiene ochenta y cinco años, y tengo que decirle que la quiero. La ansiedad de las separaciones tempranas Jennifer tenía dos años la noche en que llamaron unos hombres a la puerta de su casa. Oyó que su madre soltaba una exclamación y la vio caer al suelo entre sollozos. Los hombres le habían dicho que su padre había muerto en una explosión en un pozo de petróleo. Su madre se acababa de quedar viuda, con veintiséis años. Aquella fue la primera noche de la vida de Jennifer en que su madre no la arropó en la cama ni le dio un beso en la frente cuando se acostó. Las cosas no volvieron a ser como antes a partir de aquella noche. Como la madre de Jennifer se había quedado paralizada por la impresión, a ella y a su hermano, que tenía cuatro años, los llevaron a pasar unas semanas en casa de su tía. Durante este tiempo, la madre iba a visitarlos, y Jennifer salía


corriendo a la puerta a recibirla; pero era como si una desconocida hubiera usurpado el papel de su madre. La mujer que se agachaba a abrazarla tenía el rostro hinchado y enrojecido, y Jennifer apenas la reconocía. La asustaba. Cuando su madre la rodeaba con sus brazos, Jennifer se ponía tensa. Aunque quería explicar a su madre el miedo que tenía, a sus dos años ya estaba descubriendo que su madre había cambiado. Parecía frágil e incapaz de entregarles gran cosa. Jennifer tardaría años en sacar a la luz estos recuerdos. Jennifer sufrió su primer ataque de pánico con veintiséis años. Iba en el metro, de vuelta del trabajo, donde había realizado con éxito una presentación ante los directivos de su empresa. De pronto, la visión se le puso borrosa, como si estuviera mirando bajo el agua. Le pareció que se le taponaban los oídos y empezó a sentirse mareada y asustada. Aquellas sensaciones le resultaban tan extrañas que pensó que le estaba dando un ictus. Estaba paralizada, desvalida e incapaz de pedir ayuda. Tuvo el segundo ataque a la semana siguiente, cuando iba a realizar otra presentación. El tercero se le presentó mientras iba de tiendas. Al cabo de un mes ya tenía ataques de pánico diarios. Si Jennifer hubiera sido capaz de oír su propio lenguaje nuclear, habría descubierto frases como las siguientes: «No voy a poder superar esto», «Lo he perdido todo», «Estoy sola», «Fracasaré», «Me rechazarán», «Ya no me quieren». Cuando consiguió ponerse en contacto con estos miedos, ya tenía cubierta la mitad del camino. Jennifer empezó a recordar una época anterior de su vida en la que se había sentido igual de paralizada y de desesperada. Aunque había estado unida a su madre, Jennifer decía que esta era frágil, solitaria, necesitada de cariño, tierna y amorosa. Cuando Jennifer iba diciendo estas palabras, empezaba a entrar en contacto con la sensación de impotencia que había sentido cuando, de niña, había intentado aliviar el gran duelo de su madre. Aquella empresa de consolar a su madre, imposible para una niña pequeña, había dejado a Jennifer una sensación de soledad, de inseguridad y de temor al fracaso. Una vez que Jennifer hubo establecido la relación entre sus ataques de pánico y su infancia, pudo remontarse por fin al origen de su ansiedad. Cuando le aparecían de nuevo las sensaciones de pánico, Jennifer era capaz


de desactivarlas recordándose a sí misma que aquellas no eran más que las sensaciones de una niña asustada. Siendo capaz de identificar aquellas sensaciones que tenía dentro, podía desacelerar las acumulaciones de ansiedad. Jennifer aprendió a respirar más despacio y más hondo mientras mantenía el enfoque y la atención puestos en las sensaciones de ansiedad que tenía en el pecho. También aprendió a decirse a sí misma las palabras que la habrían tranquilizado de niña. Respiraba hondo y se decía: «Estoy aquí, contigo, y cuidaré de ti. No tendrás que volver a estar sola cuando sientas estas cosas. Puedes confiar en mí; estarás a salvo conmigo». Cuanto más practicaba Jennifer, más confianza tenía en ser capaz de cuidar de sí misma. La tricotilomanía: «separados de raíz» Kelly tenía desde hacía dieciséis años la costumbre de arrancarse el pelo de la cabeza, de las cejas y de las pestañas. Llevaba pestañas postizas y cejas pintadas, y el cabello muy recogido para ocultar las calvas que se había producido. Arrancarse el pelo (hábito que se conoce con el nombre de tricotilomanía) era un rito diario para ella. Todas las noches, a eso de las nueve, se sentaba a solas en su cuarto, abrumada por sentimientos de angustia que se apoderaban de su cuerpo. No podía dejar las manos en paz, le «tenían que hacer algo», hasta que acababa por arrancarse grandes cantidades de pelo. «Es como una liberación. Me relaja», decía ella. Cuando Kelly tenía trece años, la había rechazado su mejor amiga, Michelle. Kelly no había entendido nunca qué había hecho ella para que Michelle empezara a distanciarse de ella de pronto; pero la sensación de pérdida le había resultado insoportable. Había empezado a arrancarse el pelo poco después de aquello. «Debe de haber algo malo en mí», pensaba. «No quiere estar conmigo porque no estoy a su altura». Como veremos, estas frases le hicieron el efecto de señales orientativas en las carreteras de su lenguaje nuclear. Las frases, que habían pervivido por debajo de la superficie de su conciencia, a flor de piel, esperando el momento de que las descubrieran, orientaron a Kelly hacia un hecho más temprano y que había sido más significativo todavía: una ruptura del vínculo con su madre.


Cuando Kelly tenía un año y medio la habían operado de los intestinos y tuvo que pasarse diez días separada de su madre. Cada día, cuando terminaba el horario de visitas del hospital (hacia las nueve de la noche), la madre de Kelly se despedía de ella y se volvía a su casa, donde tenía que ocuparse de la hermana recién nacida de Kelly y de su hermano mayor. Apenas podemos imaginarnos la sensación de ansiedad que debía de tener Kelly cuando su madre la dejaba sola en la habitación del hospital. Esos sentimientos habían salido a relucir inconscientemente en la tricotilomanía de Kelly. Se le agitaban en su cuerpo todas las noches, hacia las nueve, hasta que ella había encontrado un medio alternativo para afrontarlas, arrancándose el pelo en el sentido más literal del término. El peor de los miedos de Kelly, tal como lo expresaba ella en su frase nuclear, la condujo hasta la raíz de su trauma: «Lo peor que podría pasarme es quedarme sola. Me quedaría abandonada. Me volvería loca». Frase nuclear de Kelly: «Me quedaré sola. Me quedaré abandonada. Me volveré loca». A Kelly se le renovaron estos sentimientos cuando tenía trece años. Michelle y ella habían sido amigas inseparables. Pero entonces, de pronto, Michelle abandonó a Kelly y se hizo amiga de otras chicas «más populares». Entonces, todas las demás chicas se pusieron en contra de Kelly. Esta se sintió «abandonada, rechazada y despreciada». Cuando vemos esta experiencia dentro de un marco más amplio, podemos considerarla una «oportunidad perdida» por parte de Kelly, que podría haberse orientado por ella para encontrar la curación más general, la del trauma más profundo y más significativo de haberse quedado sola en el hospital, sin su madre. Pero no somos muchas las personas que, al encontrarnos ante nuestras dificultades, somos capaces de interpretarlas como señales que nos guían en una dirección. Atendemos, más bien, a aliviarnos los sufrimientos, y rara vez optamos por remontarnos en busca de su origen. Cuando llegamos a conocer la sabiduría de nuestro lenguaje nuclear, los síntomas de nuestro sufrimiento pueden convertirse en el mejor de nuestros aliados. LA METÁFORA DE LA TRICOTILOMANÍA DE KELLY


El lenguaje nuclear de Kelly indicaba el miedo profundo que tenía esta a que «la dejaran sola». De hecho, la tricotilomanía, el hábito de arrancarse el pelo, como expresión no verbal de su lenguaje nuclear, le había comenzado inmediatamente después de que la abandonara su amiga Michelle. Si bien la costumbre de Kelly de arrancarse el pelo la condujo a descubrir su trauma original, también representaba metafóricamente la separación de dos cosas que habían estado unidas. Al arrancarse Kelly el pelo, separaba los cabellos del folículo piloso donde tenían la raíz. Es una imagen semejante a la separación de un niño de la madre que lo tiene en brazos. Algunas conductas muy personales suelen representar cosas que no es posible observar ni examinar de manera consciente. Si exploramos nuestros síntomas con detenimiento, podemos descubrir una verdad más profunda. Los síntomas suelen hacer de señales orientativas que nos apuntan hacia lo que debemos curar o resolver. Cuando Kelly asumió de este modo su hábito de arrancarse el pelo, fue capaz de remontarse hasta la fuente de sus sufrimientos, y se liberó de toda una vida de ansiedad. LA RESOLUCIÓN DE KELLY Kelly localizó en su vientre la sensación incómoda de «estar sola y abandonada». Se puso las manos sobre la zona afectada por la ansiedad y dejó que su respiración le llenara el vientre. Mientras sentía bajo las manos la subida y la bajada del aliento, visualizaba que tenía en brazos y acunaba a aquella parte suya de niña pequeña que se seguía sintiendo sola y asustada. Cuando aquel movimiento empezó a calmarla, se dijo a sí misma: «Cuando te sientas sola y asustada, no te abandonaré nunca. Pondré la mano aquí y respiraré contigo hasta que vuelvas a estar en calma». Kelly dejó de arrancarse el pelo después de una sola sesión. La separación, origen del conflicto interior A veces se nos escapa la libertad que buscamos. Incapaces de sentirnos a gusto en nuestros cuerpos, esperamos aliviarnos con otro vaso de vino, comprando una cosa más, con otro mensaje de texto o llamada telefónica, con un nuevo compañero o compañera sexual. Pero es raro que


encontremos el alivio cuando nuestro descontento procede de los cuidados de nuestra madre. Para los que nos hemos visto apartados de la luz del amor de nuestra madre, nuestro mundo puede ser una búsqueda incesante de consuelo. Cuando Myrna tenía dos años, su padre se fue tres semanas a Arabia Saudita en viaje de negocios, y su madre lo acompañó y dejó a Myrna a cargo de una niñera. Durante la primera semana, Myrna se aferraba al jersey que se ponía su madre las noches frescas mientras la acunaba para dormirla. Myrna se acurrucaba junto al jersey, consolada por su tacto y su olor familiares, y se acunaba sola hasta quedarse dormida. En la segunda semana, Myrna se negaba a tomar el jersey cuando la niñera se lo ofrecía. En vez de ello, se apartaba, llorando, y se quedaba dormida chupándose el pulgar. Al cabo de las tres semanas de ausencia, la madre de Myrna irrumpió a toda prisa en la casa esperando abrazar a su hija. Esperaba que Myrna saliera a recibirla corriendo para caer en sus brazos, como de costumbre. Pero en esta ocasión la cosa fue distinta. Myrna apenas levantó la vista de sus muñecas para mirar a su madre. Esta, confusa, no pudo menos de notar en su propio cuerpo una sensación de tensión producida por el sentimiento de rechazo. La madre de Myrna fue racionalizando la experiencia a lo largo de los días siguientes, diciéndose que Myrna se estaba volviendo «una niña muy independiente». La madre de Myrna no era consciente de la importancia que tenía restaurar el vínculo delicado entre las dos; perdió de vista la vulnerabilidad de su hija pequeña y se distanció un poco a su vez. Este distanciamiento entre una y otra prosiguió, y agravó los sentimientos de soledad de Myrna. Con el tiempo, se extendería a sus experiencias de la vida y viciaría su capacidad de sentirse segura y a salvo en sus relaciones de pareja. Los sentimientos de abandono y de frustración de Myrna se expresaban en el lenguaje nuclear de esta: «No me dejes»; «Nunca vuelven»; «Estaré sola»; «No me quieren»; «No entienden quién soy»; «No me ven ni me entienden». Para Myrna, enamorarse equivalía a adentrarse en un terreno tan peligroso como un campo de minas. La vulnerabilidad que le producía necesitar a otra persona la aterrorizaba tanto, que cada vez que avanzaba un paso más hacia su deseo se encontraba con un nivel más profundo todavía de su miedo.


Como no era capaz de asociar este conflicto con su infancia, cada vez que un hombre intentaba amarla, ella le encontraba muchos defectos, y solía dejar a los hombres antes de que ellos la dejaran a ella. Myrna se había convencido a sí misma para renunciar a tres posibles matrimonios. El conflicto interior de Myrna también tenía sus consecuencias sobre su carrera profesional. Cada vez que aceptaba un nuevo cargo, se llenaba de dudas y de miedo a un desastre inevitable. Algo saldría terriblemente mal. No la apreciarían. No estaría a la altura. Se distanciarían de ella. Ella no confiaría en ellos. La traicionarían. Eran los mismos sentimientos que tenía Myrna hacia sus parejas, sin expresarlos en voz alta. Los mismos que había tenido hacia su madre, sin haberlos resuelto nunca. ¿Cuántos de nosotros tenemos que enfrentarnos a conflictos semejantes al de Myrna, sin que hayamos sido capaces de identificar su origen? La importancia de nuestro primer vínculo con nuestra madre es incomparable. Nuestra madre es la primera persona con quien mantenemos una relación personal cuando llegamos a este mundo. Es nuestro primer amor. Nuestra conexión o nuestra falta de conexión con ella constituye un modelo esencial sobre el que se basa nuestra vida posterior. Entender lo que pasó cuando éramos pequeños puede desvelar uno de los misterios de por qué sufrimos tanto en nuestras relaciones de pareja. Interrupciones del flujo de la vida Nuestra primera imagen de quiénes somos y de cómo se desarrollará nuestra vida comienza en el seno materno. Durante el embarazo, nuestro mundo está impregnado de las emociones de nuestra madre, que influirán sobre si nuestro carácter esencial será calmado o agitado, receptivo o rebelde, adaptable o inflexible. «Que la mente del niño evolucione para volverse eminentemente dura, angulosa y peligrosa, o bien suave, fluida y abierta, depende en gran medida de si los pensamientos y emociones de la madre son positivos y fortalecedores, o de si son negativos y están marcados por la indecisión», explica Thomas Verny. «Esto no quiere decir, ni mucho menos, que no puedas tener algunas dudas e incertidumbres de vez en cuando sin hacer


daño a tu hijo. Esos sentimientos son naturales e inofensivos. Me refiero, más bien, a una pauta de conducta característica y constante»104. Cuando nuestra primera experiencia con nuestra madre queda interrumpida por una ruptura importante del vínculo, los fragmentos de dolor y de vacío pueden destrozarnos el bienestar y desconectarnos del flujo esencial de la vida. Cuando la relación madre-hijo (o cuidador-hijo, en general) queda truncada, vacía o marcada por la indiferencia, la corriente de imágenes negativas puede encerrar al niño en una pauta de frustración y de inseguridad. En casos extremos, cuando las imágenes negativas son continuas e implacables, puede surgir frustración, rabia e insensibilidad hacia uno mismo y hacia los demás. Este perfil suele estar asociado a conductas sociopáticas y psicopáticas. El doctor Ken Magid y Carol McKelvey dicen en su libro High Risk: Children Without a Conscience (Alto riesgo: niños sin conciencia): «Todos llevamos dentro un cierto grado de rabia; pero la rabia de los psicópatas es la que nace de las necesidades no satisfechas en la primera infancia»105. Magid y McKelvey explican que el niño pequeño sufre «un dolor incomprensible» por el abandono o por una ruptura temprana del vínculo. Los psicópatas y los sociópatas ocupan un lugar extremo en un espectro amplio, que corresponde a los casos donde se han observado interrupciones graves del vínculo. En estos casos extremos se aprecia lo esencial que es el papel de la madre o del primer cuidador del niño para dar forma a los valores que se están formando en él: la solidaridad, la empatía y el respeto hacia sí mismo, hacia los demás y hacia todos los seres vivos. Sin embargo, la mayoría de las personas que hemos sufrido una ruptura del vínculo con nuestra madre llegamos a recibir lo suficiente de lo que necesitábamos, a pesar de las carencias. No sería realista esperar que una madre estuviera sintonizada con su hijo a la perfección, el cien por cien del tiempo. Es de esperar que se produzcan perturbaciones de esta sintonización. Cuando se llegan a producir, el proceso de reparación puede ser una experiencia positiva para el desarrollo, pues brinda a la madre y al hijo una oportunidad para aprender a afrontar momentos breves de aflicción y a buscarse el uno al otro para conectar de nuevo. Lo más importante es que se repare el vínculo. Cuando una relación se repara una y otra vez, se llega a construir un sentimiento de confianza que contribuye a establecer una unión segura entre la madre y el hijo106.


Aunque mantengamos relativamente intacta nuestra conexión con nuestra madre, todavía podemos descubrir que estamos afrontando unos sentimientos que no entendemos. Podemos sufrir miedos a que nos dejen, a que nos rechacen o a que nos abandonen, o sentimientos de estar deshonrados, humillados o avergonzados. Sin embargo, cuando somos capaces de ver estos sentimientos en el contexto de nuestras experiencias tempranas con nuestra madre (que suelen remontarse a una época que no recordamos), podemos ser más conscientes de lo que nos falta, y más capaces de proporcionarnos lo que necesitamos para curarnos.


Capítulo 12 El lenguaje nuclear de las relaciones de pareja Tu distancia a tu dolor, a tu duelo, a tus heridas no curadas, es tu distancia a tu pareja. STEPHEN y ONDREA LEVINE, En brazos del amado El mayor anhelo que tenemos muchos de nosotros es enamorarnos y tener una relación de pareja feliz. No obstante, debido al modo en que se suele expresar inconscientemente el amor en las familias, nuestra manera de amar puede consistir en compartir la infelicidad de nuestros padres y abuelos, o repetir sus pautas. En este capítulo vamos a estudiar las lealtades inconscientes y las dinámicas ocultas que limitan nuestra capacidad para tener relaciones de pareja satisfactorias. Nos preguntaremos una sola cosa: ¿estamos verdaderamente disponibles para un compañero o compañera? Por mucho éxito que tengamos en la vida, por maravillosas que sean nuestras dotes de comunicación, por muchos retiros para parejas a los que hayamos asistido, o por muy bien que entendamos nuestras propias pautas de evitación de la intimidad, podemos llegar a distanciarnos de la persona a la que más queremos si seguimos enredados con nuestra historia familiar. En tal caso, repetiremos inconscientemente las pautas familiares de carencia afectiva, desconfianza, ira, retraimiento, cerrazón, ausencia o abandono, y culparemos de nuestra infelicidad a nuestra pareja, cuando el verdadero origen de esta infelicidad está dentro de nosotros. Muchos de los problemas que aparecen en una relación de pareja no surgen de la pareja misma. Proceden de dinámicas que existían en nuestras


familias desde mucho antes de que naciésemos nosotros siquiera. Por ejemplo, si una mujer murió al dar a luz a un hijo, la ola de las repercusiones puede inundar de miedo e infelicidad inexplicadas a los descendientes de la familia. Es posible que las hijas y las nietas tengan miedo a casarse, pues con el matrimonio vienen los hijos, y con los hijos puede venir la muerte. A primera vista, quizá digan que no les apetece casarse ni tener hijos. Tal vez afirmen que no han encontrado al hombre ideal, o que tienen demasiado trabajo para atender a una familia. Pero, detrás de sus quejas, su lenguaje nuclear contaría una historia distinta. Sus frases nucleares, en las que resuena la historia familiar, podrían decir algo así: «Si me caso, pueden pasar cosas terribles. Podría morirme. Mis hijos se quedarían sin mí. Estarían solos». También pueden quedar afectados los hijos y nietos varones de la misma familia. Quizá teman comprometerse con una mujer, pues la sexualidad de ambos podría conducir a la muerte de ella. Las frases nucleares de ellos serían algo así: «Podría hacer daño a alguien, y sería culpa mía. No me lo perdonaría jamás». Los miedos de este tipo acechan en un segundo plano de nuestras vidas e impulsan de manera inconsciente muchas de las conductas que manifestamos y de las decisiones que tomamos y que no tomamos. Una vez trabajé con un hombre, llamado Seth, que se calificaba a sí mismo de «servil», y al que aterrorizaba la idea de hacer una cosa mal hecha que desilusionara a sus personas más allegadas. Temía que, si estaban descontentas, lo rechazarían y lo abandonarían. Tenía miedo a morir solo, apartado de todos. Impulsado en secreto por este miedo, solía acceder a hacer lo que no quería y a decir lo que no pensaba. Solía decir que sí cuando pensaba que no; y otras veces, como reacción a su rabia hacia las personas a las que intentaba agradar, decía que no cuando quería decir que sí. Vivía casi siempre una vida falsa y culpaba de su infelicidad a su esposa. Intentando huir de esta pauta, abandonó a su esposa, pero recreó la misma pauta con su pareja siguiente. Seth solo pudo encontrar la paz con una pareja cuando comprendió cómo se manifestaban sus miedos en sus relaciones personales. Dan y Nancy


Dan y Nancy, ambos de cincuenta y tantos años, eran una pareja de profesionales de éxito y parecía que lo tenían todo en la vida. Dan era director ejecutivo de una institución financiera importante y Nancy era administradora de un hospital. Ambos eran orgullosos padres de tres hijos con estudios universitarios y a los que iba todo bien. Ahora que los hijos habían dejado el nido familiar, Dan y Nancy tenían que afrontar el hecho de que se habían empañado sus ilusiones de disfrutar de un retiro dorado. Su matrimonio tenía problemas. «Hace más de seis años que no tenemos relaciones sexuales», explicaba Nancy. «Vivimos como extraños». Dan había perdido el deseo sexual hacia Nancy años atrás, aunque no recordaba exactamente cuándo. Dan quería seguir casado con Nancy, pero ella no lo tenía claro a esas alturas. Ambos habían recurrido sin éxito a asesoramientos familiares de todo tipo, civiles y religiosos. Vamos a estudiar las dificultades de la relación de pareja de Dan y Nancy desde los planteamientos del lenguaje nuclear. El problema (la queja nuclear) Oigamos el lenguaje nuclear de la queja de Nancy: «Tengo la sensación de que ya no le intereso. Está distante gran parte del tiempo. No me presta la atención suficiente, y rara vez me siento conectada a él. Siempre parece que le interesan más los hijos que yo». Oigamos ahora el lenguaje nuclear de Dan: «Siempre está descontenta conmigo. Me culpa de todo. Quiere más de lo que le puedo dar yo». A primera vista, estas palabras son un ejemplo más de las quejas comunes que solemos ver en los matrimonios. Pero examinadas con mayor atención, las palabras de ambos constituían un mapa que nos conducía hacia una fuente de descontento que no se había observado. El mapa de Dan y de Nancy conducía a lo que estaba pendiente de resolver en los sistemas familiares de ambos. Para descubrir el mapa del lenguaje nuclear de un problema de pareja, recurrimos de nuevo a las cuatro herramientas y hacemos cuatro preguntas. A continuación, escucharemos con atención lo que se desvela. Las preguntas


1. La queja nuclear: ¿Cuál es tu mayor queja respecto de tu pareja? Esta pregunta es el punto de partida. La información que proporciona suele estar relacionada con las cuestiones no resueltas que tenemos con alguno de nuestros progenitores, o con ambos. Proyectamos esas cuestiones no resueltas sobre nuestra pareja. Ya seamos varón o mujer, parece que podemos aplicar una regla general: Lo que sentimos que no recibimos de nuestra madre, lo que queda por resolver en nuestra relación con ella, suele preparar el terreno para lo que vivimos con nuestra pareja. Si hemos sentido que nuestra madre era distante, o si hemos rechazado su amor, también será probable que nos distanciemos del amor de nuestra pareja. 2. Los descriptores nucleares: ¿Con qué adjetivos y frases describirías a tu madre y a tu padre? Con esta pregunta estamos buscando las lealtades inconscientes y los modos en que nos hemos distanciado de nuestros padres. Cuando redactamos una lista de adjetivos y de frases con las que describimos a nuestros padres, accedemos al núcleo de nuestros sentimientos más profundos. Allí podemos encontrar resentimientos y acusaciones que muchos seguimos albergando hacia nuestros padres. Cuando proyectamos nuestras inquietudes internas sobre nuestra pareja, estamos accediendo a ese mismo depósito inconsciente de experiencias de la infancia. Los descriptores nucleares nos brotan a muchos de nosotros de imágenes de la infancia en las que nos sentimos despojados o insatisfechos. Podemos tener la sensación de que los padres no nos dieron lo suficiente o de que no nos querían como debían. Cuando portamos imágenes como estas, en las que culpamos a nuestros padres del descontento que sentimos, es raro que nos vaya bien en nuestras relaciones de pareja. Vemos a nuestra pareja a través de una lente antigua y distorsionada, esperando desde el principio que nos privará del amor que necesitamos. 3. La frase nuclear: ¿Cuál es el peor de tus miedos? ¿Qué es lo peor que te puede pasar? Como vimos en el capítulo 8, de la respuesta a esta pregunta se deduce nuestra frase nuclear, el miedo nuclear que nos resuena desde un trauma de nuestra infancia o de nuestra historia familiar que está sin resolver. Seguramente sabrás ya, a estas alturas,


cuál es tu frase nuclear. ¿Qué efecto puede tener tu frase nuclear en el sentido de limitar tu relación de pareja? ¿Cómo puede afectar a tu capacidad para comprometerte con un compañero sentimental? ¿Eres capaz de mantener la vulnerabilidad cuando estáis juntos? ¿O te cierras, por miedo a hacerte daño? 4. El trauma nuclear: ¿Qué hechos trágicos sucedieron en tu historia familiar? Como hemos visto en capítulos anteriores, esta pregunta nos amplía el encuadre con el que vemos nuestro sistema familiar y nos permite identificar las pautas transgeneracionales que afectan a nuestras relaciones de pareja. Es frecuente que los problemas de una pareja procedan de las historias familiares de sus miembros. En muchos casos, los disgustos conyugales y los conflictos de pareja se pueden remontar a lo largo de varias generaciones en el genograma familiar. Tras formular cada una de estas preguntas, atendemos a las palabras dramáticas y con carga emocional que surgen. Los traumas familiares suelen aparecer expresados en nuestro lenguaje verbal, donde nos aportan palabras claves y pistas significativas que nos guían hasta el origen de dichos traumas. Ahora que conocemos la estructura, vamos a escuchar una parte del lenguaje nuclear de Dan y de Nancy. A los pocos momentos de iniciar la sesión de trabajo conmigo, los dos se habían enzarzado en un bombardeo mutuo de acusaciones. Después, llegó el momento de oír las descripciones que hacían de sus padres. Adjetivos y frases (los descriptores nucleares) Nancy, sin ser consciente de ello, describía a su madre en términos similares a los que empleaba para describir a Dan: «Mi madre era distante emocionalmente. Yo no me sentí conectada con ella nunca. Jamás podía acudir a ella cuando necesitaba algo. Cuando yo lo intentaba, ella no sabía cuidar de mí». Parecía ser que las cuestiones no resueltas de Nancy con su madre recaían de lleno sobre Dan. La relación no resuelta de Nancy con su madre no era el único factor que afectaba al vínculo de aquella con Dan. Todas las mujeres de la familia de Nancy estaban descontentas con sus maridos. «Mi madre estuvo siempre


insatisfecha con mi padre», decía Nancy. Esta pauta se remontaba también a la generación anterior. La abuela de Nancy llamaba a su marido, el abuelo, «ese alcohólico hijo de perra e inútil». Imagínate el impacto que tendrían estos apelativos sobre la madre de Nancy. Esta se había criado en solidaridad con la abuela, y no habría tenido muchas oportunidades de ser feliz con su marido, el padre de Nancy. ¿Cómo iba a tener más que su madre? Aunque hubiera estado satisfecha con el padre de Nancy, ¿cómo iba a comunicar esa felicidad a su madre, cuando la abuela había sufrido tanto con el abuelo? En vez de ello, había llevado adelante la pauta, inconscientemente, tratando al padre de Nancy con intolerancia. Dan, por su parte, decía que su madre era muy depresiva y muy nerviosa. Cuando era pequeño, sentía que debía cuidar de ella. «Ella necesitaba mucho de mí... necesitaba demasiado de mí», dijo Dan. Se miró las manos, que tenía unidas en el regazo, y añadió: «Mi padre siempre estaba trabajando. Yo sentía que tenía que dar a mi madre la atención que él no podía darle». Dan explicó también que su madre había estado ingresada a veces, con ataques de depresión aguda. En vista de la historia familiar, quedaban claras las causas de las dificultades de su madre. La abuela de Dan había muerto de tuberculosis cuando su hija, la madre de Dan, tenía solo diez años. La hija había quedado devastada por la pérdida. Hubo una nueva pérdida cuando murió el hermano menor de Dan, siendo recién nacido. Entonces la madre de Dan pasó seis meses ingresada y recibió tratamientos de terapia electroconvulsiva (electrochoque). Por entonces, Dan tenía diez años. Para agravar las cosas todavía más, Dan también se sentía distanciado de su padre. Dijo que su padre era «débil e incompetente». «Mi padre no fue capaz de ser hombre para con mi madre». Dan contó que su padre, inmigrante ucraniano y trabajador no cualificado, pertenecía a una clase social inferior a la de la madre de Dan. «Nunca estuvo a la altura de los hombres de la familia de la madre de ella, que eran profesionales y tenían estudios». Dan había cortado su conexión con su padre por sus juicios de valor. Cuando un hombre rechaza a su padre, se distancia, sin saberlo, de la fuente de su masculinidad. El hombre que admira a su padre y lo respeta suele sentirse cómodo con su fuerza masculina, y es más probable que


emule los rasgos de su padre. En el entorno de la relación de pareja, esto puede traducirse en sentirse cómodo con el compromiso, la responsabilidad y la estabilidad. Lo mismo sucede con las mujeres. La mujer que ama a su madre y la respeta suele sentirse cómoda con su feminidad y tiene más probabilidades de manifestar en su relación de pareja los rasgos que admira en su madre. Dan también se había distanciado de su padre por otro motivo. Había adoptado el papel de confidente de su madre y, sin saberlo, había invadido un terreno que pertenecía a su padre. Aunque Dan no había elegido aquella situación de manera consciente, tenía la sensación de que le correspondía la tarea de cuidar de su madre, cosa común en muchos chicos que notan la necesidad de su madre. Él sentía cómo se alegraba su madre cuando él la cuidaba y, por otra parte, cómo se cerraba cuando estaba presente su padre. Dan, al verse preferido por su madre, aprendió a sentirse superior a su padre. Dan llegó a adoptar, incluso, los sentimientos de desaprobación de su madre hacia su padre. Al rechazar a su padre, Dan no solo se desconectaba de su propia fuerza masculina, sino que preparaba inconscientemente el terreno para reproducir más tarde una dinámica similar en su matrimonio con Nancy. Dan se convirtió en un marido «débil e incompetente», como su padre. Nancy tampoco había sido capaz de asimilar la fuerza femenina de su madre. En algún momento de su infancia, había tomado la decisión de dejar de recurrir al apoyo de su madre. Cuando Nancy abandonó por fin el hogar de su infancia, llevaba consigo la sensación de que no había recibido lo suficiente, y culpaba a su madre de no haberle proporcionado la atención que ella ansiaba. Aquella flecha de descontento apuntaría más adelante a Dan. Nancy consideraría que Dan tampoco había sido capaz de darle el apoyo que ella necesitaba. Mientras Dan y Nancy criaban a sus hijos, podían olvidar lo demás, atendiendo a las necesidades de la familia. Pero ahora que los hijos ya no estaban, quedaba claramente visible la dinámica subyacente. Dan y Nancy apenas aguantaban juntos. Dan se calificaba a sí mismo de «muerto sexualmente» para con Nancy. «He perdido todo el interés por el sexo», decía. En cuanto se puso a explorar su relación temprana con su madre, entendió el porqué. Dar a su


madre la atención y el consuelo que necesitaba no era tarea propia de un niño. Era una responsabilidad excesiva. Jamás habría podido darle lo que necesitaba, ni haberle quitado de encima todo su dolor. Por el contrario, se sentía inundado por el amor de su madre. Las necesidades de ella lo habían abrumado. Cuando Dan se quejaba de que Nancy quería demasiado de él, en realidad no se estaba refiriendo a Nancy. Estaba hablando, inconscientemente, de las necesidades no cubiertas de su madre. Dan había confundido su intimidad con Nancy con la intimidad enmarañada que había vivido de niño. Se resistía hasta a los deseos y necesidades más naturales de Nancy. Para protegerse de lo que percibía como unas exigencias abrumadoras, Dan se había cerrado ante Nancy, diciendo «no» a las peticiones de esta aunque en realidad quería decir «sí». Los problemas de Dan y de Nancy se entrelazaban entre sí de manera sincrónica. Era como si el destino los hubiera unido a los dos para que se curaran con su matrimonio. Es frecuente que las personas elijan a parejas que les reactivarán las heridas. Así pueden contar con la oportunidad de ver, reconocer y sanar las partes dolorosas y reactivas de sí mismos. La pareja elegida refleja, como un espejo perfecto, lo que está en el núcleo de su compañero sin que este lo reconozca ni lo resuelva. ¿Quién mejor que Dan para aportar a Nancy el amor emocionalmente distante que esta necesitaba para completar sus cuestiones pendientes con su madre? ¿Y quién mejor que Nancy para aliviar a Dan las carencias insaciables que había vivido este de niño, para ayudarle a curar la herida que tenía con su madre? El peor de los miedos (la frase nuclear) Dan dijo que el peor miedo que tenía en la vida era el de perder a Nancy. «Mi peor pesadilla sería perder a la persona que más quiero. Temo que Nancy se muera, o que me deje, y tener que vivir sin ella». Los ecos de esta frase nuclear se habían sentido dolorosamente en la generación anterior, cuando la madre de Dan había perdido, a su vez, a su madre cuando tenía diez años. La madre de Dan había reproducido aquella experiencia de «perder a la persona que más quería» con la muerte de su hijo recién nacido. Aquellas pérdidas se reflejarían más tarde en el mayor de los


miedos de Dan. Aunque era Dan quien portaba aquel miedo, en realidad había sido su madre quien había tenido que vivir sin las personas a las que más quería. Dan reconoció en seguida que su frase nuclear había surgido en su madre. La pauta había proseguido en la generación siguiente. Cuando Dan tenía diez años (la misma edad que tenía su madre cuando murió la abuela), había perdido a su madre, a «la persona que más quería», durante seis semanas, cuando la ingresaron por lo que los médicos habían llamado «una crisis nerviosa». Dan también recordaba, en fechas aún más tempranas, ocasiones en que su madre caía en la depresión y dejaba de prestarle atención. En aquellas ocasiones se sentía solo y abandonado. También podía hacerse remontar a una época anterior la frase nuclear de Nancy: «Me quedaré atrapada en un matrimonio horrible y me sentiré sola». Estaba claro que aquella frase pertenecía a la abuela de Nancy, casada con el abuelo alcohólico, al que se culpaba prácticamente de todos los males de la familia. Si hubiésemos podido remontarnos una generación más, quizá habríamos visto que la abuela de Nancy había tenido, a su vez, una relación difícil con su madre, o que la bisabuela reproducía una pauta similar de sentirse atrapada en un mal matrimonio con su marido. Por desgracia, se había perdido para la historia toda información más allá de los abuelos. Pero lo más probable es que en cada generación nos encontrásemos con una niña desconectada de su madre, o criada por unos padres que estaban desconectados entre sí. Cuando Nancy hubo comprendido esto, pudo elegir entre seguir repitiendo la pauta con Dan, o aprovechar la oportunidad para curarla. Nancy estaba dispuesta para la curación. La historia familiar (el trauma nuclear) A nivel de sistema familiar, Dan repetía la experiencia de su padre compartiendo la sensación de este de castración en su matrimonio. Nancy repetía la experiencia de su madre y de su abuela sintiéndose «insatisfecha» con su marido. Vamos a ver los sistemas familiares de ambos.


El cuadro general Tal como nos ilustran las historias familiares de Dan y de Nancy, los conflictos de nuestras relaciones de pareja se suelen haber puesto en marcha desde mucho antes de que hayamos conocido siquiera a nuestra pareja. Nancy pudo ver que la fuente de su sensación de «no recibir lo suficiente» no era Dan. Aquella sensación había surgido mucho antes, con su madre. Del mismo modo, Dan fue capaz de ver que Nancy no era el origen de su sensación de que una mujer «le pedía demasiado». También aquella sensación había surgido mucho antes, con la madre de él.


Nancy comprendió también que cualquier hombre que se casara con una mujer de su familia no se sentiría apreciado. De hecho, Dan había tenido que cargar con tres generaciones de insatisfacción conyugal en la familia de Nancy. Cuando ambos hubieron reconocido que cada uno había traído a la relación sus respectivas cuestiones no resueltas, se rompió la maldición y empezó a disolverse la nube de las culpas. Las proyecciones y las acusaciones que antes se dirigían el uno al otro, las entendían ahora en el contexto más amplio de sus historias familiares. Cuando salió a la luz el cuadro general, empezó a disolverse la ilusión de que el responsable del descontento de cada uno de los miembros de la pareja era el otro. Casi de inmediato, los dos pudieron verse mutuamente bajo una nueva luz. Dan y Nancy pudieron redescubrir los sentimientos tiernos que los habían unido en un primer momento. No solo empezaron a manifestarse más bondad y generosidad el uno al otro, sino que volvieron a hacer el amor. Ampliar la nueva imagen A Nancy se le había empezado a dilatar la solidaridad hacia su madre. Cuando Nancy era niña, su madre había sido la cuidadora emocional de la abuela de Nancy, que estaba a disgusto en su matrimonio. La madre de Nancy no se había consentido a sí misma tener más de lo que había tenido la abuela, y había repetido el ciclo de un matrimonio infeliz. En los primeros recuerdos de Nancy, su madre aparecía distante y apática. De pequeña, Nancy se había sentido rechazada por ella. No obstante, cuando hubo asimilado el cuadro general de la historia de su familia, pudo ver a su madre con ojos nuevos. Sintió que su madre, a pesar de su distanciamiento, había seguido dándole todo lo que podía. Cuando Nancy lo hubo entendido así, pudo ablandarse. Fue capaz de trascender la antigua imagen interior, según la cual la habían despojado de «la maternidad». Le surgió en su lugar una imagen nueva, en la que se sentía reconfortada por su madre. Le parecía que esta imagen la llenaba desde dentro. En su imagen nueva, su madre no tenía hacia ella más que intenciones amorosas.


Aunque la madre de Nancy había muerto dieciséis años antes, Nancy fue capaz de pedirle el apoyo que jamás habría pensado en solicitarle mientras vivía. Nancy fue capaz de sentir el amor de su madre por primera vez, que ella recordara. Cerró los ojos y visualizó que su madre estaba tras ella y la abrazaba. «Mamá, siempre te culpé de no haberme dado lo suficiente. Y siempre he culpado a Dan de lo mismo, de no darme lo suficiente. Ahora entiendo que me diste todo lo que tenías. Era suficiente, mamá. Era suficiente, de verdad». Nancy lloraba. «Mamá, te pido que me des tu bendición para que sea feliz con Dan. Quiero sentirme satisfecha en mi matrimonio, aunque ni la abuela ni tú pudieseis estarlo. A partir de ahora, cuando me sienta sola e insatisfecha, acudiré a ti y sentiré que estás detrás de mí, que me apoyas y que quieres lo mejor para mí». Nancy puso una foto de su madre junto a su cama y, durante varias semanas, se imaginó que su madre la abrazaba por las noches, mientras ella se quedaba dormida. Se imaginaba a sí misma acunada en los brazos de su madre y recibiendo todo el amor que necesitaba. Nancy ya era capaz de recibir lo que no había podido asimilar cuando era niña. Ahora, envuelta en el amor de su madre, podía entregarse a Dan de una manera completamente nueva. Dan también visualizó una conversación con su difunta madre: «Mamá, cuando yo era pequeño creía que tenía que cuidar de ti. Aquello me produjo resentimientos. Sin que nos diésemos cuenta ni tú ni yo, estaba intentando compensarte por la pérdida de tu madre cuando eras niña. Era demasiado para mí. No es de extrañar que ahora sienta que nunca doy bastante de mí. Ningún niño habría podido compensar una pérdida como aquella». Dan sintió en su imagen interior que su madre se distanciaba de él para otorgarle algo más de espacio. Dan espiró e inspiró muy hondo, como si los pulmones se le hubieran dilatado hasta el doble de su tamaño. Como no estaba acostumbrado a tener tanto aliento en el cuerpo, se mareó al principio. Después, se sintió cargado de energía. Siguió diciendo: «Mamá, suelo sentir que Nancy me pide demasiado. Te ruego que me ayudes a ver a Nancy tal como es, sin miedo a desaparecer o a no poder darle lo suficiente cuando me necesite». En su propósito de proseguir con su curación, Dan se puso en contacto con su padre, que todavía vivía. Dan le dijo que lamentaba haber estado


distante con él. Invitó a su padre a comer juntos y le dijo que quería reanudar la intimidad con él. Durante la comida, le dio las gracias por haber sido un buen padre. El padre se quedó tan conmovido que le faltaban las palabras. Dijo a Dan que había esperado mucho tiempo a que pudieran mantener aquella conversación. Dan sintió ese amor que siempre había estado allí. Por fin, estaba preparado para recibirlo. Nancy sintió en Dan una fuerza nueva. De alguna manera, le parecía hasta más alto. La reacción de Nancy fue automática. Empezó a respetarle. Pidió a Dan que la ayudara, diciéndole: «Cuando te parezca que te estoy culpando o criticando, o que estoy insatisfecha, hazme el favor de indicármelo. Te prometo que intentaré contenerlo en mí misma. Quiero ser una esposa mejor para ti». Dan respiró hondo de nuevo. El aliento le llenaba el cuerpo de una manera nueva y le llegaba hasta zonas que había dejado cerradas cuando era niño. ¿Se está reflejando una pauta de mi historia familiar en mi relación de pareja? Si tienes dificultades con tu pareja, no saltes automáticamente a la conclusión de que se deben a él o a ella. Antes bien, escucha las palabras de tus quejas sin culpar a tu pareja y sin dejarte cautivar por las emociones. Pregúntate a ti mismo: ¿Me resultan familiares estas palabras? ¿Tengo esta misma queja respecto de mi padre o de mi madre? ¿Tenían mi madre o mi padre esta misma queja respecto de otro? ¿Tenían dificultades similares mi abuela o mi abuelo? ¿Existe un paralelismo entre dos o tres generaciones? ¿Es mi experiencia con mi pareja un reflejo de cómo me sentía con mis padres cuando era niño? Dan, a su vez, pidió a Nancy que le ayudara a mantenerse presente: «Cuando yo esté distante emocionalmente, hazme el favor de indicármelo.


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