Informe sobre la flota Enjambre Úroboros
Informe sobre la flota Enjambre Úroboros
Introducción
El conocimiento es herejía.
Con ese dogma, el Imperio del hombre se ha ido
desarrollando en un hábitat barroco e ignorante.
Nosotros no. Hace mucho que nos separamos de
ese maltrecho Imperio para fundar el nuestro.
Hace muchos años, cuando mis abuelos aún eran
jóvenes, miles de hombre, mujeres y niños
consiguieron, junto con numerosos pelotones de
Guardias Imperiales (que decidieron no seguir las
órdenes ciegas de su Imperio), salir hasta lo más
recóndito de la galaxia. No fue fácil. En cuanto
nuestras investigaciones despertaron interés en la
Inquisición, fuimos condenados. Mandaron
exterminarnos como herejes, destruyendo
numerosos mundos en el sistema que fue mi
anterior hogar. Llegó el momento de huir.
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Todas las naves, plagadas de lo que se conocería
como “científicos” en mi mundo, cruzaron la
disformidad hasta llegar al cuadrante Urshall.
Decenas de naves se perdieron para no volver,
devoradas por los demonios que pueblan la
Disformidad y cazadas por la Inquisición. Nos
persiguieron hasta salir de la Disformidad.
Los que conseguimos llegar, colonizamos el
sistema principal de los dos que formaban el
cuadrante: Nymeria. Con los años, las
investigaciones de nuestros científicos
consiguieron que sobreviviéramos. Creamos
anomalías cronológicas y métodos de camuflaje
para pasar inadvertidos. Conseguimos evitar a
flotas de piratas Eldars Oscuros así como
numerosas naves de vanguardia del WaaaghOrko
de Piño Deskaskarillado.
Creamos un mundo floreciente y próspero basado
en la investigación: Absolón.
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Desarrollamos numerosos métodos de obtención
de alimentos transgénicos, grandes factorías de
armamento con planos Imperiales, vehículos
blindados, aeronaves de transporte, así como
defensas aéreas y terrestres (como método de
protección). Fundamos nuestra propia Guardia
Imperial y flotas científicas de investigación.
En definitiva, creamos un hogar. Sin embargo, la
energía empezaba a escasear. Necesitábamos una
energía alternativa para sustentar nuestro apetito
investigador.
Uróboros
Capítulo 1
Informe 1029334. Sgto. Mark Rawlins.
Activando informe número 1029334. Soy el Sgto.
Mark Rawlins, 2º división de fusileros procedentes
del sistema Nymeria, cuadrante Urshall. Esta…
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será la última transmisión desde este condenado
mundo.
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Debido a nuestra necesidad de obtener energía
desesperadamente, enviamos numerosos satélites
de búsqueda al segundo sistema del cuadrante:
Ilión. Uno de ellos detectó un elemento
desconocido en el planeta Kirsner II, el más alejado
del sistema.
Resultó que dicho elemento, nombrado Iliobtanio,
se convirtió en uno de los elementos con mayores
propiedades energéticas. En menos de dos años,
enviamos numerosas flotas mineras para obtener
dicho mineral. Nada se interponía entre el
elemento y nuestro Imperio. Hasta ahora. Los
Tiránidos atacaron a las fuerzas mineras
Imperiales destinadas en Kirsner II sin darles
tiempo a reaccionar.
El delgado pero desarrollado brazo de la nueva
Flota Enjambre sacudió el cuadrante Urshall.
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Fui enviado, a través de la Disformidad, durante el
segundo año de guerra Tiránida, tras el vigésimo
tercer año de explotación. Todas nuestras fuerzas
provenían del sistema Nymeria, el más cercano al
hervidero de muerte en el que se convirtió Ilión. No
recibiríamos ayuda de nadie más. Para el Imperio,
al que dimos la espalda, somos peores que esos
Xenos. Si supieran que nos escondemos aquí, se
alegrarían al comprobar cómo servíamos de
barrera.
Creímos que una pequeña y aparentemente débil
Flota Enjambre no sería rival para el poder
destructor de todo el sistema Nymeria, pero nos
equivocábamos en dos cosas: no éramos tan
poderosos ni ellos tan débiles. Aguantábamos en el
espacio, sin embargo, nuestra suerte no duraría
mucho. Las bionaves eran cada vez más numerosas
y se adaptaban, pero, ¡que cojones!, en un principio
creí que ganaríamos. Mientras la lanzadera de
transporte, la cual esquivaba los enormes
proyectiles orgánicos de las bionaves, descendía
hasta la base situada en el único claro visible del
planeta, imaginé que su superficie, tras veintitrés
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años de extracción minera y dos de guerra,
parecería un enorme cráter excavado y digerido
por la explotación incontrolada y el ataque
Tiránido, pero estaba totalmente equivocado.
Bosques gigantes (completamente carentes de
follaje) como nunca había visto se alzaban más allá
de donde mi vista alcanzaba. También pude
observar varias naves ligeras estrelladas entre los
árboles, donde estos se alzaban sin apenas sufrir
daños por los accidentes. Por último, logré
vislumbrar algunos Chimeras, aeronaves Arvus y
maquinaria de extracción, destrozados sobre raíces
del tamaño de Titanes. Miles de cadáveres
humanos se repartían cerca de los lugares donde
los vehículos se encontraban destruidos, testigos
de una batalla encarnizada. Asimismo, había
cientos de miles de cadáveres Tiránidos verdosos
de pequeño tamaño (millones, habría jurado) y
algunos de tamaño considerable, así como de los
denominados “enjambres sinápticos”. Sin
embargo, los “bichos” más respetados y temidos
eran los grandes Tiranos de Enjambre, bestias que
servían de líderes a las masas de Xenos, creados
con ese único fin por la Mente Enjambre (aún no se
qué cojones es la Mente Enjambre, pero eso ahora
ya no importa). Durante el viaje por la superficie
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del planeta, el piloto de la lanzadera nos narró una
batalla en la que una de esas criaturas demenciales
participó.
La bestia atacó súbitamente, batiendo sus grandes
alas, mientras despedazaba a decenas de soldados
con sus dos pares de garras afiladas grandes como
arboles. Parecía disfrutar de la carnicería, con una
mueca parecida a una sonrisa (si esos cabrones
sonrieran), mientras los Xenos más pequeños
seguían (de alguna forma telepática) sus órdenes
sin vacilar. La máquina de matar perfecta. Los
soldados le apodaron “Big Boss”.
Joder, estaba realmente asustado.
Cuando la gran nave aterrizó en la zona de
descarga de la base, los cientos de soldados que
componíamos los refuerzos descendimos
rápidamente, seguidos por numerosos tanques y
bípodes de combate.
Se nos informó de que, gracias al Iliobtanio, los
árboles habían crecido de forma inusual y su
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resistencia competía con la de las mayores
edificaciones Imperiales. Ni siquiera los
organismos voladores podían atravesar la maraña
de ramas. Esto permitió que la defensa de la base
fuera posible, ya que las cortezas de los árboles
resultaban impenetrables para la fuerza Tiránida.
Sin embargo, el estar totalmente rodeados por el
denso bosque impenetrable hacía que fuera
imposible no sentirse como en una ratonera. Y las
comunicaciones no funcionaban en ese lugar.
No podía dormir. Insomnio producido por el
estrés. Dicen que cuando no puedes dormir, la
realidad cambia. No se está ni dormido ni
despierto, sino en un limbo particular del que es
difícil escapar. Para colmo, la mayoría de mi
pelotón, todos ellos compañeros y amigos en
numerosas campañas, fueron relevados de nuevo
al sistema Nymeria por nuevos reclutas, al
contrario que los sargentos, los cuales
permaneceríamos en el planeta, como veteranos.
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Me levanté, adormilado, del petate sucio y raído
que descansaba sobre el suelo repleto de la
sustancia azulada por la cual cientos de miles de
mineros desembarcaron, hará ya una eternidad, en
este planeta. Estaba nervioso, sabía que ellos
regresarían de nuevo, siempre lo hacían.
Durante el último mes, los combates fueron
encarnizados, pero teníamos las de ganar. Hacía ya
más de una semana que los Tiránidos no atacaban.
Y durante esa semana, no conseguí dormir.
Tras levantarme del petate, como sargento primero
se me ordenó una patrulla por el exterior del
perímetro principal. Solo nos acompañaban un par
de bípodes y dos Chimeras, los cuales dirigían sus
orugas con dificultad por la densa masa de raíces
impregnadas de Iliobtanio.
No fui testigo del comienzo de la invasión de los
Tiránidos de vanguardia, como esos Líctores o
Genestealers que se pueden camuflar en cualquier
lugar. Seguramente esos cabrones lo hicieron en
alguna nave minera y avisaron a sus semejantes.
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Sin embargo, después de ver cómo la base del
enjambre y el cerebro atacaba, creí que se les
acabaron las bazas. Gran error.
El cielo se oscureció y desde la base, al igual que
desde fuera del perímetro, se podía observar cómo
cápsulas‐espora como basílicas Imperiales se
estrellaban contra el bosque.
Organismos del tamaño de tanques superpesados,
verdes y brillantes, se desprendieron de su
orgánica y viscosa capa. Entonces, nos localizaron
y comenzaron a asaltar el bosque. No pudimos
hacer nada contra esas monstruosidades.
Disparamos contra todos los que pudimos, pero
caímos en cuestión de minutos. Tras ordenar
retirada, el bípode que tenía a mi derecha explotó
en una nube verde viscosa que al tocar a varios
hombres que se encontraban a su lado, les deshizo
a una masa amorfa de carne y traje de combate. El
mismo destino tocó a los tanques, ambos arrasados
de un solo disparo. Tras girarme para ver qué clase
de arma podía hacer eso, me quede paralizado por
el terror. Un organismo del tamaño de un Titán de
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batalla serpenteaba hacia nosotros. Soltaba una
nube de esporas que hacía imposible intentar
acercarse a ella. Portaba los dos cañones más
grandes que jamás había visto. Dos grandes y
largas patas terminadas en cuchillas más altas que
un hombre se hincaban en el suelo, al igual que sus
patas traseras, gigantescas y fuertes. Abrió la
mandíbula y profirió un alarido que acabó con mi
escaso valor. Salí corriendo como pude, al igual
que los escasos hombres que quedaban. La bestia
finalmente nos vio y cargó con una velocidad
pasmosa, destrozando a cinco hombres demasiado
lentos. Caí de rodillas, rindiéndome. Esa bestia me
cazaría. Era muy rápida, lo mejor sería pegarse un
tiro. Sin embargo, la criatura chilló. Lo que vi me
devolvió la esperanza. Un árbol consiguió que se
atascara. Ese maldito árbol que con tanta facilidad
habría sido destrozado en cualquier otro planeta
por la enorme criatura, le atascó. Gracias al
puñetero Iliobtanio. Lo único que esa bestia pudo
conseguir es arrancarme la parte trasera de mi
mochila de combate, en la cual tenía una figura de
peluche perteneciente a mi hija. Dicha figura se le
quedó clavada en la garra, dándole un aspecto
grotesco. No lo dudé: me levanté, corrí, salté y me
agazapé hasta llegar al perímetro. A mi espalda, los
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pocos soldados de la patrulla que quedaban fueron
despedazados por decenas de organismos
gigantescos. Los soldados del perímetro, algunos
de ellos compañeros en numerosas batallas,
miraban y apuntaban al frente, asustados. Solo me
vieron a mí regresar. Nuestras nuevas órdenes,
aguantar.
Después de dos días de combate, los escasos
supervivientes nos atrincheramos en la torre de
comunicaciones.
Cuando vimos, desde la aparente seguridad de la
torre, cómo los cruceros Imperiales que servían de
defensa se precipitaron contra el planeta,
destruidos, supimos que las inmensas bionaves ya
se habían encargado de los demás planetas del
sistema Ilión, así como de sus defensas. Estábamos
perdidos, pero no nos hacíamos a la idea. Nos
hallábamos rodeados por millones de criaturas,
desde el espacio hasta la superficie.
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En este momento, estoy en la torre de
comunicaciones, pero con estos árboles de mierda
llenos de Iliobtanio no hay radio posible. Esta torre
solo se creó con el propósito de poder mandar
radio‐balizas con mensajes al espacio, para que las
recogiera una nave y las transmitiera. Para recibir
cualquier mensaje, los pilotos de las lanzaderas
servían a modo de radio. Rupestre, pero efectivo.
Como última acción, enviaré todo mi informe en
esta última radio‐baliza, esperando que en un
futuro alguien la encuentre y conozca nuestra
historia.
Creo que solo quedamos una docena de hombres,
algunos de ellos amigos míos de toda la vida.
Todos están sollozando y rezando para que esas
bestias no destrocen la puerta blindada interior de
la torre. Según la información del último piloto, el
cabo Thompson (ahora transformado en una pulpa
sanguinolenta junto a los restos de la última
lanzadera), no obtendremos refuerzos hasta dentro
de dos meses. Me entra una risa nerviosa al
recordar este dato. Dos meses. Ya no vendrá nadie,
en el espacio no hay refuerzos, sólo hay muerte y
olvido. Si escucháis este archivo, que mi voz
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aparentemente tranquila no os desconcierte, estoy
completamente aterrado, pero sé que voy a morir.
Envío este mensaje mientras oigo cómo Mc Miller
chilla, creo que han abierto una brecha. Mierda,
que el Emperador nos asista, cerrando
audioarchiv… ‐¡BOOM!‐ Oh, mierda, no…
Arghhhh…
‐Radio‐baliza enviada.
Capítulo 2
Una nueva amenaza. Capitana de navío científico
Christine Hexen.
Tras casi un año de espera, en menos de dos
semanas (durante el próximo envío de suministros
y tropas, exactamente), la Capitana Christine
Hexen, junto a su equipo de investigación, sería
enviada a Kirsner II.
Para una oficial científica, el poder identificar y
clasificar a unas formas de vida como los Tiránidos
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con el objetivo de mostrar sus debilidades, era algo
francamente importante. Kirsner II era una zona de
guerra, por lo que el permiso de investigación se
reducía a los especímenes abatidos o capturados
(aún no se había dado el caso) dentro del
perímetro. No eran numerosos, pero sí variados.
Aun existiendo el riesgo de encontrar poco
material para sus investigaciones, Christine no
dudó ni un instante y mandó una puesta a punto
para su navío científico: “Obscure”.
El “Obscure” era un buque de investigación
extremadamente grande, dotado con varios
laboratorios y cámaras de hibernación para
numerosas especies. Tras varios días cargando y
poniendo a punto la nave, llegó el momento de
partir.
Los refuerzos eran enviados Kirsner II cada dos
meses. Sin embargo, la última nave que llegó a su
destino no había regresado. Podría haber sido
inutilizada en combate, pero no dejaba de ser un
dato inquietante. Al no haber transmisiones, las
naves servían de comunicaciones y, al no haber
una nave de vuelta, no había comunicaciones.
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Tras la orden del alto mando de Absolón, en
Nymeria, la gran lanzadera repleta de soldados y
material de guerra, acompañada por el “Obscure”,
se dirigió rumbo a Kirsner II. Debido a la ausencia
de comunicaciones por la desaparición de la nave,
la lanzadera tenía orden de volver, tras recoger a
los (seguramente) numerosos heridos, para
informar al planeta Absolón.
Sin embargo, al atravesar la Disformidad y llegar
al sistema Ilión, un sentimiento de desolación
inundó a todos los hombres del contingente. El
sistema estaba completamente arrasado. Reducido
a cenizas.
Antes de que la desesperanza gobernara en la flota,
el “Obscure” recuperó algo del espacio, un cilindro
que lanzaba sus últimos pitidos como un humano
agonizando por el cáncer lanzaría sus últimos
estertores. Una radio‐baliza.
Tras escuchar la baliza, el Comandante Streirner, a
cargo de la lanzadera, decidió volver a Absolón
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para entregar la baliza al alto mando, no sin antes
destinar varios pelotones al navío de investigación.
Los Tiránidos habían ganado la batalla y no había
rastro de ellos.
Por otro lado, el “Obscure” tenía orden de
investigar los restos de Kirsner II, o lo que quedaba
de él. Después, regresaría al sistema Nymeria.
Sin apenas darse cuenta, Christine Hexen se
encontró capitaneando a su propia flota.
Al descender por la superficie planetaria, pudieron
comprobar cómo los enormes bosques de árboles
sin follaje, los cuales habían sido descritos por el
difunto Sgto. Rawlins en la baliza, no existían. Solo
quedaba roca desnuda y restos del ferrocemento
situado en un claro. Se vislumbraba una torre
totalmente destruida y oxidada. Esa sería la torre
de comunicaciones mencionada en la baliza. El
último bastión de vida antes de la destrucción total.
Los Enjambres Devoradores habían hecho su
trabajo muy bien. Esos cabrones consiguieron
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adaptarse al Iliobtanio y consiguieron roer las
raíces de todo el planeta para conseguir biomasa.
Cuando, seguida por su equipo de investigación y
escoltada por varios pelotones de Guardias
Imperiales, Christine se adentró en los restos de la
base, no encontró nada. Ni una prueba de lo
sucedido. Después de barrer toda la zona, solo le
quedaba entrar en la derruida torre de
comunicaciones. Únicamente encontró los restos
de una batalla encarnizada: restos de equipo,
armas, y… una gran puerta que conducía a un gran
almacén aislado, seguramente para guardar el
equipo de comunicaciones y herramientas. Era
extremadamente gruesa, estaba muy arañada pero
no tenía ningún signo de perforación. Parecía
soldada desde dentro. Tras volarla, Christine
comprobó cómo el odio hacia esos Xenomorfos
crecía hasta límites insospechados. Dentro del
almacén estaba el cadáver esquelético del Sgto.
Rawlins, con signos de una presión brutal en la
pierna derecha, partida en cuatro trozos. Su cabeza
mostraba el agujero característico que causaban las
armas láser cortas a esa distancia. Vio la escena
como si hubiera estado allí. No había salida, los
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Xenos irrumpieron en la base descuartizando a
todo ser vivo hasta entrar en la sala de lanzamiento
de balizas, donde Rawlins esperaba una muerte
segura. No se resignó y, seguramente tras luchar,
vencer y eliminar a un Xeno (a juzgar por las
heridas de su pierna), se escondió en el armario
blindado. Lo soldó con un soplete, guardado ahí
mismo, para un fin seguramente mucho menos
dramático. Debido al miedo, no comprobó que ese
armario tuviera un purificador de aire o rejilla de
ventilación, por lo que poco a poco se fue
ahogando. No resistió más, cogió su arma corta del
cinto, la colocó en su sien y… se suicidó.
Sin embargo, jamás soltó una caja negra, ni siquiera
cuando apretó el gatillo, la cual contenía una cinta
con las grabaciones de seguridad de todo el recinto.
Tras recuperar los restos de Rawlins, los cuales
serian enterrados en Absolón, Christine y sus
hombres se dirigieron al “Obscure”, con la
intención de salir de ese lugar cuanto antes.
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Antes de despegar, todos vieron la cinta. Se desató
el horror. Cientos de miles de criaturas verdosas
asaltando el perímetro de forma continuada,
seguidas por criaturas gigantescas, como un
organismo del tamaño de un Titán, el cual terminó
arrasando el complejo sin apenas mostrar un ápice
de esfuerzo. Tiranos de Enjambre arrasando
pelotones de Guardias enteros… Joder, una
verdadera masacre.
Un dato intrigó tanto a los investigadores como a
Christine: esas criaturas, aún siendo impactadas
por armas láser y cañones automáticos, preferían
devorar a sus compañeros caídos que luchar.
Hambre absoluto. Christine los bautizó como Flota
Enjambre Uróboros.
Una nueva amenaza se cierne sobre el universo,
llamada Uróboros.
Capítulo 3
Depredador. Líctor Uróboros.
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El Líctor, el cual había permanecido más de un mes
sin moverse de su posición, con un camuflaje
perfecto entre unas raíces secas de las
inmediaciones de la torre destruida, se puso en pie
y se colocó detrás del “Obscure”. Su objetivo:
conducir a la Flota Enjambre al sistema humano.
Esperó hasta que el último soldado hubiera subido
a bordo y entró en el compartimento de carga sin
producir ni el más leve ruido. A su espalda, la gran
compuerta de carga se cerró.
‐‐‐
‐Capitana, todos los hombres han subido a bordo.
‐Bien, salgamos ya de este condenado planeta.
Velocidad máxima. Estad atentos, esos cabrones
tienen que seguir ahí fuera.
‐A sus órdenes. Capitana, al no tener especímenes,
he habilitado los laboratorios como barracones
improvisados para nuestra escolta.
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‐Muy bien, pero que no rompan nada. Estaré en mi
camarote por si me necesita. Avisadme en cuanto
atravesemos la Disformidad. Como segundo, ya
sabe qué hacer.
Marcus Kerstom, segundo al mando, asintió con
una mueca de aprobación y se dispuso a cumplir
todas las órdenes de su capitana. No podía
imaginar que en menos de dos días estaría muerto.
‐‐‐
Dos días después, el Líctor escuchó la conversación
escondido en un respiradero. Supo enseguida que
esa hembra humana era la líder. Notaba su olor, su
odio, así como su miedo.
Cuando la zona de carga se hubo despejado, el
Líctor descendió de nuevo al nivel del suelo y
acechó a los dos únicos soldados que se
encontraban en la zona. Al estar separados el uno
del otro, la criatura no tardó más de un instante en
acabar con ellos. Al más cercano a la compuerta,
llamado Walter Smith, le seccionó la tráquea con
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un movimiento rápido de su garra. Antes de que
Seth Mors, el segundo soldado, se diera cuenta, el
Líctor le atravesó el pecho con una de sus
larguísimas garras, similares a las de una Mantis,
hasta empalarlo contra la pared. En una agonía
interminable, el soldado cesó su respiración. La
bestia lo soltó con un ademán despreocupado y se
dirigió a la siguiente sección de la nave, los pasillos
que conducían al área de laboratorios.
En los pasillos de conexión entre la cubierta de
carga y los laboratorios solo había cuatro científicos
y cinco soldados. Era una zona en equis, donde los
dos grandes pasillos terminaban en un punto
central común. Los lados norte, este y oeste
conducían a los laboratorios de la nave, mientras
que el espacio central estaba ocupado por un gran
ascensor que conducía a los diferentes niveles de la
nave.
La bestia se colgó del techo y se deslizó hasta la
parte central, donde se encontraban los científicos.
Con un rápido movimiento de sus garras, empaló
a los cuatro, dos en cada garra, para después
soltarlos sin causar ningún ruido.
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Solo le quedaba acabar con los cinco soldados para
terminar el área. Tres de ellos estaban en la zona
norte, mientras que los dos restantes fumaban
cerca de la zona este.
El Líctor se deshizo de ellos siguiendo la misma
táctica que con los científicos, un solo ataque
rápido y contundente. Comprobó cómo en los
laboratorios reinaba la calma, decenas de soldados
durmiendo, por lo que destrozó (de manera
silenciosa) las puertas electrónicas encerrándoles
para siempre. Esos laboratorios se convertirían en
sus tumbas. Después, abrió la parte superior del
ascensor, olfateó el ambiente y, cuando supo que
su presa se encontraba en el nivel superior,
comenzó la escalada por el hueco del ascensor.
Antes de alcanzar la parte superior, el Líctor se
entretuvo destrozando el mecanismo del ascensor,
inutilizándolo en la parte superior.
La parte superior de la nave era la más pequeña,
pues solo estaba ocupada por el camarote de la
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capitana. Una puerta blindada separaba al cazador
de la presa, por lo que la bestia buscó una entrada
en un conducto de ventilación superior.
‐‐‐
En la cubierta de mando, un malhumorado Marcus
golpeaba el ascensor.
‐¿Qué demonios le pasa a este ascensor?
‐Hace un rato funcionaba, señor. Veamos ‐suspiró‐
, parece desactivado por avería.
‐¿En qué sección?
‐Superior, camarote de la capitana.
‐Joder, algo va mal. Voy a subir desde aquí a las
dependencias de la capitana.
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‐Señor, parece que también hay problemas en las
secciones de los laboratorios, las puertas no se
abren. No hay respuesta del exterior de los
laboratorios ni desde la cubierta de carga.
‐¡Mierda!, ¡dé la alarma de una puta vez, tenemos
un intruso!
‐¡Alarma activada! ¡Señor, solo quedan dos horas
para atravesar la Disformidad y llegar al sistema
Nymeria!
Marcus se dirigió a toda velocidad por el ascensor
auxiliar, acompañado por los únicos Guardias
Imperiales que no se encontraban en los
laboratorios. Cinco en total.
Christine Hexen se encontraba dormida en su
camarote, no tenía un sueño demasiado profundo,
pero necesitaba descansar. Fue entonces cuando
escuchó la alarma de emergencias y abrió los ojos
desorbitadamente. Esa alarma en ese preciso
instante le salvó la vida. El Líctor había conseguido
entrar por un conducto de ventilación y estaba a
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escasos metros de ella. Christine solo tuvo un
instante para apartarse antes de ser empalada,
perdiendo el dedo índice y anular de su mano
derecha en el intento. Tras ahogar un grito de
dolor, el odio se apoderó de ella. Se hizo a un lado
y destrozó la puerta de su armario de una patada,
sacando torpemente con su mano izquierda una
espada sierra que solo en un par de ocasiones mas
había usado con anterioridad. La bestia se acercó,
siseando y lanzando zarpazos directos, los cuales
la habrían destripado de llegarle a dar. Antes de
que el Líctor volviera a atacar, Marcus entró por la
puerta y descargó una ráfaga de disparos contra la
criatura. Esta saltó, gritó y se dirigió al conducto,
no sin antes seccionar la cabeza de Marcus como si
fuera una lamina de papel. Su cuerpo, expulsando
sangre a borbotones, cayó contra el suelo del
camarote produciendo un ruido sordo.
‐¡Joder!, ¡encontrad a esa bestia! Le temblaban las
piernas, no podía creer que hubiera sobrevivido.
‐¡Arghhhhhhhh, socorr…!
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‐Capitana, viene de la cubierta de mando.
‐‐‐
Al fallar su objetivo primordial, el absorber la
mente de la capitana e informar a la Mente
Enjambre de dónde y cómo arrasar su mundo de
origen, la bestia decidió destruir los controles de la
nave para inutilizarla y que no pudieran escapar.
Después, solo tendría que cazar a esa humana, con
todo el tiempo a su favor.
Sin embargo, el Líctor esperó para eliminar a los
pilotos, justo después de que el “Obscure”
atravesara la Disformidad.
Después de despedazar a los pilotos, la nave entró
en el sistema Nymeria.
Christine comprobó lo que ese asesino orgánico
quería: conducir a los suyos a Nymeria. Estamos
realmente jodidos, pensó. Pero no llevaré a este
engendro a Absolón. Mientras los guardias
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disparaban a la criatura, Christine activó la orden
de autodestrucción de la nave. Diez minutos.
Tras un segundo agónico, Christine decidió que las
vidas de un sistema eran más importantes que las
de todos los de ese navío, por lo que abandono a
todos los soldados, tanto a los que luchaban con el
Líctor como a los que continuaban encerrados en
los laboratorios. Era una científica, no una
guerrera.
Christine corrió hasta alcanzar el sistema de
expulsión de emergencia, lo activó y se introdujo
en una cápsula de salvamento. Un horror
indescriptible se apoderó de ella cuando la criatura
se acercó a la cápsula contigua y se escondió en ella.
Se acabó, pensó, y rompió a llorar.
Las cápsulas salieron disparadas con el rumbo
predefinido de Absolón y, tras un breve periodo de
tiempo, el “Obscure” se desintegró en una gran
explosión, toda ella en vano.
Uróboros llegaría a Absolón.
29
Continuará...
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