seguridad se filtraban a través de las paredes y
tenían un tono serio y profesional. Cada vez se oían
menos.
Entró una joven a buscarla. Elvi la había visto
antes, pero no sabía su nombre. Se sentía mal por
haber pasado casi dos años de camino a ese lugar
junto a ella y que aún no se conociesen. Era
indicativo de la manera en la que se relacionaban y
se entremezclaban las personas. Y también de la
manera en la que no lo hacían.
—¿Necesita algo, doctora Okoye?
—No sé dónde dormir —dijo Elvi con un tono de
voz débil, frágil.
—Le he preparado un catre —respondió la
chica—. Venga conmigo.
Las habitaciones estaban vacías. El resto se había
internado en la oscuridad alienígena para
enfrentarte a una horrible amenaza humana. La
chica que la llevó hasta el catre llevaba un arma
enfundada en la cintura. Elvi echó un vistazo por
las ventanas mientras caminaban. Era la misma
calle que había recorrido el día anterior, pero ahora
la veía muy diferente. Notaba que algo amenazaba
el lugar, como si hubiese una tormenta en ciernes.
Como si algo emborronase el horizonte. Vio al
hermano de Felcia caminando por la calle sin
151
mirarla a ella ni a nada en particular. Elvi sintió un
pavor intenso y distante.
152
9
Basia
Basia se había prestado voluntario para realizar
el turno de noche en la mina. Había menos gente de
la que ocultarse. Menos cielo abierto que lo pusiese
nervioso. El trabajo, a pesar de ser agotador,
también era un alivio. El fabricador que habían
bajado de la Barbapiccola construía las vías y los
carritos tan rápido como ellos eran capaces de
introducir en él los materiales en bruto. Su equipo
intentaba estar al día con la producción y se
dedicaba a montar el sistema de vías que llevaría el
mineral desde la mina a los cedazos y luego hasta
los silos. Allí tendría que esperar hasta que la
lanzadera de la Barbapiccola lo pusiese en órbita.
Habían transportado todo el mineral que habían
extraído hasta el momento a mano en carretillas. Un
sistema de carritos motorizados serviría para
incrementar la producción un orden de magnitud.
Por eso Basia y su equipo trabajaban con las vías
de metal, las sacaban del fabricador nuevas y
153
resplandecientes debajo de las penetrantes luces
blancas. Las cargaban en carretillas y las arrastraban
hasta la mina. Allí las descargaban y las soldaban a
mano al sistema de vías, que cada vez era mayor.
Era el tipo de trabajo físico que la gente había dejado
de hacer en la era de la mecanización. Y el proceso
de soldar en un lugar con atmósfera no se parecía
nada al de hacerlo en el vacío, por lo que tuvo que
aprender desde cero. Esa combinación de desafío
mental y físico lo dejaba exhausto. Su mundo se
limitaba a conseguir terminar la siguiente de las
tareas, el dolor que sentía en las manos y la promesa
distante del descanso. No tenía tiempo para
preocuparse por nada más.
Para preocuparse de ser un asesino. Para
preocuparse de que el equipo de seguridad de la
empresa metiese las narices en lo que hacían Coop,
él y los demás. Para sentirse culpable cada vez que
Lucia les mentía y les decía que no sabía nada que
pudiese ayudarlos.
Con el tiempo, cuando se sentaba en la caseta del
equipo con los músculos destrozados y doloridos
debido a la fatiga, cuando intentaba dormir con la
luz del día resplandeciendo a través de las
ventanas, se centraba en recordar la destrucción de
la lanzadera una y otra vez. Pensaba en lo que
podría haber hecho para desactivar los explosivos
154
más rápido de lo que lo hizo. En que podría haberse
enfrentado a Coop y quitarle la radio. Si estaba de
muy mal humor, también pensaba en que nada de
aquello habría ocurrido si le hubiese hecho caso a
su esposa. Esos días sentía tanta vergüenza que
incluso la odiaba un poco. Después también se
odiaba a sí mismo por echarle la culpa a ella.
Apretaba la almohada contra su cara para no dejar
pasar la luz del sol, pero no dejaba de ver las
imágenes de la explosión de la lanzadera una y otra
vez, atronando como una bestia moribunda que se
venía abajo.
Pero durante la noche, mientras trabajaba,
conseguía algo de paz.
Es por eso por lo que, cuando Coop apareció en
la zona de trabajo y se puso a pasear por el borde
del agujero de la mina como si nada le importase,
Basia estuvo a punto de darle un puñetazo en la
cara.
—Oye, colega —llamó Coop. Basia soltó el
martillo y aflojó los hombros.
—¿Qué tal? —saludó.
—Mira, te quería decir una cosa —continuó Coop
al tiempo que le pasaba a Basia un brazo amistoso
por encima de los hombros—. Necesito a mi main
droite.
No pintaba bien.
155
—¿Qué cosa?
Coop lo alejó de la zona de trabajo con una
sonrisa en el gesto y sin dejar de saludar con la
cabeza al resto de los trabajadores del turno de
noche que había por el lugar, como si fuesen dos
amigotes dando un paseo para hablar un rato.
Cuando se aseguró de que los demás no podían
oírlos, dijo:
—He visto a esa chica de ECR husmeando por las
ruinas. Dile a Jacek que lo investigue.
—Que se lo diga a Jacek —repitió Basia.
Coop asintió.
—Es un buen chico. Fiable.
Basia se detuvo y se zafó del agarre de Coop.
—No... —«Metas a mi hijo en esto.» Antes de que
pudiese pronunciar las palabras, Coop hizo un
gesto para que se quedase en silencio y siguió
hablando.
—Est importante. —El hombre se acercó y bajó la
voz—. Esa mujer ha ido a las ruinas y luego directo
a ver a los matones de ECR. Jacek dice que planean
esperarnos allí. Quieren pillar a la resistencia con las
manos en la masa.
—Pues no volvamos a ese lugar —comentó Basia.
Le parecía demasiado simple. No había razón para
entrar en pánico.
156
—¿Estás loco, cugino? Alles está ahí arriba.
Podrían seguirnos la pista y pillarnos bien pillados.
Esperarán, se aburrirán, luego acabarán por traer a
un equipo de investigación de verdad y estaremos
acabados. Tutti. A menos que no hayas dejado
restos de ADN en el lugar, klar.
—¿Y entonces qué hacemos?
—Pues llegamos primero. Encendemos un poco
de esa pólvora, bum. Y se acabaron las pruebas.
—¿Cuándo?
Coop rio.
—¿Tú qué crees? ¿Cuando podamos la próxima
semana? Ahora mismo, coyo. Hay que ir ahora
mismo. El mediador aterrizará en unas horas, días
como mucho. Y no queremos que eso sea lo primero
que vea cuando se baje de la nave, ¿verdad? Eres
líder de equipo, non? Puedes coger uno de los
carritos. Vamos allí y lo hacemos saltar por los aires.
—Coop chasqueó los dedos con impaciencia—.
Jetzt.
Coop hablaba de locuras como hacer volar su
reserva de explosivos con una seguridad y una
certeza pasmosas. A Basia le costaba llevarle la
contraria. Estaba claro que hacer saltar por los aires
las ruinas alienígenas era una locura, pero Coop
tenía razón. Si encontraban los explosivos y los
157
relacionaban con Basia, lo sabrían. No quería, pero
era necesario, así que iba a hacerlo.
—Muy bien —dijo. Luego empezó a caminar
hacia la estación de carga de carritos. Solo quedaba
uno y, como el universo era un lugar cruel y
sarcástico, era el mismo que había conducido
durante la noche de la explosión. Aún tenía las
abolladuras y las marcas de quemaduras de esa
noche. Esas marcas de quemaduras que todos los
habitantes de la colonia tenían mucho cuidado de
no nombrar.
Coop esperó con impaciencia a que Basia
desbloquease el vehículo y lo sacase de su puesto,
luego se subió en él y empezó a tamborilear un
ritmo enérgico en el salpicadero de plástico.
—Venga, vamos. Vamos.
Basia le hizo caso.
A medio camino de las ruinas alienígenas, se
cruzaron con cuatro integrantes más de los más
allegados de Coop. Pete, Scotty, Cate e Ibrahim.
Zadie no estaba entre ellos. Su pequeña tenía una
infección ocular y no la habían visto mucho
recientemente. Cate llevaba un morral que tiró en la
parte trasera del carrito y se oyó un sonido ahogado
y metálico. Luego se subieron los cuatro.
—¿Las has cogido? —preguntó Coop, y Cate
asintió y dio unos golpes en el lateral del vehículo
158
para indicarle a Basia que podía seguir. Basia no
preguntó qué había en el morral. Era demasiado
tarde para empezar a hacer preguntas.
Las ruinas tenían el mismo aspecto oscuro y
abandonado de siempre, pero Coop hizo que Basia
diera un rodeo para llegar a ellas desde el lado
opuesto al del pueblo.
—Para asegurarnos —comentó.
Cuando Cate abrió el morral, Basia no se
sorprendió al verlo lleno de armas. La Barbapiccola
no era una nave de guerra. Tampoco se habían
marchado de Ganímedes con una gran reserva de
armas, pero aquello era lo que habían conseguido
reunir y bajar a la superficie la primera vez que
habían descendido de la nave, los primeros días de
Primer Aterrizaje. Al parecer las habían conseguido
traer casi todas. Cate sacó una escopeta y empezó a
cargar unos grandes cartuchos de plástico. Era una
mujer alta y huesuda, con una mandíbula
prominente y el ceño siempre fruncido. Daba la
impresión de que sostener un arma era algo natural
para ella. Como si fuese militar. Cuando Basia cogió
una pistola automática de cañón corto cualquiera,
se sintió como si fuese un niño jugando a
disfrazarse.
—Vamos a necesitar esto, asesino —dijo Ibrahim
al tiempo que le tiraba un objeto estrecho y
159
metálico. Basia tardó varios segundos en darse
cuenta de que se trataba de un cargador para la
pistola. Solo le costó dos intentos introducirlo de la
manera correcta. Hacer estallar los explosivos y
dejar el lugar limpio. Destruir las pruebas. En el
fondo sabía que en realidad el plan que tenían entre
manos nunca había sido ese.
Cuando el resto del grupo terminó de preparar
las armas, Basia se quedó a unos metros del carrito
y levantó la vista para mirar el cielo estrellado. Uno
de aquellos puntos de luz era el rastro del motor de
la Rocinante, la nave en la que se acercaba Jim
Holden. El mediador. El que se suponía que iba a
evitar que los colonos y ECR se matasen entre ellos.
Se preguntó a qué distancia estaría Holden. Si no
era ya demasiado tarde. Demasiado tarde por
segunda vez. Holden también había llegado tarde a
Ganímedes.
Katoa, el hijo de Basia, no había sido el único que
estaba enfermo, el único cuyo sistema inmune había
flaqueado y fallado debido a los miles de problemas
que conllevaba una vida fuera de un pozo de
gravedad. Un grupo de niños había estado a cargo
del doctor Strickland. El hombre que se suponía que
sabía lo que tenía que hacer. Katoa, Tobias,
Annamarie, Mei. Mei era la que había sobrevivido.
160
La que James Holden había rescatado de los
laboratorios de Ío.
Holden también había estado en aquel lugar
cuando encontraron a Katoa. Basia no le conocía,
solo lo había visto en los canales de noticias. Pero sí
sabía que era amigo del padre de Mei, quien le
había enviado un mensaje a Basia para contarle lo
ocurrido y estaba junto a Holden cuando
encontraron el cuerpo de su hijo.
¿Por qué uno y no otro? ¿Por qué Mei, la hija de
Praxidike, y no su Katoa? ¿Por qué había algunos
que tenían que morir mientras que otros seguían
viviendo? ¿Dónde estaba la justicia? Rebuscó entre
las estrellas, pero no encontró la respuesta.
Holden había llegado tarde a detener lo que
pasaba en Ilo en aquel momento, tarde a evitar que
nadie pusiese un pie en el planeta, a que se abriesen
los anillos, a que Venus se desarrollase. Si Katoa aún
estuviese vivo, Basia no estaría allí. Y si hubiese
tenido que ir por algún motivo, no se habría
quedado.
Era un pensamiento extraño. Surrealista. Basia
intentó imaginarse el hombre que hubiese sido en
esa otra línea temporal, pero no pudo hacerlo. Bajó
la vista hacia la horrible pistola oscura que tenía en
la mano. «No haría esto.»
161
—Empieza la fiesta —dijo alguien. Basia se dio la
vuelta. Era Coop—. No te desconcentres, coyo.
—Dui —respondió Basia. Luego respiró hondo.
El aire nocturno era frío, vigorizante y también
sabía un poco a la tierra de la tormenta de arena que
había tenido lugar por la tarde—. Dui.
—Seguidme —dijo Coop antes de dirigirse hacia
las ruinas trotando despacio. Cate, Ibrahim, Pete y
Scotty lo siguieron, sosteniendo las armas con lo
que ellos suponían que era porte militar. Basia la
agarraba por el cañón, preocupado por no acercar
los dedos al gatillo.
Entraron en la gigantesca estructura alienígena a
través de una de las muchas aperturas que tenía en
los costados. ¿Ventanas? ¿Puertas? No quedaban
alienígenas para confirmárselo. En el interior, la luz
que proyectaban sus linternas y faroles se reflejaba
en las paredes lisas de ángulos extraños. El material
era parecido a la piedra, liso como el vidrio y pasaba
de ser negro a un rosado claro cuando lo iluminaba
una fuente de luz. Basia lo tocó con los dedos.
Coop les hizo una señal para que se detuviesen,
se agachó y gateó hacia una abertura parecida a una
ventana que había en una pared. Echó un vistazo y
volvió a acercarse al grupo haciendo gestos para
que lo siguiesen. Basia se agachó con el resto.
162
—¿Veis? —susurró Coop mientras señalaba a la
habitación contigua que había al otro lado de la
ventana—. Sabía que iban a estar aquí.
Cate se asomó a mirar un segundo y luego volvió
a agacharse y asintió.
—Veo a cinco. Reeve, el jefe, y cuatro de sus
matones. Tienen armas ligeras y pistolas
aturdidoras. Todos miran hacia otro lado.
—Esto es muy fácil, jefe —susurró Scotty con una
sonrisa en el gesto antes de quitarle el seguro al rifle.
Cate abrió la culata de la escopeta lo suficiente para
asegurarse de que estaba cargada. Coop levantó su
gigantesca pistola automática con una mano y tiró
hacia atrás de la corredera. Luego levantó la mano
libre y empezó una cuenta atrás desde tres.
Basia los miró uno a uno. Todos estaban
sonrojados y emocionados. Todos excepto Pete,
quien le devolvió la mirada a Basia, tenía la piel de
un verde enfermizo en aquella luz tenue y negaba
sin parar con la cabeza y en silencio. Basia casi podía
oír cómo el hombre no dejaba de pensar: «No quiero
hacerlo».
Algo cambió en la cabeza de Basia y todo a su
alrededor pareció cobrar sentido. Lo sintió en los
huesos. Había seguido a Coop aturdido desde que
el hombre había aparecido en la zona de trabajo. Y
163
ahora estaban a punto de disparar a un grupo de
seguridad de ECR.
—Esperad —dijo. La respuesta de Coop fue
levantarse sin dejar de apuntar hacia la otra estancia
y disparar.
La mente de Basia se quebró y le dio la impresión
de que el tiempo pasaba en una sucesión de escenas.
«Coop grita obscenidades y dispara la pistola una
y otra vez en la habitación contigua. Basia está
tumbado bocarriba y ve cómo los casquillos caen
del arma de Coop y rebotan por el suelo a su
alrededor. Le da la impresión de que se mueven tan
despacio que puede leer el nombre del fabricante.
TruFire 7,5 mm, rezan.»
Siguiente escena.
«Se encuentra junto a Cate. No recuerda haberse
levantado. La mujer dispara con la escopeta y el
sonido del arma en aquel espacio tan cerrado es
ensordecedor. Se pregunta si se va a quedar sordo.
En la habitación de al lado, tres hombres y dos
mujeres con uniforme de ECR se afanan por
ponerse a cubierto o desenfundan las armas o les
devuelven los disparos. Tienen una expresión de
pánico en sus rostros. Se gritan sin dejar de
moverse. No entiende ninguna de las palabras. Uno
de ellos dispara una pistola y la bala rebota en la
pared que hay junto a Cate. Una limadura del
164
proyectil o una esquirla de la pared le abre una
brecha en la mejilla a la mujer. Sigue disparando,
como si no se hubiese percatado de la herida.»
Siguiente escena.
«Una mujer de seguridad de ECR se lleva las
manos al pecho, de donde sale un reguero de
sangre. Tiene el rostro pálido y aterrorizado. Basia
se encuentra a un metro, junto a Scotty, quien
vuelve a disparar a la mujer, ahora en el cuello. La
de ECR cae hacia atrás a cámara lenta con las manos
de camino a la herida pero lánguidas y exánimes
antes de llegar a ella. Se queda con una postura que
parece que se está encogiendo de hombros.»
Siguiente escena.
«Está solo en un pasillo. No sabe dónde se
encuentra ni cómo ha llegado allí. Oye disparos a su
espalda. Y gritos. Un hombre de seguridad de ECR
está unos metros delante de él y sostiene una pistola
aturdidora. El hombre tiene la piel oscura y unos
ojos verdes muy brillantes, abiertos de par en par a
causa del miedo. Basia recuerda de repente que el
hombre se llama Zeb, aunque no es capaz da saber
por qué lo conoce. Zeb le tira la pistola aturdidora y
saca la pistola que aún tiene en la funda de la
cadera. La pistola rebota en la cabeza de Basia y le
abre una brecha de tres centímetros que empieza a
sangrar con profusión, pero él no siente nada. Ve a
165
Zeb levantar la pistola y, sin pensar, apunta al de
seguridad con la suya. Se sorprende al ver que la
sostiene correctamente, por la empuñadura, y que
tiene el dedo puesto en el gatillo. No recuerda
haberlo hecho. Aprieta el gatillo. No ocurre nada.
Está a punto de hacerlo otra vez, pero en ese
momento se oye un gran estallido detrás y Zeb
empieza a caer con un chorro de sangre que le sale
de la frente. Espera a que vuelva a cambiar la
escena.»
Pero no ocurre. No hay tiempo para descansar.
No hay manera de escapar.
—Buen trabajo —afirmó Coop detrás de él—. Ese
casi se escapa.
Basia se dio la vuelta despacio, aturdido. Una
fuga disociativa. Estuvo a punto de levantar la
mano y dejar que la violencia se volviese a apoderar
de él y fuese ella la que apretase el gatillo para
disparar a Coop. A punto, pero no lo hizo. Zeb se
desangraba en el suelo y se habían dejado de oír
disparos.
Detrás de él, el resto del grupo gritó de alegría y
emoción. Basia miró el arma y recordó cómo
funcionaban en las películas de acción. Había que
poner el cargador con las balas en el interior y luego
pasar una a la recámara. Recordó a Cate abriendo la
culata de la escopeta. A Coop tirando de la
166
corredera de la automática. El arma de Basia no
hubiese disparado por muchas veces que hubiese
apretado el gatillo.
Zeb dejó de sangrar. «Ese podría haber sido yo»,
pensó Basia, pero fue un pensamiento desprovisto
de emoción. Superficial. Como una cortina de humo
agrio que nublase su mente por un instante para
luego disiparse.
—Ayúdanos a sacar de aquí los cuerpos, cugino
—dijo Coop mientras le daba una palmadita en la
espalda—. Zadie está limpiando el lugar con
sustancias corrosivas y enzimas digestivas para no
dejar pruebas, pero tenemos que sacar lo mayor,
¿vale?
Basia ayudó. Les llevó varias horas enterrar los
cadáveres de las cinco mujeres y hombres en la
tierra compacta que había junto a las ruinas
alienígenas. Coop les aseguró que la siguiente
tormenta de arena destruiría las pruebas de que
alguien había excavado en el lugar hacía no mucho
tiempo. Los de ECR desaparecían sin dejar rastro.
Scotty y Pete sacaron el resto de los explosivos de
las ruinas y los cargaron en el carrito. Luego
volvieron a pie al pueblo con Cate e Ibrahim. Cate
llevaba el morral de armas al hombro. La pistola de
Basia volvía a estar ahí dentro; nadie había llegado
a dispararla.
167
—Era necesario —dijo Coop cuando los demás ya
se habían marchado. Basia no sabía si se lo decía a
él o para sí mismo. Asintió de igual manera.
—Lo habías planeado todo. Ibas a matarlos y me
obligaste a participar.
Coop hizo un gesto de indiferencia con las manos
y le dedicó una sonrisa cruel.
—Sabías lo que iba a pasar, coyo. Puede que
hicieses como si no, pero lo sabías.
—Nunca más —espetó Basia—. Y como alguien
de mi familia resulte herido por lo que ha pasado
aquí, te mataré con mis propias manos.
Condujo de vuelta a la mina y luego volvió a pie
a su casa. El sol empezaba a salir cuando entró
dando tumbos en el pequeño baño de su hogar. El
hombre del espejo no tenía aspecto de asesino, pero
tenía las manos cubiertas de sangre. Intentó
lavárselas.
168
10
Havelock
Unas cinco horas antes, cuando Havelock llevaba
la mitad de su turno de diez, un hombre con un traje
naranja y púrpura tan feo que casi se podía
considerar ofensivo estaba sentado en un sofá de un
estudio de grabación de Marte. Havelock se
impulsó contra los amarres para mirarlo más de
cerca. Se amarraba por costumbre, aunque tal y
como estaban ahora era un poco raro. El espacio
orbital de Nueva Terra estaba prácticamente vacío,
por lo que era muy improbable que realizaran una
aceleración repentina. Solo era una costumbre. En el
pequeño monitor encajado en la pared del
camarote, el joven estrechó la mano de la
presentadora del canal y sonrió a la cámara.
—Hacía tiempo que no se pasaba por aquí, señor
Curvelo —saludó la presentadora—. Muchas
gracias por volver.
169
—Gracias por recibirme, Monica —respondió el
hombre, asintiendo como si le pillase por
sorpresa—. Estoy encantado de estar aquí otra vez.
—He tenido la oportunidad de probar el nuevo
juego y me gustaría decirle que me ha parecido muy
diferente a todo lo que ha hecho hasta la fecha.
—Sí —afirmó el hombre, lacónico. Tenía los
dientes apretados.
—Ha habido algo de controversia —continuó la
presentadora al tiempo que se le agrandaba la
sonrisa—. ¿Quiere hablar de ello?
Era físicamente imposible que Havelock se
hundiese en el asiento, pero psicológicamente le
resultó muy sencillo.
—Mire, Monica —dijo el hombre del traje
horrendo—, lo que intentamos analizar con él son
las consecuencias de la violencia. Todo el mundo
atiende a esa primera sección, pero nadie piensa en
todo lo posterior.
Sonó el terminal portátil de Havelock. Silenció el
canal de noticias y aceptó la llamada.
—Havelock —saludó Murtry—. Necesito que
acepte una llamada.
El tono de su voz era tranquilo y contenido.
Havelock sintió que se le aceleraba la respiración.
La llamada solo podía significar problemas, y su
mente se aferró al primero de los temores que se le
170
ocurrió. La Rocinante de Jim Holden, el mediador de
la ONU, estaba a unas diez horas de terminar la
desaceleración con los motores. Ya casi había
llegado. Como algo hubiese ido mal...
—Ha pasado algo en la superficie —anunció
Murtry—. Cassie está hecha polvo y necesito que
evite que se venga abajo mientras yo hablo con el
capitán.
—¿Es grave?
—Sí. Prepárese. Tiene que estar tranquilo. ¿Puede
hacerlo?
—Claro, jefe —aseguró Havelock—. Frío como el
invierno y suave como la seda.
—Buen chico.
La imagen se congeló por una fracción de
segundo y luego apareció Cassie, quien lo miraba
con los ojos muy abiertos. Llevaban juntos en la
nave un año y medio, formaban parte del mismo
equipo y eran amigos, íntimos incluso. Havelock
hasta sabía lo del romance de la mujer con Aragão
y cuándo habían roto. La tenía por una amiga,
aunque no solía pensar mucho en ella.
En la imagen, la mujer tenía la piel cenicienta y
los ojos llorosos.
—Cassie —saludó Havelock con una voz que
pasó al mismo tono tranquilizador que había
practicado en el curso de negociación de secuestros
171
que había hecho después de los disturbios de
Ceres—, he oído que hay problemas ahí abajo.
La risa de la mujer movió la cámara e hizo que la
imagen se agitase como si estuviera en un
terremoto. Apartó la vista y luego volvió a mirar.
—Ya no están —dijo. Luego hizo una pausa y
miró hacia otro lado, como si buscase algo. Como si
buscase las palabras para seguir hablando—. Ya no
están.
—Muy bien —dijo Havelock. Se le ocurrieron
miles de preguntas. «¿Qué ha pasado?» «¿Quiénes
no están?» «¿Qué ha pasado?», pero Murtry no le
había pedido que lo descubriese y lo que menos
necesitaba Cassie era que la interrogasen—. Murtry
está hablando con el capitán.
—Lo sé —afirmó la mujer—. Tenemos una pista.
Hemos encontrado un escondite. Reeve los
acompañó y yo me quedé con la testigo.
—¿La testigo está ahí?
—Ahora duerme —comentó Cassie—. No soy
más que asesora de sistemas de seguridad,
Havelock. Se suponía que mi trabajo iba a ser
mejorar los horarios de los trabajadores y montar
una red de vigilancia. No disparar a nadie. Es que
no me pagan por eso, joder.
172
Havelock sonrió, y Cassie le devolvió el gesto
mientras una lágrima le caía por la mejilla.
Sonrieron durante un momento, y el pánico y el
miedo se transformaron en algo similar a la
desesperación. Algo que les afectaba un poco
menos.
—Estoy asustada de cojones —dijo Cassie—. Si
también vienen a por mí, no podré hacer nada para
detenerlos. Hemos cerrado la oficina, pero podrían
atravesar las paredes. Podrían hacerla saltar por los
aires. No sé por qué pensamos que era buena idea
bajar a la superficie. Después de que hicieran
explotar la lanzadera pesada, deberíamos haber
salido lo más pronto posible de este pozo de
gravedad y quedarnos ahí arriba. Deberíamos
habernos dedicado a lanzarles rocas desde la puta
órbita.
—Ahora lo importante es que tú y la testigo estéis
a salvo.
—¿Y en qué puedes ayudarnos tú? —preguntó
Cassie. Su voz sonó desafiante pero inquisitiva. «No
puedes hacer nada» y «por favor, dime que puedes
ayudarnos», al mismo tiempo.
—Estamos trabajando en ello —aseguró
Havelock.
173
—Ni siquiera tenemos comida —afirmó Cassie—
. Está toda en la cafetería. Mataría por un bocadillo.
Mataría. Por un puto bocadillo.
Havelock intentó recordar lo que habían dicho en
el curso para tratar a la gente que estaba
traumatizada. Había una lista de cuatro cosas para
la que se usaba un código mnemotécnico de cuatro
letras. No fue capaz de recordarlas.
—Bueno —dijo—, estoy seguro de que ahora
mismo estás muy asustada.
—No lo llevo muy bien.
—Sí, eso parece, pero en realidad lo estás
haciendo muy bien. Podrías estar mucho peor. La
gente suele empeorar mucho las cosas en este tipo
de situaciones. Reaccionan de forma exagerada y
todo se va al carajo. Todo se acaba yendo al traste.
Tú te has contenido y estás hablando con nosotros,
lo que implica que se te da muy bien.
—Deja de inventarte mierdas —espetó Cassie—.
Me falta un pelo para quedarme catatónica.
—Pero que todavía no lo estés significa que lo
estás haciendo muy bien. Muy bien, de verdad.
Estate tranquila y nosotros nos encargaremos de
solucionarlo. Sé que crees que todo va a salir mal,
pero ya verás que sale bien.
—Y si no...
—Ya verás que sí.
174
—Pero si no... Siempre cabe esa posibilidad.
—Bueno —aceptó Havelock—. Si no, ¿qué
quieres?
—Que me hagas un favor. Conozco a un tipo en
la luna Europa. Hihiri Tipene. Es ingeniero
alimenticio.
—Bien.
—Dile de mi parte que lo siento.
«Cree que va a morir —pensó Havelock—. Y
puede que tenga razón.» El sabor fuerte y metálico
del miedo se le extendió por toda la boca. Los
lugareños habían matado al equipo de seguridad de
ECR y ella era la última que quedaba. Havelock no
sabía nada de lo que había pasado ahí abajo. Quizá
había tres toneladas de explosivo industrial a punto
de convertir a Cassie en poco más que un recuerdo.
Podría morir en cualquier momento, y él iba a ver
cómo ocurría sin poder hacer nada para
solucionarlo.
—Ya verás que serás tú misma quien se lo diga —
afirmó con tranquilidad—. Y después de lo que
acabas de pasar, no te dará miedo hacerlo.
—No sé. No conoces a Hihiri. ¿Me lo prometes?
—Claro —afirmó Havelock—. Yo me encargo.
Cassie asintió. Otra lágrima se le derramó por la
mejilla. A Havelock se le ocurrió pensar que no la
estaba tranquilizando muy bien.
175
Apareció otro pequeño recuadro en el vídeo.
Murtry había usado sus permisos de seguridad.
—¿Qué tal, Cass? —saludó—. He hablado con el
capitán Marwick y vamos a enviar un equipo a por
usted. Tardaremos un par de horas. Su trabajo será
mantener a salvo a esa civil hasta que lleguemos.
A Cassie le tembló la voz al hablar, pero no se le
quebró.
—En el planeta hay unos cuarenta de los
nuestros, y ellos son doscientos. Estoy sola. No
puedo protegerlos a todos.
—No tiene que hacerlo —respondió Murtry—.
He enviado el aviso y ya estoy coordinándome con
los equipos científicos. Yo me encargo de ellos. Su
misión será proteger a la doctora Okoye. Que no
deje de respirar hasta que lleguemos, ¿vale?
—¡Sí, señor!
—Bien —dijo Murtry—. Serán solo dos horas.
Puede hacerlo, Cass.
—¡Sí, señor!
—Havelock, tenemos una reunión en la oficina de
seguridad ahora mismo. ¿Se puede pasar?
—Voy de camino —respondió Havelock. Se
desamarró, se impulsó para apartarse del asiento y
se lanzó hacia el pasillo. La Edward Israel tenía
pasillos que parecían octógonos estirados, similares
a los que suponía que habría en la época de su
176
abuelo. Las correas y los asideros que había por las
paredes no estaban orientados hacia ninguna
dirección en concreto. Atravesó el pasillo muy
rápido mientras la mente pasaba de indicarle que
escalaba un pozo gigantesco de acero y cerámica a
asegurarle que caía de cabeza por él y luego, para
su sorpresa, a que se arrastraba por el techo de un
tubo de desagüe. Le habían dicho que los
cinturianos tenían un sentido natural para obviar la
direccionalidad, pero siempre se lo habían dicho los
propios cinturianos y siempre para dejarle claro que
eran mejores que él. Quizá fuese cierto o quizá fuese
una exageración. Sea como fuere, cuando llegó a la
oficina de seguridad estaba un poco mareado y
echaba de menos la falsa gravedad de la
aceleración.
Había diez personas agarradas a las paredes y
todas orientadas en la misma dirección. Hombres y
mujeres con estructuras faciales y tonos de piel muy
diferentes, pero todos con la misma expresión. Era
espeluznante. Murtry les había dado el equipo
antidisturbios, y la armadura gris azulada de cuello
alto hacía que todos pareciesen enormes insectos
antropomórficos. Hasta Murtry la llevaba, así que al
parecer él también iba a descender a la superficie.
—... me queda —decía el jefe de seguridad desde
el lugar que ocupaba delante del resto—. Son todo
177
lo que me queda. Tenemos que tener en cuenta que
la caballería no va a venir a salvarnos el culo.
Nosotros somos la caballería, y no pienso perder a
nadie más. Los que estamos en esta habitación
formamos el equipo de seguridad de todo el
planeta. Podemos hacerlo, pero no si empezamos a
perder al equipo. Si se sienten amenazados cuando
estén ahí abajo, hagan todo lo posible para salvarse
y proteger al equipo.
—¿Señor?
—¿Okmi?
—¿Eso significa que tenemos vía libre para usar
fuerza letal?
—Eso significa que tienen vía libre para usar
fuerza letal preventiva —dijo Murtry, que esperó
un momento para asegurarse de que todos le habían
oído bien. Havelock suspiró. No le gustaba, pero no
había elección. Si solo hubiese sido la lanzadera
pesada, habrían sido capaces de atajar la situación
como un equipo policial más. Pero los lugareños
habían ido más lejos y ahora había más personas del
equipo de ECR que habían muerto o desaparecido.
Era el principio de una guerra.
Bueno, al menos habían intentado hacerlo de
forma pacífica a pesar de que a los cinturianos les
había dado igual.
178
—Descenderemos en veinte minutos —anunció
Murtry—. Será un descenso largo y muy rápido, así
que puede que sea movidito. Aterrizaremos en la
parte oriental del campamento cinturiano. Smith y
Wei serán los jefes de escuadrón. La primera
prioridad es entrar y reforzar la oficina que tenemos
abajo.
—¿Y la Barbapiccola? —preguntó alguien.
—¡Que le den a la Barbapiccola! ¿Qué hacemos con
la Rocinante?
Murtry levantó una mano abierta.
—Que ninguno se preocupe de lo que pasa aquí
arriba o en casa. De eso me encargaré yo. Havelock
y yo. —Murtry esbozó una sonrisa y lo miró de
improviso. Havelock asintió y estuvo a punto de
hacer una pequeña reverencia—. Ya saben cuáles
son sus órdenes y deposito en ustedes toda mi
confianza. Bajemos ahí y solucionemos ese follón.
El equipo de seguridad se dispersó y los cuerpos
se impulsaron por los aires en un flujo ordenado
que se dirigía hacia el hangar y las lanzaderas
ligeras. Havelock sintió un ligero remordimiento al
ver cómo los demás se preparaban para bajar sin él.
Le recordó a una escena de su juventud, un
recuerdo fugaz de un niño moviéndose a voluntad
del flautista de Hamelín.
179
Murtry flotó hacia él en dirección contraria a los
demás.
—Havelock, me alegro de verlo. Le voy a
necesitar un momento.
—Sí, señor.
Murtry hizo un gesto con la cabeza hacia su
despacho. Era una habitación pequeña, más que un
camarote, y tenía un asiento de colisión con
cardanes muy antiguos que se erigían alrededor de
toda la silla. Murtry cerró la puerta cuando
entraron.
—Voy a ponerle al mando de la nave.
—Gracias, señor.
—No se alegre tanto. Es un puesto de mierda —
afirmó el jefe de seguridad—. La mayor parte de la
tripulación de la Israel son pitagorines que están
muy molestos porque no les dejamos practicar su
ciencia, y el capitán ha tenido que trabajar muy
duro para que se queden en la nave. Ahora que hay
problemas, no creo que tengan tantas ganas de
bajar, pero esa presión terminará explotando por
otra parte. Tendrá que encargarse de todo con el
poco personal que se quede aquí.
—Lo conseguiremos, señor.
—Bien dicho, Havelock. La mayor amenaza con
la que tendremos que lidiar será la Rocinante. Solía
ser una nave militar marciana antes de pasar a
180
manos de la APE. La Israel es enorme, pero no deja
de ser una nave científica. Si la Rocinante nos ataca,
estamos acabamos.
—¿Por qué iban a dispararnos?
Murtry se encogió de hombros.
—Prefiero no pensar mucho en los «porqués» y
centrarme en los «y si», por eso hay algo que
necesito que haga y que va a trastocar todo el
horario de las lanzaderas. Pero es necesario.
—Claro.
—Vamos a usar una de las lanzaderas ligeras
para el descenso —dijo Murtry despacio, como si
pensase en ello a medida que lo contaba, aunque
estaba claro que no era el caso—. Quedará una en la
nave. Quiero que la convierta en un arma. Que le
quite todo lo que evita que el reactor se sobrecargue
y le coloque un dispositivo remoto de ignición
manual. Que bloquee todos los controles de
navegación y le coloque algo a lo que solo usted y
yo tengamos acceso.
—¿Y el capitán Marwick también?
La sonrisa de Murtry se volvió muy enigmática.
—Claro, si quiere.
—Deme medio día y está hecho —afirmó
Havelock.
—Perfecto.
181
—Señor, ¿contra quién cree que tendremos que
usar algo así? ¿Contra el campamento de
cinturianos?
—No es más que una alternativa, Havelock.
Espero no tener que usarla —respondió Murtry—.
Pero si se diese el caso, quiero tenerla muy a mano.
—La tendrá.
—Me siento mejor sabiendo que estará preparado
—dijo Murtry al tiempo que ponía la mano sobre el
escritorio para impulsarse.
—Señor.
Murtry arqueó las cejas. Havelock se sintió
avergonzado de repente y estuvo a punto de
quedarse en silencio, pero luego continuó.
—Sé que es una tontería, señor, pero cuando
estaba hablando con Cassie me dijo que tenía
hambre. Le dije que le llevaría un bocadillo.
Murtry le dedicó una mirada fría como la piedra.
—Me preguntaba si podría bajarle un bocadillo,
señor.
—Puede que sí —respondió el jefe de seguridad,
pero Havelock no estaba seguro de si aquello le
había parecido gracioso o le había molestado. Quizá
ambas cosas.
182
Havelock flotaba en su escritorio. Las celdas del
calabozo estaban vacías. El poco personal que le
quedaba, los cuatro miembros más recientes del
equipo de seguridad y un técnico que pertenecía al
equipo de mantenimiento de la nave, estaban
modificando la lanzadera ligera restante sin que
nadie más se enterase. La estaban convirtiendo en
una bomba. Havelock vio por los monitores cómo
la otra lanzadera descendía al planeta, el final de la
maniobra de desaceleración de la Rocinante y la
imagen de las cámaras que había en el interior de
las oficinas de seguridad del campamento, en las
que se veía a Cassie y a la doctora Okoye, sendas
ventanas para cada una. Las miraba todas y
esperaba a que algo fuese mal. Los minutos se le
hicieron interminables. El reciclador de aire
zumbaba y chasqueaba. Se mordió las uñas.
Cuando oyó el sonido que indicaba que acababa
de recibir un mensaje, se asustó y tuvo que
agarrarse a la consola para no salir flotando a la
deriva. Cambió la pantalla a la lista de mensajes. El
que acababa de recibir llegaba de las oficinas
centrales de ECR de la Luna y el asunto rezaba
POSIBLES ESTRATEGIAS PARA ATAJAR EL
CONFLICTO EN NUEVA TERRA: SOLICITUD DE
INFORMACIÓN. Se había enviado hacía cinco
horas.
183
Las señales de radio habían cruzado las puertas
anulares, ondas electromagnéticas que atravesaban
el vacío con mensajes encriptados de los humanos
en su interior. Era una distancia que en persona se
tardaba un año y medio en recorrer, pero que el
mensaje había conseguido superar en tan solo cinco
horas.
Cinco horas y, a pesar de todo, llegaba tarde.
184
11
Holden
Un penacho de fuego blanco salió de la Rocinante
cuando realizó la última parte de la maniobra de
desaceleración antes de quedarse en órbita alta
alrededor de Ilo. Debajo, el planeta se parecía tanto
a la Tierra que las diferencias con el planeta azul lo
convertían en un lugar inquietante.
Holden ya había visto mundos alienígenas. El
óxido rojo y blanco de Marte, las bandas y los
remolinos de Saturno y Júpiter. No tenían nada que
ver con el azul, blanco y marrón de la Tierra. Pero
Ilo tenía un mar abierto y volutas de nubes blancas,
elementos que el cerebro de Holden relacionaba con
su planeta natal.
La diferencia es que allí solo había un continente
enorme, y miles de islas que moteaban un océano
gigante como si fuesen las cuentas marrones de un
collar. Aquella mezcla entre lo alienígena y lo
familiar le daba dolor de cabeza.
185
—Rocinante —llamó la Edward Israel por el canal
de comunicaciones—. ¿Por qué nos apunta con sus
armas?
—Esto... —empezó a decir Holden mientras
golpeaba el panel para abrir el canal—. Solo es un
telémetro, Israel. Nada de lo que preocuparse.
—Recibido —se oyó responder a alguien al otro
lado de la línea con tono no muy convencido.
—Alex —llamó Holden después de cambiar al
canal interno—, no tientes a la suerte.
—Recibido, capi —respondió Alex con un acento
exagerado y conteniendo la risa—. Solo estaba
dejando claro a los lugareños que un nuevo sheriff
acaba de llegar a la ciudad.
—Pues se acabó. Danos una hora para realizar las
últimas comprobaciones y luego llévanos a tierra
firme.
—Recibido —afirmó Alex—. Hace tiempo que no
aterrizo con una de estas.
—¿Será un problema?
—Qué va.
Holden se levantó de su puesto y flotó hacia la
escalerilla de la tripulación. Unos minutos después
estaba en la esclusa de la cubierta con Amos. El
mecánico había traído dos armaduras de combate
ligeras marcianas, varios rifles y escopetas y un
montón de munición y explosivos.
186
—Pero... —empezó a decir Holden—. ¿Para qué
quieres todo esto?
—Dijiste que teníamos que equiparnos para el
descenso.
—A ver, me refería a coger ropa interior y cepillos
de dientes.
—Capitán —dijo Amos intentando ocultar su
impaciencia—, ahí abajo se están matando. Acaba
de morir media docena del equipo de seguridad de
ECR y han hecho estallar una lanzadera pesada.
—Sí, y nuestra misión es conseguir que la cosa no
vaya a más. Deshazte de todo esto. Nos limitaremos
a bajar armas de mano. Trae ropa y otras cosas,
cualquier suministro médico que tengamos y
podamos darle a la colonia. Y nada más.
—Luego —dijo Amos—, cuando te des cuenta de
que deberíamos haber llevado estas cosas, me voy a
reír de ti lo que no está escrito. Justo antes de que
muramos, claro.
Holden empezó a pensar en una respuesta
mordaz, pero se contuvo. ¿Acaso alguna vez las
cosas habían ido como él lo había planeado?
—Venga, vale. Un rifle cada uno, pero
desmontado y en un morral. Que no haya nada a la
vista. Y solo el torso de la armadura ligera, que
podamos esconderlo debajo de la ropa.
187
—Capitán —dijo Amos sorprendido y con tono
burlón—, ¿de verdad el pasado le ha servido para
aprender? ¿Se ha convertido en un hombre nuevo?
—Mira, no sé por qué siempre termino por
seguirte el juego.
—Pues —dijo Amos mientras empezaba a
desmontar uno de los rifles de asalto— porque soy
el único de la nave que sabe arreglar la cafetera.
—Hala, voy a por ropa interior y un cepillo de
dientes.
La Rocinante había iluminado el cielo durante la
última parte de la maniobra de desaceleración.
Cuando aterrizó en la llanura que había junto al
pueblo improvisado de la colonia, levantó una nube
de polvo de más de un kilómetro de diámetro e hizo
tanto ruido que seguro había hecho traquetear las
ventanas que se encontraban al doble de distancia.
Por eso Holden se sintió muy decepcionado al
descubrir que nadie se había acercado para
recibirles.
Era el mediador de la APE y la ONU, elegido
personalmente por Chrisjen Avasarala de la ONU y
por Fred Johnson, líder de la APE (teniendo en
cuenta lo poco que podía liderarse la APE), para
supervisar las conversaciones que iban a tener lugar
188
en el asentamiento. En cualquier otro lugar lo
hubiese recibido el gobernador del planeta y hasta
una banda de música. Lo hubiesen llevado hasta el
pueblo.
Levantó las dos bolsas pesadas y empezó a
caminar despacio hacia el asentamiento. Amos
llevaba tres bolsas. La tercera era la que el mecánico
llamaba «bolsa para cuando todo se vaya al carajo».
Holden esperaba que nunca tuviesen que abrirla.
Después de alejarse lo suficiente, Holden envió la
señal para que Alex y la Rocinante volviesen a
despegar y a levantar otra gigantesca tormenta de
arena durante unos segundos.
—Ya ves —dijo Amos con intención de empezar
una conversación—, hemos aterrizado lejos del
pueblo para evitar enterrar en arena a los lugareños
y ellos ni se han dignado enviar un carrito para
venir a buscarnos. Qué desagradecidos.
—Sí, a mí también me ha sentado mal. La
próxima vez le diré a Alex que aterrice en la puta
plaza del pueblo.
Amos hizo un gesto con la cabeza hacia una
gigantesca estructura alienígena que se erigía en la
distancia. Tenía el aspecto de dos estrechas torres de
cristal retorcidas entre sí, como un par de árboles
que han crecido el uno contra el otro.
—Vaya con eso.
189
Holden no dijo nada. Una cosa es leer sobre
«ruinas alienígenas» en los informes de la ubicación
y otra muy diferente ver una construcción
gigantesca realizada por otra especie recortada
contra el paisaje. ¿Cuántos años tendría? Un par de
miles de millones, si lo que había dicho Miller sobre
el tiempo que llevaban desaparecidos los maestros
de la protomolécula era cierto. ¿Habían construido
los humanos algo que hubiese durado tanto alguna
vez?
—Según los lumbreras de seguridad de la Israel,
ese es el lugar donde se cree que tuvo lugar la
masacre —dijo Holden después de que llevasen
varios minutos caminando.
—Ah, bien —respondió Amos—. Han matado a
alguien allí. Así es como la humanidad se adueña
de las cosas. Ya podemos afirmar que este planeta
nos pertenece.
Aparte de la sin duda difícil tarea de ignorar la
torre alienígena, el resto del lugar podría haber sido
sin problema la parte suroeste de Estados Unidos.
Tierra con aspecto de arcilla y pequeños matorrales.
También pequeñas criaturas que salían disparadas
cuando ellos se acercaban. Por un instante,
quedaron rodeados por una nube de insectos, pero
después de que varios les picaran, se bebieran su
sangre y cayesen muertos, el resto pareció entender
190
que los humanos no eran comestibles y perdieron el
interés.
El pueblo de la colonia parecía un barrio de
chabolas. Era una mezcla destartalada de edificios
prefabricados y cobertizos de restos de metal y
ladrillo. Había unos pocos de barro, indicativo de
que alguien había decidido moldear adobe. Que los
humanos hubiesen viajado cincuenta mil años luz y
luego construido casas usando tecnología que tenía
una antigüedad de diez mil años arrancó una
sonrisa a Holden. Eran una especie muy extraña,
pero a veces eran adorables.
Un grupo de personas se había reunido en el
centro del pueblo. Concretamente, en la
intersección de los dos únicos senderos de tierra.
Unos cincuenta colonos se enfrentaban a una
docena de personas con uniformes de ECR. Se
gritaban, pero Holden no era capaz de entender las
palabras.
Alguien que se encontraba en la parte exterior del
grupo los vio caminando hacia el pueblo y los
señaló. La discusión terminó, y la multitud al
completo se abalanzó sobre Holden y Amos.
Holden soltó las bolsas y saludó con la mano con
una gran sonrisa en el rostro. Amos también sonrió,
aunque él había apoyado la mano con desinterés en
la empuñadura de la pistola.
191
Una mujer alta y fornida que tendría algunos
años más que Holden salió corriendo hacia él y lo
agarró de las manos. Estaba casi seguro de que se
trataba de Carol Chiwewe, pero si se trataba de ella,
la mujer había cambiado mucho desde que le
habían hecho la foto que aparecía en los informes.
—¡Al fin! Ahora, tiene que decirles a estos
matones...
Antes de que pudiese terminar la frase o de que
Holden dijese nada, el resto de la multitud empezó
a gritarle a la vez. Holden oyó fragmentos de sus
peticiones: que se llevase a los de ECR, que les
dieran comida, medicinas o dinero, que les dejara
vender el litio, que probara que la colonia no tenía
nada que ver con la desaparición de los oficiales de
seguridad.
Mientras Holden intentaba tranquilizar a la
multitud, el hombre de más edad con uniforme de
ECR se dirigió despacio hacia él con el resto del
equipo corporativo siguiéndole en formación
abierta de V, como una bandada de gansos.
—Silencio, por favor. Tendré tiempo para atender
todas y cada una de sus peticiones cuando nos
hayamos asentado. Pero no podemos hacer nada si
todos nos gritan...
192
—Jefe Murtry —dijo el hombre de ECR al tiempo
que avanzaba por la multitud como si estuviese
solo, con la mano extendida y una sonrisa en el
rostro—. Energías Carta Real, jefe del equipo de
seguridad.
Holden le estrechó la mano.
—Jim Holden, mediador de la ONU y la APE.
La multitud se apartó para crear un pequeño
círculo de tranquilidad en cuyo centro se
encontraban Holden y Murtry.
—Fueron sus hombres los que han desaparecido.
—Los que han sido asesinados —le corrigió
Murtry sin perder la sonrisa. El hombre le recordó
a Holden a un tiburón. Con todos esos dientes y
unos ojos negros y calculadores.
—Según tengo entendido, aún no hay pruebas.
—Es cierto que dejaron limpia la escena del
crimen, pero yo no tengo ninguna duda al respecto.
—Pero hasta que sea yo quien no tenga ninguna
duda al respecto no se llevará a cabo ninguna acción
disciplinaria —afirmó Holden. Sintió que Amos se
les acercaba un poco, una amenaza velada.
La sonrisa de Murtry no se reflejaba en sus ojos.
—Usted es el jefe.
193
—El mediador —corrigió Holden con un tono con
el que pretendía dejarle claro a Murtry que para él
significaba lo mismo.
Murtry asintió y escupió a un lado.
—Eso.
Se rompió la presa y la multitud volvió a
abalanzarse sobre ellos a la carrera. Una mujer alta
intentaba mantenerse delante. Agarró la mano de
Holden y le obligó a estrecharle la suya. Si Murtry
lo había hecho, ella no podía ser menos.
—Carol Chiwewe, coordinadora de la colonia —
dijo mientras le apretaba la mano con firmeza dos
veces. Entonces, la mujer que había visto antes tenía
que ser otra persona.
—Encantado, señora coordinadora —saludó
Holden.
—Este hombre —continuó la mujer mientras
señalaba con agresividad a Murtry— ¡nos ha
amenazado con imponer una ley marcial! Afirma
que el contrato le da derecho a ECR para...
—Imponer las leyes de la ONU y mantener la paz
—terminó Murtry, quien de alguna manera
consiguió levantar la voz por encima de la de la
mujer, que había empezado a gritar.
—¿Mantener la paz? —preguntó Carol—. ¡Ha
ordenado a su equipo que dispare antes de
preguntar!
194
La multitud rugió con desagrado al oírlo y volvió
a armarse un escándalo. Holden hizo aspavientos
para volver a calmar a todo el mundo. Esperaba
tener un aspecto más digno e imponente que el que
él creía tener. Cuando habló, la voz de Murtry sonó
tranquila pero impertérrita.
—La verdad es que fue a nosotros a quienes nos
dispararon antes de preguntar. Todos los que han
muerto hasta el momento son bajas perpetradas por
los suyos. No toleraré ninguna amenaza más contra
los empleados o las propiedades de ECR.
Un hombre alto con el cráneo alargado de alguien
que había crecido en el Cinturón se abrió paso al
frente.
—Eso me ha sonado a amenaza, colega.
—Por favor, Coop, no empeores las cosas —dijo
Carol con un suspiro de resignación.
«Bien, Coop es uno de los problemáticos», pensó
Holden mientras intentaba acordarse bien de su
cara.
—Pues a mí me parece... —dijo Coop
dirigiéndose hacia la multitud con una sonrisa y
elevando la voz para ganarse la atención del
grupo—. A mí me parece que tú eres el único que
ha empezado a amenazar.
195
Se oyeron gritos de apoyo, y Coop esbozó una
sonrisa de oreja a oreja como si disfrutase del poder
que le daba ser la voz de todas aquellas personas.
Murtry lo señaló con la cabeza sin dejar de
sonreír.
—Haré cualquier cosa para proteger la vida de los
míos. Y ya hemos perdido a demasiados. Se acabó
la tolerancia.
—Oye, colega, a nosotros no nos eches la culpa de
que seas incapaz de encargarte de tu equipo.
Se oyó una risa que parecía venir de la multitud.
—No te preocupes —afirmó Murtry con la misma
sonrisa en el gesto pero acercándose a Coop—.
Descubriré lo que les ha pasado.
—Quizá deberías tener cuidado —dijo Coop
bajando la mirada para contemplar al de seguridad,
que era más bajo, y dedicándole una sonrisa
salvaje—. Quién sabe, podrías acabar igual.
—Está claro que eso sí ha sido una amenaza —
respondió Murtry empezando a desenfundar el
arma.
Disparó a Coop en el ojo derecho. El cinturiano se
quedó lánguido y cayó como una máquina que
alguien acabase de desenchufar. Holden ya había
sacado su arma y apuntaba a Murtry incluso antes
de llegar a procesar lo que acababa de ocurrir. Amos
se puso junto a él y apuntó también al jefe de
196
seguridad de ECR. Todo el equipo de seguridad
había desenfundado las armas y apuntaba a
Holden. Se hizo un silencio sepulcral.
—Pero ¡qué coño! —gritó Holden—. He dicho
que nada de acciones disciplinarias. ¡Lo acabo de
decir!
—Lo sé. Pero eso no ha sido una acción
disciplinaria, sino la respuesta a una amenaza
verbal directa. —Murtry enfundó la pistola y se giró
hacia Holden—. Queda impuesta la ley marcial bajo
el artículo 71 del contrato de exploración de este
mundo firmado por la ONU. Cualquier amenaza
contra personal de ECR tendrá una respuesta
pronta y directa.
Miró a Holden durante un rato y luego dijo:
—Quizá debería enfundar el arma, capitán.
Amos dio un paso al frente, pero Holden lo
agarró del brazo.
—Tranquilo, Amos. —Enfundó el arma y, un
segundo después, el equipo de ECR hizo lo propio.
—Me alegra ver que no hemos tardado en
entendernos. Le recomiendo que se asiente en el
lugar —dijo Murtry—. Iré a visitarlo más tarde.
La coordinadora preparó unas habitaciones para
Holden y Amos en el almacén prefabricado grande
197
y cuadrado que habían convertido en una especie
de tienda, cafetería y taberna. Las habitaciones
estaban amuebladas con un catre, una mesa y una
palangana de agua para lavarse.
—Veo que nos han dado la suite presidencial —
comentó Amos al tiempo que tiraba los morrales al
suelo de su pequeño dormitorio—. Necesito un
trago.
—Dame un segundo —pidió Holden. Luego fue
a su dormitorio y llamó a la Rocinante. Dio un
informe completo del aterrizaje y el tiroteo que
había acabado con la muerte de Coop. Naomi le
prometió que lo enviaría todo por mensaje láser a
Fred y Avasarala y le pidió que tuviese cuidado.
La taberna, si es que podía llamarse así, estaba
formada por cuatro mesas de juego cojas y unas
veinte sillas repartidas cerca de la esquina del
edificio que hacía las veces de cafetería. Cuando
bajó después de enviar el informe, Amos lo
esperaba con dos botellines de cerveza.
—Hemos entrado por la puerta grande.
—Algo me dice que esto escapa a nuestras
posibilidades —comentó Amos después de darle
unos sorbos a la cerveza.
—Yo no lo veo muy diferente a otras cosas a las
que nos hemos enfrentado —aseguró Holden.
—Bueno, es verdad.
198
Murtry llegó cuando ya habían abierto la
segunda cerveza. El de seguridad habló con el
camarero un minuto y luego se sentó frente a
Holden y puso en la mesa una botella de whisky con
tres vasos de chupito.
—Beba conmigo, capitán —dijo al tiempo que
servía el alcohol.
—Irá a prisión por lo que ha hecho —aseguró
Holden al tiempo que empinaba el chupito. El
whisky tenía el sabor agrio y mohoso de una
destilación cinturiana—. Me aseguraré de ello.
Murtry se encogió de hombros.
—Quizá. Yo me aseguraré de que mi equipo
sobreviva lo suficiente como para que tengamos
que preocuparnos de ir a prisión. Ya he perdido casi
veinte entre el ataque a la lanzadera y el asesinato
del equipo en la superficie. No perderé a nadie más.
—Forma parte de un equipo de seguridad
corporativo, no puede declarar la ley marcial y
disparar a los que no cooperen. Yo no usaría esa
excusa cuando tenga que declarar ante gobiernos
legítimos, y menos si fuese un poli de alquiler como
usted. —Holden se volvió a llenar el vaso y le dio
un pequeño sorbo.
—¿Cómo se llama este planeta?
—¿Qué?
—El planeta. ¿Cómo se llama?
199
Holden se inclinó hacia delante con la palabra Ilo
en los labios. Se quedó en silencio. Murtry esbozó
una ligera sonrisa.
—Ha pasado demasiado tiempo trabajando para
la APE, capitán Holden. Se dice que tiene usted una
aversión muy arraigada hacia el tipo de empresas
que me ha contratado. Tengo mis reservas sobre sus
capacidades para afrontar con imparcialidad la
situación que tenemos entre manos. Amenazarme e
insultarme no ayuda.
—Usted ha socavado mi autoridad al matar a un
cinturiano cinco minutos después de mi llegada —
respondió Holden.
—Eso he hecho y entiendo que sienta que no me
estoy tomando su papel aquí con la debida
seriedad. Pero sus amigos de la ONU se encuentran
a un año y medio de distancia —continuó Murtry—
. No se olvide. Se tarda entre ocho y once horas en
enviar y recibir mensajes y casi diecinueve meses en
llegar a este lugar a la velocidad de una nave civil.
Nuestro gobernador local ha sido asesinado por los
terroristas. Mi equipo ha sido asesinado por
intentar ejercer nuestros derechos legales. ¿De
verdad cree que voy a esperar a que usted solucione
la situación? No, dispararé a todo aquel que
amenace la expedición de ECR y dormiré tranquilo
200