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Fábulas
F.M. SAMANIEGO
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Mariana Garcés Córdoba incluyendo las ilustraciones,
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F.M. Samaniego
editor
Iván Hernández
coordinadora editorial
Laura Pérez
ilustradora
Daniela Gallego
comité editorial
Consuelo Gaitán
Iván Hernández
Jorge Orlando Melo
Moisés Melo
***
Primera edición, 2017
isbn 978-958-5419-06-3
5 _ El león enamorado 20 _ El asno y el lobo
_ El asno y el caballo 21 _ El perro y el cocodrilo
6 _ El lobo y la oveja _ El pescador y el pez
_ La serpiente y la lima 22 _ El asno sesudo
8 _ El parto de los montes 23 _ El león vencido
_ La cigarra y la hormiga por el hombre
10 _ El jabalí y la zorra _ El cazador y la perdiz
_ Los dos amigos y el oso 24 _ La alforja
11 _ El lobo y la cigüeña _ La hacha y el mango
12 _ El viejo y la muerte 25 _ El búho y el hombre
_ El león y el ratón 26 _ La codorniz
13 _ El hombre y la culebra 27 _ El león, el lobo y la zorra
_ El gorrión y la liebre 28 _ El cerdo, el carnero
15 _ La cierva y la viña y la cabra
_ El asno y el perro 29 _ El muchacho y la fortuna
16 _ La tortuga y el águila _ El camello y la pulga
_ Júpiter y la tortuga 30 _ La lechera
18 _ El león y la zorra
_ El ciervo en la fuente
el león enamorado el asno y el caballo
Amaba un León a una zagala hermosa; «¡Ah! ¡quién fuese Caballo!” 5
Pidióla por esposa Un Asno melancólico decía;
A su padre, pastor, urbanamente. “Entonces sí que nadie me vería
El hombre, temeroso mas prudente, Flaco, triste y fatal como me hallo.
Le respondió: «Señor, en mi conciencia,
Que la muchacha logra conveniencia; Tal vez un caballero
Pero la pobrecita, acostumbrada Me mantendría ocioso y bien comido
A no salir del prado y la majada, Dándose su merced por muy servido
Entre la mansa oveja y el cordero, Con corvetas y saltos de carnero.
Recelará tal vez que seas fiero.
No obstante, bien podremos, si consientes, Trátanme ahora como vil y bajo;
Cortar tus uñas y limar tus dientes, De risa sirve mi contraria suerte;
Y así verá que tiene tu grandeza Quien me apalea más, más se divierte,
Cosas de majestad, no de fiereza.» Y menos como cuando más trabajo.
Consiente el manso León enamorado,
Y el buen hombre lo deja desarmado; No es posible encontrar sobre la tierra
Da luego su silbido: Infeliz como yo.» Tal se juzgaba,
Llegan el Matalobos y Atrevido, Cuando al Caballo ve cómo pasaba,
Perros de su cabaña; de esta suerte Con su jinete y armas, a la guerra.
Al indefenso León dieron la muerte.
Entonces conoció su desatino,
Un cuarto apostaré a que en este instante Rióse de corvetas y regalos,
Dice, hablando del León, algún amante,
Que de la misma muerte haría gala, Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos,
Con tal que se la diese la zagala. No me saquen los dioses de Pollino.»
Deja, Fabio, el amor, déjalo luego;
Mas hablo en vano, porque, siempre ciego,
No ves el desengaño,
Y así te entregas a tu propio daño.
el lobo y la oveja
Cruzando montes y trepando cerros,
Aquí mato, allí robo,
Andaba cierto Lobo,
Hasta que dio en las manos de los perros.
Mordido y arrastrado
Fue de sus enemigos cruelmente;
Quedó con vida milagrosamente,
Mas inválido, al fin, y derrotado.
Iba el tiempo curando su dolencia;
El hambre al mismo tiempo le afligía;
Pero como cazar aún no podía,
Con las yerbas hacía penitencia.
Una Oveja pasaba, y él la dice:
«Amiga, ven acá, llega al momento;
Enfermo estoy y muero de sediento:
6 Socorre con el agua a este infelice.»
«¿Agua quieres que yo vaya a llevarte?» la serpiente y la lima
Le responde la Oveja recelosa;
«Dime pues una cosa:
¿Sin duda que será para enjuagarte, En casa de un cerrajero
Limpiar bien el garguero, Entró la Serpiente un día,
Abrir el apetito, Y la insensata mordía
Y tragarme después como a un pollito? En una Lima de acero.
Anda, que te conozco, marrullero.» Díjole la Lima: «El mal,
Así dijo, y se fue; si no, la mata. Necia, será para ti;
¿Cómo has de hacer mella en mí,
¡Cuánto importa saber con quién se trata! Que hago polvos el metal?»
Quien pretende sin razón
Al más fuerte derribar
No consigue sino dar
Coces contra el aguijón.
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el parto de los montes
Con varios ademanes horrorosos
Los montes de parir dieron señales;
Consintieron los hombres temerosos
Ver nacer los abortos más fatales.
Después que con bramidos espantosos
Infundieron pavor a los mortales,
Estos montes, que al mundo estremecieron,
Un ratoncillo fue lo que parieron.
Hay autores que en voces misteriosas
Estilo fanfarrón y campanudo
Nos anuncian ideas portentosas;
Pero suele a menudo
Ser el gran parto de su pensamiento,
Después de tanto ruido sólo viento.
la cigarra y la hormiga
Cantando la Cigarra Nunca conoció el daño, 9
Pasó el verano entero, Nunca supo temerlo.
Sin hacer provisiones No dudéis en prestarme;
Allá para el invierno; Que fielmente prometo
Los fríos la obligaron Pagaros con ganancias,
A guardar el silencio Por el nombre que tengo.»
Y a acogerse al abrigo La codiciosa Hormiga
De su estrecho aposento. Respondió con denuedo,
Viose desproveída Ocultando a la espalda
Del preciso sustento: Las llaves del granero:
Sin mosca, sin gusano, «¡Yo prestar lo que gano
Sin trigo, sin centeno. Con un trabajo inmenso!
Habitaba la Hormiga Dime, pues, holgazana,
Allí tabique en medio, ¿Qué has hecho en el buen
Y con mil expresiones
De atención y respeto tiempo?»
La dijo: «Doña Hormiga, «Yo, dijo la Cigarra,
Pues que en vuestro granero A todo pasajero
Sobran las provisiones Cantaba alegremente,
Para vuestro alimento, Sin cesar ni un momento.»
Prestad alguna cosa «¡Hola! ¿conque cantabas
Con que viva este invierno Cuando yo andaba al remo?
Esta triste Cigarra, Pues ahora, que yo como,
Que alegre en otro tiempo, Baila, pese a tu cuerpo.»
los dos amigos y el oso
A dos Amigos se aparece un Oso:
El uno, muy medroso,
En las ramas de un árbol se asegura;
El otro, abandonado a la ventura,
Se finge muerto repentinamente.
El Oso se le acerca lentamente;
Mas como este animal, según se cuenta,
De cadáveres nunca se alimenta,
Sin ofenderlo lo registra y toca,
10 Huélele las narices y la boca;
No le siente el aliento,
el jabalí y la zorra Ni el menor movimiento;
Y así, se fue diciendo sin recelo:
«Este tan muerto está como mi abuelo.»
Sus horribles colmillos aguzaba Entonces el cobarde,
Un Jabalí en el tronco de una encina. De su grande amistad haciendo alarde,
La Zorra, que vecina Del árbol se desprende muy ligero,
Del animal cerdoso se miraba, Corre, llega y abraza al compañero,
Le dice: «Extraño el verte, Pondera la fortuna
Siendo tú en paz señor de la bellota, De haberle hallado sin lesión alguna,
Cuando ningún contrario te alborota, Y al fin le dice: «Sepas que he notado
Que tus armas afiles de esa suerte.» Que el Oso te decía algún recado.
¿Qué pudo ser?» «Diréte lo que ha sido;
La fiera respondió: «Tenga entendido Estas dos palabritas al oído:
Que en la paz se prepara el buen guerrero,
Así como en la calma el marinero, Aparta tu amistad de la persona
Y que vale por dos el prevenido.» Que si te ve en el riesgo, te abandona.»
el lobo y la cigüeña
Sin duda alguna que se hubiera ahogado
Un Lobo con un hueso atragantado,
Si a la sazón no pasa una Cigüeña.
El paciente la ve, hácela seña;
Llega, y ejecutiva,
Con su pico, jeringa primitiva,
Cual diestro cirujano,
Hizo la operación y quedó sano.
Su salario pedía,
Pero el ingrato Lobo respondía:
«<Tu salario? Pues ¿qué más recompensa
Que el no haberte causado leve ofensa,
Y dejarte vivir para que cuentes
Que pusiste tu vida entre mis dientes?»
Marchó por evitar una desdicha,
Sin decir tus ni mus, la susodicha.
Haz bien, dice el proverbio castellano,
Y no sepas a quién; pero es muy llano
Que no tiene razón ni por asomo:
Es menester saber a quién y cómo.
El ejemplo siguiente
Nos hará esta verdad más evidente.
el viejo y la muerte el león y el ratón
Entre montes, por áspero camino, Estaba un Ratoncillo aprisionado
Tropezando con una y otra peña, En las garras de un León; el desdichado
Iba un Viejo cargado con su leña, En la tal ratonera no fue preso
Maldiciendo su mísero destino. Por ladrón de tocino ni de queso,
Al fin cayó, y viéndose de suerte Sino porque con otros molestaba
Que apenas levantarse ya podía, Al León, que en su retiro descansaba.
Llamaba con colérica porfía Pide perdón, llorando su insolencia;
Una, dos y tres veces a la Muerte. Al oír implorar la real clemencia,
Armada de guadaña, en esqueleto, Responde el Rey en majestuoso tono,
La Parca se le ofrece en aquel punto; No dijera más Tito: «Te perdono.»
Pero el Viejo, temiendo ser difunto, Poco después cazando el León tropieza
Lleno más de terror que de respeto, En una red oculta en la maleza;
Trémulo la decía y balbuciente: Quiere salir, mas queda prisionero,
«Yo ... señora... os llamé desesperado; Atronando la selva ruge fiero.
Pero...» «Acaba; ¿qué quieres, El libre ratoncillo, que lo siente,
12 desdichado?» Corriendo llega, roe diligente
«Que me cargues la leña solamente.» Los nudos de la red de tal manera,
Que al fin rompió los grillos de la fiera.
Tenga paciencia quien se cree infelice;
Que aun en la situación más lamentable Conviene al poderoso
Es la vida del hombre siempre amable: Para los infelices ser piadoso;
El Viejo de la leña nos lo dice. Tal vez se puede ver necesitado
Del auxilio de aquel más desdichado.
el hombre y la culebra el gorrión y la liebre
A una Culebra que, de frío yerta, Un maldito Gorrión así decía
En el suelo yacía medio muerta A una Liebre que una Águila oprimía:
Un labrador cogió; mas fue tan bueno, «No eres tú tan ligera,
Que incautamente la abrigó en su seno. Que si el perro te sigue en la carrera,
Apenas revivió, cuando la ingrata Lo acarician y alaban como al cabo
A su gran bienhechor traidora mata. Acerque sus narices a tu rabo?
Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?»
De este modo la insulta, cuando viene
El diestro Gavilán y la arrebata.
El preso chilla, el prendedor lo mata;
Y la Liebre exclamó: «Bien merecido.
¿Quién te mandó insultar al afligido,
Y a más, a más meterte a consejero,
No sabiendo mirar por ti primero?»
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la cierva y la viña el asno y el perro
Huyendo de enemigos cazadores Un Perro y un Borrico caminaban, 15
Una Cierva ligera; Sirviendo a un mismo dueño;
Siente ya fatigada en la carrera Rendido éste del sueño,
Más cercanos los perros y ojeadores. Se tendió sobre el prado que pasaban.
No viendo la infeliz algún seguro El Borrico entretanto aprovechado
Y vecino paraje Descansa y pace; mas el Perro, hambriento,
De gruta o de ramaje, «Bájate, le decía, buen jumento;
Crece su timidez, crece su apuro. Pillaré de la alforja algún bocado.»
Al fin, sacando fuerzas de flaqueza, El Asno se le aparta como en chanza;
Continúa la fuga presurosa; El Perro sigue al lado del Borrico,
Halla al paso una Viña muy frondosa, Levantando las manos y el hocico,
Y en lo espeso se oculta con presteza. Como perro de ciego cuando danza.
Cambia el susto y pesar en alegría, «No seas bobo, el Asno le decía;
Viéndose a paz y a salvo en tan buen hora. Espera a que nuestro amo se despierte,
Olvida el bien, y de su defensora Y será de esta suerte
Los frescos verdes pámpanos comía. El hambre más, mejor la compañía.»
Mas ¡ay! que de esta suerte, Desde el bosque entre tanto
Quitando ella las hojas de delante, sale un lobo:
Abrió puerta a la flecha penetrante, Pide el Asno favor al compañero;
Y el listo Cazador la dio la muerte. En lugar de ladrar, el marrullero
Con fisga respondió: «No seas bobo;
Castigó con la pena merecida Espera a que nuestro amo
El justo cielo a la cierva ingrata. se despierte;
Mas ¿qué puede esperar el que maltrata Que pues me aconsejaste la paciencia,
Al mismo que le está dando la vida? Yo la sabré tener en mi conciencia,
Al ver al lobo que te da la muerte.»
El Pollino murió, no hay que dudarlo;
Mas si resucitara
Corriendo el mundo a todos predicara:
Prestad auxilio si queréis hallarlo.
la tortuga y el águila
Una Tortuga a una Águila rogaba
La enseñase a volar; así la hablaba:
«Con sólo que me des cuatro lecciones,
Ligera volaré por las regiones;
Ya remontando el vuelo
Por medio de los aires hasta el cielo,
Veré cercano al sol y las estrellas,
Y otras cien cosas bellas;
Ya rápida bajando, júpiter y la tortuga
De ciudad en ciudad iré pasando;
Y de este fácil, delicioso modo,
Lograré en pocos días verlo todo.» A las bodas de Júpiter estaban
El Águila se rió del desatino; Todos los animales convidados:
Le aconseja que siga su destino, Unos y otros llegaban
Cazando torpemente con paciencia, A la fiesta nupcial apresurados.
16 Pues lo dispuso así la Providencia. No faltaba a tan grande concurrencia
Ella insiste en su antojo ciegamente. Ni aun la reptil y más lejana oruga,
La reina de las aves prontamente Cuando llega muy tarde y con paciencia,
La arrebata, la lleva por las nubes. A paso perezoso, la Tortuga.
«Mira, la dice, mira cómo subes.» Su tardanza reprende el dios airado,
Y al preguntarla, dijo, «¿vas contenta?» Y ella le respondió sencillamente:
Se la deja caer y se revienta. «Si es mi casita mi retiro amado,
¿Cómo podré dejarla prontamente?»
Para que así escarmiente Por tal disculpa Júpiter tonante,
Quien desprecia el consejo del prudente. Olvidando el indulto de las fiestas,
La ley del caracol le echó al instante,
Que es andar con la casa siempre
a cuestas.
Gentes machuchas hay que hacen alarde
De que aman su retiro con exceso;
Pero a su obligación acuden tarde:
Viven como el ratón dentro del queso.
tiene la cabeza muy
cerca al margen d1e7
corte.... dale más
espacio
el león y la zorra el ciervo en la fuente
Un León en otro tiempo poderoso, Un Ciervo se miraba
Ya viejo y achacoso, En una hermosa cristalina Fuente;
En vano perseguía, hambriento y fiero, Placentero admiraba
Al mamón Becerrillo y al Cordero, Los enramados cuernos de su frente,
Que trepando por la áspera montaña, Pero al ver sus delgadas, largas piernas,
Huían libremente de su saña. Al alto cielo daba quejas tiernas.
Afligido de la hambre a par de muerte, «¡Oh dioses! ¿A qué intento,
Discurrió su remedio de esta suerte: A esta fábrica hermosa de cabeza
Hace correr la voz de que se hallaba Construir su cimiento
Enfermo en su palacio, y deseaba Sin guardar proporción en la belleza?
Ser de los animales visitado. ¡Oh qué pesar! ¡Oh qué dolor profundo!
Acudieron algunos de contado; ¡No haber gloria cumplida en este mundo!»
Mas como el grave mal que lo postraba Hablando de esta suerte
Era un hambre voraz, tan sólo usaba El Ciervo, vio venir a un lebrel fiero.
La receta exquisita Por evitar su muerte,
18 De engullirse al monsieur de la visita. Parte al espeso bosque muy ligero;
Acércase la Zorra de callada, Pero el cuerno retarda su salida,
Y a la puerta asomada, Con una y otra rama entretejida.
Atisba muy despacio Mas libre del apuro
La entrada de aquel cóncavo palacio. A duras penas, dijo con espanto:
El León la divisó, y en el momento «Si me veo seguro,
Le dice: «Ven acá; pues que me siento Pese a mis cuernos, fue por correr tanto;
En el último instante de mi vida, Lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos,
Visítame como otros, mi querida.» Haga mis feos pies el cielo eternos:»
«¡Como otros! ¡Ah señor! he conocido
Que entraron, sí, pero no han salido. Así frecuentemente
Mirad, mirad la huella, El hombre se deslumbra con lo hermoso;
Bien claro lo dice ella; Elige lo aparente,
Y no es bien el entrar do no se sale.» Abrazando tal vez lo más dañoso;
Pero escarmiente ahora en tal cabeza.
La prudente cautela mucho vale. El útil bien es la mejor belleza.
el asno y el lobo
Un Burro cojo vio que le seguía Con su estuche molar desenvainado
Un Lobo cazador, y no pudiendo El nuevo profesor llega al doliente;
Huir de su enemigo, le decía: «Amigo Mas éste le dispara de contado
Lobo, yo me estoy muriendo; Una coz que le deja sin un diente.
Me acaban por instantes los dolores Escapa el cojo, pero el triste herido
De este maldito pie de que cojeo; Llorando se quedó su desventura.
Si yo no me valiese de herradores, «¡Ay infeliz de mí! bien merecido
No me vería así como me veo. El pago tengo de mi gran locura.
Y pues fallezco, sé caritativo; Yo siempre me llevé el mejor bocado
Sácame con los dientes este clavo, En mi oficio de Lobo carnicero;
Muera yo sin dolor tan excesivo, Pues si puedo vivir tan regalado,
Y cómeme después de cabo a rabo.» A qué meterme ahora a curandero?»
«¡Oh! dijo el cazador con ironía,
Contando con la presa ya en la mano, Hablemos en razón: no tiene juicio
No solamente sé la anatomía, Quien deja el propio por ajeno oficio.
20 Sino que soy perfecto cirujano.
El caso es para mí una patarata,
La operación no más que de un
momento;
Alargue bien la pata,
Y no se me acobarde, buen Jumento.»
el perro y el cocodrilo el pescador y el pez
Bebiendo un Perro en el Nilo, Recoge un Pescador su red tendida,
Al mismo tiempo corría. Y saca un pececillo. «Por tu vida,
«Bebe quieto», le decía Exclamó el inocente prisionero,
Un taimado Cocodrilo. Dame la libertad: sólo la quiero,
Díjole el Perro prudente: Mira que no te engaño,
«Dañoso es beber y andar; Porque ahora soy ruín; dentro de un año
Pero ¿es sano el aguardar Sin duda lograrás el gran consuelo
A que me claves el diente?» De pescarme más grande que mi abuelo.
¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto?
¡Oh qué docto Perro viejo! Sólo por otro tanto
Yo venero su sentir A un hermanito mío
En esto de no seguir Un Señor pescador lo tiró al río.»
Del enemigo el consejo. «¿Por otro tanto al río? ¡qué manía!
Replicó el pescador: ¿pues no sabía
Que el refrán castellano 21
Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...!
A sartén te condeno; que mi panza
No se llena jamás con la esperanza.»
el asno sesudo
22 Cierto Burro pacía ¿Servir aquí o allí no es todo uno?
En la fresca y hermosa pradería ¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Con tanta paz como si aquella tierra Pues nada pierdo, nada me acobarda;
No fuese entonces teatro de la guerra. Siempre seré un esclavo con albarda.»
Su dueño, que con miedo lo guardaba, No estuvo más en sí ni más entero
De centinela en la ribera estaba. Que el buen Pollino Amiclas el Barquero,
Divisa al enemigo en la llanura, Cuando en su humilde choza le despierta
Baja, y al buen Borrico le conjura César, con sus soldados a la puerta,
Que huya precipitado. Para que a la Calabria los guiase.
El Asno, muy sesudo y reposado, ¿Se podría encontrar quien no temblase
Empieza a andar a paso perezoso. Entre los poderosos
Impaciente su dueño y temeroso De insultos militares horrorosos
Con el marcial ruido De la guerra enemiga?
De bélicas trompetas al oído, No hay sino la pobreza que consiga
Le exhorta con fervor a la carrera. Esta gran exención: de aquí le viene.
«¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera;
Que llegue en hora buena Marte fiero; Nada teme perder quien nada tiene.
Me rindo, y él me lleva prisionero.
el león vencido
por el hombre
Cierto artífice pintó
Una lucha, en que valiente
Un Hombre tan solamente
A un horrible León venció.
Otro león, que el cuadro vio,
Sin preguntar por su autor,
En tono despreciador
Dijo: «Bien se deja ver
Que es pintar como querer,
Y no fue león el pintor.»
el cazador y la perdiz 23
Una Perdiz en celo reclamada
Vino a ser en la red aprisionada.
Al Cazador la mísera decía:
«Si me das libertad, en este día
Te he de proporcionar un gran consuelo.
Por ese campo extenderé mi vuelo;
Juntaré a mis amigas en bandadas,
Que guiaré a tus redes, engañadas,
Y tendrás, sin costarte dos ochavos,
Doce perdices como doce pavos.»
«¡Engañar y vender a tus amigas!
¿Y así crees que me obligas?
Respondió el Cazador; pues no, señora;
Muere, y paga la pena de traidora.»
La Perdiz fue bien muerta; no es dudable.
La traición, aun soñada, es detestable.
la alforja la hacha y el mango
En una Alforja al hombro Un hombre que en el bosque se miraba
Llevo los vicios: Con una Hacha sin Mango, suplicaba
Los ajenos delante, A los árboles diesen la madera
Detrás los míos. Que más sólida fuera
Esto hacen todos; Para hacerle uno fuerte y muy durable.
Así ven los ajenos, Al punto la arboleda innumerable
Mas no los propios. Le cedió el acebuche; y él, contento,
Perfeccionando luego su instrumento,
De rama en rama va cortando a gusto
Del alto roble el brazo más robusto.
Ya los árboles todos recorría,
Y mientras los mejores elegía,
Dijo la triste encina al fresno: «Amigo:
Infeliz del que ayuda a su enemigo»
el búho y el hombre El Hombre dijo así; ten entendido
Que las aves, muy lejos de admirarte,
Vivía en un granero retirado Te siguen y rodean por burlarte.
Un reverendo Búho, dedicado De ignorante orgulloso te motejan,
A sus meditaciones, Como yo a aquellos hombres que se alejan
Sin olvidar la caza de ratones. Del trato de las gentes,
Se dejaba ver poco, mas con arte: Y con extravagancias diferentes
Al Gran Turco imitaba en esta parte. Han llegado a doctores en la ciencia
El dueño del granero De ser sabios no más que en la apariencia.»
Por azar advirtió que en un madero De esta suerte de locos
El pájaro nocturno Hay hombres como búhos, y no pocos.
Con gravedad estaba taciturno.
El Hombre le miraba y se reía;
«¡Qué carita de pascua! le decía;
¿Puede haber más ridículo visaje?
Vaya, que eres un raro personaje.
¿Por qué no has de vivir alegremente
Con la pájara gente,
Seguir desde la aurora
A la turba canora
De jilgueros, calandrias, ruiseñores,
Por valles, fuentes, árboles y flores?»
«Piensas a lo vulgar, eres un necio,
Dijo el solemne Búho con desprecio;
Mira, mira, ignorante,
A la sabiduría en mi semblante:
Mi aspecto, mi silencio, mi retiro,
Aun yo mismo lo admiro.
Si rara vez me digno, como sabes,
De visitar la luz, todas las aves
Me siguen y rodean: desde luego
Mi mérito conocen, no lo niego.»
«¡Ah tonto presumido!,
la codorniz Pues que perdí la vida.
¿Por qué desgracia tanta?
Presa en estrecho lazo ¿Por qué tanta desdicha?
La Codorniz sencilla, ¡Por un grano de trigo!
Daba quejas al aire, ¡Oh cara golosina!»»
Ya tarde arrepentida.
«¡Ay de mí miserable El apetito ciego
Infeliz avecilla, ¡A cuántos precipita,
Que antes cantaba libre, Que por lograr un nada,
Y ya lloro cautiva! Un todo sacrifican!
Perdí mi nido amado,
Perdí en él mis delicias,
Al fin perdilo todo,
el león, el lobo
y la zorra
Trémulo y achacoso En mi viaje traté gentes de ciencia 27
A fuerza de años un León estaba; Sobre vuestra dolencia.
Hizo venir los médicos, ansioso Convienen pues los grandes profesores
De ver si alguno de ellos le curaba. En que no tenéis vicio en los humores,
De todas las especies y regiones Y que sólo los años han dejado
Profesores llegaban a millones. El calor natural algo apagado;
Todos conocen incurable el daño; Pero éste se recobra y vivifica
Ninguno al Rey propone el desengaño; Sin fastidio, sin drogas de botica,
Cada cual sus remedios le procura, Con un remedio simple, liso y llano,
Como si la vejez tuviese cura. Que vuestra majestad tiene en la mano.
Un Lobo cortesano A un Lobo vivo arránquenle el pellejo,
Con tono adulador y fin torcido Y mandad que os le apliquen al instante,
Dijo a su Soberano: Y por más que estéis débil, flaco y viejo,
«He notado, Señor, que no ha asistido Os sentiréis robusto y rozagante,
La Zorra como médico al congreso, Con apetito tal, que sin esfuerzo
Y pudiera esperarse buen suceso El mismo Lobo os servirá de almuerzo.»
De su dictamen en tan grave asunto.» Convino el Rey, y entre el furor y el hierro
Quiso su Majestad que luego al punto Murió el infeliz Lobo como un perro.
Por la posta viniese;
Llega, sube a palacio, y como viese Así viven y mueren cada día
Al Lobo, su enemigo, ya instruida En su guerra interior los palaciegos
De que él era autor de su venida, Que con la emulación rabiosa ciegos
Que ella excusaba cautelosamente, Al degüello se tiran a porfía.
Inclinándose al Rey profundamente, Tomen esta lección muy oportuna:
Dijo: «Quizá, Señor, no habrá faltado Lleguen a la privanza enhorabuena,
Quien haya mi tardanza acriminado; Mas labren su fortuna
Mas será porque ignora Sin cimentarla en la desgracia ajena.
Que vengo de cumplir un voto ahora,
Que por vuestra salud tenía hecho;
Y para más provecho,
el cerdo, el carnero y la cabra
28 Poco antes de morir el corderillo El carretero al gruñidor le dice:
Lame alegre la mano y el cuchillo «¿No miras al Carnero y a la Cabra,
Que han de ser de su muerte el Que vienen sin hablar una palabra?»
instrumento, «¡Ay, señor, le responde, ya lo veo!
Y es feliz hasta el último momento. Son tontos y no piensan.
Así, cuando es el mal inevitable, Yo preveo nuestra muerte cercana.
Es quien menos prevé más envidiable. A los dos por la leche y por la lana
Bien oportunamente mi memoria Quizá no matarán tan prontamente;
Me presenta al Lechón de cierta historia. Pero a mí, que soy bueno solamente
Al mercado llevaba un carretero Para pasto del hombre... no lo dudo:
Un Marrano, una Cabra y un Carnero. Mañana comerán de mi menudo.
Con perdón, el Cochino Adiós, pocilga; adiós, gamella mía.»
Clamaba sin cesar en el camino: Sutilmente su muerte preveía.
«¡Ésta sí que es miseria! Mas ¿qué lograba el pensador Marrano?
Perdido soy, me llevan a la feria.» Nada, sino sentirla de antemano.
Así gritaba; mas ¡con qué gruñidos!
No dio en su esclavitud tales gemidos El dolor ni los ayes es seguro
Hécuba la infelice. Que no remediarán el mal futuro.
el muchacho y la fortuna el camello y la pulga
A la orilla de un pozo, Al que ostenta valimiento 29
Sobre la fresca yerba, Cuando su poder es tal,
Un incauto Mancebo Que ni influye en bien ni en mal,
Dormía a pierna suelta. Le quiero contar un cuento.
Gritóle la Fortuna: En una larga jornada
«Insensato, despierta; Un Camello muy cargado
¿No ves que ahogarte puedes, Exclamó, ya fatigado:
A poco que te muevas? «¡Oh qué carga tan pesada!»
Por ti y otros canallas Doña Pulga, que montada
A veces me motejan, Iba sobre él, al instante
Los unos de inconstante, Se apea, y dice arrogante:
Y los otros de adversa. «Del peso te libro yo.»
El Camello respondió:
Reveses de Fortuna «Gracias, señor elefante.»
Llamáis a las miserias;
¿Por qué, si son reveses
De la conducta necia?»
la lechera
Llevaba en la cabeza Que salte y corra toda la campaña,
Una Lechera el cántaro al mercado Hasta el monte cercano a la cabaña.»
Con aquella presteza, Con este pensamiento
Aquel aire sencillo, aquel agrado, Enajenada, brinca de manera,
Que va diciendo a todo el que lo advierte Que a su salto violento
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!» El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
Porque no apetecía ¡Qué compasión! Adiós leche, dinero,
Más compañía que su pensamiento, Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero.
Que alegre la ofrecía ¡Oh loca fantasía!
Inocentes ideas de contento, ¡Qué palacios fabricas en el viento!
Marchaba sola la feliz Lechera, Modera tu alegría
Y decía entre sí de esta manera: No sea que saltando de contento,
«Esta leche vendida, Al contemplar dichosa tu mudanza,
En limpio me dará tanto dinero, Quiebre su cantarillo la esperanza.
30 Y con esta partida No seas ambiciosa
Un canasto de huevos comprar quiero, De mejor o más próspera fortuna,
Para sacar cien pollos, que al estío Que vivirás ansiosa
Me rodeen cantando el pío, pío. Sin que pueda saciarte cosa alguna.
Del importe logrado
De tanto pollo mercaré un cochino; No anheles impaciente el bien futuro;
Con bellota, salvado, Mira que ni el presente está seguro.
Berza, castaña engordará sin tino,
Tanto, que puede ser que yo consiga
Ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado,
Sacaré de él sin duda buen dinero;
Compraré de contado
Una robusta vaca y un temero,
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Las mil y una noches
Selección de cuentos
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Leer es mi cuento 21
Fábulas
ISBN 9789585419063
9 789585 419063
Este libro reúne algunas de las mejores fábulas escritas en español. Se trata de
pequeños cuentos en los que hablan y actúan los animales, y que llevan a conclusiones
morales. Estas de Samaniego, escritas para niños, tienen una musicalidad, una gracia,
una sal y una dulzura insuperables. En ellas los animales hablan con tanto juicio, que
sus palabras se convierten en consejos maravillosos. Como pensamos que todos los
niños tienen derecho a tener buenos libros, y que en todos los hogares colombianos
debe haber una biblioteca que reúna los tesoros de la literatura infantil, entregamos
este libro, el número 21 de la serie Leer es mi cuento.
Yaneth Giha Mariana Garcés Córdoba
MINISTRA DE EDUCACIÓN MINISTRA DE CULTURA