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Published by snullbug20, 2020-04-11 21:49:53

El Ladrón Cuántico- Hannu Rajaniemi

intenta estimar la edad de este gógol: no se trata del


Primo, sin duda, pero el aura de Fundador que lo


envuelve basta para conferirle verdadero poder.



La mujer cierra el parasol y sonríe; una hilera de


destellos diamantinos ciñe su cuello de cisne.



—Hola, Sasha —dice.




El aludido le ofrece una silla.



—Joséphine.



La mujer se sienta sin perder la elegancia, cruza las


piernas y se apoya con delicadeza en el parasol


plegado.



—Tienes un jardín adorable, Sasha. No me extraña


que ya nunca te veamos. Caray, si yo viviera en un


lugar como éste, tampoco querría salir.



—A veces es tentador —dice Chen— ignorar las


realidades del vasto mundo. Por desgracia, no todos


nos podemos permitir ese lujo.



El Ingeniero dedica una sonrisa sucinta al anciano


Fundador.



—La labor que desempeño aquí beneficia a toda la


Sobornost, y a la Gran Tarea Común.




—Por supuesto —replica Chen—. Estás


extraordinariamente cualificado para esa tarea. A


decir verdad, ése es el motivo de que estés aquí. —Se







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sienta al borde de la fuente, tocando el agua—. Todo


esto es un poco exagerado, ¿no te parece? —El


Ingeniero recuerda que los reinos de Chen tienden a


ser abstractos y espartanos, con físicas minimalistas y


el grado de detalle justo para no resultar


inquietantemente siniestros.



—Ay, Matjek, por favor —tercia Joséphine—. No seas


aguafiestas. Esto es precioso. Además, ¿no ves que


Sasha está ocupado? Siempre se atusa la barba


cuando se muere de ganas por volver al trabajo pero


la cortesía le impide decirlo.



—Dispone de gógoles de sobra para hacer su trabajo


—protesta Chen—. Pero como prefieras. —Entrelaza


los dedos y se inclina sobre la mesa—. Hermano,


tenemos un pequeño problema con una de tus


creaciones. La Prisión de los Dilemas ha sido


invadida.




—Imposible.



—Compruébalo por ti mismo. —El escenario virtual


oscila cuando Chen traspasa un recuerdo al


Ingeniero: por un momento, ve al gógol Fundador


como es en realidad, la voz de billones de Chens,


extendiéndose por todas las vastas guberniyas, óblasts


y raiones de la Sobornost, más apéndice que persona.


A continuación sostiene un gógol congelado que


reconoce como obra suya al instante, un pequeño






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experimento con juegos y obsesiones del que


prácticamente se había olvidado. «Arconte», lo


bautizó, diseñado para contener en algún lugar lejano


a los locos y los malvados de la Sobornost. Lo abre


como si fuera una naranja y absorbe sus recuerdos.



—Qué raro —dice, mientras observa cómo la Prisión


escupe tres mentes en un frágil envoltorio de materia.


Siente una punzada de admiración por la humilde


entidad de la nave oortiana que consigue burlar a su


creación, y toma nota para cerciorarse de que la


próxima generación de arcontes posea la habilidad de


distinguir entre las distintas capas de la realidad.



—Ni siquiera nos habríamos percatado —continúa


Chen—, si no hubieran cometido un error. Pero lo


cometieron: debían extraer dos gógoles, no tres. El


tercero es de lo más interesante, como puedes ver.




—Ah, sí —dice el Ingeniero, embargado de orgullo


abolengo ante la creación del arconte—. El desertor.


Fascinante.



—Códigos de Fundador. Alguien abrió la Prisión con


códigos de Fundador. Necesitamos saber por qué. —


Chen descarga un puñetazo en la mesa—. Estamos en


guerra, todos, entre nosotros… contra nosotros


mismos, incluso, en algunos casos. Pero hay cosas que


acordamos no hacer.










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—Tú, tal vez, Matjek —dice Joséphine, acariciando el


borde de su vaso de agua con un dedo—. Es evidente


que alguien no lo hizo.



—Es imprescindible que capturemos a esos gógoles:


necesitamos… necesito… averiguar qué saben.



—¿Y no dispones de gógoles de sobra para hacer tu


trabajo? —pregunta el Ingeniero, satisfecho de ser


capaz de sostener la mirada del veterano Fundador


por unos instantes—. Hay empresas mayores que


empezar y completar. —Nota cómo se acumula la


irritación de Chen tras la efigie impasible del gógol,


como electricidad estática en el aire.




—Sasha —dice Joséphine—. No somos niños. No


estaríamos… no estaría… aquí si no te necesitáramos.


—Le toca la mano, sonríe: e incluso después de tres


siglos y miles de millones de ramificaciones, al


Ingeniero le cuesta no sonreír a su vez—. Matjek,


quizá deberías dejarme hablar a solas con Sasha. —


Sostiene la mirada del anciano Fundador por un


momento. Para sorpresa del Ingeniero, él es el


primero en claudicar.



—De acuerdo —dice Chen—. Tal vez una niña pueda


inculcarle algo de sentido común a otro niño. Volveré


pronto. —Abandona el escenario virtual con cajas


destempladas, empujando el gógol avatar a una










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ruptura espacial tan violenta que el Ingeniero debe


esforzarse para alisarla.



Joséphine sacude la cabeza.



—Siempre estamos hablando del cambio —dice—.


Hay cosas que nunca cambian. —Cuando lo mira de


nuevo, sus ojos refulgen—. Pero tú sí. Me encantan


todas estas cosas que has construido. Es asombroso.


Me pregunto… ¿fuiste así siempre, incluso entonces?


¿O has evolucionado?




—Joséphine… Dime qué es lo que quieres.



La mujer hace un puchero.



—No sé si me gusta ese Sasha tan adulto. Ni siquiera


te has sonrojado.



—Por favor.



—De acuerdo. —Joséphine yergue la cabeza y respira


hondo—. Me están matando. Los otros. Las cosas han


cambiado durante tu último invierno, han cambiado


mucho. Anton y Hsien están juntos ahora.


Chitragupta está… en fin, está como siempre. Pero


yo… nunca les he caído bien. Y soy débil, más débil


de lo que te imaginas.



El Ingeniero la observa con incredulidad.



—¿Gogolcidio? ¿A ese extremo hemos llegado?













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—Todavía no, pero eso es lo que se proponen. Matjek


es mi única esperanza, y sabe que me escucharás. En


realidad no se trata de la Prisión, entiéndelo: sólo


quiere un arma contra los otros. Y tu apoyo.



—Podría… —El Ingeniero titubea—. Podría


protegerte.



—Eres un encanto, pero ambos sabemos que no es


cierto. Este lugar es algo que los demás te conceden


porque resultas útil. Cuando eso cese, esto también.


Ayuda a Matjek, y él nos ayudará a los dos. Haz algo


que atrape a esos insignificantes fugitivos. Será una


minucia, pero le demostrará que me escuchas. Y eso


me volverá valiosa ante él.




El Ingeniero cierra los ojos. Puede sentir su Jardín,


repleto de vitalidad y de potencial, los miles de


millones de manos en el suelo: todo dentro de un


poderoso cerebro de la guberniya que devora la


materia y la energía del mismo sol, una esfera de


diamante del tamaño que la antigua Tierra que


contiene sus billones de gógoles y a los Dragones. Y


sin embargo, se siente pequeño.



—De acuerdo —dice—. Sólo esta vez. Por los viejos


tiempos.



—Gracias. —La mujer le da un beso en la mejilla—.


Sabía que podía contar contigo.









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—No dejes que se sobrepase.



—Conozco a Matjek, tanto como es posible. Puedo


encargarme de él, por ahora. Existen otras…


alternativas, pero requerirán más tiempo. Así que


gracias por este favor.



—No es nada. —El Ingeniero sonríe—. Crearé un


cazador para ti. ¿Te gustaría verlo?




—Siempre me ha gustado verte en acción.



El Ingeniero deja que el jardín virtual se disuelva a su


alrededor. En su forma de Fundadora, la mujer es


igual de hermosa, una criatura de plata entretejida


producto de innumerables gógoles. La guía a través


de la Fábrica hasta el Huerto, donde crecen sus


creaciones favoritas. En silencio, solazándose en la


fascinación que irradia de ella, se concentra en su


trabajo. Ésta es una tarea de otra escala, más de


destreza que de supervisión: los módulos cognitivos


de su nueva creación son atlas inmensos a su


alrededor, sinfonías de rutas neuronales e ideas.



No sin cierto placer consigue incorporar su nuevo


hallazgo al diseño. Este Cazador no será uno, sino


muchos: capaz de dividirse en múltiples partes y de


recomponerse. Le confiere la unidad de propósito que


descubrió en un escultor oortiano, y la coordinación


de una pianista, todo ello sazonado con formas


animales más primitivas extraídas de las bibliotecas





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más antiguas: tiburones y felinos. Le otorga derechos


cognitivos suficientes para poseer inteligencia, pero


no latencia, y le añade un fragmento de la materia


inteligente de la guberniya para que esté listo para


entrar en acción cuando su nueva ama se lo ordene.



El producto final no habla, pero los observa a ambos


en silencio, atento, aguardando un objetivo. Posee la


misma belleza que exudan a menudo algunos tipos de


armas, el tipo de belleza que te impulsa a tocarlas aun


a sabiendas de que sus filos pueden cortarte los


dedos.



—Es tuyo —anuncia el Ingeniero—. No de Matjek.


Tuyo. Sólo tienes que decirle qué es lo que quieres que


encuentre.




Con una sonrisa, Joséphine Pellegrini susurra un


nombre al oído del Cazador.







«El ladrón cuántico es una deslumbrante novela de


ciencia‐ficción dura ambientada en el futuro lejano de


nuestro sistema solar. Una historia de atracos poblada


por extravagantes post‐humanos movidos, no


obstante, por impulsos tan eternos como la traición, la


venganza o los celos. Un debut espectacular.»



ALAMUT












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«Para empezar a hacerse una idea del talento de


Hannu Rajaniemi habría que implantar la destreza


para la física experimental de Greg Egan en una


versión finlandesa mejorada de Alastair Reynolds con


la habilidad literaria de Ted Chiang. Se me puso la


piel de gallina mientras la leía, y opino que Hannu


revolucionará la cf dura en cuanto coja carrerilla. La


mejor primera novela de cf que he leído en muchos


años.»



Charles Stross








































































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