Y a su abandono
mi corazón
sin causa enloquecido
echó a volar
campana de tinieblas.
Pescadores
A la orilla del agua
las amarillas cañas
tienden lazos de muerte.
El sol se duerme sin ira
100 sobre la mano
que paciente espera.
Al cabo,
un minúsculo pez
tiñe de azul
la punta del anzuelo.
Y una porción de cielo,
más pequeña
que la hoja de una rosa,
se revuelca sobre la tierra,
de muerte herida.
Inútil danza:
El pescador vuelve a hundir
su caña
y el sol, sin ira,
a dormirse en su mano…
A Horacio Quiroga 101
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria…
Allá dirán.
No se vive en la selva impunemente,
ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio…
Allá dirán.
“Nos hiere cada hora —queda escrito—,
nos mata al final”.
Unos minutos menos… ¿quién te acusa?
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías…
Allá dirán.
Sé que la mano obrera te estrecharon,
mas no, sí, Alguno, o simplemente, Pan,
que no es de fuertes renegar de su obra…
(Más que tú mismo es fuerte quien dirá).