The words you are searching are inside this book. To get more targeted content, please make full-text search by clicking here.

Gabriel García Márquez - Cien Años De Soledad (1967)

Discover the best professional documents and content resources in AnyFlip Document Base.
Search
Published by @editorialsonar, 2022-09-05 09:46:52

Gabriel García Márquez - Cien Años De Soledad (1967)

Gabriel García Márquez - Cien Años De Soledad (1967)

Llevaba malas noticias. Los últimos focos de resistencia liberal, según dijo, estaban siendo
exterminados. El coronel Aureliano Buendía, a quien había dejado batiéndose en retirada por los
lados de Riohacha, le encomendó la misión de hablar con Arcadio. Debía entregar la plaza sin
resistencia, poniendo como condición que se respetaran bajo palabra de honor la vida y las
propiedades de los liberales. Arcadio examinó con una mirada de conmiseración a aquel extraño
mensajero que habría podido confundirse con una abuela fugitiva.

-Usted, por supuesto, trae algún papel escrito -dijo.
-Por supuesto -contestó el emisario-, no lo traigo. Es fácil comprender que en las actuales
circunstancias no se lleve encima nada comprometedor.
Mientras hablaba, se sacó del corpiño y puso en la mesa un pescadito de oro. «Creo que con
esto será suficiente», dijo. Arcadio comprobó que en efecto era uno de los pescaditos hechos por
el coronel Aureliano Buendía. Pero alguien podía haberlo comprado antes de la guerra, o haberlo
robado, y no tenía por tanto ningún mérito de salvoconducto. El mensajero llegó hasta el extremo
de violar un secreto de guerra para acreditar su identidad. Reveló que iba en misión a Curazao,
donde esperaba reclutar exiliados de todo el Caribe y adquirir armas y pertrechos suficientes para
intentar un desembarco a fin de año. Confiando en ese plan, el coronel Aureliano Buendía no era
partidario de que en aquel momento se hicieran sacrificios inútiles.
Arcadio fue inflexible. Hizo encarcelar al mensajero, mientras comprobaba su identidad, y
resolvió defender la plaza hasta la muerte.
No tuvo que esperar mucho tiempo. Las noticias del fracaso liberal fueron cada vez más
concretas. A fines de marzo, en una madrugada de lluvias prematuras, la calma tensa de las
semanas anteriores se resolvió abruptamente con un desesperado toque de corneta, seguido de
un cañonazo que desbarató la torre del templo. En realidad, la voluntad de resistencia de Arcadio
era una locura. No disponía de más de cincuenta hombres mal armados, con una dotación
máxima de veinte cartuchos cada uno. Pero entre ellos, sus antiguos alumnos, excitados con
proclamas altisonantes, estaban decididos a sacrificar el pellejo por una causa perdida. En medio
del tropel de botas, de órdenes contradictorias, de cañonazos que hacían temblar la tierra, de
disparos atolondrados y de toques de corneta sin sentido, el supuesto coronel Stevenson
consiguió hablar con Arcadio. «Evíteme la indignidad de morir en el cepo con estos trapes de
mujer -le dijo-. Si he de morir, que sea pelean do.» Logró convencerlo. Arcadio ordenó que le
entregaran un arma con veinte cartuchos y lo dejaron con cinco hombres defendiendo el cuartel,
mientras él iba con su estado mayor a ponerse al frente de la resistencia. No alcanzó a llegar al
camino de la ciénaga. Las barricadas habían sido despedazadas y los defensores se batían al
descubierto en las calles, primero hasta donde les alcanzaba la dotación de los fusiles, y luego
con pistolas contra fusiles y por último cuerpo a cuerpo. Ante la inminencia de la derrota, algunas
mujeres se echaron a la calle armadas de palos y cuchillos de cocina. En aquella confusión,
Arcadio encontró a Amaranta que andaba buscándolo como una loca, en camisa de dormir, con
dos viejas pistolas de José Arcadio Buendía. Le dio su fusil a un oficial que había sido desarmado
en la refriega, y se evadió con Amaranta por una calle adyacente para llevarla a casa Úrsula
estaba en la puerta, esperando, indiferente a las descargas que habían abierto una tronera en la
fachada de la casa vecina. La lluvia cedía, pero las calles estaban resbaladizas y blandas como
jabón derretido, y había que adivinar las distancias en la oscuridad. Arcadio dejó a Amaranta con
Úrsula y trató de enfrentarse a dos soldados que soltaron una andanada ciega desde la esquina.
Las viejas pistolas guardadas muchos años en un ropero no funcionaron. Protegiendo a Arcadio
con su cuerpo, Úrsula intentó arrastrarlo hasta la casa.
-Ven, por Dios -le gritaba-. ¡Ya basta de locuras!
Los soldados los apuntaron.
-¡Suelte a ese hombre, señora -gritó uno de ellos-, o no respondemos!
Arcadio empujó a Úrsula hacia la casa y se entregó. Poco después terminaron los disparos y
empezaron a repicar las campanas. La resistencia había sido aniquilada en menos de media hora.
Ni uno solo de los hombres de Arcadio sobrevivió al asalto, pero antes de morir se llevaron por
delante a trescientos soldados. El último baluarte fue el cuartel. Antes de ser atacado, el supuesto
coronel Gregorio Stevenson puso en libertad a los presos y ordenó a sus hombres que salieran a
batirse en la calle. La extraordinaria movilidad y la puntería certera con que disparó sus veinte
cartuchos por las diferentes ventanas, dieron la impresión de que el cuartel estaba bien
resguardado, y los atacantes lo despedazaron a cañonazos. El capitán que dirigió la operación se
asombró de encontrar los escombros desiertos, y un solo hombre en calzoncillos, muerto, con el

50

































































cuando llegó a sus oídos. Con su terrible sentido práctico, ella no podía entender el negocio del
coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía las monedas de oro
en pescaditos, y así sucesivamente, de modo que tenía que trabajar cada vez más a medida que
más vendía, para satisfacer un círculo vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a él no
era el negocio sino el trabajo. Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas, incrustar
minúsculos rubíes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vacío
para llenarlo con la desilusión de la guerra. Tan absorbente era la atención que le exigía el
preciosismo de su artesanía, que en poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra,
y la posición le torció la espina dorsal y la milimetría le desgastó la vista, pero la concentración
implacable lo premió con la paz del espíritu. La última vez que se le vio atender algún asunto
relacionado con la guerra, fue cuando un grupo de veteranos de ambos partidos solicitó su apoyo
para la aprobación de las pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de
partida. «Olvídense de eso -les dijo él-. Ya ven que yo rechacé mi pensión para quitarme la
tortura de estaría esperando hasta la muerte.» Al principio, el coronel Gerineldo Márquez lo
visitaba al atardecer, y ambos se s entaban e n l a p uerta d e l a c alle a e vocar e l pasado. Pero
Amaranta no pudo soportar los recuerdos que le suscitaba aquel hombre cansado cuya calvicie lo
precipitaba al abismo de una ancianidad prematura, y lo atormentó con desaires injustos, hasta
que no volvió sino en ocasiones especiales, y desapareció finalmente anulado por la parálisis.
Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el coronel
Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que
un pacto honrado con la soledad. Se levantaba a las cinco después de un sueño superficial,
tomaba en la cocina su eterno tazón de café amargo, se encerraba todo el día en el taller, y a las
cuatro de la tarde pasaba por el corredor arrastrando un taburete, sin fijarse siquiera en el
incendio de los rosales, ni en el brillo de la hora, ni en la impavidez de Amaranta, cuya melancolía
hacia un ruido de marmita perfectamente perceptible al atardecer, y se sentaba en la puerta de la
calle hasta que se lo permitían los mosquitos. Alguien se atrevió alguna vez a perturbar su
soledad.

-¿Cómo está, coronel? -le dijo al pasar.
-Aquí -contestó él-. Esperando que pase mi entierro. De modo que la inquietud causada por la
reaparición pública de su apellido, a propósito del reinado de Remedios, la bella, carecía de
fundamento real. Muchos, sin embargo, no lo creyeron así. Inocente de la tragedia que lo
amenazaba, el pueblo se desbordó en la plaza pública, en una bulliciosa explosión de alegría. El
carnaval había alcanzado su más alto nivel de locura, Aureliano Segundo había satisfecho por fin
su sueño de disfrazarse de tigre y andaba feliz entre la muchedumbre desaforada, ronco de tanto
roncar, cuando apareció por el camino de la ciénaga una comparsa multitudinaria llevando en
andas doradas a la mujer más fascinante que hubiera podido concebir la imaginación. Por un
momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la
deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una
autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón. No faltó
quien tuviera la suficiente clarividencia para sospechar que se trataba de una provocación. Pero
Aureliano Segundo se sobrepuso de inmediato a la perplejidad, declaró huéspedes de honor a los
recién llegados, y sentó salomónicamente a Remedios, la bella, y a la reina intrusa en el mismo
pedestal. Hasta la medianoche, los forasteros disfrazados de beduinos participaron del delirio y
hasta lo enriquecieron con una pirotecnia suntuosa y unas virtudes acrobáticas que hicieron pen-
sar en las artes de los gitanos. De pronto, en el paroxismo de la fiesta, alguien rompió el delicado
equilibrio.
-¡Viva el partido liberal! -gritó-. ¡Viva el coronel Aureliano Buendía!
Las descargas de fusilería ahogaron el esplendor de los fuegos artificiales, y los gritos de terror
anularon la música, y el júbilo fue aniquilado por el pánico. Muchos años después seguiría
afirmándose que la guardia real de la soberana intrusa era un escuadrón del ejército regular que
debajo de sus ricas chilabas escondían fusiles de reglamento. El gobierno rechazó el cargo en un
bando extraordinario y prometió una investigación terminante del episodio sangriento. Pero la
verdad no se esclareció nunca, y prevaleció para siempre la versión de que la guardia real,
sin provocación de ninguna índole, tomó posiciones de combate a una seña de su comandante y
disparó sin piedad contra la muchedumbre. Cuando se restableció la calma, no quedaba en el
pueblo uno solo de los falsos beduinos, y quedaron tendidos en la plaza, entre muertos y heridos,
nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares

83



























-Está muy alto -lo previno ella, asustada-. ¡Se va a matar! Las tejas podridas se despedazaron
en un estrépito de desastre, y el hombre apenas alcanzó a lanzar un grito de terror, y se rompi ó
el cráneo y murió sin agonía en el piso de cemento. Los forasteros que oyeron el estropicio en el
comedor, y se apresuraron a llevarse el cadáver, percibieron en su piel el sofocante olor de
Remedios, la bella. Estaba tan compenetrado con El cuerpo, que las grietas del cráneo no
manaban sangre sino un aceite ambarino impregnado de aquel perfume secreto, y entonces
comprendieron que el olor de Remedios, la bella, seguía torturando a los hombres más allá de la
muerte, hasta el polvo de sus huesos. Sin embargo, no relacionaron aquel accidente de horror
con los otros dos hombres que habían muerto por Remedios, la bella. Faltaba todavía una víctima
para que los forasteros, y muchos de los antiguos habitantes de Macondo, dieran crédito a la
leyenda de que Remedios Buendía no exhalaba un aliento de amor, si no un flujo mortal La
ocasión de comprobarlo se presentó meses después una tarde en que Remedios, la bella, fue con
un grupo de amigas a conocer las nuevas plantaciones. Para la gente de Macondo era una
distracción reciente recorrer las húmedas e interminables avenidas bordeadas de bananos, donde
el silencio parecía llevado de otra parte, todavía sin usar, y era por eso tan torpe para transmitir
la voz. A veces no se entendía muy bien lo dicho a medio metro de distancia, y, sin embargo,
resultaba perfectamente comprensible al otro extremo de la plantación. Para las muchachas de
Macondo aquel juego novedoso era motivo de risas y sobresaltos, de sustos y burlas, y por las
noches se hablaba del paseo como de una experiencia de sueño. Era tal el prestigio de aquel
silencio, que Úrsula no tuvo corazón para privar de la diversión a Remedios, la bella, y le permitió
ir una tarde, siempre que se pusiera un sombrero y un traje adecuado. Desde que el grupo de
amigas entró a la plantación, el aire se impregnó de una fragancia mortal. Los hombres que
trabajaban en las zanjas se sintieron poseídos por una rara fascinación, amenazados por un
peligro invisible, y muchos sucumbieron a los terribles deseos de llorar. Remedios, la bella, y, sus
espantadas amigas, lograron refugiarse en una casa próxima cuando estaban a punto de ser
asaltadas por un tropel de machos feroces. Poco después fueron rescatadas por los cuatro
Aurelianos, cuyas cruces de ceniza infundían un respeto sagrado, como si fueran una marca de
casta, un sello de invulnerabilidad. Remedios, la bella, no le contó a nadie que uno de los
hombres, aprovechando el tumulto, le alcanzó a agredir El vientre con una mano que más bien
parecía una garra de águila aferrándose al borde de un precipicio. Ella se enfrentó al agresor en
una especie de deslumbramiento instantáneo, y vio los ojos desconsolados que quedaron
impresos en su corazón como una brasa de lástima. Esa noche, el hombre se jactó de su audacia
y presumió de su suerte en la Calle de los Turcos, minutos antes de que la patada de un caballo
le destrozara el pecho, y una muchedumbre de forasteros lo viera agonizar en mitad de la calle,
ahogándose en vómitos de sangre.

La suposición de que Remedios, la bella, poseía poderes de muerte, estaba entonces
sustentada por cuatro hechos irrebatibles. Aunque algunos hombres ligeros de palabra se compla-
cían en decir que bien valía sacrificar la vida por una noche de amor con tan conturbadora mujer,
la verdad fue que ninguno hizo esfuerzos por conseguirlo. Tal vez, no sólo para rendirla sino
también para conjurar sus peligros, habría bastado con un sentimiento tan primitivo y simple
como el amor, pero eso fue lo único que no se le ocurrió a nadie. Úrsula no volvió o ocuparse de
ella. En otra época, cuando todavía no renunciaba al propósito de salvarla para el mundo, procuró
que se interesara por los asuntos elementales de la casa. «Los hombres piden más de lo que tú
crees -le decía enigmáticamente. Hay mucho que cocinar, mucho que barrer, mucho que sufrir
por pequeñeces, además de lo que crees.» En el fondo se engañaba a si misma tratando de
adiestraría para la felicidad doméstica, porque estaba convencida de que una vez satisfecha la
pasión, no había un hombre sobre la tierra capaz de soportar así fuera por un día una negligencia
que estaba más allá de toda comprensión. El nacimiento del último José Arcadio, y su inque-
brantable voluntad de educarlo para Papa, terminaron por hacerla desistir de sus preocupaciones
por la bisnieta. La abandonó a su suerte, confiando que tarde o temprano ocurriera un milagro, y
que en este mundo donde había de todo hubiera también un hombre con suficiente cachaza para
cargar con ella. Ya desde mucho antes, Amaranta había renunciado a toda tentativa de
convertirla en una mujer útil. Desde las tardes olvidadas del costurero, cuando la sobrina apenas
se interesaba por darle vuelta a la manivela de la máquina de coser, llegó a la conclusión simple
de que era boba. «Vamos a tener que rifarte», le decía, perpleja ante su impermeabilidad a la
palabra de los hombres. Más tarde, cuando Úrsula se empeñó en que Remedios, la bella, asistiera
a misa con la cara cubierta con una mantilla, Amaranta pensó que aquel recurso misterioso re-

97


Click to View FlipBook Version