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Published by Alan García, 2020-11-18 20:33:58

COELHO PAULO - El Demonio Y La Srta Prym 4.RTF

cometer un crimen por venganza y el sacerdote no
tenía experiencia con las armas y, posiblemente,
fallaría el tiro.
La señorita Prym tenía razón: creer en los
demás es muy arriesgado. De repente, parecía que
todos se habían dado cuenta de ello, porque
empezaron a abandonar aquel lugar, primero, los
mayores, después, los más jóvenes.
Bajaron por la cuesta, en silencio, intentando
pensar en el tiempo, en las ovejas que tenían que
trasquilar, en el campo que debían arar de nuevo,
en la temporada de caza que estaba a punto de
empezar. Aquello no había sucedido, porque Viscos
es una aldea perdida en el tiempo, en donde todos
los días son iguales.
Cada uno se decía a sí mismo que aquel fin de
semana sólo había sido un sueño.
O una pesadilla.


En el claro, sólo permanecieron tres personas
y dos farolillos; una de las tres personas dormía
atada a una piedra.
-Aquí tienes el oro de tu aldea -dijo el
extranjero a Chantal-. Al final, me quedo sin el
oro y sin mi respuesta.
-No es de mi aldea: es mío. Así como el lingote
que está junto a la roca en forma de Y. Y tú me
acompañarás a cambiarlo por dinero; no confío en
tus palabras.
-Sabes muy bien que no habría hecho nada de lo
que has dicho. Y, por lo que respecta al desprecio
que sientes por mí, en realidad, se trata del
desprecio que sientes por ti misma. Deberías
estarme agradecida por todo lo que ha sucedido, ya
que, al mostrarte el oro, te di mucho más que la
posibilidad de hacerte rica.
-¡Muy generoso! -replicó Chantal, con ironía-.
Desde el primer momento, podría haberte comentado
algo acerca de la naturaleza del ser humano;
aunque Viscos sea un pueblo decadente, tuvo un

pasado de gloria y sabiduría. Podría haberte dado
la respuesta que buscabas, si me hubiera acordado
de ella.
Chantal desató a Berta y vio que tenía una
herida en la cabeza, tal vez a causa de la posición
en que habían colocado su cabeza en la piedra, pero
no era nada grave. El problema era que debían quedarse
allí hasta la mañana siguiente, esperando que la mujer
despertase.
-¿Puedes darme esa respuesta ahora? -le
preguntó el hombre.
-Supongo que ya deben de haberte contado el
encuentro entre San Sabino y Ahab.
-Claro. El santo fue a ver a Ahab, conversó con
él y, al final, el árabe se convirtió porque se
percató de que el coraje del santo era mucho mayor
que el suyo.
-Sí. Pero antes de irse a dormir volvieron a
charlar un rato, a pesar de que Ahab se había
puesto a afilar su puñal en cuanto San Sabino
había puesto los pies en su casa. Convencido de
que el mundo era un reflejo de sí mismo, decidió
desafiarle, y le preguntó:
»-Si ahora entrase la prostituta más bella que
ronda por el pueblo, ¿te sería posible pensar que
no es bella y seductora?
»-No. Pero conseguiría controlarme -respondió
el santo.
»-Si te ofreciera muchas monedas de oro para
que dejaras la montaña y te unieras a nosotros,
¿te sería posible mirarlas como si fueran piedras?
—No. Pero conseguiría controlarme.
»-Si vinieran a verte dos hermanos, uno que te
detesta y otro que te considera un santo, ¿te
sería posible pensar que los dos son iguales?
»-Aunque me hiciera sufrir, conseguiría
controlarme y los trataría a los dos de la misma
manera. Chantal hizo una pausa.
-Dicen que este diálogo fue decisivo para la
conversión de Ahab.

El extranjero no necesitaba que Chantal le
contara el resto de la historia; Sabino y Ahab
tenían los mismos instintos; el Bien y el Mal
luchaban por ellos, como luchaban por todas las
almas de la Tierra. Cuando Ahab comprendió que
Sabino era igual que él, también comprendió que él
era igual que Sabino.
Todo era una cuestión de control. Y de
elección. Nada más.


Chantal contempló por última vez el valle,
las montañas, los bosques por donde solía caminar
de pequeña, y sintió en la boca el sabor a verduras
recién recolectadas, a vino casero, hecho con la
mejor uva de la comarca, que era celosamente
guardada por la gente del pueblo para que ningún
turista lo descubriese, ya que la producción era
demasiado limitada para poder exportarlo a otros
lugares, y el dinero podía hacer cambiar de
opinión al viticultor.
Sólo había vuelto para despedirse de Berta;
llevaba la misma ropa que de costumbre, para que
nadie se percatara de que, durante su corto viaje
a la ciudad, se había convertido en una mujer
rica: el extranjero se había encargado de todo,
había firmado los papeles de transferencia del
metal, se había encargado de la venta del oro y de
que el dinero fuera ingresado en la nueva cuenta
de la señorita Prym. El cajero del banco los había
mirado con una discreción exagerada y no había
hecho más preguntas de las estrictamente
necesarias para efectuar las transacciones. Pero
Chantal sabía perfectamente lo que aquel hombre
había pensado: que se hallaba delante de la joven
amante de un señor maduro.
"¡Qué sensación tan agradable!", recordó.
Según el cajero del banco, ella era tan buena en
la cama que valía esa inmensa cantidad de dinero.


Se cruzó con algunos vecinos; nadie sabía

que ella se marchaba, y la saludaron como si no
hubiera sucedido nada, como si Viscos no hubiera
recibido la visita del Demonio. Ella devolvió el
saludo, fingiendo también que aquel día era igual
que todos los otros días de su vida.
No sabía hasta qué punto la había cambiado
lo que había descubierto sobre sí misma, pero tenía
tiempo para aprender. Berta estaba sentada delante
de su casa, ya no para vigilar la llegada del Mal,
sino porque no sabía hacer nada más.
-Van a construir una fuente en mi honor -dijo
la anciana-. Es el precio de mi silencio. Pero yo
sé que no durará mucho tiempo ni saciará la sed de
mucha gente porque Viscos está condenado de
cualquier manera: no por causa de ningún demonio,
sino por la época en que vivimos.
Chantal le preguntó cómo sería la fuente;
Berta había ideado un sol de donde manaría un chorro
De agua que caería en la boca de un sapo; ella era
el sol, y el sapo, el cura.
-Estoy saciando su sed de luz, y no dejaré de
hacerlo mientras la fuente se tenga en pie.
El alcalde se había quejado por los gastos,
pero Berta le hizo caso omiso y, dadas la
circunstancias, no tenían más remedio que construirla:
las obras debían empezar a la semana siguiente.
-Y tú, hijita, finalmente vas a hacer lo que te
sugerí. Una cosa sí puedo decirte con toda
seguridad: que la vida sea corta o larga depende
de la manera en que la vivamos.
Chantal, sonriente, le dio un beso y volvió la
espalda -para siempre- a Viscos. La anciana tenía
razón: no había tiempo que perder, aunque esperaba
que su vida fuera muy larga.






22 de enero de 2000. 23.58 h.


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