intenta estimar la edad de este gógol: no se trata del
Primo, sin duda, pero el aura de Fundador que lo
envuelve basta para conferirle verdadero poder.
La mujer cierra el parasol y sonríe; una hilera de
destellos diamantinos ciñe su cuello de cisne.
—Hola, Sasha —dice.
El aludido le ofrece una silla.
—Joséphine.
La mujer se sienta sin perder la elegancia, cruza las
piernas y se apoya con delicadeza en el parasol
plegado.
—Tienes un jardín adorable, Sasha. No me extraña
que ya nunca te veamos. Caray, si yo viviera en un
lugar como éste, tampoco querría salir.
—A veces es tentador —dice Chen— ignorar las
realidades del vasto mundo. Por desgracia, no todos
nos podemos permitir ese lujo.
El Ingeniero dedica una sonrisa sucinta al anciano
Fundador.
—La labor que desempeño aquí beneficia a toda la
Sobornost, y a la Gran Tarea Común.
—Por supuesto —replica Chen—. Estás
extraordinariamente cualificado para esa tarea. A
decir verdad, ése es el motivo de que estés aquí. —Se
501
sienta al borde de la fuente, tocando el agua—. Todo
esto es un poco exagerado, ¿no te parece? —El
Ingeniero recuerda que los reinos de Chen tienden a
ser abstractos y espartanos, con físicas minimalistas y
el grado de detalle justo para no resultar
inquietantemente siniestros.
—Ay, Matjek, por favor —tercia Joséphine—. No seas
aguafiestas. Esto es precioso. Además, ¿no ves que
Sasha está ocupado? Siempre se atusa la barba
cuando se muere de ganas por volver al trabajo pero
la cortesía le impide decirlo.
—Dispone de gógoles de sobra para hacer su trabajo
—protesta Chen—. Pero como prefieras. —Entrelaza
los dedos y se inclina sobre la mesa—. Hermano,
tenemos un pequeño problema con una de tus
creaciones. La Prisión de los Dilemas ha sido
invadida.
—Imposible.
—Compruébalo por ti mismo. —El escenario virtual
oscila cuando Chen traspasa un recuerdo al
Ingeniero: por un momento, ve al gógol Fundador
como es en realidad, la voz de billones de Chens,
extendiéndose por todas las vastas guberniyas, óblasts
y raiones de la Sobornost, más apéndice que persona.
A continuación sostiene un gógol congelado que
reconoce como obra suya al instante, un pequeño
502
experimento con juegos y obsesiones del que
prácticamente se había olvidado. «Arconte», lo
bautizó, diseñado para contener en algún lugar lejano
a los locos y los malvados de la Sobornost. Lo abre
como si fuera una naranja y absorbe sus recuerdos.
—Qué raro —dice, mientras observa cómo la Prisión
escupe tres mentes en un frágil envoltorio de materia.
Siente una punzada de admiración por la humilde
entidad de la nave oortiana que consigue burlar a su
creación, y toma nota para cerciorarse de que la
próxima generación de arcontes posea la habilidad de
distinguir entre las distintas capas de la realidad.
—Ni siquiera nos habríamos percatado —continúa
Chen—, si no hubieran cometido un error. Pero lo
cometieron: debían extraer dos gógoles, no tres. El
tercero es de lo más interesante, como puedes ver.
—Ah, sí —dice el Ingeniero, embargado de orgullo
abolengo ante la creación del arconte—. El desertor.
Fascinante.
—Códigos de Fundador. Alguien abrió la Prisión con
códigos de Fundador. Necesitamos saber por qué. —
Chen descarga un puñetazo en la mesa—. Estamos en
guerra, todos, entre nosotros… contra nosotros
mismos, incluso, en algunos casos. Pero hay cosas que
acordamos no hacer.
503
—Tú, tal vez, Matjek —dice Joséphine, acariciando el
borde de su vaso de agua con un dedo—. Es evidente
que alguien no lo hizo.
—Es imprescindible que capturemos a esos gógoles:
necesitamos… necesito… averiguar qué saben.
—¿Y no dispones de gógoles de sobra para hacer tu
trabajo? —pregunta el Ingeniero, satisfecho de ser
capaz de sostener la mirada del veterano Fundador
por unos instantes—. Hay empresas mayores que
empezar y completar. —Nota cómo se acumula la
irritación de Chen tras la efigie impasible del gógol,
como electricidad estática en el aire.
—Sasha —dice Joséphine—. No somos niños. No
estaríamos… no estaría… aquí si no te necesitáramos.
—Le toca la mano, sonríe: e incluso después de tres
siglos y miles de millones de ramificaciones, al
Ingeniero le cuesta no sonreír a su vez—. Matjek,
quizá deberías dejarme hablar a solas con Sasha. —
Sostiene la mirada del anciano Fundador por un
momento. Para sorpresa del Ingeniero, él es el
primero en claudicar.
—De acuerdo —dice Chen—. Tal vez una niña pueda
inculcarle algo de sentido común a otro niño. Volveré
pronto. —Abandona el escenario virtual con cajas
destempladas, empujando el gógol avatar a una
504
ruptura espacial tan violenta que el Ingeniero debe
esforzarse para alisarla.
Joséphine sacude la cabeza.
—Siempre estamos hablando del cambio —dice—.
Hay cosas que nunca cambian. —Cuando lo mira de
nuevo, sus ojos refulgen—. Pero tú sí. Me encantan
todas estas cosas que has construido. Es asombroso.
Me pregunto… ¿fuiste así siempre, incluso entonces?
¿O has evolucionado?
—Joséphine… Dime qué es lo que quieres.
La mujer hace un puchero.
—No sé si me gusta ese Sasha tan adulto. Ni siquiera
te has sonrojado.
—Por favor.
—De acuerdo. —Joséphine yergue la cabeza y respira
hondo—. Me están matando. Los otros. Las cosas han
cambiado durante tu último invierno, han cambiado
mucho. Anton y Hsien están juntos ahora.
Chitragupta está… en fin, está como siempre. Pero
yo… nunca les he caído bien. Y soy débil, más débil
de lo que te imaginas.
El Ingeniero la observa con incredulidad.
—¿Gogolcidio? ¿A ese extremo hemos llegado?
505
—Todavía no, pero eso es lo que se proponen. Matjek
es mi única esperanza, y sabe que me escucharás. En
realidad no se trata de la Prisión, entiéndelo: sólo
quiere un arma contra los otros. Y tu apoyo.
—Podría… —El Ingeniero titubea—. Podría
protegerte.
—Eres un encanto, pero ambos sabemos que no es
cierto. Este lugar es algo que los demás te conceden
porque resultas útil. Cuando eso cese, esto también.
Ayuda a Matjek, y él nos ayudará a los dos. Haz algo
que atrape a esos insignificantes fugitivos. Será una
minucia, pero le demostrará que me escuchas. Y eso
me volverá valiosa ante él.
El Ingeniero cierra los ojos. Puede sentir su Jardín,
repleto de vitalidad y de potencial, los miles de
millones de manos en el suelo: todo dentro de un
poderoso cerebro de la guberniya que devora la
materia y la energía del mismo sol, una esfera de
diamante del tamaño que la antigua Tierra que
contiene sus billones de gógoles y a los Dragones. Y
sin embargo, se siente pequeño.
—De acuerdo —dice—. Sólo esta vez. Por los viejos
tiempos.
—Gracias. —La mujer le da un beso en la mejilla—.
Sabía que podía contar contigo.
506
—No dejes que se sobrepase.
—Conozco a Matjek, tanto como es posible. Puedo
encargarme de él, por ahora. Existen otras…
alternativas, pero requerirán más tiempo. Así que
gracias por este favor.
—No es nada. —El Ingeniero sonríe—. Crearé un
cazador para ti. ¿Te gustaría verlo?
—Siempre me ha gustado verte en acción.
El Ingeniero deja que el jardín virtual se disuelva a su
alrededor. En su forma de Fundadora, la mujer es
igual de hermosa, una criatura de plata entretejida
producto de innumerables gógoles. La guía a través
de la Fábrica hasta el Huerto, donde crecen sus
creaciones favoritas. En silencio, solazándose en la
fascinación que irradia de ella, se concentra en su
trabajo. Ésta es una tarea de otra escala, más de
destreza que de supervisión: los módulos cognitivos
de su nueva creación son atlas inmensos a su
alrededor, sinfonías de rutas neuronales e ideas.
No sin cierto placer consigue incorporar su nuevo
hallazgo al diseño. Este Cazador no será uno, sino
muchos: capaz de dividirse en múltiples partes y de
recomponerse. Le confiere la unidad de propósito que
descubrió en un escultor oortiano, y la coordinación
de una pianista, todo ello sazonado con formas
animales más primitivas extraídas de las bibliotecas
507
más antiguas: tiburones y felinos. Le otorga derechos
cognitivos suficientes para poseer inteligencia, pero
no latencia, y le añade un fragmento de la materia
inteligente de la guberniya para que esté listo para
entrar en acción cuando su nueva ama se lo ordene.
El producto final no habla, pero los observa a ambos
en silencio, atento, aguardando un objetivo. Posee la
misma belleza que exudan a menudo algunos tipos de
armas, el tipo de belleza que te impulsa a tocarlas aun
a sabiendas de que sus filos pueden cortarte los
dedos.
—Es tuyo —anuncia el Ingeniero—. No de Matjek.
Tuyo. Sólo tienes que decirle qué es lo que quieres que
encuentre.
Con una sonrisa, Joséphine Pellegrini susurra un
nombre al oído del Cazador.
«El ladrón cuántico es una deslumbrante novela de
ciencia‐ficción dura ambientada en el futuro lejano de
nuestro sistema solar. Una historia de atracos poblada
por extravagantes post‐humanos movidos, no
obstante, por impulsos tan eternos como la traición, la
venganza o los celos. Un debut espectacular.»
ALAMUT
508
«Para empezar a hacerse una idea del talento de
Hannu Rajaniemi habría que implantar la destreza
para la física experimental de Greg Egan en una
versión finlandesa mejorada de Alastair Reynolds con
la habilidad literaria de Ted Chiang. Se me puso la
piel de gallina mientras la leía, y opino que Hannu
revolucionará la cf dura en cuanto coja carrerilla. La
mejor primera novela de cf que he leído en muchos
años.»
Charles Stross
509