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Published by snullbug20, 2018-03-04 07:46:07

Binti - Okorafor, Nnedi

SINOPSIS







Su nombre es Binti, y es la primera de los himba


a la que se le ha ofrecido una plaza en Oomza


Uni: la mejor institución de enseñanza superior


de la galaxia. Aceptar esta oferta significará


abandonar su casa, su familia y viajar a través de


las estrellas entre extraños que no comparten su


forma de ser ni respetan sus costumbres.




Lo que Binti no sabe es que el conocimento le


costará caro. Una sanguinaria raza alienígena,


las medusas, amenazan su viaje y, para poder


sobrevivir, necesitará la ayuda de su pueblo y de


la sabiduría contenida en la Universidad.

































2

3

BINTI






Título original: Binti


© Nnedi Okorafor, 2015




© Traducción: Carla Bataller


Estruch

© Arte y diseño de la cubierta:


Joey Hi‐Fi




© Editorial: Crononauta, 2018




www.crononauta.es


Primera edición, 15 febrero

2018




ISBN: 978‐84‐9479‐580‐0






























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5

Dedicado a la pequeña medusa azul que vi


nadando en el lago Khalid un día


soleado en Sharjah, Emiratos Árabes


Unidos






















































6

BINTI







Encendí el transportador y recé una oración en


silencio. No tenía ni idea de lo que haría si no


arrancaba. Mi transportador era barato, así que


hasta una gotita de humedad o, lo que es más


probable, un grano de arena, podría provocar un


cortocircuito. Era defectuoso y en la mayoría de


los casos me costaba reiniciarlo una y otra vez


para que funcionara. «Ahora no, por favor,



ahora no», pensé.



El transportador vibró en la arena y contuve la


respiración. Diminuto, plano y negro como una


piedra de oración, zumbó sin hacer ruido y luego


se elevó despacio desde la arena. Produjo por fin


la energía levantaequipajes. Sonreí. Ahora ya



podía llegar a la lanzadera. Con el dedo índice


tomé otjize de mi frente, me arrodillé y toqué la


arena con el dedo para enterrar la arcilla roja de


olor dulzón.



—Gracias —susurré.



7

Era un paseo de media milla por la carretera



oscura del desierto. Como el transportador


funcionaba, llegaría allí a tiempo.



Tras enderezarme, me detuve y cerré los ojos.


El peso de toda mi existencia recaía ahora sobre


mis hombros. Por primera vez en la vida


desafiaba la parte más tradicional de mí misma.



Me marchaba en medio de la noche y ellos no


tenían ni idea. Mis nueve hermanos, todos


mayores que yo, salvo por una hermana y un


hermano más jóvenes, no lo habrían visto venir.


Mis padres jamás se hubieran imaginado que yo


haría algo así ni en un millón de años. Para


cuando todos se dieran cuenta de lo que había


hecho y a dónde me dirigía, yo ya habría



abandonado el planeta. En mi ausencia, mis


padres se gruñirían el uno al otro que nunca


jamás me dejarían volver a poner un pie en su


casa. Mis cuatro tías y mis dos tíos, que vivían


calle abajo, gritarían y chismorrearían entre ellos


sobre la vergüenza que suponía para todo el



linaje. Me iba a convertir en una paria.





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—Vamos —susurré en voz baja al



transportador, con una patada. Los finos aros de


metal que llevaba alrededor de cada tobillo


tintinearon con fuerza, pero le volví a propinar


un puntapié. Una vez puesto en marcha, el


transportador funcionaba mejor sin tocarlo—.


Vamos —repetí, con sudor en la frente.




Al ver que no se movía nada, me arriesgué a


empujar las dos grandes maletas colocadas


encima del campo de fuerza. Se movieron con


suavidad y yo solté otro suspiro de alivio. Al


menos tenía un poco de suerte de mi parte.





— oOo —






Quince minutos después, compré un billete y


embarqué en la lanzadera. El sol apenas había


empezado a asomar por el horizonte. Clavé la


mirada en el suelo mientras avanzaba entre


pasajeros sentados y demasiado conscientes de


las puntas tupidas de mi cabellera trenzada que



les golpeaban en la cara con suavidad. Nuestro




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cabello es espeso, y el mío siempre lo ha sido



especialmente. A mi anciana tía le gustaba


llamarlo ododo porque crecía indómito y denso


como la hierba ododo. Justo antes de marcharme,


había recubierto mis trenzas con otjize fresco y


perfumado que elaboré precisamente para el


viaje. A saber lo que les parecería a esas personas


que no conocían tan bien a mi pueblo.




Una mujer se apartó de mí cuando pasé y


arrugó la cara como si hubiera olido algo


apestoso.



—Lo siento —susurré con la cabeza gacha e


intentando no hacer caso a las miradas de casi



toda la gente de la lanzadera.



Aun así, no pude evitar echar un vistazo


alrededor. Dos chicas, que tendrían un par de


años más que yo, se cubrieron la boca con unas


manos muy pálidas, como si el sol no las hubiera


tocado nunca. Parecía que todos tuvieran al sol



de enemigo. Yo era la única himba en la


lanzadera. Enseguida encontré un asiento y me


dirigí hacia allí.



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La lanzadera era uno de los nuevos modelos



elegantes semejantes a las balas que mis


profesores usaban para calcular coeficientes


balísticos en los últimos años de enseñanza. Se


deslizaban con rapidez sobre la tierra gracias a


una combinación de corriente de aire, campos


magnéticos y energía exponencial: una nave fácil


de construir si se dispone de material y tiempo.


También era un buen vehículo para el terreno



cálido del desierto, donde las carreteras que


salían del pueblo estaban en muy mal estado. A


mi gente no le gustaba abandonar su tierra. Me


senté en la parte trasera para poder mirar por el


gran ventanal.



Podía ver las luces de la tienda de astrolabios



de mi padre y del analizador de tormentas de


arena que mi hermano había construido en lo


alto de la Raíz, nombre que recibía la enorme


casa de mis padres. Seis generaciones de mi


familia habían vivido allí. Era la casa más vieja


del pueblo, quizás la más vieja de la ciudad,



hecha de piedra y hormigón, fría por la noche,


cálida por el día. Estaba revestida de paneles

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solares y cubierta con plantas bioluminiscentes a



las que les gustaba dejar de brillar justo antes del


amanecer. Mi dormitorio se encontraba en la


parte más alta de la casa. La lanzadera empezó


a moverse y miré hasta que dejé de divisarla.




—¿Qué estoy haciendo? —murmuré.


Una hora y media después, la lanzadera llegó



al puerto de despegue. Yo era la última, y me


pareció bien, ya que la vista del puerto me


sobrecogió tanto que lo único que pude hacer


durante unos instantes fue quedarme plantada.


Llevaba una larga falda roja, sedosa como el


agua, una camisa de color naranja claro, rígida y



duradera, unas sandalias de piel fina y mis


tobilleras. Nadie a mi alrededor vestía un


atuendo así. Solo veía velos y prendas ligeras y


sueltas; ninguna mujer llevaba los tobillos


expuestos, ni tintineaban con brazaletes


metálicos. Respiré por la boca y noté que el calor


se extendía por mi rostro.




—Tonta, tonta, tonta —susurré.



Los himba no viajamos. No nos movemos.


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Nuestra tierra ancestral es vida; si te alejas de



ella, te apagas. Incluso nos cubrimos el cuerpo


con ella. «Otjize» es tierra roja. En el puerto de


despegue, la mayoría de personas eran khoush y


había otras pocas que tampoco eran himba.


Aquí, yo era una extraña.



—¿En qué estaría pensando? —musité.



Tenía dieciséis años y nunca había salido de mi


ciudad, y ni siquiera me había acercado a la


estación de despegue. Me hallaba sola y acababa



de dejar a mi familia. Mis posibilidades de


matrimonio habían sido del cien por cien y ahora


se acababan de reducir a cero. Ningún hombre


querría a una mujer que hubiera huido. Sin


embargo, además de arruinar las perspectivas de


una vida normal, había sacado notas tan altas en



los exámenes planetarios de matemáticas que la


Universidad de Oomza no solo me había


admitido, sino que prometió pagar por todo lo


que necesitara para poder asistir. Daba igual qué


decisión tomara, nunca iba a tener una vida


normal, la verdad.





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Miré a mi alrededor y enseguida supe lo que



debía hacer. Me encaminé hacia el mostrador de


información.




— oOo —






El agente de seguridad de transporte examinó


mi astrolabio; fue un análisis completo y



exhaustivo. Mareada por la consternación, cerré


los ojos y respiré por la boca para


tranquilizarme. Solo por dejar el planeta tenía


que darles acceso a toda mi vida: a mí, a mi


familia y a las predicciones sobre mi futuro. Me


quedé allí plantada, paralizada, escuchando la


voz de mi madre en la cabeza:




—Hay una razón por la que nuestro pueblo no

va a esa universidad. Oomza Uni te quiere

para su propio provecho, Binti. Ve a esa


universidad y te convertirás en su esclava.


No pude evitar considerar la posible verdad en


sus palabras. Aún no había llegado allí y ya les



había dado mi vida. Quería preguntarle al


agente si ese procedimiento se lo hacían a todo


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el mundo, pero sentí miedo ahora que ya lo



había terminado. A estas alturas, podían


hacerme cualquier cosa. Lo mejor sería no causar


problemas.



Cuando el agente me entregó el astrolabio,


resistí el impulso de arrebatárselo. Era un


anciano khoush, tan viejo que ostentaba el



privilegio de llevar el turbante y el velo de la cara


más oscuros. Sus manos temblorosas estaban tan


retorcidas y artríticas que casi dejó caer el


astrolabio. Estaba torcido como una palmera


moribunda, y cuando me dijo: «Como nunca has


viajado, debo hacer un examen completo.


Quédate donde estás», su voz sonó más seca que


el rojo desierto a las afueras de mi ciudad. Pero



leyó el astrolabio tan rápido como mi padre,


hecho que me impresionó y me asustó por igual.


Lo convenció para que se abriera susurrando


unas pocas ecuaciones determinadas y sus


manos, firmes de repente, movieron los discos


como si le pertenecieran.




Al terminar, la mirada penetrante de sus ojos




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verde claro pareció examinarme con más



profundidad que el análisis de mi astrolabio. La


gente esperaba detrás de mí y fui consciente de


sus cuchicheos, risas tenues y murmullos


infantiles. Hacía frío en la terminal, pero sentí el


calor de la presión social. Me dolían las sienes y


me picaban los pies.




—Enhorabuena —me dijo con esa voz reseca

mientras me ofrecía el astrolabio.



—¿Por qué? —Fruncí el ceño, confundida.



—Eres un orgullo para tu pueblo, niña —dijo


mirándome a los ojos. Entonces sonrió de oreja a


oreja y me dio unas palmaditas en el hombro.


Acababa de ver toda mi vida. Sabía que me


habían admitido en Oomza Uni.




—Ah. —Me picaban los ojos por las lágrimas;


cogí el astrolabio y, con voz ronca, dije—:


Gracias, señor.



Me abrí paso rápidamente a través de la


multitud de la terminal, demasiado consciente


de su proximidad. Pensé en buscar un baño para



ponerme más otjize en la piel y recogerme el


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pelo, pero en vez de eso seguí moviéndome. La



mayoría de las personas en la concurrida


terminal llevaban las vestimentas negras y


blancas de los khoush: las mujeres se cubrían de


blanco con cinturones y velos multicolores y los


hombres iban de negro, como espíritus


poderosos. Los había visto por la televisión y


yendo de aquí para allá en mi ciudad, pero


nunca me había encontrado en un mar de



khoush. Eso era el resto del mundo y yo me


hallaba por fin en él.



Mientras hacía cola para pasar por seguridad



antes de embarcar, sentí un tirón en el pelo. Me


di la vuelta y topé con las miradas de un grupo


de mujeres khoush. Me observaban. Todos los


que estaban detrás me estaban observando.



La mujer que me había tirado de la trenza se


examinaba y frotaba los dedos.


Tenía las yemas del rojo anaranjado de mi otjize.

Las olió.



—Huele a jazmín —le dijo a la mujer de su

izquierda, sorprendida.



—¿No es mierda? —le respondió—. Me habían

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dicho que olía a mierda porque es mierda.




—No, es jazmín, no hay duda. Aunque es

espeso como la mierda.



—¿Su pelo es de verdad? —preguntó otra

mujer a la que se frotaba los dedos.



—No lo sé.



—Estos embarrados son unos mugrientos —


masculló la primera mujer.


Me di la vuelta sin más, con los hombros


encorvados. Mi madre me había aconsejado que



permaneciera callada ante los khoush. Mi padre


me contó que, cuando se juntaba con los


mercaderes khoush que acudían a nuestra


ciudad a comprar astrolabios, intentaba pasar lo


más desapercibido posible.




—Es eso o empezar una guerra con ellos que

yo mismo acabaría —dijo.



Mi padre no creía en la guerra. Decía que la


guerra era el mal, pero que si la había, la


disfrutaría como si fuera arena en una tormenta.


Entonces soltaba una pequeña oración a las Siete



Deidades para mantener la guerra alejada y otra



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para sellar sus palabras.




Me eché las trenzas hacia delante y toqué el


edan en el bolsillo. Dejé que mi mente se


concentrara en él, en su extraño lenguaje, en su


extraño metal, en su extraño tacto. Había


encontrado el edan una tarde, hacía ocho años,


mientras exploraba las arenas de los desiertos



interiores. «Edan» era el nombre genérico para


un aparato tan viejo que nadie conocía su


cometido, tan viejo que ahora solo era arte.



Mi edan era más interesante que cualquier libro


o cualquier nuevo diseño de astrolabio que


fabricara en la tienda de mi padre y por el que,



seguramente, esas mujeres se matarían entre


ellas por comprar. Y, metido en mi bolsillo, me


pertenecía, y las cotorras esas de detrás nunca lo


sabrían. Las mujeres hablaban sobre mí y los


hombres seguramente también lo harían. Pero


ninguno sabía lo que tenía, dónde iba, quién era.


Que cotillearan y juzgaran. Por suerte,


entendieron que no debían tocarme el pelo otra



vez. A mí tampoco me gusta la guerra.




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El guardia de seguridad hizo una mueca



cuando avancé. Detrás de él podía ver tres


entradas; la del medio conducía hasta la nave


llamada Pez Tercero, que me llevaría hasta


Oomza Uni. La puerta abierta era grande y


redonda, y desembocaba en un largo corredor


iluminado por una tenue luz azul.




—Acérquese —dijo el guardia de seguridad.


Llevaba el mismo uniforme que todo el


personal de bajo rango de la estación de



despegue: una larga chilaba blanca y guantes


grises. Yo solo había visto ese uniforme en


grabaciones y libros; contuve la risa, muy a mi


pesar. Tenía una pinta ridícula. Di un paso


adelante y todo se volvió rojo y caliente.




Cuando el escáner corporal pitó al acabar, el


guardia de seguridad rebuscó en mi bolsillo


izquierdo y sacó el edan. Se lo acercó a la cara con


el ceño muy fruncido.



Esperé. ¿Qué sabría él? Inspeccionaba la forma


de cubo estrellada, presionando sus numerosos



puntos con un dedo y mirando los extraños


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símbolos que yo había intentado descifrar



durante dos años sin éxito. Se lo acercó para ver


mejor los intrincados círculos y espirales de azul,


negro y blanco, muy parecidos a los lazos que


llevaban las jóvenes en la cabeza para el ritual de


su undécimo cumpleaños.



—¿De qué está hecho? —preguntó el guardia,



pasándolo por un escáner—. No lee ningún


metal conocido.



Me encogí de hombros, demasiado consciente


de la gente que había detrás de mí esperando en


la cola y mirándome. Seguramente para ellos


sería como una de esas personas que vivían en



cuevas en las profundidades del desierto


interior, tan ennegrecidas por el sol que parecían


sombras andantes. No me enorgullece decir que


tengo sangre del Pueblo del Desierto por parte


de mi familia paterna; de ahí provienen mi piel


oscura y el espesísimo pelo.




—Leo en su identificación que es


armonizadora, una con mucho talento que


fabrica los mejores astrolabios —dijo—. Pero



21

este objeto no es un astrolabio. ¿Lo ha hecho



usted? ¿Cómo puede crear algo y no saber de


qué está hecho?



—No lo hice yo.



—¿Quién fue?



—Solo es un trasto muy viejo —dije—. No tiene


matemáticas ni corriente. Solo es un artefacto


computativo inerte que llevo para que me dé


suerte.



Era una mentira a medias. Pero ni siquiera yo



sabía exactamente qué podía y qué no podía


hacer.



El hombre me miró como si quisiera


preguntarme algo más, pero no lo hizo. Sonreí


para mis adentros. Los guardias


gubernamentales de seguridad solo recibían



educación hasta los diez años, pero por su


trabajo estaban acostumbrados a dar órdenes a


la gente. Y, sobre todo, despreciaban a personas


como yo. Al parecer ocurría lo mismo en todas


partes, daba igual la tribu que fuera. Ese no tenía


ni idea de lo que era un «artefacto computativo»,


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pero no quería revelar que una pobre muchacha



himba tenía más educación que él. No delante de


toda esa gente. Así que me hizo avanzar rápido


y me hallé, por fin, en la entrada de la nave.



No podía ver el final del pasillo, por lo que me


quedé mirando la puerta. La nave era una obra


magnífica de tecnología viva. Pez Tercero era una



Miri 12, un tipo de nave que pertenecía a la


familia de las gambas. Las Miri 12 eran criaturas


tranquilas y estables, con exoesqueletos


naturales que podían resistir las crudezas del


espacio. Se modificaban genéticamente para que


generaran tres cámaras de respiración en sus


cuerpos.




Los científicos trasplantaban con rapidez


plantas en crecimiento dentro de esas inmensas


salas que, además de producir oxígeno a partir


del CO2 que llegaba desde otras partes de la


nave, absorbían benceno, formaldehído y


tricloroetileno. Era una de las clases de



tecnología más alucinantes sobre las que había


leído. En cuanto me instalara, pensaba




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convencer a alguien para que me dejara ver una



de esas increíbles salas. Pero en ese momento no


pensaba en la tecnología de la nave. Me hallaba


en el límite entre mi casa y mi futuro.



Entré en el corredor azul.




— oOo —






Así es como empezó todo. Encontré mi


habitación. Encontré mi grupo: doce estudiantes


nuevos, todos humanos, todos khoush, de


quince a dieciocho años. Una hora después, el


grupo y yo habíamos encontrado un técnico de



la nave para que nos enseñara una de las


cámaras de respiración. No era la única


estudiante nueva en Oomza Uni que deseaba


con desesperación ver esa tecnología en


funcionamiento. Allí dentro el aire olía a selvas


y bosques que yo solo había visto en los libros.



Las plantas tenían hojas resistentes y crecían por


todas partes, desde el techo y las paredes hasta


el suelo, salvajes y llenas de flores. Podría


haberme quedado respirando ese aire fresco y

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perfumado durante días.




Conocimos al líder de nuestro grupo unas


horas después. Era un viejo khoush severo que,


al examinarnos a los doce, hizo una pausa al


llegar a mí y preguntó:



—¿Por qué vas cubierta de esa arcilla roja


grasienta y cargada con todas esas tobilleras

de metal? —Cuando le conté que era himba,

dijo con frialdad—: Lo sé, pero no has


respondido a mi pregunta.


Le expliqué que mi pueblo tenía una tradición


sobre el cuidado de la piel y que llevábamos aros



de metal en los tobillos para protegernos de las


mordeduras de serpiente. Me miró durante


mucho rato; el resto de mi grupo también me


observaba como si fuera una mariposa rara y


poco común.



—Ponte tu otjize —dijo—. Pero no tanto como



para manchar la nave. Y si esas tobilleras son


para protegerte de las mordeduras de serpiente,


ya no las necesitas.



Me las quité, aunque dejé dos aros en cada





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tobillo. Lo suficiente para que tintinearan en



cada paso.



Era la única himba de la nave entre quinientos


pasajeros. Mi tribu está obsesionada con la


innovación y la tecnología, pero es pequeña,


reservada y, como he dicho, no nos gusta dejar


la Tierra. Preferimos explorar el universo



viajando hacia el interior, en lugar de hacia el


exterior. Ningún himba ha asistido jamás a


Oomza Uni, por lo que no resultaba


sorprendente que fuera la única en la nave. Sin


embargo, no es fácil lidiar con una situación así


por muy poco sorprendente que sea.




En la nave había mucha gente abierta y amante


de las matemáticas y de experimentar, aprender,


leer, inventar, estudiar, obsesionarse, demostrar.


No eran himba, pero pronto comprendí que


seguían siendo mi gente. Aunque yo destacaba


como himba, los puntos en común brillaban con


más intensidad. Hice amigas enseguida y, tras


dos semanas en el espacio, nos convertimos en



buenas amigas.




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Olo, Remi, Kwuga, Nur, Anajama, Rhoden.



Solo Olo y Remi pertenecían a mi grupo. A las


demás las conocí en el comedor o en la sala de


aprendizaje donde los profesores que iban a


bordo daban algunas conferencias. Todas habían


crecido en amplias casas; no habían caminado


nunca por el desierto ni habían pisado una


serpiente escondida en la hierba seca. Eran


chicas que no podían soportar los rayos del sol



de la Tierra si no era a través de ventanas


tintadas.



Aun así, eran chicas que me entendían cuando


hablaba de «ramificar». Nos sentábamos en mi


habitación (como tenía poco equipaje, era la más


vacía) y nos retábamos a mirar las estrellas e



imaginar la ecuación más compleja y luego a


dividirla por la mitad y partirla una y otra vez.


Cuando se hacen fractales durante un buen rato,


una acaba adentrándose en la ramificación lo


suficiente como para perderse en los bajíos del


mar de las matemáticas. Ninguna de nosotras



habría entrado en la universidad si no


pudiésemos ramificar, pero no es sencillo.

27

Éramos las mejores y nos animábamos a



acercarnos cada vez más a «Dios». Y luego


estaba Heru. No había hablado nunca con él,


pero nos sonreíamos a través de la mesa durante


las comidas. Era de una ciudad tan alejada de la


mía que parecía producto de mi imaginación,


donde nevaba y los hombres cabalgaban sobre


enormes pájaros grises y las mujeres podían


hablar con esos pájaros sin mover la boca.




En una ocasión, Heru estaba detrás de mí en la


cola de la cena con uno de sus amigos. Sentí que


alguien me cogía una trenza y me di la vuelta,


lista para enfadarme. Me encontré con sus ojos y


enseguida soltó mi pelo, sonrió y levantó las


manos a la defensiva.




—No he podido evitarlo —dijo, con las yemas

de los dedos rojizas por mi otjize.



—¿No puedes controlarte? —le espeté.



—Tienes exactamente veintiuna —dijo—. Y


están trenzadas en triángulos teselados. ¿Es


algún tipo de código?




Quería explicarle que sí, que había un código


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cuya pauta hablaba del linaje, la cultura y la



historia de mi familia. Que mi padre había


diseñado el código y mi madre y mis tías me


habían enseñado a trenzármelo en el pelo. Sin


embargo, ver a Heru hizo que mi corazón latiera


demasiado rápido y no me salieron las palabras,


así que solo me encogí de hombros y me di la


vuelta para servirme un cuenco de sopa. Heru


era alto y tenía los dientes más blancos que había



visto jamás. Se le daban muy bien las


matemáticas; pocos se habrían dado cuenta del


código en mi pelo.



Pero nunca tuve la oportunidad de contarle


que mi pelo estaba trenzado según la historia de


mi pueblo. Porque pasó lo que pasó. Ocurrió el



decimoctavo día de viaje. Cinco días antes de


llegar al planeta Oomza Uni, la universidad más


influyente, innovadora e inmensa de la Vía


Láctea. Nunca en toda mi vida había sido tan


feliz y nunca en mi vida había estado tan lejos de


mi querida familia.




Estaba sentada en una mesa, saboreando un




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bocado de un postre gelatinoso a base de leche



con trozos de coco; observaba a Heru, que no me


devolvía la mirada. Había dejado el tenedor y


tenía el edan en las manos. Jugueteé con él


mientras contemplaba cómo Heru hablaba con el


chico que tenía al lado. El postre, rico y cremoso,


se derretía poco a poco en mi lengua. Junto a mí,


Olo y Remi cantaban una canción tradicional de


su ciudad, porque echaban de menos el hogar,



que debía ser cantada con una voz ondulante,


como un espíritu de agua.



Entonces alguien gritó. El pecho de Heru


estalló y su sangre caliente me salpicó.

Había una medusa justo detrás de él.


— oOo —






En mi cultura se considera blasfemia rezarle a un


objeto inanimado, pero lo hice de todas formas.



Le recé a un metal que ni mi padre había podido


identificar. Lo sujeté contra el pecho, cerré los


ojos y recé: «Estoy bajo tu protección. Por favor,


protégeme. Estoy bajo tu protección. Por favor,


protégeme».

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Me temblaba el cuerpo con tanta fuerza que



podía imaginar lo que sería morir de miedo.


Contuve el aliento, con su hedor aún en mis


fosas nasales y mi boca. La sangre de Heru,


húmeda y espesa, me cubría la cara. Le recé al


misterioso metal del que estaba hecho mi edan


porque debía ser la única cosa que me mantenía


viva en ese momento.




Respiré con dificultad por la boca y eché un


vistazo por un ojo. Volví a cerrarlo. Las medusas


merodeaban a menos de un metro de distancia.


Una se había lanzado contra mí, pero entonces


se quedó paralizada a tres centímetros de mi


carne; había estirado un tentáculo hacia el edan y


se desplomó de repente. Su apéndice se volvió



gris ceniza al secarse con rapidez, como una hoja


muerta.



Podía oír a las otras; sus cuerpos casi sólidos se


movían ligeramente mientras llenaban y


expulsaban el gas que respiraban por la umbrela


transparente. Eran altas como hombres adultos,



con testas abovedadas de carne tan fina como la




31

seda y tentáculos largos que se derramaban por



el suelo igual que un montón de gigantescos


fideos translúcidos. Sostuve el edan más cerca.


«Estoy bajo tu protección. Por favor,


protégeme».



En el comedor estaban todos muertos. Al


menos cien personas. Tenía la sensación de que



toda la gente dentro de la nave estaba muerta.


Las medusas habían irrumpido en la sala y


empezaron a cometer moojh‐ha ki‐bira antes de


que supiéramos lo que estaba pasando. Así lo


llamaban los khoush. En clase de historia nos


habían enseñado la forma que tenían las


medusas de matar. Los khoush incorporaban


historia, literatura y cultura a las lecciones que



enseñaban por varias regiones. Incluso mi gente


estaba obligada a aprenderlas, a pesar de que no


era nuestra lucha. Los khoush esperaban que


todo el mundo recordara la injusticia perpetrada


por su mayor enemigo. La anatomía y la


tecnología rudimentaria de las medusas también



formaban parte de las clases de matemáticas y


ciencias.

32

«Moojh‐ha ki‐bira» significa «la gran ola». Las



medusas se mueven en la guerra como pez en el


agua, una sustancia inexistente en su planeta que


veneran como a una diosa. Sus antepasadas


salieron del agua hace mucho tiempo. Los


khoush, que se asentaban en uno de los


territorios más húmedos de la Tierra, un planeta


compuesto en su gran mayoría por agua,


consideraban inferiores a las medusas.



El conflicto entre medusas y khoush provenía


de una antigua pelea y de una discusión incluso


más antigua. Por algún motivo, acordaron un



tratado por el cual no atacarían las naves del otro


bando. Y, sin embargo, allí estaban las medusas,


llevando a cabo moojh‐ha ki‐bira.



Había estado hablando con mis amigas. Mis




amigas.





Olo, Remi, Kwuga, Nur, Anajama, Rhoden y


Dullaz. Habíamos pasado largas noches


riéndonos por nuestros miedos ante las


dificultades y lo raro que sería Oomza Uni.





33

Rebosábamos de ideas retorcidas que



seguramente serían erróneas… o acertadas en


parte. Teníamos muchas cosas en común. No


había estado pensando en casa o en cómo me


había tenido que marchar, ni en los horribles


mensajes que mi familia había enviado al


astrolabio horas después de irme. Miraba hacia


el futuro y me reía porque era muy prometedor.




Pero entonces las medusas cruzaron la puerta


del comedor. Estaba mirando justo a Heru


cuando apareció un círculo rojo en la parte


superior izquierda de su camisa. Lo que le


atravesó parecía una espada, pero fina como el


papel… y flexible y rebosante de sangre. La


punta se movió y apretó como si de un dedo se



tratase. La vi pellizcar y enganchar la carne cerca


de la clavícula de Heru.



Moojh‐ha ki‐bira.



No recuerdo lo que hice o dije. Tenía los ojos


abiertos, captándolo todo, pero el resto de mi


cerebro gritaba. Me concentré en el número



cinco sin razón aparente. Una y otra vez pensaba



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«5‐5‐5‐5‐5‐5‐5‐5‐5» mientras los ojos de Heru



pasaban de sorprenderse a estar vacíos. Su boca


abierta dejó escapar un sonido ahogado, luego


un borbotón de sangre espesa y, cuando empezó


a caer hacia delante, un espumarajo de sangre


con saliva. Su cabeza golpeó la mesa con un


ruido sordo. Tenía el cuello girado y pude ver


que sus ojos estaban abiertos. La mano izquierda


se le flexionaba en espasmos, hasta que paró.



Pero seguía con los ojos abiertos. No


parpadeaba.



Heru estaba muerto. Olo, Remi, Kwuga, Nur,


Anajama, Rhoden y Dullaz estaban muertas.


Todo el mundo estaba muerto.




El comedor apestaba a sangre.



— oOo —






Nadie en mi familia quería que asistiera a



Oomza Uni. Incluso mi mejor amigo, Dele, no


quería que fuera. Aun así, poco después de


recibir la noticia de que me habían aceptado en




35

la universidad y cuando toda mi familia estaba



negándose, Dele había bromeado con que, si


iba, al menos no tendría que preocuparme por


las medusas, porque sería la única himba de la


nave.



—Así que, aunque mataran a todos los demás,


¡a ti ni siquiera te verían! — había dicho. Luego



rio y rio, convencido de que no pensaba ir de


todos modos.



Ahora sus palabras regresaban a mí. Dele.


Había apartado mis pensamientos sobre él hasta


el fondo de mi mente y no leía ninguno de sus


mensajes. Ignorar a la gente que amaba era la



única forma que tenía de seguir adelante.


Cuando recibí la beca para estudiar en Oomza


Uni, me adentré en el desierto y lloré durante


horas. De alegría.



Lo deseaba desde que supe en qué consistía


una universidad. Oomza Uni era la mejor de las



mejores, con solo un cinco por ciento de


humanos entre sus habitantes. Imaginé lo que


significaría ir allí siendo una de ese cinco por



36

ciento, estar allí con otros que también se



obsesionan con el conocimiento, la creación y el


descubrimiento. Entonces volví a casa, se lo


conté a mi familia y lloré de la conmoción.



—No puedes ir —dijo mi hermana mayor—.


Eres maestra armonizadora. No hay nadie tan


bueno que pueda encargarse de la tienda de



padre.



—No seas egoísta —me riñó mi hermana


Suum. Solo tenía un año más que yo, pero aún


creía que podía controlarme la vida—. Deja de


buscar fama y sé razonable. No puedes irte y


atravesar así como así la galaxia.




Todos mis hermanos se mofaron y desdeñaron


la idea. Mis padres no dijeron nada, ni siquiera


me dieron la enhorabuena. Su silencio ya era


respuesta suficiente. Incluso mi mejor amigo


Dele, que me felicitó y dijo que era más lista que


cualquiera de Oomza Uni, pero luego también se



rio.



—No puedes ir. —Fue lo único que dijo—.


Somos himba. Dios ya ha elegido nuestro


37

camino.




Yo era la primera himba en la historia a la que


le concedían el honor de ser aceptada en Oomza


Uni. Los mensajes de odio, amenazas contra mi


vida, burlas y ridículo a los que me sometieron


los khoush de la ciudad hicieron que quisiera


esconderme más. Pero, en el fondo, yo quería…



necesitaba ir. No pude sino actuar en


consecuencia. Sentía una necesidad tan fuerte


que era matemática. Cuando me sentaba en el


desierto, sola, escuchando el viento, veía y sentía


los números de la misma forma que cuando


estaba absorta en la tienda de mi padre. Y esos


números alcanzaban la cifra de mi destino.




Así que en secreto rellené y subí los formularios


de aceptación. El desierto fue el sitio perfecto


para tener privacidad cuando contactaron con


mi astrolabio para las entrevistas de la


universidad. En cuanto todo estuvo listo,


preparé mis cosas y subí a aquella lanzadera.


Provenía de una familia de bitolus: mi padre era



maestro armonizador y yo iba a ser su sucesora.




38

Los bitolus conocíamos las matemáticas



auténticas y profundas y podíamos controlar su


corriente; conocíamos su sistema. Éramos pocos


y felices, sin ningún interés por las armas y la


guerra, pero sabíamos protegernos. Y, como


decía mi padre:



—Dios nos favorece.




— oOo —






Abrí los ojos con el edan aferrado contra mi


pecho. La medusa que tenía delante era azul y


translúcida, excepto por uno de sus tentáculos:



lo tenía de color rosa, como las aguas del lago


salado junto a mi ciudad, y retorcido como la


rama de un árbol en un espacio reducido. Alcé el


edan y la medusa retrocedió soltando volutas de


gas e inhalando con fuerza. «Miedo», pensé.


«Eso era miedo».




Me levanté, consciente de que la hora de mi


muerte aún no había llegado. Eché un vistazo


rápido por el inmenso comedor. Podía oler la




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cena por encima del hedor a sangre y gases de



medusa. Carnes asadas y marinadas, arroz


integral de grano largo, estofados picantes con


tomate, pan plano y ese delicioso postre


gelatinoso que tanto me gustaba. Todo seguía


colocado sobre la gran mesa; los platos calientes


se enfriaban mientras los cadáveres se enfriaban


y el postre se derretía mientras la medusa


muerta se derretía.




—¡Atrás! —siseé, y acometí contra la medusa


con el edan. Al levantarme, la ropa crujió y los


brazaletes tintinearon. Pegué la espalda contra la


mesa. Tenía medusas detrás y a los lados, pero


me centré en la que había delante—. ¡Esto te va


a matar! —dije con toda la fuerza que pude. Me



aclaré la garganta y alcé la voz—. Ya has visto lo


que le ha hecho a tu hermana.



Con un gesto señalé a la medusa muerta y


arrugada a unos centímetros de mí; la carne


blanda se le había secado y empezaba a volverse


marrón y opaca. Había intentado agarrarme y



algo la había matado. Cuando hablé, unos




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pedacitos cayeron convertidos en polvo; la mera



vibración de mi voz bastaba para desestabilizar


sus restos. Agarré la bolsa y me alejé de la mesa


en dirección al gran aparador repleto de comida.


Mi mente actuaba con rapidez. Veía números


que luego se desenfocaban. Bien. Era hija de mi


padre. Me había enseñado las tradiciones de mis


antepasados; era la mejor de la familia.




—Me llamo Binti Ekeopara Zuzu Dambu

Kapka, de Namib —susurré.



Es lo que siempre me recordaba mi padre

cuando veía que la cara se me quedaba en


blanco y empezaba a ramificar. Y entonces

comenzaba a explicarme en voz alta sus

enseñanzas sobre astrolabios: cómo


funcionaban, su arte, cómo interactuaban, el

linaje. Mientras me hallaba en ese estado, mi


padre me transmitió trescientos años de

conocimientos orales sobre circuitos, cables,

metales, aceites, temperatura, electricidad,


corriente matemática y arena ocre.


Y así me convertí en maestra armonizadora a


los doce años. Podía comunicarme con el flujo


espiritual y convencerlo de que se convirtiera en





41

corriente. Nací con el mismo don que mi madre:



el de la visión matemática. Mi madre solo lo


usaba para proteger a la familia y yo me disponía


a desarrollar esa habilidad en la mejor


universidad de la galaxia… si sobrevivía.



—Binti Ekeopara Zuzu Dambu Kapka, de

Namib, ese es mi nombre —repetí.




Mi mente se aclaraba a medida que las


ecuaciones, cada vez más complejas y


gratificantes, circulaban por ella, ampliándola.


«V ‐ E + F = 2, a^2 + b^2 = c^2», pensé. Sabía lo


que debía hacer ahora. Me acerqué a la mesa de


la comida y agarré una bandeja. Apilé alitas de


pollo, un muslo de pavo y tres bistecs. Luego me


hice con varios panecillos; el pan duraría más.



Dejé tres naranjas en la bandeja, porque


contenían zumo y vitamina C. Alcancé dos


porrones llenos de agua y los metí también en la


bolsa. Luego añadí una tajada del postre lechoso


en la bandeja. No sabía cómo se llamaba, pero


era sin duda lo más delicioso que había probado



nunca. Cada bocado alimentaría el bienestar


mental que iba a necesitar, sobre todo si quería

42

sobrevivir.




Me moví a toda prisa con el edan en alto y la


espalda tensa por el peso de la bolsa abarrotada;


en la mano izquierda llevaba la enorme bandeja


llena de comida. Las medusas me siguieron; al


flotar, sus tentáculos acariciaban el suelo. No


tenían ojos pero, por lo que sabía sobre ellas,



contaban con receptores olfativos en la punta de


los tentáculos. Me veían a través del olor.



El pasillo que conducía a las habitaciones era


ancho y cada puerta estaba chapada con láminas


de oro. Mi padre habría despreciado ese


despilfarro. El oro era un conductor de la



información cuya sintonía matemática resultaba


ser la más potente. Pero aquí estaba


desaprovechado en una extravagancia vulgar.



Cuando llegué a mi habitación, el trance me


abandonó sin previo aviso y de repente no supe



qué hacer. Dejé de ramificar y la lucidez mental


desapareció como si hubiese perdido la


confianza. Solo se me ocurrió dejar que la puerta


me escaneara el ojo. Se abrió, entré y se cerró a



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mi espalda con un ruido de succión, sellando la



habitación, mecanismo que seguramente se


habría activado con el programa de emergencia


de la nave.



Me las arreglé para soltar la bandeja y la bolsa


en la cama justo antes de que mis piernas


cedieran. Caí al frío suelo junto a la silla de



aterrizaje negra en la parte más alejada de la


habitación. Sentía la cara sudorosa; posé la


mejilla en el suelo durante un momento y


suspiré. Imágenes de mis amigas, Olo, Remi,


Kwuga, Nur, Anajama, Rhoden, me poblaban la


mente. Creí escuchar la suave risa de Heru por


encima de mí… y luego el sonido de su pecho


estallando, la calidez de su sangre en mi cara.



Sollocé y me mordí el labio.



—Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí —

murmuré.



Porque lo estaba y no tenía escapatoria. Cerré


con fuerza los ojos cuando me eché a llorar. Me


acurruqué en un ovillo y así me quedé durante



varios minutos.




44

Me acerqué el astrolabio a la cara. Yo misma



había moldeado, esculpido y pulido la cubierta


de arena ocre. Tenía el tamaño de la mano de un


niño y era muchísimo mejor que cualquier


astrolabio que se pudiera comprar en las tiendas


más selectas. Me había encargado de diseñarlo


para que su peso encajara en mis manos, los


discos solo respondieran a mis dedos y sus


corrientes fueran tan precisas que seguramente



sobrevivirían a mis futuros hijos. Había creado


ese astrolabio hacía dos meses expresamente


para el viaje y reemplacé el que mi padre había


confeccionado cuando yo contaba con tres años.



Empecé a decir el apellido de mi familia al


astrolabio, pero entonces susurré


«No», y lo apoyé en el abdomen. Mi familia se


encontraba ya a planetas de distancia, ¿qué


podrían hacer aparte de llorar? Rocé el botón de


encendido y dije:



—Emergencia.



El astrolabio se calentó entre mis manos y


emitió un olor relajante a rosas mientras





45

vibraba. Luego se enfrió.




—Emergencia —repetí.



Esta vez ni siquiera se calentó.


—Mapa —dije.



Contuve la respiración, a la espera. Miré la



puerta. Había leído que las medusas no podían


atravesar las paredes, pero bien sabía yo que la


información contenida en un libro no tenía por


qué ser verídica. Sobre todo cuando la


información concernía a las medusas. La puerta


era sólida, pero dudaba que los khoush me


hubiesen dado a mí, una himba, una habitación


con todos los dispositivos de seguridad. Las



medusas entrarían cuando quisieran o cuando


estuvieran dispuestas a arriesgar su vida para


acabar conmigo. Puede que yo no fuera


khoush… pero era una humana en una nave


khoush.




De repente, mi astrolabio se calentó y vibró.



—Se encuentra a 121 horas de su destino

Oomza Uni —dijo con una voz susurrante.



Así que las medusas aprobaban que supiera

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dónde estaba la nave. Una constelación virtual



iluminó la habitación con puntos de color


blanco, azul claro, rojo, amarillo y naranja;


esferas de distintos tamaños, desde uno tan


grande como una mosca hasta otro como mi


puño, rotaban lentamente. Soles, planetas y


territorios prósperos componían esa red


matemática que siempre me resultaba fácil de


leer. Hacía tiempo que la nave había dejado mi



sistema solar. Su ritmo se había ralentizado justo


en medio de lo que conocíamos como «la


Jungla». Los pilotos de la nave tendrían que


haber estado más alerta.



—Y quizá un poco menos arrogantes —dije,


sintiéndome mal.



Sin embargo, la nave aún se dirigía hacia


Oomza Uni y eso resultaba un poco alentador.


Cerré los ojos y recé a las Siete Deidades. Quería


preguntarles: «¿Por qué habéis dejado que


ocurra esto?», pero era una blasfemia. Nunca


había que preguntar por qué. No somos quién



para hacer esa pregunta.





47

—Voy a morir aquí.




— oOo —






Setenta y dos horas más tarde, seguía viva. Pero


la comida se había acabado y quedaba


poquísima agua. Me hallaba sola con mis



pensamientos en esa pequeña habitación, sin


posibilidad de escapar al exterior. Tuve que


dejar de llorar; no podía permitirme el lujo de


perder agua. Los aseos estaban justo fuera de mi


cuarto, así que me había visto obligada a usar el


estuche en el que guardaba mi colección de joyas



de abalorios. Lo único que tenía era el tarro de


otjize; usaba un poco para limpiarme el cuerpo


todo lo que podía. Andaba de un lado para otro,


recitaba ecuaciones y estaba segura de que, si no


moría de sed o hambre, moriría por el fuego de


las corrientes que creaba debido a los nervios y


que descargaba para mantenerme ocupada.




Miré el mapa una vez más y vi lo que ya


esperaba encontrar: aún nos dirigíamos hacia


Oomza Uni.

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—Pero ¿por qué? —susurré—. La seguridad…



Cerré los ojos para no completar ese


pensamiento otra vez. Pero nunca podía


contenerme y esa ocasión no fue distinta. En mi



imaginación veía un rayo amarillo chillón


volando desde Oomza Uni y la nave


desparramándose en una extensa masa muda de


luz y fuego. Me levanté para arrastrarme desde


el lado más alejado de la habitación hasta la otra


parte mientras hablaba:



—Pero ¿medusas suicidas? No tiene sentido.


A lo mejor no saben cómo…


Llamaron lentamente a la puerta y casi di un


salto hasta el techo. Me quedé paralizada,



escuchando con cada parte de mi cuerpo. Aparte


del sonido de mi voz, no había oído nada de ellas


desde las primeras veinticuatro horas. Volvieron


a llamar. El último golpe sonó fuerte, como una


patada, pero no en la parte inferior de la puerta.



—¡D… dejadme en paz! —grité, y cogí el edan.




Mis palabras fueron recibidas con un porrazo


en la puerta y un hostil siseo de enfado. Solté un



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chillido y me alejé de la entrada todo lo que la



habitación me permitía; casi caí sobre la maleta


más grande. «Piensa, piensa, piensa». No iba


armada, excepto por el edan… y no sabía cómo


convertirlo en un arma.



Todos estaban muertos. Yo seguía a cuarenta y


ocho horas de distancia de estar segura o de



estallar en mil pedazos. Dicen que cuando te


enfrentas a una lucha que no vas a ganar, no


puedes predecir cómo actuarás a continuación.


Pero yo siempre había sabido que lucharía hasta


la muerte. Suicidarse o entregar tu vida era una


abominación. Tenía claro que estaba lista. Las


medusas eran muy inteligentes; encontrarían


una forma de matarme a pesar de mi edan.




Pero no elegí el arma más cercana. No me


preparé para mi última arremetida rabiosa, sino


que miré a la muerte directamente a los ojos y


entonces… entonces me rendí ante ella. Me senté


en la cama y esperé el final. Sentí que mi cuerpo


ya no me pertenecía; lo había dejado marchar. Y,



en ese momento, inmersa en mi rendición, posé




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