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Published by Alan García, 2020-11-18 23:37:08

Microsoft Word - Vargas Llosa, Mario - La Casa Verde.doc

amarillos hay vibraciones indóciles, medio fanáticas. Desde esa

vez que lo pelaron, se seguía pelando solito, mi teniente, y era
rarísimo porque nada les dolía más a éstos que les tocaran la
peluca. El práctico Nieves se lo podía explicar, mi teniente: era
una cosa de orgullo, justamente de eso habían estado hablando
mientras esperaban que viniera. Y el sargento a ver si con don
Adrián se entendían mejor que con el pagano, porque la vez
pasada hizo de intérprete el brujo Paredes y nadie comprendía

nada, y el Pesado es que el cantinero se hacía el que sabía
aguaruna, no era cierto, lo chapurreaba apenitas. Nieves y Jum
rugen y accionan, teniente, que no podía regresar a Urakusa
hasta que le devolvieran todo lo que le quitaron, pero le venían
ganas de volver y por eso se cortaba la peluca, para no poder
volver ni queriendo, y el Rubio ¿no era una cosa de loco? Sí, y
ahora que explicara de una vez qué quería que le devolvieran.
El práctico Nieves se acerca al aguaruna, le gruñe señalando al
oficial, gesticula y Jum, que escucha inmóvil, de pronto asiente

y escupe: ¡alto ahí!, esto no era un chiquero, que no escupiera.
Adrián Nieves se vuelve a colocar el sombrero, era para que el
teniente viera que decía la verdad, y el sargento una costum-
bre de los chunchos, el que no escupía al hablar mentía y el ofi-
cial no faltaba más, iba a bañarlos en saliva entonces. Que le
creían, Nieves, que no escupiera. Jum cruza los brazos y los aros
de su pecho se deforman, el triángulo se arruga. Comienza a

hablar reciamente, casi sin pausas, y sigue escupiendo a su al-
rededor. No aparta los ojos del teniente que taconea y observa
disgustado la trayectoria de cada gargajo. Jum agita las ma-
nos, su voz es muy enérgica. Y el intérprete: robando carajo,
urakusajebe, muchacha, soldadomireátegui, mi cabo. ¡Cabeza
caliente! Para protegerse los ojos del sol, el cabo Roberto Del-
gado se ha sacado la cristina y la sostiene estirada junto a su
frente: que siguiera haciéndose el disforzado nomás, que chilla-
ra, que se estaba hinchando de risa. Y que le preguntara dónde

aprendió tantas lisuras. Y el intérprete: contratoescontrato, lis-
to, patrón Escabino, entiende, listo, bajando, mi cabo. Los sol-
dados están desnudándose y algunos corren ya hacia el río,
pero el cabo Delgado sigue al pie de las capironas: ¿bajando? Ni
de a vainas, ahí se quedaba y que agradeciera que el capitán
Artemio Quiroga era buena gente, que si por él fuera se iba a

acordar toda su vida. ¿Por qué no le mentaba la madre de nue-
vo, a ver? Que se atreviera, que se hiciera el macho delante de

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sus paisanos que lo estaban mirando y el intérprete: bueno, la

putesumadre. Mi cabo. Que otra vez, que se la mentara de nue-
vo, que para eso se había quedado el cabo aquí y el teniente
cruza las piernas y echa la cabeza atrás: historia absurda, sin
pies ni cabeza, ¿de qué silabarios hablaba este bendito? Unos
libros con figuras, mi teniente, para enseñar el patriotismo a los
salvajes; en la Gobernación quedaban algunos todavía, muy
apolillados, se los podía enseñar don Fabio. El teniente mira in-

deciso a los guardias y, mientras tanto, el aguaruna y Adrián
Nieves siguen gruñéndose a media voz. El oficial se dirige al
sargento, ¿era cierto lo de la muchacha? Y Jum ¡muchacha!,
violentísimo, ¡carajo!, y el Pesado chist, que estaba hablando el
teniente, y el sargento pst, quién sabía, aquí se robaban mu-
chachas todos los días, podía ser cierto, ¿no decían que esos
bandidos del Santiago se habían hecho su harén? Pero el paga-
no lo mezclaba todo, y uno no sabía qué tenían que ver los sila-
barios con el jebe que reclamaba y con lo de esa muchacha, mi

compadre tenía un enredo de los mil diablos en la tutuma. Y el
Chiquito si habían sido los soldados ellos no tenían nada que
ver, ¿por qué no iba a quejarse a la guarnición de Borja?, ru-
gen y accionan y el práctico Nieves: ya había ido dos veces y
nadie le había hecho caso, teniente. Y el Rubio, había que ser
rencoroso para seguir con ese asunto después de tanto tiempo,
mi teniente, ya podía haberse olvidado. Rugen y accionan y

Nieves: que en su pueblo le echan la culpa y no quería regresar
a Urakusa sin el jebe, los cueros, los silabarios y la muchacha,
para que vieran que Jum tenía razón. Jum habla de nuevo,
despacio ahora, sin alzar las manos. Las dos aspas minúsculas
se mueven con sus labios, como dos hélices que no pueden
arrancar del todo comienzan a girar y retroceden y otra vez y
retroceden. ¿De qué hablaba ahora, don Adrián? Y el práctico:
se estaba acordando, y además insultando a esos que lo colga-
ron y el teniente deja de taconear: ¿lo habían colgado? El Chi-

quito señala vagamente la plaza de Santa María de Nieva: de
esas capironas, mi teniente. Paredes se lo podía contar, él esta-
ba, parecía un paiche dice, así colgaban a los paiches para que
se secaran. Jum lanza un chorro de gruñidos, esta vez no escu-
pe pero hace ademanes frenéticos: porque les decía las verda-
des lo colgaron de las capironas, teniente, y el sargento dale

que dale con la misma historia, y el oficial ¿las verdades? Y el
intérprete: ¡piruanos!, ¡piruanos, carajo! Mi cabo. Pero el cabo

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Delgado ya sabía, no necesitaba que le tradujeran eso, no

hablaría pagano pero sí tenía oídos, ¿lo creía un pobre cojudo?
Ah, Señor, el teniente golpea el escritorio, ah, qué vaina, no
acabarían nunca a este paso, ¿piruanos quería decir peruanos,
no?, ¿ésas eran las verdades? Y el intérprete: pior que san-
grando, pior que muriendo, mi cabo. Y boninopérez y teofilo-
cañas, no entiende. Mi cabo. Pero el cabo Delgado sí entendía:
así se llamaban esos subversivos. Que era por gusto que los

llamara que estaban muy lejos, y que si vinieran también a
ellos los colgaban. El Oscuro está sentado en una orilla del es-
critorio, los otros guardias siguen de pie, mi teniente, había si-
do un escarmiento, decían. Y que todos los patrones y los sol-
dados estaban furiosos, que querían cargárselos pero que los
atajó el gobernador de entonces, el señor Julio Reátegui. ¿Y
quiénes eran esos tipos? ¿No habían vuelto por aquí? Unos agi-
tadores, parecía, que se hicieron pasar por maestros, mi tenien-
te, y en Urakusa les habían hecho caso, los paganos se pusieron

bravos y estafaron al patrón que les compraba el jebe, y el Pe-
sado un tal Escabino, y Jum ¡Escabino! Ruge ¡carajo! Y el oficial
chitón, Nieves, que lo callara. ¿Dónde estaba ese sujeto? ¿Se
podía hablar con él? Bastante difícil, mi teniente, Escabino ya se
había muerto, pero don Fabio lo conoció y lo mejor es que
hablara con él: le contaría los detalles y además el goberna-
dor era amigo de don Julio Reátegui. ¿Tampoco Nieves estaba

aquí cuando esos incidentes? Tampoco, teniente, él sólo lleva-
ba un par de meses en Santa María de Nieva, vivía lejos antes,
por el Ucayali y el Oscuro: no sólo estafaron a su patrón, había
también el asunto del cabo ese de Borja, se juntaron las dos
cosas. Y el intérprete: ¡cabodelgado diablo! ¡Carajo! El cabo
Delgado suelta todos los dedos de sus manos y los muestra:
diez mentadas de madre, las tenía contaditas. Que podía se-
guir dándose gusto si quería, aquí se quedaba él para que si-
guiera mentándosela. Sí, un cabo que iba a Bagua con licencia,

y con él iban un práctico y un sirviente y en Urakusa los agua-
runas los asaltaron, apalearon al cabo y al sirviente, el prácti-
co desapareció y unos decían que lo mataron y otros que deser-
tó, mi teniente, aprovechando la ocasión. Y por eso se había or-
ganizado una expedición, soldados de Borja y el gobernador
de aquí, y por eso se lo habían traído a éste y lo habían escar-

mentado en las capironas. ¿No había sido así, más o menos, don
Adrián? El práctico asiente, sargento, era lo que había oído,

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pero como él no estaba acá quién sabía. Ajá, ajá, el teniente

mira a Jum y Jum mira a Nieves, entonces no era tan santito
como parecía. El práctico gruñe y el urakusa replica, áspero y
gesticulante, escupiendo y pataleando: lo que él contaba era
muy distinto, teniente, y el teniente lógico ¿cuál era la versión
de mi compadre? Que el cabo se estaba robando cosas y que lo
obligaron a devolverlas, el práctico se escapó nadando y que el
patrón era tramposo con el jebe y que por eso no habían queri-

do venderle. Pero el teniente no parece escuchar y sus ojos
examinan al aguaruna de pies a cabeza, con curiosidad y cierto
asombro: ¿cuánto tiempo lo habían tenido colgado, sargento?
Un día lo tuvieron, y después le habían dado unos azotes, decía
el brujo Paredes, y el Oscuro ese mismo cabo de Borja se los
había dado, y el Rubio en venganza de los que le darían a él
los paganos de Urakusa, mi teniente. Jum da un paso, se colo-
ca ante el oficial, escupe. La expresión de su rostro es casi ri-
sueña ahora y sus ojos amarillos revolotean maliciosamente,

una mueca juguetona rasga sus labios. Se toca la cicatriz de la
frente y lento, ceremonioso como un ilusionista, gira sobre los
talones, exhibe su espalda: desde los hombros bajan hasta su
cintura unos surcos pintados de achiote, rectilíneos, paralelos y
brillantes. Ésa era otra de sus locuras, mi teniente, siempre
que venía se pintarrajeaba así, y el Chiquito cosa de él, por-
que los aguarunas no acostumbran pintarse la espalda, y el

Rubio los boras sí, mi teniente, la espalda, la barriga, los pies,
el poto, todito el cuerpo se pintaban, y el práctico Nieves para
no olvidarse de los azotes que le dieron, ésa era la explicación
que daba, y Arévalo Benzas se seca los ojos: se le habían asa-
do los sesos ahí arriba, ¿qué gritaba? Piruanos, Arévalo, Julio
Reátegui está apoyado de espaldas en la capirona, todo el via-
je se la había pasado gritando piruanos. Y el cabo Roberto
Delgado asiente, señor, no paraba de insultar a todo el mundo,
al capitán, al gobernador, a él mismo, no se le bajaban los

humos por nada. Julio Reátegui lanza una mirada rápida hacia
arriba, ya se le bajarían, y cuando inclina la cabeza tiene los
ojos mojados, un poco de paciencia, cabo, qué sol había, lo
cegaba a uno. Y el intérprete: su pelo diciendo, silabario, mu-
chacha. Señor. Cojudeando dice, y Manuel Águila: parecía bo-
rracho, así deliraban cuando estaban masateados, pero mejor

iban de una vez que los estaban esperando, ¿quería que él lo
acompañara donde las madres? No, a la madres no les tocaba

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meterse, mi teniente, ¿no veía que eran extranjeras? Pero el

brujo Paredes decía que la madre Angélica -la más viejita de
la misión, mi teniente, ahora que se había muerto la madre
Asunción- había venido de noche a la plaza a pedir que lo ba-
jaran, y que incluso se peleó con los soldados. Se compadecería
la viejita, era la más renegona de todas, pura arruga ya, y el
Oscuro: por último le quemaron las axilas con huevos calien-
tes, el cabo ese, lo harían saltar hasta el cielo y Jum ¡carajo!

¡Piruanos! El teniente taconea de nuevo, no era la manera, ca-
ramba, y con los nudillos golpea el escritorio, se habían come-
tido excesos, sólo que qué iban a hacer ellos ahora, todo eso
ya había pasado. ¿Qué decía ahora? Que le devolvieran nomás
eso que le quitaron, teniente, y que se iría a Urakusa, y el sar-
gento ¿no le había dicho que era terco? Ese jebe ya sería suela
de zapatos, y las pieles ya serían carteras, maletas, y quién sa-
be dónde andaba la muchacha: se lo habían explicado cien ve-
ces, mi teniente. El oficial reflexiona, el mentón sobre el puño:

siempre podía dirigirse a Lima, reclamar al Ministerio, a lo me-
jor la Dirección de Asuntos Indígenas lo indemnizaba, a ver,
que Nieves le sugiriera eso. Se gruñen y, de pronto, Jum asien-
te muchas veces, ¡limagobierno!, los guardias sonríen, sólo el
práctico y el teniente permanecen serios: ¡silabariolima! El sar-
gento descruza los brazos: ¿no veía que era un salvaje, mi te-
niente? Cómo le iban a meter en la cabeza semejantes cosas,

qué querría decir para él Lima, o Ministerio, y, sin embargo,
Adrián Nieves y Jum se gruñen con vivacidad, cambian escupi-
tajos y ademanes, el aguaruna calla a ratos y cierra los ojos,
como meditando, luego, cautelosamente, pronuncia unas fra-
ses, señalando al oficial: ¿que lo acompañara? Hombre, vaya si
le gustaría darse un paseíto a Lima, que no era posible y aho-
ra Jum señala al sargento. No, no, ni el teniente, ni el sargen-
to, ni los guardias, Nieves, no podían hacer nada, que buscara
al Reátegui ese, volviera a Borja o lo que fuera, la comisaría

no iba a estar desenterrando a los muertos ¿no?, resolviendo
los líos de antaño ¿no? Él se moría de cansancio, no había
dormido, sargento, que acabaran de una vez. Además, si los
que lo habían fajado eran soldados de la guarnición, y autori-
dades de aquí, ¿quién le iba a dar la razón? Adrián Nieves inte-
rroga con los ojos al sargento, ¿qué le decía, por fin?, y al te-

niente: ¿todo eso? El oficial bosteza, entreabre perezosamente
una boca desalentada y el sargento se inclina hacia él: lo mejor

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decirle que bueno, mi teniente. Le iban a devolver el jebe, las

pieles, los silabarios, la muchacha, todo lo que quisiera y el Pe-
sado qué le pasaba, mi sargento, quién le iba a devolver si Es-
cabino ya era difunto, y el Chiquito ¿no sería de sus sueldos,
no? Y el sargento para más seguridad le darían un papelito fir-
mado. Ya lo habían hecho alguna vez con el teniente Cipria-
no, mi teniente, daba resultados. Le pondrían una estampilla
de a medio en el papel y listo: ahora anda a buscar con eso al

señor Reátegui y al Escabinodiablo para que te devuelvan to-
do. Y el Oscuro ¿una cojudeada en regla, mi sargento? Pero al
teniente no lo convencían esas cosas, él no podía firmar ningún
papel sobre este asunto tan viejo, y, además, pero el sargento
papel periódico nomás, una firmita de a mentiras y así se iría
tranquilo. Éstos eran tercos pero creían lo que se les decía, se
pasaría meses y años buscando al Escabino y al señor Reáte-
gui. Bueno, y que ahora le dieran algo de comer y se fuera sin
que nadie más le pusiera un dedo encima, capitán, por favor

que se lo repitiera él mismo. Y el capitán con mucho gusto, don
Julio, llama al cabo: ¿entendido? Se había acabado el escarmien-
to, ni un dedo encima, y Julio Reátegui: lo importante era que
volviera a Urakusa. Nunca más pegando a soldados, nunca en-
gañando patrón, que si los urakusas se portan bien los cristia-
nos se portan bien, que si los urakusas se portan mal los cris-
tianos mal: que le tradujera eso, y el sargento lanza una carca-

jada que alegra todo su rostro redondo: ¿qué le había dicho,
mi teniente? Sí, se habían librado de él, pero al oficial no le gus-
taba, no estaba acostumbrado a estos procedimientos, y el Pe-
sado: la montaña no era Lima, mi teniente, aquí había que li-
diar con chunchos. El teniente se pone de pie, sargento, la ca-
beza le daba vueltas con este lío, que no lo despertaran aunque
se cayera el mundo. ¿No quería otra cervecita antes de irse a
dormir?, no, ¿que le llevaran una tinaja con agua?, más tarde.
El teniente hace un saludo con la mano a los guardias y sale. La

plaza de Santa María de Nieva está llena de indígenas, las mu-
jeres que muelen sentadas en el suelo forman una gran ronda,
algunas llevan criaturas prendidas a las mamas. El teniente se
para en medio de la trocha y, atajando el sol con la mano, con-
templa un momento las capironas: robustas, altas, masculinas.
Un perro flaco pasa junto a él y el oficial lo sigue con la vista y en-

tonces ve al práctico Adrián Nieves. Viene hacia él y le muestra en
su mano los pedacitos blanquinegros de papel periódico, teniente:

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no era tan cojudo como se creía el sargento, había hecho trizas el

papel y lo había tirado en la plaza, él acababa de encontrarlo.
-Un secreto que usted ni se huele, mi sargento -dijo el Pesado, ba-
jando la voz-. Pero que no oigan los otros.
El Oscuro, el Chiquito y el Rubio conversaban en el mostrador con
Paredes, que les servía unas copas de anisado. Un chiquillo sa-
lió de la cantina con tres ollitas de barro, cruzó la desierta plaza
de Santa María de Nieva y se perdió en dirección a la comisaría.

Un sol fuerte doraba las capironas, los techos y los tabiques de las
cabañas, pero no llegaba hasta la tierra, porque una bruma blan-
cuzca, flotante, que parecía venir del río Nieva, lo contenía a ras
del suelo y lo opacaba.
-No están oyendo -dijo el sargento-. ¿Cuál es el secreto?
-Ya sé quién es la que está donde los Nieves -el Pesado escupió
unas pepitas negras de papaya y se limpió con el pañuelo la cara
sudada-, esa que nos dio tanta curiosidad la otra noche.
-¿Ah, sí? -dijo el sargento-. ¿Y quién es?

-La que sacaba las basuras de las madres -susurró el Pesado,
mirando de reojo hacia el mostrador-, la que botaron de la misión
porque ayudó a escaparse a las pupilas.
El sargento se registró los bolsillos, pero sus cigarros estaban so-
bre la mesa. Encendió uno y chupó hondo, disparó una bocanada
de humo: una mosca revoloteó con angustia dentro de la nube y
escapó zumbando.

-¿Y cómo averiguaste? -dijo el sargento-. ¿Te la presentaron
los Nieves?
Haciéndose el tonto, mi sargento, el Pesado se iba a dar sus vuel-
tecitas por la cabaña del práctico, y esa mañana la había visto,
trabajando en la chacra con la mujer de Nieves: Bonifacia, así se
llamaba. ¿No se habría equivocado el Pesado? Por qué iba a es-
tar ésa con los Nieves, ¿acaso no era medio monja? No, desde que
la botaron ya no era, no se ponía el uniforme y el Pesado la había
reconocido ahí mismo. Un poco retaca, mi sargento, aunque tenía

formas. Y debía ser jovencita, pero, sobre todo, que no les dijera
nada a los otros.
-¿Crees que soy un chismoso? -dijo el sargento-. Déjate de re-
comendaciones tontas.
Paredes trajo dos copitas de anisado y permaneció junto a la
mesa, mientras el sargento y el Pesado bebían. Luego limpió el

tablero con un trapo y volvió al mostrador. El Oscuro, el Rubio y el
Chiquito salieron de la cantina y, en la puerta, una resolana rosa-

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da encendió sus rostros, sus cuellos. La bruma había crecido y,

de lejos, los guardias parecían ahora mutilados, o cristianos va-
deando un río de espuma.
-No te metas en líos con los Nieves que son mis amigos -dijo el
sargento.
¿Y quién se iba a meter con ellos? Pero sería de locos no aprove-
char la ocasión, mi sargento. Ellos eran los únicos que sabían, así
que como buenos compañeros ¿no?, el Pesado le hacía el trabaji-

to, ¿miti-miti, claro?, y se la pasaba ¿de acuerdo? Pero el sargento
comenzó a toser, no le gustaban esos repartos, echaba humo por
la nariz y por la boca, qué concha, por qué le iban a tocar las so-
bras.

-¿Acaso no la vi primero, mi sargento? -dijo el Pesado-. Y averi-
güé quién era y todo. Pero fíjese, qué hace por aquí el teniente.
Señaló hacia la plaza y por allí venía el teniente, medio cuerpo
afuera de la mancha gaseosa, pestañeando bajo el sol, con camisa

limpia. Cuando emergió de la bruma, tenía húmedas de vapor la
mitad inferior del pantalón y las botas.
-Venga conmigo, sargento -ordenó desde la escalerilla-. Don Fa-
bio quiere vernos.
-No se olvide lo que le dije, mi sargento -murmuró el Pesado.
El teniente y el sargento se hundieron en la bruma hasta la cintu-
ra. El embarcadero y las cabañas bajas del contorno ya habían si-

do devorados por las olas de vapor, que arremetían ahora, altas y
ondulantes, contra las techumbres y los barandales. En cambio,
una luz diáfana abarcaba las colinas, los locales de la misión re-
lumbraban intactos, y los árboles de troncos diluidos por la niebla,
lucían sus copas limpias, y sus hojas, sus ramas y sus plateadas
telarañas destellaban.
-¿Subió donde las madrecitas, mi teniente? -dijo el sargento-.
Les habrán dado unos azotes a las churres ¿no?
-Ya las perdonaron -dijo el teniente-. Esta mañana las sacaron

al río. La superiora me dijo que la enfermita estaba mejor.
En la escalerilla de la cabaña del gobernador se sacudieron los
pantalones mojados y frotaron sus suelas llenas de barro contra
los peldaños. El cuadriculado de la tela metálica que protegía la
puerta era tan diminuto que ocultaba el interior. Les abrió una
aguaruna vieja y descalza, entraron y adentro hacía fresco y

olía a verduras. Las ventanas estaban cerradas, el cuarto per-
manecía en la penumbra, y se distinguían confusamente los ar-

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cos, fotografías, pucunas y haces de flechas prendidos en las

paredes. Unas mecedoras floreadas circundaban la alfombra
de chamira y don Fabio había aparecido en el umbral de la
pieza contigua, teniente, sargento, risueño y enjuto bajo la
calva luminosa, la mano estirada: ¡había llegado la orden, fi-
gúrense! Dio una palmada al oficial en el hombro, ¿cómo esta-
ban?, hacía gestos afables, ¿qué les parecía la noticia?, pero an-
tes ¿un refresco?, ¿unas cervecitas?, ¿no parecía mentira? Dio

una orden en aguaruna y la vieja trajo dos botellas de cerve-
za. El sargento apuró su vaso de un trago, el teniente pasaba
el suyo de una mano a la otra y tenía los ojos errabundos y
preocupados, don Fabio bebía, como un pajarito, sorbos lige-
rísimos.
-¿Les comunicaron la orden por radio a las madres? -dijo el te-
niente.
Sí, esta mañana, y a don Fabio le habían avisado de inmediato.
don Julio decía siempre ese ministro está torpedeando la cosa,

es mi peor enemigo, no saldrá nunca. Y era la pura verdad, ya
veían, cambió el Ministerio y la orden vino volando.
-Después de tanto tiempo -dijo el sargento-. Yo hasta me
había olvidado de los bandidos, gobernador.
Don Fabio Cuesta sonreía siempre: tenían que partir cuanto an-
tes para estar de regreso antes de las lluvias, no les recomen-
daba las crecidas del Santiago, las palisadas y los remolinos del

Santiago, ¿a cuántos cristianos se habrían cargado esas creci-
das?
-Sólo tenemos cuatro hombres en el puesto y no es bastante -
dijo el teniente-. Porque, además, tiene que quedarse un
guardia aquí, cuidando la comisaría.
Don Fabio guiñó un ojo con picardía, pero si el nuevo ministro
era amigo de don julio, amigo. Había dado todas las facilidades
y no iban a ir solos sino con soldados de la guarnición de Borja.
Y ellos ya habían recibido la orden, teniente. El oficial bebió un

trago, ah, y asintió sin entusiasmo: bueno, ése era otro cantar.
Pero no se lo explicaba, y movía perplejamente la cabeza, ese
asunto ahora era como la resurrección de Lázaro, don Fabio. Así
andaban las cosas en nuestra patria, teniente, qué quería él,
ese ministro demoraba y demoraba creyendo perjudicar sólo a
don Julio, sin darse cuenta qué terrible daño les hacía a todos.

Más valía tarde que nunca ¿no?



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-Pero si ya no hay denuncias contra esos ladrones, don Fabio -

dijo el teniente-. Si la última fue al poco tiempo de llegar yo a
Santa María de Nieva, fíjese cuánto ha pasado.
¿Y eso qué importaba, teniente? No habría denuncias por este la-
do, pero sí por otro, y además, esos forajidos tenían que pagar su
deuda, ¿les servía más cervecita? El sargento aceptó y, nueva-
mente, vació su vaso de un trago: no era por eso, gobernador, si-
no que a lo mejor hacían un viaje de balde, qué iban a estar los ra-

teros ahí todavía. Y si se adelantaban las lluvias, cuánto tiempo
podían quedarse enterrados en el monte. Nada, nada, sargento,
tenían que estar en la guarnición de Borja dentro de cuatro días,
y otra cosa que el teniente debía saber: éste era un asunto que
don Julio se tomaba muy a pecho. Los forajidos le habían hecho
perder tiempo y paciencia, algo que él no perdonaba. ¿No decía
el teniente que soñaba con salir de aquí? don Julio lo ayudaría si
todo iba bien, la amistad de ese hombre valía oro, teniente, don
Fabio lo sabía por experiencia.

-Ah, don Fabio -sonrió el oficial-, qué bien me conoce usted. Ya
puso el dedo en la llaga.
-Y hasta el sargento saldrá beneficiado -replicó el gobernador,
palmoteando feliz-. ¡Claro! ¿No les digo que don Julio y el nuevo
ministro son amigos?
Estaba bien, don Fabio, harían lo que se pudiera. Pero que les
convidara otra copita, para reaccionar, la noticia los había deja-

do medio atontados. Acabaron las cervezas y charlaron y bro-
mearon en la fresca y olorosa penumbra, luego el gobernador
los acompañó hasta la escalerilla y desde allí les hizo adiós. La
bruma lo cubría todo ahora y, entre sus velos y danzas ambi-
guas, las cabañas y los árboles flotaban suavemente, se oscure-
cían y aclaraban, y había siluetas huidizas circulando por la pla-
za. Una voz menuda y tristona canturreaba a lo lejos.
-Primero a corretear tras las churres y ahora esto -dijo el sar-
gento-. A mí no me hace gracia surcar el Santiago en esta época,

va a ser una horrible moledera de huesos, mi teniente. ¿A quién
va a dejar en el puesto?
-Al Pesado, que se cansa de todo -dijo el teniente-. Te hubiera
gustado quedarte ¿no?
-Pero el Pesado tiene muchos años en la montaña -dijo el sar-
gento-; eso da experiencia, mi teniente. ¿Por qué no el Chiquito,

que es tan enclenque?



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-El Pesado -dijo el teniente-. Y no pongas esa cara. A mí tampo-

co me gusta esta vaina, pero ya oíste al gobernador, de repente
después de este viajecito cambia la suerte y salimos de aquí.
Anda a llamar a Nieves y tráete a los otros a mi casa, para hacer
el plan de trabajo.
El sargento quedó un momento inmóvil en la bruma, las manos
en los bolsillos. Luego, cabizbajo, cruzó la plaza, pasó junto al
embarcadero sumergido bajo una densa capa de vapor, se inter-

nó en la trocha y avanzó por un paisaje humoso y resbaladizo,
cargado de electricidad y de graznidos. Cuando llegó frente a la
cabaña del práctico, hablaba solo, sus manos estrujaban el que-
pí y sus polainas, su pantalón y su camisa tenían salpicaduras
de barro.
-Qué milagro a estas horas, sargento -Lalita se escurría los ca-
bellos, inclinada sobre la baranda; su rostro, sus brazos y su
vestido chorreaban-. Pero pase, suba, sargento.
Indeciso, pensativo, siempre moviendo los labios, el sargento

trepó la escalerilla, en la terraza dio la mano a Lalita y, cuando
se volvió, Bonifacia estaba junto a él, también empapada. Su
vestido color crudo se adhería a su cuerpo, sus cabellos húme-
dos ceñían su rostro como una toca, y sus ojos verdes miraban
al sargento contentos, sin embarazo. Lalita exprimía el ruedo de
su falda, ¿había venido a visitar a su alojada, sargento?, y goti-
tas transparentes rodaban sobre sus pies: ahí la tenía. Habían

estado pescando y se habían metido al río con esta niebla, figú-
rese, no veían nada pero el agua estaba tibiecita, rica, y Bonifa-
cia se adelantó: ¿traía comida? ¿Anisado? En vez de responder,
Lalita lanzó una carcajada y entró a la cabaña.
-Te has hecho ver con el Pesado esta mañana -dijo el sargento-.
¿Por qué te hiciste ver? ¿No te dije que no quería?
-La está usted celando, sargento -dijo Lalita, desde la ventana,
entre risas-. Qué le importa que la vean. ¿No querrá que la po-
bre se pase la vida escondiéndose, no?

Bonifacia escudriñaba el rostro del sargento, muy seria, y en su
actitud había algo asustado y confuso. Él dio un paso hacia ella y
los ojos de Bonifacia se alarmaron, pero no se movió y el sar-
gento alzó un brazo, la tomó del hombro, chinita, no quería que
hablara con el Pesado, y tampoco con ningún cristiano, señora
Lalita.






161

-Yo no puedo prohibirle -dijo Lalita y Aquilino, que había apare-

cido en la ventana, se rió-. Y usted tampoco, sargento, ¿acaso es
su hermano? Sólo siendo su marido podría.
-Yo no lo vi -tartamudeó Bonifacia-. Será mentira, no me habrá
visto, diría nomás.
-No te humilles, no seas tonta -dijo Lalita-. Más bien dale celos,
Bonifacia.
El sargento pegó a Bonifacia contra él, que nunca la viera con el

Pesado mejor, y con dos dedos le levantó la barbilla, que nunca
la viera con ningún hombre, señora, y Lalita lanzó otra carcajada
y junto al rostro del Aquilino habían surgido otros dos. Los tres
chiquillos se comían al sargento con los ojos y con ninguno la
habría de ver, Bonifacia cogió la camisa del sargento y los labios
le temblaban: se lo prometía.
-Eres tonta -dijo Lalita-. Cómo se ve que no conoces a los cris-
tianos, sobre todo a los uniformados.
-Tengo que salir de viaje -dijo el sargento, abrazando a Bonifa-

cia-. No volveremos antes de tres semanas, quizás un mes.
-¿Conmigo sargento? -Adrián Nieves, en calzoncillos, estaba en
la escalerilla, sacudiéndose con la mano el cuerpo bruñido y
huesoso-. No me diga que otra vez se escaparon las pupilas.
Y cuando volviera se casarían, chinita, y la voz se le quebró y se
puso a reír como un idiota, mientras Lalita gritaba e irrumpía en
la terraza, resplandeciente, los brazos abiertos y Bonifacia salía

a su encuentro y se abrazaban. El práctico Nieves estrechó la
mano del sargento que hablaba soltando gallos, don Adrián, es
que se había emocionado un poco: quería que ellos fueran los
padrinos, claro. Ya veía, señora Lalita, había caído en su trampa
nomás y Lalita sabía desde el principio que el sargento era un
cristiano correcto, que la dejara abrazarlo. Harían una gran fies-
ta, ya vería cómo lo festejarían. Bonifacia, aturdida, abrazaba al
sargento, a Lalita, besaba la mano del práctico, cogía a los chi-
quillos en vilo, y ellos con mucho gusto serían los padrinos, sar-

gento, que se quedara a comer esta noche. Los ojos verdes re-
lampagueaban, y Lalita se harían su casa aquí al ladito, se en-
tristecían, ellos los ayudarían, se alegraban y el sargento tenía
que cuidársela mucho, señora, no quería que ella viera a nadie
mientras él estuviera de viaje y Lalita por supuesto, ni a la puer-
ta saldría, la amarrarían.

-¿Y adónde vamos ahora? -dijo el práctico-. ¿Otra vez con las
madrecitas?

162

-Ojalá fuera eso -dijo el sargento-. Nos van a sacar el alma, don

Adrián. Figúrese que llegó la orden. Nos vamos al Santiago, a
buscar a los fascinerosos esos.
-¿Al Santiago? -dijo Lalita. Se había demudado, estaba rígida y
boquiabierta y el práctico Nieves, apoyado en la baranda, exa-
minaba el río, la bruma, los árboles. Los chiquillos continuaban
revoloteando alrededor de Bonifacia.
-Con gente de la guarnición de Borja -dijo el sargento-. ¿Pero

por qué se pusieron así? No hay peligro, vamos a ir muchos. Y a
lo mejor esos rateros ya se murieron de viejos.
-Pintado vive allá abajo -dijo Adrián Nieves, señalando el río
oculto por la niebla-. Conoce bien la región y es un práctico de los
buenos. Hay que avisarle ahorita, a veces sale de pesca a estas
horas.
-Pero cómo -dijo el sargento-. ¿Usted no quiere venir con no-
sotros, don Adrián? Son más de tres semanas, se sacará su buena
platita.

-Es que estoy enfermo, con las fiebres -dijo el práctico-. Vomito
todo y la cabeza me da vueltas.
-Pero, don Adrián -dijo el sargento-. No me diga eso, qué va a
estar usted enfermo. ¿Por qué no quiere ir?
-Tiene las fiebres, se va a acostar ahora mismo -dijo Lalita-. Vaya
rápido donde Pintado, sargento, antes que salga de pesca.


Y al anochecer ella escapó como él le dijo, bajó el barranco y
Fushía por qué te demoraste tanto, rápido, a la lanchita. Se ale-
jaron de Uchamala con el motor apagado, casi a oscuras, y él todo
el tiempo ¿no te habrán visto, Lalita?, pobre de ti si te vieron, me
estoy jugando el pescuezo, no sé por qué lo hago y ella, que iba de
puntero, cuidado, un remolino y a la izquierda rocas. Por fin se re-
fugiaron en una playa, escondieron la lancha, se tumbaron en la
arena. Y él estoy celoso, Lalita, no me cuentes del perro de Reá-
tegui, pero necesitaba una lancha y comida, nos esperan días

amargos pero ya verás, saldré adelante, y ella, saldrás, yo te
ayudaré, Fushía. Y él hablaba de la frontera, todos andarán di-
ciendo se fue al Brasil, se cansarán de buscarme, Lalita, a quién se
le va a ocurrir que me vine de este lado, si pasamos al Ecuador no
hay problema. Y de repente desnúdate, Lalita, y ella me han de
picar las hormigas, Fushía, y él aunque sea. Después llovió toda la

noche y el viento arrebató el abrigo que los protegía y ellos se
turnaban para espantar los zancudos y los murciélagos. Embar-

163

caron al amanecer y hasta que aparecieron los rápidos el viaje

fue bueno: un barquito y se escondían, un pueblo, un cuartel, un
avión y se escondían. Pasó una semana sin lluvias; viajaban des-
de que salía el sol hasta que se iba y, para ahorrar las conservas,
pescaban anchovetas, bagres. En las tardes buscaban una isla, un
banco de arena, una playa y dormían protegidos por una fogata.
Cruzaban los pueblos de noche, sin encender el motor, y él: da-
le, fuerza Lalita, y ella no me dan los brazos, hay mucha co-

rriente, y él fuerza, carajo, que ya falta poco. Cerca de Barranca
se dieron de cara con un pescador y comieron juntos y ellos es-
tamos huyendo y él ¿puedo ayudarlos? y Fushía queremos com-
prar gasolina, se me está acabando y él déme la plata, voy al pue-
blo y se la traigo. Tardaron dos semanas en pasar los pongos,
luego se internaron por caños, cochas y aguajales, se extravia-
ron, se volcó la lancha dos veces, se acabó la gasolina y una
madrugada Lalita, no llores, ya llegamos, mira, son huambisas. Se
acordaban de él, creían que venía como otras veces a comprarles

jebe. Les dieron una cabaña, comida, dos barbacoas y así pasaron
muchos días. Y él ¿ves lo que te pasa por pegarte a mí?, mejor te
hubieras quedado en Iquitos con tu madre y ella ¿si un día
te matan, Fushía? Y él serás mujer de huambisa, andarás con las
tetas al aire y te pintarás con añil, rupiña y achiote, te tendrán
mascando yuca para hacer masato, fíjate lo que te espera. Ella
lloraba, los huambisas se reían y él tonta, era broma, quizá

seas la primera cristiana que han visto éstos, hace un montón
de tiempo llegué hasta aquí con uno de Moyabamba y nos mos-
traron la cabeza de un cristiano que entró al Santiago buscando
oro, ¿te da miedo?, y ella sí Fushía. Los huambisas les traían
lonjas de chosca y majaz, bagres, yucas, una vez gusanos ver-
des y ellos vomitaron, de cuando en cuando un venado, una
gamitana o un zúngaro. Él conversaba con ellos de la mañana
a la noche y ella cuéntame, qué les preguntas, qué te dicen y
él cosas, no te preocupes, la primera vez que vinimos con Aquili-

no los conquistamos con trago y vivimos seis meses con ellos,
les traíamos cuchillos, telas, escopetas, anisado y ellos nos da-
ban jebe, pieles y hasta ahora no puedo quejarme, eran mis
clientes, son mis amigos, sin ellos ya estaría muerto, y ella sí
pero vámonos, Fushía, ¿no está cerca la frontera? Y él mejores
que los caucheros, Lalita, empezando por ese perro de Reátegui

y si no fíjate cómo se portó conmigo, le hice ganar tanta plata y
no quería ayudarme, es la segunda vez que los huambisas

164

me salvan. Y ella pero cuándo pasamos al Ecuador, Fushía,

ahorita comienzan las lluvias y ya no podremos. Y él dejó de
hablar de la frontera y pasaba las noches sin dormir, sentado en
la barbacoa, caminaba, hablaba solo, y ella qué te pasa, Fus-
hía, déjame aconsejarte, para eso soy tu mujer y él silencio
que estaba pensando. Y una mañana él se levantó, bajó a sal-
tos el barranco y ella desde arriba no hagas eso, te lo imploro
por el Cristo de Bagazán, santo, santo, y él siguió machetean-

do la lancha hasta desfondarla y hundirla y cuando subió al
barranco traía los ojos contentos. ¿Ir al Ecuador sin ropas, sin
plata y sin papeles? Una locura, Lalita, las policías se pasan la
voz de un país al otro, sólo nos quedaremos un tiempito más,
aquí me puedo hacer rico, todo depende de éstos y de que en-
cuentre al Aquilino, es el hombre que nos hace falta, ven y te
explico y ella qué has hecho, Fushía, Dios santo. Y él por aquí
no vendrá nadie y cuando salgamos se habrán olvidado de mí y
además tendremos plata para taparle la boca a cualquiera. Y

ella Fushía, Fushía, y él tengo que encontrar al Aquilino y ella
por qué la hundiste, no quiero morirme en el monte, y él so co-
juda, había que borrar las huellas. Y un día partieron en una
canoa, con dos remeros huambisas, en dirección al Santiago.
Los escoltaban jejenes, lluvias de zancudos, el canto ronco de
los trompeteros y en las noches, a pesar del fuego y de las man-
tas, los murciélagos planeaban sobre sus cuerpos y mordían en

lugares blandos: los dedos del pie, la nariz, la base del crá-
neo. Y él nada de acercarse al río, por aquí hay soldados. Sur-
caban caños angostos, oscuros, bajo bóvedas de follaje hirsuto,
lodazales pútridos, a veces lagunas erizadas de renacos, y
también trochas que abrían los huambisas a machetazos, lle-
vando la canoa al hombro. Comían lo que encontraban, raíces,
tallos de jugo ácido, cocimientos de yerbas y un día cazaron
una sachavaca, carne para una semana. Y ella no llego Fu-
shía, ya no tengo piernas, me arañé la cara, y él falta poco.

Hasta que apareció el Santiago y allí comieron chitaris que cap-
turaban bajo las piedras del río y cocinaban al humo, y un ar-
madillo cazado por los huambisas, y él ¿viste que llegamos,
Lalita?, ésta es buena tierra, hay comida y todo está saliendo y
ella me arde la cara, Fushía, te juro que ya no puedo. Hicieron
campamento un día y después siguieron, Santiago arriba, dete-

niéndose a dormir y a comer en poblados huambisas de dos, tres
familias. Y, una semana más tarde, abandonaron el río y durante

165

horas navegaron por un caño estrecho donde no entraba el sol y

tan bajo que sus cabezas tocaban el bosque. Salieron y él Lalita,
la isla, mírala, el mejor sitio que existe, entre el monte y los pan-
tanos, y antes de desembarcar hizo que los huambisas dieran
vueltas por todo el contorno y ella ¿vamos a vivir aquí? Y él está
oculta, en todas las orillas hay bosque alto, esa punta está bien
para el embarcadero. Desembarcaron y los huambisas revolvían
los ojos, mostraban los puños, gruñían y Lalita qué les pasa, Fus-

hía, de qué están rabiosos y él miedosos de porquería, quieren
regresar, se han asustado de las lupunas. Porque en lo alto del
barranco y a lo largo de toda la isla, como una compacta y altísi-
ma valla, había lupunas de troncos ásperos, hinchados de jorobas
y grandes aletas rugosas que les servían de asiento. Y ella no los
grites tanto, Fushía, van a enojarse. Estuvieron discutiendo, gru-
ñéndose y gesticulando y por fin los convenció y entraron tras
ellos a la maleza que cubría la isla. Y él ¿oyes Lalita?, está llena
de pájaros, hay guacamayos, ¿no sientes?, y cuando hallaron un

huacanhuí comiéndose una culebrita negra los huambisas chilla-
ron y él perros miedosos y ella estás loco, si todo es bosque,
Fushía, cómo vamos a vivir aquí, y él ¿crees que no pienso en
todo?, aquí viví con Aquilino y aquí viviré de nuevo y aquí me
haré rico, verás cómo cumplo. Regresaron al barranco, ella
bajó a la canoa y él y los huambisas se internaron nuevamente
y de repente por encima de las lupunas su bió una columna de

humo plomizo y comenzó a oler a quemado. Él y los huambisas
volvieron corriendo, saltaron a la canoa, cruzaron la cocha y
acamparon en la otra orilla, junto a la boca del caño. Y él cuando
termine la quema habrá un claro grande, Lalita, que no llueva, y
ella que no haya viento Fushía, que no se venga el fuego hasta
aquí y se prenda el bosque. No llovió y el fuego duró casi dos días
y ellos permanecieron en el mismo sitio, recibiendo el humo
espeso, hediondo, de las lupunas y catahuas, las cenizas que
iban y venían por el aire, mirando las llamas azules, filudas, las

chispas que se estrellaban chasqueando en la cocha, oyendo có-
mo crujía la isla. Y él ya está, se quemaron los diablos, y ella no
los provoques, son sus creencias, y él no me entienden y además
se están riendo, los curé para siempre del miedo a las lupunas. El
fuego iba limpiando la isla y despoblándola: de entre la humareda
salían bandadas de pájaros y en las orillas aparecían maquisapas,

frailecillos, shimbillos, pelejos que chillando saltaban a los tron-
cos y ramas flotantes; los huambisas entraban al agua, los cogían

166

a montones, les abrían la cabeza a machetazos y él qué banquete

se están dando, Lalita, ya se les pasó la furia y ella yo también
quiero comer, aunque sea carne de mono, tengo hambre. Y cuan-
do volvieron a la isla había varios claros, pero el barranco seguía
intacto y en muchos lugares sobrevivían reductos de bosque ce-
rrado. Comenzaron el desmonte, todo el día lanzaban a la cocha
troncos muertos, aves carbonizadas, culebras, y él dime que es-
tás contenta y ella estoy, Fushía, y él ¿crees en mí? Y ella sí. Y

luego quedó un sector de tierra plana y los huambisas cortaron
árboles y unieron las rajas de madera con bejucos y él fíjate, La-
lita, es como una casa y ella no tanto pero mejor que dormir
en el monte. Y a la mañana siguiente, cuando despertaron, un
páucar hacía su nido delante de la cabaña, sus plumas negras
y amarillas relucían entre la hojarasca y él buena suerte, Lalita,
ese pájaro es sociable, si vino es porque sabe que aquí nos
quedamos.


Y ese mismo sábado unos vecinos recuperaron el cadáver y,
envuelto en una sábana, lo llevaron al rancho de la lavandera.
El velorio congregó a muchos hombres y mujeres de la Gallina-
cera en el solar de Juana Baura y ésta lloró toda la noche, una
y otra vez besó las manos, los ojos, los pies de la muerta. Al
amanecer unas mujeres sacaron a Juana de la habitación y el
padre García ayudó a instalar los restos en el ataúd comprado

por colecta popular. Ese domingo el padre García ofició la misa
en la capilla del Mercado, y encabezó el cortejo fúnebre, y del
cementerio regresó a la Gallinacera junto a Juana Baura: los
vecinos lo vieron cruzar la plaza de Armas rodeado de muje-
res, pálido, los ojos fulminantes, los puños crispados. Mendigos,
lustrabotas, vagabundos se sumaron al cortejo y al llegar al
Mercado éste ocupaba todo el ancho de la calle. Allí, subido en
una banca, el padre García comenzó a vociferar y, en el contor-
no, se abrían puertas, las placeras abandonaban sus puestos pa-

ra oírlo y a dos municipales que trataban de despejar el lugar
los insultaron y los apedrearon. Los gritos del padre García se
oían en el camal y, en La Estrella del Norte, los forasteros ca-
llaron, sorprendidos: ¿de dónde venía ese rumor, adónde iban
tantas mujeres? Secreta, femenina, pertinaz corría una voz
por la ciudad y, mientras tanto, bajo un cielo de turbios galli-

nazos, el padre García seguía hablando. Vez que callaba, se oía
chillar a Juana Baura, arrodillada a sus pies. Entonces las muje-

167

res comenzaron a agitarse sordamente, a murmurar. Y cuando

llegaron los guardias con sus varas de la ley, un mar embrave-
cido les salió al paso, el padre García a la cabeza, iracundo, un
crucifijo en la mano derecha, y cuando quisieron cerrar el ca-
mino a las mujeres, hubo lluvia de piedras, amenazas: los
guardias retrocedían, se refugiaban en las casas, otros caían y
el mar los embestía, sumergía, dejaba atrás. Así entraron las
enfurecidas olas a la plaza de Armas, rugientes, encrespadas,

armadas de palos y de piedras y, a su paso, caían las tranque-
ras de las puertas, se cerraban los postigos, los principales se
precipitaban a la catedral y los forasteros, guarecidos en los
pórticos, presenciaban atónitos el avance del torrente. ¿Había
forcejeado con los guardias el padre García? ¿Lo habían agre-
dido? Su sotana desgarrada mostraba un pecho flaco y lecho-
so, unos largos brazos huesudos. Llevaba siempre el crucifijo
en alto y daba roncas voces. Y así pasó el torrente por La Es-
trella del Norte, salpicó piedras y los cristales de la cantina vola-

ron en pedazos, y cuando las mujeres entraron al Viejo Puen-
te, el añoso esqueleto crujió, se bamboleó como un beodo y, al
franquear el Río Bar y pisar Castilla, muchas mujeres tenían
ya antorchas en las manos, corrían y de las bocas de las chi-
cherías salían gentes, más rugidos, más antorchas. Llegaron al
arenal y creció una polvareda, un gigantesco trompo ingrávi-
do, dorado, y en el corazón de la espiral se divisaban rostros

de mujeres, puños, llamas.
Replegada bajo la nívea, cegadora claridad del mediodía, ce-
rradas sus puertas y sus ventanas, la Casa Verde parecía una
mansión desierta. Los muros vegetales centellaban dulcemen-
te en la resolana, se esfumaban en las esquinas con una espe-
cie de timidez y, como en un venado herido, en la quietud del
local había algo indefenso, dócil, temeroso, ante la multitud
que se acercaba. El padre García y las mujeres llegaron a las
puertas, el griterío cesó y hubo una súbita inmovilidad. Pero

entonces se escucharon los chillidos y, al igual que las hormigas
desertan sus laberintos cuando el río los anega, surgieron las
habitantas, empujándose y aullando, pintarrajeadas, a medio
vestir, y la palabra del padre García se elevó, tronó sobre el
mar y, entre las olas y los tumbos, tentáculos innumerables se
alargaban, atrapaban a las habitantas, las derribaban y en el

suelo las golpeaban. Y, luego, el padre García y las mujeres
inundaron la Casa Verde, la colmaron en unos segundos y, des-

168

de el interior, provenía un estruendo de destrucción: estallaban

vasos, botellas, se quebraban mesas, se rasgaban sábanas, cor-
tinas. Desde el primer piso, el segundo y el torreón, comenzó
un minucioso diluvio doméstico. Por el aire calcinado volaban
macetas, bacinicas, lavadores desportillados y bateas, platos,
colchones despanzurrados, cosméticos y una salva de vítores
saludaba cada proyectil que describía una parábola y se cla-
vaba en el arenal. Ya muchos curiosos, y aun mujeres, se dispu-

taban los objetos y las prendas y había encontrones, disputas,
violentísimos diálogos. En medio del desorden, magulladas, sin
voz, temblando todavía, las habitantas se ponían de pie, caían
unas en brazos de otras, lloraban y se consolaban. La Casa Ver-
de ardía: púrpuras, agudas, dislocadas se veían las llamas de-
ntro del humo ceniciento que ascendía hacia el cielo piurano
en lentos remolinos. La muchedumbre comenzó a retroceder,
los gritos fueron amainando; por las puertas de la Casa Verde, las
invasoras y el padre García abandonaban el local a la carrera,

sacudidos de tos, llorando de humo.
Desde la baranda del Viejo Puente, el Malecón, las torres de las
iglesias, los techos y balcones, racimos de personas contempla-
ban el incendio: una hidra de cabezas encarnadas y celestes
crepitando bajo un toldo negruzco. Sólo cuando el esbelto to-
rreón se desplomó y hacía rato que, impulsados por una brisa
ligera, llovían sobre el río carbones, astillas y cenizas, apare-

cieron los guardias y municipales. Se mezclaron con las muje-
res, impotentes y tardíos, confusos y fascinados como los demás
por el espectáculo del fuego. Y, de repente, hubo codazos, mo-
vimientos, mujeres y mendigos susurraban, decían «ya viene,
ahí viene».
Venía por el Viejo Puente: gallinazas y curiosos se volvían a
mirarlo, se apartaban de su camino, nadie lo detenía y él
avanzaba, rígido, los cabellos alborotados, la cara sucia, increí-
blemente espantados los ojos, la boca trémula. Lo habían visto

la víspera, bebiendo en una chichería mangache en la que apa-
reció al atardecer, el arpa bajo el brazo, lloroso y lívido. Y allí
pasó la noche, canturreando entre hipos. Los mangaches se le
acercaban, «cómo ha sido, don Anselmo?, ¿qué ha pasado?,
¿cierto que usted se vivía con la Antonia? ¿que la tenía en la
Casa Verde? ¿Cierto que ha muerto?». Él gemía, se quejaba y

por fin rodó al suelo, borracho. Durmió y al despertar pidió
más trago, siguió bebiendo, pellizcando el arpa, y así estaba

169

cuando un churre entró a la chichería: «¡La Casa Verde, don An-

selmo! ¡Se la están quemando! ¡Las gallinazas y el padre García,
don Anselmo!».
En el Malecón, unos hombres y mujeres le salieron al encuentro,
«tú te robaste a la Antonia, tú la mataste», y le desgarraron la
ropa y cuando huía le lanzaron piedras. Sólo en el Viejo Puente
comenzó a gritar y a implorar y la gente es un cuento, tiene mie-
do de que la linchen, pero él seguía clamando y las asustadas

habitantas con la cabeza que sí, que era cierto, que a lo mejor es-
taba adentro. Él se había hincado en el arenal, suplicaba, ponía de
testigo al cielo y, entonces, brotó una especie de malestar entre la
gente, los guardias y municipales interrogaban a las gallinazas,
surgían voces contradictorias, ¿y si era cierto?, que fueran a ver,
que se movieran, que llamaran al doctor Zevallos. Envueltos en
crudos mojados, unos mangaches se zambulleron en el humo y
emergieron instantes después, sofocados, derrotados, no se podía
entrar, era el infierno ahí dentro. Hombres, mujeres, hostigaban

al padre García, ¿y si era verdad?, padre, padre, Dios lo castigaría.
Él miraba a unos y a otros como ensimismado, don Anselmo se
debatía entre los guardias, que le dieran un crudo, él entraría,
que se apiadaran. Y cuando apareció Angélica Mercedes y todos
comprobaron que era cierto, que allí estaba, indemne, en los bra-
zos de la cocinera, y vieron cómo el arpista se emocionaba, agra-
decía al cielo, y besaba las manos de Angélica Mercedes, muchas

mujeres se enternecieron. En alta voz compadecían a la criatura,
consolaban al arpista, o se encolerizaban contra el padre García
y le hacían reproches. Estupefacta, aliviada, conmovida, la mu-
chedumbre rodeaba a don Anselmo, y nadie, ni las habitantas, ni
las gallinazas, ni los mangaches miraban ya la Casa Verde, la
hoguera que la consumía y que ahora la puntual lluvia de arena
comenzaba a apagar, a devolver al desierto donde había, fugaz-
mente, existido.


Los inconquistables entraron como siempre: abriendo la puerta de
un patadón y cantando el himno: eran los inconquistables, no sa-
bían trabajar, sólo chupar, sólo timbear, eran los inconquistables y
ahora iban a culear.
-Sólo te puedo contar lo que se oyó esa noche, muchacha -dijo el
arpista-; te habrás dado cuenta que casi no veo. Eso me libró de la

policía, a mí me dejaron tranquilo.



170

-Ya está caliente la leche -dijo la Chunga, desde el mostrador-.

Ayúdame, Selvática.
La Selvática se levantó de la mesa de los músicos, fue hacia el bar
y ella y la Chunga trajeron una jarra de leche, pan, café en polvo
y azúcar. Las luces del salón estaban encendidas aún, pero el día
entraba ya por las ventanas, caliente, claro.
-La muchacha no sabe cómo fue, Chunga -dijo el arpista, be-
biendo su leche a sorbitos-. Josefino no le contó.

-Le pregunto y cambia de conversación -dijo la Selvática-. Por
qué te interesa tanto, dice, no sigas que me da celos.
-Además de sinvergüenza, hipócrita y cínico -dijo la Chunga.
-Sólo había dos clientes cuando entraron -dijo el Bolas-. En esa
mesa. Uno de ellos era Seminario.
Los León y Josefino se habían instalado en el bar y gritaban y
brincaban, muy disforzados: te queremos Chunga Chunguita,
eres nuestra reina, nuestra mamita, Chunga Chunguita.
-Déjense de cojudeces y consuman, o se mandan mudar -dijo la

Chunga. Se volvió a la orquesta-: ¿Por qué no tocan?
-No podíamos -dijo el Bolas-. Los inconquistables hacían una
bulla salvaje. Se los notaba contentísimos.
-Es que esa noche estaban forrados de billetes -dijo la Chunga.
-Mira, mira -el Mono le mostraba un abanico de libras y se
chupaba los labios-. ¿Cuánto calculas?
-Qué angurrienta eres, Chunga, qué ojos has puesto -dijo Josefi-

no.
-Seguro que es robado -repuso la Chunga-. ¿Qué les sirvo?
-Estarían tomados -dijo la Selvática-. Siempre les da por hacer
chistes y cantar.
Atraídas por el ruido, tres habitantas aparecieron en la escalera:
Sandra, Rita, Maribel. Pero, al ver a los inconquistables, parecie-
ron defraudadas, abandonaron sus gestos orondos y se oyó la gi-
gantesca carcajada de la Sandra, eran ellos, qué ensarte, pero
el Mono les abrió los brazos, que vinieran, que pidieran cual-

quier cosa, y les mostró los billetes.
También sírveles algo a los músicos, Chunga -dijo Josefino.
-Muchachos amables -sonrió el arpista-. Siempre andan convi-
dándonos. Yo conocí al padre de Josefino, muchacha. Era lan-
chero y cruzaba las reses que venían de Catacaos. Carlos Rojas,
tipo muy simpático.

La Selvática llenó de nuevo la taza del arpista y le echó azúcar.
Los inconquistables se sentaron en una mesa con la Sandra, la Rita

171

y la Maribel y recordaban una partida de póquer que acababan de

disputar en el Reina. El Joven Alejandro bebía su café con aire
lánguido: eran los inconquistables, no sabían trabajar, sólo chu-
par, sólo timbear, eran los inconquistables y ahora iban a culear.
-Les ganamos limpiamente, Sandra, te juro. Nos ayudaba la
suerte.
-Escalera real tres veces seguidas, ¿alguien ha visto cosa igual?
-Les enseñaban la letra a las muchachas -dijo el arpista, con voz

risueña y benévola-. Y después se vinieron donde nosotros, para
que les tocáramos su himno. Por mí lo haría, pero pídanle permiso
primero a la Chunga.
-Y tú nos hiciste señas que sí, Chunga -dijo el Bolas.
-Estaban consumiendo como nunca -explicó la Chunga a la
Selvática-. Por qué no les iba a dar gusto.
-Así comienzan a veces las desgracias -dijo el joven, con un
gesto melancólico-. Por una canción.
-Canten, para pescar la música -dijo el arpista-. A ver, Joven,

Bolas, abran bien las orejas.
Mientras los inconquistables coreaban el himno, la Chunga se ba-
lanceaba en su mecedora como una apacible ama de casa, y los
músicos seguían el compás con el pie y repetían la letra entre
dientes. Después, todos cantaron a voz en cuello, con acompaña-
miento de guitarra, arpa y platillos.
-Se acabó -dijo Seminario-. Basta de cantitos y de groserías.

-Hasta entonces no había hecho caso de la bulla y estuvo muy pacífi-
co, conversando con su amigo -dijo el Bolas.
-Yo lo vi pararse -dijo el Joven-. Como una furia, creí que se nos
echaba encima.
-No tenía voz de borracho -dijo el arpista-. Le hicimos caso, nos
callamos, pero él no se calmaba. ¿Desde qué hora estaba aquí,
Chunga?
-Desde temprano. Se vino de frente de su hacienda, con botas,
pantalón de montar y pistola.

-Un toro de hombre ese Seminario -dijo el joven-. Y una mi-
rada maligna. Más fuerte eres, más malo eres.
-Gracias, hermano -dijo el Bolas.
-Tú eres la excepción, Bolas -dijo el joven-. Cuerpo de
boxeador y almita de oveja, como dice el maestro.
-No se ponga así, señor Seminario -dijo el Mono-. Sólo cantába-

mos nuestro himno. Permítanos invitarle una cerveza.



172

-Pero él estaba de malas -dijo el Bolas-. Se había picado por al-

go y buscaba pelea.
-¿Así que ustedes son los gallitos que arman líos por calles y
plazas? -dijo Seminario-. ¿A que no se meten conmigo?
Rita, Sandra y Maribel se alejaban de puntillas hacia el bar y el
Joven y el Bolas escudaban con sus cuerpos al arpista que, senta-
do en su banquito, la expresión tranquila, se había puesto a ajus-
tar las clavijas del arpa. Y Seminario seguía, él también era un

pendejo, contoneándose, y sabía divertirse, golpeándose el pe-
cho, pero trabajaba, se rompía los lomos en su tierra, no le gus-
taban los vagabundos, corpulento y locuaz bajo la bombilla viole-
ta, los muertos de hambre, esos que se dan de locos.
-Somos jóvenes, señor. No estamos haciendo nada malo.
-Ya sabemos que usted es muy fuerte, pero no es una razón pa-
ra insultarnos.
-¿De veras que una vez levantó en peso a un catacaos y lo tiró
a un techo? ¿De veras, señor Seminario?

-¿Se le rebajaban tanto? -dijo la Selvática-. No me lo creía de
ellos.
-Qué miedo me tienen -reía Seminario, aplacado-. Cómo me
soban.
-A la hora de la hora, los hombres siempre se despintan -dijo la
Chunga.
-No todos, Chunga -protestó el Bolas-. Si se metía conmigo, yo

le respondía.
-Estaba armado y los inconquistables tenían razón de asustarse
-sentenció el joven, suavemente-: El miedo es como el amor,
Chunga, cosa humana.
-Te crees un sabio -dijo la Chunga-. Pero a mí me resbalan tus fi-
losofías, por si no lo sabes.
-Lástima que los muchachos no se fueran en ese momento -
dijo el arpista.
Seminario había vuelto a su mesa, y también los inconquistables,

sin rastros de la alegría de un momento atrás: que se emborra-
chara y vería, pero no, andaba con pistola, mejor aguantarse las
ganas para otro día, ¿y por qué no quemarle la camioneta?, esta-
ba ahí afuerita, junto al Club Grau.
-Más bien salgamos y lo dejamos encerrado aquí y metemos
fuego a la Casa Verde -dijo Josefino-. Un par de latas de kerose-

ne y un fosforito bastarían. Como hizo el padre García.



173

-Ardería como paja seca -dijo José-. También la barriada y hasta

el Estadio.
-Mejor quememos todo Piura -dijo el Mono-. Una fogata grandi-
sisísima, que se vea desde Chiclayo. Todo el arenal se pondría
retinto.
-Y caerían cenizas hasta en Lima -dijo José-. Pero, eso sí, habría
que salvar la Mangachería.
-Claro, no faltaba más -dijo el Mono-. Buscaríamos la forma.

-Yo tenía unos cinco años cuando el incendio -dijo Josefino-.
¿Ustedes se acuerdan de algo?
-No del comienzo -dijo el Mono-. Fuimos al día siguiente, con
unos churres del barrio, pero nos corrieron los cachacos. Parece
que los que llegaron primero se robaron muchas cosas.
-Me acuerdo sólo del olor a quemado -dijo Josefino-. Y que se
veía humo, y que muchos algarrobos se habían vuelto carbones.
-Vamos a decirle al viejo que nos cuente -dijo el Mono-. Le invi-
taremos unas cervezas.

-¿Acaso no era de mentiras? -dijo la Selvática-. ¿O estaban
hablando de otro incendio?
-Cosas de los piuranos, muchacha -dijo el arpista-. Nunca les
creas cuando te hablen de eso. Puros inventos.
-¿No está cansado, maestro? -dijo el Joven-. Van a ser las siete,
podríamos irnos.
-Todavía no tengo sueño -dijo don Anselmo-. Que haga su diges-

tión el desayuno.
Acodados en el mostrador, los inconquistables trataban de con-
vencer a la Chunga: que lo dejara un ratito, qué le costaba, para
conversar un poco, que la Chunga Chunguita no fuera malita.
-Todos lo quieren mucho a usted, don Anselmo -dijo la Selváti-
ca-. Yo también, me hace acordar de un viejecito de mi tierra
que se llamaba Aquilino.
-Tan generosos, tan simpáticos -dijo el arpista-. Me llevaron a su
mesa y me ofrecieron una cervecita.

Estaba transpirando. Josefino le puso un vaso en la mano, él se
lo tomó de una vuelta y quedó boqueando. Luego, con su pañue-
lo de colores, se limpió la frente, las tupidas cejas blancas y se
sonó.
-Un favor de amigos, viejo -dijo el Mono-. Cuéntenos lo del in-
cendio.






174

La mano del arpista buscó el vaso y, en vez del suyo, atrapó el

del Mono; lo vació de un trago. De qué hablaban, cuál incendio,
y volvió a sonarse.
-Yo estaba churre y vi las llamas desde el Malecón. Y a la gente
corriendo con crudos y baldes de agua -dijo Josefino-. ¿Por qué
no nos cuenta, arpista? Qué le hace, después de tanto tiempo.
-No hubo ningún incendio, ninguna Casa Verde -afirmaba el ar-
pista-. Invenciones de la gente, muchachos.

-¿Por qué se hace la burla de nosotros? -dijo el Mono-. Anímese,
arpista, cuéntenos siquiera un poquito.
Don Anselmo se llevó dos dedos a la boca y simuló fumar. El jo-
ven le alcanzó un cigarrillo y el Bolas se lo encendió. La Chunga
había apagado las luces del salón y el sol entraba en el local a
chorros, por las ventanas y las rendijas. Había llagas amarillas
en las paredes y en el suelo, la calamina del techo reverberaba.
Los inconquistables insistían, ¿cierto que se chamuscaron unas
habitantas?, ¿de veras fueron las gallinazas las que la incendia-

ron?, ¿él estaba adentro?, ¿lo hizo el padre García por pura mal-
dad o por cosas de la religión?, ¿cierto que doña Angélica salvó a
la Chunguita de morir quemada?
-Pura fábula -aseguraba el arpista-, tonterías de la gente para
hacer rabiar al padre García. Deberían dejarlo en paz, al pobre
viejo. Y ahora tengo que trabajar, muchachos, con permiso.
Se levantó y, a pasitos cortos, las manos adelante, regresó al rin-

cón de la orquesta.
-¿Ven? Se hace el cojudo, como siempre -dijo Josefino-. Yo sabía
que era por gusto.
-A esa edad se les ablanda el cerebro -dijo el Mono-, a lo mejor
se ha olvidado de todo. Habría que preguntarle al padre García.
Pero quién se atreve.
Y en eso se abrió la puerta y entró la ronda.
-Esos conchudos -murmuró la Chunga-. Venían a gorrearme
trago.

-La ronda, es decir Lituma y dos cachacos más, Selvática -dijo el
Bolas-. Caían por acá todas las noches.
Bajo la sombra curva de los plátanos, Bonifacia se endere-
zó y miró hacia el pueblo: hombres y mujeres cruzaban la plaza
de Santa María de Nieva a la carrera, agitando las manos muy
excitadas en dirección al embarcadero. Se inclinó de nuevo sobre

los surcos rectilíneos pero, un momento después, volvió a empi-
narse: la gente fluía sin tregua, alborotada. Espió la cabaña de

175

los Nieves; Lalita seguía canturreando en el interior, una ser-

pentina de humo gris escapaba por entre las cañas del tabique,
aún no aparecía en el horizonte la lancha del práctico. Bonifa-
cia contorneó la cabaña, invadió los matorrales de la orilla y, el
agua en los tobillos, avanzó hacia el pueblo. Las copas de los ár-
boles se confundían con las nubes, los troncos con las lenguas
ocres de las riberas. Había comenzado la creciente; el río arras-
traba corrientes parásitas, de aguas más rubias o más morenas, y

también arbustos, flores degolladas, líquenes y formas que podí-
an ser pedruzcos, caca o roedores muertos. Mirando a todos la-
dos, despacio, cautelosamente como un rastreador recorrió un
bosquecillo de juncos y, al vencer un recodo, divisó el embarcade-
ro: la gente estaba inmóvil entre las estacas y las canoas y había
una balsa detenida a unos metros del muelle flotante. El crepús-
culo azulaba las itípak y los rostros de las aguarunas y había
también hombres, los pantalones remangados hasta las rodillas,
el torso desnudo. Podía ver el cordel que cedía o se estiraba con el

vaivén de la balsa del recién llegado, el pilote de la proa y, muy
nítida, la choza armada en la popa. Una bandada de garzas
sobrevoló el bosquecillo y Bonifacia oyó, muy próximo, el batir
de las alas, alzó la cabeza y vio los cuellos finos, albos, los
cuerpos rosados alejándose. Entonces siguió avanzando, pero
muy inclinada y ya no por la orilla sino internada en la maleza,
arañándose los brazos, la cara y las piernas con los filos de las

hojas, las espinas y las lianas ásperas, entre zumbidos, sintien-
do viscosas caricias en los pies. Casi donde cesaba el bosque, a
poca distancia de la gente aglomerada, se detuvo y se puso en
cuclillas: la vegetación se cerró sobre ella y ahora podía verlo a
través de una complicada geometría verde de rombos, cubos y
ángulos inverosímiles. El viejo no se daba ninguna prisa; muy
calmado iba y venía por la balsa, acomodando con minuciosa
exactitud los cajones y la mercadería ante los espectadores que
cuchicheaban y hacían gestos de impaciencia. El viejo entraba

a la choza y volvía con un género, unos zapatos, una sarta de
collares de chaquira y, serio, cuidadoso, maniático, los ordena-
ba sobre los cajones. Era muy delgado, cuando el viento hin-
chaba su camisa parecía un jorobado pero, de pronto, la peche-
ra y la espalda se hundían casi hasta tocarse y revelaban su
verdadera silueta, fina, angostísima. Llevaba un pantalón cor-

to y Bonifacia veía sus piernas, flacas como sus brazos, su ros-
tro de piel quemada y casi tinta, y la fantástica, sedosa cabelle-

176

ra blanca que ondulaba sobre sus hombros. El viejo estuvo un

buen rato todavía trayendo utensilios domésticos y adornos
multicolores, apilando ceremoniosamente telas estampadas. El
cuchicheo crecía cada vez que el viejo sacaba algo de la choza y
Bonifacia podía ver el arrobo de las paganas y de las cristianas,
sus fascinadas, codiciosas ojeadas a las mostacillas, peinetas,
espejitos, pulseras y talcos, y los ojos de los hombres fijos en las
botellas alineadas en el canto de la balsa, junto a latas de con-

servas, cinturones y machetes. El viejo consideró su obra un
momento, se volvió hacia la gente y ésta corrió en tumulto,
chapoteó en torno a la embarcación. Pero el viejo agitó su mele-
na blanca y los contuvo a manazos. Blandiendo su pértiga como
una lanza, los obligó a retroceder, a subir en orden. La primera
fue la mujer de Paredes. Gorda, torpe, no conseguía trepar a
bordo, el viejo tuvo que ayudarla y ella estuvo tocándolo todo,
olfateando los frascos, manoseando nerviosamente las telas y
jabones, y la gente murmuró y protestó hasta que ella regresó al

embarcadero, el agua a la cintura, sosteniendo en alto un ves-
tido floreado, un collar, unos zapatos blancos. Así fueron su-
biendo a la balsa, una tras otra, las mujeres. Algunas eran len-
tas y desconfiadas para elegir, otras porfiaban interminable-
mente por el precio y había quienes lloriqueaban o amenaza-
ban pidiendo rebajas. Pero todas venían de la balsa con algo
en las manos, algunos cristianos con costales repletos de pro-

visiones y algunas paganas con apenas una bolsita de mosta-
cillas para ensartar. Cuando el embarcadero quedó desierto,
anochecía: Bonifacia se incorporó. El Nieva estaba en plena llena,
olitas crespas y canosas corrían bajo el ramaje y morían junto
a sus rodillas. Tenía el cuerpo manchado de tierra, yerbas
prendidas a los cabellos y al vestido. El viejo guardaba la mer-
cadería, metódico y preciso disponía los cajones en la proa y,
sobre Santa María de Nieva, el cielo era una constelación de
alquitrán y ojos de búho, pero al otro lado del Marañón, sobre la

ciudadela sombría del horizonte, una franja azul resistía aún a la
noche y la luna despuntaba tras los locales de la misión. El cuerpo
del viejo era una escuálida mancha, en la penumbra su cabellera
destellaba plateada como un pez. Bonifacia miró hacia el pueblo:
había luces en la Gobernación, donde Paredes, y unos mecheros
titilaban sobre las colinas, en las ventanas de la residencia. La os-

curidad se iba tragando a bocados lentos las cabañas de la plaza,
las capironas, el sendero escarpado. Bonifacia abandonó su refu-

177

gio y corrió agazapada hacia el embarcadero. El fango de la orilla

estaba blando y caliente, el agua del remanso parecía inmóvil y
ella la sintió subir por su cuerpo y sólo a unos metros de la ribera
comenzaba la corriente, una templada fuerza obstinada que la
obligó a bracear para no desviarse. El agua le llegaba a la barbilla
cuando se cogió a la balsa y vio el pantalón blanco del viejo, el
ruedo de su cabellera: era tarde, que volviera mañana. Bonifacia
se izó un poco sobre la borda, apoyó en ella los codos y el vie-

jo, inclinado hacia el río, la escudriñó: ¿hablaba cristiano?, ¿en-
tendía?
-Sí, don Aquilino -dijo Bonifacia-. Tenga buenas noches.
-Es hora de dormir -dijo el viejo-. Ya se cerró la tienda, regresa
mañana.
-Sea bueno -dijo Bonifacia-. ¿Me deja subir un ratito?
-Le has sacado la plata a tu marido a escondidas y por eso vie-
nes a esta hora -dijo el viejo-. ¿Y si él me reclama mañana?
Escupió al agua y se rió. Estaba en cuclillas, sus cabellos caían es-

pumosos y libres en torno a su rostro y Bonifacia veía su frente
oscura, limpia de arrugas, sus ojos como dos animalitos ardien-
tes.
-Qué me importa -dijo el viejo-, yo sólo hago mi negocio. Anda,
sube.
Alargó una mano, pero Bonifacia había subido ya, elásticamente,
y, sobre la cubierta, se escurría el vestido y se restregaba los bra-

zos. ¿Collares? ¿Zapatos? ¿Cuánta plata tenía? Bonifacia comenzó a
sonreír con timidez, ¿no necesitaba un trabajito, don Aquilino?, y
sus ojos observaban la boca del viejo con ansiedad, ¿que le hicie-
ran la comida mientras se quedaba en Santa María de Nieva?,
¿que le fueran a recoger fruta?, ¿que le limpiaran la balsa no ne-
cesitaba? El viejo se acercó a ella, ¿de dónde la conocía?, y la
examinó de arriba abajo: ¿la había visto antes, no es cierto?
-Quisiera una telita -dijo Bonifacia y se mordió los labios. Señaló
la choza y, un instante, sus ojos se iluminaron-. Esa amarilla que

guardó al último. Se la pago con un trabajito, usted me dice cuál
y yo se lo hago.
-Nada de trabajitos -dijo el viejo-. ¿No tienes plata?
-Para un vestido -susurró Bonifacia, suave y tenaz-. ¿Le traigo
fruta? ¿Prefiere que le sale el pescado? Y rezaré para que no le
pase nada en sus viajes, don Aquilino.

-No necesito rezos -dijo el viejo; la miró muy de cerca y, de
pronto, chasqueó los dedos-. Ah, ya te reconocí.

178

-Voy a casarme, no sea malo -dijo Bonifacia-. Con esa telita

me haré un vestido, yo sé coser.
-¿Por qué no estás vestida de monja? -dijo don Aquilino.
Ya no vivo donde las madres -dijo Bonifacia-. Me botaron de la
misión y ahora voy a casarme. Déme esta telita y le hago un
trabajito y la próxima vez que venga se la pago en soles, don
Aquilino.
El viejo puso una mano en el hombro de Bonifacia, la hizo retro-

ceder para que el resplandor de la luna le diera en la cara, cal-
madamente examinó los ojos verdes anhelantes, el menudo
cuerpo que goteaba: ya era mujer. ¿La habían botado las ma-
drecitas porque se enredó con un cristiano? ¿Con ése con el
que iba a casarse? No, don Aquilino, se había enredado des-
pués y nadie sabía en el pueblo dónde estaba, ¿y dónde estaba?,
la habían recogido los Nieves, ¿le hacía ese trabajito, por fin?
-¿Estás viviendo con Adrián y Lalita? -dijo don Aquilino.
-Ellos me presentaron al que va a ser mi marido -dijo Bonifa-

cia-. Han sido muy buenos conmigo, como mis padres han sido.
-Yo voy ahora donde los Nieves -dijo el viejo-. Ven conmigo.
-¿Y la telita? -dijo Bonifacia-. No se haga rogar tanto, don
Aquilino.
El viejo saltó al agua sin ruido, Bonifacia vio flotar la cabellera
hacia el embarcadero, la vio regresar. Don Aquilino trepó con el
cordel sobre el hombro, lo enrolló y con la pértiga impulsó la

balsa río arriba, pegada a la orilla. Bonifacia levantó la otra pér-
tiga y, de pie en la borda opuesta, imitó al viejo que hundía y sa-
caba el madero diestramente, sin esfuerzo. A la altura del bos-
quecillo de juncos, la corriente era más fuerte y don Aquilino tu-
vo que maniobrar para que la embarcación no se apartara de la
orilla.
-Don Adrián salió de pesca temprano, pero ya habrá vuelto -dijo
Bonifacia-. Lo invitaré al matrimonio, don Aquilino, pero me dará
la telita ¿no? Voy a casarme con el sargento, ¿usted lo conoce?

-¿Con un cachaco? Entonces no te la doy dijo el viejo.
-No hable así, él es un cristiano de buen corazón -dijo Bonifa-
cia-. Pregúnteles a los Nieves, ellos son amigos del sargento.
Unos mecheros ardían en la cabaña del práctico y se divisaban si-
luetas junto a la baranda. La balsa atracó frente a la escalerilla,
hubo voces de bienvenida, y Adrián Nieves entró al agua para

coger el cordel y sujetarlo a un horcón. Trepó luego a la balsa y él
y don Aquilino se abrazaron y después el viejo subió a la terraza y

179

Bonifacia lo vio tomar a Lalita de la cintura y ofrecerle el rostro,

y vio que ella lo besaba muchas veces en la frente, ¿había hecho
buen viaje?, en las mejillas, y los tres chiquillos se habían pren-
dido de las piernas del viejo, chillando, y él les acariciaba las
cabezas, algunas lluviecitas, sí, se habían adelantado este año las
bandidas.
-Ahí estabas tú -dijo Lalita-. Te buscamos por todas partes, Bo-
nifacia. Le diré al sargento que fuiste al pueblo y viste hombres.

-Nadie me ha visto -dijo Bonifacia-. Sólo don Aquilino.
-No importa, se lo diremos para darle celos -rió Lalita.
-Vino a ver los géneros -dijo el viejo; había cargado al menor de
los chiquillos y los dos se revolvían los cabellos-. Estoy cansado,
me tuvieron trabajando todo el día.
-Voy a servirle una copita, mientras está lista la comida -dijo el
práctico.
Lalita trajo una silla a la terraza para don Aquilino, volvió al inter-
ior, se oyó el chisporroteo del brasero y comenzó a oler a fritura.

Los chiquillos se subían a las rodillas del viejo y éste les hacía
gracias mientras brindaba con Adrián Nieves. Se habían acabado
la botella cuando vino Lalita, secándose las manos en la falda.
-Tan linda su cabeza -dijo, acariciando los cabellos de don Aqui-
lino-. Cada vez más blanca, más suavecita.
-¿Quieres darle celos a tu marido también? -dijo el viejo.
Ya iba a estar lista la comida, don Aquilino, le había preparado co-

sas que le gustarían y el viejo agitaba la cabeza tratando de librarse
de las manos de Lalita: si no lo dejaba en paz se cortaría los pelos.
Los chiquillos estaban formados ante él, lo observaban mudos ahora
y con los ojos inquietos.
-Ya sé qué esperan -lijo el viejo-. No me olvido, hay regalos para
todos. Para ti, un terno de hombre, Aquilino.
Los ojos rasgados del mayorcito se encendieron y Bonifacia se
había apoyado en la baranda. Desde allí vio al viejo pararse, ba-
jar la escalerilla, retornar a la terraza con paquetes que los chi-

quillos le arrebataron de las manos, y lo vio luego aproximarse a
Adrián Nieves. Se pusieron a conversar en voz baja y, de rato en ra-
to, don Aquilino la miraba de soslayo.
-Tenías razón -dijo el viejo-. Adrián dice que el sargento es un
buen cristiano. Anda y coge la telita, es regalo de matrimonio.
Bonifacia quiso besarle la mano, pero don Aquilino la retiró con

un gesto de fastidio. Y mientras ella volvía a la balsa, hurgaba
entre los cajones y sacaba la tela, oía al viejo y al práctico susu-

180

rrando misteriosamente, y los divisaba, las dos caras juntas,

hablando y hablando. Subió a la terraza y ellos callaron. Ahora la
noche olía a pescado frito y una brisa rápida estremecía el monte.
-Mañana lloverá -dijo el viejo, husmeando el aire-. Malo para
el negocio.
-Ya deben estar en la isla -dijo Lalita más tarde, mientras co-
mían-. Partieron hace más de diez días. ¿Le ha contado Adrián?
-Don Aquilino los encontró por el camino -dijo el práctico Nie-

ves-. Además de los guardias, iban algunos soldados de Borja.
Era cierto lo que dijo el sargento.
Bonifacia vio que el viejo la miraba a ella de reojo, sin dejar de
masticar, como intranquilo. Pero, un momento después, sonreía
de nuevo y contaba anécdotas de sus viajes.

La primera vez que salieron en expedición, regresaron a los quin-
ce días. Ella estaba en el barranco, el sol enrojecía la cocha y,
de repente, aparecieron a la salida del caño: una, dos, tres ca-

noas. Lalita se paró de un salto, hay que esconderse, pero los re-
conoció: en la primera Fushía, en la segunda Pantacha, en la ter-
cera huambisas. ¿Por qué volvieron tan pronto si él dijo un mes?
Bajó corriendo al embarcadero y Fushía ¿llegó Aquilino, Lalita?,
ella no todavía y él la puta que lo parió al viejo. Sólo traían unas
cuantas pieles de lagarto, Fushía estaba furioso, vamos a morir-
nos de hambre, Lalita. Los huambisas reían mientras descar-

gaban, sus mujeres revoloteaban entre ellos, locuaces, gruño-
nas, y Fushía míralos qué contentos, esos perros, llegamos al
pueblo y los shapras no estaban, éstos lo quemaron todo, le cor-
taron la cabeza a un perro, nada, pura pérdida, viaje de balde,
ni una bola de jebe, sólo esos cueros que no valen nada y és-
tos felices. Pantacha estaba en calzoncillos, rascándose las
axilas, hay que ir más adentro, patrón, la selva es grande y es-
tá llena de riquezas y Fushía bruto, para ir más lejos necesi-
tamos un práctico. Fueron hacia la cabaña, comieron plátanos

y yucas fritas. Fushía hablaba todo el tiempo de don Aquilino,
qué le habrá pasado al viejo, nunca me falló hasta ahora, y La-
lita ha llovido mucho estos días, se habrá guarecido en algún
sitio para que no se moje lo que le encargamos. Pantacha,
tumbado en la hamaca, se rascaba la cabeza, las piernas, el pe-
cho, ¿y si se le hundió la lancha en los pongos, patrón?, y Fus-

hía entonces estamos fregados, no sé qué haremos. Y Lalita no
te asustes tanto, los huambisas han sembrado por toda la isla,

181

hasta hicieron corralitos y Fushía pura mierda, eso no dará

hasta cuándo y los chunchos pueden vivir de yuca pero no un
cristiano, esperaremos dos días y si no llega Aquilino tendré
que hacer algo. Y un rato después Pantacha cerró los ojos, co-
menzó a roncar y Fushía lo sacudió, que los huambisas tendie-
ran las pieles antes de que se emborrachen, y Pantacha prime-
ro una siestecita, patrón, ando molido de tanto remar y Fushía
bruto, ¿no entiendes?, déjame solo con mi hembra. Pantacha,

la boca abierta, quién como usted que tiene una mujer de ve-
ras, patrón, los ojos desconsolados, hace años que no sé lo que
es una blanca y Fushía largo, anda vete. Pantacha se fue llori-
queando y Fushía ya está, se va a soñar, desnúdate pronto Lali-
ta, qué esperas, ella estoy sangrando y él qué importa. Y al
atardecer, cuando Fushía despertó, fueron al pueblo que olía a
masato, los huambisas se caían de borrachos y Pantacha no
estaba por ninguna parte. Lo encontraron al otro extremo de la
isla, se había llevado su barbacoa a la orilla de la cocha y Fus-

hía qué te dije, está soñando a su gusto. Hablaba entre dientes,
la cara oculta en las manos, el fogón seguía ardiendo bajo la
ollita repleta de yerbas. Unos escarabajos caminaban por sus
piernas y Lalita ni los siente. Fushía apagó el fuego, de un pa-
tadón tiró al agua la ollita, a ver si lo despertamos, y entre los
dos lo remecieron, lo pellizcaron, lo cachetearon y él, entre
dientes, era cusqueño de casualidad, su alma nació en el Uca-

yali, patrón, y Fushía ¿lo oyes?, ella lo oigo, parece loco, y Pan-
tacha su corazón era triste. Fushía lo sacudía, lo pateaba, se-
rrano de porquería, no es hora de sueños, hay que estar des-
pierto, vamos a morirnos de hambre y Lalita no te oye, está
en otro mundo, Fushía. Y él, entre dientes, veinte años en el
Ucayali, patrón, se contagió de los paiches, tenía el cuerpo
duro como la chonta, los jejenes no entran. Él esperaba los glo-
bitos, ya salen los paiches a tomar aire, pásame el arpón, An-
drés, duro, fuerza, ensártalo, yo lo amarro, patrón, él dormía a

los paiches al primer palazo y la canoa se les volcó en el Ta-
maya, él salió y el Andrés no salió, te ahogaste hermano, las
sirenas te arrastraron al fondo, ahora serás su marido, por qué
te moriste, charapita Andrés. Se sentaron a esperar que desper-
tara del todo y Fushía tiene para rato, no me conviene perder a
este cholo, soñador pero me sirve, y Lalita por qué siempre con

los cociditos y Fushía para no sentirse solo. Cucarachas y es-
carabajos se paseaban por la barbacoa y por su cuerpo y él por

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qué se habría hecho matero, patrón, mala vida la del monte, pre-

ferible el agua y los paiches, yo sé lo que son las tercianas, Pan-
tacha, esa tembladera, te vienes conmigo, yo te pago más, ten
cigarrillos, te invito un trago, eres mi hombre, llévame donde
haya cedros, palo de rosa, consígueme habilitados, madera bal-
sa, y él se iba con ellos, patrón, cuánto me adelantas, y quería
tener una casa, una mujer, hijos, vivir en Iquitos como los cris-
tianos. Y, de repente, Fushía, Pantachita, ¿qué pasó en el Aguay-

tía?, cuéntame que soy tu amigo. Y Pantacha abrió los ojos y
los cerró, los tenía colorados como trasero de mono y, entre
dientes, ese río llevaba sangre, patrón, y Fushía ¿sangre de
quién, cholo?, y él caliente, espesa como jebecito chorreando de
la shiringa, y también los caños, cochas de por ahí, una pura
herida, patrón, créame si quiere, y Fushía claro que te creo,
cholo, pero ¿de qué tanta sangre caliente?, y Lalita déjalo Fus-
hía, no le preguntes, está sufriendo, y Fushía calla puta, anda
Pantachita, quién sangraba, y él, entre dientes, el tramposo

Bákovic, ese yugoslavo que los engañó, peor que diablo, patrón,
y Fushía, ¿por qué lo mataste, Pantacha?, y cómo, cholo, con
qué, y él no quería pagarles, no hay bastante cedro, vamos más
adentro y sacaba el winchester y también le pegó a un carga-
dor que le robó una botella. Y Fushía ¿le pegaste un tiro, cho-
lo? y él con mi machete, patrón, se le había dormido el brazo
de darle y comenzó a patalear y a llorar y Lalita fíjate cómo

se ha puesto, Fushía, se ha enfurecido y Fushía le saqué un
secreto, ahora ya sé de qué andaba escapando cuando lo encon-
tró Aquilino. Volvieron a sentarse junto a la barbacoa, espera-
ron, él se calmó y acabó por despertar. Se levantó trastabi-
lleando, rascándose con furia, patrón, no te enojes, y Fushía los
cociditos te volverán loco y un día lo echaba a patadas y Panta-
cha no tenía a nadie, su vida era triste, patrón, usted tiene su
mujer, y los huambisas también y hasta los animales pero él
estaba solo, que no se enojara, patrón, usted tampoco, patrona.

Esperaron dos días más, Aquilino no llegaba, los huambisas
fueron hasta el Santiago a averiguar y volvieron sin noticias.
Entonces buscaron un lugar para la pileta y Pantacha al otro
lado del embarcadero, patrón, es más caído el barranco y así el
agua de las lupunas le chorreará encima, y las cabezas de los
huambisas que sí y Fushía, bueno, hagámosla ahí. Los hom-

bres tumbaron los árboles, las mujeres desherbaban y, cuando
quedó un claro, los huambisas hicieron estacas, les sacaron fi-

183

lo y las clavaron en círculo. La tierra era negra en la superficie,

adentro roja y las mujeres la recogían en sus itípak, la echaban
a la cocha mientras los hombres cavaban el pozo. Luego llovió y
en pocos días la pileta estuvo llena, lista para las charapas.
Salieron al amanecer, el caño andaba crecido, las raíces y lia-
nas les salían al encuentro para rasguñarlos, y en el Santiago
Lalita se puso a temblar, tuvo fiebres. Viajaron dos días, Fushía
hasta cuándo y los huambisas señalaban adelante con sus dedos.

Por fin un banco de arena y Fushía dicen que ahí, ojalá, y atra-
caron, se escondieron entre los árboles, y Fushía no te muevas,
no respires, si te sienten no vendrán, y Lalita tengo mareos, creo
que estoy preñada, Fushía, y él carajo, cállate. Los huambisas
se habían convertido en plantas, inmóviles entre las ramas bri-
llaban sus ojos y así oscureció, comenzaron a cantar los gri-
llos, a roncar las ranas y un hualo gordísimo se subió al pie de
Lalita, qué ganas de machucarlo, sus lagañas, su panza blan-
cuzca y él no te muevas, ya salió la luna y ella no puedo seguir

como muerta, Fushía, tengo ganas de llorar a gritos. La noche
estaba clara, tibia, corría una brisa ligera y Fushía nos cojudea-
ron, no se ve ni una, estos perros, y Pantacha cállese, patrón,
¿no las ve?, ya salen. Con las olitas del río llegaban como re-
dondelas, oscuras, grandes, quedaban varadas y, de pronto, se
movían, avanzaban despacito y sus conchas se encendían con
luces doradas, dos, cuatro, seis, acercándose, arrastrándose

sobre la arena, las cabezotas afuera, rugosas, meneándose, ¿nos
estarán viendo, oliendo?, y algunas ya escarbaban para hacer
sus nidos, otras salían del agua. Y, entonces, silenciosamen-
te, surgieron de entre los árboles rápidas siluetas cobrizas, y
Fushía vamos, corre, Lalita, y cuando llegaron a la playa, Pan-
tacha fíjese patrón, muerden, casi me sacan un dedo, las
hembras son las más feroces. Los huambisas habían volteado a
muchas y se gruñían, contentos. Tumbadas, la cabeza hundida,
las charapas movían sus patas y Fushía cuéntalas, ella hay

ocho y los hombres les abrían huecos en las conchas, las ensar-
taban en bejucos y Pantacha comámonos una, patrón, la espe-
ra le había dado hambre. Allí durmieron y al día siguiente viaja-
ron de nuevo y en la noche otra playita, cinco charapas, otro
collar, y durmieron, viajaron y Fushía menos mal que es época
de desove y Pantacha ¿lo que hacemos está prohibido, patrón?

y Fushía se pasaba la vida haciendo cosas prohibidas, cholo. El
regreso fue muy lento, las canoas iban de surcada remolcando

184

los collares y las charapas resistían, los frenaban y Fushía qué

hacen, perros, no las apaleen, las van a matar y Lalita ¿me
has oído?, hazme caso, tengo vómitos, Fushía, estoy esperando
un hijo y él se te ocurren siempre las peores cosas. En el caño,
las charapas se enganchaban a las raíces del fondo y a cada
momento debían parar, los huambisas saltaban al agua, las
charapas los mordían y ellos trepaban a la canoa rugiendo. Al
entrar a la cocha vieron la lancha y a don Aquilino, en el em-

barcadero, saludándolos con su pañuelo. Traía conservas, ollas,
machetes, anisado y Fushía viejo querido, creí que te habías
ahogado y él se había topado con una lancha llena de soldados y
los acompañó para disimular. Y Fushía ¿soldados?, y Aquilino
hubo un lío en Urakusa, los aguarunas le habían pegado a un
cabo, parecía, y matado a un práctico, el gobernador de Santa
María de Nieva iba con ellos a pedirles cuentas, les sacarían el
alma si no se escapaban. Los huambisas subieron las chara-
pas a la pileta, les dieron de comer hojas, cáscaras, hormigas, y

Fushía ¿así que el perro de Reátegui anda por aquí?, y Aquilino
los soldados querían que les vendiera las conservas, tuve que
engañarlos, y Fushía ¿no decían que el perro ese de Reátegui se
volvía a Iquitos y dejaba la Gobernación?, y Aquilino sí, dice
que después de arreglar este lío se va, y Lalita menos mal
que llegó, don Aquilino, no me gustaba eso de comer tortuga to-
dito el invierno.


Y así terminó de mangache don Anselmo. Pero no de la noche a
la mañana, como un hombre que elige un lugar, hace su casa y
se instala; fue lento, imperceptible. Al principio aparecía por
las chicherías, el arpa bajo el brazo y los músicos (casi todos
habían tocado para él alguna vez), lo aceptaban como acompa-
ñante. A la gente le gustaba oírlo, lo aplaudían. Y las chiche-
ras, que le tenían estimación, le ofrecían comida y bebida y,
cuando estaba borracho, una estera, una manta y un rincón pa-

ra dormir. Nunca se lo veía por Castilla, ni cruzaba el Viejo
Puente, como decidido a vivir lejos de los recuerdos y del are-
nal. Ni siquiera frecuentaba los barrios próximos al río, la Ga-
llinacera, el camal, sólo la Mangachería: entre su pasado y él
se interponía la ciudad. Y los mangaches lo adoptaron, a él, y a
la hermética Chunga que, encogida en una esquina, el mentón

en las rodillas, miraba hurañamente el vacío mientras don An-
selmo tocaba o dormía. Los mangaches hablaban de don Ansel-

185

mo, pero a él le decían arpista, viejo. Porque desde el incendio

había envejecido: sus hombros se desmoronaron, se hundió su
pecho, brotaron grietas en su piel, se hinchó su vientre, sus
piernas se curvaron y se volvió sucio, descuidado. Todavía
arrastraba las botas de sus buenas épocas, polvorientas, muy
gastadas, su pantalón iba en hilachas, la camisa no conserva-
ba ni un botón, tenía el sombrero agujereado y las uñas lar-
gas, negras, los ojos llenos de estrías y de legañas. Su voz se

enronqueció, sus maneras se ablandaron. En un comienzo, al-
gunos principales lo contrataban para tocar en sus cumpleaños,
bautizos y matrimonios; con el dinero que ganó así, convenció a
Patrocinio Naya que los alojara en su casa y les diera de comer
una vez al día a él y a la Chunga, que ya comenzaba a hablar.
Pero andaba siempre tan desastrado y tan bebido que los
blancos dejaron de llamarlo y entonces se ganó la vida de cual-
quier manera, ayudando en una mudanza, cargando bultos o
limpiando puertas. Se presentaba en las chicherías al oscure-

cer, de improviso, arrastrando a la Chunga con una mano, en
la otra el arpa. Era un personaje popular en la Mangachería,
amigo de todos y de ninguno, un solitario que se quitaba el
sombrero para saludar a medio mundo, pero apenas cambiaba
palabra con la gente, y su arpa, su hija y el alcohol parecían
ocupar su vida. De sus antiguas costumbres, sólo el odio a los
gallinazos perduró: veía uno y buscaba piedras y lo bom-

bardeaba e insultaba. Bebía mucho, pero era un borracho dis-
creto, nunca pendenciero, nada bullicioso. Se lo reconocía
ebrio por su andar, no zigzagueante ni torpe, sino ceremonio-
so: las piernas abiertas, los brazos tiesos, el rostro grave, los
ojos fijos en el horizonte.
Su sistema de vida era sencillo. Al mediodía abandonaba la
choza de Patrocinio Naya y, a veces llevando a la Chunga de la
mano, a veces solo, se lanzaba a la calle con una especie de
urgencia. Recorría el dédalo mangache a paso vivo, iba y venía

por los tortuosos, oblicuos senderos, y así subía hasta la fron-
tera sur, el arenal que se prolonga hacia Sullana, o bajaba hasta
los umbrales de la ciudad, esa hilera de algarrobos con una
acequia que discurre al pie. Iba, regresaba, volvía, con breves
escalas en las chicherías. Sin el menor embarazo entraba y,
quieto, mudo, serio, esperaba que alguien le invitara un clari-

to, una copa de pisco: agradecía con la cabeza y luego salía y
proseguía su marcha o paseo o penitencia, siempre al mismo

186

ritmo febril hasta que los mangaches lo veían detenerse en

cualquier parte, dejarse caer a la sombra de un alero, acomo-
darse en la arena, taparse la cara con el sombrero, y permane-
cer así horas, impávido ante las gallinas y las cabras que olis-
queaban su cuerpo, lo rozaban con sus plumas y barbas, lo ca-
gaban. No tenía reparo en detener a los transeúntes para pedir-
les un cigarrillo, y, cuando se lo negaban, no se enfurecía: con-
tinuaba su camino, altivo, solemne. En la noche, regresaba don-

de Patrocinio Naya en busca del arpa, y volvía a las chicherías,
pero esta vez a tocar. Demoraba horas afinando las cuerdas,
repasándolas con delicadeza y, cuando estaba muy ebrio, las
manos no le obedecían y el arpa desentonaba, se ponía mur-
murador, los ojos se le entristecían.
Iba a veces al cementerio y allí se le vio rabioso por última vez,
un dos de noviembre, cuando los municipales lo atajaron en la
puerta. Los insultó, forcejeó con ellos, les lanzó piedras y por
fin unos vecinos convencieron a los guardianes que lo dejaran

entrar. Y fue en el cementerio, otro dos de noviembre, donde
Juana Baura vio a la Chunga, que estaría por cumplir seis años,
sucia, en harapos, correteando entre tumbas. La llamó, le hizo
cariños. Desde entonces, la lavandera venía de cuando en cuan-
do a la Mangachería, arreando el piajeno cargado de ropa, y
preguntaba por el arpista y por la Chunga. A ella le traía comi-
da, un vestido, zapatos, a él cigarrillos y unas monedas que el

viejo corría a gastar en la chichería más cercana. Y un día dejó
de verse a la Chunga en las callejuelas mangaches y Patrocinio
Naya contó que Juana Baura se la había llevado, para siempre,
a la Gallinacera. El arpista seguía su vida, sus caminatas. Esta-
ba más viejo cada día, más mugriento y rotoso, pero todos se
habían habituado a verlo, nadie volvía el rostro cuando los cru-
zaba, calmo y rígido, o cuando tenían que desviarse para no pi-
sar su cuerpo tumbado en la arena, bajo el sol.
Sólo años después comenzó a aventurarse el arpista fuera de

los límites de la Mangachería. Las calles de la ciudad crecían,
se transformaban, se endurecían con adoquines y veredas al-
tas, se engalanaban con casas flamantes y se volvían ruidosas,
los chiquillos correteaban tras los automóviles. Había bares,
hoteles y rostros forasteros, una nueva carretera a Chiclayo y
un ferrocarril de rieles lustrosos unía Piura y Palta pasando

por Sullana. Todo cambiaba, también los piuranos. Ya no se los
veía por las calles con botas y pantalones de montar, sino con

187

ternos y hasta corbatas y las mujeres, que habían renunciado

a las faldas oscuras hasta los tobillos, se vestían de colores cla-
ros, ya no iban escoltadas de criadas y ocultas en velos y man-
tones, sino solas, el rostro al aire, los cabellos sueltos. Cada vez
había más calles, casas más altas, la ciudad se dilataba y retro-
cedía el desierto. La Gallinacera desapareció y en su lugar sur-
gió un barrio de principales. Las chozas apiñadas detrás del
camal ardieron una madrugada; llegaron municipales, policí-

as, el alcalde y el prefecto al frente, y con camiones y palos
sacaron a todo el mundo y al día siguiente comenzaron a trazar
calles rectas, manzanas, a construir casas de dos pisos y al
poco tiempo nadie hubiera imaginado que en ese aseado rin-
cón residencial habitado por blancos habían vivido peones.
También Castilla creció, se convirtió en una pequeña ciudad. Pa-
vimentaron las calles, llegó el cine, se abrieron colegios, aveni-
das y los viejos se sentían transportados a otro mundo, protes-
taban incomodidades, indecencias, atropellos.


Un día, el arpa bajo el brazo, el viejo avanzó por esa ciudad reno-
vada, llegó a la plaza de Armas, se instaló bajo un tamarindo, co-
menzó a tocar. Volvió la tarde siguiente, y muchas otras, sobre to-
do los jueves y los sábados, días de retreta. Los piuranos acudían
por decenas a la plaza de Armas a escuchar a la banda del Cuartel
Grau y él se adelantaba, ofrecía su propia retreta una hora antes,

pasaba el sombrero y, apenas reunía unos soles, volvía a la Man-
gachería. Ésta no había cambiado, tampoco los mangaches. Allí
seguían las chozas de barro y caña brava, las velas de sebo, las
cabras y, a pesar del progreso, ninguna patrulla de la Guardia Civil
se aventuraba de noche por sus calles ásperas. Y, sin duda, el ar-
pista se sentía mangache de corazón, porque el dinero que gana-
ba dando conciertos en la plaza de Armas venía siempre a gastár-
selo en el barrio. En las noches seguía tocando donde la Tula, la
Gertrudis o donde Angélica Mercedes, su ex cocinera, que ahora

tenía chichería propia. Nadie podía ya concebir la Mangachería
sin él, ningún mangache imaginar que a la mañana siguiente no
lo vería rondando hieráticamente por las callejuelas, apedreando
gallinazos, saliendo de las chozas con bandera roja, durmiendo al
sol, que no escucharía su arpa, a lo lejos, en la oscuridad. Hasta
en su manera de hablar, las pocas veces que hablaba, cualquier

piurano reconocía en él a un mangache.



188

-Los inconquistables lo llamaron a su mesa -dijo la Chunga-.

Pero el sargento se hacía el que no los veía.
-Tan educado siempre -dijo el arpista-. Vino a saludarme y a
abrazarme.
-Con sus bromas, estos fregados van a hacer que mis subordina-
dos me pierdan el respeto, viejo -dijo Lituma. Los dos guardias
se habían quedado en el bar, mientras el sargento conversaba con
don Anselmo; la Chunga les sirvió cerveza y los León y Josefino dale

que dale. -Mejor no sigan que la Selvática se está poniendo tris-
te -dijo el joven-. Además es tarde, maestro.
-No te pongas triste, muchacha -la mano de don Anselmo revolo-
teó sobre la mesa, derribó una taza, palmeó el hombro de la Sel-
vática-. La vida es así y no es culpa de nadie. Esos traidores, se uni-
formaban y ya no se sentían mangaches, ni saludaban, ni querí-
an mirar.
-Los guardias no sabían que era por el sargento -dijo la Chun-
ga-. Tomaban su cerveza de lo más tranquilos, conversando

conmigo. Pero él sí sabía, los fusilaba con los ojos, y con la mano
esperen, cállense.
-¿Quién invitó a esos uniformados? -dijo Seminario-. A ver, ya
se están despidiendo. Chunga, hazme el favor de botarlos.
-Es el señor Seminario, el hacendado -dijo la Chunga-. No le
hagan caso.
-Ya lo reconocí -dijo el sargento-. No lo miren, muchachos, es-

tará borracho.
-Ahora se mete con los cachacos -dijo el Mono-.
Se las trae el puta.
-Nuestro primo podría responderle, que le sirva para algo el
uniforme -dijo José.
El Joven Alejandro tomó un traguito de café:
-Llegaba aquí tranquilo, pero a las dos copas se enfurecía Debía
tener alguna pena terrible en el corazón, y la desfogaba así, con
lisuras y trompadas.

-No se ponga así, señor -dijo el sargento-. Estamos haciendo
nuestro trabajo, para eso nos pagan.
-Ya vigilaron bastante, ya vieron que todo está pacífico -dijo
Seminario-. Ahora váyanse y dejen a la gente decente disfrutar
en paz.
-No se moleste por nosotros -dijo el sargento-. Siga disfrutando

nomás, señor.



189

El rostro de la Selvática estaba cada vez más afligido y, en su

mesa, Seminario se retorcía de cólera, también el cachaco lo so-
baba, ya no había machos en Piura, qué le habían hecho a esta
tierra, maldita sea, no era justo. Y entonces se le acercaron la
Hortensia y la Amapola y con zalamerías y bromas lo calmaron
un poco.
-La Hortensia, la Amapola -dijo don Anselmo-. Qué nombres les
pones, Chunguita.

-¿Y ellos qué hacían? -dijo la Selvática-. Les daría furia eso que
dijo de Piura.
-Echaban bilis por los ojos -dijo el Bolas-. Pero qué iban a hacer,
se morían de miedo.
Ellos no lo creían a Lituma tan rosquete, estaba armado y debió
emparársele, el Seminario se pasaba de vivo, no hay que bus-
carle tres pies al gato sabiendo que tiene cuatro, y la Rita más
despacio que ahorita los iba a oír, y la Maribel va a haber lío, y la
Sandra con sus carcajadas. Y, al poco rato, la ronda se fue, el

sargento acompañó hasta la puerta a los dos guardias y regresó
solo. Fue a sentarse a la mesa de los inconquistables.
-Mejor se hubiera ido también -dijo el Bolas-. El pobre.
-¿Por qué pobre? -protestó la Selvática, con vehemencia-. Es un
hombre, no necesita que lo compadezcan.
-Pero tú dices siempre pobrecito, Selvática -dijo el Bolas.
-Yo soy su mujer -explicó la Selvática y el Joven esbozó una va-

ga sonrisa.
Lituma los sermoneaba, ¿por qué le hacían burlas delante de su
gente? Y ellos tienes dos caras, te haces el serio en su delante y
después los despides para gozar a tu gusto. De uniforme les da-
ba pena, era otra persona, y a él ellos le daban más pena y al ra-
tito se amistaron y cantaron: eran los inconquistables, no sabían
trabajar, sólo chupar, sólo timbear, eran los inconquistables y
ahora iban a culear.
-Hacerse un himno para ellos solos -dijo el arpista-. Ah, esos

mangaches, son únicos.
-Pero tú ya no eres, primo -dijo el Mono-. Te dejaste conquistar.
-No sé cómo no se te ha caído la cara, primo -dijo José-. Nunca
se vio un mangache de cachaco.
-Se estarían contando sus chistes o sus borracheras -dijo la
Chunga-. De qué querías que hablaran si no.

-Diez años, coleguita -suspiró Lituma-. Terrible cómo se pasa la
vida.

190

-Salud, por la vida que se pasa -propuso José, el vaso en alto.

-Los mangaches son un poco filósofos cuando están tomados. Se
han contagiado del Joven -dijo el arpista-. Estarían hablando de
la muerte.
-Diez años, parece mentira -dijo el Mono-. ¿Te acuerdas del ve-
lorio de Domitila Yara, primo?
-Al día siguiente de llegar de la selva me encontré con el padre
García y no me contestó el saludo -dijo Lituma-. No nos ha per-

donado.
-Nada de filósofo, maestro -dijo el joven, ruborizándose-. Sólo
un modesto artista.
-Más bien, recordarían cosas -dijo la Selvática-. Siempre que
se juntaban, se ponían a contar lo que hacían de churres.
-Ya estás hablando a lo piurano, Selvática -dijo la Chunga.
-¿Nunca te has arrepentido, primo? -dijo José.
-Cachaco o cualquier cosa, qué más da -se encogió de hombros
Lituma-. De inconquistable mucha jarana y mucha timba, pero

también mucha hambre, colegas. Ahora, al menos, como bien,
mañana y tarde. Ya es algo.
-Si fuera posible, me tomaría otro poquito de leche -dijo el ar-
pista.
La Selvática se levantó, don Anselmo: ella se lo preparaba.
-Lo único que te envidio es que has corrido mundo, Lituma -lijo
Josefino-. Nosotros nos moriremos sin salir de Piura.

-Habla por ti solo -dijo el Mono-. A mí no me entierran sin co-
nocer Lima.
-Buena muchacha -dijo Anselmo-. Siempre se anda comidien-
do a todo. Qué servicial, qué simpática. ¿Es bonita?
-No mucho, muy retaca -dijo el Bolas-. Y cuando está con tacos,
da risa como camina.
-Pero tiene lindos ojos -afirmó el joven-. Verdes, grandazos,
misteriosos. Le gustarían, maestro.
-¿Verdes? -dijo el arpista-. Seguro que me gustarían.

-Quién hubiera creído que ibas a terminar casado y de cachaco -
dijo Josefino-. Y prontito de padre de familia, Lituma.
-¿De veras que en la selva andan botadas las mujeres? -dijo el
Mono-. ¿Son tan sensuales como dicen?
-Mucho más de lo que dicen -afirmó Lituma-. Hay que an-
darse defendiendo. Te descuidas y te exprimen, no sé cómo

no salí de ahí con los pulmones puro agujero.
-Entonces uno se comerá a las que le da la gana elijo José.

191

-Sobre todo si es costeño -dijo Lituma-. Los criollos las vuelven

locas.
-Será buena gente, pero hay que ver qué sentimientos -dijo el
Bolas-. Putea para el amigo del marido, y el pobre Lituma en la
cárcel.
-No hay que juzgar tan rápido, Bolas -dijo el joven, apenado-.
Habría que averiguar qué fue lo que pasó. Nunca es fácil saber
lo que hay detrás de las cosas. No tires nunca la primera piedra,

hermano.
-Y después dice que no es filósofo -dijo el arpista-. Escúchalo,
Chunguita.
-¿En Santa María de Nieva había muchas hembras, primo? -
insistía el Mono.
-Se podía cambiar a diario -dijo Lituma-. Muchas, y calientes
como las que más. De todo y al por mayor, blancas, morenitas,
bastaba estirar la mano.
-Y si eran tan buenas mozas, ¿por qué te casaste con ésa? -rió

Josefino-. Porque, no me digas, Lituma, es puro ojos, lo demás no
vale nada.
-Pegó un puñetazo en la mesa que se oyó en la catedral -dijo el
Bolas-. Se pelearon de algo, parecía que Josefino y Lituma se
iban a mechar.
-Son chispitas, fosforitos, se encienden y se apagan, nunca les
dura la cólera -dijo el arpista-. Todos los piuranos tienen buen

corazón.
-¿Ya no sabes aguantar las bromas? -decía el Mono-. Cómo has
cambiado, primo.
-Si es mi hermana, Lituma -exclamaba Josefino-. ¿Crees que lo
decía de veras? Siéntate, colega, brinda conmigo.
-Lo que pasa es que la quiero -dijo Lituma-. No es pecado.
-Bien hecho que la quieras -dijo el Mono-. Baja más cerveza,
Chunga.
-La pobre no se acostumbra, anda asustada entre tanta gente -

decía Lituma-. Esto es muy distinto de su tierra, tienen que
comprenderla.
-Claro que la comprendemos -dijo el Mono-. A ver, un brindis
por nuestra prima.
-Es buenisisísima, cómo nos atiende, qué comilonas nos prepara
-dijo José-. Si los tres la queremos mucho, primo.

-¿Está bien así, don Anselmo? -dijo la Selvática-. ¿No quedó
muy caliente?

192

-Muy bien, muy rica -dijo el arpista, paladeando-. ¿De veras tie-

nes los ojos verdes, muchacha?
Seminario había girado hacia ellos con silla y todo, qué era esa
bulla, ¿ya no se podía conversar tranquilo?, y el sargento, con to-
do respeto, que se estaba propasando, nadie se metía con él, que
no se metiera con ellos, señor. Seminario levantó la voz, quiénes
eran para responderle, y claro que se metía con ellos, con los
cuatro y también con la puta que los había parido, ¿lo oyeron?

-¿Les mentó la madre? -dijo la Selvática, pestañeando.
-Varias veces en la noche, ésa fue la primera -dijo el Bolas-.
Esos ricos porque tienen tierras creen que pueden mentarle la
madre a cualquiera.
La Hortensia y la Amapola salieron volando y, desde el mostrador,
Sandra, Rita y Maribel alargaban las cabezas. El sargento tenía la
voz rajada de la cólera, la familia no tenía nada que ver con esto,
señor.
-Si no te gustó, ven y conversamos, cholito -dijo Seminario.

-Pero Lituma no fue -dijo la Chunga-. Lo contuvimos con la
Sandra.
-¿Por qué mentar a la madre cuando el pleito es entre hom-
bres? -dijo el joven-. La madre es lo más santo que hay.
Y la Hortensia y la Amapola habían vuelto a la mesa de Seminario.
-Ya no los oí reír ni volvieron a cantar su himno -dijo el arpis-
ta-. Se quedaron desmoralizados con esa mentada de madre, los

muchachos.
-Se consolaron tomando -dijo la Chunga-. No cabían más bote-
llas en su mesa.
-Por eso yo creo que las penas que uno lleva adentro lo explican
todo -dijo el joven-. Por eso terminan unos de borrachos, otros
de curas, otros de asesinos.
-Voy a mojarme la cabeza -dijo Lituma-. Este tipo me amargó la
noche. Tuvo razón de enojarse, Josefino -dijo el Mono-. A nadie
le gustaría que le dijeran tu mujer es fea.

-Me carga con tantas ínfulas -dijo Josefino-. Me he comido cien
hembras, conozco medio Perú, me he dado la gran vida. Se pasa
el día sacándonos pica con sus viajes.
-En el fondo le tienes tanta cólera porque su mujer no te hace
caso -dijo José.
-Si supiera que la persigues, te mata -dijo el Mono-. Está ena-

morado de su hembra como un becerro.



193

-Es su culpa -dijo Josefino-. ¿Por qué presume tanto? En la cama

es puro fuego, se mueve así, asá. Que se friegue, quiero ver si
son ciertas esas maravillas.
-¿Apostamos un par de libras que no te liga, hermano? -dijo el
Mono.
-Ya veremos -dijo Josefino-. La primera vez quiso cachetearme,
la segunda sólo me insultó y la tercera ni siquiera se hizo la re-
sentida y hasta pude manosearla un poco. Ya está aflojando, yo

conozco a mi gente.
-Si cae, ya sabes -dijo José-. Donde pasa un inconquistable, pa-
san los tres, Josefino.
-No sé por qué le tengo tantas ganas -dijo Josefino-. La verdad
es que no vale nada.
-Porque es de afuera -dijo el Mono-. A uno siempre le gusta
descubrir qué secretos, qué costumbres se traen de sus tierras.
-Parece un animalito -dijo José-. No entiende nada, se pasa la
vida preguntando por qué esto, por qué lo otro. Yo no me hubie-

ra atrevido a probar primero. ¿Y si le contaba a Lituma, Josefi-
no?
-Es de las asustadizas -dijo Josefino-. La calé ahí mismo. No tie-
ne personalidad, se moriría de vergüenza antes que contarle.
Lástima nomás que la preñara. Ahora hay que esperar que dé a
luz para hacerle el trabajito.
-Después se pusieron a bailar de lo más bien -dijo la Chunga-.

Parecía que se había pasado todo.
-Las desgracias caen de repente, cuando uno menos se las espe-
ra -dijo el Joven.
-¿Con quién bailaba él? -dijo la Selvática.
-Con la Sandra -la Chunga la observaba con sus ojos apagados y
hablaba despacio-: Muy pegaditos. Y se besaban. ¿Tienes celos?
-Era una pregunta, nomás -dijo la Selvática-. Yo no soy celosa.
Y Seminario, de repente, sólido, que se fueran, destemplado, o
los sacaba a patada limpia, rugiente, a los cuatro juntos.

-Ni un ruido toda la noche, ni una luz -dijo el sargento-. ¿No
le parece raro, mi teniente?
-Deben estar al otro lado -dijo el sargento Roberto Delgado-. La
isla parece grande.
-Ya clarea -dijo el teniente-. Que traigan las lanchas, pero no
hagan bulla.

Entre los árboles y el agua, los uniformes tenían una apariencia
vegetal. Apiñados en el estrecho reducto, calados hasta los

194

huesos, los ojos ebrios de fatiga, guardias y soldados se ajusta-

ban los pantalones, las polainas. Los envolvía una claridad ver-
dosa que se filtraba por el laberíntico ramaje y, entre las hojas,
ramas y lianas, muchos rostros lucían picaduras, arañazos viole-
tas. El teniente se adelantó hasta la orilla de la laguna, separó el
follaje con una mano, con la otra se llevó los prismáticos a los
ojos y escudriñó la isla: un barranco alto, laderas plomizas, árbo-
les de troncos robustos y crestas frondosas. El agua reverberaba,

ya se oía cantar a los pájaros. El sargento vino hacia el teniente,
agazapado, bajo sus pies el bosque crujía y chasqueaba. Detrás
de ellos, las siluetas difusas de guardias y soldados se movían
apenas entre la maraña, silenciosamente destapaban cantim-
ploras y encendían cigarrillos.
-Ya no discuten -dijo el teniente-. Nadie diría que se pasaron el
viaje peleando.
-La mala noche los hizo amigos -dijo el sargento-. El can-
sancio, la incomodidad. No hay como esas cosas para que los

hombres se entiendan bien, mi teniente.
-Vamos a hacerles una buena tenaza antes que sea día del to-
do -dijo el teniente-. Hay que emplazar un grupo en la orilla
del frente.
-Sí, pero para eso hay que cruzar la cocha -dijo el sargento,
apuntando la isla con un dedo-. Son como trescientos metros,
mi teniente. Nos van a cazar como a palomitas.

El sargento Roberto Delgado y los otros se habían acercado. El
barro y la lluvia igualaban los uniformes y sólo las cristinas y
los quepís distinguían a los guardias de los soldados.
-Mandémosles un propio, mi teniente- dijo el sargento Roberto
Delgado-. No les queda más remedio que rendirse.
-Sería raro que no nos hayan visto -dijo el sargento-. Los
huambisas tienen el oído fino, como todos los chunchos. Pue-
de ser que ahora mismo nos estén apuntando desde las lupu-
nas.

-Lo veo y no lo creo -dijo el sargento Delgado-. Paganos vi-
viendo entre lupunas, con el pánico que les tienen.
Soldados y guardias escuchaban: pieles lívidas, pequeños ab-
cesos de sangre coagulada, ojeras, pupilas inquietas. El teniente
se rascó la mejilla, había que ver, junto a su sien tres granitos
formaban un triángulo cárdeno, ¿los dos sargentos se le cagaban

de miedo?, y un mechón de pelos sucios le caía sobre la frente
semioculta bajo la visera. ¿Qué? Tal vez sus guardias tendrían

195

miedo, mi teniente, el sargento Roberto Delgado no sabía cómo

se comía eso.

Brotó un murmullo y, en un mismo movimiento que agitó el
follaje, el Chiquito, el Oscuro y el Rubio se apartaron de los sol-
dados: era ofensa, mi teniente, no permitían, ¿con qué derecho?,
y el teniente se tocó la cartuchera: le podría costar caro, si no
estuvieran en misión vería.

-Sólo era una broma, mi teniente -tartamudeó el sargento
Roberto Delgado-. En el Ejército les hacemos pasadas a los ofi-
ciales y ellos nunca se enojan. Yo creí que en la policía era lo
mismo.
Un rumor de agua invadida sumergió sus voces y se oyó un cui-
dadoso chapaleo de remos, un desliz. Bajo la cascada de lianas y
de juncos, aparecieron las lanchas. El práctico Pintado y el sol-
dado que las conducían estaban sonrientes y ni sus gestos ni sus
movimientos revelaban fatiga.

-Después de todo, tal vez sea mejor pedirles la rendición -dijo
el teniente.
-Claro, mi teniente -dijo el sargento Roberto Delgado-. No se lo
aconsejé por miedo, sino por estrategia. Si quieren escapar, des-
de aquí haremos tiro al blanco con ellos.
-En cambio, si vamos nosotros allá, pueden hacernos puré al
cruzar la cocha -dijo el sargento-. Sólo somos diez y ellos quién

sabe cuántos. Y qué armas tendrán.
El teniente se volvió y guardias y soldados quedaron tensos:
¿quién era el más antiguo? Algo anhelante en todos los rostros
ahora, rictus en las bocas, parpadeos llenos de alarma, y el sar-
gento Roberto Delgado señaló a un soldado bajito y cobrizo, que
dio un paso al frente: soldado Hinojosa, mi teniente. Muy bien,
que el soldado Hinojosa se llevara a los de Borja al otro lado
de la laguna y los emplazara frente a la isla, sargento. El te-
niente se quedaría aquí con los guardias, vigilando la boca del

caño.
¿Y para qué había venido entonces el sargento Roberto Delga-
do, mi teniente? El oficial se quitó el quepí, ¿para qué? se alisó
los cabellos con la mano, se lo iba a decir y, al calzarse de nue-
vo la gorra, el mechoncito de su frente había desaparecido: los
dos sargentos irían a pedirles la rendición. Que tiraran las

armas y formaran en el barranco, las manos en la cabeza, sar-
gento, los llevaría Pintado. Los sargentos se miraron, sin

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hablar, soldados y guardias, mezclados otra vez, susurraban y

en sus ojos ya no había temor sino alivio, chispas burlonas.
Precedidos por Hinojosa los soldados subieron a una de las
lanchas que bailoteó y se hundió algo. El práctico levantó la
pértiga y, de nuevo, un delicado chasquido, la vibración del ra-
maje, las cristinas desaparecieron bajo los helechos y los be-
jucos y el teniente examinó las camisas de los guardias, Chiqui-
to, que se la quitara: la suya era la más blanca. El sargento la

amarraría en su fusil y, ya sabía, si se les ponían malditos, bala,
sin contemplaciones. Los sargentos estaban en la lancha y,
cuando el Chiquito les alcanzó su camisa, Pintado impulsó la
embarcación con la tangana. La dejó flotar lentamente entre el
follaje pero, apenas ingresaron a la laguna, encendió el motor
y, con el ruido monótono, el aire se pobló de aves que escapa-
ban de los árboles, bulliciosamente. Un resplandor anaranjado
crecía detrás de las lupunas, también en la espesura del con-
torno se reflejaban las primeras lanzas del sol, y las aguas de la

cocha se veían limpias y quietas.
-Ah, compañero, yo estaba por casarme -dijo el sargento.
-Pero levanta más ese fusil -dijo el sargento Delgado-, que
vean bien la camisa.

Cruzaron la laguna sin apartar la mirada del barranco y de las
lupunas. Pintado mantenía el rumbo con una mano y con la otra

se rascaba la cabeza, la cara, los brazos, aquejado de una repen-
tina y generalizada picazón. Divisaban ya una playita angos-
ta, fangosa, con arbustos pelados y unos troncos flotantes que
debían servir de embarcadero. En la orilla opuesta, atracaba la
lancha de los soldados y éstos descendían a la carrera, se aposta-
ban en descubierto, apuntaban a la isla con sus fusiles. Hinojosa
tenía buena voz, bonitos esos huaynitos que había cantado ano-
che en quechua ¿no? Sí, pero qué pasaba que no se los veía, ¿por
qué no salían? El Santiago estaba lleno de huambisas, compañero,

los que los vieron venir les avisarían y habrían tenido tiempo de
sobra para escaparse por los caños. La lancha enfiló hacia el em-
barcadero. Amarrados con gruesos bejucos, los troncos flotantes
hervían de musgo, hongos y líquenes. Los tres hombres con-
templaban el barranco casi vertical, las lupunas curvas y jibosas:
no había nadie, mis sargentos, pero qué susto habían pasado. Los

sargentos saltaron, chapotearon en el barro, comenzaron a tre-
par, los cuerpos aplastados contra la pendiente. El sargento lle-

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vaba el fusil en alto, un viento caliente hacía ondear la camisa del

Chiquito y, cuando pisaron la cumbre, un sol hiriente les hizo ce-
rrar los ojos y frotárselos. Trenzas de lianas cubrían los espacios
entre lupuna y lupuna, un denso humor putrefacto bañaba sus
rostros cada vez que espiaban entre la maleza. Por fin hallaron
una abertura, avanzaron enterrados hasta la cintura en yerba
salvaje y rumorosa, luego siguieron una trocha que se estiraba,
sinuosa, minúscula, entre avenidas de árboles, se perdía y reapa-

recía junto a un matorral o a un plumero de helechos. El sargento
Roberto Delgado se ponía nervioso, carajo, que alzara bien ese fu-
sil y vieran que iban con bandera blanca. Las copas de los árboles
formaban una compacta bóveda que sólo filamentos de sol perfo-
raban a ratos, jirones dorados que eran como vibraciones y había
voces de invisibles pájaros por todas partes. Los sargentos se pro-
tegían el rostro con las manos, pero siempre recibían hincones,
desgarrones ardientes. la trocha terminó de pronto, en un claro
de superficie lisa y arenosa, limpia de yerba y ellos vieron las

cabañas: ah, compañero, mira eso. Altas, sólidas, estaban sin em-
bargo medio devoradas por el bosque. Una había perdido el techo
y un agujero como una llaga redonda tiznaba su fachada; de la
otra emergía un árbol, disparaba impetuosamente sus brazos pe-
ludos por las ventanas y los tabiques de ambas desaparecí-
an bajo costras de hiedra. En todo el derredor había yerba alta;
las escalerillas derruidas, prisioneras de enredaderas, servían de

asiento a tallos y raíces, y en los escalones y pilotes se divisaban
también nidos, hinchados hormigueros. Los sargentos merodea-
ban en torno a las cabañas, alargaban los pescuezos para ver el
interior.
-No se fueron anoche sino hace tiempo -dijo el sargento Del-
gado-. El monte ya casi se las ha tragado.
-No son chozas de huambisas sino de cristianos -dijo el sar-
gento-. Los paganos no las hacen tan grandes y, además, se
llevan a cuestas sus casas cuando se mudan.

-Aquí había un claro -dijo el sargento Delgado-. Los árboles son
tiernitos. Aquí vivía bastante gente, compadre.
-El teniente va a rabiar -dijo el sargento-. Estaba seguro de
agarrar a unos cuantos.
-Vamos a llamarlo -dijo el sargento Delgado; apuntó con su fusil a
una cabaña, disparó dos veces y el eco repitió los disparos, a lo le-

jos-. Van a creer que nos están cocinando los rateros.



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-En confianza, yo prefiero que no haya nadie -dijo el sargento-.

Voy a casarme, no estoy para que me vuelen la cabeza, a mis
años.
-Vamos a registrar antes que lleguen los otros -dijo el sargento
Delgado-. A lo mejor queda algo que valga la pena.
Sólo encontraron residuos de objetos herrumbrosos, convertidos
en aposentos de arañas y las maderas apolilladas, minadas por
las termitas, se rajaban bajo sus pies o se hundían blandamente.

Salieron de las cabañas, recorrieron la isla y aquí y allá se incli-
naban sobre leños carbonizados, latas oxidadas, añicos de cánta-
ros. En un declive había una poza de aguas estancadas y, entre
exhalaciones hediondas, planeaban nubes de mosquitos. La cer-
caban dos hileras de estacas como una filuda red y eso qué era, el
sargento Roberto Delgado nunca había visto. Qué sería, cosas de
chunchos, pero mejor que se fueran de aquí, olía mal y había tan-
ta avispa. Volvieron a las cabañas y el teniente, los guardias y los
soldados evolucionaban como sonámbulos en el claro, encañona-

ban los árboles, inquietos y perplejos.
-¡Diez días de viaje! -gritó el teniente-. ¡Tanta cojudez para eso!
¿Cuándo calculan que se fueron?
-Para mí, hace meses, mi teniente -dijo el sargento-. Quizá más
de un año.
-No eran dos, sino tres cabañas, mi teniente -dijo el Oscuro-.
Aquí había otra, un ventarrón la arrancaría de cuajo. Todavía se

ven los horcones, fíjese.
-Para mí, hace varios años, mi teniente -dijo el sargento Delga-
do-. Por ese árbol que ha crecido ahí adentro.
Después de todo qué más daba, el teniente sonrió desen-
cantado, un mes o diez años, fatigado: ellos se habían ensartado
lo mismo. Y el sargento Delgado, a ver, Hinojosa, un buen regis-
tro y que le empaquetaran lo comible, lo bebible y lo ponible y los
soldados se derramaron por el claro y se perdieron entre los
árboles, y el Rubio que hiciera un poco de café para que se les

fuera el mal sabor de la boca. El teniente se acuclilló, se puso a es-
carbar el suelo con una ramita. Los sargentos encendieron ciga-
rrillos; enjambres zumbantes pasaban sobre sus cabezas mien-
tras charlaban. El práctico Pintado cortó ramas secas, hizo una
fogata y, entre tanto, dos soldados arrojaban al voleo desde las
cabañas, botellas, jarras de greda, mantas deshilachadas. El Ru-

bio calentó un termo, sirvió café humeante en unos vasitos de la-
tón, y el teniente y los sargentos estaban terminando de beber

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cuando se oyeron gritos, ¿qué?, y aparecieron dos soldados co-

rriendo, ¿un tipo?, el oficial se había parado de un salto, ¿qué co-
sa? y el soldado Hinojosa: un muerto, mi teniente, lo habían en-
contrado en una playita de ahí abajo. ¿Huambisa? ¿Cristiano? Se-
guido de guardias y soldados el teniente corría ya y, durante
unos momentos, sólo se oyó crepitar la hojarasca pisoteada, el
suave runrún de la yerba agredida por los cuerpos. Veloces y en
montón contornearon las estacas, se lanzaron por el declive, sal-

varon un hoyo salpicado de pedruscos y, al llegar a la playita, se
detuvieron en seco, alrededor del tendido. Estaba boca arriba, su
pantalón desgarrado ocultaba apenas los miembros mugrien-
tos y enclenques, la piel oscura. Sus axilas eran dos matas ne-
gruzcas, apelmazadas, y tenía muy largas las uñas de manos y
pies. Costras y llagas resecas roían su torso, sus hombros, un
trozo de lengua blancuzca pendía de sus labios agrietados.
Guardias y soldados lo examinaban y, de pronto, el sargento
Roberto Delgado sonrió, se agachó y aspiró, su nariz junto a la

boca del tendido. Soltó una risita entonces, se incorporó y pateó
al hombre en las costillas: oiga, huevas, que no le pateara así al
muerto y el sargento Roberto Delgado, pateando otra vez, qué
muerto ni que ocho cuartos, ¿no olía, mi teniente? Todos se in-
clinaron, husmearon el cuerpo rígido e indiferente. Nada de
muerto, mi teniente, mi compadre estaba soñando. Con una es-
pecie de creciente, enfurecida alegría descargó más puntapiés

y el tendido se contrajo, algo ronco y hondo escapó de su boca,
caramba: era verdad. El teniente empuñó los cabellos del hom-
bre, lo remeció y, de nuevo, débilmente, ese ronquido interior.
Estaba soñando el pendejo y el sargento sí, miren, ahí tenía su
cocimiento. Junto a las cenizas plateadas y las rajitas de leña
de una fogata, había una olla de barro, chamuscada, repleta
de yerbas. Decenas de curhuinses de largas tijeras y negrísimo
abdomen la escalaban mientras otras, formadas en círculo,
protegían el asalto. Si hubiera estado muerto, ya se lo habrían

comido los bichos, mi teniente, no le quedarían sino los huesos,
y el Rubio pero habían comenzado ya, por las piernas. Algunas
curhuinses subían por las curtidas plantas de sus pies y otras
inspeccionaban sus empeines, sus dedos, sus tobillos, tocaban la
piel con sus finas antenas y, a su paso, dejaban un reguero de
puntos morados. El sargento Roberto Delgado pateó de nuevo,

en el mismo sitio. Una hinchazón había brotado en las costillas
del tendido, un túmulo oblongo de vértice oscuro. Seguía in-

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