The words you are searching are inside this book. To get more targeted content, please make full-text search by clicking here.
Discover the best professional documents and content resources in AnyFlip Document Base.
Search
Published by manuelluis, 2018-10-01 00:44:56

El señor de las moscas-William Golding

El señor de las moscas-William Golding

-...a convocar una asamblea.
Los salvajes que guardaban el istmo murmuraron entre sí sin moverse. Ralph dio unos
cuantos pasos hacia delante. A sus espaldas susurró una voz con urgencia:
- No me dejes solo, Ralph.
- Arrodíllate - dijo Ralph de lado - y espera hasta que yo vuelva.
Se detuvo en el centro del istmo y miró de frente a los salvajes. Gracias a la libertad
que la pintura les concedía, se habían atado el pelo por detrás y estaban mucho más
cómodos que él. Ralph se prometió a sí mismo atarse el pelo de la misma manera cuando
regresase. En realidad sentía deseos de decirles que esperasen un momento y atárselo
allí mismo, pero eso era imposible. Los salvajes prorrumpieron en burlonas risitas durante
unos instantes, y uno de ellos señaló a Ralph con su lanza. Roger se inclinó desde lo alto
para ver lo que ocurría, después de apartar su mano de la palanca. Los muchachos que
aguardaban en el istmo parecían estar dentro de un charco formado por sus propias
sombras, del que sólo sobresalían las greñas de las cabezas. Piggy seguía agachado; su
espalda era algo tan informe como un saco.
- Voy a reunir la asamblea.
Silencio.
Roger cogió una piedra pequeña y la arrojó entre los mellizos con intención de fallar.
Ambos se estremecieron y Sam estuvo a punto de caer a tierra. Una extraña sensación
de poder empezaba a latir en el cuerpo de Roger.
Ralph habló de nuevo, elevando la voz:
- Voy a reunir la asamblea.
Les recorrió a todos con la mirada.
- ¿Dónde está Jack?
Los muchachos se agitaron y consultaron entre sí. Un rostro pintado habló con la voz
de Robert.
- Está cazando. Y ha dicho que no os dejemos entrar.
- He venido por lo del fuego - dijo Ralph - y por lo de las gafas de Piggy.
Los que formaban el grupo frente a él se agitaron como una masa flotante, y sus risas
ligeras y excitadas resonaron entre las altas rocas y fueron devueltas por estas.
Una voz habló a espaldas de Ralph.
- ¿Qué quieres?
Los mellizos saltaron al otro lado de Ralph y quedaron entre él y la entrada. Ralph se
volvió rápidamente. Jack, reconocible por la fuerza de su personalidad y la melena roja,
venía del bosque. A cada lado de él se arrodillaba un cazador. Los tres se escondían tras
las máscaras negras y verdes de pintura. En la hierba, detrás de ellos, habían depositado
el cuerpo ventrudo y decapitado de una jabalina.
Piggy gimió:
- ¡Ralph! ¡No me dejes solo!
Abrazó la roca con grotesco cuidado, apretándose contra ella, de espaldas al mar y a
su ruido de succión. Las risas de los salvajes se convirtieron en abierta burla.
Jack gritó por encima de aquel ruido:
- Ya te puedes largar, Ralph. Tú quédate en tu lado de la isla. Éste es mi lado y esta es
mi tribu. Así que déjame en paz.
Las burlas se desvanecieron.
- Birlaste las gafas de Piggy - dijo Ralph excitado - y tienes que devolverlas.
- ¿Ah sí? ¿Y quién lo dice? Ralph se volvió a él con violencia.
- ¡Lo digo yo! Para eso me votasteis como jefe, ¿Es que no has oído la caracola? Fue
un jugada sucia..., te habríamos dado fuego si lo hubieras pedido...
La sangre le acudió a las mejillas y su ojo lastimado le parecía a punto de estallar.
- Podías haber pedido fuego cuando quisieras, pero no: tuviste que venir a escondidas,
como un ladrón, a robarle a Piggy sus gafas.

- ¡Di eso otra vez!
- ¡Ladrón! ¡Ladrón! Piggy chilló:
- ¡Ralph! ¡Que estoy aquí!
Jack se lanzó contra Ralph y estuvo a punto de clavarle en el pecho su lanza. Ralph
adivinó la dirección del arma por la posición del brazo de Jack y pudo esquivarla con el
mango de su propia lanza. Después dio vuelta a su lanza y asestó a Jack un golpe
cortante en la oreja. Cuerpo a cuerpo, respiraban fuertemente, se empujaban y devoraban
con la mirada.
- ¿A quién has llamado ladrón?
- ¡A ti!
Jack se libró y blandió la lanza contra Ralph. Ambos usaban ahora las lanzas como
sables, sin atreverse a emplear las mortales puntas. El golpe se deslizó por la lanza de
Ralph hasta llegar dolorosamente a sus dedos. Estaban de nuevo separados en
posiciones invertidas: Jack del lado del Peñón del Castillo y Ralph hacia la isla. Ambos
respiraban aguadamente.
- Vamos, atrévete...
- Atrévete tú...
Se enfrentaban ferozmente, pero se mantenían a una distancia discreta.
- ¡Tú atrévete y verás!
- ¡Tú atrévete...!
Piggy, pegado al suelo, intentaba llamar la atención de Ralph. Ralph se acercó e
inclinó, sin apartar de Jack la mirada.
- Ralph... acuérdate a lo que vinimos. El fuego. Mis gafas.
Ralph asintió. Aflojó sus tensos músculos, se calmó y clavó en el suelo el mango de la
lanza. Jack le miraba herméticamente a través de su pintura. Ralph alzó la vista hacia los
pináculos, después la volvió al grupo de salvajes.
- Escuchadme. Os voy a decir a lo que hemos venido. Primero, tenéis que devolver las
gafas de Piggy. No puede ver sin ellas. Así no se juega...
La tribu de salvajes pintados se agitó en risas y la mente de Ralph vaciló. Se echó el
pelo hacia atrás y contempló la máscara verde y negra frente a él, intentando recordar el
verdadero aspecto de Jack.
Piggy murmuró:
- Y lo del fuego.
- Ah, sí. En cuanto a lo del fuego, lo vuelvo a decir. Y llevo repitiéndolo desde que
caímos en la isla. Alzó su lanza y señaló a los salvajes.
- La única esperanza es mantener una hoguera de señal para que se vea mientras
haya luz. Así puede que un barco vea el humo y venga a rescatarnos y llevarnos a casa.
Pero sin ese humo vamos a tener que esperar hasta que se acerque un barco por
casualidad. Podríamos pasarnos años esperando; hasta hacernos viejos...
La risa trémula, cristalina e irreal de los salvajes regó el aire y se desvaneció en la
lejanía. Una ráfaga de ira sacudió a Ralph. Su voz se quebró.
- ¿Es que no lo entendéis, imbéciles pintarrajeados? Nosotros cuatro - Sam, Eric, Piggy
y yo - no somos bastantes. Tratamos de mantener viva la hoguera, pero no pudimos. Y
vosotros aquí no hacéis más que jugar a la caza...
Señaló el lugar, detrás de ellos, donde el hilo de humo se dispersaba en una atmósfera
de nácar.
- ¡Mirad eso! ¿A eso le llamáis una hoguera de señal? Eso es una fogata para cocinar.
Y ahora comeréis y ya no habrá humo. ¿Es que no lo entendéis? Puede que haya un
barco allá fuera...
Calló, vencido por el silencio y la disfrazada anonimidad del grupo que defendía la
entrada. El Jefe abrió una boca sonrosada y se dirigió a Sam y Eric, que estaban entre él
y su tribu.

- Vosotros dos. Echaos hacia atrás.
Nadie le respondió. Los mellizos, asombrados, se miraron uno al otro, mientras Piggy,
tranquilizado por el cese de la violencia, se levantaba con precaución. Jack miró a Ralph y
después a los mellizos.
- ¡Cogedles!
Nadie se movió. Jack gritó enfurecido:
- ¡He dicho que les cojáis!
El grupo enmascarado se movió nerviosamente y rodeó a Samyeric. De nuevo corrió la
cristalina risa.
Las protestas de Samyeric brotaron del corazón del mundo civilizado.
- ¡Por favor!
- ¡...en serio!
Les quitaron las lanzas.
- ¡Atadles!
Ralph gritó, consternado, a la negra y verde máscara:
- ¡Jack!
- Vamos, atadles.
El grupo de enmascarados sintió por vez primera la realidad física ajena de Samyeric, y
el poder que ahora tenían. Excitados y en confusión derribaron a los mellizos. Jack estaba
inspirado. Sabía que Ralph intentaría rescatarles. Giró en un círculo sibilante la lanza y
Ralph tuvo el tiempo justo para esquivar el golpe. Detrás de ellos, la tribu y los mellizos
eran un montón agitado y ruidoso. Piggy se agazapó de nuevo. Momentos después, los
mellizos estaban en el suelo, atónitos, rodeados por la tribu. Jack se volvió hacia Ralph y
le dijo entre dientes:
- ¿Ves? Hacen lo que yo les ordeno.
De nuevo se hizo el silencio. Los mellizos se hallaban en el suelo, atados burdamente,
y la tribu observaba a Ralph, en espera de su reacción.
Les contó a través de su melena y lanzó una mirada al estéril humo. Su cólera estalló.
Gritó a Jack:
- ¡Eres una bestia, un cerdo y un maldito... un maldito ladrón!
Se abalanzó.
Jack comprendió que era el momento crítico e hizo lo mismo. Chocaron uno contra el
otro y el propio choque los separó. Jack lanzó un puñetazo a Ralph que le llegó a la oreja.
Ralph alcanzó a Jack en el estómago y le hizo gemir. De nuevo quedaron cara a cara,
jadeantes y furiosos, pero sin impresionarse por la ferocidad del contrario. Advirtieron el
ruido que servía de fondo a la pelea, los vítores agudos y constantes de la tribu a sus
espaldas.
La voz de Piggy llegó hasta Ralph.
- Deja que yo hable.
Estaba de pie, en medio del polvo desencadenado por la lucha, y cuando la tribu
advirtió su intención los vítores se transformaron en un prolongado abucheo.
Piggy alzó la caracola; el abucheo cedió un poco para surgir después con más fuerza.
- ¡Tengo la caracola! Volvió a gritar:
- ¡Os digo que tengo la caracola!
Sorprendentemente, se hizo el silencio esta vez; la tribu sentía curiosidad por oír las
divertidas cosas que diría.
Silencio y pausa; pero en el silencio, un extraño ruido, como de aire silbante, se produjo
cerca de la cabeza de Ralph. Le prestó atención a medias, pero volvió a oírse. Era un
ligero «zup». Alguien arrojaba piedras; era Roger, que aún tenía una mano sobre la
palanca. A sus pies, Ralph no era más que un montón de pelos y Piggy un saco de grasa.
- Esto es lo que quiero deciros, que os estáis comportando como una pandilla de críos.

Volvieron a abuchearle y a guardar silencio cuando Piggy alzó la blanca y mágica
caracola.

- ¿Qué es mejor, ser una panda de negros pintarrajeados como vosotros o tener
sentido común como Ralph?

Se alzó un gran clamor entre los salvajes. De nuevo gritó Piggy:
- ¿Qué es mejor, tener reglas y estar todos de acuerdo o cazar y matar?
De nuevo el clamor y de nuevo: «¡Zup!». Ralph trató de hacerse oír entre el alboroto.
- ¿Qué es mejor, la ley y el rescate o cazar y destrozarlo todo?
Ahora también Jack gritaba y ya no se podían oír las palabras de Ralph. Jack había
retrocedido hasta reunirse con la tribu y constituían una masa compacta, amenazadora,
con sus lanzas erizadas. Empezaba a atraerles la idea de atacar; se prepararon,
decididos a llevarlo a cabo y despejar así el istmo. Ralph se encontraba frente a ellos,
ligeramente desviado a un lado y con la lanza preparada. Junto a él estaba Piggy,
siempre en sus manos el talismán, la frágil y refulgente belleza de la caracola. La
tormenta de ruido les alcanzó como un conjuro de odio. Roger, en lo alto, apoyó todo su
peso sobre la palanca, con delirante abandono.
Ralph oyó la enorme roca mucho antes de verla. Sintió el temblor de la tierra a través
de las plantas de los pies y oyó el ruido de las piedras quebrándose sobre el acantilado.
Entonces, la monstruosa masa encarnada saltó al istmo y Ralph se arrojó al suelo
mientras la tribu prorrumpía en chillidos.
La roca dio de pleno sobre el cuerpo de Piggy, desde el mentón a las rodillas: la
caracola estalló en un millar de blancos fragmentos y dejó de existir. Piggy, sin una
palabra, sin tiempo ni para un lamento, saltó por los aires, al costado de la roca, girando al
mismo tiempo. La roca botó dos veces y se perdió en la selva. Piggy cayó a más de doce
metros de distancia y quedó tendido boca arriba sobre la cuadrada losa roja que emergía
del mar. El cráneo se partió y de él salió una materia que enrojeció en seguida. Los
brazos y las piernas de Piggy temblaron un poco, como las patas de un cerdo después de
ser degollado. El mar respiró de nuevo con un largo y pausado suspiro; las aguas
hirvieron, blancas y rosadas, sobre la roca, y al retirarse, en la succión, el cuerpo de Piggy
había desaparecido. El silencio aquella vez fue total. Los labios de Ralph esbozaron una
palabra, pero no surgió sonido alguno.
Bruscamente, Jack se separó de la tribu y empezó a gritar enfurecido:
- ¿Ves? ¿Ves? ¡Eso es lo que te espera! ¡Lo digo en serio! ¡Te has quedado sin
caracola! Corrió inclinado hacia delante.
- ¡Soy el Jefe!
Con maldad, con la peor intención, arrojó su lanza contra Ralph. La punta rasgó la piel
y la carne sobre las costillas de Ralph; se partió y se fue a parar al agua. Ralph estuvo a
punto de desvanecerse, más por el pánico que por el dolor, y la tribu, que gritaba ahora
con la misma violencia que su Jefe, avanzó hacia él. Sintió junto a su mejilla el zumbido
de otra lanza, que no logró alcanzarle por estar curvada, y después, otra, arrojada desde
lo alto por Roger. Los mellizos quedaban escondidos detrás de la tribu, y los anónimos
rostros diabólicos invadían el istmo. Ralph dio vuelta y escapó. A sus espaldas surgió un
gran ruido que parecía proceder de innumerables gaviotas. Obedeciendo a un instinto
hasta entonces ignorado por él, giró bruscamente hacia el descampado y las lanzas se
perdieron en el espacio. Vio el cuerpo decapitado del cerdo y pudo saltar a tiempo sobre
él. Momentos después entraba bajo la protección de la selva, aplastando ramas y follaje.
El jefe se paró junto al cerdo abatido, dio la vuelta y alzó los brazos.
- ¡Atrás! ¡A la fortaleza!
Pronto regresó la bulliciosa tribu al istmo, donde Roger salió a su encuentro. El Jefe le
habló con dureza:
- ¿Por qué no estás de guardia?
Los ojos de Roger reflejaban gravedad.

- Acababa de bajar para...
Emanaba de él ese horror que infunde el verdugo. El Jefe no le dijo más y volvió su
mirada hacia Samy-eric.
- Tenéis que entrar en la tribu.
- Suéltame...
-...y a mí.
El Jefe arrebató una de las pocas lanzas que quedaban y con ella sacudió las costillas
a Sam.
- ¿Qué es lo que te proponías, eh? - dijo el enfurecido Jefe -. ¿Qué es eso de venir
aquí con lanzas? ¿Qué es eso de negarte A entrar en mi tribu, eh?
Los movimientos de la lanza se sucedían rítmicamente. Sam gritó:
- ¡Así no se juega!
Roger pasó junto al jefe y estuvo a punto de empujarle con el hombro. Los gritos
cesaron; Samyeric, tendidos en el suelo, alzaban los ojos en mudo terror. Roger se
acercó a ellos como quien esgrime una misteriosa autoridad.
Ralph se había detenido en un soto a examinar sus heridas. La parte afectada cubría
varios centímetros del lado derecho del tórax, y una herida inflamada y ensangrentada
señalaba el lugar donde la lanza le había alcanzado. Tenía la melena cubierta de
suciedad y los mechones de pelo se enredaban como los zarcillos de una trepadora. Se
había producido arañazos y erosiones en todo el cuerpo durante su huida por el bosque.
Cuando por fin recobró el aliento decidió que el cuidado de sus heridas habría de esperar.
¿Cómo iba a oír el paso de unos pies descalzos si se encontraba chapuzándose en el
agua? ¿Cómo iba a estar a salvo junto al arroyuelo o en la playa abierta?
Escuchó atentamente. No se hallaba muy lejos del Peñón del Castillo. En los primeros
momentos de pánico creyó oír el ruido de la persecución, pero no había sido más que una
breve incursión de los cazadores por los bordes de la zona boscosa, quizá en busca de
las lanzas perdidas, porque al poco rato corrieron de vuelta hacia la soleada roca como si
les hubiese aterrado la oscuridad detrás de los ojos, con ambas manos, el pelo. El cráneo
y su propio rostro se encontraban casi al mismo nivel; los dientes se mostraban en una
sonrisa, y las vacías cuencas parecían sujetar, como por magia, la mirada de Ralph.
¿Qué era aquello?
El cráneo le contemplaba como alguien que conoce todas las respuestas, pero se
niega a revelarlas. Se vio sobrecogido de pánico e ira febriles. Golpeó con furia aquella
cosa asquerosa que se balanceaba frente a él como un juguete y volvía a su sitio siempre
con la misma sonrisa, obligando a Ralph a asestarle nuevos golpes y a gritarle sus
insultos. Se detuvo para frotarse los nudillos lastimados y contemplar la estaca vacía,
mientras el cráneo, partido en dos, le sonreía aún desde el suelo a dos metros. Arrancó la
temblorosa estaca y a modo de lanza lo interpuso entre él y los blancos trozos. Después
se apartó poco a poco, sin desviar la mirada de aquel cráneo que sonreía al cielo.
Cuando el verde resplandor del horizonte desapareció y llegó la noche, Ralph regresó
al soto frente al Peñón del Castillo. Al asomarse comprobó que la cima aún estaba
ocupada y que el vigilante, quienquiera que fuese, tenía su lanza preparada. Se arrodilló
entre las sombras, con una amarga sensación de soledad. Eran salvajes, desde luego,
pero eran personas como él. Y en aquellos momentos los escondidos terrores de la
profunda noche emprendían su camino.
Ralph gimió quedamente. A pesar de su agotamiento, el temor a la tribu no le permitía
cobijarse en el descanso ni el sueño. ¿No sería posible penetrar osadamente en la
fortaleza, decir «vengo en son de paz», sonreír y dormir en compañía de los otros? ¿No
podría actuar como si aún fueran niños, colegiales que en otro tiempo decían cosas como
«Señor, sí, señor» y llevaban gorras de uniforme? La respuesta del sol mañanero quizá
hubiera sido «sí», pero la oscuridad y el terror de la muerte decían «no». Allí tumbado, en
la oscuridad, comprendió que era un desterrado.

- Y sólo por tener un poco de sentido común.
Se frotó una mejilla con el antebrazo y pudo percibir el áspero olor a sal y sudor y el
hedor de la suciedad. A su izquierda, las olas del océano respiraban, se contraían y
volvían a hervir sobre la roca.
Oyó ruidos que venían de detrás del Peñón del Castillo. Escuchó atentamente,
desviando su mente del movimiento del mar, y logró descifrar un cántico familiar.
- ¡Mata a la fiera! ¡Córtale el cuello! ¡Derrama su sangre!
La tribu danzaba. En alguna parte, tras aquella rocosa muralla, habría un círculo
oscuro, un fuego resplandeciente y carne. Estarían saboreando tanto el alimento como el
sosiego de su seguridad.
Un ruido más cercano le espantó. Unos cuantos salvajes escalaban el Peñón del
Castillo hacia la cima y pudo oír algunas voces. Se acercó unos cuantos metros a gatas y
observó que la figura sobre la roca cambiaba de forma y se agrandaba. Sólo dos
muchachos en toda la isla hablaban y se movían de aquel modo.
Ralph reclinó la cabeza sobre los brazos y aceptó aquel descubrimiento como una
nueva herida. Samyeric se habían unido a Ja tribu. Defendían el Peñón del Castillo contra
él. No había posibilidad alguna de rescatarles y formar con ellos una tribu de deportados,
al otro extremo de la isla. Samyeric eran salvajes como los demás; Piggy había muerto y
la caracola estallado en mil pedazos. Al cabo de un rato, el vigilante se retiró. Los dos que
permanecieron no parecían sino una oscura prolongación de la roca. Tras ellos apareció
una estrella que fue momentáneamente eclipsada por el movimiento de las siluetas.
Ralph siguió adelante a gatas, tanteando el escarpado terreno como un ciego. Vastas
extensiones de aguas apenas perceptibles se extendían a su derecha y junto a su mano
izquierda estaba el inquieto océano, tan temible como la boca de un pozo. Una vez por
minuto las aguas se alzaban en torno a la losa de la muerte y caían como flores en una
pradera de blancura. Ralph siguió a rastras hasta que alcanzó el borde de la entrada.
Justo encima de él se hallaban los vigías y pudo ver la punta de una lanza asomando
sobre la roca. Muy suavemente llamó:
- Samyeric...
No hubo respuesta. Debía hablar más alto si quería hacerse oír, pero así llamaría la
atención de aquellos seres pintarrajeados y hostiles que festejaban junto al fuego. Se
armó de valor y empezó a escalar, buscando a tientas los salientes de la roca. La estaca
que había servido de soporte a una calavera le estorbaba, pero no quería deshacerse de
su única arma. Estaba casi a la altura de los mellizos cuando habló de nuevo.
- Samyeric...
Oyó una exclamación y un brusco movimiento en la roca. Los mellizos estaban
abrazados, balbuceando algo indescifrable.
- Soy yo, Ralph.
Atemorizado por si salían corriendo a dar la alarma, se alzó hasta asomar la cabeza y
los hombros sobre el borde de la cima. Bajo él, a gran distancia, pudo ver la luminosa
floración envolviendo la losa.
- Soy yo, no os asustéis.
Por fin se agacharon y vieron su cara.
- Creíamos que era...
-...no sabíamos lo que era...
-...creíamos...
Recordaron su nuevo y vergonzoso vasallaje. Eric permaneció callado, pero Sam se
esforzó por cumplir con su deber.
- Será mejor que te vayas, Ralph. Vete ya... Sacudió su lanza, esbozando un gesto
enérgico.
- Lárgate, ¿me oyes?

Eric le secundó con la cabeza y sacudió la lanza en el aire. Ralph se apoyó sobre sus
brazos, sin moverse.

- Os vine a ver a los dos.
Hablaba con gran esfuerzo; sentía dolor en la garganta, aunque no la tenía herida.
- Os vine a ver a los dos...
Meras palabras no podían expresar el sordo dolor que sentía. Guardó silencio, mientras
las brillantes estrellas se derramaban y bailaban por todo el cielo. Sam se movió
intranquilo.
- En serio, Ralph, es mejor que te vayas. Ralph volvió a alzar los ojos.
- Vosotros dos no os habéis pintarrajeado. ¿Cómo podéis...? Si fuese de día...
Si fuese de día sentirían el escozor de la vergüenza por admitir aquellas cosas. Pero la
noche era oscura. Eric habló primero, pero en seguida los mellizos reanudaron su habla
antifonal.
- Tienes que irte porque aquí no estás seguro...
-...nos obligaron. Nos hicieron daño...
- ¿Quién? ¿Jack?
- Oh no...
Se inclinaron cerca de él y bajaron sus voces.
- Vete, Ralph...
-...es una tribu...
-...no podíamos hacer otra cosa... Cuando de nuevo habló Ralph, lo hizo con voz más
apagada; parecía faltarle el aliento.
- ¿Pero qué he hecho yo? Me era simpático... y yo sólo quería que nos viniesen a
rescatar...
De nuevo se derramaron las estrellas por el cielo. Eric sacudió la cabeza preocupado.
- Escucha, Ralph. No trates de hacer las cosas con sentido común. Eso ya se acabó...
- Olvídate del Jefe...
-...tienes que irte por tu propio bien...
- El Jefe y Roger...
-...sí, Roger...
- Te odian, Ralph. Van a acabar contigo.
- Van a salir a cazarte mañana.
- Pero, ¿por qué?
- No sé. Y Jack, el Jefe, nos ha dicho que será peligroso...
-...y que tenemos que tener mucho cuidado y arrojar las lanzas como lo haríamos
contra un cerdo.
- Vamos a extendernos en una fila y cruzar toda la isla...
-...avanzaremos desde aquí...
-...hasta que te encontremos.
- Tenemos que dar una señal. Así.
Eric alzó la cabeza y dándose con la palma de la mano en la boca lanzó un leve aullido.
Después miró inquieto tras sí.
- Así...
-...sólo que más alto, claro.
- ¡Pero si yo no he hecho nada - murmuró Ralph, angustiado -, sólo quería tener una
hoguera para que nos rescatasen!
Guardó silencio unos instantes, pensando con temor en la mañana siguiente. De
repente se le ocurrió una pregunta de inmensa importancia.
- ¿Qué vais a...?
Al principio le resultó imposible expresarse con claridad, pero el miedo y la soledad le
aguijaron.

- Cuando me encuentren, ¿qué van a hacer? Los mellizos no contestaron. Bajo él, la
losa mortal floreció de nuevo.

- ¿Qué van a...? ¡Dios, que hambre tengo...! La enorme roca pareció oscilar bajo él.
- Bueno... ¿qué...?
Los mellizos le contestaron con una evasiva.
- Será mejor que te vayas ahora, Ralph.
- Por tu propio bien.
- Aléjate de aquí lo más que puedas.
- ¿No queréis venir conmigo? Los tres juntos... tendríamos más posibilidades.
Tras un momento de silencio, Sam dijo con voz ahogada:
- Tú no conoces a Roger. Es terrible.
-...y el Jefe... los dos son...
-...terribles...
-...pero Roger...
A los dos muchachos se les heló la sangre. Alguien subía hacia ellos.
- Viene a ver si estamos vigilando. Deprisa, Ralph.
- Antes de comenzar el descenso, Ralph intentó sacar de aquella reunión un posible
provecho, aunque fuese el único.
- Me esconderé en aquellos matorrales de allá cerca - murmuró -, así que haced que se
alejen de allí. Nunca se les ocurriría buscar en un sitio tan cerca...
Los pasos aún se oían a cierta distancia.
- Sam... no corro peligro, ¿verdad? Los mellizos siguieron en silencio.
- ¡Toma! - dijo Sam de repente -, llévate esto... Ralph sintió un trozo de carne junto a él
y le echó la mano.
- ¿Pero qué vais a hacer cuando me capturéis? Silencio de nuevo. Su misma voz le
pareció absurda. Fue deslizándose por la roca.
- ¿Qué vais a hacer...?
Desde lo alto de la enorme roca llegó la misteriosa respuesta.
- Roger ha afilado un palo por las dos puntas.
Roger ha afilado un palo por las dos puntas. Ralph intentó descifrar el significado de
aquella frase, pero no lo logró. En un arrebato de ira, lanzó las palabras más soeces que
conocía, pero pronto cedió paso su enfado al cansancio que sentía. ¿Cuánto tiempo
puede estar uno sin dormir? Sentía ansia de una cama y unas sábanas, pero allí la única
blancura era la de aquella luminosa espuma derramada bajo él en torno a la losa, quince
metros más abajo, donde Piggy había caído. Piggy estaba en todas partes, incluso en el
istmo, como una terrible presencia de la oscuridad y la muerte. ¿Y si ahora saliese Piggy
de las aguas, con su cabeza abierta...? Ralph gimió y bostezó como uno de los peques.
La estaca que llevaba consigo le sirvió de muleta para sus agotadas piernas.
Volvió a enderezarse. Oyó voces en la cima del Peñón del Castillo. Samyeric discutían
con alguien. Pero los helechos y la hierba estaban a sólo unos pasos. Allí es donde ahora
debía ocultarse, junto al matorral que mañana le serviría de escondite. Este - rozó la
hierba con sus manos - era un buen lugar para pasar la noche; estaba cerca de la tribu, y
si aparecían amenazas sobrenaturales podría encontrar alivio junto a otras personas,
aunque eso significase...
¿Qué significaba eso en realidad? Un palo afilado por las dos puntas. ¿Y qué? Ya en
otras ocasiones habían arrojado sus lanzas fallando el tiro; todas menos una. Quizá
también errasen la próxima vez.
Se acurrucó bajo la alta hierba y, acordándose del trozo de carne que le había dado
Sam, empezó a comer con voracidad. Mientras comía, oyó de nuevo voces: gritos de
dolor de Samyeric, gritos de pánico y voces enfurecidas. ¿Qué estaba ocurriendo?
Alguien, además de él, se hallaba en apuros, pues al menos uno de los mellizos estaba
recibiendo una paliza. Al cabo, las voces se desvanecieron y dejó de pensar en ellos.

Tanteó con las manos y sintió las frescas y frágiles hojas al borde del matorral. Esta sería
su guarida durante la noche. Y al amanecer se metería en el matorral, apretujado entre
los enroscados tallos, oculto en sus profundidades, adonde sólo otro tan experto como él
podría llegar, y allí le aguardaría Ralph con su estaca. Permanecería sentado, viendo
cómo pasaban de largo los cazadores y cómo se alejaban ululando por toda la isla,
mientras él quedaba a salvo.

Se adentró haciendo un túnel bajo los helechos; dejó la estaca junto a él y se acurrucó
en la oscuridad. Estaba pensando que debería despertarse con las primeras luces del día,
para engañar a los salvajes, cuando el sueño se apoderó de él y le precipitó en oscuras y
profundas regiones.

Antes de despegar los párpados estaba ya despierto, escuchando un ruido cercano. Al
abrir un ojo, lo primero que vio fue la turba próxima a su rostro, y en él hundió ambas
manos mientras la luz del sol se filtraba a través de los helechos. Apenas había advertido
que las interminables pesadillas de la caída en el vacío y la muerte habían ya pasado y la
mañana se abría sobre la isla, cuando volvió a oír aquel ruido. Era un ulular que procedía
de la orilla del mar, al cual contestaba la voz de un salvaje, y luego, la de otro. El grito
pasó sobre él y cruzó el extremo más estrecho de la isla, desde el mar a la laguna, como
el grito de un pájaro en vuelo. No se paró a pensar: cogió rápidamente su afilado palo y se
internó entre los helechos. Escasos segundos después se deslizaba a rastras hacia el
matorral, pero no sin antes ver de refilón las piernas de un salvaje que se dirigía a él. Oyó
el ruido de los helechos sacudidos y abatidos y el de unas piernas entre la hierba alta. El
salvaje, quienquiera que fuese, ululó dos veces; el grito fue repetido en ambas direcciones
hasta morir en el aire. Ralph permaneció inmóvil, agachado y confundido con la maleza, y
durante unos minutos no volvió a oír nada.

Al fin examinó el material. Allí nadie podría atacarle, y además la suerte se había
puesto de su parte. La gran roca que mató a Piggy había ido a parar precisamente a
aquel lugar, y, al botar en su centro, había hundido el terreno, formando una pequeña
zanja. Al esconderse en ella, Ralph se sintió seguro y orgulloso de su astucia.

Se instaló con prudencia entre las ramas partidas para aguardar a que pasaran los
cazadores. Al alzar los ojos observó algo rojizo entre las hojas. Sería seguramente la cima
del Peñón del Castillo, ahora remoto e inofensivo. Se tranquilizó, satisfecho de sí mismo,
preparándose para oír el alboroto de la caza desvaneciéndose en la lejanía. Pero no oyó
ruido alguno y, bajo la verde sombra, su sensación de triunfo se disipaba con el paso de
los minutos. Por fin oyó una voz, la voz de Jack, en un murmullo.

- ¿Estás seguro?
El salvaje a quien iba dirigida la pregunta no respondió. Quizá hiciese un gesto. Oyó
después la voz de Roger.
- Mira que si nos estás tomando el pelo...
Inmediatamente oyó una queja y un grito de dolor. Ralph se agachó instintivamente.
Allí, al otro lado del matorral, estaba uno de los mellizos con Jack y Roger.
- ¿Estás seguro que es ahí donde te dijo?
El mellizo gimió ligeramente y de nuevo gritó.
- ¿Te dijo que se escondería ahí?
- ¡Sí... sí... may!
Un rocío de risas se esparció entre los árboles.
De modo que lo sabían.
Ralph aferró la estaca y se preparó para la lucha. Pero ¿qué podrían hacer? Tardarían
casi una semana en abrirse camino entre aquella espesura y si alguno conseguía
introducirse en ella a rastras se encontraría indefenso. Frotó un dedo contra la punta de
su lanza y sonrió sin alegría. Si alguien lo intentaba se vería atravesado por su punta,
gruñendo como un cerdo.

Se iban; volvían a la torre de rocas. Pudo oír el ruido de sus pisadas y después a
alguien que reía en voz baja. De nuevo, aquel grito estridente parecido al de un pájaro
volvía a recorrer toda la línea. De modo que permanecían algunos para vigilarle; pero...

Siguió un largo y angustioso silencio. Ralph se dio cuenta de que a fuerza de
mordisquear la lanza se había llenado de corteza la boca. Se puso en pie y miró hacia el
Peñón del Castillo.

En ese mismo instante oyó la voz de Jack desde la cima.
- ¡Empujad! ¡Empujad! ¡Empujad!
La rojiza roca que había visto en la cima del acantilado desapareció como un telón, y
pudo divisar unas cuantas figuras y el cielo azul. Segundos después, retumbaba la tierra;
un rugido sacudió el aire y una mano gigantesca pareció abofetear las copas de los
árboles. La roca, tronando y arrasando cuanto encontraba, rebotó hacia la playa mientras
caía sobre Ralph un chaparrón de hojas y ramas tronchadas. Detrás del matorral se oían
los vítores de la tribu.
De nuevo, el silencio.
Ralph se llevó los dedos a la boca y los mordisqueó. Sólo quedaba otra roca allá arriba
que pudieran arrojar pero tenía el tamaño de media casa; eran tan grande como un
coche, como un tanque. Con angustiosa claridad se presentó en la mente el curso que
tomaría la roca: empezaría despacio, botaría de borde en borde y rodaría sobre el istmo
como una apisonadora descomunal.
- ¡Empujad! ¡Empujad! ¡Empujad!
Ralph soltó la lanza para volver a cogerla en seguida. Se echó el pelo hacia atrás con
irritación, dio dos pasos rápidos dentro del pequeño espacio donde se hallaba y
retrocedió. Se quedó observando las puntas quebradas de las ramas.
Todo seguía en silencio.
Notó el subir y bajar de su pecho y se sorprendió al comprobar la violencia de su
respiración; los latidos de su corazón se hicieron visibles. De nuevo soltó la lanza.
- ¡Empujad! ¡Empujad! ¡Empujad!
Oyó vítores fuertes y prolongados. Algo retumbó sobre la rojiza roca; después la tierra
empezó a temblar incesantemente mientras aumentaba el ruido hasta ser ensordecedor.
Ralph fue lanzado al aire, arrojado y abatido contra las ramas. A su derecha, tan sólo a
unos cuantos metros de donde él cayó, los árboles del matorral se doblaron y sus raíces
chirriaron al desprenderse de la tierra. Vio algo rojo que giraba lentamente, como una
rueda de molino. Después, aquella cosa rojiza pasó por delante con saltos enormes que
fueron cediendo al acercarse al mar.
Ralph se arrodilló sobre la revuelta tierra y aguardó a que todo recobrase su
normalidad. A los pocos minutos, los troncos blancos y partidos, los palos rotos y el
destrozado matorral volvieron a aparecer con precisión ante sus ojos. Sentía agobio en el
pecho, allí donde su propio pulso se había hecho casi visible.
Silencio de nuevo.
Pero no del todo. Oyó murmullos afuera; inesperadamente, las ramas a su derecha se
agitaron violentamente en dos lugares. Apareció la punta afilada de un palo. Ralph,
invadido por el pánico, atravesó con su lanza el resquicio abierto, impulsándola con todas
sus fuerzas.
- ¡Ayyy!
Giró la lanza ligeramente y después volvió a atraerla hacia sí.
- ¡Uyyy!
Alguien se quejaba al otro lado, al mismo tiempo que se elevaba un aleteo de voces.
Se había entablado una violenta discusión mientras el salvaje herido seguía
lamentándose. Cuando por fin volvió a hacerse el silencio, se oyó una sola voz y Ralph
decidió que no era la de Jack.
- ¿Ves? ¿No te lo dije? Es peligroso.

El salvaje herido se quejó de nuevo.
¿Qué ocurriría ahora? ¿Qué iba a suceder?
Ralph apretó sus manos sobre la mordida lanza. Alguien hablaba en voz baja a unos
cuantos metros de él, en dirección al Peñón del Castillo. Oyó a uno de los salvajes decir
«¡No!», con voz sorprendida, y a continuación percibió risas sofocadas. Se sentó en
cuclillas y mostró los dientes a la muralla de ramas. Alzó la lanza, gruñó levemente y
esperó. El invisible grupo volvió a reír. Oyó un extraño crujido, al cual siguió un chispear
más fuerte, como si alguien desenvolviese enormes rollos de papel de celofán. Un palo se
partió en dos; Ralph ahogó la tos. Entre las ramas se filtraba humo en nubéculas blancas
y amarillas; el rectángulo de cielo azul tomó el color de una nube de tormenta, hasta que
por fin el humo creció en torno suyo.
Alguien reía excitado y una voz gritó:
- ¡Humo!
Ralph se abrió paso por el matorral hacia el bosque, manteniéndose fuera del alcance
del humo. No tardó en llegar a un claro bordeado por las hojas verdes del matorral. Entre
él y el bosque se interponía un pequeño salvaje, un salvaje de rayas rojas y blancas, con
una lanza en la mano. Tosía y se embadurnaba de pintura alrededor de los ojos, con una
mano, mientras intentaba ver a través del humo, cada vez más espeso. Ralph se tiró a él
como un felino, lanzó un gruñido, clavó su lanza y el salvaje se retorció de dolor. Ralph
oyó un grito al otro lado de la maleza y salió corriendo bajo ella, impelido por el miedo.
Llegó a una trocha de cerdos, por la cual avanzó unos cien metros, hasta que decidió
cambiar de rumbo. Detrás de él el cántico de la tribu volvía de nuevo a recorrer toda la
isla, acompañado ahora por el triple grito de uno de ellos. Supuso que se trataba de la
señal para el avance y salió corriendo una vez más hasta que sintió arder su pecho. Se
escondió bajo un arbusto y aguardó hasta recobrar el aliento. Se pasó la lengua por
dientes y labios y oyó a lo lejos el cántico de sus perseguidores.
Tenía varias soluciones ante él. Podía subirse a un árbol, pero eso era arriesgarse
demasiado. Si le veían, no tenían más que esperar tranquilamente.
¡Si tuviese un poco de tiempo para pensar!
Un nuevo grito, repetido y a la misma distancia, le reveló el plan de los salvajes. Aquel
de ellos que se encontrase atrapado en el bosque lanzaría doble grito y detendría la línea
hasta encontrarse libre de nuevo. De ese modo podrían mantener unida la línea desde un
costado de la isla hasta el otro. Ralph pensó en el jabalí que había roto la línea de
muchachos con tanta facilidad. Si fuese necesario, cuando los cazadores se aproximasen
demasiado, podría lanzarse contra ella, romperla y volver corriendo. Pero ¿volver
corriendo a dónde? La línea volvería a formarse y a rodearle de nuevo. Tarde o temprano
tendría que dormir o comer... y despertaría para sentir unas manos que le arañaban y la
caza se convertiría en una carnicería.
¿Qué debía hacer, entonces? ¿Subirse a un árbol? ¿Romper la línea como el jabalí?
De cualquier forma, la elección era terrible.
Un grito aceleró su corazón, y poniéndose en pie de un salto, corrió hacia el lado del
océano y la espesura de la jungla hasta encontrarse rodeado de trepadoras. Allí
permaneció unos instantes, temblándole las piernas. ¡Si pudiese estar tranquilo, tomarse
un buen descanso, tener tiempo para pensar!
Y de nuevo, penetrantes y fatales, surgían aquellos gritos que barrían toda la isla. Al
oírlos, Ralph se acobardó como un potrillo y echó a correr una vez más hasta casi
desfallecer. Por fin, se tumbó sobre unos helechos. ¿Qué escogería, el árbol o la
embestida? Logró recobrar el aliento, se pasó una mano por la boca y se aconsejó a sí
mismo tener calma. En alguna parte de aquella línea se encontraban Samyeric,
detestando su tarea. O quizás no. Y además, ¿qué ocurriría si en vez de encontrarse con
ellos se veía cara a cara con el Jefe o con Roger, que llevaban la muerte en sus manos?

Ralph se echó hacia arras la melena y se limpió el sudor de su mejilla sana. En voz
alta, se dijo:

- Piensa.
¿Qué sería lo más sensato?
Ya no estaba Piggy para aconsejarle. Ya no había asambleas solemnes donde entablar
debates, ni contaba con la dignidad de la caracola.
- Piensa.
Lo que ahora más temía era aquella cortinilla que le cerraba la mente y le hacía perder
el sentido del peligro hasta convertirle en un bobo.
Una tercera solución podría ser esconderse tan bien que la línea le pasara sin
descubrirle.
Alzó bruscamente la cabeza y escuchó. Había que prestar atención ahora a un nuevo
ruido: un ruido profundo y amenazador, como si el bosque mismo se hubiera irritado con
él, un ruido sombrío, junto al cual el ulular de antes se veía sofocado por su intensidad.
Sabía que no era la primera vez que lo oía, pero no tenía tiempo para recordar.
Romper la línea.
Un árbol.
Esconderse y dejarles pasar.
Un grito más cercano le hizo ponerse en pie y echar de nuevo a correr con todas sus
fuerzas entre espinos y zarzas. Se halló de improviso en el claro, de nuevo en el espacio
abierto, y allí estaba la insondable sonrisa de la calavera, que ahora no dirigía su
sarcástica mueca hacia un trozo de cielo, profundamente azul, sino hacia una nube de
humo. Al instante Ralph corrió entre los árboles, comprendiendo al fin el tronar del
bosque. Usaban el humo para hacerle salir, prendiendo fuego a la isla.
Era mejor esconderse que subirse a un árbol, porque así tenía la posibilidad de romper
la línea y escapar si le descubrían.
Así, pues, a esconderse.
Se preguntó si un jabalí estaría de acuerdo con su estrategia, y gesticuló sin objeto.
Buscaría el matorral más espeso, el agujero más oscuro de la isla y allí se metería. Ahora,
al correr, miraba en torno suyo. Los rayos de sol caían sobre él como charcos de luz y el
sudor formó surcos en la suciedad de su cuerpo. Los gritos llegaban ahora desde lejos,
más tenues.
Encontró por fin un lugar que le pareció adecuado, aunque era una solución
desesperada. Allí, los matorrales y las trepadoras, profundamente enlazadas, formaban
una estera que impedía por completo el paso de la luz del sol. Bajo ella quedaba un
espacio de quizá treinta centímetros de alto, aunque atravesado todo él por tallos
verticales. Si se arrastraba hasta el centro de aquello estaría a unos cuatro metros del
borde y oculto, a no ser que al salvaje se le ocurriese tirarse al suelo allí para buscarle;
pero, aun así, estaría protegido por la oscuridad, y, si sucedía lo peor y era descubierto,
podría arrojarse contra el otro, desbaratar la línea y regresar corriendo.
Con cuidado y arrastrando la lanza, Ralph penetró a gatas entre los tallos erguidos.
Cuando alcanzó el centro de la estera se echó a tierra y escuchó.
El fuego se propagaba y el rugido que le había parecido tan lejano se acercaba ahora.
¿No era verdad que el fuego corre más que un caballo a galope? Podía ver el suelo,
salpicado de manchas de sol, hasta una distancia de quizá cuarenta metros, y mientras lo
contemplaba, las manchas luminosas le pestañeaban de una manera tan parecida al
aleteo de la cortinilla en su mente que por un momento pensó que el movimiento era
imaginación suya. Pero las manchas vibraron con mayor rapidez, perdieron fuerza y se
desvanecieron hasta permitirle ver la gran masa de humo que se interponía entre la isla y
el sol.
Quizás fuesen Samyeric quienes mirasen bajo los matorrales y lograsen ver un cuerpo
humano. Seguramente fingirían no haber visto nada y no le delatarían. Pegó la mejilla

contra la tierra de color chocolate, se pasó la lengua por los labios secos y cerró los ojos.
Bajo los arbustos, la tierra temblaba muy ligeramente, o quizás fuese un nuevo sonido
demasiado tenue para hacerse sentir junto al tronar del fuego y los chillidos ululantes

Alguien lanzó un grito. Ralph alzó la mejilla del suelo rápidamente y miró en la débil luz.
Deben estar cerca ahora, pensó mientras el corazón le empezaba a latir con fuerza.
Esconderse, romper la línea, subirse a un árbol; ¿cuál era la solución mejor? Lo malo era
que sólo podría elegir una de las tres.

El fuego se aproximaba; aquellas descargas procedían de grandes ramas, incluso de
troncos, que estallaban. ¡Esos estúpidos! ¡Esos estúpidos! El fuego debía estar ya cerca
de los frutales. ¿Qué comerían mañana?

Ralph se revolvió en su angosto lecho. ¡Si no arriesgaba nada! ¿Qué podrían hacerle?
¿Golpearle? ¿Y qué? ¿Matarle? Un palo afilado por ambas puntas.

Los gritos, tan cerca de pronto, le hicieron levantarse. Pudo ver a un salvaje pintado
que se libraba rápidamente de una maraña verde y se aproximaba hacia la estera. Era un
salvaje con una lanza. Ralph hundió los dedos en la tierra. Tenía que prepararse, por si
acaso.

Ralph tomó la lanza, cuidó de dirigir la punta afilada hacia el frente, y notó por primera
vez que estaba afilada por ambos extremos.

El salvaje se detuvo a unos doce metros de él y lanzó su grito.
Quizás pueda oír los latidos de mi pecho, pensó. No grites. Prepárate.
El salvaje avanzó de modo que sólo se le veía de la cintura para abajo. Aquello era la
punta de la lanza. Ahora sólo le podía ver desde las rodillas. No grites.
Una manada de cerdos salió gruñendo de los matorrales por detrás del salvaje, y
penetraron velozmente en el bosque. Los pájaros y los ratones chillaban, y un pequeño
animalillo entró a saltos bajo la estera y se escondió atemorizado.
El salvaje se detuvo a cuatro metros, junto a los arbustos, y lanzó un grito. Ralph se
sentó agazapado, dispuesto. Tenía la lanza en sus manos, aquel palo afilado por ambos
extremos, que vibraba furioso, se alargaba, se achicaba, se hacía ligero, pesado, ligero...
Los alaridos abarcaban de orilla a orilla. El salvaje se arrodilló junto al borde de los
arbustos y tras él, en el bosque, se veía el brillo de unas luces. Se podía ver una rodilla
rozar en la turba. Luego la otra. Sus dos manos. Una lanza.
Una cara.
El salvaje escudriñó la oscuridad bajo los arbustos. Evidentemente, había visto luz a un
lado y otro, pero no en el medio. Allí, en el centro, había una mancha de oscuridad, y el
salvaje contraía el rostro e intentaba adivinar lo que la oscuridad ocultaba.
Los segundos se alargaron. Ralph miraba directamente a los ojos del salvaje.
No grites.
Te salvarás.
Ahora te ha visto. Se está cerciorando. Tiene un palo afilado.
Ralph lanzó un grito, un grito de terror, ira y desesperación. Se irguió y sus gritos se
hicieron insistentes y rabiosos. Se abalanzó, quebrantándolo todo, hasta encontrarse en
el espacio abierto, gritando, furioso y ensangrentado. Giró el palo y el salvaje cayó al
suelo; pero otros venían hacia él, también gritando. Con un giro de costado esquivó una
lanza que voló a él; en silencio, echó a correr. De pronto, todas las lucecillas que habían
brillado ante él se fundieron, el rugido del bosque se elevó en un trueno y un arbusto,
frente a él, reventó en un abanico de llamas. Giró hacia la derecha, corrió con
desesperada velocidad, mientras el calor le abofeteaba el costado izquierdo y el fuego
avanzaba como la marea. Oyó el ulular a sus espaldas, que fue quebrándose en una serie
de gritos breves y agudos: la señal de que le habían visto. Una figura oscura apareció a
su derecha y luego quedó atrás. Todos corrían, todos gritaban como locos. Les oía
aplastar la maleza y sentía a su izquierda el ardiente y luminoso tronar del fuego. Olvidó
sus heridas, el hambre y la sed y todo ello se convirtió en terror, un terror desesperado

que volaba con pies alados a través del bosque y hacia la playa abierta. Manchas de luz
bailaban frente a sus ojos y se transformaban en círculos rojos que crecían rápidamente
hasta desaparecer de su vista. Sus piernas, que le llevaban como autómatas, empezaban
a flaquear y el insistente ulular avanzaba como ola amenazadora, y ya casi se encontraba
sobre él.

Tropezó en una raíz y el grito que le perseguía se alzó aún más. Vio uno de los
refugios saltar en llamas; el fuego aleteaba junto a su hombro, pero frente a él brillaba el
agua. Segundos después rodó sobre la arena cálida; se arrodilló en ella con un brazo
alzado; en un esfuerzo por alejar el peligro, intentó llorar pidiendo clemencia.

Con esfuerzo se puso en pie, preparado para recibir nuevos terrores, y alzó la vista
hacia una gorra enorme con visera. Era una gorra blanca, que llevaba sobre la verde
visera una corona, un ancla y follaje de oro. Vio tela blanca, charreteras, un revólver, una
hilera de botones dorados que recorrían el frente del uniforme.

Un oficial de marina se hallaba en pie sobre la arena mirando a Ralph con recelo y
asombro. En la playa, tras él, había un bote cuyos remos sostenían dos marineros. En el
interior del bote otro marinero sostenía una metralleta.

El cántico vaciló y por fin se apagó del todo.
El oficial miró a Ralph dudosamente por unos instantes. Luego retiró la mano de la
culata del revólver.
- Hola.
Acobardado y consciente de su descuidado aspecto, Ralph contestó tímidamente:
- Hola.
El oficial hizo un gesto con la cabeza, como si hubiese recibido una respuesta.
- ¿Hay algún adulto..., hay gente mayor entre vosotros?
Ralph sacudió la cabeza en silencio y se volvió. Un semicírculo de niños con cuerpos
pintarrajeados de barro y palos en las manos se había detenido en la playa sin hacer el
menor ruido.
- Conque jugando, ¿eh? - dijo el oficial.
El fuego alcanzó las palmeras junto a la playa y las devoró estrepitosamente. Una
llama solitaria giró como un acróbata y roció las copas de las palmeras de la plataforma.
El cielo estaba ennegrecido. El oficial sonrió alegremente a Ralph.
- Vimos vuestro fuego. ¿Qué habéis estado haciendo? ¿Librando una batalla o algo por
el estilo?
Ralph asintió con la cabeza.
El oficial contempló al pequeño espantapájaros que tenía delante, al muchacho le hacía
falta un buen baño, un corte de pelo, un pañuelo para la nariz y pomada.
- No habrá muerto nadie, espero. No habrá cadáveres.
- Sólo dos. Pero han desaparecido.
El oficial se agachó y miró detenidamente a Ralph.
- ¿Dos? ¿Muertos?
Ralph volvió a asentir. Tras él, la isla entera llameaba. El oficial sabía distinguir por
experiencia la verdad de la mentira. Silbó suavemente.
Otros niños iban apareciendo, algunos de ellos de muy corta edad, con la dilatada
barriga de pequeños salvajes. Uno de ellos se acercó al oficial y alzó los ojos hacia él.
- Soy, soy...
Pero no supo continuar. Percival Wemys Madison se esforzó por recordar aquella
fórmula encantada que se había desvanecido por completo.
El oficial se volvió de nuevo a Ralph.
- Os llevaremos con nosotros. ¿Cuántos sois? Ralph sacudió la cabeza. El oficial
recorrió con la mirada el grupo de muchachos pintados,
- ¿Quién de vosotros es el jefe?
- Yo - dijo Ralph con voz firme.

Un niño que vestía los restos de una gorra negra sobre su pelo rojo y de cuya cintura
pendían unas gafas rotas se adelantó unos pasos, pero cambió de parecer y permaneció
donde estaba.

- Vimos vuestro fuego. ¿Así que no sabéis cuántos sois?
- No, señor.
- Me parece - dijo el oficial, pensando en el trabajo que le esperaba para contar a todos
-. Me parece a mí que para ser ingleses..., sois todos ingleses, ¿no es así?..., no ofrecéis
un espectáculo demasiado brillante que digamos.
- Lo hicimos bien al principio - dijo Ralph -, antes de que las cosas... Se detuvo.
- Estábamos todos juntos entonces... El oficial asintió amablemente.
- Ya sé. Como buenos ingleses. Como en la Isla de Coral.
Ralph le miró sin decir nada. Por un momento volvió a sentir el extraño encanto de las
playas. Pero ahora la isla estaba chamuscada como leños apagados. Simón había muerto
y Jack había... Las lágrimas corrieron de sus ojos y los sollozos sacudieron su cuerpo. Por
vez primera en la isla se abandonó a ellos; eran espasmos violentos de pena que se
apoderaban de todo su cuerpo. Su voz se alzó bajo el negro humo, ante las ruinas de la
isla, y los otros muchachos, contagiados por los mismos sentimientos, comenzaron a
sollozar también. Y en medio de ellos, con el cuerpo sucio, el pelo enmarañado y la nariz
goteando, Ralph lloró por la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre y
la caída al vacío de aquel verdadero y sabio amigo llamado Piggy.
El oficial, rodeado de tal expresión de dolor, se conmovió algo incómodo. Se dio la
vuelta para darles tiempo de recobrarse y esperó, dirigiendo la mirada hacia el espléndido
crucero, a lo lejos.

FIN


Click to View FlipBook Version