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Published by snullbug20, 2019-11-01 21:33:18

Informe sobre la flota Enjambre Úroboros

Informe sobre la flota Enjambre Úroboros

Informe sobre la flota Enjambre Úroboros








Introducción








El conocimiento es herejía.








Con ese dogma, el Imperio del hombre se ha ido


desarrollando en un hábitat barroco e ignorante.








Nosotros no. Hace mucho que nos separamos de


ese maltrecho Imperio para fundar el nuestro.









Hace muchos años, cuando mis abuelos aún eran


jóvenes, miles de hombre, mujeres y niños


consiguieron, junto con numerosos pelotones de


Guardias Imperiales (que decidieron no seguir las


órdenes ciegas de su Imperio), salir hasta lo más


recóndito de la galaxia. No fue fácil. En cuanto



nuestras investigaciones despertaron interés en la


Inquisición, fuimos condenados. Mandaron


exterminarnos como herejes, destruyendo


numerosos mundos en el sistema que fue mi


anterior hogar. Llegó el momento de huir.









1

Todas las naves, plagadas de lo que se conocería


como “científicos” en mi mundo, cruzaron la



disformidad hasta llegar al cuadrante Urshall.


Decenas de naves se perdieron para no volver,


devoradas por los demonios que pueblan la


Disformidad y cazadas por la Inquisición. Nos


persiguieron hasta salir de la Disformidad.








Los que conseguimos llegar, colonizamos el


sistema principal de los dos que formaban el


cuadrante: Nymeria. Con los años, las



investigaciones de nuestros científicos


consiguieron que sobreviviéramos. Creamos


anomalías cronológicas y métodos de camuflaje


para pasar inadvertidos. Conseguimos evitar a


flotas de piratas Eldars Oscuros así como


numerosas naves de vanguardia del WaaaghOrko


de Piño Deskaskarillado.









Creamos un mundo floreciente y próspero basado


en la investigación: Absolón.

















2

Desarrollamos numerosos métodos de obtención


de alimentos transgénicos, grandes factorías de


armamento con planos Imperiales, vehículos


blindados, aeronaves de transporte, así como



defensas aéreas y terrestres (como método de


protección). Fundamos nuestra propia Guardia


Imperial y flotas científicas de investigación.








En definitiva, creamos un hogar. Sin embargo, la


energía empezaba a escasear. Necesitábamos una


energía alternativa para sustentar nuestro apetito



investigador.








Uróboros








Capítulo 1








Informe 1029334. Sgto. Mark Rawlins.








Activando informe número 1029334. Soy el Sgto.



Mark Rawlins, 2º división de fusileros procedentes


del sistema Nymeria, cuadrante Urshall. Esta…












3

será la última transmisión desde este condenado


mundo.








‐‐‐









Debido a nuestra necesidad de obtener energía


desesperadamente, enviamos numerosos satélites


de búsqueda al segundo sistema del cuadrante:


Ilión. Uno de ellos detectó un elemento


desconocido en el planeta Kirsner II, el más alejado


del sistema.









Resultó que dicho elemento, nombrado Iliobtanio,


se convirtió en uno de los elementos con mayores


propiedades energéticas. En menos de dos años,


enviamos numerosas flotas mineras para obtener


dicho mineral. Nada se interponía entre el


elemento y nuestro Imperio. Hasta ahora. Los


Tiránidos atacaron a las fuerzas mineras


Imperiales destinadas en Kirsner II sin darles



tiempo a reaccionar.








El delgado pero desarrollado brazo de la nueva


Flota Enjambre sacudió el cuadrante Urshall.






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Fui enviado, a través de la Disformidad, durante el


segundo año de guerra Tiránida, tras el vigésimo



tercer año de explotación. Todas nuestras fuerzas


provenían del sistema Nymeria, el más cercano al


hervidero de muerte en el que se convirtió Ilión. No


recibiríamos ayuda de nadie más. Para el Imperio,


al que dimos la espalda, somos peores que esos


Xenos. Si supieran que nos escondemos aquí, se


alegrarían al comprobar cómo servíamos de


barrera.









Creímos que una pequeña y aparentemente débil


Flota Enjambre no sería rival para el poder


destructor de todo el sistema Nymeria, pero nos


equivocábamos en dos cosas: no éramos tan


poderosos ni ellos tan débiles. Aguantábamos en el


espacio, sin embargo, nuestra suerte no duraría


mucho. Las bionaves eran cada vez más numerosas



y se adaptaban, pero, ¡que cojones!, en un principio


creí que ganaríamos. Mientras la lanzadera de


transporte, la cual esquivaba los enormes


proyectiles orgánicos de las bionaves, descendía


hasta la base situada en el único claro visible del


planeta, imaginé que su superficie, tras veintitrés







5

años de extracción minera y dos de guerra,


parecería un enorme cráter excavado y digerido


por la explotación incontrolada y el ataque


Tiránido, pero estaba totalmente equivocado.



Bosques gigantes (completamente carentes de


follaje) como nunca había visto se alzaban más allá


de donde mi vista alcanzaba. También pude


observar varias naves ligeras estrelladas entre los


árboles, donde estos se alzaban sin apenas sufrir


daños por los accidentes. Por último, logré


vislumbrar algunos Chimeras, aeronaves Arvus y



maquinaria de extracción, destrozados sobre raíces


del tamaño de Titanes. Miles de cadáveres


humanos se repartían cerca de los lugares donde


los vehículos se encontraban destruidos, testigos


de una batalla encarnizada. Asimismo, había


cientos de miles de cadáveres Tiránidos verdosos


de pequeño tamaño (millones, habría jurado) y


algunos de tamaño considerable, así como de los


denominados “enjambres sinápticos”. Sin



embargo, los “bichos” más respetados y temidos


eran los grandes Tiranos de Enjambre, bestias que


servían de líderes a las masas de Xenos, creados


con ese único fin por la Mente Enjambre (aún no se


qué cojones es la Mente Enjambre, pero eso ahora


ya no importa). Durante el viaje por la superficie






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del planeta, el piloto de la lanzadera nos narró una


batalla en la que una de esas criaturas demenciales


participó.








La bestia atacó súbitamente, batiendo sus grandes


alas, mientras despedazaba a decenas de soldados


con sus dos pares de garras afiladas grandes como


arboles. Parecía disfrutar de la carnicería, con una


mueca parecida a una sonrisa (si esos cabrones


sonrieran), mientras los Xenos más pequeños


seguían (de alguna forma telepática) sus órdenes



sin vacilar. La máquina de matar perfecta. Los


soldados le apodaron “Big Boss”.







Joder, estaba realmente asustado.







Cuando la gran nave aterrizó en la zona de


descarga de la base, los cientos de soldados que


componíamos los refuerzos descendimos


rápidamente, seguidos por numerosos tanques y



bípodes de combate.







Se nos informó de que, gracias al Iliobtanio, los


árboles habían crecido de forma inusual y su






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resistencia competía con la de las mayores


edificaciones Imperiales. Ni siquiera los


organismos voladores podían atravesar la maraña


de ramas. Esto permitió que la defensa de la base



fuera posible, ya que las cortezas de los árboles


resultaban impenetrables para la fuerza Tiránida.








Sin embargo, el estar totalmente rodeados por el


denso bosque impenetrable hacía que fuera


imposible no sentirse como en una ratonera. Y las


comunicaciones no funcionaban en ese lugar.









No podía dormir. Insomnio producido por el


estrés. Dicen que cuando no puedes dormir, la


realidad cambia. No se está ni dormido ni


despierto, sino en un limbo particular del que es


difícil escapar. Para colmo, la mayoría de mi


pelotón, todos ellos compañeros y amigos en


numerosas campañas, fueron relevados de nuevo


al sistema Nymeria por nuevos reclutas, al



contrario que los sargentos, los cuales


permaneceríamos en el planeta, como veteranos.


















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Me levanté, adormilado, del petate sucio y raído


que descansaba sobre el suelo repleto de la


sustancia azulada por la cual cientos de miles de


mineros desembarcaron, hará ya una eternidad, en



este planeta. Estaba nervioso, sabía que ellos


regresarían de nuevo, siempre lo hacían.







Durante el último mes, los combates fueron


encarnizados, pero teníamos las de ganar. Hacía ya


más de una semana que los Tiránidos no atacaban.


Y durante esa semana, no conseguí dormir.








Tras levantarme del petate, como sargento primero


se me ordenó una patrulla por el exterior del


perímetro principal. Solo nos acompañaban un par


de bípodes y dos Chimeras, los cuales dirigían sus


orugas con dificultad por la densa masa de raíces


impregnadas de Iliobtanio.







No fui testigo del comienzo de la invasión de los



Tiránidos de vanguardia, como esos Líctores o


Genestealers que se pueden camuflar en cualquier


lugar. Seguramente esos cabrones lo hicieron en


alguna nave minera y avisaron a sus semejantes.








9

Sin embargo, después de ver cómo la base del


enjambre y el cerebro atacaba, creí que se les



acabaron las bazas. Gran error.







El cielo se oscureció y desde la base, al igual que


desde fuera del perímetro, se podía observar cómo


cápsulas‐espora como basílicas Imperiales se


estrellaban contra el bosque.







Organismos del tamaño de tanques superpesados,


verdes y brillantes, se desprendieron de su



orgánica y viscosa capa. Entonces, nos localizaron


y comenzaron a asaltar el bosque. No pudimos


hacer nada contra esas monstruosidades.


Disparamos contra todos los que pudimos, pero


caímos en cuestión de minutos. Tras ordenar


retirada, el bípode que tenía a mi derecha explotó


en una nube verde viscosa que al tocar a varios



hombres que se encontraban a su lado, les deshizo


a una masa amorfa de carne y traje de combate. El


mismo destino tocó a los tanques, ambos arrasados


de un solo disparo. Tras girarme para ver qué clase


de arma podía hacer eso, me quede paralizado por


el terror. Un organismo del tamaño de un Titán de





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batalla serpenteaba hacia nosotros. Soltaba una


nube de esporas que hacía imposible intentar


acercarse a ella. Portaba los dos cañones más


grandes que jamás había visto. Dos grandes y



largas patas terminadas en cuchillas más altas que


un hombre se hincaban en el suelo, al igual que sus


patas traseras, gigantescas y fuertes. Abrió la


mandíbula y profirió un alarido que acabó con mi


escaso valor. Salí corriendo como pude, al igual


que los escasos hombres que quedaban. La bestia


finalmente nos vio y cargó con una velocidad



pasmosa, destrozando a cinco hombres demasiado


lentos. Caí de rodillas, rindiéndome. Esa bestia me


cazaría. Era muy rápida, lo mejor sería pegarse un


tiro. Sin embargo, la criatura chilló. Lo que vi me


devolvió la esperanza. Un árbol consiguió que se


atascara. Ese maldito árbol que con tanta facilidad


habría sido destrozado en cualquier otro planeta


por la enorme criatura, le atascó. Gracias al


puñetero Iliobtanio. Lo único que esa bestia pudo



conseguir es arrancarme la parte trasera de mi


mochila de combate, en la cual tenía una figura de


peluche perteneciente a mi hija. Dicha figura se le


quedó clavada en la garra, dándole un aspecto


grotesco. No lo dudé: me levanté, corrí, salté y me


agazapé hasta llegar al perímetro. A mi espalda, los






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pocos soldados de la patrulla que quedaban fueron


despedazados por decenas de organismos


gigantescos. Los soldados del perímetro, algunos


de ellos compañeros en numerosas batallas,



miraban y apuntaban al frente, asustados. Solo me


vieron a mí regresar. Nuestras nuevas órdenes,


aguantar.







Después de dos días de combate, los escasos


supervivientes nos atrincheramos en la torre de


comunicaciones.








Cuando vimos, desde la aparente seguridad de la


torre, cómo los cruceros Imperiales que servían de


defensa se precipitaron contra el planeta,


destruidos, supimos que las inmensas bionaves ya


se habían encargado de los demás planetas del


sistema Ilión, así como de sus defensas. Estábamos


perdidos, pero no nos hacíamos a la idea. Nos


hallábamos rodeados por millones de criaturas,



desde el espacio hasta la superficie.







‐‐‐











12

En este momento, estoy en la torre de


comunicaciones, pero con estos árboles de mierda


llenos de Iliobtanio no hay radio posible. Esta torre


solo se creó con el propósito de poder mandar



radio‐balizas con mensajes al espacio, para que las


recogiera una nave y las transmitiera. Para recibir


cualquier mensaje, los pilotos de las lanzaderas


servían a modo de radio. Rupestre, pero efectivo.


Como última acción, enviaré todo mi informe en


esta última radio‐baliza, esperando que en un


futuro alguien la encuentre y conozca nuestra



historia.







Creo que solo quedamos una docena de hombres,


algunos de ellos amigos míos de toda la vida.


Todos están sollozando y rezando para que esas


bestias no destrocen la puerta blindada interior de


la torre. Según la información del último piloto, el


cabo Thompson (ahora transformado en una pulpa


sanguinolenta junto a los restos de la última



lanzadera), no obtendremos refuerzos hasta dentro


de dos meses. Me entra una risa nerviosa al


recordar este dato. Dos meses. Ya no vendrá nadie,


en el espacio no hay refuerzos, sólo hay muerte y


olvido. Si escucháis este archivo, que mi voz








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aparentemente tranquila no os desconcierte, estoy


completamente aterrado, pero sé que voy a morir.


Envío este mensaje mientras oigo cómo Mc Miller


chilla, creo que han abierto una brecha. Mierda,



que el Emperador nos asista, cerrando


audioarchiv… ‐¡BOOM!‐ Oh, mierda, no…


Arghhhh…







‐Radio‐baliza enviada.







Capítulo 2








Una nueva amenaza. Capitana de navío científico


Christine Hexen.







Tras casi un año de espera, en menos de dos


semanas (durante el próximo envío de suministros


y tropas, exactamente), la Capitana Christine


Hexen, junto a su equipo de investigación, sería


enviada a Kirsner II.








Para una oficial científica, el poder identificar y


clasificar a unas formas de vida como los Tiránidos








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con el objetivo de mostrar sus debilidades, era algo


francamente importante. Kirsner II era una zona de


guerra, por lo que el permiso de investigación se


reducía a los especímenes abatidos o capturados



(aún no se había dado el caso) dentro del


perímetro. No eran numerosos, pero sí variados.


Aun existiendo el riesgo de encontrar poco


material para sus investigaciones, Christine no


dudó ni un instante y mandó una puesta a punto


para su navío científico: “Obscure”.








El “Obscure” era un buque de investigación


extremadamente grande, dotado con varios


laboratorios y cámaras de hibernación para


numerosas especies. Tras varios días cargando y


poniendo a punto la nave, llegó el momento de


partir.







Los refuerzos eran enviados Kirsner II cada dos


meses. Sin embargo, la última nave que llegó a su



destino no había regresado. Podría haber sido


inutilizada en combate, pero no dejaba de ser un


dato inquietante. Al no haber transmisiones, las


naves servían de comunicaciones y, al no haber


una nave de vuelta, no había comunicaciones.






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Tras la orden del alto mando de Absolón, en


Nymeria, la gran lanzadera repleta de soldados y



material de guerra, acompañada por el “Obscure”,


se dirigió rumbo a Kirsner II. Debido a la ausencia


de comunicaciones por la desaparición de la nave,


la lanzadera tenía orden de volver, tras recoger a


los (seguramente) numerosos heridos, para


informar al planeta Absolón.







Sin embargo, al atravesar la Disformidad y llegar


al sistema Ilión, un sentimiento de desolación



inundó a todos los hombres del contingente. El


sistema estaba completamente arrasado. Reducido


a cenizas.







Antes de que la desesperanza gobernara en la flota,


el “Obscure” recuperó algo del espacio, un cilindro


que lanzaba sus últimos pitidos como un humano



agonizando por el cáncer lanzaría sus últimos


estertores. Una radio‐baliza.







Tras escuchar la baliza, el Comandante Streirner, a


cargo de la lanzadera, decidió volver a Absolón







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para entregar la baliza al alto mando, no sin antes


destinar varios pelotones al navío de investigación.


Los Tiránidos habían ganado la batalla y no había


rastro de ellos.








Por otro lado, el “Obscure” tenía orden de


investigar los restos de Kirsner II, o lo que quedaba


de él. Después, regresaría al sistema Nymeria.







Sin apenas darse cuenta, Christine Hexen se


encontró capitaneando a su propia flota.








Al descender por la superficie planetaria, pudieron


comprobar cómo los enormes bosques de árboles


sin follaje, los cuales habían sido descritos por el


difunto Sgto. Rawlins en la baliza, no existían. Solo


quedaba roca desnuda y restos del ferrocemento


situado en un claro. Se vislumbraba una torre


totalmente destruida y oxidada. Esa sería la torre


de comunicaciones mencionada en la baliza. El



último bastión de vida antes de la destrucción total.







Los Enjambres Devoradores habían hecho su


trabajo muy bien. Esos cabrones consiguieron






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adaptarse al Iliobtanio y consiguieron roer las


raíces de todo el planeta para conseguir biomasa.







Cuando, seguida por su equipo de investigación y



escoltada por varios pelotones de Guardias


Imperiales, Christine se adentró en los restos de la


base, no encontró nada. Ni una prueba de lo


sucedido. Después de barrer toda la zona, solo le


quedaba entrar en la derruida torre de


comunicaciones. Únicamente encontró los restos


de una batalla encarnizada: restos de equipo,



armas, y… una gran puerta que conducía a un gran


almacén aislado, seguramente para guardar el


equipo de comunicaciones y herramientas. Era


extremadamente gruesa, estaba muy arañada pero


no tenía ningún signo de perforación. Parecía


soldada desde dentro. Tras volarla, Christine


comprobó cómo el odio hacia esos Xenomorfos


crecía hasta límites insospechados. Dentro del


almacén estaba el cadáver esquelético del Sgto.



Rawlins, con signos de una presión brutal en la


pierna derecha, partida en cuatro trozos. Su cabeza


mostraba el agujero característico que causaban las


armas láser cortas a esa distancia. Vio la escena


como si hubiera estado allí. No había salida, los








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Xenos irrumpieron en la base descuartizando a


todo ser vivo hasta entrar en la sala de lanzamiento


de balizas, donde Rawlins esperaba una muerte


segura. No se resignó y, seguramente tras luchar,



vencer y eliminar a un Xeno (a juzgar por las


heridas de su pierna), se escondió en el armario


blindado. Lo soldó con un soplete, guardado ahí


mismo, para un fin seguramente mucho menos


dramático. Debido al miedo, no comprobó que ese


armario tuviera un purificador de aire o rejilla de


ventilación, por lo que poco a poco se fue



ahogando. No resistió más, cogió su arma corta del


cinto, la colocó en su sien y… se suicidó.







Sin embargo, jamás soltó una caja negra, ni siquiera


cuando apretó el gatillo, la cual contenía una cinta


con las grabaciones de seguridad de todo el recinto.







Tras recuperar los restos de Rawlins, los cuales


serian enterrados en Absolón, Christine y sus



hombres se dirigieron al “Obscure”, con la


intención de salir de ese lugar cuanto antes.

















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Antes de despegar, todos vieron la cinta. Se desató


el horror. Cientos de miles de criaturas verdosas


asaltando el perímetro de forma continuada,


seguidas por criaturas gigantescas, como un



organismo del tamaño de un Titán, el cual terminó


arrasando el complejo sin apenas mostrar un ápice


de esfuerzo. Tiranos de Enjambre arrasando


pelotones de Guardias enteros… Joder, una


verdadera masacre.







Un dato intrigó tanto a los investigadores como a



Christine: esas criaturas, aún siendo impactadas


por armas láser y cañones automáticos, preferían


devorar a sus compañeros caídos que luchar.


Hambre absoluto. Christine los bautizó como Flota


Enjambre Uróboros.







Una nueva amenaza se cierne sobre el universo,


llamada Uróboros.








Capítulo 3







Depredador. Líctor Uróboros.









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El Líctor, el cual había permanecido más de un mes


sin moverse de su posición, con un camuflaje


perfecto entre unas raíces secas de las


inmediaciones de la torre destruida, se puso en pie



y se colocó detrás del “Obscure”. Su objetivo:


conducir a la Flota Enjambre al sistema humano.


Esperó hasta que el último soldado hubiera subido


a bordo y entró en el compartimento de carga sin


producir ni el más leve ruido. A su espalda, la gran


compuerta de carga se cerró.








‐‐‐







‐Capitana, todos los hombres han subido a bordo.







‐Bien, salgamos ya de este condenado planeta.


Velocidad máxima. Estad atentos, esos cabrones


tienen que seguir ahí fuera.







‐A sus órdenes. Capitana, al no tener especímenes,



he habilitado los laboratorios como barracones


improvisados para nuestra escolta.













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‐Muy bien, pero que no rompan nada. Estaré en mi


camarote por si me necesita. Avisadme en cuanto


atravesemos la Disformidad. Como segundo, ya


sabe qué hacer.








Marcus Kerstom, segundo al mando, asintió con


una mueca de aprobación y se dispuso a cumplir


todas las órdenes de su capitana. No podía


imaginar que en menos de dos días estaría muerto.







‐‐‐








Dos días después, el Líctor escuchó la conversación


escondido en un respiradero. Supo enseguida que


esa hembra humana era la líder. Notaba su olor, su


odio, así como su miedo.







Cuando la zona de carga se hubo despejado, el


Líctor descendió de nuevo al nivel del suelo y


acechó a los dos únicos soldados que se



encontraban en la zona. Al estar separados el uno


del otro, la criatura no tardó más de un instante en


acabar con ellos. Al más cercano a la compuerta,


llamado Walter Smith, le seccionó la tráquea con






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un movimiento rápido de su garra. Antes de que


Seth Mors, el segundo soldado, se diera cuenta, el


Líctor le atravesó el pecho con una de sus


larguísimas garras, similares a las de una Mantis,



hasta empalarlo contra la pared. En una agonía


interminable, el soldado cesó su respiración. La


bestia lo soltó con un ademán despreocupado y se


dirigió a la siguiente sección de la nave, los pasillos


que conducían al área de laboratorios.







En los pasillos de conexión entre la cubierta de



carga y los laboratorios solo había cuatro científicos


y cinco soldados. Era una zona en equis, donde los


dos grandes pasillos terminaban en un punto


central común. Los lados norte, este y oeste


conducían a los laboratorios de la nave, mientras


que el espacio central estaba ocupado por un gran


ascensor que conducía a los diferentes niveles de la


nave.








La bestia se colgó del techo y se deslizó hasta la


parte central, donde se encontraban los científicos.


Con un rápido movimiento de sus garras, empaló


a los cuatro, dos en cada garra, para después


soltarlos sin causar ningún ruido.






23

Solo le quedaba acabar con los cinco soldados para


terminar el área. Tres de ellos estaban en la zona



norte, mientras que los dos restantes fumaban


cerca de la zona este.







El Líctor se deshizo de ellos siguiendo la misma


táctica que con los científicos, un solo ataque


rápido y contundente. Comprobó cómo en los


laboratorios reinaba la calma, decenas de soldados


durmiendo, por lo que destrozó (de manera


silenciosa) las puertas electrónicas encerrándoles



para siempre. Esos laboratorios se convertirían en


sus tumbas. Después, abrió la parte superior del


ascensor, olfateó el ambiente y, cuando supo que


su presa se encontraba en el nivel superior,


comenzó la escalada por el hueco del ascensor.







Antes de alcanzar la parte superior, el Líctor se



entretuvo destrozando el mecanismo del ascensor,


inutilizándolo en la parte superior.







La parte superior de la nave era la más pequeña,


pues solo estaba ocupada por el camarote de la







24

capitana. Una puerta blindada separaba al cazador


de la presa, por lo que la bestia buscó una entrada


en un conducto de ventilación superior.








‐‐‐







En la cubierta de mando, un malhumorado Marcus


golpeaba el ascensor.







‐¿Qué demonios le pasa a este ascensor?








‐Hace un rato funcionaba, señor. Veamos ‐suspiró‐


, parece desactivado por avería.







‐¿En qué sección?







‐Superior, camarote de la capitana.







‐Joder, algo va mal. Voy a subir desde aquí a las


dependencias de la capitana.
















25

‐Señor, parece que también hay problemas en las


secciones de los laboratorios, las puertas no se


abren. No hay respuesta del exterior de los


laboratorios ni desde la cubierta de carga.








‐¡Mierda!, ¡dé la alarma de una puta vez, tenemos


un intruso!







‐¡Alarma activada! ¡Señor, solo quedan dos horas


para atravesar la Disformidad y llegar al sistema


Nymeria!








Marcus se dirigió a toda velocidad por el ascensor


auxiliar, acompañado por los únicos Guardias


Imperiales que no se encontraban en los


laboratorios. Cinco en total.







Christine Hexen se encontraba dormida en su


camarote, no tenía un sueño demasiado profundo,


pero necesitaba descansar. Fue entonces cuando



escuchó la alarma de emergencias y abrió los ojos


desorbitadamente. Esa alarma en ese preciso


instante le salvó la vida. El Líctor había conseguido


entrar por un conducto de ventilación y estaba a






26

escasos metros de ella. Christine solo tuvo un


instante para apartarse antes de ser empalada,


perdiendo el dedo índice y anular de su mano


derecha en el intento. Tras ahogar un grito de



dolor, el odio se apoderó de ella. Se hizo a un lado


y destrozó la puerta de su armario de una patada,


sacando torpemente con su mano izquierda una


espada sierra que solo en un par de ocasiones mas


había usado con anterioridad. La bestia se acercó,


siseando y lanzando zarpazos directos, los cuales


la habrían destripado de llegarle a dar. Antes de



que el Líctor volviera a atacar, Marcus entró por la


puerta y descargó una ráfaga de disparos contra la


criatura. Esta saltó, gritó y se dirigió al conducto,


no sin antes seccionar la cabeza de Marcus como si


fuera una lamina de papel. Su cuerpo, expulsando


sangre a borbotones, cayó contra el suelo del


camarote produciendo un ruido sordo.







‐¡Joder!, ¡encontrad a esa bestia! Le temblaban las



piernas, no podía creer que hubiera sobrevivido.







‐¡Arghhhhhhhh, socorr…!













27

‐Capitana, viene de la cubierta de mando.







‐‐‐








Al fallar su objetivo primordial, el absorber la


mente de la capitana e informar a la Mente


Enjambre de dónde y cómo arrasar su mundo de


origen, la bestia decidió destruir los controles de la


nave para inutilizarla y que no pudieran escapar.


Después, solo tendría que cazar a esa humana, con


todo el tiempo a su favor.








Sin embargo, el Líctor esperó para eliminar a los


pilotos, justo después de que el “Obscure”


atravesara la Disformidad.







Después de despedazar a los pilotos, la nave entró


en el sistema Nymeria.







Christine comprobó lo que ese asesino orgánico



quería: conducir a los suyos a Nymeria. Estamos


realmente jodidos, pensó. Pero no llevaré a este


engendro a Absolón. Mientras los guardias








28

disparaban a la criatura, Christine activó la orden


de autodestrucción de la nave. Diez minutos.







Tras un segundo agónico, Christine decidió que las



vidas de un sistema eran más importantes que las


de todos los de ese navío, por lo que abandono a


todos los soldados, tanto a los que luchaban con el


Líctor como a los que continuaban encerrados en


los laboratorios. Era una científica, no una


guerrera.








Christine corrió hasta alcanzar el sistema de


expulsión de emergencia, lo activó y se introdujo


en una cápsula de salvamento. Un horror


indescriptible se apoderó de ella cuando la criatura


se acercó a la cápsula contigua y se escondió en ella.


Se acabó, pensó, y rompió a llorar.







Las cápsulas salieron disparadas con el rumbo


predefinido de Absolón y, tras un breve periodo de



tiempo, el “Obscure” se desintegró en una gran


explosión, toda ella en vano.







Uróboros llegaría a Absolón.






29

Continuará...








































































































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